XI.
De cómo se escribieron y representaron algunas de mis obras dramáticas.
SANCHO GARCÍA.—EL CABALLO DEL REY DON SANCHO.
Continuaba la competencia de los teatros del Príncipe y de la Cruz, dirigidos por Romea y Lombía, y continuaba yo comprometido á escribir sólo para el de la Cruz, miéntras en su compañía conservara su empresario á Cárlos Latorre y á Bárbara Lamadrid; yo era, pues, el único poeta que no ponia los piés en el saloncito de Julian Romea, porque yo no he vuelto jamás la cara á lo que una vez he dado la espalda. No era yo, empero, un enemigo de quien se pudieran temer traiciones ni bastardías; es decir, guerra baja ni encubierta de críticas acerbas y de intrigas de bastidores: yo tenia mi entrada en el Príncipe, á cuyas lunetas iba á aplaudir á Julian y á Matilde, pero no escribia para ellos; era su amigo personal y su enemigo artístico; era el aliado leal de Lombía, y le ayudaba á dar sus batallas llevando á mi lado á Bárbara Lamadrid y á Cárlos Latorre, con cuyos dos atletas le dí algunas victorias no muy fácilmente conseguidas, algunos puñados de duros y algunas noches de sueño tranquilo. Pero la lucha era tan ruda como continuada: duró cinco años. En ellos nos dió Hartzenbusch su D. Alfonso el Casto y su Doña Mencía, una porcion de primorosos juguetes en prosa y verso, y las dos mágias La redoma y Los polvos: diónos García Gutierrez el Simon Bocanegra, que vale mucho más de lo en que se le aprecia, y defendió su teatro el mismo Lombía, metiéndose á autor con el arreglo de Lo de arriba abajo, que alcanzó un éxito fabuloso. Teníamos además unos auxiliares asíduos en Doncel y Valladares, que escribian á destajo para la actriz más preciosa y simpática que en muchos años se ha presentado en las tablas: la Juanita Perez, quien con Guzman en No más muchachos y en El pilluelo de París, habia hecho las delicias del público desde muy niña. La Juana Perez era de tan pequeña como proporcionada personalidad; con una cabeza jugosa, rica en cabellos, de contornos purísimos, de facciones menudas y móviles y ojos vivísimos; su voz y su sonrisa eran encantadoras, y se sostenia por un prodigio de equilibrio en dos piés de inconcebible pequeñez, sirviéndose de dos tan flexibles como diminutas manos. Cantaba muy decorosa y señorilmente unas canciones picarescas que rebosaban malicia; y vestida de muchacho hacia reir hasta á los mascarones dorados de la embocadura, y hubiera sido capaz de hacer condenarse á la más austera comunidad de cartujos.
La Juana Perez, cuya gracia infantil prolongó en ella el juvenil atractivo hasta la edad madura, no pasó jamás en las tablas de los diez y siete años; y fué, miéntras las pisó, el encanto y la desesperacion del sexo feo de aquel tiempo, que la vió pasar ante sus ojos como la fée aux miettes del cuento de Charles Nodier. Auxiliáronnos poderosamente el primer año las dos espléndidas figuras de las hermanas Baus, Teresa y Joaquina; madre esta última de nuestro primer dramático moderno Tamayo y Baus, y heredera y continuadora de la buena tradicion del teatro antiguo de Mayquez y Carretero. Pero ni la tenacidad atrevida de Lombía, ni el talisman de la gracia de la Juana Perez, ni nuestra avanzada de buenas mozas como las Baus, y la retaguardia de buenas actrices como la Bárbara, la Teodora y la Sampelayo, nos bastaban para contrarestar la insolente fortuna de Julian Romea, la justa y creciente boga de Matilde, que hechizaba á los espectadores, y la infatigable fecundidad de Ventura de la Vega, que les daba cada quince dias, convertido en juguete valioso ó en ingeniosísima comedia, un miserable engendro francés; en cuyo arreglo desperdiciaba cien veces más talento del que hubiera necesitado para crear diez piezas originales. Julian y Matilde contaban sus quincenas por triunfos, y á los de La rueda de la fortuna, de Rubí, al Muérete y verás y á las trescientas obras de Breton, y á Otra casa con dos puertas, de Ventura, no teníamos nosotros que oponer más que las repeticiones del D. Alfonso el Casto, Simon Bocanegra y D.ª Mencía, y las mágias de Hartzenbusch, con los arreglos de dramas de espectáculo que se elaboraba Lombía, asociado á Tirado y Coll, é impelidos los tres por el fecundísimo Olona.
Mi Rey D. Pedro, mi Sancho García, mi Excomulgado, mi Mejor razon la espada, mi Rey loco y mi Alcalde Ronquillo, contribuyeron á nuestro sostén, gracias al concienzudo estudio, á la inusitada perfeccion de detalles y á la perpétua atencion con que me los representaban Cárlos Latorre y Bárbara Lamadrid; quienes encariñados con el muchacho desatalentado que para ellos los escribia, considerándole como á un hijo mal criado á quien se le mima por sus mismas calaveradas y á quien se adora por las pesadumbres que nos da, me sufrian mis exigencias, se amoldaban á mis caprichos y se doblegaban á mi voluntad, de modo, que en la representacion de mis obras no parecian los mismos que en las de los demás, y los demás se quejaban de ellos, y con razon; pero no habia culpa en nadie. Cárlos Latorre habia conocido á mi padre, á quien debió atenciones extrañas á aquella ominosa década; Cárlos Latorre, de estatura y fuerzas colosales, me sentaba á veces en sus rodillas como á sus propios hijos, y me preguntaba cómo yo habia imaginado tal ó cual escena que para él acababa yo de escribir: él me contradecia con su experiencia y me revelaba los secretos de su personalidad en la escena, y daba forma práctica y plástica á la informe poesía de mis fantásticas concepciones: estudiábamos ambos, él en mí y yo en él los papeles, en los cuales identificábamos los dos distintos talentos, con los cuales nos habia dotado á ambos la naturaleza, y... no necesito decir más para que se comprenda cómo hacia Cárlos mis obras, como un padre las de su hijo; yo era todo para el actor, y el actor era todo para mí.
