XII.
SOCIEDADES SECRETAS DE ESPAÑA DESDE 1820 A 1823.
En anteriores trabajos he hablado, con ocasión de referir o explicar cómo cayó un mal gobierno en nuestra patria, de la parte principal que tuvo en derribarle una sociedad secreta. Posteriormente he escrito en compendio la historia de las reuniones públicas apellidadas sociedades patrióticas, que representaron importantísimo papel en el drama de trágico fin de que fue España teatro, desde que fue en ella restablecida la Constitución de 1812 por un acto de violencia, hasta que la invasión de un ejército extranjero, favorecida por la parte más numerosa, aunque, cierto, no la más respetable o ilustrada, del pueblo español, la echó al suelo. Pero quizá no esté de más dar alguna noticia de lo que la misma sociedad restablecedora de la Constitución hizo mientras la ley política restablecida por sus esfuerzos se mantuvo en pie, como también del nacimiento y creces de otra sociedad salida de sus entrañas, la cual, su rival y aun su enemiga desde luego, cobrando pujanza, vino a entrar en viva y enconada guerra con su madre; lid a la par ridícula y funesta, que, si no trajo consigo el acabamiento de la Constitución, debido a superiores causas, contribuyó a él en grado no corto. En verdad, sin saber qué hacían las sociedades secretas en 1820, 21 y 22, la historia de las cosas de aquellos días incurre en errores graves, e induce con ello a equivocados juicios, siendo común achacar los efectos a causas otras que las verdaderas.
Mucho han dicho los pocos escritores que han tratado de un periodo de nuestros anales en verdad nada glorioso, contra la fatal y desvariada idea de que una sociedad, máquina usada para combatir y derribar un gobierno, continuase en juego con la pretensión de dirigir en conciliábulos secretos la conducta del que había puesto en pie. Autoridad de tanto respeto como es la de don Manuel José Quintana asienta en sus cartas a lord Holland que es absurda por demás la idea de «gobernar como se conspira». Pero los censores, si bien lo son con justicia, olvidan que hay malas consecuencias casi forzosas de hechos de mala especie, y que el medio abrazado para acabar con el despotismo del gobierno de 1819 hubo de ser vituperable aun a los ojos de la gente juiciosa que aplaudía el para ellas buen fin a que se había llegado por nada buen camino. Pretender que, jurada por el Rey la Constitución, y establecido como gobierno legal el constitucional, se hubiese disuelto por voluntad propia una sociedad ufana de su triunfo y llena del conocimiento de su poder, es pretender una cosa justa, pero apenas asequible.
Sin duda erramos o pecamos gravemente quienes, en vez de disolver la sociedad a que me voy ahora aquí refiriendo, atendimos no solo a conservarla viva y en acción sino a extenderla y robustecerla, y no fui yo de los que menos parte tuvieron en tanta culpa. Pero hoy mismo, cuando lo confieso y de ello me arrepiento, no puedo olvidar las razones no enteramente desatinadas que influyeron en mi conducta y en la de otros mis compañeros en aquellos días. Que Fernando VII había jurado la Constitución forzado a hacerlo, era evidente, a punto de no haber quien lo negase; que los enemigos del recién entronizado sistema político eran muchos y poderosos, no era menos notorio; que así no podía considerarse la revolución como concluida, era opinión de muchos, si bien no de todos, y aun los que lo contrario decían tenían trazas de hablar, o quizá de juzgar, en su interior, más que guiados por la luz de la razón, movidos por la fuerza de su buen deseo.
Ahora bien: suponiendo la revolución detenida en su carrera, pero no terminada, porque tenía a su frente amenazándola a la contrarrevolución su enemiga, sin poderse evitar que de nuevo entrasen en pugna, convenía que los constitucionales, no sobrados en número, tuviesen un orden y arreglo interno por el cual estuviesen unidos con fuerte lazo. Sucedía, como antes de romper la revolución, y en los actos que la prepararon, que la curiosidad hacía sectarios a muchos que sin serlo no habrían sido liberales ardorosos. Además el interés, no de la clase del individual, sino el de partido, menos feo que el primero, aunque también digno de reprobación, movía a los autores de la revolución a desear ser fuertes, para afianzar la seguridad y lograr el aumento, o cuando menos la conservación, de lo que habían ganado. Todo ello valía poco mirado como argumento encaminado a justificar un acto reprensible, pero quien no le dé valor ignora qué cosa es lo llamado capitulaciones de conciencia.
Al cabo, fuese o no disculpable, acaeció que la sociedad secreta determinó seguir unida y activa, siendo gobierno oculto del Estado, resuelta al principio a ser auxiliar del gobierno legal, pero llevada en breve por impulso inevitable a pretender dominarlo, y a veces a serle contraria.
Poco varió la sociedad su planta antigua. Fue adoptado en ella el sistema de representación o electivo. Madrid, como era natural, vino a ser la residencia del cuerpo Supremo director o cabeza de la sociedad entera. Componíanle representantes de los cuerpos llamados capítulos, constituidos en las capitales de provincia, y compuestos de representantes de los cuerpos inferiores repartidos en diferentes poblaciones, o en los regimientos del ejército que los tenían privativos suyos, siendo de ellos a la par con los oficiales uno u otro sargento, bien que en raro caso; perniciosa idea esta última, que hizo suya, pero dándolo extensión, andando el tiempo, la otra sociedad rival, con notable daño de la disciplina.
Estaba formado el gobierno Supremo oculto (si oculto puede llamarse uno cuya existencia es sabida y nadie trata de encubrir) de personajes de tal cual nota y cuenta, de estos algunos de los de la primera, otros no tanto. Del primer ministerio constitucional a que dio nombre Argüelles ni uno solo era de la sociedad, ni en el cuerpo director ni en otro, hasta después de cumplirse el segundo tercio de 1820. Pero tenía en el mismo cuerpo asiento el conde de Toreno, ilustre ya por más de un título, si bien a la sazón mero diputado a Cortes, por no haber aceptado una legación que le fue confiada. Estaba asimismo en él don Bartolomé Gallardo, cuyo renombre había llegado a ser altísimo al terminar la primera época constitucional en 1814 y cuya fama aún no podía haber tenido el menoscabo que de allí a poco fue teniendo, hasta llegar a la decadencia suma en que ha muerto oscuramente en vejez bastante avanzada; concepto después sobradamente rebajado en lo tocante a su valor literario, si bien con más injusta y aun loca exageración avaluado en días anteriores. Predominaba, con todo, en el gobierno de la sociedad, como en ella entera, el interés más que las doctrinas de los hombres de 1820, los cuales comenzaban a llamarse así por lo mismo que su interés iba siendo otro que el de los hombres de 1812.
Hasta julio de 1820 (época en que se abrieron las Cortes primeras del nuevo periodo constitucional), nada hacía la sociedad más que extenderse, sin disentir del gobierno legal en punto alguno importante. Pero habiendo el ministerio dispuesto la disolución del ejército llamado libertador, resolvió la sociedad, por medio del cuerpo de su director o autoridad suprema, oponerse a una disposición arreglada a la justicia. Para lograr su intento apeló a medios harto dignos de reprobación, pues no eran menos que los de una resistencia, la cual, si bien había de comenzar por medios, aunque ilegales, pacíficos, no podía parar sino en pésimo fin, ya se encendiese guerra civil, ya encendida fuese la victoria del uno o del otro partido, ya, por último, hecha pública la resistencia, viniese el gobierno a quedar vencido, quedando con esto conculcadas las leyes. El plan era que el general del ejército (cargo ejercido a la sazón por Riego, sucesor de Quiroga, al cual excedía mucho en fama) representase contra la dispersión de la fuerza de su mando, en vez de obedecer la orden que para llevarla a efecto había recibido. Para dorar este acto de insubordinación, quitándole su carácter puramente militar, habían de representar en igual sentido varios cuerpos civiles, y entre estos la diputación provincial de Cádiz, a la cual ni la razón ni aun las leyes de entonces daban derecho para entrometerse en tal negocio. Pero estas peticiones unidas, procedentes de un ejército cuyo alzamiento acababa de ser coronado por la victoria, y al cual debía su existencia la nueva Constitución, y de una provincia y ciudad constitucionales como por antonomasia, eran retos más que súplicas, y quienes las usábamos como instrumento las mirábamos como armas que habrían de darnos de seguro el triunfo. Salvó a la patria de este peligro, pero no sin causarle graves males, la súbita determinación de Riego, que, siguiendo el consejo de un canónigo su hermano, célebre después por sus rarezas, y entonces enviado a traerle a la razón, por el conde de Toreno entre varios y más que por otro alguno, se vino del ejército, dando a su viaje el carácter de fuga, pues no tuvieron noticia de su partida sus cómplices hasta después de estar él en camino.
