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Recuerdos de un anciano

Chapter 28: XVI.
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About This Book

Una colección de recuerdos y artículos en que el autor evoca, desde la perspectiva de la experiencia, episodios políticos y sociales vividos en su época. Combina descripciones vivas de la vida urbana y portuaria, observaciones sobre costumbres y el mobiliario doméstico, y relatos de sesiones públicas y hechos históricos, articulados mediante anécdotas, memoria personal y documentación. El conjunto oscila entre la crónica y la reflexión, ofreciendo testimonios de primera mano sobre ambientes y acontecimientos de una etapa convulsa.

XVI.

LA EMIGRACIÓN CONSTITUCIONAL EN LA FRONTERA Y EN CAMPAÑA.

Tiempo es de volver al punto de estos recuerdos en que me separé del orden de la narración para reparar omisiones cometidas al referir los sucesos, si es que merecen tal nombre, que señalaron la estancia de los españoles constitucionales en la Gran Bretaña, mientras allí estuvieron formando cuerpo con presunciones de una nación abreviada. Este mismo carácter hubieron de conservar por breve plazo, y con pretensiones, si no más subidas, más fundadas, los que pasando a Francia en agosto y septiembre de 1830 vinieron a formar una potencia enemiga de la España regida por el poder absoluto de Fernando VII, y resueltos a romper las hostilidades con un acto de agresión, acción justificable en quienes creían que iban a dar libertad a un pueblo oprimido, a deshacer lo hecho por la invasión francesa de 1823, y a encontrar en su patria numerosos parciales, cuya cooperación, sobre contribuir a un triunfo sin ella difícil, y, diciéndolo con propiedad, imposible, convertiría en nacional y legítimo el hecho de entrar en son de guerra en tierra propia procediendo de una extraña.

Ya en una parte anterior de este trabajo he contado la llegada de muchos de mis compañeros de destierro a París, nuestros primeros actos en la capital de Francia, los pasos que dimos para lograr del gobierno francés que favoreciese nuestros intentos, y la división que entre nosotros había, existente ya desde mucho antes, mayor entonces, como era natural que fuese cuando pintaba una ilusión no del todo descabellada, cercano el día en que ambiciones, ya nobles y prudentes, ya locas y criminales, iban a encontrar un terreno donde podrían contender por la victoria desde luego, y por el predominio muy en breve.

Dos eran, en medio de esto, las principales necesidades de los refugiados, en su situación nueva de potencia beligerante. La una era encontrar en el gobierno francés, no solo favorable acogimiento, sino disposición a ayudarlos embozada o desembozadamente en la empresa a que iban a arrojarse. La otra era tener una cabeza común, de todos reconocida por tal y obedecida. Aun esto segundo en no corto grado se enlazaba con lo primero, porque era indispensable tal cabeza para los tratos necesarios que exigía el hecho de ponerse de acuerdo los futuros auxiliadores con los auxiliados. Por su desgracia, estos últimos no tenían una autoridad o gobierno, sino varias o varios: el de Torrijos, ya formado en Inglaterra y trasladado a Gibraltar; pero no sin dejar en Francia jefes militares dependientes de él y hasta negociadores semiagentes diplomáticos: otro que iba a formarse, el cual tendría en Mina un general a sus órdenes y un señor verdadero, y sobre esto tres o cuatro personas de alguna, si bien no mucha cuenta, sin la presunción de tomar el título de gobierno, pero igualmente resueltos a no obedecer ni a Mina ni a Torrijos, esto es, a no ser gobernados.

