IX.
CÓMO CAE UN MAL GOBIERNO.
No intenta quien esto escribe, al cabo de largos años de vida, rica en desengaños y no pobre en arrepentimientos, pero en la cual no faltan casos, siquiera se engañe, en que se ratifica en sus antiguos juicios, y en que la fría prudencia de la vejez confirma los dados entre las pasiones de una juventud ardorosa, ensalzar aquí una forma de gobierno a costa de otros, aun cuando crea hoy mismo que hay en unos de ellos superiores calidades. Pero con toda forma de gobierno puede gobernarse bien, o, si no tanto, medianamente, y con la mejor en cuanto cabe serlo, si no en absoluto relativamente a otras, es no solo dable sino frecuente cometerse desaciertos enormes contra el provecho común, así como contra el derecho o interés de los particulares. Ahora, pues, el Gobierno establecido en España en mayo de 1814, sobre las ruinas del constitucional, era malo por varios títulos, más todavía que por ser absoluto y tener la pretensión, imposible de lograr, de renovar una época pasada, y, si no remota, separada de la que la seguía por el campo de una revolución llena de graves sucesos y de consecuencias no menos importantes de los mismos, por ser ejercido sin justicia y también sin tino, guiándole un espíritu de persecución odiosa, que era, no como otras, venganza de agravios, sino injusta paga de buenos servicios, faltando concierto en las cosas y dignidad en las personas, inclusa la más alta, y sobre todo esto siendo débil a la par que violento, y encerrando en sí las causas de una caída, a la larga, infalible. Que tal caída llegó, cosa es que consta, y aun quienes la lloraron y la reputaron no merecida por sus excesos, habrán de confesar que lo fue por su torpeza.
Los padecimientos de los constitucionales, en 1814 y 1815, en quienes eran de las mismas ideas causaron un apetito de venganza vituperable, pero natural, y, como era de presumir, ansioso de saciarse, fuesen cuales fuesen los medios.
Uno se presentaba de los peores, pero asimismo de los más eficaces, señaladamente en aquellos tiempos en que tenía el atractivo de la novedad y el valor de ser no muy usado ni muy conocido, cuando hoy, si no falto enteramente de fuerza, está muy enflaquecido por el uso y por la mayor facilidad que hay para descubrir sus manejos y contrarrestarle. Ya se entenderá que se va aquí ahora hablando de una sociedad secreta. De estas había una de antigua mala fama, condenada por la Iglesia, mirada con horror por la gente piadosa, y aun por la que no lo era mucho con sospecha, a la que era común atribuir en las grandes mudanzas del mundo moderno una parte que nunca tuvo, aun cuando alguna haya tenido; en España, harto novel entonces, y grata a los ojos de los innovadores, porque era uno de los blancos de la ira de los llamados serviles, y hoy subsistente en varios pueblos donde su existencia está declarada, pero convertida en inocente y un tanto simple juego de vanas ceremonias, y aun a veces en loable medio de ejercitar la virtud de la beneficencia. Había sido costumbre en los adversarios de la Constitución suponer a tal sociedad una fuerza que no tuvo en los días de la guerra de la Independencia, pues si bien es cierto que contó entonces con algunos prosélitos, fue con pocos, y estos no los de superior influencia en los sucesos de aquellos días. Los invasores franceses la habían establecido en España, y en ella se habían afiliado muchos de sus secuaces, como por hacer corte a sus señores, y también como para dar al mundo, y darse a sí propios, una prueba de que, despreciando preocupaciones añejas, al servir al dominador extranjero trabajaban por la regeneración de la patria. Esto mismo daba a la sociedad mal color, aun a los ojos de los más entendidos y más adictos a las reformas entre los sustentadores de la causa de la Independencia, de los cuales algunos, como por ejemplo Argüelles y sus amigos, no miraban ni podían mirar con favor cosa de que eran parciales y propagadores los servidores de José Bonaparte y del poder francés, nuestro odiado enemigo.
Pero vuelto al trono Fernando, restablecida la Inquisición, perseguidos insignes patriotas y amenazados otros, el fanatismo y la sed de venganza unieron con estrecho lazo a los adictos a la Constitución proscrita que aún gozaban de libertad. Los conatos de restablecer la ley caída en muchos no pasaban del decir a las obras. Pero si una conjuración duradera era, cuando no imposible, dificultosa, porque estaría de continuo expuesta a ser descubierta y deshecha con grave daño de los conjurados, una sociedad con sus ritos y ceremonias, con su orden y arreglo, en que hay mucho simbólico capaz de interpretaciones, que así puede ser nada como mucho, la cual, cuando es conjuración, se disfraza un tanto para que haya quienes sean hermanos sin el temor o escrúpulo de ser conspiradores, era cosa muy hacedera. La hubo, pues, en España, y comenzó a tener consistencia hacia 1816. Por una rara casualidad, siendo muy extendidas sus ramas, y alcanzando a todas las ciudades principales del reino, el tronco no vino a estar en la capital de la monarquía, sino en una ciudad de provincia, y esta no de entre las de primer orden, aunque por muchos títulos ilustre: en Granada. Gobernaba a la sazón aquella provincia como capitán general de ella el conde del Montijo.[53]
[53] No el último conde del Montijo, padre de la emperatriz de los franceses, caballero de altas prendas y muy pacífico, sino su hermano mayor, muerto sin hijos en 1834.
Este personaje había figurado mucho en las cosas de nuestra patria, acreditándose de ambicioso e inquieto, pues pasaba por cosa averiguada que en marzo de 1808, en Aranjuez, disfrazado de hombre de la plebe, y llamándose el tío Pedro, había capitaneado la sedición que derribó al príncipe de la Paz, y por consecuencia, aunque en verdad no de intento, movió a Carlos IV a hacer renuncia de la corona. En la guerra de la Independencia el mismo conde había representado algún papel, aunque no de los de más nota o lustre, siendo a veces soldado valiente en el campo y nunca general, y soliendo en las ciudades trazar o dirigir alborotos, cuyo objeto era apoderarse él del mando o dársele a algunos de sus amigos. Restablecido Fernando en el trono y presos y encausados los de superior renombre entre los diputados a Cortes, apareció con general admiración declarando contra ellos para contribuir a su condenación el conde del Montijo, acción tanto más extraña, cuanto que él, por su vida anterior y opiniones conocidas, más parecía de las opiniones de los constitucionales que de las contrarias, y por otra parte, cuanto que, ausente casi siempre del lugar en que celebraban sus sesiones las Cortes, poco podía saber de ellas sino por rumores vagos. Pero como no era en él costumbre ni perseverar en un sistema ni dejar que no hablase de él la voz pública, ello es que, llegando a Granada, estableció allí la sociedad secreta, que se difundió por toda la monarquía siendo él general cabeza del cuerpo conspirador, y teniendo igual carácter la parte de la sociedad de que era inmediato presidente. Que aspirase tal sociedad desde luego al restablecimiento de la Constitución, dudoso es, y aun puedo decirse falso; pero al cabo era una asociación prohibida por las leyes humanas, y aun por las divinas, y en España, en 1816, por fuerza había de ser una máquina de guerra, cuyo juego, si ya no cuyo objeto, sería conmover o derribar el trono, pues que combatía los cimientos en que el de 1814 estaba asentado. Se multiplicaron las sociedades; hubo una en Madrid, poco notable por la calidad de las personas que la formaban; gente ardorosa, pero de poco nombre o corto influjo. No podía faltar una en Cádiz, pueblo señalado por su adhesión a la Constitución caída y la consiguiente aversión al gobierno del rey Fernando. La hubo, pues, y me tocó (pues fuerza es hablar de mí) hacer un mediano papel en ella.