La llegada de Riego a Madrid desbarató nuestro plan criminal, y desde entonces, por algún tiempo, la sociedad secreta nada hizo sino dejarse llevar por las circunstancias. De los pasos desatentados que dio Riego durante su breve estancia en Madrid, lejos de ser consejera, como fue entonces y aun es hoy común suponer, fue desaprobadora, pero tímida y callada. Llevó, sin embargo, el cuerpo en algunos de sus miembros el golpe merecido por su anterior y mal conocido exceso, pero no merecido por los que se le achacaron, los cuales fueron pretexto o motivo de la leve pena impuesta a los culpados, y de la más grave del desconcepto en que se trató de ponerlos, y en parte se consiguió, llegando a pasar por verdades averiguadas falsísimos cargos.[73]
[73] Entre otras calumnias, corrió con valimiento la de que tenía la sociedad formado un ministerio, que por un acto de violencia había de ser sustituido al que existía. En el supuesto proyecto me tocaba ser ministro de Estado. Aunque contaba yo treinta y un años de edad y ocho de carrera diplomática, y había sido de los principales entre los restablecedores de la Constitución, esta calumnia me ofendió, más porque parecía una burla, que por lo infundada. ¡Tanto se distaba entonces de hacer las rápidas carreras que después hemos visto!
La pena impuesta a unos causó en otros disgusto y hasta indignación: nació de ello aumentarse la desunión entre los que componían el gobierno oculto: se exacerbaron las pasiones, y vino a parar la discordia en una proscripción, que, por fortuna, no pudo pasar de ser expulsión de la sociedad de los que en ella eran minoría. Alcanzó tal rigor a no menor personaje que el conde de Toreno, no aprovechándole su renombre antiguo, ni su recién terminado destierro huyendo de la pena capital que, si bien solo en rebeldía, le había sido impuesta. Igual suerte cupo al intendente de ejército don Domingo de Torres, a pesar de su extremado celo del bien y lustre de la sociedad, celo que se extendía a la observancia de los ritos estimados por otros en poco. Algunos más fueron los expulsados.
Seguía en tanto la sociedad fría y desmayada. Era contraria al ministerio; pero, como este se componía de hombres de altísimo concepto entre los constitucionales antiguos, la oposición que se le hacía era de parte de algunos hecha casi con repugnancia, y de parte de otros, si con acrimonia y encono, con corta esperanza del triunfo.
Pero con la división de los constitucionales iban cobrando aliento el Rey y los parciales de Fernando, que lo eran del gobierno absoluto. De aquí nacía irse arrimando al gobierno los más entre los antes sus contrarios, en tanto que unos pocos, entre los cuales me contaba yo, nos resistíamos a la reconciliación mientras no avasallásemos a los que nos habían vencido y desconceptuado, guiándonos, ya ciego deseo de venganza, ya razones políticas de más o menos peso.
Así, cuando el Rey trató de negar la sanción al decreto de las Cortes sobre supresión de los monacales, y cuando fue forzado a darla por la amenaza de una sedición que en la sociedad de la Fontana había de comenzar, pero que no comenzó, por no prestarse los socios a abrir las sesiones por ellos voluntariamente suspendidas, el gobierno de la sociedad secreta nada resolvió y nada hizo. Verdad es que Regato y yo, ambos parte del actual gobierno, nos afanamos, y no sin éxito, porque la Fontana siguiese cerrada y muda; pero nuestra conducta no fue ni censurada ni aprobada por nuestros compañeros.
Sin embargo, de allí a poco, cuando, irritado Fernando VII de haber sido engañado y burlado al compelerle a dar la sanción al decreto que desaprobaba, hubo de decir en privada conversación a alguno de sus fieles servidores que se prestaría a avenirse con los llamados exaltados para hacer guerra a sus ministros, y aun para sustituirlos con otros entre los cuales hubiese constitucionales de los más ardorosos, llevada al gobierno oculto la cuestión sobre si convendría o no entrar en trato con la corte, fue resuelta por afirmativa, pero nos costó gran trabajo ganar la votación a los que en ella triunfamos, no sin haber de esforzarnos en gran manera para alcanzar el triunfo, y aun vimos tal tibieza, recelo, y como pena en los aprobantes, que reputamos desde luego muy difícil aprovechar nuestra victoria. Así fue que los tratos seguidos con mutua desconfianza por parte de los palaciegos y por la nuestra, oyéndose con poca satisfacción todo cuanto de ello se iba dando parte mientras estaban pendientes, pronto concluyeron en un rompimiento, siendo por otra parte verdad que la perfidia de la corte justificó a los que de ella nada favorable a nuestros intentos se prometían.
En los alborotos que ocurrieron durante la residencia del Rey en el Escorial, en noviembre de 1820, y con motivo de haber Su Majestad nombrado un ministro de la Guerra sin consultar a los demás del Ministerio, agregándose a ello ser el sujeto nombrado notoriamente desafecto a la Constitución, y haberse descubierto al mismo tiempo una conjuración cuyo objeto era el restablecimiento del gobierno absoluto, poco tuvo que hacer el gobierno de la sociedad secreta para fomentar el desorden que desde luego se manifestó en la capital y reinó en ella durante tres o cuatro días. Su resolución formal por votación unánime fue dejar correr las cosas. Corrían, en efecto, como torrente impetuoso, contra la persona del monarca. No eran, como he dicho en otros de estos mis recuerdos, los de la sociedad ni los apellidados exaltados los más furiosos en aquellos días, pues los que pasaban por moderados y ministeriales se mostraban, si no en mayor grado, igualmente violentos en la sociedad de la Fontana, y por las calles y plazas, hechas teatro de un alboroto que, no hallando resistencia, no causó daños materiales o inmediatos. Quizá no es fuera de propósito decir que en los groseros insultos hechos al Rey a su entrada en Madrid de vuelta del Real Sitio, solo tomó parte la gente soez o uno u otro loco, pero cediendo a propio impulso y no a dirección alguna.
Mas si el gobierno de la sociedad secreta no fue excitador ni aun siquiera causador de los desmanes de aquellos momentos, no se descuidó en punto a aprovecharlos, pues lo hizo celebrando con el Ministerio una concordia como entre potencia y potencia.
Verdad es que el Ministerio había mudado en aquellos días en parte en su conducta, en otra parte en su composición. Al ministro de Ultramar, don N. Porcel, había sucedido don Ramón Gil de la Cuadra, a la sazón ni enteramente moderado, ni exaltado, pero con algo del uno y del otro carácter, y además de la sociedad secreta, aunque no del cuerpo supremo de la misma, sino de otro de los inferiores, en el cual estaba compensado lo inferior de su categoría con lo distinguido de las personas de que estaba compuesto. Como estuviese asimismo vacante el ministerio de la Guerra, fue nombrado para desempeñarle el ilustre general de marina don Cayetano Valdés, el cual no era exaltado, pero había hecho actos de tal; honradísimo caballero, así como militar valiente, y en quien concurría la circunstancia de ser pariente lejano de Riego. Ambas cosas facilitaron la avenencia poco menos que generalmente deseada. Pasaron los militares desterrados a ocupar cargos importantes, y a mí me cupo una suerte parecida. Fue muy censurada esta capitulación, pero los censores afeaban más la conducta de los ministros que la nuestra, suponiéndola para ellos humillación y para nosotros victoria.
Para hacer constar mejor la paz restablecida entre los de la oposición, que eran de la sociedad, y los ministros y amigos de ellos, volvieron al cuerpo director o gobierno oculto los que de él habían sido excluidos, pero con una u otra excepción, y entre estas la notabilísima hecha de Toreno, a quien no alcanzó nuestra amnistía. Sin duda contribuyó a tal rigor el valor político de tan digno personaje, y haber él tratado con desprecio la como pena que le había sido impuesta sin previo juicio. Así, cuando Argüelles y Valdés entraron en la hermandad, quedó separado de ella para siempre el digno amigo de ambos, que era hermano antiguo.
Lo cierto es que la sociedad secreta se declaró amiga y auxiliar del Ministerio, y siguió siéndolo hasta la caída de este en marzo de 1821. Se prestaron Argüelles y Valdés a entrar en la sociedad, y así lo hicieron, pero sin ser del cuerpo su director supremo, sino del inferior de que seguía siendo parte su colega Gil de la Cuadra. Debe añadirse que ni uno ni otro fueron hermanos muy celosos, aunque no fuesen infieles, y que antepusieron siempre, como debían, su oficio de altos empleados y de ciudadanos al de socios.
No a toda la sociedad fue grata la reconciliación con los ministros. En el cuerpo su director se mostraba muy descontento el después celebérrimo Regato, o ya hubiese empezado a ser traidor a la causa constitucional, o ya estuviese vacilante y jugando juego doble, o solo alimentase su odio sin objeto fijo todavía, habiéndole posteriormente empujado las circunstancias y su falta de honradez a la infame conducta que siguió, la cual le ha dado tan merecida mala fama. Ni era único en su modo de pensar, porque en los socios o hermanos de inferiores categorías no escaseaban, aunque no abundasen, quienes en su opinión coincidían.
