WeRead Powered by ReaderPub
Realidad: Novela en cinco Jornadas cover

Realidad: Novela en cinco Jornadas

Chapter 31: ESCENA IX
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

Drama en cinco jornadas ambientado en la vida social de Madrid, que muestra cómo un hogar acomodado y su círculo de amistades mezquinan ambiciones políticas, escándalos financieros y aspiraciones sociales. Las escenas alternan salones elegantes y estancias privadas donde conversaciones ostensiblemente ligeras descubren corrupción, oportunismo y tensiones generacionales. A través de intrigas, compromisos matrimoniales y manejos públicos, la obra confronta la apariencia de respetabilidad con la vulnerabilidad moral de sus personajes, usando el diálogo y la escena para desenmascarar hipocresías y desajustes sociales.

ESCENA VI

Los mismos. Orozco.

Orozco, entrando, con semblante risueño.

Vamos, le despaché... Se va el pobrecillo muy descorazonado. Pero yo ¿qué le he de hacer? Pues sólo faltaba que...

Augusta, con gracejo.

Eso es: fuertecillo. ¡Qué genio vas echando, hijo de mi alma!

Orozco.

Lo siento; pero no he podido darle ni esperanzas siquiera.

Augusta.

Sí, te lo conozco en la cara.

Villalonga.

Su cara revela satisfacción.

Infante.

La satisfacción de las malas acciones.

Orozco.

Ni buenas ni malas.

Augusta, en voz baja á Infante.

¿Pero tú le crees?

Infante.

¿Qué le hemos de creer? Para mí, Santanita se ha puesto las botas.

Villalonga.

Permítame usted, amigo Orozco, que no dé crédito á su modestia. Lo mismo nos dijo usted el otro día, cuando vino á importunarle aquel vejete arruinado de la Plaza Mayor, y después supimos que á la calladita le puso usted una tienda nueva, un comercio de gorras.

Orozco, excitado.

¿Quién ha dicho eso? ¡Es calumnia!

Villalonga.

¡Calumnia!

Orozco, dominándose y riendo.

El que tal diga falta á la verdad. ¿Conque de gorras, eh? Tiene gracia.

Augusta hace señas á Villalonga para que se calle.

¡Eh!, chitón, indiscreto.

Infante.

Son voces que hace correr la maledicencia.

Augusta.

No se hable más de eso. En resumidas cuentas, puesto que tú no quieres proteger al rey de las hormigas, le echaremos nosotros un cable.

Orozco.

¡Bueno estoy yo para protecciones! ¿Quién me defenderá á mí de la fiera que me amenaza hoy, y que no tardará en presentarse?

Infante.

Ya sé quién es. Joaquín Viera, el papá de Federico, que llegó anoche.

Villalonga.

¡Demonio! Cuidado con ese, que es el primer sable de América... y de Europa.

Infante.

¿Quiere usted que le recibamos Villalonga y yo y le paremos la estocada?

Augusta, con viveza.

Eso sería lo mejor. Sí, sí, Tomás, que le reciban éstos y le pongan las peras á cuarto.

Orozco.

No puede ser. A ese maestro de maestros no le sabe parar nadie más que yo. Dejádmele á mí.

Augusta.

Hijo de mi vida, tiemblo por ti; temo á tu bondad, á tu miedo al escándalo.

Orozco.

¡Quiá! Que escandalice todo lo que quiera. No sé qué lío se traerá. Ya lo veremos.

Augusta.

Estoy en ascuas. No tendré tranquilidad hasta que no le vea salir de casa. ¿A qué hora viene?

Orozco.

A las tres. (Hablan aparte Orozco y Villalonga.)

Augusta.

Faltan diez minutos. Siento escalofríos.

Infante.

¿Te pones mala?

Augusta.

Creo que sí, y si la visita se prolonga, quizás... Me bullen en la cabeza presentimientos de no sé qué desdicha.

Infante.

Si no sales á paseo, te acompañaré en casa.

Augusta.

No, no salgo. Pero no me acompañes; te aburrirías. Tengo muy mal humor esta tarde.

Infante.

Yo lo tengo pésimo. Si dos negaciones afirman, de dos displicencias puede salir un rato de agradable entretenimiento.

Augusta.

No; de dos displicencias que se funden, sale de seguro la hora negra, la hora de la contradicción y del tirarse los trastos á la cabeza. Hoy es un día en que me peleo yo con el lucero del alba, á poco que me exciten. Querido Manolo, si aprecias mi amistad, echa á correr y no aportes por acá hasta la noche.

Infante.

Se me figura que Malibrán te ha puesto de mal humor.

Augusta, fingiendo tranquilidad.

A mí, no. Estoy acostumbrada á sus tonterías, y le oigo como si leyera los chascarrillos de la sección amena de un periódico.

Infante.

Mucho cuidado con él.

Augusta.

Ya lo tengo... ¡Ah!, vaya si lo tengo. Conque, Infantito de mi vida, ¿me quieres hacer un favor? Te lo agradeceré mucho.

Infante.

Pide por esa boca.

Augusta, con zalamería.

Que te marches, y perdona la grosería. Quiero estar sola con mi marido.

Infante.

El egoísmo matrimonial es tal vez el más respetable. Me sacrifico, hija, me sacrifico á tu deseo, y te ofrezco mi ausencia como el más fino de los homenajes. (Le estrecha la mano.)

Augusta.

Oye, Infantito mío: para que tu fineza sea colmada y yo tenga algo que añadir á la gratitud que te debo, llévate á Villalonga.

Infante.

Si no quiere irse por su pie, me le llevaré á cuestas.

Augusta.

Gracias. Vales un imperio.

Infante, á Villalonga.

Eso es, entreténgase usted charlando, y la comisión de reforma del catastro sin poderse reunir por falta de vocales.

Villalonga.

Tiene usted razón. Vamos allá. (A Augusta.) Patrona, ¿será usted tan buena que me deje marchar?

Augusta.

No debiera hacerlo. Por mi gusto le pondría á usted habitación en esta casa, y no le permitiría salir sino para dar un corto paseíto higiénico... Pero como se trata del catastro, que es una cosa muy buena, no quiero que me llamen rémora; no debo ser obstáculo á los progresos de la administración, y le doy á usted permiso para que se largue con viento fresco, cuanto más pronto mejor. (Villalonga é Infante se despiden de Augusta. Un criado entra y habla en voz baja con Orozco.)

Augusta.

Ya está ahí. Tenemos el cometa en casa. Tomás, por Dios, mucho pulso. Contente. Pon frenos y más frenos á tu bondad. Trátale como merece. (Para sí.) ¡Dios mío, qué intranquila estoy, y qué extraños, qué indefinibles temores me acechan en las revueltas de mi conciencia!

