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Realidad: Novela en cinco Jornadas

Chapter 26: ESCENA IV
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About This Book

Drama en cinco jornadas ambientado en la vida social de Madrid, que muestra cómo un hogar acomodado y su círculo de amistades mezquinan ambiciones políticas, escándalos financieros y aspiraciones sociales. Las escenas alternan salones elegantes y estancias privadas donde conversaciones ostensiblemente ligeras descubren corrupción, oportunismo y tensiones generacionales. A través de intrigas, compromisos matrimoniales y manejos públicos, la obra confronta la apariencia de respetabilidad con la vulnerabilidad moral de sus personajes, usando el diálogo y la escena para desenmascarar hipocresías y desajustes sociales.

JORNADA TERCERA

ESCENA PRIMERA

Sala en casa de Federico.

Claudia, Bárbara, la primera con un chiquillo en brazos, la segunda con manto, como si entrara de la calle.

Bárbara.

Cuéntame, mujer. Es particular que todos los lances gordos han de ocurrir siempre en los días que yo estoy fuera.

Claudia.

Pst... chitito... Habla bajo... Federo no duerme, aunque está en la cama. Además, ha venido el papá.

Bárbara.

¡El señor!

Claudia.

Anoche entró por esa puerta. La semana pasada, cuando empezamos á ver en el cielo la estrella con rabo, me dijo Pepe: «Alguna desgracia vendrá sobre el universo mundo.» Y ya ves cómo no se equivocó. Pepe tiene mucho talento, y también anunció lo de Clotilde. «Esa niña—me decía—os va á dar un disgusto.»

Bárbara.

Francamente, no la creí capaz de una resolución tan fuerte. Cuéntame... ¡Pobre niña! Ni pensé que la apretaran tanto las ganas de marido. ¿Es cierto que no está ya en la casa?

Claudia.

Chist... (Vigilando las puertas.) Pues voló. ¡Valiente chasco nos ha dado! Yo tampoco la creí con alma para arrancarse así. Federo, rabioso, te echa á ti la culpa.

Bárbara.

¡A mí! En el nombre del Padre...

Claudia.

Dice que tú le has dado alas, y que cuando el chiquillo ese empezó á hacerle garatusas, con la pluma en la oreja, desde el entresuelo de enfrente, tú y yo debimos cerrar los balcones y no permitir á la niña que se asomase. Claro, quería que fuéramos verdugas de la infeliz señorita.

Bárbara.

Verdugos se dice... Es un egoísta, un tirano, y no se hace cargo de que Clotilde, por vivir aquí sin trato con sus iguales, no había de librarse de la regla de amor. Llegada la edad en que el corazón hace cosquillas, las mujeres necesitamos querer y que nos quieran; y si no se presentan duques, apencamos con lo que sale, aunque sea un suda-tinta. No sé para qué quiere el señorito el talento que tiene, si no le sirve para hacerse cargo de una cosa tan sencilla.

Claudia.

Eso no tiene vuelta de hoja. Pero no lo entiende. Ayer nos ha puesto á ti y á mí que no había por donde cogernos... Que si tú le traías las cartas á Clotilde, que si... ¡Josús!

Bárbara.

Pues no me pesa..., ea. ¿A quién, como no fuera de bronce, no se le partiría el alma viendo las miradas de pólvora que se echaban los pobrecitos de balcón á balcón? Era una contracaridad dejarles consumirse sin el consuelo de un papelito. Francamente, yo no he nacido para ver padecer á nadie. Traje la primer carta..., y la segunda y la tercera. Por cierto que tiene una letra preciosa, y que pone la pluma con muchísima sal.

Claudia.

Pues de mí dice que merezco la horca y el presidio y hasta el infierno, porque le abrí la puerta al otro para que entrase á ver de cerca á su novia... Que se ponga en mi caso. Los chicos, con el carteo y las miradas, estaban tan babosos, que no se les podía aguantar. Ella ni dormir, ni comer, ni hacer cosa ninguna al derecho. Intenté quitarle de la cabeza su locura, y me puse ronca de tanto predicarle. Pues como si hablara con esta mesa. «Clotilde, mira que tu hermano no consiente esto..., mira que...» Mientras más le chillaba, peor. Cosa perdida. ¿Qué íbamos ganando con cerrarle la puerta al jovencito ese?

Bárbara.

Nada; que no pudiendo entrar por la puerta entrase por la ventana. Un hombre ciego de amor es temible. Hasta pudo suceder que pegase fuego á la casa para poder entrar disfrazado de bombero. Se han dado casos.

Claudia.

Esa misma cuenta echéme yo. Pero á Federo no le entran razones, y lo que es yo bien tranquila tengo la conciencia, porque si abrí... (Suena el timbre de la puerta.) Llaman. Debe de ser alguna fiera. Aguarda un momento. (Sale.)

Bárbara, sola.

¡Ay!, qué egoístas son estos hombres. Todo lo bueno ha de ser para ellos, y para nosotras, las del bello sexo, trabajos, hambres de amor y el no gozar de nada. Ellos se divierten con cuanta mujer encuentran, y á nosotras, si un hombre nos mira ó le miramos, ya nos cae encima la deshonra, y empieza el run run de si lo eres ó no lo eres... ¿Pues qué quería ese tonto? ¿Que mientras él se daba la gran vida su hermana se pudriera en casa como una monja? No; la chiquilla, aunque parece tan para poco, tiene el moño muy tieso, y ha demostrado que sabe dejar bien puesto nuestro pabellón. ¡Ay, bello sexo! ¡Qué falta te hacen muchas así, resueltas y con garbo para darle el quiebro á la tiranía!

Claudia, entrando.

Lo que dije: era un inglés..., el de las alfombras. Le he dado el jabón que usamos aquí... ¡Qué tronitis en esta casa! Pues te decía que si abrí la puerta á ese mocoso ha sido con la mejor intención del mundo, y si se vieron algunos ratitos fué delante de mí. Otra cosa no hubiera yo consentido. ¿Qué pudo pasar? Que cuando yo me distraía ó daba una vuelta á la cocina, se pegaban de besos; pero como yo estaba con mucho ojo, y... Ya sabes cómo las gasto. Les reprendía, les ponía cara muy dura, diciéndoles que no me comprometieran, y el chico tan agradecido... «Doña Claudia—me decía,—cuando nos casemos usted será nuestra segunda madre.»

Bárbara.

