VII.
UN TUMULTO EN UNA CIUDAD DE PROVINCIA EN 1809.
Cádiz en 1809 era entre las ciudades de España una de las de más cultura. Hoy, si no ha decaído, apenas ha adelantado, siguiendo casi estadiza cuando otras han ido progresando, y ella hasta en ciertos puntos perdiendo algo en vez de ganar, si bien hay otros en que ha mejorado, viéndose allí, como en todo, la compensación inseparable de las cosas humanas. En esto último, o digamos en la parte de ganancias, debe contarse el cultivo del entendimiento, señaladamente en materias literarias, ramo por aquellos días allí muy descuidado, llegando a parecer hasta ridículos unos pocos, poquísimos jóvenes, que teníamos pujos de literatos y remedábamos a los escritores de la vecina Sevilla. En la parte de lo perdido merece contarse el excesivo aseo, el cual, si hoy se conserva, no está en el punto a que había llegado entonces, y el general aspecto y modos de los gaditanos, cuyo traje y usos más tenían de extranjero que de andaluz, o aun de español, salvo en las mujeres que, al revés, conservaban el vestido nacional en su pureza. Lo que era muy de notar entonces en aquella ciudad, con razón calificada de emporio, era la falta de vulgo, esto es, de vulgo insolente y soez, y de ello aun hoy bastante queda. Y no obstante esto, había sido en Cádiz feroz, como en otras poblaciones de España, el alzamiento popular, haciéndose más notable la ferocidad por lo ilustre de la víctima en que dio prueba de sí: el general don Francisco Solano, marqués del Socorro y de la Solana, bárbaramente asesinado, después de haber llevado y sufrido con heroica fortaleza horrorosos tormentos. Nada parecía más ajeno de la índole y costumbres de los gaditanos que los movimientos populares, y, con todo, el de últimos de mayo de 1808 (según relaciones fidedignas, porque yo no lo presencié) a ninguno de otro pueblo había quedado inferior en violencia. Había habido en él asimismo una circunstancia singular. Aunque los gaditanos, como todos los españoles, eran buenos cristianos, tenía su piedad religiosa otro carácter que el de los pueblos de tierra adentro, no dejándose sentir, a lo menos en lo aparente, en Cádiz el influjo del clero, particularmente el de los monacales. Pero cuando pereció Solano, y quedó señoreada de la ciudad la enfurecida plebe, con armas arrancadas del parque en las manos de gente de la cual era muy de temer que hiciese de ellas mal uso, hubo de apelarse a un singular remedio para recoger aquellos instrumentos de daño, y fue que se encargasen de hacerlo los capuchinos. Me contaban (mas yo, como aquí dejo dicho, no lo vi, por estar a la sazón en Madrid) que era curioso espectáculo el de aquellos religiosos (cuyo hábito distaba más del vestido común que el de los frailes de otras órdenes, y por lo mismo les daba un carácter extraño), con grandes canastas o cestos llenos de fusiles, pistolas y sables que les entregaban, soltándolo todo de buena gana los que de ello se habían hecho dueños. Resultó de esto conseguir los capuchinos, si bien por breve plazo, una prepotencia en Cádiz que nadie les disputaba, ni aun otros miembros del cuerpo del clero secular o regular, y ciertamente no los militares ni los empleados civiles. No son ajenas estas particularidades al suceso del tumulto de febrero de 1809, principal asunto del presente artículo, destinado a poner recuerdos de lo pasado a la vista de la generación presente.
Pero el influjo de los capuchinos estaba, si así puede hablarse, latente y para aparecer solo cuando la necesidad de algún caso hacía necesario u oportuno su uso. Otra cosa daba más en rostro en Cádiz, y era ver la población armada formando una milicia muy semejante a la que después con el nombre de nacional, y siendo remedo de la francesa, ha existido en las poblaciones de España, útil por demás a veces, y en alto grado; en otras ocasiones en no menor proporción perniciosa; digna de alabanza y de censura; lo primero, por sus hechos patrióticos; lo segundo, más por su yerro que por su culpa de intención; instrumento, no para afianzar la libertad, sino para sustentar un partido; casi necesario en una guerra en lo interior de un Estado cuando es forzoso no tener ocupado el ejército en guarnición de plazas no amenazadas de cercano peligro. En Cádiz, desde muy largo tiempo había existido la llamada milicia urbana, pero existido más en el nombre que de hecho, y con oficiales más que con soldados, y venida a ser hasta objeto de risa, pues era conocida con el nombre de regimiento de la Pava.[27]
[27] De la antigua milicia urbana fue aprovechada una parte, que fue la de los artilleros, servicio que lo era exclusivo de los gallegos, los cuales abundan en Cádiz, siendo de esta provincia todos los mozos de cordel o esquina, y gran parte de los criados.
