GIOVANNI RUFFINI
Génova acaba de inaugurar el busto de Giovanni Ruffini. He aquí un nombre entre nosotros desconocido, el de una personalidad un tanto olvidada; pero que resurge hoy, en su patria, a la glorificación del simulacro. El telégrafo comunicó la noticia a un diario, hablando de «Juan Ruffini, que formó parte del comité de la Joven Italia, y que fué desterrado a Inglaterra». Persona de autoridad me dice: «Sí, realmente, fué un patriota; pero no se distinguió mayormente su patriotismo, ni llevó a cabo hazaña ninguna en tal sentido. La hazaña que él llevó a cabo fué escribir en inglés, como un inglés, un libro que es casi una obra maestra, Il dottor Antonio, el cual contiene quizás las más bellas descripciones que existen de la Riviera, del camino de la Cornice, siendo una novela interesantísima. Este y otros libros escribió, todos en inglés, que obtuvieron una inmensa popularidad en Inglaterra y todos los países de lengua inglesa, y que sus compatriotas tuvieron que leer traducidos. No conozco, a lo menos no recuerdo, un caso tan extraordinario como éste. Ruffini fué a Inglaterra ya hombre formado, y creo que sin saber una palabra de inglés.»
En verdad. El caso es excepcional, y tengo para mí que Ruffini hizo obra de maravillar. El único ejemplo que recuerdo—a más de algún heterodoxo español estudiado por Menéndez Pelayo—que pueda compararse, en lo referente a la lengua, con el de Ruffini, es el D. Pascual Gayangos, recientemente fallecido en Londres. El viejo Rosetti, padre del divino poeta de simbólico nombre Dante Gabriel, no sé que llegase a poseer el idioma inglés de tan perfecta manera. En Francia, lo sabía magistralmente Mallarmé, y lo saben, entre otros, Marcel Schwob y Bourget; pero escribirlo literariamente ya es otra cosa, y no pasarán de lo que hacía Merimée, de prodigiosa poliglocia: escribir versos ingleses de amor—cuando se está enamorado de una inglesa.
El busto de Ruffini es de Justicia; pero no han de ver las generaciones en él la representación de un hombre político de este o aquel círculo histórico de su tiempo, ni al mártir que quiere presentarse; su figura modesta se perdería entre tanto hombre de bronce y mármol que puebla las plazas italianas al amparo de la memoria patriótica, desde el caballero de la camisa roja hasta los personajes de tercero y cuarto orden de las épocas agitadas de las revoluciones peninsulares. Aparecerá, sí, en su legítimo valor, el talentoso sensitivo, el novelador de imaginación y de corazón, que realizó en sus obras una tarea de patriotismo si gustáis, pero principalmente de virtud y bondad humanas.
En el palacio de la gloria del pensamiento y del arte, hay una inmensa muchedumbre de elegidos, pero cada cual guarda su propio rango. Habitan allí seres de distintos aspectos y de distintas tallas. Hay emperadores como Shakespeare, como Dante, como Hugo; reyes como Virgilio, como Milton, como Goethe; príncipes como Gautier. Hay colosos, hay enanos, hay bufones, hay locos; criminales y seres cuyo símbolo es un corazón. Pasan por los pavimentos de mármol y de ónix, mantos de púrpura, obscuras y sombrías capas. Tras las columnas se ven pasar pajes ricamente vestidos, que hacen brillar sus puñales de puños de pedrería. Entre la grandeza, la riqueza, el genio tiránico y absoluto, circulan perfumes misteriosos, encantadores, peligrosos, de un raro poder de fábula; os marean, os seducen, os matan. Podéis ascender al cielo; pero también podéis caer en una trampa y perderos para siempre. Descended conmigo al jardín; allá, en lo silencioso de las altas alamedas, por donde discurre un aire benéfico y los sanos árboles aprueban. No lejos está la blanca pila y el cisne gentil en ella. Por allí juegan los niños. Por allí se van a sentar en los bancos solitarios, las viudas enlutadas, a hojear un libro, a sentir como una lejana harpa de melancolía, inclinando a un lado la cabeza, como los pájaros de Dios cuando escuchan. Por allí pasan los hombres buenos, los que trajeron a la tierra algún don de esperanza o de consuelo; amor esencia de fe, música de lo alto, miel de la luna; los que curan las heridas que hacen los malos, sonrientes o suavemente melancólicos, o generosamente heroicos, un poco pastores, un poco niños, un poco curas. Y, por un recodo, a la dulce hora de la tarde, he ahí que veréis aparecer sólo al buen Giovanni Ruffini, que en su tranquila inmortalidad se pasea entre violetas de amor y rosas de patria.
D'Annunzio nos ha contado encantadoramente algo de la persona de Ruffini, cuando le conoció en París en 1873.
