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Realidad: Novela en cinco Jornadas

Chapter 32: JORNADA CUARTA
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About This Book

Drama en cinco jornadas ambientado en la vida social de Madrid, que muestra cómo un hogar acomodado y su círculo de amistades mezquinan ambiciones políticas, escándalos financieros y aspiraciones sociales. Las escenas alternan salones elegantes y estancias privadas donde conversaciones ostensiblemente ligeras descubren corrupción, oportunismo y tensiones generacionales. A través de intrigas, compromisos matrimoniales y manejos públicos, la obra confronta la apariencia de respetabilidad con la vulnerabilidad moral de sus personajes, usando el diálogo y la escena para desenmascarar hipocresías y desajustes sociales.

JORNADA CUARTA

ESCENA PRIMERA

Vestíbulo del teatro Real.

Malibrán, paseándose de largo á largo, abstraído. Saluda maquinalmente á alguna de las personas que entran dirigiéndose á la puerta central de butacas ó á la escalera de palcos.

¡Cuánto tarda! ¿Si no vendrá?.. (Mira su reloj.) No son más que las nueve y media. Rabio por darle á entender con un par de reticencias buenas, pero buenas, de las que yo echo... cuando me pisan... que le he descubierto la madriguera. ¡Caramba! ¡No me ha costado pocos plantones, ni han sido breves los ratos de espionaje! Y yo me pregunto: ¿qué sentimiento me impulsa á obrar así? ¿Será el despecho? ¿Y qué quiere decir despecho? No; muéveme la suprema ley de amor propio, reguladora de todo el vivir humano... Esa tonta me desairó; no supo apreciarme en lo que valgo, y debo hacerle comprender que no se juega impunemente con una persona como esta que aquí se pasea. Lo mejor es que, sin habérmelo propuesto, realizo un acto de justicia, y heme aquí persiguiendo el crimen, desenmascarándolo y poniéndoselo delante á quien debe y puede castigarlo. Porque yo no pararé hasta no abrir los ojos á ese Orozco bendito, que para todo tiene vista de lince y sólo para las desviaciones de su mujer padece de cataratas. ¡Yo se las batiré, como hay Dios!... (Frunciendo el ceño.) ¿Pero qué vocecilla impertinente se permite susurrar dentro de mí que esta es una empresa de perfidia y traición? ¡Bah! Resabios de la moral infantil, de todo ese estúpido fárrago de instrucción primaria que le meten á uno en el cuerpo antes de poder distinguir racionalmente el mal del bien. No; seamos justos con nosotros mismos: en lo que traigo entre manos, veamos un propósito de reparación y de alta moralidad... ¡Cuidado si es torpe la conducta de esa mujer! Si al menos faltase conmigo á sus deberes, conmigo, que descuello sobre el vulgo por la superioridad y la extensión de mis talentos, por mi figura... (Parándose brevemente ante un espejo, al dar la vuelta.) Sobre esto no cabe duda. Yo sostengo que una de las cosas más relativas que hay en el mundo es la moral del amor y del matrimonio. Las faltas de más grave apariencia dejan de serlo, ó se atenúan, cuando ponen de manifiesto el buen gusto de la culpable. ¡Pero caerse del lado de ese vulgar y trapacero, de ese zángano, de ese ignorantón de Federico!... ¡Qué ignominia! El grado de responsabilidad de la mujer que se desvía, depende de la buena ó mala mano que tenga para elegir. ¡Gallarda interpretación de la ley, que sólo podemos hacer los que gastamos filosofías muy finas y muy hondas! Me atrevería yo á desarrollar esta tesis y á convencer á la humanidad del alto sentido que encierra... (Parándose otra vez ante el espejo.) Para eso se necesita talento, y tú le tienes... (Sigue paseando.) ¡Qué guapo soy! Y sobre ser tan guapo, llevo estampada en esta cara la sutileza y finura de mi crítica moral y social. Y á modales, ¿quién me gana? ¡Caracoles, qué modales y qué distinción! Yo mismo, con estas rutinas cursis de la modestia, no me doy cuenta de mis atractivos personales sino por los efectos que causa en el mujerío. ¡Ay! Esta tontuela de Augusta me pagará su necedad... La he cogido, ¡pero qué bien!, en su propia trampa. ¡Y cuidado si tomaron precauciones los muy zorros! ¡Escondrijitos á mí! No, conmigo no os valdría el ocultaros en el centro de la tierra... ¡Vaya que tiene suerte ese botarate de Federico! A lo que él va, ya lo sé yo: á buscar quien le pague las trampas. Ya estoy viendo las partidas que la señora le carga en cuenta á su marido por el capítulo de alfileres... No están malos alfileres, bribona, los que tú gastas... ¡Qué obcecación de mujer!... ¡Simpleza mayor que no quererme á mí! Lo que yo digo: es estúpida, de lo más estúpido, de lo más negado que Dios ha echado al mundo. Sólo tiene aquel barnicillo de cultura, graciosa y chispeante... ¿Pero qué puede esperarse de una mujer que dice que le gusta el barroquismo, de una mujer que aborrece el arte ojival, que detesta á los místicos y á los dramaturgos, y pone en solfa á Rafael y á Racine?...

ESCENA II

El mismo. Cisneros, Villalonga.

Cisneros, por Malibrán.

Aquí le tiene usted. Con esa carita de santi boniti barati, es el más desorejado galopín que anda por estas tierras.

Villalonga.

Y el corruptor de las personas graves y sesudas como yo. Este fué el que me arrastró á la juerga de anoche, de que le hablaba á usted hace un momento.

Malibrán.

No, D. Carlos, él fué mi Mefistófeles. Yo estoy en mi oficina tan tranquilo, y se aparece allí este genio del mal y me saca por los cabellos para llevarme á lugares nefandos. No hay defensa contra él, y esas canas que gasta le sirven para engañar más fácilmente á los jóvenes inexpertos como yo.

Cisneros.

Buen par de tomos están los dos, el uno con sus honradas canas y el otro con sus cuernecitos ó sortijillas sobre la frente... (Observando el pelo de Malibrán.) Y á mí no me la da usted, Cornelio; usted se tiñe el pelo y la barba.

Malibrán, bromeando.

Ya lo creo. Con la tinta del tintero. Vaya, no sea usted envidioso, Carlitos, y resígnese á su vejez caduca. Villalonga y yo somos pollos tiernos todavía, aunque usted no quiera.

Cisneros.