En febrero de 1821 (ausente yo de Madrid por estar sirviendo la Intendencia de la provincia de Córdoba), se sublevaron los guardias de la Real persona (vulgarmente dichos de Corps), tal vez forzados a hacerlo por habérseles hecho groseros insultos. Acudió a reprimir la sublevación el Gobierno, y lo llevó a efecto; pero fue acusado con poca razón de tibieza y aun de contemplaciones con los sublevados. Es lo cierto que en la indisciplina civil y aun militar de aquella época, no pocos de los que se precipitaron a oponerse a la sublevación obraron como de motu proprio, más que como obedientes a orden superior de legítima procedencia, y que la ejecución de lo dispuesto por el Gobierno hubo de resentirse de tal circunstancia. Los que por exceso de celo, haciendo más de lo que les era mandado, merecieron ser tachados de cierto linaje de desobediencia, quedaron por demás descontentos cuando vieron, si no desaprobada, tibiamente aprobada su conducta. Regato y algún otro abrazaron la causa de estos quejosos, siendo probable que al hacerlo solo vieron con gusto llegada la hora de un rompimiento, de ellos mucho antes ardientemente deseado. Desprendiéndose del tronco de la sociedad antigua, fueron estos a fundar otra nueva, si al principio pobre y con pocas apariencias de medro, no muy tarde robusta y poderosa, tal que, si la catástrofe que acabó con la Constitución y con todo linaje de liberalismo, y aun de libertad, no hubiese sobrevenido, compitiendo con la sociedad madre, habría llegado a oscurecerla y tal vez a destruirla.
Dio nombre y correspondiente forma, o fórmulas, a la novel sociedad secreta (si es que de secreta merecía con exactitud el nombre) una idea de don Bartolomé Gallardo. Este escritor afectadísimo, político violento más que atinado o agudo, se distinguía por su afición ardorosa a las cosas de su patria y lengua. La sociedad en que él tenía un puesto de los superiores en categoría, aunque en ella no ejerciese grande influencia, había tomado de una antigua y extranjera nombre y ritos. Bien es cierto que de la del mismo nombre en otros pueblos se diferenciaba notablemente, por ser una asociación puramente política y concretarse a los negocios del país donde estaba establecida, y que al ritual y planta y arreglo de las de su clase en tierras extrañas había añadido algo peculiar de España y del oficio que en su patria ejercía. Pero todo ello aun parecía poco a Gallardo, resuelto a españolizar más los nombres y símbolos de la que era propiamente una asociación de españoles constitucionales o liberales. Para su intento había vuelto la atención a la época de la guerra de las comunidades de Castilla, traída a la memoria de los españoles con ideas de amor y veneración a quienes en ella figuraron sustentando la parte del popular por la oda de Quintana a Juan de Padilla, y por la tragedia de Martínez de la Rosa, cuya heroína, que le da título, es la viuda del mismo famoso personaje. De aquí nació un plan de crear en la sociedad secreta grados y dictados que variasen los en uso o se les sustituyesen, tomándolo todo de lo que habían sido los comuneros.
Tal idea de Gallardo, comunicada por él en conversaciones particulares, hubo de dar golpe y de agradar a quienes proyectaban una asociación entre secreta y pública, cuya índole y apariencia fuesen propias para captarse voluntades y encontrar secuaces, particularmente en el vulgo. Diéronse, pues, los nuevos sectarios el nombre de comuneros, siendo en el uso común más corriente apellidarse hijos de Padilla; y llamaron a sus sociedades particulares Torres. A esto añadieron varios dictados de los cargos de la secta, insignias, ritos; todo ello en parte remedo, pero asimismo variación, de los usos y formas del cuerpo de que se separaban. Uno u otro nombre de personaje distinguido contribuyó desde luego al lustre e importancia de los comuneros. Ocupaba entre ellos uno de los primeros puestos Regato, de no corto poder e influjo todavía en los negocios, y de gran crédito entre los liberales más extremados, no obstante ser escasos sus merecimientos, aunque fuese de ingenio vivo y sutil y de extraordinaria audacia y travesura. De mucho más valor era el joven, a la sazón brigadier, don José María Torrijos, de quien tanto va dicho en otra parte de estos recuerdos. Movió a Torrijos a entrar en los comuneros, además de su natural fogoso, estar descontento del Gobierno legal y también del secreto de la sociedad antigua, porque en la represión del levantamiento de los guardias de Corps había hecho más que otro alguno, y por ello había sido si no reprendido, poco menos. También fue comunero y llegó al puesto más alto en la sociedad el brigadier Palarea, en la guerra de la Independencia acreditado, pero en su clase culto, guerrillero, y en las Cortes, a la sazón juntas, orador de la oposición, si bien hablaba con más ardor y celo que elocuencia o tino. Andando el tiempo, y no pasando mucho, contaron en su gremio los hijos de Padilla al general Ballesteros, hombre que, a pesar de su corto entendimiento, había alcanzado grande fama en la guerra de la Independencia, y que desde 1815, época en que fue ministro de la Guerra bajo el rey absoluto, en días de sañuda persecución de los constitucionales, había seguido una conducta vacilante y dudosa, y, a pesar de ello, privaba sobremanera con los liberales más ardientes; ejemplo este, no raro, de sujetos que, aun sin el talento de ser arteros, consiguen medrar y tener concepto en diversos y aun opuestos bandos. Adquirió desde su entrada en el gremio de los de la misma comunión política cierto puesto como de maestro y personaje venerado, el anciano Romero Alpuente, cuyo renombre de magistrado desinteresado mal podía encubrir sus malísimas calidades; fríamente violento y predicador de la anarquía, que se valía de medios torcidos para recoger aplausos de la gente más baladí. También, como se debía suponer, pasó a militar en las filas comuneras Moreno Guerra, el cual (según le he pintado en otros de mis recuerdos anteriormente publicados)[74] parecía como naturalmente llamado a tal milicia por la clase de su instrucción, por los hábitos de su vida política y hasta por su misma persona física y lo general de su porte y modos.
[74] En los artículos cuyo título es Cómo cae un mal Gobierno. Al escribir lo que va arriba, difícil es no tropezar en uno de dos escollos: o el de repetir lo dicho en otro lugar, o el de citarme a mí propio apareciendo presumido.
También figuró y mucho en la comunería, sin mayor mérito que el de una osadía e inquietud a que pocos podían llegar, el diputado a Cortes don Francisco Díaz Morales, oficial de artillería comprometido en una conjuración en los días de la monarquía absoluta, y por ello condenado a muerte, aunque, suspendida por largo plazo la ejecución de la sentencia, logró, a la par con la libertad, el concepto de víctima ilustre cuando vino a triunfar su causa; de ilustre familia cordobesa, pero inclinado a mezclarse con la plebe, no obstante su educación en el real colegio de Segovia; padrino de todo alboroto y de todo alborotador,[75] y hasta con un matiz como de locura que hacía menos criminales sus malos hechos; persona que murió ha poco tiempo en indigencia absoluta, habiéndose apelado a la caridad pública para que una suscripción le diese el sustento y abrigo necesarios, y siendo su desgracia tal, que le sobrevino la muerte al llegarle el tal cual alivio de su miseria.
[75] Entre otros, había apadrinado a principios de 1821 al después famoso Bessieres, que había sido condenado a muerte en Barcelona por tener parte en una conjuración republicana. No fue, como es notorio, ejecutada la sentencia, empeñándose los más ardorosos y extremados liberales por salvar al que estimaban su caro hermano, el cual vino a ser campeón del absolutismo.
Este último personaje, muy dado al cosmopolitismo, trasplantó a España vástagos de otra sociedad extranjera que procuró enlazar con la de los comuneros; pero el vástago, si prendió, no echó raíces ni medró a punto de figurar notablemente en un terreno ocupado ya por producciones del suelo propio. Fue así que, recién nacida la sociedad de los comuneros, ocurrió caer de súbito la Constitución española en Nápoles y el Piamonte, que, proclamada en el reino aquí nombrado en primer lugar, había vivido allí algunos meses, y siéndolo igualmente en la Italia Septentrional solo existió en ella algunos días, de lo cual resultó haber de huir del suelo patrio los liberales más comprometidos, y acudir a España, donde encontraron, como debían esperar, cariñoso y aun fraternal acogimiento. No se mostraron, por cierto, ingratos los así favorecidos, pues, lejos de serlo, declaraban que en nuestro suelo habían hallado segunda patria; pero la misma circunstancia de vivir con los españoles como hermanos los llevaba, sin mala intención, a mezclarse muchos de ellos más de lo justo en los negocios de su nueva familia. La revolución de Italia había sido obra de una sociedad secreta, desde 1817 o 12 establecida en su suelo, y conocida con el dictado de la de los carbonarios (o carboneros), la cual se había dilatado por Francia, donde la sociedad masónica era instrumento muy conocido y gastado, y por lo mismo, para fines políticos inútil enteramente. Hubo, pues, también en España ventas de carbonarios, pero en corto número y con flaco poder, siendo Díaz Morales uno de los que trataron de fomentarlas. Andando el tiempo, y ya al empezar 1823, aspiraron los carbonarios a salir de su oscuridad o insignificancia, como pegándose a los comuneros más violentos y obrando a la par con estos; pero nunca llegaron a merecer mucha atención, y aun una u otra fechoría que discurrieron no alcanzó a darles siquiera un grado mediano de mala fama.