«Ruffini tiene el aspecto de un buen padre de familia. Su semblante, abierto y suave, como dicen los que sostienen que el mundo empeora, no se encuentra ya en nuestros tiempos. Su fisonomía recuerda los enormes retratos que adornan los salones de las casas patricias; a primera vista diríase que tiene unos sesenta años, y goza pudiendo añadir que parece destinado a despachar otros sesenta. A pesar de su aire pacato, bien se adivina por los movimientos de su semblante y el tono profundo de su voz, que ha llevado una vida agitada por vigorosas pasiones y que ha sufrido grandes dolores.
Como en las páginas del Doctor Antonio, así en su semblante, en su acento y en su conversación, hay algo de melancólico. Melancolía templada por tanta benignidad y dulzura, que jamás se descubre lo amargo. Sus mareas y lenguajes son de una sencillez infantil; parece que siempre hemos vivido juntos, y sus miradas y preguntas hacen creer que más bien es él el que ha venido movido por los mismos sentimientos vuestros a conoceros.»
Tal rápido retrato, se compadece perfectamente con el Ruffini que os vendrá a una imaginación después de la lectura de sus amables y fluyentes narraciones. Sus novelas son verdaderamente balsámicas y tienen la particularidad del exacto documento, por mucho que sea el ambiente romántico que en ellas circula. A D'Annunzio mismo, confesaba él la realidad de sus personajes, el ser sus fabulaciones copias directas de la vida, sobre todo la célebre del Doctor Antonio. Ya antes, él había repetido eso mismo, insistiendo en ser dicha novela una verace istoria.
Giovanni Ruffini nació en Génova el año 1807 y murió en Taggia el 3 de noviembre de 1881, en la villa Eleonora, finca de su propiedad. Sus padres, el abogado Bernardo Ruffini, y Eleonora, hija de la marquesa Carlo, tuvieron cuatro hijos: Ottavio, Jacopo, Giovanni y Agostino. Giovanni, a la edad de siete años, fué enviado por su padre a Taggia, y allí se crió confiado a los cuidados de su tío, canónigo, que se dedicaba más a sus olivares que a su sobrino. Poco acomodaticio a tan ingrata tutela, se fugó el muchacho, y entonces se le colocó de interno en el Reale Collegio di Génova, bajo la dirección de los padres Tomaseos. Luego pasó a la universidad, en donde conoció a Mazzini, que fué su íntimo amigo; con su hermano Jacopo, entró luego a las filas carbonarias.
Mazzini había organizado en Marsella la nueva sociedad La Giovane Italia, en cuyo comité figuraron los hermanos Ruffini, en arrojados intentos revolucionarios. Descubierta la conspiración, Jacopo fué denunciado, y junto con su hermano Attavio, preso. Jacopo se suicidó en la cárcel. Giovanni y Agostino lograron escaparse primero a Francia y después a Inglaterra, en donde se dedicaron a la enseñanza de letras. En 1848 volvieron a la patria y fueron elegidos diputados al Parlamento piamontés. Giovanni Ruffini fué nombrado por Gioberti ministro en Francia, pero no aceptó y devolvió las 9.000 liras que había recibido para gastos de viaje.
Fué una feliz resolución. Desde entonces se dedicó por completo a la vida literaria. Poseyendo el inglés a maravilla, escribía una lengua purísima, a punto de que uno de sus traductores, Acquarone, afirmaba a este respecto: «Si direbbe da noi, da trecentista.» Lorenzo Benoni y Angolo tranquillo sul Giura, obtuvieron un buen suceso, y le aseguraron un vivir holgado. En París pasó algún tiempo en relación con el mundo de la literatura y del arte; era un piloto admirable en la gran ciudad, según De Amicis, cuando a la sazón le conociera. Murió años después en Taggia, y en 1882, por iniciativa de los estudiantes genoveses, se colocó en el vestíbulo de la universidad una inscripción que dice: «A Giovanni, Jacopo, Agostino, Ruffini—Cuando piú tetra incombea la tirannia—El l'ignavia dei voghi appellavasi pace—con virile intendimento di libertá—La gioventú italiana—Educarono—Alla religione della patria a del vero—Travolti da la via dell'esiglio Giovanni e Agostino—con gli scritti e con l'opere—Tennero alto l'orgoglio del nome italiano—Cui gli stranieri stanchi d'invidiare Onorarono—Jacopo venuto a mano degli oppressori—Suggellava la sua fede di mártire—Col rifluto magnánimo della vita—Perche alla venerazione dei posteri—Non mancasse l'esempio—Di tante cittadìne virtú—Gli studenti del genovese Ateneo ponevano.—1882.»
Pero, ¿queréis saber algo del Doctor Antonio? Tenéis razón.
