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Realidad: Novela en cinco Jornadas

Chapter 18: ESCENA VII
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About This Book

Drama en cinco jornadas ambientado en la vida social de Madrid, que muestra cómo un hogar acomodado y su círculo de amistades mezquinan ambiciones políticas, escándalos financieros y aspiraciones sociales. Las escenas alternan salones elegantes y estancias privadas donde conversaciones ostensiblemente ligeras descubren corrupción, oportunismo y tensiones generacionales. A través de intrigas, compromisos matrimoniales y manejos públicos, la obra confronta la apariencia de respetabilidad con la vulnerabilidad moral de sus personajes, usando el diálogo y la escena para desenmascarar hipocresías y desajustes sociales.

ESCENA VII

Federico, Leonor.

Leonor, entrando presurosa.

Hecho todo. Dame un abrazo... en premio de mi virtud.

Federico.

Ahí va. (La abraza y la besa.) Tu virtud, sí. No creas que has dicho una broma.

Leonor.

Basta de matemáticas, ó sea de agradecimiento. No dirás que he tardado mucho. Fuí á casa de ese puerco de Torquemada, y desde la puerta me volví... Se me ocurrió que era imprudencia retirar yo misma los pagarés. Podría contarlo el muy tuno, y tus amigos creerían horrores de ti; que yo te pago las trampas.

Federico.

Has tenido una feliz idea. No había yo pensado en eso. De modo que...

Leonor.

Te traigo los santos cuartos para que tú mismo vayas á casa de ese judío. Échate pronto á la calle, y á ver dónde nos reunimos luego para almorzar juntos...

Federico, tomando el dinero.

Donde tú quieras. Estoy á tus órdenes.

Leonor.

¡Ah! ¿No ha venido el Marqués ni ningún otro de esos cataplasmas?

Federico.

No ha venido nadie.

Leonor.

De buena lata te has librado. Mira, chiquío, conviene que tomemos soleta antes que se nos plante aquí algún punto fuerte.

Federico.

Sí; ¿te parece que almorcemos en un sitio reservado, en un bodegoncito, donde nos sirvan cordero ú otro plato español de los que á ti tanto te gustan?

Leonor.

¡Ah, pillastre! Te avergüenzas de que te vean conmigo, y buscas un sitio solitario para esconderte. Bien; iremos á casa de Botín, el de la Cava.

Federico.

No; es que...

Leonor.

Te veo, besugo... Tu señora, quienquiera que sea, estará celosa, y puede que te ande buscando las vueltas.

Federico.

No es eso, tonta. Pero no nos detengamos.

Leonor.

A la calle. (Cantando.) ¡Españoles, venid! Nos separaremos en el portal, y luego, fíjate bien, te espero en la Plaza Mayor. No me des plantón.

En la escalera.

Federico.

¡Quita, pues no faltaba más!...

Leonor.

¡Ah!, me olvidaba de contarte... ¿Sabes á quién me encontré ahora? Al abuelo Cisneros. ¡Qué terne está! Me paró y me dijo que fuese á verle. Mira tú, á ese tío marrullero le sacaría yo de buena gana diez mil realetes para dártelos á ti... No seas tonto y no pongas esa cara. ¡Vaya! Lo que ya hice una vez, ¿por qué no repetirlo ahora?

Federico, contrariado.

Por Dios, Leonor, que se te quite eso de la cabeza.

Leonor.

¿Escrupulitos tenemos? ¡Qué tonto te me has vuelto, chico! Déjame á mí, que entiendo el tinglado del mundo mejor que tú. ¿Para qué quiere tanto dinero ese viejo chinche, más malo que la sarna? Nosotras somos las repartidoras de la riqueza y niveladoras de las fortunas mal distribuidas. No, no te rías. Cisneritos me tiene que pagar la última que me hizo, cuando me prometió el tapiz y luego se llamó Andana. Se la guardo, sí, porque es la única persona que me ha engañado en este mundo. Déjale venir, tonto, y como yo le dé unos cuantos pases, el tapiz es mío, y luego lo empeñamos si nos hace falta dinero, ó lo vendemos si te conviniere...

Federico, con hondo disgusto.

Leonorilla, no me mezcles á mí en esas historias...

Leonor.

¡Ay, qué guasa! El diablo harto de carne...

Federico.

No es que me meta á fraile, sino que... Cállate, cállate.

Leonor.

¿Pues sabes lo que se me ocurre en este momento? Que yo, preparando con tiempo una combinación, podría agenciarte, en el golfo que jugamos en casa por las noches, alguna cantidad gorda.

Federico, apartándose de ella.

¡Qué ignominia! Me causa horror tu proposición.

Leonor, con calma bonachona.

Pero qué, ¿tu tranquilidad no vale una trampa?...

Federico, aterrado.

