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Recuerdos de un anciano

Chapter 3: I.
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About This Book

Una colección de recuerdos y artículos en que el autor evoca, desde la perspectiva de la experiencia, episodios políticos y sociales vividos en su época. Combina descripciones vivas de la vida urbana y portuaria, observaciones sobre costumbres y el mobiliario doméstico, y relatos de sesiones públicas y hechos históricos, articulados mediante anécdotas, memoria personal y documentación. El conjunto oscila entre la crónica y la reflexión, ofreciendo testimonios de primera mano sobre ambientes y acontecimientos de una etapa convulsa.

RECUERDOS DE UN ANCIANO.


I.

CÁDIZ EN LOS PRIMEROS AÑOS DEL SIGLO PRESENTE.

Cádiz, donde residía yo, poco después de empezado el presente siglo, era a la sazón un pueblo floreciente. La guerra con la Gran Bretaña, seguida desde 1796 a 1802, le había sido funesta, sin causarle con todo males a que no pudiese y debiese poner término la renovación de la paz, a la cual habría de acompañar abrirse las comunicaciones con nuestras extensas y en cierto modo ricas provincias de América, fuente principal por entonces de la riqueza de España, y señaladamente de la del puerto y plaza de comercio que, si no monopolizaba, conservaba para sí en su mayor parle los provechos del tráfico con aquellas apartadas regiones. La paz de Amiens, ajustada al entrar 1802, dejó sentir su benéfico influjo en Cádiz de un modo prodigioso. Empezaron a venir en abundancia buques de varios puntos de América, todos con buenos cargamentos de producciones preciosas y de gran valor en el comercio, y, sobre todo, de plata. De esta última recibía gran porción el gobierno, no escasa los particulares, una parte crecida el vecindario gaditano. Notábase gran movimiento; poblada de buques la bahía; transitando por las calles numerosos carros cargados de efectos, o procedentes del puerto, o llevando a los muelles los venidos del interior, y cruzando por entre la concurrencia de paseantes, allí muy numerosa, robustos gallegos en cuyo cuello, doblado por el peso, como que relucía al través de la grosera tela de las talegas el metal de los pesos duros. En tanto se levantaban casas nuevas, no recomendables por su belleza arquitectónica, pero sí por su solidez y primor, todas de sillares, cuya piedra fea y de color oscuro cubría una capa de blanquísima cal que daba al total de la ciudad el carácter de blancura que la distinguía, mientras las rejas, entonces en lo general de España dejadas en su negrura primitiva, aparecían cuidadosamente pintadas, las más de ellas de color verde, y las vidrieras, en vez de compuestas de vidrios feos y pequeños, lo estaban de cristales o vidrio finísimo y transparente. Era extremado el aseo del piso, siendo allí desconocido el lodo, aun en los días en que aquel cielo, generalmente despejado, aparecía cubierto de espesas nubes, que, empujadas por el vendaval, descargaban torrentes de agua mientras azotaba el mar las murallas con espantoso bramido, derribándolas a trechos, dejando abiertos los allí conocidos con el nombre de agujeros, y amenazando ruina a los edificios vecinos. Era en cierto grado el lujo grande, pero no parecido al de los días presentes, en que conocemos comodidad y regalos ignorados de nuestros padres. No existían sino para muy pocos en España las alfombras, si bien no faltaban enteramente en Madrid, en las casas más principales, y aun de ellas había algunas en provincia. Suplían su falta en invierno las esteras; pero las de Valencia, casi únicas en Madrid, en Cádiz eran tenidas en corta estima, usando los ricos de unas hechas en Chiclana, de buena labor para ser esteras, y cuyo precio no era bajo, aunque no fuese alto. La madera de caoba, escasa en lo interior de la Península, abundaba en Cádiz. Así los muebles de la gente de la clase media hacían notable ventaja a los usados por personas de la misma calidad y de iguales o mayores bienes de fortuna avecindadas en la corte. Una particularidad de la cultura gaditana en el ramo de adorno interior era el cuidado con que se amueblaban las habitaciones interiores, cuando en Madrid el escaso lujo solía ceñirse a las salas y gabinetes de recibo. Los comedores gaditanos ostentaban, por lo común, mesas de caoba, allí entonces siempre maciza, teniéndose en menos el trabajo del enchapado. El servicio de cristal era curioso, y el agua servida a la mesa en botella blanca, en vez de echarla el criado en los vasos desde un jarro de loza basta, siendo la de los platos y fuentes toda inglesa de la llamada de pedernal, nombre que en nuestros días casi ha perdido. Así es que, trasladados a Madrid, los gaditanos hacíamos ascos, y no sin alguna razón, a varias cosas de la capital, lo cual hubo de durar aún hasta después de la guerra de la Independencia.

