V.
MADRID DESDE FINES DE MAYO HASTA FINES DE AGOSTO DE 1808.
Algo hay escrito de la guerra de la Independencia, si bien quizá no tanto cuanto debería esperarse, o cuanto en otro pueblo más fecundo en autores y lectores habrían dado de sí acontecimientos tan graves y tan ricos en escenas del más vivo empeño posible. Y cuando me arrojo a decir que solo es algo lo escrito o lo publicado sobre las cosas de aquellos días, hablo de la cantidad y no de la calidad, porque hay entre lo poco obras de mérito, entre las cuales descuella la historia del conde de Toreno, donde, si hay faltas, abundan las perfecciones. Pero hay dos puntos que son los principales para quien desea enterarse de lo que fue aquella contienda, y de lo que eran aquellos días de que poco se ha tratado. Es el primero la consideración crítica y filosófica del espíritu de aquella contienda, donde concurrieron con igual celo a un fin común gentes de opiniones encontradas, presentando el total muy diversos aspectos, según el lado por el cual era mirado, pudiendo solo juzgarlo del todo quien atentamente examinare las varias ideas, y la general, venida a ser conjunto de todas las diferencias que habrían de manifestarse, logrado o próximo a lograrse el objeto del común deseo. El mismo conde de Toreno, no obstante ser hombre de grandísimo entendimiento y vasta instrucción, concibió su historia atendiendo a un modelo clásico o antiguo; y siendo por afición y hábitos poco amigo de generalizar, solo mezcló breves reflexiones políticas en su narración animada y elocuente. Pero el otro punto, poco o nada conocido, es la parle anecdótica de aquellos días, sobre la cual calla la historia por juzgarlo indigno de su atención, y faltan testimonios de observadores contemporáneos, no habiendo en España lo que es común intitular memorias, ni de la clase de que son las inglesas, ni de la de que son las francesas, las cuales, siendo unas de otras muy diferentes, contribuyen por lados diversos a poner a la vista de generaciones sucesivas lo que fueron sus abuelos o eran sus padres. De suplir esta falta pueden servir los borrones que siguen, y si pareciere arrogancia este aserto, se suplica al lector considere que la empresa es llana, pues solo requiere memoria y buen deseo, porque a contar lo que vio alcanza la vieja más ignorante, y no es más alta la pretensión de que son expresión estos recuerdos. Pocos quedamos ya de los que vivían en aquella época, muy diferente de la actual, aunque con ella enlazada, no solo como lo están todos los sucesos en los anales del linaje humano, sino con más estrecho nudo, porque si entonces vivía la España antigua, entonces también murió la España nueva, que era niña balbuciente en 1810, y hoy frisa con la vejez, por haber vivido muy de prisa, y en uno y otro caso tiene las ventajas y desventajas propias de los años primeros y otros de los ya avanzados. Basta y sobra ya de preámbulos, y entremos en materia.
Después del terrible suceso del Dos de Mayo, había quedado Madrid aterrado, pero a la par con el terror reinaba la ira. Los sucesos de Bayona, donde fue obligado el rey Fernando, locamente amado por lo mismo que era un enigma interpretado de modos diversos, todos favorables a ideas también diversas, fue compelido a hacer renuncia de la corona en su padre, para que este la traspasase a Napoleón, estaban previstos, y a nadie admiraron. Pero lo verdaderamente singular es que, en la opinión general, aun contando la de gente muy entendida e ilustrada, había poco temor de que uno u otro Napoleón reinase. Entretanto, menudeaban decretos y proclamas de Bayona: el trono había quedado como vacante (aunque de oficio nunca lo estaba, pues fue cedido por Carlos IV a Napoleón, y este a su hermano José); España estaba tranquila; de ejército español solo había cortas divisiones en lugares muy distantes unos de otros, de suerte que ninguna esperanza fundada existía de libertar a España del yugo francés; pero suplía completamente la falta de la esperanza lo vivo del deseo, o diciéndolo con toda propiedad, era este tal y tanto, que, pasando más allá de esperanza, llegaba a ser persuasión. Todos tenían puesta la vista en las provincias, como decíamos en el lenguaje común de aquellos días, y de allí aguardamos el remedio creyendo infalible su llegada y aun su eficacia. Habrá quien achaque esta locura patriótica a una causa de muchos creída innegable verdad, y es que en nuestra patria la gente superior en talento y ciencia, con raras excepciones, creía que debíamos aceptar de Francia con nuevo rey leyes nuevas y un gobierno ilustrado; y que solo el vulgo ignorante o los hombres de rancias doctrinas deseaban o esperaban el restablecimiento del trono de los Borbones, de lo cual, como es natural, se sigue que, conformándose la fe con el deseo, y este y aquella con la ceguera intelectual, ofuscasen el ánimo visiones que presentaban como fácil y seguro lo casi imposible. Tan errada persuasión, originada en escritos y dichos de