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Recuerdos Del Tiempo Viejo

Chapter 31: XXIII.
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About This Book

Memorias en forma de cartas y artículos que relatan episodios de la vida del autor: la muerte de allegados, la pérdida económica y la supresión temporal de una pensión, la búsqueda de recursos mediante gestiones con editores y periódicos, y el apoyo recibido de amigos y conocidos. A lo largo del texto el autor combina anécdotas personales con reflexiones sobre la edad, la fama literaria y la necesidad de volver al trabajo, expresando gratitud hacia quienes le auxiliaron y explicando las circunstancias que motivaron la publicación de estas piezas.

Hay sobre la mujer mil pareceres;
allá va el mio aunque parezca raro:
yo amé toda mi vida á las mujeres;
entendámonos bien y hablemos claro:
más que por torpe gérmen de placeres
me es el amor de las mujeres caro,
porque ellas son, por más que digan otros,
muchísimo mejores que nosotros.
Se ha hecho moda hablar de ellas con desprecio;
yo de hablar de ellas bien tengo manía;
al que habla de ellas mal tengo por necio,
falto de corazon y cortesía.
No objeto para mí de menosprecio
son, sinó manantial de poesía:
no obró conmigo mal jamás ninguna,
y debo más de un bien á más de una.
Desde la vírgen que en los cláustros ora
hasta la vil, impúdica ramera
que, enfangada en el vicio, á cada hora
á sí se infama y á su raza entera,
toda mujer que deshonrada llora,
toda la que en dolor se desespera,
de su duelo ó su infamia, no os asombre,
la ocasion ó el orígen es un hombre.

Y apuntada de paso esta opinion mia con respecto á las mujeres, sigo adelante con las que respecto á mí mismo voy aduciendo: y no creo que voy muy descarriado al creerme con derecho á decir algo de mí mismo, despues de haber oido y tolerado sin chistar por espacio de cuarenta y tres años, cuanto amigos y enemigos, chismosos y desocupados y vulgo, en fin, que nunca sabe donde tocan las campanas que oye, han dicho y escrito de mí; de mí, pobre insensato que nunca supe contentar á nadie, ni acerté con nadie á quedar bien, y á quien Dios acordó lo único bueno que de nada en España sirve: la modestia de reconocerse y la humildad de no aspirar á nada; no creyéndome para nada con aptitud, por haberme pasado la juventud concentrado en mí mismo, aspirando sólo á conseguir un ideal que sólo dentro de mí mismo albergaba mi esperanza, y en la soledad de mi alma únicamente crecía, como una palma estéril sin compañera, condenada á secarse sin fruto en el desierto de mi inútil existencia.

Voy, pues, á alargar con unos capítulos más estos Recuerdos, y á decir de mí mismo y de mi casa lo que yo sólo sé; porque por mucho que de mí sepan, por observacion y por induccion, los curiosos, los críticos, los murmuradores y los entremetidos, sólo los necios podrán disputarme el derecho de saber mejor que yo lo que por muchos años he guardado entre pecho y espalda, y la idea que mi pensamiento en palabras jamás ha formulado.

Pero vayamos ya adelante con mi historia, echando á un lado digresiones y zarandajas.

Era jefe político de Madrid el Sr. D. Antonio Benavides, y secretario Pepe Rojas, pariente mio por parte de mi primera mujer. Hacia ya muchos meses que mi infeliz madre habitaba en casa de una vieja prima de mi padre, viuda, bien acomodada, que habia vivido largos años en una ciudad de Francia, que por entónces vivia sola en Madrid, porque se habia extrañado de la única hija que de su único matrimonio habia tenido, porque aquella hija habia contraido uno de esos que se llaman de amor con un hombre tan honrado y laborioso como falto de bienes de fortuna. Aquella tia segunda mia, que habia hecho cierto papel en el tiempo de Fernando VII, y la vida del gran mundo en la buena sociedad de su tiempo, no habia perdonado jamás á su hija, que vivia en Toledo en donde yo la conocí, tan honrada como pobre y tan contenta con su mala suerte cuanto serlo la permitia el largo abandono y el tenaz olvido de su madre orgullosa ó descorazonada.

Parece que en mi familia los cabezas de ella han mantenido el principio de la autoridad paterna en toda la rigidez absoluta del derecho romano, y no han sabido nunca transigir con el tiempo, ni contemporizar con las circunstancias, ni perdonar la desobediencia, ni otorgar olvido al extravío juvenil, ni tener en cuenta la fuerza de la pasion, ni la ceguedad del error de sus hijos. Mi prima de Toledo tenia una hija preciosa á quien habia bautizado con el poético nombre de Esperanza: la chica era á los catorce años una preciosa criatura, cifra expresiva de la esperanza de su pobre madre; pero su abuela no albergó nunca bajo su techo á su tan hermosa como inocente nieta... é ignoro lo que de ésta y de sus padres ha sido despues del fallecimiento de mi tia. Con ella vivia mi madre en provincia, cuando mi pariente Pepe Rojas me envió con un guardia civil una carta anunciándome que el Excmo. Sr. Benavides, su jefe, deseaba que me avistara con él en su gabinete, de nueve á diez de la noche, para un asunto que me concernia.

Alarmó á la gente de mi casa aquella cita con puntas de órden; pero como nunca me habia yo mezclado en la política, acudí sin inquietud al gabinete del jefe político, que era por otra parte lo más político y bien educado del mundo, muy deferente como muy ilustrado con la gente de letras, y especialmente benévolo conmigo.

La cuestion era tan sencilla y prevista en su fondo como inesperada y extraña en su forma; mi padre, despues de seis años de emigracion, en vista de que casi todos los de su partido, acogiéndose á las amnistías, habian regresado á sus pátrios hogares, y de que S. M. la Reina D.ª Isabel II reinaba tranquilamente en España, reconocida por todas las potencias de Europa, se convenció de que su constante y leal adhesion á la causa del Pretendiente no le serviria más que para morir inútilmente, sin provecho suyo ni ajeno, en tierra extranjera, y se decidió á enviar al Gobierno una representacion solicitando el permiso de volver á España.

Pero esta representacion se dirigia á S. M. la Reina, empezando con estas palabras: «Señora: puesto que V. M. reina ya de hecho, D. José Zorrilla Caballero, alcalde de casa y corte, consejero, etc., etc.,» lo cual parecia significar que el que aquella representacion firmaba no reconocia Reina de derecho á D.ª Isabel. El jefe político, por encargo del Consejo de ministros, me llamaba para que yo dijese si era la firma de mi padre la de aquel documento: y ante mi afirmativa respuesta, no dijo más aquella grave autoridad que estas palabras: «En ese caso...» y encogiéndose de hombros, dobló el papel en que me mostró la firma.

Despues de una breve conferencia, en la cual la discrecion del Sr. Benavides correspondió con la reserva que á mí me convenia guardar en aquel caso por respeto á mi padre, me despidió con muy corteses palabras, y yo me apresuré á ir á tranquilizar á mi mujer; en España no las tiene nadie consigo cuando tiene que habérselas con la autoridad.

Yo fuí quien no pude tranquilizarme ni conciliar el sueño en toda la noche. La forma en que venia la representacion de mi padre habia levantado en mi corazon una tempestad de inquietudes, en mi imaginacion un volcan de preocupaciones y una tupida niebla de dudas en el campo de mi esperanza. Tenia yo entónces fé en muchas cosas en que hoy ya no creo, y quedábame aún un amigo en cuyos consejos esperar podia, en cuyo amparo debia fiar y en cuyos brazos podia esconder mi cabeza para derramar mis lágrimas. Era este el docto é ilustre prelado D. Manuel Joaquin de Tarancon, recientemente preconizado obispo de Córdoba, y que moraba entónces en la corte y en la calle de la Union por ser senador del reino. El Sr. Tarancon, condiscípulo de mi padre, á quien éste tenia en muy alta estima y que á mí me profesaba un cariño paternal, habia sido mi catedrático y mi confesor.

