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Recuerdos de un anciano

Chapter 24: XV.
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About This Book

Una colección de recuerdos y artículos en que el autor evoca, desde la perspectiva de la experiencia, episodios políticos y sociales vividos en su época. Combina descripciones vivas de la vida urbana y portuaria, observaciones sobre costumbres y el mobiliario doméstico, y relatos de sesiones públicas y hechos históricos, articulados mediante anécdotas, memoria personal y documentación. El conjunto oscila entre la crónica y la reflexión, ofreciendo testimonios de primera mano sobre ambientes y acontecimientos de una etapa convulsa.

XV.

RECUERDOS DE UNA EMIGRACIÓN.

La voz emigración, aplicada a los que, o desterrados o huyendo del peligro de padecer graves daños por fallos de tribunales, o por la tiranía de los soberanos o gobiernos, o de las turbas, se refugian a tierra extraña, es nueva, y comenzó a estar en uso para señalar con un dictado al conjunto de hombres que, de resultas o de reformas, aun cuando útiles algunas para ellos odiosas, o de excesos atroces y de una persecución feroz, huyeron de su patria, Francia, en el periodo corrido desde 1789 a 1794, y fueron a poner en salvo sus vidas y juntamente a formar a manera de un Estado hostil al que figuraba como tal en el patrio suelo. Bien es verdad que, como antes de los últimos años del siglo próximo pasado había habido en Europa, y aun fuera de Europa, guerras intestinas y mudanzas de gobierno, las cuales llevaban consigo padecimientos o amenaza de gravísimos males para los vencidos, no habían faltado ocasiones en que agregaciones numerosas de gentes fugitivas de un país habían venido a formarse en otro vecino o distante, uniéndolas afectos vivos de odio al contrario y de amor entre sí, nacido de común interés e iguales pasiones. Las guerras de religión en el siglo XVI crearon lo que hoy diríamos una emigración de protestantes que, desde el lugar donde habían hallado asilo, hacían cruda guerra al gobierno católico de su nación y a todos los de la misma fe. La revocación del edicto de Nantes por Luis XIV de Francia, dio ser y vida a una como colonia francesa que se extendía por Inglaterra y Holanda, y que llegó a ser funestísima al gran monarca francés en los años postreros de su largo reinado, antes tan lleno de poder y gloria. No había sido menos considerable la reunión de los fieles servidores y parciales de la monarquía inglesa que, después de degollado en público cadalso Carlos I y proclamada en el suelo inglés la república, pronto pasada a ser regida por Cromwell con poder absoluto, se había establecido en Holanda y Flandes, aunque parte de ella hiciese residencia en Francia.

De los yerros y culpas comunes a las emigraciones cupo alguna, y no muy leve parte, a las anteriores al siglo XVIII, pero en nada comparable con lo que pasó a la emigración de los franceses desde 1789 hasta 1795, o a las de otros pueblos en días del presente harto más cercanos.

En la vida del desterrado alternan y se mezclan las penas con las ilusiones, el interés que a todos liga con las pasiones que los desunen hasta llegar a producir entre ellos odios acerbos, y las preocupaciones respecto a lo pasado con los que engendra lo presente, y se preparan para lo futuro. La historia de su patria en los años en que hubieron de abandonarla aparece a sus ojos desfigurada, naciendo de ello variadas acusaciones, a la par con cargos justos, y en la halagüeña visión, sin cesar presente a su sentido interno, de su futura victoria y dominación, la ambición más violenta mueve a disputarse con furia los imaginados puestos de mayor provecho y honra. No es más reñida y extremada la guerra entre un ministerio real y verdadero, y los hombres de una oposición que con ardor tira a derribarle, que la que siguen unos con otros pobres desterrados en medio de su desvalimiento, contendiendo por los despojos de una batalla que suponen ganada, aun cuando estén enteramente faltos de fuerza, siquiera para salir al campo.

De estas faltas adolecía la porción considerable de españoles a los cuales arrojó la caída del Gobierno constitucional en 1823 al lejano suelo de la Gran Bretaña. Porque si en Francia y en otros países encontraron más o menos seguro asilo los fugitivos de nuestra patria en aquellos días, siendo en corto número y estando apenas tolerados y vigilados, no llegaron a formar cuerpo político o social, mientras en el suelo británico, al amparo de las leyes, favorecidos por la opinión, si no patrocinados socorridos por el gobierno, libres en cuanto cabe estarlo entre un pueblo libre, se miraban y eran, hasta cierto grado, una potencia, sin contar con que los refugiados a otras tierras, adictos a la España constitucional, que en su patria había desaparecido o estaba eclipsada, la saludaban allí donde la creían existente y de donde esperaban verla salir de nuevo como astro que oculta el movimiento de los mundos.

Justo es decir que si nuestra emigración tuvo las flaquezas inherentes a la naturaleza humana, fue bastante superior a las de otros pueblos en este punto, y lo fue a la de los italianos y polacos, que vinieron a ser, o fueron desde luego, sus compañeras. Hubo, es verdad, en la española espíritu de bandería, piques de que nacieron odios, mutuas acusaciones, casi todas injustas o cuando menos exageradas, ya relativas a lo pasado, ya a lo presente, y envidias de quienes padecían más a otros cuyos padecimientos, por ser menores a los ojos ajenos, parecían cortos o ningunos; en suma, todas las pasiones que más nacen y crecen, y aparecen en horas de desventura, pero no las imputaciones de traición, y menos aún los actos de violencia que entre otros emigrados llegaron a causar hasta asesinatos.

