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Riverita

Chapter 14: XII
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About This Book

A domestic narrative follows a family as relatives manage the aftermath of a mother’s death and a father’s remarriage, focusing on a young boy’s adjustment and the reorganization of the household. Through episodic scenes and social gatherings, the story examines manners, family prestige, and the pressure to restore public respectability by installing a new maternal presence to supervise etiquette and order. Intimate moments contrast with ceremonial displays, revealing expectations about upbringing and decorum while showing how modest domestic changes reverberate through relationships and the surrounding social circle.

—Oyes, Miguel, ¿tienes noticia de tu familia?—le dijo con amable entonación, pero rápidamente, como si le llamasen en otra parte y tuviese muy poco tiempo que perder.

—No señor; hace una porción de días que no tengo carta de papá; hoy le he escrito otra vez...

—Pues sé que está un poco enfermo.

A Miguel le dio un brinco el corazón.

—¿Ha habido carta?

—Sí, ha habido carta.

—¿Y cómo no me han escrito a mí?

—No lo sé; lo que hay de cierto es que tu padre no está bueno, que es un hombre, aunque no viejo, muy gastado por los achaques, y que debéis estar prevenidos para cualquier suceso desagradable.

Nuestro estudiante se sintió profundamente conmovido; guardó silencio un instante y no queriendo preguntar más porque adivinaba vagamente que algo terrible le querían comunicar, dijo únicamente:

—Bien, mañana por la mañana tomaré el tren mixto.

—Es inútil—repuso Valle, después de vacilar un poco.—Puesto que has de saberlo, más vale que sea cuanto antes... Tu padre ya ha fallecido... Vaya, resignación... y queda con Dios. Te ha mejorado en tercio y quinto. Adiós.

De este modo dulce y consolador recibió Miguel la noticia de la muerte de su padre. Quedose algunos minutos clavado en el suelo lleno de estupor, y por último, haciendo un esfuerzo, se dirigió con paso vacilante a un departamento solitario y se dejó caer en un diván; metió la cabeza entre las manos y sollozó largo rato, sin que nadie viniese a acompañarle: solo el conserje, al dar una vuelta de inspección por la sala, hallándole de aquella suerte, le preguntó con solicitud:

—¿Qué es eso, D. Miguel? ¿llora V.?

Cuando supo la causa se sentó a su lado y le prodigó los consuelos que pudo. En el pasillo se discutía con gritos horrísonos la cuestión del Syllabus.

IX

Pasados algunos días supo que, en efecto, su padre le había mejorado en tercio y quinto, lo que constituía a su favor, teniendo presente que en los últimos años el capital del brigadier se había mermado, una renta de siete mil duros; supo también que su madrastra, en el frenesí de la cólera intentaba ponerle pleito. Entonces se explicó perfectamente aquella sonrisa triunfal del brigadier cuando al abrazarle en el colegio de la Merced le decía: «¡Ya sabrás lo que te quiere tu padre... ya lo sabrás!» El pleito, como era lógico, no pudo prosperar; la soberbia madrastra se vio precisada a desistir, aunque guardando odio profundo, no sólo a Miguel, sino a la memoria de su marido; éste se había vengado cumplidamente de trece años de suplicio.

El curador que en el testamento le dejaba era su tío Bernardo, elección que le mortificó un poco, porque jamás había logrado simpatizar con él. El temperamento inquieto y el espíritu sarcástico del sobrino se compadecían muy mal con la gravedad y el sosiego y el perfecto equilibrio intelectual y moral del tío. D. Bernardo le trataba con afectado desdén, no concediendo importancia alguna a sus triunfos universitarios; parecía decirle con el gesto, ya que no con la palabra: «Apesar de esas notas y esos estudios filosóficos, nunca serás un hombre respetable.» Sin embargo, en este desdén mezclábase un poquito de miedo, el miedo que profesan generalmente los hombres sin ingenio a los que lo tienen: estaba siempre en guardia, temiendo que Miguel le hiriese con alguna de sus salidas habituales, y para evitarlo se mostraba con él más serio y más reservado que con los demás.