ESCENA VII

Despacho en casa de Orozco.

Orozco, Joaquín Viera.

Viera, abrazándole con efusión.

¡Tomás de mi alma!...

Orozco.

Joaquín.

Viera.

¿De salud, bien? ¿Y tu mujer? ¡Siempre tan guapa, tan buena!... Lástima que no tengáis hijos. La felicidad parece que no es completa en el matrimonio, cuando no hay familia menuda que lo alegre, lo adorne y lo santifique. Pero aún puede ser que... Sois muy jóvenes... ¡Qué placer me causa verte! Te conocí niño, después mozo, hombre por fin; y las afecciones primeras se renuevan en el alma cuando envejecemos. Tu padre y yo, más que amigos, fuimos hermanos, y á ti te he mirado siempre como hijo. Abrázame otra vez. Sé que no me tienes gran afecto; mas no por eso te retiro el mío, y me sirve de consuelo el corresponder á tu tibieza con el ardor de mi cariño. Yo soy así.

Orozco.

Gracias. ¿Y qué es de la vida de usted?...

Viera.

Hijo mío, mi vida es la continua privación de los bienes que apetece mi alma. Nada más conforme á mi carácter que la estabilidad. Pues heme aquí privado de los goces del hogar, errante por naciones extranjeras, sin oir la voz de un ser amado, sin ver el rostro de una persona de mi sangre y de mi raza. ¡Qué sino el mío, Tomás! Tres grandes atractivos tiene la existencia para un hombre de mi temple y mis inclinaciones: la familia en primer término; después la tierra, ó sea la propiedad; después los libros, ó sea el estudio y la contemplación de la Naturaleza. (Con ternura y acento firme.) Mi ideal de vida sería éste: mis hijos conmigo; debajo de mis pies, un triste pedazo de suelo que cultivar, sin ambición, ni envidioso ni envidiado; y como solaz, media docena de libros buenos. Créelo, éstos son los únicos bienes apetecibles y además las únicas amistades fecundas y verdaderas: la familia, manantial de goces infinitos; la tierra, que te devuelve generosa los cuidados que pones en ella, y el libro sano y ameno, que te deleita, te calma y te instruye. Pues nada de esto me concede Dios á mí. Sin duda me priva de lo que más amo, para concedérmelo en otro mundo mejor.

Orozco.

Si los hechos correspondieran á las intenciones ó á las palabras, no dudo que tendría usted todo eso que desea.

Viera.

¡Los hechos, los hechos! ¿Sabes tú lo que has dicho? ¡Los hechos! Eres feliz; heredaste una gran fortuna; te viste encarrilado desde la niñez en la vida regular, y andas aún con la velocidad que te imprimieron. Todo lo encuentras llano, fácil... Los hechos son para ti una serie de movimientos maquinales, instintivos. Para los que se impulsan á sí propios, los hechos son el movimiento externo, los encontronazos, las sinuosidades del camino, pues de los obstáculos mismos hay que valerse para dar un paso. Mis hechos, Tomás querido, no son míos, y es injusticia juzgar estas cosas aisladamente. Aprécialas en conjunto, abarca de una mirada el mecanismo social, y fíjate en la posición que tenemos en él los desheredados de la fortuna. Es preciso que todos vivamos, Tomás; no se ha hecho el mundo sólo para que lo disfruten los capitalistas. Has visto en mí acciones que te desagradan. ¿Pero tú, talento superior, alma elevada, aplicas á todos los casos la moral cominera y menuda? No, hijo mío; á ti te corresponde medir con la gran regla. Lo harías sin trabajo, si te hubieras formado en la adversidad; pero tu talento debe suplir la experiencia, que te falta. No me juzgues, por Dios, con el criterio del vulgo necio. Tú no eres vulgo, Tomás, ni lo serás nunca, aunque vivas en la atmósfera creada por él.

Orozco, con benevolencia.

¡Lástima que ese gran ingenio no se emplee mejor! Suele ofrecernos la humanidad este contraste, y es que la gente ordenada se cae de sosa, y los traviesos y desarreglados tienen toda la sal de Dios. Sin duda la vida aventurera, de arbitrios sutiles y de combinaciones muy calculadas, fomenta en los hombres el donaire. No sé si Dios tendrá dispuesto que la bohemia y los caracteres picarescos desaparezcan al fin con la aplicación completa de la disciplina moral. Si así fuera, ¡qué lástima!, porque lo picaresco parece un elemento indispensable en el organismo humano.

Viera.

Sí, sí; es preciso que haya de todo, querido, y cree que el mundo no ha de variar gran cosa en sus aspectos generales, por mucho que lo pulimente el saber de los hombres, y eso que los periódicos llaman conquistas de la civilización. La diversidad de medios de vivir ha de corresponder siempre á la variedad y muchedumbre de caracteres y de móviles. (Con agudeza.) Si la moral de los catecismos llegara á imperar en absoluto, y se acabaran la bohemia y la raza picaresca, como tú has dicho, el mundo sería insoportable de insulsez. En tal caso, la humanidad, harta de sí misma, se suicidaría, no por individuos, sino por naciones; emplearíanse cantidades enormes de dinamita para volar continentes enteros; nos aborreceríamos por pueblos y por castas; nos cargaríamos tanto, que nuestras guerras serían mil veces más feroces que las de los tiempos primitivos.

Orozco, riendo.

Original, graciosísimo. Pero no perdamos tiempo, Joaquín, y sepamos el objeto de su visita y de su viaje que, según parece, son uno mismo.

Viera, con emoción, estrechándole las manos.

Mucho me duele que todas mis aproximaciones á ti tengan siempre un objeto... poco grato, al menos en apariencia. No puedes figurarte la pena que esto me causa.

Orozco, con serenidad.

No se apure usted, y vea cuán tranquilo estoy. Si he de ser franco, sus arranques de sensibilidad no me conmueven. Los miro como un medio de insinuación, lo mismo que sus alardes de ingenio.

Viera, bajando los ojos.

¡Oh!, no; te lo juro. Cree que siento en este instante una pena...

Orozco.

¿Por qué?

Viera.

Por lo desagradable del asunto que aquí me trae... Pero no creas; también yo, con auxilio de mi razón, sé rehacerme y quitar á la pena todo fundamento lógico, poniendo el acto este en su verdadero terreno. Vamos á ver: si yo te asegurase que el asunto que aquí me trae me parece, cuando pienso mucho en él, que envuelve un vivo interés hacia ti, ¿qué dirías?

Orozco, riendo.

Pues diría que me parece una cosa muy rara, y que sería preciso que me lo probara usted para creerlo.

Viera.

