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Realidad: Novela en cinco Jornadas

Chapter 58: ESCENA X
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About This Book

Drama en cinco jornadas ambientado en la vida social de Madrid, que muestra cómo un hogar acomodado y su círculo de amistades mezquinan ambiciones políticas, escándalos financieros y aspiraciones sociales. Las escenas alternan salones elegantes y estancias privadas donde conversaciones ostensiblemente ligeras descubren corrupción, oportunismo y tensiones generacionales. A través de intrigas, compromisos matrimoniales y manejos públicos, la obra confronta la apariencia de respetabilidad con la vulnerabilidad moral de sus personajes, usando el diálogo y la escena para desenmascarar hipocresías y desajustes sociales.

Malibrán.

Para mí es indudable que sí.

Villalonga.

¡Pobre mujer! Cree que me inspira lástima, y que daría yo cualquier cosa porque su nombre no figurara en este misterioso asunto.

Malibrán.

Déjala, déjala que pague su error. Estas damas que presumen de inteligentes son atroces en sus deslices. Escogen siempre lo peorcito, y luego se llaman desgraciadas y se encomiendan á la Virgen. El mejor auxilio que les puede dar el Espíritu Santo es sugerirles una buena elección.

Villalonga, con seriedad.

Amigo Malibrán, como amigos de la casa, debemos desear que se corte el escándalo y se eche tierra al asunto. No sé si Orozco se dará por entendido ante el público del descarrilamiento de su mujer. Es probable que la discordia conyugal, consecuencia segura de este mal paso, quede en las sombras de la vida íntima. Orozco es muy circunspecto, muy metido en su concha, y sabe tragarse en silencio la cicuta. Se me figura, por algo que he olfateado esta tarde, que Cisneros intriga subterráneamente á fin de ahogar el escándalo. A nosotros, amigos leales de la familia, nos corresponde coadyuvar á esta obra benéfica del gran castellano viejo. Desmintamos las especies terroríficas que circulan por ahí; defendamos el honor de esta casa, y saquemos á la pobre Augusta del pantano en que ha caído.

Malibrán.

¡Diantre! (Caviloso.) Pues si ella lo agradeciera...

Villalonga.

Claro que lo agradecerá. La infeliz es una bendita. Ha padecido una alucinación... ¡Ah!, el mal de la época, la diátesis de nuestros tiempos de refinamiento social. Amigo mío, la vida esta de recepciones, galantería, sibaritismo, comidas, y el charlar ingenioso y pérfido entre los dos sexos, es un excitante desmoralizador. No hay familia posible con semejante vida. Perdona que esté tan filósofo, yo, el último de los desmoralizados, pero también el primero de los alumnos de la gran profesora, la experiencia.

Malibrán.

Si yo contara con la gratitud de Augusta, sería el primero en llevar mi espuerta de tierra al montón que ha de cubrir el escándalo. Pero dudo que...

Villalonga, poniéndose serio.

No seas idiota. Y en último caso, el agravio que la opinión infiere á nuestro amigo Orozco lo hago yo mío; vamos, que me meto á paladín, sí señor. Cuidado, pues, Malibrancito: ten juicio, pues bien pudiera suceder que yo me amoscara... Todo está en que me dé por ahí.

Malibrán.

¿Pero tú qué tienes que ver...?

Villalonga.

Tengo y no tengo... En fin, que me carga tu intervención, tu espionaje y tu lamentable oficiosidad en este asunto.

Malibrán, con mal humor.

Ea, déjame á mí... (Cediendo.) Pero, en fin, ¿qué es lo que tú quieres?

Villalonga.

Que hagas propaganda sensata. Aquí no ha pasado nada. Nuestra conducta ha de corresponder á los agasajos de esta excelente familia. ¡Augusta se merece un sin fin de homenajes, y Orozco es tan bueno, tan generoso...! Te diré: yo le debo el grandísimo favor de haberme cedido su puesto en la combinación de senadores. ¡Caray, si no es por él, me quedo también ahora en la calle muerto de risa!

Malibrán.

¡Ah, mameluco, that is the question! Ya veo la clave de tu sensatez.

Villalonga.

Este pastelero mundo es una cadena, un collar, un toisón de oro, en el cual las personas, remachadas con las ideas, somos los eslabones, y no podemos escoger la relación ó argolla que nos une al eslabón vecino. ¿Qué tal? ¿Estoy yo filosófico esta noche? Mentecato, ¿tú qué te creías?... Y punto en boca que viene aquí el grande hombre.

ESCENA IX

Los mismos. Orozco, Calderón, que salen del billar. Al propio tiempo van entrando en el salón del centro los amigos de la casa que se indicarán después.

Orozco, dando la mano á Malibrán y á Villalonga.

Está mejor; pero aún no se le ha pasado la tremenda jaqueca de ayer. Este majadero (por Calderón) le espetó de golpe la noticia..., como si se tratara de cualquier suceso insignificante.

Calderón.

La verdad, yo no creí... Tan afectado estaba, que no supe lo que me hacía.

Villalonga.

¡Pero qué bruto eres, Pepe!

Orozco.

La pobre Augusta salía tranquilamente para ir á misa, después de haber pasado una mala noche al lado de su tía enferma, cuando recibió el jicarazo. Se afectó, como es natural, tratándose de un amigo á quien queríamos tanto, y más por lo repentino y desastroso del caso.

Malibrán.

¿Y no tendremos el gusto de verla esta noche?

Orozco.

Esta noche no. Aunque ha pasado la fuerza de la cefalalgia, le molestan el ruido y la claridad.

Malibrán, para sí.

¡El ruido y la luz! Eso precisamente es lo que la mata.

Orozco.

Voy á saludar á esa gente. (Para sí.) ¡Curioso estudio el de esta noche el examen de las caras de los que entran aquí! En todas veo cierto temor, y como el deseo de sorprender en la mía alguna emoción desusada. Pero lo que es en ésta..., ¡aviados están! Mi cara es de mármol. (Dirígese al salón, donde han entrado Teresa Trujillo, Aguado, Monte Cármenes, el Exministro, el Sr. de Pez. En la sala de tresillo quedan Villalonga, Malibrán y Calderón.)

Villalonga, á Calderón.

Ven acá, tagarote. ¿Sabe tu pariente los disparates que corren por Madrid acerca del suceso de la noche del 1.º?

Calderón.

Todo lo sabe. Se lo he dicho yo. ¡Cuánta infamia, y qué sociedad tan nauseabunda!

Malibrán.

Sí, muy nauseabunda.

Calderón.

Tomás me llamó esta tarde y me rogó que le enterara de lo que se dice por ahí. No me anduve en chiquitas. Sé cuánto le agrada la verdad, y á la buena de Dios le informé de todo, empezando por las versiones necias y acabando por las horripilantes. Vale más que lo sepa, y que entienda que algunos de sus amigos no merecen serlo. ¿Pero has visto, Villalonga, qué tonta es esta humanidad?

