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Recuerdos Del Tiempo Viejo

Chapter 24: XIX. (PARÉNTESIS.)
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About This Book

Memorias en forma de cartas y artículos que relatan episodios de la vida del autor: la muerte de allegados, la pérdida económica y la supresión temporal de una pensión, la búsqueda de recursos mediante gestiones con editores y periódicos, y el apoyo recibido de amigos y conocidos. A lo largo del texto el autor combina anécdotas personales con reflexiones sobre la edad, la fama literaria y la necesidad de volver al trabajo, expresando gratitud hacia quienes le auxiliaron y explicando las circunstancias que motivaron la publicación de estas piezas.

La luna, il sol, le stelle
le tenebre, il folgor
dan laude al Creator
in lor' favelle,

yo no pensé ni me fijé en más que en el recuerdo de la pálida nieta de Ménico Maggiorotti, como si fuera la tiple que por la escena se movia: al llamarla el bajo l'angelica sua Elvira creí que se equivocaba, y al oir al tenor juzgarla tremante ed spirante, los ojos se me arrasaron en lágrimas. ¡Qué desventura la de nacer poeta! ¿Qué tenia yo con la nieta de maese Ménico? ¿Sentia por ella desgraciadamente una de esas pasiones que nacen, crecen, se desarrollan y hacen feliz ó infeliz á un hombre en cinco minutos? Nada ménos que eso: era una impresion poética, un misterioso castillo en el aire, forjado sobre la vulgarísima historia de un tratante en lanas italiano que tenia una nieta que se llamaba Stella; era que acababa yo de compaginar el asunto italiano de mis Dos vireyes, cuyo éxito me tenia inquieto, y aquella inquietud, unida al recuerdo de lo que en aquel drama pasa á la enamorada Anunciata, me hacia esperar de Stella una heroina de un cuento, fin de la historia de la representacion de mi drama; era, en fin, la curiosidad, el sueño, el delirio de un poeta, que no ha visto nunca la vida tal como es, ni las personas vivas sinó como personajes: era una muchacha rubia, vista á través de una copa de manzanilla, vino chacharero y poco arropado, como decia Lorenzo Allo.

Antes de acostarnos, acordaron éste y Jústiz nuestra partida para Málaga: declaréles yo mi resolucion de quedarme: tenia que cobrar el 30 los 6,000 reales de mi crédito con maese Ménico. Allo se echó á reir: Jústiz me miró tristemente. Allo me dijo: el italiano es hombre formal; lo mismo te pagará el 30 que el 10, que estaremos de vuelta.

—No, repuse; quiero concluir mi Cabeza de plata.

—Otra cabeza rubia es la que ha barajado el seso de la tuya.

—Idos: me quedo.

—Pues nos iremos: quédate; pero volveremos por tí, y velis nolis, aunque haya que romper alguna cabeza, tú volverás á Madrid conmigo—dijo Allo—y nos acostamos.

Allo y Jústiz partieron á Málaga á la noche siguiente: en la mañana del otro dia cambié yo de alojamiento: me ofendia la sonrisa perpétua de aquellas dos muchachas morenas y alegres que me habian visto volver de través, abrazado con el pañuelo de duros de Ménico: me disgustaban los ojos negros, los rizos negros y las formas redondas de aquellas dos andaluzas: yo soñaba rubio, veia rubio, adoraba lo blanco, lo esbelto y lo ligero; lo robusto, lo redondo, me parecia materia bruta: lo blanco, flexible y delicado, espíritu y corazon; lo andaluz, carne y prosa; lo italiano arte y poesía.

Me instalé en el hotel del Correo, donde no habia más huésped que un inglés, y cuyo camarero era italiano. Púseme á concluir mi Cabeza de plata, para podérsela leer completa á la duquesa de Rivas, que habia quedado curiosa da saber su conclusion, que ignoraba yo todavía á mi paso por Sevilla.

Pedí al camarero noticias de Maggiorotti una noche.

—E un ogro, me respondió; non riceve nessun italiano in casa sua.

—¿Conocette Stella?—le pregunté.

—¡Chi! ¿Stella? ¿Una vecchia brutta?

—¡Va via, grand' imbecile!—le dije despidiéndole furioso.—¡Una vecchia brutta Stella!... il Sole.

Marchóse el pobre hombre sin comprenderme... y quedéme yo tan asombrado como él de lo dicho.

¿Quién era Stella? ¿Qué tenia para mí? Que Dios me habia hecho nacer poeta y que habia dicho de ella maese Ménico: ¡Sventurata! ¡condamnata á morte comme tutte!

Y todos nacemos condenados á muerte; sinó que los poetas vivimos como sonámbulos, y corriendo siempre tras de fantasmas.

El inglés, único huésped del Hotel del Correo cuando yo tomé en él aposento, era el compañero más á propósito para mí en aquella ocasion. Taciturno gastrónomo, recorria todos los países del mundo para estudiar la cocina nacional de cada uno. Comia, callaba, digeria y dormia: escribia yo, pues, sin ruido, visitas ni estorbos, y descansaba sólo algunas horas de la noche. La luna en creciente tendia sobre la antigua Gades el rico manto de su luz de plata, y vagaba yo por sus limpias calles y sus ya arboladas plazas, á la luz melancólica del astro poético de la noche, como lo que he sido siempre, como una sombra de otro mundo y un habitante de otra region perdido sobre la tierra.

Vagabundo nocturno de profesion, conozco todos los ruidos, las sombras y las luces nocturnas: sé cuántas formas toma la sombra de los árboles y de las casas, segun la luna las traza, las prolonga ó las recoge, desde que sale hasta que se pone. Sé los infinitos ángulos y triángulos que trazan los hierros de los faroles, los brazos de las cruces y las siluetas de las chimeneas; conozco todos los cuadros de luz que estampan sobre el oscuro y húmedo empedrado los balcones alumbrados de las casas en que se vela ó se baila, de las puertas que se abren para despedir á los contertulios á la luz de bujía, farol ó linterna; todos los huecos de sombra de los postigos abiertos y cerrados con precaucion y á oscuras para recibir ó despedir á los amantes; todos los rumores de las pisadas que se acercan ó se alejan con resolucion ó con miedo, de las del adúltero escurridizo ante la hora de la vuelta del marido; del jugador ganancioso y del hijo de familia retrasado; del ratero y de la buscona, del centinela y del médico; mis leyendas están llenas de esas noches, y yo tengo ciertas pretensiones de ser un poeta nocturno, rico de nocturna y pormenorizada observacion; todas mis comedias y dramas comienzan de noche y de noche se han concluido; y en aquellas de Cádiz concluian mis nocturnos paseos en una plazuela sobre la muralla derruida, por encima de cuyas desencajadas piedras metia el mar los hirvientes y desgarrados pedazos de encaje de la espuma de sus encrespadas olas; á través de cuyo rumor temeroso y del salino vapor en que el aire convertia la ola que en los peñascos se estrellaba, adoraba yo á Dios y aspiraba la poesía que ha extendido sobre los mares para el poeta creyente.

El mar es para mí el grande espejo en que se pinta la faz de Dios, y mil veces he deseado tener por tumba su inmenso y móvil panteon de líquido cristal. Dos veces he naufragado, y el mar me ha devuelto vivo á la tierra. ¡Qué mausoleo más magnífico que el mar! A quien naufraga y muere en alta mar, le da Dios la muerte más dulce y sin agonía; una impresion rapidísima de inmersion en un baño, un zumbido de oidos semejante á una lejana música, un resplandor fosfórico que deslumbra las pupilas... y el alma sale del cuerpo y entra en la eternidad. ¡Buenas noches! Aquel cuerpo y aquel alma se ahorran todo lo doloroso y lo ridículo de que la sociedad rodea al que se muere; el pesar verdadero de los que le aman, la hipócrita comedia del dolor de los que le heredan, los falsos consuelos de los que están deseando que espire pronto, ofendidos de su superioridad ó envidiosos de su gloria; el entierro oficial, si es un personaje ó una celebridad; el olvido inmediato tras de las ceremonias, y la profanacion, en fin, de su tumba por la posteridad, encomendada por Dios de castigar al orgulloso que olvida que le dijo al crearle: Pulvis es et in pulverem reverteris.