Con Bárbara Lamadrid, mujer y mujer honestísima é intachable, mi papel era más difícil, mi amistad y mi intimidad necesitaban otras formas; pero, actriz adherida á Cárlos, compañera obligada en la escena de aquella figura colosal, dama imprescindible de aquel galan en mis dramas, necesitaba el mismo estudio, la misma inoculacion de mis ideas innovadoras y revolucionarias en el teatro, y yo la trataba como á una hermana menor, á quien unas veces se la acaricia y otras se la riñe; yo la decia sin reparo cuanto se me ocurria; la hacia repetir diez veces una misma cosa, no la dejaba pasar la más mínima negligencia, la ensayaba sus papeles como á una chiquilla de primer año de Conservatorio; y á veces se enojaba conmigo como si verdaderamente lo fuese, hasta llorar como una chiquilla, y á veces me obedecia resignada como á un loco á quien se obedece por compasion; pero convencida al fin de mi sinceridad, del respeto que su talento me inspiraba, y de la seguridad con que contaba yo siempre con ella para el éxito de mis obras, hacia en ellas lo que en Sancho García, lo que es lamentable que no pueda quedar estereotipado para ser comprendido por los que no lo ven. ¡Desventura inmensa del actor cuyo trabajo se pierde con el ruido de su voz y desaparece trás del telon!
En la escena con Hissem y el judío reveló la fascinacion que la supersticion ejercia en el alma enamorada de la mujer; tradujo tan vigorosamente el poder de una pasion tardía en una mujer adulta, que traspasó al público la fascinacion del personaje, suprema prueba del talento de una actriz. En las escenas sexta y sétima del acto tercero se hizo escuchar con una atencion que sofocaba al espectador, que no queria ni respirar. Bárbara tenia mucho miedo al monólogo: en el segundo entreacto me habia suplicado que se le aligerara, y Cárlos y yo no habíamos querido: Bárbara acometió su monólogo desesperada, conducida por delante por el inteligente apuntador, y acosada por su izquierda por mí que estaba dentro de la embocadura, en el palco bajo del proscenio. Cárlos y yo la habíamos dicho que si no arrancaba tres aplausos nutridos en el monólogo, la declararíamos inútil para nuestras obras; y comenzó con un temblor casi convulsivo, y llegó en el más profundo silencio hasta el verso vigésimo cuarto; pero en los cuatro siguientes, al expresar la lucha del amor de madre con el amor de la mujer, y al decir
hizo una transicion tan magistral, bajando una octava entera despues de un grito desgarrador, que el público estalló en un aplauso que extremeció el coliseo. Crecióse con él la actriz; entró en la fiebre de la inspiracion; hizo lo imposible de relatar; y cuando exclamó concluyendo, con el acento profundo y las cóncavas inflexiones del de la más criminal desesperacion,
quedó Bárbara inmóvil, trémula, inconsciente de lo que habia hecho, ajena y sin corresponder con la más mínima inclinacion de cabeza á los aplausos frenéticos, que tuvo que interrumpir Cárlos Latorre presentándose á continuar la representacion, sacando á Bárbara de su absorcion con el «¡Madre mia!» de su salida.
Así hacian Cárlos y Bárbara Sancho García. Aún vive: pregúntenselo mis lectores á Bárbara, y que diga ella cuántos malos ratos la dí con el ensayo y cuántas noches insomnes la hice pasar con el estudio de mis papeles; cuántas lágrimas la hice derramar y cuántas veces la hice detestar su suerte de actriz; pero que diga tambien si tuvo nunca amigo más leal ni aplausos y ovaciones como las de mi Sancho García. Hoy siento orgullo con tal recuerdo, y me congratulo de poderla dar este testimonio de mi gratitud treinta y ocho años despues de aquella representacion.
Lombía, por su parte, lo inventó y lo intentó todo en aquellos cuatro años para sostener nuestro teatro de la Cruz enfrente del afortunado del Príncipe. A su iniciativa se debió que Basili, Salas, Ojeda y Azcona echaran los fundamentos de la Zarzuela con la escena de La pendencia y El sacristan de San Lorenzo, y otras parodias de Norma, Lucía y Lucrecia, en las cuales despuntó Caltañazor, y concluyó por presentar La lámpara maravillosa, baile maravillosamente decorado por Aranda y Avrial, ejecutado por la familia Bartholomin, cuya primera pareja, Bartholomin-Montplaisir, fué reforzada con un cuerpo de baile de andaluzas y aragonesas; de cuyos cuerpos se han perdido los moldes, y de cuyas modeladuras no quiero acordarme, por no quitar tres meses de sueño á los que no las vieron con aquellos vestidos, que no eran más que un pretesto para salir en cueros.
En el verano del 40 ó del 41, ántes de que estas huríes hicieran un infierno del teatro de la Cruz, reclamó Lombía de mí una comedia de espectáculo, en ausencia de Cárlos Latorre, que veraneaba por las provincias. Los actores sérios y jóvenes se habian ido con Cárlos, y el trabajo cómico de Lombía, no acomodándose con el mio patibulario, no sabia yo cómo salir de aquel compromiso ineludible, segun mi contrato con la empresa. Apurábame Lombía, y devanábame yo los sesos trás del argumento por él pedido, sin que él aflojara un punto en su demanda y sin que yo me atreviera á decirle que no éramos el uno para el otro. Acosábale á él tal vez la secreta comezon de abordar el drama en ausencia de Cárlos, y pesábame á mí tener que escribir para otro que no fuera aquel único modelo del galan clásico del drama romántico; costaba mucho á mi lealtad lo que tal vez podia parecer una traicion á Cárlos Latorre, y ¡Dios me perdone mi mal juicio! pero tengo para mí que Lombía tenia la mala intencion de hacérmela cometer. Impacientábase Lombía y desesperábame yo de no dar con un asunto á propósito, lo que ya le parecia, vista mi anterior fecundidad, no querer escribir para él, cuando una tarde, obligado á trabajar un caballo que yo tenia entablado hacia ya muchos dias, salia yo en él por la calle del Baño para bajar al Prado por la Carrera de San Jerónimo. Era el caballo regalo de un mi pariente, Protasio Zorrilla, y andaluz, de la ganadería de Mazpule, negro, de grande alzada, muy ancho de encuentros, muy engallado y rico de cabos, y llevábale yo con mucho cuidado, miéntras por el empedrado marchaba, por temor de que se me alborotase. Cabeceaba y braceaba el animal contentísimo de respirar el aire libre, cuando, al doblar la esquina, oí exclamar á uno de tres chulos que se pararon á contemplar mi cabalgadura: «Pues miá tú que es idea dejar á un animal tan hermoso andar sin ginete.»