Los artilleros gallegos hicieron buen servicio durante el sitio de Cádiz, y destinados a un lugar de algún peligro, como era el del castillo de Puntales, no pocos de ellos perdieron allí la vida. Bien está pagarles este leve tributo en recompensa de sus ignorados méritos y sacrificios.
El gran movimiento de 1808 pedía cosa más viva que poner en pie aquel casi cadáver. Cádiz, que envió un número muy crecido de voluntarios a los ejércitos, quiso además que acudiese a la campaña la un tanto numerosa fuerza que la presidiaba, y como plaza tan fuerte no podía quedar desamparada, aun estando lejano el enemigo y cercanos los amigos ingleses dominando los mares, discurriose hacer un cuerpo militar del vecindario. A formarle concurrieron todos alegremente y con celo. Nacieron al momento seis batallones numerosos, cuatro de ellos remedo de la infantería de línea; dos de la ligera. Voluntarios de Cádiz era su nombre: a poco, y cabalmente por el suceso que voy aquí a narrar, se le confirió por el Gobierno supremo el de voluntarios distinguidos; pero el uso común era nombrarlos por un apodo o mote: el de guacamayos y cananeos. Cuadraba a los primeros la calificación del vistoso pájaro de la zona tórrida por la naturaleza de su uniforme, que era a imitación de los del ejército inglés; casaca encarnada, cuello, vueltas y solapa verde con un ligero bordado en el primero, pantalón blanco y sombrero de picos, que así se decía el antes por su figura dicho de tres picos, y hoy, por atroz galicismo, hijo de crasa ignorancia, dicho por algunos españoles tricornio,[28] y con más propiedad, si bien con frase nueva, señalado como sombrero apuntado.[29]
[28] Siendo demasiado vistoso, y también costoso y estorboso el uniforme referido de casaca larga y sombrero de picos para el servicio diario en las guardias y patrullas, los voluntarios de línea tuvieron otro, compuesto de las prendas siguientes: casaca corta de color pardo con cuello, solapa pegada, y vuelta anteados, pantalón igual a la casaca en invierno, y de mahón en verano, y sombrero redondo con chapa de latón blanco y un plumero pequeño, lo cual no disonaba, porque entonces con sombrero igual cubrían la cabeza los soldados de marina ingleses. Parecería una ridiculez recordar estas cosas del vestido, si no viésemos que de olvidarlas resultan inconvenientes. Hoy en un cuadro (de gran mérito por otra parte) destinado a representar la apertura de las Cortes de Cádiz en 1810, se ven los españoles de aquellos días pintados no con el traje que usaban, sino con el de los franceses de quince años antes, o digamos de la Convención, y tal vez del Directorio, o del Consejo de los Quinientos.
[29] Permítaseme aún aquí dar satisfacción a mi manía contra los corruptores de nuestra lengua. He dicho y escrito (no sin encontrar aprobadores) que muchos de los galicismos hoy corrientes nacen, no de haber leído mucho obras francesas, sino de conocer poco el idioma de nuestros vecinos. Esto sucede a los que traducen tricorne por tricornio. Llamaban los franceses chapeau à trois cornes a lo que nosotros sombrero de tres picos. Corne en francés es, pues, pico en castellano, tratándose de sombreros. Tricorne es abreviación de trois cornes, y si nosotros fuésemos a hacer una igual o parecida deberíamos decir tripico, pero no podríamos porque sería voz ridícula que sonaría como cosa de tripas. De todos modos, como cornio en castellano no es pico de sombrero, es tricornio un barbarismo inadmisible. Dicho sea esto sin esperanza de corrección en los tricornistas.