Habia gozado con los éxitos de mis obras, como si verdaderamente mi padre hubiera sido; me habia ilustrado con sus consejos, me habia corregido con sus observaciones, y tenia una sincera satisfaccion de haber llegado á ver poeta celebrado al estudiantuelo de quien habia cuidado en la universidad, y al chiquitin á quien habia visto romper á hablar en los brazos de su madre, en la intimidad y al calor del hogar paterno. Aún tengo en mis pupilas la imágen venerable de aquel sabio, tan hombre de mundo como poco mundano, revestido de su morado hábito episcopal, con su pectoral y su anillo de esmeraldas, que me contemplaba con los ojos arrasados en lágrimas, pasando por mis abundosos cabellos sus aristocráticas manos, y derramando con sus santas palabras la luz de la esperanza sobre las tenebrosas dudas de mi alma. ¡Dios tenga la suya en la mansion eterna de las de los justos!

Entre mis recuerdos del tiempo viejo su memoria es el más precioso, y su figura es la más augusta é imponente que esculpida en la mia conservan mi gratitud y mi veneracion.

Por él supe pocos dias más tarde que el Gobierno habia enviado á mi padre autorizacion para volver al suelo pátrio, reconociéndole ántes sus títulos y gerarquía, considerando sus años de emigracion como pasados al servicio de la Reina, y señalándole veinte mil y pico de reales de jubilacion que le correspondian por su categoría en la alta magistratura. Debia todo esto mi padre, no sólo á la influencia de mi reputacion literaria, sinó á la eficaz proteccion con que le ayudaba un conocido personaje, que aún vive y conserva su influencia en los negocios políticos de nuestro país; pero á quien yo nunca he tratado, de quien no sé si se ha ocupado jamás de mí, ni si ha leido una letra mia, ni si personalmente me conoce. Un dia me dijo Tarancon: «Prepara en tu casa un aposento para tu padre, que vendrá la semana próxima.»

Mi mujer se ocupó con miedo y alegría del mueblaje y decoracion del alojamiento de aquel tan esperado y temido huésped, y anduve yo ocho dias casi insomne y ayuno por su venida; y anduvo mi mujer inquieta y avizorada, como si la llegada de mi padre debiera ser la aparicion de la sombra de Bancuo en el drama de Shakespeare.

Diez dias despues recibí un billete en que me decia el obispo Tarancon: «Mañana llega tu padre; pero no vayas tú á esperarle ni á recibirle; debe de ver y hablar á otra persona ántes que á tí; yo le tendré un dia en mi casa y te le llevaré á la tuya.» Y todo se hizo como Tarancon lo dispuso; y él llevó á mi padre á su casa, y estuvo y habló en ella con él á solas veinticuatro horas; al cabo de las cuales entró con el venerable prelado el ex-superintendente general de policía del Rey D. Fernando VII, en casa de su hijo, el autor de Don Juan Tenorio.

Mi padre era el último eslabon entero de la rota cadena de la época realista, la cifra viviente, el recuerdo personificado del formulista absolutismo, el buen estudiante ergotista de las Universidades de sotana y manteo, el doctor en ambos derechos por el cláustro de la de Valladolid; convencido desde su niñez de que sólo el estudio del derecho, la teología y los cánones podia producir hombres, y de que sólo la toga y la golilla podian darles representacion, dignidad y posicion social. Yo era el primero y débil eslabon de la nueva época literaria, el atropellador desaforado de la tradicion y de las reglas clásicas, el fuego fátuo, leve é inquieto, personificacion de la escuela del romanticismo revolucionario: mi padre, cansado pero no rendido, iba á perderse en la sombra de lo pasado, y yo sin medir la inmensidad desconocida en que iba á arrojarme, fiaba en mis nacientes alas para cruzar el espacio luminoso del porvenir. El padre y el hijo, el último y el primer eslabon de los dos pedazos de la rota cadena, se enlazaron en un abrazo, se fundieron al fuego del natural cariño, y brillaron por un momento unidos y soldados, esmerilados y limpios por las lágrimas ardientes que vertian por sus ojos sus corazones prensados y exprimidos por un placer inexplicable.

Yo no he tenido hermanos: mi padre me separó de sí á los nueve años para meterme en un colegio, y habíamos vivido juntos muy poco tiempo: él no habia modificado su cariño ni sus derechos paternales en la gradacion del trato de su hijo niño, adolescente, mancebo y al fin hombre; me encontraba niño como cuando de nueve años me separó de sí; y viejo robusto y de elevada estatura, me levantó en sus brazos como si todavía no hubiera pasado de aquellos nueve años á que su cariño y sus recuerdos paternales se remontaban. Al volver á dejarme en el suelo, dijo mi padre contemplándome, no sé aún con qué sentimiento:—«¡Qué chiquitin te has quedado!»—El obispo Tarancon, que enjugaba sus lágrimas sin rebozo, le dijo:—«Chiquitin es; pero se ha colocado á tal luz que ya te cobija con su sombra.»—No sé lo que pensó mi padre, que no respondió á la halagüeña alusion del prelado. Mi mujer le mostró y condujo á su habitacion: el buen obispo de Córdoba nos dejó en ella muy satisfecho, y quedólo no poco mi padre de hallar en mi casa la paz doméstica, y el tranquilo bienestar de la medianía á quien nada falta ni nada sobra. Halló en su cuarto muchas coronas, cuyas fechas y dedicatorias leyó con mucha atencion, y sin atreverse en largo espacio á volverse á mí, para no dejarme ver la emocion que le causaban aquellos emblemas poéticos de la efímera gloria de su hijo. Así comenzó la breve temporada de la vida de familia que con nosotros hizo. Comimos, salió él en carruaje á sus visitas y volvió á las diez y media de la noche. A las once anunció su necesidad de recogerse: le ayudé á desnudarse, le acosté... y no me da vergüenza consignarlo: cuando le tuve acostado, me senté en su cama, le dí mil besos, le hice mil cariños, le dije mil niñerías; le traté como habria tratado á mi pobre madre, acariciándole y mimándole como cuando yo tenia seis años. Rióse él y enternecióse, y díjome en fin despidiéndome:—«Eres un chiquillo y no tienes formalidad.» Le arreglé la ropa, le coloqué la pantalla en la lamparilla, y dándole las buenas noches con el último beso... le dejé solo con sus pensamientos.

No habíamos hablado de nada: nada nos habíamos dicho: ni una palabra del pasado, ni una alusion al porvenir, ni una observacion sobre lo presente. ¿Qué pensaba de mí mi padre? Que me habia quedado chiquito y que no tenia formalidad: esto era lo único que su lengua habia dicho, pero su corazon habia tambien hablado por la emocion y las lágrimas delatoras de sus sentimientos de padre: su corazon habia respondido al llamamiento del mio, y el hijo estaba ya seguro de que tenia padre. Pero ¿quién iba á dominar mañana en su ánimo, el corazon ó la cabeza? ¿Quién se iba á revelar definitivamente, el padre ó el magistrado? Yo dormí mal, y esta cuestion me tuvo insomne é inquieto toda la noche.

A la mañana siguiente, despues del desayuno, entabló á solas conmigo el diálogo, sobre palabra más ó ménos, de esta manera.

—Necesito algo de algun ministro; ¿cómo estás tú con este Gobierno?

—Yo estoy bien con todos.

—Tengo una pretension en el negociado de Instruccion pública.