Yo adoro el mar, y cuando el frio, la soledad, la reflexion y la necesidad de continuar mi trabajo me arrancaban de aquel boquete de murallon roto, por donde yo miraba el de Cádiz en aquellas noches, me volvia á mi hospedaje del Correo, pasando por el callejon en que se alzaba sombría y casi aislada la casa de maese Ménico Maggiorotti. En su esquina del Mediodía veia siempre iluminado por dentro el postigo de una ventana. ¿Quién velaba allí? ¿Hacia allí las prosáicas cuentas de sus sacos de lana ó de cuartos maese Ménico, ó mecian allí á la luz de una lamparilla los sueños de la esperanza, el espíritu virginal de la hermosa nieta del misterioso italiano? Todas las noches volvia á mi alojamiento sin haberlo averiguado, y volvia á trabajar en mi Cabeza de plata, bailándome perpétuamente delante de los ojos la rubia de Stella; y el recuerdo de su poética imágen bajaba y subia perpétuamente por la escalera del portalon, empotrada en mi cerebro, miéntras con ella distraido avanzaba lentamente en mi trabajo y esperaba impaciente el dia 30.

El veinte y ocho recibí una carta de Cárlos Latorre, en la cual me decia: «Se levantó el telon sobre el primer acto de Los dos vireyes con entrada llena. Mate llevó con aplomo sus escenas en verso, y el público las escuchó con agrado: oyó sin repugnancia las en prosa, gracias al cuidado que pusieron todos los actores, y concluyó Azcona caracterizando con mucha inteligencia su final, que se aplaudió: no me lo esperaba, y comencé á respirar.»

«Al empezar el acto segundo, el viento habia cambiado y el mar hacia oleaje. Durante el entreacto, un criado incógnito habia repartido al público, y no al buen tun, tun, sinó entre la gente de letras de las lunetas (hoy butacas), quince ó veinte ejemplares de la novela El virey de Nápoles, de Pietro Angelo Fiorentino; los cuales tenian una nota con lápiz que decia «los diálogos que Zorrilla ha copiado en su drama van marcados al márgen.» Los posesores de aquellos librillos se los mostraban y pasaban riendo á los curiosos que se los pedian: los palcos, las galerías y el pueblo pedian silencio: los actores no comprendian tal inquietud en las lunetas, pero no se desconcertaron. Concluyeron al fin las nueve escenas en prosa; quedó Mate sólo en escena, y el público respetó su respetable personalidad; é hiriendo sus oidos las octavillas italianas, comenzó á hacer silencio; y Mate le aprovechó para decírselas tan vigorosa é intencionadamente, que al concluirlas arrancó el primer aplauso de la noche. La cancion de Basili hizo un efecto inesperado; y Mate se llevó la sala con la redondilla:

con un cordel á la gola
y un crucifijo en la mano,
cantar haré á ese villano
su postrera barcarola,

y con un segundo aplauso preparó mi salida. Excuso ponderar á V. lo que hicimos ambos en el resto del acto: cumplimos con los deberes de la amistad.»

«En el entreacto segundo nos enteramos de la villanía de X, que era quien indudablemente habia enviado al teatro los ejemplares de la novela; yo me apresuré á dar la clave del ataque traidor de que era V. objeto; y la empresa y los actores resolvimos defender el final del drama con todo el empeño de que hombres y mujeres fuéramos capaces; pero los amigos de fuera trabajaban en contra con los librejos; la escena en prosa y los endecasílabos pasaron apenas difícilmente; y ya temia yo una catástrofe para el final, cuando nos salvó lo que temíamos que nos perdiera: el virey encerrado en el balconcillo despues de la escena VI, en la cual logré arrancar un aplauso y hacerme escuchar. Mate estuvo impagable en aquella desairada posicion; rebosando orgullo, rencor y sed de venganza, hizo aborrecible el personaje que representaba, y al volvérsele las tornas, las galerías y la ignominia ahogaron á las lunetas, y dimos el nombre del autor, y hoy damos tranquilamente la cuarta representacion. Duerma V. tranquilo, y permítame V. que le prevenga para el porvenir con aquellas palabras de Fabiani en «La familia del boticario: Buenos amigos tienes, Benito;» y cuente V. con este que le querrá siempre.»

No me sentó tan mal como me asombró la incomprensible partida mulata de X, porque me revelaba más estupidez que malas entrañas; puesto que, mero traductor de la novela de que me habia hecho sacar el drama, quien tenia derecho en resúmen á aparear su nombre con el mio no era él, sinó Pietro Angelo Fiorentino—á quien yo habia robado por darle gusto.

Tal es la historia de mi miserable rapsodia Los dos vireyes, y tal la de su primera representacion; de la cual no he hablado jamás á X, ni él ha podido nunca apercibirse de que yo le estimaba en lo que valia: sobre mis hombros no pudo, empero, volver á poner los piés. Así vivimos en estos tiempos y en esta sociedad, en que las medianías se atreven á todo, y á todo tal vez alcanzan, ménos á engañar á la posteridad.

El 30 á las diez trepaba yo, que no subia por la empinada escalera del portalon de maese Ménico; pues no hallándole en él, quise ver si podia forzar el paso al, segun fama, impenetrable sancta sanctorum de su misterioso hogar. Subí rápida y llamé ruidosamente á la puerta en que la insegura escalera finalizaba, y al tiempo que por el ventanillo acechador asomaba una curiosa cabeza de mujer, me franqueaba la entrada el mismo maese Ménico, por la barreada puerta, ante mí abierta de par en par.

El genovés, en chaleco, pantalon y babuchas, me recibió con algo encapotado ceño y melancólica sonrisa; en los cuales mi extraviada preocupacion y mi fantástico espíritu se empeñaban en ver algo misterioso y siniestro: quise yo motivar mi presencia, pero él atajó mis escusas diciendo:

—«Son las diez, y es la hora. ¿Trae V. el recibo?

—Sí, señor.

—Pues los seis mil están contados: y conduciéndome á través de una antesala y un comedor, tan limpia como modestamente amueblados, á una especie de despacho, me mostró sobre la parte alta y plana de su pupitre los trescientos duros en pilas de á veinte y cinco. Mostréle mi recibo firmado y comencé á hacer rollos de á cincuenta, en los ocho pedazos en que corté un periódico que me alargó.

Callaba yo haciendo, no muy diestramente, mis rollos, y callaba él esperando distraido á que yo concluyera de hacerlos; tal vez se reia en su interior de mí por la poca costumbre de manejar dineros que mi poca destreza le revelaba; pero mi indiscrecion de muchacho sin mundo y mi irresistible curiosidad me hicieron al fin prorumpir en la pregunta que hacia diez dias tenia en mis labios:—¿y Stella?

Sentí la mirada de Ménico sobre mi faz, y la busqué con la mia, resuelto á todo: entre las blancas pestañas de sus hundidos ojos percibí dos lágrimas, que no dejó rodar por sus curtidas mejillas, enjugándolas ántes con el reverso de su mano.

—¿Stella?—dijo, como si su voz fuera en su respuesta el eco de mi pregunta.—¿Quiere V. verla?

—Si V. me lo permite...

—¿Por qué no? Acabe V. de recoger su dinero; no he podido procurarle á V. oro, porque...

Interrumpióse sin acabar de darme su razon; concluí yo de liar mi sexto rollo, y miéntras ataba los seis en mi pañuelo, completé néciamente mi pensamiento, formulándole en esta menguada frase:

—Stella es una preciosa criatura, cuya vista regocija los ojos, cuya voz arrulla los oidos.

—¡Desventurada!—exclamó el viejo;—«¡é la più sventurata creatura del mondo! ¡Non può essere sposa, ne madre, ne padrona di sé stessa!»—Y abriendo ante mí una puerta, me mostró en un gabinete cariñosamente lleno de cuanto puede necesitar la coquetería mujeril, y en un lecho, que no exhalaba más que virginales emanaciones, ni excitaba más que castas ideas, la pálida Stella, cuya cabeza, doblada sobre las almohadas, tenia los ojos abiertos y fijos en espantosa inmovilidad.