En el gobierno francés había muy diferentes opiniones, que poco a poco vinieron a ser opuestas la una a la otra, sobre si era o no conveniente al nuevo poder francés contribuir al restablecimiento de la Constitución caída en España, y, aun concediendo que conviniese contribuir a tal fin, por qué medios, hasta qué grado había de hacerse. Ya he referido cuán empeñado estaba en favorecernos Lafayette, cuyo influjo en los actos del gobierno hasta diciembre de 1830, y por consiguiente, en agosto, septiembre y octubre, periodo en que hicieron los expatriados españoles su tentativa de restauración constitucional, era grandísimo, pero no tanto que venciese toda oposición, pues sabían resistirle, al cabo con feliz fortuna, adversarios más prudentes o más diestros. De estos últimos, no pocos que podían bastante en el ánimo del rey Luis Felipe y en el de sus ministros, y casi todos los ministros mismos, preferían ver el nuevo rey o el recién levantado trono reconocido por todas las potencias, y en paz, si no en amistad con ellas, a lanzarse en una carrera donde, si podían alcanzar gloriosos triunfos, de seguro habría de correrse grave peligro, y donde la victoria habría de ser comprada con la guerra, lo cual juzgaban que era pagarla a precio excesivo. Entre estas opiniones fluctuaba, o tenía apariencias de fluctuar, el rey mismo, por su índole inclinado a la paz, y juzgándola asimismo conducente al común provecho y al suyo particular, bien que cediendo a veces, no a ímpetus hijos de su valor antiguo que aún conservaba en los peligros, sino a deseos de conservar el buen afecto aun del partido popular extremado, y de no llevar las cosas por exceso de condescendencia a situación no menos peligrosa que la de que huía. De todo ello resultó apelar a términos medios; favorecernos, pero con timidez y parsimonia, y estar preparado a trocar el escaso favor en oposición declarada, aunque nunca en hostilidad a las personas.

Entretanto, como no era posible, no estando en guerra Francia con España, tratar el gobierno de aquella abiertamente con los españoles proscritos, nos veíamos obligados, según la frase vulgar, a llamar a varias puertas, por donde teníamos un tanto franca o menos trabajosa la entrada. La de Lafayette nos estaba abierta con la mejor voluntad posible; pero si todos penetrábamos por ella, no todos éramos recibidos con igual favor; y como íbamos con pretensiones muy diversas en punto a las personas que habrían de dirigir nuestra empresa, seguíase de ello que la preferencia dada a unos era, si bien no en la intención, en los efectos, disfavor hecho a otros, causando a la causa común no leve perjuicio.

Desde algunos años antes estaban Lafayette y Torrijos en correspondencia epistolar muy amistosa. Agregábase a esto ser Torrijos de la sociedad de los comuneros, reputada por los franceses y por todos los extranjeros la más análoga en ideas al partido político de que el afamado y anciano general era cabeza aparente. También Torrijos, aunque ausente, contaba con un gobierno formado, el cual, si le faltaba tierra en que ejercer su autoridad, tenía nombrados sus generales, y hasta sus negociadores. Con algunos de estos estrechó sus relaciones el ilustre francés, y a él dio los no muy cuantiosos socorros destinados a empresa tal como era la de hacer guerra a un rey que contaba para defenderse con todos los recursos de una, si no poderosa, tampoco pequeña monarquía. Pero como en la desunión y los odios que nos estaban destrozando y enflaqueciendo se hacía necesario a los de un bando desconceptuar a los de otro opuesto o diverso, los que más privaban con Lafayette lograron persuadir a este personaje, a veces por demás crédulo, de que Mina cedía mucho a los consejos e influjo del duque de Wellington, y bastó la mención de un nombre a la sazón en Francia aborrecido para hacer sospechosos, si no odiosos, a los meramente acusados de estar en relaciones amistosas con el vencedor de Waterloo, que era asimismo un tory acérrimo, y enemigo de la Francia revolucionaria.[102]

[102] Ocurrió sobre esto un lance chistoso o como represalias de los de Mina. Entre los agentes de Torrijos lo era entonces en París, muy activo, el a la sazón coronel o brigadier Miniussir, hermano político del desdichado general. A un parcial de Mina, que hablando con varios franceses los halló preocupados con la idea de que el exguerrillero navarro obedecía al influjo inglés, se le ocurrió citar el hecho de que Miniussir había estado en la batalla de Waterloo, donde se portó con bizarría. «¿No habrá sido con Wellington», dijeron los franceses. «Sí, con Wellington estuvo», dijo, y dijo verdad el parcial de Mina. Bastó esto para alejar del trato con Miniussir a los franceses, que miraron como culpa lo que no lo era. Por fortuna de Torrijos, tenía este otro negociador en don Ignacio López Pinta, muy querido de Lafayette.