Había yo vuelto de Suecia, donde era secretario en la legación de España, en el otoño de 1814 con licencia para restablecer mi salud, tan quebrantada por algún tiempo, que por rara fortuna había escapado, como suele decirse, de las puertas de la muerte. En Gotemburgo había sabido los sucesos de mayo, la disolución de las Cortes, la prisión de los diputados de más importancia y de otros costitucionales. Llenome tal noticia de indignación, la cual subió de punto cuando a mi regreso a España, verificado muy en breve, pasando por Inglaterra, me vi en Londres con algunos de los que se habían salvado de la proscripción con la fuga, y entre ellos con Gallardo, a quien miraba yo con estimación superior a la de que era digno, si bien alguna merecía, no habiendo sido justos por lo excesivos, ni su anterior altísimo concepto ni el descrédito absoluto en que cayó en sus últimos años. Cuáles eran nuestros pensamientos y afectos de odio al Gobierno establecido en Madrid, bien puede presumirse, y a ellos correspondían nuestros propósitos de venganza. Prometí yo a los desterrados contribuir a su logro en cuanto pudiese; promesa hija de loca presunción, pero cuyo cumplimiento hubo de tener efecto por un concurso de singulares circunstancias. Pero llegado a Cádiz en octubre de 1814, no encontré ni el menor medio que pudiese dar esperanza de hacer cosa alguna contra el Gobierno, a la sazón pujante. Gobernaba entonces a Cádiz y también a Andalucía el conde de La Bisbal, y estaba extremándose en dar pruebas de adhesión al Gobierno restaurado, más ofensivas a los caídos y a los parciales de estos que conducentes al fin de dar a la autoridad verdadera fuerza. En una mañana apareció en la plaza de San Antonio un cañón como amenazando a una rebelión en que nadie soñaba, e invadida y convertida en cuerpo de guardia una casa-café allí situada, a cuyo dueño, al intimarle que entregase a los soldados aquel lugar destinado al recreo público y al provecho de su propietario, se le hizo entender que era aquello castigo, o modo de purgar la atmósfera de una pieza donde, en los días del reinado de la Constitución, habían los concurrentes hablado del Rey en términos descomedidos. A esto se seguía querer reconciliar el mismo general a muchos matrimonios desavenidos, y castigar a personas por irreverencias ligeras en los templos; cosa llevada más a mal porque al mismo tiempo vivía si no divorciado, separado de su mujer y entregado a escandalosos amoríos, a punto de haber llegado a las manos en la escalera de su casa, por disputarse el papel primero entre sus queridas, dos señoras, si dignas de esta calificación por su clase, no cierto por su conducta. Todo ello hacía odioso al Gobierno, pero aún no era tiempo de que el odio pudiese hacer más que maldecir en voz baja.
Enormes desgracias domésticas que cayeron sobre mí por aquellos días no me permitieron pensar en otra cosa que en mis aflicciones. La tentativa de Mina, cuya índole no llegó a ser conocida, aunque él haya impreso muchos años después que tenía por objeto restablecer la Constitución, y la de Porlier, claramente encaminada al fin que supuso después Mina haber sido el suyo, malogradas ambas, pasaron pronto sin dejar otra huella que dos ejemplos. Ni una ni otra fueron trazadas en las sociedades secretas.
Empezaba la de Cádiz a trabajar con alguna frecuencia en 1817. Pero sus trabajos se quedaban en vanas ceremonias, aunque muchos no nos dedicábamos a tales juegos sino con propósito y esperanza de que fuesen comienzos y medios de cosas muy graves, en tanto que otros con el juego se contentaban por lo que tenía de misterioso, y por parecerles un triunfo sobre las preocupaciones, sin que faltasen quienes, conociendo cuán natural era pasar a veras de aquellas como burlas, quisiesen diferir todo lo posible el tránsito, temerosos de agravar su peligro, como si el que corrían ya fuese corto.
De estas disposiciones se vio un ejemplo en 1817. Hizo el infeliz general Lacy una tentativa de proclamar la caída Constitución en Cataluña, llegando a dar principio a su empresa; pero vio muy en breve deshecha la escasa fuerza que le seguía, y, cayendo él prisionero para pasar en breve del encierro al suplicio, huyeron varios de sus secuaces hasta lograr ponerse en salvo. De estos fugitivos, el general Milans, con algunos pocos, llegó a Gibraltar, donde se detuvo pocos días. No era la gran sociedad secreta, ya entonces vigorosa por lo extendida, la que había tramado la conjuración de que fue fruto inmediato la fatal empresa de Lacy. Pero participaban los asociados de las ideas de los complicados en el alzamiento, y así fue que, no bien fue sabida la llegada de Milans y los suyos a Gibraltar en Algeciras, cuando de la sociedad residente en esta última población pasaron a la fortaleza inglesa comisionados a verlos y consolarlos, y en cuanto era posible a favorecerlos, siendo una de las muestras de afecto que les dieron iniciarlos y afiliarlos. De esto enviaron pronta noticia a Cádiz muy ufanos de su hecho los de Algeciras, solicitando aprobación con algo de aplauso, porque en la jerarquía de la sociedad era autoridad superior de la algecireña la gaditana. Presidía esta última a la sazón don Joaquín de Frías, oficial de la real Armada, que en días posteriores más de una vez llegó a ser ministro de Marina; hombre de mediano talento y un tanto de instrucción superficial, solemne en sus modos, campanudo en su lenguaje, que había sido encausado como constitucional en 1814 y condenado a una pena leve, y que después, como escamado, andaba cauto por demás en punto a contraer compromisos, aunque con inconsecuencia no extraordinaria en los hombres, no dejaba de persistir en algunos que bien podían serle fatales. Ello es que Frías desaprobó la conducta de los que por celo excesivo se habían propasado a patrocinar a los cómplices de una rebelión, si bien, ahuecando la voz, con frases peinadas, y como fingiendo llanto, lamentó la suerte de Lacy, a quien comparó con el asesinado maestro de obras de Salomón, personaje imaginario, cuya catástrofe sacó todavía más ayes y lágrimas aparentes de su elogiador que la verdadera y recién ocurrida del general su contemporáneo, que acababa de caer víctima de su arrojo imprudente. Pero a varios de los presididos sonó pésimamente lo dicho por el ocupante de la silla presidencial, y al revés, pareció la conducta de los hermanos de Algeciras loable en alto grado, y como propia de los fines para el logro de los cuales existía la sociedad secreta en España y en aquel tiempo. Nada formal hubo con todo de resolverse, ni había necesidad de resolución, porque los escapados de la catástrofe de Cataluña, salidos ya de Gibraltar, iban navegando para Buenos Aires, y el pensamiento de hacer lo que ellos habían hecho con infausta fortuna a nadie ocurría por entonces. Así es que el hecho que acabo aquí de referir sirvió solo de mostrar la índole y situación de las sociedades secretas en aquella hora, dispuestos a un levantamiento los más de quienes las componían, pero no todos, y unos y otros resueltos o resignados a remitir la satisfacción de su deseo a época más o menos distante, en la cual pudiere contarse con medios de que entonces se veían todavía completamente faltos.