Sin poderme contener, exclamé:—¡Muerta!—Y Ménico, poniéndome bruscamente la mano en la boca, me dijo al oido:—¡silencio: oye, está en catalepsia!—y cogiéndome por el brazo, sacóme del aposento.

Iba yo estupefacto á pronunciar un vulgar mi scusi; pero el infortunado maese Ménico me le atajó con otro, que en su boca y en su situacion resultó sublime de abnegacion y sentimiento, y siguió diciéndome:

—Es la última de tres hermanas; un infame, castigado por Dios con esa enfermedad, se casó con mi hija: sus dos mayores han muerto á los 21 años; ella de pesadumbre; él... á manos de la venganza; yo les he enterrado á todos; no me queda más que Stella: si me sobrevive... ¡qué vida tan horrible la espera! Si se me muere... ¡qué soledad!... ¡Misero me!

Yo habia escrito ya muchas comedias, pero no tenia aún aplomo en el teatro del mundo. Mudo é inmóvil, no sabia ni consolarle ni despedirme. La vieja que se habia asomado al ventanillo, presentándose en la antesala, dirigió á maese Ménico algunas palabras, que no comprendí: éste me abrió la puerta de la escalera, y yo descendí por ella abrazado con mi dinero, y me salí de aquella casa, más ébrio con la emocion y el desencanto que la primera vez con el manzanilla.

Llegué al Hotel del Correo y hallé una carta que me habia traido de Madrid el del dia anterior; mi mujer se habia roto un brazo al salir á oscuras del teatro del Príncipe; Julian Romea habia cuidado de ella en los primeros instantes, la habia conducido á casa con el doctor Codorniú, y me suplicaban ambos que regresara inmediatamente á Madrid.

Hé aquí la historia de mis Dos vireyes y de la primera salida del Quijote de los poetas, á hacer por el mundo real la vida fantástica de los pájaros y de los locos.

¿Qué logró en ella el hombre? Dos pesadumbres, dos desengaños y la vergüenza de una embriaguez; tres espinas en el corazon; pero quedó en la imaginacion del poeta legendario este tan delicioso como triste recuerdo del tiempo viejo: la imágen de Stella.


XVIII.
CUATRO PALABRAS SOBRE MI «DON JUAN TENORIO».

Corria la temporada cómica del 43 al 44: Cárlos Latorre habia trabajado en Barcelona, y Lombía solo sostenido el teatro de la Cruz con su compañía, para la cual habia yo escrito aquel año tres obras dramáticas: El Molino de Guadalajara, drama estrambótico y fatalista, en el cual Lombía hizo un tartamudo de mi cosecha: papel erizado de dificultades inútiles, que él superó con una paciencia y un estudio que no sabré yo nunca ponderar ni agradecer, y cuyo tercer acto hicieron él, la Juana Perez, Azcona y Lumbreras de una manera inimitable; que fué lo que hizo el éxito de aquella mi extravagante elucubracion, forjada con tan heterogéneos elementos.

La Juanita, disfrazada de sobrino del molinero, cantando la cancion de Iradier para dormir á Azcona, arrancó aplausos hasta de las bambalinas; pero repito que el éxito de esta obra se debió al esmero con que los actores la representaron, y al gasto con que la empresa la decoró; pagando además las palomas, los versos y las flores que sus amigos, y no el público, me arrojaron la primera noche. Lombía no se descuidaba, y era preciso que las obras que yo para él escribia no tuvieran éxito inferior á las de Latorre.

La mejor razon la espada, refundicion ó rapsodia de Las travesuras de Pantoja, fué otro de mis triunfos de aquel año; pero no hay para qué alabarme por él, puesto que lo que en aquella obra vale algo es de Moreto, y no mio.

En Febrero del 44 volvió Cárlos Latorre á Madrid, y necesitaba una obra nueva: correspondíame de derecho aprontársela, pero yo no tenia nada pensado y urgia el tiempo: el teatro debia cerrarse en Abril. No recuerdo quién me indicó el pensamiento de una refundicion del Burlador de Sevilla, ó si yo mismo, animado por el poco trabajo que me habia costado la de Las travesuras de Pantoja, dí en esta idea registrando la coleccion de las comedias de Moreto; el hecho es que, sin más datos ni más estudio que El burlador de Sevilla, de aquel ingenioso fraile y su mala refundicion de Solís, que era la que hasta entónces se habia representado bajo el título de No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague ó El convidado de piedra, me obligué yo á escribir en veinte dias un Don Juan de mi confeccion. Tan ignorante como atrevido, la emprendí yo con aquel magnífico argumento, sin conocer ni Le festin de Pierre, de Molière, ni el precioso libreto del abate Da Ponte, ni nada, en fin, de lo que en Alemania, Francia é Italia habia escrito sobre la inmensa idea del libertinaje sacrílego personificado en un hombre: Don Juan. Sin darme, pues, cuenta del arrojo á que me iba á lanzar ni de la empresa que iba á acometer; sin conocimiento alguno del mundo ni del corazon humano; sin estudios sociales ni literarios para tratar tan vasto como peregrino argumento; fiado sólo en mi intuicion de poeta y en mi facultad de versificar, empecé mi Don Juan en una noche de insomnio, por la escena de los ovillejos del segundo acto entre D. Juan y la criada de doña Ana de Pantoja. Ya por aquí entraba yo en la senda de amaneramiento y mal gusto de que adolece mucha parte de mi obra; porque el ovillejo, ó séptima real, es la más forzada y falsa metrificacion que conozco: pero afortunadamente para mí, el público, incurriendo despues en mi mismo mal gusto y amaneramiento, se ha pagado de esta escena y de estos ovillejos, como yo cuando los hice á oscuras y de memoria en una hora de insomnio. Escribílos á la mañana siguiente para que no se me olvidaran y engarzarlos donde me cupieran; y preparando el cuaderno que iba á contener mi Don Juan, puse en su primera hoja la acotacion de la primera escena, poco más ó ménos como habia hecho en El puñal del godo, sin saber á punto fijo lo que iba á pasar ni entre quiénes iba á desarrollarse la exposicion. Mi plan en globo, era conservar la mujer burlada de Moreto, y hacer novicia á la hija del Comendador, á quien mi D. Juan debia sacar del convento, para que hubiese escalamiento, profanacion, sacrilegio y todas las demás puntadas de semejante zurcido. Mi primer cuidado fué el más inocente, el más vulgar, el más necesario á un autor novel: el de presentar á mi protagonista, á quien puse enmascarado y escribiendo, en una hostería y en una noche de Carnaval; es decir, en el lugar y el tiempo que creia peores un colegial que todavía no habia visto el mundo más que por un agujero; y para calificar á mi personaje, lo más pronto posible, como temiendo que se me escapara, se me ocurrió aquella hoy famosa redondilla:

«¡Cuál gritan esos malditos!
pero mal rayo me parta
si en acabando mi carta
no pagan caros sus gritos.»

La verdad sea dicha en paz y en gracia de Dios; pero al escribir esta cuarteta, más era yo quien la decia que mi personaje D. Juan; porque yo todavía no sabia qué hacer con él, ni lo qué ni á quién escribia: así que comencé á hacer hablar á los otros dos personajes que habia colocado en escena, sólo porque lógicamente lo requeria la situacion: el dueño de la hostería, y el criado del que en ella habia yo metido á escribir.

La prueba más palpable de que hablaba yo en ella y no D. Juan, es que los personajes que en escena esperaban, más á mí que á él, eran Ciutti, el criado italiano que Jústiz, Allo y yo habíamos tenido en el café del Turco de Sevilla, y Girólamo Buttarelli, el hostelero que me habia hospedado el año 42 en la calle del Cármen, cuya casa iban á derribar, y cuya visita habia yo recibido el dia anterior. Ciutti era un pillete, muy listo, que todo se lo encontraba hecho, á quien nunca se encontraba en su sitio al primer llamamiento, y á quien otro camarero iba inmediatamente á buscar fuera del café á una de dos casas de la vecindad, en una de las cuales se vendia vino más ó ménos adulterado, y en otra carne más ó ménos fresca. Ciutti, á quien hizo célebre mi drama, logró fortuna, segun me han dicho, y se volvió á Italia.