Sí, ya sé que anoche os habéis puesto como pellejos en casa de La Peri.

Malibrán.

¿Quién se lo ha contado á usted?

Cisneros.

Este felpudo. Por supuesto, no me digáis á mí que os divertís los muchachos ó viejos verdes de esta generación. Ya no hay alegría, ya no existe el dulce humor, ni el delirio de bacanal de otros tiempos. Desde que ha cundido esto que llaman ilustración, los muchachos, ya sean jóvenes absolutos, ya jóvenes relativos como vosotros, no saben divertirse. Se ha perdido la norma del escándalo gracioso y de los desatinos con donaire...

Villalonga.

¡Vamos, que si hubiera usted venido con nosotros anoche...!

Cisneros.

¿Yo? Me divertí en mi tiempo más de lo que quise, y con una intensidad de alegría de que no podéis tener idea. Porque ya no hay buen humor; es más, yo sostengo que ya no hay mujeres.

Villalonga, con malicia.

Pues mire usted, éste nos refirió anoche cosas que prueban que las hay.

Cisneros.

Hola, hola...

Malibrán.

No fué nada, D. Carlos; bromas de este bigardón.

Villalonga.

Bien sabe usted que es un gran investigador de Bellas Artes, punto fuerte en pintura antigua. Pues ahora se ha dedicado á descubrir cuadros vivos.

Cisneros.

¡Ah, pillo!

Villalonga.

Y tiene un ojo de perito, que vale cualquier cosa. Aquí donde usted le ve, con su diplomacia y su... equilibrio europeo, tiene la intención de un Veragua; y como le dé por los descubrimientos, crea usted que hemos de ver cosas muy buenas.

Cisneros, con buena sombra.

Hablad con claridad, hijos míos, que el lenguaje enigmático ya sabéis que no se ha hecho para mí. Me gusta expresar las ideas directamente, y detesto los rodeos y parábolas. ¿De qué nefando contubernio se trata? Decídmelo; ya sabéis que lo admitiré, porque en su propia naturaleza lleva el hecho la verosimilitud. Y si me apuráis, no sólo lo admito, sino que lo disculpo, porque de menos nos hizo Dios. Somos frágil barro.

Villalonga.

¡Y tan frágil!... Que le cuente á usted Cornelio...

Malibrán, con socarronería.

Nada, D. Carlos, es que descubrí un cuadro de los muchos que hay ocultos y perdidos. Y no es de autor anónimo, ¡caracoles!...; asunto erótico... Las figuras no las conoce usted...

Cisneros.

Como si las conociera. ¿Y qué? Sois los mayores mentecatos que me he echado á la cara. ¿Creéis que yo me asusto de vuestros descubrimientos? ¿Qué podría resultar?, ¿que fueran personas conocidas, amigas mías ó de mi familia?

Malibrán, vivamente.

No, no lo son.

Cisneros.

Pues entonces... (Restregándose las manos.) Contar, contar. Vengan ratas.

Villalonga.

Muy sencillo: éste dió en buscarle las vueltas á la mujer de un amigo nuestro, que tiene fama de virtud arisca, la mujer, se entiende.

Cisneros.

¿Mujer de un amigo nuestro?...

Malibrán.

¡Si aunque se vuelva loco no lo ha de acertar usted!...

Entran de la calle Orozco y Augusta.

ESCENA III

Los mismos. Orozco, Augusta.

Cisneros.

¡Qué horas de venir!

Augusta.

¿En qué acto están?

Malibrán.

Han empezado el segundo.

Orozco.

Hemos comido tarde... Día para mí de ocupaciones fastidiosas... No me dejan vivir. Son como las moscas, que si uno se las sacude, se irritan y vuelven con más coraje.

Cisneros.

No se puede ser modelo de nada en estos tiempos. Como den en llamarle á uno modelo de cualquier cosa, aunque sea de ciudadanos, ya se puede encomendar á Dios. ¡Ah!, y á propósito. Yo decía: «le tengo que contar una cosa á Tomás», y no acertaba con lo que era. Ya me acuerdo. ¿Sabes que estuvo Joaquín Viera á despedirse de mí?

Orozco.

¿Sí? Pues por casa no ha parecido.

Augusta toma el trazo de Malibrán para subir al palco. A su lado, Villalonga. Detrás, á bastante distancia, suben Cisneros y Orozco.

Cisneros.

Está furioso contra ti. Dice que le recibiste como á un perro.

Orozco.

Como se merecía. (Con satisfacción.) Y hablará perrerías de nosotros.

Cisneros.

Lo que no puedes figurarte. Que eres un ingrato, un egoísta sin entrañas, y no sabes comprender la abnegación con que mira por tus intereses.

Orozco.

No creo que exista tunante más gracioso.

Cisneros.

Dice que por no chocar, y por darte una prueba más de benevolencia, acepta la proposición denigrante que le hiciste.

Orozco.

Denigrante..., eso es. Así la llama en la esquela que me escribió cerrando el trato. ¿Pues qué quería? He sido con él generoso hasta la esplendidez.

Cisneros.

Habías de oirle. ¡Qué lengua! Ya sabes que yo no me espanto de nada. Pues tuve que suplicarle mudara de conversación. En fin, que se marcha mañana.

Orozco.

Ya lleva cuerda para algún tiempo. No tiene motivos de queja, pues por una obligación prescrita le he dado casi el doble de lo que pagó por ella... ¿Y habló con usted algo de su hija Clotilde? Porque tengo curiosidad de saber...

Cisneros.

¡Ah!, sí... Pues contentísimo. Es hombre de una llaneza patriarcal. Ni asomos de los escrúpulos de su hijo. Por él, si la niña quiere casarse con el verdugo, que se case. En medio de su extravagancia, tiene rasgos de ingenio donosísimos. Asegura que en la determinación de Clotilde influye el instinto de renovación de la raza española, repugnando los entronques aristocráticos y similares, y prefiriendo el cruce con las razas inferiores, que son las más sanas.

Orozco.

Tiene chiste.

Cisneros.

Vamos, que me reí un rato con él; y al fin volvió á vomitar denuestos contra ti, llamándote jesuitón, cuáquero, chupador de la sangre del pobre, rico avariento, y qué sé yo qué.

Orozco.

Bien, bien, bien.

Augusta y Malibrán entran en el palco. Villalonga, Orozco y Cisneros se detienen en el pasillo, donde aparece el conde de Monte Cármenes.