¡Pobres criaturas! No les entenderá quien no sepa lo que es un primer amor. ¿Qué sabe Federico de esto, si él no ha tenido primer amor, y todos los que gasta son segundos? Yo me acuerdo de cuando me emperré por Valeriano el cochero, que me dió palabra de casarse conmigo... ¡Qué amarguras y qué dulzuras!... Pero esto no viene al caso. Cuéntame lo de la fuga. Yo me imagino que se engolosinaron con la besuquina, y con verse las caras de cerca..., es cosa que marea..., y que resolvieron morir ó casarse.

Claudia.

Así debió de ser. Los pícaros la tramaron por cartas, pues delante de mí nunca hablaban más que soserías, como si tuvieran vergüenza el uno del otro. Pues señor, anteanoche sentí á Clotilde levantada. Como suele velar para coserse la ropa, no me extrañó. La bribona, según después comprendí, estaba recogiendo y empaquetando en dos ó tres líos sus vestidos y la poca ropa blanca que tiene. Por la mañana temprano, la sentí andando con pisadas de gato por los pasillos, y me alarmé. Díjele á Pepe que aquellos andares me olían á escapatoria, y Pepe, que es muy largo, rezongó: «¡Cuando digo yo que...!» Levantéme; pero por pronto que acudí, ya el pájaro había salido de la jaula. Echábame yo la enagua; cuando la sentí descorriendo el cerrojo con mucho cuidado, como lo descorren los rateros. Salí al pasillo..., y ya iba ella echando chispas por las escaleras abajo. Se llevó la ropa en tres paquetes grandes.

Bárbara.

¿Y cómo sabes que fué en tres?

Claudia.

Porque me lo dijo la portera que vió salir á Santanita, primero con un paquete, luego con dos, y después con Clotilde: total, cuatro paquetes... Yo me quedé como puedes suponer. Pero me tranquilicé pensando: «Lo que había de ser, que sea de una vez.» Sobre la mesa del comedor dejó la chiquilla una carta para su hermano; pero éste no se enteró de la fuga hasta la hora de almorzar. ¡Qué mal rato pasé, hija! Nada, que me eché á llorar, y de la medrana que sentí, se me fijó un dolor de clavo en la sien, ¡ay!, que no se me ha quitado todavía. No te quiero decir cómo se puso el hombre al leer la carta. Tuve que salirme y dejarle solo: la cama retemblaba de la fuerza de los aspavientos que hacía. Y después de despotricarse contra mí, la emprendió contigo, y á esta quiero á esta no quiero, nos zarandeó bien. Pues nada, que inmediatamente nos habíamos de plantar en la calle, porque éramos unas... alcahuetas, etcétera...

Bárbara, riendo.

¡Qué bobo! Sí; cualquier día nos echa á nosotras, debiéndonos, como nos debe, tres mil y pico de reales.

Claudia.

Y aunque no nos los debiera... ¿Pero tú crees que puede vivir sin nuestras reverendísimas personas? Le somos tan necesarias como el aire.

Bárbara.

No encontraría otras que le soportaran. Es un niño mimoso, y seríamos tontas si hiciéramos caso de sus rabietas. Yo, mientras no le pase esta calentura, me guardaré de ponérmele delante, porque francamente, si me dice pitos, le contesto flautas. No tengo la paciencia que tú para aguantar sus desvergüenzas, y me desboco. Ayer no quise venir en todo el día, porque temo á mi dignidad, que no se anda en chiquitas; y hoy me marcharé antes de que su señoría se levante.

Claudia.

Hoy debe de estar más aplacado, porque el señorito Infante pasó ayer con él toda la tarde y le sermoneó de firme, diciéndole unas verdades como puños. Yo le escuchaba, poniendo la oreja en el agujero de la llave, y te aseguro que le leyó bien la cartilla. (Enumerando por los dedos.) Que él era el causante de todo por tener á su hermana abandonada y fuera de su alimento...

Bárbara.

De su elemento diría.

Claudia.

Eso es, de su elemento... Que la chica no es de palo, y que á alguien había de querer, porque la edad, el sexo, la ilusión, etcétera... Pero el otro, más orgulloso que D. Rodrigo en la horca, no se daba á partido, y dijo que jamás haría á Santanita el honor de mirarle. ¡Anda!

Bárbara.

¡Palabrería! Esas bravuras se convierten en humo. Al fin tendrá que apencar con el hortera y llamarle su hermano; y llegará día, acuérdate de lo que te digo, en que se vuelvan las tornas, y este señorito tan orgulloso irá á pedirle á su cuñado un pedazo de pan. Los muy soberbios acaban siempre á los pies de los humildes.

Claudia, con incredulidad.

Me parece á mí que eso no lo veremos. Primero se muere él de hambre en un rincón que rebajarse. No es como su papá, no...

Bárbara.

¿Y cuándo dices que llegó el señor?

Claudia.

Anoche. Parece que el demonio lo hace. Figúrate que oigo llamar á la puerta; salgo creyendo que era el carbonero, y me encuentro con D. Joaquín. Pegué un grito como si me viera delante un toro de Miura. No sé por qué me da miedo ese hombre, que es amable y la trata á una como á señora... Me acuerdo de lo que padeció por él nuestra pobrecita ama, y sus zalamerías me ponen carne de gallina.

Bárbara.

¡Ay, qué hombre! Créete que no viene á nada bueno. ¿Y qué hablaron hijo y padre? ¿Cómo le recibió Federo? Cuéntame... Pero me sentaré, que ahora estamos solas y podemos charlar todo lo que queramos. Mi Vicente me espera para almorzar; pero déjalo que aguarde, que bastantes plantones me ha dado él á mí en esta vida.

Claudia.

Pues cuando le vió entrar, quedóse más blanco que el papel. Se abrazaron. Luego cerró Federo la puerta, y yo más lista que él, arrimé la oreja y oí... D. Joaquín preguntó por la niña, extrañando no verla, y el otro, mascando mucha hiel, le contó la ocurrencia. ¿Crees tú que el padre se remontó, echando los pies por alto? No, hija; lo tomó con calma, con mucha calma. Yo me hacía cruces oyéndole decir que si los chicos se quieren, no hay razón ninguna para oponerse al casorio, y que él es partidario de que no haya clases, porque eso de las clases es un maricronismo.

Bárbara.

Ana... cronismo me parece que se dice; pero no estoy segura... Pues ese hombre será un tarambana; pero lo que es talento, ¡vaya si lo tiene!