Poco después un suceso, que pudo ser fecundo en tragedias, pero que tuvo cortas consecuencias, vino a causar fundados temores en todas las sociedades que eran ramas del tronco aún subsistente en Granada. La de Madrid fue descubierta, procediéndose a disponer la prisión de quienes la componían; pero casi todos huyeron, y solo cayó en poder de los tribunales don Juan Van Halen, coronel entonces, o teniente coronel, si no me es infiel la memoria. Era conocido Van Halen por su extremada travesura, acreditada en 1814 en una acción que estuvo a pique de costarle la vida, y que le mereció altos elogios de las Cortes y del Gobierno constitucional aún no caídos, sin que el rey restaurado declarase con su aprobación o desaprobación manifestadas en consideraciones o despego al individuo celebrado y agraciado haber tomado en gran cuenta sus servicios. Ello es que Van Halen, sin duda afiliado en las sociedades secretas, si no patrocinadas, toleradas por el Gobierno de José Bonaparte, al cual él servía, bullía en la Sociedad nueva o alterada que de la antigua tomaba rito y formas. Preso ya este personaje, y puesto en la cárcel de la Inquisición, a la cual tocaba juzgarle, no fue tratado, según parece, con rigor excesivo. De allí a poco se susurró que Van Halen había sido llevado ante el Rey mismo, a ruegos del mismo preso, o por mandado del monarca. Añadíase que súbdito y Rey habían tenido una larga conferencia, cuyos particulares eran referidos de muy diversos modos, corriendo versiones, sin duda injustas, en que se acusaba a Van Halen de haber hecho revelaciones, cuando menos, impropias; y sosteniendo otros que había tratado de persuadir a Fernando a que capitanease la Sociedad que le inspiraba odio y miedo, hasta convertirla, de enemiga que le era, en su firme apoyo. La verdad que de tan singular conferencia (si es que la hubo) no resultó cosa alguna notable, ni creció o se extendió la persecución, ni en el trato dado al encarcelado hubo agravación en la dureza, o clase mayor o menor de alivio. Lo que añadió singularidad a estos sucesos fue que muy en breve se escapó de su encierro el cautivo, y de allí a poco, de España, ejecutando su intento con facilidad tal, que bien aclaraba cuán distante estaba la Inquisición de 1817 de ser la de los días de los reyes austríacos. Así es que no faltó quien supiese haber sido la fuga de Van Halen protegida por poder muy superior; pero falta fundamento para tal sospecha, siendo cierto que, al salir, el preso fue favorecido por personas, aunque amigas suyas, enemigas del Gobierno y de la corte existentes.
No dejó de tener consecuencias el descubrimiento de la rama de la Sociedad que residía y trabajaba en Madrid. En largo tiempo no llegó a juntarse, fugitivos unos de los principales socios, y otros siempre recelando, y por lo mismo no dando nuevos motivos que los sujetasen a persecución. Así es que en 1818 estaba como rota la red que un año antes envolvía la mayor parte de España. En la misma Granada había desaparecido la autoridad superior de un cuerpo tan temible. El conde del Montijo ya no mandaba allí, y, o cansado del oficio de conspirador, no obstante tenerle suma afición, o temeroso, vivía sin ser molestado; pero había cesado de ser objeto de consideración, así como para el temor, para la esperanza.
Mas cuando iba a empezar 1819, las materias que encerraba la atmósfera política, como neutralizadas por algún tiempo, fueron agregándose hacia Cádiz para formar allí, apiñadas y en buena situación de hacer efecto, negrísima nube preñada de recia tormenta. Se había reunido en la Andalucía baja, y estaba destinado a pasar a América a intentar la reconquista de aquellas perdidas posesiones de la corona de España, un ejército que por la cortedad de su fuerza apenas merecía el nombre de tal, pero que, atendido cuál era el estado de nuestra nación entonces, no dejaba de ser considerable. Al frente de él había sido puesto el conde de La Bisbal, cuya condición mudable y ambición inquieta, si no eran ya cosa conocida, daban motivo fundado a recelos en quien depositase en él su confianza para empresas importantes. A los soldados, y aun a los oficiales poco instruidos, repugnaba atravesar el mar para ir a aportar a tierra ingrata y enemiga, donde repetidos ejemplos acreditaban que había que recoger escasa gloria y aun más corto provecho, y que temer todo linaje de calamidades. Ya, al salir de Cádiz, en 1815, la expedición mandada por el general Morillo, había habido temores de un levantamiento de los soldados; pero entonces la idea de un movimiento favorable a lo llamado libertad reinaba en pocos, y además, el general era dueño de la confianza del Gobierno, y la merecía. Otras eran las circunstancias al expirar 1818, así en punto al espíritu de las tropas como tocante a la calidad de la persona que las mandaba.
Al saberse en Cádiz que venía a ser gobernador militar y político de la ciudad, así como capitán general de Andalucía, juntamente con ser jefe del ejército destinado a América, el conde de La Bisbal, fueron grandes el descontento y el miedo. Se recordaban las gentes los cañones puestos en la plaza de San Antonio; varias tropelías cometidas contra las personas; en suma, actos de tiranía desconcertada, y por lo mismo temible en mayor grado, pues no es fácil precaverse de sus rigores. Pero el conde, no bien llegó a la ciudad donde había dejado nada buena fama, cuando se mostró tan trocado de lo que había allí sido, que en cortesía y benignidad, si no excedía, igualaba a los más queridos entre sus predecesores. Corría la voz de que tanta mudanza en los modos encerraba otra igual en las ideas sobre cosas de superior cuantía. En una palabra, el conde de La Bisbal pasaba por convertido a la doctrina constitucional, y tanto que, a manera de otro Saulo, era ya un Pablo resuelto a propagar la fe nueva que había abrazado por los medios más eficaces que los de la predicación que en su mano tenía.