los franceses y sus parciales, acogida y fomentada por algunos ingleses, y a la cual dio valimiento la conducta del rey en 1814, está en contradicción con los hechos. La tertulia de don Manuel José Quintana, por ejemplo, era el punto principal en que concurrían los hombres más señalados en España por su talento y saber, y también por sus ideas favorables a la libertad política y religiosa en grado hasta excesivo. Poco después del Dos de Mayo, don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, a quien nadie excedía en amor a las doctrinas después llamadas liberales, había sido, por un artículo favorable a Fernando VII, inserto en la Gaceta de Madrid, llevado ante la autoridad francesa, y amenazado de una condenación a muerte. Vivía en lo general de los españoles de aquellos días honda y vehementemente sentido el amor de patria juntamente con el de libertad, confundiéndose en uno ambos afectos. De los pocos que disentían de la opinión popular, los unos eran odiosos al pueblo, y otros cedían a compromisos contraídos, no sin dolor y vergüenza, que apenas, si acaso algo, disimulaban. A pesar de contarse tantas personas de entendimiento e instrucción entre los que padecían del achaque de una credulidad infundada en prometerse triunfos de la nación española en la indudable resistencia que suponían haría al poder francés, tal confianza parecía desatino; pero más difícil que probar que lo era, venía a ser negar que existía. Disposición tal en los ánimos explica cómo fue acometida, casi unánime y simultáneamente, empresa tan atrevida cuanto lo era la de desafiar al poder francés una nación falta de recursos, y cuyas plazas fuertes fronterizas y gran parte de su territorio, inclusa la capital, estaba en poder de los invasores. Como estaban convencidos de que había de haber insurrección, bastó que algunos pocos hombres osados en varias capitales, todos ellos de corto valer, alzasen la voz, para que fuesen seguidos, siendo la voz de tales hombres a modo de campana de reloj que da la hora en que esté convenido que ha de hacerse alguna cosa, sea o no de importancia.
Los que vivíamos en Madrid, supusimos el levantamiento antes que sucediese; sucedido, le creímos superior en fuerza a la que tenía; apenas creímos sus ridiculeces, perdonamos sus excesos, nos figuramos triunfos y negamos reveses. No impedía el terror que siguió al Dos de Mayo que se mostrase la opinión con poco rebozo. La tertulia de Quintana seguía no muy concurrida, pero no falta de gente, y toda ella era entonces antifrancesa, a pesar de que, andando el tiempo, hubieron de hacerse afrancesados unos pocos de los que la formaban. En lugares mucho más humildes había el mismo espíritu. En los pobres cafés de aquel tiempo, en que era costumbre leerse la Gaceta al lado de un brasero de sartén en invierno, y cerca de la ventana en verano, se hablaba con el mismo desahogo, tal, que parecía no se recelaba peligro por parte de los dominadores. Al revés, en lo que había miedo, era en punto a negar las victorias de los levantados sobre los franceses, y los incrédulos, que no lo eran por falta de patriotismo sino por sobra de juicio, callaban medrosos cuando oían contar los hechos menos creíbles. Así, un pobre levantamiento de Segovia, pronto vencido y sofocado, fue pintado como un gran suceso en el cual los franceses, de quienes se ignoraba u olvidaba que habían atravesado los Alpes, se habían quedado sin atreverse a subir por los puertos de la cordillera de Guadarrama. La gente más curiosa acudía a los cuarteles a averiguar cuántos soldados y oficiales habían desertado cada noche, esto es, ídose a las provincias a engrosar las filas de los ejércitos españoles, ya en hostilidades con los franceses. Eran satisfactorias las noticias que se adquirían, los cuarteles iban quedando vacíos y, lo que daba más gusto, algunos de los honrados desertores se llevaban consigo las banderas.
Al paso que seguían llegando las noticias, crecían, si no las esperanzas, desde luego grandes, a punto de no admitir aumento, los extremos del gozo. Entre todas las noticias, las de Zaragoza excitaban particular entusiasmo. Palafox había llegado a ser un semidiós; admiradas las gentes que le habían conocido en sus mocedades, apenas concluidas, de que hubiese llegado a ser un general tan insigne. Me acuerdo de una llamada batalla de las eras, dada en junio de 1808, en que los franceses habían sido completamente derrotados, y de una proclama que contenía, poco más o menos, las frases siguientes: «Si la batalla de las eras hubiese sido ganada por esos vocingleros (los franceses), se habría puesto a la par de las de Marengo, Austerlitz y Jena; pero vosotros (los aragoneses) solo la miráis como un ensayo de las que estáis dispuestos a ganar bajo el mando de vuestra Generalísima y Patrona». Esta producción fue leída y admirada en el café de la Corredera Baja de San Pablo en medio del día, tocándome, como solía tocarme, el papel de lector entre los concurrentes.