La verdad era que siendo yo tan pequeño, no pasaban mis piés del vientre del caballo; y visto de frente, no se veia mi persona detrás de su engallada cabeza y de sus ondosas y abundantes crines. Por mas que fuera poco halagüeña para mi amor propio la chusca observacion de aquellos manolos, el de montar tan hermosa bestia me hizo dar en la vanidad de lucirla sobre la escena, y ocurrírseme la idea de escribir para ello mi comedia El caballo del rey D. Sancho. Rumié el asunto durante mi paseo, registré la historia del Padre Mariana de vuelta á mi casa, y fuíme á las nueve á proponer á Lombía el argumento de mi comedia, advirtiéndole que debia de concluir en un torneo, en cuyo palenque debia él de presentarse armado de punta en blanco, ginete sobre mi andaluz caparazonado y enfrontalado.
Aceptó la idea de la comedia, plúgole la del torneo final y halagóle la de ser en él ginete y vencedor. Puse manos á mi obra aquella misma noche, y díla completa en veinte y dos dias. El señor duque de Osuna, hermano y antecesor del actual, á quien me presentó y cuya benevolencia me ganó el conde de las Navas, puso á mi disposicion su armería, de la cual tomé cuantos arneses y armas necesité para el torneo de mi drama, cuya última decoracion del palenque trás de la tienda real montó Aranda con un lujo y una novedad inusitadas.
Pasóse de papeles mi drama; ensayóse cuidadosamente y conforme á un guion, que los directores de escena hacen hoy muy mal en no hacer, y llegó el momento de enseñar su papel á mi caballo. Metíle yo mismo una mañana por la puerta de la plaza del Angel, desde la cual subian los carros de decoraciones y trastos por una suave y sólida rampa hasta el escenario: subió tranquilo el animal por aquella, pero al pisar aquél, comenzó á encapotarse y á bufar receloso, y al dar luz á la batería del proscenio, no hubo modo de sujetarle y ménos de encubertarle con el caparazon de acero. Lombía anunció que ni el Sursum-Corda le haria montar jamás tan rebelde bestia, y estábamos á punto de desistir de la representacion, cuando el buen doctor Avilés nos ofreció un caballo isabelino, de tan soberbia estampa como extraordinaria docilidad, que aguantó la armadura de guerra, la batería de luces y en sus lomos á Lombía, que no era, sea dicho en paz, un muy gallardo ginete.
La primera representacion de este drama fué tal vez la más perfecta que tuvo lugar en aquel teatro: Lombía se creció hasta lo increible: é hizo, como director de escena, el prodigio de presentar trescientos comparsas tan bien ensayados y unidos, que se hicieron aplaudir en un palenque de inesperado efecto; y Bárbara Lamadrid, para quien fueron los honores de la noche, llevó á cabo su papel con una lógica, una dignidad tales, que al perdonar al pueblo desde la hoguera y á su hijo en el final, oyó en la sala los más justos y nutridos aplausos que habian atronado la del teatro de la Cruz.
Pero aquel drama no pudo quedar de repertorio; hubo que devolver las armaduras al señor duque de Osuna y el caballo al doctor Avilés, y... ni mereció los honores de la crítica, ni ningun empresario se ha vuelto á acordar de él, ni yo, que de él me acuerdo en este artículo, recuerdo ya lo que en él pasa. En cambio, al fin de aquel mismo año se escribió otro que todo el mundo conoce, que no hay aficionado que no haya hecho con gusto y aplauso, de cuyo orígen se han propalado las más absurdas suposiciones, que me ha valido tanta fama como al mismo D. Juan Tenorio, y en cuya representacion no han dado jamás pié con bola más que los tres actores que, bajo mi direccion, lo estrenaron: Latorre, Pizarroso y Lumbreras; hablo de El puñal del godo, del cual me voy á ocupar en el siguiente número.
XII.
EL PUÑAL DEL GODO.
I.
Acababa de estrenarse Sancho García y espiraba el tercero dia de Diciembre de 1842. Trabajaba yo aprovechando la luz que comenzaba á cambiarse en crepúsculo, cuando un avisador del teatro me trajo un billete de Lombía, en el cual me suplicaba que no dejara de ir á la representacion de aquella noche, porque deseaba tener conmigo una entrevista de diez minutos.
Ya Lombía, á imitacion de Romea, tenia una antecámara en la cual se reunian sus autores favoritos y sus amigos íntimos, como los de Julian en el saloncito del teatro del Príncipe. De aquel venian algunos que escribian para ambos teatros, y que como Hartzenbusch y García Gutierrez no formaban pandillaje; porque su talento, formalidad y reputacion, les habian ya colocado muy encima de todo mezquino espíritu de partido. Yo no iba nunca al saloncito del Príncipe é iba poco á la antecámara de Lombía, pero asistia contínuamente á mi palco de proscenio para estudiar mis actores, y bajaba en los entreactos á saludar á Cárlos Latorre y á la Bárbara, las noches que trabajaban. Aquella era de Lombía; en el primer entreacto me aboqué con él en su cuarto y trabamos inmediatamente conversacion, presentes Hartzenbusch, Tomás Rubí, Isidoro Gil y no recuerdo quiénes más. Hé aquí en resúmen nuestro diálogo:
Lombía.—La empresa espera de V. un señalado servicio.
Yo.—Debo servirla segun mi contrato y segun mis fuerzas.
Lombía.—Sabe V. que es costumbre que las funciones de Noche-Buena sean beneficio de la compañía, repartiéndose sus productos á prorrata entre todos sus actores y empleados segun su clase.
Agucé yo el oido sintiendo abrir una trampa en la que se trataba de hacerme caer, y continuó Lombía diciéndome:
Sabe V. que Cárlos Latorre no toma nunca parte en las funciones de Navidad, so pretesto de que en el género cómico de estas alegres representaciones no cabe el suyo trágico; de modo que cobra y se pasea desde Navidad á Reyes. Queremos que comparta este año con nosotros el trabajo de tales dias, y no hay más que un medio con el cual se avenga, y es, que se le escriba una pieza nueva, y la empresa ha pensado en V.