Claudia.

Es que se hace cargo de la razón de las cosas, y no lleva en la cabeza tanto viento como el hijo. ¡Buena está la familia para gastar humos! El padre hecho un judío errante por esas tierras; Federo sin una mota, viéndolas venir y comido de deudas. (Suena la campanilla.) ¡Ay!, llaman otra vez. Espérame un momento. (Sale.)

Bárbara, sola, abanicándose.

Bien merecido le está á ese botarate lo que le pasa; pero muy bien requetemerecido. ¡Empeñarse en que ha de haber clases, cuando la realidad ha dispuesto que no las haiga! ¡Cabeza más dura! Y que no las hay, no las hay, aunque lo pida el Sursum corda. Lo que dice mi Vicente: «Con la libertad todos somos todo, y nadie es nada.» Ese tonto de Federo bien sé yo lo que pretende: vivir él como un duque y que Clotilde sea su esclava. Bien sabe él ponerse su frac todas las noches para ir á comer á las casas grandes... Y la niña hecha un pingo, sin tratar con personas finas. Eso es, como dijo el otro, abrir un abismo... Anda, fachendoso, para que vuelvas otra vez á jugar con abismos. Ó hay igualdad ó no hay igualdad. Santanita vale tanto como tú ó más que tú, porque sabe la partida doble, y tú no entiendes más libro que el de las cuarenta hojas.

Claudia, entrando.

Otra fiera. Esto no es vivir. Ya no sé qué decirles. Pero al fin, éste lleva cuerda para veinticuatro horas... Pues, como te decía, el padre está blando, pero muy blando. Dijo que pensaba ver á Clotilde mañana mismo (por hoy), y Federo, sacando la voz de los talones, le contestó: «Véala usted si quiere. Para mí es como si se hubiera muerto.»

Bárbara.

¡Habrá pillo!... ¿Y tú has visto á Clotilde?

Claudia, en voz muy baja.

Sí que la he visto. Cállate la boca. Cuidado cómo te das por entendida. Anoche dí un salto á casa de la viuda de Calvo, donde está depositada, ¿sabes?, aquella señora tan vieja y tan acartonadita que parece de caoba. Según dicen es muy sabia, pero muy sabia, y más antigua que Jerusalén. Vive ahí en la calle de Atocha. Rabiaba yo por ver á la niña y decirle que ha llegado su papá, que viene tierno y que le dará el consentimiento. No pude hablar con ella más que dos palabras, porque la de Calvo estaba presente y me ponía una jeta que daba escalofríos. Pero, en fin, allá le soplé lo que más importaba. El papá debe de estar allá. Salió muy temprano..., serían las ocho..., y dijo que vendría á almorzar. Anoche estuvo Federo hasta las tantas escribiendo cartas. Cosas de mujeres, y líos mil que trae siempre entre manos. Hombre de más enreditis no creo que exista, y lo mismo se aplica á las altas que á las bajas.

Bárbara.

¿Qué es eso de altas y bajas? Todas somos iguales. El arrastrar terciopelos ó ajustarse una mala saya de tartán no significa diferencia más que en lo de fuera. Como no salgan diferencias en el honor, créete que en los trapos no la hay... ¿Y dices que escribió muchas cartitas? ¡Valiente trapacero! ¡A quién engañará ahora!

Claudia.

Vete á saber.

Bárbara.

Si se acostó tarde, no se levantará en todo el día, y podré estar aquí. Francamente, temo encararme con él.

Claudia.

Pues mira, hija, me parece que... (Acércase á la puerta del foro y aplica el oído.) ¿Sabes que me parece que anda ya por ahí?

Bárbara, levantándose azorada.

¡Ay, hija, no me lo digas!

Claudia.

Bien puedes echar á correr. Levantado está.

ESCENA II

Las mismas. Federico, que entra por el foro.

Bárbara, tratando de escapar por la derecha.

Por aquí me escabullo.

Federico.

¡Eh!... ¿Quién es esa que huye de mí? Bárbara.

Claudia.

Quédate, mujer, que no te comerá.

Bárbara, medrosa y turbada.

Mi marido me espera.

Federico.

Tu conciencia no te permite ponerte delante de mí.

Bárbara.

¿Mi conciencia? Yo no tengo culpa de nada. (Temblando.) Bastante le dije á la niña que no hiciera locuras.

Federico.

¡Valiente hipócrita estás tú! Entre las dos me habéis jugado una partida serrana. Debiera poneros en la calle, después de daros una mano de azotes.

Claudia.

¡Pues no dice que nosotras...! ¡Josús! ¡No me incomode..., después que...!

Federico.

Silencio. Ya sé que me aborrecéis. ¡Bien merecido lo tengo por lo bien que me he portado con vosotras!

Bárbara.

¡Aborrecerle! Eso sí que no, aunque usted no nos puede ver.

Federico.

¿Cómo está Vicente?

Bárbara.

Mejor; pero no puede seguir en la ambulancia. Es preciso que le asciendan, llevándole á la central. Usted puede hacerlo.

Federico.

¡Yo!

Bárbara.

Sí, usted. Pero no se interesa nada por quien bien le sirve. Que vivamos ó que nos muramos, lo mismo le da.

Federico, con desvío.

¡Así reventarais!... Efectos de contagio. Hablando con ellas, me siento también grosero.

Bárbara, para sí.

Está de buenas. Aquí que no peco. (Alto.) Asciéndame usted á mi marido.

Federico.

¡Que te le ascienda yo!

Bárbara.

Si usted quiere, bien podrá hacerlo; pero lo dicho, no nos hace caso, y es todo ingratituz. Conque me le empuja, ¿sí ó no? Basta con que le pida una recomendación al Sr. de Orozco, que es tan amigo del director de Correos.

Federico, con desabrimiento.

¿Y qué tengo yo que ver con el Sr. de Orozco?

Bárbara.

Toma; que son ustedes uña y carne.

Federico.

Vete al diablo, y déjame en paz. (A Claudia.) ¿Quién ha venido hoy?

Claudia.

Los del jubileo de todos los días. Inglesitis.

Federico.

¿Ninguno se ha roto la crisma al subir ó al bajar?

Claudia.

Ninguno. Yo sí que ya no tengo crisma de tanto calcular las respuestas que debo darles.

Federico.

¿Y papá ha salido?

Claudia.

Sí, señor; pero viene á almorzar.

Federico.