Y una cosa ennobleció a nuestros hombres de 1820 a 23; hombres cuyos errores o cuyas culpas no trato de disimular, errados por lo común en las doctrinas, desacertados y aun desatinados muchos de ellos en su conducta, y a algunos de los cuales manchaba el recuerdo de actos de feroz crueldad cometidos en su patria impeliéndolos a ellos el fanatismo, pero cuyo blasón indudable fue que se presentaron, con rarísima si acaso alguna excepción, puros del ruin delito de la corrupción, viéndose en situación de honrosa indigencia a los que en el gobierno constitucional habían ocupado los más altos puestos. Bien sé que este mérito es solo negativo, que puede el hombre ser culpado de delitos atroces, y hasta feos, conservando honradez en punto a ceder al influjo del dinero, y que observar un precepto del Décalogo no autoriza a mostrarse ufano a quien quebranta los otros. Pero al cabo tiene quien (según la expresión vulgar) se ensucia las manos una circunstancia contra sí que le agrava la culpa, y es que a otros actos criminales suele acompañar cierta justificación a los ojos del propio pecador en su fuero interno, siendo en estos puntos las capitulaciones de conciencia muy comunes, pero el que se vende conoce bien su propia maldad y bajeza, de donde nace en él mismo la degradación, y en el público la idea que califica su culpa como superior a todas las demás de que es capaz el linaje humano.

Cuando al terminar 1823 y en los días primeros de 1824 apareció el gran golpe de los emigrados o refugiados españoles en Inglaterra, fueron todos ellos recibidos, por lo general del público, con favor extremado. Bien es verdad que los Tories, por entonces dominantes, pues de su bando eran los ministros, y la parte más crecida de la nación que en las cosas políticas influye o toma empeño, habían mirado con aversión a veces excesiva la causa de la Constitución de 1812 y a sus restablecedores y defensores, y aun visto con cierto grado de satisfacción el triunfo del duque de Angulema y del poder francés; venciendo en sus ánimos el odio a la democracia y a la revolución, y el afecto parcial a los Borbones de Francia, el disgusto que solía causar el engrandecimiento de una potencia rival antigua y moderna de la Gran Bretaña; pero aun los Tories tenían menos aborrecimiento a los demócratas españoles que a los de otros pueblos, viviendo en su mente recuerdos de los días de la guerra de nuestra independencia en que los constitucionales eran sus amigos en su porfiada contienda contra el tremendo y temido poder de Napoleón Buonaparte.[90]

[90] De intento va escrito con u antes de la o el apellido de Napoleón, porque se va hablando de sus acérrimos enemigos que así le llamaban, sin que haya datos para resolver por qué razón era mirada esta intercalación de la u como una ofensa por los que tenían intención de hacerla, y por los que la recibían con enojo. Los realistas más violentos de Francia Buonaparte le decían, y con solo leer el apellido así escrito estaba declarado ser el escritor contrario por extremo del emperador caído. Otro tanto hacían los Tories ingleses, y el periódico Quarterly Review, señalado por su odio acerbo al grande emperador, así le llama aún hoy mismo, cuando, olvidadas antiguas pasiones, es de Napoleón III parcial más que otra cosa. Walter Scott, aunque tory, en su Vida de Napoleón, que a pesar de su corto valor tuvo alguna celebridad más de treinta años ha, blasona de su imparcialidad por preferir llamarle sin la odiosa o sospechosa u, Bonaparte. Y con todo, en sus primeros años, cuando no era conocido su nombre de pila, y sí solo su apellido, Buonaparte le llamaban hasta en impresos algunos de sus admiradores. Un dichete italiano que corrió en boca de muchos era i tutti i francesi sono ladri. ¿Son todos los franceses ladrones? A lo cual era la respuesta: «non tutti ma Buonaparte». Todos no, pero sí una buena parte. Verdad es que esto salía de injusto enemigo, pero no habría jugado así con el vocablo quien no llamase Buonaparte al vencedor de Italia.

Los Whigs no admiraban mucho nuestra caída Constitución, pero habían sustentado nuestra causa en el Parlamento y por la vía de la imprenta, y tenían más motivos para protegernos y agasajarnos vencidos porque la parte de nuestras doctrinas para ellos censurable, si no odiosa, ya mal podía propagarse. En cuanto a los radicales, nos recibían con los brazos abiertos como a hermanos y mártires por una causa que les era común, sin pensar que no todos los españoles que allí acudían profesaban su fe, por otra parte mal conocida de la turba de desterrados, cuyas doctrinas eran confusas y limitadas. Pero había y hay en Inglaterra, como en todos los pueblos, no obstante ser allí más común que en otras tener noticia de las cosas políticas, y tomar en ellas alguna parte lo general de las gentes, muchas personas que no eran propiamente ni Tories, ni Whigs, ni radicales, y estas nos hicieron desde luego el mejor acogimiento posible. El capricho popular, más fuerte en el pueblo inglés que en los demás del mundo, se mostró en nuestro favor, debiendo añadirse que en diez años tal favor apenas tuvo menoscabo.

Había, sin embargo, preocupaciones en punto a los últimos sucesos de España, imperfectamente conocidos, como suelen serlo en Inglaterra los de todos los pueblos extraños. Habían visto los ingleses caer las Cortes y el Gobierno constitucional con poca gloria, malográndose locas infundadas esperanzas de una porfiada resistencia a la invasión francesa; desertar al enemigo nuestros generales La Bisbal, Morillo y Ballesteros con otros de inferior nota; seguir en su deserción a sus caudillos los oficiales y soldados, en vez de abandonarlos como a traidores. En medio de estas deserciones, aparecía la figura de un general fiel a sus juramentos hasta la última hora, y pertinaz en la defensa de la Constitución hasta la caída del Gobierno constitucional, y además este general era una persona cuyo nombre había sonado en los oídos ingleses, siendo recibido con aplauso en los días de la guerra contra Napoleón, y aun en las horas en que la causa de la independencia española era más tibiamente sustentada. Esta figura era la del general Espoz y Mina, a la cual singulares circunstancias anteriores daban proporciones, belleza y lustre muy superiores a lo que de justicia le correspondía, si bien sería injusticia y locura negarle buen grado y cantidad de merecimientos. Así, al llegar Mina a Inglaterra fue recibido y considerado como el principal representante de la España constitucional, vencida y prófuga, pero viva aún en tierra extraña. Ni por lo pronto se negaron los desterrados a reconocer en el general exguerrillero esta como supremacía, que después le fue tan contestada. Verdad es que aún no estaba en el territorio inglés el general don José María Torrijos, después cabeza de un partido opuesto al de Mina, y el cual podía blasonar de constancia no inferior a la de su rival, y de lealtad acrisolada en la defensa de la causa constitucional en sus últimas horas. Aparte de estos dos personajes, había uno a quien daban a la sazón gran valor circunstancias no personales suyas, pero muy poderosas. Era este el canónigo Riego, hermano del infeliz general bárbaramente sacrificado, aun siendo admitidas doctrinas que justificasen su castigo. Era el canónigo hombre por demás estrafalario, y tenía consigo a su sobrina, viuda[91] del general, de todo lo cual procuraba él sacar partido en su particular provecho; ocultándose sin duda a sus propios ojos este su interés personal, porque se equivocaba y confundía hasta en su propio concepto el amor de su familia y nombre, con el deseo de figurar, que era en él, si no el único, el mayor de sus defectos.