Grande fue la indignación en la sociedad primitiva al ver desgajar de su tronco aquella rama y plantarla como destinada a ser árbol rival del antiguo destinado a hacerle sombra, y desde luego a desacreditarle, porque su descrédito justificaba el nuevo plantío, suponiéndole necesario para dar a los liberales mejor sombra y nutrirlos con más saludable fruto. Lo en parte singular fue ver entre los más furiosos anticomuneros a Gallardo, a quien por sus antecedentes y conducta habría parecido natural ver alistado en el gremio de la gente más extremada y violenta, y del cual debía presumirse que se dejase llevar por los nombres castellanos algo autorizados de la novel asociación; pero se indignó sobremanera de ver como que se apropiaban su invención, y, pudiendo en él más lo literato que lo político, miró solo a los nuevos asociados como a plagiarios, les achacó que al robarle sus ideas se las habían desfigurado por no comprenderlas bien, y dio suelta contra ellos a su natural de hombre vano y acre en demasía.
No correspondió la novel asociación con odio manifiesto al de que era objeto, porque se sentía débil aún y conocía que debía ser modesta y reservada, aspirando solo a cobrar fuerzas y destinando las que cobrase a una guerra contra su rival, pero difiriéndola para tiempo oportuno.
La caída del Ministerio en que figuraba en primer término Argüelles, fue dolorosísima para la sociedad antigua, que durante cuatro meses había estado con él en unión estrecha, contentándose con ser su auxiliar, y no aspirando a dominarle, como hizo año y medio después con un ministerio nacido de su seno. Los comuneros que acababan de nacer no eran muy adictos a los ministros caídos, pero aparentaron serlo, y se excedieron en sus demostraciones de enojo por el acto que los derribó, mirando en él una ocasión de mostrar su celo para descubrir conjuraciones y conjurados.
Corría en tanto el año de 1821, no exento de turbulencias ni de sublevaciones realistas, pero amenazando con males superiores a los que ocurrían, los cuales eran pronto remediados, o sobresanados.
Pero en otoño del mismo año tomaron los negocios un aspecto y sesgo pésimos, no tanto por hechos de los enemigos de la Constitución, cuanto por disensiones entre sus amigos. Habiendo cometido Riego actos de enorme imprudencia como capitán general que era de Aragón, fue separado de aquel mando por el Gobierno; disposición justa, pero que tenía la desgracia de ser grata al Rey, lo cual, sobre otras razones, era una poderosísima para que pareciese injusta, y aun atroz, a los liberales conocidos por el distintivo de exaltados. Hubo en Madrid conatos de sedición que fueron reprimidos. Entretanto, circulaba por las provincias la idea de que el Gobierno supremo, dócil por demás con la real persona y con toda la corte, iba a consentir en el restablecimiento del poder absoluto, o en algo poco menos. En todos los conventículos de la sociedad antigua, a la sazón en el apogeo de su poder, era tal el pensamiento dominante.
En ninguna parte de España eran los constitucionales más numerosos, ni contaba la antigua sociedad secreta con más poder, así por el número como por la calidad de quienes la componían, que en la ciudad de Cádiz. Los comuneros, escasos en número, y apenas contando con persona alguna de tal cual valía, eran casi nada en un lugar teatro donde la otra sociedad poderosa había llevado a cabo el restablecimiento de la Constitución, siendo de todos sabido que era obra suya. Y lo fue también, y casi exclusivamente, el proyecto concebido en los días de que voy ahora aquí hablando, y llevado a ejecución hasta cierto punto de levantar bandera contra el Gobierno constitucional en nombre de la Constitución misma.
No fue consultado para el intento el gobierno superior establecido en Madrid. Al revés, procedieron los de Cádiz ocultándole su proyecto, y hasta fue tildado de delación algún paso dado para que, conocido en la capital el daño que amenazaba, se atajase o previniese por las vías de consejo cariñosas y fraternales, por las cuales únicamente podía proceder un cuerpo falto de fuerza material, y que, aun si la hubiese tenido, no habría querido emplearla.
Al cabo la semirrebelión estalló y se comunicó a Sevilla, siendo también allí de la misma sociedad la dirección, así como lo fue el origen del levantamiento.
Entonces el gobierno de Cádiz estuvo en la sociedad apenas disimulado. Los que no eran de ella sabían su existencia, se mostraban prontos a prestarle obediencia, averiguaban ansiosos lo que en ella se trataba, y esperaban para cumplirlo a saber lo que se resolvía.
En medio de esto, el cuerpo llamado Capítulo de Cádiz, al cual obedecía, las sociedades inferiores de la provincia, inclusas las de la misma ciudad, numerosas y acaloradas, se veían en situación de notable apuro. Muchos de aquel cuerpo habían atizado el fuego que veían con pena y terror crecido hasta ser incendio que amenazaba gravísimo daño. La autoridad suprema de Madrid había disculpado más que aprobado los hechos de las de Cádiz y Sevilla, y, si nada afecta al Ministerio, ni aun a la mayoría de las Cortes, que solo era semiministerial y solía variar, tampoco veía sin horror que fuese a encenderse una guerra civil entre los constitucionales. Los enemigos de estos se mostraban al doble satisfechos, porque el desorden les daba motivo a censurar un estado de cosas que tan malos efectos producía y en que eran desatendidas impunemente las leyes, y porque esta misma confusión les daba juntamente materia a la censura, y fundadas esperanzas de triunfo. Pero en el mismo Capítulo había hombres obcecados resueltos a llevar las cosas adelante hasta a una situación de rebelión completa, mientras otros procuraban traer una avenencia que no dejaba de ser dificultosa. En las juntas inferiores era lo común estar por los pareceres más violentos, influyendo en esto varias razones: fanatismo nacido de escasa ilustración en algunos, temor en otros por creerse comprometidos por los pasos primeros dados en la carrera de la rebelión, y ambición o interés en un gran número, que esperaban de la guerra civil ascensos y otras ventajas, porque comenzaba a asomar la idea, llevada después a extremos a resultas de verla realizada, de que sembrando o fomentando las revueltas se coge buena cosecha de grados y honores. Y si bien las Cortes, en dos resoluciones que se contradecían, habían a la par dado apoyo al Ministerio y declarádosele enemigas, aprobando con esto último el quebrantamiento de las leyes que como por fórmula en su primera resolución sustentaban, ni aun esto alcanzó a traer a la sumisión a la parte más crecida de los rebelados en Cádiz y Sevilla, muy numerosos en la primera ciudad, y escasos en número en la segunda, pero dominantes en ambas.
Tal era la situación de las cosas en Cádiz al terminar 1821, gobernando allí la sociedad secreta, a la cual obedecía, sin ser de ella, el gobernador militar y político; hombre honradísimo, hasta virtuoso, de mansa condición, deseoso del bien, y pesaroso del papel que estaba representando por sentir que con su conducta evitaba mayores males.
Me tocó en aquellos días, en que acababa de ser elegido diputado a Cortes por la provincia de Cádiz, pasar a aquella ciudad desde la de Córdoba en que estaba residiendo, porque había estado sirviendo en ella mi empleo de intendente. Había yo sido de los desaprobadores del pensamiento de resistir al Gobierno legal; pero empezada, contra mi deseo no encubierto, la guerra entre los exaltados y los moderados, por cálculo político no desacertado, aunque de mala especie, me había puesto de parte de los primeros, y bullía en su favor, porque preveía que, si triunfando el Ministerio triunfaba con él la ley, infaliblemente los anticonstitucionales, unidos a la sazón con los ministeriales, pronto se sobrepondrían a sus compañeros, y deshaciéndose de ellos y de la Constitución, recogerían todo el fruto de la victoria. Salí, pues, para Cádiz lleno de pena, descontento aun de mí mismo, incierto sobre cuál sería el modo de pensar de mis amigos políticos, de los cuales había disentido al desaprobar yo el proyecto del rompimiento, y deseoso de encontrar términos de avenencia, si bien con poca esperanza de ver mi deseo logrado. Pero, llegado que hube al pueblo de mi nacimiento y también de mi amor, cabeza de la provincia que me había elegido diputado a Cortes, encontré que mis amigos, con rara excepción, deseaban ya la paz, viendo cuán funesta sería la guerra. Había con todo dificultades enormes que vencer para reducir a la obediencia a los que habían sacudido el yugo y querían sustentar con la fuerza su desobediencia. En dos semanas que pasé en Cádiz apenas salí del Capítulo, casi constituido en sesión permanente. Debo decir que pocos días de mi larga vida han sido más amargos, aunque en ella hayan abundado horas de amargura. Los singulares medios por donde llegamos por lo pronto, pero no de buena manera, al fin apetecido merecen una relación circunstanciada en la cual se dé a conocer qué eran aquellos días.