—El director es D. Antonio Gil y Zárate y el ministro Nicomedes Pastor Diaz.

—Segun el prólogo que puso á tu primer libro, si no le has hecho alguna botaratada, debe de ser muy tu amigo.

—Es como si fuera mi hermano mayor: tan indulgente y tan cariñoso, que si hubiera cometido la torpeza ó tenido la desgracia de jugarle alguna mala pasada, no se hubiera dado por entendido de ella ó me la hubiera perdonado. Donoso Cortés, D. Joaquin Francisco Pacheco y Pastor Diaz me han servido de padres en ausencia de V.

—Buenos amigos tienes, si sabes conservarlos. ¿Cuándo podré ver á Pastor Diaz?

—Hoy mismo, á la una, en el ministerio. No será la primera vez que hable V. con él.

—¿Te ha dicho?...

—Todo: que le debe á V. tal vez la vida.

—Es posible: su situacion era dificilísima. Venia yo de comisario régio con la expedicion carlista que entró en Segovia. Creíamos encontrarte allí con él.

—Yo esparcí la voz de que me encerraba en el alcázar, pero me volví á Madrid.

—Te hubiéramos visto con gusto.

—Yo no le hubiera tenido en ir á Oñate á hacer versos á Cárlos V y á San Luis Gonzaga. No hubieran tenido el éxito de los que he escrito en Madrid.

—Es verdad: Nicomedes se vió obligado á esconderse en un horno; yo lo supe y me alojé en la casa en que estaba. En un momento en que soldados revoltosos podian haber dado con él y cometer cualquier tropelía, me senté yo á la boca del horno y entablé con él conversacion á través de la tapa que le cerraba y que él sostenia por dentro. Le dije quién era y le pregunté por tí. Cuando tocaron bota-silla, no abandoné aquella casa hasta que las tropas comenzaron á salir de la poblacion, y le dije el camino que íbamos á tomar para que echara por el opuesto.

—Así me lo ha contado él.

—Me holgaré de conocerle, porque no pudimos vernos entónces.

—Pues hoy se verán Vds.

Salí yo á la imprenta de Boix, donde tenia en prensa una leyenda, salió mi padre á hacer ciertas compras, y á la una nos presentamos en el edificio de la calle de Torija, donde estaban por entónces las oficinas del ministerio de Fomento.

A mi presentacion abrió el portero la mampara del despacho de Nicomedes, y anunciándome, me abrió paso. Hallábase allí accidentalmente Patricio de la Escosura, que acababa de ser nombrado jefe político de Madrid; soltó al verme el baston y el sombrero que en la mano tenia, y pasándome el brazo por la cintura, me hizo dar una vuelta de él suspendido: no tuve yo más que el tiempo necesario para decirle al oido: «mi padre», ni él necesitó más para volverme á dejar en pié, y dirigiéndose á aquel que tras mí habia entrado, le dijo, tendiéndole la mano: «A nuevos tiempos nuevas costumbres, Sr. Zorrilla: hoy son así recibidos los poetas, y donde quiera que vaya V. con su hijo verá lo mismo.»

—Ya veo—respondió mi padre—que mi hijo es el más afortunado tarambana de Madrid.

Presentéles yo unos á otros, mi padre á Nicomedes y Escosura á mi padre: recordó éste al de aquel don Jerónimo de la Escosura, director de la fábrica de tabacos en su tiempo; y unos con otros corteses, y unos con otros cumplidos, despidióse Patricio y quedamos mi padre y yo á solas con Pastor Diaz.

Hablaron en secreto mi padre y él: pidió éste á poco su carruaje y partió con mi padre, previniéndome que si me cansaba de esperar me fuera á mis quehaceres, que él se encargaba de mi padre; y yo, despues de aguardar largo tiempo su vuelta en el despacho de Gil y Zárate, volví á mi casa, donde el carruaje de Pastor Diaz habia conducido á mi padre.

—¿Qué tal?—le dije.—¿Ha quedado V. contento de Nicomedes?

—Jamás fué pretendiente mejor servido que yo. Dentro de cuatro dias puedo irme á cuidar de la hacienda de Torquemada, con todos mis negocios despachados en Madrid.

—¿Tan pronto piensa V. dejarnos?

—No es Madrid ya para mí. Sus casas son muy estrechas: tenemos casi un palacio allá: hay además que recepar y acodar las viñas, que abonar las tierras y reponer las huertas, de todo lo cual no te has ocupado tú.

—Yo al abandonar á V. renuncié á todos mis derechos: ¿por qué no me envió V. órden y poderes legales?

—Olózaga te los ofreció, y levantar el secuestro.

—Pero yo se lo hice á V. avisar: ¿por qué no determinó V.?

—Eres hijo único y heredero forzoso: todo el mundo te hubiera dado la razon.

—Yo no he contado con nadie en el mundo más que con V.: todo lo que he hecho, por V. ha sido y no he pensado más que en V. Si yo me he hecho aplaudir y me he hecho querer, no ha sido mas que para esperar y preparar su vuelta de V.; no he tenido más ambicion que la de volver á los brazos y al cariño de mi padre, y morir con él en la tranquilidad del hogar paterno.

—Has sido un tonto. Con la fama que has adquirido, con los amigos que tienes, hoy debias de ser cuando ménos subsecretario de Pastor Diaz.

—Usted era carlista y optó por la emigracion: no creí decoro del hijo no ser nada en el gobierno que no habia aceptado el padre; he rechazado todo cuanto se me ha ofrecido: todos los literatos están empleados ménos yo: hoy puede V. haber visto que no es por falta de favor.

—Por eso te he dicho que eras un tonto.

—Pero si yo he hecho milagros por V... Me he hecho aplaudir por la milicia nacional en dramas absolutistas como los del rey Don Pedro y Don Sancho: he hecho leer y comprar mis poesías religiosas á la generacion que degolló los frailes, vendió su conventos, y quitó las campanas de las iglesias: he dado un impulso casi reaccionario á la poesía de mi tiempo; no he cantado más que la tradicion y el pasado: no he escrito una sola letra al progreso ni á los adelantos de la revolucion, no hay en mis libros ni una sola aspiracion al porvenir. Yo me he hecho así famoso, yo, hijo de la revolucion, arrastrado por mi carácter hácia el progreso, porque no he tenido más ambicion, más objeto, más gloria que parecer hijo de mi padre y probar el respeto en que le tengo...

—¡Bah, bah! Quijotadas.

—¡Ay, padre! Cuando perdamos los españoles lo que tenemos de Quijotes, ¿en qué vendremos á parar?

—Lope de Vega y Calderon eran teólogos ántes de poetas: Melendez Valdés fué como yo oidor de la Chancillería: todavía es tiempo; eres muy jóven: métete un año á estudiar, y con cuatro ó cinco mil reales y los amigos que tienes, puedes doctorarte en Toledo; y siendo jurisconsulto puedes serlo todo. Yo me voy para Torquemada: allí debe de ir tu madre, y no quiero que se encuentre sola sin mí entre aquellos pardillos, maestros de gramática parda.

Una nube negra que pasó por mi cerebro entristeció mi alma, envolviendo en lágrimas mi pasado y en tinieblas mi porvenir.

Aquella noche me fuí á casa de Tarancon y le dije: «he perdido todo lo hecho: mi padre, el único por quien todo lo hice, es el único que en nada lo estima.»

Tarancon lo comprendió todo: me abrazó y sobre su morada túnica episcopal dejé correr las lágrimas más amargas que han abrasado mis párpados. Tarancon no era hombre de intentar consolar con palabras banales una pesadumbre que no podia tener momentáneo consuelo.