Buttarelli era el más honrado hostelero de la villa del Oso: su padre Benedetto vino á España en los últimos años del reinado de Cárlos III, y se estableció en aquella hoy derribada casa de la calle del Cármen, cuya hostería llevaba el nombre de la Vírgen de esta advocacion, y en donde yo conocí ya viejo á su hijo Girólamo, el hostelero de mi Don Juan. Era célebre por unas chuletas esparrilladas, las más grandes, jugosas y baratas que en Madrid se han comido, y tenia vanidad Buttarelli en la inconcebible prontitud con que las servia. Tenian las tales chuletas no pocos aficionados; y con ellas y con unos tortellini napolitanos se sostenia el establecimiento. Viví yo seis meses alojado en el piso segundo de su hostería, tratado á cuerpo de rey por un duro diario, y allí tuve por comensales á Nicomedes Pastor Diaz y á su hermano Felipe, á García Gutierrez, á Eugenio Moreno Lopez y á otros muchos á quienes gustaban los tortellini y las chuletas de Buttarelli. Este buen viejo, desanidado de su vieja casa, murió tan pobre como honrado y desconocido, y de él no queda más que el recuerdo que yo me complazco en consagrarle en estos mios de aquel tiempo viejo.

Por lo dicho se comprende fácilmente que no podia salir buena una obra tan mal pensada; pero no quiero decir aquí lo que de ella pienso, porque tengo determinado decirlo en un libro que se titula Don Juan Tenorio ante la conciencia de su autor, publicado á fines de un mes de Octubre, para que el público tenga presente mi opinion al asistir en Noviembre á sus obligadas representaciones; en nuestro país nadie se acuerda en el mes de Octubre de lo dicho en el mes de Mayo.

Haré sin embargo brevísimas observaciones sobre mis más pasaderos descuidos, para probar tan sólo la ligereza imprevisora y la falta de reflexion con que mi obra está escrita.

Pero ántes de todo voy á responder á algunas objeciones á que da lugar la severidad de mis juicios. No hablo con la crítica racional, sinó con la malevolencia, la envidia y la necedad, que no dejarán de decir:

1.º Que insulto al público criticando y dando por mediana una obra que aplaude hace treinta y seis años.—No.

2.º Que soy ingrato y mal español, despreciando la reputacion fabulosa que por mi Don Juan me ha acordado.—Tampoco.

3.º Que de lo que con mi crítica trato, es de perjudicar á mis editores y á las empresas, porque no me dan parte de los productos de mis obras.—Mucho ménos.

A lo primero, respondo que mi Don Juan, tal como está, tiene condiciones para merecer el favor de que goza; pero al cabo de treinta años es natural que un autor reconozca los defectos de una obra, lo cual no implica ni sombra de pensamiento injurioso para el público que la aplaude, reconociendo como él sus defectos: es decir la parte inteligente del público, porque el vulgo no es nunca juez competente ni aceptable ni aceptado en materias literarias.

A lo segundo, que el no ser vanidoso, no es ser ingrato, y el aceptar con modestia lo que me corresponda solamente de gloria por lo bueno de mi obra, no es despreciar mi popularidad, sinó aceptarla con justa medida en lo que vale. Y aquí me ocurre una observacion, y es, que si un vanidoso hubiera en mi lugar escrito mi Don Juan Tenorio y alcanzado el éxito colosal que yo con el mio, hubiera sido probablemente necesario echarle de España ó encerrarle en un manicomio; porque hubiera querido ser ministro de Hacienda, gobernador de Cuba y tener estátuas en vida.

Y á lo tercero, que en lugar de intentar accion alguna retroactiva contra mis editores, poseedores legales de la propiedad de mi Don Juan en época en que aún no existia la ley de propiedad literaria, en vez de dirigirme contra ellos, al ver que Dios alargaba mi vida más de lo que yo esperaba, me dirigí francamente al Gobierno, diciéndole: «Mi Don Juan produce un puñado de miles de duros anuales á sus editores, y mantengo con él en la primera quincena de Noviembre á todas las compañías de verso en España; pero como tu ley no tiene efecto retroactivo, no por el mérito de mi obra, sinó por lo que á los demás produce, no me dejes morir en el hospital ó en el manicomio.»

El Gobierno, teniendo por razonable mi demanda, me dió pan y con él me he contentado.

Pero reclamo el derecho de ver y reconocer los defectos de mi obra; Revilla y otros críticos juiciosos los han indicado ya, con la opinion de que deben corregirse y de que su autor está, no sólo en el derecho, sinó en la obligacion de refundirla. Mi obra tiene una excelencia que la hará durar largo tiempo sobre la escena, un génio tutelar en cuyas alas se elevará sobre los demás Tenorios; la creacion de mi doña Inés cristiana: los demás Don Juanes son obras paganas; sus mujeres son hijas de Vénus y de Baco y hermanas de Priapo; mi doña Inés es la hija de Eva ántes de salir del Paraíso; las paganas van desnudas, coronadas de flores y ébrias de lujuria, y mi doña Inés, flor y emblema del amor casto, viste un hábito y lleva al pecho la cruz de una Orden de caballería. Quien no tiene carácter, quien tiene defectos enormes, quien mancha mi obra es D. Juan; quien la sostiene, quien la aquilata, la ilumina y la da relieve es doña Inés; yo tengo orgullo en ser el creador de doña Inés y pena por no haber sabido crear á D. Juan. El pueblo aplaude á éste y le rie sus gracias, como su familia aplaudiria las de un calavera mal criado; pero aplaude á doña Inés, porque ve tras ella un destello de la doble luz que Dios ha encendido en el alma del poeta: la inteligencia y la fé. D. Juan desatina siempre, doña Inés encauza siempre las escenas que él desborda.

Desde la primera escena, ya no sabe D. Juan lo que se dice; sus primeras palabras son:

Ciutti... este pliego
irá dentro del orario
en que reza doña Inés
á sus manos á parar.

¡Hombre, no! en el orario en que rezará, cuando usted se lo regale; pero no en el que no reza aún, porque aún no se lo ha dado Vd. Así está mi D. Juan en toda la primera parte de mi drama, y son en ella tan inconcebibles como imperdonables sus equivocaciones hasta en las horas. El primer acto comienza á las ocho; pasa todo: prenden á D. Juan y á D. Luis; cuentan cómo se han arreglado para salir de su prision: preparan don Juan y Ciutti la traicion contra D. Luis, y concluye el acto segundo diciendo D. Juan:

A las nueve en el convento,
á las diez en esta calle.

Relój en mano, y habia uno en la embocadura del teatro en que se estrenó, son las nueve y tres cuartos; dando de barato que en el entreacto haya podido pasar lo que pasa. Estas horas de doscientos minutos son exclusivamente propias del relój de mi D. Juan. En el tercer acto se oye el toque de ánimas; yo tengo en mis dramas una debilidad por el toque de ánimas; olvido siempre que en aquellas épocas se contaba el tiempo por las horas canónicas; y cuando necesito marcar la hora en la escena, oigo siempre campanas, pero no sé dónde, y pregunto qué hora es á las ánimas del purgatorio. La unidad de tiempo está maravillosamente observada en los cuatro actos de la primera parte de mi D. Juan, y tiene dos circunstancias especialísimas; la primera es milagrosa, que la accion pasa en mucho ménos tiempo del que absoluta y materialmente necesita; la segunda, que ni mis personajes ni el público saben nunca qué hora es.

