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Realidad: Novela en cinco Jornadas

Chapter 12: ESCENA PRIMERA
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About This Book

Drama en cinco jornadas ambientado en la vida social de Madrid, que muestra cómo un hogar acomodado y su círculo de amistades mezquinan ambiciones políticas, escándalos financieros y aspiraciones sociales. Las escenas alternan salones elegantes y estancias privadas donde conversaciones ostensiblemente ligeras descubren corrupción, oportunismo y tensiones generacionales. A través de intrigas, compromisos matrimoniales y manejos públicos, la obra confronta la apariencia de respetabilidad con la vulnerabilidad moral de sus personajes, usando el diálogo y la escena para desenmascarar hipocresías y desajustes sociales.

JORNADA SEGUNDA

ESCENA PRIMERA

Antesala de un círculo de recreo. Sucesivamente cambia en escalera, en calle y en café, según se indica.

Federico Viera, Manolo Infante.

Federico, que sale por el fondo.

¡Maldita sea mi suerte! ¡Necio de mí! Debí prever este desastre, pues cuando nos amenaza un día de prueba, la noche que le precede es siempre una noche de perros. Las desdichas, como las venturas, no vienen nunca solas: vienen en parejas, como la Guardia civil. Si mañana (debo decir hoy, porque son las dos) ha de ser para mí un día tremendo, ¿cómo no calculé que esta noche no podía ganar? Las vísperas de los días malos son... peores. (Un lacayo le pone el abrigo.)

Infante, que entra por la derecha, como viniendo de la calle.

¡Hola..., Federico el Grande..., qué oportunidad!...

Federico.

Infantillo, ¿venías á buscarme?

Infante.

Justamente, á eso vengo... Salía de mi honrado Círculo de Ingenieros, y dije: «voy á subir un momento allá, á ver si está ese perdío y le arranco al nefando tapete, para llevármele á tomar chocolate y echar un párrafo con él».

Federico.

¡Cuánto te hubiera agradecido que me arrancaras al nefando tapete!... ¡Noche más infame!... Vámonos, vámonos. (Bajan la escalera.) ¿Tenías que decirme algo concreto, ó simplemente charlar?

Infante.

Nada concreto.

Federico.

¿De veras? Tú eres muy ladino, y con esa apariencia de bon enfant, tienes tus trapacerías, y en la conversación un gancho invisible para extraer las ideas.

Infante.

Me juzgas á mí por ti mismo. Indeliberadamente, atribuimos á los demás nuestras propias cualidades.

Federico.

En este caso, el listo eres tú..., y yo también un poco, porque adivino de qué quieres hablarme.

Infante.

Mejor; así no necesitaré exordio. Cuando nos atormenta una idea fija, nos arrimamos á las personas que pueden darle pábulo. Es una necesidad del alma. Sí..., confieso que te busco para charlar, pero siempre con ánimo de que la conversación recaiga en lo de siempre, en mi prima.

Federico.

Creí que con lo que te dije hace dos días quedabas convencido y satisfecho.

Infante.

Lo estoy por lo que á ti se refiere. Te he borrado de la lista de sospechosos; pero puedes volver á ella cuando menos lo pienses. Te absuelvo libremente, pero quedas sujeto á las resultas del proceso... Y en cuanto á ella, ¡qué bien defiende su enigma! Mas yo he jurado ante la laguna Estigia descifrárselo, y se lo descifraré. Estas noches he puesto varias trampas. Hubo momentos en que creí ver caer en ellas á Malibrán, á ti, al oficialito de Artillería, al propio Calderón de la Barca... Pero no cayó nadie. Todos los indicios son tan vagos, que nada racional puedo fundar en ellos.

Calle.

Federico.

¡Qué noche tan clara y serena! Se ensancha el alma mirando el cielo estrellado y espaciándose por ese azul inmenso. Las noches de Madrid son mejores y más bellas que los días, y en mi opinión, toda la vida, la política, los negocios, el comercio y la poca industria que hay, debiera hacerse de noche.

Infante.

A eso vamos.

Federico.

¡Mira ese cielo; pero míralo, hombre. Observa qué templado ambiente!

Infante.

Sí, sí; pero no varíes la conversación. Oye una cosa. Dice Schopenhauer que cuando sufrimos un fuerte dolor físico, si nos ponemos á analizarlo, aplicando á él todo nuestro espíritu con insistencia, el dolor se alivia.

Federico.

¿Te has consolado así? Vaya, menos mal.

Infante.

Déjame concluir. Verás cómo hago mi análisis. Empiezo por preguntarme: «¿pero estoy yo realmente enamorado? ¿Esto que siento es lo que llaman amor? ¿Hállome dispuesto al sacrificio, á la abnegación, á posponerlo todo al objeto amado?» ¡Ay!, me temo que si tocaran á sacrificarse mucho, yo, francamente..., vamos, que no. De lo cual deduzco que lo que siento es una pasión de amor propio, la pasión de las sociedades refinadas, como dice Malibrán. Lo que tomamos por amor no es más que el afán de vencer y de halagar nuestro orgullo. Te confieso que quiero á esa mujer como se quiere lo que llega á constituir un gran empeño de nuestra vida, lo que representa un triunfo, una gloria, el colmo de nuestros afanes. He dado con el vocablo: no debo decir que amo á mi prima, sino que la ambiciono.

Federico.

Lo comprendo; pero como en mí se ha extinguido hace bastante tiempo toda ambición, no siento bien lo que me dices. Vamos, tú corres detrás de ella como otros detrás de un acta, de una gran cruz ó de una cartera.

Infante.

No es enteramente lo mismo; pero en fin, hay alguna semejanza.

Federico.

Pasión de vanidad, ó si quieres, pasión de gloria. Vencer, ganar una batalla, descubrir un territorio, inventar una máquina.

Infante.

