V.
La importuna pregunta con que concluí mi artículo-carta del lunes 20 de Octubre, me obliga á dirigirle á usted esta, mi estimado Sr. Velarde.
Tal vez enoja á V. ya, mi querido poeta, el verse tomado en pluma, que no puede aquí, á mi ver, decirse en boca, por un viejo impertinente que se empeña en contarle sus necedades de muchacho; pero disimule usted tal impertinencia, porque tiene sólo por móvil mi gratitud á V. por su artículo del lunes 29 de Setiembre, con el cual motivó V. la publicacion de estas mis cartas. Usted pertenece al porvenir, y mira naturalmente hácia adelante; al mirar yo hácia atrás, porque pertenezco al tiempo viejo, al relatar á V. lo que en él fuí, tenga V. presente que no pretendo servirle á V. de ejemplo, sino de escarmiento; puesto que viviendo yo hoy persuadido de que el porvenir le guarda á V. un muy elevado lugar en la república de las letras, quisiera yo por la mucha estima en que le tengo, que las suyas le dieran tanta fama como á mí las mias, pero que le fueran de más utilidad y provecho. Por eso no más voy á decir á V. lo más sucintamente posible quién era, lo que valia y cómo y por quién llegué yo á ser tan famoso en aquel viejo tiempo, cuyos recuerdos me complazco ahora en evocar, no quiera Dios que con hastío ó impaciencia de V. y de los suscritores de El Imparcial.
No teman estos, y sea esto advertido de paso, que llene yo sus columnas con los insignificantes y poco trascendentales sucesos de mi vida. A mí, que no he ocupado jamás ningun cargo público, que no he sido ni embajador, ni ministro, ni siquiera individuo de corporacion ni academia alguna, jamás me ha sucedido nada que sea digno de ser sabido, ni ménos contado: ni me acosa tampoco vanidad tal ni tal comezon de bombo, que intente no dejar pasar un lunes sin hablar de mí mismo, para que no me olviden mis contemporáneos, ni se den los venideros de calabazadas por mis estupendas fechorías. Para que mis contemporáneos no me olviden, basta ese bravucon inocente y desvergonzado perdonavidas llamado D. Juan Tenorio, que está encargado contra mi voluntad y por la del pueblo español, de no dejarme olvidar en España; y con decir de este drama mio y del Zapatero y el Rey cómo y por qué fueron escritos y cómo y por quién fueron y son hoy representados, pienso dar fin á estos mis recuerdos del tiempo viejo; y siquiera sea con pesadumbre de algunos, y desengaño de muchos, será tambien con honrado cumplimiento del deber mio y descargo de mi conciencia.
Continúo, pues, mi relato, tomándolo en el mismo cementerio de Fuencarral, donde lo dejé.
Rompiendo por entre los amigos que me abrazaban, los entusiastas que me felicitaban y los curiosos que absortos me contemplaban, enfundado en mi gran surtout de Jacinto Salas y circundado por mi flotante melena, un mancebo pálido y aguileño, de resueltos modales y de atrevida y casi insolente mirada, me asió cariñosamente de las manos, diciéndome: «Tenga V. la bondad de venirse conmigo, para presentarle á dos personas que desean conocerle.» Seguíle, y sacándome de aquella confusion, me hizo subir á una cómoda y elegante carretela, cuyos dos asientos, uno del fondo y otro de adelante, estaban ocupados por dos individuos del sexo feo, cuya fisonomía no podia yo ver ya bien, porque ya era casi de noche. Saludáronme y correspondiles; colocáronme en el asiento de honor; colocóse mi presentador en frente de mí; cerró el lacayo la portezuela, y á la voz del de mi izquierda, que dijo: «Calle de la Reina,» salieron á un resueltísimo trote las dos poderosas yeguas que nos arrastraban: y, como dicen los mejicanos, «de las vidas arrastradas, la mejor es la del coche,» y aquella carretela inglesa estaba maestramente montada sobre sus muelles. Hablábanme dos, de los tres con quienes en ella iba, y contestábales yo, sin recordar ya de lo que hablamos, y sin saber entónces con quiénes, en la semi-oscuridad crepuscular.
La direccion dada á la calle de la Reina era á la fonda de Genyes, que era entónces lo que hoy Fornos y Lhardy; de donde yo deduje que mis nuevos amigos moraban ó comian en ella habitualmente, puesto que el nombre de la calle habia bastado al cochero para sentar en firme sus yeguas á la puerta de la fonda. En un gabinete estaba preparada una mesa con tres cubiertos; añadieron el cuarto para mí; desembarazáronse ellos de sus abrigos exteriores, quedándome yo con el mio por razones que no son del caso; sentámonos á la mesa y presentóme mi presentador á mis comensales. El de mi derecha era Buchental, llegado á Madrid hacia pocos meses; nuestro anfitrion era un rubio como de cuarenta años, de amenísima conversacion, con la cual demostraba que habia viajado mucho, de cuyo nombre no me he podido volver á acordar, á quien no he vuelto á ver más, y por quien no tuve despues ocasion de preguntar á mi resuelto y aguileño presentador: que era ni más ni ménos que Luis Gonzalez Brabo, ántes de ser diputado, embajador y ministro. Desde aquella tarde fué para mí Luis, como yo para él fuí Pepe; la suya fué la primera mano en que me apoyé para poner mi pié derecho en el primer escalon del efímero alcázar de mi fama: y desde entónces no he tenido un más bravo amigo que Gonzalez Brabo. No era por entónces más que tijera en no recuerdo qué periódico; pero segun fué ascendiendo por la escala de la fortuna, se volvió á mí desde cada peldaño que subia, á tenderme aquella misma mano con que me sacó del cementerio; pero mi objetivo, como hoy se dice, no era la política, y con tanta pena suya como desden mio, le dejé subir solo. Ignoro lo que fué Luis Brabo social ó políticamente considerado, porque he vivido veinte años fuera de España y once en América, sin correspondencia con Europa; cuando volví á Madrid en 1866 era presidente del Consejo de ministros y decian que tenia la nacion en sus manos; pero para mí fué el mismo Luis Brabo, que me la tendió como en 1837; el primer amigo del poeta Zorrilla.
Aquí dirá V., mi querido poeta Velarde: ¿cómo el primero? ¿Pues y los Villa-Hermosa y los Madrazo, y Assas y Miguel Alvarez y Fernando de la Vera, sus condiscípulos de Universidad y del Seminario? ¿Y Joaquin Massard y Roca de Togores cuyas manos tomaron de las de V. los versos que le abrieron las puertas de la sociedad y le dieron la nombradía?—Los Villa-Hermosa, los Madrazo, Alvarez y de la Vera, eran los amigos de mi niñez: los del estudiante y del condiscípulo; los amigos cariñosos, casi los hermanos, del mancebo que iba á ser hombre; la casualidad llevó á Massard á la biblioteca y me puso al lado de Roca de Togores en el cementerio: pero Luis Brabo buscó el primero al poeta y no abandonó jamás al amigo. La primera obligacion del narrador es ser verídico: la del hombre bien nacido la de ser justo: la del hombre noble ser agradecido. Desde la fonda me llevó Luis Brabo, orgulloso de llevarme, al café del Príncipe, donde hallé á Breton, á Ventura, á Gil y Zárate, á García Gutierrez, que me reconoció y con quien trabé pronto amistad; al buen Hartzenbusch, á quien quise desde aquella noche como á un hermano mayor, y que fué parte y testigo de sucesos íntimos y posteriores de mi vida, y en fin, á la mayor parte de los que por entónces figuraban en las letras y en las artes.
No sé quién me llevó á las diez á casa de Donoso Cortés, que aún no era el marqués de Valdegamas: allí encontré á Nicomedes Pastor Diaz y á D. Joaquin Francisco Pacheco, quienes con el conocido jurisconsulto Perez Hernandez, estaban tratando de publicar su periódico El Porvenir.—Preguntáronme mil cosas: examináronme, sin que de ello me apercibiera, de lo que habia aprendido en el colegio; indagaron lo que habia leido, lo que me habia propuesto. Yo era un chico, no cumplí veinte años hasta cuatro dias despues del de la muerte de Larra: estaba animado por el éxito de aquella tarde y por los plácemes y aplausos que acababa de recibir en el café del Príncipe; recitéles mi destartalada composicion «A Venecia», el romancillo de unos Gomeles que corrian por la vega de Granada, y unas redondillas á una dueña de negra toca y mongil morado, que sea dicho de paso y con perdon de mis admiradores, pero en Dios y en mi ánima creo que no sabia yo entónces lo que era mongil, segun el color morado episcopal de que le teñí. Donoso y sus amigos debieron apercibirse de mi poco saber; pero se fascinaron con las circunstancias fantásticas de mi aparicion, y con la excentricidad de mi nuevo género de poesía y de mi nueva manera de leer, y me ofrecieron el folletin de El Porvenir con 600 reales mensuales; único sueldo que en este periódico se debia de pagar, porque iban á escribirle sin interés de lucro, en pró de su política comunion.—Diéronme á traducir para el periódico uno de los infantiles cuentos de Hoffmann, y á las doce me llevó Pastor Diaz consigo á su casa.—Pastor Diaz, cuya alma de niño simpatizó con la ignara candidez de la mia, me entretuvo hasta muy avanzada hora, desde la cual hasta la de su muerte, me tuvo el más fraternal cariño.