ESCENA IV

Orozco, Cisneros, Villalonga, Monte Cármenes.

Monte Cármenes.

Aquí estoy esperando á que se acabe el dúo. No puedo resistir al tenor, con ese braceo como si estuviera cogiendo moscas, y esa voz que parece la de un gato cuando le pisan la cola.

Villalonga.

¿Y cómo no dice usted bien, perfectamente bien?

Monte Cármenes.

Yo no juzgo al tenor, y si lo he juzgado, me desdigo. No me gustan juicios temerarios. Sólo que no me divierto oyéndole, y mientras él se gana el pan pegando gritos, yo salgo á fumar un cigarro.

Orozco.

¿Y Pepita?

Monte Cármenes.

Más animada. En nuestro palco está. Pase usted á verla y se lo agradeceré, que allí tenemos á nuestro pobre Cícero dándole matraca. Entre él y ese tenor de la clase de grillos, me hacen la vida infeliz las noches de ópera.

Cisneros.

Dígame, Conde: ¿fué usted también de los que anoche se subieron á la parra en casa de La Peri?

Monte Cármenes.

¡Yo! D. Carlos, no me confunda con usted mismo. Yo no voy á esos sitios execrables y pecaminosos.

Orozco.

Si anduvo usted en malos pasos, ¿por qué negarlo ahora? Nosotros no se lo hemos de decir á Pepita.

Cisneros.

¡Oh!, yo sí, yo se lo diría, si este pillín no me asegurara bajo su palabra que no estuvo.

Villalonga.

No; el Conde no va sino cuando no hay nadie..., como usted.

Monte Cármenes, mascando el cigarro.

¿Yo?... ¡Buenos estamos D. Carlos y yo para fiestas! Nos hemos cortado la coleta.

Cisneros.

Es mucho decir. Que uno sea honesto y cumpla la ley de Dios, no significa que se corte nada.

Orozco.

¿Entramos ó no?

Monte Cármenes.

Me parece que ha concluído el dúo. (Tira el cigarro.) Voy al palco de mi primo. (Se aleja, y retrocede llamando á Orozco.) ¡Ah!, Tomás, se me olvidaba. Usted ¿cuándo piensa ir á las Charcas?

Orozco.

El sábado por la noche. Vienen dos días de fiesta, domingo y lunes la Candelaria. ¿Se anima usted?

Monte Cármenes.

Es posible. (Se dirige hacia el extremo del pasillo curvo. Orozco, Cisneros y Villalonga entran en el palco de Monte Cármenes.)

ESCENA V

Interior del palco de Orozco.

Augusta, en el antepecho; Malibrán, detrás. En el antepalco, la Señora de Trujillo, leyendo La Correspondencia.

Augusta.

Ya, ya sé..., me lo ha dicho Aguado, que es, como usted sabe, el denunciador de todas las inmoralidades. Es usted un libertino, un escandalizador; está usted dando malos ejemplos.

Malibrán.

Efectos de la murria y la desesperación. Deseo aturdirme. Quiérame usted, y seré un modelo de templanza y virtud.

Augusta.

¿Que le quiera yo? (Con displicencia.) No sea usted mamarracho.

Malibrán.

Pues acabaré por perderme... De seguro me pierdo.

Augusta.

¿No está todavía bastante perdido?

Malibrán.

Por usted... Pensaba contarle mis aventuras, para que se vaya persuadiendo de que corro al abismo y se compadezca y me salve.

Augusta.

¡Que le salve yo!...

Malibrán.

Pero no quiero escandalizar á mi virtuosa amiga refiriéndole mis maldades... (Para sí.) ¡Caray, que no acierto á deslizar entre las flores la flecha envenenada! Veremos si por este otro lado... ¡Ah!, sí. (Alto.) Nosotros los perdidos sabemos respetar la susceptibilidad de las almas puras, á cuyo oído no debe llegar jamás una frase maliciosa. (Para sí.) Allá va la punta, salga como saliere. (Alto.) Es usted una criatura angelical, encanto y desesperación de los hombres imperfectos y frágiles que tenemos la desgracia de adorarla.

Augusta.

¡Ave María Purísima, hasta cursi se está volviendo este hombre!

Malibrán.

Pertenece usted á la escuela de su marido, que fingiéndose insensible á las desdichas humanas, realiza en secreto las obras de caridad más admirables.

Augusta, mirándole con cierto temor.

¿Qué...?

Malibrán, aguzando su ingenio.

Nada, amiga mía; que no le valen á usted sus disimulos ni sus artimañas de modestia para asegurarse la indiferencia pública. La admiración, como la envidia, engendra la curiosidad, y la curiosidad acecha la virtud para descubrirla y sacarla de las tinieblas. Hay espionajes que los mismos ángeles no desdeñarían, porque tienden á indagar los pasos más silenciosos de la virtud para denunciarlos al agradecimiento de la humanidad; y este espionaje santo la sigue á usted hasta descubrir las guaridas apartadas y excéntricas adonde va secretamente en busca de miserias que aliviar y lástimas que socorrer, cumpliendo la obra misericordiosa de consolar al triste.

Augusta, para sí, turbada, mirando con los gemelos á la escena.

¡Maldito seas tú y toda tu casta!

Malibrán, para sí.

Sacúdete la banderilla, tontaina... (Alto.) ¿Qué dice usted?

Augusta.

No he dicho nada. Pensaba que está el diplomático esta noche más tonto que de costumbre, ó como dicen en la ópera, che dall’ usato, piu noioso voi siete; pero no me determiné á decírselo.

Malibrán.

Sí, estoy yo muy tonto... (Para sí.) Vamos, que si me apuras te suelto el nombre de la calle, el numerito y hasta el piso... (Alto.) Admirable cosa es la modestia, y adorno lindísimo de la verdadera virtud. Pero no le vale, no le vale...; no puede usted evitar nuestros homenajes.

Augusta, que mira á los palcos para disimular su ira, y crispa los dedos, oprimiendo los gemelos. Para sí.

Ya te daría yo á ti homenajes, y te estrellaría en la cara los gemelos.

Malibrán.

Es natural que mi ilustre amiga se enoje conmigo porque le descubro las perfecciones.

Augusta.

¿Enojarme yo? ¿Piensa usted que escucho sus bobadas? (Sonriendo sin espontaneidad, y queriendo dar á su despecho un acento de broma.) ¡Antipático!

Se adelanta la señora de Trujillo.

Malibrán.