[91] Esta pobre señora murió a poco de su llegada a Londres.

Como dejo dicho aquí poco ha, llegábamos casi todos los españoles a Inglaterra en un estado de miseria completa, de suerte que solo la caridad pública podía darnos el indispensable abrigo y sustento. Si algunos tenían bienes, no podían recibir auxilios, o los recibían mal, en fuerza de las circunstancias; de decretos que les confiscaban o secuestraban su hacienda privada, de persecuciones populares que no respetaban su propiedad, de temor en algunos de sus apoderados, de mala fe en otros. Pero la mayor parte de ellos se componía de personas que vivían de su profesión, militares, eclesiásticos, abogados, empleados civiles, médicos, escritores; en suma, lo que constituye el núcleo del partido llamado liberal en todos los pueblos, o, digamos, de lo que en él forma la porción más activa y predominante. Ocurrir a cubrir las necesidades de tantos desdichados fue una de las primeras atenciones de los ingleses, y antes que su gobierno lo hiciese, como vino pronto a hacerlo con no común generosidad, hubo de anticiparse el público por medio de cuantiosas suscripciones.

Pero se hacía necesario calificar los méritos de los refugiados para que no viniese a disfrutar de los beneficios de tales gente perdida (como en parte suele suceder y, aun en cierto aunque en corto grado, sucedió entre nosotros), y para que en los auxilios dados hubiese una regla de proporción, recibiendo más quien más había perdido en su patria, no siendo posible igualar a un exministro con un exmiliciano nacional, al cual algunos actos particulares, o su propia voluntad, hija de excesivo temor, o de idea de su superior importancia, había lanzado con sus superiores al destierro. Esta calificación mal podían hacerla los ingleses. Discurriose, pues, crear una comisión de españoles que sirviese para el intento. Mi conocimiento del idioma inglés, adquirido en mis primeros años, y aumentado con el estudio y con una corta residencia anterior en Inglaterra cuando servía en la carrera diplomática, llevó a mis compañeros a incluirme en comisión tan desabrida, de la que hube de escapar en breve, pero para volver a entrar en otra de la misma clase. A pesar de mi buena memoria, no me acuerdo de por quiénes o cómo fue hecha la elección, aunque no hubo de serlo con mucha regularidad, pero, tal cual fue, satisfizo. Como era natural, salió elegido por cabeza o presidente de la comisión el general Mina, bajo cuya bandera parecía que estaban los fugitivos alistados. Fuimos los demás elegidos a ver al que había de presidirnos, manifestando con este paso la superioridad que en él era uso por entonces reconocer, aunque a muchos ya desabrida por varias y muy diferentes razones. No era yo de los contrarios a Mina, a quien ni siquiera conocía de vista; pero, cediendo a un fatuo orgullo que conozco ser uno de mis capitales defectos, por lo mismo que le veía tan ensalzado y adulado, no quería tributarle obsequios, y ni me había presentado a él hasta entonces, ni al ir a verle con mis compañeros me puse delante para ser notado, sino que al revés, medio ocultándome detrás de los otros, logré que en mí en aquel momento nadie reparase. La figura de Mina de ningún modo correspondió a la idea que de él me tenía yo formada, lo cual a menudo sucede tratándose de personas conocidas por su mucha buena o mala fama. Tenía el famoso exguerrillero una presencia en nada notable, no siendo ni muy bien ni muy mal parecido, con nada de guerrero ni de feroz en su fisonomía, pues antes parecía un buen hombre de la clase inferior entre la media. El trato con gente principal no había afinado mucho sus modales[92] ni corregido su lenguaje, que seguía siendo el de un campesino navarro, y más tosco que de lo que de su presencia debía esperarse.

[92] Algo los afinó, sin embargo, la compañía de su señora, con quien acababa entonces de casarse, y cuya educación era esmerada, así como modales en alto grado finos.

Pero lo que en él desde luego asomaba era la cautela, hija de la clase de vida que se había visto obligado a seguir en sus campañas de guerrillero, y que él acertó a aplicar a sus hechos y dichos como político, de suerte que el diplomático más avisado no podía excederle en cuanto a hacer, como cuentan decía Talleyrand, uso de la palabra para ocultar sus pensamientos. De esto dio desde luego una prueba en la corta conferencia de que voy ahora aquí hablando. Llevó la voz, en nombre de la comisión que iba a reconocerle por presidente, el famoso eclesiástico y escritor, exdiputado de las Cortes extraordinarias de 1812 y de las ordinarias de 1820, don Joaquín Lorenzo Villanueva. Este varón erudito, contra la general esperanza, entrando en las Cortes primeras de la isla de León con apariencias de antirreformista, se había pronto señalado como de los primeros campeones del bando apellidado liberal, y granjeádose el odio acerbo del bando opuesto, por lo cual, en la persecución padecida por los liberales en 1814, había salido de los peor librados. Si bien sustentaba Villanueva con tesón y aun con ardor las doctrinas con poco motivo aunque generalmente calificadas de jansenistas en la parte de resistencia a los principios conocidos por ultramontanos, o favorables a la mayor extensión de la potestad pontificia, en sus modos excesivamente suaves representaba lo que la preocupación vulgar tiene por propio de un jesuita consumado. Solía clavar los ojos en el cielo cuando hablaba, e inclinando también un tanto la cabeza parecía como que trataba de reducir a menos su alta estatura. Siendo escritor notable por la pureza de su dicción castellana y por lo correcto de su estilo, si bien difuso y pesado y de corto juicio, en sus discursos dejaba ver bastante de la calidad de sus escritos.[93]