Villalonga.

Sí, hijo mío, es más tonta que tú, que es cuanto hay que decir.

ESCENA X

Los mismos. Cisneros, que aparece en la sala japonesa, viniendo del interior de la casa.

Cisneros, para sí.

¡Pobrecita mía, cuánto padece! ¡Verse calumniada, zarandeada por tanto imbécil!... Esto es un horror... (Con rabia.) ¡Bendito sea Nerón! Comprendo su deseo de que la humanidad no tuviese más que una sola cabeza para cortarla... Hasta los periodiquillos se atreven á deslizar malévolas alusiones á esta casa. Ya os daría yo una buena mano de azotes si pudiera. ¡Habráse visto otra! ¡Reticencias contra mi hija...! Estoy que trino. (Atraviesa el salón sin saludar á nadie, y entra en la sala de tresillo.)

Villalonga.

Aquí está D. Carlos. ¡Qué fea vitola trae! Don Carlos, ¿qué nos cuenta?... ¿Qué se dice?

Cisneros, sofocando su rabieta.

Se dice..., pues se dice que este es un país de idiotas.

Villalonga.

Eso ya lo sabía yo. Detesto á mi patria, la hidalga nación del garbanzo, de Recaredo y de la gramática parda. ¡Pues si yo pudiera metamorfosearme en inglés ó en alemán...!

Cisneros.

Como no te metamorfosees tú en el moro de los dátiles. Este es un país liliputiense. Dan ganas de andar sobre él así... (pisa fuerte), destruyéndolo á pisotones como á las hormigas. Les juro á ustedes que esta noche dormiría yo muy tranquilo si tuviera ocasión de dar un par de linternazos á alguien.

Villalonga.

Pues déselos usted á Malibrán que dice...

Cisneros, con viveza, apretando los puños.

¿Qué dice?

Malibrán.

Pues que la tabla que ha comprado usted anteayer como de Memling no es ni siquiera flamenca. La tengo por una imitación francesa de las peores.

Cisneros.

Váyase usted al cardo con sus tablas. Entiende usted de pintura lo que yo de empollar mosquitos. Lo que hacía falta aquí, créanlo, era un Nerón. ¡Qué hombre tan simpático, y qué buena persona! Ya podían echarle periódicos á ese.

Calderón.

¡Fuertecillo está usted, D. Carlos!

Villalonga.

Desengaños amorosos. ¿Lo digo?

Cisneros.

¿Qué?

Villalonga.

Lo diré: entre barbianes no debe haber misterios. Pues esta tarde le han visto á usted salir de la gruta de Calipso, ó sea de la casa de Leonor.

Cisneros.

Toma. ¿Y qué?

Villalonga.

Es que creíamos que usted no sirve ya ni para novilladas de invierno, y que ya no sabe ni marcar una banderilla.

Cisneros.

¡Monigotes!... Generación menguada y raquítica, los viejos toreamos mejor que vosotros. Preguntádselo á cualquier res. No servís para nada, y con estas canas os dejo yo tamañitos siempre que queráis.

Malibrán.

¡Buen punto está usted! ¡Con su carga de años, visititas á La Peri!...

Cisneros.

Porque se puede. Fastidiarse... Ea, fantoches, vuestra conversación me revienta.

Calderón.

¿No quiere echar una partidita?

Cisneros.

No estoy de humor de juegos. No tengo tranquilidad, no puedo estarme quieto; necesito moverme, correr, ir de aquí para allá, empujar al que se me ponga delante, y si alguien se desmanda, ¡por vida de la tía Cotilla!, le... le pulverizo. (Sale de estampía por la puerta del billar.)

Calderón.

¡Es mucho D. Carlos!...

Malibrán.

Se me figura que he calado el objeto de sus visitas á La Peri.

Villalonga.

Y yo también. (Pasan al salón, formando grupos que entablan animados coloquios.)

Orozco, á Calderón.

Nada más divertido esta noche que el examen de caras, Pepe. La de Teresa Trujillo, deliciosa, incomparable. Expresa curiosidad febril y el arrobamiento artístico del que asiste á una función dramática con buenos actores. Me ha mirado con impertinencia, me ha leído en la frente y en los ojos, con tanto interés como si fuera yo un folletín espeluznante. ¿Pues y la carátula de Aguado? Es un puro resplandor de júbilo, como faz vergonzosa que se consuela con la vergüenza ajena. El rostro abesugado del buen Pez, radiante de cordura y ministerialismo. Parece descargar todo el peso de su severidad contra la opinión pública, diciéndole: «tus historias son ridículas y despreciables». Pues ¿y el palmito de Monte Cármenes? La imposibilidad de soltar ahora el todo va bien le da una contracción violenta, que le desfigura y le hace parecer otro hombre. La cara del Exministro, entre benévola y disgustada, con vislumbres de protección, como si dijera: «si yo fuese poder, no pasarían estas cosas». Te aseguro que me he divertido delante de este museo de la opinión expectante y muda. ¡Oh! ¡Si hablaran...! ¡Cuánto daría yo por oírles!

Calderón.

Si tú has gozado con el estudio de caras, ellos se habrán divertido fotografiándote la tuya.

Orozco.

No, porque en ésta nada pueden notar que no adviertan todos los días. La cara mía que expresa y siente, ¡ay!, es la que mira para adentro. (Llegan más personas.) Parece que esta noche carga el gentío que es un primor. Naturalmente, el crimen misterioso despierta inmenso interés: el público necesita emociones, contemplar rostros de víctimas, ó de criminales, ó de testigos; examinar el lugar de la catástrofe; ver los sitios por donde vaga el ánima del interfecto, olfatear la sangre, tocar los objetos que llevan impresa la huella del delito... (Con amargura.) En suma, el drama está en mi casa y tengo esta noche un lleno completo. (Dirígese á saludar á los que llegan.)

Calderón, para sí.

Hombre sin igual es éste. Todo lo sabe y parece que lo ignora todo.

ESCENA XI

Tocador de Augusta. Es de noche.

Augusta, doliente, recostada en un sofá; Felipa, en pie, delante de ella.

Augusta.

¡Gracias á Dios que vienes á tranquilizarme!

Felipa.

Dos veces estuve aquí esta mañana; pero la señorita dormía y no quise molestarla.

Augusta.

¡Dormir! No he descansado desde aquel momento terrible... No sé si esto es dormir ó no; ignoro si mis impresiones son fingidas ó reales; estoy como idiota, Felipa, y el temor que llena mi alma no me permite ordenar los recuerdos ni apreciar lo sucedido. Ni aun puedo formar juicio de mis acciones desde aquel instante, ni de cómo vine aquí. Cuéntame lo que ha pasado después. Estoy en ascuas. ¿Qué hiciste? ¿Se ha descubierto? Dímelo todo, sin ocultarme cosa alguna, por terrible que sea.

Felipa, bajando la voz.