Se habrá enterado usted de que el papel Cuadradista está muy en baja.

Teresa.

Y tan en baja... que ya no lo quiere nadie ni regalado. ¿Ha leído usted la declaración del cura de San Lorenzo, según el cual, Cuadrado confesaba una semana sí y otra no?

Augusta, con hastío.

¡Ay, Teresa!, ya el crimen apesta.

Teresa.

Pues para mí no perderá su interés hasta que no vaya al palo esa tarasca... Pero dejémoslo ahora. ¿Sabes que el tenor este parece el sereno de mi calle? Tenemos un empresario que también debería ir al palo. ¡Qué adefesios nos trae! ¡Quién oyó esta ópera por la Lagrange, Fraschini y aquel Varessi...! (A Malibrán.) ¿Alcanzó usted á Varessi?

Malibrán.

Le oí en Italia. ¡Qué pedazo de barítono!

Teresa, llamando la atención de Augusta.

Dime, ¿qué promontorio es aquel que se trae en la cabeza la de Barragán?

Augusta, sin dejar de mirar con los gemelos.

Estoy estudiándolo y no puedo entenderlo. Es un tocado Directorio, de una exageración... ¡Qué mamarracho!

Malibrán.

No quieren comprender que estos prendidos Directorio y Primer Imperio, hoy tan en boga, exigen un corte de busto muy airoso, y las que no tienen arte para saber adaptarse las modas, se ponen hechas unos esperpentos.

Augusta.

Cierto. Y algunas, con tanto plumacho, vienen hechas unos milicianos nacionales. (Dando los gemelos á la de Trujillo.) Teresa, por Dios, mire usted el escote que se ha traído la de Tellería. ¡Qué escandalosa!

Teresa, mirando.

¡En el nombre del Padre...! No le falta más que la manzana en la mano. (Suenan grandes aplausos.) ¡Pero qué tontos!... ¿Cómo aplauden estas borricadas?

Malibrán.

La claque está insoportable.

Teresa.

Pero si son los de butacas los que alborotan.

Augusta.

Es que la alabarda de abajo es la peor.

Entra Monte Cármenes, que saluda á las dos señoras. Trábase conversación entre Teresa Trujillo y los caballeros.

Augusta, para sí, dirigiendo los gemelos á una parte y otra.

Miro y remiro, y no le veo arriba ni abajo. ¡Qué inquieta estoy! En el palco de los gorriones no está..., ni tampoco en el de San Bernardino..., ni en butacas. ¡Si no vendrá, después de habérmelo prometido tan formalmente! Quiero ponerle en guardia contra el espionaje de este arrastrado Malibrán, que parece nos sigue los pasos, y que si no nos ha visto aún..., digo, yo creo que no nos ha visto..., nos verá el mejor día. (Alto, tomando parte en la conversación general.) ¡Enteramente un fiasco; y cuidado si anunciaban á este tenor como estrella del arte! (Para sí.) ¿Será aquel? (Mirando.) No, no es. No creo que deje de venir. ¡Ay!, no vivo hasta no saber lo que piensa de la proposición de Tomás. ¿Cómo tomará la idea de reconciliarse con Clotilde? Hice bien en decírselo por escrito, meditando muy bien la forma y pensando bien los conceptos. La carta era un modelo de sagacidad diplomática. ¿Aceptará? Dios quiera que no se alborote... ¡Ah!, allí está... en el palco de San Bernardino. Me ha visto. (Mirando á otro lado.) Ahora no vendrá. Veremos si en el tercer entreacto... Nunca como esta noche he deseado verle y hablarle. ¿Saldrá por el registro de la dignidad? Mucho me lo temo... ¡Ay, gracias á Dios que empieza el acto! (Entra Aguado y la saluda. Se entabla animada conversación sobre puntos diferentes. Al llegar al entreacto tercero, sólo están en el palco Aguado y el marqués de Cícero, que hablan con Teresa Trujillo. Augusta pasa al antepalco.)

ESCENA VI

Augusta, en el antepalco; Federico.

Augusta.

Nunca como esta noche he deseado verte...

Federico.

Ni nunca nos hemos visto en sitio menos á propósito para hablar de cosas graves. (Atisbando por un lado de la cortina.) ¿Quién está ahí?

Augusta.

Cícero, que duerme, y Aguado, que habla con Teresa de la moralidad. Siéntate...

Federico.

¿Nos darán tiempo para decir cuatro palabras?

Augusta.

Sí, sí..., y también ocho, (Impaciente.) Di, ¿qué te pareció mi carta? ¿Qué efecto te ha hecho?

Federico.

Ya puedes suponerlo.

Augusta, con ansiedad.

¿Qué dices respecto al punto principal? ¿Aceptas? ¿Qué? ¿No te parece bien?... Por Dios, no me lo digas; no me des el disgustazo de... (Federico, en pie, fijos los ojos en el suelo, deniega suavemente con la cabeza.) ¡Qué ideas tan estrambóticas! ¿Pero qué mal hay en esto? Dímelo.

Federico.

Pero ven acá: ¿cómo ha podido ocurrírsete el absurdo de que yo lo acepte... mediando...?

Augusta.

¡Qué aflicción me causas!... ¡Qué ingrato eres!

Federico.

Por Dios, no llames á esto ingratitud... (Preocupadísimo.) Yo te explicaré... ¿Has reflexionado tú en la gravedad de lo que me pides? Respecto al otro punto que tratas en tu carta, ó sea mi reconciliación con Clotilde, te contesto que accedo á hacerle una visita.

Augusta.

¿De veras? (Con alegría.) ¿Me lo prometes?

Federico.

Prometido. Mañana mismo iré á casa de la señora de Calvo. Haremos paces con Clotilde; pero con él, con ese pelagatos, no transigiré nunca.

Augusta.

Todo es empezar...

Federico.

Con ella sí. Ya ves cómo te complazco cuando me pides cosas razonables.

Augusta.

Bueno... Eh, cuidadito; que vayas... (Para sí.) Lo que importa es restablecer en él los vínculos de familia, única manera de domesticarle. Lo demás vendrá por sus pasos contados. (Alto.) Quedamos en que visitarás á tu hermanita. ¿Qué sabes tú lo que harás después? El tiempo y la derivación natural de los hechos te marcarán la conducta. Y no hablemos más ahora de asuntos tan difíciles de tratar no estando solos. (Observa, levantando un poco la cortina, á los que están en el palco.) Otra cosa tengo que decirte, aprovechando este corto ratito. Malibrán nos sigue los pasos. Parece mentira que haya seres tan viles que se dediquen al espionaje por el infame placer de ver que no son buenos los que lo parecen.

