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Recuerdos Del Tiempo Viejo

Chapter 20: III.
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About This Book

Memorias en forma de cartas y artículos que relatan episodios de la vida del autor: la muerte de allegados, la pérdida económica y la supresión temporal de una pensión, la búsqueda de recursos mediante gestiones con editores y periódicos, y el apoyo recibido de amigos y conocidos. A lo largo del texto el autor combina anécdotas personales con reflexiones sobre la edad, la fama literaria y la necesidad de volver al trabajo, expresando gratitud hacia quienes le auxiliaron y explicando las circunstancias que motivaron la publicación de estas piezas.

Dios te ha dado, Valenciana,
la beldad de las huríes;
en tu faz, cuando sonries
se abre el cielo y se ve á Dios;
quien al darte en carne humana
modelada tu hermosura,
dijo: «ahí va esa criatura,
y como esa no hago dos.»
Y eres única por eso:
Yo creí que era mi Rosa
la primera y más hermosa
en el ámbito español;
pero á tí, prez y embeleso,
luz y gloria de Valencia,
te creó la Omnipotencia
sola y sin par, como el sol.
En tus ojos nace el dia,
que ajimeces son del cielo
por los cuales manda al suelo
de Valencia Dios la luz.
Ha supuesto Andalucía
que era Vénus sevillana...
no lo creas, Valenciana;
erró vano el andaluz.
Al matar el cristianismo
á la Vénus de Cithéres,
se asió á tí Cupido, y eres
quien le lleva de sí en pós;
si hizo á aquella el paganismo
de la espuma de los mares,
de capullos de azahares
y de luz te hizo á tí Dios.
Tú eres Vénus, Valenciana;
tu hermosura es más perfecta
que la helénica, romana,
bizantina y oriental:
tú eres la obra más correcta
de las manos de aquel númen
que es la cifra y el resúmen
de lo bello y lo ideal.
Y contigo, almo trasunto
de aquel gérmen de hermosura,
de sin par modeladura
en su inmensa creacion,
no tiene el más leve punto
de adhesion comparativa
criatura alguna viva
en belleza y perfeccion.
No creó naturaleza
ningun tipo de hermosura
que no fuera á tu belleza
algun rasgo á demandar;
te pidió el cisne blancura,
el armiño tu limpieza,
el halcon tu gentileza
y el antílope tu andar.
Tienes ojos de paloma
y hebras de sol por pestañas;
Dios te ha puesto en las entrañas
los efluvios del rosal:
y respiras los aromas
que desprende en las montañas
de sus troncos y sus gomas
el calor primaveral.
Tu cabeza toca airosa
tu abundante cabellera,
como al cedro y la palmera
su ramaje secular:
de las hondas de tus rizos
la espiral es más graciosa
que los arcos movedizos
de las ondas de la mar.
Tu cintura, más esbelta
que los vástagos del mimbre,
hace el paso que se cimbre
de tu andar de garza real;
y tu leve falda suelta
flota en torno de tu talle,
cual la niebla que en el valle
alza el sol matutinal.
Más sutilmente no liba
colibrí de cien colores
en el cáliz de las flores
el rocío que en él ve;
más ingrávida no estriba
la ligera mariposa
en las hojas de una rosa,
que al andar pisa tu pié.
De tus labios la sonrisa
como un alba se desprende
que por la atmósfera extiende
viva luz y áura vital,
y tu aliento es una brisa
que del cielo baja al suelo
por tus labios, que del cielo
son las puertas de coral.
Son más dulces tus palabras
que la miel de las abejas;
el olor que trás tí dejas
aventaja al del clavel:
y tu amor, con el que labras
mi ventura, reasume
la dulzura y el perfume
de la flor y de la miel.
Tú eres Vénus, Valenciana:
tus dos labios carmesíes
al abrir cuando sonries
se abre el cielo y se ve á Dios;
quien al darte en carne humana
modelada tu hermosura,
dijo: «ahí va esa criatura:
mas como esa no haré dos.»

XV.
EL PUÑAL DEL GODO.

III.

Ganóme esta obrita más favor con el vulgo é hízose pronto más popular y famosa que cuantas escritas llevaba, por la circunstancia de que, no necesitándose dama para su representacion, la pusieron en escena todos los aficionados en liceos, casinos y demás sociedades más ó ménos literarias que por entónces comenzaron á surgir; y permítame el lector que con vanidad le recuerde que sé de cierto que miles de personas, que han sido y son hoy conocidos personajes, han hecho el papel de alguno de los cuatro de mi Puñal del godo: y no há muchas noches dieron una dedada de miel á mi amor propio mi paisano Nuñez de Arce, Sellés y otros que valen y son hoy más de lo que yo antaño valia y era, revelándome alegremente que habian de estudiantes representado á Theudia y á D. Rodrigo, y el primero añadió que aún sabia de memoria toda mi rápidamente abortada composicion; lo cual, sea dicho en paz y en gracia de Dios, me congratula con aquel pequeño aborto de mi ingenio y casi me enorgullece de haberlo escrito.

Y la ocasion me viene como de molde, para exponer aquí mi opinion sobre las representaciones de los aficionados, en los más ó ménos caseros teatros de sociedades más ó ménos públicas ó privadas. Cuando invitado un conocido autor á la representacion de una de sus obras en uno de estos teatros, le dicen durante ó despues de ella: ¡Cuánto habrá V. sufrido viéndose así ejecutado! ni los que tal le dicen son justos, ni él lo fuera pensando tal. Yo por mi parte no sólo asisto sin pena á estas ejecuciones, sinó que es la sola ocasion en que escucho mis versos sin hastío. Los aficionados suelen ser muchachos de quienes aún no se sabe el porvenir, que estudian sus papeles con afan, los representan con entusiasmo, y se encariñan con el autor; de quien se acuerdan contínuamente y con quien contraen esa amistad leal, noble y desinteresada, que se basa en la fruicion espiritual de la lectura y del estudio de una obra que nos procura aplausos y favor, siquiera sea de amigos. Tal vez un muchacho á quien el porvenir guarda una faja de general ó un sillon presidencial de un Parlamento ó en una Academia, representa delante de la niña que ha de ser su mujer, ó de la mujer que ha de ser su gloria ó su condenacion. Tal vez alguno, con la representacion del papel de Theudia ó del conde D. Julian, ha conseguido el amor de su Florinda, y uno y otro han bendecido y conservado por ello toda su vida una amistad por él ignorada al viejo autor del Puñal del godo. En estos teatros y en estos actores de aficion todo es disculpable, en atencion á la buena fé con que todo se hace: en ellos suelen presentarse individuos que fácilmente llegarian á buenos actores, si en serlo pusiesen empeño ó de serlo se vieran en la necesidad. Yo soy tal vez el viejo que tiene más amigos jóvenes: soy el poeta que goza de más popularidad entre la juventud escolar de España: y no por mi ciencia, de la cual dan mis escritos bien pobre y escasa muestra, sinó por las octavas de D. Rodrigo y el diálogo de éste con D. Julian, de los cuales hay apenas estudiante que no tenga en su memoria algunos de sus versos ó algunas hojas parásitas de los mios entre las de sus libros de asignatura.

Los actores de provincia son tambien dignos de la indulgencia de los autores; porque la variedad diaria que en sus representaciones exige un público escaso que nunca varía, no les da tiempo de estudiar ni de ensayar convenientemente las obras; pero basta de esto, que es tratado aparte de mis recuerdos viejos: ya volveré sobre ello cuando llegue el turno á mis impresiones del tiempo actual; y tornemos y demos fin á las de El puñal del godo con una anécdota poco conocida.

Habia en Méjico cuando vivia yo en aquel paraiso, que debió ser para mí y no quiso Dios que fuera limbo del olvido un Casino español, pródigamente sostenido, en cuyos salones se daban algunas espléndidas fiestas; una de ellas, la imprescindible, se verificaba el dia onomástico de la Reina Isabel, á quien, como á la persona que entónces representaba la patria, enviábamos un saludo los expatriados de España. Era yo el encargado de hacer una lectura en aquellas noches, que concluia siempre con el viva á España, al cual contestaban los mejicanos y españoles en aquellos salones reunidos.