En el vestir era también esmerada la gente de Cádiz, pero había diferencia notable entre la del uno y la del otro sexo. Porque el traje de los hombres era, en la clase alta y media, el de los extranjeros, y particularmente el de los ingleses, y la clase baja, aunque usaba chaqueta, no vestía a la andaluza, y al revés, las mujeres, aun cuando no fuesen de majas (lo cual era diferente del vestir ordinario y no estaba en uso común), solo salían a la calle, necesitando para ello mudarse de ropa, con basquiña (cuyo nombre era el de saya), mantilla y jubón (conocido este último con la palabra corpiño), todo lo cual hacía de las gaditanas criaturas (como diríamos ahora) especiales, a las cuales daba realce el pie pequeño, calzado con zapato corto y bajo, y, al andar por las llanas y bien empedradas calles y plazas, el airoso talle y el gracioso contoneo.[1]

[1] Del andar y meneo de los gaditanos dice lord Byron en su poema Don Juan, canto segundo:

I cannot describe it; so much it strike.
Nor liken it: I never saw the like.

Que mal traducido, dice:

Tanto admira, que mal puede pintarse.
Ni a compararle acierto; que en mi vida
Cosa no vi a que pueda compararse.

Eran los gaditanos finos en sus modales, no al par con la gente cortesana, sino de una finura cual es la de las personas del alto comercio en pueblos donde el trato con los extranjeros de las naciones más adelantadas en civilización y cultura es frecuente. Algo y aun no poco tenían, con todo, de gente de provincia. Lo notable en Cádiz era que las clases bajas en su tono y modos apenas se diferenciaban de las altas, siendo corteses, y sobre todo cariñosas, y no manifestando en el trato con sus superiores ni humildad ni soberbia, como si un espíritu y práctica de igualdad social no dejase lugar ni a la sumisión ni a la envidia, o al odio por ella engendrado contra los favorecidos por la fortuna, a quienes tampoco consentía el uso que fuesen desdeñosos.

En cambio de tan ventajoso estado de cultura material, el cultivo del entendimiento estaba en Cádiz descuidado. Verdad es que se enseñaban allí las lenguas francesa e inglesa, abundando quienes las aprendiesen hasta llegar a hablarlas con la fluidez y corrección necesarias para la conversación y el despacho de los negocios mercantiles. Dos establecimientos con el título de academias, a los que hoy diríamos colegios, se habían distinguido allí desde los últimos años del siglo próximo pasado. Para señoritas había una academia dirigida por una francesa llamada madama Bienvenú, a la cual siguió otra no inferior en reputación, puesta a cargo de una española llamada doña Rita N. Aunque en estas, así como en las dos antes citadas, destinadas a niños, de ellos ya muchos crecidos, había clase de francés, no salían las discípulas muy aventajadas, porque o la genial pereza era impedimento al estudio, o las costumbres de la juventud, nada favorables a él, borraban en breve de la cabeza, como cosa no de uso, el corto y superficial saber adquirido de no buena gana.