II.
Si era el Capítulo de Cádiz la única autoridad real y verdadera de aquella provincia, era una autoridad supeditada por los que de ella dependían. Así es que no osaba tomar resolución alguna, disimulaba, y cuando se aventuraba a dar un paso adelante en la carrera por donde los que en él eran el mayor número querían llevar las cosas, al punto se veía precisado a detenerse y aun a retroceder, si no en la realidad, en la apariencia. Hasta con la minoría del mismo Cuerpo se veía la mayoría forzada a guardar contemplaciones, que eran actos de condescendencia. Verdad es que los frívolos pretextos con que se cohonestó el primer acto de resistencia estaban desvanecidos; que habían intervenido en el negocio las Cortes, y en dos votaciones, en no corto grado, si ya no enteramente contradictorias, se habían declarado contra los ministros, aunque condenando a los semirrebelados, y mandándoles sujetarse a las leyes y al Gobierno, y (lo que es más) que, pendientes estos sucesos, había habido una elección general, y en las Cortes electas iba a predominar el partido exaltado, con lo cual estaba logrado el objeto que había dado ocasión a la resistencia de los gaditanos y sevillanos. Pero esto último venía a ser una desgracia, porque daba un argumento erróneo, pero de gran fuerza para el vulgo, a los que insistían en seguir desobedientes hasta llegar a ser rebeldes, sustentando su causa con las armas. Algunos hombres, y de los más notables, causantes o fautores de los primeros movimientos, habían sido elegidos diputados, y, si bien con esto había adquirido fuerza la causa por ellos abrazada y sustentada, era común decir que, llegados ellos a encumbrarse, daban con el pie a lo que les había servido de escalera, lo cual no parecía bien y aun dolía a quienes nada habían ganado en toda la serie, aunque no larga tampoco corta, de aquellos disturbios. Esto decían algunos, y acusación tal muy repetida hallaba favorable acogimiento en numerosos jueces, en litigio en que eran muy crecidos en número los que juzgaban. En la ciudad de Cádiz la sociedad tenía influjo sobre las clases todas del pueblo, inclusas las ínfimas, allí a la sazón constitucionales, y sabido es que entre la gente ruda e ignorante, las opiniones extremadas prevalecen.
Ni se contentaban los de los cuerpos inferiores con mostrarse indóciles en sus reuniones y en su manejo para allegarse parciales fuera de ellas, a lo que hacía, y más todavía a lo que, no sin causa, sospechaban que intentaba hacer el Capítulo, sino que le enviaban una u otra diputación, que, contra toda regla, era admitida, y a la cual se daba voz, si bien no voto, y que al usar de la voz lo hacía en tono de no encubierta amenaza, y como quien manda en vez de ser como quien representa. Mal podía reprimir la ira el presidente del Capítulo, hombre nada sufrido entonces, y, sin embargo, tascaba el freno, aunque sin poder ocultar que se violentaba. Al revés los de la corta minoría; viéndose apoyados por gente de afuera, aparecían no solo renuentes, sino indignados y soberbios.
Pasaba uno y otro día sin salir de situación tan angustiosa, cuando urgía una decisión final, y apremiaban a darla los sucesos, empujando a ella por opuestos lados. Se presentó en el Capítulo un comisionado del de Sevilla, y nos echó en cara nuestra timidez, declarando que los sevillanos (esto es, no los hijos y vecinos de aquella ciudad, sino los que en ella pretendían llevar la voz del pueblo) estaban resueltos a seguir resistiendo hasta que la victoria en verdadera lid decidiese entre la causa del Gobierno de Madrid y la de las provincias desobedientes. Singular era tal aserto, siendo sabido que en Sevilla la población, aunque con excepciones, no era, como en Cádiz, constitucional, sino lo contrario, por lo cual, si llegaban las hostilidades, difícil había de ser que no fuese el triunfo de los parciales del Gobierno, a los cuales se habían agregado los de la monarquía absoluta. Pero cuando a los de Cádiz, tachados de tibios, o quizá de algo más, se ponía por ejemplo de ardor y fortaleza la conducta de los de Sevilla, a estos, según supimos muy en breve, se citaba por modelo para avergonzarlos, y aun para intimidarlos, los de Cádiz.
Entretanto, el Gobierno supremo oculto de Madrid, lleno de congoja y de temores, ansiaba por ver reducidas a la obediencia a las provincias ya casi rebeladas. Apeló, pues, de nuevo al consejo, porque otras armas no tenía, y solo por la vía de la persuasión podía lograr el fin que anhelaba. No creyendo los escritos suficientes para ver satisfecho su buen deseo, cuerdamente dispuso enviar a Cádiz un hermano comisionado, y al intento eligió uno de los más comprometidos en el alzamiento de 1820, lo cual equivale a decir de aquellos para quienes la causa de la Constitución era una misma con la de su interés personal, pues cayendo aquella, vería en grave riesgo hasta su vida. Fue el elegido el oficial de marina don Olegario de los Cuetos, a quien ha visto la generación presente figurar, al cabo, en primer término en el partido apellidado progresista.
Sabida que fue en lo general de la población de Cádiz la venida de tan digna persona, y sospechándose y aun casi sabiéndose a qué venía, los más extremados y alborotados levantaron la voz de que un emisario del Ministerio había llegado con la mira de reducir al pueblo a la servidumbre y acabar con los patriotas, y de resultas con la libertad misma. Hubo hasta inquietud peligrosa por la propagación de tal rumor, acogiendo la credulidad las calumnias de la maldad, y estuvo a pique de ser maltratado, y aun tal vez en el grado último, uno de los restablecedores de la Constitución.
La llegada de Cuetos ponía al Capítulo gaditano en una situación por un lado ventajosísima, y por otro algo apurada, porque si la autoridad del Gobierno oculto, si no de todos obedecida, por todos declarado con derecho a exigir obediencia, nos mandaba someternos, de temer era, atendido el estado de los ánimos, que aun a su mismo Gobierno secreto la sociedad de Cádiz se declarase medio rebelde, llevando delante, hasta sustentarla con las armas y hacer la rebelión completa, acompañada de guerra civil entre constitucionales, la separación de la obediencia a las leyes y a la autoridad que en nombre de las leyes obraba. De todos modos, iba a acabar la hora de las dilaciones y tergiversaciones.
Pero si bien el Capítulo podía proceder por sí en tan grave negocio, no quiso; en lo cual si un tanto se expuso, obró con cordura a la par que con atrevimiento, trayendo el negocio a la deliberación y resolución de toda la sociedad secreta, o, dígase, de todos cuantos quisieron concurrir con su voto, o con su voz, o con su asistencia a la determinación final sobre la cuestión pendiente. Fue, pues, convocada, al intento de promover en ella un debate y resolución definitiva, una junta magna para las primeras horas de la noche. Era esta de las de enero (1822), que aun en las latitudes apartadas de las polares son bastante largas, y dan tiempo para detenerse en prolongadas discusiones. Acudieron los de la sociedad, si todos no, en número muy crecido: corrió por la ciudad la noticia de la convocación y del negocio que iba en ella a tratarse y decidirse; estaban todos suspensos y como colgados de lo que iba a dictar una asociación ilícita, y hasta el mismo gobernador y jefe político, no obstante ser honrado patricio, buen caballero y cristiano piadoso, como si hubiese renunciado a su autoridad por no poder ejercerla, se sometía al fallo de un tribunal o cuerpo cuyos miembros estaban anatematizados por la Iglesia, sobre sus otras nulidades.
Aunque el Capítulo había resuelto someter la cuestión a la resolución de la irregular Junta magna, no debía ni quería, ni en razón podía, presentarse en ella sin el intento formado de influir poderosamente en lo que resolviese la numerosa reunión convocada. Para el intento, era indispensable que hasta desapareciese la minoría del mismo Capítulo, corta, pero tenaz, y tal que podría frustrar el proyecto de sumisión, si no aparecía unanimidad en vez de mayoría en lo resuelto por el cuerpo cuya autoridad iba a ser como renunciada al ponerla en juicio ante quienes de ella dependían. Consiguiose nuestro intento, no sin trabajo, sosegando el honrado fanatismo de una o dos personas, y aun logrando que guardase silencio otra, cuya violencia, según juicio que pudo ser erróneo, pero que tenía harto fundamento, parecía hija de malas pasiones y de ambición poco escrupulosa. Así nos encaminamos al sitio donde se había de celebrar la junta con un tanto de confianza, pero ciertamente no ajenos de recelo.