Un año, queriendo el Casino hacerme un obsequio por lo que parecia trabajo y era en un español obligacion de buen ciudadano, dispuso que en una de estas fiestas se representase mi Puñal del godo y se me ofreciese una corona.

Colocáronme, para honrarme, en un grande y magnífico sillon, en el cual resaltaba más mi exígua personalidad, á la derecha de la orquesta y de cara al público: ejecutóse mi pobre drama lo mejor que se pudo y mejor de lo que se esperaba; diéronme mi corona, aplaudiéronme mucho, y despues de una exquisita cena aconterada con muchos bríndis, metiéronme, tras de muchos abrazos y plácemes, en mi coche y... buenas noches.

Al dia siguiente un periódico mejicano, no muy afecto á los españoles pero redactado por gente ingeniosísima, daba cuenta de la fiesta, la representacion, mi coronacion y la cena final en los términos más halagüeños para la riqueza, la esplendidez y el patriotismo de los sócios del Casino; pero concluia con este cuentecillo: «Sin que salgamos garantes de la verdad del hecho, se cuenta que entre el poeta Zorrilla y un amigo nuestro y suyo, que no habia asistido á la funcion del Casino y que se acercó á saludarle al bajar aquel del coche á la puerta de su casa, se cruzó el siguiente diálogo, que resultó improvisada redondilla:

«El amigo. ¿Qué tal lo hicieron los godos?
El poeta. ¡Hombre!... lo han hecho tan mal,
que buscaba yo el puñal
para matarlos á todos.»

En cuyo cuentecillo quedábamos mal todos los españoles de Méjico: los del Casino por haber hecho mal mi drama, y yo por hacerlo peor con ellos en semejante epígrama.

Ni es mio, ni en aquella ocasion pudiera habérseme ocurrido; pero me le ha recordado la última representacion que he visto en Madrid de mi pobre Puñal del godo.


XVI.
LOS DOS VIREYES.

Suum cuique.

Este drama está ya olvidado del público de Madrid, y apenas si se representa alguna vez en provincias, afortunadamente para mi honra.

De él se ocupó la crítica muy somera aunque muy ágriamente, y tuvo razon: es la más miserable rapsodia representada en el teatro moderno; y si andando el tiempo algun curioso bibliómano ó algun crítico investigador tropezaran con ella en algun juicio retrospectivo, seguramente exclamarian con asombro: «¡Cómo diablos fué posible que aquel poeta escribiera esto!»

Y no puedo negar que lo escribí, y es lo peor que al afirmarlo no me avergüenzo de haberlo escrito; materialmente escrito, porque el argumento, la forma y las escenas en prosa, no son mios: están rastreramente cogidos y literalmente copiadas de una mala novelucha de un autor italiano engerto en francés, á quien todo París literario y artístico ha conocido, pero cuya reputacion no ha llegado á España: la novelucha se titulaba El virey de Nápoles, y su autor se llamaba Pietro Angelo Fiorentino.

¿Cómo llegó á mis manos esta novela? ¿Quién me puso en mientes transformarla en drama, copiando en él servilmente los amanerados diálogos de su falso relato y sin curarme de corregir sus errores históricos, ni de dar á mis personajes otro carácter más acusado y dramático, más verdadero y más español?

Es una historia que debia de quedar para contada despues de mi muerte; pero que se me antoja contar en vida, porque nada hay en ella que no abone mi lealtad de amigo y mi buena fé de hombre honrado; porque no quiero que piense ninguno de los que en mi tiempo viven que temo abordar en mis RECUERDOS DEL TIEMPO VIEJO ninguna cuestion personal sobre el pasado que no vieron, y porque no quiero cargar para el porvenir con culpas que no fueron mias. En cuanto á mi reputacion literaria, confieso que no me trae con mucho cuidado; porque sólo la posteridad depura y acrisola lo que vale la fama adquirida en vida por un autor de loca fortuna ó de gran favor entre los profesores de bombo; y tengo yo para mí, aunque pese á los pocos amigos que me quedan, que más me va á honrar despues de mi muerte, la sinceridad con que reconozco la escasa valia y los defectos de mis obras, que el haberlas escrito; y digo sinceridad, por no atreverme á decir modestia; virtud que creo que no existe ya en España y que es un capital que... quien lo pone lo pierde: sabiendo lo cual, aunque lo tuviera no lo pondria yo.

No quiero, sin embargo, que mis amigos renieguen de mí, tomando mi sinceridad por hipocresía; y voy á decirles de paso, y áun á peligro de que en vez de hipócrita me crean vanaglorioso, que tengo cierta conciencia de mí mismo, teniendo por bien hecho y por valioso algo de lo por mí hecho: mi Cristo de la Vega, mi Capitan Montoya y mi Margarita la tornera, son tres leyendas muy imitadas, pero no corregidas áun por otro poeta mejor narrador, ó más legendario y tradicional; y Dios y el tiempo nuevo me perdonen mi pretension de creer que me dan derecho á tenerme por legendario buen narrador. Por poeta dramático no me tuve jamás, y sólo puedo presentar sin vergüenza los dos primeros actos de Traidor, inconfeso y mártir y la segunda mitad del tercero y primera del cuarto de El Zapatero y el Rey; lo cual no es tánto que sirva para bravear, ni tan poco que me humille y me cierre las puertas del teatro; y en cuanto á mis poesías líricas... ¡ay de mí! no son más que hojarasca; y en ellas hay muchas hojillas verdes y algunas florecillas frescas, pero cuando el tiempo seque tal hojarasca, poca sombra dará á mi fama el follaje que deje su soplo en las pobres ramas del laurel de mi gloria.

Volvamos á la historia de mis Dos vireyes.

Habia en 1838 y 39 una tienda de gorras en la Puerta del Sol, cuya dueña, honradísima mujer, tenia un hermano menor que de ella dependia y que era taquígrafo de las Córtes. Alto, desgarbado, de pesados movimientos, modales vulgares y saltones ojos, era en su exterior el tipo de la honradez, y en sus características manifestaciones la expresion de la buena fé.

No recuerdo cómo, ni por quién, tropezó y comenzó á juntarse conmigo; pero ello es que paró en ser mi inseparable sombra, y que no pasaba dia que no pasara conmigo y en mi casa las horas que su ocupacion de taquígrafo le dejaba libres. Alababa todo lo que yo hacia, celebraba todas mis escentricidades de poeta y mis niñerías de muchacho; y como si en mi cronista se hubiese constituido, propalaba y encomiaba por donde quiera mis hechos y mis dichos, clasificándolos todos entre los más chistosos y originales del mundo; lo cual contribuia más que á mi buena fama á procurarle á él la de mi único amigo, confidente único de los secretos del muchacho que iba haciéndose popular.

Llevaba yo por entónces, como he llevado siempre, una vida aislada, que me ha obligado á llevar el trabajo necesario á mi subsistencia y mi poca simpatía por las banalidades que forman base de la vida social de Madrid. Las visitas inútiles, las relaciones superficiales y los convites sin cariño, han sido cosas que no he aceptado jamás en mis costumbres: y he preferido siempre para mis alegrías y expansiones el interior modesto de mi pobre hogar, al suntuoso salon y la opípara mesa del opulento y millonario anfitrion. Mi idea fija era hacer famoso el nombre de mi padre, para que éste, volviéndome á abrir sus brazos, me volviera á recibir para morir juntos en nuestra casa solariega de Castilla; única ambicion mia y único bien que Dios no ha querido concederme. Bajo esta idea huí siempre de la sociedad política y rechacé el favor y la proteccion de los gobiernos, á quienes no pudo ligarme nunca compromiso alguno personal; mi padre era realista, tuvo que irse con el infante D. Cárlos María Isidro á las Provincias Vascongadas y que emigrar á Francia un mes ántes del convenio de Vergara; y puse mi empeño en probarle, que la fama que yo habia dado á su apellido, la debia sólo al trabajo y al favor del pueblo, no á haber vendido mi pluma á un partido contrario á sus opiniones; y sin cuya revolucion no hubiera yo, sin embargo, tenido una prensa en que publicar los versos que me hicieron popular.