Si algo se hablaba de la Constitución que estaba haciéndose en Bayona, era por vía de burla, no sin maldecir a los que se prestaban a hacerla o aprobarla; de ellos los más forzados, como acreditaron muchos con la conducta que después siguieron, viva ya la guerra.
Murat se había ido de Madrid a reinar en Nápoles. El odio público había seguido al verdugo de las víctimas del Dos de Mayo, y, como poco antes de partirse hubiese sido acometido de cólicos violentos, aun hubo la atrocidad de culpar al facultativo que le asistió porque le hubiese salvado la vida. Quedó mandando Savary, casi igualmente aborrecido por su conducta en Madrid y Vitoria en abril próximo anterior, y por cierto más digno de aborrecimiento que el mismo Murat, siendo uno de los peores satélites de su amo. No tengo presente dónde moraba Savary, pero sí que no era en Palacio, el cual estaba abandonado, no sin dolor ni escándalo de los españoles, para quienes era a modo de religión la monarquía. Me acuerdo de haberle visto con frecuencia para ver a mi sabor las bellas pinturas que entonces contenía y ahora están en el Museo. En las salas se paseaban algunos franceses, y en un dormitorio (el de la reina María Luisa creo) dos o tres de ellos con otras tantas mujerzuelas de mala vida estaban ensayándose en el bolero con acompañamiento de guitarra y castañuelas. Veíanse por allí, en un rincón, el famoso sombrerito de tres picos con un par de botas a un lado, que eran, o se suponía ser, del mismo Napoleón, y que enviados a esta capital, cuando aún estaba en ella el rey, habían servido de prueba de que el emperador francés no solo venía a España como huésped, sino que estaba de camino. Y, como ha habido quien niegue la venida de tales prendas, no está de más decir que las vi yo más de una vez por mis propios ojos. Sin ser yo entonces muy monárquico, si bien no era lo contrario, sino mezcla de una y otra cosa, miraba con dolor e ira aquellas escenas que me parecían un insulto hecho no solo a la majestad del trono, sino al decoro del pueblo español, del cual era el trono representante.
Por fortuna, bien está repetirlo, creíamos cercana la venganza de tanta afrenta. Había llegado julio, y pocos triunfos habían conseguido nuestros odiados dominadores. Resistía Zaragoza: era verdad que el mariscal Moncey se había retirado de Valencia, rechazado de los flacos muros de aquella ciudad, solo propios para resistir a armas no de fuego: de Andalucía era seguro que Dupont se había venido atrás, desocupada Córdoba. Andábase averiguando noticias, siendo difícil tenerlas ciertas, pues solían carecer de ellas los mismos franceses. Tal era la sandez, hija del entusiasmo, que aun en gente no vulgar era frecuente salir a la calle a saber qué había, y volver a casa con grande satisfacción, porque, habiendo mirado a la cara a algunos franceses, habían notado en ellos señales de mal humor; de lo cual se deducía que estaban furiosos o tristes por el mal estado de sus negocios, como si no pudiese ser y no fuese con frecuencia aprensión del observador la figura o mala cara de los observados, o como si razones privadas y no políticas no causasen en un francés enfado o tristeza.
En medio de esto, súpose que había entrado José Napoleón como rey por las provincias del Norte. Estaba desmentido el grosero y sucio estribillo de seguidilla, que aún en Madrid cantaban a media voz dominando los franceses, el cual era, ni más ni menos, el siguiente:
«Ya sucedió lo que se suponía que no», exclamó con pesar una persona al oír el estampido (que entonces no se llamaban detonaciones) de los cañones que en esta corte anunciaban y celebraban la entrada del nuevo monarca en su reino. Pero así y todo, no había por qué desmayar; malas digestiones le esperaban en el mal adquirido trono y en la tierra que llamaba su reino, y como había entrado, así saldría. Tiempo hubo en que parecía errado el pronóstico, pero al cabo vino a resultar cierto; que tanto puede un pueblo resuelto a no llevar el yugo de los extraños y tenaz en su esperanza y fe aun en los reveses de la más adversa fortuna.
Por entonces, y estando José cerca de Burgos, llegó la nueva de haberse dado una gran batalla en los confines del antiguo reino de León y de Castilla la Vieja. Como es de suponer, para los madrileños había terminado la batalla en una victoria completa de los nuestros, aunque había sido cabalmente todo lo contrario. Algo contradijo la persuasión, poco menos que universal, de haber sido de los españoles la victoria saber que el titulado rey venía acercándose a Madrid y que iba a entrar en la villa que llamaba su corte y en el usurpado palacio.
Entonces ya, si no se convino en que había habido derrota por parte de nuestros compatricios, se calló tocante a la batalla, atentos los ánimos solo al modo de recibir al rey calificado de intruso. De él se afirmaba que era tuerto; y con mayor seguridad, que gustaba de beber con exceso, a punto de merecer la grosera calificación de borracho. En suma, si de oficio y para sus poco numerosos parciales era don José Napoleón I, rey de las Españas y de las Indias (que tales títulos tomó), para las noventa y nueve centésimas partes de los españoles vino a ser conocido con el apodo familiar, pero no amigo, de Pepe Botellas.