Algo así, algo así... Y en suma, lo que me trae á mal traer es la rivalidad, sentimiento profundamente humano, la envidia (demos á las cosas su nombre), el temor de que la batalla que yo debía ganar la tenga ya ganada otro, que otro inventor haya descubierto lo que yo inventar quise. Y persigo á mi rival con ensañamiento. Si eres tú el que busco, dímelo por Dios; si sabes algo de otro, dímelo también.

Federico, fríamente.

Pues sí sé... Vaya si lo sé..., y contando con tu discreción, voy á decírtelo.

Infante.

Bendita sea tu boca, si no te sales con alguna extravagancia.

Federico.

Pues sí, Augusta está enamorada... de su marido.

Infante.

¡Ay, qué pillín! Como si no supiéramos con cuánta sandunga concilian ellas sus deberes con sus caprichos. Estiman á sus maridos, les respetan, hasta les aman; pero luego hacen en la trastienda de su alma unas distinciones jesuíticas, que son lo que hay que ver.

Federico.

Eso no reza con nuestra amiga, que tiene á su marido un cariño firme y leal.

Infante.

Te diré... Razonemos. A mí me parece que Augusta estima á su marido, y le quiere, y no le pondrá en ridículo por nada del mundo. No hay miedo de que dé escándalos; y si tiene, como pienso, algún drama íntimo de estos imposibles de evitar en las altas clases sociales, uno de estos..., llámalos errores, llámalos derivaciones espiritualistas ó materialidades que nacen de la excitación de la vida elegante, en fin, dales el nombre que quieras...; pues digo que si se sale de la vía legal, ha de ser con sensatez y buenas formas, guardándole á su marido todo el respeto, y hasta el cariño... que... Mira tú, para aclarar esto, sería preciso que antes fijáramos todas las categorías y formas del amor, las cuales son tantas que no se cuentan nunca, y cada día encontramos una categoría y una forma nuevas.

Federico.

¡Cuánto sabe este chico, Dios!... Pues yo no admito esas filosofías de estira y afloja, y me atengo á la idea de que Augusta es honrada.

Infante.

Es que la honestidad también tiene sus categorías.

Federico.

No, no las tiene. Veo, Infantillo, que siendo yo un mala cabeza, como dicen, y tú uno de los niños más formalitos de estos tiempos, estoy menos corrompido que tú. Pues te digo otra cosa: tus pretensiones son una mala acción y una deslealtad.

Infante.

Si pones la cuestión en el terreno de la moral del Amigo de los Niños...

Federico.

Que es la única. Si yo me viera en tu caso, me haría infeliz la idea de agraviar y deshonrar á un hombre tan bondadoso, tan digno de respeto y amistad. Dime: ¿eres tú de los que ven en Orozco un hipócrita, un egoistón lleno de camándulas?

Infante.

No; yo no creo eso: le tengo por persona estimabilísima. Pero te diré... Yo no hago la sociedad. La pícara está formada ya. Si ahora me dijeran á mí: «Infante, ahí tiene usted el caos. Fabrique usted la sociedad como cree que debe ser, bien ajustadita á los principios eternos», cuenta que lo arreglaría á gusto tuyo, á gusto de todos los sensatos y escrupulosos. Pero como me la encuentro hecha, y vieja ya, con multitud de repliegues y arrugas; como la moral existe, y es otro vejestorio entrado en siglos, con sus reservas, sus distingos, sus ondulaciones, yo no he de ponerme en ridículo haciéndome el apóstol de la línea recta. Juraría que piensas lo mismo que yo; pero por afán de originalidad, te las das ahora de Catón inflexible.

Federico.

Cree de mí lo que quieras. Aquí donde me ves, tan desquiciado, tengo yo mis preferencias por la línea recta. Me dirás que no la sigo; pero en estos tiempos, hasta el conocerla sin andar por ella viene á ser un mérito. Soy bastante testarudo, y poseo pocas ideas morales, pero firmes y claras. Aborrezco las interpretaciones farisaicas. Bien sé que no tengo autoridad. Lo que es autoridad, maldita la que hay acá; por eso te digo lo que los curas dicen: «Haz lo que te predico y no lo que yo hago...» ¡Pero si hallarás por ahí mil mujeres á quienes puedes aplicarte!... Busca otra, que las hay con maridos tontos ó merecedores de que se les burle. Pero á esa déjala..., déjala.

Infante.

¿Crees en conciencia, no en conciencia estrecha, sino en conciencia amplia, la única que podemos tener...; crees en conciencia amplia, que es villanía engañar sin escándalo á Orozco?

Federico.

En conciencia de todos tamaños lo creo. Dejemos la moral alta, y vengamos á la rastrera. Hasta la moral menuda te lo prohibe.

Infante.

¿Lo crees tú? He dicho sin escándalo.

Federico.

Con escándalo ó sin él, será una indignidad.

Infante.

En ti se comprendería esto, porque tienes obligaciones de cierta clase con Orozco. Pero yo no las tengo. Conmigo es un amigo de tantos. Le debo las atenciones usuales y corrientes en sociedad; pero nada más. Tú no estás en ese caso. A ti te quiere mucho; tiene por ti verdadera debilidad. ¿Sabes lo que me dijo ayer? Te lo repito textualmente: «Es preciso que entre todos hagamos un esfuerzo para regularizar la vida de ese pobre Federico, arrancándole sus hábitos viciosos. Es un excelente corazón, y un carácter hidalgo debajo de su capa de libertino con embozos de bohemio.»

Federico.

¿Eso dijo? (Con sequedad y soberbia.) ¡Pero qué empeño de reformarme! Estos amigos reformadores y redentoristas me fastidian. ¿Por qué no me dejan como soy?

Infante.

Hombre, agradece la intención.

Federico.

Sí, la agradezco.

Infante.

Por lo demás, ya sabemos que á ti no te baraja nadie.

Federico, con ira disimulada.

Pues no vacilo en decir que si yo estuviese como tú, prendado de Augusta, y no supiera contenerme en una actitud completamente platónica, sería un hombre indigno... Si te parece, entraremos en la chocolatería. Luego daremos otro paseo hasta mi casa.