Federico.

¿Te ha dicho algo?

Augusta.

Indicaciones breves, pero bastante intencionadas y maliciosas. Cree, hijo mío, que nos ha descubierto.

Federico.

Lo dudo mucho... Tendrá sospechas.

Augusta.

¡Ay!, no; me parece que son más que sospechas.

Federico.

En ese caso... (Alarmados ambos miran con recelo al palco, y atienden á las voces que se sienten en el pasillo.)

Augusta.

Calla... No podemos hablar aquí. ¡Qué angustia, teniendo tanto que decir! Espérame allá...

Federico.

¿Cuándo?

Augusta.

El sábado..., pasado mañana. Te pondré dos letras el mismo día, temprano. Si es el sábado, estaré hasta más tarde y cenaremos juntos.

Federico.

¿No puedes decidirlo desde ahora?

Augusta, bajando más la voz.

No... Depende de que él vaya á las Charcas. Te escribiré... Ahora, chitón. Entra á saludar á Teresa. (Pasa Federico al palco. Aguado sale, á punto que entran Orozco y Villalonga.)

ESCENA VII

Gabinete en casa de La Peri. Es de día.

Federico, Leonor.

Federico.

Buenos días, Leonorilla.

Leonor.

Bonyú, mon ti cherí... ¿Qué te creías tú, que yo no sé francés? El marqués me lo está enseñando. Ya sé porción de frases, y con ellas y con decir á todo pagardón, pagardón, podré entenderme con el franchute que sepa más.

Federico, sin prestarle atención.

Bien.

Leonor.

Pero qué, ¿tienes mal humor?

Federico.

De mil diablos.

Leonor.

Ya... La condenada sota, ¿verdad? ¡Cuando te digo yo que no te fíes de esa!... Es más mala que el cólera.

Federico.

Pues no, no se ha portado mal. (Saca un puñado de billetes.) Mira.

Leonor, cruzando las manos y dando un grito de alegría.

¡Billetes! ¡Ay, qué calorcito me corre por todo el cuerpo! Déjame que los toque. Me muero por ellos.

Federico.

Son para ti. Hace dos noches que me sopla un poco la musa. Es una racha que pasará pronto. Por eso, antes que venga la mala, quiero cumplir contigo. Toma esos ocho mil realetes, y ve reuniendo para sacar tus alhajas.

Leonor, echando la zarpa á los billetes.

Ay, hijo de mi alma, ¡qué bueno eres! Dame acá. Me hace una falta atroz. ¿Y tú, cómo estás de trampas y trópicos?

Federico.

Absolutamente desahuciado. No tengo salvación. Los compromisos son tales, y se van enredando de tal manera, que pronto daré el barquinazo gordo.

Leonor.

Ganarás, mico.

Federico.

Gane ó pierda, no puedo salir á flote. Me ahogo sin remedio. No veo ni aun probabilidades de evitar la insolvencia y la deshonra.

Leonor, con alma.

No te apures. Confía en Dios. Puede que te caiga alguna herencia.

Federico.

¡Herencias á mí!

Leonor.

¿Sabes que se me ha ocurrido un gran negocio que podríamos emprender los dos? ¿No aciertas lo que es? Pues te lo diré: consiste en poner tres ó cuatro casas de citas de muchísimo lujo, pero de un lujo... asiático, todas ellas combinadas con una timba tremenda, y de muchísimo lujo también, como esas que hay en Baden y en Montecarlo... Te explicaré la combinación... Es cosa de ganar millones.

Federico, displicente.

No, no me expliques nada. No sé cómo se te ocurren tales disparates.

Leonor.

Pues, hijo, yo tengo que inventar algún negocio. Debo más que el Gobierno, y ese condenado pollo va á dar con mis pobrecitos huesos en un hospicio. Cuentas de sastre, cuentas de café, cuentas de la Taurina, y cuentas de la santísima carandona de su madre. Todo lo tengo que pagar yo, y ya me voy cansando, como hay Dios.

Federico, tirándole suavemente de una oreja.

Eso le pasa á esta pájara por no hacer caso de mí. Bien te dije que ese pollo era una calamidad. ¿Por qué no te fiaste de mí en eso como en todo?

Leonor.

Chico, porque cuando tocan á enamorarse pierde una el sentido. Eso del amor es capítulo aparte, y los consejos y la amistad son para otras cosas. Ya sabes que me dió muy fuerte, que me cegué por él y me puse como los mismos hornos. Pero ya me voy enfriando, y conozco que es un grandísimo lipendi... Otro más carantoñero y de más figuras no lo hay. Ahora está conmigo hecho un merengue. Como que necesita cuartos. Pues dice que soy yo otra como la Traviatta, y que él me va á redimir y á volverme honrada...; ¡qué risa! Parece que ahora va á venir su padre para quitarle de mí y llevársele, y él pretende que, cuando su papá venga á verme, haga yo el papel de tísica arrepentida, tosiendo con sentimiento y pintándome ojeras..., vamos, como la Traviatta, para que el buen señor se ablande y nos eche su santa bendición...; ¡qué risa! Con estas farsas, ello es que me está dejando por puertas. (Federico vuelve á mostrarse triste y caviloso, sin prestar atención á su amiga.) ¿Pero qué ocurre hoy? ¿Qué te pasa?

Federico.

Ya debes figurarte que no estaré para ponerme á tocar las castañuelas. Tú sabes bien lo que me sucede. Tengo una hermana que es mi desesperación, mi vergüenza; tengo un padre que me abochorna siempre que viene á Madrid.

Leonor.

Anoche contaron aquí que vino á cobrarle á Orozco unas cuentas que debía. ¿Sabes?, cosas allá muy gordas, de ingleses..., pero de Inglaterra; y que el otro fué más listo que él y le engañó, recogiéndole el papel por un pedazo de pan. Ese Orozco se pierde de vista, y gasta unas como caretas de hombría de bien con las cuales emboba á la gente.

Federico, caviloso.

No creas nada de eso. Es un desatino.

Leonor.