En el final, D. Juan trae á los talones toda la sociedad representada en el novio de la mujer por engaño desflorada, en el padre de la hija robada y en la justicia humana, que corren gritando justicia y venganza trás el seductor, el robador y el sacrílego: en aquella situacion está el drama; por el amor de doña Inés, va á matar á su padre y á D. Luis, y tiene preparada su fuga y el rapto en un buque de que habla Ciutti; pues bien, en esta situacion altamente dramática, aquel enamorado que por su pasion ha atropellado y está dispuesto á atropellar cuanto hay respetable y sagrado en el mundo, cuando él sabe muy bien que no van á poder permanecer allí cinco minutos, no se le ocurre hablar á su amada más que de lo bien que se está allí donde se huelen las flores, se oye la cancion del pescador y los gorjeos de los ruiseñores, en aquellas décimas tan famosas como fuera de lugar: doña Inés las encarrila desarrollando á tiempo su amor poético y su bien delineado carácter, en las redondillas mejores que han salido de mi pluma.

De la desatinada ocurrencia mia de colocar en tan dramática situacion tan floridas décimas, resulta que no ha habido ni hay actor que haya acertado ni pueda acertar á decirlas bien. El público, que se las sabe de memoria, le espera en ellas como el de un circo á un clown que va á dar el doble salto mortal: si el actor, verdadero y concienzudo artista, las quiere dar la suavidad, la ternura, la flexibilidad y el cariño que sus suaves, cariñosas y rebuscadas palabras exigen... ¡ay de mí! como aquellas décimas no fueron por mí escritas acendrándolas en el crisol del sentimiento, sinó exhalándolas en un delirio de mi fantasía, resulta su expresion falsa y descolorida por culpa únicamente mia; que me entretuve en meter á la paloma y á la gacela, y á las estrellas y á los azahares en aquel duo de arrullos de tórtolas, en lugar de probar en unos versos ardientes, vigorosos y apasionados la verdad de aquel amor profundo, único, que celeste ó satánico, salva ó condena; obligando á Dios á hacer aquellas famosas maravillas que constituyen la segunda parte de mi D. Juan.

Si el actor, pasando sobre su conciencia y haciendo caso omiso de la del autor y de su deber de imponerse al vulgo, por dar gusto á éste y arrancar un aplauso, las declama á gritos y sombrerazos como se hace hoy por nuestros más roncos y aplaudidos actores... el aplauso estalla, es verdad; pero ¿á quién pertenece? Al actor, no; porque al exponerse á arrojar por la boca los pulmones arroja con ellos al sentido comun por encima de la batería del proscenio, en cambio del aplauso de los engañados espectadores: al poeta, tampoco; porque aquellas palmadas resultan poco ménos que bofetadas para él, á quien jamás pudo ocurrírsele que tuvieran que ahullarse y berrearse unas décimas tan artificiosas y tan mal traidas, pero forjadas con los más poéticos pensamientos y expresadas con las más suaves, armónicas y cariñosas palabras.

¿Qué quiero yo decir con esto? ¿Que los actores no saben representar mi D. Juan Tenorio? No: quiero decir que en mala situacion no hay actor bueno; que obra mia es aquella situacion mala; y que yo, que no transijo con mi conciencia al juzgar mis obras, no transijo con los actores que transigen con la suya en las mias.

¿Intento yo, como se ha supuesto, al decir la verdad sobre mi D. Juan, y al hablar con tal ingenuidad de mí mismo, desacreditar mi obra y conspirar contra su representacion y éxito anuales, por el inútil y villano placer de perjudicar á mis editores y á los empresarios y actores, porque la propiedad de mi obra no me pertenece?

Estúpida ó malévola suposicion. D. Juan Tenorio, que produce miles de duros y seis dias de diversion anual en toda España y las Américas españolas, no me produce á mí un solo real; pero, me produce más que á ningun actor, empresario, librero ó especulador: porque la aparicion anual de mi D. Juan sobre la escena, constituye á su autor su fénix que renace todos los años. D. Juan no me deja ni envejecer ni morir: D. Juan me centuplica anualmente la popularidad y el cariño que por él me tiene el pueblo español: por él soy el poeta más conocido hasta en los pueblos más pequeños de España y por él solo no puedo ya en ella morir en la miseria ni en el olvido: mi drama D. Juan Tenorio es al mismo tiempo mi título de nobleza y mi patente de pobre de solemnidad: cuando ya no pueda absolutamente trabajar y tenga que pedir limosna, mi D. Juan hará de mí un Belisario de la poesía: y podré sin deshonra decir á la puerta de los teatros: «dad vuestro óbolo al autor de D. Juan Tenorio,» porque no pasará delante de mí un español que no nos conozca ó á mí ó á él.

¿Cómo, pues, he de anhelar yo desprestigiar, ni desterrar del teatro á mi venturoso desvergonzado Don Juan, que es el sér de mi sér y la única esperanza de mi porvenir?

Pero ¿qué intereses ataca, qué amor propio ofende el modesto conocimiento de sí mismo que el autor del tal D. Juan manifiesta al juzgar su obra, cuando ha tenido treinta y tres años para estudiarla? ¿cuando, velis nolis, le han hecho presenciar ochenta veces su representacion, durante la cual, á no haber sido de piedra como su estátua del Comendador, tiene forzosamente que haberla visto y héchose cargo de cómo pasa lo que en ella sucede?

¿Seria posible, aunque para mí inconcebible seria, que se ofendiera la crítica de que yo, á mis sesenta y cuatro años, al ajustar cuentas con mi conciencia, dijera de mi D. Juan lo que ella ó por consideracion al autor ó por no atreverse á ir contra la corriente de la opinion, no ha dicho en los mismos treinta y tres años? Es imposible; la crítica tiene que ser hidalga y leal en España, como lo es su pueblo, y no puede tornarse nunca en injusta, corrigiendo sólo al autor, no concediéndole ni permitiéndole nada, ni áun reconocer y corregir sus defectos, sin corregir el mal gusto, cuando estravía los juicios del público y el arte de los actores, ocasionando los escesos y faltas de las empresas: todo lo cual constituye lo que se llama el teatro: que no es sólo la palabra escrita del poeta.

Dejémoslo aquí. Con todo lo dicho y lo que por decir me queda, no he pretendido más que alegar el derecho y la obligacion que tengo de ser modesto confesando mis defectos y errores, para que ni mis contemporáneos que me aplauden, ni la posteridad si de mí se acuerda, tengan motivo dado por mí en que apoyarse, para creer que yo vivo hinchado y esponjado como el pavon y sueño conmigo mismo cuando duermo, por la vanidad de ser quien soy, y de haber hecho y escrito lo que he escrito y hecho.

Y si hay alguno que me envidia el ser autor del Don Juan, ¡ojalá pudiera yo traspasárselo para que gozara en mi lugar las consecuencias de haberlo escrito!

La veracidad de mi opinion sobre esta obra la expresé muy claramente y de todo corazon en las últimas redondillas de las que leí en un beneficio que con él me dió Ducazcal en el teatro Español el año pasado, que inserto aquí para concluir, y por creer que aquí tienen su legítimo puesto y lugar.