[93] No ha mucho ha salido a luz una obra póstuma de este autor, titulada Viaje a las Cortes, por don Joaquín Lorenzo Villanueva, trabajo cuya publicación es de aquellas imprudencias que suele cometer un amor vivo y respetuoso, pero ciego, a la memoria de un difunto. En verdad la tal obrilla no solo rebaja, y no poco, el mérito del autor, y en este el del hombre, por más de un título, sino que bien meditada apoca y aun humilla el concepto de las Cortes de 1810, pintando con fidelidad prolija muchos de sus yerros y flaquezas. Muchas citas podrían hacerse en abono de la censura severa, pero justa y acaso oportuna, que acaba aquí de hacerse de tan pobre y mal pensado libro.

Nunca tanto cuanto en la ocasión a que la narración presente se refiere, pudo manifestar estas singularidades de sus modos el buen padre Villanueva, que empezó a hablar al general dándole altas alabanzas en aliñadas frases y rotundos períodos, que si habrían sentado bien en un discurso pronunciado en las Cortes, y mejor todavía en uno académico, aun en tales lugares podrían haber sido tachados de un tanto de afectación ciceroniana. Mina, a quien no acomodaba ser de la comisión, porque el serlo le habría acarreado, sobre molestia, algunos compromisos que él deseaba excusarse, respondió a su elogiador, que trataba a la par de ensalzarle y de persuadirle, expresando su resistencia a aceptar el cargo que se le confería, pero procurando dar a su resistencia el mejor color posible. «Yo...», decía, «sí, por mis compañeros quiero hacer mucho, pero... eso de comisión, yo..., no conviene, y... pues no hay cuidiao..., yo siempre..., pero de ese modo no..., porque yo acá me lo entiendo y..., y siempre haré por todos..., no así, pues porque no me parece lo mejor», y por este estilo seguía con palabras sueltas, cuyo sentido apenas podía comprenderse, ni deseaba, por otra parte, quien las decía fuesen muy comprendidas, salvo en cuanto a que no quería ser de la comisión, ni en clase de presidente, ni como mera parte de ella. Insistió Villanueva en convencer o persuadir al general, y se entabló una como discusión entre los que se expresaban en tan diferente estilo, la cual vino a parar en nada, si nada era no contar con Mina. Asistí yo silencioso espectador a tal escena, en que encontré algo de diversión, y de que saqué algún conocimiento de Mina, bien que escaso. Esto aparte, no quedé resentido de la conducta del general, como quedaron otros, siendo la ocasión que acabo ahora aquí de referir motivo, y más que motivo pretexto, de los primeros descontentos que excitó contra sí Mina; descontentos hijos de pasiones y del interés, así como del desvanecimiento de locas ilusiones, no sin tener él grave culpa de las enemistades que se granjeó, pues, poco franco de suyo, alimentaba en otros esperanzas que él no tenía; esperanzas cuya falta de cumplimiento causaba a la par con dolor enojo, y recaía sobre quien las había fomentado.

A la llegada de la primera inundación de emigrados, que coincidió con los últimos días del año para España infausto de 1823, solo pensaron por lo pronto los fugitivos en su desvalida situación, y en acomodarse a vivir con lo que la caridad británica les daba, no corta cantidad para socorro cuando habían de ser muchos los socorridos, y tampoco grande para personas que solían vivir con tal cual desahogo. Pero si los partidos que en su patria los dividían no aparecieron vivos en el lugar del destierro, no estaban muertos, y tenía cada cual su bandera recogida, mas no abandonada. Bien es cierto que, andando el tiempo, asomaron, y se manifestaron y crecieron, no sin furor y encono, las anteriores discordias, y hubo continuas deserciones de uno a otro bando, en las cuales iba de continuo perdiendo el que tenía por cabeza a Mina.