—Yo me arreglaré con tu padre—me dijo despues de largo silencio.—Tú emprende alguna obra de importancia que necesite estudios, atencion y tiempo. Teníamos convenido en escribir juntos un libro de la Vírgen; esto halagaria mucho á tu padre y enloqueceria á tu madre de alegría; pero yo no tengo ya tiempo para meterme en tal trabajo. Me has hablado de Granada. Emprende tu poema morisco y empieza por ir á localizarte en la ciudad de Boabdil. Si no tienes dinero, cuenta con mi bolsillo; no está muy lleno, pero entrarás á la par con los pobres de mi diócesis. Deja á tu padre irse á Torquemada, y... ¡á Granada tú! Fia en Dios y cuenta conmigo.

Y mi padre se fué á Castilla, y yo empecé á pensar en Granada. Pero, ¿qué importa todo esto á los lectores de El Imparcial? Todas estas memorias íntimas figurarian tal vez muy bien en las mias póstumas: vivo yo aún, pueden ser tachadas de pretenciosa é insoportable vanidad: pero ya he tirado del primer hilo y voy á deshacer todo el ovillo.


XXII.

Burdeos es una gran ciudad, magnífica, sólida, monumental, con grandes puentes, bien arbolados paseos, soberbios templos; amplios mercados y suntuosos teatros; asiento del primer arzobispado de Francia, es, como si dijéramos, el Toledo de allende los Pirineos; cuajado de Seminarios y de colegios, semillero de toda clase de plantas clericales más ó ménos parásitas, más ó ménos productivas. Por el tiempo de que voy hablando hacian un principal papel en fiestas y procesiones los hermanos de la doctrina y los ignorantins, en uno de cuyos establecimientos hacia dos ó tres años que se habia ventilado el ruidoso proceso del Frère Liotard, con el cual ya no me acuerdo lo que pasó.

Como yo no era hombre de política ni de administracion, ni de ciencia, no me ocupé de más en Burdeos que de sus templos, como cristiano, y de sus teatros, como poeta. Encontraba poquísima gente por las calles, no mucha por los paseos y casi ninguna en el teatro, al cual sostenian solamente los transeuntes, los forasteros, y, sobre todo, los españoles, puesto que habia muchos allí emigrados ó allí establecidos, y todos los que de España iban á veranear á París se detenían por costumbre en la capital de la Gironda. Hallábame yo en Burdeos á todo mi gusto: era la primera vez que podia yo separar mi personalidad de mi malhadada reputacion y andar libre como cualquier ciudadano pacífico, metiéndome por todas partes á fisgarlo todo, sin llamar la atencion ni ser responsable de nada.

Así ví yo á Burdeos, así recogí varios asuntos de leyendas que no sé si llegaré á escribir, y así averigüé la razon de las perpétuas quiebras del teatro por falta de público.

Los bordeleses han tenido siempre (y con justicia) la pretension de que su ciudad es la primera de Francia, el pequeño París, y han aspirado á ser tenidos por sprits-forts, libres pensadores y espadachines; y con respecto á esta última cualidad, tiene una justa reputacion y un riquísimo legendario la escuela de armas de Burdeos; pero las bordolesas son, por lo general, devotas. El clero francés sabe que las dos palancas con que se mueve el mundo son las mujeres y el dinero, y por entónces los confesores no absolvian á las confesadas cuyos maridos leian El Constitucional y los periódicos liberales, tronando siempre contra la inmoralidad del teatro. Donde no van las mujeres no vamos los hombres; no iban las bordelesas al teatro, con que á pesar de la subvencion de que goza siempre el grande de Burdeos, sus empresas se arruinaban á mitad de temporada todos los años.

Además, el gran teatro de aquella ciudad tiene lo que los franceses llaman guignon y nosotros mala sombra. Allí se rompió por entónces una pierna Mademoiselle Angelin, una bailarina rubia de diez y siete años, que era ya una estrella luminosa en el cielo del arte de Terpsícore. Allí tuvo Borelly que matar á puñaladas en presencia del público á su tigre real de Bengala, porque éste tenia ya entre sus dientes la pantorrilla izquierda del domador: quien al levantarse lanzando un caño de sangre de una arteria rota, tuvo tiempo, ántes de perder el sentido, de decir á los espectadores á modo de satisfaccion: «Señores, ya habia gustado mi sangre, y ó él ó yo.»

Esto en el teatro. En los templos las fiestas son tan suntuosas como concurridas: pero á los católicos españoles se nos hacen al principio muy difíciles de aceptar aquella forma mundana y teatral y aquellos accidentes mercantiles con que los actos sublimes de nuestra religion se verifican. Yo escribí mis primeras impresiones de Burdeos en una larga epístola á un condiscípulo mio, cura carlista, de la cual recuerdo las siguientes líneas, versos tan malos como verdades de á puño:

En Francia hay religion, y fé y conventos,
seminarios, colegios, catedrales,
y todos los cristianos elementos
de nuestra santa fé fundamentales:
pero todo está hecho á la francesa,
todo sujeto á reglas comerciales;
aquí todo se tasa, mide y pesa,
aquí todo se hace por empresa:
la gente para orar no se arrodilla
mas que con una pierna en una silla;
no se atiende al altar ni al sacerdote;
las mujeres se plantan por delante
con mucho faralá, mucho volante,
abultado postizo y largo escote;
y los hombres detrás, misa durante,
se distraen en mirarlas el cogote;
y como nadie en equilibrio posa,
y es perpétuo el rumor y el desacato
y la desatencion y el movimiento,
es el pensar en Dios difícil cosa,
miéntras pasa una vieja con un plato
pidiendo en alta voz sin miramiento
los cuartos que la rinde cada silla
en que apoya un cristiano su rodilla.

Atraviesa despues el presbiterio
con balandrán, sobre-pelliz y estola,
y sus pasos al púlpito dirige
un pulcro capellan, de quien muy sério
un monago gentil lleva la cola.
Hace su adoracion, su texto elige,
comenta el evangelio de aquel dia,
y siempre encuentra medio en su homilia
de echar un par de pullas al gobierno,

que el infierno
está abierto ante el siglo refractario,
que Enrique quinto al fin subirá al trono,
que hay peregrinacion á tal Santuario
que se sale á tal hora y de tal parte,
que lleva cada pueblo su estandarte,
que el precio es un doblon por peregrino,
incluso todo gasto del camino
y además un bonito escapulario;
pero que en el doblon no entra el rosario,
porque estos los fabrica por empresa,
de encina negra y de eucaliptus blanco,
una judía asociacion inglesa
que los da á todos precios desde un franco.
Todo lo cual se anuncia aquí en la iglesia
como puede anunciarse un electuario
ó sus botes azules de magnesia
mister Bóllon en Lóndres boticario.
Ilustrados ya pues sus feligreses
de lo que en sus negocios les importa
y á sus espirituales intereses,
con un responso en homilia corta
el cura; y ya pro domo, á lo que creo,
dá volviendo á apretar el quibis quobis
la vieja con su plato otro paseo.
Larga el buen cura un benedico vobis,
hace la cruz, se cala el solideo
y respondiendo el pueblo ora pro nobis
se acaba la funcion y Läus Deo....

con qué como ver puedes por la muestra,
la religion de Francia no es la nuestra.
Dios es el mismo, porque Dios es uno;
mas de adorarle el modo
ligero asaz y asaz inoportuno,
es en Francia francés como lo es todo;
y á un español asombran si no irritan
la irreverencia con que á Dios se trata,
y el ver cómo sus preces se recitan
sobre un pié y sobre un codo,
como banda de grullas que dormitan
en el invierno al sol sobre una pata;
pasando en cuenta que se queda ayuno
de lo que en Francia se le dice á Cristo,
con una fé de bolsa que no acata
al Señor más que á medias por lo visto,
y en un latin francés que cual ninguno
la habla gentil de Ciceron maltrata:
todo siempre fué aquí como hoy en dia
doublé, contrefaçon, bisutería.

