De la cual dice nuestro Arriaza en su linda sátira de la tragedia Los Venecianos,
No porque califique yo de sublime ni mi acción ni la empresa en que estaba empeñado, pues sería hasta profanación de la voz sublime aplicarla a tales objetos, pero al cabo grande era y grandísima vino a ser por sus resultas la importancia de un suceso tan de burlas, por lo cual no quiero omitir su relato donde aparece un testimonio más de cuán común es depender cosas graves de sucesos por demás pequeños.
Mientras esto pasaba, nuestras relaciones con el ejército iban siendo más frecuentes. Pero se había hecho necesario no dejar enfriar el calor producido por mi visita. No pareció conveniente que yo la repitiese, y fue en mi lugar Fernández Vallesa. Este sujeto, digno de aprecio por más de un título, pero poco o nada conocido, apareció con importancia superior a la que tenía, y desempeñó su encargo con sumo acierto, mezclando el valor con la prudencia. Era, en verdad, Vallesa persona de muy buenas prendas, aunque sin calidad alguna superior, no muy instruido, pero tampoco ignorante, a lo cual acompañaba un juicio claro, una gran serenidad de ánimo, y no común honradez; sujeto muy deslucido en persona y modos, defecto que a primera vista oscurecía sus dotes, las cuales se descubrían después de algún trato, y hombre a quien tocó hacer mucho en la conjuración y figurar poco después del triunfo, pero que, al cabo de su carrera, querido y también estimado, vino a ocupar un puesto alto y no de los superiores, colocándose así en el lugar correspodiente a su mérito, lugar que era de los elevados entre los de segunda clase.[63]
[63] Murió siendo magistrado del Tribunal Supremo de Guerra y Marina.
Vallesa, una vez en el ejército, lo cual logró hacer con poca dificultad, porque de día en día iba allanándose más el paso por los cordones, anunció estar hecha la elección de general en el coronel Quiroga, el cual, sin embargo, seguía preso, si tal calificación podía darse a la situación en que estaba. Poco al parecer tenía que hacer este nuestro nuevo comisionado, pero con todo hizo mucho, porque la conjuración, como todas comúnmente comparadas al fuego, necesitaba como el fuego continuos soplos para mantenerse viva.
Había en medio de esto llegado el 26 de diciembre. No estaba señalado el día en que había de tener efecto el rompimiento, pero no podía ya perderse tiempo, y era necesario poner en obra lo propuesto y dentro de plazo muy breve. Estando así las cosas, se me presentó un sujeto de mí desconocido, que me traía, de parte de Mendizábal, un encargo, diciéndome que sin demora pasase a verle en Jerez, para lo cual me traía el mensajero medio fácil y seguro de atravesar el cordón. Cauto yo, como convenía a las circunstancias, con arte procuré averiguar si el mensajero era nuestro aliado o cómplice, y pronto hube de conocer que no lo era, sino que, al contrario, ignoraba qué clase de negocio tenía yo en trato con nuestro común amigo, y creía que era sobre cosa de compra y venta, todo ello relativo al ramo de provisiones. Acomodé al saber esto mi lenguaje a lo que de mí debía pensar el que iba a ser en mi nuevo corto viaje mi compañero. En medio del día tuve que salir por medio de Cádiz, donde era tan conocido, embozado y tapándome, pero de manera que no diese tampoco sospechas por mi empeño en encubrirme a la persona que iba conmigo. No pude conseguir esto último, pues como él me dijo después, receló que yo tenía alguna causa por la cual me recataba con exceso. El hombre, sin embargo, no era de temer, porque a la política atendía poco, y si algo, era allá constitucional a su modo, como buen gaditano. Así es que nos embarcamos sin tropiezo para el Puerto, de la cual población salimos sin perder tiempo para Jerez, donde nos encontramos Mendizábal y yo, siendo de notar que no le había yo visto desde que había entrado en nuestra sociedad y nuestro proyecto.
Ya en aquella hora, una conjuración sin verdadera cabeza, sin recursos, o poco menos, tenía una fuerza formidable. Con todo eso, aún podría el Gobierno haberla atajado, como pudo fácilmente después del levantamiento haberla sujetado; pero dio con su conducta sobrado motivo para que los más amantes de las doctrinas que profesaba y de las cuales era defensor, se viesen forzados a darlo, aunque de mala gana, y por otras causas, la calificación de malo que le daban sus enemigos y se le da en esta narración prolija. Sirva de disculpa de esta prolijidad que ella misma, en sus menudencias, manifiesta con lo flaco de los medios empleados para derribar aquel poder, hasta qué punto había en él venido a menos la fuerza que tenía en 1814.
IV.
Al llegar a Jerez y verme con Mendizábal, encontré a este lleno de su importancia, y no sin razón, ufano del éxito de sus trabajos, tan feliz, según nuestro deseo, que era ya fácil y llano, a punto de contarlo como seguro lo que tres meses antes habría parecido un delirio. Por desgracia, o diciéndolo con propiedad, para mortificación de nuestra impaciencia, teníamos al principio un testigo de nuestra conversación en mi acompañante, quien, al vernos hablar de negocios de compra y venta, con ingenuidad manifestó que había recelado otra cosa de mí, porque a la salida de Cádiz tenía para él trazas de persona muy sospechosa, y tal vez implicada en un suceso político de aquellos días al cual aludió,[64] pero sin darnos susto, porque no era el de harta más gravedad que teníamos entre manos.
[64] Por aquellos días fue comunicada una Real orden supuesta, mandando poner en pie y entrar en servicio activo las milicias provinciales. De dónde salió, y cuál fin llevaba tal fraude, no creo que se haya sabido, pues de los conjurados no fue ni podía ser, porque en las milicias más contrarios teníamos que amigos. Lo cierto es que el Gobierno se indignó, y en la Gaceta expresó su indignación en nuevas y verdaderas Reales órdenes, mandando averiguar el origen de un hecho en que veía un peligro. De esto se habló mucho; no entre nosotros, atentos a mayor cuidado. Mi acompañante, más enterado de ello que de nuestro negocio, me dijo, pues, que al figurarse que yo me tapaba mucho, receló si sería de los implicados en la causa mandada formar sobre el asunto de las milicias provinciales.