¿Pero á ti qué te importa que sea Orozco el engañado ó que lo sea tu padre? Allá ellos. Y en cuanto á lo de tu hermanita, yo la dejaría casarse con el nuncio si le gustaba, digo, con el monago de la Nunciatura... (Tirándole suavemente de la oreja.) También tú, con tanto pesquis como tienes, necesitas que te enseñe á vivir una tonta como yo. ¡Haces y piensas cada simpleza...! El casarse, hijo mío, debe ser una cosa muy liberal; quiero decir, que la mujer debe escoger á quien le entre por el ojo derecho, y nada más. Ya no estamos en los días de la Inquisición...; no sé si me explico. Anoche dijeron aquí que tú eres un hombre del tiempo en que había Inquisición, y cadenas, y despotismo, y otras cosas muy malas...

Federico, sonriendo con tristeza.

Tiene gracia.

Leonor.

Pero á mí no me la pegas tú. La causa de que estés ahora tan cabistivo y pensibajo, no es ni lo de tu padre ni lo de tu hermana. Es otra cosa. Si yo te calo muy bien, si yo te entiendo. Tú guardas un secreto, que no quieres confiarme, y haces mal; porque yo, que soy una pública, tengo corazón, y no me faltan entendederas para decirte esto y lo otro que te pudiera consolar. Sé lo que son penas, y en lo tocante á penas de amor, no hay quien me baraje á mí. Podía poner cátedra de esto en la Universidad, y saldría yo, con mi birrete color de rosa y mi toga de batista, á explicar á los chicos el tratado de las fatigas de amor con todos sus pelos y señales.

Federico.

¡Qué mona! Figúrate si eres salada, que me haces reir hoy á mí.

Leonor, poniéndose en la cabeza, ladeado, el hongo de Federico.

Conque, ó hay confianza ó no hay confianza entre este par de peines. ¿No te cuento yo á ti hasta mis pensamientos más íntimos? ¿Por qué no has de hacer tú lo mismo con esta pájara? A ver, desembucha. Tú tienes amores, y amores muy por lo alto. Mira que si no te explicas, saco las cartas y te descubro todo el enredo.

Federico.

Cierto que entre nosotros debiera existir una confianza sin límites. Mi decoro no padece nada en mis tratos contigo, que no son nada buenos. ¡Excepción inexplicable! Yo tan meticuloso fuera de aquí en cuestiones de dignidad, en tu casa soy tu propia imagen. No lo entiendo, pero es así. Sin embargo, te soy franco: hay cosas mías, secretos si quieres, que dejo siempre de la puerta afuera cuando entro á visitarte.

Leonor, impaciente.

¿Cantas ó no cantas? Un hombre como tú no pone esos morros sino por una pasión fuerte. Yo sé lo que es apasionarse, irse del seguro. Lo pruebo todos los semestres.

Federico.

Seguramente, si yo fuera contigo menos reservado en eso que deseas saber, no me comprenderías. Es difícil que esto lo entienda nadie, Leonorilla. Las cosas que me andan á mí por dentro, en mi conciencia y en todo mi espíritu, son de tal calidad que sólo Dios y yo las entendemos.

Leonor.

Y yo también, porque soy diosa. ¡Vaya!, así me lo llamó bien clarito ese poeta, ese Bardal, en los versos que me hizo la otra noche. Conque, claréate.

Federico.

Bueno; pues concediéndote yo que hay algo de lo que sospechas, á ver si entiendes la explicación que voy á darte, sin nombrar personas. Esos amores no me satisfacen, y más bien son para mí un motivo de pena. ¿Por qué?, dirás tú. Porque se relacionan con ciertos estados de mi espíritu, y de tal relación viene á resultar que son amores incompletos y superficiales. ¿Me explico bien? La facultad imaginativa lleva la mejor parte, y el corazón se queda vacío, porque no hay confianza, ni la puede haber entre esa mujer y yo. La confianza consiste en entregar toda nuestra existencia al conocimiento de la persona querida, y á esa persona no puedo yo revelarle ciertas fealdades y humillaciones de mi vida angustiosa. Me quiere con locura, para mayor desgracia mía, y yo no puedo corresponderle. Hay momentos en que hasta se me figura que la aborrezco, porque nuestra alma tiende á odiar á las personas ante quienes no podemos descubrirnos sin que el amor propio se lastime. Ya ves que te confío mis secretos más delicados; te lo confío todo menos el nombre.

Leonor, para sí, con malicia.

¡Como si yo no lo supiera, mico! (Alto, amenazándole con la mano.) Te voy á matar.

Federico.

Ese amor no me satisface, porque mi corazón no se ha entregado á él, porque para completarlo me sería preciso añadirle la confianza, este compañerismo que contigo tengo, tan dulce, tan práctico. No, no te envanezcas: el sentimiento inexplicable que nos une á ti y á mí tampoco es completo. Le falta algo: la imaginación, que está allá.

Leonor, satisfecha.

El corazón por mi cuenta, ¿verdad?

Federico.

Gran parte de él, créelo. No puedo completarme aquí ni completarme allá. La mitad de mi ser en cada lado. ¿Lo entiendes? (Leonor, meditabunda, hace signos afirmativos con la cabeza.) Si estas dos mitades se pudieran juntar y fundir, ¡qué bueno sería! ¡Si yo pudiera llevarme allá la confianza con sus envilecimientos y todo...! ¡Si yo pudiera traerme aquí el recreo de la imaginación y de los sentidos...!

Leonor, reflexionando.

De todo esto, lo que saco en consecuencia es que somos los nacidos una cosa muy rara. Hombres y mujeres somos guitarras, que no sabemos cómo se templan ni cómo no... De lo que resulta que esto de las pasiones es un fandango pastelero. (Coge las cartas y empieza á barajarlas.) Ahora voy á adivinarte los pensamientos. (Sonriendo.) Estoy inspirada. Ojo á la diosa. Se me ha puesto entre ceja y ceja que el santísimo naipe me va á decir el nombre de tu adorado tormento.

Federico.

¿A que no?

Leonor.

Y me dirá también si saldrás con suerte del corto camino en que te has metido.

Federico, con cierto interés.

Veremos. Tan trastornado estoy, que hasta me voy volviendo supersticioso.

Leonor, poniendo los naipes sobre el sofá, en grupos, y haciendo sobre ellos, con mucha gracia, signos estrambóticos.

¡Ah!, mira: en las tres vueltas sale siempre encima la mujer de buen color. ¡Ay, Dios mío, lo que veo aquí! ¿Sabes lo que quiere decir el seis de copas? Pues significa Santo Domingo..., y en seguida el siete del mismo palo. ¡Jesús, madrecita mía de las Angustias!... Y en seguida el ocho, que declara camino cansado, como si dijéramos, una cuesta. (Con solemnidad.) La mujer por quien penas, camaraíta, vive en la cuesta de Santo Domingo, número 7, y es casada.