Ni en broma me lo digas... ¡Si esto lo oyera alguien! ¡Si esto se supiera...!

Leonor.

¡Pero como nadie lo ha de saber!... El honor y el deshonor dependen de que las cosas se sepan ó no se sepan. De forma y manera que si lo que debe quedar secreto quedara siempre, esas palabrillas, honor y deshonor, habría que suprimirlas de la conversación.

Federico.

Filosófica estás... (Llegan al portal.) Bueno; no nos entretengamos charlando.

Leonor.

¡Eh, niño!, no vayas á distraerte y á darme un esquinazo. Porque tú las gastas así.

Federico.

Descuida. Seré puntual. (Se separan en la calle.)

ESCENA VIII

Dos habitaciones comunicadas, pequeñas, puestas con dudosa elegancia. En la de la derecha, sofá, butacas, un secreter, velador con tapete, un entredós con lámpara de bronce, cortinas de seda, chimenea encendida, sobre la cual hay un gran espejo. En la de la izquierda, tocador con colgadura, una silla larga, banquetas de pelouche, armario de luna, lavabo. En el fondo de este gabinete, la puerta que comunica con una alcoba. Es de día.

Augusta, Felipa.

Augusta, en la sala de la derecha, en pie, mirando su reloj.

Las cuatro y veinticinco. Me retrasé con aquella visita... ¡Qué ansiedad! Yo creí encontrarle aquí. Hoy estaba más obligado que nunca á la puntualidad...

Felipa, entrando con una bata.

¿No se pone la señorita la bata?

Augusta.

No... Pero sí; tienes razón, me la pondré. (Pasa á la otra estancia. Se quita el abrigo y el sombrero.) Hace mucho calor aquí. No eches ya más leña en esa chimenea, que parece el infierno. (Para sí.) Pero es tontería pedirle puntualidad. ¡Cuánto me hace padecer! (Ayúdala Felipa á quitarse el vestido y á ponerse la bata. Después la descalza, poniéndole chinelas de raso, negras.) Ya estoy cómoda. Ahora sólo falta que venga á las tantas. No, lo que es hoy no se lo perdonaría. (Alto.) Por Dios, Felipa, ten cuidado con la puerta, para abrir en cuanto sientas el coche. Otra cosa: á eso de las seis te vas á casa de la tía Serafina, y preguntas cómo sigue y qué personas han estado allí. Me harás ahora una naranjada bien cargadita de azúcar. (Vase Felipa. Augusta se acerca al balcón, y mira á la calle al través del visillo.) ¿Pero por qué tardará tanto este hombre, el primer desocupado de Madrid?... ¡Pobrecillo!, sabe Dios si esos demonios de ingleses le habrán armado hoy alguna trampa de la cual no pueda escapar. ¡Ah!, otro coche por Santa Engracia. Él es... Me lo dice el corazón. (Atenta al ruido del carruaje. Pausa.) No, no será éste. ¡Qué tristeza! No dobla la esquina... Sigue para arriba... (Se pasea por la habitación.) ¡Qué rato tan triste este de la espera, de la incertidumbre, del temor de que no venga! (Vuelve al balcón, y levanta un poco el visillo.) Por la calle solitaria no pasa un alma... El pregón del aguador, que va con el burro cargado de botijos, me suena como un de profundis. Pues el machacar de los herreros que hay más abajo, me late en las sienes como mi propia sangre. ¡Ah!, otro coche. ¿Será...? No; por el ruido debe de ser un carromato, de estos de siete mulas, que están pasando media hora. ¡Qué pesadez, qué monotonía y qué sobresalto! (Se echa en una butaca, la cabeza hacia atrás.) Esperaremos así. El corazón me dice que el primer coche que se sienta en el Paseo será el suyo. ¡Qué silencio ahora!... Otra vez ruido de ruedas; pero lejano, por la Ronda... Si me durmiera, se me haría menos sensible el plantón... Pero lo que yo digo: ¿qué quehaceres tendrá este hombre para...? (Aguzando el oído.) ¡Ahora, ahora! (Levántase.) Si no es éste, me entrará la desesperación. Se acerca. ¡Ay!, no sé qué tiene el coche en que viene él, que hace siempre más ruido que los demás. ¡Ah!, gracias á Dios, se para en la esquina... Vamos, ya estoy contenta. Ya sube... Esa Felipa, ¡cómo tarda en abrir!... ¡Felipa!

ESCENA IX

Augusta, Federico.

Federico, entrando en la sala.

Perdóname, hija de mi alma, si he tardado un poco.

Augusta.

¿Cómo un poco? Hace media hora que estoy aquí. Ya pensé que no venías. Y como yo me pongo siempre en lo peor, creí que esta tardanza era... la del humo...

Federico.