Nunca así á Dios se adorará en Castilla;
nuestra fé es más profunda y más sencilla.

Tal fué mi primera impresion hace treinta y cuatro años: poeta creyente, hallé de ménos mucho fondo y de sobra mucha forma en la manifestacion religiosa del catolicismo francés en Burdeos, arzobispado primado de la nacion vecina: despues he pasado en Burdeos largas temporadas, y es la ciudad en donde más tranquilo y más á gusto he vivido. Me acostumbré á leer á la puerta de la catedral el anuncio de la funcion, el nombre del orador que debia de llevar la palabra en el púlpito, los del director y el organista que dirigian la parte instrumental, y los de las damas y los ó las artistas que sostenian la parte de canto; el objeto piadoso á que la funcion se dedica bajo el patronato de tales ó cuales damas, prelados ó corporaciones, y el precio (generalmente de dos francos) por el cual se puede adquirir el derecho á ocupar una de las sillas, numeradas ó no, que llenan el templo. ¿Y por qué no?

A nosotros nos choca esta asimilacion de las basílicas á los teatros; pero es, al mio, un mal modo de ver las cosas: en Francia usa cada cual libremente del derecho de anuncios y propaganda; y puede que en los templos y fiestas religiosas francesas haya ménos fé, ménos devocion y ménos fervor, pero hay más órden que en las nuestras: nosotros entramos y salimos de las iglesias á codazos, empujones y puñetazos; nos colocamos donde podemos, pisamos á las mujeres que se arrodillan y se sientan en el suelo, etc.; los franceses entran por una puerta y salen por otra, y ocupan tranquilamente los puestos que les corresponden, bajo la direccion de bedeles y pertigueros; que á nosotros nos parecen ridículos, pero cuyos oficios y trajes están encarnados en sus costumbres.

Los franceses han comprendido que la sociedad moderna es un hermoso lago cuyo fondo es cieno, y tienen cuidado de no revolver jamás el agua, poblando su superficie de blancos y ligeros cisnes entre los cuales bogan sin remo miles de botecitos sin quilla, que hacen temblar y rielar el líquido, pero que no levantan oleaje: siembran y plantan las orillas de jardines y de bosques, y van á sentarse á contemplar el espectáculo social á la sombra de los árboles y entre el perfume de las macetas.

Nosotros tenemos la maldita manía de revolver el agua y de arrancar hasta la yerba al rededor del lago, y nos tenemos que estar al sol y al aire, siempre sedientos, contemplando el agua cálida y turbia que hacemos dificilísima de beber.

Hé aquí mis impresiones de ayer y hoy en Burdeos. Esta ciudad, cuyo casco componen miles de edificios tan macizos y suntuosos, y calles más anchas y regulares que las de Roma antigua, atestada de recuerdos y monumentos históricos, aireada por anchos paseos y frescos jardines, regada por dos soberbios rios, el Garona y la Dordoña, salpicada de Colegios, Museos, Academias, Bibliotecas é Institutos, conteniendo veintidos clubs y círculos para todas las clases sociales, diez teatros y salas de recreo, un hipódromo, nueve periódicos diarios y once lógias masónicas; mitad católica, militante y revolucionaria libre pensadora, la tengo yo comparada á una rica, nobilísima y aristocrática viuda legitimista que sonríe á la república, papista que no llora el perdido poder temporal de los Papas, que se ha retirado á vivir y á morir tranquila en sus opulentas posesiones, á cuidar de sus incomparables viñedos y á gozar de sus rentas sin miseria y sin despilfarro, sin ruinosos vicios y sin pretenciosas virtudes, sin orgullo de la majestad de su noble raza, pero con la conciencia de la dignidad de su ilustracion y de su bien heredada opulencia.

Hé aquí mi juicio sobre Burdeos, donde empecé mi poema, y de donde salí para París á estudiar mucho que no sabia, y á adquirir algo que me hacia falta para llevar á cabo mi incompleta Granada.


XXIII.

París tiene dos fases: es el manicomio de los ingenios y el paraiso de los tontos. En el primero forjan sus grandes elucubraciones todos los grandes locos, que con sus inventos y con sus escritos impulsan hácia el progreso el movimiento social europeo; y en el segundo pierden su tiempo, su salud y su dinero, en el turbion de marionetas, charlatanes, estafadores y mujeres perdidas, que pueblan aquel falso eden á la luz del gas y al son de las orquestas de Mussard y de Straus, todos los imbéciles que de las cuatro partes del mundo acuden como mariposas á quemarse en aquel foco de luz infernal.

De París salen simultáneamente los gérmenes de todo lo bueno y de todo lo malo, sobre todo para nosotros los españoles; que, sea dicho sin que nadie se ofenda, ó aunque se amosque conmigo la mitad de la nacion, solemos tomar casi todo lo malo y poquísimo de lo bueno. Llegué yo á París miéntras ocupaba el trono francés el rey ciudadano Luis Felipe de Orleans, de quien sabian trazar la caricatura todos los chicos de su capital bajo la forma de una pera, cuya régia representacion se veia por todas las paredes y siempre de un parecido maravilloso. No era todavía el París ensanchado, dorado y ámpliamente refundido por el imperio del tercer Napoleon; era todavía su primer teatro la sala de la rue Lepelletier, y no estaba aún cerrada la plaza del Carroussel por la calle de Rivoli: existian aún al frente del Palais-Royal una espesa red de callejuelas, tan conocidas como mal afamadas, y á su espalda los dos famosos restaurants de Befour y de los tres hermanos Provenzales, y se alzaban todavía gárrulos y chillones, en los boulevares du Temple y de Beaumarchais, los cien teatrillos más divertidos del mundo, la Gaité, Follies-Dramatiques, Delassements-comiques, etc., etc.

Asomé yo las narices los dos primeros meses al paraiso de los tontos y, sin dejarme fascinar ni embriagar por sus delicias de contrabando ni por sus huríes sin corazon, me establecí á la puerta del manicomio, haciendo con el editor Baudry un trato poco lucrativo; por el cual fueron mis versos los primeros que de poeta español tuvieron lugar en su magnífica coleccion. Por un puñado de luises y dos carros de libros, le dí el derecho de coleccionar todas las obras por mí hasta entónces escritas, por dos razones que me eran exclusivamente personales; la primera para que mi padre leyera mi nombre en el catálogo de la coleccion de los primeros escritores de Europa; y la segunda porque la extensa venta, el gigantesco anuncio y el renombre universal que ya tenia la coleccion Baudry, me hicieran conocido como poeta fuera de mi patria. A pesar de que mi padre, encerrado en nuestro solar de Castilla, no habia vuelto á darme noticias suyas, esperaba yo que esta prueba honrosa de aprecio de la librería editorial francesa para su hijo, le convenceria, por fin, de que no era menester que me doctorara en Toledo y de que ya no habia razon de cerrarme la casa y los brazos paternos. En esta esperanza viví en París desde Julio a Noviembre, estudiando y trabajando en mi Granada y dividiendo mi tiempo entre las bibliotecas y los teatros, esquivo como en España, á la sociedad banal de las visitas y la chismografía, y un poco en contacto con la sociedad del arte y de las letras.