Entretanto Mina, se preparaba a venir a Francia y a la frontera de España, desmintiendo los infundados cargos que era común hacerle. Pero él había menester también de un gobierno que le auxiliase, y fondos con que proveer a los primeros gastos de la campaña que iba a emprender. De esto último se encargó Mendizábal, y lo consiguió sacándolo de fondos de los empréstitos hechos por el gobierno constitucional desde 1820 hasta 1822 y no reconocidos por el rey de España vuelto a su poder absoluto. Pero un dueño del dinero en casos tales quiere, y con razón, saber a quién ha de dársele, y a esto debe añadirse que Mendizábal, por su natural, propendía a querer gobernarlo todo. Así es que activó el nombramiento de una junta, y pretendió influir en él, y lo consiguió completamente. Entonces, acordándose del disgusto que había tenido conmigo, y del cual seguía resentido, intentó y logró que no fuese yo de ella, como parecía natural, por haber sido yo el primero que aparecí en París, y haber entablado tratos en nombre de la emigración con algunos, bien que pocos, personajes de cuenta. Tuvo Mendizábal el arte de sustituir a mi nombre el de Istúriz, recién llegado a París, y mal podía yo oponerme a que recayese tal distinción en uno que, sobre ser distinguido patricio, era mi amigo más estrecho y querido, carácter que todavía conserva. Había también en Mendizábal para preferir a Istúriz una razón que podía mucho en su ánimo entonces, como pudo después, y cabalmente en una ocasión señalada respecto al mismo personaje. Istúriz había tratado muy poco a Mendizábal, y, si no le miraba con malos ojos, tampoco le tenía en mucho, y Mendizábal tenía singular empeño en ganarse y hacer suyos a los que de hecho eran, o él reputaba, sus contrarios. Fuese como fuese, quedé yo descartado y arrinconado, lo cual confieso que fue uno de los golpes más duros que he llevado, o que más he sentido entre los muchos reveses y sinsabores por que he pasado en mi larga y no muy feliz carrera. No me acuerdo bien de quiénes fueron los otros cuatro que compusieron la junta, aunque sé que fue uno de ellos el general (a la sazón brigadier) don Vicente Sancho, no procedente de Inglaterra, pues había pasado la emigración en el Mediodía de Francia, y muy relacionado con Mina.

Había ya dos poderes constituidos (hablando a la moderna) en la emigración que amenazaba invadir a España, y pretendía gobernarla; pero así como al lado de potencias poderosas viven, y vivían antes más que hoy, Estados pequeños, ya con el título de repúblicas o ciudades libres, ya con el de principados o ducados, y aun con el de reinos independientes, a pesar de su corta extensión y mezquina fuerza, así algunos caudillos se mantenían firmes en su propósito de libertar a España, no por cuenta ajena, sino por la suya propia.

No podía aspirar a tanto Borrego, pero no menos pretendía que conseguirlo, dando el mando a un su amigo, del cual creía que podía disponer a su antojo. Era su candidato un catalán llamado don Antonio Baiges,[103] exguardia de Corps, y no sé si ya en grado superior al de subalterno en la milicia, rudo, sin letras, notable por su gallarda presencia no acompañada de finos modales, ambiciosísimo, inquieto, sospechado antes y después de infidelidad a la causa liberal, quizá sin motivo, y cuya suerte fue venir a morir, después de estar por largo tiempo olvidado, herido de una bala o granada, cuando en 1843 estaba ejerciendo un mando entre los entonces rebeldes dueños de la ciudad de Barcelona.

