II
Á SANTOS VEGA
PAYADOR ARGENTINO
Cantando me han de enterrar
Cantando me he de ir al cielo.
Santos Vega.
Santos Vega, tus cantares
No te dieron fama y gloria,
Mas viven en la memoria
De la turba popular;
Y sin tinta ni papel
Que los salve del olvido
De padre á hijo han venido
Por la tradicion oral.
Bardo inculto de la pampa,
Como el pájaro canoro
Tu canto rudo y sonoro
Diste á la brisa fugaz;
Y tus cantos se repiten
En el bosque y en el llano,
Por el gaucho Americano,
Por el indio montaráz.
¿Qué te importa si en el mundo
Tu fama no se pregona?
Tú ya tienes la corona
Del poeta popular.
Y es mas bello, que en el bronce,
En el mármol ó granito,
Haber sus obras escrito
En la memoria tenaz.
¡Qué te importa! si has vivido
Cantando cual la cigarra,
Al son de humilde guitarra
Bajo el ombú colosal!
Si tus ojos se han nublado
Entre mil aclamaciones,
Si tus cielos y canciones
En el pueblo vivirán!
Cantando de pago en pago,
Y venciendo payadores,
Entre todos los cantores
Fuiste aclamado el mejor;
Pero al fin caiste vencido
En un duelo de armonías,
Despues de payar dos dias;
Y moriste de dolor.[3]
Como el antiguo guerrero
Caído sobre su escudo,
Sobre tu instrumento mudo
Entregaste tu alma á Dios;
Y es fama, que al mismo tiempo
Que tu vida se apagaba,
La bordona reventaba
Produciendo triste son.
No te hicieron tus paisanos
Un entierro magestuoso,
Ni sepulcro esplendoroso
Tu cadáver recibió;
Pero un Pago te condujo
A la tumba silenciosa,
Y lloraron en tu fosa
Niños y hombres con dolor.
Y los gauchos al volverse
A llorar entre sus ranchos,
Espantaron los caranchos
Que llegaban á escarbar:
Y se apearon del caballo,
Y con ademan contrito,
Rezó cada uno el bendito
Y volvieron á montar.
De noche bajo de un árbol
Dicen que brilla una bela,
Y es tu ánima que vela,
Santos Vega el Payador!
¡Ah! levanta de la tumba!
Muestra tu tostada frente,
Canta un cielo derrepente[4]
O una décima de amor!
Cuando á lo lejos divisan
Tu sepulcro triste y frio,
Oyen del vecino rio
Tu guitarra suspirar;
Y creen escuchar tu voz
En las verdes espadañas,
Que se mecen cual las cañas
Al soplo del vendabal.
Y hasta creen que las aves
Dicen al tomar su vuelo:
«Cantando me he de ir al cielo;
«Cantando me han de enterrar!»
Y te ven junto al fogon,
Sin que nada te arrebate,
Saboreando amargo mate
Veinte y cuatro horas payar.
Tu alma puebla los desiertos,
Y del Sud en la campaña
Al lado de una cabaña
Se eleva fúnebre cruz;
Esa cruz, bajo de un tala
Solitario, abandonado,
Es un símbolo adorado
En los campos del Tuyú.
Allí duerme Santos Vega:
De las hojas al arrullo
Imitar quiere el murmullo
De una fúnebre cancion.
No hay pendiente de sus gajos
Enlutada y mústia lira,
Donde la brisa suspira
Como un acento de amor.
Pero las ramas del tala
Son mil arpas sin modelo,
Que formó Dios en el cielo
Y arrojó á la soledad;
Si el pampero brama airado
Y estremece al firmamento,
Forma místico concento
El árbol y el vendaval.
Esa música espontánea
Que produce la natura,
Cual tus cantos, sin cultura,
Y ruda como tu voz,
Tal vez en noche callada,
De blanco cráneo en los huecos,
Produce los tristes ecos
Que oye el pueblo con pavor.