Tranquilícese la señorita. No se ha descubierto ni se descubrirá nada. En cuanto dejé á la señorita aquí, después de lavarle las manchas de barro, y una muy chiquita de sangre que había en la manga, me volví allá. ¡Nos habíamos olvidado del sombrero, el sombrero del pobre...!

Augusta, dando un gran suspiro.

¡Ay!

Felipa.

Afortunadamente, en cuanto entré, lo vi sobre una silla.

Augusta.

¿Lo tiraste á la calle?

Felipa.

Bajé, y asegurándome de que no había nadie, le tiré junto á la valla. Después corrí en busca de mi hermana, y entre las dos lavoteamos las manchas de sangre de la alfombra, muy poquita cosa... Examinamos con remuchísimo cuidado la escalera, temiendo encontrar en ella gotas de sangre; pero no hallamos... ni esto. Los vecinos del principal, únicos que hay en la casa, como si estuviesen en Babia. No se enteraron de cosa ninguna. Verdad que el tiro retumbó muy poco. Lo habrían oído los vecinos si hubieran estado encima; pero, claro, al otro piso no llegó la bulla. Los porteros, sordos, mudos y ciegos: de ellos respondo, y no hay nada que temer. Ya les pueden echar jueces. Les he prometido que la señorita les librará de quintas al hijo.

Augusta.

¿Uno, un hijo solo?... Les libraré más: todos los que tengan.

Felipa.

Uno tan sólo. Con esto y la gratificación, tan contentos los pobres. Son unas almas de Dios.

Augusta.

¡Ay!, habla más bajo... Tengo un miedo horrible... Mira si hay alguien en el gabinete.

Felipa, que se asoma al gabinete y vuelve.

Ni una mosca. Podemos hablar sin recelo. Esta mañana fuí, y ¿qué hice? Llevé allá á mi hermana con toda su chiquillería, y atesté de muebles la sala, y ya está Rafael trabajando. Quitamos primero la alfombra, desmontamos la cama, me llevé las botas, el sombrero y vestido de la señorita...; saqué del pupitre los papeles, cartas á medio escribir, cigarros de él; en fin, todo lo que había me lo llevé á mi casa...

Augusta.

Mejor sería que lo quemaras todo...

Felipa.

Lo que pudiera comprometer, ceniza es ya. De la casa, tan cierto como Dios es mi padre, no sacará el juez ni tanto así de luz. Por donde puede flaquear la trama es por el lado de doña Serafina, quiero decir, que si van y averiguan que la señorita no estuvo aquella noche...

Augusta, secreteando.

Ya está prevenida Ramona, y bien recompensada. Esta mañana vino á verme. Confío en que no me faltará. Si la curia hiciera alguna tontería corriéndose en las averiguaciones, mi padre lo arreglará. Hablamos esta noche: no cree nada malo de mí; pero esto de que los periódicos me lancen chinitas le subleva. Es amigote del juez, y quedó en hablarle mañana mismo.

Felipa, casi entre dientes.

Todo irá como en las propias manos del Silencio, y aquí el que más mira menos ve.

Augusta.

¡Ay, Felipa, qué buena eres! Lo que has hecho por mí de ningún modo podré recompensarlo. Me serviste fielmente hasta que te casaste. Cierto que te he protegido; pero mis beneficios son muy cortos en comparación de la lealtad y la adhesión con que me los estás pagando.

Felipa.

No hablemos de eso. Por usted me dejaría yo matar, si fuera preciso.

Augusta, conmovida.

No merezco tanta abnegación... Déjame que llore. ¡Ay de mí! Todavía no acierto á dominar la situación en que me encuentro. A ti, que me has ayudado á ocultar mi falta; á ti, que sabes la verdad de esta deshonra sin necesidad de que yo te la explique, puedo decirte á boca llena que me reconozco mala, muy mala; pero que considero el castigo desproporcionado á la culpa. Esto no puede ser castigo, porque si fuera castigo, no resultaría tan terrible. No merezco tanto, no. ¡Verle morir así, sin que en su agonía tuviera para mí una palabra de ternura!... ¿No te acuerdas?, parecía que me despreciaba..., ¡á mí que le he querido tanto, que estaba dispuesta á sacrificarle mi posición, mi honor!... El desdén con que me trató después de atentar á su vida por primera vez me ha destrozado el alma, dejándome una herida que no se cerrará nunca. Recordarás que me dió un nombre ofensivo, ultrajante, el apodo de esa mujerzuela...

Felipa.

El trastorno, la ofuscación... Si no supo lo que hacia, menos había de saber lo que hablaba.

Augusta.

Pero la proximidad de la muerte, aun muriendo por la propia mano, aviva en el alma los sentimientos dominantes en ella. ¿Por qué no me dijo una palabra cariñosa, que yo pudiera recordar después como consuelo?

Felipa.

No olvide usted que dijo: «Sé lo que debo hacer, y pido á Dios que me perdone.»

Augusta.

Eso es, perdón á Dios, y á mí que me partiera un rayo. ¿Por qué no me había de pedir perdón también á mí, aunque no fuera sino por este rastro de deshonra que tras sí deja? ¿Sabes? Hay quien dice que le maté yo. ¡Qué infamia tan estúpida!... Yo estoy muerta de pena y desconsuelo; de pena por él, porque le amé, quizás más de lo que se merecía; desconsolada porque no le volveré á ver, porque murió queriéndome poco ó nada, dejándome afligida y celosa..., sí, celosa... ¡Si yo pudiera olvidar esta terrible pesadilla!... ¿Crees tú que el tiempo me hará perder la memoria? No, no hay tiempo bastante largo para borrar esto. No sé qué será de mí.

Felipa, con agudeza.

El tiempo es muy bueno; trabaja sin que se sienta, y del fin de unas cosas hace el principio de otras.

Augusta.

Cada hora que pasa me siento más acongojada y padezco más. Aquella noche, cuando me dejaste aquí, la misma turbación, el terror mismo, me daban cierta energía. Creí salir del paso haciéndome la valiente. Por la mañana me vestí para ir á misa, y cuando Pepe me dió la noticia, me asustó como si fuera una novedad para mí. Hízome el efecto de ver traducida á la realidad una cosa soñada. Desde aquel momento perdí el valor y me descompuse. Postrada en este sofá pasé un día horrible, y tuve que dominar ante mi marido mi pena inmensa, aparentando otra pena muy distinta y menor. Fingir lo pequeño para ocultar lo grande es trabajo de prueba. Más fácilmente fingimos los sentimientos muy vivos que los ligeros y superficiales. Figúrate tú que, cuando se te ha muerto un hijo, te hubieras visto obligada á aparentar que sólo llorabas al gato de la casa.

Felipa.

¡Ay, no me lo diga! Reviento yo antes que hacer tal comedia.

Augusta.