Pasábame, pues, la vida en mi casa dado á mi asíduo trabajo, del cual descansaba y me distraia en el tiro de pistola y en el circo de la plaza del Rey; mis dos únicos vicios, porque en vicio les constituia mi diaria presencia en el tiro y en el circo, donde constantemente me acompañaba X el taquígrafo, tosco eslabon humano que con la humana sociedad me encadenaba. X no tiraba; juzgaba de los tiros, convenia las apuestas, aplaudia los triunfos, y tomaba parte muy principal en los almuerzos en que las ganancias se invertian. Mr. Arnaud, el propietario del tiro, tenia para su establecimiento el reclamo de nuestra fama, y en el actor Monreal, en D. Juan Valleras y en mí, tres seguros mantenedores de las apuestas que él con extranjeros generalmente entablaba, y que el bueno de X con él organizaba y llevaba á cabo; almorzando siempre, como árbitro y adlátere mio, con los vencidos y los vencedores.

No puedo resistir al deseo de consagrar aquí cuatro renglones al recuerdo de aquellos viejos compañeros de mis juveniles aficiones.

Monreal era un actor inimitable en lo que entónces se llamaba papeles de traidor: era un segundo sin primero y un tirador de pistola de primera fuerza; pero habia que fiarle en las apuestas los primeros tiros; porque era tan orgulloso, que el primero perdido le hacia perder la serenidad á impulsos del amor propio que le devoraba. Juanito Valleras era un gaditano de 24 años, fino y esbelto como un galgo inglés, caballeroso y leal hasta el recorte de las uñas, andaluz hasta la médula de los huesos, y tan incapaz de hacer una villanía como de soltar una gracia agresiva ni de mal tono. Era el primer tirador de entónces; tiraba por vanidad, y daba siempre la mitad del valor de cada tiro al francés Arnaud, porque no se convalachara con ningun tirador paisano suyo para desigualar la carga ó las ventajas de las apuestas. Con Valleras y conmigo llevaba Arnaud el 50 por 100 de cuanto en ellas se atravesaba; y el tiro de apuesta de Valleras eran nueve balas colgadas á nueve distintas alturas, que debian casarse con las de nueve tiros sin interrupcion; y rara vez le faltaba una por casar. De su hidalguía es prueba irrechazable el hecho siguiente:

El francés Arnaud andaba siempre á caza de ingleses con quienes empeñarnos en apuestas de tiro, y dió una vez con unos que nos invitaron al del encargado de negocios de Dinamarca, que le tenia precioso en su jardin de la casa de la calle del Barquillo, residencia de su embajada. Los ingleses lo eran de pura raza, y nos recibieron como gentes de la mejor sociedad, prévia la más irrecusable presentacion. Tiraban con unas magníficas pistolas belgas, tres pulgadas más largas que las nuestras: fiáronse á la suerte todas las condiciones, y tocó á cada cual el derecho de usar de sus propias armas. Durante los preliminares, Monreal y X fijaron su atencion en un inglés viejo, que sentado á la cabeza del tiro tenia un groom de pié á su espalda y un gran saco á sus piés: era sin duda un maniaco apostador.—«¡Ojo al saco!» dijo por lo bajo X;—y una mirada furtiva de Mr. Arnaud nos probó á Valleras y á mí que el francés habia tramado aquella conjuracion contra el saco del inglés. Tocó á los de Albion tirar los primeros; pusieron por primer blanco un huevo á treinta pasos: tiró el primer inglés, é hizo blanco: tiró el segundo con igual acierto; y hecho lo mismo por el tercero, nos tocó nuestro turno á los españoles. Valleras permaneció impasible, apoyada la mano derecha en el pilar de la barandilla, para tener la muñeca libre de sangre y el pulso tranquilo; pero invitado por uno de los ingleses á hacer su tiro, dijo tranquilamente: «Mis compañeros y yo no hacemos ese tiro.»

Mr. Arnaud se mordió los labios, yo sentí palidecer mis mejillas, y los ingleses echaron sobre nosotros una mirada de compasion acompañada de una sonrisa, en la cual su esmerada educacion no llegó á marcar el desprecio. Valleras, sacando un puñado de monedas de á ochenta reales isabelinas y recientemente acuñadas, mandó al criado poner una en el blanco apoyada en el tapon de corcho tendido. Tomó su pistola, y pasándosela á Monreal para el primer tiro, dijo á los ingleses: «Nuestro tiro no pasa nunca de este tamaño.» El blanco se veia mal, porque no era blanco sinó amarillo, y á treinta pasos sólo lo veia un ojo de tirador; tiró Monreal y quitó la moneda; puso el criado otra, y Valleras me pasó la pistola con que él tiraba; puse yo mi alma en mi dedo índice, é hice blanco; Valleras dijo: «Yo no tiro eso: cuelgue V. mis nueve balas.» Valleras hizo su tiro; los ingleses saludaron respetuosamente, y el del saco se le entregó al groom, que desapareció con él. La apuesta paró en un refresco y en un puñado de monedas que Valleras y los ingleses dieron á Mr. Arnaud; y cuando á la mañana siguiente, al volvernos á reunir en el tiro de éste, argüia á Valleras por no haberse dejado ganar los primeros tiros para engrosar las puestas, Valleras contestó con su desenfado andaluz: «Mr. Arnaud, si V. habia pensado que nuestro blanco fuese el saco del inglés, hizo V. mal en pensar en nosotros para sostener tal apuesta.»

Valleras murió dos años despues, de una afeccion pulmonar; Monreal se metió una noche la bala de su último tiro en el cerebro... y yo abandoné el tiro, cuando mis compañeros abandonaron el mundo.

Al montar Ignacio Boix su librería en la calle de Carretas, dando á este ramo de comercio una forma y un impulso hasta entónces inusitado en España, X se ingirió en su casa como administrador, ya con ciertas pretensiones literarias, como amigo y conjunto inseparable mio: Boix aceptó la literatura de X bajo su palabra: dióse éste á escribir algunos artículos en El Pensamiento, semanario que Boix fundó: ganóse X la confianza de éste como habia ganado la mia, y Boix le comisionó para ir á establecer en Cuba y Méjico dos sucursales de su casa de Madrid.

Hé aquí el talento y la historia de las medianías que saben no desperdiciar la sombra de la más pequeña hoja que puede dársela: X empezó por adherirse á la pequeñísima sombra que mi pequeñísima persona comenzaba á proyectar: cobijóse despues á la sombra de mi casa: recogió como reliquias todos los borradores de mis manuscritos y todos los más íntimos pormenores de mi vida; y, al cabo de dos años, salió para Cuba, agente de la primera casa de librería, con mejor porvenir que yo, y con el manuscrito inédito de mi leyenda de El capitan Montoya, de la cual hizo cuatro ediciones en la Habana y Méjico, acompañándola de una biografía del autor su grande amigo, cuyo nombre iba con el suyo en la primera página, viva representacion de mi personalidad: segundo yo en aquellos países, que no pensaba yo entónces visitar despues de él, ni X pensaba que yo en ellos habia de hallar más tarde la huella de sus pasos. Volvió á Madrid en 1842, trájome grandes noticias de mi gran fama por aquellos países y del éxito fabuloso de mi Capitan Montoya; pero ni á él le ocurrió darme, ni á mí pedírsela, cuenta de lo que sus cuatro ediciones habian producido. Entre amigos...

