XIV.
DOS VIAJES QUE NO SE PARECEN EL UNO AL OTRO.
Los lectores que tengan paciencia para leer lo que sale a luz procedente de mi pobre cabeza, tal vez van a ser puestos a dura prueba leyendo en los renglones que siguen cosas que solo tocan a mi persona. Pero, al cabo, la persona de un viejo tiene la particularidad de ser imagen de tiempos pasados: en un hombre que en su larga vida física y política ha hecho un papel superior a su valor, y más señalado por reveses que por triunfos, y por censuras que por alabanzas, despierta la curiosidad la relación de lo ocurrido en sus primeros años; y los sucesos de una vida se enlazan con las costumbres de los tiempos en que pasaron. Si he de decir verdad, aunque parezca blasfemia y tal vez lo sea, la fama de la elocuencia de Néstor está fundada en gran parte en que hablaba como viejo, y sacaba a plaza las cosas de sus mocedades. No soy yo un Néstor, por cierto; pero me parezco a él en la edad, y en referirme a antiguallas, y por esto reclamo, no en todo, pero sí en parte, la indulgencia que con él han tenido lectores de todas las edades.
En año de 1802 se casó por la vez primera el entonces príncipe de Asturias, que después reinó con tan varia fortuna llamándose Fernando VII, con una princesa de Nápoles. Fue destinada a traer a España la real novia desde la capital del reino de las Dos Sicilias una división, que hoy sería escuadra, compuesta de tres navíos, el Príncipe de Asturias, de 120 cañones; el Bahama, de 74, y el Guerrero, del mismo porte; de dos fragatas, la Sabina y la Atocha de 36 y 40, y de un buque menor. Mandaba mi padre el Bahama, cuyas tablas de hermoso cedro, que fueron admiración de los napolitanos, le tocó tres años después manchar con su sangre, cuando en Trafalgar perdió gloriosamente la vida. Quiso entonces el ilustre marino de quien me glorío de ser hijo, llevarme consigo, no para acostumbrarme a la vida de marino, pues al revés, no quería que siguiese yo su carrera, no obstante saber de mí que tenía afición loca al cuerpo de la Armada y a las cosas de la mar, sino para contribuir a lo que se llama formarse viendo el mundo. Contaba yo a la sazón trece años de edad, vestía el uniforme de cadete de Reales Guardias Españolas desde los siete años, y había empezado a ser cadete efectivo a los doce, pero vivía en mi casa con real licencia hacía un año. Fuimos en aquella expedición dos individuos pertenecientes al ejército, pero de diferentes grados, que el uno era mariscal de campo y yo cadete, siendo el primero don Francisco Solano, de quien más de una vez he hecho mención en los recuerdos de mi juventud, y al cual tocó representar distinguido papel en el teatro de nuestros sucesos políticos, papel trágico al fin para él, pero propio para realzar su memoria, por la no común fortaleza con que llevó la muerte violenta de que fue víctima.
Zarpamos de Cádiz en los días primeros de junio de 1802, yendo con nosotros el navío Reina Luisa, de 120 cañones, destinado a ir Livorno para traer a España a la entonces reina de Escocia, hija querida de la reina María Luisa, cuyo destino fue tan desgraciado, que hasta de compasión vino a ser indigna; blanco del odio de los españoles, y habiendo pasado, destronada y desterrada, a figurar como principal acusada en un proceso criminal por estafa ante los tribunales franceses. En el Estrecho, un abordaje del Bahama con el Príncipe estuvo a pique de acabar con ambos navíos, siendo casi milagroso que escapasen solo rozándose por los costados, y haciéndose una ligera avería. Después pasamos a ponernos a la vista de Argel, con el objeto de ajustar diferencias pendientes con el Dey. De allí fue comisionado nuestro navío con solo la fragata Sabina a pasar a Túnez, con igual objeto. Tres días pasamos en el último puerto fondeados, pero sin ir a tierra, para evitar cuarentenas a nuestra vuelta, que había de ser al puerto de Cartagena de Levante.[87] Séame lícito decir que era yo instruido para mi edad, y que la vista de la Goleta y los lugares inmediatos, teatro de antiguas glorias, seguidas de reveses, hizo grande efecto en mi ánimo casi de niño.
[87] Así se decía entonces para distinguir la otra Cartagena que era española, y a la cual se daba el nombre de Cartagena de Indias.