No era ya aquella la de volver á recogerme á la bohardilla del cestero, y... á pesar del frio, vagué por las calles hasta el nuevo dia, abrigado interiormente con el champagne y el café de mi generoso y desconocido anfitrion, y exteriormente sostenido con la esperanza y las ilusiones de mis aún no cumplidos veinte años.
No recuerdo ya donde me amaneció; pero á las ocho estaba ya á la cabecera de la cama de Alvarez, contándole mis venturas del dia anterior; de las cuales nada sabia, no habiéndole yo podido buscar desde que hacia veinte horas me habia separado de él, para ir á llevar mi carta á El Mundo y mis versos á Massard.—Asombróle primero lo sucedido; alegróle despues; lloramos, reimos, ayudéle á vestir, y saltamos y cantamos al rededor del chocolate como los indios de Fenimore Cooper al rededor del postre de la guerra; la patrona creyó que nos habia caido la lotería.
Como si tal nos hubiera acontecido, nos echamos á la calle y comenzamos á dar fin á los pocos duros que le quedaban á Alvarez; declarámonos los dos modernos Pílades y Orestes; presentéle yo á cuantos me presentaron; presentóme él á la que despues fué mi mujer, y cuando llegaron á nuestras manos mis primeros treinta duros de «El Porvenir», de Donoso, nos creimos dueños del Universo.
VI.
Como el relato de las muchachadas de ambos no entra por nada en la explicacion de mis preguntas finales en el artículo del lunes último, voy adelante con mis desatinos personales. Escribí muchos en El Porvenir: á Cervantes y á Calderon, cuantos pudieron ocurrírseme, y á la luna de enero, donde dije que el cielo era ojo de la eternidad y la luna su pupila; escribí, en fin, los suficientes para impacientar á cuantos tenian sentido comun y estudios, y gusto en las bellas letras; pero Nicomedes y Donoso seguian sosteniéndome y animándome, y yo seguí asombrando al público con la multitud de mis poéticos engendros.
Una noche me encontré al volver á mi casa de pupilaje, una carta de D. José García Villalta que decia: «Muy señor mio: he tomado la direccion de El Español, periódico cuyas columnas surtía Larra con sus artículos: pues la muerte se llevó al crítico dejándonos al poeta, entiendo que éste debe de suceder á aquel en la redaccion de El Español. Sírvase V., pues, pasar por esta su casa, calle de la Reina, esquina á la de las Torres, para acordar las bases de un contrato. Suyo, afectísimo, J. G. de Villalta.»
Era este el autor de El golpe en vago, la novela mejor escrita de las de la coleccion primera del editor Delgado. Teníale yo en mucho desde que la habia leido, y las relaciones entabladas con el hombre acrecentaron mi respeto y mi estimacion hácia el escritor. Villalta era un hombre de mucho mundo y de un profundo conocimiento del corazon humano: de una constitucion vigorosa, con una cabeza perfectamente colocada sobre sus hombros; de una fisonomía atractiva y simpática, con una boca fresca, cuya sonrisa dejaba ver la dentadura más igual y limpia del mundo. Su cabellera escasa era rubia y rizada, y no he podido nunca esplicarme el por qué su busto abultado de contornos me recordaba el olímpico busto de Neron, pero del Neron poeta y gladiador en su viaje á Grecia: el Neron que ponia fuego á dos viejos barrios de Roma para obligar al municipio republicano á construir otro nuevo, tan suntuoso como la mansion palatina que él junto á lo incendiado habitaba. Yo tengo á Neron por un emperador muy calumniado; y desde que he vivido en Roma, estoy convencido de que hizo bien en quemar lo que quemó, para que se construyera lo que se construyó; y á este Neron que yo me figuro, es el Neron á quien me figuraba yo que se parecia Villalta.
El hecho es que Villalta era todo un hombre: sóbrio y diligente, pero gracioso y amabilísimo; como andaluz de la buena raza, su trato era fascinador; y en cinco minutos hizo de mí lo que le convino en nuestra primera entrevista; el cuarto en que esta pasó influyó sin duda en mi aceptacion. Era una sala grande cuadrada, en cuyas blancas paredes no tenia Villalta más adornos que dos espadas de combate, dos sables de academia de armas y un magnífico par de pistolas. Una grandísima mesa de despacho cargada de papeles estaba entre él y yo, y por una puerta entreabierta se veia en el inmediato aposento el baño del que acababa de salir.
Vió Villalta que no era yo hombre de abandonar á Donoso y á Pastor Diaz, sin una grave razon, y me dió una carta para ellos, en la que les decia las proposiciones que me habia hecho y las razones que yo le daba. El Porvenir tenia apenas suscricion, y El Español la tenia numerosa. Si me querian bien, debian dejarle dar á mis versos la más lata publicidad, etc.
Ofrecíame un sueldo con que no habia yo contado nunca, y que entónces creo que no sabia contar en moneda efectiva: pagarme aparte las poesías del número de los domingos, que era una revista de mayor tamaño; la colaboracion en el folletin con Espronceda convaleciente ya de una larga enfermedad, y mi presentacion inmediata en su casa por él en persona. Espronceda era el ídolo de mis creencias literarias. Donoso y Pastor Diaz me autorizaron abrazándome para abandonarles, y me pasé al campo de Villalta sin traicion ni villanía.
Continué en él publicando centenares de versos, entre los cuales habia algunos chispazos de ingenio que hacian, por efecto de la moda, no parar mientes en mis infinitos y excéntricos disparates. Es verdad que contribuian á darlos boga las lecturas que de ellos hacia en los salones del Liceo, en el palacio de los duques de Villahermosa, quienes, ausentes de Madrid á la sazon, se los habian cedido á aquella sociedad literaria y artística. Era el Liceo... Pero ya ha dicho lo que era en La Ilustracion el ameno Curioso parlante D. Ramon de Mesonero Romanos; y ante él arría bandera quien en su juventud supo aprovecharse de su picante y donosa crítica, y hoy se complace en hallar una ocasion de darle una prueba pública de consideracion y respeto. Allí, en el Liceo, reñí yo y gané grandes batallas, y cobré fama de gran lector; allí ayudé á subir á la tribuna y entrar en la palestra literaria á Rodriguez Rubí, con su precioso romance de la venta del jaco; allí coroné una noche á Carolina Conrado y presenté una mañana á Gertrudis Avellaneda; allí... pero lo que sucedió allí lo sabe todo el mundo, y lo que no sepa se lo dirá mejor que yo el Curioso Parlante.
Ya se lo ha dicho en La Ilustracion del 22 de Octubre: «de allí salieron los que allí figuraron despues como ministros, embajadores, consejeros, senadores, diputados y publicistas, alternando en diversos bandos y épocas, segun la marcha de los sucesos: y sólo Zorrilla y el que esto escribe se obstinaron en conservar su independencia y su nombre exclusivamente literario, sin aspirar á su engrandecimiento por otros caminos; con la circunstancia en pró de Zorrilla de que á mí sólo me faltaba la ambicion, y á Zorrilla le faltaban la ambicion y la fortuna.» Esto dice D. Ramon de Mesonero Romanos, y Dios le bendiga como yo le agradezco que lo haya dicho.
Lo que no dice y le voy á decir yo á V., mi querido Velarde, es cómo éste á quien llama ilustre, corriendo quijotescamente trás de ideales fantásticos, no era en la vida social ni en la literaria más que un tonto y un ingrato.
VII.
Lenta y perezosa carrera lleva mi correspondencia epistolar con V., mi querido poeta, interrumpida dos veces por versos que no pudieron ménos de ser en su lugar publicados: atañendo ambas á asuntos tan perentorios y tan de actualidad como es el de las inundaciones y el de mi escaso beneficio[1]. Concluyo, pues, con las noticias que de mí me propuse dar á V. y Dios haga que la gente de hoy vea bajo su verdadero punto de vista, y tome en su sentido verdadero, lo que de mí me resta que decirle.
