Sin quitarse el mantón, entró en el comedor y abrió, con la llave más gruesa de su llavero, el cajón bajo del aparador: había hasta tres pares de cubiertos de plata, envueltos en papeles de seda y en retazos de franela muy limpia: eran los últimos restos del antiguo esplendor de los Vargas, cuchillos y tenedores que, más de un bien cebado prior había manejado, en las comidas suculentas y frailunas del místico don Aquiles. A la casa de empeños con ellos, y andando.
—Ya vuelvo—dijo la señora a Pampa,—no te muevas del patio.
Media hora después volvía, sofocadísima.
—Si me sale ahora con que es más de los dos mil doscientos que le traigo—pensaba subiendo la escalera,—¡me parte!
Ya arriba, repiqueteó sobre la puerta, y entró, cuando Quilito hubo corrido el cerrojo.
—Aquí me tienes—dijo alegremente, echando el mantón sobre los hombros,—espero no haber perdido mi viaje, o mis viajes, porque han sido dos, hijo mío.
El joven la vió sacar de un pedazo de periódico, enrollados, los billetes, que puso sobre la mesa de pino que, en aquella primera habitación, llenaba, mal que mal, las funciones de escritorio: quinientos, seiscientos, mil, mil quinientos, ochocientos, dos mil, dos mil doscientos... Silencio. La tía, radiante, contemplaba el depósito; Quilito, turbado, miraba a la tía. Esta, miró a su vez al sobrino, y el semblante se le anubló, de pronto...
—Vamos, pues, ¿qué dices?
—¡Que la quiero a usted mucho tiíta de mi alma, y que sufro de veras por la pena que la estoy causando!
La abrazó repetidas veces, con efusión.
—Déjame, no me aprietes tanto... ¿De modo que... eso no te alcanza? ¡Habla, habla!
Quilito hizo un gesto, que quería decir: Eso, tía, es un grano de arena, una gota de agua, para lo que yo debo. Y misia Casilda, dando palmadas sobre la mesa con su mano enguantada, se impacientaba, seria, de nuevo, y severa, como antes, exigiendo se le confesara el monto total de la deuda, inmediatamente: el joven, entonces, hizo declaraciones completas... Treinta mil nacionales a don Raimundo de Melos Portas e Azevedo, el más temible de sus acreedores, porque tenía un pagaré bajo su firma, que le era forzoso, absolutamente imprescindible, recobrar al día siguiente, y si no lo recobraba, perdería la vida con la honra: lo había jurado; cincuenta mil a Rocchio, el corredor; veinte mil a un fulano del Club del Progreso, y cincuenta mil más, repartidos entre varios corredores de la Bolsa por operaciones malogradas en los días que iban de mes... total, ¡ciento cincuenta mil nacionales! De todo esto, lo más urgente a pagar era el saldo de don Raimundo Portas, quien no estaba dispuesto a conceder más prórroga que los dos días de gracia; el pagaré había vencido el 22... Los demás acreedores esperarían hasta que Dios quisiera. Necesitaba, pues, treinta mil nacionales para el 24 de junio, a las doce, ni un centavo más, ni un centavo menos.
No cayó de espaldas misia Casilda, porque sus nervios, a prueba de emociones, la sostenían admirablemente, pero parecióle que el mismo Lucifer le soplaba ciento cincuenta mil trompetazos en los oídos, y que la casa se le caía encima. A la mente y a la lengua se le vinieron ideas y palabras, a borbotones, y las arrojó a la cara del sobrino, cual si le azotara con un látigo... ¡Cómo! ¡él, un chicuelo pobre, un perdulario, endeudado por suma tan crecida! pero, ¿cómo había podido creer que sus fondillos iban a valer tanto jamás? ¿no pensó, por un instante siquiera, ya que su cabeza parecía tan hueca, que si perdía, no podría pagar, y si no podía pagar, que deshonraba a su familia para siempre? ¿en qué escuela se había educado, que así le habían sugerido la peregrina teoría de que las deudas son cosa baladí y es lujo de caballero tenerlas? ¿y esta era la manera con que él pensaba hacer la felicidad de su padre y de su tía, y la suya propia? Mordíase el joven el dorado bigotito, y no replicaba, la cabeza y los ojos bajos.
—¿Qué vas a hacer, entretanto?—preguntó la señora, recogiendo, con un movimiento de hombros, el mantón, que se caía. Y Quilito, fríamente, contestó:
—¡No se incomode usted, que yo sé lo que debo hacer!
Cogió un billete de veinte nacionales y pidió permiso para guardarlo.
—Esto es todo lo que acepto de usted, tiíta; dígame, ahora, cuanto se le ocurra: todo lo merezco, hasta que me arrojen a puntapiés a la calle, porque soy muy culpable, más de lo que usted cree, quizá... No sé, yo quería ser rico, pronto, pronto, y no pasar la vida trabajando, para comer pan negro de viejo, como sucede casi siempre... ¡Luego, mi amor por Susana! yo me decía: Si me hago millonario, ni los Esteven se opondrán, ni en casa me harán la guerra: el rico es libre y el dinero todo lo allana. Y vea usted cómo han fallado mis cálculos: en la Bolsa, la suerte siempre de espaldas, y en el club; hasta la lotería... mi número sin querer salir...
Del cajón de la mesa sacó un puñado de billetes de lotería, arrugados, que arrojó al suelo.
—¡Sin querer salir!—repitió con tristeza;—en balde practicaba los medios supersticiosos de que se valen algunos jugadores: escoger el billete en día trece, entrar en la agencia con el pie derecho, tomarlo con los ojos cerrados... ¡Nada! ¿y el club? ¡Si usted supiera, tía Silda! Algunas noches mucha suerte, y otras barranca abajo... ¿Se acuerda usted de aquellos veinte nacionales que vine a pedirle esa madrugada... que salí después? Había perdido en el club cuatro mil nacionales, y se me puso que con un billete de veinte, que fuera suyo y hubiera usted tocado, haría saltar la banca... y la hice saltar, tía, asómbrese... para saltar yo, después, porque ofuscado, puse cuanto había ganado a una carta, y lo perdí... ¡Ah! tiíta, el juego es así... Aquí tiene usted mi proceso hecho; la sentencia usted la ha pronunciado: si no pago mañana los treinta mil nacionales a don Raimundo, caerá la deshonra sobre mi nombre... y deshonrado, arruinado, alejado de Susana para siempre, sin ilusiones, sin esperanzas, sin porvenir... ¿qué voy a hacer? me pregunta usted; ¡hacerme justicia, tía, y acabar!
Dijo esto con tal sentimiento, y de modo tan lúgubre, que los reproches expiraron en los labios de la tía, y se abalanzó a él, como loca, estrechándole en sus brazos, suplicándole que no volviera a proferir la terrible amenaza, si no quería verla caer muerta a sus pies. ¡Qué muchachos estos! hacen una barrabasada, y no se les ocurre mejor medio de remediarla que el suicidio; ¡bonita manera de arreglar las cosas! la suerte que son pura boca, y que del dicho al hecho... ¡Vamos! reflexionar un poquito y estudiar el medio más decoroso y fácil de salir del atolladero: treinta mil nacionales no se encuentran así como así, bajo el primer adoquín de la calle... ¡Oh, la inexperiencia y la ambición son dos caballos desbocados que llevan al precipicio a cualquiera! Ya se lo pronosticó ella, y después dicen que las viejas no entienden... Basta; dejar ese gestito de contrariedad, que no recomenzaría con sus sermones; verdaderamente, en estas circunstancias las amonestaciones huelgan: es como dar de palmadas al niño que acaba de romperse la cabeza; lo urgente era encontrar el dinero... Ella, que le había criado y educado y mimado, que era su segunda madre, le salvaría.
Quilito se lo agradecía todo, besándola las manos, como un perrillo que ha sido castigado y quiere hacerse perdonar del amo la falta cometida.
—No me preguntes nada, hijo mío—agregó misia Casilda,—de aquí a mañana tenemos tiempo para pensar y para obrar... pero, prométeme que te dejarás de locuras: tu tía vieja te lo pide: ¡en estos casos de la vida, es cuando se debe mostrar que se tiene sentido común, sentimientos y religión! prométemelo, Quilito.
—Prometido queda—contestó el joven maquinalmente.
Antes de salir, la señora recorrió las dos piezas, buscando con los ojos si había puñal o revólver o instrumento alguno capaz de producir la muerte, y no bajó sin dejar al querido sobrino más tranquilo, en apariencia al menos, después de nuevas y patéticas exhortaciones. Bajaba los escalones, uno a uno, deteniéndose, apoyándose en el pasamano, y las lágrimas le caían gota a gota, sobre la falda negra; ese movimiento rencoroso de todo el que sufre, contra la indiferencia del mundo exterior, experimentólo la señora al ver el cielo tan puro y el sol tan brillante, cual si no tuvieran noticia de la desgracia ocurrida y de la más tremenda que se preparaba.