Sabido es que la mutua enemistad de dos sociedades secretas había sido causa de grandes inquietudes en los últimos meses de 1822 y primeros de 1823, así en Madrid como en las provincias. De ellas, la de los comuneros, la más extremada en doctrinas, no había llegado a apoderarse del Gobierno, que sin cesar codició, y con toda clase de medios buscó, teniendo que contentarse con hacer el mando desabrido, peligroso y casi imposible a su rival, cuyo acierto, por otra parte, no había sido mucho. Cuando ya amenazaba ruina el edificio de la Constitución, o, digamos, de la revolución, los comuneros se habían dividido, viniéndose de ellos las personas de más nota, y especialmente casi todos los diputados de su gremio, a unir con los prohombres de la sociedad enemiga, quedándose algunos de menos valer por su talento, ciencia o reputación, pero de los más osados o extremados, en su campo antiguo, y siguiendo a estos últimos casi toda la hueste. El general Ballesteros, cabeza de la sociedad de hecho, aunque no por su título, aparecía dudoso, pero más allegado a los de superior moderación. El general Torrijos, quizá segundo en importancia entre ellos, atento a su obligación de soldado en la campaña, se había alejado de las lides políticas, salvo en punto a defender la Constitución contra la invasión extranjera. Comenzada la guerra, Ballesteros en una capitulación había entregado su ejército, y con él la causa constitucional y de su patria, a los invasores. Torrijos se había mantenido fiel hasta la última hora, y, libre y restablecido ya el Rey en su trono, había celebrado una verdadera capitulación militar con los franceses, y puesto en salvo su persona sin menoscabo de su obligación o de su honor; hecho lo cual se vino a Inglaterra, donde llegó ya bien entrado el año de 1824. Su nombre, poco o nada conocido hasta entonces de los ingleses, apenas sonó en la hora de su llegada, pero entre los españoles trajo a los comuneros uno de sus más notables caudillos. La desunión que existe siempre entre los desterrados, y que más que de otros pueblos es culpa constante del español, y había sido muy señalada durante la dominación de los constitucionales, tomó en breve forma y cuerpo en Inglaterra. Las dos sociedades rivales no resucitaron, pero sí los dos bandos de moderados y exaltados, bien que no compuestos completamente de quienes de ellos eran parte en España. Dos hombres simbolizaron estas parcialidades, y en cuanto cabía en su situación, fueron cabezas de dos cuerpos inertes, pero vivos, y con esperanzas de despertar de su letargo y dar muestras de sí en nuevos sucesos, restituidos ya al seno de su patria, llevando a ella la bandera a la sazón caída. Fue casualidad que la cabeza de cada bando fuese, al parecer, más propia para serlo del cuerpo otro que el suyo. Torrijos, de ilustre familia, nacido, bien puede decirse, en la corte, educado en la casa de pajes del Rey, y, por lo mismo, entrado en la carrera militar ya en la clase de capitán, hombre de fina crianza y modales amables, no muy instruido, pero sí con los conocimientos comunes de la gente de su clase, era sin duda a propósito para acaudillar y representar al partido más aristocrático de la emigración, si algo en la emigración merecía el nombre de aristocracia. Al revés, oriundo Mina de la clase del pueblo, habiendo recibido en sus primeros años solo los rudimentos de la educación más común, habiéndose formado en la dura y áspera vida de guerrillero, y debiendo su elevación al poder popular, cuando había divisiones políticas, tenía su puesto natural entre la gente más extremada y menos culta. Ambos eran ambiciosos; pero el primero, franco en su ambición hasta pecar en no leve grado de imprudente, se prestaba a seguir para mandar a la gente que en su sentir era más activa, de la cual se prometía más pronta la victoria, cuando el segundo, cauto y astuto, veía en el sabor y juicio de las personas más entendidas más abonada fianza de su seguro si no cercano triunfo.

Esto aparte, no todos los emigrados eran del uno o del otro de estos partidos; pero sucedía en el pueblo emigrado lo que en otros pueblos, y era que los pacíficos no entraban en cuenta, cuando la emigración aparecía en movimiento, aunque este movimiento no llegase a más que a hacer ruido. Además, en todo caso, en cualquiera eventualidad prevista, los pacíficos se allegaban a uno u otro bando, salvo unos pocos que tenían pretensión de levantar bandera propia, de lo que en 1830 dieron muestras fatales para la causa común, y en alguna ocasión para ellos mismos.

No faltaban, entre estos pacíficos, personajes de nota, pues, al revés, abundaban; pero tales personajes son los menos. Por ejemplo, Quiroga, cuya importancia como primer caudillo del levantamiento constitucional debía haber sido grande, figuraba poco y no tenía quien le siguiese. Bullía infinito el canónigo Riego; pero por su profesión no podía ser caudillo, y por su vanidad contaba con su apellido y la memoria de su hermano para ser figura principal en el drama de la revolución española, viva o amortecida, no consiguiendo lo cual, se contentaba con hacer papel entre radicales ingleses y desterrados franceses e italianos, habiendo logrado con que apareciese mención de su nombre en la vida del ilustre Ugo Fóscolo, uno de los objetos de su ambición algo pueril. Argüelles, ilustre entre los ingleses y relacionado con gran parte de lo más distinguido de aquel pueblo, vivía con sus amigos el respetabilísimo general de marina don Cayetano Valdés y su excolega en el Ministerio de 1820 don Ramón Gil de la Cuadra, apartado de un movimiento cuya esterilidad conocía, y respetado en su apartamiento, pero se inclinaba a Mina para el caso, poco probable durante algunos años, de que pudiese hacerse algo para variar la suerte de nuestra patria. Istúriz y yo, unidos en estrechísima amistad, solíamos estar en frecuente o íntimo trato con la casa de Argüelles y sus compañeros, y como ellos pensábamos y obrábamos, si bien Istúriz se desviaba en su interior de Mina un poco más que yo, que, viéndolo muy rara vez y habiéndole primero mirado con muy poca afición, al fin tenía pensamientos de ponerme a su lado, si llegase la hora de obrar, no obstante unirme con Torrijos relaciones de amistad antigua, contraída en nuestras mocedades. Ni debo omitir hacer desde luego aquí mención de un hombre a quien dio importancia su trágica muerte, hija de su natural indómito y de su presunción ciega. El coronel de Pablo, conocido por su mote de Chapalangarra, había defendido a Alicante hasta la última hora del reinado de la Constitución, como Torrijos a Cartagena, cometiendo, según es fama, actos de tiranía, como era de esperar de su condición feroz y escaso discurso, pero sin impureza, aunque dijo lo contrario la voz de la calumnia, y había parado en entregar la plaza por una capitulación asimismo honrosa, en la hora en que llegaba a ser inútil y habría sido hasta perjudicial prolongar la resistencia. Venido a Inglaterra, se había acercado a Mina, bajo quien había servido y distinguídose en la guerra de la Independencia; pero, como hombre ignorante y apasionado, le había casi exigido que inmediatamente se lanzase a restablecer la Constitución en España, y como no consintiese tal desvarío el buen juicio de Mina, el antes su amigo y secuaz se convirtió en su enemigo más crudo y violento, creyéndole traidor y acusándole sin rebozo de serlo.[94]