Entre tanto habia yo tenido un poco de fortuna en el teatro con mi Cada cual con su razon y las dos partes de El Zapatero y el Rey, y X me habia dado á leer aquella novelilla de Pietro Angelo Fiorentino, que habia traducido y publicado allá en compañía de mi Capitan Montoya y bajo las mismas bases de lucro para Pietro Angelo que para mí. Celebróme mi bienandanza teatral: y anudando naturalmente su antigua intimidad conmigo, siguió acompañándome á los ensayos en el escenario y á mi mujer en mi palco en las representaciones... y un dia me preguntó que qué me parecia su novela de El virey de Nápoles... y otro dia que si se podria hacer de ella un drama... y una noche que si yo querria transformar en drama su novela, y por fin que si, escribiéndola en verso y prosa, querria yo aprovechar los diálogos de la novela, y poniéndolos á nombre suyo, ponerle á él al par del mio como autor dramático: cosa que á él le daria una grande importancia con su principal Boix, etc., etc.

¿Por qué no habia yo de ayudar á hacerse hombre á un tan buen amigo? Me habia acompañado dos ó tres años cinco ó seis horas diarias, y dia y noche en las épocas de enfermedades y pesadumbres: habia empezado su carrera de escritor poniendo en las nubes mis versos y en boca de todos la prosa de mi vida... emprendí la transformacion de la novela El Virey de Nápoles en el drama Los dos vireyes; pero por más empeño que puse en semejante trabajo, le concluí convencido de que habia salido como no podia ménos de salir una obra malamente confeccionada, muy desigualmente escrita y de éxito dudosísimo.

Llamé á X y le dije que en mi cualidad de buen amigo y de hombre leal, mi conciencia me obligaba á advertirle que Los dos vireyes era un tiro que iba á salir para él por la culata; y que al silbarme el público por primera vez, no faltaria á quien le ocurriera que escribiendo solo me habia hecho aplaudir, y que la asociacion con X me habia atraido la primera silba; y en fin, que aquel seguro mal éxito, en vez de procurarle reputacion y de abrirle la escena, le iba á desacreditar y á cerrársela para siempre.

Pareció X convencido de mis razones: y como la temporada cómica iba ya muy avanzada, la obra estaba prometida y yo obligado á dar la tercera del año, segun mi contrato, determinamos presentarla bajo mi solo nombre, y que corriera yo solo el riesgo de un desaire casi seguro del público y de una justa rechifla de la crítica por semejante rapsodia.

Entregué mi obra á Lombía: recomendésela á Cárlos, poniéndole en los pormenores de su historia: prometióme Cárlos, con el paternal cariño que me tenia, ponerla en escena con tánto más esmero cuanto ménos probabilidades de éxito presentaba: y pretestando yo no poder esquivar por más tiempo el compromiso de ir á pasar la Semana Santa con el duque de Rivas, partí á Sevilla, huyendo de la primera representacion de aquellos Dos vireyes, con cuyo azaroso porvenir dejé cargados á Mate y Cárlos Latorre, diciéndome al meterme en la diligencia: «ojos que no ven, corazon que no siente.»

¡Y qué recuerdo tan fresco, tan juvenil, tan poético, es el de aquel viaje y el de la estancia en la casa y con la familia de aquel tan gran poeta y tan grande amigo como fué mio, aquel á quien yo llamaba mi ángel, á quien la posteridad llama duque de Rivas, y cuya memoria vive aún por la amistad en mi corazon, y en España por el Don Alvaro, que está todavía en pié sobre la escena en que hace cuarenta años que apareció!

Desde que Juanito Donoso y Nicomedes Pastor Diaz primero y Villalta despues, me habian dado trabajo en sus periódicos, no habia yo dejado pasar una semana sin publicar una ó dos composiciones por lo ménos: en tres años habia de ellas coleccionado ocho tomos mi primer editor Delgado. Desde que García Gutierrez me habia abierto la escena, asociándome á él en el Juan Dándolo, habia yo presentado seis dramas, benévolamente acogidos por el público, que tuvo sin duda en cuenta al aplaudírmelos mi poca edad y mi constante trabajo: tenia yo mucha priesa de meter ruido que llegara á los oidos de mi padre, emigrado en Francia, y no me remuerde la conciencia de haber desperdiciado aquel tiempo viejo. Era la primera vez que cogia yo un mes y un puñado de onzas para mi solaz. Mi miedo al éxito de mis Dos vireyes, pedia á Dios alas para huir de Madrid: y el editor D. Manuel Delgado, que era el único que sabia lo que yo valia en dinero, que me gruñó siempre, pero no me negó jamás el que le pedí, me dió el susodicho puñado de onzas, para sustituir con un asiento en la diligencia las alas que Dios no ha concedido á ningun poeta al lado de los homóplatos. Dióme Lombía una docena más de aquellas graves y amarillas monedas que por atrasos de mi sueldo me era en deber, y otra docena Boix por adelanto y seguridad de mi primer tomo de leyendas: dejé las dos docenas á mi familia; y con el primer puñado en el bolsillo, me acomodé en la berlina, que despues hemos llamado coupé, de la diligencia que á las tres de una mañana de marzo arrancaba para Sevilla, de la calle de Alcalá.

Llevaba por compañeros á D. Juan Jústiz, noble mozo habanero, de tan mala salud como buena educacion, y tan sobrado de rentas como falto de humor para gastarlas; á quien acompañaba Lorenzo Allo, otro habanero de tan buen humor y tan buena salud como poco amigo de guardar su dinero, con quien habia trabado yo amistad en el tiro de Mr. Arnaud y en el gimnasio del conde de Villalobos.

Era este Lorenzo Allo el mejor amigo y el más agradable compañero del mundo: tan enjuto como récio, era nervioso hasta tener trémulas las manos, á pesar de lo cual tomaba café cuatro veces al dia; y usando en anteojos de oro unos cristales de muy bajo número, alternaba con los primeros tiradores; sin que me haya podido yo dar cuenta de cómo veia el blanco, ni de cómo sujetaba é inmovilizaba sus nervios para hacer finísimos tiros. Teníame una sincera amistad y sabia de memoria muchos versos mios: dábame tan buenos consejos como malos ejemplos; y tan diestro boxeador como mediano humanista, estaba siempre dispuesto á saltar un ojo de un puñetazo á quien no le concediera sin discusion que era yo el primer poeta de ambos mundos. Cuidaba de mí en el gimnasio como si fuera yo de cristal, y de mi honra como si fuera la suya, é hijo yo de su mismo padre.

Jústiz y yo le hicimos administrador de ambos durante el viaje y le entregamos nuestros dineros: aquel para no tener el trabajo de pensar en ellos, y yo para ahorrarme el de contarlos: negocio que era por entónces no poco peliagudo en España, con los ocho cuartos y medio de sus reales, los ciento setenta de sus duros, los trescientos veinte reales de sus onzas, las tres onzas y dos duros de sus mil reales, etc.; de modo que la más mínima cuenta tenia siempre más picos que una custodia.

La noche estaba fria, lejano el amanecer, y los tres viajeros de la berlina que habíamos acudido con tiempo por no habernos acostado, estábamos en nuestros puestos desde que empezaron los mozos á cargar el carruaje, durmiendo tranquilamente bien embozados en nuestras capas. La empresa era nueva, y en competencia con la antigua: el conductor ocupó el pescante y al dar las tres en el Buen Suceso, dió una voz y tendió su fusta á los caballos, que nos arrebataron entre el ruido de sus herrados cascos y de sus agujereados cascabeles.