A los que llevaban por nombre el de la gente infiel de Canaán no valía tal calificación el ser reputados descreídos, sino el uso de la cartuchera delante del vientre, conocida con la voz de canana, que venía bien con el uniforme de las tropas ligeras españolas de aquel tiempo, chaqueta con alamares ceñida, pantalón igual en color a la chaqueta, y en la cabeza lo llamado entonces morrión, y después chacó, que iba anchando según subía. No me ciega pasión alguna al afirmar que aquellos cuerpos se hicieron merecedores de bastante elogio, y puede decirse de ninguna censura, salvo en el caso que es argumento del presente trabajo, y en el cual lo que empezó por yerro, y hasta por culpa, fue en breve remediado y compensado por un buen servicio, aunque, si ha de decirse la verdad, ensalzado y premiado con exceso.
En los voluntarios de Cádiz se habían alistado solteros, casados y viudos; padres o hijos de familia; en suma, hombres a quienes, en caso de haber quintas, tocaba entrar en sorteo, y otros que no estaban en igual caso. Como aquí poco ha dejo apuntado, Cádiz había enviado muchos mozos a las filas de los defensores de la patria en el campo; pero no todos sus mozos, y de lo primero estaba muy ufana la población.
Sin embargo, iba llegando el caso de una quinta. El entusiasmo que había llevado a empuñar las armas había cesado, o, dígase, los entusiasmados ya las habían tomado, y los que en estado de usarlas no lo habían hecho, habrían de hacerlo compelidos por la ley, si ya no se dejaba sin refuerzos el ejército, muy necesitado de tenerlos en abundancia. Corrió de súbito la voz que la quinta estaba resuelta. Entonces hubo en algunos la singular ocurrencia de que a ella no debía estar sujeta la población de Cádiz, fundándose la pretensión de tal excepción en dos razones; de las cuales la primera era haber dado los gaditanos más que su cupo, lo que debía tomárseles en cuenta como contribución de sangre adelantada; y la segunda, que los voluntarios estaban haciendo servicio militar, aunque no de campaña ni con el enemigo al frente. No eran razones tales muy poderosas, ni se dieron en términos expresos, pero corrían con no poco valimiento, haciéndolas correr y esforzándolas los que temían y no querían entrar en cántaro, y acogiéndolas con favor muchos, ya por temor de ver forzados a ser soldados a sus parientes y amigos, ya por prestarse a creer lo que oyen afirmar. En esto, gentes sin duda arteras inventaron y propagaron otra voz, causa de disgusto. Los cuerpos de voluntarios (decían) iban a salir a campaña por orden del Gobierno residente en Sevilla. Era enorme desatino la suposición; pues nadie podía pensar en poner los paisanos de Cádiz armados, los vecinos de la regalada Cádiz, frente a frente con los aguerridos enemigos a la sazón victoriosos. Pero es común creer los desatinos, y los que temían entrar en quinta y no querían salir a campaña daban crédito aparente al desagradable rumor, por lo mismo que no se le daban verdadero, embaucando a los sencillos.
Por el mismo tiempo había llegado a Cádiz, procedente de Sevilla, y con no sé qué comisión del supremo Gobierno, de que era parte, el vocal de la Junta Central, marqués del Villel, señor catalán de ilustre alcurnia y alguna riqueza. El conde de Toreno en su historia es harto desfavorable al del Villel, del cual dice que era, en la Junta Central, de los más opuestos a las reformas y apegado a todos los rancios abusos. Lo cierto es que el tal personaje era corto en saber, y al parecer, no largo en luces, de condición desabrida y de insufrible entono, aunque honrado y buen patricio y caballero. Su entono de gran señor fue lo que más disgustó a los gaditanos, entre quienes figuraban en primer lugar los comerciantes, no de los que pasan en otros lugares con este nombre, sino de clase allí diferente de la de los tenderos, y de ellos no pocos hidalgos por su cuna y enlazados con gente de la nobleza inferior. El trato en Cádiz era fino, culto, y aun podría decirse democrático, tomando esta voz en su mejor acepción; y, como reinaba la igualdad, era chocante la pretensión de superioridad de la gente de más alta esfera. El marqués del Villel disgustó, pues, por su modo de hacer las cosas, más todavía que por las cosas que hizo, si bien tiene razón Toreno en culparle de haberse entrometido en negocios privados, averiguando el modo de vivir de las personas, y queriendo arreglar familias entre sí mal avenidas, y corregir vicios a que no alcanza, porque se los ocultan fuertes consideraciones, el rigor de las leyes. Pero es lo cierto que estas pequeñeces, si contribuyeron no poco a los excesos de que el del Villel estuvo a punto de ser víctima, no fueron la causa principal que los trajo.