Federico, tirando las cartas con displicencia.

Ea, deja esas tonterías... (Levántase inquietísimo.) ¿Quién te lo ha dicho?

Leonor, con naturalidad.

¡Pero hijo mío, si lo saben hasta los perros!

Federico.

No, no. Si lo sabe alguien, será de poco tiempo acá. Verdad que estas noticias cunden con rapidez eléctrica.

Leonor, muy cariñosa.

No te enfurruñes; no hay motivo para ponerse así. Esas cosas se saben siempre, miquito. Siéntate á mi lado, y te contaré algo que debes saber. Anoche hablaron aquí largamente de la de Orozco y de ti.

Federico.

¿Quién?

Leonor.

Amigos tuyos. (Mirándose las uñas.) Ya sabes que en eso de hablar no hay amigo para amigo. Se sueltan mil borricadas, sin intención de ofender. ¿Te lo cuento? ¿Me prometes no enfadarte? Es de clavo pasado que, tratándose de señora rica y de amante pobre, lo primero que se diga es que ella le paga á él las trampas.

Federico.

No, no dirían tal atrocidad. (Paseándose agitado.) ¿Qué amigo mío es capaz de suponer...? Como no sea Malibrán...

Leonor.

El mismo...

Federico.

¿Y tú te callaste...?

Leonor.

Buena soy yo para callarme, tratándose de tu honor, que es lo mismito que el mío...

Federico, deteniéndose ante ella.

Tu honor lo mismo que el mío..., es decir, el mío como el tuyo...

Leonor.

He dicho una sandez. No hagas caso... Ahora caigo... (suspirando) en que yo no tengo honor. Quise decir... Pero tú ya me entiendes.

Federico.

Sí, comprendido.

Leonor.

Pues te defendí diciendo que tú no eras capaz de tomar dinero de ninguna mujer... (Bajando la voz.) Que nosotros tengamos acá nuestros cambalaches, es cosa que nadie sabe, que á nadie le importa, y que entre nosotros se queda. Claro, de ti para mí, lo ganamos como podemos, y nos ayudamos. No es deshonra, digan lo que quieran... ¡Pero arrimarte tú á una casada rica para que te mantenga...!, eso no lo puede decir quien te conozca.

Federico.

Sin embargo, los que mejor me conocen lo dirán. ¡Le parece á uno fácil exceptuarse de la lógica vulgar de la vida, y es tan difícil, pero tan difícil...! (Con abatimiento, sentándose.) Leonorilla, estoy dejado de la mano de Dios.

Leonor.

No hagas caso de esas tonterías...

Federico.

Que no pararon seguramente en lo que me has contado. Malibrán debió de decir algo más.

Leonor.

Sí; pero te advierto que se le fué un poco la mano en la bebida, y no hay que tomar al pie de la letra lo que habló. ¿Te lo cuento? Sí, más vale que lo sepas, para que estés prevenido. Pues dijo que se había propuesto averiguar dónde os veis tú y esa señora; que estuvo muchos días trabajándolo como un polizonte, y que por fin... os ha descubierto el nido.

Federico.

Bonita ocupación la de ese tonto... ¿Y dónde, dónde...? A ver..., ¿dónde dijo que...?

Leonor.

Se lo calló muy bien callado, por más que le mareamos para que nos lo dijera.

Federico.

Es que no lo sabe...

Leonor.

¡Ay!, no te hagas ilusiones. Lo sabe. Se le conoce en la manera de decirlo.

Federico.

Pues que lo sepa. Mejor. Estas cosas se saben siempre.

Leonor.

Mira, niño, ándate con tiento, porque es fácil que te veas envuelto en una cuestión muy mala. Yo estoy inquieta y temo que haya lance.

Federico.

¿Con ese zángano perverso de Malibrán? Puede.

Leonor.

Me parece que la bronca del siglo va á ser con Orozco. Dijo Malibrán que el buen señor tiene los ojos cerrados y que él se los va á abrir.

Federico.

Pues que se los abra... Mejor...

Leonor.

No; no digas tal. El que no quiere ver, que no vea.

Federico, exaltado.

¿Pues qué piensas tú? Si siento vivos deseos de abrírselos yo mismo...

Leonor.

¿Qué dices?... Chico, tú no tienes la cabeza buena. ¿Tú? ¿De manera que tú mismo acusarás á la que te quiere tanto?

Federico.

Tienes razón... Tú conservas el sentido claro de las cosas, y yo lo he perdido completamente. Siento y pienso y digo los mayores despropósitos... Leonorilla, estoy desquiciado por dentro. Me desplomo; verás cómo me hundo.

Leonor, humorísticamente.

Pues avisa, mico, para que no me cojas debajo...

Federico, con ternura.

Tú eres la única persona que veo con gusto á mi lado en esta ruina de mi espíritu. Cuantas personas trato más ó menos íntimamente se me revisten de antipatía en esta desgana que me aniquila; todas, incluso ella, y lo digo porque es verdad, sintiéndolo mucho, pues no se lo merece la infeliz. Entre tantas caras que me ponen mal ceño, sólo la tuya resplandece. ¿Verdad que es raro? Pero siempre ha de haber algo que no se entiende, y lo que no entendemos, adviértelo, es lo que más consuela. Las cosas muy resabidas y muy estudiadas hastían el alma. Las que se nos presentan en términos vagos, confundiendo nuestra razón, son las que nos confortan y nos alientan.

Leonor, fingiendo comprender.

Es verdad, verdad. Yo me intereso por ti, y por ayudarte y sacarte de un apuro soy capaz de comprometerme. Pídeme lo que quieras. Mándame que haga trampas en el juego, y las haré.

Federico.

No, eso no. ¡Quita allá!

Leonor.

Pues las he hecho, para que lo sepas. Tu tranquilidad vale más que un poco de moral de timba, tratándose de estos bobalicones que vienen aquí á divertirse conmigo. En un día de gran ahogo, y antes que verte padecer por cochinos mil reales, le doy yo el pego al lucero del alba.

Federico, enojado.

Cállate. Me lastimas profundamente.

Leonor.

Déjate proteger, mico. ¿No me das tú parte de lo que ganas?

Federico.

Sí; pero yo no hago trampas.

Leonor.

