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Recuerdos de un anciano

Chapter 5: III.
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About This Book

Una colección de recuerdos y artículos en que el autor evoca, desde la perspectiva de la experiencia, episodios políticos y sociales vividos en su época. Combina descripciones vivas de la vida urbana y portuaria, observaciones sobre costumbres y el mobiliario doméstico, y relatos de sesiones públicas y hechos históricos, articulados mediante anécdotas, memoria personal y documentación. El conjunto oscila entre la crónica y la reflexión, ofreciendo testimonios de primera mano sobre ambientes y acontecimientos de una etapa convulsa.

III.

MADRID EN LOS DÍAS DEL REINADO DE CARLOS IV.

Notan algunos, y entre ellos quien esto escribe, que más de una vez lo ha repetido, cuán poco sabe la generación presente de lo que eran sus padres e inmediatos abuelos, mientras la diligencia de los eruditos ha llegado a enterarse bien y a poner con algún acierto a la vista del público lo que fueron sus antepasados absoluta o relativamente remotos. Últimamente algo se ha dicho de la época de Carlos III, pero de la de Carlos IV se habla poco o nada. Bien está, pues, en las tristes y escasas reliquias que aún quedamos de los últimos días de reinado tan deplorable, que alguna memoria dejemos y transmitamos a las generaciones futuras de la imagen política, literaria y social de un periodo casi envuelto en niebla, por lo mismo que no tuvo ni pudo despedir luz que le diese brillo, y con él a nuestra entonces malaventurada patria.

No se suponga en los borrones que siguen, y que están unidos con otros iguales o parecidos destinados a pintar usos y costumbres, y sucesos de leve monta de época de superior interés, la loca pretensión de suplir una falta o de llenar un hueco que han menester esfuerzos mayores y más detenimiento para ser suplidos o cubiertos de un modo satisfactorio. Cuento (pues justo es usar de la primera persona en trabajo de tan corto valor) lo que vi, y lo que otros han callado: lo cuento como viejo; pero, si no me engaña (como es posible que me engañe) una pasión natural, sin necio apego a lo pasado, si bien no con la amarga censura, no siempre justa, de unas escenas lastimosas. Escribo tirando a ser imparcial, y sin esperanza de conseguirlo del todo; pues, si aun las mejores cabezas y las más nobles almas no están exentas de las miserias de la flaqueza humana, cual podría estarlo quien no presume de hombre sabio o de varón justo.

Me ciño a traer a la vista de mis lectores solo escenas de la capital de la monarquía, y de uno u otro año, porque no pretendo hacer un cuadro acabado de la España de mi niñez y de los primeros años de mis mocedades. De meros rasgos puede sacarse algo y bastante para hacer pinturas, haciendo el ingenio y buen discurso lo que han hecho grandes anatomistas al construir con huesos de animales muertos esqueletos, y aun cuerpos, con fundada pretensión de ser reproducciones fieles de las que fueron criaturas vivas.

En los primeros años del presente siglo, era Madrid un pueblo feísimo, con pocos monumentos de arquitectura, con horrible caserío, y, aunque ya un tanto limpio desde que, con harto trabajo y suma repugnancia de una parte crecida del vecindario, le hizo despojar de la inmundicia que afeaba sus calles Carlos III, todavía distantísimo de verdadero aseo, como el de que entonces con razón blasonaba Cádiz. Los hierros del balconaje estaban tales cuales habían salido de la herrería; las vidrieras compuestas de vidrios pequeños, azulados, por los cuales penetraba trabajosamente la luz, y no pasaba menos dificultosamente la vista de dentro afuera; las fachadas de los edificios sucias, con las puertas y ventanas mal pintadas, y renovada en ellas la pintura tan de tarde en tarde que tal vez habría presentado mejor aspecto la madera dejada en su color primitivo. Era pésimo el empedrado. Verdad es que había aceras, de lo cual entonces carecía París y siguió careciendo por largos años; pero las aceras madrileñas, de las que hoy duran algunas, servían con imperfección al fin a que están destinadas. En los zaguanes o portales de casi todas las casas estaba el basurero, y al traer a él los sucios materiales que le llenaban, buena parte de ellos se quedaba esparcida por las escaleras. Eran estas, en general, oscuras y hechas de mala manera, atendiéndose poco o nada a mantenerlas en buen estado.