Te lo probaré, si tú me ayudas con tu buen juicio y tu manera amplia de ver las cosas. El criterio vulgar diría que yo vengo á molestarte. Si tú no fueras quien eres, lo creerías así. Siendo Tomás Orozco, no lo puedes creer.

Orozco.

Para que yo forme juicio, lo principal es que sepa claramente de qué se trata.

Viera.

Paciencia, amigo mío, paciencia. Eres un hombre superior. Si yo no lo supiera por mi observación directa, lo sabría por la fama de que gozas. (Enfáticamente.) Inteligencia clara, puntos de vista elevados, conocimiento de la realidad, ideas tolerantes; además, gran corazón, abierto siempre á la indulgencia y á la piedad; honradez á toda prueba, sentimiento vivo del decoro y de la posición, aptitud grande para ver lo íntimo de las cosas...

Orozco, interrumpiéndole.

Basta, basta de incienso.

Viera.

Concluyo...; ya sé que el incienso te asfixia. Lo empleo como argumento para decirte que siendo tú quien eres, la conciencia más pura que hay bajo el sol, no has de tolerar nada contrario á la ley, ni has de convertir en provecho tuyo la propiedad ajena; en suma, que has de tener á gala y orgullo el devolver á sus verdaderos poseedores lo que ilegítimamente, por olvido ó negligencia, no por malicia, está en tu poder.

Orozco, agriamente.

¿Y qué es eso que no me pertenece, y que yo retengo en mi poder? Sepámoslo.

Viera, con la mano sobre el pecho.

¿Dudas de mi palabra?

Orozco.

¿Pues no he de dudar?

Viera.

Pues mi palabra sola te ha de convencer, sin necesidad de apelar á la prueba legal. Quiero darme el gusto de que te persuadas por lo que yo te diga, porque tus dudas acerca de mi lealtad me lastiman profundamente. Escúchame: ¿Te acuerdas de las obligaciones de Proctor y Barry?

Orozco, reconcentrando sus ideas.

Sí que me acuerdo. Todas fueron canceladas, parte hace diez años, parte hace cinco. Sobre esto no tengo duda.

Viera.

Todas menos una, Tomás; aguza la memoria. No se diga que estoy más enterado de tus asuntos que tú mismo.

Orozco.

Menos una, es cierto, que había sido reservada por el viejo Proctor para su hija mayor, la cual tenía, además, una póliza de seguro en la Humanitaria. Y la obligación esa, que no se presentó en tiempo oportuno, se liquidó después al liquidar la póliza... Espere usted, á ver si recuerdo bien. (Confuso.) ¡Ah!, la liquidamos cuando murió la hija de Proctor, allá en...

Viera.

En Bombay. Pero no fué como tú dices, Tomás de mi vida: haz memoria...; no fué así. Liquidasteis la póliza; pero la obligación, que era de las de ocho mil libras, quedó pendiente por no encontrarse el documento original. Se hizo una información, que no resultó clara, y el asunto quedó en tal estado. Los Proctor murieron todos en una serie de catástrofes y desgracias de familia. ¿No lo recuerdas? Wigham, afectado de locura, se tiró al mar en la travesía de Boulogne á Folkestone; Guillermo falleció de la disentería en Nueva Zelanda; Isaac pereció en un naufragio...

Orozco.

Sí, todo lo recuerdo; y la hermana murió á consecuencia de haberse tragado un huesecillo de ave.

Viera.

Sólo queda Benjamín, que ha recogido á los hijos de Adelaida Proctor.

Orozco.

¿Y ese Benjamín es el que descubrió la obligación trasconejada?

Viera.

Cierto.

Orozco.

Comprendido. A ver... Venga, (Con impaciencia.) Quiero ver qué trazas tiene ese documento.

Viera, flemático.

Aguárdate un poco. Deseo prevenir todas tus suspicacias. Como no podrás dudar de la autenticidad del documento, me vas á decir que ha prescrito, pero yo te probaré que no.

Orozco.

Seguramente ha prescrito. No habiéndose presentado en el arreglo de 1874...

Viera.

Veo que tu memoria es flaca, querido Tomás, y que además, por querer contradecirme, incurres en graves errores, de los cuales tu clara inteligencia saldrá sin esfuerzo á poco que yo te ilumine. Recuerda el caso aquel, bastante parecido á éste, en que creíamos todos que la obligación del Banco de Navarra había prescrito, y el Tribunal Supremo declaró que el plazo de prescripción de estas obligaciones no podía depender de los plazos de arreglo que fijaran los liquidadores de la Humanitaria. Es esto cierto, ¿sí ó no?

Orozco, meditabundo.

Cierto es; pero enséñeme usted...

Viera, sacando un papel.

Ahí está. Examínalo con la prolijidad que quieras. (Mientras Orozco examina con profunda atención el documento presentado por Viera, éste se levanta y con las manos en los bolsillos se pasea por la habitación, hablando para sí.) A ver por qué registro sales ahora, jesuitón, cuáquero de mil demonios. Estás cogido. La red es hermosa, y admirablemente tejida con hilos legales, y por más que la busques no encontrarás malla rota para escabullirte. (En alta voz.) ¿Qué piensas de eso? ¿Cabe en ti la sospecha ó el recelo de que la obligación pueda ser falsa?

Orozco.

No; es legítima.

Viera.

Luego yo no soy un falsario, querido Tomás. Devuélveme tu estimación, porque..., dilo con franqueza..., cuando te anuncié mi visita pensaste que yo te armaba alguna trampa como esas que se estudian en los presidios, y que se llaman entierros.

Orozco.

No pensé eso, aunque sí una cosa semejante.

Viera, suspirando.

Estoy en desgracia contigo. Con todo, acabarás por reconocer que este acto entraña un profundo interés hacia ti. (Orozco hace un gesto de asombro.) No, no hay que asustarse de lo que digo, ni tratarme como á un loco que trastorna el sentido de los conceptos. Con la mayor entereza y sinceridad del mundo, digo y repito que este paso que doy, más debe ser por ti agradecido que vituperado. Tomás, te estoy haciendo un notable servicio en la ocasión presente. (Con gravedad suma.) Este viaje mío y la presentación del documento que acredita una deuda sagrada, son prueba clarísima de amistad y de la parte que tienes en mis afectos, porque obrando así te ahorro mil disgustos, y te facilito la solución de lo que podía ocasionarte un grave conflicto.

Orozco, irónicamente.

Gracias, gracias... Me enternece tamaña bondad. No le creí á usted tan magnánimo, amigo Viera.

Viera, con afectada resignación.

Júzgame como se te antoje.

Orozco.