Mucho encerraban de cierto estos rumores, según vinieron a probar los sucesos, si bien probaron asimismo que tan poco podrían contar con su nuevo campeón los constitucionales, como el Gobierno que acababa de poner en él su confianza.
En aquellos días yo acababa de ser nombrado secretario de la legación de España en Río de Janeiro, donde residía el rey que lo era así del Brasil como de Portugal. En 1818 me había trasladado de Cádiz a Madrid y sido relevado del cargo de secretario de la legación de S. M. en Suecia, cargo que había conservado como titular, y gozando de licencia por cerca de cuatro años después de haber salido de aquella corte remota. Mi tenaz propósito por tan largo plazo había sido no servir al Gobierno, que odiaba; mis conatos encaminados a derribarle. Pero pasaba el tiempo, y no veía señal que me diese la menor esperanza de alcanzar lo mirado por mí como un bien y ardientemente apetecido. En Madrid no encontré Sociedad formada. Así es que hube de resignarme a salir de España continuando el servicio en mi carrera. Fui, pues, nombrado para el cargo en el Brasil que poco antes he dicho, y en enero de 1819 me puse en camino para Cádiz, resuelto a embarcarme allí para el lejano país a que me llevaba la suerte.
Pero cuando llegué a Andalucía en los días últimos de enero hallé tan mudadas las cosas, que lo antes desesperación y desmayo pasó a ser fundada cuanto lisonjera esperanza, que trajo consigo renovados bríos para trabajar en lo que en mis circunstancias era criminal empresa.
No sé lo que son las sociedades secretas desde 1823 hasta el día presente. Que de ellas ha habido muchas, es constante; que aún hay algunas, es probable; pero que no son ni han sido desde mucho acá lo que eran desde 1816 hasta 1820, me parece fuera de duda. Son ya muy conocidas; están muy gastadas por el uso; reinan sobre ellas muchas menos ilusiones. Puede ser que como todo viejo estime yo las cosas de mis mocedades en grado superior al de su merecimiento, y tase las de ahora en valor inferior al suyo real y verdadero; pero hay una razón que me persuade de que no me engaño. Las Sociedades de aquel tiempo tenían en la vida política, el ardor y lozanía de la juventud, y la pureza de la virginidad; las de hoy adolecen de la frialdad y astucia de la vejez, y a fuerza de dar fruto están, si no corrompidas, estropeadas.
Los hermanos de 1819 teníamos bastante de fraternal en nuestro modo de considerarnos y tratarnos. El común peligro, así como el común empeño en una tarea que veíamos trabajosa y divisamos en nuestra ilusión como gloriosísima una vez llevada a feliz remate, nos unía con estrechos lazos, que, por otro lado, eran sobremanera agradables, porque contribuían en mucho al buen pasar de la vida. Así es, que al poner el pie en Sevilla, donde yo había parado poco tiempo, me encontré rodeado de numerosos amigos íntimos, a los más de los cuales solo había hablado una o dos veces en época anterior, cuando a otros veía entonces por la vez primera. Al momento fui informado de que en Cádiz estaba todo preparado para un levantamiento en que el general puesto al frente de sus tropas, había de pedir al Rey, en términos que harían de lo llamado súplica precepto, si no el restablecimiento de la Constitución de 1812, poco menos; esto es, la sustitución del sistema de gobierno de las monarquías moderadas al entonces vigente, calificado por su propio consentimiento de absoluto. De todo esto, gran parte era verdad; pero había bastante ponderación, porque el conde de La Bisbal sabía la conjuración, la toleraba y hasta la fomentaba; pero se detenía, daba largas, y retrocedía; incierto siempre, pues que hasta al dar el golpe contra los conjurados le dio de tal manera que los dejó con fuerzas bastantes para convertir en triunfo lo que había sido derrota.
Los pocos días que me detuve en Sevilla (y pasé allí tres o cuatro sin motivo para tal detención), fueron para mí muy lisonjeros. Se hablaba de nuestra empresa con poco, si bien con algún recato. Que así hiciesen entre sí los hermanos, todos ellos conspiradores, natural era, pero a muchos de los profanos encubrían mal o poco el proyecto que los tenía ocupados. Solía estar en trato frecuente con nosotros un sujeto no de la Sociedad, y por consiguiente no de la conjuración; hombre singularísimo en persona y modos; de estatura muy elevada, si no gordo, rehecho, con la cabeza pobladísima de pelo un tanto mal peinado, o a lo menos no peinado al uso, con el vestido mal cortado, dado a familiarizarse con gente a quien conocía poco, hablador, y que parecía, como lo era, bien intencionado, franco, servicial, y en el trato agradable en grado no corto. Este hombre, con quien fue mi suerte trabajar unido muchos años, que tuvo en el alzamiento de enero de 1820 una de las partes principales, que después ha hecho gran papel en la historia de nuestra patria, y del cual por no breve tiempo he sido amigo político, y por más largo periodo contrario, viniendo en sus últimos días a renovar nuestra amistad privada, y siendo de los que más han llorado su muerte, era don Juan Álvarez y Mendizábal. Siendo de pocos conocido entonces, era socio y principal agente de la casa de comercio de Bertrán de Lis, y tenía a su cargo las provisiones del ejército llamado expedicionario. La familia de Bertrán de Lis acababa de perder uno de los hijos, del que era su cabeza, muerto arcabuceado por orden de Elío, a quien sin razón echábamos en cara como un asesinato lo que solo fue un acto de rigor cruel, ejecutado con la ferocidad propia del carácter de aquel general, de mala condición y durísimas entrañas. Un hermano de la víctima era de los más ardientes de la sociedad secreta y de la conjuración; pero a Mendizábal no se había dado entrada en la primera, ni parte en la segunda, no sospechándose en él las calidades que después descubrió, y las cuales llegaron a dar tanta importancia a su persona. Estando él en continuo roce con los conjurados, poco reservados en aquellos días, algo sabía de sus proyectos y más trataba de averiguar, deseoso de bullir y señalarse en los sucesos que se preparaban. Como yo le viese entre mis amigos o hermanos, estos me avisaron que no le contábamos en nuestro gremio, si bien nada recelaban de él, mirándole como seguro, pero de poca cuenta. Mas, con sorpresa mía, esta misma persona, que conmigo tenía tan poco trato, me llamó a parte y me dijo que, pues tratábamos de hacer una revolución, debíamos proponernos llamar otra vez al trono al anciano Carlos IV. Tal desvarío había ya ocurrido a mejores cabezas, y aun habían dado pasos para ello algunos constitucionales de los a la sazón desterrados, pero con tan mala fortuna cuanto escaso acierto. Esto aparte, fuese o no descabellada la idea, hacerme tal proposición, a mí, empleado del Gobierno y recién llegado a la corte, un hombre que apenas me conocía, da a entender a la par el estado de los ánimos en aquellos momentos y la singularidad del carácter de Mendizábal. Como debía suponerse, respondí yo a este haciendo de su propuesta objeto medio de burlas, medio de veras, no ofendiéndole ni dándome por ofendido, no haciendo protestas hipócritas de adhesión al Gobierno, pero tratando de vanos proyectos o ilusiones los pensamientos de contribuir a una revolución que se figuraba él que yo abrigaba. No pasó de aquí por entonces tan curioso incidente: en menos de un año, Mendizábal y yo, de acuerdo, fuimos los dos los principales entre muchos que lograron el restablecimiento de la Constitución de 1812, dando así principio a la serie de revoluciones y contrarrevoluciones que han venido a hacer una España nueva tan desemejante a la antigua.