Bien es cierto que, adelantando el presente siglo, otras capitales de Europa han venido a ser muy otras de lo que eran. Londres ha visto desaparecer a millares sus horribles casas y angostas calles y callejuelas, sustituyéndolas con casas, si no hermosas, limpias y con pretensiones de adorno, y con calles bellísimas por su anchura y traza, sin contar con que en aquella capital se han construido palacios y edificios públicos de que antes carecía. París, que, no obstante contar un buen número de bellos edificios, era, en su mayor parte, una población de mal aspecto, empezó, imperando Napoleón, y siguió, reinando las dos ramas de los Borbones, una carrera de notabilísimas mejoras e innovaciones, hasta que en el reinado de Napoleón III, con verdadero exceso, atendiendo a doctrinas económicas, ha venido a convertirse en nueva ciudad de señalada hermosura. Dista infinito de haberse hecho tanto en Madrid, y, sin embargo, es mayor la diferencia que hay en nuestra capital, tal cual es y tal cual era, que entre otras ciudades mucho más enriquecidas con monumentos soberbios, pero no tan cambiadas.

Si de lo exterior pasamos a lo interior de las casas, la mudanza o mejora es más notable. Quien ve las habitaciones modernas, no puede enterarse de lo que eran las antiguas. No porque, según piensan algunos, llevando las cosas a extremos y equivocando épocas, hubiese en 1806, por ejemplo, en las salas decentes de Madrid sillas de Vitoria. En la fecha a que me refiero, en la cual vine yo a esta capital, de donde había salido muchos años antes en mi niñez todavía, he aquí lo que era la casa de un consejero de Hacienda, cuya mujer pasaba por elegante. Había por delante de las paredes, en la sala principal, una banqueta de pino pintado imitando caobo, con florones de metal dorado en las esquinas, muy alta de pies, con asiento durísimo, y cubierta de seda en lo poco que no era de madera. Entre las ventanas había una mesa de las hoy llamadas consolas, y en la pared, delante de esta, un espejo, entonces dicho tremor del francés trumeau,[8] cuya pequeñísima luna se componía de dos pedazos, siendo el marco grandísimo a proporción, aunque no grande en absoluto, y de pino pintado, con dos columnitas delgadas, cuyos chapiteles eran de metal dorado, mientras sobre la luna o lunas, en el espacioso friso o cornisa, había un ramo de flores mal pintadas.

[8] Ya los franceses usan poco o nada de la voz trumeau, y llaman a los espejos de sala glaces.

Al adorno de la pieza principal correspondía el de las demás. Pero se distinguía por lo pobre el comedor, incluyendo el servicio de mesa. Las botellas blancas, de uso general en Cádiz, no se veían en Madrid sino en alguna muy rara mesa, sirviendo el vino en su fea botella de vidrio negro u oscuro, y el agua en un jarro que tenía el criado para llenar los vasos. Los platos y fuentes solían ser de loza de la fábrica de la Moncloa; loza blanca, no de mala apariencia. La de Valencia servía para casas más humildes. Al mismo tiempo había más vajillas de plata que hay hoy; y las empleaba en el servicio diario la gente de más alta esfera y superior riqueza; pero esta última era escasa a la sazón, si se exceptúa a los grandes señores, porque la capital carecía de los hoy llamados capitalistas; y algunos comerciantes ricos, vivían, si no pobremente, sin lujo alguno.

Las alfombras eran para pocos, siendo a la sazón su valor muy subido. En cambio, en punto a alumbrado se hacía buen gasto de cera. Los llamados quinqués, por el nombre de su inventor, eran entonces todos de los que se ponen en la pared. Las lámparas para aceite no eran conocidas: los antiguos velones estaban ya desterrados de las habitaciones de mediana decencia.

Una cosa muy de notar para los que hoy vivimos, es lo distante que estaba el lujo que entonces había de la medianía, siendo en ciertos ramos de cultura, o digamos en lo perteneciente a las comodidades y cortos regalos de la vida, a manera de un precipicio o tajo lo que hoy merece llamarse declive suave con varios puntos intermedios. Y aun en las casas de los principales señores y superiores empleados, como eran los ministros, a la sazón dotados con pingües sueldos, el lujo mismo carecía de ciertos ribetes o perfiles, hoy parte principal de quienes viven con tal cual desahogo. Había, además, riquísimos señores, aun de la grandeza, cuyos gastos eran enormes, llegando a punto de ser derroche de cuantiosísimas rentas, y que, sin embargo, en punto al servicio de mesa, vivían como hoy viven personas de muy reducidos haberes.