Por otra parte, se habían pasado ya bastantes días desde el fallecimiento del brigadier, y el tío Bernardo sólo había ido a hacerle una visita, y en ella no le habló de intereses, ni se dio por entendido del cargo que la voluntad del finado le imponía. Miguel sospechó que no tenía ganas de ser su tutor: lejos de disgustarle esta sospecha, le causó verdadera alegría y se propuso verificarla pronto, y aun poner todos los medios por convertirla en realidad. Una mañana salió de su casa en dirección a la de su tío, dispuesto a tener con él una conferencia y resolver de una vez el problema de la gestión de sus intereses. D. Bernardo seguía viviendo en la casa de la calle del Prado, de su propiedad. El criado, en vez de dejarle pasar buenamente, por tratarse de un pariente tan cercano de los señores, le introdujo, como siempre, ceremoniosamente en el salón, y le mandó esperar.—«Empieza la comedia»—dijo Miguel para sí sonriendo. Y sin hacer caso del ruego del lacayo, luego que éste se fue, salió del salón, y subiendo la escalera interior, se fue derecho al cuarto de su primo Enrique. Era la única persona con quien simpatizaba en la casa, si se exceptúa también su tía Martina, a quien siempre había profesado sincero cariño. Enrique se había preparado para tres o cuatro carreras especiales, y en ninguna había logrado ingresar. Por último, y para tener siquiera alguna, se decidió a entrar en la Academia de Infantería: a la hora presente era alférez de este cuerpo, de reemplazo, sin vestir jamás el uniforme, que le parecía ridículo, viviendo en la corte como un señorito rico, gozando de todos los placeres y singularmente de los toros, que era su afición predilecta, casi una manía. Los papás habían pasado muchos disgustos por su causa: era la única nota que desafinaba en el concierto casero. Cada vez que le traían a D. Bernardo la noticia de una nueva calaverada, de un nuevo suspenso, se ponía a las puertas de la muerte, dejaba de comer, de hablar, de fumar, y se pasaba dos o tres días dando paseos por el corredor y lanzando de vez en cuando unos ayes sofocados, que traspasaban el corazón de su fiel esposa doña Martina.—«Distráete, hombre; no pienses más en ello: vas a enfermar, y primero eres tú que él... Además, no todos los chicos han de ser modelos como Carlitos y Vicente...» D. Bernardo no hacía caso de estas justas observaciones, y sólo salía de su voluntario ostracismo cuando algún grave que hacer venía dichosamente a embargar su atención. Por lo demás, Enrique continuaba siendo el favorito de su madre, la cual, aunque no lo confesaba ni a ella misma siquiera, porque lo consideraba como una injusticia de marca, no podía menos de sentirse atraída hacia aquel hijo que representaba en la casa, en aquella casa severa y reglamentada como un convento, la alegría, la espontaneidad, la bondad franca y campechana. Allá a la postre también D. Bernardo, sus hijos y su yerno comprendieron que hasta desde el punto de vista estético hacía falta en la familia quien representase la indisciplina, algo que formase contraste y rompiese la monotonía de aquella vida correcta. En secreto, cuando estaban en familia, murmuraban todos de él, le ponían como un trapo, según la expresión vulgar, y esto no dejaba de ser también un placer, o por lo menos, un pie socorrido de conversación: de vez en cuando D. Bernardo le llevaba a su cuarto y le pronunciaba un largo discurso para llamarle al orden y recordarle sus deberes naturales y sociales, la dignidad del caballero, el decoro de la familia, etc., etc. Pero si había alguna persona de fuera, al hablar de Enrique todos sonreían alegremente, como diciendo: «No nos pregunten VV. por ese calavera, ese aturdido. ¿Quién pone puertas al campo?» La tolerancia que mostraban les hacía simpáticos, y al mismo tiempo prestaba más realce a su conducta intachable.