[94] Un caso singular ocurrió en 1826 que explica la condición de Chapalangarra, y alguna de las causas del odio que este cobró a Mina. Salió a luz en un periódico inglés un artículo en que era acusado Chapalangarra, respecto al tiempo en que gobernaba a Alicante con poder absoluto, de actos, no solo de cruel y feroz tiranía, sino de rapiña. Presentose el así infamado ante un tribunal a demandar al escritor su enemigo de injuria y calumnia. Temió este, y con razón, ser condenado, y ofreció al querellante una suma razonable para que se retirase de la demanda. No era vergonzoso aceptar tal propuesta, acompañada de desmentirse el libelista a sí propio, como prometía hacer e hizo, porque en dinero habría pagado su exceso, si hubiese sido condenado, y en dinero dado en calidad de daños y perjuicios a la persona por él infamada. Pero Chapalangarra, no bien recibió el dinero cuando fue a entregarle a Mina para que le emplease en el restablecimiento de la libertad en España. Mina era hombre puro por demás, y no estaba necesitado, pero recibió la cantidad por no descorazonar o enojar al que la daba, siendo su política no dar un golpe ni aun leve a esperanzas con que estaban enlazados su crédito personal de patriota y su influjo. Pero Chapalangarra, que quería lanzarse a España a todas horas, y que juzgaba la suma que había dado, aunque pobrísima para una tentativa política, bastante a una empresa de las que él deseaba y estimaba oportunas, entró en un furor ciego contra Mina, y si bien no acusándole de haberse apropiado aquella cantidad, sino de haberla recibido para seguir engañando con esperanzas que no pensaba en hacer realidades.

Pero Chapalangarra, si se apartó de su bandera antigua, no se pasó a la de otro, y llegó a ser caudillo sin secuaces, viviendo por lo común solitario, desabrido, parco por demás en la comida y bebida hasta hacerse notar por ello, casi indispuesto con todos; en suma, llegando con su carácter bilioso y su corto saber, a rayar en los límites de la locura, pero locura de una sola clase, o dígase, monomanía de belicoso patriotismo.

En medio de todo esto, la esperanza de volver pronto a España, y entrar en ella victoriosos, no faltaba en la clase ignorante y numerosa de los emigrados. En balde era que una parte, aunque corta, del ejército francés siguiese en territorio español, y que estuviesen prontas a seguirle numerosas tropas, si de ello hubiese necesidad; en balde que la parte más crecida de nuestro pueblo manifestase a la derribada Constitución enemistad violenta, y que la contrarrevolución, la cual viene a ser la revolución continuada, presentando una de sus fases, pusiese a la vista armada la plebe con el nombre de voluntarios realistas; fuerza democrática al servicio de un poder absoluto representante, y ya antiguo representante, de una considerabilísima parte de lo que lleva y merece el nombre de pueblo. Había otro pueblo imaginario en la cabeza de los emigrados, el pueblo de que ellos habían sido parte, y tipo, y representantes en España. Solo la traición, o cuando no tanto, la incapacidad de los gobiernos podía haber dado la victoria a los franceses y a los realistas; pero volviendo la nación en sí, como era fuerza que sucediese, y con unos más honrados o más hábiles caudillos que los anteriores, pronto restablecería la libertad en su suelo, plantándola harto más firme que antes estaba. Tales opiniones son las de toda emigración, y de ellas no podía estar exenta la española de 1821.

Así es que, cuando una desvariada empresa dio a una corta cuadrilla de constitucionales por el término de tres o cuatro días posesión de la plaza de Tarifa, desmantelada y descuidada, a punto de no tener fuerza que la presidiese, hubo un movimiento de alegría entre la parte más numerosa de los emigrados, a cuya noticia llegó la de la inesperada ocupación de aquella fortaleza, de corta importancia, pero fortaleza al cabo, antes que llegase, horas después, la de su pronta e infalible caída en poder de los franceses que guarnecían a Cádiz. Hombres hubo, si no de los de superior agudeza y claridad de entendimiento ni de la más vasta instrucción, pero no rudos ni ignorantes,[95] a quienes, anublando el juicio la pasión, pareció aurora de la regeneración española lo que era una mala clara entre negras nubes y que traía en pos de sí nuevas desdichas.

[95] Entre estos puedo citar a don Olegario de los Cuetos, que hasta llegó a ser ministro de Estado, bien que por breve plazo (en 1843 bajo la regencia del duque de la Victoria), el cual llegó a Londres trayendo la noticia de la toma de Tarifa por los constitucionales, y prometiéndose de ello resultas que al cabo traerían el restablecimiento de la Constitución en España.

Pero la tentativa hecha sobre Tarifa, y a la par en Almería, con no menos infeliz fortuna, y pérdidas de vidas, dignas, a lo menos, de lástima, pasó en breve, y cayó la emigración en su estado ordinario, nunca enteramente abandonada por la esperanza, aunque no hubiese en qué fundarla, pero resignada a aplazar el cumplimiento de esta, o si no tanto, los esfuerzos inmediatos para traerlo a época algo más lejana. Hasta la inesperada aparición de la carta constitucional dada a Portugal por su nuevo rey don Pedro, vivió la emigración tranquila.

No por esto, en verdad, desaparecían los partidos, pero existían oscuros, sin extender su influjo a más que a un corto número de personas, y dejando a las otras adherirse al que fuese de su aprobación, cuando hacerlo así fuese oportuno. En suma, los partidos políticos de aquellos días tenían las apariencias, y en cierto grado la índole de las rivalidades de un lugar de provincia, y para que en ello hubiese semejanza, solían ceñirse al recinto de Somers Town, barrio pequeño en los extremos de Londres, que es a modo de un lugarillo entre los varios cuya aglomeración forman aquella capital inmensa, falta de límites legales conocidos. Allí vivía una España que no ha dejado de tener influencia en los sucesos de la España verdadera.

II.