Chocolatería.

Toman asiento, y son servidos por un mozo.

Infante.

¿De modo que tu consejo es que desista?

Federico, ensimismado.

Sí; el honor lo pide así.

Infante.

¡El honor! Ahí tienes otra cosa que no se ha definido bien todavía, y que tiene muchos arrumacos. ¿Y si yo te probara que el honor, precisamente, me manda no desistir?

Federico.

Dirías un disparate.

Infante.

Sobre esto hemos de hablar mucho. ¿Quieres que me pase mañana por tu casa?

Federico, con amargura fría, dando fuerte palmada sobre la mesa.

Calla por Dios; mañana será para mí un día nefasto, con dificultades de tal magnitud que no veo cómo saldré de ellas. Mi sistema ante estos tremendos compromisos, consiste en la ausencia de toda previsión. En el momento crítico discurro lo que debo hacer, y lo hago. Obro por inspiración, y la inspiración y el cálculo no son compatibles. En presencia del enemigo que me acosa, siento en mí algo del genio militar, y me descuelgo súbitamente con una combinación ingeniosa y salvadora.

Infante.

¡Tremenda vida! ¿Por qué no eres franco con los amigos? ¿Por qué no aceptas...?

Federico, interrumpiéndole.

Porque me quedaría sin amigos. Déjame á mí. Yo me bandeo solo. (Tratando de arrojar de su mente las penosas ideas que le abruman.) No hablemos de eso. Tengo por sistema no apurarme por nada. Te digo que no hablemos de eso.

Infante.

¿Y si yo insistiera en hablar y en pedirte que me confiaras tus afanes, y en ayudarte á vencerlos?...

Federico.

Te lo agradecería; pero francamente, no quiero perder tu amistad.

Infante.

¡Perderla!

Federico.

Sí, perderla. Déjame á mí. Los favores de cierta clase se pagan con el aborrecimiento. ¿Recuerdas aquel verso: inglés te aborrecí, héroe te admiro?... Pues viene que ni de molde. Querido Infantillo, tú no sabes de la misa la media. Cuando uno tiene la fatalidad de ser insolvente, si quiere conservar á los amigos, lo primero que debe hacer es no deberles nada. Inglés te aborrezco. Yo no puedo evitar que se apodere de mí una aversión insana hacia toda persona decente que viene en mi auxilio... En fin, no quiero tocar este punto. No lo toques tú tampoco, y déjame. Lo único que te diré es que no vayas mañana á casa. Estaré fuera casi todo el día.

Infante, para sí.

¡Qué hombre este! El orgullo le acabará.

Federico.

Ahora, vámonos pian pianino á dar otro paseo.

Calle.

Siguen paseando y charlando. Llegan á la calle de Lope de Vega.

Infante.

¡Qué noche tan serena y deliciosa!... Te acompañaré hasta tu casa.

Federico.

Esta es la hora de las confidencias, la hora de la amistad. Me estaría yo charlando contigo, de calle en calle, hasta el día. No tengo sueño ni ganas de acostarme.

Infante.

Dios quiera que mañana salgas bien de tus conflictos.

Federico.

Saldremos, sí. Hay fe en la Providencia. Como si yo no tuviera hoy bastantes pesadumbres sobre mi alma, me ha caído una que... Vamos, te la cuento.

Infante.

Gracias á Dios que me confías algo.

Federico.

Y la cosa es grave. (Avanzan hacia el extremo de la calle.) Sigamos hablando hasta el Prado, y luego volveremos. Esta es mi casa. (Señalando á la derecha.)

Infante.

Noticia fresca. Como no digas más...

Federico.

Quedamos en que ésta es mi casa. Bueno. Mira ahora la de enfrente.

Infante.

La miro, y no veo en ella nada de particular.

Federico.

Fíjate en la planta baja..., en la tienda...

Infante.

Veo un rótulo de ultramarinos que dice: Santana. Géneros del Reino y extranjeros.

Federico.

Perfectamente. Más arriba verás dos ventanas, que corresponden al entresuelo de la derecha. Ahí tiene su escritorio ese animal.

Infante.

Todo lo veo, menos la relación que eso pueda tener contigo.

Federico.

Te lo diré. En el escritorio trabaja un chiquillo como de veinte años, un hortera que le hace guiños á mi hermana.

Infante.

¡Ah!, ya...

Federico.

Y no es eso lo peor, sino que la muy tonta se deja querer de semejante mequetrefe. Lo descubrí ayer, y me volé... Escena terrible en mi casa. Tengo que hacer un escarmiento con esas lagartonas que me sirven, y plantarlas en la calle.

Infante.

Cuestión delicada es esa para resolverla ab irato. Considera que tu hermana no vive en la esfera social que le corresponde. Está en la edad crítica del amor... No ve á nadie... Ha visto á ese chico...

Federico, irritándose.

Cállate. No puedo soportarlo... ¡Mi hermana dejándose impresionar por un tipo de esos...! Tú conoces mis ideas. Soy un botarate, un vicioso...; pero hay en mi alma un fondo de dignidad que nada puede destruir. Llámalo soberbia, si te parece mejor. No me resigno á que ese vil hortera haya puesto los ojos en Clotilde. Soporto menos que ella guste de vérselos encima. Te aseguro que habrá la de San Quintín en mi casa. A mi hermanita la meteré en un convento de Arrepentidas, y al danzante ese, como yo le coja á mano, como le sorprenda en la escalera de mi casa..., tengo sospechas de que hay aproximaciones..., como le sorprenda, te juro que no le quedarán ganas de volver.

Infante.

Moderación. Esas ideas son del siglo XVII, clavaditas. Comprendo que no te agrade la elección de tu hermana; pero fíjate en las circunstancias. ¿Acaso la has puesto tú en condiciones de elegir?

Federico, nervioso.