—¡Qué sol más antipático!—murmuró,—todo debiera estar de duelo, como lo estoy yo! ¡Qué hacer, qué hacer, Dios mío! ¡Virgen de Luján, ayúdame! Te ofrezco una novena y misa cantada, si nos sacas a todos de este mal paso... Lo peor, lo peor es que no me viene una idea, una sola... no queda ya nada por empeñar, y aunque hubiera: la casa entera no vale treinta mil nacionales... Inútil ha sido llevar al prendero esos recuerdos de familia...
Se había parado en el penúltimo escalón, y mirando los billetes envueltos en el periódico, que guardaba en la mano, repuso maquinalmente:
—La base aquí está, sin embargo, esto ya es algo, esto es mucho... falta el resto, ¿a quién acudir? ¡Dios mío! no se me ocurre nada...
De pronto, al poner el pie en el último escalón, la idea vino, clara y precisa...
—¡Qué disparate!—exclamó.
Y trató de ahuyentarla; pero, la idea, como mosca impertinente, la siguió hasta su cuarto, revoloteando sobre su cabeza, picoteándola en la frente, persiguiéndola incansable, más pegajosa cuanto más desechada.
—¡Qué disparate!—repetía misia Casilda.—¿De dónde ha venido a ocurrírseme semejante cosa? Solamente loca... ¡Dios me libre!
Repasó la lista de sus escasas relaciones, discutiendo consigo misma cuál conceptuaba ella capaz de hacer un servicio al prójimo, pero como se trataba de un servicio tan extraordinario, veíase obligada a eliminar nombres, unos por ser de personas tan pobres como ella, otros por poca simpatía, o ninguna confianza. Y se acordó de misia Petronila Barrientos, una viuda sin hijos, riquísima, que la visitaba con frecuencia, y en cada visita la repetía sus ofrecimientos de buena vecina y antigua amiga.
—Casildita, ya sabe que estoy a sus órdenes; mándeme en cuanto pueda serle útil. Ocúpeme con toda confianza, Casildita.
A la vuelta vivía, en una casa muy hermosa, de su propiedad...
—Iré a ver a misia Petronila—pensó la señora,—y le ofreceré la finca en garantía; mi carácter no es para estos casos: nunca he pedido dinero a nadie y creo, estoy segura, que la vergüenza no me dejará hablar... Pero, ¿a quién acudir, si no? ¡Esto, antes que lo otro! Ya me tiemblan las piernas y me pongo colorada...
A la calle otra vez. Pero, ¡fíese usted de los amigos y de sus ofrecimientos! Misia Petronila Barrientos la recibió con afecto, la escuchó con atención... y la despidió con política, diciéndola muy fresca, que no podía ser... porque no podía ser. Y vuelta a la casa, abatida y llorosa, por el sacrificio estéril que de su amor propio había hecho, alimentando pensamientos tan negros como éstos: El amigo es para ir de fiesta y no para acompañar en la desgracia. El corazón de un extraño es más tierno que el de un amigo. En el pedir y en el dar, se aquilata la amistad, etc.
Vino don Pablo Aquiles, por la tarde, y se enteró de que el niño seguía en su cuarto, bajo llave.
—¡Qué demonio de muchacho!—dijo,—¿qué tendrá? Igualito es a su madre, ¿te acuerdas, Casilda, que Pilar era así?... Pero, aquí yo no veo motivo; el disgusto de esta mañana no pasó de una tontería; voy a subir.
—No, Pablo, ¿para qué? Déjalo solo; es mejor.
—Le dejaremos, pues; pero, hazme el favor de cambiarte de cara, Casilda.
—¡Jesús! ¿por qué me lo dices?
—Me pareces muy preocupada, hija.
—Aprensión tuya, Pablo.
Cuando se sentaron a la mesa y se sirvió la comida, Quilito mandó a decir que él no bajaba, porque no tenía gana.
—¡Ya me va cargando el chico éste!—exclamó el padre.
Misia Casilda preparó en una bandeja dos platos, y bien tapada, con el pan y el vino, mandó a Pampa que la subiera al niño.
—Mira—observó,—si no abre, dejas todo en la escalera, delante de la puerta.
—Se enfriará, mujer—dijo don Pablo, a quien tanto mimo ponía de mal humor.
Fué lúgubre la comida. La señora no comió, empeñada en la batalla con la mosca de su idea primera, que había vuelto a acometerla, y don Pablo dió satisfacción al estómago con dos cucharadas de sopa, preocupado también y triste. Recogióse temprano misia Casilda, y sin desvertirse, pasó la noche en la sillita baja, delante del nicho vacío de la Virgen. Quilito no había salido, y esto la tranquilizaba, pero desesperábase de que la hora fatal estuviera tan próxima, y ella no hubiera encontrado más recurso que aquel descabellado, que le había venido a la imaginación, y que desechaba como impracticable y humillante.
—La Virgen ha de iluminarme—decía;—ya lo sabes, madre de mi alma: novena y misa cantada; ¡se trata de él, de nuestro orgullo, del que ha de ser nuestro sostén mañana! A Pablo no le diré nada, hasta no ver, ¿a qué darle un disgusto? y él, me parece, que huele algo... ¡ay, Dios mío! ¿qué es eso? ¡qué ruido tan extraño! el corazón me ha dado un salto... Debe ser el gato, que ha tirado alguna maceta, en el patio... ¡Tanto hablar de tiros y desatinos esa criatura! no estoy tranquila; quisiera llorar y no puedo. ¡Otra vez eso! ¡qué pesadez! y es un disparate, un solemne disparate... ¿A dónde, a dónde ir? No sé, me parece que todos van a recibirme como misia Petronila... Claro, apenas comprenden de lo que se trata, se encapotan y sacan el cuerpo con mucha urbanidad... Esto de hacer la pedigüeña no es para mí, ¡no es! y es preciso, sin embargo: cuando la necesidad habla, el amor propio se echa a la espalda. Si Pablo... ¡pero, qué! con las cuentas de sastres y zapateros de ese niño aturdido, ha molestado tanto al Habilitado, que no quiere éste adelantarle ya nada; todavía, si fuera una suma pequeña... ¡Señor! ¡Señor! ¿estaré condenada yo a pasar por tanta vergüenza?
Amaneció, y la nueva luz encontróla en la sillita baja, pensativa.
—Hoy es día de San Juan—dijo abriendo los postigos,—¿qué presente nos reservará?
Durante las primeras horas de la mañana, ocupóse en las tareas de la casa; a golpes de plumero perseguía el polvo, y cada golpe parecía descargarlo sobre la idea, que no la abandonaba.
—Es estúpido esto que se me ha metido aquí: si antes de las doce no se me ocurre otra cosa, no sé... yo tengo confianza en la Virgen; ella ha de hacer un milagro.
A la hora del almuerzo, Quilito tampoco pareció. Pampa dijo que le había visto salir, y misia Casilda imaginó que habría ido a buscar recursos por su lado, a pedir otra prórroga quizá... Entonces, antojósele que lo mejor, lo más hacedero, era irse directamente a ese señor de Portas, y arrancarle la concesión de un nuevo plazo prudencial para efectuar el saldo del maldito pagaré: ¡veinticuatro horas de prórroga importaba quizá la salvación! Esto es; prontito, a casa del señor Portas, que lo que es elocuencia para convencerle y lágrimas para ablandarle, no le habían de faltar. ¡Caramba! no haberlo pensado antes... Día de fiesta era, y don Pablo Aquiles, que estaba de morro y no quiso almorzar, se fué a dar su paseo; la campanada de las diez y media sonó en el reloj del comedor, y la señora se cubría ya con el velo y el mantón, cuando el llamador de la puerta de calle se hizo oír con grave redoble.
—¿Quién?—preguntó Pampa acercándose a la reja;—señor no estando; niño, tampoco.
Misia Casilda, en el umbral del gabinete, se asomaba, por la curiosidad de saber quién era...
—Que pase ese caballero, Pampa; déjale pasar.
La india abrió y don Raimundo de Melo Portas e Azevedo entró en el patio, saludando, la chistera tornasol en la mano; en vez del levitón legendario, llevaba ahora un sobretodo de pelo rizado, de estos color de ceniza, que no muestran la porquería...
—No le conozco—se dijo la señora;—pero, a esta hora y con esa facha, viene por Quilito: debe ser un acreedor. ¡Que la Virgen nos asista!
Pasó a la sala, donde el insigne portugués estaba ya instalado, en un sillón de seda amarilla, gastadísima, con los flecos deshilachados.
—Muy señora mía...
—Servidora de usted...
Al nombre de Portas, misia Casilda se animó.
—¡Ah, es usted el señor de Portas! Pues precisamente iba yo a su casa ahora.
—¿De veras?—exclamó don Raimundo, sacando los dientes en una sonrisa,—el señor Vargas la había encargado entonces... a eso venía yo también; aquí está el pagaré, vencido el 22 y que hoy debe ser saldado.
De una cartera de cuero, sacó el papelucho y lo presentó, haciendo el amable.
—Así la evito a usted una molestia—repuso;—dígnese fijarse usted señora, si es ese el documento, porque tengo unos ojos...
Misia Casilda decía:
—¿Molestia? no, señor, al contrario.
Tomó el papel, sin saber qué hacer.