¡Duerme! duerme Santos Vega,
Que mientras en el desierto
Se oiga ese vago concierto,
Tu nombre será inmortal;
Y lo ha de escuchar el gaucho
Tendido en su duro lecho,
Mientras en pajizo techo
Cante el gallo matinal.
Duerme mientras se despierte
Del alba con el lucero
El vigilante tropero
Que repita tu cantar,
Y que de bosque en laguna,
En el repunte ó la hierra,
Se alce por toda esta tierra
Como un coro popular.
Y mientras el gaucho errante
Al cruzar por la pradera,
Se detenga en su carrera
Y baje del alazan;
Y ponga el poncho en el suelo
A guisa de pobre alfombra,
Y rece bajo esa sombra,
¡Santos Vega, duerme en paz!
III
EL PATO
CUADRO DE COSTUMBRES
Clara, bella y perfumada,
Era una tarde serena,
De esas tardes en que el cielo
Todas sus galas ostenta,
En que la brisa y la flor
Nos hablan con voz secreta,
En que las bellas suspiran,
En que medita el poeta,
En que el infame se esconde,
Y en que el pueblo se recrea.
Y matizando la alfombra
De una estendida pradera
Se vé una alegre cuadrilla
Con sus vestidos de fiesta,
Porque cien gauchos reunidos
Las pascuas de Dios celebran.
En las ancas del caballo
Cada cual lleva su bella,
El que ufano con su carga
Bate el suelo con sobérbia,
Mientras que el viento levanta
La nevada pañoleta,
Que acaricia las mejillas
Del ginete á quien estrecha
Tal vez por no resbalar...
Quizá de puro coqueta.
No llevan collares de oro,
Ni carabanas de perlas,
Ni relucientes sombreros,
Ni corbatines de seda:
Humildes son los vestidos
Que las mujeres ostentan;
Y bajo pieles curtidas
Y de ponchos de bayeta
Aquel rústico gauchage
Alma independiente alberga.
Como el tosco ñandubay
Bajo su áspera corteza
Roba á la vista del hombre
Del corazon la belleza.
II
Encima de una loma
Se ven á las muchachas
Haciendo con donaire
Pañuelos agitar;
Y en tanto en la llanura
En círculo formados,
Se ven de los ginetes
Los ponchos ondear.
Sus ojos resplandecen
Radiantes de alegria,
Que templa con sus sombras,
Del rostro la altivez,
Con juegos herculáneos
Festejaran el dia,
Que el pueblo hasta jugando
Respira robustez.
Diríanse campeones
Que esperan la pelea
Que anuncie con estruendo
Las lenguas del clarin:
La inercia los consume
Mas si el cañon humea
Con varonil corage
Buscan glorioso fin.
Tal vez unas carreras
Esperan á porfia
Para cubrir de palmas
Al potro mas veloz...
Mas no, todos desean
Robustecer el alma,
Por eso ¡El Pato! El Pato!
Repiten á una voz.
¡El Pato! juego fuerte
Del hombre de la pampa,
Que marca las costumbres
De un pueblo varonil.
Para crispar los nervios,
Para tender los músculos,
Como el convulso jóven,
En el dolor febril.
Las fiestas populares
De un pueblo de valientes
Semejan á las rudas
Caricias del leon,
Porque el pampero raudo
Batiendo en esas frentes
Parece que inocula
Vigor al corazon.
Ya todos se aprestaban
A comenzar la pugna,
Asiendo de las garras
Con fuerza de titan:
Los piés en los estribos
Apoyan con pujanza,
Y esperan afanosos
Del gefe la señal.
Las madres, las esposas
Contemplan aquel grupo
Pendientes del latido
Del brazo muscular;
Mas derrepente vése
Que las manijas sueltan,
Y se oye entre el corrillo
Sordo rumor vagar.
¿Quién desarmó la fuerza
De los cincuenta brazos,
Que un pino gigantesco
Podrían sacudir?
Dos hombres que se acercan
Al medio de la liza,
Y muestran ser campeones
Que quieren combatir.
III
El uno es Diego Zamora
Apellidado el «valiente»,
Cuya daga vencedora
A sus contrarios devora
Y es el terror de la gente.