La nueva empresa habia montado á la francesa sus tiros, sustituyendo al antiguo rosario de mulas, enfrenadas sólo las dos del tronco y las seis restantes encomendadas á un muchacho ginete en el mingo delantero, un tiro de seis buenos caballos todos embridados; dos en la lanza y cuatro en balancin. Aquellas nuevas diligencias, carruajes de sólo berlina y rotonda, eran unas especies de sillas de posta; y eran á las antiguas galeras y diligencias lo que hoy son á aquellas sillas de posta las locomotoras y trenes de los ferro-carriles; pero aquel ruido de los cascabeles, aquel perpétuo vocerío con que á sus caballos animaban los mayorales, aquellos zagales dicharacheros que enganchaban y recogian los tiros en las remudas, aquellos venteros y maestros de postas, aquellas hosterías en donde se hacian los altos y las comidas, conservaban el carácter jaranero y alegre de nuestra patria y la tierra por donde viajábamos los españoles; y se veia el país, y se bromeaba con las paisanas; y sea dicho en paz, no tenia tantas ventajas para los intereses materiales, pero tenia más poesía que el actual nuestro modo de viajar del tiempo viejo. Los caballos daban cierto decoro de caballeros á los viajantes; y no todo el mundo podia permitirse el lujo de viajar en berlina de una silla-correo, que corria por el centro de la calzada, pasando al vulgo de los viandantes; la máquina lo arrastra todo, y los caballos arrastraban la flor de lo arrastrado, y bien lo decia el refran: «de las vidas arrastradas... la del coche.»

El en cuyo coupé íbamos Allo, Jústiz y yo paró en Ocaña para almorzar. Sin que Allo y yo hubiéramos bajado los cristiles, ni hablado con los viajeros del segundo compartimento en las postas pasadas, por respeto al descanso de Jústiz, que iba convaleciente de larga enfermedad, con fuentes abiertas en los brazos y encomendado á nuestra amistad por su cariñosa familia. Pero al apearme en Ocaña, unos brazos poderosos me arrebataron del estribo, y al depositarme en tierra me decia la voz vigorosa del individuo á quien aquellos fornidos brazos correspondian:—«¿Aquí tú, Pepe?»—Era Paco Elipe, diputado bullicioso, poeta un poco excéntrico, pero no despreciable, hacendado manchego y amigo leal, de quien ya apenas hace nadie memoria; pero de la de quien voy á traer algunos recuerdos á estos mios de aquel viejo tiempo.—¿Quién es tan descortés ni tan ingrato que no se pare á dar un apreton de manos al viejo amigo, á quien encuentra por acaso en el viaje de la vida? ¿Y qué son estos recuerdos más que un viaje de vuelta por el casi borrado rastro del florido camino de mi juventud?

Paco Elipe fué sócio del Liceo y escribió de todo, en verso y en prosa; y empezando por un drama en compañía de Romero Larrañaga, titulado La Vieja del Candilejo, cuyo plan está no más preparado y versificado limpia y galanamente: escribió otros más, y tuvo sus éxitos y sus aplausos y su reputacion no inmerecidos y fué uno de los que, con quienes empezábamos á hombrear, arrimó el hombro para empujar el carro del progreso de aquella época. Recto y tenaz, y de vigorosísimo carácter, hacia y decia las cosas de muy original y personalísima manera. Un dia cerraba con lacre una carta, y echándose por descuido una gota de él encendida en un dedo, en lugar de sacudírsela dijo, conservando el dedo inmóvil: «¡Bruto Paco; para que no seas torpe otra vez!» Y dejó apagarse el lacre en la carne. Una noche sorteamos en el Liceo varios argumentos para una improvisacion, entre varios poetas, y tocóle á Elipe el de la Noche-Buena.

El tiempo dado para el trabajo de la improvisacion era el de una hora, al fin de la cual comenzaba la lectura de las composiciones en la tribuna; llegó su turno á Elipe, y en medio de muchas redondillas facilísimas, en que describia todo el tumulto que traen consigo los panderos, zambombas y el jaleo de aquella noche de la Misa de Gallo, soltó con la mayor formalidad la semiblasfemia de esta cuarteta:

Y aunque la ilacion se quiebre,
lo que no apruebo y resisto
es el mal gusto de Cristo
de nacer en un pesebre.

Y continuó su descripcion de la Noche-Buena con tanta imperturbabilidad suya como estupefaccion del auditorio.

Fué el amigo más consecuente de José Fernandez de la Vega, el fundador del Liceo, mal recompensado por todos los á quienes hizo hombres con el establecimiento de tan única y brillante sociedad. El Gobierno no supo dar á Vega más que el Gobierno de una provincia de tercer órden; y Paco Elipe fué el más fiel amigo de aquel á quien tantos faltaron.

Pero de Paco Elipe haré más larga y justa mencion más adelante, porque espero en Dios que me dará tiempo de hacerle una visita en su palacio solariego de Manzanares: y ocasion de hallar en él materia para más curioso relato.

Con este mi tercer compañero de viaje almorcé en Ocaña, en un parador nuevo, en una mesa muy limpia y enflorada, servida por dos buenas mozas de diez y ocho y veinte años, de trigueña tez, boca sensual y risueña, grandes, negros y retozones ojos, moño de picaporte con zorongo de largos cabos, y robustez muy mal disimulada en sus ceñidos corpiños, y sus estrechos y cortos guarda-pieses.

El conductor nos presentó á los postres un libro en blanco, en cuyas hojas rogaba la empresa á los viajeros que anotasen las faltas de servicio para corregirlas. Elipe y yo acusamos en ellas, y en unas quintillas, al posadero de hacer servir su mesa por aquellas dos muchachas, que embelesaban á los viandantes para que no comiesen más que ojeadas y sonrisas, productoras para ellas de dobles propinas y de vanas esperanzas para los comensales; y pedíamos á la empresa que, ó suprimiese aquellas dos muchachas, ó que cambiando las horas de salida de sus carruajes, dispusiera que los viajeros no almorzaran, sinó que cenaran y pernoctaran en aquel parador de Ocaña.


El 1.º de Abril á las siete de la mañana nos apeamos de la diligencia en Sevilla, café del Turco, calle de la Sierpe. Salia yo á ver la tierra por primera vez; y como el pájaro que deja por primera vez el nido apenas emplumado, y goza de la luz, la vida y la libertad, desempolvando sus plumas entre el fresco césped y las primeras margaritas, y se baña en el brillante ajófar y las líquidas perlas de las gotas de agua que desparrama el Guadalquivir en sus siempre verdes orillas, me salí por la Puerta del Arenal á ver el puente, y el rio, y la Torre del Oro, y á respirar aquel ambiente perfumado de azahar, y á bañarme en aquella luz, reflejo dorado de la del Paraiso; á pasar, en fin, una mañana de muchacho que hace novillos.

Y fué aquel uno de los pocos dias que en mi vida cuento como felices, y cuya dicha tuvo fin y colmo en mi nocturna presentacion en casa del egregio poeta, del cariñoso amigo, del entretenidísimo conversador, y del nunca olvidado autor del Moro expósito y del Don Alvaro.

El recuerdo de la amistad, de la casa y de la familia del duque de Rivas es una isla de arribada en el revuelto mar de mi existencia, un oasis frondoso en el arenal desierto de mis estériles aspiraciones, una tienda de reposo en el pedregal por donde ha hecho peregrinar mi inutilidad viviente, mi improductiva é improvisora poesía. La casa del duque en Sevilla es en mis recuerdos un nido de ruiseñores, donde fué á albergarse una noche de primavera una golondrina desanidada.


XVII.

¡Gran tierra es Andalucía!
La gente allí alegre toma
la vida efímera á broma,
y hace bien, por vida mia.
Quien á Sevilla no vió
no vió nunca maravilla;
ni quiso irse de Sevilla
nadie que en Sevilla entró.
«¡Ver Nápoles y morir!»
dicen los napolitanos.
Y dicen los sevillanos:
«¡Ver Sevilla, y á vivir!»