Un negocio o solo un deseo de distracción llevó a este que nos era importuno, y dejándonos a solas uno con otro a los dos agentes de conjuración, supe de Mendizábal que me llamaba para que juntos pasásemos a las Cabezas de San Juan, donde habían de darse sus disposiciones finales para el levantamiento casi inmediato, porque allí estaba uno de los que en él habían de hacerlo principal, nombrándome a la tal persona, hasta allí de mí no conocida. Era esta la del primer comandante del batallón de Asturias, don Rafael del Riego, de allí a poco de tan alto renombre, por algunos años después de controvertida fama, al cabo de suerte por extremo lastimosa. Del carácter del tal personaje deben dar el mejor testimonio sus hechos, pero estos son conocidos imperfectamente, habiéndolos abultado, sacado de quicio, y desfigurado en contrarios sentidos pasiones furiosas o locas, unas de amor y otras de odio. Un motivo poderoso me sirve de impedimento para hacer su retrato, y es que lo trágico de su fin y el extremo de barbarie con que fue tratado por sus enemigos vencedores deben hacer en alto grado respetable su memoria, mientras por el lado opuesto la verdad histórica, que no admite falsedades, ni aun abona el silencio cuando es justa y necesaria la censura, exigiría, al hacer mención de sus buenas prendas, señalar igualmente las faltas enormes que las compensaban y deslustraban, y que tan fatales fueron a la patria, causa y persona del que sobre todo era desigual por demás al puesto a que por breve plazo le encumbró la fortuna. Riego tenía parte en la conjuración medio sofocada en el Palmar, siendo de la sociedad secreta, pero tenía en ella tan pobre papel, que solo era conocido de sus amigos. Tuvo la mala suerte de haber ido en el séquito militar del conde de La Bisbal en la noche del 7 al 8 de julio, desde Cádiz al Puerto, a ejecutar la prisión de los comandantes, pero, lleno del celo de la causa común, y conociendo la intención del general desde el momento en que se puso en marcha, había tratado en el camino de dar aviso a sus cómplices y de excitar a la resistencia. O por no ser sabido tal proceder, o por otra causa ignorada, lejos de participar de la desgracia de los que cayeron presos en aquel lance, había sucedido a dos de ellos (los hermanos San Miguel) en el mando del batallón de Asturias; pero lo ignorado o desatendido por unos, era recordado y aprobado por otros, de lo cual había nacido contarse mucho con Riego entre los continuadores de la poco antes malograda empresa. Yo ni de vista le conocía; pero Mendizábal me hizo de él grandes elogios, porque en la trama renovada y reforzada en el ejército había tenido y tenía muy principal parte. Esto supe en Jerez, y esto oí de nuevo en el camino que emprendimos Mendizábal y yo, sin compañeros, en la noche del 26 al 27 de diciembre. Habiendo llegado al amanecer a las Cabezas, villa pequeña, villa cuya existencia y nombre sabían pocos, excepto en los lugares comarcanos, pero de extendida fama después, y que será recordada siempre, ya para bien, ya para mal, en la historia de España, entramos en el pueblo, fuimos al alojamiento de Riego, y yo fui presentado a él, quien desde luego me recibió como amigo, a uso de aquellos días de sinceridad en nuestro entusiasmo, y se empezó al momento a trabajar en los pormenores del plan del levantamiento. Tres habían de ser los movimientos principales. El batallón de Asturias, saliendo de las Cabezas en la noche del 31 de diciembre (después se pospuso a la del 11 de enero de 1820), había de irse sobre Arcos, donde estaba el cuartel general, y juntándose en las inmediaciones de aquella población con el batallón de Sevilla, que había de acudir al mismo punto desde su acantonamiento en Villamartín, y con algún otro, juntos caer sobre la residencia del general del ejército, prenderle con todos cuantos a él siguiesen adictos, y proclamar lo que llamábamos la libertad, y por general a Quiroga. Al mismo tiempo este, sacado de su prisión en Alcalá por el batallón de España, allí acuartelado, y puesto a su frente, había de ir sobre Medina Sidonia, donde le esperaba y se le reuniría el batallón de la Corona, y ambos juntos, marchando en la larga noche de invierno, debían con la primera alborada estar sobre la batería del Portazgo y puente de Suazo, donde, aprovechando el general completo descuido, lo cual, como acreditó la experiencia, no era prometerse mucho, entrar sin resistencia y por sorpresa en la isla gaditana, y dueños ya de ella los levantados, creían seguro serlo de Cádiz, guarnecida por el batallón de Soria, muy nuestro, aunque no lo era su primer comandante, y cuyo vecindario, liberal ardoroso, recibiría con aplauso a los que debía considerar como libertadores de la patria, sujeta al yugo del despotismo. Por último, tercer movimiento hecho un poco más en lo interior, y empezado por la artillería, cuyo comandante, el coronel don Miguel López de Baños, era contado entre los más firmes y ardientes de nuestra sociedad y empresa, agregándose el batallón de Canarias y algunos más, había de marchar a la costa, donde el ejército antes expedicionario, y ya destinado a muy otro fin, había de presentarse junto. De este plan solo una parte tuvo efecto, y muchas tropas de las que con harta razón suponíamos amigas, en fuerza de las circunstancias, vinieron a sernos contrarias, no obstante lo cual, en el término de poco más de dos meses fue nuestra y completa la victoria.