La redaccion de La Revista de Ambos Mundos me acogió con simpáticos obsequios, y sus redactores Charles Mazzade, Paulino de Lymerac y Xavier Durrieux fueron mis amigos y comensales; y por mi influencia y la de Juan Donoso, que fué despues nuestro embajador, empezaron á publicarse en aquella importante Revista artículos sobre España, en los cuales comenzaba á probarse á los franceses que el Africa no empieza en los Pirineos. Pitre Chevalier, director del Museo de las Familias, se empeñó en publicar en él mi retrato y mi biografía, y lo hizo, como francés, sin atender á mis justas y modestas observaciones. Convirtió mis breves notas biográficas en una fantástica novelilla, y Mr. Pauquet, el primer dibujante de aquel tiempo, recibió su órden de retratarme embozado en mi capa española y mirando de perfil al cielo, como un D. Juan Jerezano que espera que se le aparezca su Dulcinea en el balcon para decirla: «por ahí te pudras». No era posible que mi retrato indicara que era de un poeta español, si no tenia capa y si no buscaba con la vista la inspiracion del Espíritu Santo; y aún le quedé agradecido á que no me pusiera una guitarra en la mano, de lo que creo que me libró solo su afan de embozarme.

En aquel retrato, correcta y francamente dibujado, y por aquella biografía, bizarramente detallada á la parisienne, no me conoce la madre que me parió; pero no por eso quedó ménos agradecido el español á la buena intencion del francés.

Trás estos necesarios precedentes, pasemos una rápida ojeada por los últimos y sombríos cuadros de estos mis tristes recuerdos del tiempo viejo.

Entre los conocimientos que hice y renové por entónces en París entre Dumas padre, Jorge Sand (Mme. du Devant), Alfred de Musset y Teophile Gautier; entre embajadores, editores, escritores, emigrados, cómicos y bailarinas; entre Fernando de la Vera, la Rachel, la Rose Chery, Frederik Lemaitre, Giusseppe Multedo, Zariategui y otros emigrados liberales y carlistas, italianos y españoles, se me vino á los brazos uno de estos, el más honrado y divertido andaluz que la tierra de María Santísima y la tenacidad carlista echaron á Francia. Era este D. Fernando Freyre, pariente próximo del general del mismo apellido, adherido no sé muy bien cómo á la corte de Fernando VII, de quien elegia los caballos y para quien iba á buscar los toros; amigo de los ganaderos, amparador de los diestros, y el primer inspector de la escuela taurómaca sevillana, institucion de aquel Sr. Rey, que santa gloria haya.

Fernando Freyre no habia sido nada importante ni influyente, ni en la corte huraña y recelosa de las camarillas y apostasías políticas del difunto Rey, ni en la trashumante de D. Cárlos María Isidro de Borbon, segundo Cárlos V en Oñate; pero en ambas habia sido recibido y estimado por todos, incluso por mi padre, porque tenia uno de los mejores corazones y uno de los caractéres más alegres y más iguales del mundo. Realista por conviccion, no transigió nunca con las modernas ideas liberales, ni quiso jamás acogerse á amnistía ni indulto alguno; pero jamás odió, ni esquivó siquiera el saludo, á ningun liberal emigrado ó viajero con quien en tierra extranjera se topara, siendo de todos los españoles sinceramente apreciado y noblemente acogido por los legitimistas franceses. Con apoyo de éstos, no temió ni le avergonzó establecer un pequeño y privado depósito de vinos, pasas, caldos y frutos de Andalucía, que aquellos le compraban; y con los setenta á noventa duros que este oscuro comercio le producia, vivia modesta y honradamente en la mejor sociedad de la legitimidad francesa y de la aristocracia española. Establecido ya de años en París, y encargado por sus amparadores de toda clase de comisiones, era conocido en el comercio y conocia á París, como un commis-voyageur á quien comprar en la tienda ó en el taller, puede producir legal y honrosamente un tanto por ciento más crecido de utilidad. Por uno de estos encargos dimos allí uno con otro, y por las horas buenas que le debo, me complazco en consagrarle cariñosamente estas líneas en mis recuerdos.

Era ya por entónces hombre de más de sesenta años; pero ágil, robusto y colorado, con sus patillas blancas de boca-é-jacha y su sombrero sobre la oreja derecha, corria por las calles recortando los coches y evitándolos apoyándose en la saliente lanza, como quien pone rehiletes de sobaquillo, porque todo lo hacia y lo hablaba á lo torero y lo macareno; y asombraba el verle cruzar los boulevarts sin tropezar ni vacilar entre la multitud de carros, ómnibus y coches que de contínuo los obstruyen. Todo era en él extraño y original; en su negocio no tenia más que un empleado, y éste tenia las más incompatibles cualidades: era polaco, judío, carlista, fiel y discreto; hablaba un castellano aprendido en Vizcaya, tan disparatado como el francés que hablaba Freyre, y entre los dos me decian despropósitos imposibles de reproducir. Yo llamaba tio á Freyre; y cuando mi familia me dejó solo en París, me fuí á vivir al hotel de Italia, frente á la Opera-cómica, en cuyo piso tercero habitaba Freyre un pequeño aposento, compuesto de sala, gabinete y alcoba, y atestado de botellas y cajas. Cuando mi trabajo asíduo y sus compromisos con sus anfitriones nos dejaban libres las noches, comíamos juntos, y las concluíamos en el teatro, en algunos de los cuales tenia yo entradas libres, como escritor extranjero con editor en Francia.

Llegó así Noviembre, y ya tenia yo apalabrados contratos para imprimir mi poema de Granada, y pagábanme ya no escasamente la prosa y los versos que para sus publicaciones de América me pedian, cuando se acordó Dios de mí, como dicen los católicos, enviándome una de esas desventuras que envenenan y enturbian para toda la vida el manantial amargo de la memoria.

Pedíame de Madrid mi primo P., consócio mio, con Rafael X, una cadena de relój igual á otra mia, que era una cinta hecha con mil pequeñísimos cilindros de oro engarzados y giratorios en una red de ejes, de tan prolijo trabajo, como maravillosa flexibilidad. Averiguó Freyre el domicilio del obrero que para el platero los trabajaba, y nos acostamos conviniendo en que á la mañana siguiente muy temprano iríamos á comprar ó á encargar la demandada cadena.

Habíanme regalado en Burdeos un necessaire de ébano fileteado de marfil, que garantizado por una guadamacilada funda de cuero, llevaba yo á la mano y servia en nuestros viajes de escabel á mi mujer. Al levantarme al dia siguiente, híceme la barba segun costumbre con las navajas y ante el espejo de aquel necessaire, y llamando Freyre á mi puerta y dándome prisa, porque él la tenia de acudir á sus negocios despues que al mio, vestíme apresuradamente y partí con él; dejando las navajas sobre el velador y el espejo colgado en la escarpia, que para ello tenia puesta á mi altura en el marco de la vidriera.

Fuimos hasta el final del Faubourg de San Dionisio; hallamos y compramos el objeto pedido, acompañé á Freyre á tres ó cuatro puntos que tenia que recorrer, y volvimos juntos al hotel de Italia.

Pedimos al conserje nuestras llaves, pero la mia no estaba en el llavero; en vez de dejarla en él al salir, me la habia llevado en el bolsillo. Al entrar en mi cuarto, exclamó Freyre: «Mal agüero, zobrino: aquí han andado loz menguez en auzencia nueztra: mira:»—y me mostró el espejo hendido trasversalmente de arriba á abajo.—Reíme yo de su supersticiosa observacion, y llamé al camarero; el cual respondió á mis reclamaciones diciendo, que ni él habia podido hacer mi cuarto, ni nadie entrar en él, porque yo no habia dejado la llave en la conserjería.