Yo.—Estamos á 13, y por breve que sea el trabajo...
Lombía.—Deberia estar concluido el 17; copiado y repartido, el 18; estudiado, el 19 y el 20; ensayado el 21 y 22, y representado el 24.
Yo.—Imposible: me faltan tres escenas y copiar el tercer acto de la segunda obra, que debo entregar á ustedes ántes de año nuevo; si la interrumpo no la concluyo; no puedo, pues, ocuparme de nada más hasta el 17, y ya no es tiempo.
Lombía.—No quiere V. servir á la empresa por no contrariar á su amigo.—(Lombía partia siempre del principio de que yo era mejor amigo de Cárlos que suyo.)
Yo.—Mi obligacion es primero que mi amistad.
Lombía.—Su excusa de V. nos prueba lo contrario.
Yo.—Voy á hacer á V. una propuesta que le asegure de mi buena fé. Concluiré mi trabajo el 16: en su noche volveré aquí; y si para entónces el Sr. Hartzenbusch se ocupa de encontrarme un argumento para un drama en un acto, yo me comprometo á escribirlo el 17 y presentarlo el 18.
Lombía.—Propuesta evasiva: con decir que el argumento que á V. se le dé no es de su gusto....
Yo.—El Sr. Hartzenbusch sabe el respeto en que le tengo, y todos Vds. saben que sigo sus consejos y acepto sus correcciones como de mi superior y maestro. He buscado al Sr. Hartzenbusch en dos situaciones difíciles de mi vida; sabe todos los secretos de mi casa, es en ella como mi hermano mayor, y lo que él me diga que haga, eso haré yo, como mejor hacerlo sepa.
Lombía.—Se conoce que ha estudiado V. con los jesuitas: sus palabras de V. son tan suaves como escurridizas. Si no quiere V. no hablemos más.
Yo.—Mi última proposicion. Traiga V. aquí el 16 por la noche un ejemplar de la historia del P. Mariana; le abriremos por tres partes, desde la época de los godos hasta la de Felipe IV: leeremos tres hojas de cada corte en sus hojas hecho; y si en las nueve que leamos tropezamos con algo que nos dé luz para un asunto dramático, lo amasaremos entre todos, yo lo escribiré como Dios me dé á entender, y el jesuita Mariana abonará la fé del discípulo de los jesuitas del Seminario de Nobles.
Lombía.—Propuesta aceptada.
Yo.—Pues hasta el 16 á las siete.
En tal dia y en tal hora, concluido mi trabajo, volví á presentarme en el teatro de la Cruz, donde Hartzenbusch, Rubí y algunos otros de quienes no me acuerdo, me esperaban con Lombía, que tenia sobre la mesa una Historia de España. Metimos tres tarjetas por tres páginas distintas, y en el primer corte tropezamos, en el capítulo XXIII del libro sétimo, estas palabras sobre el fin de la batalla de Guadalete y muerte del rey D. Rodrigo: «Verdad es que, como doscientos años adelante, en cierto templo de Portugal, en la ciudad de Viseo, se halló una piedra con un letrero en latin, que vuelto en romance dice:
AQUI REPOSA RODRIGO, ULTIMO REY DE LOS GODOS.
Por donde se entiende que, salido de la batalla, huyó á las partes de Portugal.»
Al llegar aquí, dije yo: «Basta: un embrion de drama se presenta á mi imaginacion. ¿Con qué actores y con qué actrices cuento? Necesito á Cárlos, á Bárbara y á lo ménos dos actores más.» Y miéntras esto decia, me rodaban por el cerebro las imágenes de Pelayo, don Rodrigo, Florinda y el conde D. Julian.—Lombía dijo: «Imposible disponer de Bárbara.»—«Pues Teodora, repuse yo.»—«Tampoco; la cuesta mucho estudiar, replicó Lombía.»—«Pues Juanita Perez, ni la Boldun, no me sirven para mi idea, repuse.»—«Pues compóngase usted como pueda, exclamó por fin Lombía: tiene V. á Cárlos, á Pizarroso y á Lumbreras: los tres de V. Van á levantar el telon y no quiero faltar á mi salida. ¿En qué quedamos? ¿Es V. hombre de sostener su palabra?»
Picóme el amor propio el tonillo provocativo de Lombía, y sin reflexionar, tomé mi sombrero y dije saliendo tras él de su cuarto: «Mañana á estas horas quedan Vds. citados para leer aquí un drama en un acto.—Buenas noches.
—¿Apostado? me gritó Lombía dirigiéndose á los bastidores.
—Apostado: me darán Vds. de cenar en casa de Próspero; respondí yo echándome fuera de ellos por la puerta de la plaza del Angel.
Poco trecho mediaba de allí á mi casa, núm. 5 de la de Matute: poco tiempo tuve para amasar mi plan, pero tampoco tenia minuto que perder. Me encerré en mi despacho: pedí una taza de café bien fuerte, dí órden de no interrumpirme hasta que yo llamara, y empecé á escribir en un cuadernillo de papel la acotacion de mi drama. «Cabaña, noche, relámpagos y truenos lejanos.—Escena primera.» Yo no sabia á quién iba á presentar ni lo que iba á pasar en ella: pero puesto que iba á desarrollarse en una cabaña, debia por álguien estar habitada: ocurrióme un eremita, á quien bauticé con el nombre de Romano por no perder tiempo en buscarle otro; y como lo más natural era que un ermitaño se encomendase á Dios en aquella tormenta que habia yo desencadenado en torno suyo, mi monje Romano se puso á encomendarse á Dios, miéntras yo me encomendaba á todas las nueve musas para que me inspiraran el modo de dar un paso adelante. Pensé que si el monje y yo no nos encomendábamos bien á nuestros dioses respectivos, corria el riesgo de meterme, empezando mal, en un pantano de banalidades del que no pudieran sacarme ni todos los godos que huyeron de Guadalete, ni todos los moros que á sus márgenes les derrotaron.