Llegados a Cartagena, y habiendo pasado allí más de un mes, salimos para Nápoles, entrado agosto. La navegación fue larga, porque sopló con frecuencia el Levante. Llegó al cabo el ansiado día de avistar a la famosa Nápoles, y entramos en su puerto con ostentación y ufanía, porque la España de entonces, aunque decaída hasta lo sumo, todavía era considerada como potencia poderosa por los napolitanos.
Navegaba nuestra escuadra con viento favorable y bonancible; en el centro el navío general, a los dos costados de este, de modo que los baupreses hiciesen línea con las aletas de babor y estribor al buque del centro,[88] el Bahama y el Guerrero: algo más atrás las fragatas.
[88] Esta situación de los buques me recuerda una que puede llamarse rareza de mi digno padre, pero rareza loable atendiendo a su origen. Había dado orden el general de navegar en el orden que dice el texto. Era vanidad de mi padre, justificada por sus navegaciones atrevidas y felices, ser marinero a la par que astrónomo, desvaneciendo la preocupación que suponía ser los oficiales apellidados científicos no de los más hábiles navegantes. Puso pues, grande empeño en llevar su navío durante la travesía como clavado en el punto que le estaba señalado, y lo consiguió, aunque era difícil, y el lograrlo causó mucha molestia a los oficiales de guardia. No pudo hacer lo mismo el Guerrero por el otro costado del general. Bien es verdad que en lo velero le aventajaba mucho el Bahama.
Embargaba los ánimos el hermoso espectáculo; el Vesubio, aunque sin lanzar fuego entonces, con sus tostadas cumbres y sus bellísimas verdes faldas; al otro lado la ciudad en lindo anfiteatro, dominándola el castillo de San Telmo; en los contornos amenos campos, y a nuestra espalda las islas que ciernen una parte del que más que puerto es golfo; despejado el cielo, templado el aire, azules las ondas, como son las del Mediterráneo; y en medio de todo, surcando pausada y majestuosamente las apenas agitadas aguas, los buques de guerra en son de fiesta, ondeando al viento las banderas y gallardetes. Entretanto, tronaban a la par los cañones de tierra y de mar, destinados igualmente a ser instrumentos de destrucción y muerte, o pregoneros de alegría.
Fuimos, como era de presumir, sumamente obsequiados en la corte napolitana los españoles. Todo era convites, bailes, festejos. Entre la lava que rodea a Pórtici, sin quitarle ser mansión deleitosísima, y en la residencia que allí tenía el Rey, nos dio la corte una linda fiesta. Acertó a tronar aquella noche, y repetido el retumbar de los truenos por el eco hasta en las cavernas del vecino Vesubio, daba al baile singular carácter. Era aquella, por cierto, fiesta napolitana, porque se bailaba sobre un volcán verdadero en las inmediaciones de la verdadera Nápoles.
No pudimos detenernos mucho en aquellos lugares. Nos aguardaba impaciente la corte de España en Barcelona, a donde se había trasladado.
En el navío general iba la infanta de Nápoles destinada a ser princesa de Asturias. Pero no había en él cabida para toda su comitiva, y se dispuso que una parte de ella fuese en el Bahama. Mi padre, generoso por demás, y a la sazón medianamente rico, en vez de sentir que le hubiese tocado esta suerte de que escapó el navío Guerrero, y que solo le traía gastos crecidos, aprovechó la ocasión de acreditarse de hombre garboso y de gusto. Hasta convidó a hacer el viaje en su navío a varias personas, mas todas ellas de distinción, las cuales aceptaron el convite.