«¡Mal agüero, zobrino, mal agüero!» Seguia Freyre rezungando entre dientes, y yo, que no creo más que en Dios, le hice observar que al cerrar la puerta de golpe, la vibracion de las vidrieras produjo probablemente el choque y rotura del espejo; y que teniendo los dueños de los hoteles dobles llaves por mandato expreso de la policía, tal vez el no haber yo dejado la mia llamó la atencion, abrieron sin precauciones la puerta y ocasionaron el fracaso.

Freyre tragó como pudo mi explicacion; y teniendo ambos el dia libre, nos fuimos á almorzar á la taberna inglesa de la calle de Richelieu, con la intencion de ir á las dos al hipódromo del Arco de la Estrella.

Almorzamos tranquilamente, y habiendo encontrado Freyre en el fondo de una botella de Chambertin, un raudal de andaluza verbosidad y un tesoro de alegría juvenil, salíamos cruzando el patio como estudiantes que hacen novillos, cuando dimos de manos á boca con un sobrino del banquero A. B., que en el piso principal de aquella casa tenia su escritorio establecido. «Del cielo me caen Vds.—exclamó al vernos—y me ahorran un viaje. Hace dos dias que tenemos una carta de España para el Sr. Zorrilla, y á llevársela iba; por cierto que trae luto y la apostilla de urgente. Aquí está.»

Y presentóme la carta, que me hizo palidecer. Era de mi padre y revelaba en sus cuatro líneas su extraño carácter, y lo más dolorosamente extraño de nuestras relaciones.

Decia:

«Pepe, tu pobre madre ha fallecido hoy á las tres de la madrugada; tú verás si te conviene venir á consolar á tu afligido padre

José.

No puedo decir lo que sentí ni lo que hice en aquel momento.

Aquella noche rompí mis contratos y retiré las palabras dadas á los editores franceses; y á la mañana siguiente, rompiendo con mi porvenir, emprendí mi vuelta á España y al paterno hogar, cuyas puertas me abria la muerte por la tumba del sér más querido de mi corazon.

Dejé á Freyre llorando en la estacion, y repitiendo lo que desde el dia anterior le habia oido rezungar muchas veces por lo bajo: «Sí, dicen bien las gitanas de Triana: que el diablo ez quien inventó loz ezpejoz, y que anda ziempre entre el azogue é zuz criztalez.»

Yo partí viendo á través de mi espejo roto el rostro adorado del cadáver de mi madre, cuyo último suspiro no me habia permitido recoger Dios.


XXIV.

Tenia mi padre gran fuerza de voluntad y absoluto dominio sobre sí mismo; pero no pudo dominar su emocion en el momento de volverme á ver en su casa y por tan doloroso motivo. Nos abrazamos llorando: él fué el primero que se repuso y volvió á la prosáica realidad de la vida.—«Vienes muy cansado:—me dijo—no agravemos el mal que no tiene ya remedio. Come y reposa: la naturaleza es un tirano irresistible: tenemos tánto tiempo como razones para contristarnos; pero en este instante nuestro dolor está endulzado por la alegría, y no podemos ni alegrarnos ni condolernos, sin asustarnos de nuestra alegría como de nuestra pena.»

Y era verdad; los recuerdos alegres de la niñez que poblaban aquella casa, la satisfaccion de volver á respirar en aquellos aposentos, la vista de aquellos muebles tan conocidos, el servicio de aquellos antiguos criados tan leales, y la presencia, en fin, de mi padre, tan firme, tan erguido y tan vigoroso, que iba y venia dando á aquellos las órdenes necesarias, me tenian en un estado de arrobamiento que me impedia darme cuenta de mí mismo; me sentia tan impulsado á llorar como á reir; y la imágen de mi madre muerta se me ocultaba y casi desaparecia tras de mi padre vivo. Acompañóme éste durante un ligero almuerzo que preparado me tenia; me habló del estado en que habia hallado sus viñas, de las mejoras que habia hecho en el cultivo de los viñedos y de las que necesitaba la casa; ni una palabra de mi madre; ni la más leve alusion á mi vida pasada: ni la más mínima esperanza para el porvenir. Yo volvia á casa de mi padre, no á la mia; así lo habia yo entendido, y volvia resuelto á respetar todos los derechos y á acatar todas las disposiciones de mi padre, sin permitirme la más nimia observacion: puesto que al abandonar á mi familia en 1836, habia yo renunciado á todos mis derechos de hijo y de heredero, dando á mi padre el de hacer de su hacienda lo que más á cuenta le viniere, como si Dios le hubiera quitado por muerte natural el hijo que civilmente murió, al fugarse del paterno hogar en brazos de su locura. Tal era mi respeto por mi padre, tales la justicia y las facultades omnímodas con que yo mismo le habia investido; y si le hubiera dado por ser jugador y vicioso, yo me hubiera empeñado y vendido á Satanás por pagar sus deudas ó mantener sus concubinas. Yo no le pedia, al volver á mi casa, más que un poco de cariño y el perdon de aquellos dramas y leyendas mias, por los cuales habia tirado por la ventana las Pandectas y las Novelas de Justiniano.

Y fueron transcurriendo los dias, y fuéme él llevando á ver las bodegas y los plantíos; y mostróme deseos de adquirir unos solares de casas quemadas por los franceses, que lindaban con la nuestra por Mediodía y Poniente, con lo cual se la añadiria un amplio jardin cercado, logrando hacer de ella la mejor y más cómoda de muchas leguas á la redonda; y como me diese á entender que las dos cosas que le hacian desistir de la adquisicion de aquellos solares eran, la primera, que yo no querria venir á vivir allí nunca, y la segunda, que él no estaria ya nunca sobrado de dineros; porque el laboreo de las fincas y algunos atrasos contraidos en sus seis años de emigracion absorberian todas sus rentas, ofrecíle yo la suma de que menester hubiese; asegurándole que mi única ambicion era la de vivir allí con él y hacerle lo más agradable posible aquella mansion, con la cual habia soñado siempre, y la cual me habia siempre imaginado como un oasis de reposo en el desierto de mi vida de trabajo y de abnegacion.

No creí, me dijo, que tal pensaras; pero si es como dices, voy á decirte lo que sé y pienso: ni los dueños de esos solares, ni nosotros, que queremos adquirirlos, sabemos bien, ellos lo que van á vender y nosotros lo que vamos á comprar. Escucha.

Fuí yo uno de los jefes del batallon de estudiantes Palentinos que contra los franceses se levantó á fines de 1808. Una noche, sabiendo que avanzaba una division, nos emboscamos en el puente con aquella audacia inconsciente que nos hizo hacer lo que á pensarlo y comprenderlo no hubiéramos hecho. Al amanecer apareció una descubierta de coraceros, que con aquella confianza petulante que perdió á los franceses de Napoleon en España, entró sin precauciones en el largo y tortuoso puente de veintiseis ojos, que enlaza las dos riberas del rio y el camino real con esta villa. La vanguardia venia aún muy léjos, veiamos apenas el polvo que levantaba. Los coraceros y sus caballos nos sintieron debajo de ellos ántes de haber podido vernos enfrente; y encabritándose los caballos y empujando nosotros por los piés á los ginetes, calzados con grandes é inflexibles botas, los arrojamos al agua desequilibrándoles con el peso de sus cascos y sus corazas. Algunos de los últimos, que volvieron grupas, dieron la alarma á los de la vanguardia; pero cuando llegaron al puente, no hallaron más que algunos muertos y apercibieron en el agua algunos ahogados, cuyos cadáveres arrastraba la corriente. Los estudiantes montados en sus caballos y armados con sus carabinas, entrábamos en el páramo sin temor de que nos siguiesen.

Pero pegaron fuego á Torquemada; y ese terreno elevado que desde el balcon estás viendo, cubre los escombros de cinco casas, cuyos cimientos y primer piso eran de piedra labrada, que nadie ha desenterrado.