No puedo hablar del recibimiento hecho al pretendiente al trono en Madrid, porque, si bien residía yo en esta capital, no salí de casa en aquel día. En que fue malo no cabe duda, si bien tal vez se ponderó la soledad de las calles, porque a falta de adictos, hubo de haber curiosos. Era común en aquellas horas repetir la narración y descripción de la entrada del archiduque Carlos en Madrid, titulándose el rey Carlos III, que está en los Comentarios del marqués de San Felipe, transmitiéndola los que habían leído esta obra a los que no la habían leído, y aun a los que no sabían leer; y fue universal deseo renovar la escena de casi un siglo antes. Quizá ponderó algo el marqués; pero lo cierto es que el archiduque se volvió descontento a sus reales, desde la mitad del camino, sin llegar a habitar el regio alcázar, cuando José, más fácil de contentar, siguió hasta aposentarse en el Palacio.
A la amargura y rabia que causó verle sentado en el trono material de los reyes de España, sirvió de calmante, aunque leve, saber los desaires a que se veía expuesto. Muchos se negaban a prestarle juramento de fidelidad, quiénes a las claras, resueltamente, quiénes buscando evasivas, honrados y fieles, pero no animosos; quizá algunos, puestos a ver venir, atentos a lo que había de suceder en las provincias. Celebrose como grande hazaña que el alférez mayor de los Reinos, marqués de Astorga y conde de Altamira, hubiese huido de Madrid por no llevar y levantar el pendón en la jura mandada hacer al nuevo soberano.
En tanto, habían pasado algunos días después del 19 de julio; día inmortal en que de veinte mil franceses rindieron unos y entregaron otros las armas a poco más de treinta mil españoles bisoños, en los campos de Bailén. Tardó en llegar a Madrid la noticia auténtica de tal suceso. Pero ya bien o mal sabida, y trasluciéndose, comenzaron a ser fundadas las hasta entonces numerosas y mal fundadas conjeturas.
Pocos días antes había vuelto a las inmediaciones de Madrid con sus tropas el mariscal Moncey, rechazado de Valencia; y si no derrotado, obligado a desistir de su empresa a término de abandonar dos provincias. Aunque no había hecho mucho efecto su llegada, servía, como hecho constante, de dar crédito a voces que corrían de otros de magnitud muy superior. Ya los observadores de los rostros de los franceses no andaban tan fuera de razón, porque a todos ellos y a sus parciales los veían cabizbajos, afanados, como quien se prepara a un viaje, y este no de recreo. Al cabo, los preparativos de retirada se hicieron visibles, y aun comenzó esta a efectuarse en el 29 de julio, siguiendo el 30 y 31 en que salió el intruso rey con la corte, yéndose con él algunos de sus parciales, y quedándose otros dispuestos a pasarse a la bandera nacional.
Amaneció el día 1.º de agosto de 1808, día por cierto memorable, y de aquellos de que rara vez gozan los pueblos, día cuya memoria no puede borrarse en la mente de los que hoy vivimos, y la cual es bastante viva y tierna para reanimar y conmover a personas rendidas al peso de los años y heladas por el frío de la vejez, como por fuerza hemos de ser y somos los pocos testigos que hoy quedamos de aquellas grandes escenas.
Apenas había amanecido, cuando las calles, y principalmente el Salón del Prado, rebosaban en un gentío numeroso, alegre sobre toda ponderación, ufano, y si no ajeno de malos deseos, dispuesto a enfrenarlos en medio del puro gozo de la victoria. En esto apareció entre aquel bullicio un corto piquete de franceses rezagados que corrían a juntarse con los suyos: soldados de poca edad, mal vestidos, con ciertos como saquillos de color claro y no muy limpios que solían llevar aquellas tropas de infantería, parte de ellas nada lucidas, aunque temibles en la campaña. Era de temer que la plebe alborotada les embistiese; pero se contentó con insultarlos, y si uno de ellos recibió unos cuantos golpes que le derribaron, no pasó la cosa a más, y recogiendo el pobre muchacho el fusil caído, se fue con sus compañeros, perseguido solo con silbidos y risotadas. La turba se dirigió al Retiro, que había sido convertido en ciudadela por los franceses. Veíanse allí cañones clavados; comienzos de fortificaciones o no concluidas o deshechas; municiones de guerra en abundancia; acopio de provisiones arrojadas al suelo y desparramadas, o por los mismos invasores al retirarse, o por los primeros del pueblo que llegaron, y a quienes impelió ya la locura, ya la ira, ya el lícito deseo de aprovechar parte de aquellos despojos. Abundaba el vino, como era de suponer, y convidaba a hacer de él uso. Pero un clamor casi general, levantado de repente, hizo correr la sospecha de que aquellos víveres y bebidas estuviesen llenos de veneno, por juzgarse propia acción de los pérfidos invasores haber dejado tan funesta dádiva al pueblo del Dos de Mayo en la hora de abandonarle. Pronto llegó a creerse realidad la sospecha, porque un infeliz del pueblo había caído víctima de la ponzoña. Yo mismo le vi traído entre cuatro, siguiéndole centenares de hombres enfurecidos, clamando venganza contra los amigos de los franceses que en Madrid hubiesen quedado. Pero aun los más apasionados hubieron de conocer en breve que el supuesto envenenado no lo estaba de otra ponzoña que de una, que si a algunos mata a la larga, a los más deja sanos, sin otro remedio más que el del sueño. Al ver puramente borracho al que había pasado por agonizante, se trocó el furor en risa, y volvieron a predominar los buenos afectos sobre los malos.