[103] Este Baiges fue acusado de haber estado en el campo carlista. Como quería figurar entre los progresistas más extremados, pendiente aún la guerra civil, vino una vez a Madrid, y se presentó en el Café Nuevo, donde concurría la gente más ardorosa, entre la cual quiso entrar y ser contado. Pero le avino mal, pues muchos le cayeron encima, de modo que corrió peligro. Desapareció entonces, y vino a aparecer sirviendo a la Junta central de Barcelona en la época en que en aquella ciudad perdió la vida.

Por descabellada que pareciese la idea de Borrego en sustituir tal candidato a Torrijos o a Mina, no dejó su empeño de causar molestia y crear obstáculos, porque, si era de poco valer el favorecido, su favorecedor tenía en París algunas y buenas relaciones, que él sabía aprovechar, siendo activo y osado, aun sin contar con que para hacer mal bastan fuerzas muy inferiores a las necesarias para hacer bien, y desunirnos era hacernos mal, y también cosa fácil, pues lo difícil era unirnos para formar un cuerpo que forzosamente tuviese una cabeza.

Serlo pretendía el general don Pedro Méndez de Vigo, y al efecto se afanaba sobremanera. Si no alcanzó el objeto de su deseo por lo pronto, al cabo, andando el tiempo, se granjeó una clientela, pero no toda de españoles, pues se ligó con refugiados italianos y polacos, con los cuales entró en locas empresas; pero en días posteriores a los sucesos que voy ahora aquí narrando. En ellos no apareció Vigo como independiente, sino solo con pretensiones de serlo, y pasado a la frontera, no sé a quién se agregó con sus no numerosos secuaces.

No estaba muy claro si el general Milans reconocía a alguno por su superior, porque sus parciales solo de él se decían dependientes; pero no era hombre desvariadamente ambicioso ni de mala índole, y por su cuna y primera crianza tenía prendas de caballero. Así es que a nadie fue obstáculo.

Tampoco lo fue el infeliz De Pablo o Chapalangarra, aunque hizo alarde de su independencia en vez de ocultarla; pero si se declaró resuelto a no reconocer superiores, no pretendió buscar en la emigración secuaces. De todos desconfiaba, por lo cual a nadie se prestaba a seguir; siendo más que vano, receloso, y persuadido por otra parte de que en España misma era donde convenía buscar auxiliares para la empresa de levantar en ella la bandera constitucional, lo cual no era desacierto, siendo solo el error de sus ideas, y la causa de su trágico fin, el creer que allí donde era conveniente buscarlos era fácil encontrarlos.

Hechos ya estos arreglos harto imperfectos, aquellos a quienes tocaba pasar de los proyectos a las obras se trasladaron a Bayona. Allí pasó Mina sin haberse detenido en París, donde hubo de estar de incógnito por brevísimo plazo, tal vez solo de horas.

Desde aquel momento en adelante no fui testigo presencial de los sucesos de la frontera, pero de ellos puedo decir algo, refiriéndome a noticias dadas por varias personas de cuya veracidad no tengo ni debo tener duda. Porque, volviéndome a Inglaterra, levanté mi casa, recogí mi familia, y hube de volverme a París, adonde llegué en los días últimos de septiembre a pasar en Francia una vida oscura harto más desagradable que la que pasaba en Londres, hasta que trasladado a Tours en 1832, durante mi estancia de dos años en aquella linda ciudad, viví en ella, si con grande estrechez, agradablemente, compensando el trato de amigos allí adquiridos los inconvenientes de mi cortedad de recursos.

Coincidió, pues, con mi llegada a la capital de Francia el comenzar de los preparativos para la invasión de España, siendo teatro de las operaciones preliminares las poblaciones francesas linderas del Pirineo. El centro de estas era Bayona, y allí fue a establecerse la junta que, para evitar confusión, llamaré aquí del partido de Mina. Los que obedecían a la del partido de Torrijos establecida ya en Gibraltar, en número igual o tal vez superior a los otros, si bien acudieron a la misma ciudad, y en ella hicieron estancia, no tenían allí su cabeza. Los independientes vagaban por las inmediaciones.