Su mirada es decidida
Y negra su cabellera;
Y una sonrisa atrevida
Del labio está suspendida
Revelando una alma fiera.
Lleva un facon en la falda,
Lleva un poncho balandran
Terciado por media espalda,
Y del campo la esmeralda
Huella en un potro alazan.
El otro es Pedro de Obando,
Compañero de fatigas
De Zamora, y peleando
Anda con él desafiando
Las partidas enemigas.
Estriba con bizarría,
Y la espuela nazarena
Suspira en dulce armonía,
Como grillos que á porfía
Lloran del preso la pena.
Guapos el Pago los llama,
Y el alcalde salteadores,
Pero pública la fama
Que no la avaricia inflama
Su pecho en vivos ardores.
Ligados por nudo fuerte
Los dos siguen un camino:
Hermanos de vida y muerte
Aceptan la misma suerte
Bajo el yugo del destino.
IV
Adelantóse Zamora
Y sugetando la rienda
Pidió parte en la contienda
Con altanera atencion.
Todos á una voz gritaron
«Que entre Zamora y Obando».
Y entonces el pato tomando
Zamora con él salió.
Picaron todos de espuelas
Galopando á rienda suelta
Queriendo tomar la vuelta
Del ginete vencedor;
Mas en vano corren, vuelan,
Gritan, pegan, forcejean,
Y resudan, y espolean,
Y le siguen con furor.
Hasta que al fin un ginete
Lo alcanza, y con mano fija
Asiendo de la manija
Hizo el caballo cejar,
Pero Zamora con furia
Lo lleva de una pechada,
Dejando en tierra estampada
De su triunfo la señal.
Pero tres nuevos atlétas
Dispútanle su presea,
Y él en tremenda pelea
La disputa á todos tres.
Forcejean, y tendidos
Furiosos luchan en vano
Por quebrantar una mano
Que hierro parece ser.
Crugen, se estiran los miembros,
Se hinchan de sangre las venas,
Y enronquecidos apenas
Pueden el aire lanzar;
Mas él firme en sus estribos
Como animado centauro,
Disputa á todos el lauro
En combate desigual.
Llegan tres mas, y Zamora
Con la presteza del rayo,
Dando riendas al caballo
Las manijas les quitó:
Dos de ellos fueron al suelo
En pos del tremendo empuje,
Y el que queda firme ruje
De vergüenza y de furor.
V
Y corriendo
Desbandados,
Y empapados
En sudor,
A Zamora
Todos siguen,
Y persiguen
Con furor.
Ya lo alcanzan
O despuntan,
Ya se juntan
En redor,
Cual las hojas
De una planta
Que levanta
El ventarron.
Cual relámpago
Flamígero,
El alígero
Alazan,
Los zanjones
Que encontraba
Los salvaba
Sin parar.
Y por último
Rendidos
Alaridos
Dan de paz,
Y las gorras
Que se quitan
Las agitan
En señal.
VI
Zamora entonces levantando en alto
El pato, cual si fuese una bandera,
Detiene del caballo la carrera
Y le hace el freno con furor tascar,
Y así parado en medio de la pampa
Con su ademan á todos desafia;
Mas viendo que ninguno se movia
Dirige á todos la señal de paz.
Torció las riendas del sobérbio bruto
Y á trote largo adelantóse al rato
Llevando al lado el disputado pato
Que á gruesas gotas de sudor ganó;
Y al acercarse ante el vencido corro
Se desciñó del rostro su barbijo,
Y estas palabras atrevidas dijo
Que la turba entre aplausos recibió.
«Si hay quien dispute que gané la palma
«Átese al punto á la cintura un lazo,
«Que yo tan solo con mi izquierdo brazo
«Ginete, y pingo, y pato arrastraré.»
Nadie admitió su formidable reto:
Tan solo Obando en ademan airado
Sacó del anca un lazo que arrollado
Una serpiente parecia ser.