Pues vete á la cocina, que es tarde. Ea, dame acá ese chiquillo. (Toma de los brazos de Claudia el niño, y le mima y zarandea.) Ven acá, Fefé, ángel de Dios. ¡Qué gusto tener un amigo inocente y puro, que no se permite otra malicia que tirarnos de las barbas! (El chiquillo suelta la risa.) Bien, bien, eres feliz conmigo. Esto consuela.

Claudia, al chiquillo.

Sol del mundo, soberano pontífice, regente del reino..., no le beses, que es muy malo. Pégale, pégale.

Federico, besando al niño.

Me quiere más que á ti. Lo que él dice ahora con esos gruñiditos es que desea estar solo conmigo, y que os larguéis pronto.

Claudia.

Gloria patri, ¿verdad que no?

Bárbara, para sí.

Acariciando al niño, nos engatusa este perro y hace de nosotras lo que quiere.

Claudia, para sí.

Es un buenazo. ¡Lástima que no tenga dinero! Es lo único que le falta.

Federico.

¿Qué rezongáis ahí? A la cocina, tarascas, y dejarme en paz con mi amigo Fefé.

Bárbara, para sí.

Ahí te quedas. No hay quien le sufra. Y sin embargo, ni él puede vivir sin nuestros mordiscos, ni nosotras sin sus rasguños. (Vanse las dos.)

ESCENA III

Federico, con el chiquillo en brazos; después Joaquín Viera.

Federico.

¡Qué noche he pasado! Esta vileza de mi hermanita ha concluído de anonadarme. (Se pasea.) ¿Tendrá razón Infante sosteniendo que toda la culpa es mía? Pues aunque cien veces lo sea, no transijo con ese cursi maldito. ¿No es verdad, Fefé, que debo mantenerme inflexible? Tú estás en lo cierto. Yo soy como soy, y no puedo ser de otra manera... (Confuso.) Y en verdad que no puedo entender por qué causa me es insoportable este vilipendio, mientras que acepto otros y los llevo conmigo, acostumbrándome á su peso como al peso de la ropa que me cubre. Lo que llamamos dignidad, ¿será función social antes que sentimiento humano? ¿Será ley de ella escandalizarnos de la ignominia que se hace pública y apechugar con la que permanece secreta?...

Viera, entrando por la izquierda.

Bien por los hombres madrugadores. ¡Levantado á las doce del día! Yo pensé que almorzaría solo, y almorzaremos juntos. All right. (Se sienta en un sofá.) ¡Pero, chico, qué cambiado está nuestro viejo Madrid! Hasta pisos de madera me le han puesto. El lugareño con botas de charol. He salido á dar una vuelta, y el plum-plum de las caballerías sobre el entarugado, el sordo ruido de los coches y el olor de la creosota me daban la impresión de Londres ó París.

Federico.

Sí; ha cambiado algo por fuera en los últimos tiempos. Pero por dentro está como tú lo dejaste.

Viera.

Siempre es el perdido de buena sombra y de muchas trazas, que se contenta con las apariencias del vivir, viviendo en realidad muy mal... ¿Sabes lo que pareces tú ahora? Un San Cristóbal, de esos que hay en las catedrales. Y el nene es precioso. ¿A quién sale, siendo su padre más feo que su madre, que es cuanto hay que decir?... No (observando al chiquillo), no puede ser obra de Pepe. (Alzando la voz, mira hacia la puerta de la derecha.) ¡Ah, Claudia, Claudia, veo que siguen los descuidos!... (A Federico, que se pasea meditabundo.) Dame pronto de almorzar, que tengo muchísimo que hacer. Y te advierto que mi primera diligencia es ir á ver á Clotilde. No, no te enfurruñes. No puedo seguirte por el camino de la intolerancia caballeresca. Cada uno obra según su carácter y el medio en que respira. ¡Vivimos en atmósfera tan distinta! Yo en un país democrático y rico, donde los apellidos y las posiciones aparentes no suponen nada; tú en un país sin dinero, donde la exterioridad lo suple todo, y donde las posiciones oficiales hacen las veces de riqueza. Nunca aspiré á que mi hija se casara con un noble, con un millonario. Modestísimo en mis pretensiones, y conociendo el país, me ilusionaba con verla esposa de un capitancito de Artillería ó Ingenieros, ó con un abogadillo de chispa, que andando el tiempo se hiciera diputado, y quizás ministro. A ti, que hacías veces de padre, te correspondía el arreglarlo de este modo. ¿Pero qué pasó? Que dejaste á la niña entregada á sí misma, y la pobre tuvo que elegir entre lo que veía. Si en vez del capitancito de Artillería nos ha resultado un chico de mostrador..., es sensible; pero ya no tiene remedio. Claro que no me gusta; pero yo no forcejeo con la realidad. ¿Qué? ¿Hemos de abandonar á la pobre niña? ¿Estamos en el caso de hilar muy fino, muy fino? ¿Quién sabe si el joven ese saldrá listo y trabajador, y poseerá el arte de estos tiempos, que consiste en traer legalmente á las arcas propias el dinero que anda por las ajenas? ¡Quién sabe si Clotilde habrá labrado, sin saberlo, su porvenir, y el tuyo y el mío, y estará en estos instantes preparándonos una vejez decorosa y tranquila! Ea, no seamos intransigentes ni pesimistas. Aceptemos la realidad, y dentro de ella, saquemos el mejor partido posible de los hechos que no dependen de nuestra iniciativa.

Federico.

No me decido á conceder que tengas razón, ni afirmaré que no la tienes. Sea lo que quiera, yo no transijo. Es cuestión de temperamento. Ciertas ideas me dominan á mí, antes que yo pueda ni aun siquiera formar el propósito de dominarlas.

Viera.

Ya hablaremos de eso más despacio.

Federico, para sí.

Ha perdido toda idea del decoro de su nombre. (Se sienta, y pone al niño sobre sus rodillas.)

Entra Bárbara y da una carta á Viera.

Viera, examinando el sobre.

Es de Tomás. Conozco su letra jesuítica. (La abre.) Me cita para las tres. Eso sí: no es de los que huyen el bulto.

Federico, malhumorado.

Bárbara, llévate este chiquillo, que molesta.

Bárbara, aparte.

Tan pronto se entusiasma con las criaturas como se cansa de ellas. ¡Ay!, de todo se cansa. (Tratando de coger al chiquillo, que grita, patalea y se resiste á pasar á sus manos.)

Federico.