Abierta la sesión, siendo en ella presidente el del Capítulo, y proponiéndose ante todo que entrase y fuese oído el comisionado del gobierno supremo de nuestra sociedad, se levantó a oponerse a que siquiera se le diese entrada el entonces famoso escritor que llevaba por apellido Clara-Rosa. El tal sujeto, ejemplo lastimoso del influjo que tienen y poder que cobran en tiempos revueltos personas cuyo ningún valor moral no está compensado por dotes intelectuales ni por saber, acreditó con sus palabras mal zurcidas, en las cuales ni observó las fórmulas de la sociedad, cuán malas eran sus intenciones, y cuán escasos sus recursos para sustentar sus opiniones. Entre sus errores, fue uno apellidar a Cuetos emisario, dictado que, sin ser ofensivo, venía a serlo, porque con nombrar así a Cuetos se le había hecho odioso ante el vulgo. Esto proporcionó al presidente una ocasión de ensalzar a Cuetos, y de poner en claro, si no cual era su comisión, la alta procedencia de este, y por consiguiente, su importancia. No bastaron, con todo, ni la dignidad de la silla presidencial, ni las convincentes razones dadas por quien la ocupaba para que no siguiese la discusión sobre si había o no de entrar Cuetos. Tales trazas llevaba el negocio, predominando en la junta los de opiniones extremadas, si no por ser allí los más numerosos, por ser los más audaces y llevarse consigo a los tímidos o vacilantes, que parecía casi cierto que el comisionado del gobierno de la sociedad no sería ni admitido en la junta, cuando el presidente, sin esperar la votación, dando un golpe en la mesa, con voz clara, fuerte y como de quien manda, dijo que «en nombre de nuestras leyes, dese entrada al momento a nuestro digno hermano». Sorprendió a todos el atrevimiento, y siguió al mandato la obediencia, de suerte que, cuando empezaban los malcontentos a quejarse de lo que calificaban de acto ilegal y despótico, estaba Cuetos en la sala, y llenos de aliento los deseosos de la sumisión, y de desmayo, en medio de su furia, los de la opinión contraria. Oído Cuetos, el cual, no por sí, sino en nombre de quienes le enviaban, aconsejó el desistimiento de la resistencia, todavía iba a renovarse sobre ello el debate, cuando alzando la voz el comandante del batallón de la Princesa, hombre de gran entereza y de aquellos para quienes valían más sus obligaciones de militar y de ciudadano que los de miembro de un cuerpo no legal, declaró que él con la tropa de su mando estaba resuelto a obedecer a la autoridad legítima y constitucional, o, dígase, a las leyes civiles y militares. Era tal modo de expresarse una condenación explícita hasta de la existencia de la sociedad, o, si no tanto, de la parte que la misma tomaba en la dirección de los negocios públicos, así como lo era de todo lo hecho en Cádiz y Sevilla desde los primeros pasos dados en la carrera de la resistencia al Ministerio. Pero lo atrevido de la declaración cuadraba bien con el deseo de quienes deseaban sofocar el incendio que ellos mismos habían causado y atizado. El escándalo causó un alboroto o principio de desorden en la junta, e impidiendo seguir la discusión, produjo una cosa a manera de votación, pero no votación perfecta, la cual, levantada la sesión entre quejas y reconvenciones de los vencidos, vino a dar de sí que Cádiz entrase en el orden de que se había separado. La gente que, en las inmediaciones o en otros lugares, estaba aguardando ansiosa a saber lo resuelto por la sociedad, árbitra entonces de la suerte de aquellas provincias, entendió desde luego que la resistencia había concluido. Al día siguiente hubo un amago de motín dirigido contra los de la sociedad a quienes con sobrada razón se atribuía el éxito del grave negocio que tanto ocupaba los ánimos del vecindario gaditano. Pero los sediciosos, faltándoles apoyo, no pasaron de amenazar, y tras días de inquietud vinieron otros de sosiego, ya muy deseados por la gente de algún valer, y aun por la parte de esta que había visto con placer y aprobado los primeros desmanes.
Allanándose Cádiz a entrar en la senda legal, inmediatamente le siguió Sevilla, dándose el parabién quienes dirigían los negocios en esta última ciudad de verse fuera de una situación de angustia y peligro. Allí no había que temer alboroto de la plebe, siendo la de Sevilla, con raras excepciones, indiferente en punto a los promovedores de la resistencia, cuando no contraria.
En dos provincias más de España (en Galicia y Murcia) había habido movimientos para ayudar a los desobedientes de Cádiz y Sevilla; pero duró poco el triunfo de los que los causaron, restableciéndose el orden e imperio de la ley sin dificultad considerable. En todo ello obraban ciertos cuerpos de la sociedad secreta, no en obediencia al gobierno de la misma, sino por sí, de lo cual resultaba falta de unión y concierto en el gremio numeroso de los asociados en España.
Mientras esto pasaba, apenas daban señal de vida los comuneros como cuerpo, si bien algunos de ellos se asociaban a los desobedientes, como convenía a personas de las ideas más extremadas. Con todo, ocurrió recién pasados los primeros días de haber levantado la bandera de la resistencia Cádiz y Sevilla, un incidente notable y extraño. El Gobierno legal, no bien supo las inquietudes de Andalucía, cuando cuidó de impedir que a las poblaciones semirrebeladas acudiesen personas cuyas opiniones y conducta conocidas diesen fundado motivo de temer que fuesen a fomentar la idea de la resistencia. Pero cuando esta disposición, no muy legal pero en uso constante en nuestra España donde los movimientos y residencia de las personas están como sujetos a la intervención de los que mandan, estaba llevándose a efecto, se apareció en Andalucía, con licencia de la superioridad, Regato, persona muy principal entre los comuneros, pero hombre de cuyos antecedentes conocidos debía esperarse que prestase eficaz auxilio a los desobedientes. No hubo de hacerlo, ni tampoco lo contrario, a lo menos claramente, y la como oscuridad con que vivió entre los semirrebelados encerraba sin duda un misterio, si bien en ello apenas se hizo alto.
También pareció extraño que el Ministerio nombrase entonces para desempeñar el gobierno político de Sevilla a un sujeto de mérito, pero comunero y amigo no menos que del anciano Romero Alpuente, es decir, de la persona a quien más se allegaba la gente más sediciosa. Así es que en Sevilla, restablecido el orden, los pocos hijos de Padilla que encerraba aquella ciudad, aparecían adictos a quien había venido a poner, y puesto, término a la resistencia.
No sucedió lo mismo en Cádiz. Allí creció de súbito la sociedad comunera, y creció prodigiosamente, pasándose a ella todos los de la antigua, descontentos y aun furiosos por la terminación de los recién pasados disturbios. Y como en Cádiz las clases inferiores eran constitucionales, fue fácil a la comunería aumentar allí sus filas hasta formar una crecida hueste. De esta era principio fundamental el odio a la sociedad antigua.
Entretanto, en Madrid, abiertas las nuevas Cortes, trabajaban las dos sociedades influyendo en la conducta de los diputados que respectivamente eran de ellas, los cuales cuando menos componían más de una mitad del nuevo Congreso.
Pero, coincidiendo con la reunión de este nuevo cuerpo legislador y en la esencia soberano, por un lado ser elegido Riego para la presidencia durante el primer mes de la legislatura, y por el otro haberse formado un Ministerio de moderados, todos ellos hombres de mérito y alto concepto, entre los cuales descollaba Martínez de la Rosa, tomaron las cosas singular aspecto y sesgo en cuanto al proceder de los gobiernos ocultos. El de la antigua no era amigo del Ministerio, pero tampoco su enemigo, y los meros socios estaban divididos, contándose entre ellos así los hombres más vehementes de la oposición, como no pocos ministeriales declarados y celosos. Vino esto a influir en la mayoría del Congreso a punto tal que no la había fija, sino al revés muy variable, y esto sobre cuestiones importantes, siendo así que, recién hechas las elecciones, era general esperar, unos con temor y pena, y otros con gozo y soberbia, que predominarían constantemente los exaltados. En tanto, el gobierno de los hijos de Padilla y todos cuantos de él dependían, hacían al Ministerio cruda guerra en unión estrecha con no pocos diputados que éramos de la otra sociedad rival. Yo, que estaba entre estos últimos, obrando o hablando con desatentada violencia, como si quisiese probar que no merecía ser acusado de moderado, como lo había sido poco antes en Cádiz, y que veía mi conducta aprobada y ensalzada por los escritos de los comuneros, y o tibiamente aplaudida, o a veces solo disculpada por los de mi hermandad, sentí lo que era a la par pueril enojo y justo cálculo político, y en un momento de mal humor, para el cual no me faltaba motivo, solté la expresión de que mi puesto natural entonces era estar entre los comuneros. Oyeron algunos de estos, amigos míos, mis palabras, y equivocando por resolución deliberada un arranque de ira, participaron a su gobierno que iban a contarme en su gremio; y tal era la necesidad que tenía su sociedad de recibir aumentos, que pasó nada menos que una circular a todas las torres, haciéndoles saber la adquisición de mi pobre persona como una conquista digna de mención especial. Pronto, sin embargo, vino el desengaño, porque pasado el ímpetu en que yo me había mostrado inclinado a dar tal paso, determiné por varias razones mantenerme firme en la asociación a que me ligaban fortísimos lazos. Grandísima fue la indignación de los comuneros contra mí, y si disimulada por algún tiempo, conservada hasta dar claras y vivas muestras de sí en periodo no muy distante.