Cada uno es cada uno. Yo no soy tú, yo soy pública, aunque para ti sea muy particular.

Federico, echándose á reir.

Chica, comoquiera que seas, me envanezco de tu amistad. Es lo único que me queda en este mundo. (La abraza.) ¡Lástima que no puedas salvarme! Yo no tengo remedio ya. (Con profunda tristeza, levantándose.) Soy hombre al agua.

Leonor.

Pero ven acá. ¿Tan mal andas? ¿Temes no poder seguir viviendo como vives? ¿No podríamos arreglar que tuvieras un tanto fijo?...

Federico, sombrío.

No hay posibilidad de que cambie mi manera de vivir.

Leonor, con agudeza.

Se me ocurre una idea. ¿Te la digo? Pero no has de enfadarte. Pues... allá voy... Me parece una atrocidad que pases tantas amarguras teniendo esa amiga tan ricachona.

Federico, espantado.

¡Leonor! ¡También tú!...

Leonor.

No, monín; si yo no digo que tú le pidas... Digo que de ella debiera salir el ofrecerte una cantidad gorda, para que de una vez...

Federico, irritado.

Quita, quita. Déjame en paz.

Leonor.

Anda..., tonto... Fuera escrúpulos y bobadas... (Remedándole.) ¡El honor..., la diznidaz!... ¿Qué importa que...? Vamos, que buenos miles podría darte; y algo me había de tocar á mí.

Federico, excitadisimo.

Me voy, me voy por no oirte.

Leonor, alarmada.

Chico, no te pongas así. Tú tienes alguna mala idea y no quieres decírmela.

Federico, tomando su sombrero.

Me voy. Déjame.

Leonor.

No me gusta verte salir de estampía.

Federico.

Se me había olvidado que he prometido visitar hoy á mi hermana, visita que no significa reconciliación ni mucho menos. (Con enojo.) ¿Pues no pretenden también que yo dé el nombre de hermano á ese...? ¡Estúpida exigencia!

Leonor.

Vamos, perdona á tu hermanilla. Te estás atormentando... ¡Qué manías tienes tan tontas!... ¡Pobre niña! Haz las paces... y á vivir.

Federico.

¡Tú también!... Vuelvo. (Retírase muy agitado.)

Leonor, alarmada, viéndole salir y sin atreverse á seguirle.

¡Pobre mico, no me gusta su cariz!... Su cabeza está llena de nubarrones. Diera yo algo por poder despejársela.

ESCENA VIII

Sala en casa de la viuda de Calvo.

La Viuda de Calvo, señora de edad avanzadísima, pero bien conservada, vestida de negro, con espejuelos, gorro á la francesa. Sale por la derecha apoyándose en un bastón; Clotilde, que está junto al balcón de la izquierda mirando á la calle.

Viuda de Calvo.

¿Qué haces ahí?

Clotilde.

¿No ha concluído Santana de conferenciar con ese señor?

Viuda de Calvo.

Aún tienen para un ratito. ¿Qué miras? ¿A quién esperas?

Clotilde.

A mi hermano, que prometió venir á verme. No puedo apartar de la calle mis ojos, esperando verle entre los que pasan.

Viuda de Calvo, separándola del balcón.

No te aflijas, chiquilla, ni te impacientes, que ya parecerá, si es cierto que ha manifestado propósitos y deseos de verte.

Clotilde.

Díjome Bárbara que vendría por la tarde, y la tarde se acaba.

Viuda de Calvo.

¿Tan pronto? ¿Cómo se ha de concluir el día antes de las cuatro de la tarde?

Clotilde, señalando al balcón.

Ya lo ve usted, es casi de noche. El sol se pone.

Viuda de Calvo.

¡Qué se ha de poner, bobilla! No te empeñes en acelerar la carrera del sol, que bastante de prisa andan los días, sobre todo para los que ya los vemos pasar sin ninguna ilusión. Tu hermano vendrá, si no de tarde, de noche, ó cuando quiera venir.

Clotilde.

¡Ay! ¡Cuánto deseo verle! Siete días hace que de él me separé, y me parecen siete años. ¡Pobre hermano mío! Cuando salí de su casa, la fiebre de la resolución que tomé no me dejaba presentir la pena de esta ausencia. Federico tiene sus defectos, como todos; pero su corazón es noble. En los últimos días que pasé con él, sus defectos se abultaban á mis ojos y sus cualidades disminuían. Pues ahora me pasa lo contrario: las cualidades crecen y los defectos me parecen insignificantes.

Viuda de Calvo.

Es caballeroso, inteligente, simpático y de buen natural; pero has de convenir conmigo en que no sirve para criar hermanas. Descuellan en él estímulos de altanera dignidad, instintos de nobleza que lucirían bien en una posición opulenta, como piedras preciosas montadas en oro; pero que se despegan del cobre dorado de la penuria vergonzante en que se empeña en ponerlos. ¡Ay, hija de mi alma! La realidad, con sus lecciones dolorosas, me ha enseñado á mí lo que es decadencia. Ideas de vanagloria tuve yo también, y con ellas posición muy distinta de la que tengo ahora. Pero caí, y me encontré con que las tales ideas, y el puntillo de honor y todo lo demás, eran de muy mal ver sobre las ruinas que me rodeaban. Aprendí á ver mayores extensiones de mundo; la necesidad me hizo viajar por regiones bajas, que son las más interesantes y las que más vida encierran, y descubrí que el reino de la humanidad tiene muchas más provincias y comarcas de las que yo creía. Por eso abracé tu causa, sin asustarme del escándalo que dabas, ni de tu desigual elección, ni del camino torcido que escogías para llegar al matrimonio. Cuando se miran las cosas desde arriba, se ve la grandeza de los móviles humanos, y no se distingue la pequeñez microscópica de los trámites sociales. Os protegí y os protegeré mientras pueda, sin hacer caso de los furores de tu hermano ni de los asombros de lo que llaman opinión, asombros que no vienen á ser más que un movimiento de curiosidad, detrás del cual está la indiferencia.

Clotilde.

¡Ay, cuánto sabe usted, señora! (Con entusiasmo.) Habla lo mismito que un libro.

Viuda de Calvo.

Los años, hija mía, son mis libros, el tiempo mi biblioteca y mi estudio el vivir... (Suena un timbre: se sienten pasos.) Pero alguien ha entrado... ¡Si será al fin el caballero de los imposibles!... (Clotilde corre á la puerta del fondo.)