No se conocían aún, entonces, a bordo de un buque los regalos y comodidades que hoy se han hecho comunes, gracias a los progresos de las ciencias acomodados a la civilización moderna. Pero así y todo, puede afirmarse que aun para el día presente habría sido señalado aquel viaje por los placeres de que pudo gozarse en la navegación: para entonces fue extraordinario. Un buen cocinero francés nos tenía una exquisita mesa, para la cual hubo esmero y lujo en escoger las primeras materias, y un buen acopio de nieve consintió que se sirviesen con frecuencia en alta mar, no solo al fin de la comida, sino en las horas del calor, quesitos helados, obra de un excelente repostero napolitano que tomó mi padre a su servicio. No era menos notable la colección de vinos, entre los cuales lucía el Jerez amontillado, hoy común, entonces con el mérito de ser sobre exquisito, de invención moderna. La sociedad era excelente; reinaban en el Bahama el buen humor, y aun la alegría. Entre los pasajeros había una señora siciliana, muy buena cantora, que recreaba a la sociedad acompañándose con la guitarra (pues piano aun no era uso llevar a bordo). Entre otras piezas sobresalía una a la sazón famosa (según creo de Paisiello), cuya letra es:
y cuyo final es:
dulcísima melodía que hoy han condenado al olvido las armonías noveles y aun otras melodías más vivas. No faltaba en la concurrencia el atractivo de la belleza, porque venía con nosotros una de las más celebradas beldades de España, la Matilde Gálvez, nacida en nuestro suelo, pero precisada a residir en Italia por haberse casado con el coronel napolitano Minuolo, de distinguida familia. Me acuerdo de que, como toda mujer hermosa, gustaba de ganarse adoraciones, y que con sus bellísimos ojos, bien manejados, daba placer y tormento a varios de sus compañeros de navegación. En mí, con mis once años, nada podía producir, pero sentía gusto en verla, y en que, como solía, me hiciese fiestas como a un chiquillo. El tiempo parecía como que se había convenido en que aquella travesía todo fuese placer puro, porque el viento nos fue constantemente favorable, y siempre flojo, por lo cual navegábamos, si no con grande velocidad, con mediana, y con la mar serena. Un día apareció por entre nuestra escuadra un buque de guerra inglés de poco porte. Largó su bandera y nosotros las nuestras, y en el tope del palo mayor del navío general apareció el estandarte real, por entonces rara vez visto a bordo, que fue al momento saludado, correspondiendo con sus saludos el buque extranjero.
Al séptimo día de nuestra salida de Nápoles, llegamos a Barcelona, cuyo brillo entonces nos la hizo parecer poco inferior a la capital de las Dos Sicilias. Desplegaba allí en aquella ocasión nuestra corte su lujo, tal cual era entonces, suspendida la tristeza que por lo común en ella reinaba. Esmerábanse en obsequiarla los catalanes con procesiones de máscaras y demás clases de fiestas por que se distinguen. Juntose allí con nuestra corte la de Etruria, venida a tomar parte en los festejos. Entretanto, la mesa del Bahama se distinguía aun entre las de la corte, y nunca volvía mi padre de tierra a comer sin traer consigo algunos convidados.[89]
[89] Quiero contar un incidente de poca monta y ridículo, ocurrido en Barcelona, pero que estimo digno de mención, como pintura de usos y costumbres de aquel tiempo. Dispuso mi padre presentarme a S. M. a que besase la real mano. Como en otro artículo de los que he publicado anteriormente he dicho, entonces los uniformes servían para paseo y visitas, pero el uniforme de ordenanza y el de moda eran muy desemejantes. Carlos IV miraba con horror que se llevase el pelo cortado en redondo, y en su corte eran indispensables la coleta en los militares y la bolsa en los paisanos. Así, pues, hube yo de prepararme a parecer en la real presencia vistiéndome muy de otro modo que de ordinario. Al uniforme con solapa suelta sustituí otro con solapa pegada y redonda sobre el pecho; al chaleco, la chupa; al pantalón, el calzón corto con hebilla de charretera debajo de la rodilla; a la bota, el zapato con hebilla también; el sable, arrastrando; la espada, de media taza ceñida; al sombrero con plumero llevado de lado, uno con galón y sin plumero dispuesto para llevarle de frente. Una coleta postiza, sujeta con una cinta, me caía por la espalda. En tal atavío, luciendo dos piernas en que ni asomo de pantorrillas se veía, entré en el palacio del capitán general, que era la residencia del monarca. En una de las antecámaras estaba mi coronel, el duque de Osuna, abuelo del que hoy lleva este título, con otros varios. Era diligencia precisa presentarme a mi coronel antes que al Rey. El duque me recibió afable, me examinó bien, me hizo dar vuelta en redondo, y, se cercioró, por lo pronto, de que iba yo en regla. Pero de súbito, me miró a la frente, y su aprobación cesó. Llevaba yo el pelo cayendo sobre la frente, y debía llevarle cortado casi a raíz y formando punta saliente en el medio. Intentó bondadoso el Duque remediar el daño, y con su propia mano, pasándomela por la cabeza, procuró alzar hacia atrás los pelos pecadores, pero rebeldes ellos caían hacia adelante no bien faltaba la fuerza que les daba dirección contraria a la que tenían. Entonces, vuelto el general coronel a mi padre: «Galiano (le dijo), no le aconsejo a usted que le presente al Rey así, no sea que haya un disgusto». Tuve, pues, que salir de palacio, sin lograr el fin para que había entrado, con gran dolor mío y no menor de mi padre, el cual, no obstante su gran talento y saber, daba importancia a tales menudencias.