Llevaba ya el monje rezando treinta y seis versos, y era preciso que dijera algo que preparara la aparicion de otro personaje; que era claro que si andaba por el monte á aquellas horas y con aquel temporal, debia de poner en cuidado al que abria la escena en la cabaña. Decidíme por fin á atajar la palabra á mi monje romano y escribí: Escena segunda. Sale Theudia: y salió Theudia; mas como no sabia yo aún quién era aquel Theudia, le saqué embozado, y me pregunté á mí mismo: ¿Quién será este Sr. Theudia, á quien tampoco podia tener embozado mucho tiempo en una capa, que no me dí cuenta de si usaban ó no los godos? era preciso empero desembozarle, y él se encargó de decirme quién era: un caballero; por lo cual, y por su nombre, y por su traje, tenia necesariamente que ser un godo; quien trabándose de palabras con aquel monje que en la choza estaba, me fué dando con los pormenores que en ellas daba, la forma del plan que me bullia informe en el cerebro; de modo que andando entre Theudia, el ermitaño y yo á ciegas y á tientas con unos cuantos recuerdos históricos y unas cuantas ficciones legendarias de mi fantasía, cuando al fin de aquella larga escena segunda escribí yo: Escena tercera. El ermitaño, Theudia, Don Rodrigo, ya comenzaba á ver un poco más claro en la trama embrollada de mi improvisado trabajo, y el cielo se me abrió en cuanto me ví con Cárlos Latorre en las tablas; porque miéntras él estuviera en ellas, era lo mismo que si en sus cien brazos me tuviera á mí el gigante Briareo; porque estaba ya acostumbrado á ver á Cárlos sacarme con bien de los atolladeros en que hasta allí me habia metido, y á él conmigo le habia arrastrado mi juvenil é inconsiderada osadía.
En cuanto me hallé, pues, con Cárlos, fiado en él, me desembaracé del monje como mejor me ocurrió, y me engolfé en los endecasílabos: cuando yo los escribia para Cárlos Latorre en mis dramas, ya no veia yo en mi escena al personaje que para él creaba, sinó á él que lo habia de representar, con aquella figura tan gallarda y correctamente delineada, con aquella accion y aquellos movimientos, y aquella gesticulacion tan teatrales, tan artísticos, tan plásticos, nunca distraido, jamás descuidado; dominando la escena, dando movimiento, vida y accion á los demás actores que le secundaban: así que al entrar yo en los endecasílabos de la escena cuarta, me despaché á mi gusto haciendo decir á D. Rodrigo cuanto se me ocurrió, sin curarme del cansancio que iba á procurar á un actor, que por fuerte que fuese era ya un hombre de más de sesenta años con un papel que sostenia solo todo mi drama; mas la inspiracion habia ya desplegado todas sus alas, y no vacilé en añadirle el fatigosísimo monólogo de la escena V para preparar la salida del conde D. Julian. Aquí me amaneció: tomé chocolate y leí lo escrito; parecióme largo y asombréme de tal longitud, pero no habia tiempo de corregir; presentia que me iba á cansar, y temiendo no concluir para las siete, acometí la escena del conde con D. Rodrigo, que me costó más que todo lo llevado á cabo, y me faltó la luz del dia cuando escribia:
No me habia acostado, no habia comido, no podia más y se acercaba la hora de la lectura. Me lavé, tomé otra taza de café con leche, enrollé mi manuscrito y me personé con él en el teatro de la Cruz. Leyóse; asombréme yo y asombráronse los que me escucharon; abrazóme Hartzenbusch, y frotábase ya Lombía las manos pensando en que la funcion de Navidad trabajaria Cárlos, cuando éste dijo con la mayor tranquilidad: «Señores, yo no tengo conciencia para poner esto en escena en cuatro dias; esta obra es de la más difícil representacion, y yo me comprometo á hacer de ella un éxito para la empresa, si se me da tiempo para ponerla con el esmero que requiere; miéntras que si la hacemos el 24 vamos de seguro á tirar por la ventana el dinero de la empresa y la obra es la reputacion del Sr. Zorrilla.
Convinieron todos en la exactitud de lo alegado por Latorre; mascó Lombía de través el puro que en la boca tenia y... se dejó El puñal del godo para despues de las fiestas; y tampoco aquel año trabajó en ellas Cárlos Latorre.
Así se escribió El puñal del godo. ¿Cómo lo puso en escena aquel irreemplazable trágico?
La representacion para el próximo lunes.
XIII.
EL PUÑAL DEL GODO.
II.
Durante las fiestas de Navidad ocupóse Cárlos Latorre del estudio de aquel repentino aborto de mi irreflexivo ingenio, que habia yo escrito y leido en veinticuatro horas y bautizado con el título de El puñal del godo: y durante aquellos quince dias, habia yo tenido tiempo para reflexionar sobre lo que habia hecho.
Debo yo á Dios una cualidad por la cual le estoy profundamente agradecido; pero por la cual es probable que no sea nunca respetado en mi patria: la de no dejarme alucinar por los aplausos, y no creer por ellos que mis obras son el non plus ultra de la perfeccion: como yo sé mejor que nadie cómo y por qué las he escrito, no tengo vanidad en ellas; y no solamente veo sus grandes defectos, sinó que tampoco me ofende su crítica, por más que muchas veces me las haya acerba, personal y agresivamente flagelado.
Desde que el 17 por la noche leí en el teatro de la Cruz lo que en aquel dia y la noche anterior habia escrito, habia yo comprendido que aquel Puñal del godo, forjado en el breve tiempo y del modo que llevo dicho, escribiéndolo ántes de pensarlo, creándolo y dándole forma segun escribiéndolo iba, y fiándome al escribirlo en que era Cárlos quien lo debia de representar en cuatro dias, adolecia de gravísimos defectos, que hacian dificilísima su representacion. Yo habia escrito sin juicio, sin correccion y sin poder pararme á leer lo que escribia, por miedo de perder los minutos que para concluir á tiempo mi trabajo podian faltarme; por consiguiente, mis personajes no decian en las cuatro primeras escenas lo que debian para hacer comprender la accion á los espectadores, sinó lo que yo me iba diciendo á mí mismo para comprender mi pensamiento, que no se trababa y desarrollaba en mi imaginacion, sino ya en el papel por los puntos de mi pluma; la cual no podia volverse á borrar una redondilla, sin perder sus cuatro versos y los cuatro minutos empleados en escribirlos, no en pensarlos, porque para pensar no tenia ni se me habia concedido tiempo. Así en la escena IV endecasílaba, parece que Theudia y D. Rodrigo se quieren desquitar de lo que no han hablado desde la desastrosa jornada del Guadalete. Fiado yo en Cárlos Latorre, que contaba de una manera cuyos pormenores concienzudamente estudiados en voz, posiciones, accion y fisonomía avasallaban la atencion del auditorio constante y crecientemente, puse en boca de D. Rodrigo aquella fantástica historia del monje; figurándome conforme la iba escribiendo cómo me la iba á poner en accion aquel amigo gigante, que en sus brazos me levantó y á quien debo la poca reputacion que como autor dramático he obtenido.