Estando ocupados en estos trabajos, se presentó en las Cabezas, llamado por Riego, el comandante de un batallón acantonado, no me acuerdo si en Trebujena o en Constantina, de la sociedad también, y de la conjuración por consiguiente, pero hombre tibio e irresoluto. Enterósele de lo quede tocaba hacer en la obra común, lo cual era ponerse en marcha sobre Cádiz, juntándose, si le era posible, con Riego. Allanose a ello sin poner objeción alguna, y como si hubiese aún algo en qué convenir, después de estar conformes en lo principal, fue preguntado por Riego si necesitaba todavía alguna cosa, a lo que él respondió con gran flema y no menor asombro de nuestra parte, que solo pedía una orden del general (no del nombrado por nosotros, sino del que lo era por el Rey), para ponerse en movimiento. Ridiculizó Riego, como era de suponer, la idea de pedir una orden del general para rebelarse contra el Gobierno y contra su misma persona, pero el bueno del comandante repuso: «¿Pero y yo, si no sale bien el movimiento, con qué me cubro?». «¿Y con qué me cubro yo atacando el cuartel general?», exclamó arrebatado y replicándole Riego. No hizo mella tal consideración en el ánimo de su compañero, del cual visto estaba que poco o nada era de esperar, pues trataba de cubrirse, y así fue que se marchó con apariencias de ir disgustado, y que no tomó parte en el movimiento verificado de allí a cinco días. Pero hizo otra cosa más singular, y es que Riego, habiéndole parecido tan ridícula pretensión la de su compañero, apelase después al arbitrio de que se burló e indignó;[65] acción por largo tiempo ignorada aun de mí, y descubierta por el mismo que la hizo en una de sus frecuentes indiscreciones.
[65] Cuando regía la Constitución, y estaba Riego en el punto más alto de su fama e influjo o poder, como estuviésemos un día, estando él presente, hablando del pormenor de los sucesos de nuestra conjuración, cité yo, como idea singular por lo ridícula, la del buen comandante que necesitaba una orden supuesta del general para sublevarse, y la alentada y oportuna respuesta del que era llamado Héroe de las Cabezas, cuando, con sorpresa mía, este dijo: «Pues yo hice escribir una orden como la de que se trata, para mí, y estaba tan bien imitada la letra de la oficina y la firma del general (el conde de Calderón), que puestas al lado las órdenes verdaderas y la supuesta, no se distinguía la una de las otras». Como había entre nosotros personas, si no enemigas, tales que podían hablar de este acto, hicimos ruido y procuramos que apenas se entendiese lo que algo menguaba la clara fama de Riego. Lo más raro de todo ello, es que habiendo él publicado la Constitución de 1812, separándose del plan del alzamiento, no se atina cómo pudo pretender cubrirse con una orden para ponerse en marcha.
Pasose en claro la noche del 27 al 28, como había yo pasado la anterior caminando, pero no sentíamos la falta de sueño. Arregladas las cosas en las Cabezas, salí para Jerez de vuelta a Cádiz, y me separé de Mendizábal. En las pocas horas que pasé en Jerez, escribí para Quiroga la proclama que había de dar en la hora del levantamiento, y que solo fue publicada en San Fernando al tercero o cuarto día de estar allí, siendo ya inoportuna. Marchó a Alcalá a llevarla don Vicente Bertrán de Lis y Rives, amigo muy querido mío, cuya muerte temprana, aunque no ocurrida en la primera juventud, es una de las que lamento entre las muchas que está destinado a llorar aquel a quien concede el cielo el dudoso favor de una vida larga.
Tenía prisa de llegar a Cádiz, y lo hice sin tropiezo o gran dificultad, aunque estaba el cordón subsistente como para prueba de que había una ley o disposición del Gobierno, de que nadie hacía caso. A favor de mis relaciones con el correo, desde el Puerto fui en el carro que llevaba las valijas, juntamente con el conductor, que solo vio en mí un recomendado, y así penetré en la ciudad a la acostumbrada hora de la noche. Encontré a la gente un tanto inquieta con una novedad, y era que en la noche anterior había sido preso Istúriz y llevado al castillo de San Sebastián, donde estaba encerrado e incomunicado. Seguía, pues, la causa de los complicados en la conjuración, y con algún aumento de actividad, pues ya eran presos paisanos como cómplices de los militares; pero seguía con tan poco tino que dejaba libres a los que a la sazón amenazaban al Gobierno con peligro tan inmediato como grave. Aun mi prisión acaso, que mes y medio antes habría desbaratado de nuevo la trama, ya no habría alcanzado a impedir el alzamiento, pero a lo menos habría sido ponerse en el rastro verdadero, cuando con prender entonces a Istúriz se seguía uno que no llevaba objeto a la sazón importante.
Así es que la prisión de Istúriz nos dio pena, pero susto no, y aun la primera fue poca, por creernos seguros de libertarle dentro de tres o cuatro días. No eran más los que faltaban para el gran suceso esperado. Los pasamos en ansiosa expectativa, si llenos de esperanza, no ajenos de temor, y este, puede afirmarse sin jactancia, no por nuestras personas, sino por la causa a que con empeño tal nos habíamos dado. Llegó, por fin, el 1.º de enero y pasó, y ninguna noticia tuvimos; pasó el día siguiente y continuó la misma incertidumbre, hasta llegar la noche y cerrarse las puertas. Aunque estas habían de abrirse para el correo, ya apenas contaba yo con recibir por él noticias, y tan subidas cuanto habían sido mis esperanzas, tanto era mi desaliento, o debo decir mi desesperación, figurándome, si no una desgracia como la del Palmar, pues de ella, si la hubiese habido, habría tenido noticia el gobernador de Cádiz y sería pública, un amilanamiento al tiempo de obrar, u otra cosa parecida, que causando nuevas dilaciones iba a malograrlo todo, pues la dilación encerraba entonces segura ruina. Entre furioso y triste, siguiendo mi costumbre de salir de noche, me fui al lugar donde solía estarme hasta la hora de recogerme. Pero no habría estado allí una hora, cuando llamaron con recio campanillazo a la puerta, y acudiendo a ver quién era, preguntó por mí un sujeto desconocido. Bien podía infundir temor la pregunta, y el hecho de buscarme allí donde poquísimos sabían que podría hallárseme; pero era hora de aventurarlo todo, y así me presenté resuelto al que deseaba verme. No le conocí, pues en mi vida le había visto, pero me hizo las señales por donde nos dábamos a conocer unos a otros, a lo que siguió decirme lo siguiente: «Acabo de entrar en Cádiz en el carro del correo. Vallesa ha llegado a la isla esta tarde de vuelta del ejército: el gran golpe está dado:[66] el cuartel general ha sido sorprendido ayer antes de amanecer con feliz fortuna y ninguna resistencia: el general del ejército está preso con otros muchos: Quiroga libre, y dueño del mando, viene marchando sobre el Puente de Suazo, donde llegará al amanecer, siendo fácil, a punto de darse por seguro, que en el descuido que hay entrará en San Fernando, sorprendiendo antes la guardia avanzada del Portazgo, sin que se note siquiera».