No me vengas á mí con esa clase de reflexiones. La tapadera de las circunstancias sirve para encubrir los ultrajes al honor. Que mis ideas son anticuadas en este particular, lo sé, lo sé; pero son así, y no admito otras. Aunque me llames extravagante, te diré que no me cabe en la cabeza la igualdad. Yo no soy de esta época, lo confieso; no encajo, no ajusto bien en ella. Ya sabes mi repugnancia á admitir ciertas ideas hoy dominantes. Eso que en lenguaje político se llama pueblo, yo lo detesto, qué quieres que te diga, y no creo que con la gente de baja extracción vayan las sociedades á nada grande, hermoso ni bueno. Soy aristócrata hasta la médula..., no lo puedo remediar... Eso de la democracia me ataca los nervios. Gracias que no es verdad, ni hay tal democracia, pues si la hubiera... ¡Dios nos asista!

Infante.

Tú podrás pensar lo que gustes; pero como los hechos se sobreponen á las ideas, si tu hermanita se empeña en democratizarse, se democratizará... á despecho de tu aristocracia.

Federico.

Prefiero verla muerta.

Infante.

Piénsalo bien... Esas cosas se dicen pronto..., pero luego la realidad... (Aproxímanse á la puerta de la casa.)

Federico.

¿Dónde estará ahora ese maldito sereno? Quizás durmiendo la mona en el hueco de alguna puerta. (Suena la cerradura, y observan que la puerta se abre por dentro.) ¡Ah!, escucha, mira. Alguien sale...

ESCENA II

Los mismos. Santanita.

Ábrese la puerta y aparece Santanita, el cual, al ver á los dos amigos, retrocede asustado y como si quisiera volver á meterse en el portal.

Federico, con súbita ira.

¡Rayos y demonios!... ¡Eh!... ¿Quién es usted? (Echándole mano al pescuezo.)

Santanita, con terror suplicante.

¡Ay, ay!... ¡Por Dios, D. Federico, no me mate usted!

Federico.

Badulaque, mequetrefe, tú vienes de mi casa. (Le sujeta con nerviosa energía. Infante interviene en ademán pacífico.)

Infante.

¡Por Dios... Calma...! ¡Qué atrocidad! (Tratando de calmar á su amigo.)

Federico.

Si no fuera quien soy, le ahogaría... ¡Miserable! ¿Qué hacías en esta casa?

Santanita.

¡Señor, óigame usted!... (Anonadado y trémulo.) Subí sin más objeto que hablarle... por el ventanillo..., nada más. Yo se lo juro..., y puede usted comprobarlo arriba.

Infante.

Basta... Retírese usted.

Federico, soltándole.

Sí..., que se vaya... La escena es repugnante. (Mirando á Santanita con desprecio.) ¡Qué ignominia! Si en vez de ser un bicho fuera un hombre, acabaría con él, puesto que no hay tribunales que castiguen estas infamias.

Infante.

Concluyamos. (A Santanita.) ¿Todavía está usted aquí?

Federico.

Ya has oído, muñeco, que no me rebajo á castigarte. Otra cosa será si llego á cogerte en mi casa.

Infante.

Largo... Se acabó la cuestión.

Santanita, recogiendo su sombrero, que en la refriega se le ha caído.

Don Federico, usted abusa de su posición. No es caballero todo el que lo parece, ni para serlo basta llevar sombrero de copa. Puesto que usted se pone en ese terreno, á él iremos todos. (Se aleja.)

Federico, sin poder contenerse.

¡Pues no se atreve...! ¡Si me provoca...!

Infante, sujetándole.

Déjale, por Dios. Ya ves que huye.

Santanita, desde lejos.

Don Federico, usted se empeña en luchar con la corriente, imponiendo á todo el mundo su quijotismo, y usted se fastidiará. (Vase calle abajo.)

ESCENA III

Federico, Infante.

Infante.

Pero hombre, ¿estás en ti? Si le maltrataras gravemente, ¿no sabes que podría costarte la torta un pan?

Federico.

Iré á la cárcel... ¡Qué vergüenza, qué leyes! Si esto se llevara á la justicia, á mí me condenarían, y á ellos les casaban. ¡Y á esto llaman organismo social! La ley protege la deshonra, y el Estado es el amparador de los criminales. (Entra en el portal.)

Infante.

No me despido. En la calle te he librado de hacer un disparate, y ahora entro contigo para impedirte hacer otro en tu casa.

Federico.

A esa chiquilla sin seso y de condición villana, le enseñaré yo el respeto que debe á su nombre. ¡Qué falta de pudor! ¡Qué vileza!

Infante.

¡Ay, amigo mío (ambos encienden cerillas y suben), no echas de ver que se han quedado muy atrás los tiempos calderonianos!

Federico.

Sí, y también echo de ver la gran diferencia en favor de aquéllos. ¿Pero tú crees que si en nuestra edad se usara el ceñir espada, se me escapa ese tipo asqueroso? Le atravieso en el acto.

Infante.

Más vale que no usemos armas.

Federico, llega á su habitación y llama.

Verás, verás cómo ahora resulta que nadie ha visto nada, que todo es figuración mía y ganas de reñir. Estas canallas de mujeres me la han de pagar.

ESCENA IV

Los mismos. Claudia.

Claudia, abriendo la puerta.

Buenas noches.

Federico.

Oye, ¿qué hacía en casa ese sinvergüenza que acaba de salir?

Claudia, soñolienta.

¿Quién? ¿Está usted loco? Bah; ya viene con sus remontazones. Aquí no ha entrado nadie.

Federico.

Tú y tu hermana sois unas grandísimas alcahuetas... ¿Y la señorita?

Claudia.

Acostada y durmiendo.

Federico.

Pasa, Infante. (Entran en la sala.)

Infante.

Mira, deja el asunto para mañana. Ya debes suponer que te han de negar todo. Ten calma, soporta el hecho, y búscale solución de la manera más práctica.

Federico.

¡Qué tonto eres! (A Claudia.) Mañana os ponéis en la calle con toda vuestra indigna parentela, y mi hermana irá á las Arrepentidas... ¡Qué bajeza de espíritu y de sentimientos!... No quiero verla... Que no se ponga delante de mí. No podría contenerme...