En los años que han corrido
desde que yo le escribí,
miéntras que yo envejecí
mi Don Juan no ha envejecido:
Y fama tal por él gozo
que se cree, á lo que parece,
porque Don Juan no envejece,
que yo he de ser siempre mozo:
Y hoy el bravo Ducazcal
os anuncia en su cartel
que he de hacer aquí un papel,
que tengo que hacer ya mal.
Yo no soy ya lo que fuí:
y viendo cuán poco soy,
dejo á los que más son hoy
pasar delante de mí;
Pues por Dios, que por más brava
que sea mi condicion,
la fiebre rinde al leon,
la gota la piedra cava.
Aún latir mis brios siento:
pero es ya vana porfía,
no puedo ya la voz mia
pedirle otra vez al viento:
Y á quien me lo quiere oir,
digo años há por do quier,
que pierdo el sér de mi sér
y que me siento morir;
Pero nadie me hace caso
por más que hablo á voz en grito,
porque este Don Juan maldito
por do quier me sale al paso;
Y ni me deja vivir
en el rincon de mi hogar,
ni deja un año pasar
sin dar de mí qué decir.
Yo me apoco dia á dia,
y este bocon andaluz,
á quien yo saqué á la luz
sin saber lo que me hacia,
me viste con su oropel
y á luz me saca consigo;
por más que á voces le digo
que ir no puedo á par con él.
Mas tánto favor os debo
por él, que en verdad me obliga
á que algo esta noche os diga
de este insolente mancebo.
Oid... es una leyenda
muy difícil de contar,
porque tiene algo á la par
de ridícula y de horrenda:
una historia íntima mia.
Yo era en España querido
y mimado y aplaudido...
y me huí de España un dia.
Vivia á ciegas y erré:
y una noche andando á oscuras
tropecé en dos sepulturas,
y de Dios desesperé.
Emigré: me dí á la mar;
y esperando en el olvido
una muerte hallar sin ruido,
en América fuí á dar.
No llevando allá negocio
ni esperanza á qué atender,
al tiempo dejé correr
en la oscuridad y el ócio.
Once años anduve allí
vagando por los desiertos,
contándome con los muertos
y sin dar razon de mí.
Los indios semi-salvajes
me veian con asombro
ir con mi arcabuz al hombro
por tan agrestes parajes;
y yo en saber me gozaba
que nadie que me veia
allí, quién era sabia
el que por allí vagaba;
y esperé que de aquel modo
de mí y de mi poesía
como yo se olvidaria
á la fin el mundo todo.
Mi nombre, pues, con intento
de dejar perder, y en suma
sin papel, tinta, ni pluma,
ni libros ya en mi aposento,
bebia en mi soledad
de mis pesares las heces:
mas tenia que ir á veces
del desierto á la ciudad.
Vivo el cuerpo, el alma inerte,
á caballo y solo, iba
como una fantasma viva,
sin buscar ni huir la muerte.
Y hago aquí esta narracion
porque sirva lo que digo
á mis hechos de castigo,
y á modo de confesion.
Sobre mí á un anochecer
un nublado se deshizo,
y entre el agua y el granizo
me dejó una hacienda ver.
Eché á escape y me acogí
de la casa entre la gente,
como franca lo consiente
la hospitalidad allí.
Celebrábase una fiesta:
que en aquel país no hay dia
que en hacienda ó ranchería
no tengan una dispuesta;
y son fiestas extremadas
allí por su mismo exceso,
de las hembras embeleso,
de los hombres emboscadas.
Y á no ser de mi leyenda
por no cortar la ilacion,
hiciera aquí descripcion
de una fiesta en una hacienda,
donde nadie tiene empacho
de usar á gusto de todo;
porque son fiestas á modo
de las bodas de Camacho.
Allí acuden sin convite
buhoneros, comerciantes
y cirqueros ambulantes;
sin que á nadie se le quite
de entrar en corro el derecho,
de gastar de los abastos,
ni de colocar sus trastos
donde quiera que halle trecho.
Jamás se apaga el hogar,
jamás el servicio cesa;
siempre está puesta la mesa
para comer y jugar.
Por salas y corredores
se oye el son á todas horas
de carcajadas sonoras,
de onzas y de tenedores.
Todo es peleas de gallos,
toros, lazos, herraderos,
manganas y coleaderos
y carreras de caballos;
Y al fin de un dia de broma
que nada en Europa iguala,
todo el mundo entra en la sala
y sitio en el baile toma.
Entré é hice lo que todos:
y cuando creí que al sueño
se iban á dar, dí yo al dueño
gracias por sus buenos modos:
mas mi caballo al pedir,
asiéndome por la mano,
me dijo el buen campirano
soltando el trapo á reir:
«¿Y á quién hay que se le antoje
dejar ahora tal jolgorio?
Vamos, venga usté á la troje
y verá el Don Juan Tenorio
Y á mí que lo habia escrito
en la troje me metia;
y allí al paso me salia
mi audaz andaluz precito.
Mas ¡ay de mí, cuál salió!
Lo hacia un indio Otomí
en jerga que el diablo urdió;
tal fué mi Don Juan allí,
que ni yo le conocí
ni á conocer me dí yo.
Tal es la gloria mortal,
y á quien Dios se la confiere
si librarse de ella quiere
se la torna Dios en mal.
A mí no me la tornó,
porque por mi buena suerte,
del olvido y de la muerte
do quier Don Juan me salvó.
¡Dios no quiso allá de mí!
y de mi patria el olvido
temiendo, como habia ido,
á mi patria me volví.
¡Feliz malogrado afan!
al volver de tierra extraña,
me hallé que habia en España
vivido por mí Don Juan.
Comprendí en su plenitud
de Dios la suma clemencia:
Don Juan habia en mi ausencia
borrado mi ingratitud.
Mónstruo sin par de fortuna,
miéntras yo de España huia,
en España me ponia
en los cuernos de la luna.
Y ni fuerza ni razon
han podido derribar
tal ídolo del altar
que le ha alzado la opinion.
Pero hablemos con franqueza
hoy que todo coadyuva
para que aquí se me suba
á mí el humo á la cabeza:
Desvergonzado galan
siempre atropella por todo
y de atajarle no hay modo,
¿qué tiene, pues, mi Don Juan?
Del fondo de un monasterio
donde le encontré empolvado,
yo le planté remozado
en mitad de un cementerio:
Y obra de un chico atrevido
que atusaba apenas bozo,
os parece tan buen mozo
porque está tan bien vestido.
Pero sus hechos están
en pugna con la razon:
para tal reputacion
¿qué tiene, pues, mi Don Juan?
Un secreto con que gana
la prez entre los don Juanes:
el freno de sus desmanes:
que Doña Inés es cristiana.
Tiene que es de nuestra tierra
el tipo tradicional;
tiene todo el bien y el mal
que el génio español encierra.
Que hijo de la tradicion,
es impío y es creyente,
es baladron y es valiente,
y tiene buen corazon.
Tiene que es diestro y es zurdo,
que no cree en Dios y le invoca,
que lleva el alma en la boca,
y que es lógico y absurdo.
Con defectos tan notorios
vivirá aquí diez mil soles;
pues todos los españoles
nos la echamos de Tenorios.
Y si en el pueblo le hallé
y en español le escribí
y su autor el pueblo fué...
¿Por qué me aplaudís á mí?

Dejémoslo aquí hasta que veamos á mi D. Juan ante la conciencia de su autor, que tambien veremos á los actores ante mi Don Juan.


XIX.
(PARÉNTESIS.)

I.

Mi campaña teatral habia durado cuatro años: del 40 al 45. Fiel á mi bandera, no me habia yo pasado jamás al enemigo, combatiendo siempre en primera fila; y en aquellos cuatro años, porque en la temporada del 41 al 42 no escribí nada por lo que adelante diré, habia yo dado á la empresa Lombía veinte y dos obras escénicas, desde Cada cual con su razon hasta D. Juan Tenorio[2]. Ninguna de ellas habia sido silbada, ni retirada del cartel sin cinco representaciones; y habian quedado del repertorio de Latorre, con éxito completo, El Zapatero y el Rey, Sancho García, El rey loco, El puñal del godo, El alcalde Ronquillo y el D. Juan: Lombía repetia en el suyo el Cada cual con su razon y La mejor razon la espada. La empresa del teatro del Príncipe no me habia visto jamás en el saloncito de Julian Romea, ni para sus afortunados actores habia yo en los cuatro años escrito un sólo verso; siendo el único escritor que siguió constante la inconstante suerte de la empresa de la Cruz, y escribiendo exclusivamente para Lombía y Latorre.

¿Por qué? Lo diré más adelante al recordar cómo, por qué y para quién escribí el Traidor, inconfeso y mártir; ántes y por hoy tengo necesidad de decir algo de las vicisitudes por que habian pasado los teatros de verso, durante los cinco años de la revolucion literaria, de la cual fuí entónces hijo mimado y hoy todavía viviente recordador.