[66] No deben extrañar los lectores que no entre aquí a referir el famoso hecho de Riego, porque hablo de cosas en que o tuve parte, o que estaban enlazadas inmediatamente con mis actos personales, Riego proclamó la Constitución de 1812 en las Cabezas, el 1.º de enero de 1820 por la mañana, y al cerrar la noche fue sobre el cuartel general de Arcos, le sorprendió con extraordinario arrojo, y con ello ganó eterno y en no corto grado merecido renombre. Pero con su valor mezcló no poco de imprudencia, mostrando ya lo que constantemente mostró en su breve carrera política, y es que obraba a medida de su capricho. Riego no tenía encargo de proclamar la Constitución de 1812, ni hacer tal cosa era parte principal de nuestros planes. Debía haber ido sobre Arcos, según estaba convenido, ocultando a qué iba hasta dar el golpe. En verdad un solo soldado infiel en un caso en que la infidelidad habría sido altamente premiada, un solo vecino del pueblo de las Cabezas que se hubiese escapado en las horas que mediaron entre la proclamación del Código de Cádiz y la salida del batallón de Asturias del pueblo, habría malogrado el plan general, y hecho la sorpresa imposible. Y no vale decir que Riego acordonó el pueblo, pues sabido es cuán fácilmente atraviesa un cordón un hombre solo.
El batallón de Sevilla, acantonado en Villamartín, cumpliendo fielmente lo dispuesto, y guiado por su segundo comandante don N. Osorio, a quien siguió el primer comandante, fue asimismo sobre Arcos, adonde llegó antes de amanecer. Pero no dio con Riego y los de este. En tal situación esperó a la luz del día, siendo prodigio que al verse solos y creerse perdidos, la tropa no se creyese vendida y se dispersase. En tanto, Riego, viéndose sin esta ayuda que esperaba, dio el golpe solo. Pero si de este fue el atrevimiento, del otro fue el mérito de la obediencia al plan formado y de la firmeza. Sin embargo, nadie habló con alabanza de la conducta del batallón de Sevilla y de sus jefes. Una acción de valor temerario seguida del triunfo, se lleva tras sí la atención general, distrayéndola de ocuparse en actos, si no de inferior mérito, de menos bulto.
Grandes noticias eran estas, y tales que equivalían al triunfo completo de nuestra causa; de suerte, que hasta en mí, siempre más inclinado a creer y mirar posible lo adverso que lo favorable, produjeron el efecto de infundirme, juntamente con loca alegría por lo presente, las más lisonjeras esperanzas para lo futuro.
El gran golpe estaba dado, y si aún quedaba por hacer una cosa, al parecer nada fácil, que era la entrada en la isla gaditana, atendido el estado de las cosas, lo miraba yo como cosa hecha. En esto último acerté, pues, como referiré de aquí a poco, fue entrado y ganado por nosotros lo que había sido diez años antes baluarte de la España independiente y límite del gigante imperio de Napoleón, sin resistencia y hasta sin conocimiento de los que dentro estaban, a pesar de lo cual, y de algún otro suceso feliz, montes de dificultades se nos pusieron delante, a punto de poner muy a pique de ser trágicos fines los que habían sido tan afortunados principios.
Volviendo a mi persona, cuando recibí las para mí tan faustas nuevas, corrí a verme con mis amigos y cómplices, a fin de prepararlo todo para abrir las puertas de Cádiz a los levantados. Parecía la cosa fácil una vez en San Fernando los nuestros. Guarnecía a Cádiz con muy escasa fuerza el batallón de Soria, en el cual teníamos cómplices numerosos, si bien no lo era el primer comandante; pero este más trazas tenía de sernos amigo que contrario, como lo probó al fin, aunque tarde; y de los gaditanos esperábanos con plena seguridad, si no otro auxilio, el de su arrebatado aplauso, que no deja de servir, y aun bastante, en señaladas ocasiones.
Pero luchábamos con un inconveniente, el cual era lo corto del poder o influjo de las cinco o seis personas únicas que en Cádiz estábamos en el secreto de lo que pasaba, y aquí se nos presentó un obstáculo en don Domingo Antonio de la Vega, quien, sin contar con que se nos mostró tímido, como de él no se esperaba, obró guiado por consideraciones de interés privado, harto disculpables en sus circunstancias, pero funestas para nuestra empresa, pues habiendo él tomado tanta parte en los trabajos y peligros, no quería que fuese de otros el provecho ni la gloria, y sabía que, levantaba la población de Cádiz, daría el mando por elección a los que nada habían hecho en la empresa nueva, cuando, entrando el ejército, tocara un alto puesto al que en la nueva conjuración le ocupaba muy principal, y en el concepto de los vencedores era tenido en mucho. Que no calumnio a Vega al decir de él que tales motivos le guiaban en el 3 de enero de 1820, me consta de sus propias declaraciones, pues más de una vez en el aquí recién citado día, me expresó lo que yo de él no supongo, sino refiero, procurando hacer uno con su interés el mío. Pero me olvido de que pensando en lo posterior, aunque inmediato, he pasado por alto varias circunstancias de la mañana del mismo 3 de enero.