Una tarde me dijo Villalta: «esta noche iremos á casa de Espronceda, que ya desea ver á V.» Figúrese usted que un creyente hubiera enviado por escrito su confesion al Papa, y que S. S. le hubiera contestado: «venga V. esta noche por la absolucion ó la penitencia» esta fué mi situacion desde las cuatro de la tarde, hora en que Villalta me anunció tal visita, hasta las nueve de la noche, hora en que se verificó. Yo creia, yo idolatraba en Espronceda. Si aquel oráculo divino á quien yo iba á consultar desaprobaba mis versos, si aquel ídolo á cuyos piés iba yo á postrarme desdeñaba mi homenaje, no tenia más remedio que irme á buscar á mi padre á la corte de Oñate, y suplicarle contrito que me matriculase en la Universidad de Vergara.
Villalta leyó sonriendo en mi fisonomía lo que pasaba en mi interior, y me condujo en silencio á la calle de San Miguel, núm. 4. Espronceda estaba ya convaleciente, pero aún tenia que acostarse al anochecer. Introdújome Villalta en su alcoba, y diciendo sencillamente «aquí tiene V. á Zorrilla», me empujó paternalmente hácia el lecho en que estaba incorporado Espronceda. Yo, no encontrando una palabra que decir, sentí brotar las lágrimas de mis ojos, los brazos de Espronceda en mi cuello, sus labios en mi frente, y su voz que decia á Villalta, «es un niño».
Hubo un minuto de silencio, del cual no he sabido nunca hacer un poema: Villalta se despidió y nos dejó solos; de la conversacion que siguió... no me acuerdo ya: al cabo de media hora nos tuteábamos Espronceda y yo, como si hiciera veinte años que nos conociéramos; pero la luz que estaba en el gabinete no iluminaba la alcoba, en cuya penumbra no habia yo todavía visto á Espronceda; «no te veo», le dije; «pues trae la luz», me respondió; y trayendo yo la bujía, le contemplé por primera vez, como á la primera querida que me hubiera dado un beso á oscuras.
La cabeza de Espronceda rebosaba carácter y originalidad. Su cara, pálida por la enfermedad, estaba coronada por una cabellera negra, riza y sedosa, dividida por una raya casi en el medio de la cabeza y ahuecada por ambos lados sobre dos orejas pequeñas y finas, cuyos lóbulos inferiores asomaban entre los rizos. Sus cejas negras, finas y rectas, doselaban sus ojos límpidos é inquietos, resguardados como los del leon por riquísimas pestañas: el perfil de su nariz no era muy correcto, y su boca desdeñosa, cuyo labio inferior era algo aborbonado, estaba medio oculta en un fino bigote y una perilla unida á la barba, que se rizaba por ambos lados de la mandíbula inferior. Su frente era espaciosa y sin más rayas que la que de arriba abajo marcaba el fruncimiento de las cejas; su mirada era franca, y su risa pronta y frecuente, no rompia jamás en descompuesta carcajada. Su cuello era vigoroso y sus manos finas, nerviosas y bien cuidadas. A mí me pareció una encarnacion de Píndaro en Atinoo: de tal modo me fascinó su belleza varonil, su conversacion animada y la alta inspiracion de su poesía. Espronceda sabia más que la mayor parte de los que despues de él hemos alcanzado reputacion: discípulo de Lista como Ventura de la Vega y Escosura, era buen latino y erudito humanista; pero empapado en la poesía inglesa de Shakespeare, Milton y Pope, era la personificacion del clasicismo apóstata del Olimpo, y lanzado, Luzbel-poeta, en el infierno insondable y nuevamente abierto del romanticismo.
Espronceda era leal, generoso y bueno: la política y los amigos le dieron un carácter y una reputacion ficticia, que jamás le pertenecieron; y las medianías vulgares le han calumniado despues de su muerte, hasta atribuirle versos y libros infames, que jamás pensó en producir.
A la tercera visita que le hice de dia, me cansé de la sociedad de sus amigos: no porque su conversacion me espantara, sinó por que no la comprendia; vivia yo dado á mi trabajo, y no conocia á nadie de los ni de las de quiénes allí se hablaba. Una noche entré en su alcoba despues de las doce: dolores articulares y escasez necesaria de nutricion teníanle á él desvelado, y á mí con pocas ganas de recogerme temprano la estrechez de mi pupilaje.
—Vengo á esta hora—le dije—porque es en la que no tienes amigos en tu casa.
—¿No te gustan mis amigos?
—No.
—Pues hablemos de otra cosa; y me alegro de que tengas libres estas horas, que son para mí las más insoportables; ¡tardo tánto en conciliar el sueño!..
Hacia poco que le habia abandonado Teresa: yo ni la conocia, ni aun tenia por entónces conocimiento de que existiese: yo no conocia de la vida de Espronceda más que sus escritos; yo adoraba al poeta, y aun no conocia del hombre ni siquiera la persona, puesto que no le veia más que en el lecho donde le retenia su enfermedad.
Seguí pues yendo á visitarle despues de media noche.
Y de aquellas conversaciones á solas con Espronceda sí que podria yo hacer un libro; pero hay libros que no deben ser leidos hasta cuarenta años despues de escritos.
Espronceda y yo nos quisimos y nos estimamos siempre; pero nuestras diversas costumbres, áunque no las entibiaron, hicieron ménos frecuentes nuestras relaciones. Yo deserté el primero del cafetin del teatro del Príncipe, en donde nos juntábamos, y me pasé al de Sólito, con los Gil y Zárate, G. Gutierrez y otros, á quienes comenzó á importunar el elemento militar y político que se incrustó allí en el literario; y con motivo de mi primer matrimonio, del cual Espronceda no se atrevió á hablarme más que una vez, comprendió que el niño era ya hombre; y habiendo ya escrito El Cristo de la Vega y Margarita la Tornera, estimó al hombre como un hermano y al poeta como ingenio privilegiado que él era, y que no tenia nada que envidiar al mozo atrevido que osaba trepar á tientas al Parnaso.
Encerréme yo en mi casa y seguí produciendo libros: García Gutierrez me dió la mano para presentarme en la escena, ó más bien me sacó á ella en brazos, en un drama que escribimos juntos, y comencé la vida aislada y poco social que he llevado siempre. La gimnasia, que necesitaba mi sietemesina naturaleza, el tiro de pistola, que en tiempos tan revueltos no era inútil estudio, y los paseos á caballo por fuera de puertas, eran mis perennes entretenimientos; en medio de los cuales escribí once tomos de versos, de los cuales no he sabido jamás cuatro de memoria.
El Liceo concluyó entre tanto, saliendo sus sócios más notables para las embajadas, los ministerios y los destinos más importantes de la nacion: Mesonero Romanos se fué á su casa, cargado de memorias, y yo á la mia de coronas de papel recogidas en una funcion de obsequio que se me dió, y con un álbum en cuya primera hoja escribió S. M. la Reina D.ª Isabel. Tal fué el fin y el fruto que yo saqué del Liceo.
Salustiano Olózaga, á quien habia hecho emigrar mi padre cuando era superintendente general de policía, y que fué uno de mis mejores amigos, me ofreció la entrega de mis bienes paternos, que habian sido secuestrados; pero yo rehusé incautarme de ellos, creyendo que «pues habia abandonado mi casa, habia renunciado á mis derechos de hijo...» Olózaga vió que yo era un tonto: mi padre me lo dijo cuando volvió de su emigracion, y yo lo creo ahora que lo escribo. Mi quijotesco modo de ver las cosas y mi caballeresco desprendimiento no fué apreciado por nadie: mi padre me dijo que habia hecho mal en no aprovechar mi favor en el partido liberal, sacrificio que yo creia muy agradable á su intransigencia realista; mi extrañamiento de la sociedad y mi vida oscura de diario trabajo, no me procuró más amigos que el público; y como todos no son nadie, no tuve más amigo que mi trabajo; y como corriendo los tiempos cambian las aficiones y las predilecciones sociales, yo gané mucha fama con dos ó tres afortunadas obras, y llegué á la vejez como la cigarra de la fábula. Pero en mis famosas obras se revela la insensatez del muchacho falto de mundo y de ciencia, exento de todo sentido práctico, y jamás apoyado en principio alguno fijo.
Yo debia mi fama á mis inspiraciones románticas de Toledo.
