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Que nada se sabe

Chapter 17: Cuestiones indecisas.
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About This Book

El autor defiende una postura escéptica que cuestiona la posibilidad de alcanzar certezas absolutas, narra su propia trayectoria intelectual marcada por la duda y critica las doctrinas dogmáticas de filósofos tradicionales. Propone suspender el juicio y examinar las cosas por sí mismas como método para revelar las limitaciones del conocimiento humano, refuta sistemas basados en abstracciones infundadas y señala cómo la erudición puede deformar más que aclarar la verdad. El texto combina reflexión autobiográfica, argumentación filosófica y crítica erudita, y convoca al lector a practicar la duda metódica para ponderar los alcances y pretensiones del saber.

Cuestiones indecisas.

Corresponde también a este lugar la cuestión de la pluralidad del mundo, de lo que está fuera del cielo y otras parecidas.

Y no es esto sólo, sino que en las diversas partes de la tierra (que uno mismo no puede recorrer todas, pero que es necesario), por la multitud de las cosas dichas poco ha, son varias las opiniones de los hombres y ninguna la ciencia.

Y de las cosas que sucedieron mucho tiempo antes de nosotros y de las que después sucederán ¿quién puede afirmar algo cierto?

Con ocasión de esto es aguda la controversia habida hasta aquí entre los filósofos acerca del principio del mundo, de su eternidad o de su duración y fin; al cual nadie impuso, que sepamos, fin, ni habría de imponérsele por ciencia.

Pues ¿cómo lo corruptible podrá mostrar algo con certeza de lo incorruptible, lo finito de lo infinito? ¿Qué sabe de la eternidad quien vive sólo un instante como si no viviese y aun como si no fuese de lo sempiterno?

De todas estas cosas, que son muy nobles y muy necesarias para el conocimiento de todo lo demás, hay dudas en la Filosofía; la ignorancia de ellas trae, como consecuencia, el desconocimiento de todo.

Y que nada puede saberse perfectamente, del modo humano, vese claro en que el Peripatético con toda su escuela empéñase en probar con innumerables razones que el mundo es eterno y que no tuvo principio ni tendrá fin; y esto fué persuadido a los filósofos. De donde aquel romano (Plinio) tomó fundamento para su Historia Natural.

Y ciertamente, si te guías por la razón humana; lo advertirás mejor todavía. Pues viniste al mundo ya hecho, y tu padre también, y tus abuelos; marcharon ellos y marcharás tú, y verás a otros que nacen y mueren, mientras el mundo subsiste. Y no hay nadie que asegure o de palabra o por escrito, que vió el principio del universo o que vió a alguno que lo haya visto, o haya oído de otro que lo vió. Y, como dice el Sabio, «pasa una generación y viene otra generación; pero la tierra se mantiene perpetua; nace el sol y se pone, y vuelve a su lugar y, renaciendo allí, dirige su curso hacia el Mediodía, y declina después hacia el Norte; corre el viento soplando por toda la redondez de la tierra y vuelve a comenzar sus giros. Todos los ríos entran en el mar, y el mar no rebosa; van los ríos a desaguar en el mar, lugar de donde salieron, para volver a correr de nuevo. Todas las cosas del mundo son difíciles; no puede el hombre explicarlas con palabras».

Oíste el parecer de los filósofos; sin embargo, ves que lo contrario es totalmente verdadero, según la fe, y que el mundo fué creado, y que ha de tener fin, al menos según las cualidades que ahora tiene. Pues no será aniquilado, según aquello del Rey profeta: «Y como una vestidura los mudarás y serán renovados». Lo cual todo se sabe por divina revelación, no por discurso humano.

Y así aquel divino legislador, Moisés, teje divinamente desde la creación del mundo su divina historia, inspirado por el espíritu divino; totalmente al revés de lo que hizo Plinio.

Por consiguiente, tiene alguna excusa la opinión de los filósofos; pero ninguna la pertinacia en el descreimiento ni la contumacia contra la fe.

Pero volvamos atrás.