Pues considera si sufriré. Por eso te digo que el castigo es desproporcionado á la falta. ¡Luego de la situación esta se derivan tantos suplicios diferentes! La presencia de mi marido despierta en mí sentimientos tan extraños, que me pongo á morir cuando entra aquí y me habla. A veces me figuro que no hay entre los dos nada de común, y su serenidad ni me lastima ni me inquieta; á veces paréceme que le admiro todo lo que admirarse puede, y me pondría de rodillas delante de él para adorarle como á un ser que no participa de nuestras miserias.

Felipa, advirtiendo que Augusta tiene una mano envuelta en un pañuelo.

¿Qué es esto?

Augusta.

La magulladura que me hice en la muñeca cuando forcejeamos para quitarle aquel maldito revólver. No la noté hasta la mañana siguiente.

Felipa.

A mí también me dejó en este brazo un cardenal que me duele bastante.

Augusta.

He dicho que me quemé lacrando una carta. Pero aunque nadie lo ha puesto en duda, se me antoja que llevo aquí un espantoso dato para los que me creen asesina.

Felipa.

El miedo, el miedo hace ver visiones. No seamos tontas. D. Tomás se creerá lo del lacre.

Augusta, con profunda tristeza.

¡Ay! ¡Si vieras tú qué recelosa estoy de que lo sabe todo, aunque aparenta ignorarlo! Tengo mil motivos para conocer su penetración, que en ciertos casos supera á cuanto se puede decir. No obstante su tranquilidad, que me hace dudar... «Si lo sabe, me pregunto yo, ¿por qué no me lo dice? Su calma, ¿es la expresión más refinada del desprecio que le merezco, ó significa una situación de espíritu muy diferente?» Anoche me pasó lo que no me ha pasado nunca: tener pesadillas horribles, una tras otra, y no poder discernir después lo real de lo soñado. Creí que Federico estaba aquí, y vi reproducida la terrible escena, lo mismo, Felipa, lo mismo que la vimos tú y yo. De que esto fué imaginario no tengo duda. Pero después..., y aquí entran mis dudas, porque el recuerdo que ha quedado en mí, aunque turbio y calenturiento, es vivísimo en las imágenes. Pues oye. Me levanté..., fuí al despacho de Tomás y llamé á la puerta. El dijo desde dentro: «¿quién es?», y yo respondí: «soy La Peri». Abrió; entré, y sentándome á su lado, confesé sin omitir nada. ¡Qué atrocidad! Pues he pasado todo el día de hoy revolviendo en mi cabeza aquel acto, y trabajando por poner en claro si fué real ó no. Tengo los sesos derretidos de tanto cavilar. Me parece que estoy viendo á Tomás cuando yo le contaba aquellos horrores. Ponía una cara de conmiseración que me lastimaba enormemente, y yo le decía: «Soy La Peri; no vayas á creer que soy tu mujer»; y luego vuelta á contarle cómo y por qué se mató Federico. Lo que me atormenta y me confunde es la duda de si este delirio sólo tuvo realidad dentro de mi cerebro, ó si, en efecto, yo me levanté de mi cama, y fuí al despacho de Tomás, y él me abrió, y hablamos, y...

Felipa.

Señorita, ¡por los clavos de Cristo!, eso no se hace nunca sino en sueños.

Augusta.

Pero en el trastorno en que yo estuve anoche, trastorno de los sentidos y del alma toda, no sé... ¿No sabes tú que hay personas que dormidas andan y hablan y repiten lo que les ha pasado recientemente?

Felipa.

Sí, y á esos llaman sonámbulos.

Augusta.

Yo no me he tenido nunca por sonámbula. ¡Oh, no, imposible que este recuerdo amarguísimo sea recuerdo de un acto real! ¿Verdad que no? La impresión del hecho que llevo en mí es de pesadilla, de esas que á veces se quedan dentro de nosotros tan bien estampadas como los hechos positivos. Pero... todo podría ser. Anoche deliraba yo como un tifoideo, y tenía fiebre muy alta. Yo cerraba los ojos, y al abrirlos de tiempo en tiempo, Tomás junto á mí, mirándome sin pestañear. Sus miradas me penetraban hasta el fondo del alma. No puedo asegurarte si le veía despierta ó le veía dormida. ¿Hablé yo? ¿Me levanté y anduve? Conservo una idea vaga de haber sentido sus pasos alejándose hacia el despacho, á no sé qué hora de la noche. También ha quedado en mí una obscura reminiscencia de lo que me atormentó la idea de ser yo La Peri, ese trasto, y de los esfuerzos que hice para no ser ella, sino quien soy. ¡Lucha espantosa entre un nombre y mi conciencia!... Pero nada puedo afirmar con certeza. No sé qué daría por disipar esta duda horrible, cerciorándome de que no hablé, de que no me vendí. (Pasándose la mano por la frente.) ¡Cómo está esta cabeza!

Felipa, atisbando á la puerta.

Me parece que el señor viene. (Se levanta.)

ESCENA XII

Las mismas. Orozco.

Orozco, á su mujer.

Querida, aunque no es tarde, harías bien en irte á descansar. ¿Por qué no te acuestas?

Augusta.

Espero á tener sueño. ¡He dormido tanto en este sofá!...

Orozco.

La conversación no te conviene. (Tomándole el pulso.) Ni pizca de fiebre; pero la charla puede hacerte daño, y has picoteado bastante esta noche: primero con tu papá, después con Manolo Infante, ahora con Felipa.

Augusta.

Hablar me distrae. Di, ¿se han ido todos ya?

Orozco.

Todos. Como no estabas tú, la reunión, cansada de su propia insipidez, se ha disuelto temprano. Y ahora nos quedaremos solos, porque ésta se marchará también. Felipa, retírate, que algo tendrás que hacer en tu casa.

Felipa, para sí, turbada.

Parece que me echa. Sabe más que Merlín el señor éste... Imposible que deje de... (Alto.) Con permiso...

Augusta.

Felipa, quedamos en que mañana recogerás en casa de Sobrino veinticuatro varas, que con las diez y media que tienes...

Felipa, oficiosamente.

Ocho y poco más, señorita... Pues hacen treinta y dos.

Augusta.

Eso es; pero antes de cortar me traes la batista para verla, porque si no es igual á la otra, la devolveremos.

Felipa.

Bueno. ¿Me manda algo más?

Augusta.

Que te des mucha prisa. ¡Ah! Y que no me olvides los visillos...

Felipa.

Estamos en ellos. Buenas noches. Que ustedes descansen. (Vase.)

Orozco.

Si no tienes sueño, pasa á mi despacho y hablaremos un ratito.

Augusta.

Si que pasaré. ¿Piensas velar?

Orozco.

Es posible.

Augusta, recelosa.

¿Tienes que hacer? ¡Qué afán de calentarte los cascos en cosas que no nos importan!

Orozco.

Si nos importan ó no, lo veremos... Allí te aguardo.

Augusta.

Iré. (Se incorpora.)