Aquella gótica catedral, cuyas esculturas se habian levantado de sus sepulcros para venir á cruzar por mis romances y mis quintillas; aquel órgano y aquellas campanas que en ellos habian sonado; aquellos rosetones, capiteles y doseletes; aquellos cláustros católicos, aquellas mezquitas moriscas, aquellas sinagogas judías, aquel rio y aquellos puentes y aquellos alcázares que habian dado á mis repiqueteados y desiguales versos la vistosa apariencia de sus festonadas labores de imaginería y de crestería, no me habian merecido más que el desprecio de su antigüedad y la mofa de su perdida grandeza; y aquel pueblo, á cuyas costumbres, á cuyas tradiciones y á cuyas consejas debia yo todo el valor de mi poesía lírica y legendaria, no me mereció más que el epíteto de imbécil, en aquella estrofa, padron de mi infamia:
¿Concibe V. poeta más necio y más ingrato, mi querido Velarde? ¿Por qué llamé yo imbécil al pueblo de Toledo? ¿Por que era religioso y legendario, y pretendia yo echármelas de incrédulo y de volteriano? Pues entónces, ¿por qué seguia buscando fama y favor con mi poema de María y con el carácter religioso y creyente de todas mis obras? Porque el imbécil era yo: y gracias á Dios que me ha dado tiempo, juicio y valor civil para reconocer y confesar públicamente en mi vejez mi juvenil imbecilidad.
En cuanto á mi ingratitud... por más que me avergüence y me humille tal confesion, no quiero morir sin hacerla. La muerte de Larra fué el orígen de mis versos leidos en el cementerio. Su cadáver llevó allí aquel público, dispuesto á ver en mí un génio salido del otro mundo á éste por el hoyo de su sepultura; sin las extrañas circunstancias de su muerte y de su entierro, hubiera yo quedado probablemente en la oscuridad, y tal vez muerto en la más abyecta miseria; y apenas me ví famoso, me descolgué diciendo un dia:
Hé aquí un insensato que insulta á un muerto, á quien debe la vida; que intenta deshonrar la memoria del muerto á quien debe el vivir honrado y aplaudido. ¿Concibe V., Sr. Velarde, un ente más ingrato ni más imbécil? Pues ese era yo en 1840; mezcla de incredulidad y supersticion, ejemplar inconcebible de progresista retrógrado, que ignoraba, por lo visto, hasta la acepcion de las palabras que escribia.
Han transcurrido treinta y nueve años: nadie ha venido jamás á pedirme cuenta de mis palabras, y aprovecho la primera, aunque tardía, ocasion que á la pluma se me viene, para dar á quien corresponde una satisfaccion espontánea y jamás por nadie exigida; quiero decir: á los toledanos de hoy y á los hijos de Larra.
Y en estas últimas líneas, con las que con V. corto mi correspondencia, fundo yo más vanidad, mi querido Velarde, y espero que halle V. más motivo de estimacion que en los cuarenta tomos de versos que lleva escritos el autor de D. Juan Tenorio.
VIII.
Abreviemos este relato, sobre el cual deseo pasar como sobre áscuas. Mis memorias son demasiado personales para inspirar interés, y demasiado íntimas para ser reveladas en vida: temo además que parezcan comezon de hablar de mí mismo, cuando siento un profundísimo anhelo y tengo perentoria necesidad de desaparecer de la escena literaria
Corramos, pues, cuatro años en cuatro líneas. Habíame hecho conocer como poeta lírico y como lector en el Liceo: el editor Delgado me compraba mis versos coleccionados en tomos, despues de haber sido publicados en El Español y en otros periódicos; pero terminada la guerra carlista con el convenio de Vergara, emigró mi padre á Francia y era forzoso procurarle recursos. Acudí á mi editor D. Manuel Delgado, quien á vueltas de larguísimas é inútiles conversaciones no me dejaba salir de su casa sin darme lo que le pedia; es decir, jamás me lo dió en su casa, sinó que me lo envió siempre á la mia á la mañana siguiente del dia en que se lo pedí: parecia que necesitaba algunas horas para despedirse del dinero, ó que no queria dejarme ver que lo tenia en su casa, ó que no era dueño de emplearle sin consulta ó permiso prévio de incógnitos asociados. Como quiera que fuere, comenzó á pasarme una mensualidad, de la cual enviaba parte á mi padre; pero era preciso trabajar mucho; y tan falto de ciencia como de tiempo, continué produciendo tántas líneas diarias cuantos reales necesitaba, sin tiempo de pensar ni de corregir las vanalidades que en ellas decia. Comprendiendo al fin que no era posible repicar y andar en la procesion, suprimí las amistades del café y las visitas de cumplimiento; y encerrándome en mi casa cerré su puerta á los ociosos y á los gorristas; quedándome reducido á la cariñosa amistad de Pastor Diaz, á la proteccion incondicional de Donoso Cortés, y á la sociedad de G. Gutierrez, á quien quise y quiero como á un hermano mayor, y á la de Fernando de la Vera, el corazon más leal y más constante de cuantos me han acordado su afecto y pasado cariñosamente por las desigualdades de mi carácter.
Años hemos pasado juntos y años sin vernos ni escribirnos; al volvernos á encontrar, Gutierrez desplega la misma sonrisa semi-séria con que nos despedimos hace treinta años, y Fernando de la Vera, de prodigiosa memoria, toma la conversacion donde la dejamos hace veinte. Yo admiro y saboreo aún los versos de G. Gutierrez, aunque ya él no me los lee, y Fernando de la Vera se admira de haber escrito los suyos, sin haber tenido jamás necesidad de escribirlos. Los Villa-Hermosa habian desaparecido de Madrid; y cuando yo leia mis versos en las sesiones del Liceo, en los salones de su palacio, esperaba siempre ver aparecer por detrás de algun tapiz la severa figura del viejo duque, que me perdonaba las muchachadas que le enojaron, ó la pálida hermosura de la duquesa, que tengo aún en las pupilas como la imágen de la duquesa de quien habla Cervantes, ó la faz, en fin, semi-burlona del actual duque, que venia á decirme: «Mira cómo te regocijas en mi casa, como si estuvieras en la tuya.» Los Madrazos se habian dividido en muchas familias, y Espronceda entre sus ruidosos amigos me llamaba el viejo de veinticuatro años.
Pero era preciso vivir, y para vivir era forzoso trabajar. La casualidad, que es la providencia de los españoles, y la debilidad de García Gutierrez para conmigo, me abrieron campo más ancho, franqueándome la escena, cuando más necesitaba variar y acrecentar mis medios de accion y de subsistencia.
No recuerdo por qué ni cómo, porque aún no conocia el teatro por dentro, habia quedado Madrid aquel verano sin compañía dramática alguna, ni por qué ni cómo andaban por las provincias Matilde, los Romeas y los empresarios habituales de sus coliseos: el hecho era que desde fines de Mayo actuaba en el del Príncipe una sociedad improvisada, bajo un programa tan modesto que no anunciaba más pretensiones que la de no dejar al público de Madrid sin ningun espectáculo. Componíanla García Luna, Juan Lombía, Pedro Lopez, Alverá, Bárbara y Teodora Lamadrid, la Llorente, la Puerta como graciosa, Azcona, Monreal y media docena de bailarinas. Luna y la Bárbara eran ya actores de reputacion; Azcona y la Llorente eran resto de las buenas compañías de Grimaldi: Breton no habia aún escrito para Lombía El pelo de la dehesa, y no habia tenido aún tiempo Teodora de abordar los grandes papeles. Una mañana de Junio, miércoles ántes de un Corpus Christi, pasaba yo por la calle Mayor, de vuelta de casa de Delgado, á quien no habia podido ver; acordéme de que hacia más de un mes que no veia á G. Gutierrez, que habitaba en un piso principal de los soportales, y me ocurrió verle y ver si él me procuraba el dinero que de Delgado no habia obtenido. Colocaban los operarios del municipio el toldo para la procesion del dia siguiente; y como yo anduviese por entónces muy dado á la gimnasia, para fortalecer el brazo izquierdo que me habia roto de muchacho, y como dos cuerdas del toldo colgasen hasta la calle, aseguradas en el balcon de G. Gutierrez, trepé á su aposento por tan inusitado camino, encontrándole todavía acostado, á pesar de ser cerca de medio dia. Nuestra conversacion no fué muy larga.
—¿Qué tienes? ¿Por qué estás aún en la cama?
—Porque me aburro: y tú, ¿qué traes?
—Mohina por no haber encontrado á Delgado en casa.
—¿Necesitas dinero?
—¿Cuándo no?
—Pues dos dias hace que estoy yo aquí discurriendo de dónde sacar dos mil reales.
—¡Pero, hombre, tú, con ofrecer una obra al teatro!..
—No tengo más que medio acto de un drama.
—Pues yo te ayudaré; y haciendo en tres dias tres actos cortos, yo me encargo de sacarle á Delgado el precio del derecho de impresion, y tú puedes tomar los de representacion de la compañía del Príncipe, que verá el cielo abierto de tener en Junio un drama del autor del Trovador.