—Sí—dijo,—éste es; treinta mil nacionales, y aquí está la firma, Aquiles Vargas...
—Debajo, debe estar la de don Bernardino Esteven.
—¿Qué dice usted?
—Sí, señora, del fiador; el señor Esteven ha garantizado la firma de su sobrino.
La señora sintió un desvanecimiento tan grande, que creyó iba a perder el sentido. ¡Esteven fiador de Quilito! Una de dos, o el joven mantenía relacione con sus tíos, de tapadillo, o aquella firma era falsificada; si lo primero, ella conocía a don Bernardino y no creía que su generosidad llegara a tanto, aunque estuvieran en los mejores términos con el joven, luego... No veía bien, no respiraba bien; un sabor muy amargo la envenenaba la boca.
—En efecto—balbuceó haciendo un esfuerzo,—aquí está también la firma de... ese caballero.
Se calló, mirando atontada el papel, que conservaba en su mano temblorosa; don Raimundo, apoyado en el bastón, la chistera sobre las rodillas, esperaba. Y viendo que misia Casilda no daba muestras de aflojar los monises, el portugués se alarmó. ¿El señor Vargas no había dejado nada para él? porque estaban a 24 de junio, término de la prórroga; si el pagaré no lo saldaba el señor Vargas, en cumplimiento de su compromiso, se vería él en la dura necesidad de presentárselo al fiador, a Esteven.
—No, no—exclamó la señora, agitadísima,—se pagará, sí, señor; mi sobrino sabrá hacer honor a su firma y no tendrá usted que recurrir al fiador, no, no.
—Lo decía, porque, como yo tengo otras cuentecitas que arreglar con el señor Esteven, no había más que incluir ésta con las otras...
—Si le digo que se pagará, ¿por qué ha de ponerlo usted en duda? Me ofende usted, caballero, me ofende usted.
—Bien, señora, a sus órdenes...
—Solamente que—agregó misia Casilda sudando, a pesar del frío que sentía, no podrá ser ahora mismo, en el acto... a eso iba yo a su casa, precisamente... a pedirle una nueva prórroga, corta, muy corta: en dos o tres días se habrá reunido la cantidad suficiente... Vea usted, señor Portas, cómo andan ahora los negocios; esto usted lo sabe mejor que yo; además, hoy es fiesta, no lo olvide usted. Estamos tan atrasados, que para el puchero apenas nos llega... pero, en dos o tres días, se lo prometo a usted; tenemos un depósito en el Banco y vamos a recibir ciertas cantidades que nos adeudan...
Lloraba casi, en su súplica desesperada, y don Raimundo movía la nariz, contrariado, tocando el tambor sobre la chistera, de impaciencia.
—Pero, señora, comprenda usted que del 22 a aquí van ya dos días de prórroga y la ley no exige...
—Caballero, sea usted bondadoso.
—No puede ser...
—En dos días más...
Siguió la porfía, hasta que el prestamista declaró, levantándose, que si al día siguiente, a la misma hora, no le entregaban los treinta mil nacionales, iría con la letra protestada a ver a don Bernardino Esteven. Y se marchó, bruscamente, después de guardar el papelucho en su cartera de cuero.
Parecióle a misia Casilda que, vestidita como estaba, la habían zambullido de cabeza en agua fría, porque daba diente con diente, como quien tiene tercianas, a la vez que llamaradas de fuego le quemaban la cara. ¡Esteven fiador de Quilito! ¿De qué manera había el joven obtenido esta firma? ¿directamente? Luego se veía con los tíos, entraba en la casa, trincaba con ellos, los enemigos jurados de su padre; ¿por intermedio de Jacinto? Era dudoso, y en uno y otro caso, pensaba ella que Esteven, más calculista que caritativo, no sería tan necio como para prestar su garantía a un joven que, le constaba, no tenía con qué responder a compromiso tan importante. Lo que misia Casilda deducía de todo esto, era tan espantoso, que se puso a llorar... El desgraciado niño lo había dicho: que era más culpable de lo que ella creía. Entonces, si la sospecha horrible resultaba evidente, urgía recuperar el pagaré de manos de don Raimundo, no darle ocasión de que fuera a poner bajo los ojos de ese hombre la firma falsificada...
—¡Sí, recuperarlo, pero cómo, cómo, Dios mío!—exclamó.
La mosca impertinente volvió, agitando sus alitas impalpables, y ella no la rechazó, como antes, la acarició, al contrario... ¡Sí, se humillaría hasta hundir la frente en el polvo! se trataba de salvar a Quilito, y si no había más medio que ése, el último, a él, apelaría, con los ojos cerrados.
De pronto, se acordó que el joven no había vuelto todavía; si no era a ver a don Raimundo, ¿a dónde habría ido? El temor de que fuera a realizar su amenaza de suicidio, la asaltó, arrancándola del sillón. Desatentada, salió al patio, gritando a Pampa si el niño estaba en su cuarto, a tiempo que la reja se abría y entraba Quilito.
—¡Ah! ya vuelves—dijo la tía con sofocada voz.
Hízole entrar en la sala, y estrechando sus manos con fuerza, descompuesta, loca, prorrumpió en esta pregunta:
—¿Qué has hecho, hijo mío, qué has hecho?
Quilito, pálido, no comprendía. Y la tía, sin soltarle, repitió su pregunta desolada:
—¿Qué has hecho? ¿qué has hecho? ¡Alguien te ha aconsejado mal, te ha arrastrado al crimen, porque tú has sido siempre bueno, has sido honrado, honrado como tu padre y como tu abuelo!
—Tía, ¡por Dios!
Misia Casilda le soltó, y sentándose en el sillón, porque sus piernas, flojas, no podían sostenerla, repetía, llorando:
—Sí, alguien te ha aconsejado, porque tú no eres malo, no eres capaz...
Dijo que don Raimundo acababa de salir, que había exhibido el pagaré de treinta mil nacionales, y que ella, con sus propios ojos, que comería la tierra, había visto al pie de su firma, la firma de Esteven... Miró a Quilito, y en su turbación y en su semblante demudado leyó la verdad, la comprobación de su sospecha.
—¿Qué has hecho? ¿qué has hecho?—volvió a decir con angustia.
Pero, el joven se había echado ya a sus pies e imploraba su compasión; sí, era cierto, era cierto que él falsificara la firma de Esteven, para obtener del prestamista el dinero que necesitaba, pero lo hizo ciego, sin saber lo que hacía, ni a lo que se exponía, pensando, en su fiebre de fortuna improvisada, que, llegado el vencimiento, podría retirar fácilmente el pagaré, las manos llenas de oro, como había de tenerlas; nadie se lo aconsejó, sino su mala cabeza.
—¡Soy un miserable, tía de mi alma, no merezco que usted me mire siquiera, porque, aunque honrado en el fondo, no he sabido resistir y evitar una acción vergonzosa, que la ley castiga, tía!
Y bien, como la deuda no podía saldarla, y el pagaré, protestado, iría a parar a manos de don Bernardino, si no estaba ya en su poder, quedábanle a él dos caminos: o dejarse meter en la Penitenciaría o saltarse los sesos... Misia Casilda dió un grito y le abrazó, aterrada. Quilito se debatía, diciendo que, puesto que había deshonrado las canas de su padre, debía sufrir el condigno castigo; que él no se atrevería ya a afrontar su mirada, y que la idea que Susana, su adorada Susana, conociera su delito, le enloquecía...
—No, yo no podré resistir esto, no podré, no podré.
—¡Escúchame, desgraciado, tengo un medio de salvarte, un medio supremo; ya lo verás: el prestamista me ha concedido un plazo de veinticuatro horas, ¿sabes? y en estas veinticuatro horas se puede volver el mundo patas arriba, figúrate. Yo por un lado, tú por el otro: cavaremos, cavaremos hasta encontrar esa suma. Nunca me había imaginado esto, pero, ha sucedido y debemos remediarlo con algo más positivo que con lamentaciones y amenazas: déjate de tiros y de Penitenciaría. ¡Qué horror! ¡Había de permitir la Virgen de Luján que tú fueras tratado como un criminal empedernido! No, ¡imposible! has cometido una falta grave, pero sin medir todo su alcance, ofuscado en esa jugarreta de la Bolsa, que yo tanto te incriminaba... Pierde cuidado, tu padre no sabrá nada, y ese hombre tampoco, porque, mañana, a estas horas, habremos reconquistado el pagaré. Si te digo que tengo un medio, infalible no, infalible no, pero... es muy probable... veremos; quiero que te tranquilices, hijo mío.
—Es usted muy buena, tiíta Silda, pero, verá usted como todos los medios serán inútiles...
—¿Qué sabes? déjame a mí, que yo sé lo que me digo.
Hasta sonreía la infeliz señora, ansiosa de calmarle, de inspirarle valor y confianza.
—Pero, tú me has de ayudar, ¿eh? En primer lugar, no haciendo tonterías y abandonando esas ideas de desesperación, que Dios condena; luego, viendo por ahí... tú tienes amigos ricos, relaciones influyentes: no desanimes, hijo mío...