En la quinta que amenazaba está la causa, si no única, verdadera del desorden y atentados que voy a referir inmediatamente. Del ejército francés solían desertarse bastantes soldados de los numerosos extranjeros que en ellos servían. Los convidábamos los españoles a la deserción, haciéndoles presente que ellos también estaban padeciendo bajo el yugo que contribuían a poner y agravar sobre la cerviz de un pueblo que en nada se les había mostrado contrario. De desertores tales pocos eran polacos, porque los hijos de nación tan agraviada casi todos se habían dado con celo al servicio del emperador francés, de quien esperaban fuese su redentor, y, siendo celosos de la independencia propia, se mostraban crueles enemigos de la ajena. Sin embargo, los polacos eran mirados entre los que componían los ejércitos de Napoleón, si no con favor, poco menos, y, cuando no los más gratos, eran los más nombrados entre la gente no francesa que militaba en los ejércitos de los invasores.
De los desertores de que acabo aquí de hablar se habían formado algunos batallones o regimientos, y a uno de ellos se dio la orden de pasar a Cádiz, mediando febrero de 1809. Coincidió esto con el temor de la quinta, con las patrañas a que el mismo temor dio origen, con el disgusto que daba el marqués del Villel, y también con el mal aspecto de la causa pública, siendo señaladas y repetidas las ventajas que a la sazón alcanzaban las tropas francesas sobre las españolas. Dondequiera abundaban combustibles hacinados, y en Cádiz causaron un incendio.
La chispa o la mecha que prendió fuego a tantas materias preparadas para recibirle y extenderlo fue la próxima llegada del batallón de desertores. De repente se oye una voz terrible: Cádiz estaba vendido: los voluntarios iban a salir, y en su lugar iban a entrar los polacos (a los cuales el vulgo gaditano, acostumbrado a hablar de barcos, y habiendo de estos una clase con el nombre polacras, llamaba polacros). La Central era bien o mal obedecida, pero lo era solo en los puntos capitales; merecía a veces aprobación y la conseguía, pero no inspiraba plena confianza, porque no estaba en posesión del afecto popular, que en cada provincia quedaba reservado a sus respectivas juntas. No era de extrañar que en tal cuerpo hubiese traidores. De todos modos, lo necesario, lo urgente era impedir la entrada a los polacros, de lo cual era consecuencia necesaria, aunque de ello no se hablase, que los voluntarios no saliesen. La voz propagada fue señal de un tumulto. Los fanáticos honrados de la clase inferior, y los amantes de desorden, a quienes sucesos poco lejanos habían dado ser y valor, acudieron a una señal, que lo era en su sentir de la hora de volver, a su modo, por la causa de la patria, siempre puesta en peligro por los traidores. El tumulto estalló y creció. Los alborotados salieron en tropel voceando y amenazando por la Puerta de Tierra, por donde venían, estando ya cercanos, los mal encubiertos enemigos a quienes era necesario hacer frente. En el camino que va de Cádiz a unir la ciudad con lo demás de España, se alza hoy, y entonces comenzaba a alzarse, una obra de fortificación, llamada la Cortadura, porque lo era en el arrecife o calzada, formándola un simple lienzo o cortina flanqueada por dos baluartes, y bañada por el mar por uno y otro extremo. Había comenzado esta obra don Tomás de Morla, destinándola a impedir que los franceses, si penetraban en la isla gaditana,[30] pudiesen bombardear a Cádiz.
[30] Es de advertir que la voz «isla gaditana», aunque muy propia, solo empezó a ser usada entonces. Antes la ciudad de Cádiz no daba nombre a la isla, y la población, hoy ciudad de San Fernando, era llamada isla de León, con el aditamento de Real. La isla geográfica dividida de la tierra firme por un brazo de mar, sobre el cual corre el puente de Suazo, no tenía nombre.