Se trata de una novela de amor y de patria, aromada de un optimismo generoso, que para consuelo cierto, se basa en la vida real. La escena primera pasa entre Génova y Niza, en esa deliciosa vía de la Cornice, que no olvidará nunca el viajero que la haya recorrido al amor de los dos divinos azules del mar Mediterráneo y del cielo italiano. Un noble inglés viaja con su hija, que busca su salud en la tierra del sol, y sabido es cómo el país del humo y del spleen envía sus cargamentos de cisnes y de rosas anualmente a Italia a proveerse de primavera. Lucy, la más lilial de las misses y en la cual emplea Ruffini todos sus blancos y sus suaves rosados, es la flor de la narración. Un accidente desgraciado en que la joven sufre y la causal intervención de un médico de campaña—el Doctor Antonio—es el origen y principio de la historia romántica y romancesca. El tipo del Doctor Antonio es una de esas creaciones caballerescas y llenas de vida que no abundan hoy, por cierto, en la literatura a la moda, con excepción del sonoro Cyrano, de sublime penacho; un espíritu bravo y puro, impregnado de naturaleza, fuerte y decisivo, soñador no obstante, creyente apasionado en el ídolo de la patria y sensible al roce de una hoja de flor su carnadura de meridional asoleado y martillado para tempestades. Es ciertamente un patriota en el poético sentido de la palabra, un patriota de esos tiempos fulminantes de la Italia de Pío IX, extensamente descrito en tantos volúmenes especiales y contenidos de manera magistral en una página de psicología histórica de Gebhart. Un patriota del país del arte, un tanto lírico en su sinceridad y, por lo tanto, noble y simpático.
Un Doctor Antonio que bien pudiese ser una transmutación del mismo Ruffini. El médico siciliano y la señorita inglesa, más felices que los árboles de los versos de Heine, se encuentran. Pero el idilio de la palmera y del pino no podrá tener su completa realización. Esta simpatía sutil que va haciendo hasta convertirse en amor, ese vínculo espiritual y pasional que une desde luego a la bellísima londinense con el bruno caballero de su Italia, tiene que romperse; ella cae en el matrimonio y él en la política. Pero después de larga ausencia vuélvense a encontrar, y aquella antigua llama revive por un momento, para ser apagada bruscamente por la tristeza y la muerte.
Amor tardíamente confesado, a pesar del fuego contenido y devorante; desilusión de la existencia amorosa, sacrificada a la pasión patriótica.
El Doctor Antonio, prisionero, que rehusa, en la escena final, la libertad de su siempre amada, por abnegada causa; Lucy, o sea Lady Cleveton, que expira, así como se rompería un fino vaso de cristal. El intermedio lo ocupa la parte de historia política, con la información profusa que debía de tener Ruffini, o diversos episodios interesantes, entre ellos el de los amores de Speranza, la muchacha italiana, fresca y dulce y buena como una fruta de su país. Italia aparece siempre en todo el libro con su influencia benigna y dadora de la alegría y del bienestar. Con razón, cuando el padre de Lucy, lord Davenne, ha encontrado, como Aníbal, su capua en la Hosteria del Mattone, exclama el autor: «¡Oh, Italia, bella Italia! Tú posees el secreto de amansar y someter todo carácter de hombre, por muy arisco y rebelde que sea. Aquéllos sobre quienes sopla tu tibio aliento, ceden a ti. Muchos han venido a ti con oído y con desconfianza, con la lanza en ristre; pero no bien gustaron la leche suave de tu seno, arrojadas las armas a tierra, te han vencido y llamado madre. Está llena toda la historia de tales conquistas; tierra madre de grandes bellezas y de grandes dolores.»
La cita de este párrafo me lleva a hablar del estilo de Ruffini. No he podido conseguir el original inglés; pero en la versión francesa que conozco, y en las dos italianas que poseo, sobre todo en la de Acquarone, que me parece la mejor, se revela un escritor de raza, elegante, sin pompa, y que supo librarse de la declamación oratoria de su tiempo, sin perder su lirismo nativo, su pasión, y su verbo. Para las citas de la parte política de su historia, se basa en Bonaccorsi y Lumía, Amazi y Gualtero. Sus descripciones son de un pintoresco sugerente y parco, hechas con observación y poesía, sin que falte de cuando en cuando la dulce y misteriosa nota de acuarela propicia al ensueño. Así en la entrada de la novela, en la pintura del santuario, en distintos puntos en que Ruffini se demuestra eximio paisajista y sentidor veraz del encanto natural. Maneja el diálogo con vivacidad, y apenas suele perturbar la agradable sutileza de las escenas, una que otra desertación explicativa que basa la parte que llamaría «civil» del argumento. Mas lo que en realidad nos ase y comueve, es el fuego de los caracteres, el conflicto. Lucy es una hechicera creación de Ruffini, que corresponde en literatura a una de las bellas figuras pictóricas de su semi-compatriota Dante Gabriel Rossetti. Hay un vínculo mental que une claramente a Italia e Inglaterra: los nombres de Shelley, Byron, Rossetti, Ruffini, etcétera, bastarían para atestiguarlo.