¿Cuánto tiempo ha empleado usted en Londres preparando este negocio? Y para lanzarse á perseguir la obligación perdida, ¿vino usted de Nueva York á Inglaterra hace tres meses? ¿Por cuánto la ha vendido Benjamín Proctor?

Viera, secamente.

No la he comprado. Tengo poderes del poseedor para gestionar el pago..., ¿quieres verlos?..., y para proponerte un arreglo que te facilite la cancelación.

Orozco.

La deuda es legal: yo no lo niego; pero surge la duda de que esta obligación esté comprendida en el arreglo que se hizo en 1874. La cuestión no resulta tan clara como usted supone. Es, por lo menos, discutible el derecho de Benjamín Proctor á realizar este crédito.

Viera.

Él lo juzga clarísimo, y quería desde luego ponerte en un aprieto, planteando la cuestión jurídica. Yo, que te conozco y sé tu horror á la curia y al papel sellado, quise prestarte un servicio, y propuse á Benjamín intentar directamente un arreglo amistoso. Discutimos el caso; hícele ver las dificultades y dispendios de un pleito en España; le ponderé tu carácter conciliador, inclinado siempre á la justicia, y por fin convino en contentarse con la mitad, cuarenta mil libras, al contado... Te juro, amigo de mi alma, que he puesto de mi parte en este asunto una desinteresada adhesión á tu persona y una defensa leal de tus intereses, pues la comisión que me da Proctor, en caso de éxito, apenas me basta para los gastos de viaje. Ahora resuelve tú. (Se sienta.)

Orozco, levantándose, entrega la obligación á Viera.

Tome usted su papel.

Viera.

¿Qué decides?

Orozco, con frialdad y aplomo.

Decido... no pagar.

Viera.

¿No reconoces la legalidad de la deuda?

Orozco.

La reconozco; pero la declaro prescrita.

Viera, desconcertado.

Reflexiona, Tomás; no te arrebates... Piensa en la sentencia aquella del Supremo. Benjamín pleiteará, y te verás metido en un lío espantoso, y perderás con costas.

Orozco, paseándose y mirando al suelo.

Lo veremos. La cuestión es muy problemática, pues podremos sostener que la sentencia del Supremo sólo comprendía las obligaciones de la serie D.

Viera, clavándole la mirada.

Eso no puede sostenerse, Tomás; eso es absurdo. Reconoce la lealtad de la intención con que me presento á ti, y confórmate con el arreglo que te propongo.

Orozco.

No quiero. (Plantándose ante él, y resistiendo con fría tranquilidad la penetrante mirada de Viera.) Y voy á explicarle á usted la razón de esta resistencia que, según veo, le sorprende tanto. Es que me he cansado del papel de hombre recto y juicioso, que la opinión pública se ha empeñado en hacerme representar. He visto que la rectitud, practicada tan en absoluto, me trae más males que bienes. Y resulta una cosa, amigo Viera: antes que los atenienses se aburran de oir llamar justo á Arístides, el mismo Arístides se ha cansado de serlo, y quiere igualarse á los demás. Yo había dado en la manía de no ir con el vulgo, y ahora caigo en la cuenta de que se va mejor por el camino que traza la muchedumbre. ¿Qué tal? Esta salida ha desconcertado al amigo Viera, al ingenioso arbitrista, al aventurero sagaz. (Con cruel humorismo.) ¡Ah!, usted no contaba con ésta, ¿verdad?; dígalo con franqueza; usted fiaba en la decantada severidad de mis principios, en esa fama que me han dado algunos tontos, la cual ha venido á cargarme tanto, pero tanto, que me propongo no perdonar ocasión de desmentirla.

Viera, para sí, confuso y atortolado.

¿Pero este hombre se está burlando de mí, ó qué es esto? (Alto.) Juraría que tu cerebro no está en perfecto estado de equilibrio.

Orozco, volviendo á pasear sin agitación, á ratos deteniéndose ante el otro.

Con el pensamiento me será muy fácil transportarme al ánimo del astuto Viera, y reproducir la serie de juicios que han determinado este acto. Vamos á ver: usted entendió que el amigo Orozco era un ardiente puritano, capaz de dejarse desollar vivo antes que retener un maravedí que no le perteneciese, y se dijo: «Este es el hombre que me conviene á mí. Compro la obligación por una bicoca, y de fijo no vacilarán en dármela, porque la cuestión es compleja y obscura, y los ingleses pasan por todo antes que pleitear en España; me presento con mis papeles en regla; el hombre se asusta; la conciencia se sobrepone en él al interés; su inflexible noción del derecho hace mi negocio; cobro á tocateja, y hasta otra.» ¿Es éste, sí ó no, el verídico proceso de la intención y las ideas de usted?

Viera, redoblando su astucia.

Te veo ciegamente entregado á tu imaginación, querido Tomás, y cuanto has dicho es una fantasía loca. En mí no hubo ni hay más intento que el de servirte y ahorrarte penas y dinero.

Orozco.

Pues ahora resulta que el virtuoso y rígido, el hombre de conciencia intachable no existe más que en la infundada creencia de los tontos que han querido suponerle así; resulta que Orozco es como todos los que le rodean, ni perverso, ni tampoco santo; que desea mantenerse en el justo medio entre la tontería del bien absoluto y el egoísmo brutal de otros; que no quiere dejarse explotar, sosteniendo el derecho estricto y la moral pura en cuestiones de intereses; que defiende su peculio, hasta donde pueda, con el criterio de la mayoría de los hombres de negocios; de todo lo cual resulta también que al trapisonda que me escucha le ha salido el tiro por la culata, y que por esta vez su maniobra ha sido un verdadero fracaso.

Viera, tragando saliva.

Tú harás lo que gustes, y podrás sostener, en lo referente á pago de deudas, ese criterio tan distinto de tus ideas de toda la vida, y que no es, por más que digas, el criterio de la mayoría de los hombres de negocios. Yo he cumplido contigo. Fracasadas mis gestiones conciliadoras, te entenderás con Benjamín Proctor, que inmediatamente entablará la acción contra ti.

Orozco, resueltamente.

Ese señor hará lo que le acomode, y yo también, y si quiere pleitear, que pleitee, pues el asunto no es claro ni mucho menos.

ESCENA VIII

Los mismos. Augusta, que entreabre cautelosamente la puerta del foro y permanece indecisa, escuchando, sin atreverse á entrar.

Augusta, para sí.

Mi marido alza la voz. No puedo vencer mi curiosidad. ¿Entraré? No me atrevo. Parece que el cometa lleva la peor parte, y que no se sale con la suya. Su cara revela contrariedad, la rabia del reptil que se siente pisado.

Viera, con sofocada ira.

