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Que nada se sabe

Chapter 18: Otra causa de nuestra ignorancia.
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About This Book

El autor defiende una postura escéptica que cuestiona la posibilidad de alcanzar certezas absolutas, narra su propia trayectoria intelectual marcada por la duda y critica las doctrinas dogmáticas de filósofos tradicionales. Propone suspender el juicio y examinar las cosas por sí mismas como método para revelar las limitaciones del conocimiento humano, refuta sistemas basados en abstracciones infundadas y señala cómo la erudición puede deformar más que aclarar la verdad. El texto combina reflexión autobiográfica, argumentación filosófica y crítica erudita, y convoca al lector a practicar la duda metódica para ponderar los alcances y pretensiones del saber.

Otra causa
de nuestra ignorancia.

Hay también otra causa de nuestra ignorancia: que es tan grande la sustancia de algunas cosas que no puede absolutamente ser percibida por nosotros; en el cual género está el infinito de los filósofos, si hay alguno, y el Dios de los nuestros, que no puede tener medida alguna, ni límite alguno, ni por consiguiente, puede ser de modo alguno comprendido por nuestra mente.

Y no sin razón: pues debe haber cierta proporción del que comprende a lo comprendido, de manera que el que ha de comprender sea mayor que lo comprendido o, al menos, igual (aunque esto parece que apenas puede realizarse, que un igual comprenda a otro igual, como veremos en el tratado del espacio; pero ahora concedámoslo); mas, nosotros no tenemos proporción alguna con Dios, ni lo finito con lo infinito, ni lo corruptible con lo eterno.

Por esta misma razón Él conoce todas las cosas, como que es mayor que todo, superior, más excelente o mejor, y para que no parezca que hago comparación con las criaturas, es máximo, supremo y excelentísimo.

Cuanto es más cercano a este Artífice, por la misma razón nos es más desconocido.

***

Hay otro linaje de cosas totalmente contrario a éstas, de las cuales es tan pequeño el ser, que apenas puede ser comprendido por la mente.

De esas cosas infinitamente pequeñas hay grande abundancia, y su conocimiento es muy necesario para la ciencia, y, sin embargo, casi ninguno tenemos.

Tales son, tal vez, todos los accidentes, que casi son nada; de tal manera, que hasta ahora ninguno hubo que haya podido explicar perfectamente su naturaleza, como tampoco de las demás cosas.

Nada sabemos: ¿cómo, pues, lo podríamos explicar?

Ni es de extrañar, si algunos juzgaren que los accidentes nada son en sí, sino sólo ciertas cosas que nos aparecen, las cuales nos aparecen varias según nuestra varia condición y disposición; como quien está febril todo lo juzga caliente, quien tiene lengua amarilla empapada de bilis todo lo juzga amargo.

***

Todavía queda en las cosas otra causa de nuestra ignorancia, a saber, la perpetua duración de algunas, la perpetua generación de otras, la perpetua corrupción y la perpetua mudanza.

De suerte, que, no viviendo siempre, no puedes darte cuenta de ellas; ni tampoco de éstas últimas que no son jamás las mismas, y que tan pronto son, como no son.

De ahí sucede que la disputa acerca de la generación y la corrupción está todavía sin resolver, acerca de la cual diremos en otro lugar lo que sentimos.

¿Cuántos modos hay de generación, cuántos de corrupción? ¿Cuántos de crear, cuántos de destruir?

Y entre el nacimiento y la muerte, ¿cuántas mudanzas se hacen? Innumerables.

En los vivientes, la perpetua nutrición, el crecimiento temporal, el estado, la decadencia, la generación, la variación de partos, la mudanza, los defectos, las añadiduras, la perfección de las costumbres, las acciones, obras diversas, muchas veces contrarias en el mismo individuo; todo es variación y movimiento.

Ni es de extrañar si fué sentencia de algunos, que de un mismo hombre, después de una hora, no puede afirmarse que sea el mismo que antes de ella; no se ha de rechazar totalmente, acaso tal sentencia es verdadera. Pues es tanta la indivisibilidad de la identidad, que si añades o quitas un solo punto de cualquier cosa, ya no es enteramente la misma; pero los accidentes son de esencia del individuo los cuales variando perpetuamente, le imprimen variación.

Sé, dices, que mientras permanece la misma forma, es siempre el mismo individuo, pues de ella llámase algo uno; y que las minucias de estos accidentes no mudan la identidad.