¡Pero qué calor hace aquí! (Quitase gabán y sombrero.) ¿Conque la del humo?... ¡Qué bromas tiene mi nena! (Se sientan ambos en el sofá.)

Augusta.

Quita allá, embustero, farsante. No me engatusas ya. A fe que estoy contenta hoy. Ha sido una debilidad darte esta cita después de las perrerías que me haces.

Federico.

¿Pero qué perrerías ni qué...? ¡Cuidado con tus cavilaciones! No, gata salada, no hay ningún motivo para que te enojes con tu perdis. Tengo en ese punto la conciencia tan tranquila, que anoche, cuando me pusiste de vuelta y media, me decía: «Ya se amansará. La reconciliación ha de venir, pues nada ocurre en que fundarse pueda un agravio.» Esta mañana, al recibir tu carta, me dije: «paces tenemos».

Augusta.

No hay que hablar de paces todavía. Antes conteste usted á mis preguntas.

Federico.

¿Me tratas de usted? Cuando yo digo que paces tenemos...

Augusta.

Será con su cuenta y razón. Empiezo á preguntar. Primero: ¿por qué has tardado tanto hoy?

Federico.

¡Dale!... Cosas mías; asuntos que no pueden interesarte.

Augusta.

¿Cómo no han de interesarme tus asuntos? ¡Qué herejías echas por esa boca! Si el amor tuviera su Inquisición, serías tú condenado á la hoguera por las atrocidades que dices contra el dogma... Yo no debí escribirte hoy. Repito que ha sido una flaqueza mía. ¡Anoche no dormí pensando en tus traiciones!...

Federico, riendo.

Pero sepamos cuáles son mis traiciones. No me he enterado de ellas todavía.

Augusta.

Hazte ahora el tonto. Esa mujer indigna, á cuya casa vas con tanta frecuencia...

Federico, interrumpiéndola.

Te lo habrá dicho Malibrán, que se dedica á desacreditarme.

Augusta.

Quien me lo dijo, añadió que ese trasto de La Peri tiene gran influjo sobre ti.

Federico, con frialdad y un poco distraído.

¡Qué disparate!

Augusta.

Nada es disparate. El disparate no existe. Los hechos pueden ser ó no ser; pero no es la mejor manera de negarlos el decir que son absurdos. Convénceme, pues, de otra manera.

Federico.

¿Cómo?

Augusta.

Demostrándome que me quieres. Si me lo pruebas, se aplacarán mis celos, pues queriéndome á mi, no podrás querer á otra.

Federico, abrazándola con cariño, pero receloso.

¡Pues si eso te lo tengo probado ya hasta la saciedad!... Vida mía, no pienses en infidelidades que sólo están en tu imaginación, ó en la malicia de amigos que me quieren mal.

Augusta, dejándose abrazar, y correspondiéndole con cariñosas ternezas.

Soy débil y me entrego á tus engaños, para asegurar siquiera la dicha del momento presente. Te confesaré con franqueza una cosa: y es que esta mañana, después de una noche de martirio y de cavilaciones que me pusieron demente, se me despejó la cabeza y se me aclararon las ideas. Me dió por argumentar en favor tuyo. Verás lo que dije: «¡Si no puede ser, si no cabe en cabeza humana que habiéndole yo sacrificado mi honor, y queriéndole como le quiero, me sustituya con una mujer de esa clase y de esa vida!» Pero al pensar esto no las tenía todas conmigo, porque los llamados disparates me parecen á mí lo más natural y verosímil. De todos modos habías ganado en mi alma el terreno que por la noche perdiste, y me ablandé, chico, te tuve lástima, tuve lástima de ti y de mí, y te cité para hoy, diciéndome: «¡Qué demonio! Si estoy rabiando por verle y porque me haga fiestas, ¿á qué tanta gazmoñería?»

Federico, besándola.

Sí, vale más que nos veamos y que hablemos como buenos amigos.

Augusta.

Y ahora siguen las preguntas.

Federico.

¡Ay! Déjalas para otro día. Convéncete de que no te engaño. ¿Quieres que te hable con completa sinceridad? Pues La Peri es amiga mía... La conozco hace tres ó cuatro años. Ya sabes que tuvimos nuestro devaneo. Pues aquello no dejó rastro alguno; sólo queda una amistad, así... (con embarazo), así, ¿cómo te la explicaría yo? Ella me consulta alguna vez sus asuntos... Charlamos; yo, si se me ocurre, le doy un buen consejo, y... ¿Quieres más franqueza?... Pues alguna que otra vez voy á su casa. No..., no frunzas el ceño. ¡Pero, hija mía, si le hablo delante de su amante! El que te haya dicho otra cosa ha mentido, créemelo. Yo te juro, chiquilla, que amor no hay entre ella y yo...; amistad sí, una amistad..., yo no sé cómo hacértela comprender.