Iban así las cosas trabajosamente, y estaban próximas a terminar las Cortes ordinarias de 1822, encendida la guerra civil en Cataluña, no sin tentativas de emprenderla en otros puntos; no encubriendo el gobierno francés la mala voluntad que nos profesaba, ni aun su intención de hostilizarnos a la larga; el Rey dispuesto a recobrar su poder antiguo, y ya apenas contento con el Ministerio moderado por él mismo escogido, y lleno de condescendencia a sus deseos, y las Cortes con escaso concepto, sin fe en sí propias, no atreviéndose ni a dar apoyo al Ministerio ni a hacerle guerra. En la sociedad de que yo era parte había la misma incertidumbre que en las Cortes.
Ocurrieron en esto los sucesos que señalaron los días corridos desde el 30 de junio al 7 de julio: la sublevación de la Guardia Real, y su vencimiento en las calles de la capital que invadieron. En los días que permanecieron las tropas sublevadas y el Gobierno constitucional frente a frente, nada hicieron las sociedades secretas que no les fuese común con los demás liberales. La nuestra apenas celebró juntas.
Pero la victoria de la causa constitucional mudó la faz de las cosas. El Rey, vencido y sujeto, se veía forzado a darse por satisfecho con seguir reinando en la apariencia, o dicho con más propiedad, con que continuase la ficción legal que le suponía reinante, ficción, como todas las de igual clase, de nadie creída.
El Ministerio, bajo cuya dirección habían venido las cosas públicas a tan fatal paradero, no podía seguir gobernando, ni él quería. Formar el que había de sustituirle vino a ser puesto a cargo del gobierno oculto de nuestra sociedad, el cual, puesta mano a la obra, la completó como pudo, aceptando la lista de ministros que le fue presentada el Rey, tan sujeto a todo que en prestarse a cuanto más le dolía encontraba nuevas pruebas de su estado de cautiverio.
No solo tuvo nuestra sociedad la imprudencia de hacer nombrar un Ministerio compuesto exclusivamente de personas de ella misma, sino que se mostró satisfecha y aun ufana de ello, como si hubiese alcanzado una victoria y conseguido una gran ventaja. Lo que había logrado era cargar con una responsabilidad enorme, introducir en el Estado un gobierno secreto al cual obedecía el gobierno público o legal, y crear nuevos elementos de discordia, cuando tantos había que pugnaban unos contra otros, en nuestro daño y el de nuestra causa.
Grande fue el furor de la mayor parte de los comuneros al verse excluidos de participación en el Ministerio, cuando este venía a manos de una oposición, en la cual muchos de ellos habían peleado y señaládose. Pero los más de ellos disimularon por lo pronto, tirando a contener a los impacientes o mal sufridos de su sociedad, lo cual dentro de breve plazo llegó a ser nada fácil empresa.
Otro inconveniente asimismo de bulto tenía el recién formado Ministerio. No podían por la Constitución vigente ser ministros los diputados, y era forzoso llamar para entregarles las riendas del gobierno a otros hombres en vez de los caudillos de la parcialidad predominante en el Congreso, donde tenían asiento los de más nombradía entre los exaltados. Ahora bien; aun cuando habría sido dificultoso hallar en nuestras filas hombres capaces de ser buenos ministros, y tampoco era fácil señalar algunos siquiera medianos para circunstancias en que acertar era casi imposible, crecía de punto la dificultad si se iba a buscar sujetos idóneos para estar al frente de la nación en la minoría de las Cortes nuestras antecesoras, o fuera de ellas en lo general de los españoles de algún renombre. En el Congreso inmediatamente anterior habían figurado los constitucionales de antigua fama, y el mayor número de estos pasaban por ser del partido moderado, cuando la oposición exaltada del mismo cuerpo, si bien compuesta de personas muy dignas, era reputada, y no sin razón, inferior en valor intelectual al gremio de aquellos con quienes habían estado en guerra, y por los cuales había sido vencida repetidas veces. Sin agravio de la respetable memoria de los que en agosto o a últimos de julio de 1822 se encargaron del gobierno de la nación, bien puede decirse que no eran sus fuerzas bastantes a llevar el grave peso que se echó sobre sus hombros. Don Evaristo San Miguel, que no había sido diputado, merecía ser tenido por un buen militar y no mal literato, recomendándole además ser amigo y compañero de Riego; pero por ninguna de sus calidades, a pesar de tenerlas buenas, parecía a propósito para ministro de Estado. Tal vez el ministerio de la Guerra, que fue confiado al general López de Baños, no caía mal en él, aunque fuese bizarrísimo soldado y hombre entero más que instruido o agudo. Recomendaban a don José Manuel de Vadillo, diputado que acababa de ser en las Cortes de 1820 y 21, su instrucción algo extensa y su entonces no mal juicio, así como el haber sido ya jefe político de una provincia en 1814, a pesar de lo cual para la actividad necesaria en un ministro le faltaba mucho. Aunque nadie podía negar algún talento y buena intención a don F. Fernández Gascó y a don Felipe Benicio Navarro, por confesión casi general, y por no ser sus nombres de suficiente fama, hacían desairada figura en su encumbramiento. La Hacienda fue dada a don M. Egea, pero solo en interinidad, pues no obstante ser de nuestra sociedad secreta, y buen empleado, todavía no tenía nombre bastante para ser elevado a ministro propietario. Por último, fue llamado a desempeñar el alto cargo de ministro de Marina el entonces capitán de navío don Dionisio Capaz, que había sido diputado a Cortes en las de 1813 y 14, pero de quien, para no decir más en su censura, bien puede asegurarse que su elevación admiró al cuerpo de la armada, y no pudo causar grande satisfacción a los pocos que le conocían.
Formado el Ministerio, solo agradó al cuerpo del cual procedía. A no pocos causó disgusto; a lo general de las gentes, sorpresa. No justificaron los hechos los temores de quienes recelaban ver salir de los nuevos ministros disposiciones de violencia revolucionaria, ni correspondieron ellos a las lisonjeras esperanzas y a los temores que de su advenimiento al poder habían concebido por un lado sus amigos y por el opuesto sus contrarios.
Sin embargo, hubo al principiar los recién nombrados a desempeñar sus cargos un momento en que cesaron los odios antiguos y todavía no aparecieron los nuevos, periodo en el cual los parciales de la monarquía absoluta, no bien recobrados de su derrota en Madrid, guardaban silencio, en que los moderados, igualmente vencidos en las últimas lides, aunque no hubiese sido sobre ellos directamente alcanzada la victoria, se resignaban a su destino, y en que los exaltados, aun los descontentos, no creían conveniente a ellos mismos dar todavía señal del espíritu que los animaba.
Mina, nombrando general del ejército destinado a sujetar a los rebeldes catalanes, caminaba a su destino con algunas tropas, y ningún liberal extremado por entonces dejaba de tener en mucho a Mina, y si otra cosa sentía, lo disimulaba. Iban a juntarse Cortes extraordinarias como con harta menos necesidad de tenerlas juntas se había hecho el año anterior, cuando era de los moderados el predominio, y las Cortes eran más que son hoy lo que a todos los sucesos daba color e impulso, aun cuando las Cortes mismas, como el Ministerio, habían venido a ser poco más que ejecutores de lo que disponían las sociedades secretas, o digamos de lo que dictaba las más antigua de estas, sirviéndole hasta entonces la novel de auxiliar, si bien no de buena voluntad y teniendo que contentarse con censurar a algunos de los miembros de aquel cuerpo, pero respetando al cuerpo entero, a lo menos en público, mientras en hablillas o en sus conciliábulos le zahería y tiraba a desconceptuarle.
Abiertas las Cortes extraordinarias, el primer paso de estas, de alguna bien que no grande importancia, fue elegir el que había de ser presidente durante el primer mes de la recién comenzada legislatura. Aquí resultó la votación hecha con arreglo al espíritu de los partidos políticos antiguos y no con el que comenzaba a animar a las dos sociedades hasta convertir su rivalidad en guerra; pues los de una y otra sociedad secreta conocidos por ser exaltados se declararon por el candidato que triunfó, el cual era comunero, mientras otros de la sociedad antigua antes, y aun entonces moderados, votaron con la minoría casi constituida en oposición al novel Ministerio.