Aunque no habían por entonces llegado los días del periodismo, palabra todavía desconocida, aunque ya existiese la de periódicos, hacia 1804 apareció uno en Cádiz. Privaba en aquellos días entre los lectores andaluces El Correo de Sevilla, de que era editor don J. Matute, médico y literato, y donde salían a luz versos de Blanco, Lista, Reinoso, Arjona, Roldán y Mármol, con algunos de González Carvajal, y también artículos en prosa sobre crítica, en los cuales El Diario Sevillano había medido sus fuerzas con un periódico madrileño en que figuraba Quintana, y salido de la contienda triunfante en alguna ocasión y siempre airoso. Mal podía Cádiz, falto de jóvenes aficionados a las letras y de hombres de edad madura dados a su cultivo, producir o sostener una obra semejante. El novel periódico gaditano dado a luz con el título de Correo de las Damas era de lo más pobre en mérito que en ocasión alguna ha salido de las prensas. Le escribía, o hablando con propiedad, le publicaba un buen señor, oficial francés emigrado, entrado en años, corto en saber, y no sobrado en luces, honrado caballero, cuyos títulos algo pomposos de barón de Bruere y vizconde de Brié cuadraban mal con su pobreza. Retazos comúnmente mal zurcidos de varios escritos componían los números de aquel periódico (no me acuerdo si semanal, pero no diario), siendo la mayor parte de lo en él publicado traducciones del francés, todas ellas harto mal hechas, si bien es justo decir que en punto a pureza de dicción castellana, con tener poquísima, todavía podrían competir con las que hoy leemos en días de muy superior ilustración, y en compañía con buenos escritos, y quedar victoriosas en la competencia.

En tanto, unos pocos jóvenes de Cádiz tuvimos el atrevimiento de pretender fundar no menos que un cuerpo literario, al cual dimos por dictado el de Academia de Bellas Letras, remedando a la de Buenas Letras que por algunos años había existido en Sevilla, y que a la sazón, si no había muerto, estaba moribunda. Eran nuestras fuerzas desigualísimas a tanta empresa, no habiendo en nosotros para llevarla a ejecución apenas otra calidad que la del buen deseo. Nuestras tareas se reducían a tener juntas literarias semanales, en las cuales se leían dos disertaciones escritas por uno de los académicos al cual tocaba por turno, debiendo versar una sobre elementos de retórica, y otra sobre los de poética, y sirviendo de texto para comentarle un capítulo de la obra del abate Batteux, traducida por Arrieta, aunque también se tenía a la vista las lecciones de Hugo Blair puestas en castellano por Munarriz, obra de más valor que la del crítico francés, y cuya versión, siendo mala, lo era menos. Seguíase a esto leerse algunas composiciones ligeras, las más de ellas en verso y de escasísimo mérito, bien que en algunas no faltase algo digno de alabanza conforme al gusto pseudo-clásico de aquellos días. Teníamos dos concursos anuales a premios, y para el acto de adjudicarlos sesiones públicas de tal cual solemnidad, en las cuales, después de leerse las obrillas premiadas, era común añadir a su lectura la de otra composición, si no poética, metrificada a lo menos. Pero a diferencia de las academias antiguas y autorizadas, éramos en la nuestra los académicos competidores y no jueces, pues habría sido arrogancia indigna de perdón la idea de juzgar obras ajenas, y, al revés, merecía disculpa competir por un premio, ejercitando en ello el ingenio, para someter nuestro trabajo al fallo de tribunal competente. Así es que de los académicos, no todos, sino una parte por acto voluntario, después de discurrir dos programas, uno de verso y otro de prosa, escribíamos nuestras composiciones, y, nombrados de antemano tres jueces, que eran escogidos de entre los hombres de más concepto por su entendimiento y ciencia así de Cádiz como de Sevilla, a estos las remitíamos sin nombre de autor y con un lema, acompañando un pliego cerrado con el mismo lema en el sobrescrito y la firma del escritor adentro, abriéndose solo el que declaraba cúya era la obrilla por la mayoría o unanimidad de los jueces preferida. La apertura del pliego era en la sesión pública para dar al triunfo del vencedor mayor realce. Todo ello, valiendo poco, no dejaba de ser ocupación un tanto provechosa, si bien, libertándonos de más graves culpas, nos hacía tal vez incurrir en la de presumidos y pedantes.