Porque estos mis desordenados Recuerdos del tiempo viejo son una madeja de quebradizos y rotos hilos, de cuyos cabos voy tirando al azar segun los voy devanando en el desigual ovillo de mis artículos de El Imparcial; y en éste veo que es preciso que dé á mis lectores, si tengo algunos, un cabo conductor y alguna luz que les guie por el laberíntico relato de mis entradas y salidas por las puertas y escenarios de los teatros de la Cruz y del Príncipe. Mis Recuerdos no son, desventuradamente para mí, una obra de cronológica ilacion, de continuidad lógica y progresiva de bien enlazados sucesos, y de uniforme estilo, como las curiosas Memorias de un setenton, del Sr. de Mesonero Romanos; á quien aprovecho esta ocasion para dar gracias por el cariñoso recuerdo que en ellas hace de mí, y para rendirle el homenaje debido al más fácil de nuestros prosistas, al más ameno y castizo de nuestros narradores, al más cortés de nuestros críticos, y al más exacto pintor de nuestras costumbres. Mis Recuerdos no pueden, ni intentan competir con sus Memorias; y cuando hoy se reducen á libro con una más ordenada forma, aún no pueden parangonarse con aquellas; elegante y última, pero genuina produccion del vigoroso ingenio del Curioso parlante, en cuya curiosa personalidad prolonga Dios la luz de la inteligencia para gloria y contentamiento de la presente generacion.

Hecha esta salvedad y cumplido este deber, vuelvo la vista atrás y retrocedo cuatro años, para entrar por preparado camino en el quinto y último de mis recuerdos teatrales.

La temporada cómica del 38 al 39, por no sé qué circunstancias fortuitas ó premeditadas, iba á pasar sin que hubiese compañía en los teatros de Madrid. Lombía, asociado con Luna, Pedro Lopez, las Lamadrid y otros se presentaron en época avanzada, con las más sinceras protestas de modestia, á llenar como mejor pudiesen aquel vacío. Estimóselo el público, y quedó constituida en compañía aquella sociedad, para la temporada del 39 al 40. La redoma encantada fué para ella la gallina de los huevos de oro, y en aquel año cómico presenté yo mis tres primeras comedias, segun van marcadas en la nota correspondiente á este párrafo. Con la cooperacion del infatigable Breton, de García Gutierrez, Olona, y otros autores, el año fué un negocio, y á la temporada siguiente (la de 40 al 41) vino á tomar parte en él Julian Romea con Matilde y su compañía. Romea, Salas y Lombía tomaron ambos teatros, y habiendo yo comprometido mi palabra con Cárlos Latorre de escribir para él la segunda parte del Rey D. Pedro, cuya primera habia estrenado Luna, pero no habiendo querido Romea escriturar á Latorre, preferí no escribir para el teatro á faltar á la palabra empeñada á éste.

No duró mucho la union de Julian con Lombía; y como por aquel tiempo transformara en teatro su circo Colmenares, que del de la plaza del Rey era propietario, Lombía, que habia tomado el viejo coliseo de la Cruz patrocinado por el banquero Fagoaga, director del Banco, estrenó el del Circo en el verano con Cárlos Latorre, miéntras se hacia de nuevo el de la Cruz. La empresa Colmenares, que era adinerada y emprendedora, hizo competencia á los dos teatros y á las dos compañías del Príncipe y de la Cruz, primero con grandes pantomimas y despues con ópera y baile: del 42 al 43.

Lombía, que disponia de no escasos fondos y que era hombre de no cortos alcances, se volvió á unir con Romea contra el enemigo comun; y conservando independientes sus dos compañías de verso, fueron coempresarios para dos nuevas de baile y de ópera, que alternaron en sus dos teatros. La Lema (que casó despues con Ventura de la Vega), La Tossi (mujer luego de Lorenzo Milans) y la Villó ganaron allí con justicia la reputacion de primeras cantantes; y Salas en Chiara di Rossemberg se hizo el primer caricato español; sosteniendo el baile la pareja Bartholomin, con su padre de director, Aranda de pintor, otra pareja italiana y un par de docenas de coristas aragonesas y valencianas, que se las tuvieron ten con ten á la Petit y á la Guy-Sthefan y á las andaluzas del circo.

II.

Del 43 al 44, Lombía solo, sin Romea, pero con Matilde, Guzman, Latorre, Sobrado, Pizarroso, Azcona, las Lamadrid y la Sampelayo, sostuvo la competencia contra las compañías del Circo con la mejor de verso que tal vez se ha reunido, y una de ópera de primo cartello (hasta el 45) con Moriani, Guasco y otros célebres cantantes. En estos dos años se pusieron en escena en la Cruz La lámpara maravillosa, fantástica y maravillosamente decorada por Aranda, El triunfo de la Cruz y La Encantadora, y en el Príncipe La Sílfide y Hernan-Cortés, varios dramas de Hartzenbusch y García Gutierrez, el Don Alfonso el Casto y la Doña Mencía, el Alfonso Munio y El Príncipe de Viana, de Gertrudis Avellaneda, y muchas comedias de Breton, que dieron prez al arte escénico y dinero á la administracion. El Circo, al fin, amparado por Narvaez, Salamanca y otros personajes de valia, se llevó la atencion con la competencia de la Fuoco y la Guy, á quienes se presentaban gigantescos ramos de flores conducidos en brazos de servidores con librea, en azafates y jarrones de plata y porcelana de china, y hasta en un carro que apenas cabia por la calle del centro de las butacas.

Yo no sé lo que el arte ganó con aquel frenesí y aquellos delirios; pero el público se hartó de gritar por uno ú otro partido, y de divertirse con las excéntricas locuras de ambos; y se vieron en la escena de los tres teatros las más costosas decoraciones, los más lujosos trajes, las más cortas y transparentes enaguas, y las bailarinas más correctamente empernadas y de más ricas formas de los cuatro reinos de Andalucía y de la antigua coronilla de Aragon.

Por fin perdimos nosotros los de la Cruz, que estuvimos á pique de ser crucificados. En Diciembre del 45 Lombía tuvo que prescindir de Cárlos Latorre, que se fué á Granada, y yo á mi casa á contentarme con saber que en Granada se aplaudia á Cárlos; sin el cual abrió Lombía el teatro del Instituto, con Caltañazor, las hermanas Flores, la Pámias, la Carrasco, la Concha Ruiz, Lumbreras, etc. En esta temporada, y ántes de abandonar la Cruz, se hicieron las zarzuelas El Sacristan de San Lorenzo, La Venganza de Alifonso y La pradera del Canal, parodias de la Lucia y la Lucrecia, escritas por Azcona, el más inteligente y entendido de nuestros actores de entónces, excepto Pedro Mate: cuadros de costumbres concienzudamente estudiados y con maravillosa exactitud copiados del natural.

En Junio del 46 fuí yo á Francia, de donde regresé en Enero el 47, por el fallecimiento de mi madre: á mi vuelta hallé instalada en el Instituto la compañía andaluza de Calvo y Dardalla, donde estos dos actores representaban de una manera tan incomparable como encantadora Los celos del tio Macaco y La flor de la canela. Pepe Calvo, padre de Rafael, hacia un tio Macaco tan indescriptible y característico, un gitano tan picaresco y atruhanado, tan anguloso, descaderado y zancudo, que no le produjeron más espirrabao ni Triana en Sevilla, ni el Perchel en Málaga.

Del 48 al 49. El Ayuntamiento se encargó del teatro y se fundó el Español, con una compañía completa compuesta de Romea, Valero, Arjona, Matilde, Bárbara, Teodora y Osorio, etc. Catalina no aceptó su puesto en ella por razones personales, y Carceller con un asociado tomó para Catalina el viejo teatro de Variedades, con la Manuela Ramos, la Juana Samaniego, Juan Catalina, Cortés el buen gracioso, Manuel Gimenez y otros. Al fin de temporada contrataron á Salas, Adela Latorre, al tenor Gonzalez, etc., con quienes pasaron al teatro de los Basilios, miéntras que Harpa, propietario de Variedades, remodernaba su sala y escenario, dejándolos como estaban aún el año pasado de 79.

Y aquí acaban mis recuerdos de los teatros que conocí ántes de mi expatriacion, y salvas algunas inexactitudes de fechas, y alguna confusion de ajuste de actores, esta es la historia de los teatros de Madrid desde el 40 al 49: tan ligeramente apuntada como lo permite el ligero espíritu de estos recuerdos á vuela pluma, y tan en confuso cuadro como se conservan amontonados en mi turbia memoria todos aquellos empresarios tan activos y batalladores, todos aquellos actores tan bien vestidos y todas aquellas bailarinas tan bien desnudas.