Hay además cegados cinco pozos de los cinco corrales á cada casa anejos; y entónces todo castellano que huia al monte, echaba al pozo la poca plata y alhajas que poseia; no habrá ahí riquezas, pero sí plata y piedra para indemnizar el desembolso del comprador.

No podia yo permanecer en Torquemada, y al cabo de un mes volví á Madrid. Acababa de establecerse en la corte la sociedad editorial La Publicidad, de la cual era uno de los directores D. Joaquin Francisco Pacheco, quien ya he dicho que con Donoso Cortés y Pastor Diaz habia sido mi primer amigo y amparador. Propuse la compra de la propiedad de mi Granada; y en dos mil duros por tomo, cerré y firmé el contrato, debiendo presentar mi manuscrito por medios tomos y cobrar mil duros por cada mitad.

Empecé á enviar dinero á mi padre, que con él compró los solares, pero no los tocó; intactos los hallé yo al verano siguiente, cuando invitado por él fuí con mi mujer á hacerle compañía.

Mi padre ofreció á ésta las llaves y el gobierno de la casa; yo me opuse diciéndole que su ama de llaves y sus criados eran de su completa confianza, y que mi mujer y yo no éramos más que unos huéspedes por aquel verano.

Pagóse mi padre y más su servidumbre de aquella confianza nuestra; comencé yo á convertir el corral en jardin, y gozaba mi padre viéndome cavar y trasplantar frutales, y abrir arriates para las flores. No hice yo de aquel corralon de lugar un jardin de Falerina; pero al ménos veíase desde los balcones algo muy diferente del muladar en que convierten sus corrales los labriegos descuidados de nuestra mal cuidada Castilla.

Fuimos y volvimos dos veces de Torquemada á Madrid y de Madrid á Torquemada, y en la corte volví á poner casa por consejo de Tarancon, á quien su cargo de senador volvió á traer á Madrid.

La sociedad de La Publicidad se extendió mucho y no pudo abarcar tánto; llevaba yo presentado tomo y medio de mi poema, y habíanme dado, por órden de Pacheco, hasta setenta y dos mil reales; pero husmeando la liquidacion próxima, y no queriendo que mi manuscrito pasara á manos desconocidas, suspendí la entrega de original, con la intencion de rescatar la propiedad de mi manuscrito, por una transaccion ventajosa, cuando la liquidacion llegara.

Extendia entre tanto sus negocios el editor Gullon; y habiéndome pedido un libro de la Vírgen, consultado el caso con Tarancon, y fiado en sus consejos, ofrecí á Gullon el poema de María en seis meses y en treinta y dos mil reales; pero siendo Madrid el punto del Universo en que más tiempo se pierde y más holgazanes encuentra con quienes malgastarlo el hombre que lo necesita, tomé en el Pardo y en la Casa de Infantes un aposento, que empapelé y amueblé, y retiréme á trabajar en aquella arbolada y jabalinesca soledad. Pasábame allí las semanas enteras: los sábados me enviaban mi mujer y mi primo los caballos, y venia á pasar á Madrid los domingos. Escribíame poco mi padre, porque tenia gota y mal pulso y costábale mucho el llevar la pluma; y escribíale yo tambien muy poco, porque estaba muy cansado de tener entre los dedos contínuamente la mia. Sabia él de mí que trabajaba en un libro de la Vírgen; sabia yo de él que la gota le tenia en descuido de la hacienda que habia en parte arrendado, y en el endiablado humor en que la podagra pone á quien la padece; y sabia de ambos el bueno de Tarancon, porque de ambos se ocupaba y á mi padre escribia, miéntras yo algunas veces le visitaba; y así corrió el invierno de 48, preguntando yo á mi padre si necesitaba de mí, y contestándome él que no valia su mal la pena de que yo interrumpiera mi trabajo.

Conservaba yo roto, y así de él me servia, aquel malhadado espejo de mi necessaire que se me rompió en París, y cuya rotura dió tánto á Freyre que rezungar; pero habiéndose desprendido uno de los dos trozos de su cristal por un costado, adherido sólo al carton en que encuadrado estaba por su parte superior, hacíase ya tan engorroso como arriesgado el servicio del tal espejo; y como conservábale yo roto por mero recuerdo del mal dia en que se rompió y no por supersticioso empeño, que Dios, en quien solamente á puño cerrado creo, me ha librado de creer en agüeros ni supersticiones de ninguna especie, determiné al fin renovar el espejo, ya que el necessaire era en verdad prenda que merecia tenerse completa. Vivia yo en las casas de Santa Catalina de la calle del Prado, y hallábase establecida una fábrica de espejos en donde hoy lo está el Casino Cervantes; llevó mi mujer misma el carton en que el roto estaba encuadrado, y en él la pusieron otro espejo de la exacta medida, prometiéndosele para el lunes: pero no se lo llevaron hasta el martes. El azogado cristal nuevo encajaba perfectamente en el hueco para él hecho en el fondo de la tapa del necessaire; coloquéle en su lugar, púsele encima la almohadilla que le garantizaba contra choques y movimientos, y cerrado el necessaire, forcé la tapa para hacer girar la llave: pero al forzarla, sentí crugir algo dentro; el espejo se habia vuelto á romper; yo habia dejado por debajo del cristal uno de los pasadores que por arriba le sujetaban.

Resignéme á tenerlo roto y me volví á mi escondite del Pardo, y volví á emprenderla con el libro de la Vírgen. Era un martes. Mi familia no iba nunca á verme al Pardo; yo la pedia ó ella me enviaba los caballos ó un carruaje, pero nunca en dia de entre semana, sinó en sábado ó en domingo. El jueves habia yo concluido un capítulo; hacia un tiempo delicioso y salí á hacer ejercicio ántes de comer, en compañía de un guarda que en tales casos me servia de cicerone. A mi vuelta hallé un coche en el patio de la casa y á mi mujer esperándome en mi aposento. Volvia yo contento de mi paseo, porque lo estaba de mi trabajo, y alegremente abracé á mi mujer y á la persona de su familia que la acompañaba.

La mesa estaba puesta: sentíame con apetito, y comencé tranquilamente á dar cuenta solo de mi pitanza, de que los recien venidos rehusaron participar, y pasé distraido las primeras cucharadas de la caliente sopa: pero al notar de repente el silencio tan sombrío como desusado de mi familia, asaltóme un siniestro presentimiento, y exclamé inquieto:

«¡Dios mio! ¿Qué sucede, que venís tan tristes y tan pronto?

—Nada, pero es preciso que vengas con nosotros.

—¿Por qué?

—Porque... ha llegado una carta de Torquemada...—y al decir esto, mi buena mujer rompió á llorar sin poderse contener.

No recuerdo si el del espejo roto fué lo que excitó en mi mente la tremenda idea: «¡Ha muerto mi padre!»—exclamé angustiado.

—No, todavía no—se arriesgó á decir mi mujer; pero como esto, por vulgar que sea, es lo primero que suele ocurrir á todo el mundo decir en casos semejantes... no me quedó ya duda de mi desventura, y otra idea más tremenda envolvió mi espíritu en las tinieblas de otra duda que sumia mi alma en la más impía desesperacion.

«¡Mis padres mueren, me dije á mí mismo, sin llamarme en su última hora! ¡Dios me deja sobre la tierra sin el último abrazo y sin la bendicion de mis padres!... ¿Qué le he hecho yo á Dios? ¿Están malditos mis pobres versos?»

Recogí los que llevaba escritos de la Vírgen y me volví á Madrid y á casa de Tarancon, á quien ya no hallé: hacia dos dias que habia salido para su diócesis.