Hice á Gutierrez oferta tal, sin pesar más que mi buen deseo, y aceptóla él sin pensar en mi inexperiencia del arte dramático, ni la distancia que entre él y yo mediaba. Convinimos en que él me escribiria el plan de su obra y vendria á las cuatro á comer con mi familia, para repartirnos el trabajo. Hízolo así Gutierrez; leyóme las dos primeras escenas que tenia escritas: tocóme á mí escribir el acto segundo, y nos despedimos al anochecer para juntarnos el jueves á las cuatro, á examinar el trabajo por ambos hecho en la noche. El jueves me trajo dos escenas más, y leíle yo todo el acto segundo. Asombróle mi trabajo y esclamó:—¡Demonio! ¿Cómo has hecho eso?—Pues poniéndome á trabajar ayer en cuanto te fuiste, y no habiéndolo dejado ni para dormir, ni para almorzar.
Fuése picado, y concluyó su primer acto en aquella noche: el viernes concluimos cada cual la mitad del tercero que le tocó: el sábado lo copié yo, el domingo lo presentó él al teatro y cobró tres mil reales, y el lunes cobré yo otros tres mil de Delgado... y no siguió aburriéndose García Gutierrez, y envié yo á mi padre dos mensualidades, y ganosos los actores de complacer al público, y éste de recompensarles su buena voluntad, se representó y se aplaudió el drama Juan Dándolo; en cuyo apellido esdrújulo veneciano cargamos nosotros el acento en su segunda sílaba, por razones que no hay necesidad de aducir: y cátenme ya autor dramático por gracia de García Gutierrez, que me aceptó en él por su colaborador.
Mi innata é inconsciente audacia me arrastró á escribir inmediatamente mi Cada cual con su razon, en cuya comedia atropellé la historia, clavándole á Felipe IV un hijo como una banderilla; pero la limpia y armoniosa diccion de Bárbara Lamadrid, la intencionada representacion de García Luna, el empeño de Lombía, el esmero de Alverá en ensayar como profesor de esgrima el duelo á cuatro con espada y daga del primer acto, el discreteo galan de algunas escenas, y mi insolente fortuna sobre todo, hicieron parecer un éxito la benevolencia del público con el atrevido mozalvete, autor de aquel afiligranado desatino.
«A mí que las vendo,» me dije: y á los dos meses presenté mis Aventuras de una noche, comedia en la cual levanté un chichon histórico á don Pedro de Peralta y otro al príncipe de Viana. Al infantil enredo de esta mi segunda comedia dieron un alto relieve la Bárbara y la Llorente: y á fin de año dí mi primera parte de El Zapatero y el Rey, en cuyo drama hizo Luna maravillas, y yo una conjuracion de muchachos de colegio, que no hay narices con que admirar; pero en cuyo argumento hay realmente el gérmen de un drama.
Desde aquella noche quedé, como un mal médico con título y facultades para matar, por el dramaturgo más flamante de la romántica escuela, capaz de asesinar y de volver locos en la escena á cuantos reyes cayeran al alcance de mi pluma. Dios me lo perdone: pero así comencé yo el primer año de mi carrera dramática, con asombro de la crítica, atropello del buen gusto y comienzo de la descabellada escuela de los espectros y asesinatos históricos, bautizados con el nombre de dramas románticos.
Si entónces hubiera vuelto mi padre de la emigracion, y él con su jubilacion de consejero de Castilla (que más tarde le concedió S. M. la Reina doña Isabel) y yo con el producto de mis leyendas, hubiéramos cuidado de nuestro solar y de nuestras viñas, habríamos ambos vivido en paz; habria él muerto tranquilo y sin deudas, y hubiérame yo ahorrado tántos tumbos por el mar y tántos tropezones por la tierra, acosado por la envidia y por las calumnias de los que codician una gloria que no es más que ruido y unas coronas de papel, bajo cuyas hojas sin sávia vienen siempre millones de espinas, que bajan atravesando el cerebro á clavarse en el corazon de los que en España llegan á la celebridad literaria.
Pero mi padre, tenaz en sus opiniones, se obstinó en no acogerse á amnistía alguna; mi infeliz madre siguió oculta por las montañas, no queriendo ver ni aprovechar la tolerancia del progreso; y Lombía, al hacerse empresario del teatro de la Cruz, me ofreció un sueldo mensual por no escribir para el del Príncipe, á donde volvieron Matilde y Julian, y ajustó á Cárlos Latorre con la condicion de que estrenara mi segunda parte de El Zapatero y el Rey, de la cual habia yo hablado, como consecuencia del ensayo hecho en la primera.
Lombía, actor de ambicion, empresario activo y espíritu tan malicioso como previsor, habiendo crecido en reputacion con la ayuda de las obras de Breton y de Hartzenbusch, sus amigos casi de infancia, no desaprovechó la doble ocasion, que á la mano se le vino, de interesar pecuniariamente en su empresa á Fagoaga, director entónces del Banco, y de ajustar en su compañía á Cárlos Latorre; á quien Julian Romea, su discípulo, habia desdeñado, dejándole sin ajuste en la suya del Príncipe. Latorre era el único actor trágico heredero de las tradiciones de Maiquez y educado en la buena escuela francesa de Talma. Su padre habia sido alto empleado en Hacienda, intendente de una provincia, en tiempos anteriores; y Cárlos, buen ginete, diestro en las armas y de gallarda y aventajada estatura, habia sido paje del Rey José, y adquirido en Francia una educacion y unos modales que le hacian modelo sobre la escena. Grimaldi, el director más inteligente que han tenido nuestros teatros, habia amoldado sus formas clásicas y su mímica greco-francesa á las exigencias del teatro moderno, haciéndole representar el capitan Buridan de Margarita de Borgoña de una manera tan intachable como asombrosa y desacostumbrada en nuestro viejo teatro. Cárlos Latorre no era ya jóven, pero no era aún de desdeñar, sobre todo si se le procuraba un repertorio nuevo, en cuyos nuevos papeles, obligándole á concluir de perder sus resabios de amaneramiento francés, se le abriese un nuevo campo en que desplegar sus inmensas facultades.
Lombía se apresuró á ajustarle en su compañía del teatro de la Cruz, en la renovacion de cuyo escenario y decoracion de cuya sala gastó cerca de cuarenta mil duros; y agregándose al erudito y estudioso galan Pedro Mate, á la Antera y á la Joaquina Baus, heredera ésta de los papeles del teatro antiguo de la Rita Luna, y hermosísima dama de Lo cierto por lo dudoso, y á las dos Lamadrid, Bárbara, ya acreditada, y Teodora, esperanza justa del porvenir, juntó una numerosa aunque algo heterogénea compañía, de la cual no supo sacar partido por dejarse llevar de su vanidad personal y de las miserables rencillas de bastidores, dividiéndola en dos y sacrificando una mitad en provecho de la otra.
Pero es larga materia, y merece número aparte.
IX.
Hacia ya tres meses que habia abierto Lombía el teatro de la Cruz, corregido y aumentado con un espacioso escenario y un nuevo telar que permitian poner en escena las obras que más aparato exigiesen; pero como dueño de su caballo, se habia apeado por las orejas, y no habia puesto más que obras, en las cuales como en El Cardenal y el judío, se habian gastado muchos dineros á cambio de algunos silbidos y del desden y la ausencia del público. Julian y Matilde con su compañía marchaban miéntras viento en popa, llevándose con justicia su favor y sus monedas al teatro del Príncipe. Lombía era un gracioso de buena ley y un característico de primer órden en especiales papeles; era uno de los actores más estudiosos y que más han hecho olvidar sus defectos físicos con el estudio y la observacion. Su figura era un poco informe por su ninguna esbeltez y flexibilidad; su fisonomía inmóvil, de poca expresion; y sus piernas un si es no es zambas; cualidades personales que, en lo gracioso y lo característico, le daban el sello especial del talento, pues se veia que luchando consigo mismo de sí mismo triunfaba; pero le hacian desmerecer en los papeles y con los trajes de galan, cuya categoría tenia afan de asaltar, saliéndose de la suya, en la cual algunas veces era una verdadera notabilidad: como en D. Frutos de El pelo de la dehesa, en el Garabito de La redoma encantada y en el exclaustrado D. Gabriel de Lo de arriba abajo. En tal empeño, y luchando desventajosamente con la competencia del Príncipe, llegó Lombía en el teatro de la Cruz á las fiestas de Navidad, habiendo agotado el bolsillo de Fagoaga y la paciencia del público.