Cuatro años después, de Real orden cayeron las coletas, y el Rey mismo sacrificó la suya. Citábase como prueba de la extremada privanza del príncipe de la Paz que hubiese logrado de su Soberano tal sacrificio.
Hubimos en breve de regresar a Nápoles, porque habíamos de llevar allí a nuestra infanta doña Isabel a celebrar su matrimonio con el príncipe heredero de la corona napolitana; enlace del cual fue uno de los frutos la señora doña María Cristina de Borbón, tan célebre en nuestra historia contemporánea, objeto de tan altos y tan merecidos aplausos, y hoy... En este lugar, sobre tal punto, es lo mejor el silencio; pero sea permitido a quien se gloría de su adhesión a tan ilustre señora, derramar sobre esta página una lágrima que se agregue a las que en este momento está ella derramando por la muerte de la cuarta víctima que entre sus hijos ha hecho la muerte, arrebatándole todos en lo más florido de sus años.
Nuestro viaje de vuelta a Nápoles igualó al primero, en lo breve, en lo cómodo, en lo regalado, pero no en lo alegre. Faltaban algunos de los del viaje a Barcelona, y además, las segundas partes, que con rarísima excepción no son buenas en los libros, suelen no serlo en la vida. Es calidad del placer la de durar poco.
Largos años habían pasado desde el viaje que acabo de conmemorar hasta otro de que voy a hablar ahora. Y bien pensado, no habían sido tantos, pues no habían pasado de veintiuno, pero ¡cuán llenos de sucesos! Mediaban entre ambas épocas la guerra de la Independencia y la revolución de 1820. El cadete de guardias de 1802 no había seguido la carrera militar. Había sido diplomático, pero más que otra cosa, político revolucionario. Era en 1823, yendo a terminar aquel año funesto. Acababa de ser diputado a Cortes. ¡Diputado a Cortes! ¿Quién podía haber dicho en Barcelona en 1802 que había de haber diputados a Cortes en España de allí a ocho años, y de volver a haberlos de allí a dieciocho? ¿Quién, que el muchacho que admiraba la corte de Carlos IV, había de tener la desdicha de verse obligado a proponer la suspensión del ejercicio de la autoridad Real en su hijo?
Y, sin embargo, en 1823, la monarquía de Carlos IV había resucitado de derecho, pero de hecho no. Había en su lugar otra, quizá más absoluta, pero no la misma. Un gobierno no es todo en una nación, y el de más ilimitado poder tiene en buena parte que ser lo que los pueblos a él sujetos. Pero, fuese como fuese, el Gobierno de Fernando VII en 1823 tenía que vengarse de agravios grandes, aunque provocados, y era natural que estuviese yo señalado como uno de los principales objetos de su resentimiento y odio.
Fui, pues, proscrito, y me libertó de la muerte la fuga. La plaza de Gibraltar vino a ser mi primer puerto de salvamento. Pero allí no era posible permanecer, pues ni tenía yo recursos para vivir, ni el gobierno inglés consentía la estancia de los enemigos del gobierno español en un lugar que, si bien con mengua nuestra de dueño extranjero, es por su situación parte de España.
Nos vimos forzados a desocupar a Gibraltar y trasladarnos a Inglaterra. Pero era dificultad, y no leve, que poquísimos entre nosotros teníamos con que costear el viaje. A mí, que en mis primeros años pasaba hasta por rico, y era en verdad hombre acomodado, reveses pecuniarios considerables, y también mi imprudencia en gastar alegremente en mi juventud, nada había quedado de lo heredado de mi padre, más que un crédito crecido, cantidad muy difícil de cobrar, y que vino a ser incobrable. Es elogio que no niegan nuestros enemigos a los hombres de aquella época, que salieron de los más altos destinos con las manos puras. Así es que en octubre y noviembre de 1823 estaba llena la plaza de Gibraltar de personajes de alta categoría como empleados, que eran verdaderos indigentes, y como allí no había medios de ganar la vida, y menos de contar con la suma necesaria para pagar un pasaje a país algo distante, solo de la caridad podíamos esperar alivio.
La caridad no nos faltó. Declamen enhorabuena contra los ingleses muchos de nuestros compatricios; los más de ellos, sin conocerlo, ecos de las pasiones francesas: lo cierto es que en caridad ningún pueblo aventaja ni aun iguala al británico, y de ello buenas pruebas hemos tenido no pocos españoles.