Augusta, seria.

No te canses, que no la entenderé nunca. Comprendo que te enamores de una mujer perdida, prefiriéndola á mí. El amor no tiene lógica, ni entiende de clases. Pero la amistad no es tan independiente, señor mío; está más ligada con las condiciones sociales, con la decencia y la opinión. ¿No te parece á ti que la amistad formal con una mujer de esas es degradante para un caballero? ¿Y no se te ocurre que la gente la interprete mal y suponga en ti ignominias que no existen, sin duda, pero que parecen la consecuencia natural de tu trato con personas de tal estofa?

Federico, con acritud y ligeramente turbado.

¡Ignominias! ¡Qué absurdo! ¿Acaso se habrá atrevido alguien á calumniarme?...

Augusta.

No, no he oído nada... Era una deducción que yo hacía de esas amistades confesadas por ti.

Federico, impaciente.

¡Qué tontería invertir estas cortas horas en divagar sobre hechos imaginarios, querida mía! Tú tienes la culpa, con tus celos y tus cavilaciones. Y en último caso, si yo te quiero á ti sola, si por más que rebusque tu suspicacia no podrá encontrar un dato en contra, ¿qué te importa lo demás?

Augusta, con cariño.

¿Pues no ha de importarme? Cuando se ama de veras, gusta mucho absorber toda la vida de la persona amada. Tú no me ofreces más que la flor de la vida, y eso no me satisface; yo quiero también las hojas, el tronco, las raíces... ¿Qué te parece la figurilla?

Federico.

Buena, buena.

Augusta.

¿El amor es acaso una ilusión pasajera? No; si es de ley, ha de completarse con la compañía y el apoyo moral recíproco, con la confianza absoluta, sin ningún secreto que la merme, y con la comunidad de penas y de alegrías... Una queja he tenido siempre de ti, y es que nunca has querido confiarme secretos penosos que te oprimen el corazón. Yo sé que hay esos secretos, yo sé que padeces callandito por la falsa idea que tienes de la dignidad. ¿Para qué sirve el amor si no sirve para que los amantes se consulten y se apoyen en sus desgracias? Dices que me quieres. Pues pruébamelo... ¿Cómo? Clavando en mi corazón parte de las espinas que tienes clavadas en el tuyo. ¡Si no puedes negar que las tienes, si todo el mundo lo sabe! ¡Ay!, algunas de esas espinas verás qué pronto me las sacudo yo.

Federico, para sí.

Corazón inmenso, no merezco poseerte. (Alto, abrazándola.) ¡Qué buena eres, qué talento tienes, vida mía, y qué indigno soy de ti!

Augusta.

¡Embustero!... Si me quieres de verdad, confíate á mí. Ya sé los argumentos que te haces á ti mismo para no confiarte. ¿Crees que no tengo penetración, que no sé leer en tu alma? Pues sí que leo, y lo vas á ver. Tú piensas que, en ley de decoro, un caballero pobre no puede confiar á una señora casada y rica, con quien tiene relaciones, ciertas contrariedades de su vida. Temes parecer indelicado, innoble. ¡Qué tontería! El verdadero amor debe ahogar el orgullo y acabar con él, como el pez grande se come al chico. Yo aspiro á vencer tu orgullo y á devorarlo, avivando el amor y dándole, tontín, las grandes tragaderas. Pero ayúdame tú. Para animarte, te diré una cosa: Yo te quiero por desgraciado, por bohemio, por el abandono que hay en ti, por lo que padeces en silencio y por las amarguras que pasas sin chistar. (Con veleidad graciosa.) Pues oye, se me ocurre una transacción: que gastes con todos esa delicadeza y la suprimas para mí. Es mi enemiga, mi rival y tengo celos de ella. Le clavaría las uñas. Para que lo sepas todo, tu vida angustiosa, tu pobreza, sí, empleemos la palabra terrible, han sido un incentivo más del amor que te tengo. (Sonriendo.) Si fueras capitalista, yo no te habría querido. Si fueras un hombre metódico que llevaras tus cuentas por partida doble, créelo, me serías antipático.

Federico, soltando la risa.

¡Monísima! Me haces mucha gracia.

Augusta.

Yo soy así: estoy cansada de la regularidad. Me ilusiona el desorden.

Federico, con viveza.

¡Ah! Ya te cogí. ¡Contradicción! Si eres como dices, ¿á qué ese empeño de poner orden en mí?

Augusta, confundida.

Pues si hay contradicción que la haya. No retiro nada de lo dicho. Ea, hablemos claro. Yo deseo ser, además de tu amante, tu consejera y tu administradora. No quiero que pases tantas agonías. Dame tu confianza; destruye esta muralla que hay entre nosotros.

Federico, con seriedad.