Entonces comenzó a verse un espectáculo en algo parecido al que, según noticias, presentaba a la vista y consideración la reunión de los emigrados franceses en Coblenza en 1792. Se creía seguro el triunfo, y empezaba a reputarse delito o poco menos la tardanza, echando en cara los primeros en llegar a quienes venían después que no era razón participasen de la honra y provecho de la victoria los omisos o menos diligentes en presentarse en el campo. Y el campo (como me escribía un amigo dándome noticias de lo que allí pasaba) era las a la sazón mal empedradas calles de Bayona.

Mina no había llegado de los primeros, ni tenía para qué apresurarse. Pero sus contrarios aun entonces se desataron a incriminar su pereza, tachándole cuando menos de irresoluto. A su lado, o bajo sus órdenes, se habían puesto, sin embargo, los más entre los principales de la emigración, aunque no faltasen entre los parciales de Torrijos personas de mérito y de bien adquirido renombre en el gran partido constitucional, cuya bandera habían seguido. El exministro y militar don Evaristo San Miguel recibió un mando de la junta que obraba de acuerdo con Mina, no obstante ser de los mayores enemigos del caudillo navarro, y salió a desempeñarle a la frontera de Cataluña, donde se encontró con los parciales de Torrijos, que obedecían al digno exdiputado don José Grasses; pero, pudiendo en ambos la antigua amistad más que las nuevas discordias, y el amor a la causa común más que afectos de bandería, se pusieron de acuerdo a punto de no conocerse quién tenía el mando. Pocas ocasiones tuvieron de competir por él, pues apenas se alejaron de la raya, entrado que hubieron en la tierra de España, para ellos entonces enemiga, y se vieron obligados a recogerse pronto a Francia casi sin pelear, pero sin mengua, no estando en su mano acometer imposibles.

Por el confín de Francia con Navarra y Guipúzcoa era donde se preparaba lo recio de la guerra, porque si bien amenazaron los constitucionales entrar por Aragón, allí nada hicieron, sin que esto sea, ni por asomo, culpar a los encargados de guerrear por aquellos lugares, que faltos de fuerza, y no unidos, encontraron a su frente preparados a resistirles las tropas del general Rodil, que no era todavía en aquella hora constitucional celoso.

Cortas, por cierto, eran las fuerzas que se arrojaban a tanta empresa como era derribar al Gobierno establecido en España, y bien habría sido esperar a que entendiéndose con los constitucionales de dentro de la Península los de fuera a punto de concentrar sus operaciones, encontrasen los invasores una ayuda, no solo útil, sino absolutamente necesaria. Tal vez esta idea detenía a Mina, si detenerse puede decirse no haberse arrojado al territorio español, a pocas horas de haber llegado a los puntos con él confinantes. Pero a tan juicioso proceder se oponían poderosas consideraciones. Los de Torrijos, capitaneados por don Francisco Valdés, coronel en España, y que tenía de la junta formada en Londres meses antes, y ya residente en Gibraltar, un despacho de mariscal de campo, del cual, sin embargo, no usó las divisas, estaban llenos de impaciencia, vituperaban la flojedad de Mina, y por otro lado, temían que obrando el caudillo navarro cogiese para sí la mayor parte de la honra y provecho de la, a sus ojos alucinados, casi segura victoria. Los mismos amigos de Mina le apremiaban a que obrase, porque no quedasen solos los que iban a hacerlo, y saliendo deshechos con estrago, se atribuyese al acto de haberlos abandonado su desdicha, que lo sería de la causa común. Por otra parte, el gobierno francés, tímido y no muy seguro auxiliador de los constitucionales armados en su territorio, no estaba en guerra con el de España, ni deseaba estarlo si lo podía evitar, por lo cual no quería, ni era razón quisiese, conservar en su territorio aquella fuerza armada, amenazando a una potencia extraña, siendo por esto su anhelo que de una vez se saliese de situación tan embarazosa, pues, o triunfante la bandera liberal en España, pasaría a tener en su vecina una amiga fiel en vez de una enemiga encubierta, o, vencidos los agresores, dictarían la prudencia y aun la justicia disolver las reuniones de gente armada que comprometiese la paz sin dar en compensación el menor provecho.