Fefé, no seas malo. Vete con tía Bárbara.

Viera.

Prefiere estar con nosotros. El angelito gusta de la sociedad. Ea, dámele acá. (Le toma en brazos.) Conmigo. ¡Qué bien! Mira qué contento. Tú eres de casta de señores. Bárbara, puedes marcharte y que nos den pronto de almorzar. Dispongo de poco tiempo, y hay mucho que hacer esta tarde. (Sale Bárbara.)

Federico.

¿Qué ocupaciones son esas, dí? Por Dios, yo te suplicaría..., yo te agradecería mucho que dejases en paz á Orozco. Es un hombre excelente.

Viera, zarandeando al niño y haciéndole cabalgar sobre sus rodillas.

No niego su excelencia; pero que me la pruebe pagando lo que debe... Anda, caballo...; agárrate, valiente.

Federico.

¿Pero qué crédito es ese? Sin ofenderte, yo dudo mucho que sea un crédito real y efectivo.

Viera, con socarronería.

Buena idea tienes de mí. Aquí no entendéis de negocios, y rendís homenajes demasiado serviles á la delicadeza, madre del no comer y amparadora de la insolvencia. Los negocios son negocios, y se tratan con la crudeza que enseñan los números, lo cual nada quita á las efusiones de la amistad.

Federico, inquieto.

Cuéntame, ¿qué diantre de negocio es ese?

Viera.

Una deuda.

Federico.

Orozco no tiene deudas. Como no hayas descubierto alguna póliza olvidada y prescrita de la Humanitaria...

Viera.

Eres más inocente que este niño que galopa en mis rodillas, y se cree que monta á caballo. ¿Me juzgas tú á mí capaz de presentarme á Orozco sin refuerzo de documentos legales? ¿Por quién me tomas?

Federico, con embarazo.

Es que... me causa pena recordarlo; pero debo decirte que en otras ocasiones, Tomás te ha dado dinero por conmiseración y por evitarse disgustos. Los hombres de orden temen á los pleiteantes enredosos y sin ningún derecho más que á los que de buena fe reclaman su propiedad.

Viera, enérgicamente.

En primer lugar, nadie da dinero por conmiseración, ni aun en este país tan estúpidamente platónico. En segundo lugar, yo vengo aquí á sostener un derecho claro y terminante, no á poner una trampa de derechos ilusorios para que caigan en ella los incautos. Y te diré de paso que tienes de Orozco una idea equivocada. ¿Crees tú que en él no hay más que bondad y mansedumbre, y que lleva su abnegación hasta el extremo de dejarse explotar? ¡Qué tonto eres! Bajo aquella dulzura de carácter, se esconden todas las marrullerías de un ingenio vividor. Posee el arte de hacerse pasar por generoso, cuando se ve en el caso de transigir con el derecho ajeno.

Federico.

Me parece que le conoces más por referencias del vulgo que por propia observación. Tomás no es así.

Viera.

Le he conocido niño, le vi crecer y hacerse hombre. Su padre y yo éramos como hermanos. ¡Ah!, Pepe Orozco, grande hombre para los negocios, sin entrañas, duro y económico en su vida interior hasta la sordidez, también algo zorro y de doble fondo como su hijo. Créeme á mí, que he visto mucho mundo, y he asistido al paso de una generación á otra...; gran enseñanza. Tomás se ha encontrado la fortuna hecha, y le ha sido fácil sentar plaza de virtuoso, de varón justo y magnánimo. (Con sarcasmo.) El otro trabajó como un negro, sacrificó á las ganancias su reputación, para que ahora éste se haga pasar por santo. Los padres se condenan para que los hijos puedan labrarse un huequecito en el cielo. La suerte que no hay cielo ni infierno, pues si existieran esos... locales, sólo servirían para hacer eterna la injusticia.

Federico, tristemente.

Estás desvariando, y no te puedo seguir.

Viera.

Te has pasado al enemigo. Mírame cara á cara. (Observándole con suspicacia.) Noto en ti no sé qué... Me sorprende mucho ese interés por una persona con quien no tienes más que relaciones superficiales, de esas que se establecen entre un estómago agradecido y el anfitrión que convida martes y jueves.

Federico.

Le debo mil atenciones. Bien sabes que somos amigos de la infancia.

Viera.

¿Te ha señalado dietas por hacerle la rueda á su mujer? ¿Cobras á tanto la frase, á tanto la anécdota y el chascarrillo?

Federico, conteniendo su ira.

No me hables de ese modo... No puedo tolerarlo.

Viera, riendo.

¡Cándido! Déjame á mí, déjame, que si le saco á tu anfitrión este platito de lentejas realizaré un acto de justicia, por dos razones: primera, porque es de ley que me dé lo que reclamo; segunda, porque sus bienes fueron mal adquiridos, y deben volver á la masa, al despojado imponente á quien representamos en este instante nosotros, los desfavorecidos de la fortuna.

Federico.

Me hacen padecer horriblemente tus sofisterías. Haz lo que quieras, y no me comuniques ni tus planes ni el resultado que obtengas. Nada pretendo saber. Tratándose de esto, no quiero que haya entre nosotros ni la confianza natural entre hijo y padre.

Viera.

Gracias. Tu tontería me anonada, porque yo pensaba pagarte tus deudas si salía bien de este negocio...; quiero decir, siempre que tus deudas se limitaran á una cifra razonable.

Federico.

Cuídate de las tuyas. (Para sí.) Dios mío, ¡qué hombre! No hace ni dice cosa alguna que no sea para humillarme y herirme en lo más delicado. ¡Es fuerte cosa que no podamos aborrecer á un padre sin atropellar las leyes de la Naturaleza!

Viera.

No te pareces á mí más que en la figura. Eres un sonámbulo, un cata-humos, y te pasas la vida mirando á las estrellas, viendo la fortuna pasar, rozándote las puntas de los dedos, sin que se te ocurra oprimir la mano y atraparla. Podrías sacar partido inmenso de tus relaciones, de tu buen parecer, de tu arte social, que no debe servirnos sólo para divertir á los ricos, como los bufones antiguos divertían á los reyes, sino para compartir con ellos el imperio del mundo. La opulencia está en el deber de compartirse con el ingenio, y cuando no lo hace de grado, hay que llamarse á la parte, como el galleguito del cuento, diciéndole: «¿cuánto voy ganando?»

Federico, para sí.

No le contesto, porque perderé la serenidad.

Claudia, entrando.