Augusta, vida mía, lo que ignoras de mí se revela á tu imaginación soñadora como algo interesante, novelesco, dramático, y no es eso; es de lo más prosaico y vulgar. ¿Y si yo te dijera que derribando esta muralla de la China perdería quizás tu estimación?

Augusta.

No, no; la pobreza no deshonra á nadie. Comprendo, aunque nunca las he pasado, las humillaciones que trae la falta de dinero; pero eso se remedia fácilmente, querido mío.

Federico.

Yo no merezco el interés que te tomas por mí. ¿Pero no es mejor que dejemos en la sombra y detrás de nosotros toda esa realidad fastidiosa, que al fin, al fin, puede que diera al traste con el amor mismo? Eso que ignoras te seduce porque es misterio. Si dejara de serlo, lo mirarías quizás con repugnancia.

Augusta.

Es cierto que me atrae el misterio, lo desconocido. Lo claro y patente me aburre.

Federico.

Vuelvo á señalarte la contradicción. Si eres así, ¿cómo se te antoja penetrar en mi vida íntima para que yo también te aburra?

Augusta.

No, no es eso... ¿Me dejas explicarme?

Federico.

Sí, estoy encantado oyéndote.

Augusta.

Pues verás. Tú me conoces bien; tengo, no sé si por dicha mía ó por desgracia, una imaginación exaltada. El peligro mismo me atrae, y aun eso que llaman disparate me seduce también. Eso de que siempre han de pasar las cosas con arreglo á pliego de condiciones, como si la vida fuera una continua subasta, me carga.

Federico.

Veo en ti algunas de las ideas de tu padre.

Augusta.

Mi padre tiene mucho talento, y se anticipa á su época.

Federico.

También tú.

Augusta.

Yo apetezco lo extraño, eso que con desprecio llaman novelesco los tontos, juzgando las novelas más sorprendentes que la realidad. ¿Por qué me enamoraste tú, grandísimo tunante? Porque eres una realidad no muy clara, porque no veo tu vida cortada por el patrón de este puritanismo inglés que aborrezco, porque llevas en ti el gustillo ese del disparate, que á mí me sabe tan bien.

Federico.

Y ahora pretendes destruir todo ese encanto que, según dices, tengo, y cortarme á patrón y ponerme la marca ordinaria. Si me amas por absurdo, ¿á qué combates mi desequilibrio, que, según tú, es una cosa tan bonita?

Augusta.

Ven acá, tonto, mamarracho; es que te quiero locamente: á nadie he querido ni quiero sino á ti, y este amor primero y último hace una revolución en mi naturaleza y en toda mi alma. ¿Que desmiento mi carácter? ¿Que me contradigo? Bueno. Deseo hacerte burgués, vulgarizarte. ¿Que destruyo ese encanto, esa poesía, llamémosla así, de tu pobreza disfrazada? Mejor; por eso no dejaré de quererte. Es el gran paso, que yo no he dado hasta ahora en el proceso, ó como quiera que eso se llame, de los afectos; el paso del período soñador al período práctico, del noviazgo al matrimonio; la gran crisis del amor; el tránsito de la época legendaria á la época clásica. ¿Qué tal? Esto se llama erudición. Tontín, ¿no me comprendes? Es que me transformo, es que aspiro á fundir la ilusión con la razón, á hacerte feliz en todos los terrenos, á establecer tu vida junto á la mía en condiciones de estabilidad. ¿No lo entiendes, grandísimo gaznápiro? (Le da muchos besos.)

Federico.

Lo entiendo..., en principio lo entiendo. Pero veo que no cuentas con la realidad. Esa aspiración tuya es un sueño. Olvidas que estás ya casada.

Augusta.

Es cierto. Con esa idea me traes á la vida real. Iba yo por los espacios imaginarios, como las brujas que vuelan montadas en una escoba. Pero, en fin, el que no podamos hacer vida normal no estorba para que yo intente mejorar tu existencia y librarte de ciertos suplicios. ¿Te lo digo más claro? Pues guardando las formas y respetando lo que debo respetar, quiero que participes de los bienes materiales que yo disfruto. La desigualdad entre mi bienestar y tu malestar me mortifica. Hay que repetirlo cien veces: es preciso que nos volvamos muy prosaicos, muy caseros. (Sonriendo.) Sin duda esto es efecto de la edad. Ya voy siendo vieja.

Federico, con exaltada pasión.

¡Vieja tú! Eres la juventud eterna, la gracia infinita y la tentación del mundo entero.

Augusta, riendo y abandonándose.

¡Borrico!

Intermedio largo.

ESCENA X

La misma decoración.

Los mismos personajes. Federico, en el gabinete, reclinado en la silla-larga. Augusta, dentro de la alcoba. No se la ve al principio de la escena. Es de noche. La lámpara está encendida.

Federico, mirando el reloj.