Por la presilla lo fijó en su cuerpo
Y por la argolla se lo dió á su amigo
Quien se admiraba hallar un enemigo
En el hermano que le diera Dios;
Pero impulsado por feroz orgullo
Asió del lazo en la siniestra mano,
Y á gran galope atravesando el llano
Tirante el lazo entre los dos quedó.
Cual hosco toro que en lazada envuelto
Se niega altivo á obedecer la fuerza,
Y rebramando con furor se esfuerza,
Y aspa y pezuña quiere allí clavar,
Tal Pedro Obando con poder resiste
Al férreo brazo de que está pendiente,
Mientras el lazo entre los dos, crugiente,
Se vé como una lámpara oscilar.
Silencio horrible por do quiera reina:
Enmudeció el frenético alarido,
Y solo se oye el fúnebre crujido
Del lazo palpitante entre los dos;
Mas derrepente resonó un gemido
Dos espirales al formar el lazo,
Y cada cual llevando su pedazo
Envuelto en él al polvo descendió[5].
IV
EL CABALLO DEL GAUCHO
Mi caballo era mi vida,
Mi bien, mi único tesoro.
Juan M. Gutierrez.
Mi caballo era ligero
Como la luz del lucero
Que corre al amanecer;
Cuando al galope partia
Al instante se veia
En los espacios perder.
Sus ojos eran estrellas,
Sus patas unas centellas,
Que daban chispas y luz:
Cuanto su ojo divisaba
En su carrera alcanzaba,
Fuese tigre ó avestruz.
Cuando tendia mi brazo
Para revolear el lazo
Sobre algun toro feroz,
Si el toro nos embestia,
Al fiero animal tendia
De una pechada veloz.
En la guardia de frontera
Paraba oreja agorera
Del indio al sordo tropel,
Y con relincho sonoro
Daba el alerta mi moro
Como centinela fiel.
En medio de la pelea,
Donde el coraje campea,
Se lanzaba con ardor;
Y su estridente bufido
Cual del clarin el sonido
Daba al ginete valor.
A mi lado ha envejecido,
Y hoy está cual yo rendido
Por la fatiga y la edad;
Pero es mi sombra en verano,
Y mi brújula en el llano,
Mi amigo en la soledad.
Ya no vamos de carrera
Por la estendida pradera,
Pues somos viejos los dos.
¡Oh mi moro! quiera el cielo
Caigamos juntos al suelo
Al decir al mundo A dios!
V
LA REVOLUCION DEL SUD
I
Á BUENOS AIRES
«El cuello atado á la servil cadena
«Del tirano postrándose á los piés,
«Buenos Aires esclava y miserable
«Ya no es el pueblo de ochocientos diez.»
Oh Patria! así decian, y entre tanto
Tú oias esas voces con desden,
Esperando mostrar con grandes hechos
Que eras el pueblo de ochocientos diez.
La vista al suelo con dolor bajabas,
Pero en tu corazon habia fé,
Y ardiente por tus venas aun corria
La sangre pura de ochocientos diez.
Y derrepente, cual gigante inmenso
A quien dormido ataran al cordel,
Despertaste rompiendo tus cadenas
Como en el dia de ochocientos diez.
Quien alza el grito? preguntó el tirano,
Y trueno sordo retumbó á sus piés,
Y la corneta contestó en la Pampa:
«Yo soy el pueblo de ochocientos diez!»
Fuiste vencida, cara patria mia,
Tus legiones sufrieron un revés,
Pero nadie dirá que no caiste
Como los héroes de ochocientos diez.
No lo dirán... ¡cobardes!.. las espaldas
Muestre lanceadas argentino infiel;
Nobles heridas muestren en el pecho
Los descendientes de ochocientos diez.
En sus lanzas filosas levantaron
Los sicarios del déspota cruel,
Del inmortal Castelli la cabeza,
Del hijo noble de ochocientos diez.
De la sangre del mártir de la Patria
De cada gota un héroe ha de nacer,
Sangre fecunda, como fué fecunda
La de los muertos de ochocientos diez.
Tus nobles hijos al mirar su busto
Del polvo alzaron la humillada sien,
Y levantaron con robustos hombros
El ara santa de ochocientos diez.