Llegado yo a Cádiz al comenzar febrero, me encontré en una escena animada. La conjuración estaba adelantada, patrocinándola el conde de La Bisbal; pero por medios rodeados, como era indispensable en su situación, si bien usando de más artificio que lo que esta exigía. Al pueblo de Cádiz trataba de hacerse grato hasta en frioleras. Como de resultas de la muerte de la reina María Isabel de Braganza, segunda esposa del rey Fernando, estuviesen cerrados los teatros, dispuso que en los cafés se jugase a la lotería a precios bajos, proporcionando así a los ociosos un entretenimiento no perjudicial, aunque no loable. Consintió las máscaras en Carnaval, no en público ni de día en las calles, pero sí en casas particulares con más franqueza que antes era uso. A esto agregó cosas de mayor importancia y transcendencia. De los conjurados que fueron sorprendidos en Valencia trazando un levantamiento, y que, cayendo en poder de Elío, fueron todos al suplicio sin demora, uno había logrado escaparse y venídose a Cádiz, donde residía, sabiéndolo el general gobernador, que le daba amparo a pesar de que recibía repetidas órdenes de buscarle y prenderle. En tanto, las juntas de la sociedad secreta menudeaban, no tan de oculto que su existencia no fuese sabida de muchos que de ellas no eran parte. De tal estado de cosas fuerza era que tuviese noticia el gobierno de Madrid, que nada hacía, o ya temiese al general viéndole cabeza y dueño de un ejército al cual no podía oponer otro España, o ya fiase en promesas de contener la rebelión en la hora en que llegase a serlo; prueba todo ello de flaqueza junto con perfidia. Cinco meses hubo de durar tal situación, plazo ciertamente largo para negocio de naturaleza tan peligrosa y apremiante.
Como era natural, los conjurados se impacientaban. ¿Qué aguardaba el general? Era la voz común ya con algo de queja. A esta, que tenía un tanto de acusación, hija de la sospecha, respondía el conde que aún no estaba el ejército bastante trabajado; frase esta del día, que significaba no estar todavía todo lo extendido que era necesario entre la oficialidad la filiación a la sociedad secreta. Se tropezaba en estas comunicaciones con un inconveniente irremediable, el cual consistía en que el conde no podía tratar con los conjurados sino por el conducto de una o dos personas, y las destinadas al intento eran, si no de las menos celosas, de las menos impacientes, llenas de confianza superior a la debida en la sinceridad del hombre de quien dependía en aquel momento la suerte de la conjuración y la de la patria. Y aquí viene bien explicar en pocas frases cuál era la planta y arreglo de la sociedad conspiradora en el momento de que voy aquí hablando.
La sociedad, cuyo nombre callo solo por razones de decencia, pues harto sabido es, no era, como ya he dicho, en España en 1819 lo que ahora es, o lo que en tiempo alguno había sido en otros pueblos. Así, conservando su rito, había buscado la fuerza en un orden propio para dar a la conjuración efecto. Había una sociedad de la clase común o inferior en Cádiz, componiéndola militares y paisanos. Formose además una sociedad en cada regimiento. Pero sobre estas existía una autoridad ejercida por una junta con el nombre de Capítulo, que celebraba sus sesiones sin aparato ni fórmula en la casa de don Francisco Javier de Istúriz. Allí asistían personas acaudaladas de Cádiz, de las que son a manera de la aristocracia de aquella ciudad, las más de ellas de edad madura, graves, sesudas, si fanáticas en alto grado, de un fanatismo por lo común no acompañado de arrojo, un tanto despreciadoras de la gente inferior, que era toda cuanta no entraba en su gremio. De esta reunión salían y eran parte quienes se entendían con el conde.
Pero se creyó necesario introducir entre el puro simbolismo a que estaban reducidas las sociedades inferiores, el cual no impedía ver claro el fin a que se caminaba, y las maquinaciones políticas de la alta junta, poco trabajadora por su índole, un cuerpo donde estuviesen juntos los más arrojados y diligentes de los conspiradores; cuerpo al cual tocaba, sin descartar de él algo de la parte simbólica, formar los planes del levantamiento proyectado y hasta extender proclamas, como si estuviese cercano el momento en que estas habían de ser de uso. De reunión tal me tocó ser parte, siendo ella más adaptada a mi condición, a mis años y a mis hábitos de vida alegre, que la grave autoridad que se congregaba en casa de Istúriz, con quien tenía yo algún trato, pero todavía no amistad estrecha y tierna como la que después por dilatados años nos ha ligado, y hoy en una vejez avanzada nos liga. No me acuerdo de quiénes y cuántos éramos los de la junta intermedia, y básteme decir que don Evaristo San Miguel y yo éramos los que en ella más trabajábamos, sin decir por esto que en su interior hiciésemos el primer papel o tuviésemos superior influencia. Esta junta espoleaba a la superior sin necesidad de ser aguijada por las inferiores; porque en ella estaba lo más ardoroso de los conjurados. Asimismo los que la componíamos no dejábamos de asistir a nuestras respectivas sociedades de última clase, donde bullíamos y dirigíamos, ya incitando, ya refrenando, muy atendidos y aun respetados por suponérsenos dueños de secretos que al oído de otros llegaban algo confusos.