Cárlos Latorre y la parte de la compañía que en su género sério le secundaba, apenas habia trabajado en unos cuantos dramas viejos, de los cuales estaba ya el público hastiado; y si la obra que en Navidad se estrenara no sacaba á flote la nave de la Cruz del bajío en que Lombía la habia hecho encallar, tenia las noventa y nueve contra las ciento de naufragar ántes de Reyes. Todos los autores de alguna reputacion estaban con Romea: excepto yo, que tenia señalados, pero no los cobraba, mil quinientos reales mensuales por no escribir para el Príncipe, y la obligacion de presentar un drama en Setiembre y otro en Enero. El 21 de Setiembre habia presentado la Segunda parte del Zapatero y el Rey: llegó, empero, el 23 de Diciembre, y se puso en escena, con grandes esperanzas, una Degollacion de los inocentes, arreglada del francés, y en la cual hacía Lombía el papel del rey Herodes. Fagoaga habia consentido en suplir gastos y abonar sueldos hasta la primera representacion de Noche-buena; pero los inocentes fueron degollados en silencio en el acto segundo, en medio de cuya degollina se presentó Lombía con el flotante manto y el tradicional timbal de macarrones en la cabeza, con el que solian representar á Herodes los pintores y escultores de imaginería de la Edad Media; y el drama continuó arrastrándose penosamente hasta su final entre los aplausos de los amigos de la empresa, á quienes nos interesaba su porvenir, y la hilaridad del público de Noche-buena, que tomó en chunga á Herodes y á sus niños descabezados.
Entónces recordó la empresa que yo habia cumplido mi contrato, y que mi rey D. Pedro descansaba en el archivo, y preguntó si habria medio de ponerle en escena con la rapidez que exigian las circunstancias, y como tabla de salvacion del Naufragio de la Medusa, que habia tambien naufragado ántes del degollador Tetrarca Hierosolimita.
El pintor-maquinista Aranda, que era amigo mio, habia armado y pintado en ratos perdidos, y con palitos y tronchitos, como se dice en lenguaje de bastidores, las decoraciones de mi drama: Latorre, Noren, Mate y la Teodora habian estudiado sus papeles, por no tener cosa mejor en que pasar su tiempo; de modo que con un poco de la buena voluntad á que obliga la necesidad con su cara de hereje, el rey D. Pedro podia presentarse al público con tres ensayos y el paso de papeles. Pero habia la dificultad de que el papel del zapatero requeria un primer actor, y Latorre y Mate se habian ya encargado de los del rey D. Pedro y del infante Don Enrique. Yo me fuí derecho á Lombía, por consejo de Cárlos Latorre, y le dije: que el papel de zapatero era el principal del drama, puesto que se titulaba El Zapatero y el Rey, y no El Rey y el Zapatero; que los maldicientes malquerientes de la empresa, y nuestros enemigos naturales (que eran los del teatro del Príncipe), decian que no se atreveria nunca á presentarse en escena con Cárlos Latorre, y que por eso habia dividido en dos la compañía; que yo habia escrito el papel de Blas expresamente para él, y que finalmente, el único modo de salvar el teatro y mi pobre drama, que trás de tantos tumbos y naufragios se iba á hacer á la mar, necesitaba al capitan del buque para cuidar del timon.
Lombía, ó vencido por mis razones, ó viendo que el papel era de aplauso seguro, aunque el drama no gustara, cayó en el lazo, aceptó el papel, se activaron los ensayos y llegó el momento de redactar el cartel. Aquí era ella. ¿Qué nombre iria en él delante? ¿El de Cárlos ó el suyo? Las vanidades del teatro son más incapaces de transaccion que las de D. Alvaro de Luna y del conde-duque de Olivares: Cárlos cedió, en obsequio á mí; pero me costaba la transaccion más tal vez de lo que valia el drama: se me impuso la condicion de que habia de consentir que se anunciase con mi nombre; cosa inusitada hasta entónces, y áun muy rara vez usada hoy en dia. Neguéme yo á semejante innovacion, alegando que era un alarde de vanidad que iba á atraer indudablemente una silba sobre mi obra, y que mi nombre puesto en los anuncios desde la primera representacion, era un cartel de desafío, cuyo guante arrojaba la empresa y cuyo campeon inmolado iba á ser el pobre autor en cuyo nombre lo arrojaba. Sostuvo la empresa su opinion, alegando que, en el estado en que se hallaba el teatro, sólo mi nombre atraeria gente á la primera representacion, y que era una falsa modestia el encubrir mi nombre, porque ¿á quién se podria ocultar que habria escrito la segunda parte el mismo que habia escrito la primera? Yo, entre la espada y la pared, pospuse mi derecho al bien de la empresa; y una mañana apareció el cartel anunciando la primera representacion de la segunda parte de El Zapatero y el Rey, por D. José Zorrilla: y el nombre del poeta más pequeño que habia en España, apareció en las letras más grandes que en cartel de teatros hasta entónces se habian impreso.
Resultó lo que yo habia previsto: todos los poetas, periodistas y escritores de Madrid,—excepto Hartzenbusch y Leopoldo Augusto de Cueto, hoy marqués de Valmar, que me sostuvieron y ampararon siempre, y el Curioso Parlante, que no sé si habia ido más que á la inauguracion del teatro de la Cruz,—se dieron de ojo para preparar la más estrepitosa caida á mi forzada vanidad: las cañas se me volvieron lanzas, y mis mejores amigos tornaron la espalda al orgulloso chicuelo que decia al firmar el cartel—«¡aquí estoy yo!—ficó Blas y punto redondo.»—Apeché yo con la desventaja de la lucha y me resolví á morir en brava lid, como el gladiador á quien decia «digitum porgo» el pueblo de los circos de Roma. La empresa y los actores tomaron despechados á pechos llevar el drama adelante, y la noche del ensayo general estaba el teatro más lleno que lo iba á estar la de la primera representacion. Una multitud de amigos fué á estudiar las situaciones débiles, y las escenas difíciles y atacables de mi obra, para herirla á golpe seguro y en sitio mortal.
Era esta una escena del acto tercero. Pedro Mate, actor cuidadoso, idólatra de su arte y enamorado de mi drama por la amistad que me tenia, se habia encargado del ingrato papel de D. Enrique; y encariñado con él se habia hecho, no solamente un costoso traje, sinó una sombra de fino alambre y bien engomada gasa, moldeada sobre su mismo cuerpo, para que apareciese en el lugar en que mi acotacion la reclamaba. Aquella sombra era una maravilla de trabajo y de parecido: era un Pedro Mate, un infante D. Enrique flotante y transparente como una aparicion de vapor ceniciento: era una sombra del rey bastardo de un efecto maravilloso; pero cuanto más ligera, fantástica y asombrosa era aquella sombra, era tanto más difícil de manejar. Puesto sobre el fondo cárdeno de la piedra de la torre de Montiel al lado de Mate, daba frio y parecia fantasma desprendida del mismo D. Enrique; pero como Mate la habia ideado y confeccionado sobre mi acotacion que dice: «La sombra de D. Enrique... aparece en lo alto del torreon, bajando poco á poco hasta colocarse en frente del rey.» Mate la habia registrado en dos alambres paralelos en plano inclinado; pero por más exactamente paralelos y perfectamente aceitados que estuviesen, la figura de gasa cabeceaba al moverse, y bajaba tambaleándose como borracha, convirtiendo la aparicion temerosa en ridículo maniquí. Añadióle Mate peso en la cabeza y pataleaba como un ahorcado; púsosele á los piés y cabezeaba como los gigantones de Búrgos: cuanto más ensayábamos la presentacion de la sombra, más mala sombra tenia para el drama y para la empresa: y á las tres de la madrugada desocuparon los amigos y los curiosos el teatro diciéndonos: «hasta mañana.»
Cárlos Latorre, despues de arrancar de cólera con las uñas una media caña dorada de la embocadura, se fué á su casa renegando de la empresa, del drama, del autor y de la hora en que se ajustó en aquel desventurado teatro; y en él nos quedamos solos, Lombía paseándose por detrás de los torreones de carton de Montiel, el maquinista Aranda por delante con intenciones de quemarlos, el pintor Esquivel en una butaca de proscenio hilvanando una retahila de interjecciones de Andalucía, y yo respaldado en la embocadura sin poder digerir aquel «hasta mañana» con que los amigos me habian emplazado tan sin merecerlo.
Aranda, que como una zorra cogida en trampa, daba vueltas por el proscenio, sin hallar salida para una idea en la confusion en que sentia entrampado su pensamiento, trabó un pié en un aparato de quinqués, portátil, volcólo rompiendo los tubos y vertiendo el aceite sobre un forillo que por tierra estaba, y al mismo tiempo que soltó alto y redondo uno de los votos que Esquivel ensartaba por lo bajo, se levantó éste exclamando—¡ya está!—y trepando á la escena, empezó á extender el aceite por la tela del forrillo, miéntras acudíamos Lombía y yo á ver el estropicio de Aranda y la untura que Esquivel seguia dando al lienzo sin cesar de repetir: «Ya está, hombres, ya está!» De repente comprendimos el «ya está» de Esquivel por lo que éste hizo; tomóme de la mano Lombía, y sacándome del teatro y dejando en él á los dos pintores, nos despedimos todos «hasta mañana,» y al cruzar la plazuela de Santa Ana para irme con el alba que ya lucia, á mi casa, núm. 5 de la plaza de Matute, lancé al aire con todo el de mis pulmones, aquel «¡hasta mañana!» que no habia podido digerir.