Infante, sentándose.

Eso me parece muy bien: no hables con nadie esta noche. Aplaza la cuestión para otro día.

Federico, á Claudia, con vivo enojo.

Esta casa es una sentina, y vosotras alimañas inmundas.

Infante.

Bien, desahógate...

Federico, á Claudia.

Quítate de mi presencia... Vete... con mil pares de demonios.

Claudia, para sí.

Ya se le pasará el enfado... Este señorito fantasioso cree que estamos en tiempos como los de esas comedias en que salen las cómicas con manto y los cómicos con aquellas espadas tan largas y hablando en consonante. ¡Válgate Dios con la quijotería! (Vase.)

Federico, paseándose.

¡Esto es horrible! ¡Qué bochorno! ¡Aquí tienes tu dichosa idea de igualdad, que todo lo encanalla! Ese pelandruscas se ríe de mí en mis barbas, ultraja un nombre respetable, y tengo las manos atadas contra él.

Infante.

Has hecho bien en aplazar la función. Y ahora puedo irme tranquilo.

Federico.

Retírate si quieres. (Recogiendo tres cartas que hay en el velador.) ¿Tres cartas? ¿Apostamos á que en ellas vienen nuevas calamidades? Nada, que sigue la mala. (Abre una.) ¿Lo ves?... Una desgracia, un golpe en la nuca... Mi padre me anuncia que llega pasado mañana... ¿Y á qué viene?... Es mi padre y no puedo decir contra él ninguna palabra ofensiva. (Con ira.) Te juro, amigo Infante, que soy el hombre más digno de lástima que hay bajo el sol. No puedo echar de mí esta susceptibilidad delicadísima, y adondequiera que me vuelvo no encuentro sino agudas puntas que me la hieren y me la chafan. ¡Este hombre...! (Estruja la carta y la arroja al suelo.) Si no fuera mi padre, creo que le... ¿Pero á qué vendrá á Madrid? Me lo figuro, y la rabia me ahoga. ¿Por qué no se estará allá, en su libre América, olvidado y olvidándonos? No me bastaba con el sofoco que me ha dado Clotilde, sino que también este azote había de caer sobre mí.

Infante.

Lee las demás cartas. La suerte suele darnos sorpresas... Quizás en alguna de ellas encuentres un bien inesperado.

Federico, examinando otra carta.

Sí..., para bienes inesperados está el tiempo. Conozco la letra. Es de Torquemada... (La abre.) ¡Maldita sea tu alma!... (Lee.) «Pongo en su conocimiento que si mañana á las doce...»

Infante.

Lo que es por ese lado... Entérate de la otra. ¿Conoces también la letra del sobre?

Federico, que sonríe examinando el sobre.

Pues mira, estos garabatos me producen una dulce impresión entre tantas desventuras. Es de una mujer... ¿Para qué hacer misterios? Es de La Peri... ¡Pobrecilla!... (Lee para sí.) Nada, me convida á almorzar. Tiene que hablarme... Sí; el día es á propósito para almuercitos...

Infante.

Yo me retiro... No olvides mis consejos. Siento dejarte tan preocupado y caviloso. ¿Acaso, en medio de las agitaciones de esta noche, has visto un rayo de luz, un indicio de salvación?

Federico, después de una pausa.

¡Quién sabe! Tal vez sí. (Se dan las manos cariñosamente.)

Infante.

Pues buenas noches... digo, buenos días. Pronto amanecerá.

Federico.

Adiós.

Vase Infante. Federico pasa á la alcoba.

ESCENA V

Gabinete lujoso en casa de La Peri. Es de día.

Federico, Leonor.

Federico, entrando precedido de una criada.

Pásale recado en seguida. Si hay alguien y tengo que hacer antesala, me marcho, porque no estoy de humor de plantones.

Criada.

No hay nadie; digo, sí, está ese, que es lo mismo que decir nadie. Pero al momento se va... (Poniendo atención.) ¿Oye usted? Ya sale... como siempre, metiendo mucho ruido.

Federico.

Pues anda, dile á tu ama que estoy aquí, y que si no sale pronto me colaré adentro.

Criada.

Siéntese usted un ratito. Leonor sabe que es usted, porque me dijo: «corre á abrir, que debe de ser ese...» Ahora saldrá. (Vase.)

Federico, sentándose en un sillón.

Aquí todos somos eses. ¡Bueno, bueno, bueno!

Leonor, que sale presurosa, muy maja, con bata negra de seda, adornada de lazos rosa-té, la cara recién empolvada, el pelo recogido con horquillas de concha.

Niño, buenos días. Hay que echarte memoriales para verte. (Poniéndole la mano en la cabeza.) ¿Cómo estás? ¿A ver esa carátula? Palidez tenemos, y ojeritas... ¡Ay, ay! Habrás dormido mal... ¡Pobrecito de mi alma!

Federico, estrechándole la mano.

Yo, así, así. ¿Y tú, como estás? (Se sientan juntos. Leonor le pasa la mano por el pelo.)

Leonor.

¿Recibiste mi papel?

Federico.

Sí, esta madrugada, al llegar á casa. Te agradezco mucho la buena voluntad.

Leonor.

El agradecimiento está de más. Pues oye: supe ayer por Torquemada lo que te pasa, y la que te tenían armada para hoy ese pillo y su compinche Bailón. Me entraron ganas de echar un capote por ti, como tú lo has echado por mí, cuando me he visto en la cuna de la fiera.

Federico.

Conozco tu buen corazón y tus desplantes de generosidad. Puesto que entre los dos hay confianza, hablemos. Nunca siento ante ti el embarazo que estas materias me producen ante otras personas con quienes tengo amistad.

Leonor.

Es que yo soy tu amiga de... de la entraña, y los demás lo son de aquí. (Tocándose la punta de la lengua.) Estoy contenta; esta mañana te eché las cartas, y en ellas vi que saldrías bien del soponcio.