Digo que la obra estaba solo comenzada, pues quedaba del todo abierta, y no podía hacer todavía ni una mediana defensa, no obstante lo cual, había en ella ya cañones. Al llegar los amotinados a aquel punto, le encontraron mal defendido, como debían ya saber; pero lo que les probó ser su triste estado obra de la traición y no de falta de tiempo, fue que, según afirmaban, hallaron los cañones llenos de arena. Que así fuese era, no solo posible, sino probable, porque la mar azota con furia aquellas playas y todo lugar a ella vecino, y sus olas, cuando se encrespan, traen consigo gruesas cantidades de arena, que sacuden, despiden y dejan en el terreno a que han llegado o se han acercado cuando se retiran. Tal vez no había ni aun tal arena; pero si la hubiese, fácil era vaciar de ella las piezas antes de hacer fuego. No se paraban a hacer estos juicios críticos los sediciosos. La arena hallada, o que creyeron hallar, fue un comprobante de la traición. En esto apareció el batallón que venía de marcha, cansado, pacífico, ajeno de recelo. Embistió de repente con los extranjeros la turba popular, nada temible, pues hasta poco numerosa era. No hicieron defensa aquellos pobres soldados, aunque bien podían, porque hubieron de quedar pasmados al recibir tal hospedaje. Así es que no hubo ni heridos, pues los extranjeros, atónitos, se dejaron hasta apalear, pero no mucho, pues retrocedieron, y con mostrarse sumisos apaciguaron la furia de los agresores.
Mientras esto pasaba fuera de puertas, dentro iba agavillándose la gente alborotada delante de la casa del marqués de Villel. Los vencedores de los polacos, vueltos triunfantes a Cádiz, aumentaron la furia de la muchedumbre, si muchedumbre merecía llamarse aquel número de personas, aunque no crecido, lo bastante para dominar sin resistencia. El marqués fue declarado traidor, a lo que se siguió el intento de matarle, como era uso hacer con los traidores. Iba a ser allanada la casa y muerto el personaje, blanco de la ira de los sediciosos. Entonces acudieron los voluntarios a defender a la persona así amenazada. Hasta aquel momento habían sido espectadores del tumulto, no aprobándole, aunque no faltase entre ellos quienes le viesen con aprobación apenas encubierta, pero no haciendo cosa encaminada o contenerle. No podía, con todo, aquel cuerpo consentir en que se cometiese a su vista, estando armado, un asesinato. Así, protegió al marqués de Villel, salvándole la vida, y le llevó entre sus filas amparando su persona, mas no sosteniendo su autoridad, hasta depositarle en lugar seguro. No había entonces más que uno que lo fuese completamente en Cádiz, aun contando las iglesias: no había más que el convento de los a la sazón archipopulares capuchinos. Allí quedó el vocal del Supremo Gobierno de España reconocido por la misma Cádiz, y quedó, si no en calidad de preso, poco menos. En salvo ya la vida del marqués, nadie pensó por lo pronto en restablecer el imperio de las leyes. Pero era necesario que hubiese quien gobernase aquella ciudad y plaza fuerte, siquiera como titular, porque el gobierno quedaba en la plebe alborotada. El empleo o puesto de gobernador en Cádiz no estaba vacante, pues le tenía un don Félix Jones, mariscal de campo, militar antiguo, cuyos servicios habían sido en la brigada irlandesa de nuestro ejército, siendo, como declaraba su apellido, su familia oriunda de Irlanda o de Gales; buen señor, y no mal oficial o soldado, pero desigual sin duda a la situación en que se veía, y en que estaba asimismo todo cuanto le rodeaba. Salvó al general Jones de completa sospecha su apellido británico, y de que le temiesen los alborotados su flaqueza; pero, si hubo de quedar libre de peligro, en su autoridad quedó anulado.
Pasó Cádiz un día en poder de la plebe, pero la de Cádiz, por fortuna, con alguna rara excepción, está exenta de ferocidad. No peligraron las casas, ni en general las personas. Se gritaba, pero a nada se procedía. En tal situación cerró la noche y vino con ella el sosiego.