De muchos de nuestros compatriotas que nunca han pisado el suelo de la Gran Bretaña es conocido el nombre de Somers Town como el de una abreviada España constitucional, que hizo tal, con su residencia allí, una gran parte de los desterrados españoles, de los cuales pocos viven hoy para conservar de ella memoria, pero de que se conserva no poca por transmisión de padres a hijos, y de ancianos a amigos, cuyos descendientes existen y forman buena porción de la generación presente. Es Somers Town un barrio pequeño, al cual divide del casco de la aglomeración de casas que hoy y ha mucho constituye el como centro de lo llamado Londres un camino o calle, pues de ambas cosas tiene, y camino nuevo (New road) se llama, y de tal le dan aspecto las casas, que todas tienen delante reducidos jardines en vez de formar la calle sus paredes, pero que, por la extensión que va teniendo, y aun por la que tienen ha ya largo tiempo la metrópoli del imperio británico, calle viene a ser, a ambos lados de la cual hay barrios crecidos y populosos. Apenas cuenta Somers Town casas para gente de más que decorosa pobreza, constando las más de ellas de un solo piso sobre el bajo o entresuelo; algunas de dos, casi ninguna de tres: número que es el común de los pisos de las habitaciones de la gente acomodada en los buenos barrios del centro de aquella capital inmensa. Esta circunstancia, haciendo las casas un tanto baratas, señalaba aquel barrio como propia residencia de gentes de escasos haberes, aunque no de indigencia absoluta. Ya en época muy anterior, cuando aquel mismo barrio, recién formado o poco menos, y todavía muy reducido, distaba bastante del casco de la gran ciudad, faltando en el lado contrario del camino nuevo las numerosas y bellas calles y plazas que hoy llenan y adornan aquel espacio, había servido de morada a muchos de los emigrados franceses del tiempo de la primera revolución de su patria, circunstancia que, conmemorada por residentes en Londres, hubo de llevar a tal lugar a los primeros españoles que a él acudieron y fueron núcleo del cuerpo que allí vino a formarse.

Con todo, si bien Somers Town era el lugar considerado, y con razón, como la población cabeza de la nación emigrada, o hablando, como suele hacerse, con frase militar y a la moderna, el cuartel general de la emigración, no residían en él los emigrados todos. Varios de ellos, entre los cuales era yo uno, y otro Istúriz, y otro Argüelles con sus compañeros de casa, el general Valdés y don Ramón Gil de la Cuadra, con unos cuantos más de menos nombradía, no vivíamos en el barrio que llegó a ser español, pero sí a poca distancia de él, yéndonos acercando unos a otros hasta habitar los más en las calles próximas al camino nuevo, por el lado opuesto al en que está Somers Town. Así eran las comunicaciones frecuentes, a pesar de lo cual la línea divisoria no dejaba de producir efectos y no cortos. Porque la política militante que se mantenía siempre viva en la otra banda del New road, y lo llamado chismografía, que siempre existe donde hay agregación de gentes, y más cuando no pasa la agregación de ser corta, o no llegaban al lugar en que residíamos, o llegaban ya debilitados habiendo perdido mucho en la corta travesía.

Hay quien pondera las ventajas que sacan los hombres de una residencia en tierra extraña, y no faltan por otro lado desaprobadores de los pensamientos y hábitos que engendra la ausencia voluntaria o forzada del suelo patrio. Ello es que en verdad los viajes son útiles, y quien de ellos vuelve fatuo es porque llevaba en sí el germen que el viaje ha desenvuelto. Pero el establecimiento de una a manera de colonia unida por estrechos lazos y pasiones e interés común en medio de una población de extraños, carece de la mayor parte de las ventajas que el viajar lleva consigo. Hasta la necesidad de aprender la lengua de los naturales de la tierra donde se vive, grande para quien tiene que estar en perpetuo trato y roce con ellos, se hace mucho menor para gentes que, salvo en unos pocos negocios de la vida, encuentran con quienes comunicar sus pensamientos y afectos en la lengua propia. Así es que de los emigrados españoles pocos aprendieron de la lengua inglesa más que algunas voces de ellos no bien pronunciadas; y de estos pocos, los más se ciñeron a aprenderla para la conversación o la lectura de los periódicos; pero de la Inglaterra política, de la Inglaterra literaria, de la Inglaterra social, ni se cuidaron siquiera, y las escasas ideas que sobre tan graves puntos adquirieron fueron sobremanera cortas y confusas. Verdad es que de esto hubo tal cual excepción, pero tal cual y no más; y en su escasez se vio prueba nueva de lo verdadero de la máxima antigua en cuanto a que la excepción confirma la regla. Y era hasta blasón de algunos emigrados que habían creado una imagen de su patria en su barrio, habiendo aprendido en él algo de la lengua castellana criadas de servicio y tenderos, y hasta habiendo llegado a pregonar la hora en las altas de la noche en idioma de Castilla uno de los guardas nocturnos de la clase de los que llamamos serenos, a los cuales convendría mal tal nombre en la nebulosa Londres; guardas que hoy ya no existen, habiéndoseles sustituido los empleados de policía. A un árbol que crecía solitario cerca de una esquina en la banda del camino nuevo, y donde, a uso español, solían juntarse muchos a engañar, a cielo raso, las horas ociosas en conversación entretenida, bautizaron con el nombre de árbol de Guernica, sin que hubiese entre él y el de Vizcaya la semejanza más remota, y solo por agregar a un árbol la calificación que ha hecho famoso a uno de los de nuestra tierra.