Parecerá extraño, al tratar de estos sucesos y referir los intentos y actos de Mina, en punto de tal gravedad como era el de empezar la guerra, que nada diga de la junta, que al parecer para algo hubo de haber sido nombrada, y no siendo gobierno, mal podía acertarse con lo que era. Pero la pobre junta se veía mirada como rival por la de Torrijos, como nada por los que a nadie obedecían, y no como mucho por Mina, el cual, si bien no le faltaba a la consideración, rara vez acudía a ella, y en verdad no tenía para qué. Lo más singular era que el mismo padre de la junta, Mendizábal, dado siempre a llevar las cosas por medios irregulares y a hacer poquísimo caso de superiores, iguales o inferiores para dirigir por ajeno precepto o consejo su conducta, en vez de oír para seguirla la voz de su propio capricho, solía entenderse con Mina para todo, incluso aquello en que debería haberse dirigido a la junta, si es que esta era algo. Tal proceder disgustó sobremanera al nada sufrido Istúriz, y aun hubo de enojar en cuanto cabía a sus flemáticos compañeros. De estos el brigadier Sancho, sin incomodarse al parecer ni con Mina ni con Mendizábal, con quienes le unía estrecha amistad, pero sin avenirse a representar un papel un tanto desairado, acordándose de que era militar, desamparó la junta por salir a campaña, y fue a ponerse como soldado a las órdenes de Mina.

Singular principio habían tenido en aquella hora las hostilidades, si tal nombre merece el suceso que voy a referir, trágico y horroroso en extremo. Mientras se apresuraba Valdés a penetrar en España seguido de unos 1000 hombres y poco más, como para dar ejemplo a Mina, poniendo patente lo que en él culpaba de indecisión, y mientras Mina se preparaba a seguirle, no de buena gana, porque veía cuán locamente precipitada era la agresión, pero resuelto a no dejar de exponer su vida, un hombre impelido por el fanatismo más ciego posible se arrojó casi solo a representar el papel de restaurador de lo llamado libertad en su patria. Con haber dicho antes cuáles eran los pensamientos, afectos y situación extraña de Chapalangarra (o digamos de De Pablo), fácil es adivinar que era el sujeto de quien voy hablando en el momento presente. Fiado en su gloria y renombre, y en el influjo que se figuraba tener entre sus paisanos, lleno de los recuerdos de la guerra de la Independencia, y olvidado de lo ocurrido desde 1820 a 23, pensó que su presencia y voz conocidas bastarían para inducir a millares de navarros a seguirle.[104]

[104] He entendido que alguien acompañaba a Chapalangarra. Pero él solo se lanzó a la muerte.