Dije que nada se ha de mudar en la identidad; de lo contrario no sería totalmente lo mismo. Una sola forma hace un uno. Por ventura informa siempre la misma, pero no totalmente lo mismo; pues, en esto hay perpetua mudanza, como en mi cuerpo.

Soy compuesto de ambas cosas, de alma, principalmente, y de cuerpo menos principalmente; de los cuales, variado alguno, varío también yo; pero de esto se hablará en otro lugar más extensa y oportunamente.

***

Y hasta aquí de los animales en su totalidad.

Mas si consideras las partes, es mucho mayor la duda. ¿Por qué son éstos así? ¿Por qué aquéllos? ¿Fuera mejor de otra manera? ¿Fuera peor? ¿Por qué no son más? ¿Por qué tantos? ¿Por qué tan grandes? ¿Por qué tan pequeños? No acabamos jamás.

En los seres inanimados, lo mismo.

¿Qué hay, pues, fijo de cosas tan mudables, qué determinado de cosas tan varias, qué cierto de cosas tan inciertas? Nada, absolutamente.

De ahí nació, por consiguiente, tan gran disputa acerca de la introducción de las formas y de su principio, que jamás la acabará nadie.

Y si quieres añadir los monstruos que se crían a veces, tantos y tan diversos, principalmente en el hombre; los sexos promiscuos en algunas especies y en los individuos de otras; las especies mixtas, como el mulo, del asno y la yegua, o el macho, del caballo y la burra; la licesca, de perra y lobo; el híbrido, de toro y yegua, que son vulgares entre nosotros.

En los árboles se observa la misma mezcla, y en otras plantas como en el melocotón-manzano, en el almendro-melocotón y en muchos otros, con los cuales, mediante injerto, adquiérese una naturaleza media entre el pie y el injerto. Si añades, por fin, la mudanza de las especies, cómo del trigo hácese muchas veces cizaña, y de la cizaña trigo alguna vez, y del centeno avena; y las mudanzas de los sexos en algunos seres, harás la cuestión totalmente difícil. Ni sabrás qué es esto, ni cómo, ni de dónde, ni por qué. Y yo menos.

En las cosas que carecen de alma hay todavía mayor mudanza, mayor diversidad en la generación, en la corrupción. Igualmente nos confunden los varios y múltiples efectos de la misma causa, y los efectos contrarios; y, al revés, las varias, muchas y contrarias causas de un mismo efecto.

Séate como único ejemplo (por no ser demasiado prolijo, comoquiera que en el examen de la naturaleza hanse de discutir estas cosas más extensamente) el calor, el cual engendra y destruye una misma cosa; blanquea y ennegrece, calienta y enfría, esclarece y espesa, disuelve y junta, derrite y solidifica, seca y humedece, enrarece y densifica, dilata y contrae, amplía y coarta, dulcifica y amarga, grava y aligera, reblandece y endurece, atrae y rechaza, mueve y cohibe, alegra y entristece. ¿Qué, finalmente, no hace el calor? Es el numen sublunar, la diestra de la Naturaleza, el agente de los agentes, el motor de los motores, el principio de los principios, la causa de las causas, el instrumento de los instrumentos, el alma del mundo. Y no sin razón, en la primera filosofía muchos antiguos creyeron que el fuego es el primer principio. Con razón llamó Trimegisto al fuego dios. Con gran razón Aristóteles pudo llamar a Dios ardor del cielo, aunque no creyere que el ardor del cielo sea dios, y, por consiguiente, en esto es mal censurado por Cicerón. Pues ¿qué nos sugiere mejor que el fuego la potencia y virtud del Dios máximo y alguna forma de su inefable divinidad? Él mismo insinuó esto, mostrándose primeramente a su siervo en una zarza que ardía y guiando por el desierto a su querido pueblo en ígnea columna y descendiendo en lenguas de fuego sobre el colegio de los elegidos.

Ves cuánto calor hace; sin embargo, es simple accidente, cuya razón, como las de las otras cosas, es desconocida. ¿Cómo él solo desempeña tantos oficios? Difícil es de entender, más difícil de decir, dificilísimo, o tal vez imposible de penetrar.

Distinguen, sin embargo, los filósofos, lo que es por sí de lo que es por accidente; objetan la variedad de los sujetos. Pero, ¿quién conoce exactamente esta variedad? Nadie. Sólo se tiene noticia de algunas cosas probables; de ninguna con entera certidumbre. Pero de esto hablaremos después. Baste ahora conocer que nosotros nada conocemos claramente.