Federico.

¡Qué célebre! (Riendo.) ¿Y qué te dijeron los naipes?

Leonor.

Primero salió disgusto grande..., ya sabes, el siete de espadas, en un corto camino, cuerpo y pensamiento de un hombre moreno. La cosa era bien clara...

Federico, burlándose.

Clarísima; ya lo creo.

Leonor.

No lo tomes á broma. Pues rezados los tres Padre-nuestros con muchísima devoción, y encendida la lamparilla á San Antonio, volví á echar lo que ha de venir, y ¿qué creerás que salió? Pues recelo por la mañana, el caballo de bastos, que eres tú, la mujer de buen color, y por fin, el as de oros. ¿No sabes lo que significa el as de oros?

Federico, impaciente.

Signifique lo que quiera, vamos al grano, Leonorilla. No hay tiempo que perder, y es preciso plantear la cuestión lisa y crudamente. ¿Tienes dinero?

Leonor.

¡Dinero!... (Mirándose las uñas.) Lo que es dinero, muy poco tengo disponible; pero se puede agenciar de aquí á la noche.

Federico.

Imposible esperar de aquí á la noche.

Leonor.

Tienes razón. Salió el dos de bastos, que quiere decir corto camino... Bueno; pues para no cansar, empeñaré todas mis alhajas, ó las que sean menester. ¿Qué quiere decir la sota de copas junto al as de oros sino que la mujer de buen color llevará á Peñaranda sus joyas? ¿Te parece bien?

Federico.

Paréceme atroz, y lo acepto por la terrible ley de la necesidad, con pena, pero sin rubor. Pásmate, como se pasmaría el mundo si lo supiera. ¡Qué extrañas relaciones estas! No somos amantes: lo fuimos. Somos tan sólo amigos, pero esta amistad nuestra es un fenómeno psicológico... ¿Sabes lo que es psicológico? Pues quiere decir del alma, un fenómeno...

Leonor.

Mira (con ademán de pegarle), no me llames á mí fenómeno, ni tampoco á nuestra amistad...

Federico.

Quiero decir que esto nadie lo entiende más que nosotros. Por nada del mundo acepto yo de un amigo de mi clase ciertos favores. ¿Por qué los acepto de ti sin que mi decoro se sienta herido? No puedo explicármelo claramente. ¿Qué significa esta fraternidad que entre nosotros existe? ¿Se funda quizás en nuestra degradación? Yo degradado, tú también, nos entendemos en secreto... Quizás si tus auxilios se hicieran públicos yo los rechazaría con horror. Pero es el caso que de otras personas, bien seguro estoy de ello, no los recibiría ni aun ocultándolos con el mayor sigilo. Mi orgullo tiene esta debilidad contigo, quizás porque entre tú y yo hay un parentesco espiritual, algo de común, que no es honroso, sin duda: la desgracia, Leonor, el envilecimiento... Esto me confunde.

Leonor, sin entender estas psicologías.

No, tonto; es que nos sale de dentro el ser amigos.

Federico.

Amistad es ésta que Dios debiera tener en cuenta. En ella se funda algo, que si no es virtud, se le parece; en ella puede haber abnegaciones y hasta sacrificios. No es por alabarme; pero conviene recordar que yo también supe ayudarte en trances críticos de tu vida, como tú me ayudas ahora. Me compadeces, como yo te he compadecido. Pues aunque seamos un par de pícaros tú y yo, este sentimiento que uno á otro nos inspiramos, ¿no es de la mejor ley?

Leonor.

Yo no sé lo que me pasa contigo. Bueno debe de ser esto, porque yo, aunque corra mis temporales de amor, siempre tiro hacia ti como la cabra al monte. Cuando pasan muchos días sin verte, estoy intranquila, y si oigo decir que estás enfermo, me pongo de mal temple. Me enamoro de éste y del otro, me chapuzo, me emborracho; pero no me importa engañar al que más me entusiasma y encajarle una mentira. Pues no teniendo amores contigo, como no los tengo, primero me corto la lengua que decirte una falsedad. Esto sí que es rarísimo. No sé...; pero como vivo sin familia, me parece que tú eres para mí algo como hermano, como padre..., y si tú dices: «Leonorilla, tal cosa te conviene», lo hago con los ojos cerrados. ¿Consiste en que tú solo me hablas con verdad? Por esto debe de ser. Eres el perdis más caballero que hay bajo el sol.

Federico.

Y tú la perdida más señora que hay bajo la luna. Te profeso un cariño fraternal. ¡Caso extraño! En cuestión de amores, tú vas por tu lado, yo por el mío. Después de rodar cada cual por distinta órbita, venimos á juntarnos en este punto inexplicable de nuestra confianza, que es para mi alma un gran consuelo. (Para sí.) ¿Será verdad lo que estoy diciendo, ó me engaño y me ilusiono con palabras artificiosas? ¿Será que me he connaturalizado con la degradación, como los seres que viven en una sentina y no pueden respirar si se les saca del aire corrupto? Es triste que haya venido á encontrar el único afecto reposado y noble en el trato de esta mujer envilecida.

Leonor, que le ha observado cariñosamente, tratando de penetrar el objeto de su meditación.

¿En qué piensas, monín?

Federico.

En cosas que á mí me pasan.

Leonor.

¿Amores? ¡Ah!, pizpireto, no me lo niegues. Como entre tú y yo no hay lío, puedes contarme tus penitas. Dime: ¿A qué señora trasteas, pillo? Porque señora ha de ser, y de las buenas.

Federico.

Pues... algo hay. Pero la confianza contigo tiene su excepción, y lo que es el nombre no hay para qué sacarlo á relucir.

Leonor.

Bueno; guárdate el nombre. No le vaya á dar el aire. ¿La quieres mucho?

Federico.

Te diré... Me gusta. Es mujer hermosa, apasionada, y tan buena por todos estilos, que no me la merezco. Pero...

Leonor.

Ese pero es muy salado. Di que no te entusiasma.