En el lujo de fuera de casa hay ahora, sin duda, notable aumento, pero no tanto cuanto algunos se figuran. Es idea corriente que ha crecido de un modo pasmoso el número de carruajes, y esto es muy cierto; pero no en el punto que no pocos dicen y creen. Nace esta equivocación de que comparan muchos el Madrid actual con el Madrid de 1815, o 1824, o 1836, recién terminadas las guerras de la Independencia o la revolución de 1820 a 1823, o pendiente la guerra civil; épocas todas de grandes calamidades, juntas con glorias mayores o menores, tanto cuanto con lástimas no gloriosas. En Madrid, aun en 1795 y 1796, solía llegar la doble fila de coches en el Prado, por una parte, a las inmediaciones del convento de Atocha, y por el otro extremo, a las del de Recoletos. Esto nacía de ser entonces indecoroso en ciertos empleados no tener coche. No podía un consejero ir a pie al Consejo sin rebajarse. Tenían coche los más entre los oficiales de secretaría, personajes de más cuenta que lo son los actuales, si no por su cuna o su talento o instrucción, por su poder o por la esfera en que los ponían las preocupaciones de la sociedad existente. Tenían, pues, coche gentes que vivían con estrechez en lo demás. Los coches eran pobres y feos, con rarísima excepción, tirados por mulas. Algunos llevaban el cochero montado; pero había muchos que cocheaban desde el pescante.[9]

[9] En 1795 y 96 teníamos un coche a medias entre mis padres y mi tío, a la sazón oficial de la secretaría de Hacienda, con una hermana de este y de mi padre. Mi tío, hombre instruidísimo y de talento, y no mal escritor (don Vicente Alcalá Galiano), era persona de poquísimo mundo, y solo conocía a Madrid y sus cercanías, donde había venido siendo niño y seguido viviendo. Como empezaban ya entonces a usarse los pescantes y los coches colgados de muelles, mi madre y tía querían estar al uso nuevo. «Niñas, niñas (decía mi tío, mozo aún, pero viejo en sus modos), esas cosas son para esas capitales extranjeras (que él conocía por los libros solo); pero no sirven en Madrid con su mal empedrado y sus cuestas». Resta decir que en punto al pescante ganaron las señoras, y que desde uno altísimo, como eran los de entonces, fueron gobernadas las mulas sin que sucediese mal alguno. En lo de los muelles nada consiguieron, conservándose las sopandas. De caballos no se habló, pues casi nadie los gastaba entonces. De los españoles se decía que no servían para el tiro, y los extranjeros no venían a España. Además, pasaban por no poder resistir el clima.

En 1807 ya había algunos coches tirados por caballos, pero pocos. Entonces brillaba sobre todos el de la marquesa de Tavares, recién venida de París; carruaje de los llamados bombés, y cuya figura era una esferoide o como un inmenso huevo de avestruz.

Los coches colgados de muelles se habían multiplicado en 1806: no así en 1796, en que casi todos estaban sobre sopandas. Algunos grandes tenían lindísimos trenes que lucían, sobre todo en las procesiones de administración del Viático a los enfermos por Pascua, y de Minerva después del Corpus, en que solían verse varios carruajes de una sola casa. En punto a coches de alquiler, denominados simones, los que había eran pocos y pésimos. Los de número o de plaza, es sabido que no han empezado hasta 1847.

El paseo solía estar concurrido, como hoy lo está, y nada menos si se toma en cuenta que la población era harto menos numerosa que la de nuestros días.

Dos eran los teatros abiertos, estando cerrado a fines de 1806 el de los Caños del Peral, que, destinado a óperas italianas, mientras se reedificaba el teatro del Príncipe, que se había quemado, servía a la compañía cómica de que era ornamento el justamente célebre Máiquez. Pero, mediando 1806, fue abierto el nuevo teatro del Príncipe, pasando a él los actores que representaban en el de los Caños. El recién abierto teatro, si menos indecente que el antiguo, era poco digno de un pueblo culto, siendo pequeño, como es hoy todavía, incómodo y sucio. Faltaba en él, es verdad, casi del todo el patio, donde estaban los espectadores de pie. El teatro de la Cruz conservaba su fealdad vetusta, de que apenas pudo recobrarse hasta su final caída en días novísimos, después de haberse afanado en balde para mejorarle y sustentarle. Brillaba en él hasta 1807, en que hubo de retirarse, la afamadísima Rita Luna, y a la par con ella el célebre gracioso Querol, de quienes hablaré después al tratar de lo que eran el arte dramático y los actores. Ciñéndome por ahora a la parte material del edificio, repetiré que era horrible, y que el espacioso patio, cuando estaba lleno, causaba a la vista y al oído un efecto por demás desagradable, viéndose en él lo llamado con propiedad oleadas, porque imitaba la gente empujándose el movimiento del mar, y aun podía mirarse como remedo de sus bramidos la gritería que era consecuencia del atropellarse y estrujarse de los concurrentes, en un lugar así como de diversión, de tormento. Los pocos asientos que había entre el patio y las tablas, así como los más numerosos del teatro del Príncipe, asientos entonces conocidos con el nombre de lunetas, novísimamente trocado por el americano de butacas, eran estrechos, duros, con forro de mala badana, casi siempre con desgarrones, y nunca limpia. Alumbraba los teatros una araña, que ya en 1806 era de quinqués, y en los días de iluminación además velas puestas en candeleros, que, formando lo llamado brazos, salían de los palcos.