ESCENA XIII

Despacho de Orozco.

Augusta, envuelta en su cachemira, se acomoda en una butaca junto á la chimenea, muy cargada de lumbre; Orozco, junto á la mesa, en la cual hay una lámpara encendida.

Orozco.

Qué... ¿tienes frío?

Augusta.

Un poco; pero ya voy entrando en calor. (Para sí.) No sé por qué, tiemblo. Su mirada me desconcierta.

Orozco.

No es tarde. Si te encuentras bien, hablaremos un poco de asuntos que á entrambos nos interesan.

Augusta.

¿Asuntos?... Tú siempre discurriendo empresas ó aventuras humanitarias...

Orozco, interrumpiéndola.

No es eso...

Augusta.

Vale más que te acuestes y descanses.

Orozco, acercándose á ella.

Descansaría si pudiera. Pero por mucho dominio que uno tenga sobre sí propio, por grande que sea nuestra energía para disciplinar las ideas, hay ocasiones, querida, en que las ideas ahogan la necesidad de reposo, y el sueño es imposible.

Augusta, para sí, con espanto.

Llegó el momento de las explicaciones. Estoy perdida. ¿Lo sabe, ó desea saberlo? (Mirándole fijamente á los ojos.) ¿Quién podrá descifrar el jeroglífico de ese rostro de mármol?

Orozco, para sí, mirándola á su vez con atención profunda.

¿Será capaz de confesar? Me temo que no.

Augusta, para sí.

No nos acobardemos. Me adelantaré gallardamente á sus preguntas. (Alto.) ¿Por qué me miras así? ¿Es que quieres decirme algo y no te atreves?

Orozco.

Te observo temerosa, y esperaré á que te tranquilices.

Augusta.

¡Temerosa yo! (Para sí.) Fingiré un valor que no tengo... Hasta para confesar lo necesitaría, pues si me rindo, conviéneme hacerlo con dignidad.

Orozco.

Ya sé que eres valiente. No necesitas demostrármelo con palabras. Yo también lo soy, más que tú, mucho más, pues tengo ánimo suficiente para poner la verdad por encima de los afectos grandes y chicos, para reducir á la insignificancia las pasiones cuando contradicen el sentimiento universal.

Augusta, para sí.

Desvaría. El delirio humanitario se ha apoderado de él. Esto me envalentona. Veámosle venir.

Orozco.

Yo había pensado educarte en estas ideas, iniciarte en un sistema de vida que empieza siendo espiritual y difícil y acaba por ser fácil y práctico. Ahora no sé si debo insistir en mi propósito. Se me figura que no ha de gustarte esta creencia mía, adquirida en la soledad á fuerza de meditaciones y de magnas luchas.

Augusta, para sí.

¡Ay, Dios mío, cómo se evapora el pensamiento de este hombre! Si me hablase en lenguaje humano, que moviera mi corazón y mi conciencia, me impresionaría; pero estas cosas tan etéreas no se han hecho para mí, amasada en barro pecador. (Alto.) Ya sé que eres un hombre sin segundo, al menos entre los que yo conozco. Has cultivado, á la calladita y sin que nadie se entere, la vida interior; has conseguido lo que parece imposible en la flaqueza humana, á saber: no tener pasiones, subirte á las alturas de tu conciencia eminente y mirar desde allí los actos de tus semejantes, como el ir y venir de las hormigas; aislarte y no permitir que te afecte ninguna maldad, por muy próxima que la tengas. ¿Es esto así? ¿Te he comprendido bien? (Orozco hace signos afirmativos con la cabeza.) ¿Y quieres que yo te acompañe en esa purificación? ¡Ay!, bien quisiera; pero no sé si podré. Soy muy terrestre; peso mucho, y cuando quiero remontarme, caigo y me estrello.

Orozco.

La gravedad se disminuye limpiando el corazón de malos deseos y el pensamiento de toda inclinación mala.

Augusta.

¡Ay!, yo limpio, limpio; pero se vuelven á ensuciar cuando menos lo pienso.

Orozco.

Yo te enseñaré la manera de triunfar si te confías á mí; pero por entero; confianza ciega, absoluta. Revélame todo lo que sientes, y después que yo lo sepa... hablaremos.

Augusta, para sí.

¡Confesar!, esto me aterra. Si él fuera más hombre y menos santo, tal vez...

Orozco.

¿No contestas á lo que te digo? Descúbreme tu interior; pero con efusión completa.

Augusta, para sí.

Lo sabe y quiere arrancarme la confesión. ¿Cómo lo habrá sabido? ¿Se lo dije yo? Esta duda me vuelve loca. Tomemos la ofensiva. (Alto.) ¿Qué quieres que te descubra? ¿Sospechas de mí? Empieza por decirme en qué se funda tu suspicacia, y yo veré lo que debo contestarte.

Orozco, con determinación.

Inútiles y ridículos escarceos. Vale más que hablemos con claridad. Desde que apareció muerto Federico, tu nombre anda en lenguas de la gente. No necesito añadir más. Lo que haya de verdad en esto, tú me lo has de decir. Si es falso, desmiéntelo; si no lo es, que yo lo sepa por ti misma. Esta ocasión es solemne, y en ella he de saber quién eres y lo que vales.

Augusta, turbada.

¿Pero tú... crees...?

Orozco.

Yo no creo ni dejo de creer nada. Espero á que tú hables.

Augusta, para sí.

¡Confesar!... ¡Antes morir!... ¡Siento un pavor!... (Alto.) Pues te diré: extraño mucho que des asentimiento á esas infamias.

Orozco, flemáticamente.

Luego es falso lo que se dice.

Augusta.

¿Y lo dudas?

Orozco.

No afirmo ni niego. Aplazo mi juicio, porque te veo cohibida por el temor y te incito á sosegarte y reflexionar. Tiemblas. Tu cara es como la de un muerto.

Augusta.

Estoy enferma.

Orozco.

Enferma de susto. Tranquilízate: tómate el tiempo que quieras para pensarlo; es temprano. Estamos solos y nadie nos molesta. Mira, yo me siento en esta butaca á leer un poco, y en tanto tú recoges tu conciencia, y decides delante de ella lo que debes responderme. (Se sienta junto á la mesa en que está la luz, toma un libro y lee.)

Augusta, para sí, la cabeza inclinada sobre el pecho y arrebujada en su abrigo.

Lo sabe... Ese lenguaje claramente lo indica. ¡Qué actitud tan extraña la suya! Por grande que sea la serenidad de espíritu de un hombre, no la comprendo en grado tal. Imposible que su cerebro no sufra alguna alteración honda. La humanidad, ni aun en los ejemplares más perfectos, puede ser así... Y no obstante, ¿qué hay en esa actitud que me causa una especie de alivio y me inspira confianza? Todo esto, ¿será para oirme y perdonarme? Y pregunto yo: «¿Ese perdón vale? El perdón de quien no siente, ¿es tal perdón? ¿Puede un alma consolarse con semejante indulgencia, venida de quien no participa de nuestras debilidades?» ¡Oh, no!; su santidad me hiela. Yo no confieso, no confesaré... ¡Y si tras esa mansedumbre rebulle el propósito de imponerme un castigo severo!... ¡Si en su sistema, para mí no bien comprensible, entra también el trámite de matarme!... ¡Ay, siento escalofrío mortal!... ¡No, no confieso!