Yo creí que era más tarde: las siete menos diez.

Augusta, desde la alcoba.

¿Qué? ¿Deseas que corra el tiempo? ¿Tienes prisa de que me vaya?

Federico.

Al contrario; cuento los minutos, y si pudiera, pondría por delante los que ya están á la espalda.

Augusta.

Esta noche podré estar hasta las ocho menos cuarto; pero ya sabes que no has de entretenerme cuando llegue la hora de marcharme. Llegando á casa á las ocho, ocho y quince, no hay temor. Resultará que he pasado la tarde en casa de la tía Serafina. Para saber lo que debo decir, he mandado á Felipa á que se entere de lo que ha ocurrido esta tarde allá.

Federico.

¿Y si tu marido ha ido á ver á la enferma?

Augusta.

Casi nunca va.

Federico.

No te fíes, no te fíes.

Augusta, apareciendo en la puerta de la alcoba.

Veo que eres tú más receloso que yo.

Federico.

Pues digo, si pudiera realizarse lo que antes me proponías, todas las precauciones serían inútiles y el disimulo absolutamente imposible.

Augusta.

No es imposible... Monín, déjate guiar por esta loca. (Acercándose á él.) Lo dicho, dicho. Acábese el romanticismo, y empiece la época positiva, positivista ó como quieras llamarla. Es menester, amigo de mi alma, que nos pongamos en prosa. Yo pienso mucho en ello, y se me ocurren mil planes.

Federico.

Cuéntamelos. Me gusta oirte divagar con tanto donaire sobre lo imaginario y lo imposible, y admiro en ti la voluntad más independiente que existe en el mundo.

Augusta, sentándose junto á Federico en una banqueta, y reclinando su cabeza sobre el pecho de él.

Te contaré una cosa interesante. Esta mañana me dijo el Santo: «Tengo un proyecto para modificar la vida de ese pobre Federico y librarle de la plaga de sus acreedores.»

Federico, agitado.

Por Dios, no me hables de eso. No sabes el daño que me causas.

Augusta, vivamente.

Considera que si algo hacemos por ti, no es él quien lo hace, sino yo.

Federico.

No puedo considerar tal cosa. Querida mía, si me amas, impide por cuantos medios estén á tu alcance los favores de ese hombre, á quien yo, por mil motivos, debería reverenciar... (con mucha inquietud), de un hombre á quien tú y yo ofendemos gravemente. (Augusta da un suspiro y cierra los ojos.)

Augusta, después de una pausa.

¿Sabes que me dormiría yo aquí tan ricamente? Siento el latido de tu corazón, ¡pum, pum!, y el chiqui-chiqui de tu reloj. Con ambos arrullos y el sueño que tengo, me quedaría como piedra en un pozo. ¡Ay qué gusto, si el tiempo maldito no me aguijonara el pensamiento para mantenerme en vela!

Federico, para sí, meditabundo.

Alma ambiciosa de lo desconocido, de lo ilegislado, no puedo seguirte en tu vuelo. En ti no hay idea moral, al menos la idea mía, elemental y rutinaria, la que á mí me argumenta sin descanso. Hay entre tú y yo algo inconciliable, irreductible, y la tremenda muralla se alza cuando menos lo pienso. La belleza, la gracia de esta mujer me trastornan. Por ese lazo nos unimos. De la conciencia de ambos parte lo que eternamente nos separa. ¿Cómo decírselo sin ofenderla?

Augusta, suspira otra vez y levanta la cabeza.

Habíamos convenido en no hablar nunca de mi falta, ó lo que sea. Legalmente no tengo disculpa. ¿Pero no habíamos hecho nosotros, en la embriaguez primera, un código, de estos que hacen todos los amantes, unas Tablas muy monas, en que derogábamos toda la legislación que anda por esos mundos?

Federico, para sí.

Su valor es tan grande como su pasión. Defiende sus faltas como si fueran méritos. ¡Con qué brío se lanza por ese camino de vértigo y de sofismas! Mis ideas son claras; pero sin duda alcanzan poco. Me gustaría deslumbrarme como ella, y poder seguirla hasta los abismos del disparate, que sin duda están llenos de flores.

Augusta.

Pero no necesitas decirme nada para que yo respete al hombre cuyo nombre llevo, para que le profese un cariño fraternal. Él se merece más: yo le doy lo que puedo. La equidad es letra muerta en cosas de amor.

Federico, con sequedad.

Está bien. Pero no me hables á mí de favores de ese hombre, porque no puedo admitirlos.

Augusta.

¿Ni míos tampoco los admites?

Federico.

Tampoco.

Augusta.

De modo que la pared vuelve á alzarse, y tú la haces más fuerte y más gruesa, recordando que somos pecadores. ¡Qué moral está el tiempo, querido mío!

Federico.