No había andado largo trecho por el suelo patrio, cuando dio con una cuadrilla o partida de gente armada, que era, según es probable, parte de un cuerpo de voluntarios realistas. En vez de huir el desalumbrado constitucional, se fue en derechura a los que juzgaba que podía hacerse amigos, y comenzó a predicarles, trayéndoles a la memoria sucesos de la guerra contra Napoleón; cómo seguían entonces a Mina, y aun al mismo De Pablo los navarros; ser una misma la causa que él venía a sustentar, y que tenía esperanzas de ser oído con tanto favor que encontrase en ellos auxiliadores para la obra de dar libertad a la patria. Hubieron de quedarse atónitos y suspensos los oyentes al oír las extrañas frases que el predicador les dirigía, frases para muchos incomprensibles, si bien para otros abominables, y más hubo de causarles pasmo ver que un hombre, no seguido de fuerza, osase pon tanta serenidad ponérseles delante, cuando los principios que proclamaba declaraban ser su enemigo. Pero no duró mucho la admiración, sucediendo a esta pasiones de muy otra clase, y, disparando uno un tiro al predicador como en respuesta al sermón, el ejemplo fue seguido, y cayó el infeliz Chapalangarra cubierto de heridas. Ni se contentaron sus matadores con verle muerto, sino que arrojándose sobre su cadáver, le destrozaron, llevándose algunos de sus miembros por trofeo; hecho atroz repetido en otra ocasión por gente igualmente bárbara, pero proclamando otras doctrinas, y propio proceder de la plebe feroz por su ignorancia, y cruel, sea cual fuere la voz que apellida o la bandera que sigue.

Debió el triste fin de Chapalangarra haber dado que pensar a los constitucionales, no porque la temeridad de aquel infeliz, víctima de su fanatismo y arrojo, pudiese tener buen término, sino porque indicaba, por las circunstancias anejas a la desgracia, cuál era el espíritu de las poblaciones donde esperaba la inminente agresión encontrar amigos. Pero nunca emigrados comprenden la situación del pueblo que se han visto obligados a abandonar y de que han estado ausentes por no breve plazo. Así es que coincidió con la muerte de Chapalangarra la entrada de los de Valdés, A los cuales siguieron muy pronto los de Mina, no sin que antes, según me han referido personas dignas de todo crédito, hubiesen estado a punto de venir a las manos unos con otros. No se quedó Mina en Francia; pero por causas que ignoro, hubo de entrar separado del grueso de su gente, pues solo acompañado de dos o tres fieles secuaces, corrió gravísimos peligros, de que escapó como por milagro.

No tengo datos para contar por menor o con exactitud las ocurrencias de la guerra de dos o tres días, de que hubieron de volver los constitucionales vencidos, sin mengua de su honra, y habiendo tenido pérdidas lastimosas. Al segundo o tercer día de estar en España vinieron sobre ellos fuerzas respetables de las que mandaba el general Llauder, entre las cuales se contaban tropas de la Guardia Real, a la sazón muy lucida. Resistir a tal poder era imposible, y fue fortuna que todos cuantos habían penetrado en el territorio español no hubiesen quedado en él para bañar el suelo patrio con su sangre; pues el Gobierno del rey Fernando a ningún enemigo político perdonaba la vida. Porque las tropas reales, en vez de embestir desde luego a sus contrarios, se encaminaron como a cortarles la retirada a Francia, lo cual notado por los constitucionales, retrocedieron estos a buscar el abrigo del Estado vecino; pero aun así no habrían hallado franco el paso a no habérsele abierto con una carga dada por unos pocos de a caballo de su mando el antes capitán de carabineros reales don N. Cía, recién venido a la emigración. Cedió con tal flojedad la infantería de la Guardia Real a tan pobre fuerza, que merece algún crédito lo que después aseguraron varios realistas pasados a ser sostenedores del trono legítimo y constitucional de Isabel II, y es que adrede dejaron pasar a los que se retiraban, sabiendo que de no hacerlo así, sería horrorosamente ensangrentada la victoria. Pero si hubo tal humanidad en aquella hora, no la hubo en la inmediatamente posterior, que fue la del alcance. No habiendo señales visibles que demarquen en los despoblados de la frontera teatro de aquellos sucesos el territorio del uno y otro Estados vecinos, dentro de Francia fueron muertos, o cayeron prisioneros para perecer con cortísima demora bastantes de entre los constitucionales.