Orozco, apartando la vista del libro.

¿Piensas, Augusta, ó es que te has quedado dormida?

Augusta.

No duermo, no. Pensaba en esa tontería que me has dicho, en tu sospecha. ¿Quién te la sugirió? ¿Te habló alguien?

Orozco.

Curiosidad por curiosidad, creo que la mía debe llevar la preferencia. Habla tú primero.

Augusta.

Sin duda algún amigo nuestro, de los que te tienen envidia y mala voluntad, ó amiga mía, chismosa y visionaria, te ha... (Impaciente.) ¿Por qué medio adquiriste esas ideas?

Orozco, con ligera inflexión festiva.

Por adivinación.

Augusta.

No creo en las adivinaciones. (Para sí.) Virgen Santa, mis temores se confirman... Anoche, en aquel delirio estúpido, canté... ¡Si lo tengo bien presente!... ¡Si no se me ha borrado del cerebro la impresión de lo que hice y dije!... ¡Miserable de mí, vendida neciamente! Si ahora me obstino en negar... (Alto, tragando saliva.) Explícame ese misterio de las adivinaciones.

Orozco.

Tú lo has dicho: misterio es de nuestra alma. Pero, en este caso, el poder mío revelador ha tenido auxiliares.

Augusta.

¿Alguien me acusó?

Orozco.

Quizás.

Augusta, para sí.

¡Dios mío, sácame de esta incertidumbre, y separa en mi espíritu las acciones reales de las fingidas por el cerebro enfermo! (Rehaciéndose.) ¡Oh, no es posible que yo hablara; no puede ser! Me estoy atormentando con un recelo pueril, hijo del miedo. Ánimo... y no confesar.

Orozco, para sí, fingiendo leer.

Esto sí que es difícil de extirpar. El desgarrón de este sentimiento, que me arranco para echarlo en el pozo de las miserias humanas, ¡cómo me duele! Al tirar me llevo la mitad del alma, y temo que mi serenidad claudique. Si salgo triunfante de esta prueba, ya no temeré nada; dominaré el mundo, y nada terrestre me dominará. ¡Pero cómo me duele esta amputación! (Mirando furtivamente á su mujer.) Era el encanto de mi vida. Inferior á mí por su inconsistencia moral, su amor me daba horas felices, su compañía me era grata, y la idea de igualarla á mí, purificándola, me enorgullecía. La pierdo. Quizás será un bien esta viudez que me espera; quizás este lazo me ataba demasiado á las bajezas carnales... Me convendrá seguramente perder el único afecto que me ligaba al mundo. ¿Y si no lo perdiera?... Si con un acto de hermosa contrición se eleva hasta mí... (Volviendo á fijar los ojos en el libro.) ¡Ah!, no tiene alma para nada grande. Si me confiesa la verdad, toda la verdad, la perdono y procuraré regenerarla.

Augusta, para sí, sofocada y limpiándose el sudor de la frente.

No sé qué siento en mí... Un prurito irresistible de referir cuanto me ha pasado, mi falta, mi pena inconsolable... ¡Pero si ya se lo revelé!... Sí; no tengo duda. Paréceme que viéndome estoy en el acto inconsciente de anoche; oigo mis propias palabras; me retumban aquí como si ahora mismo las pronunciara. Todo lo canté bien claro... Y si lo sabe, ¿á qué me lo pregunta? ¿A qué humillarme con una segunda confesión?

Orozco.

¿Has pensado, Augusta?

Augusta.

No, no pienso. Todo está pensado ya. (Para sí, con tenacidad.) No confieso, no puedo, no quiero. Me falta valor. Siento en mi alma la expansión religiosa; pero el dogma frío y teórico de este hombre no me entra. Prefiero arrodillarme en el confesonario de cualquier iglesia... Y si despierta niego, después de haberme acusado delirando, ¿qué pensará de mí? Nadie es responsable de lo que dice en sueños... Pero los delirios suelen ser el espejo turbio y movible de la vida real... ¡Qué combate dentro de mí! No sé qué hacer ni por dónde escurrirme.

Orozco.

¿Has examinado tu conciencia, Augusta?

Augusta, sacando fuerzas de flaqueza.

Déjame en paz. Mi conciencia no tiene nada que examinar.

Orozco.

¿Está tranquila? ¿No te acusa de ninguna acción contraria al honor, á las leyes divinas y humanas?

Augusta, para sí.

Me confieso á Dios, que ve mi pensamiento; á ti no...

Orozco.

¿Qué dices?

Augusta.

No he dicho nada. (Para sí, con brutal entereza.) Me arriesgo á todo... Salga lo que saliere, negaré...

Orozco.

¿Insistes en llamar disparatado y absurdo el rumor de que presenciaste la muerte violenta de Federico?

Augusta, para sí, desconcertada.

¿Poseerá alguna prueba material?

Orozco.

¿Callas?

Augusta, enfrenándose.

No, no callo... Es que me asombro de que creas semejante desatino. (Para sí.) Si tiene pruebas, que las tenga. Ya no me vuelvo atrás.

Orozco.

¿De modo que lo niegas?

Augusta.

Lo niego terminantemente.

Orozco.

¿Y lo juras?

Augusta.

¿A qué viene eso de jurar?... Si es preciso... lo juro también.

Orozco, para sí.

Me engaña miserablemente. Peor para ella. Desgraciada, quédate en tu miseria y en tu pequeñez.

Augusta.

No es propio de ti dar crédito á las invenciones de la gente maliciosa.

Orozco, gravemente.

Yo no anticipo juicio alguno. Me atengo á lo que tú declares.

Augusta, para sí, recelosa.

¿Me crees? ¿Crees lo que digo?

Orozco.

Sí... (Se aparta de ella, y pasea por la habitación mirando al suelo. Para sí.) Me he quedado solo, solo como el que vive en un desierto.

Augusta, para sí.

No me ha creído... ¡Y yo noto un vacío en mi alma...! Me siento divorciada, sola, como si viviera en un páramo.

Orozco, para sí.

Mi mujer ha muerto. Soy libre. Ningún cuidado me inquieta ya, si no es el de mi propia disciplina interior, hasta llegar á no sentir nada, nada más que la claridad del bien absoluto en mi conciencia.

Augusta, para sí.

He mentido... Su virtud no me convence ni despierta emoción en mí. ¡Divorciados para siempre!... Si viera en él la expresión humana del dolor por la ofensa que le hice, yo no mentiría, y después de confesada la verdad, le pediría perdón. Ningún rayo celeste parte de su alma para penetrar en la mía. No hay simpatía espiritual. Su perfección, si lo es, no hace vibrar ningún sentimiento de los que viven en mí.