***

Por la misma razón, el mismo efecto producido por contrarias causas nos engendra máxima ambigüedad.

Hácese frialdad con el movimiento, como en la agitación del corazón, del tórax, de las arterias y del agua caliente, y con el descanso, como cuando el hombre, estando caliente, deja de moverse.

También el calor prodúcese por el movimiento, como en el salto y la carrera; en la quietud, si descansa el corazón o no se mueve el agua hirviendo.

La negrura, proviene del calor, como en los etíopes; del frío, en el muerto o en el miembro tiempo ha paralizado, principalmente si por la compresión se impide la circulación del aliento por las arterias.

La putrefacción se produce de todas las cualidades cuanto desaparece la sequedad.

Ni es esto sólo; sino que un contrario es producido por otro contrario; el calor por el frío, en la cal fría macerada, en nosotros, en las fuentes, en la tierra, en tiempo de invierno; de donde la sentencia: Los vientres, muy calientes en invierno y en verano.

El frío por el calor, en los cuerpos calientes que se queman; en ciertos seres, que son fríos por dentro, y en nosotros también en el estío.

Cómo se hace todo esto de ningún modo lo sé. ¿Tampoco los demás? No lo concluyo necesariamente, pero lo parece. Oigo lo que dicen de estas cosas; pero no por ello conozco mejor la cuestión. Lo mismo pensaba yo antes, y no saciaba el ánimo. Pues si algo hubiese conocido perfectamente, no lo hubiera negado, antes lo hubiese aclamado vehementemente, con alegría, pues nada puede ocurrirme de mayor felicidad.

Mas ahora me consumo en perpetua tristeza, desesperando que pueda saber perfectamente alguna cosa.

Y una de dos: o yo soy el más ignorante de todos los hombres o todos los demás lo son conmigo. Ambas cosas las creo verdaderas. Algo sabría, no obstante, si los demás supieran algo también; tampoco es verosímil que a mí solo me haya sido adversa la fortuna. Mas nada sé. Ni tú tampoco.

Muchas otras ocasiones de ignorar tenemos en las cosas; ocasiones que fuera largo e inútil traer aquí, cuando puedes verlas en cada uno de los tratados especiales, y yo mismo te las mostraré dondequiera que se tratare de ellas.

Sólo añadiré todavía alguna que otra de las principales.

La variedad de las cosas, la forma múltiple, la figura, la cantidad, las acciones y tantos y tan diversos usos, de tal manera atan la mente, o mejor, la distraen, que no puede preferir o sentir algo con seguridad, sin que sea sitiada por otra parte y forzada a abandonar su opinión; y así, variando de aquí y de allí, nunca está quieta.

Si afirma que la blancura (y baste traer ejemplo de los colores) la hace el calor, te contradirán la nieve, el hielo, los alemanes; si el frío, la ceniza, la cal, el yeso y los huesos calcinados; si la humedad, estas cosas; si la sequía, aquéllas.

Acerca de la negrura ocurren otras tantas dudas.

¿Y de los colores medios? ¿Qué temperatura les señalarás?

Y aun las cosas extremas parece que tienen causa manifiesta, como la nieve, el frío, la ceniza, el calor, porque ambas cosas las aprehendemos con los sentidos.

Pero ¿qué dirás de los animales manchados, la pantera, el leopardo, el perro y otros semejantes? ¿Qué de las hierbas, el dragoncillo, el cardo plateado, el trébol multicolor? ¿Qué de las flores de la betónica comestible y de las variedades de violetas? ¿Qué de los guisantes turcos? ¿Qué de las aves, del pavo real, del papagayo?

¿Señalarás, por ventura, diversas temperaturas al pavo, a las flores multicolores, al leopardo, en la misma pluma, en la misma flor, en el mismo pelo?

Y los colores son permanentes.

¿Qué dirás del iris, de la paloma variada, del vidrio lleno de agua y del otro sin agua, que por la diversa exposición al sol o por la varia posición del observador dan tan varios colores?

Con razón te quedarás mudo, como yo también.

Y en todas las otras cosas que señalamos arriba, mucho mas.

Y cuanto más escudriñamos, más perplejidades se ofrecen, más nos confundimos, más difícilmente hallamos luz. Pues donde hay muchedumbre allí hay confusión.