¡Ay! Mi situación es sumamente penosa, pues si tú no fueras quien eres, un amigo de toda la vida, casi un hijo para mí, yo te diría lo que pienso acerca de esa singular manera de entender el derecho y de apreciar la oportunidad para el pago de deudas sagradas.

Orozco.

Es lo que me faltaba, que usted me diese lecciones de conducta.

Viera.

Me vería obligado á dártelas si no cayeras pronto en la cuenta del daño que te haces á ti mismo. Yo espero que serás razonable, Tomás, y que no consentirás que yo vaya ahora á Benjamín Proctor y le diga: «aquel hombre á quien creíamos la conciencia más pura del mundo es un negociante vulgar, que se aprovecha de las obscuridades de la ley y se apoya en los embrollos de la curia para no pagar. En él hay más astucia que virtud, y tiene todas las marrullerías de un tendero insolvente ó de un zurupeto intrigante.» Y á pesar mío, habré de ayudar á tu acreedor á apretarte las clavijas, porque no puedo negarme á poner al servicio de la justicia mi conocimiento de la curia española y de cómo se llevan aquí los negocios de cierta clase.

Orozco.

Muy bien. Póngase usted al servicio de Benjamín, y ármeme todas las trampas curialescas que quiera. Todavía, si se me antoja, seré yo capaz de cancelar la obligación por una cantidad doble de lo que dió usted por ella...

Viera.

¿Ya vienes con miserias? Tomás, me ofendes con proposición tan humillante. Me equivoqué al suponerte prendas extraordinarias; no quisiera equivocarme también, teniéndote por generoso y viendo la mezquindad con que le regateas á este infeliz un pedazo de pan. Nada; no hay arreglo posible. Pleitearemos; tú lo has querido. Si sobre quedar por los suelos y echar al arroyo tu fama, tienes que pagar el total de la obligación, y de añadidura las costas, no me culpes á mí, que me propuse hacerte un favor y evitar el desdoro de tu nombre.

Orozco.

Gracias... En pago de esa abnegación, ¿sabe usted á lo que me hallo dispuesto? Pues muy sencillo. Si usted insiste en aburrirme y en amenazarme, yo, el hombre comedido, el puritano, la conciencia recta y pura, no tendré empacho de tomarme la justicia por mi cuenta (parándose ante él y accionando sin afectación y con flemática tranquilidad) ni de romperle á usted el bautismo, así, muy sencillamente, á lo santo, sin escándalo y como quien no hace nada.

Augusta, para sí, con alegría.

Bien, muy bien.

Viera, levantándose, demudado.

Tomás. No puedo tolerar eso... No lo admito sino como broma..., una broma de mal género.

Augusta, que avanza decidida, presentándose.

Y si hace falta otro guapo, aquí está.

Viera, inclinándose con afectada etiqueta.

Augusta, señora mía... ¡Qué á tiempo llega usted, como enviada por el cielo, para librarme de esta fiera que tiene usted por esposo!...

Augusta.

Aquí la fiera no es él...

Viera, con servilismo, y como queriendo echarlo á broma.

Hija mía, si hasta se ha permitido amenazarme de palabra y de obra. ¡Qué bromas gasta este modelo de ciudadanos y espejo de marido! No sabe usted bien cómo se ha puesto. ¡Caramba! Todo por una mala interpretación de mis rectas intenciones... Por Dios... Sea usted juez de esta contienda, Augusta, usted que es un ángel.

Augusta.

¿Juez yo? No he pensado entrar nunca en la magistratura.

Viera.

¡Ay! Horrible tortura es para mí verme mal juzgado por personas á quienes tanto quiero; por personas que son en mi ánimo lo primero del mundo, la crema, el cogollito de la humanidad. (Aturdido y descompuesto.) Augusta, ¿quiere usted que la entere del asunto que me trae aquí? Apuesto mi cabeza á que lo ha de juzgar con más serenidad que su digno esposo, el cual ha sido hoy muy cruel con el compañero y socio de su padre... ¿Le parece á usted que merezco yo, el primer amigo de la casa, ser tratado como un...? No, Tomás; no es propio de ti ensañarte con el débil. Tu misma superioridad te obligaba á la benevolencia.

Orozco.

Evitemos discusiones. (Con desagrado.) Todo lo que cabe decir sobre esto, dicho está ya por una parte y otra. Se me ha hecho una proposición, y yo no he querido admitirla.

Viera, humillándose.

Augusta, intervenga usted con su buen juicio, con su templanza, con su apacible y dulce trato, más propio de ángeles que de mujeres. Si en ninguno de los dos encuentro la consideración que creo merecer, si ambos me rechazan con la misma dureza, sólo me resta decirles que aunque los dos se empeñen en ello, no conseguirán tener en mí un enemigo. Amigo soy y amigo seré siempre, y pruebas he de darles de mi cariño, superior á todas las injusticias y desdenes. Yo tendré mis defectos; no quiero hacer mi apología; pero nadie conoció en mí la ingratitud. Yo no puedo olvidar que debo mil atenciones á esta pareja feliz; no puedo olvidar tampoco que mi hijo, que mi querido hijo, es mirado en esta casa como un miembro de la familia...

Augusta, para sí y con sobresalto.

¿Adonde irá á parar este tunante?

Viera.

Los favores que el hijo merece desagravian al padre..., y me consuelo del mal trato viendo que en él se deposita la confianza que á mí se me niega.

Augusta.

No habiendo semejanza en la conducta, no puede haberla en... lo demás.

Orozco.

Tiene razón.

Viera.

Augusta siempre la tiene. Es la pura discreción, y yo acepto los juicios que se digne formar de mí. Tomás, no debe ser implacable con los débiles el hombre que ha recibido de la Providencia tantos beneficios. Yo quisiera saber si hay algún bien de los concedidos á la humanidad que tú no disfrutes. Y el mayor de todos, el que remata y compendia todas tus felicidades es esta perla, este galardón del cielo, esta mujer incomparable que más parece sobrenatural que humana.

Augusta.

Basta de flores... No me gustan fuera de tiempo.

Viera.

Lo supongo. Si no fuera usted modesta, no sería lo que es. (Con refinada habilidad.) Tomás, la presencia de este ángel suaviza las asperezas entre tú y yo. No me lo niegues. Te has humanizado desde que ella entró.

Orozco.

¡Válganos Dios! Si no es eso... Mi mujer, siempre que usted me hace alguna visita, teme que yo le reciba con demasiada benevolencia.

Viera.

¿Es cierto eso, Augusta?

Augusta.

Ciertísimo.

Viera.

No me doy por vencido. ¡De este modo, ingrata, paga usted los elogios que le hice y los piropos que le eché!... ¡Ay, qué mala se va usted volviendo! Tomás, Tomás, ten cuidado con ella.

Augusta, para sí.