La concurrencia a los teatros era regular. Publicaba entonces el Diario, juntamente con el anuncio de la función del día, la suma de lo recibido en la próxima pasada. Las entradas de lleno eran de 6000 reales[10] poco más, pero rara vez llegaban a tanto. Bien es cierto que los precios eran bajos. No se cobraba entrada más que para el patio, y a los palcos de amigos iban de balde los convidados o los que se convidaban a sí propios.

[10] Temo que me sea infiel la memoria, y que las entradas de lleno fuesen de 8000 reales.

Poco más tengo que añadir en cuanto a la parte material de la capital de nuestra pobre España en aquellos días de decadencia y abatimiento. Bien vendría, con todo, hablar algo aún de los vestidos entonces de uso, hoy tan ignorados, que su ignorancia ha desfigurado con el vicio de anacrónica una muy buena pintura, destinada a recordar un hecho memorable de nuestra historia.[11]

[11] La reunión de las Cortes de Cádiz en 1810, cuadro que existe en el Congreso de los Diputados.

Los hombres solían vestir entonces frac, y también levitas. Ni unos ni otros eran muy desemejantes de los del día presente, si bien tampoco se les parecían del todo. El cuello cuadrado que llevan en el citado cuadro los diputados de las Cortes en 1810, había ya desaparecido en 1806 y mucho antes. Llevábanse pantalones ajustados con media bota encima, y estas con una borla delante, calzado a que dio nombre el general ruso Souvarow. También los elegantes usaban calzón corto con cinta en vez de hebillas en la parte superior de la pierna, donde se unía con las botas de campana, que con él eran indispensables. Rarísima vez se veía en Madrid un sombrero redondo o de copa alta, y al ver un hombre que le llevaba, se suponía que era procedente de un puerto de mar, y particularmente de Cádiz. En los sombreros de picos (que así eran llamados) llevaban escarapela negra los que no tenían fuero militar: los militares la roja, aun vistiendo traje de paisano. El uso de los uniformes para visita, o aun para paseo, era también muy común. Las señoras solo gastaban sombrero para ir al teatro, y esto solo las de elevada clase. Alternaban las mantillas blancas con las negras. Las basquiñas negras, si aún vivían, tenían que compartir su existencia con las de color, y en invierno con lo llamado dulletas.

El traje del pueblo era diferente del de las personas de alta y mediana clase. Con el sombrero de picos cubrían su cabeza los hombres, prenda que disonaba de la chaqueta; pero desde el famoso motín de los días de Carlos III estaba prohibido el uso del sombrero gacho, cuya supresión fue origen de aquel exceso, y vino a ser obligatorio el de picos. Así, los señores que por capricho imitaban en su traje y modos a la plebe, entre los cuales se distinguían el marqués de Perales y el de Torrecuéllar, llevaban con vestidos casi de majos un sombrero propio para el traje más de ceremonia. En cuanto a las mujeres, las llamadas manolas vestían más o menos según están pintadas en los lindos versos, tan populares un día, y dignos de su fama, con que en época muy posterior las ha inmortalizado Bretón de los Herreros.

Excusado parece, pero con todo no será fuera de propósito decir que las capas, las cuales en España nunca mueren, pues, si por más o menos largo plazo un tanto se eclipsan, vuelven a aparecer, estaban en uso corriente en los días de que voy aquí ahora hablando. Pero las de grana, que privaban en mi niñez, habían desaparecido enteramente, destronadas y hasta extirpadas por las blancas. Compartían, sin embargo, el favor con ellas unos sobretodos llamados robs o carricks con muchos cuellos, poco diferentes de los que hoy llevan los cocheros.