La Academia, después de algunas ridículas tentativas anteriores, comenzó formalmente con el año de 1805 y se prolongó hasta entrar 1808. La protegió bastante el capitán general de Andalucía y gobernador militar y político de Cádiz don Francisco Solano, marqués del Socorro, y antes de la Solana, persona de buenas prendas, cuyo nombre ha perpetuado más que otra cosa su trágica muerte. Poco más adelante y en este mismo artículo habré de hablar de este digno general, a quien yo particularmente debí consideraciones excesivas para una persona que, como yo, contaba entonces pocos años. Pero si logramos tan estimables aprobaciones, éramos en compensación objeto de burla para la mayor parte de los gaditanos, por quienes estábamos considerados como ridículos copleros.

De los que compusimos aquella Academia pocos vivimos, y casi todos han dejado de sí corta memoria. No porque en ella faltasen jóvenes que algo y aun bastante prometían; pero casi ninguno de los académicos había seguido la carrera dicha literaria, y, dedicados después a sus respectivas profesiones, olvidaron los entretenimientos de su mocedad, o solo volvieron a ellos rara vez el pensamiento. Vive, sin embargo, en edad muy dilatada allende los términos ordinarios de la vida humana, y vive con la cabeza firme y el ingenio despierto, laborioso, habiendo alcanzado merecido renombre en las letras, y conservándolo aún por sus presentes trabajos en su ancianidad, don José Joaquín de Mora, con la singularidad de ser compañero en este periódico del autor del presente artículo, como lo era en trabajos académicos ha ya cincuenta y nueve años. Ocioso sería y de poco interés para los lectores mentar otros nombres, no por ser de personas de corto valer, porque declararlos tales sería injusticia y casi acción villana, sino porque la suerte no les ha dado renombre, aunque tal vez en compensación les haya dado en su tranquila y meritoria vida felicidad superior a la de los que han cobrado fama a precio muy subido. Debe, con todo, aquí hacerse mención del sujeto en cuya casa celebraba la pobre Academia sus sesiones, sin tener que pagar por ello suma alguna, lo cual no nos habría sido fácil: de don José de Rojas, después conde de Casa-Rojas, que en aquellos días aún no había heredado su título.

Si la literatura daba poca ocupación a los ánimos de los gaditanos, tampoco los embebía mucho la atención la política; pero en este último punto no era Cádiz una de las poblaciones de España en que nada se pensaba sobre los negocios del Estado. Siendo puerto de mar y plaza de comercio a la sazón de primer orden, por fuerza había de resentirse de la guerra, la cual estaba continuamente poniendo a la vista la escuadra inglesa, que a la vela y aun a veces anclada se descubría desde sus torres. Si se leía la Gaceta de Madrid, que dos veces por semana llegaba al sexto día de publicada, también eran leídos, aunque por pocas personas, los periódicos extranjeros, inclusos los ingleses, no obstante estar prohibida su lectura. Como en toda España, abundaban o componían la parte más crecida los parciales de la Francia y admiradores de Napoleón, pero no faltaban los mamelucos, cuyo gremio constaba de gentes de opiniones muy diferentes: de los odiadores de la revolución desde su principio hasta su fin, y de los que veían en el emperador francés un destructor de la libertad, siendo muy de notar que, andando el tiempo, los más considerables entre los mamelucos fueron ardorosos liberales.

En punto a la política interior, daba poco que pensar, salvo en su relación con las cuestiones de la paz o de la guerra. Solo había conformidad en odiar y despreciar al Gobierno, conviniéndose en punto tal por muy diferentes motivos. A Carlos IV era común suponerle bueno, pero débil y necio; a la reina considerarla como mala mujer, y al príncipe de la Paz como a un monstruo. Pero Madrid estaba lejos, y de mudar la forma existente de gobierno nadie tenía la menor esperanza, a punto de no consentir la desesperación el deseo. Lo importante para los gaditanos era el carácter y hechos de su gobernador, cargo que desempeñaba un teniente general que a menudo era asimismo capitán general de Andalucía.