«Venganza al pueblo!» prorrumpieron todos
«Palmas al mártir que murió con fé!
«Gloria al que caiga en medio del combate!
«Gloria á los hijos de ochocientos diez!»
Se vió agitar del mártir la cabeza,
Y su ojo frio se volvió á encender,
Y desatado el labio á la palabra,
Clamó: «Sois hijos de ochocientos diez!»
VI
EL ALZAMIENTO
———
En la llanura de la inmensa Pampa,
Do de América el génio, firme estampa
Su huella colosal;
Do el Pampero con alas de gigante
La nube azota y la ola que espumante
Alza la tempestad.
Levanta erguida el gaucho su cabeza,
Cual soberbio pendon que el viento besa
Desplegado á la luz,
Cuya negra melena al aire flota,
En la tostada frente á la que azota
El ábrego del sud.
El gaucho! noble tipo Americano,
Que desdeña doblar ante un tirano
Su indómita cerviz,
Que despreciando halagos femeniles
Conserva los alientos juveniles
De una raza viril.
Entregado en su estancia al pastoreo
No escucha el importuno clamoreo
Que eleva la ciudad,
Sino cuando la patria acongojada
Le demanda el apoyo de su espada
Para su ley guardar.
Así, cuando la horrenda tiranía
De Rosas se afirmó, en su agonía
La Patria le llamó:
Y al escuchar su voz, se alzó cual rayo
Del lado del hogar, montó á caballo
Y la lanza empuñó.
«A las armas, valientes! Al combate!
«A quien cobarde el corazon no late
«Al toque de reunion!
«A sus puestos, guerreros Argentinos!
«Venid cantando vuestros patrios himnos
«Al trueno del cañon!»
Así dijo Castelli, y mil valientes
Al toque del clarin, vuelan ardientes
La patria á libertar:
No es Castelli caudillo de alta hazaña:
Hombre del pueblo, vive en la cabaña
De la mansion rural;
Pero la hermosa causa que proclama
Millares de hombres á su lado llama,
Que no saben quien es.
Vuelan á las banderas de la gloria,
Y en su frente presagios de victoria
Creeríanse leer.
Castelli los convoca á la pelea
Al pié del pabellon que al aire ondea,
Y que en Mayo nació;
Y en su serena faz resplandecia
El entusiasmo santo en que él ardia
Cuando «Igualdad!» gritó.
De guerreros cubierta la llanura,
Y la bandera azul cual siempre pura
Se miró relucir;
Y á la sombra del símbolo divino
Pronunció juramento el argentino
De ser libre ó morir.
Castelli desnudó su fuerte espada,
Y á los cielos la vista levantada
Sereno meditó:
Cruzó su frente signo misterioso,
Y á los libertadores dijo ansioso
Con alta inspiracion:—
«Compatriotas! se acerca el fausto dia,
«De ventura, de paz y de alegria,
«De vivir ó morir:
«Despues que revolquemos en la tierra
«Al tirano feroz, no habrá mas guerra
«Y se podrá vivir.
«Soldados! un antiguo veterano
«Que esta bandera sustentó en su mano,
«Os convoca á la lid.
«Insensibles sereis á su llamado,
«Y al gemido doliente y prolongado
«De la Patria infeliz?
«Como serlo! Ya el bravo miliciano
«Monta á caballo, y con el sable en mano
«Se apresta á combatir!
«Ya el pueblo entero se alza como un hombre,
«Invocando de Patria el santo nombre
«Con éco varonil!
«A las armas valientes argentinos,
«Venid á decidir vuestros destinos
«Con grande corazon.
«Paisanos á las armas! derroquemos
«Al infame tirano á quien debemos
«Llanto y desolacion.
«De lo alto del pirámide sagrado
«Libertad! por tres veces ha clamado
«El arcángel de Dios.
«En su cumbre despues de esta cruzada
«La bandera argentina laureada
«Pondremos con honor!»[6]
Viva la Patria! Viva!
Guerra al tirano! guerra!
Por todo el llano y sierra
Se siente retumbar.