Bien era de suponer que dormiría yo poco en la noche anterior. Así es que el alba me encontró despierto, suponiendo que en aquella hora o éramos dueños de la importante posición de la isla de León o San Fernando, o habíamos tenido un revés inesperado que reduciría a nada la victoria en el cuartel general recién conseguida. Pasaron horas, y ninguna noticia me llegaba. Inquieto nuevamente por demás, envié una persona a la Puerta de Tierra a que viese si venía gente de la Isla, como viene todos los días a Cádiz en no corto número, y de los que viniesen averiguase lo que allí había pasado o pasaba. Fue mi comisionado y volvió con noticias que, por ser tan ordinarias y triviales, si no me causaron dolor, aumentaron mis angustiosas dudas. Habían llegado de la isla de León calesines salidos de aquel pueblo ya entrado el día, y como fuesen preguntados los caleseros qué había de nuevo en el punto de que venían, respondieron que nada. Terrible era la respuesta, por ser al parecer prueba evidente de que se le había a Quiroga malogrado el golpe. No perdí tiempo en despachar una persona de mi confianza a la isla de León, y me puse a esperar las tres o cuatro horas que debía tardar la respuesta. No hube de estar por tan largo tiempo en mi casi congojosa espera, pues a poco más de una hora de su salida, mi comisionado me escribió desde poco más de la mitad del camino que Quiroga y los suyos eran ya dueños de la Isla, y que había hablado con una corta partida o avanzada de sus tropas, que, vencida ya más de la cuarta parte del camino que separa aquella población de la de Cádiz, estaba en el lugar a que da nombre un torreón antiguo llamado Torregorda. Nueva alegría fue esta tras de nuevas congojas, y esta vez parecía todo concluido, aunque vino a distar mucho de estarlo. He aquí lo que había pasado con particularidades que calla o ignora la historia; menudencias quizás, pero tales que explican nuestro increíble triunfo.
Por mucha prisa que se hubiese dado Quiroga en su marcha, no había podido hacerla con la prontitud necesaria para el fin propuesto. En primer lugar, no se había movido en el día 1.º al mismo tiempo que Riego, lo cual se le achacaba a grave culpa, pero no lo fue, porque si se hubiese movido, habría habido de detenerse en el camino, atajándole el paso dos ríos que, estando como estaba lloviendo con violencia, y siendo como torrentes, hasta dos o tres horas después de escampar, no podían ser vadeados. En segundo lugar, puesto ya en marcha, encontró muy malo de resultas de las lluvias el camino. También al llegar a Medina Sidonia, si allí se le reunió el batallón de la Corona, lo hizo, aunque sin asomo de resistencia, con alguna tardanza. Esta, aunque no grande, trajo pérdida de tiempo, y lo mojado y cenagoso del terreno hicieron trabajoso el paso de las cuatro leguas que hay de Medina-Sidonia al puente de Suazo. Ello es que, en vez de llegar a avistar este punto antes de amanecer, o con luz dudosa, se vio cercano a la batería del Portazgo entre las nueve y diez de la mañana de un claro día; mala hora para sorpresas.
Hubieron de titubear todos cuantos allí venían sobre acometer una empresa a que todo el poder de Napoleón no había bastado, pero hubieron también de reflexionar que ningún lugar es fuerte si no está defendido. Hízose, pues, la prueba de si lo estaba. Dos compañías del regimiento de la Corona se adelantaron hasta la batería del Portazgo. Había en esta una corta guardia mandada por un oficial subalterno, ignorante de lo que pasaba, pues aún lo estaban las autoridades de Cádiz de haber sido sorprendido el cuartel general treinta horas antes a cinco o seis leguas de distancia. Viendo el oficial del puesto llegar tropa, la juzgó amiga, no suponiendo que pudiese haberla contraria en España, entonces en paz, y saludando al que mandaba a los recién llegados como compañero, le pidió que le entregase el pasaporte o carta de sanidad u otro documento que debía traer consigo. En tanto, formados como venían los de la Corona, hicieron alto delante del cuerpo de guardia, mientras los que este lugar ocupaban, ajenos de recelo, no tomaron las armas, dejándolas asimismo afuera en el lugar acostumbrado. Al fingir ir a dar el pasaporte el que mandaba a los en aquel caso agresores, hizo a los suyos una seña, a la cual, obedientes ellos, se arrojaron de golpe al soldado que estaba de centinela, le desarmaron, no consintiéndole resistir el asombro; cogieron como a manojo las armas y las tiraron a tierra, y apuntando al oficial y a los suyos que, sin armas, salían a echar mano a las suyas, curiosos más todavía que irritados de tan imprevisto suceso, les intimaron que se entregasen prisioneros, lo cual hicieron ellos sin resistir y sin saber por qué eran así tratados. Todo esto pasó en completo silencio. Quedaba aún el Puente de Suazo, de más fama que fuerza, entonces, pues da su nombre a los lugares vecinos, y si es formidable y dificilísimo de expugnar, aun en la guerra de la Independencia había quedado de segunda línea, y en 1820 ni guarnecido estaba. Salió encargado de tomarle o de ocuparle, o solo de pasar por él, un capitán de granaderos de la Corona, llamado don Miguel de Bádenas, joven de singular humor festivo, atronado, muy conocido en la buena sociedad de Madrid, donde eran citadas sus rarezas. No conocía Bádenas el lugar a que iba, pues nunca había estado en él, por lo cual fue yerro darle el encargo que llevaba, si bien fue yerro que no tuvo malas consecuencias. Atravesó Bádenas con los suyos a todo correr el espacio como de un cuarto de legua o algo más, que separa el Portazgo del Puente; llegó a este último sin saber dónde estaba; vio baterías a sus costados y un puente levadizo al frente, sin gente las primeras, y el segundo con el paso expedito; siguió adelante, mirándole desde las baterías uno u otro soldado sin conmoverse o mostrar extrañeza; se puso al otro extremo del largo puente, y ya frente de las primeras casas de la población de San Fernando, y enterado allí, con asombro suyo, de que dejaba ya atrás el fuerte puesto, cuyo nombre había sonado en sus oídos, loco de alegría, y apelando a sus singularidades, se echó en tierra, se revolcó por ella, pidió papel, y con lápiz puso en el que le trajeron Soy dueño del Puente de Suazo, y firmó tan raro parte con la palabra Netez, voz derivada del adjetivo neto que él usaba con frecuencia, soliendo designarse por ella a sí propio. Así fue entrada por pocos hombres la isla gaditana.