Señores..., almuercitis. (Cogiendo al chico de los brazos de Joaquín.) Ven con tu madre, rey de los cielos y la tierra, ángel de amor, hijo pródigo, patriarca de las Indias.

Viera.

Lo que es éste no pasa, Claudia. Es muy bonito para ser de tu marido.

Claudia, soltando la risa.

¡Qué cosas tiene el señor! Por estas cruces le juro que es de Pepe.

Viera.

Vamos, que estás tú buena pieza... A la mesa. Tengo sobre mi cuerpo toda el hambre española. (Vase.)

Federico, abrumado.

¡Que este hombre sea mi padre! ¡Ay!, me dió su rostro, me puso el sello de su casta para que ni un momento pueda dejar de avergonzarme de ser su hijo.

ESCENA IV

Comedor en casa de Orozco.

Augusta, Orozco, Infante, Malibrán y Villalonga, sentados á la mesa, almorzando.

Orozco.

¿Pues qué quería ese terco de Federico? ¿Que viviendo Clotilde como vivía, fuese á pedir su mano un Hohenzollern ó un Habsburgo? Anoche le vi tan excitado, que no quise contradecirle por no aumentar su pena. Tuve con él la consideración de apoyar débilmente sus quejas; pero ahora que no está presente, declaro que no tiene razón.

Augusta.

Creo lo mismo. Mil veces le hablé de su hermana augurándole lo que ha pasado. Mal que nos pese, somos arrollados por... la ola democrática. ¿Qué tal la figura? Lo que hay es que nos gusta más verla reventar en la cabeza del vecino que en la propia.

Malibrán.

Como figura del género balneario, no está mal. Eso lo aprendió usted este verano en Arcachón... Pues volviendo á Federico, opino que es un desequilibrado de marca mayor, aristócrata por las ideas y los gustos, sin los medios materiales de que toda idea necesita disponer para manifestarse dignamente. Absolutista por temperamento, reniega de verse gobernado por el parecer de la multitud, y su orgullo tropieza á cada instante con las garrulerías de la igualdad. Es una contradicción viva, una antítesis...

Augusta, interrumpiéndole y burlándose.

¡Jesús de mi vida, qué sabios venimos hoy!

Malibrán.

Quiero decir que por efecto de esa radical contradicción entre la época y el hombre, todos los actos de éste resultarán incongruentes, no dará un paso que no sea un tropezón, y será al fin envuelto por la ola de que antes nos hablaba usted, ya que no se decide á sortearla, como hacemos los demás.

Infante.

Pues yo, sin meterme en filosofías, voy á dar noticias concretas. Esta mañana se presentó en mi casa el trovador de Clotilde.

Augusta, con viveza.

¿Y cómo es?

Orozco.

Según me han dicho, atrevidillo, y no peca de corto.

Infante.

Simpático; pero muy simpático, y parece despejadísimo. En cuatro palabras me ha contado su historia. Es huérfano, tiene veintitrés años, y desde los diez y seis se bandea solo. Es sobrino de un tal Santana, tendero en la calle de Lope de Vega, y de otro en la Plaza Mayor, que le llaman Jáuregui, y de otro cuyo nombre y señas no recuerdo. En fin, que cuenta media docena de tíos, detallistas de comestibles. Sabe al dedillo la partida doble, y escribe cartas comerciales en francés; tiene título de perito mercantil, y se ganó un premio de Economía política.

Augusta, con animación.

¡Ángel de Dios!... Señores, es preciso que le protejamos entre todos.

Infante.

El tío Santana le ocupaba en llevar la contabilidad y la correspondencia; y en medio de esta prosaica tarea nacieron los castos amores con la hermana de Federico. Pero ¡vean ustedes qué desgracia! Casi en los mismos días en que los tórtolos se lanzaban de cabeza en lo ideal, el tío Santana, por la paralización de los negocios y la necesidad de economías, despidió al chico, que á la sazón vive al amparo de su tío Jáuregui, sin sueldo. ¡Ah!, otro detalle. Nunca ha servido en el mostrador, que repugna á sus hábitos y á su educación; pero está decidido á todo, hasta á fregar copas en una taberna, con tal de ganarse el pan para mantener á la elegida de su corazón.

Augusta.

Decididamente, le hemos de proteger.

Malibrán.

¿Le encuentra usted chiste á la historia?

Augusta.

La encuentro hasta poética. Por lo que veo, el verdadero amor, el principio activo que gobierna el mundo, no existe ya más que en la clase de dependientes de comercio. No podemos abandonar á ese joven. ¿Verdad, Tomás? (Orozco sonríe sin decir nada.)

Infante.

Contóme también cómo nacieron y se formalizaron sus amores. Durante un mes no hacían más que mirarse, mirarse, hechos un par de bobos. Por fin, movido de un instinto irresistible, escribía con letras gordas en un pliego abierto, al modo de cartel, frases de ternura, y desde su balcón se las mostraba á la niña, que al principio huía ruborizada, soltaba la risa después, y últimamente ponía una cara muy triste cuando él no estaba.

Augusta.

¿Y cómo, no estando en el balcón, sabía él que la chiquilla ponía la cara triste?

Infante.

Esa misma pregunta le hice yo, y me contestó, ¡miren si es pillo!, que entornaba las maderas de modo que pareciese no estar allí, y por un agujerito observaba en la cara de la niña el efecto de su fingida ausencia.

Villalonga.

¿Sabe ó no sabe el pájaro ese?

Augusta, con calor.

Hay que casarles, aunque no sea sino para premiar esa manera primitiva y pura de hacerse el amor. Eso es de lo que no se ve ya.

Infante.

Luego vinieron las cartitas, de que fueron conductores, por dicha de ambos, las criadas de Federico, hasta que una noche logró Santana colarse en la casa.

Malibrán, vivamente.

Sí, hay que casarles; en eso estamos conformes, Augusta, aunque no por las razones que usted alega, sino por otras de un orden muy diferente.

Augusta.

Cállese usted, mal pensado. ¿Qué hay en estos amores que no sea la misma inocencia? ¡Bah, que entraba de noche en la casa! ¿Y qué?

Villalonga.

Nada, nada, que entraba á tomarle las medidas del cuerpo para encargar el traje de boda.

Augusta, conteniendo la risa.

Cállese usted también, groserote: no dice más que disparates.

Infante.

Y por fin, después de referirme su historia, me suplicó que le consiguiera un destinito de oficial quinto, para poder casarse.