Esto digo yo de Sevilla en La leyenda de los Tenorios, y esto hice cuando fuí á aquella ciudad sin más objeto que á ver á Sevilla y á vivir. No existian aún en España las academias y los profesores de bombo, ni La Correspondencia anunciaba la salida de Madrid de don Fulanito y doña Menganita, ni nos habian hecho cardenales, tratándonos de Eminencias, á los que por algo comenzábamos á distinguirnos los que aún no se distinguian por su profesion de bombistas; ni habíanse aún establecido las sociedades y comisiones de aplausos mútuos que anuncien, calificándolo de acontecimiento, la partida, la llegada ó el resfriado de cualquier medianía ó nulidad, á quien cuatro amigos, si no ella misma, dan importancia miéntras se lee el número en que se da ó se la da bombo: así que pude yo pasearme por Sevilla con Allo y Jústiz sin riesgo de hacerme enemigos todos los liceos, ateneos y teatros caseros, cuyas invitaciones rehusara, y cuya sancion necesita hoy todo hombre notable para pasar por donde pasa, como moneda resellada, en cada provincia. Algunos curiosos iban á ver cómo era el autor de El Zapatero y el Rey cuando entraba ó salia en el café del Turco, donde se hospedaba; y el tal autor salia ó entraba en su alojamiento, y gozaba de aquel sol y aspiraba aquel aroma de azahar que llena los paseos y las alamedas, y visitaba aquellos viejos y moriscos edificios, por y entre los cuales anduvo el rey, tan popular como mal juzgado todavía, de su drama El Zapatero y el Rey. Hacia, en fin, la vida que en Sevilla se hacia: la del pájaro, como dije en mi número anterior; picotear los capullos de las rosas y de los azahares, cantar y esponjarse á la sombra y entre las hojas de los naranjos y las magnolias, y vagar de barrio en barrio, como los pájaros de rama en rama, hasta la hora de acogerse al nido de los ruiseñores, que era la casa del duque de Rivas.

En ella duraban algunas caseras costumbres de nuestras nobles familias de los siglos del Renacimiento. La del duque se reunia en las primeras horas de la noche en torno de una gran mesa; donde, presididas por la duquesa, trabajaban sus hijas en alguna labor, y leian ó dibujaban sus hijos, ó escuchaban todos al duque, que les leia ó recitaba algunos de sus característicos romances, ó algunas de las consejas por él recientemente desenterradas de bajo alguna piedra mal segura del rincon de una callejuela de Sevilla. El duque leia sus versos con un entusiasmo, un tono y una gesticulacion esencialmente suyos y completamente originales; y acompañaban su voz el murmullo del aire en las hojas y del agua en las fuentes del jardin, sobre el cual se abrian los dos balcones de aquella estancia. El cariñoso respeto y la cordial é infantil admiracion de su numerosa familia para con el padre y el poeta, era la cualidad característica, el fondo típico de aquel cuadro de interior, en cuya atmósfera se respiraba la más sincera alegría y la más tranquila felicidad. Aquellas cabezas juveniles de las muchachas, en cuyos ojuelos retozones chispeaba la curiosidad reprimida y en cuyos labios retozaba la maliciosa sonrisa; las inteligentes fisonomías de los muchachos, Enrique reflexivo y Alvaro bullicioso; aquellos álbums, grabados y caballetes abiertos siempre, ó siempre cargados de algun trabajo no concluido; aquellos retratos de los hijos, pintados por el padre; aquel piano siempre abierto, y aquellos tres salones seguidos, en donde siempre habia murmullo de música ó de poesía, y cuyo silencio era el són del agua y los árboles del jardin, daban á aquella casa un carácter especial, único y típico, que me hizo calificarla de nido de ruiseñores, y cuya paz fuí yo á interrumpir con el desordenado turbion de versos de mi leyenda de La cabeza de plata, de la cual iba escribiendo el último capítulo durante aquel viaje. Habia en aquella leyenda (que el fin se publicó bajo el título del Talisman, y de la cual ya nadie probablemente se acuerda), un enamoradísimo Genaro, á quien vuelve loco la cabeza de una hermosa Valentina, cortada por un bárbaro y celoso tutor, cuya historia no sabia yo á punto fijo cómo concluir, pero que entusiasmó á la duquesa, complació al duque por lo que me queria, y encantó á las muchachas por lo romántica y apasionada.

Pasemos pronto por tan gratos como personales recuerdos: la muerte nos quitó de delante aquel ídolo á quien adorábamos, gloria de España, cuyos versos hemos aplaudido no ha muchos meses en el teatro en su Don Alvaro; y no quiero que su recuerdo parezca en estos mios como motivo de alabanza propia, ni como afan de propio engrandecimiento á la sombra suya, ni como halagüeña adulacion á los hijos vivos del amigo muerto; de cuya viva estimacion vivo seguro, por los puros recuerdos de aquellos dichosos dias y de aquellas deliciosas noches.

Obligábame á pasar á Cádiz un asunto de familia; y librándome á fuerza de voluntad del encanto con que en Sevilla me retenia la sociedad del duque, me embarqué con mis compañeros en un vapor que descendia el Guadalquivir. No habia yo visto el mar; y para no verle prosáicamente desde una playa, me eché á lomos de aquella serpiente de plata, que deshace las móviles escamas de sus dulces ondas en las amargas profundidades del que rodea y arrulla aquel canastillo de plata, que se llama Cádiz. Ni de esta ciudad ni de la de Sevilla diré una palabra más; porque ni hay ya nada que de ambas en prosa y verso no se haya dicho, ni estos recuerdos son memorias históricas, ni relacion de impresiones de viaje, que obligan á seguir lógica y consiguientemente una narracion; sinó la consignacion de mis ideas en un papel, segun en mi imaginacion desordenadamente se van presentando. Está ya convenido que el autor del Zapatero y el Rey y de Margarita la Tornera es un poeta... bueno ó malo, grande ó pequeño: pero ¿cómo fué poeta? ¿Cuáles fueron los gérmenes de su inspiracion? ¿Qué influencia han tenido en sus escritos las vicisitudes de su vida? ¿Qué hay en la suya íntima, puesto que no la tiene pública no habiendo sido nunca más que poeta? Esto es lo que él solo puede decir, y esto es lo que exponen estos sus Recuerdos del tiempo viejo, tan desprovistos de interés como de órden, por ser personales y desligados de toda adherencia con la política, el progreso, la vida, y en una palabra, de la generacion en que ha vivido, como una planta parásita sin raices que á su tierra la sujetaran.

Poseia en Cádiz una persona de mi familia una de las pocas huertas, que reverdecen en el escaso terreno de su puerta de tierra.

Ni la dueña de aquella posesion conocia su finca, ni jamás habia estado muy clara la historia de ella; habíasela cedido un pariente suyo en cambio de unos terrenos en Ultramar; y tasada sin duda en más de lo que valia, no redituaba lo que de su capitalizacion podia esperarse. Habia habido en ella en otro tiempo un establecimiento industrial, cuyo abandonado edificio é inútiles utensilios habian ido vendiéndose cuando la ocasion se habia presentado. Teníala entónces en arriendo un signor Doménico Maggiorotti, genovés ó livornés, de una honradez sin tacha, el cual daba cuentas cuando se le pedian, descontando siempre algo por gastos hechos en recomposiciones absolutamente necesarias, como reconstruccion de tapias y renovacion de puertas. De vez en cuando habia hablado de calderas viejas y de útiles ya inútiles de hierro, que allí arrinconados existian, cuya venta le habian propuesto y para cuya enajenacion pedia permiso; diósele siempre la propietaria, y el livornés tuvo siempre á su disposicion el precio de lo vendido. Las cuentas del año anterior estaban con él todavía pendientes, y por el mes de Febrero del que corria habia pedido permiso para vender la piedra de una especie de estanques ó secaderos de cera; que cerería aseguraba que habia sido el arruinado establecimiento industrial de la finca. De la aclaracion de estos hechos y del cobro de la renta del último año iba yo encargado, con legal poder y ámplias facultades de su propietaria.