Te diré... Si he sacado á relucir la cuestión moral, no ha sido por petulancia ni por gazmoñería. Me propuse no ocuparme de ella; pero desde el momento en que me hablas de generosidades de tu marido hacia mí y de sus proyectos de favorecerme, la cuestión moral se me impone, y plantea un dilema que tanto tú como yo debemos mirar con la mayor seriedad.

Augusta, inquieta y malhumorada.

Ya, ya veo venir el sermoncito. El otro día apuntaste algo..., sí, y ya me esperaba yo hoy un chubasco de moral. ¿Es verdadera virtud, ó simplemente falta de valor?... Bueno, déjame á mí el pecado entero y coge para ti los escrúpulos. No me importa; tengo fuerza para cargar toda la culpa, con tal de verte contento, tranquilo y hecho un varón santo. Tú no me quieres, y por no quererme me das la leccioncita de buena conducta. Yo estoy enamorada, y por eso no podré quizás entenderla. Te contaré todo lo que pasa en mi interior, y luego vengan sermones. (Se dan las manos.) Yo siento á veces en mi conciencia tumultos de reprobación, pero en seguida salen, por aquí y por allá, mil ideas que me absuelven. Conforme á la ley, yo no debiera quererte. La religión manda que combata y ahogue este loco amor. Y las fuerzas para combatirlo y ahogarlo, ¿dónde están? Yo no las tengo, ni me parece que las tendré nunca. Es como si al que carece de vigor muscular le mandan que levante un peso de tantos quintales. Reconozco como nadie el mérito de mi marido, y en cuanto á su bondad, sólo yo, que á su lado vivo, sé bien toda la extensión de ella. Me inspira un cariño acendrado y puro, una gran admiración; pero Dios ha establecido la diferencia entre el amor que debemos á la divinidad, á la perfección moral, y el amor terreno, el que tenemos á nuestro igual, al semejante á nosotros por el pecado y la impureza. Yo reverencio á Tomás, le rezaría, ¿sabes?...; pero te amo á ti. Me casé sin saber lo que es amor, y no lo supe hasta que tú no me lo enseñaste. Todavía no me he convencido de que esto sea una cosa muy mala, rematadamente mala. Qué quieres; soy muy torpe, y quizás de condición perversa. Lo que sí te digo es que cuando me sermonees, no necesitas hacer el panegírico de la persona que conozco mejor que tú y mejor que nadie. Bien sé que no hay otro que se le asemeje, aunque... te diré una cosa que hasta ahora no he querido decirte.

Federico, para sí.

¿Qué será ello?

Augusta.

Pues de algún tiempo á esta parte, noto en la bondad de mi marido cierta exaltación de mal agüero, algo así como... vamos, que la virtud ha llegado á ser en él una manía, un tic.

Federico, irónicamente.

¡Qué salida! Eso lo dices por rebajarle á tus propios ojos, por disminuir la inmensa diferencia de talla que entre él y nosotros hay.

Augusta.

No; no me juzgues así. Lo digo porque es verdad. Como quiera que sea, la exageración no destruye lo extraordinario, lo excepcional de su bondad. (Dando un gran suspiro.) Él es un santo, y yo te quiero á ti. Ahí tienes las dos verdades capitales. No creas que trato de buscar entre ellas una componenda hipócrita. Dejo los hechos como están. Tú eres cobarde, y huyes. Yo soy valiente, y me quedo delante de estas dos verdades mirándolas cara á cara.

Federico, para sí.

Me abruma con su admirable tesón.

Augusta, después de una pausa.

No tienes nada que contestarme, ó necesitas pensar mucho tus argumentos. ¡Ay, qué sesudo se me ha vuelto mi borriquito, y qué gran moralizador!

Federico.

Vamos á cuentas, vida mía. ¿No has dicho que estamos en la gran crisis, que salimos del período soñador para entrar en el práctico? ¿No quieres tú regularizarme?

Augusta.

¡Ah, pillo, y te vengas ahora, proponiéndome á mí la regularidad! ¡Ingrato! Quita allá. (Le rechaza cariñosamente.)

Federico.

No, alma mía. Te expongo esta idea, como una mirada al porvenir. Supón tú que, por unas ú otras causas, esto no pudiera continuar sin escándalo. No habría más remedio entonces que sacrificar nuestras relaciones.

Augusta.

Por mí nunca las sacrificaría.

Federico.

No lo digas tan pronto. Eso no se puede afirmar tan de ligero. Yo te quiero demasiado para llevarte al escándalo y á la deshonra. A ti te corresponde, como mujer, la pasión irreflexiva; á mí la serenidad. Si hablo de esto, si suscito la grave cuestión moral, tú has tenido la culpa, hablándome de favores que piensa hacerme tu marido, de protecciones que sólo se dispensan á un hijo, á un hermano. Eso pone la cuestión en el terreno de lo insoluble. Si no le impides que esos propósitos se manifiesten, te dejo...; no puedo tolerar situación tan degradante, tan vergonzosa. ¿No lo comprendes? ¿Es posible que no lo comprendas?