Un poco ajenos a la vida interior y política ordinaria de Somers Town vivíamos otros españoles. La casa en que residía Argüelles era el punto en que por la noche solíamos juntarnos, y también en esto seguíamos un mal uso de nuestra patria, porque aun en las noches de invierno, bastante más largas que aquí, donde no son cortas, era nuestra asistencia a hora bien avanzada, o digamos, al dar las once poco más o menos. Allí solía la conversación ser amena, y en algún caso instructiva. Argüelles, dulce en su trato, aunque de condición violenta que sabía reprimir; muy amigo de sus amigos, y no menos enemigo de sus enemigos; lleno de honradas preocupaciones casi todas ellas patrióticas; estudioso, pero nada aficionado a ideas nuevas, y tratando hasta de ignorarlas para no reprobarlas, bajaba a la sala, tarde, de la parte alta de la casa donde tenía su dormitorio, que era asimismo cuarto de estudio, trayendo por lo común en la mano una gran jaula que contenía un ruiseñor, porque era hábil en avezar a la vida de encierro estos pájaros ariscos, de suerte que lograba darnos un rato de agradable música de la que poco se disfruta en España. Cuando bajaba con nosotros ya estaba allí sustentando la tertulia el respetable general don Cayetano Valdés, para mí aun más que para otros objeto de respetuoso cariño, porque había sido compañero y muy amigo de mi padre; cuyos modales de caballero, habiendo vivido en roce con las primeras clases de la sociedad, y siendo él mismo de familia distinguida por su antigua nobleza, aparecían en medio de la llaneza de su modo de producirse; de instrucción corta, salvo en su profesión de marino, y aun en esta más de los hábiles marineros que de los sabios astrónomos, no muy escasos en número entre los oficiales de nuestra antigua real armada; de buen juicio, manifestado a veces con singularidades, más que de agudo ingenio; cuya bien merecida fama de valiente estaba hermanada con otra no menor de honrado, y que llevaba con plácida resignación y dignidad las amarguras del destierro, sujetándose a las que eran duras necesidades para hombre acostumbrado a vivir como persona de alta esfera.[96]

[96] Este respetabilísimo personaje, poco antes de verse obligado a salir de España, se había casado con una señora viuda, de muy ilustre cuna y alguna riqueza. De ella recibía en la emigración los medios de vivir, lo cual le dolía sobremanera. Por lo mismo excusaba gastos, sujetándose a lo que para él hubieron de ser duras privaciones, aunque las llevase con ánimo sereno. Era fumador, y siempre lo había sido de buenos puros habanos, y en la emigración se redujo a fumar un pésimo tabaco picado llamado returns, muy barato, en pipas ordinarias de barro blanco, según uso de la ínfima plebe inglesa. Menudencias son estas, pero de aquellas que debe tener en cuenta quien desee conocer bien los sucesos y los caracteres de los hombres. Causaba pena y admiración ver al sobrino querido del poderoso ministro de Marina de Carlos III y Carlos IV, el bailío don Antonio Valdés, y al general que había ocupado tan altos puestos y disfrutado constantemente de los regalos de la vida, envuelto en una nube de tabaco pestífero, entre la cual asomaba su rostro risueño.

El tercero que vino a serlo de aquella familia, que lo venía a ser por la amistad, si no por el parentesco, era Gil de la Cuadra, que por algún tiempo vivió en el campo, y ya en la casa, tomaba menos parte que sus dos compañeros en nuestro trato, soliendo estar él encerrado en una segunda sala contigua a la en que nos juntábamos, escribiendo siempre, y (según corría la voz) formando el plan de una conjuración de cuya ejecución había de ser cabeza Mina; pero como conjuración tal no llegó a ponerse por obra, ni del futuro plan de gobierno para nuestra patria que acompañaba el proyecto apareció cosa alguna en 1834, bien es de suponer que sobre otra materia serían los constantes escritos del autor, hasta ahora sepultados en el olvido, como al cabo de larguísima vida ha venido a estarlo su persona en la tumba. Ocioso sería enumerar quiénes componíamos de continuo aquella reunión diaria, o, hablando quizá con propiedad, nocturna; pero sería injusticia no nombrar entre ellos a don Felipe Bauzá, muerto en Inglaterra en vísperas del día en que nos tocó, y habría tocado a él, volver al suelo patrio, cosmógrafo distinguidísimo y director del depósito hidrográfico en Madrid, a quien haber sido diputado en las Cortes de 1822 y 23 atrajo su desgracia, por causas políticas, a tratar las cuales no era él aficionado. Rara noche dejábamos de asistir Istúriz y yo, que juntos llegábamos sobre las once, y nos retirábamos dadas las doce cuando más temprano. Hablábase allí de varias materias, pero más con mucho que de otra alguna de las políticas. Sobre estas, si no reinaba unanimidad de opiniones, eran cortas en número y no importantes las discordias, olvidado de todo punto lo que en 1820 y hasta últimos de 1822 nos había dividido, y muy presente en la memoria y el juicio lo que en el curso de 1823 hasta la caída del Gobierno constitucional nos había unido con estrecho lazo. Desatinábamos no poco, según yo ahora veo las cosas, y aun según todos deben suponer, si conocen cuán errados son generalmente los juicios en situación tal cual era entonces la nuestra, pero había en nosotros tanta fe, que bien nos hacía merecedores de absolución por nuestros yerros. Eran aquellas sin duda horas de amargura, y bien echábamos de menos la patria ausente, y harto llorábamos la suerte de la causa que habíamos creído para nosotros justa y puede decirse santa, lo cual no obstante, había en nuestra situación algo y no poco que la suavizase: la amistad, que se hace más tierna en la desdicha, algo de lícito orgullo de lo que estimábamos nuestro honrado proceder, y esperanzas, aunque lejanas y débiles nunca del todo perdidas, que nos presentaban un futuro incierto, distante, pero hermoso, como es en sí todo porvenir halagüeño, a lo cual nunca pueden llegar las realidades. En mejores días me ha sucedido, y no a mí solo, volver la vista con la mente a aquellas horas de destierro y pobreza, y considerarlas casi como suele considerarse un bien perdido. Verdad es que nuestros años eran entonces menos, y esto era una gran ventaja cuya pérdida es al hombre por demás dolorosa: verdad es que la edad de la mayor fuerza intelectual y física lleva consigo bienes que dan resistencia y con ella buen ánimo en las mismas desventuras: verdad que