X.
Llegó, en fin, aquel mañana, que en los teatros es siempre noche. El despacho del de la Cruz estaba cerrado, porque todas sus localidades estaban ya vendidas. El alumbrante habia ya encendido los quinqués de los pasillos; los actores pedian ya luz para sus cuartos, y los comparsas se probaban los arrequives que mejor convenian á sus tan desconocidas como necesarias personalidades. Los comparsas son en el teatro y en la política de España lo más arriesgado y difícil de presentar.
Tenia yo por contrata el derecho de ocupar el palco bajo del proscenio de la izquierda en todas las funciones, excepto en las de beneficio: generosidad que hasta entónces no habia costado nada á la empresa, porque apenas habia tenido diez entradas llenas, fuera de los estrenos: mi familia entraba en el teatro por la plaza del Angel, y al palco por el escenario; con cuya costumbre sólo los actores me veian en el teatro, á donde no iba yo nunca á hacerme ver, sino á estudiar desde el fondo escondido del palco lo que en escena pasaba, y el trabajo de los actores para quienes me habia comprometido á escribir. Aquella noche ocupó mi familia el palco cuando aún estaba á oscuras la sala, dentro de cuyo escenario por todas partes hacia miedo; yo subí al cuarto de Cárlos Latorre.
Estaba solo con Agustin, el ayuda de cámara que le vestia, á quien hallo aún en la portería de un teatro, y á quien doy la mano como si fuera un antiguo camarada de glorias y fatigas: no há muchas semanas me hizo venir las lágrimas á los ojos recordando á su amo á quien adoraba; y eso que dice el refran que «no hay hombre grande para su ayuda de cámara,» pero este refran es francés, y en España falso por consiguiente. Cárlos se vestia cabizbajo, y la primera palabra que me dijo: fué «tengo miedo.»—«Yo le tengo siempre, le contesté; aunque nunca lo manifiesto.»—«¡Y yo que le esperaba á V. para que me diera valor!» repuso: á lo cual, cerrando la puerta y mandando al ayuda de cámara que no dejara entrar á nadie, le dije: «Hablemos cuatro minutos: y si despues de lo que le diga no se siente V. con más valor que Paredes en Cerignola, no será por culpa mia.»
Cárlos era un hombron de cerca de seis piés de estatura y podia tenerme en sus rodillas como á una criatura de seis años. Habia conocido á mi padre, superintendente general de policía; le habia debido algunas atenciones en los difíciles tiempos en que mandaba en Madrid y presidia los teatros; le habia Cárlos prestado armas y trajes para que yo hiciera comedias en el Seminario de Nobles, y habia yo empezado á declamar tomando á éste por modelo: pero por una de esas revoluciones naturales en el progreso del tiempo, habíame éste colocado en la situacion de tenerle que hacer observaciones y darle consejos; que, en honor de la verdad, escuchó y siguió con la conviccion de que eran dados con la más sincera franqueza y la más fraternal buena fé. Durante dos semanas nos habíamos encerrado en su estudio, él y yo sólos, y allí me habia hecho leerle y releerle su papel y decirle sobre su desempeño todo cuanto pudo ocurrírseme. Él, el primer trágico de España, sin sucesor todavía, la primera reputacion en la escena, escuchó con atencion mis reflexiones y se convenció por ellas de que su aversion á los versos octosílabos y al género de nuestro teatro antiguo era injusta: de que su declamacion de los endecasílabos del Edipo conservaba aún cierto dejo francés, que sólo le haria perder la recitacion de los versos de arte menor, y de que las redondillas de mi rey D. Pedro, escritas por un lector y teniendo los alientos estudiadamente colocados para que el actor aprovechara sin fatiga los efectos de sus palabras, le debian de presentar ante el público, bajo una nueva faz y como un actor nuevo en el teatro Español, sin las reminiscencias del francés, que era el único defecto que el público alguna vez le encontraba. Todo esto habia yo dicho á mis veinticuatro años á aquel coloso de nuestra escena, que iba á presentarse aquella noche en el papel del rey D. Pedro, transformado en otro actor diferente del hasta entónces conocido por gracia y poder de un muchachuelo atrabiliario, que se habia atrevido á decir la verdad á un hombre de verdadero talento y de verdadera conciencia artística.
Cuando aquel gigante se quedó solo en su cuarto con aquel chico, hé aquí lo que éste le dijo á aquel:
«Dice el vulgo, mi querido Cárlos, que este teatro es un panteon donde Lombía ha reunido una coleccion de mómias, que un chico loco está empeñado en galvanizar. Usted es una de estas supuestas mómias, y yo el loco galvanizador; pero yo, que le quiero á V. con toda mi alma, y que espero que su voz de V. llegue con las palabras de mi rey D. Pedro hasta los oidos de mi padre, emigrado en Burdeos, necesito que resucite usted, aunque me deje en la oscuridad de la fosa de que usted se alce. Jugamos esta noche V. y yo el todo por el todo; pero, aunque se hundan el autor y el drama, es forzoso que el actor se levante; nuestro público tiene aún en sí el gérmen del entusiasmo revolucionario de la época, y el personaje que va V. á representar será siempre popular en España. Vamos á tener además un poderoso auxiliar en Mr. de Salvandy, el embajador francés, que ha pedido ya sus pasaportes y un palco para asistir inconsciente á la representacion; «ya verá usted la que se arma cuando salga Beltran Claquin.»—Cárlos Latorre brincó, oyendo esto, de la silla en que estaba sentado, y yo seguí diciéndole: «con que haga usted cuenta que representa V. á Sanson, y asegúrese bien de las columnas; aunque no le darán á V. tiempo de derribar el templo.»—Mucho me temo que me le den, me dijo no muy confortado por mis palabras.—¡Qué diablos! repuse yo, si se le dan á V. sepúltese con todos los filisteos. Yo me voy á mi palco.—Pero, ¿y la sombra, que ni siquiera he visto? me dijo viéndome tomar la puerta.—Fíese V. en Aranda, que tiene ya luz con que producirla, le respondí, escapándome por el escenario.
Cuando entré en mi proscenio, ya habia empezado la sinfonía y el teatro estaba lleno. Nunca he tenido más miedo, ni más resolucion de provocar á la fortuna. A los tres cuartos para las nueve se alzó el telon; el frio del escenario entró en mi palco, sin que yo le dejara entrar en mi corazon. Se oyó el primer acto en el más sepulcral silencio; cayó el telon sin un aplauso, pero yo conocí que la impresion que dejaba no me era desfavorable.
Cárlos comprendió que necesitaba todo su brío y su talento para atraerse á un público tan mal prevenido, y al levantarse el telon para el acto segundo, encabezó su papel con uno de esos pormenores que sólo saben dar á los suyos los cómicos como Cárlos Latorre. El rey don Pedro se presenta de incógnito en el primer acto de mi obra: al presentarse Cárlos en el segundo, presentó la figura del rey como un modelo de estatuaria; apoyado el brazo izquierdo en el respaldo de su sillon blasonado de castillos y leones, y el derecho en una enorme espada de dos manos. Vestia un jubon grana con dos leones y dos castillos cruzados, bordados en el pecho; un calzon de pié, anteado y ajustado, sin una arruga, borceguíes grana bordados y con acicates de oro, y gola y puños de encaje blancos; tocando su cabeza con un ancho aro de metal, que así podia tomarse por birrete como por corona; de debajo de la cual, asomando sobre la frente el pelo cortado en redondo y cayendo por ambos lados las dos guedejas rubias, encuadraban un rostro copiado del busto del sepulcro del rey D. Pedro en Santo Domingo el Real. Era Cárlos Latorre un hombre de notables proporciones y correccion de formas: sus piernas y sus brazos, clásicamente modelados, daban movimiento á su figura con la regularidad académica de las de los relieves y modelos de la estatuaria griega: siempre sobre sí, en reposo y en movimiento, estaba siempre en escena; y ni el aplauso ni la desaprobacion le hacian jamás salirse del cuadro ni descomponerse en él. Al empezar el acto segundo, su figura semi-colosal, vestida de ante y de grana, se destacaba sobre el fondo pardo de un telon que representaba un muro de vieja fábrica, reposando perfectamente sobre su centro de gravedad, ligeramente escorzada y en actitud tan intachable como natural; y así permaneció inmóvil, hasta que el público aplaudió tan bello recuerdo plástico del rey caballero á quien iba á representar; y no rompió á hablar hasta que el general aplauso espiró en el silencio de la atencion: parecia que allí comenzaba el drama. El gigante habia tenido en cuenta el consejo del muchacho pigmeo, y el actor habia ganado para sí al público que tan hosco se mostraba con el autor.