Pálidas, dispersas y móviles siluetas, recuerdos desperdigados de la memoria del muchacho, que aún bailan en sueños una diabólica danza Macabra por el ya frio, desierto y nebuloso campo de la imaginacion del viejo poeta.

III.

Y aquí abre mi memoria un oasis fresco, umbroso y apacible en el árido y enmarañado desierto de mis recuerdos; en él se levanta y por él corre, y su abrasada atmósfera templa y oréa una brisa vital, salubre y perfumada que envia mi corazon amante á mi descarriada fantasía. ¿Por qué no he de sentarme á reposar un punto á la sombra de este oasis? ¿Por qué no he de aspirar esta brisa á la luz del único rayo de esperanza que ilumina la lóbrega y tempestuosa atmósfera de mis recuerdos, y el turbio y estéril arenal de mi inútil existencia? ¿Qué son estos mis Recuerdos del tiempo viejo más que las aspiraciones íntimas de mi alma, los suspiros de mi corazon y los latidos de mi conciencia? Surja, pues, de las aguas azules del pintoresco lago de la poesía el vapor puro de los suspiros del alma; revélese el hombre en la faz del poeta, y véase el corazon de aquel á través de las cuerdas de la lira de éste.

Por aquel tiempo vino á Madrid mi pobre madre, á quien yo no habia visto y de quien nada habia sabido desde aquella desventurada noche en que abandoné mi paterno hogar.

Dos figuras bellísimas, dos imágenes tan queridas como nunca olvidadas, resaltan en este cuadro de mis recuerdos: la de mi madre y la de Paco Luis de Vallejo, corregidor de Lerma en 1835, á quien dediqué mi D. Juan Tenorio en 1844. Volvamos un instante la vista al mes de Julio de 1835 para posarla despues en el de 1844.

A la llegada á Madrid de la Reina María Cristina, era mi padre superintendente general de policía del reino: el duque de San Cárlos y Arjona, que para traerle hasta tan importante puesto le habian hecho pasar por la Chancillería de Valladolid, la Audiencia de Sevilla y la Sala de Alcaldes de casa y corte, se le habian propuesto á Fernando VII como un partidario fiel de la causa realista, como un íntegro magistrado y un hombre de carácter enérgico, á propósito para limpiar á Madrid de los ladrones y vagos que pululaban en 1827 por las mal empedradas calles y peor alumbrados callejones de la villa y corte de entónces, de la cual dan tan exacta idea las Memorias de Mesonero Romanos. Al instalarse mi padre en la superintendencia, en la casa de la calle del Príncipe que hoy habita el duque de Santoña, tenia ya montada una policía, que acabó en cuarenta dias con todos los ladrones, de la manera que tal vez diré en algun artículo posterior. Bástame, por hoy, indicar el principio tan bárbaro como exacto de que su justicia partia, y era este: «Los séres humanos, que faltos de educacion moral y religiosa, y viviendo en guerra con la sociedad, creen que el robo es una profesion, y el asesinato necesario para cometer y encubrir el robo, no tienen más que un miedo: el de la muerte.» En consecuencia de cuyo principio, y conociendo el modo lento y embrollado con que la justicia ha solido caminar siempre en España, anunció que «los ladrones quedaban sujetos á una comision militar, asesorada por un alcalde de casa y corte y un escribano del crímen;» instalóse la tal comision; y ladron cogido, ladron ahorcado. Bárbaro era tal vez el principio, pero necesario y eficaz fué el procedimiento; los únicos tres años que Madrid ha estado completamente libre de ladrones de profesion, fueron los de 28, 29 y 30. Otro dia hablaremos de esto: no manchemos hoy con tan repugnantes memorias la purísima de mi madre y la alegre y caballeresca del apuesto garçon corregidor de Lerma, Paco Vallejo.

Mi padre fué el primer dignatario de la situacion realista depuesto por la influencia liberal de la Reina Cristina: cayó como los vencidos que capitulan, y salió con armas y bagajes: las condiciones de su destitucion no fueron más que la de salir de Madrid y sitios reales en el término de ocho dias. Fué, pues, á refugiarse á un pueblecillo de la provincia de Búrgos, en donde un hermano de mi madre era cabeza de una numerosa familia, y á cuyo otro hermano, capellan de aquel pueblo, habia nombrado canónigo de la colegiata de Lerma el duque del Infantado, patrono de aquella iglesia y heredero del duque de Lerma, su fundador. El cólera del 34, que introdujo la muerte y la division en la familia, nos obligó á abandonar aquel pueblecillo tan pequeño, oculto y desconocido, que su nombre no se halla en los mapas; y miéntras yo pasaba las temporadas del curso escolar en las Universidades de Toledo y Valladolid, mis padres vivian en un tranquilo destierro en casa de mi tio el canónigo de Lerma. Allí fué de corregidor mi inolvidable Vallejo.

Su llegada fué un acontecimiento para el partido que iba á gobernar, y un justo motivo de sobresalto para mi padre; quien no habiendo aprobado el levantamiento carlista, en cuyo éxito no creia, habia rechazado las sugestiones de los amigos y de los agentes del levantamiento, resuelto á no mezclarse en él por voluntad propia; pero hombre importante y conocido de la pasada situacion, no podia ménos de ser sospechoso al nuevo gobierno, y se dió tal vez por perdido al ver llegar á Lerma un corregidor modelado en un molde tan distinto del en que él habia concebido que debian vaciarse los corregidores. Paco Vallejo era un mozo de veintisiete años, que vestia con elegancia, que marchaba con soltura, que fumaba ricos habanos que de Madrid le remitian, que bebia Jerez, y, ¡cosa inconcebible para mi padre! que se presentó á tomar posesion de su corregimiento con el uniforme de nacional de caballería de Madrid, con el chacó en la cabeza, el baston en la derecha y el sable á la cintura. Paco Vallejo era uno de los calaveras de buen tono de aquella edad de calaveras, que volvieron del revés á España como un sastre la manga de una levita, á la cual hay que poner forros nuevos: un Don Juan de la clase media, que podia presentarse y bravear en el salon más aristocrático: un abogado jóven lleno de audacia y de talento, tan agudo de ingenio como seductor de modales, á quien era preciso tener un par de años en un corregimiento para hacerle llegar á una toga en la audiencia de la Habana: y á quien mi padre y yo tuvimos la fortuna de que nos enviara á Lerma D. Cláudio Anton de Luzuriaga.

Cuando Vallejo llegó á Lerma, acababa yo de volver, concluido el curso de la Universidad de Valladolid. Dimos uno con otro, él bajando y yo subiendo la calle Mayor; llamé yo su atencion por mi traje y porte más cortesano del de la gente del país: encaróse conmigo, plantémele yo delante cediéndole la derecha, pero sin bajar mis ojos á su investigadora mirada, y preguntóme:—¿Quién es V., caballerito, que no tiene trazas de ser de esta tierra?

Decliné yo mi nombre y el de mi padre, y esperé, sombrero en mano, á que tomara mi filiacion en unos instantes de silencio y bajo el poder de una escrutadora mirada, ante la cual no creí conveniente bajar la mia.

—Está bien—me dijo, concluido su exámen—tendré mucho gusto en conocer al padre de tal hijo. ¿Dónde le ha educado á V. su señor padre?

—En el Real Seminario de nobles de Madrid—respondí.

—¡Hola! ¿es V. discípulo de los jesuitas?

—Sí, señor; pero no les hago mucho honor, porque he sido siempre muy desaplicado.

—No habrá sido en la cátedra de la lengua castellana.

—Ni en la de otras.

—¿Conoce V. muchas lenguas extranjeras?

—Tengo rudimentos de tres y rompo en ellas la conversacion.

—Espero tener ocasion de hablar con V. en alguna; tal vez en las tres.

—Estoy á la disposicion de usía.

—Y mi corregimiento á la de su señor padre: hagáselo V. presente de mi parte.

Siguió su camino el corregidor, y apreté yo el paso hácia mi casa para advertir á mi padre de que creia que acababa de cometer una torpeza, que podia muy bien habernos puesto en mal con el miliciano corregidor.