No podía, sin embargo, dejar de causar temor a las personas prudentes el estado de una población crecida falta absolutamente de gobierno, donde la seguridad pública y la de los individuos en sus vidas y haciendas había quedado encomendada a la virtud y buen juicio de la muchedumbre, virtud que existe, pero que se desmiente con frecuencia. No existía en Madrid autoridad ni fuerza alguna moral o material: los que estaban gobernando el día 31 de julio bajo el intruso rey, eran, cuando menos, sospechosos, y más que de mandar trataban de esconderse. Del poder militar, que en España era la verdadera policía, apenas quedaban en la capital más que unos pocos inválidos de los entonces conocidos con el nombre indecente de «culones», pues los soldados y oficiales de la anterior guarnición estaban ya todos en las provincias. Había otra dificultad, y era que quien se atreviese a tomar el mando no acertaría a resolverse en nombre de qué superior habría de ejercerle, sí del rey Fernando o del pretendiente José, porque los franceses estaban cerca y podían volver sin que hubiere quien se lo estorbase, y las tropas españolas lejos, y el pueblo, aunque tranquilo, nada dispuesto a sufrir que se le hablase de los Napoleones sino en términos del vituperio más extremado. Entonces, por disposición no se sabe de quién, se discurrió que numerosas cuadrillas de los llamados vecinos honrados paseasen las calles haciendo el oficio de patrullas. Aunque solo contaba yo diecinueve años de edad, fui de la de mi barrio o cuartel, que se juntaba en el espacioso portal de la casa que había sido y aun creo era del Banco Nacional de San Carlos, situada en la calle de la Luna, entre las de Tudescos y Silva. De allí salíamos, y recorríamos calles y calles entre gritos del pueblo reducidos a vivas, pues durante dos o tres días ni una sola desgracia, ni un solo desorden vino a turbar el sosiego público, o dígase el bien intencionado regocijo.
A cualquier circunstancia se atendía, esperando ver hecha mención solemne como de rey del cautivo Fernando. Hubo quien me contase que por deseo de oír tan deseada mención, había ido a oír misa cantada, y que tuvo el gusto de que en la colecta el sacerdote, anticipándose a órdenes de oficio, dijese después de nombrar al Papa y al obispo «Regem nostrum Ferdinandum». Frivolidades parecen estas cosas a la generación presente; pero no lo eran entonces, por ser el pronunciado nombre algo más que el de un monarca, la expresión del voto unánime de un pueblo, expresada entre grandes peligros y heroicos hechos y levantados pensamientos, tipo múltiple que contenía infinidad de proyectos y esperanzas, y señal en aquella hora, y también consecuencia de una increíble y gloriosísima victoria.
Por fin, al tercero o cuarto día de tan peligrosa situación, ocurrió un suceso funesto. Se había quedado en Madrid don Luis Viguri, intendente que había sido en la isla de Cuba, muy amigo de don Diego Godoy, el hermano de don Manuel, y a quien habían acusado de haber en una conversación con un coronel (dignísimo sujeto) llamado don N. Jáuregui, insinuado, allá en 1807, que deseando el rey Carlos IV descargarse del peso del gobierno, y no queriendo dejársele al príncipe su hijo, bien podría el Príncipe de la Paz ser declarado Regente. Fuese por esta razón o por otra, es lo cierto que, habiendo Viguri maltratado a un negro su esclavo y quejádose este calumniando a su amo, se juntó gente a los gritos, y la fama no buena en el concepto popular del desdichado amo produjo un alboroto en que cayó muerto Viguri, atándose en seguida una soga a su cadáver, con la cual atado fue arrastrado por las calles entre gritos de aplauso de gente frenética, si no malvada. Llegonos, estando en el zaguán de la casa de la calle de la Luna, la triste noticia, que vino por grados: primero, que iban a matar a Viguri; poco después, que ya había muerto; y en seguida, la atrocidad de que su cuerpo era objeto. Nada podíamos hacer más que dolernos del tal caso, y temer otros iguales o parecidos, y otro tanto hubo de pasar a los pobres vecinos honrados de los demás barrios.