Entre el aspecto puramente externo, y el estado intelectual del pueblo, puede decirse que media el trato ordinario, porque los modales tienen de ambas cosas. Era por aquellos días la poca sociedad de Madrid culta más que lo es hoy, aunque mucho menos instruida. La obscenidad en el lenguaje no faltaba, siendo este vicio de los pueblos del Mediodía, pero no había llegado al repugnante extremo en que hoy la oímos; cosa singular, porque en otros pueblos, con la cultura, si ya no con la religión, decrece esta fea práctica que entre nosotros ha tenido aumento.

En cambio, el juego de puro azar, que en días novísimos ha sido desterrado de las casas más decentes, entonces era la ocupación de las poquísimas tertulias de la gente de superior esfera.

La razón de ser tan pocas las tertulias consistía en que era peligroso recibir mucha gente en una casa. El Gobierno, recogido en los sitios Reales, desde ellos miraba a Madrid con ceño y miedo, y parecía como que se declaraba enemigo público, pagando y recibiendo odio por odio. Es verdad que el mal que se temía no pasaba de ser el destierro de Madrid, pero el destierro no es pena leve en muchos casos, por más que a los españoles ni pena parezca, pues le vemos en uso bajo gobiernos llamados constitucionales. Pero el peligro de ser desterrado, si no grave, era grande, por ser fácil incurrir en culpa que le motivase, porque lo era el estar en los sitios Reales sin objeto conocido, o el dar un baile en Madrid o cosa parecida.[12]

[12] En el Carnaval de 1808, varios jóvenes de esta capital, de los más elegantes de ella, resolvimos dar un baile por suscripción. No estaba entonces esto en uso en Madrid, y la cosa pareció, aun más que novedad, atrevimiento. En efecto, la señora que se prestó a recibir salió desterrada. Varios temimos igual suerte. Por fortuna, a pocos días (en marzo de 1808), sucesos de la mayor gravedad dieron al olvido pecados tan leves, pues dieron en tierra con la monarquía antigua.

No dejaba de ir gente a los cafés. Estos no eran lujosos, y los había de suma pobreza; pero en uno u otro no faltaba adorno ni aun asomos de elegancia, mereciendo tal calificación la Fontana de Oro, que tenía una sala espaciosísima; el del Ángel, que ha vivido hasta 1848, si bien mejorando, y hoy pasado a ser del Iris, y el de la Cruz de Malta en la calle del Caballero de Gracia. Aunque inferior a estos, no era indecente el de San Luis, que novísimamente ha sido cerrado, merced a la dureza del casero, y que había tenido pocas, aunque algunas mejoras. A este último concurrían bastantes guardias de Corps, o de la Real persona; cuerpo que representaba muy notable papel en Madrid, y más en el pueblo en sus varias clases que en lo llamado alta sociedad, de la cual, si embargo, eran, y a que concurrían algunos de ellos, bien que no muchos. Aunque ya servían helados en varios cafés, subsistían las botillerías, destinadas solo a bebidas frescas. La de Canosa, situada en la Carrera de San Jerónimo, era, si no la decana, la que había gozado de no disputada primacía entre todas; pero en 1806 estaba en decadencia, cuando en mi niñez (hacia 1795 y 96) era la preferida por las personas principales de la corte, bien que en ella entraban pocos, y ningunas señoras, llevándose la bebida a los coches. Muchos que hoy viven han visto tan miserable covacha, reliquia de tiempos antiguos, conservada hasta 1846 o 47, si no en toda su fealdad y miseria, poco menos, y sin duda teniendo parroquianos fieles, sin los cuales no podría haber dilatado su existencia.

Era miserable el aspecto de las tiendas; notándose en ellas todavía más la falta del adorno que la escasez del surtido, aunque en el último punto había no poco que desear, porque los objetos de lujo eran poco numerosos, y menos se encontraban de regalo, señaladamente en punto a provisiones. La fonda de Genieys, situada entonces en el Postigo de San Martín, era mediana en lo tocante a cocina, y nada brillante en lo concerniente al servicio, aunque no mala del todo, comparándola con lo que eran a la sazón las casas particulares; pero estaba pobremente amueblada. No relucía más, mirada por el mismo aspecto, y aun quizá era inferior, la pastelería de Ceferino, situada en la calle del León, a la cual concurrían gentes de alta y mediana clase, particularmente a comer pescado, del cual había entonces poco fresco en esta población, donde apenas se conocían otras clases que el besugo y la merluza.

Si de cosas tan humildes, las cuales, aun siéndolo, pintan, sin embargo, el estado de un pueblo, subimos a ver objetos de superior esfera, poniéndonos en la del mundo político, intelectual y moral, harto hay que decir en estos pobres recuerdos.

