XIII.
DEPOSICIÓN DEL REY POR LAS CORTES EN SEVILLA EL 11 DE JUNIO DE 1823.
Las Cortes, de resultas de la invasión del territorio español por el ejército francés, se habían retirado a Andalucía y abierto sus sesiones en Sevilla, habiéndose traído consigo al Rey, su enemigo, pero embozado, y traídosele, no sin haberse él resistido a hacer el viaje, si bien valiéndose de pretextos no políticos, pero tan claramente pretextos, y no más, que nadie ignoraba, ni S. M. mismo pretendía ocultar del todo, que eran un modo decoroso de declarar su resolución de esperar a los invasores, los cuales de hecho eran sus mejores amigos, aunque de derecho o de oficio aparecían siendo sus contrarios.
Las Cortes en Sevilla discutían, deliberaban, resolvían, pero con evidente desmayo, que era forzosa consecuencia de las tristísimas circunstancias en que se hallaban. Veíase claro que del pueblo, si no la parte mejor, la mucho más numerosa, hacía causa común con los invasores. Flacos de espíritu, si no traidores, los generales se rendían al peso de desdichas superiores a las que pueden resistir humanas fuerzas. Divisábase la nube desde mucho antes formada, y se la notaba crecer en negrura y oscuridad, hacer ya estragos en los lugares a que alcanzaba, y amenazar con otros, tal vez mayores, aquellos donde no había llegado pero a que se venía encaminando con mediana rapidez, si bien con curso que no podía ser atajado. En el mismo Congreso, lo que había sido unanimidad en los días 9 y 11 de enero, en mayo era ya solo mayoría, si numerosa aún, poco alentada, y a la cual se oponía una minoría valiente, cuya osadía y firmeza declaraban que contaba con auxilio poderoso.
Fuera del recinto en que se celebraban las sesiones, los diputados estaban, como era fuerza sucediese, inquietos, tristes y dudosos en punto a la conducta que debía seguirse, cuando se estaba viniendo a tierra la fábrica de que eran custodios. Era común quejarse de que nada se hacía; pero provocados quienes así se quejaban a indicar qué podía hacerse, nadie acertaba a proponer cosa alguna, porque, en verdad, nada había que hacer, sino seguir la guerra y llevar los reveses que eran de ella consecuencia con resignación, tanto más difícil de tener cuanto que el trágico fin de la Constitución se descubría claro y a poca distancia. El Ministerio, incompleto y hecho a retazos, no gozaba de la confianza del Rey, el cual, sin embargo, le miraba con cierto afecto parecido a gratitud, porque le había libertado de otro de él tan odiado como el de San Miguel y consortes, pero que le habría preferido al de los comuneros y de Flores Estrada; gente, en verdad, más extremada en sus doctrinas contrarias a toda autoridad, inclusa la del trono, pero unida entonces con la corte y las reales personas por común aborrecimiento a la sociedad secreta, su enemiga, en aquellas horas predominante.
Las dos sociedades seguían en guerra más rencorosa que viva. De la comunera se habían separado muchos de los de superior valer, y de ellos no pocos diputados pasados a hacer causa común con el ministerio de San Miguel y con el que le había sucedido. Por eso los fieles a la bandera comunera, sin profesar ideas muy monárquicas, se habían, con todo, arrimado a la persona de Fernando VII y a la corte, reprobando la guerra empezada y pintando posible un ajuste con los franceses. La otra sociedad, debilitada por su mismo triunfo, y porque, habiendo gobernado por algún tiempo en malas circunstancias, había cometido graves yerros, se sentía incapaz de hacer frente a desdichas de que se la hacía, y no con grande injusticia, responsable. En las reuniones del cuerpo principal director no se formaban ya los planes del Gobierno, como sucedía en los últimos meses de 1822 y principios de 1823, cuando el Ministerio era poco más que ejecutor de las resoluciones de la sociedad; cosa a que no se habría sujetado Calatrava y algún otro de sus compañeros. En medio de esto, dictando, según con frecuencia sucede, la flaqueza actos de violencia, y también llevando el hecho mismo de no tener que hacer o proponer a pensar en desatinos, ocurrió un día en la Junta, que era autoridad suprema de la sociedad, encontrarse en la bolsa llamada Saco de proposiciones, donde, conforme a rito, se presentaban todas cuantas se hacían ignorándose sus autores, una reducida a que se discurriese medio de acabar con Fernando, y aun con su real familia.[81]
[81] Este incidente tuvo resultas. Hubo de revelarle al rey un traidor, a quien hizo tal el miedo. Compró el revelador su perdón con esta bajeza; pero, siendo hombre cobarde por extremo, el pensamiento de que podría tener consecuencias para él funestas su acción, le trajo una enfermedad que le acabó con la vida. Quedó de la delación testimonio en una cláusula de la amnistía dada por el Rey absoluto en mayo de 1824, donde se exceptuaba del perdón a «los que en sociedades secretas hubiesen propuesto la muerte del Rey o de otras personas reales».