El joven dijo que había visto a muchos amigos, pero sin resultado; ¿quién presta, sin garantía, treinta mil nacionales? Y misia Casilda, recordando a la de Barrientos, contestaba que, efectivamente, muchas veces los mejores amigos son los primeros en dar el esquinazo, y que vale más dirigirse a los extraños; pues, por dejar de pedir no quedaría, y si el medio supremo, el suyo, no resultaba, se hipotecaría la finquita o se vendería: con el producto bien podía pagarse al señor Portas y a alguno de los demás acreedores, pues si la casa, vieja, no valía gran cosa, el terreno, por el sitio, valía mucho.
—¡Ahora!—arguyó Quilito desalentado,—¡imposible!
—¿Y por qué no? todo está en buscar comprador... conque, hijo mío, manos a la obra; tu vieja tía ha de salvarte.
Se oyó el golpe del bastón de don Pablo en las losas del patio y sus pasos mesurados; Quilito se arrancó de los brazos de la tía y huyó por las habitaciones interiores, trepando la escalerilla de su cuarto, donde se encerró con doble vuelta.
—¿Quién estaba en la sala, Casilda?—preguntó don Pablo Aquiles deteniéndose junto al aljibe.
—Nadie—contestó la señora,—yo sola.
—¿Así, de velo y mantón?
—Es que voy a salir.
—¿A dónde?
—Entra y te lo diré.
Penetró don Pablo en el comedor, y sin quitarse el sombrero ni el abrigo, muy risueño, sentóse en el sillón de costumbre, y mirando a su hermana, dijo:
—Adivina la gran noticia que traigo...
—No sé...
—He encontrado al oficial mayor en la calle; ¡qué casualidad! y me ha sorprendido, hija, porque no imaginaba yo que esto sucedería: asómbrate, ¡el ministro Ensene ha renunciado!
—¿De veras?
—De veras, parece mentira, ¿eh? pues, sí, señor, el hombro ha caído, y vergonzosamente, como tenía que suceder; si le dejan un día más en el Ministerio, se lleva hasta los clavos de las paredes. Ahora sí que van a empezar a descubrirse las picardías, hija.
—Por mí, que se descubran; como no han de hacerle nada... ¡todavía si fuera, para atarle codo con codo y mandarle a presidio! pero ya verás como echan tierra al asunto.
—De esta vez, ciertos son los toros: caído Eneene, la ruina de Esteven es segura; ¿no ves que era el compadre que le sostenía? Ahí decían que en la liquidación última de la Bolsa, de la que Esteven salió tan comprometido, el ministro le había echado un cable para salvarle, pero, lo que es ahora, el cable se ha roto y mi hombre se hundirá y ¡laus Deo! que bien ganado se lo tiene.
—Pues yo no lo creo, Pablo, mientras no lo vea, no he de creerlo...
Y cambiando de tono, temblándole la voz, añadió:
—Hablemos de otra cosa, Pablo, de algo muy grave.
Don Pablo la miró, y echó de ver entonces que había llorado, que estaba pálida y tenía los labios blancos.
—Habla, Casilda, me asustas, ¿qué pasa aquí? ¿dónde está Quilito? ¿a dónde ibas?
—Tranquilízate; Quilito está en su cuarto... Yo no quería darte este disgusto, me hubiera callado, pero se trata de algo tan grave, tan grave que... mira, Pablo, no hay otro remedio, no lo hay, aunque te rompas la cabeza buscándolo... Es una humillación para nosotros, lo comprendo, pero, ¿qué hacer, cuando la honra y la vida de Quilito están de por medio? Si me ves así, Pablo, es que voy... es que voy... a casa de Esteven.
El rayo había caído, y sin embargo, don Pablo Aquiles vivía, sentado en su sillón, paseando sus ojos atónitos de misia Casilda, inmóvil, a las cigüeñas de la pantalla, mudas confidentes de sus cavilaciones, y en esta mirada parecía preguntarles qué era aquello, qué significaba, aquello, porque él, francamente, no lo comprendía...
IX
—Explícate, Casilda, explícate—dijo ansiosamente.—¿Estás tú loca o estoy yo idiota?
Y misia Casilda habló, con esa incoherencia de las grandes emociones.
—No, Pablo, es que aquí, en casa, sucede una cosa horrible, una desgracia inaudita... ¿ves? ya estoy llorando; no puedo contenerme... tengo el cuerpo como si me hubieran dado de palos y alguien se me hubiera paseado por encima luego... anoche no he pegado mis ojos, cavilando, cavilando... pues, sucede, Pablo, que Quilito, de él se trata, desgraciadamente, en ese juego maldito de la Bolsa, ha perdido... no sé cuánto, mucho, y debe, y no puede pagar y ese don Raimundo irá mañana a casa de Esteven, y esto no lo podemos consentir...
—¿Qué dices, Casilda, qué dices? no te entiendo; hablas de un modo...
—Verás: Quilito, entre otras deudas, debe treinta mil nacionales: ¡figúrate! treinta mil nacionales, a un prestamista, que ya estuvo hoy a cobrarlos el muy sinvergüenza, porque hoy vencía el plazo... ahí tienes, ¿cómo deja el Gobierno andar sueltos a estos pícaros, que así engañan y estafan a niños sin responsabilidad? Porque estoy segura que de esa suma Quilito apenas habrá tomado diez mil, y el resto será los intereses del usurero... sobre esto había yo de escribir un remetido... ese pagaré no debiera ser válido, ¿verdad? naturalmente. Pues, Quilito, sin darse cuenta de lo que hacía, con tal de que el prestamista le diera lo que necesitaba, ofreció la garantía, ¿de quién te parece? ¡de Esteven! ¿comprendes ahora? ¿no? está bien claro, Pablo; dijo Esteven como hubiera dicho cualquier otro nombre conocido en el comercio...
—No está claro—exclamó don Pablo Aquiles, que iba perdiendo el color y la calma,—ningún prestamista da sin una firma de garantía, si la persona no le inspira la suficiente confianza, y no podía inspirársela un niño de teta como esa desgraciada criatura; ¿has visto tú la firma de Esteven en el pagaré?
—No, la firma no—contestó la señora confusa y embrollándose;—pero, en fin, yo no entiendo de esto; lo único que puedo decirte es que si mañana no entregamos los treinta mil nacionales, el prestamista, que tiene a Esteven por fiador de Quilito, no sé por qué, irá a presentar a ese hombre la letra protestada: esta es la situación. Cuando yo lo supe, figúrate cómo me pondría y qué de cosas le diría a ese mal aconsejado niño, porque, no tengas duda, le arrastran los amigotes, y Quilito había dado en la manía de hacerse un Creso de la noche a la mañana... ya ves si tenía yo razón y no era tan pesimista... Antes de decirte nada, intenté allegar recursos, empeñando cuanta antigualla de algún precio y chafalonía guardaba en el armario: hasta mi Virgen de Luján ha ido a casa del prendero; y no bastando esto, ¡qué había de bastar! me fuí a casa de misia Petronila a pedirle un préstamo sobre nuestra casita, y no ha querido... ¿qué hacer? el plazo es tan corto, que no da tiempo para nada; ¿hemos de consentir que un pagaré firmado por Aquiles Vargas vaya a manos de ese hombre? ¡no, por Dios!... he luchado con la idea, he luchado, pero no encuentro yo otra solución: Esteven nos ha robado nuestra fortuna, la que, por delicadeza y por orgullo, no hemos querido reivindicar ante los tribunales, fortuna que ha gozado y sigue gozando... pues bien, llega este caso, desgraciado, fatal, y yo, apretándome el corazón y pisoteando mi amor propio, voy a Gregoria, que dígase lo que se quiera, es nuestra hermana... con él no deseo nada, ni verle... voy a Gregoria y la digo: Mira, yo nunca te he pedido nada, nunca te he molestado en la posesión de lo que nos dejó nuestro padre, pero hoy me pasa esto: Quilito, el hijo de tu hermano y de la hermana de tu marido, que es Vargas y Esteven como tú y como tus propios hijos, debe esta cantidad, y la honra y quizá la vida le va en pagarla: préstame esa suma, Gregoria, y toma mi casa, lo único que poseemos, en garantía; ya ves que no vengo a pedirte nada, no vengo a que me des nada. Esto o algo parecido la diré, y estoy segura que ha de atenderme, porque Gregoria no es mala y si se ha mostrado tan dura para nosotros, es porque el marido la domina completamente... Comprendo que, después de veinte años de interrupción de relaciones, es humillante, es humillante ir a solicitar un favor de este género, pero... ¡hay que salvar la vida de Quilito! ¿sabes? me ha dicho que va a matarse, y si él muere, ¿qué será de nosotros que no tenemos más luz y más alegría que Quilito?