Entretanto, los gobiernos supremos ocultos se iban preparando a hostilizarse, pero con timidez y hasta con vacilación, no sin disimulo, pero más engañándose a sí propios, a lo menos en los primeros tiempos, que procediendo con doblez o encubriendo con apariencias de amistad o de indiferencia afectos de odio y propósito de empeñar una lid en viendo para ello ocasión oportuna.
En los debates y aun en los votos de las Cortes extraordinarias continuó por algunos días, o, digamos, como dos meses; se vio lo que se había visto al elegir el presidente del primer mes. El Ministerio veía entre los que le hacían oposición, si no violenta, declarada, a no pocos de la misma sociedad de que él había nacido y de que seguía siendo representación pública o legal, y por la cual era dirigido en muchos de sus actos, en tanto que encontraba apoyo en lo general de los comuneros.
Daba tal irregularidad materia a debates alguna vez acalorados en el cuerpo director supremo de la sociedad antigua, donde pudiendo más la amistad política reinante que la enemistad incipiente de secta, varios nos inclinábamos a los comuneros, sin llegar con todo a pretender aunar con los nuestros el interés o principios de quienes, como sectarios, eran nuestros rivales; pero en los cuerpos inferiores de la sociedad, en Madrid y más en los de las provincias, la enemistad a los comuneros comenzó a dar muestra de sí, aunque casi siempre justificada o disculpada por claras provocaciones.
Pero un periódico, a la sazón famoso, vino a hacer imposible la continuación de la paz entre los hijos de Padilla y los a quienes estos calificaban de hermanos pasteleros.
Ya se entenderá que hablo del Zurriago, cuyo valor entonces era grandísimo, no estando tasado ni siendo posible tasarle por su mérito intrínseco, sino por el que le daban las circunstancias, el cual era escandalosamente exorbitante. Creado el Ministerio de una sociedad sola, el Zurriago se le declaró enemigo, por razones obvias, y entre estas la principal, por su necesidad de ser enemigo del poder dominante, so pena, si a ello faltaba, de no ser leído; de suerte que no hubo de ser de la oposición por ser comunero, sino que al revés, se veía como precisado a llevar la voz de la comunería para cumplir con su obligación de hacer guerra al Gobierno a todo trance. Sin embargo, el Zurriago se declaraba intérprete de los deseos y opiniones de los comuneros, estos no le desmentían, y los ministros y la sociedad antigua eran, no solo censurados, sino insultados gravemente por aquel periódico procaz. Así, los más pacíficos no pudimos continuar siéndolo, por más que nos doliese empezar la campaña.
Para ver cómo esta comenzó y fue seguida, no estará de más, aun cuando para ello se vuelva atrás un tanto, pintar lo que era entonces el cuerpo director y gobernador de la sociedad antigua y sus relaciones con los que le prestaban obediencia.
III.
El cuerpo director, o sea gobierno supremo de la antigua sociedad secreta, en octubre de 1822, al tiempo de congregarse las Cortes extraordinarias, estaba, como antes, compuesto de representantes de los Capítulos, o digamos, de las autoridades superiores de provincia. Los más de los que componíamos cuerpo tal éramos diputados a Cortes, y de los que más papel hacían en el Congreso, aunque no pocos comuneros también figuraban en las primeras filas del mismo Congreso a nuestro lado. Nuestro presidente era por entonces Riego, y no siendo la menor irregularidad de nuestra situación en aquellas horas estar presididos por una persona cuyas inclinaciones eran todas hacia la sociedad comunera nuestra contraria; inclinaciones apenas disimuladas y cuya manifestación nos causaba grandes apuros y aun disgustos. En efecto, Riego, no bien fue nombrado el ministerio de la sociedad con su anuencia, teniendo en él entrada y aun lugar principal San Miguel su amigo, cuando comenzó a querer ejercer sobre este último personaje un influjo extraordinario, tanto más insufrible cuanto pretendía ejercerle, no en punto a graves cuestiones, sino en pequeñeces, y para satisfacción de pasiones personales, ya favorables, ya adversas a sujetos determinados. No siempre quisieron o pudieron los ministros prestarse a conceder pretensiones caprichosas, que a veces eran en daño de hombres apreciables, y Riego, que veía en San Miguel un amigo, pero también un subalterno suyo, miró la menor resistencia hecha a sus deseos por el novel ministro como un acto de ingratitud, o sea de rebeldía. Llegó a tanto el enojo del famoso general, que hubo de partirse de Madrid para Andalucía en el mes de septiembre, y de pasear varias poblaciones, donde, haciendo imprudentes discursos mal pergeñados, recibió altos y vivos aplausos de los necios, y fue oído con desaprobación por los entendidos. Era el héroe de las Cabezas hombre desinteresado en punto a provechos, y aun en punto a honores, pero no así en lo tocante a oírse vitorear, para lo cual no excusaba servirse de artes de toda especie, y, por lo mismo que se creía íntegro, y tenía razón de creerlo, miraba como enemigo de mala naturaleza al que le negaba, o siquiera le escaseaba, el culto.
No dejaba con todo Riego, aunque su inclinación a los comuneros nacía de verse de ellos aplaudido, de tener quienes con él coincidiesen, manifestándose, cuando no favorables, poco menos a la sociedad comunera.
Bien será confesar que, recién abiertas las Cortes extraordinarias, y empezados en ellas debates de no corto empeño, como resultase que el Ministerio encontraba fuerte oposición en algunos de nuestra sociedad, los más de ellos personas de valía, y al revés recibía apoyo de casi todos los diputados comuneros, algunos de nosotros, uno de los cuales era yo, y con sumo calor a veces, nos mostrábamos amigos más que contrarios de la sociedad rival, cuya conducta política, fuera del interés o pasión de secta, era conforme a la nuestra en todo punto. Nacían de esto disputas que en nada venían a parar, pues no terminaban en una resolución, quizá por estar todos seguros de que si alguna se tomase, de nadie sería obedecida.
Pero el interés y pasión de secta iban mostrándose en negocios de menor cuantía en sí, pero de no inferior importancia si se tomaba en cuenta el efecto que producían en los ánimos, y por consecuencia en el proceder de los individuos.
Al abrirse las sesiones de nuestro cuerpo, harto frecuentes, se empezaba por lo que se llama despacho ordinario en los Cuerpos legisladores u otros de índole igual o parecida. Ya una sociedad particular, ya un Capítulo de provincia, se quejaba de los comuneros, especificando los agravios que de ellos recibían los nuestros, y aun solía mezclar con la queja otra del Gobierno legal, nuestro hijo y representante, al cual atribuían que favorecía a nuestros enemigos los hijos de Padilla harto más de lo debido. Es un escándalo (nos hacía presente una sociedad) que el empleo tal (y citaba uno, a veces no muy alto ni de grande influjo en los negocios) haya sido dado a un comunero, cuando hay aquí hermanos dignísimos que podrían servirle, y le han pretendido con éxito desfavorable a su pretensión. Ya no es posible (venían diciéndonos por otro lado) sufrir más tiempo los insultos de los comuneros, a quienes la autoridad en vez de refrenar parece como que apadrina. En las quejas de estos últimos había más razón, porque en las provincias la desunión entre las dos sociedades había llegado a ser enemistad, lo cual se dejaba sentir aun en Madrid, salvo donde abundaban los diputados propensos a no mirar mal a quienes con ellos votaban.
Pero la hostilidad de los periódicos comuneros iba asomando, aun cuando solo en el Zurriago apareciese desembozada, descarada y violenta. En tanto se abrió nuevo teatro, donde los de la sociedad de fecha moderna, declarando, con fundamento o sin él, que obraban no solo como particulares, sino en nombre del cuerpo de que eran miembros, comenzaron a desatarse, así como contra el Ministerio, contra el Gobierno oculto del cual eran representación los ministros. Fue el nuevo teatro a que acabo ahora de referirme, la sociedad patriótica llamada Landaburiana, abierta hacia principios de noviembre de 1822. De ella y de sus excesos he hablado hace poco, y por tocante al argumento del presente artículo, debo añadir que casi todos cuantos allí hablaban se proclamaban hijos de Padilla y enemigos de aquellos a quienes, con grosera expresión, común entonces, daban el mote de hermanos pasteleros. Asistía a la sociedad Landaburiana Romero Alpuente, y recibía allí obsequiosas aprobaciones tributadas en su persona a uno de los personajes más venerandos y venerados de la novel comunidad. Asistía asimismo Riego, pero su asistencia solo servía de provocar, a la par con aplausos a su persona, vituperios a la sociedad por él presidida, habiendo a la sazón comenzado a oírse la frase, después muy repetida, de viva Riego sin mandil; grito que oía con frecuencia el así aplaudido, sin dar la menor muestra de desaprobarle.