Indignó sobremanera tal idea a varios de los concurrentes, y entre ellos a Istúriz y al que esto escribe, y nos separamos de la sociedad, a punto de declarar que no asistiríamos en adelante a sus juntas; lo cual cumplimos, viendo en el acto de aquella propuesta, no solo un crimen, sino, como teníamos razón para presumir, un lazo que se nos armaba. De este modo las dos sociedades, poco antes gigantes, y disputándose con calor y furia la dominación, habían perdido en gran parte su fuerza, como en aquella hora lo había perdido todo en el gremio de los constitucionales, el cual iban reduciendo continuas deserciones.
El estado de la población donde celebraba sus sesiones el Congreso, y donde residían el Rey y su Gobierno, distaba mucho de ser satisfactorio. Eran numerosísimos en Sevilla los parciales del Rey absoluto y enemigos de la Constitución, y solo por lo cobardes no se hacían en alto grado temibles. La milicia nacional sevillana, poco numerosa, no inspiraba ni temor ni confianza. La de Madrid, trasladada a Andalucía con el Gobierno, era ardorosamente constitucional, pero de su mismo ardor había que recelar, porque una parte de ella, corta pero atrevida, tomaba, como siempre acontece, el predominio en el cuerpo entero, cuya voz intentaba llevar, y en cuya conducta a veces influía. En verdad, los dos batallones de milicianos que, acompañando al Rey y al Congreso, habían hecho la larga marcha de Madrid a Sevilla, nada menos que admiración merecían por su ejemplar conducta, en que la disciplina, por ser voluntaria, no dejaba de ser severa; por su porte marcial, y por su sufrimiento en el viaje, en que hombres acomodados y criados con cierto grado de regalo, habían llevado las mismas penalidades que los soldados verdaderos, y llevádolas con alegría serena. Pero un tercer batallón que salió de la capital de España bastante después que los otros dos, se distinguía de estos por el espíritu que le animaba, siendo alborotado y propenso a la sedición y a todo linaje de excesos. Recién llegado a Sevilla este batallón, al recibirse la noticia de desmanes ocurridos en Madrid al entrar en la capital los realistas y los franceses, abultando la voz pública lo que en sí ya no era poco, trataron los nuevamente venidos de tomar lo que llamaban represalias en los absolutistas sevillanos de los crímenes de los absolutistas madrileños, y, para el intento, ya en sí injusto, como lo es castigar ajenas culpas aun en el cómplice en la intención pero no en el acto, se valieron del peor medio posible: armaron un alboroto en que cayó asesinado en la calle un sujeto desconocido, y fue saqueada una casa donde residía un diputado a Cortes, virtuoso eclesiástico y juicioso constitucional, que perdió su escaso haber sin perder por esto la serenidad plácida de su condición, por que se distinguía. El Ministerio, del cual era, si no presidente, por no haber entonces entre nosotros tal dignidad, el principal en consideración e influjo, don José María Calatrava, obró con todo el vigor posible, separando de su destino al jefe político de Sevilla, flojo por demás en aquel suceso. Pero lo posible en vigor era harto poco en horas de tanto apuro y peligro, y así los elementos de desorden subsistían fuertes, mal contenidos y amenazando estragos para el momento seguro y vecino en que sucesos graves viniesen a acabar con la fuerza que los contenía.
Tal era el estado de las cosas, cuando se supo que venía adelantando el ejército francés, el cual estaba ya próximo a invadir las Andalucías por los caminos que las separan de la Mancha, sin que existiese fuerza armada capaz ni siquiera de dificultarles un tanto el paso. El ejército, o, diciéndolo con más propiedad, la corta división que había llevado el nombre de ejército, y cuyo mando había tenido el conde de La Bisbal, puesto a las órdenes del general López de Baños, había emprendido por Extremadura su retirada, delante de los invasores; pero de él llegaban al Gobierno pocas y confusas noticias, porque los pueblos nada dispuestos a favorecer a los constitucionales ponían obstáculos a las comunicaciones. Por esto, el Ministerio, que contaba con las tropas de López de Baños para cubrir a Sevilla, y con la ciudad al Rey y a las Cortes, hubo de pensar en enviar al general una persona de confianza para saber de él, entenderse con él y concertar las disposiciones por las cuales había el Gobierno de salvarse de caer en poder del enemigo. Quiso la desgracia que el comisionado, por motivo que no es del caso referir, pequeñísimo en sí, pero por sus consecuencias grave en extremo, cumpliese tan mal su encargo, que ni salió de Sevilla, donde estuvo escondido para no poner patente su culpa, y de ello se siguió, con ignorarse su paradero y el de las tropas a que había sido enviado, hacerse las más fatales suposiciones. Entretanto, el que debía ser ejército, y no lo era, y cuyo núcleo estaba en la parte más meridional de Andalucía, mandándole el general Villacampa, de nada podía servir, y además su general, honrado, pero no de grandes luces, cediendo a un uso de pronto introducido, pasó al Gobierno un escrito, cuyo objeto mal podía conocerse, y el mismo escritor no podría haber explicado, en el cual exponía y ponderaba las dificultades de resistir a los enemigos, a punto de convertirlas en imposibilidad absoluta.