Eran tales las sensaciones que experimentaba el mísero don Pablo Aquiles, que cada palabra de la hermana era una gota de aceite hirviente que le caía sobre la piel; se quitó el sombrero y el abrigo, dejó el bastón sobre la mesa, volvió a sentarse y a levantarse, paseaba, se detenía a escuchar a misia Casilda, hizo ademán de subir a las habitaciones altas, para ahogar al calaverilla del hijo; pero se contenía y se sentaba otra vez, atusándose el bigote, mordiéndose los labios, palmeándose la calva reluciente. Y cuando la señora calló, aniquilada, él prorrumpió en amarga lamentación contra la suerte negra que le acompañaba en la vida: de niño, torturado por la severidad exagerada del padre; de joven, castigado por la pérdida de la mujer y de su fortuna, y ahora, de viejo, obligado a abandonar la última ilusión que le quedaba y le sostenía: ¡su hijo! Porque, después de esto, ¿cómo tener confianza en el porvenir? si para vencer los rigores del presente había que agacharse a lamer las botas del aborrecido enemigo...
—No, no, Casilda—exclamó con desesperación,—todo menos eso, todo menos eso... Es cierto que no pediríamos sino una parte mínima de lo que nos corresponde, y no en calidad de donativo, sino en calidad de préstamo, pero siempre sería pedir un servicio, un favor, a ellos, los Esteven. ¿Y si no te reciben, desgraciada? ¿y si no te lo hacen ese favor que vas a pedirles poco menos que de rodillas, porque no quieren, o porque no pueden, arruinados como dicen que están? ¡Sería una humillación vergonzosa y estéril!
—¿Qué me importa? Nadie más soberbia que yo, y me humillaré, sin embargo, y besaré el suelo, si es preciso; se trata de Quilito que, por mi boca, va a pedir lo suyo. Para mí nada quiero: cáscaras comería, antes que poner los pies en esa casa. Y si nada consigo, me quedará la conciencia tranquila, por haber tentado todos los medios de salvarle.
Con esto no podía transigir don Pablo Aquiles: ¡todo, menos eso! se buscaría, se pensaría, se iría a golpear a todas las puertas, y cuando todas se hubieran cerrado, entonces... y aun así, ¡quién sabe! Repasó la historia antigua de la familia, insistiendo sobre los hechos conocidos en que fué triste actor Bernardino Esteven, y en que tan poco airoso papel representó Gregoria; recordó sus miserias de veinte años, las estrecheces soportadas con resignación y valentía, sin que jamás hubieran necesitado pedir limosna a nadie: como se habían bastado a sí mismos, y educado al niño de la casa con el mimo y la holgura de un señorito rico...
—Y esto lo olvidamos hoy, Casilda, yendo a prosternarnos ante ellos, los Esteven. Mira, cuando pienso en lo que ha venido a parar nuestro orgullo, todos los nervios me vibran, y pacífico como soy, no sé, siento ansias de atropellarlo todo o de romperme la cabeza contra esa pared. ¡Señor! yo he trabajado honradamente toda mi vida; no he distraído jamás un centavo de mi humilde paga, ¡tú puedes decirlo, Casilda! todo para la casa, todo para el niño de la casa: que se eduque bien, que se vista bien, que viva, que goce... mañana, hombre de provecho, me resarcirá de mis desvelos, y esa fortuna que su padre ha perdido, por desgracia y por inepcia, lo confieso, él sabrá reconquistarla por medio de la labor honesta... en lugar de esto, ¿qué sucede, Casilda? que no contento con el sacrificio que le hemos hecho, de dedicar nuestra vida al cuidado de la suya, de ahogar nuestros deseos más humildes para dar expansión a los suyos, y de haber comprometido nuestra posición modestísima, quiere ahora tomar nuestra dignidad, lo único que nos queda, lo único que nos ha dejado... ¡No, esto no será, porque yo no quiero que sea! ¿debe? que pague; ¿no puede pagar? ¡que reviente!
Estaba transformado don Pablo, y hasta los pájaros de la pantalla debieron volver sus cuellos arqueados y sus largos picos, asombrados de oír hablar así al viejo pusilánime que, noche a noche, iba a contarles sus tristezas.
—¡Ah! Pablo, Pablo—dijo misia Casilda con un suspiro,—no es tu corazón el que ahora habla.
Recordarle a ella los hechos pasados, cuando su memoria, reavivada por el rencor, se los presentaba día a día, más patentes cuanto más lejanos, tenía razón, muchísima razón: era horrible, era injusto, era inicuo... ella no excusaba a Quilito, pero, en la situación en que se encontraba, había que salvarle, ¿de qué manera? veinticuatro horas hacía que estaba sufriendo esta tortura, y no halló más salida que esa, la más difícil... Y pensarlo bien, ¿no era más humillante que el pagaré cayera en poder de Esteven, quien podía creer que ella y el padre estaban complicados en el enjuague?
—Pero, ¿dónde está el enjuague?—replicaba don Pablo.—Esteven dirá al prestamista: ¿Y a mí qué me cuenta usted? y le despedirá con cajas destempladas. Porque si el prestamista se ha contentado con la palabra del chico, ya está aviado.
La señora no tenía argumentos que oponer a estas razones, porque el gordo, el de la firma falsificada, no lo largaría ella jamás; pero insistió en lo crítico de la situación, en los pasos inútiles que habían dado, ella y el mismo Quilito.
—Si tú pudieras hacer algo—decía,—pero no, tienes las manos atadas, y, ¿acaso, una finca se enajena con la facilidad de un objeto cualquiera? hay que darse cuenta, Pablo, de la espantosa desgracia que pesa sobre nosotros. Quilito está obligado a pagar esa suma mañana, y si no puede, se matará; le conozco demasiado.
—¡Todo, menos eso!—repetía, don Pablo Aquiles, agitándose en el sillón.
Y misia Casilda, aferrada a su idea salvadora, repetía que era pedir lo suyo, ahora que se necesitaba, y a título de préstamo: una vez reintegrado, que siguieran gozando de la fortuna benditos de Dios, porque los treinta mil pesos serían reintegrados y cuanto antes: ese dinero les quemaría las manos, con ser de su propiedad, como era. ¿Y creía él que ella no sufría de verse en la dura necesidad de recurrir a Gregoria, su implacable hermana? Al subir la escalera de aquella casa, iba a parecerle que subía los peldaños del cadalso...
—¿Qué hacer, Pablo, si no? ¿qué hacer?
Pero don Pablo no cedía, ceñudo e iracundo. ¡Iba a matarse, decía el niño que iba a matarse; después de asesinar a su padre, bien podía hacerlo, en desagravio! ¡y asesinado de qué manera! a traición, con alevosía.
—¡Ten compasión, Pablo, de él y de mí!—exclamó la señora,—mira, no iré a casa de Esteven, si no quieres; buscaremos por otro lado, volveré a casa de misia Petronila, correré la ceca y la meca... tú mismo, ¿por qué no sales y ensayas? ¡Hay que evitar, a todo trance, que Esteven vea el pagaré, a todo trance, Pablo!... No vendré a casa, sino cuando ya no pueda más; aunque sea de noche, no te alarmes... Y voy a pedirte una cosa: no digas nada a Quilito, que la ocasión no es de recriminaciones. Valor, Pablo, valor; verás, la Virgen de Luján nos ha de ayudar... Hasta luego, adiós.
Dejóle desplomado en el sillón, tan abatido, que no hizo un movimiento para detenerla, no dijo una palabra para estimularla en la espinosa jornada que emprendía: el golpe habíalo atontado y se le oía barbotar:
—¡Todo, todo, menos eso!
Misia Casilda salió, con paso resuelto, y tomó la calle de Moreno, rumbo al Este.
—Si él supiera, sería el primero en decirme que fuera a casa de Esteven, si no iba él en persona... ¡Cómo permitir que ese hombre se entere de la vergonzosa acción de Quilito! ¡ay, sólo de pensarlo, la cabeza se me va!... ¿Me recibirá Gregoria? Creo que no llevará su rencor hasta el punto de arrojarme de su casa; me parece que no voy a poder subir la escalera, ya los nervios me bailan y el corazón me da saltos: debo estar blanca como un papel... ¿Por dónde empezaré? ¿entraré altiva o humilde? humilde, ¡Dios mío! porque voy a humillarme; ¡qué paso tan penoso! Sólo por él, por salvarle... si mañana no tenemos la suma justa, la falsificación queda descubierta... ¡qué horror! a lo que se exponen estas criaturas sin discernimiento; porque Quilito lo ha hecho de inocente, de atolondrado... ¡Volver a casa de misia Petronila! ¿a qué? para sufrir un segundo desaire: no, lo mejor, es esto; Gregoria no puede negármelo: si no es para mí, ni para Pablo, es para el hijo de Pilar, una Esteven, ya que desprecia tanto a los Vargas, olvidando el apellido que lleva. Entraré y la diré... no sé, no sé; cuando me vea delante de ella, después de tantos años... ¡Dios mío! ¡no tendré valor! ¡y si ese hombre sale! cara a cara no le he visto, desde aquella vez que le llamé ladrón con todas sus letras... ¡Ah! y aquella otra que estuvo en casa, de luto, el muy hipócrita, a entregar la herencia irrisoria que se dignó concedernos... Llevo toda la sangre revuelta, y cuanto más me acerco, más me abandona el valor... Creí que la provisión hecha, después de tanto cavilar y llorar, alcanzaría hasta el fin de mi empresa... Vamos, Casilda, no olvides que este sacrificio que haces, es por salvar a Quilito. Esta es la calle de Tacuarí: me faltan tres cuadras todavía, y sospecho que no podré llegar... voy como borracha, ¿qué dirá la gente? tomaré un coche... Dame fuerzas, Virgen santísima, para subir este Calvario... seguiré a pie, mejor, ya falta poco...