En la mañana del nuevo día aparecieron las cosas sin notable mudanza. Pero era imposible que, faltando todo freno a las malas pasiones, faltase quien, impelido por ellas, se arrojase a cometer un crimen. Desempeñaba a la sazón el cargo de comandante del resguardo don N. Heredia, a quien relaciones de su familia con el príncipe de la Paz hacían poco grato a la opinión popular, y a quien su ingrato empleo forzosamente había de haber puesto en mal predicamento con la clase algo numerosa, y nada buena, de los contrabandistas. No había el pobre Heredia tenido ni la menor parte en la venida de los terribles polacros, ni en los actos despóticos del marqués de Villel, ni en cosa alguna de todas cuantas daban motivo al tumulto, pero no carecía de enemigos, y la hora era propicia para que el que se quejaba con razón o sin ella de un daño recibido se vengase. No acierto a decir, porque no llegué a averiguarlo, cómo supo el desdichado que su vida estaba en peligro, pero ello es que, en vez de esconderse, huyó, no sin ser visto y seguido en la fuga. Al ir a embarcarse, o ya embarcado, y a corto trecho de tierra, en una barquilla, fue alcanzado por sus perseguidores, que le quitaron la vida. Tan inesperado asesinato causó horror, y se vio que no podía seguir Cádiz sin gobierno. Jones nada hacía y nada podía, y se ignoraba, no viendo que fuese algo de hecho, si era o no todavía gobernador de derecho. Resolvió esta cuestión el nombramiento de un nuevo gobernador militar y político, y la elección, hecha no puede saberse por quién, recayó en el guardián de capuchinos, llegando con esto a su apogeo el favor extraordinario de que aquella orden monástica gozaba; y no sin razón digo a su apogeo, pues desde entonces empezó a declinar, hasta llegar cuatro años después a un estado de abatimiento cual nunca le había tenido en España. Había algo de instinto popular en nombramiento tan ridículo, porque, recelándose traiciones por todos lados, hubo de parecer la persona de más confianza la más interesada en que no dominasen los franceses, y tal pareció un fraile, pues aunque Napoleón al arrogarse el trono de España y traspasarle a su hermano, sin darle absoluta independencia, lejos de abolir desde luego las órdenes monacales, las había reconocido hasta señalarles lugar representadas por sus generales en las Cortes dispuestas por la Constitución de Bayona, bien veían los del clero secular, y más aún los del regular, cercano el fin de su existencia estos, y de su influjo aquellos con el establecimiento de un poder no favorable a la libertad política y civil, pero sí desfavorable a todo pensamiento religioso. Otro tanto veía el pueblo confusamente, como suele él ver las cosas, y por esto nombró para gobernarle al capuchino, si hombre poco a propósito para ejercer la autoridad en lo militar, y aun en lo civil, de toda confianza en cuanto a no entregar la plaza de Cádiz a los enemigos.
No puedo acordarme cuánto tiempo duró el gobierno del buen guardián,[31] pero sé que acabó como por consunción en breve plazo, no deponiéndole la Junta central, pero sí nombrando un nuevo gobernador militar y político, cargos desempeñados entonces por una misma persona, y esta de la clase de los oficiales generales.
[31] Está en su lugar contar una anecdotilla relativa a estos sucesos. Venía en las horas a que la narración de arriba se refiere, navegando para Cádiz, aun no bien restablecido de una grave herida recibida en la batalla de Espinosa, el ilustre general de marina don Cayetano Valdés, tan célebre en España antes y después, y en Cádiz muy particularmente. Al ir a entrar en el puerto, como pasasen cerca algunas barcas, el general, deseoso de saber quién ejercía la autoridad militar con que él había de entenderse, preguntó quién era el gobernador de Cádiz. «El guardián de Capuchinos», le respondieron desde lejos. Pareció bufonada de mal gusto al general la respuesta. Pero al hacer igual pregunta a otra embarcación que pasó, oyó también que era gobernador de Cádiz el guardián de Capuchinos. Conociendo Valdés que es uso en las cercanías de Cádiz poner en boga por temporadas un dichete más o menos o nada chistoso, pensó que era la gracia de uso entonces decir que gobernaba el guardián de Capuchinos. Pero llegándose al buque donde venía y deteniéndose a un costado un bote (no sé si el de sanidad o el del práctico), y reiterada la pregunta, y recibida la misma respuesta, incomodándose el general de que le viniesen con bufonadas, y manifestando su enojo, supo con admiración ser el hecho que él deseaba saber lo que le había parecido burleta necia. De boca del mismo general he oído, y más de una vez, este lance.
No acierto a decir si fue bien comprendido en Sevilla el alboroto de Cádiz, pero lo cierto es que hubo aplausos y premios solo hasta cierto punto merecidos, y poca severidad e imparcialidad en el castigo, ya dictase tal conducta el error, ya el disimulo.