Fuíme una tarde con Allo á la huerta del Maggiorotti, quien, segun costumbre de su país, se llamaba abreviadamente Ménico, y á quien entre las gentes vulgares con quienes trataba, llamaban unos el señor Ménico y otros el tio Mónico; no alcanzando la abreviatura del nombre italiano. Dimos en la huerta, y topamos en ella con el signor Ménico Maggiorotti; que era efectivamente mayor en años y en estatura que Allo y yo juntos, y uno de los mayores hombres con quienes yo he tropezado en mi vida. Tenia, segun nos dijo, setenta y dos años, y segun vimos cerca de seis piés de alto, con una cabellera y unas patillas como la nieve, unas cejas crecidísimas, bajo las cuales relampagueaban dos ojazos de un azul pardo y de una admirable limpidez; una tez curtida como si hubiese pasado mucho tiempo expuesto á los aires del mar; una boca grande de perpétua sonrisa y guarnecida aún de su completa dentadura, y unos hombros, unos brazos y unas manos fornidos, musculares y encallecidas, como de quien debia de haber pasado largos años en rudo y continuado ejercicio.—Saludéle yo afablemente; díjele quién era, y exhibíle mis credenciales; tendióme él su diestra llevando la zurda al sombrero, y miéntras por poco no me desmonta las catorce coyunturas de mi mano entre las de la suya, me dijo con una voz como de contramaestre hecho á mandar la maniobra entre la tempestad:—«Mañana á las diez le llevaré á usted á su casa ocho mil reales, y los seis mil trescientos restantes, el dia 30, á la misma hora: porque no habiéndome usted avisado de su venida, no le tengo juntos los catorce mil trescientos del total de su cuenta.»

Ocurrióseme decirle que á mí, como el más jóven, correspondia ir á su casa; y contestóme, frunciendo más el entrecejo, y mirándome como quien necesita seis como yo para almorzar:—«Si tiene V. empeño de ir á mi casa, vaya; pero yo no hago ningun trato en mi casa, sinó en los Montañeses que tengo en frente de ella, y ante un jarro de manzanilla, como tal vez no es costumbre entre los señoritos de Madrid, y yo pago siempre.»

Acepté, tomé en mi cartera las señas de la casa y despedímonos hasta las diez de la mañana siguiente. Allo y yo convinimos en que aquel viejo tenia trazas de haber sido tallado sobre el modelo del Laoconte, y de ser un hombre tan formal como poco hecho á sufrir cosquillas.

—Parece que no tiene muchas ganas de recibirte en su casa—me dijo Allo.

—Y no sé por qué las tengo yo de meter en ella las narices,—le dije yo; y nos fuimos á buscar á Jústiz, para ir á la ópera.

Al dia siguiente, exacto como un suizo, me presenté á las diez en casa del signor Ménico, que la tenia en una calleja cerca de la muralla y en frente de una tienda de montañeses; á la cual se entraba por un patinillo cercado de un emparrado, bajo cuyos vástagos se veian cinco ó seis mesillas, con sus correspondientes bancos, éstos y aquellas clavados, que no asentados en el suelo.

La casa del signor Ménico Maggiorotti tenia su parte habitable en el piso principal, que, sostenido sobre dos postes, gravitaba entero sobre ellos y las paredes maestras de un gran portalon, todo lleno en derredor de bien apilados sacos de lana, en la cual comerciaba su propietario. Enclavada en la pared de la izquierda, pendiente, estrecha y de un solo tramo, una escalera de madera con su pasamano remataba en una puerta de maciza encina, único paso al piso superior; y en vez de postigo en ella abierto, se abria en la pared derecha un ventanillo, que dominaba el portalon, y desde cuyo ventanillo, un hombre armado de una escopeta de dos tiros ó de un par de pistolas, podia defender la subida y la entrada de una docena de asaltantes, que caerian infaliblemente uno tras otro ántes de que ninguno lograse forzar la puerta. Mil suposiciones, á cual más absurdas, forjó mi imaginacion de poeta y mi juvenil inesperiencia sobre las riquezas, la avaricia y el misterio de la vida del signor Ménico á la vista de aquellos sacos de lana, que representaban un buen par de sacos de duros, y de aquella colocacion de postigo y escalera, que delataban muy calculadas precauciones.

Y todos estos supuestos me los hice yo como autor acostumbrado á preparar la escena de mis dramas, y como maniático tirador que no veia por donde quiera más que escenarios ó tiros de pistola; miéntras el corpulento signor Ménico venia á presentarme su mano de Titán, abandonando un saco de lana sobre el cual dormitaba ó echaba cuentas á mi llegada. Saludámonos, y atajando tiempo y cumplidos, el viejo italiano, con su vigoroso acento, pero en un tono cariñoso y dulcísimo, aunque imperativo, pronunció, llamándola, el más bello nombre de mujer que habia yo oido nunca.

¡Stella!—dijo, y á su voz asomó al ventanillo una cabeza rubia, que respondió con una voz de indefinible dulzura: «Eccomi, nonno.»—«Troverai un sacco con un pò di danaro sulla tavola: portalo colla vesta:»—repuso Maggiorotti, y, unos momentos despues abrióse la puerta y descendió, con el saco y la chaqueta por él pedidos, la más deliciosa y poética criatura. Era una muchacha diez y ochena, blanca como una perla, rubia como un querubin y ligera como una corza. Traia el cabello recogido en dos trenzas sobre los hombros, con dos ligeros rizos flotantes sobre las sienes, un corpiño de terciopelo negro abrochado hasta el cuello con botones de plata, y un delantal blanco encima de una falda gris; por bajo cuyos ribetes se la veia bajar sobre dos piececitos inconcebibles, metidos dentro de dos escarpines de charol con hebillitas de plata. Stella la habia llamado su abuelo, y á mí me pareció, en efecto, la estrella de la mañana.

Notó el viejo la impresion que en mí hacia la presencia de aquella criatura, y diciéndola: «son qui alla bottega col signore,» la despidió. Saludónos ella, y, al desaparecer en lo alto de la escalera, me sacó maese Ménico de su portalon, diciéndome: «es mi nieta;» seguíle yo, sospechando si podia ser un ángel á quien aquel viejo demonio debia de haber arrancado las alas, y nos metimos uno tras otro en el patio de la tienda de los montañeses.

Va á ser más fácil de comprender para mis lectores que para mí de relatar, la escena de mis cuentas con el signor Ménico Maggiorotti; porque la forma y consecuencias de tal escena son tan comunes y vulgares, como extraño y fantástico su fondo. El hecho en resúmen, por más empacho que confesarlo me cueste, fué que el signor Ménico, bebedor consuetudinario, enterró en el fondo de un jarro de manzanilla la razon de un muchacho, para quien era exceso lo que para aquel costumbre; la manera visible con que se efectuó este entierro, fué la de ingerir una á una en el estómago las aceitunas de un plato, y otra á otra las cañas en que Ménico vaciaba el contenido del jarro; cuya vulgar operacion vieron sin curiosidad ni extrañeza los propietarios del local que detrás del mostrador estaban; pero su fondo, es decir, la intencion del signor Ménico y el pensamiento mio, es lo de todos áun ignorado, y lo que voy en breves palabras á revelar; si acierto con las frases á propósito para escribir tan vulgar como fantástica situacion. Comenzó el corpulento administrador por enterarme, entre las dos primeras aceitunas y las dos primeras y aún inofensivas cañas, de las partidas de cargo y data de su cuenta, y de la que á favor de mi poderdante resultaba; vació en seguida el saquillo que le habia entregado su nieta, y apiló con la destreza y rapidez del más ducho banquero de cabecera, primero las monedas de oro, despues los pesos, y en fin, las pesetas, que componian la suma que me correspondia: cuatro mil reales en onzas y cuatro mil en plata; hizo rollos primero del oro, despues de los duros y de las pesetas; hízome guardar los primeros en los bolsillos del pecho de mi levita y en los del chaleco; metióme los de las pesetas en los del pantalon, y haciendo un lio de los de los duros en mi pañuelo, lo colocó dentro de la comba que mi brazo izquierdo trazaba sobre la mesa, é introduciéndome la cuenta en el bolsillo del relój y guardando él mi recibo en su cartera y ésta en el inmenso bolsillo de su chaqueton de pana, dijo: «ahora emprendámosla con el manzanilla.»