Orozco.

¿Y qué hace usted que no lo pide al momento?

Augusta.

Yo que tú, volvía loco á todo el Ministerio hasta obtener la plaza.

Infante.

En estas alturas, es más difícil sacar una plaza de oficial quinto que una Dirección general. Pero algo haré, porque el chico ese me ha entrado por el ojo derecho. «Pida usted informes á mis tíos acerca de mi honradez—decía,—y como no se los den buenos, me dejo cortar la cabeza.» No quiere el destino más que como ayuda en los primeros tiempos, hasta que pueda tomar rumbos mejores. Y vean ustedes si el nene es activo y sabe apreciar el valor del tiempo. Por las mañanas emplea dos horitas en llevar las cuentas de una tienda de huevos de la Cava de San Miguel. De tarde, la misma faena en un establecimiento de ropas en liquidación, y por las noches se pasa tres ó cuatro horas escribiendo al dictado en casa de un notario. Con esto reune el pobrecillo sus treinta duretes al mes, que le saben á gloria por el trabajo que le cuesta ganarlos; mas para casarse le hace falta otro tanto, ó por lo menos la mitad. Ha echado bien la cuenta, y es de los que no gastan un real sin saber de dónde ha de salir. ¿Qué tal? ¿Es éste, sí ó no, un hombre predestinado á capitalista?

Villalonga, dando una palmada en la mesa.

Acuérdense todos los presentes de lo que digo. Si vivimos, á ese monigote le hemos de ver con más dinero que nosotros.

Orozco.

Pues tiene, tiene, sí, señor, la fibra económica.

Augusta.

¡Cuando digo que es preciso darle la mano!

Infante.

Aunque no quieran ustedes, tendrán que protegerle, porque es de los que se meten por el ojo de una aguja, y sabiendo que aquí hay buenos corazones, no tardará en llamar á esta puerta. Por si no cuaja lo de oficial quinto, quiere entrar de tenedor de libros en una casa de banca. De ello me habló también, rogándome..., ya ven ustedes como no pierde ripio..., que intercediera con el Sr. de Orozco para que éste le recomendara á Trujillo y Ruiz Ochoa, en cuyo escritorio hay, según parece, una vacante de tenedor.

Orozco.

Sí que la hay; pero no seré yo quien le recomiende...

Augusta, con gracejo.

Tomás de mi vida, no te me hagas el feroz tirano.

Orozco.

¡Pero hija de mi alma, si ya he recomendado á tres..., á tres!

Infante.

Yo, no sólo prometí hablar con interés al amigo Orozco, sino que invité á Santana á que viniera á verle...

Orozco.

Ángel de Dios, ¿le parece á usted que no tengo ya bastantes jaquecas?

Infante.

Es que yo quiero que conozca usted á este rey de las hormigas.

Orozco.

¿Para qué, si no puedo hacer nada por él? Dígale usted que no se moleste.

Infante.

Ya será tarde; porque, ó mucho me engaño ó ese es de los que obran rápidamente y detestan el mañana. Hoy le tendrá usted aquí.

Orozco, benévolamente.

Mi casa es un hospicio, y no puedo verme libre de postulantes, que me marean pidiéndome lo que darles no puedo: éste una credencial, el otro una fianza, aquél dinero para salir de un apuro, el de más allá ropas usadas; y no falta quien me pida billetes de teatro, ó una recomendación para obtener la cruz de Beneficencia. La suerte mía es que cantando se vienen y cantando se van.

Malibrán.

Amigo mío, aunque usted se empeñe en desacreditarse, no lo conseguirá.

Augusta, á su marido.

Hijo, en este caso has de desmentir tu fiereza, tu crueldad y tu tacañería, recibiendo bien al pobre Santana y procurándole el destino en casa de Trujillo. Lo necesita para casarse. De ti depende la ventura de esa familia en ciernes. ¡Casarse así, con todas las ilusiones del amor, y con esas ansias de trabajar, previendo los hijitos que habrá de mantener! Estos son los seres verdaderamente providenciales, los que aumentan la raza humana, los que hacen poderosas y ricas á las naciones. Verán ustedes cómo Clotilde se carga de familia en pocos años, y cómo ese marido modelo gana para mantener el pico á toda la prole.

Infante.

¡Vaya que tiene un gancho ese joven! Me decía: «Si no consigo la plaza de tenedor de libros ó la de oficial quinto, me pasaré las mañanas vendiendo tomates ó pimientos en cualquier plazuela. Trescientas sesenta y cinco mañanas dan mucho de sí.»

Villalonga, con vehemencia.

¿Ese..., ese?... Le hemos de ver firmando letras de cambio por miles de miles.

Augusta, con entusiasmo.

Amparémosle entre todos. Juremos ampararle. Es el hombre del porvenir, y todos los presentes están en el deber de prestar apoyo al que les da esta lección de arte de la vida.

Villalonga.

Acepto la lección, y admiro á ese tipo, por lo mismo que es el reverso de mi medalla, mi revés moral.

Orozco.

Ese es de los que no necesitan ayuda de nadie. Su propio instinto y su acometividad social le abrirán camino.

Malibrán.

Protejámosle, lo que quiere decir que le proteja Orozco en nombre de todos. Usted le favorece, y él nos lo agradecerá á los demás.

Sirven el café.

Un criado.

Un joven está ahí, que pregunta por el señor.

Todos.

Él, él es.

Infante.

¿Delgadito, mal color, ojos negros, el pelo al rape, gabán muy viejo?

Criado.

El mismo.

Orozco, un poco molesto.

¡Que todos los moscones de Madrid han de caer sobre mí!

Augusta, al criado.

Dile que pase al despacho. El señor le recibirá... (A su marido.) Ea, fastídiate, corazón de granito.

Orozco, fingiendo buen humor.

Como recibirle, sí... ¡Pobre tonto! No es cosa de ponerle en la calle. Pero se irá como ha venido. (Por Infante.) Éste, este métome-en-todo es quien me ha echado el mochuelo.

Infante.

Yo no. Recuerdo muy bien que le dije: «Vaya usted mañana»; pero ese es de los que no padecen la enfermedad española del mañana; profesa la teoría de que mañana quiere decir hoy.

Villalonga.

¡Hoy! Dichoso el que sabe agarrarse al hoy antes que pase, porque ese llegará primero que los demás.

Malibrán.

Y encontrando los mejores sitios desocupados, se apoderará de ellos.