No puedo resistir el cinismo de este hombre.

Viera.

Paciencia. He caído en esta casa con mala suerte. Recibís como á enemigo al que viene con bandera de paz... (Para sí.) Si no recojo velas estoy perdido. (Alto.) Tomás, ¿quieres que aplacemos para otro día la cuestión que ha dado motivo á estas diferencias, y no pensemos más que en renovar nuestra antigua amistad, en gozar de ella como de un bien inapreciable? Yo tengo debilidad por ti, Tomás; yo te quiero como á mi hijo...

Orozco.

La comparación no resulta, porque es dudoso que usted quiera bien á sus hijos.

Viera, aparte.

Este cuáquero maldito me tapa todas las brechas... (Alto.) ¡Si me niegas hasta los sentimientos primordiales del hombre, entonces...! (Con fingida pena.) Amigo mío, quizás sin mala intención me estás agraviando, sí, con verdadera saña. Tú no sabes lo que es amor de hijos, porque no los tienes. En tu hogar falta la alegría, que es fuente de la piedad y de la indulgencia. Augusta, ¿por qué no ha dado usted familia menuda á este hombre? Amiga mía, yo quería encontrar á usted un defecto, y al fin he dado con él. Si en este hogar hubiera hijos, el pobre amigo menesteroso no sería recibido tan mal.

Augusta.

Si doy ó no doy hijos á mi marido, eso no es cuenta de usted.

Viera.

¡Quién sabe si se los dará todavía! Yo espero que sí. Hago votos porque así sea.

Augusta, para sí.

Su sarcasmo me envenena la sangre. (Alto.) Me parece que esta conversación es bastante impertinente.

Viera, para sí, con rabia.

¡Grandísima tal, hállome atado de pies y manos ante ti, por desconocer los enredos que de fijo tienes!

Orozco.

Demos por terminado este asunto, y que esta conferencia sea la primera y la última. Yo escribiré á usted, y le haré una proposición. Si la acepta, bien, y si no, tiene el camino libre para proceder como quiera.

Viera.

All right... He tenido la desgracia de encontrar aquí los corazones abroquelados contra mi cariño. El uno con su desconfianza y la otra con su huraña virtud, no han sabido comprender el celo y la abnegación con que les sirvo. (Afectando dignidad.) Está bien; por eso no dejaré yo de ser quien soy. Mi conducta no variará. Soy incapaz de venganza, y aunque sintiera estímulos de maldad, no los dirigiría nunca contra personas para mí tan caras, contra personas que considero buenas, deplorando su obcecación. Tomás, no te molestará más este amigo, á quien no quieres comprender. Aguardo en mi casa, hasta mañana, la proposición que te dignes hacerme. Quédate con Dios... (Da la mano á Orozco. Éste se la estrecha con frialdad.) ¡Qué triste me voy... y qué daño me has hecho! (Con emoción muy bien fingida.) Dios te lo perdone. Y usted, Augusta, sea feliz, ignore siempre cuánto me duelen sus palabras incisivas y desdeñosas, y siga siendo compañera de este buen hombre, siga siendo ornamento de la sociedad y orgullo de su familia y de sus amigos. Dios quiera que pueda apreciar algún día que este infeliz no merece ser recibido tan mal. Adiós. (Retírase afectando profunda aflicción. Para sí, en la puerta.) ¡Negocio destripado!... ¡Maldita sea mi suerte, y mala peste os devore, cuáquero indecente y virtud relamida! Si buen punto es él, buena punta es ella... Volveré. (Sale.)

ESCENA IX

Augusta, Orozco.

Orozco.

¿Has visto qué farsante, qué monstruo de astucia?

Augusta, recostándose en un sillón.

Deja, deja que me reponga del terror que me causa. No lo puedo remediar.

Orozco.

¿Terror, por qué? A mí me causa risa. Es un histrión perfecto; pero yo le calo la intención; la máscara que usa se transparenta á mis ojos, y veo la cara del truhán verdadero bajo las muecas del falso amigo.

Augusta.

¡Qué hombre! Cuéntame. ¿Qué te proponía? Yo rabiaba de curiosidad, y abrí un poco la puerta. Pero no pude enterarme bien... Creí entender algo de una obligación olvidada.

Orozco.

De las que llamamos Proctor y Barry.

Augusta.

¿Pero es legítima? Porque ese pillo sería capaz de falsificar la escritura como falsifica los sentimientos.

Orozco, pensativo.

Es legítima. No creas que me pesa su descubrimiento. Puesto que la obligación existía, vale más que se presente de una vez. Tengo la seguridad de que no hay ninguna otra. Respecto á si ha prescrito ó no, puede haber dudas, y de fijo un abogado travieso, con el sin fin de leyes y disposiciones que rigen sobre la materia, encontraría fundamentos legales en que apoyar la no cancelación.

Augusta.

Yo temí que tu bondad te llevara á transigir; recelé que tus escrúpulos de conciencia pudieran más que el sentido práctico de la justicia. Pero he visto con gusto que por esta vez has puesto á un lado tus filosofías, y que te resistes á pagar una deuda prescrita.

Orozco, después de una pausa.

Hija mía, estás en un error. No has penetrado mi pensamiento.

Augusta, alarmada.

Pues ¿entonces...?

Orozco.

Aunque, contando con el dédalo de nuestras leyes, pudiera sostenerse la prescripción, yo no la admito, no puedo admitirla, y el crédito ese, como deuda sagrada, debe pagarse.

Augusta, cruzando las manos.

¡Dios mío, ten piedad de mi pobre marido que ha perdido la razón!

Orozco.

No digas disparates, ni juzgues tan de ligero lo que no has comprendido bien todavía. Voy á explicarte mi pensamiento, y el plan que he concebido...

Augusta, inquietísima.

Tomás de mi alma, ¿serás capaz de dejarte coger en las malvadas redes de ese miserable? ¿Serás capaz de dejarte conmover por su refinada astucia y por su adulación infame?

Orozco.

No te acalores antes de enterarte bien...

Augusta.

Es que te veo al borde del abismo de tu bondad, de esa bondad que es una desdicha, créelo, un pecado, una sugestión satánica...

Orozco.

Ten calma, mujer.

Augusta, levantándose.

No puedo tenerla. Tu filantropía ha venido á ser una verdadera demencia. ¡Tomás, Tomás!

Orozco.

Si no te callas y me oyes, no nos entenderemos.

Augusta, disparada.