Tres mil libertadores
Por la cruz de su espada
A la Patria adorada
Juraron libertar.
Castelli, Rico y Olmos
Al frente de sus bravos
A los torpes esclavos
Prometen humillar.
Y en alto los aceros
Al combate! gritaron,
Y al combate volaron
Al son de himno triunfal.
En su entusiasmo de héroes,
En sus nobles facciones,
Conoceis los campeones
De Salta y de Maipú?
Son ellos, que atrevidos
Con grande fé en el alma
Adornarán con palma
El estandarte azul;
Ó morirán como héroes
Legando un alto ejemplo,
Que brillará en el templo
De la inmortalidad.
Honor para la Patria
Si rompen sus cadenas!
Honor si de sus venas
La sangre solo dan!
VII
CHASCOMUS
———
Mirad la extensa laguna
De Chascomús: magestuosa
Sobre la pampa reposa
Bajo esa bóveda azul.
Allí fué que en otros tiempos
Sobre el indio fugitivo,
Llegó el español altivo
Y alzó la gigante cruz.
Quién atronando su orilla
Con acento furibundo,
Turba el silencio profundo
Que reina en la soledad?
Por una parte, un gran pueblo
Que sus derechos reclama;
Por otra, turba que infama
Á Dios y la humanidad.
Hoy la víctima y verdugo
Se han mirado frente á frente,
Y van en batalla ardiente
A deslindar la cuestion.
¡Oh señor, tú que los orbes
Sustentas entre tus manos,
Dispénsale á mis hermanos
Tu divina proteccion!
Toca el clarin á la carga
Y cargando á los esclavos
Se arroja el pueblo de bravos
Con alientos de titan.
Viva la Patria! Victoria!
Muera el tirano! clamando,
Van las legiones segando
Á sable, lanza y puñal.
Mas ¡ay! sus nobles cabezas
Se doblan ensangrentadas,
Y se miran pisoteadas
Por la meznada feroz.
¡Será, gran Dios, que tu diestra
Mi patria infeliz azota,
Y que su bandera rota
Sea alfombra al opresor!
Mas no, del fuerte Castelli
En medio de la pelea
El azul penacho ondea
De los sicarios terror.
Recorriendo va á galope
Las legiones desbandadas
Gritando: «Tenéis espadas;
«Venid, morid con honor.»
Sereno á su lado marcha
Crammer, valiente soldado,
Hijo de un pueblo esforzado,
Y de grande corazon.
Los cobardes no se ponen
Al alcance de la lanza,
Porque siembra la matanza
Como el rayo destructor.
Tambien cayó su cabeza,
Mas al descender marchita
Tembló la turba precita,
Y despavorida huyó:
Los esclavos van cobardes
Cruzando por los desiertos,
Y los libres quedan muertos
Sobre el campo del honor.
Gloria y honor y laureles
Al que muere batallando,
Y que sus ojos cerrando
Aun exclama: Libertad!
Gloria eterna á los que alzaron
La bandera de esperanza,
Y elevaron en su lanza
Los dogmas de la Igualdad.
Nada importa una derrota:
No hay que plegar su bandera!
El tigre del Plata muera!
O ser libres ó morir!
Argentinos, á caballo,
Y mil veces mas, vencidos,
Otras mil veces reunidos,
Volvamos á combatir.
VIII
CASTELLI
———
Por los llanos inmensos de la pampa
Vaga Castelli triste y silencioso,
Y en su semblante pálido y ansioso
Está grabado el sello del dolor:
Fiel adalid de un pueblo generoso
Cayó con él en medio del combate,
Mas la derrota que al cobarde abate
No ha destemplado el varonil valor.
Lleva la mano al puño de su espada,
Y en la patria cautiva, piensa el bravo:
No vé sino al tirano y al esclavo,
Al verdugo y la víctima infeliz.
A espectáculo tal, cae de rodillas
Con la vista clavada al firmamento,
Y prorumpiendo en dolorido acento:
«Oh Patria mia, mísera de tí!»