En el pueblo de San Fernando nadie sabía lo que estaba sucediendo, menos los conjurados, y aun estos apenas, porque habiendo salido al amanecer a recibir a sus amigos, con no verlos venir, cansados de esperar, recelosos y desesperados, se habían vuelto a sus casas. Un incidente más señaló tan singular suceso, como para poner en relieve la inercia o incuria de las autoridades que allí había. Estaba en aquella población, que es el primer departamento de marina, no menor personaje que el ministro, o dígase el secretario de Estado y del despacho del ramo, que era entonces el teniente general don Baltasar Hidalgo de Cisneros, buen oficial, pero no político avisado. Residía allí, por breve tiempo, aunque conservando su alto puesto e importante cargo por orden del Rey, a fin de que activase la salida de la expedición dedicada a reconquistar una parte de nuestras perdidas provincias ultramarinas. Estaba el buen ministro o trabajando o descansando en su morada, en plena paz, y en su entender seguridad completa, cuando ya la bandera de la insurrección, que pronto fue la constitucional de 1812, pasaba triunfante las desiertas calles. Sabedores los constitucionales de la presencia allí de tal personaje, no tardaron en dar orden de asegurarse de su persona. De hacerlo fue encargado un oficial con pocos soldados. Tenía el ministro en su casa una guardia de infantería de marina, la cual, viendo formarse enfrente tropa de tierra, no hizo alto en ello, y antes dio franca entrada al oficial de ejército que manifestó deseos de ver al general ministro. Este último, asimismo se mostró pronto a recibir la visita que se le anunciaba; pero como, con sorpresa suya, el recién entrado a su presencia le intimase que se diese a prisión, el honrado y candoroso anciano, aunque no ignorante por experiencia propia de lo que son las revoluciones, pues diez años antes había sido en la de Buenos Aires, donde era virrey, depuesto y preso, ajeno de toda sospecha de ver en la España europea cosa igual o parecida, juzgó que procedía del Rey el duro injusto proceder que con él se usaba, y exclamó: «que bien veía que S. M. había sido sorprendido, pues él había hecho de su parte todo lo posible para que la expedición saliese». Pero como, continuando la conversación, pasase él a averiguar por qué conducto venía la orden de prenderle, y le fuese respondido que la disposición era del general del ejército nacional; asombrado al oír tal adjetivo, comprendió su significado, y se vio llevar a decoroso encierro, no volviendo en sí de su asombro de que se hubiese apoderado de la isla de León fuerza armada sin sentirlo ni el vecindario ni las autoridades militares de lugar de tanta importancia. No sin razón va aquí citada esta ocurrencia, porque esclarece la situación en que tuvo efecto, y explica, como lo que más, el éxito de una conjuración, solo por culpa del Gobierno favorecida por la fortuna.
Mientras esto sucedía en la isla de León, en Cádiz, recibido ya el aviso de estar cercana parte de nuestras tropas, sin que supiésemos en cuánta fuerza, nos preparábamos a recibirla. Al intento juntamos gente, de ella la mayor parte de la peor clase posible, y le dimos por punto de reunión la Puerta de Tierra. Pero aquí empezaron las dificultades. Guiado Vega por los motivos que antes aquí dejo dichos, y además, faltándole arrojo por haberle quitado los años el que tenía; como había sabido que hora y media antes estaban algunos de los de Quiroga en Torregorda, los suponía, no sin razón, en la Cortadura, y por estar este puesto avanzado indefenso, dueños de ella, que es decir casi a las puertas de la plaza. Por esto prefería en su entender lo cierto y seguro a lo dudoso y arriesgado, y también se veía ya puesto por los vencedores sus cómplices a la cabeza de una junta. En tanto, furioso yo con su vacilación y dilaciones, quería arrojarme a la calle, pero me lo estorbaba diciéndome que con mi salida intempestiva podía echar a perder lo que había salido o iba tan a medida de nuestro deseo. Es de contar que ya recibíamos avisos de que las autoridades de Cádiz, sabedoras, aunque tarde, de lo que pasaba, estaban en movimiento y apercibiéndose a la defensa, pero nos daba esto poco miedo. Faltaba a Cádiz gobernador; el que hacía sus veces, el teniente de rey don N. González Valdés, había sido castigado en 1814 por constitucional, pecado no común en el ejército, y de él juzgábamos que si no se nos declaraba amigo no se nos mostraría acérrimo contrario. Verdad es que estaba en Cádiz el general Campana, pero en él ni pensábamos, siendo hombre que, con razón o sin ella, gozaba de escaso concepto en la milicia. En el batallón que guarnecía la plaza veíamos un apéndice de la parte del ejército levantado. Solo quedaba en Cádiz el regimiento de la Pava, o sea milicia urbana del tiempo antiguo, tal que ni sirvió en la guerra de la Independencia, sustituyéndole los voluntarios. Pero ¡rareza de las que suelen suceder en el mundo! Contra toda probabilidad habíamos logrado levantar el ejército, y traer parte de él hasta dentro de la isla gaditana, y con todas las probabilidades en favor nuestro, no fuimos dueños de la, aunque fuerte, indefensa ciudad de Cádiz, cuyo vecindario nos era afecto, y con no lograr su posesión, nuestra empresa, bien comenzada, estuvo cerca de terminar trágicamente y en nuestra ruina.