Era a principios de junio, e iba haciéndose imposible demorar mucho el golpe tan de antemano resuelto y preparado. Sonaba que el ejército iba a embarcarse, En esto fue nombrado para mandar la caballería de la expedición el general don Pedro Sarsfield, de gran crédito en nuestro ejército por sus campañas en Cataluña, durante la guerra de la Independencia, y persona con quien era forzoso contar para tratarla, o como a eficacísimo cooperador o como a terrible contrario. Unían al general O’Donnell, conde de La Bisbal, con Sarsfield, antiguas relaciones; el común origen irlandés, haber militado juntos, mucha semejanza de hábitos, si no identidad completa. De las opiniones políticas de Sarsfield nada se sabía, siendo probable que hubiese pensado poco hasta entonces en tales materias, ciñéndose a vivir y pensar como mero soldado, y así es que en las mudanzas de gobierno ocurridas o intentadas en España, no había sido pronunciado su nombre. Sabíase que había sido muy amigo de Lacy, y se suponía que lamentaba su suerte y veneraba su memoria; mera suposición no apoyada en hecho alguno evidente. Era hombre seco por demás, casi hipocondríaco, entregado, según decían, a la bebida y aun al uso del opio. Todo ello le daba para el caso de la conjuración existente el carácter de un enigma que era indispensable adivinar, valiéndose para ello del método indagatorio directo o indirecto, no siendo conveniente esperar a que los sucesos le descifrasen. El conde de La Bisbal dijo a los conjurados que con él se entendían que era indispensable ganar a Sarsfield porque le valía lo que una división para la propuesta empresa. Debía ocurrir a los que recibieron tal encargo, que nadie era más a propósito que el conde mismo para ganar al general, su segundo, y asimismo su compañero y amigo en tiempos pasados. Pero alegaba O’Donnell que no podía él hacer tal averiguación sin exponer su persona, y con ella el grande hecho proyectado, si Sarsfield se mostraba adverso a la idea de una rebelión contra el Gobierno. Satisfizo a casi todos esta razón, aunque no buena, porque, fuese quien fuese el destinado a tantear a Sarsfield, por fuerza había de darle a entender, cuando no de descubrirle, que el general del ejército tenía parte muy principal en la trama. No era, sin embargo, posible desatender un encargo hecho por el conde de La Bisbal, dueño a la par de la fuerza militar y del secreto de la conjuración, por lo cual podía fácilmente valerse de la primera para acabar con la segunda. Hubo, por tanto, la autoridad superior que se congregaba en casa de Istúriz de nombrar una comisión que se entendiese con Sarsfield. De aquí tuvo origen el malogramiento de una empresa que tanto prometía, pero malogramiento tan incompleto, que, acometida después con inferiorísima fuerza, salió favorable a quienes la llevaron adelante, hasta darle feliz término contra toda racional esperanza, y gracias a la sin igual torpeza de un Gobierno que, titulándose absoluto, no sabía ejercer la autoridad de uno u otro modo entre los muchos que se presentan a quienes son cabezas del cuerpo de un Estado.
II.
Resuelto ya a entrar en tratos con el general Sarsfield, y nombrada para ello una comisión, pasó esta a la ciudad de Jerez de la Frontera, donde residía el general de la caballería, por tener allí lo principal de la fuerza de su arma. Componían la comisión tres personas; dos de ellas escogidas con acierto, pero no así la tercera. Eran las primeras las de dos oficiales de artillería, uno de ellos, amigo que había sido del general, don José Grasses, a quien ha visto gran parte de quienes hoy viven gobernador de Madrid, militar arrojado y no falto de instrucción, de natural talento y singular viveza, un tanto ligero, calidad que, viéndose en él demasiado, lo hacía a veces parecer inferior a su natural valor, de muy nobles pensamientos y finísimos modales que le acreditaban de caballero cumplido, y el otro don Bartolomé Gutiérrez de Acuña, de buenas dotes naturales, de corto saber y caballero en sus modos como lo era por su cuna, pero persona a quien hubo de tasarse por algún tiempo en valor mucho más alto que el de sus merecimientos, dándole la autoridad de un sabio en los varios sentidos de esta palabra, exageración que al cabo hubo de rebajarle en algo, cuando fue forzoso moderar la alta tasación primera, la cual daba al así celebrado, con una idea grandísima de sí mismo, un tanto de entono, a pesar de lo cual era imposible negarle buenas calidades. No sé por qué razón fue agregado a estos dos oficiales en la peliaguda comisión para que con ellos fuese un paisano a representar la parte civil de los conjurados, quitando así al proyecto el carácter de pura sedición militar, una de las criaturas más estrafalarias que han representado un papel notable en los sucesos de nuestras revoluciones, don José Moreno de Guerra. Era este un caballero de un lugar no de los principales de la provincia de Córdoba, y aunque de ideas muy revolucionarias, blasonaba no poco de su alcurnia, siendo en esto lo peor que lo hacía con no mucha razón, si bien no con falta absoluta de ella, pues decían que su nobleza era, aunque verdadera en el sentido legal, de pocos quilates y fecha no muy antigua. Tenía algún ingenio, desordenado, y en cuyos irregulares desahogos asomaba el mérito de la novedad en sus aciertos y en sus desaciertos: había leído algo,[54] sin método, por lo cual descubría no poca confusión en sus ideas; era atrevidísimo y carecía absolutamente de valor, por donde no sustentaba bien los excesos de su lengua; se consumía en deseos de hacerse notable, y a todo esto como que daba realce para llamar a él más la atención su alta estatura acompañada, si ya no de gordura de poco menos, su vestido mal hecho y desaliñado, sus modales por lo común toscos, su acento andaluz con la pronunciación de la gente del pueblo de su tierra, y la incoherencia de sus discursos en que mezclaba toda especie de cosas, de las cuales muchas no venían a cuento para las materias sobre que hablaba.[55]
[54] Moreno Guerra había leído a Maquiavelo, y, como el famoso florentino goza de mala fama entre la gente piadosa, así como entre mucha que no lo es, miraba como gran mérito el conocer las obras del autor del tratado El Príncipe, y le ensalzaba y citaba tanto que por ello era ridiculizado por quienes de cerca le trataban. En verdad, aprendió algo de las arterías recomendadas por tan insigne autor, pues en su carrera se mostró poco escrupuloso en cuanto al uso de medios para llegar a fines que, si alguna vez eran buenos, solían ser muy otra cosa.
[55] En un folleto muy gracioso y celebrado, cuyo título era Semblanzas de los diputados a Cortes de 1820 y 21, está bien retratado, como todos, y aun mejor que varios más, Moreno Guerra, y se hace alusión a lo incoherente de sus discursos, diciéndose de él que en las Cortes había contado que vio la fragata Perla, etc.