Así pensaba la tía Silda, y según sus ideas, más o menos animosas, apresuraba o acortaba el paso; en la esquina de Piedras se paró, porque al mirarse en el espejo de un escaparate, se vió de cuerpo entero, la estampa viva de esas pobres vergonzantes, viudas de pega, generalmente, que andan hocicando en las casas ricas, de mantón y velo color de ratón, con lágrimas perennes, como cristalizadas, en los ojos, y en la mano, cubierta a medias por mitones agujereados, el certificado, amarillo y grasiento, de la parroquia, lleno de borrones y de firmas ilegibles. Digo que esto se le figuró a misia Casilda, a causa del estado de ánimo en que se encontraba, y comparación tan injusta como ésta no se ha hecho, pues señora más atildada y limpita que ella no podía haberla; pero lo cierto es que se paró, deseosa de volverse atrás.
—Segura estoy que los criados de Gregoria van a tomarme por una de estas mujeres, que piden limosna para el hijo tullido, y no me dejarán pasar... esto, si no me traen, de parte de la señora, un puñado de cobres... ¡ay, Dios mío! ¿no sería mejor volverme?
Luchando entre su amor propio, que se resistía, y su cariño a Quilito, que la empujaba, llegó, y desde la esquina, miró la casa. ¡Cuántas veces había pasado por delante, la cabeza muy alta, orgullosa de poder proclamar con esta actitud, que no necesitaba de ellos, los Esteven! quién la hubiera dicho entonces... Vió ante la puerta dos carros de mudanza, y changadores que entraban y salían, y descargaban en la acera muebles, cuadros y estatuas; los sillones de brocatel, en medio de la calle, las consolas doradas y los vasos de ónix, producían singular efecto sobre la alfombra poco limpia del empedrado: era la casa de Esteven que se desmoronaba, el lujo arrojado a escobazos por la ruina, la soberbia insolente castigada por la justicia; aquellos rudos gañanes eran sus ejecutores inconscientes. Misia Casilda se acercó, dando vueltas en su imaginación a esta idea:
—¿Será cierto la marcha al Frigal? y si se van al Frigal, ¿será cierta la quiebra?
El mal trago, pasarlo pronto: la señora entró, y sufriendo los codazos de los mozos mal olientes, a la verdad, subió la escalera sucia de polvo, deteniéndose, para dar paso a un mueble que bajaban o a un changador, que subía. Arriba, en el vestíbulo, nadie: muebles por todos lados, rollos de alfombra y de cuerdas, espejos arrimados a la pared; algunas plantas, maltratadas, tristes en medio del desorden: las puertas abiertas, mostrando el piso desnudo de las habitaciones... el sol, a través de la vidriera, pintaba preciosos cuadritos de color sobre las losas de mármol... allá dentro, se oía mucho bregar y voces y el canto alegre de un canario.
—Nadie—pensaba misia Casilda,—ni un criado, ¿llamaré? ¡Dios mío! no me atrevo; ganas me dan de bajarme y echar a correr... ahí viene alguien. ¡Valor!
Cuatro changadores, con el piano en hombros, salieron por la puerta de la antesala, y una vocecita fresca decía:
—¡Cuidado! reparar en los cristales y en el farol; más despacio, agacharse un poco...
Los mozos, sudando, hipando, echando ternos y cuaternos, avanzaban, encorvados, y el mueble, negro y lustroso, parecía un animal extraño, de muchas patas; misia Casilda se apartó, y cuando la procesión hubo pasado y el piano, dando encontrones, bajaba bufando la escalera, vió delante de sí a una niña de trenzas rubias, que la miraba, pasmada de sorpresa. Y de pronto, sin saber cómo, sin que ella hiciera un ademán ni dijera una palabra, clavada por el estupor y la vergüenza, sintióse la señora estrechar en cariñoso abrazo por la niña rubia, y la vocecita fresca, que murmuraba:
—¡Oh, tía Silda, tía Silda!
Sin saber cómo tampoco, se vió en una habitación, que no habían desguarnecido todavía, ella sentada y la niña a sus pies, besándola, y repitiendo:
—¡Oh! tía Silda, tía Silda...
¡Qué buena era! había esperado la hora de la desgracia para venir, para ofrecer la reconciliación a sus hermanos arruinados; antes, de ricos, no quiso presentarse, sin duda, para que no creyeran que iba a pedirles favores, pero, ahora, que la suerte les había hecho iguales, venía, noblemente, generosamente, olvidando pasados agravios, a confundir sus lágrimas con las de la familia hermana.
—¡Ah, tía Silda, que buena es usted! yo sin conocerla, siempre me la había figurado así... Yo soy Susana, su sobrinita, que tanto la quiere, porque yo la quiero, tía Silda, mucho, muchísimo; ¡qué alegre estoy! la veo aquí y no lo creo... Es Dios mismo quien le ha inspirado este paso, y su corazón bondadoso: yo siempre rogaba por usted y por el tío Pablo, y pedía en todas mis oraciones que la reconciliación se hiciera, porque no había razón, no había razón... ¿Vendrá también el tío Pablo? hoy es día de fiesta para mí, y eso que debiera estar triste, porque, ¿ve usted tía? estamos de mudanza, los muebles van al remate y nosotros al Frigal... pobres como usted, tía Silda, pobres, después de haber tenido tanto. Pero, esto no es una desgracia, ¿verdad? la pobreza es la menor de las desgracias... Dígame algo, tía, dígame que quiere mucho a su humilde sobrinita...
Misia Casilda, conmovida, besó a Susana con placer inefable; no se cansaba de mirarla y de oírla, tan bella y tan discreta, la santita de la casa, como sabía que la llamaban: era digna, sí, de ser amada, y el pobre Quilito no exageraba cuando hacía su entusiasta panegírico... Ya la niña se había levantado y hablaba gozosa, de ir a llamar a su madre.
—Verá qué contenta se pone, tía Silda, porque ella la quiere, en el fondo, en el fondo, la quiere...
Pero, misia Casilda, temerosa, la retenía, diciendo que no deseaba incomodar, que se marchaba.
—¡Marcharse usted! no faltaba más, tía, sin ver a mamá.
Se escapó, gritando alegremente:
—¡Mamá! ¡mamá!—como un ángel que va a anunciar la buena nueva.
La señora se había puesto de pie, pálida como un cirio... y si sus piernas la hubieran obedecido, habría huído de aquella casa, donde nada tenía ya que hacer, puesto que su intención era otra bien distinta de la que la santita le prestaba: repugnábale pasar por más generosa de lo que, humanamente, se creía capaz... Y se oyó la vocecita fresca:
—¡Es la tía Silda, mamá, es la tía Silda!
Y cuando ésta buscaba con los ojos espantados un agujero donde meterse, donde no la vieran, misia Gregoria se presentó, traída de la mano por Susana, radiante... En la puerta se detuvo y las dos hermanas, frente a frente, se miraron, con asombro de verse así, tan cerca, después de veinte años; ni una ni otra habló, rígidas las dos: Susana empujó a la madre suavemente.
—Es la tía Silda, mamá; abrázala, porque es muy noble lo que ha hecho, de acordarse de nosotros, ahora que ya no somos ricos.
La de Esteven, arma en ristre, asestó el primer golpe, diciendo entre dientes, con amargura:
—¡Ah, tú aquí! ¡vienes a gozarte, sin duda, en mi desgracia!
El tono era injurioso; la actitud, provocativa. Pero, misia Casilda, que iba desarmada, se adelantó, tendiendo su mano.
—No, Gregoria, no—dijo,—vengo a verte... simplemente.
Susana dió nuevo empujoncito a la madre, y misia Gregoria tomó la mano que se la ofrecía... Y blandió el arma otra vez.
—¡Ahora te acuerdas!
Las dos manos se soltaron, después de rozarse tibiamente; y ambas hermanas sentáronse, Gregoria, pronta siempre a herir; Casilda, resignada a sufrir, sin dar el cambio, todos los golpes, que le fueran dirigidos. La de Esteven pensaba:
—¿A qué vendrá ésta? ¿qué mosca la habrá picado? ¡es ocurrencia! después de tantos años... y cuando nadie la llamaba; ella no podrá decir que haya hecho yo la menor insinuación. Si creerá que esta visita de desagravio va a hacerme olvidar su conducta con nosotros... pero, ¡ya caigo! tú vienes por el renacuajo, a ver si así, después de este paso, logras meterlo en la casa... ¡pero ya escampa!
Y la de Vargas:
—¡Siempre la misma! no sé cómo he podido yo figurarme que iba a recibirme de otra manera... ¡si no tiene corazón! ¿Por qué no habré escuchado a Pablo? me he humillado inútilmente... tres puntos en la lengua me daré, antes de pedirle nada; además... ¡están arruinados! era cierta la quiebra. Quisiera estar a cien leguas, no haber venido. ¡Ah, Quilito, Quilito!