A los voluntarios de Cádiz fueron dadas recompensas honoríficas, el dictado de distinguidos y el uso de los cordones de cadete, todo ello por haber amparado la vida del marqués, olvidando, o no sabiendo, o callando que para enfrenar el alboroto, particularmente en sus principios, cuando era cosa fácil, habían hecho poco o nada. El marqués del Villel fue llamado a Sevilla y a la Junta, desagraviado con palabras de aprobación y sin repugnancia suya a salir de una ciudad en la cual había hallado más sinsabores que satisfacciones. Fueron presos, creo que sin otros compañeros, dos jóvenes de Cádiz, ambos instruidos, y que después hicieron mediana fortuna, don Manuel María de Arrieta y don Pablo Massa, cuyo delito, o dígase cuyo supuesto delito, pues fueron al cabo absueltos después de larga, pero no dura prisión, y de una causa enojosa, era haber hecho el papel de representantes del pueblo alborotado para expresar sus pretensiones. De la quinta no volvió a hablarse, quedando exenta de ella los gaditanos, bien que en ninguna población de España creo que fue llevado a efecto con la debida regularidad y exactitud este modo de reclutar el ejército, poco propio para días en que el entusiasmo hacía mucho y el poder de la autoridad era corto, por lo cual acudían a las filas los que querían, y a los renitentes o reacios nadie podía sacar de su retiro.
Del alboroto de febrero no quedó en Cádiz señal. Pasó allí tranquilo el año 1809, causando alegría las pocas y cortas ventajas en el mismo periodo conseguidas por nuestras armas, y dolor los grandes y multiplicados reveses de las mismas en aquellos días aciagos; pero reinando la tranquilidad más completa, de suerte que en momentos de tantas penas tuvo Cádiz la felicidad de no tener historia, mientras tan llena de sucesos estaba la de otras provincias. Los voluntarios siguieron prestando buenos servicios, y manteniendo la ciudad en paz y sosiego, de suerte que hasta el término final de la guerra no volvió aquella población a ver un alboroto de consideración en sus calles, ni cayó víctima de la furia popular persona alguna. Recién entrado el año de 1810 fueron otras las circunstancias, en las cuales Cádiz, si no le consistieron las suyas señalarse por actos de heroísmo, se acreditó de fiel a la causa de la patria, haciendo por sustentarla sacrificios no leves. Además, la ciudad que se entregó al gobierno de un religioso poco después hizo a la causa de las reformas celoso acogimiento, sucediendo allí a las doctrinas innovadoras y liberales lo que a planta llevada a terreno bien preparado para recibirla y criarla lozana, y, en cuanto no lo impiden desdichas inevitables, fuerte y robusta. Pero los sucesos desde 1810 hasta 1813 no entran en el propósito del presente artículo, y como son harto conocidos,[32] las memorias que de ellos conservo no serán quizá transmitidas a la pluma como parte de los recuerdos que con desaliño procuro dejar constantes para divertimiento, si ya no para enseñanza, de la generación presente y de las futuras.
[32] Acaba de salir a luz una obra de mucho mérito en su clase, y cuyo objeto es referir particularidades de sucesos ocurridos en Cádiz, y de los méritos contraídos por aquella población durante la guerra de la Independencia. El autor de este librito, que es don Adolfo de Castro, está ya muy conocido por muchas producciones de su pluma como hombre de nada común erudición y laboriosidad, a lo cual agrega prendas de dicción y estilo. Su obrilla contiene mil cosas, muchas de las cuales conservaba en la memoria quien esto escribe, pensando pasarlas al papel. Hoy no sabe si lo hará, pues lo que contaría como hasta ahora ignorado, en gran parte ha pasado ya a ser sabido. Pero si el señor de Castro ha hecho cuanto es dado hacer a la erudición y diligencia más prolija, como no vio los tiempos de que habla, sabe y cuenta bien lo que en ellos pasó, pero no cómo pasó y con la fisonomía de los hombres y cosas de entonces, lo cual no puede poner a la vista de sus lectores. Hay, por otra parte, ocurrencias de que son narradores infieles los documentos existentes, porque callan menudencias conocidas de los que vivían cuando ellos nacieron, las cuales explican los acontecimientos, a veces a punto de convertirlos en cosa más o menos diferente de lo que referidos de oficio aparecen.