Federico.

No es eso; despierta en mí ilusión grandísima: mas no sé qué barrera, no sé qué zanja la separa de mí... Sería mi felicidad si entre ella y yo se estableciese, como entre nosotros, esta confianza, esta sinceridad, este abandono de los secretos penosos de la vida... Mi alma se divide... La parte que tengo aquí me hacía falta llevarla allá para completar lo otro.

Leonor, tirándole del pelo.

¿Y piensas llevarla, canallita?

Federico.

Es que no puedo. Estas cosas son fatales, superiores á nuestra voluntad. Así es que faltando allá un ligamento esencial y necesario, aquello tiene que concluirse.

Leonor.

¡Qué cosas!

Federico.

Ya ves que te hablo de mis amores. Cuéntame ahora los tuyos. ¿Sigues con el Marqués de La Cerda? ¿No te has cansado ya del pollo malagueño?

Leonor.

Chico, el Marqués está cada día más chocho por mí; sólo que de algún tiempo á esta parte se me ha vuelto muy cicatero, y hace muchos números. En cuanto al pollo, verás. He estado apasionadísima, chochísima durante unos meses. No podía vivir sin él. Ya me voy enfriando, porque me ha hecho dos ó tres judiadas buenas. ¡Y cómo me tira el dinero el muy tuno! ¡Pero paso por todo, porque es tan guapo, tan zalamero!... Hace dos días tuvimos una bronca un poco más fuerte que las de tanda. Le tiré una bota á la cabeza y le hice sangre en la frente. Después no tenía yo consuelo. Ayer y anoche estuvimos de monos; pero al fin tocamos á reconciliación.

Federico.

¡Qué vida, chica! ¡Qué misterio en los afectos humanos! Y hay tontos que quieren reducirlos á reglas y encasillarlos como las muestras de una tienda.

Leonor.

Sí que es raro lo que le pasa á una. Mírame chiflada por ese gitano, y sin maldita confianza en él; no le fiaría el valor de una peseta, ni nada tocante á las cosas formales.

Federico.

Pues á mí me pasan hoy, además de lo que te he dicho, cosas muy desagradables. Si tuviéramos tiempo te las contaría.

Leonor.

Sí que hay tiempo. Son las diez y media. Yo me visto volando, y arreglo eso en lo que se persigna un cura loco. Cuenta.

Federico.

Pues he descubierto que mi hermana me ha salido enamoricada de un muchacho de ultramarinos. Créelo: esto me produce el mismo efecto que si me dieran de bofetadas en mitad de la calle. ¿Y qué voy á hacer yo ahora? No lo sé. Me acostumbraré á la idea de que se ha muerto mi hermana.

Leonor.

¡Vaya un disparate, niño! Si la pobrecita le tiene ley á ese facha, déjales que se casen. Guárdate el orgullo para otras cosas. Puede que sea más feliz con él que con cualquier fantoche de esos que andan por ahí. Yo tuve un novio barbero. ¡Ay, mi Lucas! Se llamaba Lucas... Si me hubiera casado con él, en vez de escaparme de casa de mis tíos con el tenientillo de Infantería que me perdió, hoy sería yo una mujer honrada; mira tú, tendría la mar de chiquillos y... Pero no nos descuidemos. Ya me parece hora de ocuparnos de nuestros negocios. Saldré á eso, y luego almorzaremos juntos... Vamos á ver: ¿quedamos en que empeño las alhajas? Si se pudiera aguardar á mañana, yo le pediría á mi Marqués de La Cerda esa cantidad, amenazándole con sacarle los ojos si no vomitaba.

Federico.

No..., eso no. Malo es lo de las alhajas; pero lo prefiero.

Leonor.

Pues manos á la obra. Por una casualidad, tuve noticia de este apurillo tuyo. Fuí á ver á Torquemada, para pagarle mil reales que le debía mi pollancón maldecido, y me dijo aquel esperpento que ya no te da más prórrogas, que si hoy no le pagas te echa al juez. Por él supe también la cantidad. Dime: si yo no te hubiera llamado hoy, ¿habrías venido tú á contarme tu compromiso y á pedirme que echara el resto por sacarte?

Federico, después de vacilar.

Creo que sí.

Leonor.

¡Viva la confianza! Ahora á la calle, Leonor. Voy á echarme una falda... Al momento estoy lista. (Vase saltando.)

Federico, solo.

¡Qué criatura, qué arranques! Lo mismo absorbe una fortuna que la regala. Ha arruinado á tres ricachos, y á mí me comió lo que heredé de mi madre. ¡Pero qué simpático desorden!

Leonor, que entra en traje de calle, con mantilla y manguito.

Ya estoy. No te muevas de aquí. Yo te lo arreglaré todo. Torquemada está á dos pasos, calle de Tudescos... Me parece que llevo bastante... género. (Mostrando varios estuches envueltos en un pañuelo.) Llevo los tres solitarios, el collar de perlas, los pendientes, la mariposa de brillantes... Con esto creo poder llegar á las trece mil pesetas. Si no es bastante, Valentín me dará lo que falte, prometiendo llevarle alguna alhaja más.

Federico.

Haz lo que quieras. Te pintas sola para estas cosas. Aquí te aguardo.

Leonor.

Si viene el Marqués, no me le entretengas, á ver si se larga. Dices que no me has visto, que cuando llegaste ya había salido yo. Si le hablas del crimen ese, te advierto que es Cuadradista rabioso, y que quiere ahorcar á todo el género humano, menos á la madrastra. Dale por ahí mucho jabón. Si cuando yo venga está él aquí, salúdame como si no me hubieras visto hoy. Ya buscaré un pretexto para escaparnos, dejándole en el chiquero.

ESCENA VI

Federico, solo, paseándose.