El silencio se hacía embarazoso. Misia Casilda dijo, mirando a Susana:
—¿Esta es la mayor, Gregoria?
—Sí—contestó la de Esteven,—la mayor.
—Y a Angelita, ¿no la conoce usted, tía Silda?—intervino la niña, viendo que el silencio volvía.
—La conozco, sí, de vista.
—La llamaré...
—Déjala; no quiero molestarla.
—Voy a llamarla.
Y escapó. Las dos hermanas, solas ya, mirábanse de reojo.
—¡Qué tiempo tan hermoso!—dijo la de Vargas.
—Muy hermoso—repitió la de Esteven,—no parece de invierno.
—No parece, no... de modo que... ¿se van ustedes al Frigal?
—Sí, nos vamos al Frigal.
Esto dió pie a misia Gregoria para hablar de la situación, de cómo estaba todo, los alquileres por las nubes... luego, ¡la dichosa Bolsa! El que entra allá, sale sin pellejo. Así es, que se iban a la estancia, a reponerse; lo que no le daba vergüenza confesar, porque no era ella la única...
—Si es la peste que tenemos encima—apoyó misia Casilda,—no sé nosotros lo que haremos, sin estancia dónde refugiarnos... pero felizmente, hasta ahora no nos podemos quejar.
Nuevo silencio, que una y otra interrumpían para decir una frase vulgar sobre la vida del campo, el trabajo que da una mudanza... La de Vargas pensaba:
—Ni una palabra me ha dicho de Pablo, ¡qué mala es!... y tanto hablar de su estado de fortuna: sin duda teme que yo le pida algo; me guardaré bien de hacerlo. ¡Ay! ¿por qué habré venido?
Y la de Esteven:
—¡No me ha preguntado por Bernardino! ¡qué rencorosa es!... he de insistir en lo de nuestra ruina, porque viene a pechar... ya me ha echado una indirecta sobre la estancia.
Vino Susana con Angelita, y ésta, desgreñada, mordiéndose las uñas, se paró delante de misia Casilda, con aire de pifia...
—Esta es Angelita—dijo Susana risueña, presentándosela.—Abraza a la tía Silda, Angelita.
—Ven, monina; ¡qué pícara es! tiene tus ojos, Gregoria.
La besó, y la muchacha, en vez de devolver la caricia, soltó una carcajada estridente.
—¡Ah! la tía Silda, ¡ja, ja, ja, ja!
Y salió del cuarto riendo y haciendo cabriolas.
—Es una loca—observó misia Gregoria,—está furiosa porque nos vamos al Frigal, ¡figúrate!
Susana, avergonzada, dijo que la hermanita era una muchacha sin juicio, de la que no podía sacarse partido; Jacinto era otra cosa; no estaba allí en aquel momento, si no le llamaría, para que la tía le conociera y viera qué serio y qué hombre estaba.
—Papá se fue ayer a Montevideo—añadió la niña,—y no vuelve hasta la semana entrante, que se irá al Frigal con nosotros; él va a sentir mucho no haberla visto, tía Silda...
La de Vargas movía la cabeza, con una sonrisa forzada en los labios pálidos.
—¡Ah! está en Montevideo... ¡Ah! sí, en Montevideo.
Y misia Gregoria, con indiferencia estudiada, explicó que Esteven se había ido por sus negocios: un paseo de ocho días y nada más. Este nombre, torpemente lanzado por la inocente niña, acabó de helar la entrevista, ya de suyo glacial; misia Casilda esperaba el momento de poder levantarse, y misia Gregoria deseaba impaciente verlo llegar. Las miradas de reojo decían ahora: la de Esteven:
—¿No te vas todavía? ¿qué esperas? Ya habrás comprendido que nosotros somos como el aceite y el vinagre, y que si no te he echado de casa, ha sido por no dar escándalo, y de lástima de ver cómo te has agachado a pedir perdón... Es en balde, hija; nunca nos entenderemos nosotros... lo que yo siento, es no saber a qué has venido...
Y la de Vargas:
—¿Me despediré ya? me parece que aquí estoy de más... No, si no podía ser de otro modo: con Gregoria nunca hemos congeniado, y lo que ha habido entre nosotros, no es cosa que pueda olvidarse... Sin embargo, la verdad es que me ha recibido, con política, si no con cariño... que nunca podrá existir, ¡nunca!
Y Susana se entristecía, viendo que la reconciliación no era sellada con un abrazo fraternal; allí estaban las dos, hablando de cosas indiferentes, como personas extrañas; ¡y cuánto tenían que decirse, sin embargo! ¿no valía más explicarse de una vez? ¿por qué se mostraba tan intratable la madre, cuando la otra había dado, la primera, el gran paso? ¡Por Dios! cuántas ilusiones se forjara en los breves instantes que la tía Silda estaba en la casa; cuando la descubrió en el vestíbulo, parada, como una evocación; cuando la vió darse la mano con su madre... ¡Era su magna empresa realizada! el Señor la había escuchado, y su corazón latía de amor y de esperanza. Pero, así que misia Casilda se levantó, en medio de un silencio más largo que los otros intervalos de la conversación desganada, que habían sostenido con la punta de los labios, Susana se abrazó a ella, suplicándola no se marchara todavía.
—Aquí estoy molestando, hijita, estáis muy ocupadas...
La de Esteven, de pie, no decía nada. Y cuando misia Casilda extendió la mano, en señal de despedida, ella la tocó con la punta de los dedos, articulando un adiós tan frío, que se le quedó congelado entre los dientes. Acompañóla hasta el vestíbulo, y allí, en la puerta de la antesala, con una inclinación seca de cabeza, la despidió, volviendo luego la espalda, para hablar a los changadores... Susana besaba a la tía.
—Prométame que no será ésta la última vez que vendrá—murmuraba desolada,—usted es buena, tía Silda, y dispensará a mamá: ella es así, pero en el fondo, la quiere... ¿Vendrá pronto? ¡y si no, porque no estaremos, yo iré a visitarla a su casa, iré con muchísimo gusto, tía!
La señora retribuyóla sus caricias, prometiéndola cuanto quiso pedirla...
—¡Pobrecita! es un ángel, no puede negarse—decía misia Casilda bajando la escalera.
Y Susana, llorando, la tiraba besos como quien echa flores, con el presentimiento que ya no vendría más, porque la reconciliación no se había pactado... no, no vendría más; su empresa había fracasado y su corazón, de duelo, ya no latía como antes. Pobre santita de la casa, que así, en un momento, viera trocarse la miel en acíbar...
Ya en la calle, misia Casilda no supo adónde ir; estaba tan quemada de la conducta de Gregoria, que se asombraba de su propia paciencia: cómo había soportado en silencio el par de bofetadas con que la obsequió al entrar, sobre todo aquel ahora te acuerdas, que llevaba más filo que un puñal florentino; y luego el aire, la cara, el tono, cual si le debieran y no le pagaran... ¡Valiente papelón había hecho, y todo para salir como rata por tirante! ¡Qué candor el suyo de creer que iba a conmoverse Gregoria con solo verla, que iba a sentirse tocada en el corazón ante aquel acto de nobleza! Si en Gregoria no había que buscar más que a la hembra y a la madre, pues fuera del instinto ciego por su hombre y por su prole, no se encontraban en ella rastros de otra clase de sentimientos, y esto habíalo probado muchas veces y acababa de comprobarlo ahora. ¡Ah! si el pagaré falsificado llegaba a sus manos, la suerte de Quilito estaba jugada; felizmente, Esteven había marchado a Montevideo... Esto daría algún respiro, un plazo de ocho días era mucho en las presentes circunstancias; entretanto, se buscaría con linterna un comprador para la casa, o se harían diligencias para hipotecarla... Pero, esta pálida esperanza no podía endulzar el trago amargo que la señora acababa de pasar: sus mejillas de muñeca brotaban fuego, y la ira contra sí misma por haber cedido a aquella idea de reconciliación tardía y de fines interesados, se mezclaba a la que sentía contra su hermana, tan orgullosa en la misma desgracia; si llega en otro momento, y pide, la hubiera recibido de idéntica manera y despedido con un no tan frío, como aquel adiós, que parecía un puntapié.
—Y yo callada—decía misia Casilda, caminando sin rumbo,—como si no tuviera lengua para decirle cuatro frescas; se me han quemado los libros: cuando comprendí que mi visita era inútil, debí erguirme y tratarla de igual a igual; ¿a qué humillarse? Creo que me he contenido porque estaba delante aquel ángel, que no parece hija suya, si no... nos hubieran oído los sordos, señora Gregoria... a Pablo no le hablaré jota de esto, porque se enfermaría, y con razón, como voy a enfermarme yo, de seguro... pero, ¿a dónde voy? no sé, no sé... a casa no me vuelvo así, con las manos vacías; mi gran recurso ha hecho fiasco. ¡Dios mío! estoy tan desesperada, que me arrojaría bajo ese tranvía que pasa... Yo pienso que estos golpes de la vida la endurecen a una el corazón: estoy contenta, sí, señor, de que haya tronado el ladrón de Esteven. Dios castiga sin piedra ni palo: toma, toma... a comer cardos al Frigal ahora... ¿a dónde voy? ¿a dónde voy?