Tan congojosa situación para los constitucionales era la en que se veían en el día 10 de junio de 1823, víspera de otro funestísimo, en que todo cuanto podía hacerse era escoger entre gravísimos males uno que, por ser menor que otros, no dejaba de ser un mal en grado no pequeño.
Yo (pues fuerza es hablar de mí en lances en que a mi pequeñez tocó aparecer en primer término) me encontraba aquel día en cama, con alguna calentura. Era a la sazón mi compañero inseparable el duque de Veragua, miliciano de caballería de Madrid, el cual, separándose de mi cabecera, vino pronto a avisarme que el Congreso estaba en sesión secreta porque le habían llegado importantes y malísimas noticias. Me vestí aprisa, salí, me encaminé al lugar donde se celebraban las sesiones, y antes de llegar a él, tropecé con varios diputados amigos que se volvían, acabada ya la sesión, que fue muy breve. Lo que a ella había dado motivo, era un oficio o parte recibido de un don N. Mateos, jefe político de una de las provincias andaluzas, donde se refería haber pasado los franceses el famoso desfiladero de Despeñaperros, sin tropiezo alguno, retirándose fugitivas y dispersas las poquísimas tropas constitucionales apostadas en aquel paso y sus inmediaciones. Concluía el parte de Mateos con repetir, trocada alguna palabra y el sentido, la frase o el dicho atribuido a Francisco I, pues decía: «Todo se ha perdido, hasta el honor». Tan consoladora aserción era digna de las circunstancias. Por supuesto, oída la comunicación, nada se había hecho o dicho, y callando el Ministerio, y no hablando los diputados, la campanilla del presidente había dado la señal para que cada cual se fuese a su casa, o a sus quehaceres, y a llorar males al parecer irremediables, o a buscarles remedio.
No lo era por cierto para mi dolencia lo que acababa de saber, y así, vuelto a mi casa y a recogerme, hube de pasar una tarde y noche nada agradables. Sin embargo, no tenía mi indisposición tanta gravedad que me embargase el pensamiento o me ofuscase la razón. Me entretuve en discurrir, pero sin acertar con cosa que, aun medianamente, me satisficiese.
Amaneció el nuevo día, sin que posteriores noticias, o de Córdoba, en cuyos términos era de suponer estuviesen los franceses entrados por Sierra Morena, o de Extremadura, donde ni había lugar a suponer cuál era la situación de los enemigos o de nuestras cortas fuerzas, llegasen a aumentar o disminuir el temor o la pena, el aliento o la desconfianza. Pero era hora de la sesión ordinaria y pública del Congreso, la cual se hacía imposible no celebrar, sin que la impaciencia y ansias generales diesen de sí fatalísimas consecuencias.
No obstante el mal estado de mi salud, me encaminé a mi puesto en las Cortes. Cuando para allí iba, me detuve a hablar con un amigo, en cuya compañía iba un médico, y, quejándome yo de mi indisposición, examinándome este último, me encargó me volviese a mi casa a recogerme y que tomase un vomitivo. Por más de una razón no hice caso de su dictamen, pues la ocasión no era para otra cosa que para morir en pie, si se me agravaba la enfermedad, sin contar con que, locamente parcial yo entonces del sistema médico de Broussais, casi nuevo en España, acudía por remedio de mis males al agua de limón con goma, cuando no había tiempo o necesidad de aplicarme sanguijuelas.
Fuime, pues, al Congreso y encontré a mi llegada un espectáculo doloroso.
La sala de sesiones estaba vacía, porque no se acertaba a abrir la del día sin haber de antemano pensado, y hasta cierto punto dispuesto, lo que en ella habría de hacerse. Las tribunas rebosaban en gente, siendo las destinadas al público capaces de contener un auditorio algo numeroso. En el allí congregado reinaban el dolor y el miedo, a la par con una ira feroz, de aquella que, mezclada con el terror del cual en gran parte procede, es más temible que otra alguna hija de pasión menos fea. No teníamos los diputados otro lugar en que estar juntos fuera del salón que una pieza no muy grande, a los pies de este, a la cual separaba de él solo una pared con puertas que, aun cerradas, daban paso al ruido. Así es que oíamos el murmullo, salido de las tribunas; murmullo triste y amenazador que nos estaba convidando, si merece la calificación de convite lo que era precepto, a abrir la sesión, y dar en ella alguna disposición de la más alta importancia. En cambio, llegaba a las tribunas el zumbido que formábamos muchos hablando a un tiempo en voz más o menos baja, pero que a cierta distancia debía de parecer disputa a voces. No lo era por cierto, pero sí un desordenado dar de pareceres, en que todos tomaban parte sin que uno solo fuese atendido. Se perdía el tiempo, lo cual era un mal grande en tanto ahogo, pero lo era mayor porque la parte violenta del público parecía dispuesta a tener poca espera y a obrar si nuestra inacción continuaba. Los ministros estaban entre nosotros abrumados por el peso de la desdicha, sin hallar salida del laberinto en que todos estábamos enredados. Habían aconsejado al Rey que se trasladase a Cádiz, única salida posible; pero el monarca parecía resuelto a no seguir el consejo. De cuando en cuando, formando no poco ruido las muchas conversaciones particulares, había quien dijese en voz algo más alta, ¡silencio!, y, repetida la insinuación como para recomendarla, al repetirla sonaba tanto, saliendo de muchas bocas, que venía a ser casi una gritería.