Había llegado el día 4, y ni aun en las esquinas aparecía documento que dijese a los madrileños bajo qué autoridad vivían. Rompió al fin el silencio el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla, con una alocución no mal escrita, aunque verbosa, impresa y puesta en carteles. El Consejo gozaba de cierto favor popular en Madrid; el vulgo le suponía un poder legal que no tenía, pero al cual aspiraba, como si en algo fuese un sustituto de las Cortes, sobre todo de las antiguas. El Consejo no había jurado la Constitución de Bayona, si bien no se había resistido de frente a hacerlo; pero su timidez poco sabida era de algunos que la sabían perdonada, cuando su resistencia era un hecho constante. Vio el Consejo llegada la hora de ser realidad su más arrogante pretensión, y ejerció su adquirido poder con satisfacción de la población de la capital; no así de las provincias, o, dicho con más propiedad, de las Juntas, que tenían pretensiones más subidas y con otro fundamento, y a las cuales movía la codicia del poder inherente a la naturaleza humana.
La alocución del Consejo tenía algo de confuso, pero no en cuanto a declararse contra los aborrecidos franceses. Mi buena memoria (de la cual espero que no se lleve a mal que haga mención, por ser dote inferior al de un buen entendimiento) es causa de que pueda, al cabo de tantos años, poner aquí de tal documento un periodo íntegro, el cual me dio golpe por su consonancia con los afectos de que todos participábamos: «Adoremos, decía, a la Divina Providencia, que si ha sabido humillar a los soberbios, no consentirá queden impunes los taladores, incendiarios y asesinos». Requiebros tales era entonces muy del uso echar a los franceses.
El atentado cometido en Viguri no se repitió en algunos días. El Consejo se convirtió en Gobierno, y dictó providencias tan buenas cuanto consentían las circunstancias. Con la crueldad irreflexiva propia de días de loco entusiasmo, fue pronto olvidada la víctima de la furia popular, y si quedó de ella memoria, fue para crear un verbo atroz, porque hacía materia de risa lo que debía de serlo de anatema, pues se llamó Vigurizar la acción de asesinar y en seguida arrastrar el cuerpo exánime del asesinado.
A otras materias se convirtió la atención de la gente ilustrada, cual era la de qué gobierno habría de establecerse.
Entretanto, casi quedó establecida, bien que por plazo breve, la libertad de imprenta. Bien es cierto que el Consejo, nada amigo de ella, trató de ponerle impedimento; pero en algún tiempo no lo consiguió, aunque lo mandase. Había censores, pero o no ejercían la censura, o no sé hacía caso de ella, ni se necesitaba. Una censura había, y era terrible, que era la seguridad de ser hecho pedazos si algo se decía o se insinuaba siquiera contra el punto principal de todos los pensamientos: la causa de la nación contra el enemigo. En los demás, era la discordancia de opiniones tan grande cuanto cabe serlo, y pocos reparaban en ello, no viéndose ni aun disputas entre las doctrinas de libertad política llevada casi al extremo, y la poco menos que irreligión del Semanario patriótico, y otras producciones rebosando fanatismo y toda especie de ideas rancias en punto a gobierno, y la mezcla singular de máximas favorables al patriotismo español y contrarias a la civilización europea y general, contenidas en la extravagante Centinela contra franceses, de Capmany; obra que compartía con los escritos de Quintana el favor popular en primer grado. Pero bien está repetirlo: en tales diferencias, no obstante su magnitud, llegada a ser contradicción, nadie reparaba, pues bastaba la semejanza o igualdad en adhesión viva a la causa santa del pueblo.
No faltaban composiciones poéticas. Primero vieron la luz las dos odas de Quintana a España libre. Eran lo que debía esperarse de autor ya tan afamado, y reproducían con ventaja los pensamientos y afectos de las conocidas composiciones del mismo poeta a la heroica desdicha de Trafalgar, y a la hazaña de Guzmán el Bueno. Otra composición salió a luz que disputó a las de Quintana la palma, y aun se la arrebató, en sentir de muchos jueces, debiendo, en razón, solo compartirla, por ser inferior en fuerza de fantasía, y solo igual, por otro lado, en el sentimiento, aunque superior en la corrección y en la admirable construcción del periodo poético a la del ya un tanto antiguo y célebre poeta. Todos entenderán que hablo aquí de la elegía, o lo que sea, sobre el suceso del Dos de Mayo, cuyo autor, don Juan Nicasio Gallego, a la sazón capellán de los pajes de Su Majestad, se había dado a conocer solo por una buena oda a la reconquista de Buenos Aires. Gallego era muy amigo de Quintana, a cuya tertulia era concurrente asiduo, y los dos poetas, en aquella ocasión rivales, se complacían en darse mutuas y sinceras alabanzas.