Los ancianos hablaban del gobierno del conde de O’Reilly, a quien tantas mejoras materiales había debido Cádiz, y que era citado con extremos de alabanza, no obstante achacársele, con razón o sin ella, poca limpieza, pero suponiendo que empleaba en común provecho buena parte, si no el total, de lo que sacaba por medios ilícitos a los particulares. Después de él había habido varios gobernadores, de quienes no se hacía particular recordación: Fonsdeviela, el conde de Cumbrehermosa, Iturrigaray, quizá algún otro. Pero en 1800 fue conferido el gobierno de Cádiz a un sujeto notable por su carácter personal, que se granjeó parciales acalorados y no menos ardientes enemigos: el general de artillería don Tomás de Morla.

Este general, de familia poco conocida de Jerez, pues la antigua y aristocrática casa de los López de Morla de aquella ciudad no le reconocía por pariente, no obstante tratarle como amigo, aunque sin duda de alguna oscura nobleza, pues había entrado en un Real cuerpo para ser cadete, del cual era necesario probar que se era noble; de claro y agudo entendimiento; de instrucción en su ramo, según acreditan sus obras tenidas en estima; con pretensiones hasta de escritor poco justificadas, si bien no del todo absurdas; de condición violenta y despótica, pero adulador en la corte, así como tirano en el mando, grosero con afectación de serlo, bufón a veces en sus providencias,[2] recto en medio de esto y desinteresado como pocos, con mala reputación de soldado, pues la voz común le suponía falto de la calidad primera del guerrero, y sin embargo, arrostrando toda oposición con valentía, era temido, y juntamente querido del vulgo, y dividía en opuestos pareceres respecto a su conducta a las gentes de las clases superiores.[3]

[2] Morla gustaba mucho de remedar a Federico II de Prusia, objeto de la atención y admiración universal en los días en que el general español comenzó su carrera. Esta imitación se notaba en singularidades de sus decretos. Por ejemplo, se quejó un vecino de que una academia de baile le era molesta, y Morla puso por decreto en el memorial del querellante:

Siga la danza,
Baile el danzante
Y tenga paciencia el suplicante.

De su caprichosa y despótica justicia, citaba con admiración el vulgo el siguiente rasgo: Por cierto favor hecho a una persona de condición humilde, regaló el favorecido al gobernador, su favorecedor, media docena de gallinas. Este, para castigar un acto de gratitud que parecía cohecho, mandó meter en la cárcel al que había hecho el presente, y tenerle allí seis días, sirviéndole en cada uno de ellos una de las gallinas que le había regalado.

[3] No se haría, ni aun se apuntaría cargo tan grave y feo como es el de falta de valor en un militar, si no hubiese sido hecho a Morla delante del rey Carlos IV y hablando a Su Majestad mismo por el duque de San Carlos, padre del general conde de la Unión, muerto gloriosamente en la campaña en 1794, mientras Morla se retiraba si no vergonzosamente, poco menos.

Habiendo llegado a Cádiz en los días de lo llamado la epidemia grande, o sea la invasión de la fiebre amarilla en 1800, una de las cosas en que se señaló durante su gobierno, fue en providencias durísimas para atajar todo contagio, circunstancia digna de recordación, porque trasladado el mismo general a Granada en 1804, y apareciendo allí la misma cruel enfermedad, por lo que hizo a fin de atajarla vino a ser objeto de odio para los granadinos, lloviendo sobre él sátiras de versos casi todos malos, pero no sin chiste, y respondiendo él en prosa con algún folleto impreso en el cual presumía de médico, así como de literato.[4]

[4] Era empeño de los granadinos, como suele serlo de todo pueblo cuando en él aparece una enfermedad pegadiza o transmisible de enfermos a sanos (para huir de las sutilezas a que da lugar decir contagiosa) negar que existía el mal, y calificar de enfermedades comunes los casos de él que ocurrían. Morla tenía razón en sustentar que había enfermos de la fiebre amarilla en Granada, pero sustentaba su causa con malos medios. De los infinitos versos con que los poetas o copleros granadinos le asaeteaban, algunos quedan en la memoria del anciano cuyos son estos recuerdos. Ya uno decía:

La fiebre amarilla
Que reina en Granada
Se pasea en coche,
Anda por las plazas.
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
Aparta, que viene,
Mírale a la cara,
¡Qué gesto tan feo!
¡Qué zancas tan largas!
Huid, granadinos,
No os lleve a la zanja.