Volviendo a mi situación y la de mis allegados, continuaba yo mi altercado con Vega, insistiendo en hacer algo, cuando él, con el tono enfático siempre suyo y el medio bramido que precedía en su boca a sus frases: «Calle usted, Antonio», me dijo, «y no dude de que no hay que temer; que si hubiese gobierno en España, meses ha que estaría usted siete estados debajo de tierra». Triunfó al fin Vega, ayudado de otros, aunque solo por lo pronto, creyendo todos de cuarto en cuarto de hora saber que los de Quiroga estaban en la Puerta de Tierra, o cuando menos en la Cortadura.
En esto, el día brevísimo, como de los primeros de enero, iba a terminar, y yo, esperando a Vega que se había ido a su casa para volver o aguardando noticias, y entre ellas la de la llegada de los de Quiroga, me consumía de rabia, hasta que me eché a la calle. Pero no encontraba conocidos a quienes preguntar, y solo veía la gente inquieta y notaba movimiento. Vega, creyendo errado el golpe, se había escondido. La gente nuestra que estaba apostada en la Puerta de Tierra, no viendo venir tropa de afuera, y sin moverse la de adentro, se había ido dispersando. Acudí al cuartel del regimiento de Soria, y el segundo comandante, mi amigo y cómplice, me declaró que no era posible por entonces que su tropa se declarase por nuestra causa. No sabiendo qué hacer, lleno de dolor y de rabia, corrí a la casa donde solía pasar las primeras horas de la noche, y allí me estuve sin pensar en volver a la de mi asilo, de donde se había retirado su propio dueño no creyendo aquella estancia segura.
Seguía la ciudad en silencio, cuando a altas horas de la noche, que yo no había tratado de dar al sueño, sonaron dos o tres cañonazos. De nuevo volví a salir, pero no tenía a dónde ir ni a quién preguntar. Al cabo llegué a saber de un desconocido, en la calle, que el fuego que había sonado había sido en la Cortadura. Pero reinaba donde quiera silencio, dormía el pueblo, o velaba recogido cada cual en su casa, y todo declaraba que, si había habido choque, los que venían de fuera habían sido rechazados. Era mortal mi angustia, porque a la incertidumbre se agregaba un tanto de reconvención que me hacía a mí propio por haber cedido en el día anterior a ajena voluntad en vez de hacer la mía, y además consideraba culpados a todos cuantos desde Cádiz habíamos traído allí a los levantados, prometiéndoles fácil entrada en aquella plaza, sin cuya posesión corrían grave peligro.
Estos pensamientos me hicieron pasar segunda noche desvelada, pero harto peor que la anterior, en que la inquietud estaba acompañada de alegría. Con el nuevo día vine a saber lo ocurrido en la noche, lo cual fue, según testimonios venidos después a confirmar o rectificar las primeras noticias, lo siguiente.
Quiroga había perdido muchas horas en la Isla, atento a varios cuidados y no ligeros. Pero debía haber desatendido cualquiera otra consideración, poniendo la suya principalmente en ocupar desde luego a Cádiz, o cuando menos la Cortadura, pues esta dista solo como una legua de Torregorda, donde ya habían llegado algunos de sus soldados al mediodía, y con haber adelantado en la tarde una corta fuerza hasta aquella obra avanzada, a la sazón sin defensa alguna, nuestra habría sido la plaza de Cádiz, o en la misma noche, o al día siguiente. Difirió, con todo, hasta cerca del oscurecer la marcha de la fuerza destinada a tan importante objeto, la cual hubo de andar su camino entre las tinieblas de la noche. A yerro tal agregó otro para los suyos no menos funesto. Aunque tenía a su lado el comandante que había sido del batallón de Aragón, don Lorenzo García, llamado el fraile por haberlo sido lego antes de ser militar, y el cual era persona de no común arrojo, y con la circunstancia de ser hombre de los dichos «de vida airada», que en Cádiz, donde él había residido, pasan la vida en comilonas, en los ventorrillos que hay en el camino a San Fernando, y aunque el mismo García solicitó del nuevo general, muy su amigo, la dirección de una expedición a que llevaba él la ventaja de conocer aquel terreno a palmos, fue encomendada la empresa al primer comandante de la Corona don N. Rodríguez Vera, buen oficial, pero para quien los lugares donde iba a obrar eran absolutamente desconocidos. Así es que en su marcha nocturna, ya casi cerca de media noche, se encontró Vera al frente, como gigante que le atajaba el paso, la alta muralla de la Cortadura corriendo de mar a mar, y al acercársele, oyó dentro gran rumor de armas, llamar a la pelea en voces terribles, y en medio de esto salieron de las troneras dos disparos de cañones de grueso calibre, la bala de uno de los cuales acertó a caer en la poco numerosa columna de su mando, matando a dos e hiriendo a algunos más de los que la componían. Fue, por cierto, rara casualidad que de dos tiros solos, salidos de batería no rasante, sino al revés, muy elevada, una bala de cañón fuese tan certera. Mayor casualidad fue que en una tropa declarada en rebelión al Gobierno, y persuadida de que venía a consultar amigos, tal recibimiento, acompañado de tal estrago, no hubiese infundido sospechas de traición y producido un contralevantamiento, pero la tropa se mantuvo fiel, y el que la mandaba, desesperando de poder tomar tanta fortaleza con el corto poder de que disponía, hubo de volverse a San Fernando. Desde entonces la Cortadura, en poder de las tropas fieles al rey, fue valladar insuperable para las fuerzas de Quiroga y Riego, y aseguró al Gobierno la posesión de Cádiz por más de dos meses; de suerte que, solo después de haber jurado Fernando VII la Constitución, lograron los restauradores de esta poner el pie en lo que debía haber sido una de sus primeras conquistas.