En esto yo, acostumbrado a la acción por aquellos días, y persuadido de que, en horas críticas, no hacer cosa alguna es hacer lo peor posible; conociendo además que, en momentos de incertidumbre, en medio de una turba, aún poco numerosa, ejerce el mando o superior influjo quien osa tomársele, esforzando la voz y dando a mis palabras el tono de mandato, grité: ¡silencio!, y tuve la fortuna de lograr lo que pretendía. Callaron todos por un momento, y acudiendo Riego, con quien no estaba yo entonces en amistoso trato, pero que hubo de desear oírme, y diciendo él oigamos a Galiano, me vi dueño del campo entre tantos mis iguales y algunos mis superiores.
Mi plan estaba formado de pronto, y, si no era bueno, al cabo no era peor que otros, y a todos llevaba la ventaja de ser un plan, y de haber en mí resuelta voluntad de ponerle en ejecución inmediatamente, en hora en que la menor dilación era cierta ruina.
El plan consistía en hacer que constase de oficio la resistencia del Rey a salir de Sevilla, lo cual quería decir su resolución de esperar allí a los franceses, para que, junto con estos sus enemigos de derecho y sus amigos de hecho, fuese la Constitución abolida y duramente tratados los constitucionales. Y, si bien ni aun a mí convenía que esto constase, mientras podía disimularse, había llegado el caso en que era preciso poner patente el mal para proveer a la cura.
La cura era tratar de vencer al Rey, hasta hacerle consentir en pasar a Cádiz, y el método que había de seguirse tenía que ser análogo al antes usado para traerle de Madrid a Andalucía.
Pero, si era necesario algo más duro, forzoso se hacía proceder hasta suspenderle en el ejercicio de su autoridad, y, no siendo posible llevarle como Rey, llevarle como cautivo, con todo el decoro que había en tal atentado. Porque, además, se hacía necesario tener presente que, en la frenética indignación de los constitucionales, y al desaparecer toda barrera legal, los más atrevidos serían, si bien por brevísimo plazo, dueños del campo, y en el inevitable confuso desorden, habría estragos y víctimas, no siendo poco probable que entre las últimas fuese incluido el imprudente monarca.[82]
[82] El general Álava (don Miguel), aunque constitucional, honrado y leal por su deber, monárquico por sus afectos, votó en Sevilla la suspensión del Rey, y de ello estaba ufano, diciendo que creía que votándola había salvado a S. M. la vida. Quienes estaban en Sevilla en junio de 1823 no extrañarán que haya personas que así hayan opinado y opinen.
Todo ello lo pensé y arreglé de pronto, y traté de proceder a la ejecución. Desde luego las tres proposiciones que hice, y que en la relación de la sesión aparecen, estaban formadas en mi mente, si bien no del todo, pudiendo y debiendo variarse según fuesen dictándolo las circunstancias.
Se presentó desde luego una dificultad. Calatrava decía que, siendo él ministro, solo como tal podía hablar en el Congreso, y como tal representaba al Rey; por lo cual juzgaba indecente, y hasta criminal, en vez de declarar su voluntad, acusarle. Era honroso al buen juicio y a la rectitud de Calatrava tal escrúpulo, y yo, estimulándole en lo debido, me dediqué a buscar medio de libertarle del compromiso en que se hallaba. Le rogué, pues, que se fuese a Palacio, e hiciese nuevo y mayor esfuerzo para vencer al Rey, y, si nada conseguía, me avisase; o, en caso de no poder darme aviso, fijase un plazo, vencido el cual, debía yo del silencio colegir que el deseado consentimiento no se había obtenido. Conformose Calatrava, pero me puso otras dificultades, que yo no traté de tomar en poco, pues, si entrábamos en contestación, sobre perder tiempo, le confirmaría yo en su opinión, en vez de convencerle. Así, prometiéndole acceder en todo a su deseo, él se marchó, y los diputados nos quedamos aguardando noticias, sin abrir la sesión, aunque oíamos que su apertura era pedida casi con bramidos. Aguardamos, sin embargo, a que llegase la hora, pasada la cual, acabada la esperanza, y aun vencido ya el plazo, y sirviendo, según estaba convenido, por respuesta desfavorable el silencio, hubo prórroga en la espera, hasta que, al fin, dándose por mala noticia la falta de ellas, iba yo a empezar la fatal campaña, cuando vino a confirmarme en mi propósito aviso recibido de Palacio, en que se me decía mostrarse el Rey obstinadamente resuelto a no moverse. Con esto entramos en el salón, reinó silencio, y levantándome yo, hice la primera proposición,[83] que consta en el acta de aquel día. No hubo sobre ella debate, porque oír explicaciones del Gobierno a todos parecía justo y conveniente.