Estos tres comisionados se presentaron al general, según es de creer tomando por pretexto que iban a visitarle. Llegados a su presencia, le declararon el objeto de su visita, la existencia de la conjuración, el propósito de la misma y los medios con que contaba, oyéndolo Sarsfield, atento, impasible, como provocando con su silencio a que se le explicase todo muy por menor y puntualmente. Pero, no bien se hubo enterado de todo cuanto de él se esperaba, cuando, levantándose con tono y gesto amenazadores, dijo a los conjurados que le mirasen como a un enemigo resuelto a oponerse a su proyecto con todas sus fuerzas hasta desbaratarle y aniquilarlos a ellos, aunque puso por correctivo a sus amenazas que, como hombre de honor, no descubriría lo que fiándose en su honor acababa de serle confiado. Quedáronse atónitos y suspensos, pero no aterrados, Gutiérrez Acuña y Grasses, y temblando de pies a cabeza el casi agigantado Moreno Guerra. Pero Sarsfield, viendo la turbación de aquellos hombres, y pensándolo mejor (o bien podría decirse peor), si no es la honradez palabra vana, detuvo a los que iban a retirarse, y les dijo que la respuesta recién salida de sus labios no expresaba su modo de pensar ni su intención, pues la había dado solo para poner a prueba el temple de los conjurados, con quienes si aceptaba lo por ellos propuesto, como iba a aceptarlo, había de asociarse. No satisfizo ni podía satisfacer el nuevo aserto, pero el mal estaba hecho, el remedio era difícil, y, como durante algunos días se manifestase Sarsfield en palabras hasta celoso en la prosecución de la empresa, llegó a contarse con él, siguiéndose la propensión del hombre a acomodar su fe a su deseo.
En la Junta principal causó sumo disgusto lo ocurrido en Jerez, y aun hubo (pero fue uno solo, reprobándolo todos) quien propusiese un medio atrozmente criminal para libertarse del peligro con que Sarsfield amenazaba.[56] Pero como el daño no aparecía, continuaba la conjuración, la cual se hacía ya necesario que de proyecto pasase a ser hecho dentro de corto plazo.
[56] La persona cuya mala acción o cuyo delito intentado, de tal modo y clase que es ya altamente criminal solo el intento, pues hasta tuvo preparado el veneno que quería se diese a Sarsfield, por fortuna no era la de un español, sin que por esto pretenda yo tiznar la buena fama de sus compatricios al referir su malvado proyecto. Era, en verdad, mal sujeto, aunque hombre de bastante talento y de alguna instrucción, bien que la suya fuese superficial y de no la mejor clase. También, como Moreno Guerra, había leído a Maquiavelo, y le tenía en mucho, porque era cosa singular que el famoso florentino gozase de alta reputación entre los liberales conjurados de 1819, no solo como portentoso ingenio, lo cual es justo, sino como maestro de sanas doctrinas. Verdad es que hay liberales italianos de la misma opinión, pero a esto mueve y domina el patriotismo, olvidando al maestro de la tiranía y torcida política en su admiración al escritor ingenioso, agudo y profundo, y en su conducta no mal patricio, cuando en los no italianos es de admirar que consideren doctor y apóstol de la iglesia liberal al admirador y ensalzador de César Borja y de Castruccio Castracani. Volviendo al objeto de esta nota, diré de él que, nacido de dignísimo padre español, abrazó la causa de los americanos que alzaron bandera contra España, pasó a servirlos, y (lo que es en él de vituperar) sustentó su causa, según voz común, con espíritu de feroz odio a todo cuanto era español, acreditado en hechos de crueldad y perfidia. Esto no obstó a que después viniese a España, donde residía ya en 1816, hasta siendo oficial en nuestro ejército, si bien no en servicio activo. Tuvo parte en los trabajos de la sociedad secreta y en la conjuración de 1819, pero no pasó a la ciudad de San Fernando cuando allí tremolaba el pendón constitucional en enero, febrero y marzo de 1820. Proclamada en toda España y aceptada por el rey la Constitución, logró este mismo individuo tener asiento en las Cortes de 1820 y 1821 como representante (creo que suplente) por una provincia de América. No hizo papel lucido en aquel Congreso, donde votó con la oposición, siendo del partido que entonces llevaba el título de exaltado. En sus conversaciones solía hablar de aquellas Cortes en términos de vituperio y aun de desprecio absoluto. Concluida la legislatura ordinaria de aquel Congreso en julio de 1821, se fue a Cádiz, donde se entregó a tales maquinaciones que hubo de huir de España por no ser preso al terminar aquel año. Después poco se ha hablado de él. No quiero decir su nombre, hoy de casi todos ignorado.
Al intento, la Junta intermedia convocó a diputados de todas las inferiores, o dígase de las de los regimientos, a una reunión solemne. Celebrose esta de noche, y con un tanto de misterio y reserva, pues si no amenazaba grave peligro, no consentía el decoro ni quería el general que se dejase de proceder con cierto recato, si bien más aparente que verdadero. En una pieza de no grandes dimensiones, medianamente alumbrada, con un calor propio del mes de junio en climas muy ardientes, nos congregamos en número bastante crecido. En el ritual y planta de la sociedad hay un individuo, cuyo cargo tiene el título de Orador, aunque no lo es, pues su oficio se reduce a leer breves escritos. Desempeñaba yo este oficio como por vía de preludio de ser orador más de una vez y en varios lugares, con crédito, y también con descrédito de mi pobre persona, y ciertamente, mirando a mi interés, más en mi daño que en mi provecho, viniéndose a añadir a mi nombre, como profesión, la oratoria, que en los demás es solo un apéndice de otras ocupaciones y obligaciones.
Era entonces, como confieso, ardiente mi fanatismo; mi edad, aunque ya no la de la verdadera juventud, una en que todavía ejercen grandísimo poder en el hombre las pasiones; mi natural, más que lo común apasionado, y el lugar, la calidad de la reunión, el corto peligro presente, el no leve futuro, todo contribuía a exaltarme y dar casi frenética viveza a mis palabras y a mi acento y modos. Rasgué, pues, el velo harto transparente de símbolos inútiles, convidé al levantamiento, ponderé la tiranía bajo que gemíamos, presenté la imagen de la libertad coronada con la aureola de glorias cuyo lustre había de rodear a sus restauradores, y, al fin, cogiendo una espada desnuda que en nuestro rito debía estar y estaba siempre sobre la mesa: «Jurad», dije con voz fuerte y trémula de emoción, «jurad llevar a cabo esta empresa, y juradlo sobre esta espada, símbolo del honor, que no en balde en este lugar se os pone a la vista». Un grito unánime, que casi era un alarido, respondió a mis palabras y a mi acción y gesto, arrojándose casi todos los concurrentes a la espada, y profiriendo el juramento con tono, rostro y ademanes de loco entusiasmo, no inferior al mío. ¡Escena tremenda, preñada de males futuros, recordada aquí y ahora no para recomendarla al aplauso, y todavía menos a la imitación, sino como retrato de los tiempos y con la mira a que sirva, entre otras, de lección a gobiernos y pueblos; a los primeros para evitar, en cuanto sea posible, con una conducta juiciosa, acertada y firme, que se repitan; a los segundos para que, difundida en ellos la ilustración, no dejen que las pasiones ahoguen y usurpen la voz y autoridad del juicio!