Orozco, para sí.

¡Pero qué solo estoy! Murió el encanto de mi vida. ¿Flaqueará mi ánimo en esta crisis tremenda? La conmoción interior es grande. ¿Conseguiré dominarla, ó me dejaré arrastrar de este impulso maligno que en mí nace, ó más bien resucita, porque es resabio de mis dominadas pasiones de hombre? (Detiénese detrás de Augusta, contemplándola. Ella no le ve.) ¿Por qué no te impongo el castigo que mereces, malvada mujer? ¿Por qué no te...? (Apretando los puños.)

Augusta, para sí, sobresaltada y recelosa al sentirle parado detrás de ella.

¿Qué hace? No me atrevo á moverme, ni á mirar siquiera para atrás. ¡Dios me ampare!

Orozco, para sí, venciéndose con supremo esfuerzo.

No, no te iguales á lo más miserable y rastrero de la humanidad. Déjala...

Augusta, volviéndose aterrada.

¿Qué? ¿Qué hay?

Orozco.

Nada, no he dicho nada. (Para sí, paseando de nuevo.) No, los brutales instintos no destruirán, en un instante de flaqueza, la serenidad que adquirí á fuerza de mutilar y mutilar pasiones y afectos miserables. Elévate, alma, otra vez, y mira de lejos estas bastardías liliputienses. Nada existe más innoble que los bramidos del macho celoso por la infidelidad de su hembra.

Augusta, para sí.

Si en él viera yo el noble egoísmo del león que se enfurece y lucha por defender su hembra..., me sería fácil humillarme y pedirle perdón.

Orozco, para sí.

Ánimo, y adelante. Volvamos á esta vida externa, cuya estupidez me es necesaria, como la esterilidad glacial del yermo en que habito. Vivamos en esta aridez pedregosa, como si nada hubiera ocurrido. Despierto de un sueño en que sentí reverdecer mis amortiguadas pasiones, y vuelvo á mi rutina de fórmulas comunes, dentro de la cual fabrico, á solas conmigo, mi deliciosa vida espiritual. (Alto y con resolución.) Augusta.

Augusta, volviéndose sobresaltada.

¿Qué?

Orozco.

¿Pero no te acuestas, hija? Es muy tarde.

Augusta, para sí.

El mismo acento de siempre. (Alto.) Sí, me acostaré. ¿Y tú?

Orozco.

Yo también. Oye una cosa: mañana recuérdame que hay que comprar el regalo para Victoria Trujillo, cuya boda es el jueves.

Augusta.

Es verdad. ¿Qué le compraremos?

Orozco.

Lo que tú quieras. Tienes mejor gusto que yo para elegir cachivaches. ¡Ah! Otra cosa: si mañana estás bien, hemos de visitar á Clotilde Viera.

Augusta.

¡Ah, sí!... Mañana estaré bien, y saldré; saldremos.

Orozco.

Daremos una vuelta en coche por el Retiro y la Castellana. Te llevaré á que veas los cuadros que ha comprado últimamente tu papá.

Augusta.

Bueno... (Para sí.) Como si tal cosa. El mismo hombre, el mismo, inalterable, marmóreo, glacial. ¿Qué significa esto? (Alto.) Francamente, no tengo muchas ganas de ver los cuadros que ha comprado papá, pues me dijo Malibrán que eran cosa de muertos, y santos en oración, flacos, sucios y amarillos. Todo eso me es antipático.

Orozco.

Por cierto que ayer estuve á punto de comprarte una imitación de Watteau muy linda... Pastorcitos, elegantes marquesas con cayado, mucho lazo en la frente y hombros, zapatito de raso, y luego amorcillos jugando con las ovejas.

Augusta.

¡Ay, eso me encanta! ¿Por qué no me lo trajiste?

Orozco.

Pensé consultar contigo la compra antes de hacerla; pero como estuviste mala, no quise molestarte.

Augusta, que se levanta y tira del cordón de la campanilla.

Pues no dudes que te agradezco de todas veras regalito tan de mi gusto. (Mirándole fijamente y con alarma. Para sí.) ¿Qué significa esta indiferencia grave y hermosa, que raya en lo sobrenatural? Esto no es grandeza de alma. Esto es...

Orozco, para sí.

Expláyate, hombre, expláyate en el páramo de la vida externa. Eso conforta.

Augusta, para sí, cavilosa.

Una nueva pena, una nueva inquietud. Será preciso consultar con los mejores especialistas en perturbaciones cerebrales. (La criada aparece en la puerta. Augusta se retira con ella.)

ESCENA ÚLTIMA

Orozco, solo.