Pero todo esto que él hizo y que yo le dejé hacer, lo hizo él con la calma, el aplomo y la prevision de quien sabia lo que iba á suceder, no queriendo que sucediera nada que fuera en perjuicio de su honradez de buen administrador y de pagador exacto.

Bebíamos y hablábamos del estado de la huerta, de lo que yo hacia en Madrid, y de lo que pensaba hacer en adelante; de lo que él habia hecho en Génova y en algunas otras partes del mundo por tierra y mar. De mi manera de vivir debió comprender él muy poco, por ser para él los versos despreciable capital y mezquino género de comercio; y de lo que él habia hecho no comprendia yo tampoco mucho; porque además de que me lo contaba por terceras partes, en dialecto genovés, en italiano y en español, formulaba su narracion con tales circunloquios y digresiones, que tan pronto llevaba mi atencion por el mar, en un buque que iba y volvia á no recuerdo qué puntos de América; como por entre los fardos, las cuentas y las disputas de una casa de tráfico en un puerto del Mediterráneo; ya me hablaba de los granaderos de Nápoles y de una campaña de Italia, ya de un barco pirata y de encuentros con los contrabandistas de la montaña; ya de una casa tranquila y pintoresca de la campiña de Livorno, cuyo interior tenian hecho un cielo una hija y tres nietas como pintadas por Rafael: ya de una especie de génio siniestro de su familia que habia enterrado vivas á todas aquellas mujeres... y yo le escuchaba mirándole, á través del manzanilla sin duda, ya soldado, ya pirata, contrabandista, comerciante, padre, marido y abuelo de aquellos séres, que, tan hermosos como desventurados, pasaban todos por delante de mí, y saludándome bajo la forma de aquella Stella, que acababa de aparecer y desaparecérseme en el portalon de la extraña casa de maese Ménico Maggiorotti.

Esta era mi idea fija, y la única clara que en el turbio cristal de mi mente se dibujaba; en cuanto el más mínimo intervalo de aspiracion ó reposo del viejo Ménico me lo permitia, intercalaba yo mi eterna pregunta—«¿y Stella?»—á la cual oponia él tenazmente su eterna respuesta—«mi nieta: mi última nieta»—y continuaba bebiendo y hablando, y yo contemplando su enorme boca, ya jurando en genovés, ya dilatándose en homéricas carcajadas; y sentíame fascinado por aquellos dos ojos que brillaban inquietos y chispeantes bajo el toldo blanco de sus nunca recortadas cejas. A veces enjugaba una lágrima con un pañuelo de algodon, que sacaba y metia rápida y facilísimamente de un bolsillo, en el cual cabria con comodidad una pieza entera de doce pañuelos; y á veces dando un formidable puñetazo sobre la desvencijada mesa, hacia saltar en ella el jarro, las cañas y mis rollos de duros envueltos y anudados en mi pañuelo de batista, sobre el cual ponia él su mano como único objeto de que habia que cuidar, diciendo «mi scusi... ma...» y miraba al cielo cerrando el puño. Yo, asegurando tambien por instinto mi dinero, aprovechaba aquel respiro para dirigirle mi eterna pregunta—«¿y Stella?»—y él exclamó al fin levantándose y apabullándose de través su sombrero hasta las orejas:—«¡Dio santo! ¡Stella... Stella!—¡Sventurata! ¡Condamnata á morte comme tutte le altre!»

Habia yo llegado á aquel período en que el mundo baila y gira en torno del mal bebedor, y al levantarse el signor Ménico, quise tambien ponerme derecho; pero al levantarme comprendí que mis piés no podian cómodamente con mi cabeza. Dióme el brazo maese Ménico; metióme el pañuelo de duros en el bolsillo izquierdo de atrás de mi levita; y arrollando este bolsillo en el faldon correspondiente, me lo colocó bajo el brazo izquierdo, y diciéndome en su galimatías:—«Niente, niente: en diez minutos se pasa todo: tenga firme el brazo, ed avanti sempre: questo vino non é che fummo.»

Me sacó á la calle, me acompañó no sé hasta dónde; y yo, sintiendo reirse y danzar al rededor mio la gente, la muralla, los árboles, las fuentes y las casas, llegué á la mia, y dí conmigo y con mi dinero en brazos de Jústiz, que casi lloraba, y de Allo que reia como si él fuera el borracho. Yo, con una lengua que me pesaba seis arrobas, acerté á decir—«ahí traigo ocho mil reales... acuéstenme... y déjenme dormir»—me dejé desnudar, y ni ví cuándo me dejaban solo, ni sentí cómo me cerraban puertas y ventanas; y en la lobreguez de aquel vergonzoso y forzado sueño de mi primera embriaguez, no surgió luminosa, ni siquiera por un instante, la pura y poética imágen de aquella Stella fotografiada en mis pupilas y en mi cerebro, desde que apareció en el último peldaño de la empinada escalera del portalon de maese Ménico.—¡Tánto rebaja y embrutece tan innoble vicio al hombre inspirado por la más espiritual y fantástica poesía!

No recuerdo si desperté ó me despertaron: pero anochecia cuando abrí los ojos, y me hallé entre el melancólico Jústiz y el siempre alegre Allo: interrogábanme ellos y respondíales yo: pero, ni me atrevia, ni podia explicarles lo que todavía no se acusaba bien definido en mi confusa memoria; excepto la de Stella, que, como la de los Magos, fué lo primero que brotó claro del caos espirituoso que aún envolvia mis enmarañados recuerdos.

Allo, hombre de sentido práctico, concluyó por declarar que lo que sacaba en limpio de mi inconexo relato era, que el viejo italiano, fiel á las costumbres del país, habia hecho beber más de lo que podia al que no la tenia de beber en ayunas; pero que no habia motivo alguno de queja, ni acusacion en él de torcido intento, puesto que los ocho mil reales estaban completos y su cuenta exacta y sin tacha. Que aceitunas y manzanilla era una nutricion andaluza insuficiente, aunque excesiva para un castellano viejo; y que lo más acertado y perentorio era sentarnos á la mesa, y que yo echara un buen lastre en mi estómago, deslabazado por un vino chacharero y poco arropado, como la gente ligera de ropa de la caliente Andalucía.

Sentámonos, pues, á la ya preparada mesa, que alegró Allo con su conversacion un poco verde, que escuchó Jústiz con su atildada compostura, y las dos hijas de la casa, sin darse por entendidas de lo hablado, en atencion á una noble botella de Sillery que destaponó y las sirvió Allo en són de próxima despedida; pues segun anunció, debíamos embarcarnos para Málaga á la siguiente noche.

Y no sé por qué á tal anuncio se me oprimió el corazon.

Comí poco, bebieron Allo y las muchachas, y á instancias del impaciente Jústiz, que no queria perder la salida de Salvatori en Los Puritanos, ocupamos nuestras lunetas (hoy butacas) en el teatro. Una de las mayores desventuras con que castiga Dios á un hombre es la de crearle poeta; es peor que si le creara bizco: todo lo ve de través, y en cambio de los imaginarios goces con que embelesa su espíritu, le estravía en el mundo real y le condena á vivir fuera de su época y extraño generalmente á sus contemporáneos. Los Puritanos son para mí la más deliciosa partitura de la escuela italiana; no tienen una nota de desperdicio, y yo he sabido de memoria música y letra, á pesar de que el libreto del conde Peppoli es indigno de aquella sentida inspiracion de Vincenzo Bellini. Pues bien; yo escuché aquella noche Los Puritanos como quien oye llover: no me dí cuenta de nada de lo que en escena pasaba; y desde que el primer coro cantó: