[57] Palmar llaman en Andalucía a ciertos terrenos incultos que allí abundan, y deben su nombre a estar llenos de palmas enanas que no sé cómo deben llamarse, pues aunque soy en extremo aficionado a árboles, plantas y flores, ni sé de ello lo que sabe no ya un botánico, sino acaso el jardinero u hortelano más tosco y rudo. Este Palmar del Puerto, teatro de la hazaña de O’Donnell y Sarsfield, tiene cierta fama. Cuando en los pueblos de la Andalucía baja, vecinos a la costa, se habla de una persona de mucha edad, y quiere ponderarse su vejez, es común decir de ella que tiene más años que el Palmar del Puerto.
Así los encontraron formados al acercarse por la parte de Cádiz el conde y por la de Jerez Sarsfield. Puesto el general al frente de la formación, hizo salir y presentarse ante él a todos los comandantes[58] primeros y segundos, a los cuales intimó que se diesen presos, no expresando sino a medias por qué causa.
[58] En el orden y planta dados a aquel ejército expedicionario, constaban los regimientos de un solo batallón cada uno, como sucedía, y aun creo sucede en Inglaterra, y hoy en Portugal. No había, pues, coroneles, aunque lo fuesen personalmente algunos de los que mandaban los regimientos de un solo batallón. El de Canarias, por ejemplo, estaba mandado por don Demetrio O’Daly, brigadier, que fue uno de los presos por el conde. Pero otros tenían a su frente meros comandantes, aunque de primera clase.
Este acto pasó sin la menor alteración de la tranquilidad, viéndole con admiración los oficiales y tropa, unos, y los más, por no adivinar del todo la causa de tan raro y general rigor; otros, y no pocos, por ver convertido en contrario y perseguidor al que miraban como caudillo futuro en la empresa en que tenían parte. Cuentan que recién acabado este acto, encontrándose Sarsfield y el conde, el primero soltó la risa; fea acción, si ya no fue calumnioso aserto el suponerlo, y agravación de otra de no menos fealdad. Si los posteriores, así como los anteriores señalados servicios de Sarsfield pueden, aunque no disculpar, compensar lo vituperable de su conducta en los sucesos de que soy ahora narrador, y si su desdichada muerte, causada por un vil asesinato en medio de una sedición infame, debe hacer cara y aun respetable su memoria, la historia debe ser veraz, y para serlo, inflexible, máxima seguida aun tratándose de los primeros personajes históricos, pues hasta los mayores encomiadores en Augusto no han dejado de vituperar, ni aun pasado en silencio, las horribles proscripciones del triumviro Octavio.
No aparecía risueño ni contento el conde de La Bisbal, sino al revés, como pesaroso y avergonzado de su acción, en el momento mismo de cometerla. Al prender a los comandantes primeros y segundos de los cuerpos que estaban en el Puerto, había envuelto en su rigor a culpados e inocentes, y de entre los últimos a algunos que ni siquiera comprendían la causa por que se veían presos, pues de la conjuración tenían escasa noticia, y juzgaban la corta que tenían por rumor vano. A los no militares, y aun a algunos militares cuya culpa sabía, no quiso molestar siquiera. Se dejó decir más de una vez que nadie temiese, porque «él era caballero, y a nadie vendería», y cumplió tal palabra, que estaba en contradicción con su modo de portarse tocante a la conjuración y a los conjurados ya presos. De resultas vino a quedar en situación harto amarga, porque, si bien recibió del Gobierno la gran cruz de Carlos III, distinción que entonces tenía más valor que en el día presente, fue a la par separado del mando del ejército y llamado a Madrid, a donde hubo de encaminarse lleno de recelo, pues al cabo, si había deshecho la conjuración por lo pronto, antes la había fomentado a punto de poner como al vuelco de un dado su éxito, y de ser dueño de la suerte de España pasaba a una situación en la cual así podía recibir castigo como recompensa.
Volviendo atrás, y al suceso del 8 de julio, bien será decir que, al saberse en Cádiz lo ocurrido en el Puerto, fue grande la consternación entre los conjurados. De ellos huyeron algunos de los más comprometidos, como por ejemplo Istúriz, y no dejó de hacer otro tanto Moreno de Guerra, que se figuraba ver tras sí a Sarsfield. Pero otros no se movieron, creyéndose en mucho menos peligro. Con razón creía yo que el mío no era muy grave, porque solo había representado hasta entonces en aquellos sucesos segundos papeles, entre otros muchos; pero me constaba que el conde no ignoraba mi parte en la trama, aunque a la par me alentó haber sabido desde luego que a nadie pensaba perseguir, excepto a los ya presos. Ello es que, a pesar de aconsejarme no pocos la fuga, yo ni pensé en ella. Tal era la ceguedad del Gobierno, que nada sabía de mi conducta, ni aun de mi paradero: tal la mía, que, olvidado de toda regla de moral, conservando el título y derechos de mi empleo, pensé en trabajar con más ardor que antes en la obra que en el Palmar del Puerto parecía que había quedado reducida a ruinas.
Y así fue que, cuando una conjuración formidable había venido a parar en nada, otra compuesta de sus reliquias, como pobre rama de planta poderosa, que trasplantada apenas con esperanza de verla prender, prende, con todo, y crece, y fortifica, una conjuración, de puro arrojada hasta ridícula, vino a derribar el trono de Fernando, sentado pocos años antes en lo que parecía robustísimo cimiento, y aún lo era ciertamente.
Pocos días habían pasado desde el en que fueron presos varios de los conjurados, y ya los escapados del peligro le queríamos correr mayor con acciones que eran delito atroz, y no inferior desatino. Siete u ocho personas de escaso poder, y sin recursos, nos juntamos y formamos el proyecto de hacer una tentativa contra la persona del conde de La Bisbal, en uno de los cortos viajes que solía hacer de uno a otro punto de aquellos en que tenía acantonadas sus tropas, tentativa que bien podía ser asesinato; pero el fanatismo a estos excesos, y aun a mayores si cabe, lleva, y particularmente si se le agrega el deseo de tomar venganza. Por fortuna, locuras tales algo tenían, si no de baladronadas, de visiones, y nuestra mala idea ni a ser proyecto llegó, quedándose en desahogo de vana rabia.
Todo aparecía, pues, por entonces concluido. Así es que hube de pensar en hacer mi viaje al Brasil a servir allí mi empleo, mudando una traición en otra, porque traición era seguir sirviendo al Gobierno al cual había tratado de derribar.
Había, con todo, en mi propósito de irme al Brasil, algo de segunda intención, porque lo natural era, saliendo de Cádiz, pasar a Lisboa, donde casi de seguro encontraría barcos con destino a aquel país, parte entonces de la monarquía portuguesa, y aun residencia de su gobierno, y preferí trasladarme a Gibraltar, donde faltaban medios de hacer el viaje, aunque yo suponía que debía de haberlos. La verdad es que a Gibraltar me llevaba otro motivo. Allí sabía que había ido Istúriz con otros fugitivos, cortos en número, y casi todos ellos de poco influjo, y allí se decía que estaban Gutiérrez Acuña y Grasses, escapados con poca dificultad de su prisión en Jerez, donde tenían la casa por cárcel. Todo esto era a manera de un núcleo de conjuración renovada. A lo menos, así se lo figuraba el deseo, el cual, no obstante ser vivísimo en mí, no me llevaba, sin embargo, como suele suceder, a ser crédulo en demasía, pero tenía poder bastante para no dejar morir mis esperanzas.
El 22 de julio, día en que cumplía los treinta años de mi edad, y catorce días después de la catástrofe del Palmar, salí de Cádiz. Nadie me había molestado, y ningún peligro corría; otros en igual caso que yo vivían tranquilos, y así fue que tomé el pasaporte correspondiente como secretario de la legación en el Brasil, que iba a servir su empleo. Llegué a Gibraltar al cuarto día de mi partida; con tanta detención se caminaba, y aun todavía por allí con poca más prontitud se camina; siendo entonces forzoso ir a caballo desde la isla de León o San Fernando, cuando hoy hasta Medina Sidonia se va en ruedas por carretera bien construida. En Gibraltar, a mi arribo, encontré lo que parecía desengaño. Istúriz, en quien era común poner grandes esperanzas, como si él tuviese medios iguales a su deseo, los cuales era común suponerle en un grado excesivo, había marchado de Gibraltar a Lisboa, porque la autoridad superior de la fortaleza inglesa veía con poco gusto su estancia allí, recelosa de que tramase algo contra el gobierno español, aliado del de la Gran Bretaña. Pero estaban en la plaza Gutiérrez Acuña y Grasses, ambos y señaladamente el segundo muy amigos míos, y con ellos había algunos más a quienes el miedo o el figurarse con una importancia superior a la que tenían, habían llevado a buscar en la fuga una seguridad que igualmente habrían tenido estándose quietos, y estaba Moreno Guerra, que así nos servía de embarazo a veces, como de distracción a menudo, con sus singularidades. Todo ello nada prometía, y seguía yo resuelto a embarcarme.
Al llegar a Gibraltar me vi, como era de suponer, con el cónsul de España en aquella plaza. El que a la sazón servía aquel destino era un excelente caballero, que sin duda se portaba bien en el desempeño de su obligación salvo en un punto en que podía más su bondad que su celo o su perspicacia, el cual era el vigilar bien la conducta de los conjurados fugitivos allí congregados. A mí me trataba con cordialidad como a un diplomático que va de viaje. Si mi conducta en Gibraltar hubiese sido cauta, habría él merecido disculpa, pero me portaba yo con una imprudencia que excede los límites de lo creíble. Vivía con mis compañeros de conjuración como si lo fuese suyo de proscripción; con ellos paseaba; con ellos hablaba de los negocios pendientes sin el menor recato. Hasta hube de escribir allí un soneto atroz[59] contra el conde de La Bisbal, composición hija de un frenético espíritu de venganza, y mis amigos imprimieron el soneto en un papelillo, el cual circuló por la ciudad y fue transmitido a España, sin que locura tanta llamase particularmente la atención a mi persona.
[59] No quiero copiar este soneto, harto conocido. De él tuvo noticia el conde de La Bisbal, y después de restablecida la Constitución, procuró y logró entrar en trato, aunque no frecuente, amistoso conmigo, quejándoseme en una ocasión de que yo le había tratado mal por no conocer los motivos de su conducta. Sabido es que otra vez (en 1823) faltó el conde a la confianza que en él pusieron los constitucionales más ardorosos. Aunque yo entonces en Sevilla, en las Cortes, hablé con violencia suma contra él, hoy, sin disculparle, debo decir de su carácter lo que siento. Si el conde de La Bisbal cometió varios y gravísimos actos de falta a la fe jurada y a la obligación contraída, no tenía el carácter propio de un traidor, no obrando con premeditación ni doblez continuada. Era ligero como pocos hombres. Una hora después de haber pensado una cosa pensaba la contraria. Así obraba con sinceridad en sus mudanzas violentas.
Entretanto, recibíamos de la vecina Cádiz noticias que nos daban a creer que la desbaratada trama cuyos hilos habían sido solo en un punto cortados, estaba anudada de nuevo. Sin duda en ello había ponderación, pues mal podían hacer unos pocos individuos, de ellos ninguno de superior poder o influjo, lo que se había malogrado contando con un ejército, con un general, y con buena parte de lo más granado de la ciudad de Cádiz. Pero pensábamos y sentíamos como piensan y sienten, dominando el sentir al pensar, todos cuantos están empeñados en una obra de grande importancia y además de peligro, a que se agrega estar en destierro, circunstancia muy para tomada en cuenta, porque no hay ilusiones iguales a las de los desterrados. No lo era yo, en verdad, pero en cierto modo había llegado a serlo por mi voluntad, si bien, gracias a la incuria del Gobierno, podía todavía haberme trasladado en paz y sosiego a una situación decorosa y provechosa. Pero apenas pensaba ya en ello, renovado en Gibraltar el espíritu que poco antes me animaba en Cádiz. Lo que más nos ocupaba el ánimo era saber a punto fijo el estado de las cosas, más aún que en Cádiz, en el ejército acantonado en varios puntos de las provincias que hoy son de Cádiz y Sevilla. Al intento convenía enviar allí emisarios; pero estos nos hacían falta, y no era menor la que nos hacía el dinero, alma de toda empresa. Aun contaba yo con algunos recursos, bien que ya escasos, reliquias de un buen pasar heredado de mi padre, pero era poca cosa lo que podía destinar a gastos de la naturaleza de los que se presentaban como indispensables. No estaban más sobrados que yo los otros fugitivos, y Moreno Guerra, que presumía de acaudalado, y que real y verdaderamente tenía un mediano pasar, gustaba más de gastar palabras que dinero, no obstante ser su celo furibundo y haber en él sinceridad, aunque por las contradicciones propias del hombre su misma pasión se contenía si llegaba el caso de hacer sacrificios. Hicimos, pues, un cortísimo fondo, y solo quedó el discurrir cómo emplearle, esto es, qué emisarios habrían de salir de la plaza para el interior de España a ponernos en comunicación con la que juzgábamos conjuración ya en trabajos. No vino a ser muy dificultoso hallar algunos, pero sí lo era hallarlos buenos. Ya dejo dicho que al saberse la ocurrencia del Palmar, huyeron algunas personas de poca cuenta creyéndose comprometidos. De estas eran casi todas las de oficiales subalternos, de las sociedades fundadas en los regimientos, hombres de limitadas luces y ningún saber, y cuya fuga intempestiva los acreditaba de cautos más que de arrojados. Estos hombres no se hallaban bien en Gibraltar, pues se veían absolutamente faltos de recursos. Propúsoseles que se arrojasen a entrar en España: pusieron primero dificultades, en que unos tres o cuatro persistieron empeñados en irse a América a las tierras fuera del poder de nuestro Gobierno y enemigas, y otros al cabo se allanaron a hacer lo que de ellos se exigía, y socorridos con escasas sumas, penetraron con poca dificultad en España. Pero nosotros mismos conocíamos cuán poco podía esperarse de aquellos pobres individuos, los cuales, dicho sea de paso, y anticipádose a hablar de lo que después pasó, nada absolutamente hicieron más que vivir escondidos hasta la hora en que cinco meses después fue levantada la bandera de la rebelión constitucional para ser por tres años muy largos la dominante en nuestro suelo. Visto, pues, que se necesitaba gente más activa y entendida para, o soplar el medio avivado fuego que ardía en el ejército, o poner en comunicación con los conjurados de España los de Gibraltar, como si estos algo pudiesen ayudar a los primeros, me brindé yo loca y criminalmente a desempeñar comisión tan aventurada, lo cual por un lado me era fácil, pues no estando proscrito ni encausado, era dueño de ir y venir según mi antojo, hasta con el carácter de empleado, aunque fuerza es confesar que para ir a mi puesto daba extraños y multiplicados rodeos sin adelantar camino. Aceptado por mí el encargo, me preparé a volver a Cádiz, y para ello vi al cónsul pidiéndole me refrendase mi pasaporte a fin de que en otro punto me embarcase con destino a Río de Janeiro, pues de Gibraltar no salía, ni se esperaba saliese, barco para aquella región lejana. El buen cónsul, siempre cortés y cariñoso, así como descuidado, ni siquiera me habló de mi singular proceder durante mi estancia en la plaza inglesa, ni extrañó que me volviese al lugar de que había venido, ni hubo de hablar de mí en sus despachos. Así pude yo seguir con algún grado de seguridad mis maquinaciones, cuando con un mero aviso que habría producido mi prisión, sin duda alguna no habría caído el trono al empuje de la rebelión, o a lo menos no habría caído dentro de breve plazo.
El primer punto donde me dirigí al salir de Gibraltar, fue a Algeciras. Allí nada pude hacer ni saber, por dos razones. Era la primera que los de la sociedad algecireña, tan animados dos años antes, a tal punto se habían amedrentado y dado al desmayo de resultas de lo ocurrido en el Palmar, que, lejos de auxiliarme, ni aun trato privado querían con mi persona, desmintiéndose ya en esta ocasión el afecto fraternal con que los conjurados se miraban. Bien es cierto que yo, petulante entonces, y engreído así como intolerante, no bien noté en ellos señales de tibieza, cuando los traté con muestras hasta de desprecio, de modo que al encontrarme con ellos ni siquiera los saludaba, perdonándome ellos de buena gana una grosería que les venía a cuento por libertarlos de amigo tan peligroso. Pero otra circunstancia me tenía en apartamiento e ignorancia de todo cuanto pasaba; circunstancia que pudo haber frustrado nuestra empresa, pero que, si no la favoreció en cierto modo, no le sirvió de grande obstáculo, dando a los pasos de los conjurados una dirección por la cual vinimos a alcanzar el triunfo. Al expirar julio habían aparecido en la ciudad de San Fernando varios casos de fiebre amarilla, azote que por aquellos años solía caer sobre Cádiz y otros puntos de Andalucía, si bien no había vuelto a descargar desde 1813. En breve se difundió el mal, primero en un barrio de aquel pueblo, y a poco en todo él, haciendo numerosas víctimas. Acudiose al medio de incomunicar el pueblo infestado, y se multiplicaron las precauciones, disponiéndose cordones sanitarios para mirar por la salud del ejército, tanto cuanto por la de las poblaciones cercanas. Al entrar septiembre no había prendido del todo el mal en la ciudad de Cádiz, por donde siempre había empezado en los años anteriores, pero algunos casos eran poco menos que seguro anuncio de que allí se propagaría. Entre tanto, los cordones impedían el paso de unos a otros puntos, y como no era el correo el conducto por donde podían comunicarse con seguridad los conjurados, Algeciras venía a ser un punto donde apenas se sabía lo que cerca pasaba. Resolví, pues, pasar a Cádiz, y lo hice algo entrado septiembre, yendo en un miserable barquichuelo cargado de carbón, con harta incomodidad, pero, en cambio, con alguna más seguridad, porque no llamaban la atención pasajeros de los que suelen ir en semejantes barcos. Fue corta y feliz la navegación, y antes de veinticuatro horas de hacerme a la mar en Algeciras, estaba ya en Cádiz. A mi llegada me encontré en situación de no poco apuro. Cádiz estaba ya infestada, había salido de allí la guarnición, dejando en la plaza solo un batallón, el de Soria; con el ejército se había ido la verdadera fuerza de la conjuración, si bien de ella quedaba algo en la ciudad, a la cual se había puesto en incomunicación absoluta con el continente vecino, imponiéndose pena de la vida a quien atravesase los cordones; exceso de rigor que en casos tales nunca pasa de amenaza. Me vi, pues, encerrado y como caído en un pozo, en cuanto a la dificultad de salir, pero no en punto a ahogarme, si bien mi estancia en la ciudad era ya, cuando no un delito, un fuerte motivo de sospechar de mi conducta. Era además claro que el encierro había de durar hasta entrado diciembre, pues la experiencia tenía acreditado que la maléfica enfermedad no paraba en sus estragos hasta los fines del otoño. Estaban, sin embargo, compensados tantos graves inconvenientes con noticias para mi situación y proyectos un tanto lisonjeras. La deshecha trama estaba anudada, y si le faltaba infinito de su fuerza antigua, en cambio había adquirido ventajas nuevas, porque si entraban en la nueva composición materiales al parecer muy inferiores, servían bien a su juego todos los que en ella entraban, y si no teníamos al frente un caudillo poderoso, tampoco nos veíamos en el caso de depender de la voluntad mudable de un personaje poco seguro. De los elementos antiguos quedaban muchos en la obra nueva, aunque todos ellos de los inferiores, o cuando más de los de segundo orden tres meses antes. Por último, había entrado en nuestras filas algún refuerzo, y tal y tan bueno, que contribuyó en gran manera a la terminación feliz del renovado plan, en la ocasión primera malogrado.
Dos personas, entre varias de escaso valer, constituían tan importante refuerzo. De ellas la una al cabo de nada vino a servir, pero sirvió durante mediano tiempo por la clase de concepto de que gozaba. La otra se dio a conocer por la vez primera, mostrando calidades tan singulares, que en obra como la que teníamos a nuestro cargo son de subidísimo precio. Los dos sujetos a que acabo de referirme eran don Domingo Antonio de la Vega, abogado, ya algo entrado en años, y don Juan Álvarez y Mendizábal, harto conocido de la generación presente. El primero estaba en Cádiz; el segundo había salido con el ejército, y andaba de uno en otro acantonamiento fuera de los cordones, dándole su encargo de contratista de provisiones, medios abundantes y eficaces para trabajar en el logro de nuestro propósito con más facilidad y sin hacerse notable. Cómo alcanzamos el triunfo que tan difícil parecía debe causar admiración y pasmo en quien lo ignore, siendo todo ello cargo gravísimo contra el Gobierno que se dejó derribar por tan flacas fuerzas, y sorprender por una conjuración llevada a efecto con tan poco recato.
III.
Don Domingo Antonio de la Vega, cuya entrada en el gremio de los conjurados he citado más arriba y ha poco, declarándola suceso importante, era un hombre singular, aunque antes y después de los días en que contribuyó más con su nombre que con sus hechos al levantamiento constitucional no fuese conocido sino en reducido recinto; pero allí donde llegaba la fama de su nombre, era esta a tal punto diversa, que a los ojos de uno apareció si no radiante, poco menos, y a los de otros cubierta de negra sombra. Al querer decidir hoy cuál de los dos conceptos en que era tenido merecía, sin temeridad puede afirmarse que ni el uno ni el otro. Estaba pobre, lo cual era, si no completa, a lo menos fuerte prueba de que no había carecido de limpieza en su conducta en punto a dineros, porque de talento para ganarle no carecía, y de gastador no había pecado. Hubo, pues, de consistir su desconcepto en que tenía mala condición, siendo por demás díscolo, maldiciente y descontentadizo, y dado a satisfacer su afición a ofender a las gentes por varias clases de medios. Y en cuanto a quienes tenían formado alto concepto de su merecimiento, se fundaban en su antiguo y conocido apego a la causa apellidada de la libertad, y más digna de ser llamada de la revolución, y además en su práctica añeja de las conjuraciones, por sospechársele, y no sin razón, que en muchas de ellas había padecido persecuciones y llevado penas, aunque no graves. Verdad era que ninguna conjuración de las varias en que había entrado había pasado de mero proyecto, ni aun llegado a principios de ejecución; pero con todo, a falta del acierto había conseguido ser celebrado por la perseverancia. De la sociedad secreta antigua de que era hija o rama la conjuración existente, era uno de los asociados más antiguos en España, y lo había sido en época en que la hermandad privaba más que entre los liberales de Cádiz, entre los afrancesados. Desde 1816 no había tenido entrada en la sociedad de forma nueva. Siendo él un tanto inquieto, había tratado, como suele decirse, de levantar altar contra altar, y hacia 1818 había formado en Cádiz una sociedad del rito antiguo sin enlace con las modernas. Por un descuido increíble, la casa donde este cuerpo débil y pobre se congregaba fue registrada por los agentes del Gobierno, pero a hora en que no había en ella reunión, hallándose solo en su interior el aparato que sirve para sus símbolos y rito. No tuvo consecuencia el descubrimiento, siendo el suceso en breve olvidado; y Vega continuó, si no del todo ignorante de la conjuración, extraño a ella en la época de sus altas esperanzas y de su terminación funesta por lo pronto, aunque no absoluta. Pero como no careciese de amigos entre los hermanos, comenzó en el vulgo de estos a correr con valimiento la idea de que había sido gravísimo error excluirle de toda participación en tal negocio, pues era posible y aun probable que su experiencia, constancia y resolución hubiesen dado a las cosas mayor impulso, mejor sesgo y más feliz remate que lo que habían venido a producir los últimos tristes sucesos. Este modo de pensar cundió entre muchos de la oficialidad; a la sazón, los principales conjurados, o dicho de otro modo, los únicos, con rara excepción, que no habían desistido de trabajar en la, aunque malograda, al parecer no enteramente perdida empresa. Los principales enemigos de Vega, decían, eran los personajes de Cádiz que con tanta flojedad y torpeza se habían portado: bueno era, pues, sustituir a gente, si no tímida, tibia, personas cuyo mérito consistía en la audacia. Estaba, pues Vega, afiliado en la sociedad conspiradora, de la cual era ya parte cuando llegué de vuelta de Gibraltar a Cádiz. Había yo tratado al objeto de esta parte de mi narración en Madrid en 1808, y después en Cádiz; nunca en relaciones intimas o frecuentes, pero teniéndole en alguna estima, y si no participaba de la desmedida opinión de su valor como elemento de conjuración que muchos le atribuían, le suponía alguno superior al suyo real y verdadero, sin contar con dos circunstancias, ambas poderosas para influir en mi conducta respecto a él, de las cuales era la una participar yo en algo del enojo general contra los anteriores directores de una obra sin duda fatalmente terminada, y en mi sentir seguida con falta de valor o de tino, y la segunda que un nombre cualquiera, si era para nosotros aumento de fuerza, debía ser aprovechado conservándole o aumentándole la que traía. Sirva todo esto de disculpa de haber hablado aquí tanto de hombre que antes y después figuró tan poco, lo cual le fue común con algunos más de quienes mayor parte tuvieron en el restablecimiento de la Constitución, mal pagados después por sus servicios hasta en punto a fama.
De Mendizábal es inútil hablar en punto a su carácter, harto conocido de los más de la generación presente. No sé cómo tuvo entrada en la sociedad y conjuración, durante mi estancia en Gibraltar, pero supe a mi vuelta a Cádiz que no bien entró cuando empezó a figurar en ella en primer término, por su prodigiosa audacia y actividad y lo vivo y travieso de su imaginación e inventiva; hombre sin par en horas de desorden para traer las cosas a feliz paradero por singulares caminos, aunque por desgracia propio para desordenar lo ya ordenado, cediendo a un deseo de bullir y de ocuparse y ponerlo todo en movimiento. Se dieron al trabajo suspendido las sociedades de los regimientos. De la junta superior nada quedaba, pero hubo de suplirse su falta de un modo que ignoro. No era ya hora de entretenerse en meros trabajos simbólicos, aunque tampoco quedaron estos descuidados, sirviendo de medios de traer individuos a la conjuración, pero él pensó desde luego en llevar a efecto el alzamiento. Mucho faltaba para ello, y una de las principales faltas era la de un general que le capitanease llevándose consigo la oficialidad no participante de la conjuración, y con ella a la tropa. Se contaba como con el auxilio más poderoso con la repugnancia a embarcarse, general en el ejército, en fuerza de la cual era probable y casi seguro que seguiría dócil y aun con celo a quien le asegurase no haría viaje tan desagradable. Pero no había un general a mano, ni aun a mediana distancia, con intención o con osadía de las necesarias para acometer tal y tanta empresa, pues si es cierto que en Sevilla residía a la sazón el general don Juan O’Donojú, sabedor de lo que se tramaba, hombre de talento e instrucción, de algún crédito, en los pasados tiempos ministro de la Guerra, con no corta fama entre los constitucionales por haber estado preso como sospechado de conspirador, y a quien recomendaba para los de sus ideas la circunstancia de pasar por cosa cierta, aunque no lo fuese, que había padecido tormento; este personaje, cauto, o por su natural o a consecuencia de lo que había padecido, conocía el proyecto, le fomentaba, pero con precaución bastante a libertarse de grave peligro, de modo que lejos de querer ser cabeza de una rebelión, ni parte ostensible quería tener en ella, aun cuando no solo desease sino que por ocultos manejos contribuyese a su triunfo.
En apuro tal, tuvo Mendizábal una idea como suya, de la cual después me habló repetidas veces. Pues tanta necesidad hay de un general (dijo), ¿por qué no ha de hacerse uno a gusto? Circule entre la tropa que viene uno, sin decir su nombre o dándosele supuesto; háblese mucho de ello ponderando su importancia y la del negocio que se le confía, y yo de pronto me presentaré en los cuarteles con cualquier uniforme y faja, con lo que, gritando quienes están en la trama «Viva el general» seguirán otros, daré yo órdenes, se conmoverá Cádiz, y en un instante queda efectuado el levantamiento. Acaso tal acto de osadía habría salido bien, siendo la disposición de la tropa, como acreditaron los sucesos, seguir a quien la venía a libertar del viaje a América, por lo cual no habría entrado en averiguaciones sobre la persona que venía a mandarla. Pero hubo de parecer loco el proyecto, aun en días de locuras, y se siguió buscando general, si no entre quienes lo eran, entre los inmediatos a serlo. Mandaba en la isla de León un cuerpo, cuyo nombre era el depósito, un don N. Omlin, no me acuerdo si coronel o brigadier, de origen o nacimiento extranjero, con crédito de buen oficial, de opiniones políticas hasta entonces no conocidas, y que, o no había tenido parte en la recién sofocada conjuración, o solo había tenido una muy corta, y a este se brindó no menos que con el cargo de general del ejército si era llevado a cabo bajo su mando el levantamiento, a lo que él se prestó en la apariencia gustoso. Pero entretanto crecían los estragos de la epidemia reinante en San Fernando, y ya iban extendiéndose a Cádiz, de lo cual resultó, como antes va dicho, salir y desparramarse un tanto el ejército por la Andalucía baja, quedar cerrada Cádiz, y suspenderse toda operación, soltándose, si no rompiéndose, los hilos de la ya reparada trama. Por los mismos días, acometido Omlin de la fiebre, murió al cuarto o quinto de haber caído en cama.
Todo esto pasó en días poco anteriores al de mi llegada a Cádiz. En este, como he dicho, nada vi posible sino hacer en aquella ciudad una estancia como de tres meses. Por no sé qué aprensión juzgué conveniente estar oculto, como si mi presencia allí hubiese de causar sospecha, y aun para mi persona peligro. Uno de los conjurados mis hermanos me ofreció como asilo su casa, y yo la acepté pasando a ser su incómodo y peligroso, y aun algo gravoso huésped. Era el sujeto que me hospedó un joven llamado don José María Montero, de un mediano pasar, propietario de una botica aunque no la servía, teniendo el título muy general en Cádiz de comerciante, de buenas luces, de corta instrucción, de apreciabilísimas calidades en punto a honradez y celo, entrado en la conjuración por la sociedad, aunque a ella poco llevaba, y que a su ardor en favor del proyecto que teníamos entre manos agregaba una amistad ardiente a mi persona, no obstante haber corto tiempo que estábamos en clase alguna de trato. Cupo a este joven tener una gran parte en el restablecimiento de la Constitución, a que también contribuyó con alguna suma no muy corta, atendiendo a no ser cuantioso su caudal, y le cupo asimismo la suerte que suele tocar a ciertos participantes en grandes empresas, que fue vivir muy ignorado después del triunfo, y habiendo venido muy a menos, tener que contentarse con un mediano empleo, que también perdió sin dar para ello motivo, siendo triste ejemplo que debía retraer, pero no retrae siempre, de mezclarse en negocios políticos a personas faltas de las altas dotes o de las malas calidades necesarias para guiar con acierto la nave de la propia fortuna por el mar borrascoso de las revoluciones.
Establecido yo en casa de Montero, nada tenía que hacer allí por algún tiempo sino estar en expectativa. No me presentaba en público, y solo salía de noche, y esto para pasar a casa de una persona de toda mi confianza, con la cual me unían relaciones más estrechas que lícitas. Sin embargo, el secreto de mi residencia en Cádiz lo era solo para algunas personas, de suerte que acaso habría valido más darme al público como detenido en mi viaje a Río de Janeiro. En mi encierro tuve el disgusto de que hubiese en la casa no menos que cuatro víctimas de la epidemia reinante, pero de sus estragos estaba yo seguro, por haberla pasado ya en un año de los anteriores. Apenas hallaba con qué entretener mi ocio, y así, cediendo a una imprudencia apenas creíble, hube de escribir versillos sobre negocios de Cádiz no políticos, pero que con la política se rozaban, y en los cuales aprovechaba yo la ocasión de decir algo, y aun mucho, contra el Gobierno, sucediendo, como era natural, que tan pobres y ligeras obrillas eran recogidas y copiadas, y circulaban con aprobación muy superior a su valor escasísimo, no sin declararse el nombre del autor y el lugar donde escribía.[60]
[60] Por aquel tiempo vino a Cádiz, comisionado por el Gobierno para estudiar la epidemia, un médico llamado Cavanellas, que dijo e hizo mil extravagancias. Llovieron pullas sobre su persona y yo tomé parte en ellas, pero vituperando, más que al doctor, al Gobierno que le enviaba, y pasando a vituperarle por algo más y de mayor gravedad que la comisión dada al Cavanellas.
Iba corriendo el tiempo; había entrado noviembre; la epidemia estaba extinguida en San Fernando, y apenas existía ya en Cádiz, y se hacía urgente adelantar los trabajos desigualísimos a nuestra empresa, y sin embargo tales que en breve dieron las resultas apetecidas. Risa daría a cualquiera considerar los elementos de que se componía la poco numerosa sociedad que dentro del recinto de Cádiz era lo restante de la conjuración todavía pertinaz en su propósito. Se reducía a dos abogados con pocos pleitos, y con menor nombre que aun el ya citado Vega, y don Sebastián Fernández Vallesa, de quien habré de hablar después con alguna extensión, el joven Montero en cuya casa he dicho que yo vivía, el teniente de navío que era de la real armada don Olegario de los Cuetos, a quien han visto los que hoy viven por pocos días ministro de Estado, y, por último, mi pobre persona. Teníamos del ejército noticias cortas y confusas, y lo mismo sucedía a los que con él estaban, pero unos y otros sabíamos que trabajaban nuestros amigos o cómplices en los puntos donde residían. Los del ejército contaban mucho con los de Cádiz, figurándose que allí estaban congregadas las mismas personas que antes componían la autoridad superior de la sociedad o de la conjuración, gentes a quienes reputaban de grande influjo, y particularmente de considerable riqueza, de la cual estaban prontos a sacrificar gran parte para el infeliz remate de la grande obra. Hacíase, pues, necesario ponernos en comunicación y no por cartas, y no menos indispensable nos era a los de Cádiz engañar a los de afuera, suponiéndonos con un poder de que carecíamos para darles aliento con la seguridad de que tenían un auxiliar poderoso. Mal medio, puede decirse, y para no buen fin, pero estas son confesiones y no apología. Me tocaba ser el conducto de comunicaciones tales, pues no para otra cosa me había venido de Gibraltar, y a mi fanatismo complacía, a punto de ensoberbecerme, el peligro que iba a correr, el cual no fue grande, pero podía haberlo sido, si no estuviesen dormidos el Gobierno de España y todos sus agentes.
Salí de Cádiz, pasé a San Fernando, y atrevesé el cordón, no obstante la pena capital impuesta a quien así hiciese, y no fue necesario para ello más que unos pocos reales dados al sargento de la guardia, que vio en mí un trajinante. Verdad es que un mes antes habría habido para ello bastante dificultad; pero la epidemia estaba concluida en San Fernando y concluyendo en la algo más lejana Cádiz, y con la falta de peligro de que se propagase, yendo a entrar el invierno, el cordón era mirado como una cosa impertinente. El primer lugar a que me encaminé fue la villa de Alcalá de los Gazules. Allí estaban algunos, bien que pocos, de los comandantes y oficiales presos en el Palmar, siendo de ellos el más notable don Antonio Quiroga, que tenía el grado de coronel. Este oficial en la noche anterior al suceso del 8 de julio, al recibir en el Puerto mi aviso, había opinado por hacer resistencia al conde. En el batallón titulado de Cataluña que mandaba era muy querido, y tal le tenía en punto a disposiciones relativas al alzamiento, que receloso de él el Gobierno, hubo de hacerle embarcar hacia fines de julio y de enviarle a la isla de Cuba. Estas circunstancias habían dado al preso coronel cierto grado de concepto, y si se le suponía ambicioso, cabalmente eran ambiciosos los que nos hacían falta. Pasé, pues, a verme con Quiroga, lo cual en otro tiempo y lugar habría sido peligroso y también difícil, porque estaba preso, y por no menos causa que una tentativa de rebelión, lo cual traía consigo un encierro con incomunicación rigurosa. Pero tales estaban las cosas, que los presos por aquella causa, incomunicados de derecho, lo pasaban de hecho no solo en comunicación, sino en libertad. Quiroga se paseaba por las calles de Alcalá de los Gazules a la luz del día, concurría a un juego de billar, jugaba, y con frecuencia solía asomarse a la puerta de la casa de juego, y con el taco en la mano veía pasar la guardia destinada a tener segura su persona y saludaba al oficial que llevaba orden de no consentir que saliese ni hablase a criatura alguna. Me contaron que un oficial,[61] no de la sociedad ni de la conjuración, un día había reclamado contra tal escándalo, y blasonado de que el día en que a él tocase la guardia de los presos, cumpliría con su obligación, haciendo a los demás sujetarse al imperio de la ley; pero pareció tan mal el anuncio de esta determinación, que cayendo sobre él todos sus compañeros, aunque no de hecho de palabra, le obligaron a retractarse de su propósito, de suerte que hubo de faltar a su deber lo mismo que los otros.
[61] A este oficial dejaron atrás en Alcalá sus compañeros al ponerse en movimiento ya levantados, creyéndole su contrario. Pero él, cuando se vio solo, se vino tras de su batallón, se presentó en San Fernando, se mostró quejoso de que no hubiesen contado con él, y siguió muy celoso en la causa constitucional.
Yo, en Alcalá, tuve por habitación la prisión de mis cómplices, y dormí en el cuarto mismo de Quiroga, llevando allí adelante la conjuración ajeno de temor porque estaba en seguridad completa. En la misma villa recibí a un oficial en el gremio de la sociedad, con pocas formalidades, pero con algunas, siendo la sala de recepción una cueva pequeña en el cerro en que está edificada aquella población, y mi asiento un canto a medio pulir de mediano tamaño. Al mismo tiempo me presenté confiado, soberbio y aun misterioso para dar a entender que algo importante callaba, porque no convenía divulgarlo; mentí afirmando que trabajaba con nosotros en Cádiz gente de la mayor importancia en aquella población: conociendo cuán necesaria era tal mentira; notando el alto concepto en que era tenido Vega, por suponerle dueño de grandes dotes y secretos para llevar a feliz término las conjuraciones, abundé en el mismo sentido, y en suma, hallando en aquella gente, o dígase en la oficialidad allí residente, materia dispuesta para el logro de mis fines, fomenté su disposición hasta darles con una buena dosis de esperanza otra no menor de aliento. Pero saqué una ventaja más de mi corta estancia de dos días en aquel pueblo, que fue la de tener un general para la empresa, aunque nos hubiese de costar a mí y a mis socios el trabajo de darle tal dignidad, que aún no tenía. Desde las primeras palabras que hablé con Quiroga, descubrí en él deseo de ponerse al frente del levantamiento para llevarle a cabo, y deseo tal no era común, sino todo lo contrario, pues los más resueltos y firmes se mostraban prontos a seguir y no a acaudillar, influyendo en ellos una aprensión que no era miedo ciertamente, pero la cual los inutilizaba para llenar un lugar que era imposible dejar vacío. En suma, ningún general quería serlo del levantamiento, y ningún oficial, por muy determinado que estuviese a aventurar la vida y honra en la empresa, quería comenzar por el acto de usurpar un cargo alto de la milicia; y pues Quiroga quería, lo cual no era digno de vituperio, concediendo mirar nuestro proyecto como bueno y aun como noble, a Quiroga convenía y hasta era preciso dar el mando. Esto decidí en mi interior, y al salir de Alcalá me propuse dar pasos para ello, casi con seguridad de lograr mi intento, como le logré sin mucho trabajo.
Lo que tenía que hacer en Alcalá estaba concluido. Allí solo había visto un batallón o regimiento, y por consiguiente solo una sociedad, siendo lo que le daba importancia estar en aquel pueblo algunos de los en el nombre presos, pero lo principal de mi encargo era ponerme en comunicación con todas las sociedades del ejército, y a estas unas con otras, más que lo estaban, hasta ligarlas con fuerte lazo, dar al todo un recio impulso y tenerle preparado a recibir otro mayor y definitivo en la ya no lejana hora del alzamiento. Salido de Alcalá, pensé, pero no sin vacilar, en trasladarme a Arcos de la Frontera, donde estaba el cuartel general; lugar el más propio para trabajar con fruto, pero asimismo de no corto peligro, pues aun yendo, como iba, disfrazado, era fácil que de alguien fuese conocido, de lo cual podía seguirse mi prisión, y con ella nuevo y más completo malogramiento de nuestra empresa. Mientras, revolviendo yo en la mente estas varias consideraciones, caminaba al paso de mi mal caballo de alquiler, acompañado de un oficial, mi amigo y cómplice, y cuando, habiendo bajado de una serrezuela, atravesábamos un llano, por el cual corre el río Majaceite, al que dio fama no ha mucho un suceso de la guerra civil, y al tiempo en que poníamos la vista en Arcos, que asentada en un cerro vecino se presenta allí al viajero, divisamos una persona a caballo, viéndose ser la de un oficial seguido de su asistente, y como fuésemos acercándonos, descubrimos, él en mí y yo en él, las personas de dos amigos, agregándose a ello que él venía, si no en mi busca, poco menos. Era el con quien tropecé don N. Bustillos, oficial de artillería, sujeto digno de aprecio por mil títulos, aunque culpado del muy común delito de participante en la proyectada rebelión, y uno de los más activos entre los conjurados, sobre las cuales circunstancias tenía la de haber contraído conmigo amistad estrecha, aunque no antigua. El objeto de Bustillos era impedir que yo fuese a Arcos, acto que, según él sabía, lo sería de imprudencia temeraria. Convencido de lo que me decía Bustillos, pues ya me lo recelaba, determiné pasar a Bornos, y para ello hice noche en el camino en la casa de una viña, en despoblado, no causando extrañeza, porque con motivo de estar acantonado el ejército por aquella vecindad, transitaba por allí alguna gente. No me acuerdo por qué motivo mudé otra vez de propósito, resolviendo ir más allá, a un pueblo cuyo nombre es Villamartín, de corta nota aunque de alguna celebridad en los contornos por sus ferias. Allí había un batallón con su sociedad correspondiente, y esta de las más numerosas y celosas; allí, por supuesto, encontré amigo; allí me detuve, y desde aquel punto envié mi convocatoria a las sociedades vecinas, convocatoria que encabecé poniendo por título las más altas dignidades de la sociedad, de que estaba revestido. La convocatoria solo mandaba enviar diputados al lugar de mi residencia, y fue obedecida, acudiendo bastantes. El punto principal fue el nombramiento del general que había de ser, y yo por bajo de cuerda hice presentar como candidato a Quiroga, proposición que admiró a todos y pareció mal a no pocos, pero que, recomendada por mí cuando era consultado, en breve empezó a correr con favor, porque al cabo no se presentaba quien a mi candidato hiciese competencia. Convenidos en varios otros particulares de importancia, se retiraron a sus respectivos lugares de residencia los diputados, y yo me puse en camino de vuelta a Cádiz. Entrar en los pueblos me parecía que encerraba peligro sin tener ya objeto, y así busqué hospedaje en los campos. Al atravesar en mi viaje de vuelta la llanura regada por Majaceite, e ir a subir por la vecina serrezuela, comenzaba a cerrar la noche, que era la del 29 de noviembre, y no obstante nada tenía de oscura ni de fría. Pero aun así, necesario era encontrar cama y sustento, y al efecto se me presentaba delante un convento titulado del Valle, en tiempos no muy distantes algo celebrado por su hospedería. Aunque no era un convento lugar propio de residencia para un viajero de mis circunstancias, allí me dirigí, seguro de no correr peligro al hacerlo, y también de encontrar mediana comodidad, si ya no regalo. Pero al llamar a sus puertas y pedir asilo, logré entrar, no sin mostrar poca voluntad de acogerme, y me encontré con la mansión más desabrida que puede figurarse el hombre menos descontentadizo. De ello hago mención por ser esto retrato de los tiempos, o prueba de la mudanza ocurrida en España durante la guerra de la Independencia, y de lo imperfecto de la restauración que la siguió, a pesar de la intención de Fernando VII de reponer las cosas en el pie en que estaban en los días de su subida al trono. Aquel convento donde había habido algo de regalo, aunque tal vez grosero, estaba reducido a un grado de miseria apenas creíble. Le habitaban tres o cuatro frailes cuya estupidez ni por la de los rústicos del campo vecino podía ser excedida; tan ignorantes de todo cuanto cerca de ellos pasaba que no podía yo ser sospechado, porque carecían de toda idea en qué fundar sospecha. Pasada allí una noche, que en lo incómoda no había tenido igual, ni la he tenido después en el largo discurso de mi trabajada vida, al día siguiente, y aun temprano, llegué a Alcalá de los Gazules. Allí me recibió con gusto Quiroga; me detuve a comer, di a conocer a mi huésped que era probable fuese elegido general, con lo cual le dejé satisfecho, y proseguí mi viaje a Medina Sidonia, donde contaba pasar la noche. Era aquella ciudad la cuna de mi madre, y tenía yo en ella por parientes más o menos lejanos todas las personas principales que encierra: el alcalde, además, hombre instruido y aficionado a la literatura, era de nuestra sociedad y conjuración, y a esto se agregaba estar residiendo allí mi hijo único en compañía de una tía mía ya anciana, que había sido y siguió siendo largo tiempo para mí y para él segunda madre; pero esto no obstante, y a pesar también de que toda la gente granada de aquella ciudad era constitucional en sus ideas y deseos, la prudencia me dictaba no verlos ni aun darles noticia de que tan próximo a ellos estaba. Como mi llegada fue ya bien entrada una de las largas noches de aquella estación, hallé fuera de la población esperándome, por aviso que de ir yo allí tenían, varios oficiales del regimiento de la Corona. A ninguno de ellos conocía, y por lo mismo hube de ser tenido en más como personaje a quien daba alto valor su comisión misteriosa. Pasé allí la noche más dado a trabajos concernientes a nuestra empresa que al sueño, y después de uno breve monté a caballo antes de amanecer y me encaminé a San Fernando. Pero al llegar me esperaba una dificultad de mí no prevista, pues creía yo que el cordón sanitario por mí atravesado tan fácilmente cuando podía llevar conmigo un germen de enfermedad a países sanos no me opondría el menor tropiezo al querer penetrar de uno sano en otro en que solo mi persona podía correr peligro. Me engañaba, con todo, y así me lo dio a entender el hombre, mi compañero, que me había alquilado el caballo que montaba, ducho en aquellas cosas por ser su ocupación constante ir al cordón desde los lugares vecinos. «Mayor riguridad», me dijo, «hay para dejar entrar que para dejar salir, y hoy como nunca, porque manda la guardia un sargento muy malo que tiene dicho a los soldados que cuidado como dejan pasar a naide, que para eso les da el rey su paga». Poco menos que acorde con mi acompañante quedé yo en punto a calificar de malo al sargento que tan bien cumplía con su obligación, porque me ponía en situación harto penosa. Por fortuna, me ocurrió una idea, fruto de mi lectura, lo cual, dicho sea de paso, prueba que el leer para mucho sirve, aunque abunden quienes lo crean cosa de poca utilidad verdadera en los casos comunes de la vida. Tenía, pues, yo noticia de que habiendo sido preso un fraile, en el reinado de Felipe V, por fundada sospecha de ser autor de unos papelillos satíricos que de cuando en cuando aparecían en palacio con el título de El Duende (obrilla de fama en su tiempo, aunque de cortísimo mérito), como estuviese su prisión harto mal guardada, se acercó un día a la puerta con intento de escaparse, y, no encontrando para ello más obstáculo que el de la centinela que estaba paseándose, acechó el momento en que esta le volvía la espalda, salió, casi se cosió a ella, yéndole detrás, y cuando el soldado dio la vuelta y tomó la contraria en su paseo, él sin correr ni dar sospecha siguió en dirección opuesta como un fraile cualquiera que andaba por la calle. Había yo tenido por cuento esta relación; pero en mi apuro recurrí a hacer una cosa si no del todo igual, muy parecida, la cual me salió a medida de mi deseo. Estaba el puesto del cordón en la batería llamada del Portazgo, célebre límite que desde 1810 hasta 1812 había separado del gigante imperio francés a la entonces reducida España independiente. Tiene aquella batería, como todas, un glacis y lo llamado camino cubierto. Despedí yo desde afuera al caballo con el hombre cuyo era, y con mi maletilla, encargándole la entregase en Medina Sidonia, y me quedé sin señal alguna de caminante. Esperé a un momento en que el soldado que estaba de centinela se quedase solo, lo cual sucedió, si bien era de temer que no, pues convidaba a estar al sol la mañana, o dígase el medio día de uno de los bellos de principios de diciembre. Seguí medio agachado, y cuando vi a la centinela volverme la espalda, me dejé caer del glacis al camino cubierto; pero, en vez de retirarme, volví la cara al lugar de donde venía, y cruzados los brazos me eché de bruces sobre el borde del glasis mirando a adelante. Al volver el soldado me vio, y creyendo que había venido de adentro, y que en contravención a las órdenes me ponía en lugar donde era prohibido estar, me dio el grito común entre los militares de «Atrás, paisano». Como su atrás para mí quería decir adelante, obedecí gustoso, y me encaminé a la vecina ciudad de San Fernando, sin que en mí reparase el terrible sargento. Una vez dentro de la población tenía en ella amigos, y de los que más podían valerme, porque la conjuración, previsora, se había asegurado de muchos empleados en el ramo de Correos, y el administrador de esta dependencia del Estado en San Fernando, o digamos la isla de León, era todo nuestro y muy celoso. De este modo, esperando a la noche, llegada que fue esta, vino la correspondencia de Madrid, que debía pasar a Cádiz, y en el carrillo que la llevaba, abriéndose para darle paso la Puerta de Tierra, entró en la ciudad de Cádiz bajo el amparo del Gobierno el que estaba trabajando en derribarle.
Volví a Cádiz y a mi antiguo hospedaje, a descansar algunos días mientras crecía fuera el incendio, no obra mía, pero por mí poderosamente avivado y soplado. Di cuenta de lo ocurrido a mis poco numerosos cómplices, que nada podían hacer por lo pronto más que esperar y buscar dinero para los primeros gastos del alzamiento, género entre nosotros escaso, y que teníamos pocos medios de sacar a quienes podían disponer de sumas de mediana cuantía.
En todo cuanto acaba aquí de referirse apenas va hecha mención de Mendizábal, de quien algo atrás se ha asegurado haber sido de los principales entre los agentes y fautores del levantamiento. La razón de omisión tan notable es que sus trabajos, si iban a la par con los nuestros y los míos, eran llevados adelante en otros lugares. En verdad, el estado presente de la conjuración en el ejército era poco menos que obra suya, pues de un cuerpo casi muerto había hecho uno vivo, robusto ya, y muy alentado; confirmando en su propósito a los fuertes, acalorando a los tibios, restituyendo los bríos a los desmayados, activando los trabajos de las sociedades, y estrechando las relaciones que a unas con otras unían; cosas para las cuales le hacían propio sus calidades naturales, y la situación en que se hallaba. En mi viaje al ejército no pude yo verme con él, oponiéndose a ello más de un obstáculo; pero si de nuestras visitas habrían resultado ventajas a la común empresa, no habrían dejado de nacer de ellas algunos y no leves inconvenientes. Mendizábal era dado a bullir más de lo necesario; con sus singularidades conducentes al logro de sus fines mezclaba rarezas inútiles, y era por demás indócil y aun dominante, y yo, entre otras faltas, tenía la que aun en cierto grado conservo de mal sufrido. Es por lo mismo probable que nos hubiésemos desavenido en cuanto al uso de muchos medios de los encaminados a alcanzar los fines en que estábamos acordes. Por otra parte, habría disminuido la importancia con que yo me presentaba, y la cual contribuía eficazmente a llevar adelante con más aliento el proyecto que teníamos entre manos, hallarme al lado con hombre a quien no podía engañar respecto a los recursos de que era yo dueño, recursos no solo pecuniarios, sino de otras varias clases. Bien estuvo, pues, que no nos viésemos entonces, como lo vino a estar que nos viésemos luego.
La cuestión de dinero era, como poco ha aquí he dicho, una de las que más nos daba que pensar, e iba haciéndose apremiante. Yo solo cortísimos picos podía dar; Montero, cuyo capital era escaso, dio veinte mil reales y un poco más, y Cuetos, simple oficial de marina en grado subalterno, pero que tenía alguno, bien que reducido crédito personal, usó de todo el suyo para tomar prestado hasta mil pesos fuertes. A personas pudientes de Cádiz no había que pensar en dirigirnos. En tanto, supimos que había vuelto a la ciudad Istúriz, persuadido con razones que parecían convincentes de que nada tenía que temer de la causa pendiente hecha a los militares, y solo a estos, después de la ocurrencia del 8 de julio. Sabedores de su llegada, pensamos en acudir a él conociendo su generosidad y suponiéndole riquezas que no poseía, así como no ignorantes de que el malogrado proyecto anterior le había sido harto costoso. Aunque, como antes aquí he dicho, no era todavía nuestra amistad estrecha, teníamos algún trato, y para él valía más que las de los otros asociados mi persona. Fui por esto yo diputado a verle y pedirle. La visita tenía que ser de día, y aunque yo solo de noche pisaba la calle, me arrojé a ella en la mañana del 25 de diciembre. Vivía Istúriz en el lugar de más concurrencia que hay en Cádiz (en la plaza de San Antonio), y el día festivo era de los en que más están fuera de su casa las gentes, lo cual hacía en la apariencia peligrosa para mí mi salida, aunque en verdad en el general descuido era el peligro que yo corría, si acaso alguno, muy corto. Me embocé en mi capa, me calé un gorro, me puse unos anteojos, y así mal encubierto llegué a la casa a que iba; pregunté por el amo, di mi nombre para ser recibido, y lo fui al instante con muestras de consideración y afecto. Pero al buen juicio de Istúriz, al cual se agregaba el escarmiento, pareció nuestro plan descabellado, porque no sin razón tenía en poco a los que en él entrábamos, menos a mí (según me dijo y probó en cierto modo), y no creía posible hiciésemos sin fuerza de clase alguna lo que no se había podido teniendo mucha, ni que se atreviesen a un acto de loco arrojo los que no habían sabido hacer una resistencia con visos de terminar en una victoria. Noté yo que en él influía el desabrimiento hijo del desengaño, y así se lo manifesté, a lo que dio por respuesta que yo estaba llevado por una imaginación acalorada con exceso, en razón de los mismos sacrificios que había hecho y estaba haciendo a una causa desesperada. Terminó nuestra disputa en decirme que por consideración personal a mí, me entregaría al momento mil duros, aunque los consideraba perdidos. Acepté la oferta, pero había una dificultad. No tenía Istúriz en casa oro, y no era día de buscarle, ni tampoco nuestro negocio consentía espera, no siendo por otra parte conveniente que me presentase yo en público, sobre todo en momentos que iban siendo muy críticos, pues no podía tardar arriba de muy pocos días el rompimiento. En caso tal, temerariamente cargué yo con el peso de más de dos arrobas y media que tiene una talega, y metiéndome esta debajo de mi capa salí de vuelta a mi asilo. A los pocos pasos conocí el desatino que había hecho. Siempre he sido de poquísimas fuerzas, y aun las muy grandes apenas bastan para llevar a pulso tanto peso, y así es que sentí írseme escurriendo el que llevaba, y faltarme poder para contenerle, viéndome además obligado a atender al embozo. En un momento me asaltaron consideraciones tristísimas y harto fundadas. Ver rodar por el suelo una suma crecida de dinero, saliendo de debajo de la capa de un hombre embozado, en un día de los más festivos, y en que no se hacen pagos, por fuerza habría de inducir a quienes tal cosa viesen a fortísimas sospechas de ser un ladrón el sujeto al cual pasaba tan raro lance. Habrían acudido mirones, y entre ellos gente dispuesta a recoger una u otra moneda de las caídas y desparramadas, y de resultas de ello era inevitable mi prisión hasta averiguar quién era yo, y por qué andaba con aquel dinero oculto. Pero si, hecha la averiguación, quedaba (solo por ser conocido mi carácter y no haber quien se quejase de haber sido robado) indemne yo de la nota y sospecha de ladrón, entraba otra cuestión no menos grave. ¿Qué hacía yo en Cádiz? ¿Por qué estaba escondido? ¿A qué llevaba tan crecida suma en día de Navidad y con tal recato, en vez de fiarla a un mozo de cordel? Y, agregando a esto las voces que corrían sobre haber conjuración, y si no pruebas legales, casi general convencimiento de haber yo tenido parte en la formada primero y luego desbaratada a medias por el conde de La Bisbal, ¿no se seguiría de mi prisión gravísimo peligro, más todavía al proyecto de levantamiento que a mi persona? Todo esto en menos tiempo que el en que lo escribo se me vino de tropel a la mente, aumentando con la congoja moral la corporal que me producía el peso que me iba rindiendo. Pero un grande apuro da fuerzas, y de ello tuve yo y di entonces una prueba, pues entrándome por una calle corta y poco transitada, me arrimé a una pared, sostuve mi embozo con los dientes, aproveché un punto algo saliente en el a modo de zócalo de una casa para en él apoyarme, respiré con fuerza, cobré con esto bríos, y capaz ya de andar por breve espacio sin soltar mi carga, apreté el paso aprovechando la feliz circunstancia de estar poco distante de la de Istúriz la casa que era mi residencia. Llegué por fin a ella, atravesé la puerta de la calle, en Cádiz por lo común abierta, llegué al segundo portón cerrado, así el cordón de la campanilla, la toqué con violencia, y hecho ya el último esfuerzo, vino la postración y hube de caer, si bien no enteramente de golpe, boca abajo, quedando cubierta con mi cuerpo la talega. Al recio campanillazo acudieron los de la casa, no sin susto, pues sabían estaba yo fuera, y las circunstancias eran para estar con recelo y temor por mí y por nosotros todos. Abierta la puerta, grité yo desde abajo con voz lastimera y como enfermiza, y corriendo mis amigos a darme favor aunque ignorando cuál era mi pena, al principio se quedaron admirados, y luego soltaron la risa, distinguiéndose entre ellos el viejo Vega, que se desternillaba. Cuenta de Napoleón el obispo de Pradt que le dijo repetidas veces, en una conversación en Varsovia, que lo sublime y lo ridículo distan un paso no más, copiando con alguna mudanza el Emperador lo que había dicho Voltaire de el amor y la devoción,[62] y prueba es de ello el lance que acabo de referir.