Y en verdad que, con sinceridad revelándoselo hoy al público despues de treinta y ocho años, hasta que hice decir á la vision del bosque en la narracion de D. Rodrigo, que
maldito si sabia yo aún en lo que habia de parar todo aquello, que no era todavía más que la exposicion. Hasta que brotó del diálogo aquel bienaventurado puñal, mi mal perjeñado trabajo no tenia ni accion, ni final, ni título: desde allí el drama lo es, y caminé desde allí resueltamente á la escena VI, que es lo único que en él tiene un valor real y un interés verdadero.
Cuando nos reunimos por primera vez en el gabinete octógono de su casa de la plaza de Santa Ana Cárlos y yo, para tratar del reparto y ensayo de mi drameja, me dijo Cárlos: «La espontaneidad con que ha escrito usted esto, la exuberancia de versificacion en sus escenas acumulada, hacen difícil su representacion. Yo no quiero que corrija V. ni suprima una sola palabra; quitaria V. á su obra su originalidad; quiero hacerla tal como está; pero quiero que mis actores, conmigo, aseguren el éxito de su estreno con el mismo lujo de pormenores de que V. la ha colmado, y con tanto exceso de estudio para representarla cuanto á V. le ha faltado para escribirla. Escúcheme V., y vamos á ver si yo he comprendido bien su pensamiento.»
Latorre y yo teníamos siempre esta conferencia preliminar, en la cual exponíamos mútuamente nuestra manera de ver la accion de la obra que íbamos á poner en escena: yo le decia cómo la habia yo concebido, y él me decia cómo pensaba desarrollarla. Siguió, pues, Cárlos diciéndome: «D. Rodrigo es en El puñal del godo un rey acosado por dos grandes pasiones: la supersticion del godo de su edad tosca, y la profunda melancolía que en su corazon ha engendrado el vencimiento. La concentracion en sí mismo y la distraccion perpétua en que sus pensamientos le tienen absorbido son las señales externas del carácter de esta figura. ¿No es eso?
—Exactamente.
—El conde D. Julian es un mal hombre: por más que la ofensa que ha recibido le da derechos para mucho, él va tras de una venganza insaciable, en la cual no ha dudado envolver á toda la nacion de su ofensor. La aspereza violenta, la ira traidora de la hiena, y la marcha oblícua del lobo, son los caractéres exteriores de esta figura, que se mueve en el cuadro inquieta, torva y siniestra, como amenaza viviente. ¿No es así?
—Exactamente.
—Theudia es... su Sancho Montero y su Blas de usted en Sancho García y El Zapatero y el Rey: á Lumbreras le viene como pintado el papel de Theudia, y daremos el del conde á Pizarroso.
Y se envió á estos actores su respectivo papel.
Lumbreras era entónces un mozo de buena estatura, de franca fisonomía, de varoniles maneras, bien proporcionado de piernas y brazos, y de fresca y bien timbrada voz; pero era algo tartamudo, aunque no se apercibia en escena este defecto, que vencia el estudio y el cuidado. Lumbreras tenia el gérmen de un buen actor sério; habia estrenado con justo aplauso el papel del moro Hissem en Sancho García; y en la escuela y compañía de Latorre le secundaba dignamente bajo su direccion.
Pizarroso era un actor de angulosas formas, de voz áspera y garrasposa, pero de buena estatura y fisonomía, de fácil comprension, de buena voluntad para el estudio, muy cuidadoso en el vestir, y secuaz ciego y adorador idólatra de Cárlos Latorre, entre cuyas manos era materia dúctil como actor útil y aceptable.
Con estos elementos y diez dias de estudio, ensayamos otros diez El puñal del godo y levantamos el telon sobre el interior sombrío de una fantástica cabaña, pintada por Aranda para mi drama en miniatura, en una noche en que la política traia un poco inquietos los ánimos, y la atmósfera tan cerrada en nubes como aquella en incertidumbres; una noche, en suma, muy mala para dar nada nuevo á un público que no sabia lo que queria ni lo que recelaba, dispuesto á descargar su inquietud sobre el primero que se la excitara, anheloso por distraerse, pero inseguro de hallar quien le distrajera.
Ante este público se levantó el telon del teatro de la Cruz sobre la cabaña de mi monje Romano, quien empezó aquella larga plegaria, de la cual no habia querido Cárlos que suprimiera un verso. Nunca he tenido yo más miedo: tenia cariño á mi tan mal forjado Puñal, y temia que mi triunfo de veinticuatro horas se convirtiera en veinticuatro minutos en vergonzosa derrota. Presentóse Lumbreras, y se presentó bien: franco, sencillo y respetuoso con el monje, pidióle de cenar con mucha naturalidad, comió como sóbrio que dijo ser, observó al ermitaño como hombre que está sobre sí, pero con la tranquila serenidad de un valiente, y llevó en fin á cabo la escena, dándola la flexibilidad, el movimiento y el lujo de pormenores de que Cárlos habia previsto la necesidad. El público la oyó en el más desanimador silencio.
Salió al fin Cárlos, cabizbajo, distraido, sombrío y brusco, llenando la escena del misterio del carácter del personaje que representaba, y á los primeros versos se captó la atencion de los espectadores, y al sentarse empujando á Theudia y diciéndole: «Haceos, buen hombre, atrás...» yo respiré en mi palco, porque ví que todo el mundo queria ya ver lo que iba á pasar.