No voy aquí a juzgar el antiguo gobierno de España, siendo mi propósito únicamente decir, en vez de lo que debía o no ser, lo que era, y no describiendo su mecanismo, ni contando sus hechos, sino recordando cómo estaba entonces considerado, y sus relaciones con la sociedad y el pueblo de la capital de la monarquía.

Veíase el Gobierno en general aborrecido y despreciado. Lo mereció sin duda; pero tal vez excedía, en punto tal, lo sentido a lo merecido. No alcanzaba el odio al Rey, pero sí el desprecio, haciéndole favor la voz popular en cuanto a las intenciones que le suponía, pero teniendo en poco su carácter. El aborrecimiento a la Reina llegaba a un extremo increíble, solo igualado por el en que se miraba al Príncipe de la Paz, su privado y valido, reputado con bastante, pero no con completa razón, el verdadero monarca. Al revés, el príncipe de Asturias, después Fernando VII, era no un solo mytho, sino varios, figurándose gentes de diversas y contrarias opiniones en su persona imaginada todas las prendas que en un monarca futuro deseaban.

No faltaban en España quienes soñasen en una monarquía de las llamadas constitucionales. Republicanos había ya pocos, aunque había habido bastantes entre la gente ilustrada hacia 1795, y aun hasta 1804. Pero la conversión en imperio de la república francesa había dividido a los que, dándole culto, aspiraban a tomarla por modelo. Muchos se adherían a Napoleón, como representante de la revolución, en su dictadura, ya consular, ya imperial: otros, mirándole como destructor de la libertad, le abominaban. Estos últimos eran cortísimos en número, y podría decir, éramos, porque yo, niño y joven, me contaba entre ellos, pasando por lo que en Cádiz, y aun aquí en Madrid, era conocido con el nombre de mameluco, el cual, no sé por qué, servía de apodo a los enemigos a la sazón de nuestro poderoso y glorioso aliado. Lo general de las gentes admiraba y aplaudía al ínclito emperador francés, conquistador y legislador, así como supuesto protector de España.

No está de más añadir que entre el clero, y aun entre los frailes, gozaba Napoleón de alto y favorable concepto.

La corte no residía en Madrid más que muy de paso;[13] y en los últimos años del reinado de Carlos IV, puede decirse que ni aun así.

[13] La corte solo pasaba en Madrid pocos días a fines de junio y principios de julio al trasladarse de Aranjuez a la Granja, y otros pocos en diciembre al pasar del Escorial a Aranjuez. Pero a fines de 1806 no quiso ni aun entrar en Madrid para la corta estancia de invierno, y viniendo del Escorial procedió del puente de Segovia al de Toledo, formando del uno al otro la tropa. Al terminar 1807, cuando la causa famosa del Escorial había llevado el odio al Gobierno al último extremo, ni aun se acercó el Rey a Madrid y se fue del Escorial a Aranjuez, cortando desde las ventas de Alcorcón al camino de Andalucía.

En los sitios Reales estaban todos los ministros. Allí se acudía a los besamanos, o con algún particular motivo. Entre los concurrentes, hacían el primer papel los llamados pretendientes, lo cual venía a ser a modo de un oficio o profesión con este nombre. En los últimos días de la antigua monarquía, aun a estos solía expulsarse de la residencia de los reyes.

Así, la corte no existía para la capital sino como para una ciudad de provincia. Pero el monarca verdadero, o el considerado como tal, aunque una u otra vez no lo fuese, porque lo era en casi todo, el prepotente Príncipe de la Paz pasaba la vida, alternando ya en Madrid, ya en los sitios. Aquí tenía lo llamado su corte un día a la semana; y no sin propiedad era llamada su corte, pues se asemejaba mucho más a la de un rey que a la de un ministro, aunque no se pareciese a lo que era entonces el modo de recibir a sus súbditos, apellidados vasallos, los soberanos de España.