He aquí lo que había sido la inesperada y feliz resistencia de la Cortadura. Al saberse confusamente lo ocurrido en Arcos, donde había caído prisionero el general del ejército expedicionario, y con alguna más claridad que habían entrado en la isla de León tropas de los levantados, las autoridades de la plaza de Cádiz trataron de defenderla. El teniente de rey acudió al general Campana, el cual tomó el mando con cualquier título. No tenían mucha fuerza, y de la poca que tenían desconfiaban; pero nadie se movía ni alzaba la voz, y era fácil obrar cuando nadie se presentaba a oponerse, reinando en la ciudad quietud y silencio. En esto, un joven animoso tomó a su cargo la defensa de la Cortadura. Era el de quien aquí ahora hablo el capitán de infantería don Luis Fernández de Córdoba, tan famoso después en los anales de España, entonces de pocos años y ningún renombre, no obstante lo ilustre de su familia. Tenía yo relaciones de parentesco con Córdoba y alguna amistad, y bien podría, si hubiese yo andado libre por Cádiz, haber tratado de atraerle a nuestro partido, y es probable que lo hubiese hecho, y aun que lo hubiese conseguido, porque no tenía él opiniones políticas formadas, y de su carácter podía presumirse que le sedujesen el atractivo de lo llamado libertad, y una empresa que abría a su actividad un camino ancho, y, según la opinión de muchos en aquellos días, glorioso. Pero Córdoba solo supo que había una rebelión o sedición militar, y que faltaban fuerzas para hacerle resistencia, si bien no tanto que algo no pudiese hacerse, y esto poco cubriría de gloria a quien con brío lo acometiese, mayormente si, favoreciéndole la fortuna, salía airoso de su empeño. Marchó, pues, a la Cortadura con poquísima gente de la milicia urbana y algunos artilleros; llegó allí, por su buena suerte y nuestra desdicha y la tardanza de Quiroga, como una hora antes que los que venían a ocupar aquel puesto se presentasen; al sentirlos venir dio voces, armó alboroto, tocó tambores aparentando tener consigo gran fuerza, mandó hacer disparos con tanta felicidad que, de dos cañonazos, uno hizo estrago en sus enemigos, y con su osadía y habilidad, cuando ya pocos, si acaso algún más disparo podía hacer, vio retirarse a los que venían a apoderarse del punto de cuya defensa se había encargado, labrando con este hecho la fábrica de su fortuna, que después tuvo su mayor aumento en una causa, si no idéntica, análoga a la de que él había sido ardoroso contrario, y todo ello no con una deserción vergonzosa, sino al revés, sin mengua de su decoro. Pero fuerza es confesar que le favoreció la suerte, pues si Rodríguez Vera hubiese conocido el lugar donde estaba, lejos de retroceder, habría seguido por la playa, al abrigo ya de los fuegos de la fortaleza, y rodeando esta la habría entrado por la gola casi indefensa, pudiendo Córdoba y los suyos solo morir con gloria, pero no rechazar a los agresores.
Con esto quedó por lo pronto seguro Cádiz por la causa del Rey. Una tentativa hecha de allí a dos días, en la noche del 5, a que asistí yo en persona y que tenía mil probabilidades de salirnos favorable, por haberse entrometido en ella más de una persona y dado disposiciones que se contradecían, vino a parar solo en proporcionar la fuga de varios de los presos en el castillo de San Sebastián, que pasaron al ejército ya constitucional, y fueron allí de tanto servicio y provecho que sin ellos no habría triunfado; pero no sirvió de darnos la posesión de Cádiz, que sin duda habría sido nuestra si se hubiese seguido el plan primero en vez de alterarle con inoportunas adiciones, como hicieron algunos en la hora de ejecutarle. Aunque en lo singular no es este lance menos digno de atención que otros aquí referidos, pues al revés, abunda en escenas que juntamente provocan a risa y pena, me abstengo de contarle por menor ahora, por haber dejado correr la pluma harto más de lo debido en estas narraciones prolijas. Baste decir que de resultas salió orden de prenderme, y que, después de estar siete días oculto, salí de Cádiz no sin peligro, favoreciéndome para atravesar la Puerta de Mar la casualidad apenas vista en aquellos alrededores de estar nevando, y que pasado a un buque francés disfrazado de marinero, entre otros de la misma nación, me fui al Trocadero, y de allí pude escapar a Puerto Real, donde encontré a Riego con algunas tropas de las suyas. Ya en el ejército de San Fernando, referir lo que allí pasaba y pasó sale fuera de los límites de esta parte de mis recuerdos.
Réstame solo hacer leve mención de lo que todos saben. Nuestra empresa, gracias a la torpeza del Gobierno llevada a ejecución con felices comienzos, por nuestros yerros, y asimismo por causas que no pudimos remediar, llegó a tener tan mal aspecto al cabo de dos meses de floja guerra civil, que nuestra perdición parecía segura; pero el mismo torpe proceder que dejó pasar a ser rebelión una conjuración mezquina, dio al cabo la victoria a una rebelión de flaquísima fuerza cuando estaba, si no vencida, poco menos. Tres años y medio hubo de durar el edificio que levantamos con tan malos materiales; pero la falta de solidez apareció al cabo: tal cual fue levantado, cayó derribado a no muy recio embate. De él algo quedó, sin embargo, malo y bueno, y de lo uno y de lo otro está sintiendo los efectos la generación presente.