Otra oda apareció con el título de Profecía del Pirineo, abundante en perfecciones, manchada por algunos, pero leves, lunares, y que excitó aprobación y aun admiración, así como curiosidad, porque desde luego su autor no la publicó dando su nombre. Súpose en breve que era de Arriaza, buen poeta en su clase, pero de otra estofa que Gallego y Quintana. Pareció la nueva composición, si no la mejor de su autor, de las mejores, y particularmente de otro estilo que el general suyo. Sin embargo, era fácil notar, en composición tan justamente aplaudida, que sobresalía el ingenio más que la imaginación o el sentimiento, y la principal, si bien no la única prenda de Arriaza, era ser ingenioso.
Hubo, además, una inundación de versos patrióticos o medianos o malos. ¿Qué más? Hasta yo, empeñado entonces, invita dea, en poetizar o metrificar, di a luz una oda al uso de lo que se fabricaba, ni siquiera señalada por lo mala sino de aquella medianía que, según Horacio, ni los postes aguantan, de suerte que ni merecía ni llamó la atención aun para desaprobarla.
La Constitución hecha en Bayona mereció ser puesta en coplillas que la ridiculizaban, y ciertamente censurándola en lo poco que tenía favorable a la libertad y en lo no poco en que tiraba a formar un gobierno ilustrado. Por ejemplo, prometiéndose en aquella obra la libertad de imprenta, decía el crítico:
Y esto no obstante, si la voz común no mentía, esta crítica fue obra de un literato, después muy parcial de las doctrinas llamadas liberales y de la misma libertad de imprenta: de don Eugenio Tapia.
También se tentó hacer versos para cantarlos; pero, aunque siguiendo la guerra las canciones patrióticas adquirieron valimiento, por lo pronto no eran oídas sino las más toscas y vulgares. Arriaza escribió el himno llamado de las provincias, que tiene muy bellas estrofas; y el famoso guitarrista Sor le puso música, pero con corta fortuna en punto a hacerle correr entre las gentes. No porque se dejase de cantar por las calles, pues, al revés, atronaba los oídos la continua canturía. Pero las canciones que resonaban, era una que decía:
o con otra, y no mejor música, la no mejor letra que decía:
o una de igual valor, como es:
Y en el pueblo en que esto se cantaba era el Semanario patriótico, escrito por Quintana y sus amigos, el periódico más apreciado y respetado, y el que más influjo ejercía.
Pasaban días, y no parecían los ejércitos vencedores, aguardados con ansioso deseo, el cual vino a ser impaciencia y bien motivada. Sabíase que el de Andalucía no se había movido por haber necias rivalidades entre las Juntas de Granada y Sevilla, y las tropas de la una y la otra que le habían compuesto. Entretanto, Madrid continuaba sin una fuerza física necesaria para impedir se turbase el sosiego público, o para restablecerle en caso de que ocurriese un acto de desorden y violencia. Sobre cuál había de ser el gobierno de España durante la cautividad del rey, no había menos ansia, pero de esta solo participaba la gente entendida. Habíase armado una violenta disputa entre el Consejo y las Juntas de provincia, haciendo aquel las veces de esta en la capital, y no admitiéndole las últimas por colega, pues hasta le afeaban sin razón haber existido junto bajo el intruso José Napoleón, aunque por pocos días. Los madrileños se declararon por el Consejo, quizá por mirarle como cosa de casa, y hasta el Semanario Patriótico dedicó un artículo a defenderle de las acusaciones de las Juntas; hecho singular, si se paraba la atención en que el antiguo tribunal con pujos de gobierno debía ser mirado como acérrimo enemigo de las doctrinas políticas del periódico liberal, cuando las Juntas, por su origen y aun por uno u otro de sus actos, a pesar de sus muchos desatinos e inconsecuencias, representaban el poder popular con más o menos acierto y conocimiento de su esencia.