Pero la caridad tiene sus límites, y su oficio es socorrer la necesidad, y no suministrar al lujo y ni aun siquiera al regalo. Además, los ingleses son en tal punto caritativos, pero severos. En Gibraltar no era posible hacer distinción de personas entre los necesitados. Otra cosa fue en Inglaterra, y de esto se dio buena prueba conmigo, que recibí favores de los cuales conservo agradecido recuerdo. No extraño que en Gibraltar fuese yo medido por el rasero común, por el cual pasaron personas distinguidas, a la par con otras que en la esfera social eran muy poco.
Una suscripción dio medios para fletar un buque. Era este un bergantín de poco porte, cuyo nombre era El Orbe, y que no llegaba a medir doscientas toneladas inglesas. En él nos fue destinado para nuestra habitación el entrepuente. Pusiéronse en él camas, cada una para tres personas. Destinósenos para alimento carne salada y galleta, con un barril de ron. Así nos amontonamos hasta creo unas cuarenta o cincuenta personas, en muy reducido espacio. Era en diciembre, y el tiempo fue como de la estación, y aun peor quizá que lo ordinario. Al tercer día era la mar muy recia, y rompía en el barco. No estaba el entrepuente preparado para pasajeros, y recibiendo nuestra habitación la luz por arriba, no había, como hay en las cámaras, cubierta con vidrios que poner, a fin de evitar que los golpes de mar entren con gran peligro del barco, que podría llenarse de agua. Así, nos pusieron una cubierta de madera que clavaron, y nos dejaron a oscuras en estrecho encierro. Como salir era imposible para socorrer necesidades indispensables, sobre todo de las menores, pusieron en medio del entrepuente dos enormes cubos o tinas. A poco, los recios balances hacían salir el asqueroso contenido de las cubas ya llenas, y le siguió una hediondez insufrible. A ello había que agregar los no menos sucios productos del mareo. Se inficionó el aire. En suma, tal vino a ser nuestra situación, que dando recios golpes, comenzamos a pedir socorro. Se apiadaron de nosotros el capitán y dos ingleses pasajeros de cámara que con él iban, y derribando dos tablas pusieron en comunicación nuestro entrepuente con la cámara y con la escalera que subía a la cubierta, con lo cual nuestra situación, sin dejar de ser demasiado crítica, se hizo tolerable, pues podíamos salir del encierro y subir al aire libre, y aun recibíamos alguna ventilación de lado por la puerta recién abierta. Por mi conocimiento del idioma inglés, el capitán quiso darme entrada en su cámara, y aun asiento en su mesa, pero solo una vez acepté por no parecer grosero. En tanto, sucediéndose el mal tiempo y arreciando la borrasca, apenas permitía salir del lugar que, si ya no encierro, era horrorosa vivienda. Una noche derribó un golpe de mar lo que se llama obra muerta, que es como el pretil del buque, y se llevó consigo para anegarlos a un pobre perro y a algunas gallinas que traía el capitán para sí y los pasajeros de cámara. Hízose por esto difícil a los pasajeros caminar por tablas cubiertas de agua, sujetas a violentos vaivenes, y con uno como precipicio al lado. La mala comida fue empeorando con el tiempo, y a estómagos no acostumbrados a ella se hizo casi insufrible. Fortuna fue que los vientos furiosos soplasen favorables, de suerte que a los quince días de nuestra salida de Gibraltar avistamos las costas de Inglaterra. En prueba de que no hay ponderación en este relato de nuestras miserias, no está de más decir que nuestro barco corrió con el apodo del barco negrero, por juzgársele parecido a aquellos en que van encerrados los infelices africanos destinados a servir como esclavos en los puntos de América donde subsiste la esclavitud, para afrenta de la civilización, digan cuanto quieran sus defensores.
Bien es de suponer que en este viaje últimamente descrito hube yo de acordarme del otro pasado en días más felices. Algunas navegaciones había yo hecho entre las dos, y no era la vez primera que atravesaba los mares que separan a Inglaterra de España; pero mis pasajes no se habían señalado ni por el extremo de lo bueno, ni por el de lo malo. Las incomodidades horrorosas trajeron a la memoria el placer antiguo. Cuarenta años y meses van pasados después, y el contenido de los dos viajes está fijo en mi mente. Además, los miro como ejemplos de las grandes vueltas de mi fortuna. Esta importa poco a mis lectores, pero quizá pueda servir de aviso a los que se aventuran en la carrera de las revoluciones, a lo menos para que sepan que si en ella se encuentran bienes, se encuentran comprados a precio subido. Pero me arrepiento de esta sentencia al momento de haberla dicho, porque las revoluciones son hembras caprichosas, y hay quien logra sus favores sin hacer mucho gasto de ingenio o de padecimientos para adquirirlos.