Augusta.

No le dejes ir sin esperanzas. Hazlo por mí, por todos los presentes, que tomamos al gran Santanita, al futuro millonario, bajo nuestra alta protección.

Orozco, sonriendo.

Esperanzas, sí; todas las que quiera, pero realidades no podrá sacar de mí. Me sacudiré la mosca... No sé qué se figuran... Francamente, es cosa de traer á casa una pareja de Orden Público. Yo aseguro á ustedes que este impertinente no volverá más por aquí. (Toma el café de un sorbo y sale.)

ESCENA V

Los mismos, menos Orozco.

Augusta.

¿Pero ustedes se han creído que le va á echar á cajas destempladas?

Malibrán.

¡Cómo he de creer yo tal cosa! Felicitemos á nuestro protegido, porque le está cayendo el maná.

Augusta.

Si Tomás dice que no hace nada por él, no le lleven ustedes la contraria. Finjan más bien creer que le ha echado por la escalera abajo. I promesi sposi están de enhorabuena. No les faltará pan para sus hijitos, y seguramente tendrán uno cada año, porque estos matrimonios ilusionados, que se afanan por el nido antes de tenerlo, son horriblemente fecundos.

Malibrán.

Lo que á mí se me ocurre, señora mía, es que con estas filantropías van ustedes á perder á uno de los amigos más leales y consecuentes. Federico, cegado por la soberbia, dirá: «El amigo de mis enemigos es mi enemigo.»

Augusta.

Una cosa es decirlo y otra... ¡Ay!, ante la soberanía de los hechos, no hay orgullo que no se rinda tarde ó temprano... Esta es mi opinión. Y por mi parte, he de hacer los imposibles porque Federico se reconcilie con su hermana. No es mal sermón el que le espera esta noche, si parece por aquí.

Villalonga.

No le reducirá usted con sermones. Está fuera de sí. Anoche creí que me pegaba porque se me antojó disculpar á Clotilde.

Malibrán.

Corazón fiero, orgullo indomable, ideas anticuadas y consistentes, de esas que desafían con su firmeza el empuje de la opinión vulgar; ideas macizas, que serían muy buenas en una época de acción y de unidad, pero que se vuelven ineficaces y hasta ridículas en una época de inestabilidad, de polémicas y de dudas.

Augusta.

¡Cuando digo que estamos hoy muy sabios!...

Malibrán.

No lo puedo remediar. Mi pedantería es hija de los desengaños, que me han obligado á estudiar la vida. Compadézcame usted en vez de zaherirme por lo que sé. Y sé más (con fineza de dicción y de intención), mucho más de lo que usted cree.

Augusta.

No, si yo no he puesto límites ni fronteras á su sabiduría. Es que, francamente, me pareció que había examinado usted con buena crítica las ideas de Federico.

Malibrán.

De quien nada ofensivo dije. Conste. No hay motivo, pues, para que usted se altere.

Augusta, ligeramente desconcertada.

¡Yo!... ¡Alterarme yo!

Malibrán.

Un poquitín, aun antes de que yo completara mi juicio. Me faltaba añadir que de su mismo orgullo, de su susceptibilidad extrema y de la pugna entre sus ideas y sus medios sociales, nacen los hábitos de envilecimiento que á pesar suyo le dominan, y que son su desgracia irremediable y su problema insoluble.

Augusta, devorando su ira.

Todas esas cosas, ¿por qué no se las cuenta usted á él?

Infante, con sequedad.

Habla usted de hábitos de envilecimiento, y me parece que no se ha fijado usted en la significación de la palabra. De otro modo, haría mal en sostenerla. Yo afirmo que Federico es un caballero.

Malibrán, rectificando.

No lo he dudado nunca... Esos hábitos, que todo el mundo conoce, deben de ser calificados quizás de un modo más suave, tratándose de un amigo. Emplearemos otra palabra.

Augusta.

Mejor sería no haberla pronunciado.

Malibrán.

No fué mi intención ofenderle.

Infante, para sí.

Decididamente, el italiano éste es de una blandura fenomenal. No entra, no entra, por más que se le pongan picas hasta el hueso.

Augusta.

Vamos, usted quiso decir que Federico no es caballero.

Infante, para sí.

¡Qué bien me le capea ésta!... Pero no entra... Cada vez más huído.

Malibrán.

Perdone usted, amiga mía. Jamás califico yo acerbamente á una persona con quien me une amistad. (Para sí.) ¿Quieres una estocada? Pues allá va. (Alto.) Lo que yo quise decir es que caballerosidad y necesidad rara vez se llevan bien. ¡Ay de aquél en quien estos dos estímulos se reúnen! En público son muy difíciles de conciliar, y sólo en la esfera privada pueden algunos armonizarlos. En el misterio, en los escondites que labran el miedo y la prudencia, se hacen cosas que, á la clara luz del día, son condenadas con cierto énfasis. Hay dos esferas ó mundos en la sociedad: el visible y el invisible, y rara es la persona que no desempeña un papel distinto en cada uno de ellos. Todos tenemos nuestros dos mundos, todos labramos nuestra esfera oculta, donde desmentimos el carácter y las virtudes que nos informan en la vida oficial y descubierta.

Augusta, vivamente.

Perdone usted, Malibrán; todos no: la tendrá usted; pero eso de todos es un poco fuerte. (Para sí, con ira disimulada.) ¿No habría quien le parara los pies á este majadero?...

Malibrán, para sí.

Vuelve por otra. (Se levanta.)

Augusta.

Pero qué, ¿nos deja usted ya?

Malibrán.

Ya debiera estar en el Ministerio.

Augusta.

No me acordaba... (Irónicamente.) Es tan grata su compañía, y nos adormece de tal modo el encanto de su conversación, que olvidamos lo necesaria que es su presencia en el Ministerio para que marchen bien los asuntos exteriores.

Malibrán, para sí.

Búrlate todo lo que quieras. Ya me la pagarás.

Augusta, estrechándole la mano.

Váyase usted prontito. No le retengo, no quiero tener la responsabilidad de una catástrofe europea.

Malibrán.

Tema usted las domésticas, no las internacionales. Y cuando se dispare el primer cañonazo, avise usted á los buenos amigos. ¿Llamar, eh?

Villalonga.

Dos toques y repique. (Dándole la mano.) Adiós, diplomático. Memorias al marqués de Salisbury.

Malibrán.

De tu parte. Adiós, Infante. (Vase.)