Ya otro glosando la anterior, decía:

Estimado amigo:
En esta letrilla
Voy a retratarte,
¡La fiebre amarilla!
No la verdadera,
De esa no hablo nada.
Sí solo de aquella
Que reina en Granada.
Es más horrorosa
Que una mala noche,
Y todos los días
Se pasea en coche.

Y así seguía la glosa, peor aún que lo glosado.

Otra composición era una colección de epitafios para el cementerio, algunos de ellos graciosos y todos satíricos. En uno de ellos, aludiendo a un médico favorecido de Morla, y, por supuesto, de los que daban por cierta la existencia de la fiebre amarilla, se decía:

Aquí, pecador cristiano,
Reposan cuarenta y dos
Pidiendo justicia a Dios
Contra el médico Solano.

Y terminaba:

Del contagio imaginado
Que tanto nos da que hablar,
Ninguno en este lugar
Todavía se ha enterrado.

Martínez de la Rosa, a la sazón muy joven, fue de los que (según cuentan) hicieron versos contra Morla.

Aunque privaba mucho Morla con el príncipe de la Paz, no conservó por entonces largos años el gobierno de Cádiz. Le sucedió en él, siendo asimismo capitán general de Andalucía, el aquí mismo poco ha citado don Francisco Solano.

No se parecía a su antecesor el gobernador nuevo. Era hombre de gallarda presencia, de modales cortesanos, dado a la literatura amena, aunque no escritor, activo aun más que lo necesario, y de valor extremado, acreditado después en su fortaleza al morir asesinado entre tormentos. Había servido, si bien por breve tiempo, en un ejército francés y había tomado de los guerreros de aquella nación el porte y aire marcial, si bien no los malos hábitos de crueldad y rapiña, en aquellos, aunque con excepciones, tan comunes; propia falta de conquistadores.

Solano entró a gobernar en tiempo de paz; pero a poco de haberse hecho cargo del gobierno rompió la guerra con la Gran Bretaña en 1804. Había por aquellos días venido a Cádiz el famoso general francés Moreau de camino para el destierro a que le había condenado el cónsul Bonaparte, ascendido cabalmente en aquellos momentos al trono imperial, y Solano, aunque tenía bastante de cortesano, y aunque sabía la sumisión de nuestro Gobierno al francés, acordándose de que había conocido en una campaña en Alemania al ilustre proscrito, entonces glorioso general republicano, se esmeró en agasajarle. Recién rotas las hostilidades, Solano, con su huésped francés al lado, cuidaba de que se armasen baterías, recorría las ya hechas, se afanaba y daba aparato teatral a todos sus movimientos, mientras el francés, cuya apariencia era modesta, y cuyo aspecto y modos fríos y harto diferentes de los generales sus compatricios, parecía como que miraba con sonrisa benévola, pero sarcástica, tales alardes, cotejándolos con las reñidas y sangrientas lides en que él había adquirido inmortal fama.

No fue solo en hacerle ver preparativos militares en lo que entretuvo el general español al francés durante la estancia de este en Cádiz, la cual hubo de prolongarse algunos meses, no sin disgusto de Napoleón, que miraba a Moreau con odio, aunque afectase despreciarle. Duraba aún la paz entre España e Inglaterra, cuando llegó el famoso desterrado a Cádiz, rica entonces y dada al placer y al lujo, y su gobernador, aficionado a fiestas, gustaba de que se diesen bailes públicos en el teatro, cosa no usada en Madrid, y que un Gobierno y una corte recelosa y oscura habría mirado como criminal por ver en ello un peligro. Obsequió, pues, Solano a Moreau con un baile, a que asistió numerosa concurrencia. La mujer del general francés, riquísima americana de las Antillas francesas, no bella, pero agraciada, se presentó con un lindo traje blanco muy ajustado al cuerpo, como era uso entonces llevarlos, y de arriba a abajo rodeado como cadena en roscas con hilos de brillantes ensartados, que al dar las vueltas del vals, baile que empezaba a estar en moda en España, brillaban y como que chispeaban reflejando las luces del bien alumbrado salón de baile en que estaba convertido el teatro. Así, mientras los hombres contemplaban a aquel personaje que tanto ruido había hecho en el mundo, y veían en él una figura cuya traza nada declaraba ni prometía, las mujeres admiraban y tal vez envidiaban la riqueza de aquella señora, riqueza al lado de la cual era poca cosa el lujo gaditano.