En el hoy ministerio de Marina, edificio que desde la caída del hombre singular que le ocupó y desde él casi reinó, ha servido a varios usos, y donde vivía, como todos saben, hasta que en los últimos días de su poder pasó a residir en una casa casi humilde, mientras le habilitaban el palacio de Buena Vista, que acababa de serle ofrecido en dádiva, tenía su corte el valido de Carlos IV. Un cuerpo nuevamente creado para ser su guardia, hacía la de su casa; cuerpo considerado como ramo del de Carabineros reales, pero diferenciándose de él en el uniforme, que era el de los húsares de aquellos días; y cuerpo lucido por la buena presencia de los soldados, todos ellos escogidos, y de los oficiales, a que daban realce el vestido y las prendas todas de su equipo. Una escalera hecha a grandísimo costo, y más señalada por la riqueza que por el gusto de su adorno, daba paso a varios salones. En uno de ellos, largo y comparativamente angosto, estaba lo principal de la concurrencia, la cual, sin embargo, se extendía hasta llenar otros dos o tres cuartos de menores dimensiones. Contribuían a formar aquel concurso personas de muy diferentes clases y categorías, las más de ellas traídas allí por el interés de alguna pretensión; algunas, bien que pocas, solo para asistir a un espectáculo divertido; bastantes sin otro objeto que no faltar, porque no pareciese hija del desafecto siendo notada su ausencia. Ambos sexos, en proporción casi igual, formaban lo que algunos días parecía hasta bullicio. Como no se exigía requisito alguno para tener entrada, veíanse, aunque pocas, mujeres de reputación equívoca, o aun quizá más, pues no faltaba una u otra prostituta, aunque de lo más alto, o dígase de lo más rico de su mala ralea. Y, ¡triste es decirlo, pero aunque el mal se ha ponderado, lo hubo y grande!, de las señoras que por su cuna y situación merecían respeto, bastantes iban allí a lucir sus dotes personales para captarse la buena voluntad de aquel hombre todopoderoso, vendiendo su virtud a trueque de mercedes, siendo, si ya no común, caso no infrecuente llevar al inmundo mercado madres a sus hijas solteras, y hasta maridos a sus esposas. Lo repito, la voz popular, expresando un odio ciego, ha abultado y abultaba excesos de suyo tan enormes, pero abultaba y no más; y el mismo valido, en los largos años de su abatimiento y desventura, disculpándose, ya con más, ya con menos razón, de los graves cargos hechos a su persona, se confesaba altamente culpado en materia de amoríos, si nombre de amor pudiese merecer la satisfacción de apetitos torpes, en que las circunstancias de ambas partes hacían el trato de compra y venta.

El método seguido en aquella corte era el que suelen usar los soberanos, y el que, remedándolos, usan a veces los capitanes generales de nuestras provincias, y a falta de estos, las autoridades superiores civiles, a las cuales toca exclusivamente, aunque así no suceda entre nosotros, desempeñar el primer papel en todo cuanto no es de la milicia. Asomaba, saliendo de los aposentos interiores, el Príncipe de la Paz, y cesaba el murmullo que hay siempre en toda reunión numerosa, poniéndose en orden los concurrentes, no sin afán de todos o casi todos por situarse en la delantera, para no quedar sin ser vistos u oídos cuando pasaba, no pudiendo detenerse a hablar con cada uno, el objeto, si no de la adoración, del culto interesado de todos cuantos algo pretendían del Gobierno.

No estará acaso de más que haga aquí una pintura, o digamos bosquejo tosco, de tan afamado personaje. De su exterior solo voy a hablar, pues de sus hechos, como es público, se ha dicho bastante, si bien con extremos injustos en el vituperio, que en los últimos años de la dilatada vida del que llegó a pobre y oscura vejez, hubo de ceder un tanto, habiendo sido la singular suerte de hombre un día tan poderoso la de sobrevivir hasta al odio, cuya existencia es más tenaz que la de otros mejores afectos. Don Manuel Godoy, cuya elevación en sus comienzos fue debida puramente a sus prendas personales, era de alta estatura, lleno de carnes, aunque no gordo, muy cargado de espaldas, a punto de llevar la cabeza algo baja, de pelo rubio, y color muy blanco; rara circunstancia en un hijo de Extremadura, cuyos naturales, con raras excepciones, llevan en el rostro a manera de un reflejo del terreno de las tostadas dehesas donde tienen su cuna y pasan sus niñeces. Sobre la blancura de sus mejillas relucía un vivísimo carmín, que achacaba la feroz malicia de sus enemigos a lo vulgarmente llamado mano de gato; pero aun personas nada amigas suyas sustentaban ser don de la naturaleza, el cual en verdad casi rayaba en falta por lo muy subido. Vestía el uniforme de capitán general, pero con faja azul, en lo cual se diferenciaba como generalísimo de los capitanes generales. Llevaba en la mano su sombrero de picos con pluma blanca y su bastón. Era de fisonomía dulce, poco expresiva; en el hablar ni muy difícil ni muy fácil, no dando muestras de ingenioso, y aspirando a veces a chistoso,[14] si no con acierto, haciendo efecto, porque una sonrisa más o menos forzada recibía con aparente aprobación sus chistes.