Oyese entonces en el vecino bosque
El fuego de las armas estridente,
Y apretando la espada fuertemente
Con ademan resuelto se erguió;
Y vió venir á él, husmeando sangre,
Los feroces lebreles del tirano,
Como á la hambrienta jauría que en el llano
A su víctima acosa con furor.
«Muere salvaje!» rugen los bandidos,
Y él les contesta:—«Moriré peleando;
«Si no triunfé en el campo batallando,
«Con mi muerte, de todos triunfaré.»
Y á Dios encomendando su alma fuerte
Traba con todos vigorosa lucha,
Y circundando, con tezon relucha,
Repitiendo:—«Peleando moriré.»
Al suelo cayó al fin apuñaleado,
Como gigante mole desprendida,
Grande como en su vida en su caida
Murió abrazando el Argentino altar,
Y los cobardes tigres carniceros
Cortaron su cabeza noble y santa,
Y profanaron con inmunda planta
El cadáver del héroe popular.
Y su busto sangriento y palpitante
Pusieron por escarnio en la picota;
Y su sangre que cae gota por gota
Marcando está las horas del dolor.
El pueblo le contempla con asombro
Y de su labio cárdeno y helado
Parece que esperase atribulado
El grito de Esperanza y Redencion.
Clavada está en un palo su cabeza
Cual pendon que concita á la venganza,
Como faro que alienta la esperanza
Para un tiempo de paz y libertad;
Que si hoy como trofeo al despotismo
Se mira torpemente escarnecida,
Un dia llegará en que bendecida
La circunde aureola celestial.
Héroe del Sud, tus pálidas cenizas
Por la pampa se encuentran dispersadas,
Pero de todo un pueblo veneradas
Tienen sepulcro en cada corazon;
En la inmortal memoria de tu pueblo
Que nunca el heroismo ha renegado,
Tu nombre como en bronce está grabado,
Tiene tu noble espíritu mansion.
IX
LOS EMIGRADOS
———
Los rotos escuadrones
Salvados del cuchillo,
Buscando otro caudillo
Volviéronse á reunir;
Y en el Tuyú cercados,
Con varonil fiereza
Juraron con firmeza
Libertad ó morir.
El vencedor sobérbio
Cubierto de humor rojo
En su brutal enojo
Esto llegó á decir:
«Rendireis vuestras armas
«Y sereis mis esclavos.»
Y responden los bravos:
Libertad ó morir!
Olmos y Rico dicen
A todos sus guerreros:
«Valientes compañeros,
«Ya vamos á partir;
«El fuego de la Patria
«En el alma llevemos
«Y por ella juremos
«Libertad ó morir.
«Para salvar las armas
«Dejamos este suelo;
«Buscando con anhelo
«Campo en que combatir:
«Y sea nuestro grito
«Al dejar esta playa,
«Y al entrar en batalla
«Libertad ó morir.»
«Busquemos otro campo!»
Mil voces contestaron.....
¿Pensais que derramaron
Un llanto femenil?
En mísero abandono
Sus hogares dejaban,
Y tan solo esclamaban:
«Libertad ó morir!»
Antes que como infames
Doblegar la cabeza,
Supieron con firmeza
Sus cabezas erguir.
Y dejaron la Patria
Y á las naves subieron,
Y otra vez repitieron:
Libertad ó morir.
«Adios, Patria, decian
«Llenos de fé ardiente,
«Pronto el tambor batiente
«Nos llamará á la lid;
«Que si tus caras playas
«Hemos abandonado,
«Es porque hemos jurado
«Libertad ó morir.»
X
EPILOGO
———
Por las llanuras del Sud
Yacen do quier esparcidas
Las semillas bendecidas
Del árbol de libertad.
Con la sangre del martirio
Ha sido ese árbol regado:
Si sus ramas han cortado
El tronco intacto quedó.
Cuando en los campos del Sud
Clave su pendon la gloria,
Y el arcángel de victoria
Bata su palma inmortal,
Con potente lozanía
Brotarán esos raigones,
Y gigantes dimensiones
El árbol adquirirá.