¿Esto qué es? ¿Es la mayor de las degradaciones, ó acaso hay en esta amistad algo de bien moral, tan legítimo como lo más legítimo que en el mundo existe? ¿Es cierto que acepto estos auxilios en reciprocidad de otros prestados por mí, y es cierto que no encuentro en ellos nada de vergonzoso? Escudriño en mi conciencia llena de susceptibilidades, y ningún remordimiento descubro por tales actos. Busco y revuelvo más, y mi orgullo no parece por ninguna parte. Anda huído por los rincones y escondrijos del alma. ¿Será que el tal orgullo es ley tiránica ante la sociedad, y todo licencia y anarquía para las acciones desconocidas de la gente? Entonces, el culto de la dignidad será, ni más ni menos, el arte de no dejar traslucir nuestro rebajamiento... Hay en mí dos hombres: el Federico Viera que todo el mundo conoce, y el amigo de La Peri. ¿Cuál es el verdadero y cuál el falsificado? Me marea esta duda, y no sé qué pensar de mí. (Pausa. Trata de ordenar sus ideas.) ¿En qué consiste que cuando me agobia un pesar, lo primero que se me ocurre es venir á contárselo á esta mujer? Para todos es ella el vicio, el embuste y la dilapidación; para mí es como un apoyo moral... Me espanto de decirlo. ¿Acaso le tengo amor? No; no es eso, porque sus amantes no me infunden celos. Amistad es, sí, y de las más atractivas. ¡Enigma tremendo! ¿Por qué me inspira esta mujer una confianza que no siento por ninguna otra?... (Herido por un recuerdo.) ¡Ah!, ya no me acordaba. Esta tarde, entrevista con Augusta. Parece que la idea de la cita ha brotado en mi mente con un ligero chispazo de disgusto. ¿Qué significa esto? ¿La quiero, sí ó no? No puedo dudar que me interesa, y no obstante, desearía que ella se cansase y me propusiese el rompimiento... Pero no lo hará. Mujer soñadora y altanera, tiene entusiasmo, la exaltación temeraria de las almas de complexión robusta. Bien sabe Dios que no quisiera lastimarla. Me gusta, me ilusiona, me embriaga á ratos; pero no me inspira la dulce familiaridad con que estoy ligado á esta bribona de Leonorcilla. La otra pertenece á la sociedad, y ante ella, por una serie de actos maquinales, me revisto de mi orgullo, me lo pongo (haciendo ademán de vestirse) como me pondría el frac. Soy su amante, su amigo no. Por nada del mundo le confiaría los abrumadores aprietos en que me veo una semana sí y la otra también. Por nada del mundo admitiría de ella lo que admito de esta pobrecilla y despreciada Peri. La quise y la seduje por estímulos obscuros de la imaginación y de los sentidos, y por ella he faltado á la consideración que debo á un amigo. ¿No es esto más villano que empeñar las alhajas de La Peri para pagar mis deudas? (Con rabia.) Y sin embargo, el mundo no lo ve así. Por lo que aquí ha pasado hoy, algunos quizás dejarían de saludarme; por lo otro me envidiarían... (Agitadísimo.) Lo indudable para mí es que con unas y otras cosas, la vida se me va haciendo muy pesada y me cuesta ya trabajo cargar con ella. No hay en mi existencia un rato de tranquilidad, y adondequiera que me vuelvo, doy con mi cara en un poste. Y para acabar de anonadarme, viene mi padre, como llovido, á turbar más mis ideas y á ponerme en el disparadero. Porque, no tengo duda, el objeto de este viaje es un bien combinado ataque al bolsillo de Orozco. ¡Esto me faltaba! (Pateando.) Luego la casquivana de Clotilde... No, no soporto tanta mengua. No puedo más; mi resistencia se acabará pronto. (Se sienta. Larguísima pausa.) Ya, ya sé la cantinela de Augusta esta tarde. Me parece que la oigo: que desea regenerarme; que debo pensar en vivir de un modo regular; el estribillo de la última tarde que nos vimos. Y para eso me ofrecerá sus riquezas. ¡Qué oprobio! ¡Aceptar tal cosa, vivir y vivir bien con la fortuna del hombre á quien ultrajo! Esto no lo haré yo jamás. Prefiero mil veces pedir públicamente delante de todos mis amigos cinco duros á La Peri, y tomarlos sabiendo que ella los sustrae del bolsillo de sus amantes; prefiero esto á recibir de la mujer de Orozco esos medios de vida honrada que me ofrece. ¡Vaya una honradez! Antes me ganaría yo la vida con los oficios más vergonzosos, en esta casa ó en otra cualquiera, envileciéndome, pero sin engañar á nadie... (Vuelve á pasear.) ¡Cuánto tarda Leonor! Si no viene pronto, creo que enloqueceré. No puedo estar solo. Necesito compañía constante. ¿Pero á quién descubrirme totalmente? ¿Cómo contarle á la otra lo que hoy he hecho? ¿Cómo decirle: «tengo una amiga del alma, una socia moral, que hace los mayores desatinos por librarme de las uñas de mis acreedores»? En cuanto yo le refiriera esto, ¡buena se pondría! ¡Qué escenita de celos y recriminaciones! No, entre Augusta y yo, las dulzuras inefables de la confianza no pueden existir. A Leonor sí le confío lo que es de cierto orden, mis deudas, mis apuros. Ella lo siente, lo comprende, y me conforta y me da la mano cuando voy á hundirme. ¡Compañerismo misterioso! Pero si le declarara mis relaciones con Augusta, la repugnancia con que miro sus ofertas y la inquietud inmensa que me produce el ultraje á Orozco, de seguro no lo comprendería, ni sabría consolarme. De modo que á una y á otra he de ocultarles algo; con ninguna puedo tener la comunicación plena y total, consuelo del alma... Mi vida ha venido á dividirse en dos esferas irreconciliables. Tengo que seguir en esta incertidumbre, partiendo el alma sin poder darla entera á nadie, y ni amiga ni amigo encuentro que me ayuden á soportar todo el peso de tristeza que llevo sobre mí. Adelante con él; iré hasta donde pueda... Me parece que ya viene Leonor, este diablillo de bondad.