[14] En la última o penúltima corte que tuvo el Príncipe de la Paz, cuando estaba y aun se veía cercana su caída, estando yo allí con mi madre, teníamos al lado a dos frailes, sin duda personajes de cuenta en su orden, a los cuales se acercó el valido, y dijo las palabras siguientes, cuyo sentido no entendimos hasta que noticias después sabidas nos lo explicaron: ¿Conque el Espíritu Santo se ha vuelto perdiz? Y como no recibiese respuesta a esta necedad, que era alusión a haber tomado posesión de Roma y su gobierno, en nombre de su emperador, el general francés Miollis, destronando al Papa, prosiguió el gran personaje: Sí, perdiz con sus patitas coloradas. A lo cual añadió: «Yo estoy en el caso de desear vestirme, no un hábito como ese (y señalaba el de los religiosos), sino un saco, e ir a encerrarme a un desierto». A tales frases, si no impías, cuando menos indecorosas, respondían los buenos de los frailes con sonrisitas, y esto cuando quien las decía estaba ya en vísperas de caer de su poder y grandeza; pero tales eran los tiempos, que mientras seguía en pie el ídolo, era costumbre seguir dándole culto.

Era notable en recordarse los rostros y el negocio que a cada cual traía a verle, en medio de tal confusión de personas y cosas; calidad esta de memoria común en los príncipes, donde se prueba cuánto se perfecciona cualquiera de las facultades del hombre con ser continua y casi exclusivamente cultivada y empleada. Concluida la corte, salían los concurrentes: de ellos la mayor parte a maldecir a aquel ante quien poco antes habían aparecido solícitos y sumisos. En cuanto al pueblo, que no iba a tales ceremonias, maldecía únicamente al privado, pudiendo en él más la preocupación que el juicio, y más violento en aborrecer por lo mismo que ignoraba en gran parte por qué aborrecía.

Era por cierto muy notable en aquellas horas la situación de nuestro Gobierno, y de sus relaciones con los gobernados, o digamos del concepto en que era tenido, y de los deseos o esperanzas en cuanto a lo venidero. De limitaciones al poder real pocos conocían algo, y así eran cortos en número quienes a verlas establecidas aspirasen. Esto no obstante, reinaba entre el mismo vulgo una idea confusa de que podía, y aun de que debía haberlas, y cierta persuasión de que las había habido, y de que era conveniente, así como posible, traerlas de nuevo a uso. Era muy general buscar este correctivo al poder arbitrario en el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla. Pero la dignidad de la Corona seguía, no solo respetada, sino apreciada altamente. Lo que era odiado era los favoritos o privados, que (según decían) engañaban al Rey siempre bueno, como si fuese imposible impedir que hubiese validos prepotentes cuando el monarca lo es todo y quiere depositar su confianza en una persona querida. Pero había un síntoma fatal para la autoridad, y era haber caído no solo en odio sino en desprecio algunos de los que la ejercían, inclusa la Reina, a la cual no alcanzaba la inmunidad de que en la opinión vulgar gozaba el trono.

Una sociedad política admirablemente constituida ha causado en Inglaterra que no padeciese menoscabo la monarquía ni aun reinando aborrecido, despreciado y escarnecido el vicioso Jorge IV. Al revés, en Francia recibió una herida, que con el tiempo vino a ser mortal, la autoridad real en el reinado del corrompido Luis XV. Lo que en el vecino reino, hacia 1770, podían ver en nuestra patria en 1807 vistas no de lince; pero en materias políticas pocos eran los que veían medianamente claro, porque faltaba generalmente aquí la luz de la ciencia.

No porque, al decir esto, afirme yo que estábamos los españoles poco antes de la invasión francesa envueltos en espesísimas nieblas, pues alguna si bien escasa luz nos alumbraba. El estado puramente intelectual del pueblo será asunto de otra parte de este imperfectísimo trabajo, digno de ser leído por quienes le leyeren para recibirle como chocheces; pero algo se saca de la garrulidad de los viejos, sobre todo cuando, callando o habiendo callado muchos, quienes rompen el silencio cuentan cosas y aun pequeñeces mal o poco o a veces nada conocidas. Aun los chiquillos, ansiosos de diversión, suelen agolparse alrededor de la abuela, a oír lo que cuenta de cuando era niña y moza, y por lo común lo que cuenta vale poco, y no es raro que contenga, entre cosas nuevas, otras muy sabidas. Otro tanto puede prometerse que le suceda quien, según el modo de hablar del vulgo, es un pobre abuelito.