Cárlos no tenia par para estas escenas: no dejó enfriar la atencion un solo instante; y cuando, sólo ya con Theudia, entró en los endecasílabos, se le escuchaba con religioso silencio, y sofocábanse por no toser los á quienes traia resfriados aquella húmeda frialdad del Enero de 43.
Cárlos reveló tánto miedo, tánta esperanza, tánta supersticion, tal lucha interior de pasiones oyendo las noticias de Theudia, que entró en la narracion de su cuento tan vaga y tan fantásticamente, que al concluirle diciendo
estalló un general aplauso: era que el público expresaba así el placer de que Cárlos le hubiera dejado respirar: Lumbreras picó y despertó el amor propio, y el valor del rey vencido con una intencion tan bien marcada; Cárlos olfateó y oyó el aura militar del campamento y el clarin que extremecia á los corceles con una accion tan dramática y levantada, y con una amplitud de aliento tan vigorosa, que la sala estalló en aquel ¡bravo, Latorre! que era sólo para él y que él sólo sabia arrancar. La partida estaba ganada: y preparada de este modo la salida del conde D. Julian, rápido, perfectamente á tiempo y entre el fulgor de un relámpago, se presentó por el fondo Pizarroso, torvo, sombrío, hosco é insolente, envuelto en una parda y corta anguarina, con una larga y estrecha caperuza amarilla, que le cortaba la espalda de arriba á abajo. Fuése directamente á la lumbre, que estaba á la derecha, y picando con intachable precision el diálogo de entrada, Cárlos con supersticiosa desconfianza y Pizarroso con agresivo mal humor, llegó éste al rústico banquillo que junto á la lumbre estaba, y diciendo
| D. Julian. | ¿Tiene algo que cenar? | ||
| D. Rodrigo. | Nada. | ||
| D. Julian. | Pues basta; | ||
| la cuestion por mi parte ha dado fondo, | |||
engánchase la borla de su capucha en un clavo del banquillo, vuélcase éste y da fondo Pizarroso, sentándose á plomo sobre el tablado.
Aquí hubiera acabado hoy el drama; pero hé aquí el público y los actores de aquel tiempo viejo: el público ahogó en un ¡chist! general la natural hilaridad que iba á romper; Cárlos, en lugar de decir: «desatento venís donde os alojan,» dijo en voz muy clara y con un altanero desenfado: «desatentado entrais donde os alojan,» y aprovechando Pizarroso aquel dudoso instante, incorporóse enderezando el banquillo, asentóle sobre sus piés con un furioso golpe, y sentóse tranquilamente, como si lo sucedido estuviera acotado en su papel. Cárlos, en una posicion de supremo desden y de suprema dignidad, se quedó contemplándole de través y en silencio, hasta que el público rompió en un aplauso universal; y continuó la escena en una suprema lucha de los actores por la honra del autor. La conclusion fué tan rápida y precisamente ejecutada por el hachazo de Lumbreras, y aconterada por Cárlos con la octava final con tal sentimiento y brío, que el aplauso final se prolongó muchos minutos. El puñal del godo obtuvo el éxito que se obligó á darle Cárlos Latorre, si se nos concedia tiempo para ponerle en escena como él habia concebido que debia ponerse.
Así se hacian y así se escuchaban las obras dramáticas desde 1832 á 1843.
XIV.
INTERRUPCION.
Sr. Director de Los Lunes de El Imparcial:
Mi querido amigo: Siento mucho no poder enviar á V. original de mis Recuerdos del tiempo viejo para el número de mañana: pero la primavera que Dios prematuramente nos ha enviado esta semana á los que en Madrid vivimos, ha hecho fermentar en mi viejo corazon el espíritu vagabundo y holgazan de todo buen español en la estacion primaveral. Confieso á V., y sin que tal confesion me pese ó me ruborice, que no he hecho más en toda la transcurrida semana que pasear al sol mi pellejo, que con el frio comenzaba ya á apergaminarse, conversar con dos amigos tan viejos como yo, del tiempo que no volverá, y vagar por las calles de Madrid como un gorrion nuevo recien escapado del nido, que no piensa en volver á él miéntras luzca el sol sobre el horizonte.
En esta ociosa vagancia me ha cogido el sábado, mi querido Munilla, sin haber escrito ni acordarme de escribir una palabra del artículo de mañana: así que, mi Puñal del godo pendiente se está como quedó en nuestro número del 1.º de Marzo, y no lo volveré á coger hasta el del lunes 15: y para bien sea; porque un puñal en manos de un viejo loco, puede acarrear á cualquiera un susto, si no un disgusto. Yo quisiera sincerar mi falta dando á V. alguna razon que de ella con V. me disculpara: pero, la verdad es que no la tengo: si le escribiera á V. en verso, ya inventaria yo alguna mentira, por excusa; pero escribiendo en prosa, debo decir la verdad como hombre honrado.
El lunes, satisfecho de haber publicado y cobrado mi artículo, me salí al sol á expaciar el ánimo y á descansar del trabajo hecho. Los martes son malos dias para empezar negocio ni labor alguna: el miércoles me volví á salir al sol para prepararme á oir por la noche en el Ateneo al Sr. Moreno Nieto; á quien voy yo siempre á escuchar con tanto asombro como respeto, porque sabe tantas cosas que yo no sé, y las dice de una manera tan de mi gusto, que le escucho arrobado, y me pesa siempre de que concluya de exponer aquellos sus tan bien hilados discursos, tan lógicamente hilvanados en tan primorosas frases. El jueves continué paseándome al sol, para rumiar lo oido al Sr. Moreno Nieto; y á las siete y media (costumbre mia de los jueves) me senté á la mesa de la condesa de Guaquí, quien siendo hija de mi condiscípulo el duque de Villahermosa, es al mismo tiempo hermana del ángel rubio encargado por Dios de abrir las puertas de la aurora y de derramar la luz y la alegría sobre la tierra. Recibe conmigo á su mesa los jueves esta gentilísima señora al prodigio de memoria, de erudicion y de precocidad, el jóven Menendez Pelayo, al infatigable Grilo, que nos recita sus versos, los mios y los de todos los poetas que conoce; á Pepe Esperanza, quien me hace concebir la de escuchar el celeste concierto del Paraiso, cuando él pone las manos en el piano, y otros renombrados ingenios y conocidísimos personajes, de quienes no cito á V. los nombres, porque no le parezca que trato de darme más importancia de la escasa que mis versos me han adquirido, más por el ajeno favor que por su mérito propio. Puede V. comprender que no tendria perdon de Dios, si empleara los viernes en otra cosa que en saborear los recuerdos en prosa y verso del salon de aquella condesa Cármen, con la cual no tienen flor comparable ninguno de los Cármenes escalonados en el valle de los Avellanos de la morisca Granada.