No era solo para obsequiar a un huésped ilustre para lo que disponía Solano fiestas, pues sin motivo alguno especial las multiplicaba. El modo de cubrir su costo demuestra cuáles eran las costumbres de aquellos días. Mandó el general descontar de las pagas de los oficiales de la guarnición un tanto razonable, o bien podría decirse contra toda razón, y destinó el producto de esta exacción a los bailes, mientras a los comerciantes ricos de Cádiz, con insinuación que era precepto, sacó mucha mayor cantidad, no siendo corta la necesaria para tales fiestas. Llegada la Cuaresma, en vez de quitarse el tablado que hacía del teatro un salón para los bailes de Carnaval, como entonces no se consintiesen representaciones teatrales desde el miércoles de Ceniza hasta el domingo de Pascua, fue destinado aquel lugar a funciones calificadas de tertulias y conciertos, cuyo gasto se cubría del mismo modo que el de los bailes.

Una aventura chistosa interrumpió esta práctica. Se acercaba el día de año nuevo, no me acuerdo si de 1807 o 1808, día que celebraba como el de su santo el omnipotente don Manuel Godoy. No era Solano un adulador rastrero, pero no negaba el culto al ídolo por todos adorado aunque entre maldiciones ahogadas. Así es que convocó a los generales y oficiales superiores de la guarnición de Cádiz para que se celebrase el día del privado con el lucimiento propio de obsequio hecho a tan encumbrado personaje. Concurrió entre los generales uno célebre en los fastos de Cádiz por ser una de las figuras más raras que paseaban las calles de aquella ciudad, correspondiendo en rareza su carácter a su figura. Su nombre era don N. Ugalde, pero nadie le conocía (y no había chico ni grande que no le conociese) sino como el general Chafarote. Parecía una momia de puro pegado que tenía el pellejo a los huesos, tenía una nariz enorme y encorvadísima, la barba puntiaguda, y por consiguiente la boca hundida por extremo entre las dos facciones salientes. Jamás vistió frac, ni pantalones, ni abandonó en el peinado los rizos y la coleta. Sombrero de picos puesto de frente; casaca redonda, casi siempre de seda de color; chupa o igual a la casaca, o blanca con bordado; calzón corto, medias de seda, zapato con hebilla y el espadín recto, o, como decían entonces, atravesado por los riñones, componían su vestidura, sin que de general llevase más que la faja sobre la chupa. Con traje tan insólito añadido a su figura, sostenida en piernas que parecían cañas delgadas, era objeto de admiración a quienes le veían por la vez primera, y como de diversión para todos, aunque de burlas mal podía ser, porque el tal general nada tenía de sufrido, y no era lícito entonces ofender a personas de su clase. Pero los chiquillos, y aun los grandes, solían con pluma o lápiz dibujar un perfil de su persona, siendo ella tal, que era imposible no dar al más torpe bosquejo mucha semejanza. Era tan extraño personaje maldiciente por demás, y siendo rico y anciano, nada temía; por lo cual siempre que se desataba en vituperios del Gobierno, decía que «él por sus años estaba fuera de cuenta», no siéndole posible recibir ya grave daño. Asistió, pues, Chafarote en clase de general a la junta en que propuso Solano costear el obsequio al Príncipe de la Paz; y como todos al oír la propuesta callasen, aceptando con el silencio la carga que a pocos debía de ser grata, llegada la vez al estrafalario anciano, dijo, con gran sorpresa de todos, «que él no tenía trato ni relaciones de amistad con el caballero a quien se trataba de hacer el obsequio, y que si tales relaciones tuviese, medios tenía y voluntad de hacerle un obsequio a su costa particular y no en compañía; pero siendo como era, no veía para qué contribuir él con suma alguna». Turbáronse los circunstantes, y aun el mismo Solano, al oír frases tan atrevidas en que se hablaba como de un caballero cualquiera del príncipe generalísimo, y se disolvió la junta sin tomarse resolución alguna, de que resultó no darse el baile.