Se acordó de míster Robert. Muchas veces le había oído a Quilito ponderar aquel hombre, elogiando su honradez, su contracción, su inteligencia; y cuando ella lo sacaba de ejemplo, estimulándole a imitarle, el joven hacía burlas.
—Si eso no sirve para nada en el comercio, tía; hoy el que no es vivo y no sabe pasar por todo, con arte, se fastidia: míster Robert, por culpa suya, no ha de caer, pero le empujarán por detrás, y le tirarán de cabeza, por zonzo, usted lo verá.
Ella, escandalizada de tales teorías, le zurraba de firme, con aquel látigo de la moral casera, que tan bien sabía manejar... Puede ser; míster Robert la auxiliaría con algún consejo, si le encontraba en el escritorio, que no le encontraría quizá, por ser día de fiesta. Dirigióse a la calle Piedad: ella sabía que el escritorio estaba al lado de una tienda de juguetes y de una agencia marítima, pero pasó y repasó sin dar con él: miraba las tablillas de las puertas y no veía el nombre de Esteven... Aquí está la juguetería, cerrada; aquí está la agencia, cerrada; ¿será esta? habían sacado las tablillas, pero la puerta no parecía cerrada: empujó, y en la mampara de pino, imitando la caoba, vió una chapa de porcelana con letras negras, que decía: Esteven y Compañía. Aquí es... La señora entró.
Tres hombres había en el escritorio: uno, muy rubio, montado a caballo sobre un banco alto, y dos, de barba, con los sombreros puestos, paseando. Y el rubio decía:
—Esta es la situación: yo fuí y le hablé claro al padre y le mostré el estado de la caja y de los libros: un pasivo de doscientos cincuenta mil nacionales. Empeñarse en seguir era locura, porque en vez de ponernos a flote, íbamos a hundirnos más, y con el capital a perder el crédito, es decir, el mío, que el del socio ya andaba por los suelos, desde que su nombre salió en la pizarra de la Bolsa, por no poder pagar... Ese día, yo me resolví a la liquidación; felizmente, Esteven ha estado muy razonable, lo confieso, y bien pudo no estarlo en medio de sus compromisos, haciéndose cargo de la mayor parte del pasivo; pero, cincuenta mil nacionales para mí es mucho, es todo, es la ruina otra vez... ¡y va la tercera! Si esto es justicia y vale ser honrado, para hacer el papel de víctima siempre, que venga Dios y lo vea...
—¿Y usted cree que los bienes de Esteven alcanzarán a cubrir los créditos?—preguntó uno.
—Eso mismo se ha discutido en el concurso de acreedores—respondió míster Robert,—y hasta se piensa que sí... Es indudable que, sin la salida del doctor Eneene del gabinete, Esteven se hubiera repuesto pronto: todos sabemos sus afinidades oficiales y el uso que hacía de ellas, pero este golpe ha acabado de partirlo.
—El viaje a Montevideo me huele a mí a fuga—dijo el otro.
—Volverá o no volverá, pero los bienes responden de sus compromisos y los acreedores no se preocupan de su salida de Buenos Aires; lo que sí puedo asegurarles a ustedes es que el famoso don Bernardino es tipo de volver a dominar la plaza; ya le veremos entrar triunfante, de nuevo.
—¿Y usted, amigo Robert?
—No sé todavía... ni quiero pensar lo que haré... iré a cavar la tierra, ¿no es mejor? ¡Ah! ¡la Bolsa, la Bolsa! no la pizarra, las columnas hubiera querido yo arrancar, como Sansón, para hacer desplomar el templo maldito...
Misia Casilda, que había entrado sin ruido, parada junto a la mampara, tosió para llamar la atención: el inglés saltó del banco y vino a ella.
—Señora...
—No se moleste usted, volveré más tarde...
—¿A quién tengo el honor...?
—Soy la tía de Aquiles Vargas.
Ya los otros se despedían.
—No faltarme esta noche—dijo míster Robert,—hoy es el santo de mi padre, y mal que mal, lo celebraremos con pasteles hechos de manos de mi mujer.
Salieron los dos, y el ex socio de Jacintito condujo a la señora al sofá.
—Usted dirá, señora...
—Pido a usted mil perdones, caballero, si he venido a importunarle, pero, usted conoce a mi sobrino, y por él conozco yo sus cualidades recomendables...
Misia Casilda, francamente, no sabía cómo exponer el asunto que la llevaba, de modo que lo entendiera míster Robert y el buen nombre de Quilito no sufriera menoscabo.
—Esto es una consulta de médico, más bien—insinuó sonriendo tristemente.
Dijo que a él acudía, como hombre práctico en negocios, y perdiéndose en un laberinto de circunloquios, explicó a su manera el apuro en que se encontraba: un pagaré a saldar al día siguiente, una casa con qué hacer frente a este saldo y un comprador que faltaba, ¿qué podía intentarse? El caso era grave.
—Y tiene todos los síntomas de la peste actual, señora—observó míster Robert;—lo malo está que la botica grande, es decir, los Bancos, no despachan ya. A su sobrino de usted se lo advertí que tuviera cuidado con el contagio...
—¿Y yo, señor Robert? he gastado más saliva...
—Tanto andar con el apestado del primito...
—Eso es, ¡los amigotes! Así se lo decía hoy a mi hermano; pero, en fin, señor Robert, espero que usted me dará un consejo o una información que me sea útil; yo quiero vender esa casa, o hipotecarla o darla en garantía de préstamo, ¿es posible esto en las veinticuatro horas?
—Señora, hay casos, como éste, en que la sangría está indicada: acuda usted a los prestamistas particulares, a don Raimundo Portas, y no cito más que uno, que tiene una lanceta y un pulso de operador admirables.
—No, don Raimundo Portas, no—exclamó misia Casilda con alarma poco disimulada.
—¿Por qué no ve a Rocchio, el corredor?
—No, Rocchio, no—dijo la señora, rechazando este nombre con igual alarma que el primero.
—Pues, entonces, voy a darle una tarjeta mía para un capitalista (a usted le parecerá mentira que en esta época exista pájaro tan raro) de mi conocimiento: es un hombre que tiene su capital saneadito, pues no se ha metido en especulaciones, y compra ahora a bajo precio todas las propiedades que puede acaparar; la mía, lo único que poseía, ha pasado a sus manos así, en venta particular y por una suma irrisoria; debo prevenirla, pues, que la operación será dolorosa.
—A todo estoy preparada, señor Robert—contestó misia Casilda suspirando.
Y el inglés fué a extender la receta, como decía él con amarga ironía y la entregó a la tía de Quilito.
—Calle de Santa Fe—leyó ésta;—lejitos es; tomaré el tranvía. Señor Robert, muchas gracias...
Despidióse a estilo vulgar, con ofrecimiento del domicilio y de sus servicios, y salió con más ánimo. ¡Qué trotar aquel día la infeliz señora! No alcanzó el tranvía, y se fué a pie, porque tampoco halló coche, y después de media hora de caminata, llegó a la casa indicada, y tocó el llamador: nadie; subió la escalera de caracol, y en el primer descanso, dió dos palmadas: silencio siempre; derrengada casi, sin alientos, siguió subiendo, y allá arriba, campanilleó largo rato, hasta que salió un chico, con cara de Judas, y dijo que el señor no estaba. ¿A qué hora volvía? muy pronto, si quería esperar, que esperara. No había banco en el recibimiento, y como el condenado aquél no la invitó a pasar, misia Casilda se sentó en un tramo de la escalera; ¡ganas de llorar tenía! ¡con tal que pudiera entenderse con aquel hombre! Esperó mucho tiempo, envuelta en el mantón, conteniendo las lágrimas, suspirando, ya de angustia, ya de impaciencia, y se colgó otra vez de la campanilla, y el Judas salió y con modos dignos de su catadura, dijo que no había nadie en la casa, y que si venía por limosna, que podía marcharse, porque el patrón no la recibiría.
—No, hijo—contestó la señora con blandura,—no vengo a pedir limosna. ¿Tengo yo facha de pordiosera? Si el señor no está, dime dónde puedo encontrarle, porque necesito verle con urgencia.
—Pues el patrón... estará en casa de su compadre, calle de Entre Ríos.
Apuntó el número misia Casilda, y bajó aprisa; ni tranvía ni coche a mano tampoco esta vez: anda, anda, anda. Y la gente, endomingada, paseaba alegre, y el sol y el cielo parecían más risueños que nunca. Era el de la calle Entre Ríos un caserón de planta baja; desde la acera se veía jugar a varios muchachos en el patio: cuando la señora se acercó a la reja, apenas podía hablar, de cansancio.
—¿El señor de tal?
Los chiquillos la rodearon: uno le sacó la lengua, otro le tiró del mantón, y todos pusiéronse a hacerle pitos, descaradamente... Vino un criado y dijo que el señor de tal se había marchado ya...