En la escena endecasílaba con Juan Pascual desplegó Cárlos todas sus poderosas facultades orales y toda la clásica maestría de su dominio de la escena; la cual estaba estudiada con tan minucioso cuidado, que tenian marcado su sitio los piés de los comparsas, los de Juan Pascual y los suyos para la escena penúltima; y al decir al conspirador que si el cielo se desplomara sobre su cabeza le veria caer sin inclinarla, rugió como un leon estremeciendo al auditorio; y al barrer, despues de un gallardísimo molinete de su tremendo mandoble, las once espadas de los conjurados, al tiempo que el antiguo zapatero Blas abria tras él la puerta de salvacion, el público entero se levantó en pró del rey que tan bien se servia de sus armas, y aplaudió entusiasta la promesa de su vuelta para el acto siguiente. El actor habia ganado la primera jugada de una partida de tres. El rey habia derrotado el ala derecha del enemigo: el público no habia visto jamás un combate tan bien ensayado en los teatros de Madrid, y pedia ¡el autor! que no parecia. Alzóse el telon sobre Cárlos Latorre; y cuando éste, dirigiendo la vista á mi palco me dirigia una mirada de indefinible satisfaccion, esperando que yo saltase á la escena para compartir con él un triunfo que era solamente suyo, oyó con asombro á Felipe Reyes, autor de la compañía, decir: «Señores, el nombre del autor está en el cartel y el Sr. Zorrilla en su palco; pero suplica al público que no insista en su presentacion, porque tiene mucho miedo al tercer acto.»
El público de entónces entraba en el teatro á ver la representacion y se embebecia con lo que en ella pasaba; entendió que mi miedo era natural y no insistió en llamar al autor; pero continuó aplaudiendo, ayudado de mis amigos que me tenian aplazado y me esperaban en el acto tercero.
Levantóse el telon para éste. Era la primera vez que se veia la escena sin bastidores: Aranda, malogrado é incomparable escenógrafo, presentó la terraza de la torre de Montiel dos piés mas alta que el nivel del escenario; de modo que parecia que los cuatro torreones que la flanqueaban surgian verdaderamente del foso, y que los personajes se asomaban á las almenas; desde las cuales se veian en magistralmente calculada perspectiva las blancas y diminutas tiendas del lejano campamento del Bastardo, destacándose todo sobre un telon circular de cielo y veladuras cenicientas, representacion admirable de la atmósfera nebulosa de una noche de luna de invierno. El pendon morado de Castilla, clavado en medio de la terraza en un pedestal de piedra, se mecia por dos hilos imperceptibles, como si el aire lo agitára, y el aire entraba verdaderamente en la sala por el escenario, desmontado y abierto hasta la plaza del Angel. La silueta fina de la Teodora, cuya pequeña y graciosa cabeza, tocada con sus ricas trenzas negras, se dibujaba sobre el blanquecino celaje, animaba aquel cuadro sombrío, cuya ilusion era completa. Cárlos y Lumbreras yacian absortos en profunda meditacion en los dos ángulos del fondo, de espaldas al público, que aplaudió largo rato, y el pintor continuaba el triunfo del actor. Teodora dió á sus breves escenas una melancolía tan poética, Lombía al suyo una resignacion tan adustamente resuelta, y prepararon tan maestramente la escena fantástica del fatalismo bajo el cual se iba á presentar el rey D. Pedro, que cuando éste se levantó, el público estaba profundamente identificado con aquella absurda y fantástica situacion. Oyóse en silencio todo el acto; colocóse Lumbreras (Men-Rodriguez de Sanábria) sobre el torreon del fondo de la izquierda, y salió el rey con la lámpara del judío. Cárlos, al colocarla sobre el pedestal, me echó una mirada que queria decir: ¡Y la sombra! Yo permanecí impasible para no turbarle, y empezó su monólogo con el temblor del miedo que tenia á la sombra, y que hizo, por lo mismo que era un miedo real, un efecto maravillosamente pavoroso en los espectadores. ¡Brotó la llama! dijo el rey D. Pedro, y apareció detrás de él, cenicienta, callada é inmoble, la sombra transparente de D. Enrique sobre el oscuro torreon: asombróse Cárlos de verla tan al contrario de como la esperaba; identificóse con su papel, creciéndose hasta la fiebre que se llama inspiracion: y cómo dijo aquel actor aquellas palabras, cómo soltó aquella carcajada histérica y cómo cayó riéndose y extremeciendo al público de miedo y de placer, ni yo puedo decirlo, ni concebirlo nadie que no lo haya visto.
El público y el huracan entraron en el teatro: mis amigos ahullaban de placer de haber sido vencidos; Aranda y Cárlos Latorre habian convertido en éxito colosal el atrevido desatino de un muchacho, y la empresa habia parado con él á la fortuna en el despacho de billetes de su arrinconado teatro. Cuando Lumbreras anunció ¡el farol! y se apercibió éste del tamaño de una nuez sobre la mirmidónica tienda de Duglesquin, ya nadie escuchó la salida del rey. Cárlos, rendido y anheloso, volvió á la escena con Teodora, Noren y Lumbreras á recibir los aplausos del público, á cuyos gritos de «¡el autor!» volvió á presentarse Felipe Reyes y á decir medio espantado: que yo tenia más miedo al cuarto acto que al tercero.
El por entónces teniente coronel Juan Prim, que no me conocia más que por haberme encontrado várias veces en el tiro de pistola, y que se habia apercibido del elemento hostil que yo tenia en la sala, aplaudia de pié en su luneta, dispuesto á sostenerme á todo trance, comprendiendo todo el riesgo de mi negativa.
Cárlos me envió á decir que «no estirase tanto la cuerda que la rompiese.» Yo habia ensayado mi obra á conciencia: sabia cómo iban á hacer la escena de la tienda Cárlos y Mate, y fiaba además en la presencia del embajador francés en la de D. Pedro con Beltran de Claquin. Esperé, pues, el acto cuarto sin moverme del fondo de mi proscenio, y mi cálculo no salió fallido.
La tienda del acto cuarto estaba tan bien preparada por Aranda como la torre de Montiel: Cárlos dijo sus redondillas á los franceses con un brío tan despechado, hizo una transicion tan maestra como inesperada en la que empieza sí, si vosotros, señores, é hicieron por fin la suya él y Mate con tal verdad, que sólo pudo serlo más la realidad de la de Montiel.
Al cerrarse la tienda sobre la lucha de los dos hermanos, el público quedó en el mas profundo silencio; pero la salida de Mate pálido, sin casco, desgreñado y saltadas las hebillas de la armadura, arrancó un aplauso igual al de la presentacion del rey D. Pedro en el acto segundo. Mate, casi tan alto como Cárlos, pero flaco y herido de la tísis de que murió, se presentó trémulo del cansancio y del miedo de la lucha, recordando la siniestra fantasma aparecida en el torreon, y dió á su papel una poesía y unos tamaños que no habia sabido darle el autor. Cuando él concluia su parlamento, cubria yo con mi capa y su manto á Cárlos Latorre; que, tendido en la tienda, esperaba jadeante de cansancio y de emocion á que el infante mostrase á Blas Perez su cadáver. Cuando nos presentamos todos al público, me tenia de la mano como con unas tenazas: y cuando caido el telon por última vez, me cogió en brazos para besarme, creí que me deshacía al decirme las únicas y curiosas palabras con que acertó á expresarme su pensamiento, que fueron: «¡diablo de chiquitin!» y me dejó en tierra.
Así se ensayó y se puso en escena la segunda parte de El Zapatero y el Rey, el año 41 ó 42, no lo recuerdo con exactitud: tal era la fraternidad que entónces reinaba entre autores y actores; tal era el cariño y entusiasmo del público por los de entónces, y tan poco consistentes sus ojerizas y enemistades, que el menor éxito las vencia, y el soplo vital de la lealtad las disipaba.
Un pormenor digno de no ser olvidado. Llevaba ya El Zapatero y el Rey treinta y tantas representaciones que habian producido sobre veinte mil duros, estaban ya pagados hasta los espabiladores, y aun no le habia ocurrido á la empresa que me debia seis meses de sueldo y el precio del drama con que se habia salvado. Siempre en España ha sido considerado el trabajo del ingenio como la hacienda del perdido y la túnica de Cristo, de las cuales todo el mundo tiene derecho á hacer tiras y capirotes.
Hasta que el viejo juez Valdeosera se presentó una noche á intervenir la entrada, no cayeron en la cuenta Salas y Lombía de que no podíamos los poetas vivir del aire, y se apresuraron á darme paga cumplida con intereses y sincera satisfaccion, y era que realmente, con la más cándida impremeditacion, se habian olvidado recogiendo los huevos de oro del que les habia traido la gallina que los ponia.