Entretanto, quedaba en España Mina, no ignorándolo sus enemigos, esto es, los servidores del gobierno español. Hacerse con su persona para quitarle con alguna solemnidad, aunque escasa y sin dilación, la vida, vino a ser empeño vivo en unos, tibio en otros, pero igual en sus efectos, de todos los vencedores. Registraron los lugares más fragosos del Pirineo, ayudándose con perros de caza. Apenas quedó monte, valle o cueva en que no se hiciese escrupuloso registro, Pero el caudillo navarro estaba en su elemento cuando trataba de escapar indemne de una persecución aun la más tenaz, y oculto, ya en cuevas, ya en medio de la intrincada maleza, más de una vez sintió o vio pasar a su lado y casi tocándole, a los que le buscaban ansiosos de su prisión y suplicio. Dos o tres días hubo de durar este peligro, corridos los cuales, pisó Mina de nuevo el territorio francés volviendo a su situación de emigrado, de la cual no había de salir sino en virtud de una amnistía traída por posteriores y entonces inesperados sucesos.

No tuvieron tan trágico fin las tentativas hechas por los confines de Aragón y Cataluña, las cuales vinieron a parar en nada, recogiéndose los invasores a Francia sin pelear, viendo que no tenían fuerzas para empeñar una lid contra sus poderosos enemigos.

De allí a muy poco, el gobierno francés, habiendo logrado del de España que, si bien con visible mala voluntad, reconociese a Luis Felipe por rey de los franceses, mandó, como era de esperar, dispersarse a los españoles reunidos en la frontera. Grande indignación nos causó este hecho, que, bien mirado, era un acto de rigurosa justicia. Bien es verdad que porque los franceses nos habían quitado la libertad en 1823 los juzgábamos obligados a devolvérnosla en 1830, tan trocadas ya las cosas que en Francia dominaban los que más habían vituperado la invasión del ejército del duque de Angulema. Pero no pueden las naciones regirse por leyes que obliguen a la restitución de lo que no es un objeto material o físico, ni cabe una reparación tal que subsane todos los daños y perjuicios hechos en época no inmediata.

Desparramáronse los emigrados por Francia, no viniendo a ser París su centro, como poco antes lo era Londres. En las tentativas hechas en el Mediodía, que produjeron la muerte de Torrijos, no pudieron tomar parte más que llorando a las víctimas y maldiciendo a los sacrificadores. Uniéndose con emigrados de otras naciones uno u otro de los nuestros, bien que en cortísimo número, fueron participantes en empresas encaminadas a derribar otros gobiernos que el de España. Hasta se distinguieron por más pacíficos que otros emigrados, y particularmente que los polacos, en no mezclarse en los negocios del pueblo francés, a la sazón por demás inquieto.[105]

[105] Es de notar que al solemne entierro del general Lamarque, donde se presentaron con banderas los emigrados de todas las naciones, concurrieron poquísimos españoles de los que vivían en París. Por supuesto, no fue allí Mina. Al difunto general, más ansioso de los triunfos y gloria de las armas francesas que del establecimiento de la libertad en pueblos extraños, solo debían mirar los españoles como a un devastador de su patria, que lo había sido en la guerra de nuestra independencia.

Con harto mayores motivos para tener alegres esperanzas que los que debíamos tener en Inglaterra, acaso teníamos menos, sobre todo al empezar 1832, viendo cómo triunfaba el gobierno español cuando era combatido.

Sin embargo, los sucesos de Portugal, cuando el exemperador del Brasil don Pedro de Braganza tremoló el pendón constitucional en Oporto, fueron como una aurora nuncia del cercano día de nuestra redención y victoria. Pero el día vino sin traérnosla, y fue nublado, y con presagios de acabar fatalmente. Por otro lado, sin embargo, se nos abrió el camino a nuestra patria. A ella volvimos casi todos mal corregidos de nuestros yerros, pero firmes en nuestros principios y con honra. Perdidos en el seno de la nación, nuestra historia cesó en 1834, y algunos solo hemos figurado con más o menos lustre, y diferentemente juzgados por diversas y opuestas doctrinas e interés, en los anales de la España nueva.

FIN.