Imposible que nos entendamos, si no te curas de esa manía de la bondad y de la indulgencia... Consulta el caso con papá, con Manolo Infante, con todos nuestros amigos, y verás como todos me dan la razón; verás como te aconsejan no reconocer la validez de ese papelote que te ha presentado el monstruo. Esas deudas fiambres, obscuras y antediluvianas no se reconocen nunca, Tomás. Sólo los inocentes, los dejados de la mano de Dios, incurren en la tontería de hacer de ellas un caso de conciencia. (Con sarcástico acento.) En una palabra, que quieren darte un timo, y tú, como esos que creen en la paparrucha del dinero enterrado, aceptas el negocio.

Orozco.

Estás graciosa, vida mía, y te oigo con muchísimo placer. Pero todo te lo dices tú, y así no hay discusión posible.

Augusta.

Pues habla..., explícate.

Orozco.

Ante todo, no apoyes tu idea con el argumento de que debo hacer tal cosa porque la hacen los demás. Hija de mi alma, sería insoportable este plantón de la vida terrestre, si no se permitiera uno, de vez en cuando, la humorada de hacer algo diferente de las acciones comunes y vulgares. El papel de comparsa no me ha gustado nunca. Tampoco debes ponerme delante de los ojos, como un emblema de sabiduría, la opinión de tu padre, de Manolo Infante y de otros amigos. Sin ser vanidoso, me precio de entender estas cosas mejor que ellos.

Augusta.

Pues si esas opiniones no valen, valga la mía, y la mía es que no pagues á ese pillo.

Orozco, sereno y sonriente.

Pero si yo no te he dicho que pagaré á ese pillo, ni á ningún pillo.

Augusta.

Has dicho que la deuda es sagrada...

Orozco.

Y lo repito. Y añado que esa obligación pendiente pesa sobre mi conciencia, y que no estaré tranquilo hasta que de ella no me descargue.

Augusta.

¡La conciencia! Grandes y bellas cosas ha hecho la humanidad en su nombre; pero también, también hay que poner tonterías muy gordas en el haber de los espíritus menguados, de esos que adoran la letra de la ley... Explícate. ¿Quieres decir que alivias tu conciencia pagando?...

Orozco.

Pagando, sí; pero no he dicho que á Viera.

Augusta.

Eso sí que no lo entiendo. ¿Es ó no Viera poseedor legítimo de la obligación?

Orozco.

Lo es. Antes que él entrase á verme ya sabía yo á qué venía, porque hoy recibí carta de Horacio Miller, en la cual me dice que Viera compró esta obligación por un quince por ciento de su valor nominal. Lo supo por confidencia del propio Benjamín.

Augusta.

¡Ah!... ¿Y piensas, para evitar disgustos, recogerla de manos de Viera por el mismo quince por ciento y un poquito más, como comisión? Falta que él quiera; pero en estos términos, sólo en estos términos admito la idea de pagar. ¿Es esto lo que piensas tú?... Dímelo pronto.

Orozco.

No es eso. Pienso pagar íntegramente el valor nominal.

Augusta.

¡Íntegramente! (Consternada.) ¡Ay!, hijo de mi vida, yo voy á buscar un médico. Tú estás malo de la cabeza... Por Dios, no hagas tal disparate. (Con ternura.) Ya ves, nunca hemos reñido. Todos tus actos han sido aprobados y aplaudidos por mí. Verdad que siempre fueron buenos; pero aunque no lo hubiesen sido, el cariño que te tengo me los habría hecho ver como la misma perfección. Este acto de ahora resulta de tal modo contrario á lo que yo entiendo por bondad, que me veo en el caso de reprobártelo con todas mis fuerzas. Y muy á pesar mío, sintiendo mucho disgustarte, me enfadaré contigo, disputaré, chillaré, no te dejaré vivir; y ya no habrá en nuestra vida común la paz de que hemos gozado durante ocho años; y todo será discordia, rozamientos, tú por un lado, yo por otro, siempre de puntas...

Orozco.

¡Quién sabe! Puede que no.

Augusta.

Me haré insoportable. Tendrás en mí un censor agrio, displicente, quisquilloso... En fin, Tomás, que me tendrás que preferir á tu conciencia, con tal de no ver tu casa convertida en una jaula de leones.

Orozco, sonriendo.

Sentiré mucho que te me insubordines; pero si lo haces, lo llevaré con paciencia. He meditado bien la solución de este asunto, y puedes tener la seguridad de que será un hecho.

Augusta.

¿Contra mi voluntad?

Orozco, cariñosamente.

De acuerdo con ella, porque he de convencerte, y en vez de tener en ti una censora impertinente, tendré un apoyo decidido. Ven acá. Siéntate aquí. (Se sientan ambos.) ¿Hay mayor gloria, hay dicha mayor que poder realizar un acto, en el cual resplandezca ese ideal de justicia que rara vez se nos ofrece en el mundo en condiciones fácilmente practicables? Hablo con una persona que sabe elevarse sobre las ideas y las pasiones del vulgo, y me parece que seré comprendido. Si no, peor para ti.

Augusta.

Hasta ahora, no entiendo ni pizca.

Orozco.

Esta aparición del cometa Viera es un hecho feliz, dispuesto para la rectificación de uno de esos errores ó anomalías de la existencia humana que nos hacen dudar de la Providencia. Vemos cosas en el mundo, que parecen organizadas por el mal y para el mal; injusticias que por su enormidad repugnan á la razón y al sentimiento; los perversos imponiéndose á los honrados, y obligándoles á dejar de serlo; los de condición benigna incapacitados de obrar bien, por las influencias que les rodean. No desconocerás el poder y la importancia de los bienes materiales en el orden de la vida. Las materialidades mal repartidas, como por desgracia lo están, trastornan y aniquilan el bien espiritual; y así, cuando se consigue rectificar, siquiera sea mínimamente, esta calamitosa distribución del bienestar positivo, se presta á la humanidad un servicio inmenso.

Augusta, para sí.

No estoy segura de comprender adonde va á parar con esto. ¿Tiene algún sentido lo que dice, ó es una sinrazón, una efervescencia del talento descompuesto? (Alto.) Querido, lo que dices significa, si no soy tonta, que en el mundo hay muchos que carecen de lo que á otros les sobra. Eso ya lo sabíamos, y es cosa resuelta que no está en manos humanas el remediar ciertas desigualdades.

Orozco.

A veces falla esa regla pesimista, y es lástima no intentar el remedio cuando de ello hay ocasión. Examinemos el caso este concretamente y con la pura lógica. Después vendrá su aplicación á la práctica. Fíjate bien: la suma que representa la obligación de Benjamín Proctor es una cantidad negativa en nuestra riqueza, un menos tanto. Esa cantidad debió ser abonada íntegra por mí, y no lo ha sido. Luego la retengo indebidamente en mi poder, no me pertenece... Esto es claro como el agua.

Augusta.

En absoluto, sí.

Orozco.