[83] En punto al orden y tenor de estas proposiciones, véase el tomo que contiene algunos Diarios de Cortes (bien que muchos de ellos compendiados) relativos a las sesiones del Congreso de 1822 y 1823, cuando desde abril a septiembre de este último año celebraba sus sesiones, en Sevilla primero, y después en Cádiz. Esta obrita es curiosa, porque da a conocer sucesos, o ignorados, o muy imperfectamente sabidos.(a) — Nota del autor.
(a) El tomo a que se refiere es el compilado por el oficial mayor del Congreso don Francisco Argüelles, que por acuerdo de la Comisión de gobierno interior de dicho Cuerpo, fue publicado en 1858.
Cuando, por medio de preguntas, saqué a los ministros respuestas por donde, sin acusar ellos al Rey, constaba que S. M. no atendía a sus consejos, hice la segunda proposición, que ya dio margen a algunas observaciones. No pudo, con todo esto, haber fuerte oposición a que se solicitase del Rey que pasase a Cádiz, pues ya por iguales medios se lo había traído a Sevilla.
Al salir del salón la comisión nombrada para llevar a S. M. el mensaje en el que el Congreso, sin irreverencia en la forma, le hacía una súplica apremiante, que él miraba como nuevo exceso contra su persona, y mientras diputados y espectadores, con rostros en que se pintaban, ya cólera, ya pena, ya inquietud, seguíamos con la vista a nuestros compañeros, y sobre todo, al presidente de la comisión, el general don Cayetano Valdés, cuya figura, severa y desabrida, era como una imagen de las circunstancias, pasé yo de mi asiento al de enfrente, inmediato al que ocupaba Argüelles, con el cual entré en conversación sobre el gran negocio que nos estaba ocupando. Vivía yo entonces en trato amistoso con el célebre orador y repúblico asturiano, particularmente desde que juntos habíamos sustentado acaloradas lides en defensa de las respuestas dadas a las notas de los soberanos aliados y la resistencia a poner la Constitución y la suerte de nuestra patria a merced de los extranjeros, o del Rey mismo. Tanto Argüelles cuanto yo (créase o no esto último) sentíamos dolor vivo y aun repugnancia a tomar un partido violento; pero él igualmente que yo, preferíamos un golpe violento a dejar perecer la ley fundamental del Estado, y lo que es uso llamar la libertad, a la cual amenazaba en aquella hora muerte segura y próxima, y muerte que vendría indudablemente acompañada de horrorosas convulsiones, o digamos, variando la imagen para expresar mejor la idea, que al desplomarse el edificio político, todavía en pie, a más de una víctima, y estas de distinta especie, habría de hacer polvo y confundir en sus ruinas. Menos dispuesto Argüelles que yo a pensar lo peor, conservaba esperanza de que cediese el Rey, como había cedido en Madrid, y así me lo expresó, a lo cual repliqué con dolor que yo esperaba una respuesta arrogantemente desfavorable. «Pues entonces, ¿qué ha de hacerse?», me dijo. «¿Qué?», respondí: «nombrar una regencia». «¿Y ha pensado usted en las consecuencias tristísimas de tal acto?», volvió a preguntarme. «Sí», le dije, «y no me excede usted en sentimiento al vernos obligados a tal cosa; pero ¿hay otro medio? Si le hay, dígamele usted, y yo estoy por él». Meditándolo un poco: «No veo otro», repuso, «y yo apoyaré lo que usted proponga. Pero», añadió, «¿no será bueno, si hemos de pasar a nombrar regencia, suspendiendo al Rey en el uso de su poder, que solo lo hagamos interinamente, y para el acto de trasladarse el Gobierno con las Cortes a Cádiz?». Fue nueva para mí la idea, y me dio golpe, y así, aun no contando con que necesitaba el apoyo de Argüelles y los que le seguían para dar el paso atrevidísimo a que iba a arrojarme, aprobé y adopté el pensamiento de mi poderoso colega, por lo mismo que era menos violento el acto; porque, lo repito, no tenía deseo de atentar a la persona o dignidad real, contra la cual, si procedía, lo hacía obrando en defensa de las para mí sagradas leyes. Convenidos, pues, mi antes antagonista y ahora amigo político y yo, contaba con que sus palabras sostendrían mi propuesta. En esto aparece la diputación de vuelta de Palacio, tristes y cabizbajos todos cuantos la componían, y sobre todos ellos el Presidente, muy venerador de sus reyes, aunque constitucional celoso. Lo que dijo consta en el acta y es público, de modo que no es posible negar que el Rey nos arrojaba el guante, siéndonos forzoso, o recogerle y entrar en fatal lid, o abandonar el campo y entregarnos a la fuga. La cara y el acento de Valdés eran tanto cuanto melancólicos, solemnes; en los demás diputados y en el auditorio era igualmente lúgubre en cierto