De esta escena hubo de tener noticia el conde de La Bisbal, y hubo de conocer que ya le era forzoso acabar con la conjuración, si ya no es que, llevando a ejecución el proyecto de los conjurados, quería darle favorable remate.
Empezó, pues, a obrar, y contra los conjurados. Su primer disposición fue mudar la guarnición de Cádiz; disposición importante, porque en la ciudad debía darse el grito de rebelión al amparo de sus murallas, y entre su población, toda ella con rarísimas excepciones, constitucional ardorosa, y en la guarnición que iba a salir estaba la mayor parte de la oficialidad ganada a la causa del alzamiento propuesto, y, al revés, en los cuerpos que venían a relevarla había menos que en otros del mismo ejército oficiales comprometidos en la empresa cuyo éxito estaba pendiente.
Si esto disgustó de cierto, otro suceso causó mayor recelo, aunque para algunos fue motivo de esperanza. De súbito vino Sarsfield de Jerez a Cádiz, y encerrándose con el conde, tuvieron ambos una larguísima conferencia sin testigos. En que trataban de combinar sus operaciones, no cabía duda: si era para llevar a efecto la revolución o para impedirla, venía a ser también dudoso; pero, bien mirado, con arreglo a fuertes indicios, lo segundo era lo probable.
Vuelto Sarsfield a Jerez, entró en comunicaciones amistosas y muy frecuentes con Gutiérrez Acuña, que allí residía. Se mostraba ya tan dado a la causa de la revolución, que vituperaba la tibieza e irresolución de su amigo el conde de La Bisbal, aunque sin poner en duda lo sincero de su fe, porque decía: «A Enrique le falta corazón». Como esto era dicho para engañar, mal puede afirmarse que hubiese veracidad al hacer semejante cargo.
Así estaban las cosas al anochecer del 6 de julio de 1819. Ya oscurecido, se habían cerrado las puertas de la ciudad de Cádiz, entonces, aunque en tiempo de paz, cerradas de noche con rigor, que para pocos casos tenía relajación, sobre todo en la Puerta de Tierra, solo abierta cuando lo era para dar paso al correo. De repente corre la voz de que la guarnición toda, menos la parte de ella que cubría las guardias, se había puesto en movimiento y aun salido por la Puerta de Tierra con el general a su frente, encaminándose al Puerto de Santa María, donde estaba acantonada la división del ejército que pocos días antes estaba guarneciendo la plaza. Con haber llegado la hora de la retreta, y no aparecer los tambores o músicas, como hacían siempre, en la plaza de San Antonio, desapareció toda duda sobre si era falso lo que corría respecto a estar en camino las tropas, sin duda para objeto importante, aunque ignorado. Empieza entonces a decirse que, antes de salir, el conde había llamado a una de las personas con quienes se entendía, y díchole que preparase todo para proclamar restablecida la Constitución de 1812 en la ciudad de Cádiz, mientras él lo hacía en el ejército, para lo cual iba a juntarle todo. Con este motivo comenzaron las enhorabuenas, y aun los vivas dados en voz baja como grato secreto que se confían las gentes unas a otras. Sin embargo, la autenticidad de la comunicación verbal hecha por el conde no constaba, y lo evidente era su salida misteriosa, y haberla dispuesto cuando, cerrada ya Cádiz, no podía ir de ella al Puerto la noticia de que marchaba allí el general con demasiado acompañamiento.
En mí como en otros despertó circunstancia tal fuertes sospechas. Pero nadie pensaba en dar aviso a nuestros amigos del Puerto, y menos que otros la Junta de casa de Istúriz, a la cual correspondía hacerlo, pero que ni congregada estaba. Lo que nadie hacía hube yo de hacerlo, obrando por mí, sin participación y aun sin consejo ajeno. Debía dar la vela en la próxima madrugada con destino a la Habana un buque-correo, cuyo mando tenía don Antonio Valera, primo mío muy querido y de nuestra grey conspiradora. Para él y la tripulación de sus botes se abría la puerta de la mar a todas las horas de la noche. Acudí, pues, a él, le pedí un bote para que fuese al Puerto con un aviso, y busqué también persona que le llevase, y cuya salida era fácil, no examinándose quiénes salían para ir en los botes. Me puso Valera por reparo la falta de tiempo, pues que de allí a pocas horas tenía que levar anclas y hacerse a la mar; pero yo le hice presente cuán fácil era a un bote con buenos remos ir en una hora al Puerto y en menos tiempo volverse a bordo del buque a que pertenecía. Accedió a mi ruego Valera, marchó el comisionado, llegó a su destino sin obstáculo ni demora, se avistó con los conjurados, y los informó de que venía sobre ellos el Conde con tropas, sin poderse decir si como amigo o contrario. De nada sirvió el aviso, pues, por causas que nunca han sido bien explicadas, y que no es ahora del caso averiguar, determinaron esperar pacíficos, cuando si hubiesen tenido intento de resistir, era muy probable que parase la resistencia en darles el triunfo, pues contaban en los que seguían al general con muchos parciales. Bien es cierto que al mismo tiempo iba a caer sobre ellos por la espalda Sarsfield al frente de la caballería, pero esto lo ignoraban.
Ahora será bien dar cuenta de lo que el mismo Sarsfield había hecho en Jerez. Allí seguía engañando a Gutiérrez Acuña y a Grasses, quizás aún más de lo necesario para su propósito. Cuando ya se preparaba a marchar contra los conjurados, en la noche, en sus primeras horas, y poco antes de la destinada a emprender su movimiento, yendo de paseo con los dos que llamaba amigos, tropezó con un rosario donde iban cantando el Ave María, y dijo en tono de burla: Cantad, cantad, que pronto no cantaréis, como considerando triunfo sobre prácticas religiosas el hecho político que suponía cercano. A esto agregó decir a Gutiérrez Acuña, que estaba levemente indispuesto: «Recójase usted y descanse para prepararse a los brillantes trabajos que le esperan». Dicho esto, se despidió, y yéndose a su casa, no bien llegó a ella, cuando firmó una orden para prender a aquellos dos crédulos conjurados, orden que fue fiel e inmediatamente cumplida. Puesto al fin en camino, ya cerca del alba, llegó al Puerto de Santa María con sus caballos, casi a la misma hora en que llegaba al mismo punto el conde con su gente por el lado opuesto. En esto, amanecido ya, las tropas acantonadas en el Puerto habían salido a formarse, como tenían por costumbre, en un sitio apellidado el Palmar,[57] llevándolos allí sus jefes, no sabedores del intento con que se les venían acercando fuerzas un tanto crecidas; pero recelosos de que era en su daño, si bien resueltos a no resistir, a no innovar cosa alguna en su conducta diaria, y a aparecer ignorantes de que la guarnición de Cádiz hubiese hecho algún movimiento.