Ya llegaremos á lo relativo. Sígueme ahora y calla. Conste que, en principio, esa suma no me pertenece. La razón es razón, y la lógica, lógica, y los números, números.

Augusta.

Pero...

Orozco.

Cállate. Que Benjamín Proctor haya vendido su deuda á Joaquín Viera, eso no es cuenta mía. El valor legal del crédito no crece ni mengua por los contratos á que da lugar, ni por las condiciones morales del poseedor. Que éste sea un modelo de honradez ó un pícaro redomado, no da ni quita la más mínima cifra al valor numérico de la deuda. Nada podrás objetar á esto. Por consiguiente, la cantidad representada por la obligación no es mía en este instante, sino de Joaquín Viera.

Augusta, rebelde á la lógica.

Pero, hijo mío, en la vida, en esta vida humana tan compleja, ¿se puede razonar de ese modo? ¿Se han tratado así los negocios alguna vez? Los escritorios de las casas de banca y de comercio, ¿están poblados de ángeles, ó son hombres los que en ellos trabajan?

Orozco.

Yo sé lo que son, tonta. Déjame concluir. Quedamos en que soy deudor de Joaquín Viera; que éste es mi inglés neto, y que no hay lógica divina ni humana que me libre del deber de darle lo suyo. Cierto que yo podría, sin escandalizar al mundo, defenderme del pago amparándome en la ley, mejor dicho, haciéndome el perdidizo en la selva intrincada de nuestras leyes. Éstas, y más aún la curia, con sus tramitaciones y diligencias inacabables y el embrollo que de ellas resulta, me favorecerían, bien para no pagar, bien para hacer un arreglo que redujese el desembolso á una mínima cantidad. Esto se hace siempre. Alegando mil razones jurídicas y veinte mil argumentos de sofistería forense, conseguiríamos no pagar ó pagar muy poco. De seguro que Joaquín llevaría la peor parte en una contienda ante los tribunales, y no sabría salir, como yo, del bosque espesísimo de nuestro enjuiciamiento civil. Pero yo, en conciencia, no puedo ni debo aminorar mis obligaciones pleiteando. Prefiero pagar íntegramente á pagar un poco al acreedor y un mucho á la curia. Dejo á un lado el amor propio; reconozco el crédito, y lo que no es mío no debe estar en mi poder.

Augusta.

Volvemos á lo mismo, á que caes en las redes del monstruo ese, y le regalas... (con irritación), porque esto es regalar, Tomás, esto es proteger á los caballeros de industria.

Orozco.

No, vida mía, porque yo no pagaré al caballero de industria sino poco más, muy poco más de lo que él ha dado á Benjamín Proctor.

Augusta.

Entonces no pagas íntegramente.

Orozco.

Sí, pagaré íntegramente; pero no á Joaquín.

Augusta, confusa.

No te entiendo. ¿Pues no dices que es el único poseedor legítimo?

Orozco.

Sí, hija mía. Pero aquí entra lo relativo; aquí cesa de funcionar la letra de la ley moral, y entra en funciones el espíritu. ¿No hemos convenido en que Joaquín es un monstruo? Entre las muchas responsabilidades que tiene ante Dios y los hombres, la más notoria es la perversa educación que á sus hijos dió, el abandono en que los ha tenido, faltos de medios de subsistencia. Esta penuria ha motivado lentamente en Federico ciertos hábitos de mal género, el desorden y angustias humillantes de su vida; en Clotilde, su indecorosa manera de buscar marido. El enmendar la obra de Joaquín Viera, ¿no es por ventura un acto de alta justicia, de esa justicia que antes llamé relativa, y que viene á resultar absoluta, de lo más absoluto que podemos concebir? (Augusta no dice nada. Su estupefacción la hace enmudecer.) ¿Comprendes ahora mi pensamiento, tonta? Yo propondré al monstruo pagarle el veinticinco por ciento de su crédito, y tengo la seguridad de que acepta. Gana un diez por ciento, si es que llegó á dar el quince, que yo lo dudo. La aspereza con que le recibí le habrá quitado toda esperanza de mejor arreglo, y no se lanza él á los azares de un pleito obscuro y de éxito dudoso. Como hombre muy necesitado, que vive siempre al día, es de los que prefieren pájaro en mano á ciento volando. Le conozco bien, y estoy segurísimo de que aceptará. Pues bien, con el resto, hasta el total del importe de la obligación, constituiré un fondo que asegure á Federico y á Clotilde una renta decorosa, poniéndolo á su nombre en títulos intransferibles. Federico podrá vivir de este modo en modesta holgura, y si es hombre capaz de apreciar los beneficios de la vida ordenada, no dudo que su nueva situación bastará á corregirle de ciertos resabios. He pensado también que la distribución no debe, en justicia, hacerse por partes iguales, porque Federico tiene deudas y Clotilde no. Además, el que será marido de ésta dispone de otros medios de vivir, que á su cuñado le faltan, por lo cual juzgo equitativo asignar á Federico dos partes y una á Clotilde. Detalle es éste discutible, y que podrá modificarse con los reparos que pongas á mi plan, del cual has dicho tantas perrerías antes de conocerlo.

Augusta, en un rapto de entusiasmo.

Tomás, hay que rendirse á tu bondad y á tu entendimiento, que ya me parecen sobrenaturales... ¡Qué hombre! ¡Qué gloria para mí tenerte!... (Le abraza con efusión.) Debo adorarte de rodillas... ¡Qué grande eres!

Orozco.

¿Apruebas mi plan?

Augusta.

¿Cómo no? (Llora.) ¿Ves? Se me saltan las lágrimas de alegría..., de admiración... (Para sí, conteniéndose.) ¡Dios mío..., me estoy vendiendo..., qué indiscreta soy! (Alto.) Pero no... Si tu increíble generosidad me entusiasma como rasgo de exaltada simpatía humana, con la fría razón, como esposa tuya, debo decir que me parece un acto de... de hermosa locura..., un disparate que raya en lo sublime. (Confundida.) En fin, todo lo que quieras. Nunca me opondré á tu voluntad en cosas de esta naturaleza. Cuanto imagines será acertado y merecerá mi aprobación.

Orozco.

Ahora sólo falta que el tontín de Federico, con su carácter susceptible y vidrioso, nos suscite dificultades. Todo podría ser. Hay que salirle al encuentro. Háblale tú. Preséntale la cuestión con tacto y diplomacia.

Augusta.

¿Yo...? (Cortada.)

Orozco.

Y te encargo expresamente que procures alejar de su ánimo toda idea de gratitud.

Augusta.

¡Por María Santísima, Tomás! ¿Cómo pretendes que no agradezca...? ¿Quieres que sea tan monstruo como su padre?