grado el aspecto, y en no poca parte de gravedad en el silencio, parecido a la calma precursora de las más recias tormentas. Entonces me levanté conmovido, tanto más cuanto que la agitación sentía en mí crecida la calentura, y, apoyadas las manos en el respaldo del banco que delante de mí tenía, comencé en un breve discurso a explanar y sostener mi proposición, clavando todos en mí los ojos, atentos los oídos, llenos de ansia los semblantes, y como colgados de mis labios los oyentes, no, cierto, para oír de mi un discurso entretenido, sino por lo que contenían mis palabras. Cesé de hablar, y, por algunos segundos, nadie siguió, ni hubo murmullo en las tribunas. Pero, a poco, pidiendo la palabra en contra de mi proposición dos o tres diputados, y en pro también uno u otro, y entre estos el que importaba más que todos, el mismo Argüelles. Impugnó mi proposición, con un calor que parecía delirio, el diputado Vega Infanzón, oficial de marina, cuyo hermano, muerto en Cádiz en 1813 de la fiebre amarilla, había representado uno de los principales papeles en las Cortes de 1810, al lado del conde Toreno, con quien asimismo dos años antes había pasado a Inglaterra, como representantes ambos de la junta de Asturias en el levantamiento de España contra Napoleón. No tenía el diputado de 1823 las calidades de su hermano; pero era honrado, de mediano saber, y de condición suave, por lo cual se extrañó más su acaloramiento en este debate. Como el tiempo apremiaba, y todos cuantos hablábamos lo hacíamos en pocas frases, y Vega, al revés, divagaba, repelía muchas veces no solo sus ideas, sino aun sus expresiones, y gritaba, ya con voz de ira, ya con acento de dolor, entró en muchos la sospecha de que intentaba alargar la discusión con algún fin torcido; acusación en mi sentir injusta, pero a la cual daba motivo saberse que se estaba conjurando contra el gobierno constitucional, y que en la dilación ponían gran parte de sus esperanzas los conjurados. Lo cierto es que empezaron murmullos en las tribunas, y aun en los bancos, intentando hacer callar al difuso orador; yerro gravísimo que procuré yo con otros pocos impedir, yéndome de banco a banco a recomendar la prudencia, y reclamando que guardasen orden los concurrentes a las tribunas. No dejó de costarnos trabajo conseguir nuestro intento, porque aun en el salón, un diputado eclesiástico llamado Sáenz de Buruaga, hombre de más celo que talento o saber, y en quien el amor, que él creía serlo de la libertad, era furibunda intolerancia, con voces y ademanes quería imponer silencio al Vega, no sin dar muestras de tratar de pasar de las palabras a las obras; ejemplo que había sido seguido; y por otra parte el diputado, general Álava, se quejó de que desde una tribuna amenazaba al Congreso un espectador con un sable desnudo. Pudo, no obstante, impedirse todo desmán, y, si solo la amenaza puso miedo en algunos diputados a punto de influir en sus votos, peligro poco más lejano y harto más seguro retraía de votar mi proposición. Esto hizo notar con sentidas frases y nobleza en su breve discurso Argüelles, respondiendo a Vega, su paisano y amigo, que blasonaba de su firmeza en defender al Rey en aquella hora. Por fin tuvo término el discurso de Vega, y reducidos los que siguieron a dos o tres sentencias, declarado el punto suficientemente discutido, hubo de procederse a la votación. Ocurrió a algunos el desatino de pedir que fuese nominal, lo cual, entre mayores inconvenientes, tenía el de la pérdida de tiempo, cuando cada minuto parecía precioso. Logré yo disuadir de la pretensión a quienes la tenían, y tuvo efecto la votación según el método ordinario, levantándose los que aprobaban, y quedándose sentados los de parecer contrario. Muy pocos fueron los que no se pusieron de pie, pues vimos hasta con sorpresa levantados aprobando la atrevida propuesta a aquellos pocos diputados cuya moderación rayaba en desafecto a las nuevas leyes y en adhesión a la antigua monarquía. Algunos, bien que no muchos, se ausentaron del todo; otros, asimismo en reducido número, amedrentados y vergonzantes andaban entre los bancos y la pared, no atreviéndose a votar en pro o en contra, y ni siquiera a salirse porque no se les achacase a falta haberse ausentado. Así y todo, a bulto, contamos sobre 90[84] o poco menos levantados; mayoría crecida en aquel Congreso en que rara vez eran más de 120 los votantes. Hubo, después, quien hiciese constar su voto contrario y se le consintió, a pesar de que ninguno había dado; pero esto fue ya en Cádiz, llevándose a exceso la condescendencia, por no pasar la mayoría por tirana.