No dejó de atender Solano a objetos de más utilidad que la de tales diversiones. Si desde los días del gobierno de O’Reilly había sido Cádiz una ciudad notable por su aseo, gobernando Solano llegó la limpieza, o puede decirse la pulcritud de las calles, al punto más subido. El pueblo de Chiclana, lugar de recreo entonces preferido de los gaditanos, le debió mucho, haciéndose para él un camino de carruajes bueno y cómodo, y estableciéndose en el caño de Zurraque, que le atravesaba, una excelente barca. Vivimos en días en que en este ramo se ha adelantado infinito, y bien puede mover a risa ver celebradas hoy las pobres mejoras de pasados y no muy antiguos tiempos; pero todo es comparativo, y Solano era, para sus días, un gobernador celoso y entendido, Así es que gozaba de favor con el pueblo de todas clases, y si había quien censurase en él ligerezas, actos teatrales y afán superior a la importancia de lo a que se dedicaba, todos perdonaban estas faltas, tanto por las buenas providencias que las compensaban, cuanto porque agradaba a un pueblo ansioso de diversiones y deleite un gobernador que se complacía, entre otras cosas, en divertirle.

Así, en medio de la decadencia de aquella ciudad, a la cual privaba la guerra de su comercio, fuente única de su prosperidad, seguía siendo Cádiz una residencia agradable. Sin duda en los recuerdos de una juventud ya muy lejana hay mucho de ilusión, y al representarse en la mente las cosas de la primavera de la vida, aparecen frescas y brillantes como lo son los cuadros de una estación deliciosa. Pero no es ilusión el recuerdo de que los paseos estaban concurridos diariamente, y lleno el teatro; de que vivir bien y comer bien era allí cosa común, y que en la Pascua de Pentecostés en Chiclana, y en las ferias del Puerto se presentaba gran gentío que alegremente gastaba sumas, si no crecidas, no despreciables.

Y nótese que aun en los días de más prosperidad de Cádiz, si había buenos caudales, no se hablaba de cosa igual a la suma que para ser rico se cree necesaria en la hora presente. Un millón de pesos fuertes (allí no se solía contar por reales) era lo que se atribuía a tres o cuatro de las personas más acaudaladas. Tener cien mil pesos se reputaba estar muy bien. Y esto que, salvo el lujo de coches, apenas necesario en aquel pueblo llano y pequeño, no se escaseaban los regalos de la vida.

Vino al cabo la guerra de la Independencia, y con ella la pérdida de nuestra América Continental, y entonces recibió Cádiz la herida mortal de que hoy está convalecida, pero sin poder volver a su ser antiguo. El lustre y animación que tuvo en los días de la guerra de la Independencia, fueron hijos de la circunstancia de estar allí el Gobierno supremo de la nación, y las principales personas de esta, viniéndose a formar una España reducida a corto recinto. De ello va dada razón en La América en recuerdos anteriores a estos en la fecha de la publicación, si bien posteriores en punto a la época de que tratan.

El autor del presente artículo se acuerda ahora de que vio a Cádiz en 1844, en días para él no felices, y que admiró con extremo de dolor la decadencia de una ciudad antes tan floreciente, decadencia mayor aún que la de su propia persona y fortuna, aunque entre estas y aquellas hubiese consonancia. Pero Cádiz va recobrándose, porque para los pueblos no hay muerte, mientras que quien esto escribe camina para el sepulcro, que no puede estar lejano, y en su cansada vejez vuelve mentalmente la vista a los lugares que tanto amó, y desea cuantas prosperidades sean compatibles con el curso de las cosas humanas a la población que fue su cuna, y donde pasó algunos de los dulces años en que, a pesar de los inconvenientes que toda edad y toda situación trae consigo, es una felicidad la vida.