Augusta, con exaltación.

No; debo de ser tonta. Siento rabia de que te empeñes en hacérmelo comprender. Para mí la situación es otra. Tú me perteneces; yo te amo más que á mi vida, y quiero que participes de los bienes materiales que yo poseo. Soy rica. ¿Cómo he de soportar que vivas en la miseria y que te veas sujeto á mil humillaciones? Yo quiero compartir contigo mi bienestar, á la faz del mundo, si es preciso. No me avergüenzo de ello.

Federico.

¿Y pretendes que no me avergüence yo?

Augusta.

¡Debilidad, tonterías! ¡Si otros lo hacen!...

Federico, exaltándose también.

Pues si insistes en eso, he de hablarte con claridad, como no lo he hecho nunca. ¡Hace tiempo que yo siento una pena, un sobresalto..., más claro: un remordimiento por el ultraje que infiero al hombre más generoso, más digno que existe en el mundo!... Quisiera que fueses siempre mía; pero las cosas de la vida, ¿van por ventura al compás de nuestros deseos?... ¿Ya no hay ley, ya no hay principio alguno que deba ser respetado? Todo tiene su límite, y yo sería un miserable si no te dijese ahora que intentes, que lo intentes siquiera, consagrar á tu marido todos los afectos de tu corazón. Ya sé que el amor es extravagante. Ya sé que cabe en lo humano, mejor dicho, que es muy humano no amar á un hombre de grandes cualidades y prendarse de un cualquiera. Pues bien: protestando de que me gustas hoy lo mismo que ayer, tengo el valor de incitarte á que me sacrifiques, á que entres en la ley, á que vuelvas los ojos á aquel hombre tan superior á mí..., superior á mí hasta físicamente, para colmo de lo absurdo.

Augusta, con rabia.

¡Qué manera tan suavecita de decirme que no me quieres ya! Ningún hombre enamorado sugiere á su querida la idea de volver al deber. Dímelo, háblame claro, porque esa moralidad tuya de última hora es ridícula y hasta poco delicada.

Federico.

No, porque yo, al proponerte con honrada convicción lo que te propongo, estoy dispuesto, si no lo aceptas, á ir contigo hasta donde quieras, menos á la ignominia de recibir beneficios materiales de tu marido.

Augusta.

Está bien. (Llorando.)

Federico, con súbito arranque.

Me revelo á ti con absoluta ingenuidad. Te diré que me creo bastante indigno, y no quiero serlo más.

Augusta.

¡Indigno tú! Recurres al argumento de sensación para apartarme de ti. No, no; tú no eres indigno.

Federico, amargamente.

No sabes lo que dices; no me conoces. Por algo te oculto las miserias de mi vida. Si conocieras ciertos oprobios que hay en mí, quizás no tendría yo que hacerte ningún argumento para que me dejaras y volvieras á la ley.

Augusta, arrojándose á él.

¡No; dejarte, nunca! Porque si fueras el último de los bandidos, te querría lo mismo que te quiero.

Federico, con cierto desvarío.

Yo no te merezco. Regenérate huyendo de mí, y entregando los tesoros de tu alma al hombre más digno de poseerlos.

Augusta, con exaltación sublime.

No me da la gana. Cuéntame tus cosas. Unámonos resueltamente en todas las esferas de la vida. Todo lo mío es tuyo.

Federico.

Eso jamás.

Augusta.

Arreglaremos nuestras entrevistas con un misterio tal, con un arte tan soberano, que sólo Dios pueda saberlas.

Federico.

No puede ser. Orozco las descubrirá; ya verás cómo las descubre. Y cuando pienso en esto, la terrible muralla se levanta entre nosotros más fuerte, más alta que nunca.

Augusta, estrechándole en sus brazos.

Pues yo la destruyo, yo la hago pedazos, la rompo con mil y mil besos. Y si tú eres un presidiario, yo seré una presidiaria; si tú eres un pillo, yo seré una bribona; seré lo que tú quieras que sea, menos...

Federico, para sí, confuso.

Nada puedo contra este corazón monstruoso. Las ideas morales se estrellan en él, como migas de pan arrojadas contra el blindaje de un acorazado...

Augusta.

¿Qué piensas?

Federico, con pasión.

Pienso que no hay nada mejor que condenarse contigo. (Para sí.) ¡Y qué hermosa la muy...! Toda la legalidad del mundo no vale lo que sus ojos.

Augusta.

¿No me quieres ya?

Federico.

¿Y tú á mí?

Augusta.

¡Borricote!