[84] En la sentencia a pena capital dada por la Audiencia de Sevilla contra los que votaron la suspensión del Rey, resulta ser el número de los que aprobaron mi proposición muy inferior al que este artículo afirma. Pero la sentencia no está fundada en la verdad, aunque lo esté en que como tal aparece en el proceso. Muchos de los que votaron aprobando, arrepentidos después o medrosos, aseguraron no haber votado o hécholo en contra. La Audiencia y aun el Gobierno tenían poco deseo de cebar su saña en diputados que no habían figurado en primer término, y así se prestaban a admitir justificaciones bien o mal fundadas. Asimismo, por razones de política, venía bien que apareciese haber sido una minoría del Congreso lo que apareció mayoría en aquel acto. Si no fuese algo fea acción bajar a personalidades, podía aquí citarse más de un nombre de diputados que votaron el sí y habiendo después probado con falsedad lo contrario no fueron incluidos en la proscripción que cayó sobre todos sus compañeros, aunque de ellos solo en el pobre Riego fue ejecutada la sentencia.
El gran voto estaba dado, y restaba convertirle en hecho. Nombrada la regencia en pocos minutos, su presidente don Cayetano Valdés hizo un discurso brevísimo, pero muy notable. He sido vencido más de una vez (dijo), pero he cumplido siempre con mi obligación, y esto prometo ahora. Daba realce a estas sencillas palabras el aspecto de quien las pronunciaba, de rostro desfigurado por efecto de las viruelas, de andar desgraciado, de desaliño sumo, si bien no de desaseo, en el vestido y en el modo de expresarse; con apariencias de vejez, aunque apenas entrado en ella; modelo de patriotismo, cubierto de heridas[85] gloriosamente ganadas en mar y tierra, leal servidor de sus reyes y observante de la ley militar y civil, y en quien se notaba entonces el dolor del trance en que se veía, a la par con su firme resolución de proceder a ejecutar lo que él mismo, si bien con amargura, había votado.
[85] Fue gravemente herido en el combate naval de Trafalgar y en la batalla de Espinosa en noviembre de 1808. Ya en el combate del 14 de febrero de 1797 (el del cabo de San Vicente) fatalísimo para nuestra marina, se había distinguido por un excesivo arrojo acompañado de tino, salvando, o dígase rescatando, del poder del enemigo al navío general La Trinidad que había arriado la bandera y volvió a izarla.
Iba ya entrando la noche. En esto anunciaron haber sido sorprendidos en una reunión o conciliábulo unos cuantos que estaban tratando de dar un golpe decisivo que acabase con los constitucionales. Fueron presos en el acto los conjurados, a quienes presidía el general Downie, escocés venido al servicio de España en la guerra de la Independencia, alcaide a la sazón del alcázar de Sevilla, hombre estrafalario por demás, y que, puesto en libertad al restablecerse el poder absoluto, fue recompensado medianamente, y hubo de dar que pensar y que sentir a sus favorecedores por sus rarezas, las cuales, yendo en aumento, vinieron a ser demasías insufribles, con ribetes de actos de locura.
Quedaron las Cortes en sesión permanente, que duró hasta entrar la noche del día 12. Pero, no habiendo qué hacer o qué decir, era la única señal de continuar el Congreso en sesión, que ocupaban la silla el presidente y su lugar en la mesa los secretarios. No muy alumbrado el salón, con poca, aunque alguna, gente en las tribunas, y en los asientos solo algunos diputados que se remudaban; interrumpido de cuando en cuando el silencio por unas pocas breves razones a que los incidentes que ocurrían daban margen, presentaban la sala de sesiones y quienes en ella figuraban un aspecto de tristísima solemnidad.
De afuera menudeaban los oficiosos que acudían con avisos o consejos, de ellos los más, o poco útiles, o impertinentes. En aquella suspensión de las leyes, no pocos hubieron de figurarse que, siendo yo el autor de la proposición aprobada, había venido a ser un ente a modo de cabeza interina del Congreso y del gobierno, y así no puede decirse a qué punto me veía molestado a cada momento con comunicarme noticias de poca importancia o con insinuarme lo que debía hacerse, como si hacerlo estuviese en mi mano. No limpio aún de calentura, aunque no agravado, me sentía rendido, y así me eché y aun me entregué por cortos ratos al sueño, tendido en un hueco que quedaba entre la espalda del dosel y la pared, y teniendo por cabecera un cojín, en que ponían la rodilla los diputados al jurar, mientras que, fiel yo al método Broussaísta, bebía copiosos tragos de agua de limón con goma, absteniéndome de probar otra cualquiera sustancia aun líquida. Ello es que así me puse bueno enteramente al llegar la mañana.