¡Dominada la pavorosa crisis!... Pero andan por dentro de mí los jirones de la tempestad, y necesito dispersarlos, no sea que se junten y condensen de nuevo y me pongan otra vez al borde del abismo de la tontería... Fuera locurillas impropias de mí. Los celos, ¡qué estupidez! Las veleidades, antojos ó pasiones de una mujer, ¡qué necedad raquítica! ¿Es decoroso para el espíritu de un hombre afanarse por esto? No; elevar tales menudencias al foro de la conciencia universal es lo mismo que si, al ver una hormiga, dos hormigas ó cuatro ó cien, llevando á rastras un grano de cebada, fuéramos á dar parte á la Guardia civil y al juez de primera instancia. No; conservemos nuestra calma frente á estas agitaciones microscópicas, para despreciarlas más hondamente. Figúrate que no existen para ti; muéstrate indiferente, y no hagas á la sociedad y á la opinión el inmerecido honor de darles á entender que te inquietas por ellas. Que nadie advierta en ti el menor cuidado, la menor pena por lo que ha ocurrido en tu casa. Para tus amigos serás el mismo de siempre. Que te juzgue cada cual como quiera, y tú sé para ti mismo lo que debes ser en ti, compenetrándote con el bien absoluto. (Asómase á una ventana que da al patio de la casa.) ¡Hermosa noche, tibia y serena, de las que ponen á Villalonga fuera de sí! ¡Cómo lucen las estrellas! ¡Qué diría esa inmensidad de mundos si fuesen á contarle que aquí, en el nuestro, un gusanillo insignificante llamado mujer quiso á un hombre en vez de querer á otro! ¡Si el espacio infinito se pudiera reir, cómo se reiría de las bobadas que aquí nos revuelven y trastornan!... Pero para reirse de ellas era menester que las supiera, y el saberlas sólo le deshonraría. (Abre los cristales y apoya los codos en el antepecho. En la pared opuesta del patio rectangular se ven las ventanas de la escalera de la casa.) Da gusto respirar el aire libre: su frescura despeja la cabeza y sutiliza la imaginación. (Pausa.) Siéntome otra vez asaltado de la idea que ha sido mi suplicio ayer y hoy, la maldita representación del trágico suceso, y la manía de reconstruirlo con elementos lógicos. ¿Qué pasó, cómo fué, qué móviles lo determinaron? Me había propuesto expeler y dispersar estos pensamientos; pero no es fácil. Se apoderan de mi mente con despótico empuje, y tal es su fuerza plasmadora, que no dudo puedan convertirse en imágenes perceptibles á poco que yo lo estimulara. (Agitado.) Debo recogerme y procurar el reposo. (Cierra la ventana y se retira. Discurre por varias habitaciones de la casa, las unas obscuras, alumbradas las otras. Largo intermedio, al fin del cual vuelve á encontrarse Orozco, por efecto de una traslación inconsciente, en la ventana que da al patio.) ¿Cómo es esto? ¿Todavía luz en la escalera? Y parece que entra alguien y sube. (Fijándose en las ventanas de enfrente.) Sí; una persona sube con paso lento, como fatigada. ¡Ya! Será Juan, que se retira después de haber cerrado el portal y apagado las luces. ¡Pero si el gas está encendido aún!... El tal sigue subiendo..., y es persona á quien creo conocer..., aunque no puedo asegurar quién sea. Juan se ha dormido, ¡qué posma!, y deja entrar á todo el que llega. (Llamando.) ¡Juan!... No me oye... Iré á ver qué intruso es este. (Se aparta de la ventana, atraviesa el despacho, luego el billar, y sale á la sala de tresillo.) ¿Pero qué es esto? ¿El salón también encendido? (Sorprendido de ver luces en todas las estancias.) Vamos que... Saldremos por aquí á la antesala y á la escalera, á ver quien... á estas horas... (Asómase á la puerta de la antesala, y retrocede después de una breve inspección.) Nadie, nadie. Era mi idea, queriendo convertirse en imagen. (Atraviesa el salón y la sala japonesa; pasa al gabinete próximo, que comunica con el tocador y la alcoba conyugal, y al entrar en ésta siente pasos detrás de sí; vuélvese y ve una imagen subjetiva, representación fidelísima de persona viviente. La imagen viste de frac. Semblante triste y afectuoso.)

Orozco, levantando el cortinón de la puerta que da á la alcoba.

¡Ah! ¿Eres tú? Acabáramos... Yo decía: «¿Pero quién sube á estas horas?» ¿Estaba Juan dormido cuando entraste?

La Imagen.

Sí; todos duermen á estas horas; tú también.

Orozco.

Yo no. ¿No me ves en pie?

La Imagen.

¡Qué has de estar en pie, hombre! Por cierto que tienes una postura molestísima. ¿Negarás que te duelen el brazo derecho y el cuello?

Orozco.

Sí que me duelen.

La Imagen.

Ponte de otra manera y respirarás más fácilmente. ¿Por qué no duermes tranquilo? ¡Pobre cerebro, atormentado noche y día por las fórmulas algebraicas de la conciencia universal! Si no te calentaras los cascos dormido y despierto, no vendría yo á molestarte.

Orozco.

No me molestas. Pasa aquí. (Entran en la alcoba.)

La Imagen.

Se me ocurrió venir porque pensabas en mí más de lo que yo merezco, reproduciendo en tu mente mi persona y mis actos con una fuerza tal que hacías vibrar mis inertes huesos. En medio de tus extraordinarias perfecciones, tuviste flaquezas impropias de un hombre de tu altura moral; reconstruiste, al par de la terrible escena de mi muerte, las escenas amorosas que la precedieron.

Orozco, con tristeza.

Es verdad: ayer y hoy, á pesar de mis esfuerzos por encastillarme en un vivir superior, no he podido menos de ser á ratos tan hombre como cualquiera. Pensé mucho en ti y en ella. Y tú me dirás: «¿cómo has llegado á conocer la verdad de mi desastrosa muerte?» Te contestaré que he pasado rápidamente de la presunción á la certidumbre.

La Imagen.

¿Te lo ha dicho esa?

Orozco.

Anoche, calenturienta y trastornada, articuló delante de mí palabras ininteligibles. Pero no vendió su secreto. Esta noche, despierta y en posesión de su juicio, no ha tenido grandeza de alma para confesarme la verdad. La muy tonta se ha perdido mi perdón, que es bastante perder, y la probabilidad de regenerarse.

La Imagen, acercándose al lecho de Augusta y contemplándola dormida.

Duerme, como tú, intranquila, y también me trae á su lado.

Orozco.

¿Pero la ves á ella? Yo creí que me veías á mí solo, como hechura mía que eres. Y te equivocas al pensar que duermo. Ni siquiera estoy en el lecho: me veo en pie, como tú, vestido; aún no me he quitado el frac. Acércate acá. ¿Qué haces ahí mirando á mi mujer? ¿No la has visto bastante? Es una falta de atención que me dejes con la palabra en la boca habiendo venido á visitarme... Pero qué, ¿te vas? (Se pasa la mano por los ojos.)

La Imagen.

No; aquí me tienes. Te toco para que no dudes de mi presencia.

Orozco, cogiéndole una mano.

No he concluído de contarte cómo se determinó en mí el conocimiento de esa triste verdad. El rumor público acerca de la culpabilidad de Augusta fué principio y fundamento de mis presunciones. Oí todas las hablillas, y de su variedad y garrulería saqué la certidumbre de que esa desdichada te amó, y de que tú la amaste. Completaron mi conocimiento diversos accidentes: las visitas de Felipa, algo que advertí en la cara de ésta, la turbación de Augusta, la rozadura de su mano, y un no sé qué, un misterioso sentido testifical notado en la luz de sus ojos, en el eco de su voz y hasta en el calor de su aliento. Ahora, respecto á tu muerte, nada concreto sé. No puedo decir que poseo la verdad; pero tengo una idea, interpretación propiamente mía, hija de mi perspicacia y de mi estudio de la conciencia universal é individual. Esta interpretación atrevida no concuerda con ninguna de las versiones vulgares patrocinadas por los comentaristas del ruidoso y sangriento caso; es mía exclusivamente, y voy á comunicártela. (La imagen se sienta al borde del lecho en que yace Orozco, y se inclina sobre éste.) Pero no peses tanto sobre mí. Me sofocas, me oprimes, no me dejas respirar... Oye lo que pienso de tu muerte... ¡Ay!, por Dios, no te apoyes en mi pecho. La más grande montaña del mundo no pesa lo que tú... Pues mi opinión es que moriste por estímulos del honor y de la conciencia; te arrancaste la vida porque se te hizo imposible, colocada entre mi generosidad y mi deshonra. Has tenido flaquezas, has cometido faltas enormes; pero la estrella del bien resplandece en tu alma. Eres de los míos. Tu muerte es un signo de grandeza moral. Te admiro, y quiero que seas mi amigo en esta región de paz en que nos encontramos. Abracémonos. (Se abrazan.)