Del viernes ya pensé emplear la noche en escribir mi artículo; pero fatalmente para V., los viernes ha dado en reunir en su casa la señora de Malpica á algunos amigos suyos, entre los cuales me cuenta; y ¡ay, señor Director de Los Lunes de El Imparcial! recibe esta señora con tal cariño y con tan buen gusto en una tan elegante morada, y van á casa de esta señora dos niñas morenas, que cantan como dos ángeles, dos rubias que tocan como dos serafines, y otras dos de tez apiñonada y cabello castaño que tocan y cantan como dos Santas Cecilias... en fin, de aquella casa se sale con pesar á las cuatro de la mañana; y el sábado hay que pasarlo en soñar con aquellas tres parejas de muchachas, que le dejan á uno en los oidos para veinticuatro horas el eco de todas las harpas de Sion, y de los gorjeos de todos los ruiseñores de los bosques de la Alhambra.
La tarde del sábado, cuando ya iba disipándose la especie de embriaguez en que envuelven el espíritu de los poetas, aunque seamos viejos, el recuerdo de tánta poesía, tánta música y tántos serafines con forma humana... ella bajando y yo subiendo, tropecé en la calle de la Montera con la marquesa de D. H., que es la más mona de todas las marquesas de los reinos unidos y desunidos de Europa; una malagueña que tiene una mata de rayos de sol por cabellos, un puñado de azucenas por cara, dos pedazos de cielo por ojos y dos ramilletes de jazmines por manos; y que me dió justísimas quejas, y que la dí merecidísimas satisfacciones, y que me ofreció el perdon suyo y el de su esposo, y que la prometí enmienda, y que me fuí á mi casa entre la niebla del crepúsculo, mareado y andando á tientas con el recuerdo de sus palabras y la imágen de su hermosura.
Envié á mi familia al teatro de Apolo, y dejando el estreno de la comedia Angel por oir á Blasco, me dirigí al Ateneo.
Pero Blasco es más vagabundo que yo, y á las diez nos dijo el secretario que Blasco no daba su lectura aquella noche. Un poco despechado de aquel chasco que con su ausencia me pegaba Blasco, eché hácia el teatro de Apolo, desesperanzado de acabar la semana tan poética y armoniosamente como la habia pasado, puesto que daban una comedia en prosa para mí desconocida: Lo positivo.
A más de la mitad iba ya la representacion del acto segundo, cuando ocupé yo mi butaca de primera fila; ignoraba el argumento y dábame apenas cuenta de lo que en la escena sucedia, cuando la Hijosa, que en ella estaba sola, dejó un periódico en que habia leido y tomó una carta que tenia delante por leer. Desplegó poco á poco el papel de aquella carta y comenzó su lectura con una indiferencia que cambió en atencion, y que fué pasando de ésta al interés, y de éste al sentimiento, y luego á la ternura, y ví con mis gemelos que las lágrimas brotaban de los ojos de la actriz, y sentí las mias anublarme los cristales á cuyo través la contemplaba, y oí por fin estallar un aplauso universal, y solté mis anteojos para aplaudir su final de acto, cuya ejecucion hacia mucho tiempo que no habia yo visto par.
En el tercero desplegó Pepita Hijosa un lujo de pormenores, un estudio de detalles tan minucioso, un cuadro tan acabado de cómica coquetería, manifestó tal seguridad y franqueza, tal posesion de la escena, que envidié la fortuna del Sr. Tamayo ó Estévanez, ó como quiera llamarse el académico autor de aquella comedia, en la cual se me revelaban á un mismo tiempo el más práctico de nuestros autores, y una actriz incomparable para el estudio de sus papeles.
Puede un gran poeta desarrollar en ricos versos ó en castiza prosa, un gran pensamiento, y dar cima á una gran creacion; pero el mejor poeta no puede hacer más que escribir sus palabras; y si el actor no da á cada una de las de su papel una intencion, una inflexion, un movimiento y una vitalidad competentes, de la palabra no resulta más que un sonido sin vibracion, que excita seca, pálida y fria la idea en ella expresada. En lo que yo ví de Lo Positivo, el poeta ha confeccionado sus palabras y sus escenas como maestro, pero la Hijosa da á su palabra el movimiento, el relieve y la vida del sentimiento del arte.
Yo no conocia, amigo Munilla, á esta actriz que ha hecho su reputacion durante mis treinta años de ausencia de España, y como todavía su acento me resuena dentro del tímpano, su figura y su juego escénico me bailan aún en las pupilas, y el recuerdo de la actriz me turba la memoria, no tengo ni tiempo ni ánimo para escribir el artículo de mañana.
Compóngase Vd., pues, como pueda; que yo voy á probar si durmiendo doce horas seguidas, puedo desembarazarme de la deliciosa pesadilla que me producen en vigilia las encantadoras imágenes de las nueve bienhechoras hadas, con quienes he tenido la fortuna de tropezar en la semana que acabó ayer. Si Dios me da otras cuatro como ésta, el premio grande de la lotería en la quinta, y la gloria despues de la muerte... reclame usted, señor Munilla, reclame usted ante todos tribunales humanos y en el divino, porque no habrá justicia ni en la tierra ni en el cielo.
Suyo afectísimo...
Los redactores de El Imparcial no quisieron dejar pasar el número de aquel lunes sin artículo mio, y sustituyéndole con mi anterior epístola, le completaron con la siguiente nota y los subsiguientes versos: todo lo cual dejo yo en este lugar interrumpiendo mis recuerdos como ellos lo intercalaron en los Lunes de su periódico.
Mal satisfechos con esta carta del Sr. Zorrilla, corrimos á su casa, pero no le hallamos en ella. Registramos osados su pupitre, y encontrando en él el borrador de las siguientes octavas, las publicamos á continuacion de su carta, en lugar del artículo que hoy no contaba darnos.