Todo el día 12 fue día de vivas ansias. El Rey se había sujetado sin resistencia a la decisión del Congreso; la conjuración en su favor estaba descubierta en su parte principal, y presos los principales conjurados; y, con todo esto, estábamos en no leve peligro, siendo el mayor que tan atrevido golpe como el que acabábamos de dar llevaba trazas de ser golpe en vago. La regencia no encontraba desobediencia, pero tampoco obediencia, haciendo la inercia lo que podría haber hecho la resistencia más viva. Poco se adelantaba en la disposición del viaje. Se escondían aquellos a quienes tocaba recibir o ejecutar órdenes. Tardó tiempo en encontrarse un general[86] que mandase las tropas que habían de ir escoltando y guardando al Rey, a la par que monarca, preso.
[86] Un general se disculpó de admitir el desabrido encargo alegando que no tenía faja, porque había enviado fuera su equipaje.
Hasta la guardia del Congreso desamparó casi toda su puesto, yéndose a sus casas, o a disponerse a acompañarnos a Cádiz los milicianos nacionales de Sevilla que la formaban, hasta el punto de quedar casi solas las pocas centinelas. Si no hubieren sido cobardísimos los realistas sevillanos, con suma facilidad nos habrían disuelto, y preso o muerto, pero esperaron al día siguiente para dar prueba de su número, de su previo concierto y de su furia; prueba que se desahogó en robar, en saquear equipajes, y en dar de palos a constitucionales de poca monta, entre ellos a los dependientes del Congreso.
Adelantada la tarde del 12, llegó a creerse que el Rey no se pondría en camino. Hubo entonces proyectos extremados de hacerle salir violentamente. Por fortuna, al ponerse el sol, cuando varios desesperaban de ver terminado aquel conflicto en paz y en orden, se supo que Fernando estaba fuera de las puertas de Sevilla, con su familia y séquito de viaje.
Entonces se levantó la sesión fríamente.
Por la noche hubo orden de iluminar la ciudad, y, lo que bien podía temerse que no sucediese, la orden fue puntual y aun escrupulosamente obedecida. Ardían hachas en todos los balcones y ventanas, y a una claridad como la del día acompañaba una suma soledad en las calles; cabizbajos, afanados o inquietos los pocos que por ellas transitaban; extrañísimo contraste el de las luminarias, siempre señal de bullicio y alegría, con una situación de terror y pena de que daba muestra el melancólico silencio.
En la misma noche nos embarcamos los diputados en el barco de vapor que por entonces solo iba a Sanlúcar de Barrameda. Lo que después ocurrió está ya fuera del argumento del presente artículo.
Bien será con todo añadir una circunstancia. Recelábase que al llegar Fernando VII a la isla gaditana, dueño ya otra vez del poder, se resistiese a encargase de él, protestando así contra la violencia de que había sido víctima. Había, por lo mismo, dudas sobre qué habría de hacerse para proveer al gobierno del Estado. Pero aquel Rey, a menudo singular en sus actos y modos, al decirle el presidente de la regencia interina que, nombrada esta solo para el acto de la traslación del gobierno a Cádiz, había cesado en su cargo, y entregaba el gobierno a sus reales manos, solo dijo prestándose a reinar y gobernar como antes: «Pues qué, ¿no estoy ya loco?». Nada respondió, ni podía responder el presidente, quien se contentó con hacer una demostración de respeto, y pasó S. M. a ejercer sus facultades y prerrogativa, según la Constitución, en Cádiz del modo y para los fines que mostraron sucesos posteriores.
Tales incidentes trajeron y acompañaron el célebre acto de las Cortes en Sevilla, en que fue suspenso un rey, como podía haberlo sido el último empleado.
La historia le ha juzgado, y casi con unanimidad, desfavorablemente.
El pobre individuo que esto escribe tiene, con todo, el atrevimiento de creer tal fallo injusto. Dispuesto y aun acostumbrado a arrepentirse de muchas acciones de su vida política, y siendo apóstata confeso, como es, si bien no en el grado que suponen quienes le han pintado como sedicioso tribuno, de lo que hizo en Sevilla en el día 11 de junio, no está arrepentido.
Esto no es decir que aquel acto de las Cortes fue bueno. Ninguno podía serlo en aquellas circunstancias. Fue acaso del mal el menos; pero el menos era ya mucho, cuando la elección había de ser de uno entre varios gravísimos males. Pensar que habría muerto pacíficamente la Constitución en Sevilla, como vino a morir poco después en Cádiz, es un desatino en que solo pueden creer quienes no vieron o no se representan bien la situación de las cosas y de los ánimos, en la hora en que el Rey provocó a las Cortes y a todos los constitucionales, intimándolos rendirse a discreción dentro de un brevísimo plazo. De seguro la contrarrevolución en Sevilla habría sido desordenada y sangrienta.
Pero esta es disputa larga, y a que, solo de paso, ha sido casi forzoso aludir en este breve escrito. Lo que en él se ha pretendido es pintar el suceso de Sevilla, en la parte en que los documentos de oficio ni le pintan ni pueden pintarle.