Llegó, por fin, el tan suspirado día de ver las madrileñas tropas españolas de las que habían vencido a los franceses. Mal representante de nuestros ejércitos con el de Valencia, que entró en esta capital el 13 o 14 de agosto. Los soldados, mal vestidos, con los zaragüelles provinciales y mantas y fajas, con los sombreros redondos, cubiertos de malas estampas de santos, desgreñados, sucios, de rostro feroz, de modos violentos, en que se veía carecer de toda disciplina, presentaban un aspecto repugnante. A la preocupación que daba a temer de tan malas trazas nada mejores hechos, se agregaba saberse los horrorosos asesinatos cometidos en Valencia en las personas de franceses no militares e indefensos, y se suponía, quizá en algún caso con verdad, que había entre aquellos soldados varios asesinos, y de cierto, si no los había, abundaban los muy capaces de serlo. El buen general Llamas que los mandaba, tenía apariencias de oficial antiguo y buen caballero, pero no de guerrero a la moderna. Ello es que en Madrid se llenó de terror la gente de educación y clase mediana al ver campeando por las calles aquella gente con guitarrillas, cantando, y a la par amenazando, entrándose en los conventos a pedir a las monjas alguna estampa más que poner en sus sombreros cargados de ellas, y dejando asomar puñales que contrastaban con las imágenes devotas. Al revés, la plebe, y de esta especialmente la parte acostumbrada o aficionada a crímenes, o si no tanto, a excesos y alborotos, miraba a los recién llegados como amigos, y en caso de necesidad, como apoyos con que podían contar de seguro. No salieron fallidas las malas esperanzas, ni vanos los justos temores. A los dos o tres días de la entrada de los valencianos, hubo un alboroto en las cercanías de la plaza de la Cebada, en que cayó muerto un sujeto cuyo nombre y calidad no pudo averiguarse, como tampoco la causa de su trágico fin, y el cadáver fue arrastrado con las mismas circunstancias que el de Viguri. Súpose que el general Llamas había acudido a impedir el asesinato de que sus soldados eran participantes, y que, sobre ser desobedecido, había sido amenazado de muerte. Cundió el terror por Madrid, por lo mismo que se ignoraba quién era la víctima, de modo que nadie podía creerse en plena seguridad.
Así, la estancia de los valencianos en Madrid estaba considerada como una desdicha. Por lo mismo se deseaba la llegada del ejército andaluz, del cual se sabía que era compuesto de tropas disciplinadas.
El 24 de agosto, si no me es infiel mi memoria, fue cuando los vencedores de Bailén pisaron las calles de la capital, por su esfuerzo y fortuna libertada de odioso yugo. Era de esperar un entusiasmo loco en el recibimiento hecho a tales tropas, y con todo, si bien hubo grandes aplausos, se notaba menos ardor en los que aplaudían. Lo que más o lo que primero llamó la atención del público, fue el corto cuerpo de lanceros de Jerez que venían delante. Desde largos años no veían los españoles en su ejército lanzas ni corazas, y en las tropas francesas habían visto estas armas, que creían desechadas y olvidadas, vueltas a uso. Ahora, pues, pensando en las garrochas con que pican nuestros campesinos o picadores en plaza a los toros, se creyó se había dado con un medio de contrarrestar a los lanceros polacos, no dudando la vanidad nacional de que se haría con ventaja. Y se contaba que así había sucedido en Andalucía, donde habían sido ensartados los franceses en las garrochi-lanzas jerezanas. Venían los lanceros vestidos, no con uniformes al uso común, sino como los hombres del campo de Jerez, con sombrero de copa baja, muy parecidos a los hoy llamados calañeses, y con traje semejante al que llevarían si fuesen a picar reses en el campo. Daba realce a esta apariencia ser andaluces los lanceros, y como tales alegres y decidores, y sus gracias gustaban, aunque no fuesen de las mejores, por lo mismo que se los suponía graciosos, de modo que era un enviar y recibir dichetes lo que se oía alrededor de aquella gente. Las demás tropas tenían mediano aspecto, no como las valencianas, no como las mejores francesas; llevando aún la infantería el sombrero de picos, hoy dicho apuntado, el cual era entonces pequeño. Al recordar las gentes el porte marcial de los soldados de la guardia imperial francesa que llevaba consigo el vencido Dupont, pasmaba considerar que se habían rendido a hombres de muy inferior aspecto como militares.
Después de la entrada del ejército victorioso en los campos de Andalucía, ningún otro espectáculo podía llamar la atención o excitar los afectos en igual grado. No dejó, con todo, de mover las pasiones la proclamación de Fernando como rey, hecha el 25, llevando esta vez el pendón el conde de Altamira entre vítores que parecía se levantaban a la línea de los héroes.
Pero iba haciéndose hora de que a la embriaguez del triunfo sucediese el cuidado de lo presente y no lisonjeras previsiones de lo futuro. Aunque se había retirado José Napoleón hasta ponerse del otro lado del Ebro, veíanse graves peligros, y se temían no inferiores males para la patria. El entusiasmo es cosa que dura poco, sobre todo si se ha gastado muy de prisa. Pero a su decadencia no acompañó decaimiento de ánimo bastante a aconsejar la sumisión si era adversa la fortuna. Así fue que no hubo otra jornada de Bailén, sino al revés, muchas en que llevaron nuestras armas lo peor, sin el consuelo de quedar gloriosas, aun saliendo vencidas. Pero hubo tenaz propósito, aun cuando parecía locura persistir en la resistencia, y esta pertinacia heroica nunca faltó en la parte con mucho más numerosa de los hombres de aquellos días de prueba. Así, la bandera de la patria, caída a veces, se levantaba otra vez al momento, y en la isla gaditana una España abreviada, contando por suya toda la tierra no pisada por los franceses, vivió mereciendo ver premiados sus esfuerzos con haberse logrado afirmar la independencia de la nación española amenazada por el mayor poder que ha conocido el mundo.