Carlitos había terminado la carrera de ingeniero de caminos y se disponía a emprender la de ciencias. Fue constantemente el número uno de su clase, y había escrito ya algunos artículos sobre mineralogía en una revista científica. Continuaba siendo el sabio de la familia, con beneplácito de todos. Vicente había pasado algunos años en Inglaterra, estudiando no se sabía qué, probablemente los usos y costumbres de la Gran Bretaña, hacia los cuales se sintió desde un principio tan inclinado, que toda su vida vistió, comió, durmió, y hasta tosió a la inglesa. Trajo además de allá, entre otra infinidad de manías, la de las antigüedades, la cual fue muy del agrado de su padre, y contribuyó no poco en adelante al esplendor y respetabilidad siempre creciente de la familia. Compró en Inglaterra un número considerable de trastos viejos, platos, tapices, y adornó la casa con ellos: además, con permiso de su padre, todos los veranos daba una vueltecita por las provincias y regresaba abundantemente provisto de objetos antiguos. La casa de esta suerte llegó pronto a parecer un museo arqueológico: era cada vez más sombría y más triste. Vicente consiguió también ejercer poderosa influencia en ella, particularmente en lo que tocaba al orden y la etiqueta: los criados considerábanle como su jefe inmediato, y hacia él volvían los ojos siempre que iba a hacerse algo que no fuese la rutina de todos los días. Doña Martina a cada instante le preguntaba:—Vicente, ¿dónde colocamos a Romillo? Vicente, ¿debe templarse el Burdeos? ¿Dónde ponemos la estatua que han traído hoy? ¿A qué hora se sirve en Londres ese licor que hemos recibido?—El mismo D. Bernardo, apesar de su no discutida infalibilidad, no se desdeñaba alguna vez de consultarle en asuntos de ceremonia; v. gr.: si había de visitar a D. Fulano o dejarle simplemente una tarjeta; si debía aceptar la invitación a comer de D. Mengano, etc., etc. Valle vivía también en la casa y tenía ya dos niñas de tres y dos años respectivamente; se había adaptado tan admirablemente al modo de ser de aquella familia, que parecía nacido y criado con todos ellos; la misma pulcritud en el vestir, la misma afectada cortesía, el mismo cuidado extremoso en no decir ni hacer nada de particular, la misma gravedad y énfasis para expresar las cosas más triviales. Aún en esto les sacaba ventaja: el antiguo abolicionista no podía preguntar a un amigo la hora o lo que pensaba del tiempo, sin llamarle aparte con cierto aparato de misterio: los que le veían, siempre juzgaban que estaba tratando algún asunto muy serio y muy escabroso. Apesar de esta adaptación, no había perdido importancia alguna ni dentro ni fuera de la casa; al contrario, el matrimonio se la había dado grande, y había contribuido no poco a que saliese elegido diputado y a que gozase de respeto y consideración universales. Por otra parte, en el hogar tenía su puesto señalado, su esfera de acción, y de esta suerte no podía haber choques ni rivalidades: era el hombre público, el estadista; como Carlitos era el sabio; Vicente, el maestro de ceremonias; Enrique, el calavera, y D. Bernardo, el varón respetable y respetado que esparcía su sombra protectora sobre todos. Eulalia continuaba siendo la misma grave y árida persona que cuando hemos tenido el honor de conocerla, un poco más grave y un poco más árida. El labio inferior le colgaba con expresión más señalada aún de desprecio hacia todas las cosas terrestres. De este general desprecio se salvaba, no obstante, su marido, su padre y hermanos, exceptuando Enrique, y todos los usos y costumbres de la buena sociedad, de las cuales era, como su señor padre, fiel guardadora. La misma doña Martina, apesar de su gran corazón y su espontaneidad, y de aquel temperamento franco y campechano que Dios la diera, no había tenido más remedio que sucumbir y doblegarse a la férrea etiqueta de la familia, haciéndose más seria, más comedida, y perdiendo con ello mucho del atractivo que su carácter tenía para el sobrino Miguel.

Cuando éste penetró en el cuarto de Enrique, le halló afeitándose frente a un espejo, tan preocupado y atento a su tarea, que no le vio ni oyó los pasos.

—Hola, Enriquillo, ¿cómo va?

Enrique volvió asustado la cabeza.

—Ah, ¿eres tú, Miguelito? Siéntate, hombre, me alegro mucho de verte aquí.

Miguel, en vez de obedecer, se puso a dar vueltas por el cuarto, observando con semblante risueño cuanto en él había. Estaba lleno de atributos taurómacos: sobre la puerta una cabeza disecada de toro; a los lados unas moñas lujosas, con los colores caídos ya por el tiempo; por las paredes algunos cromos, representando las distintas suertes del toreo; una espada y una muleta formando trofeo.

Miguel se detuvo frente a un par de banderillas simétricamente colocadas debajo de la espada y la muleta.

—La última vez que he estado aquí no tenías estas banderillas.

—Me las ha regalado, no hace más que ocho días, Marmita... ya sabes... Marmita—dijo, volviendo el rostro que rebosaba de orgullo y satisfacción.

—Sí, sí... ya sé... Marmita... cualquier bruto, vamos...

Enrique se quedó repentinamente serio y triste.

—Hombre, Marmita es un amigo... Además, hoy no hay quien ponga banderillas como él en ninguna plaza de España... ¿Le has visto el domingo?

—No fui a los toros.

—Pues chico te digo que en mi vida he visto colgarlas al quiebro de aquel modo... ¡Como si no se hubiera movido, chico... lo mismo! La plaza se vino abajo... ¡Era cosa de comérselo!... En el quinto toro puso otras al relance, cuando menos se pensaba, que dejó pasmado a todo el mundo... Sobre el mismo morrillo las dos... ¡Ni pintadas, chico!... La plaza se vino abajo...

—¿Pero no estaba en el suelo ya?

—¿Cómo?

—Sí, hombre, acabas de decirme que se vino abajo en el primer par.

—¡Bueno, bueno!... tú siempre de guasita.

Y dando la vuelta continuó afeitándose.

—Pues hacía ya tiempo—dijo Miguel, después de dar otras cuantas vueltas por la habitación—que echaba de menos aquí unas banderillas. Me extrañaba que teniendo tantas cosas de toros, no hubiera por lo menos un par.

—¿Querrás creer, chico—repuso Enrique, dejándose engañar como muchas veces por el tono serio que comunicaba Miguel a sus palabras,—que no se me había ocurrido?... Cuando Marmita me las mandó, tuve un verdadero alegrón...

—Sí, sí, comprendo que habrá sido una de las más puras satisfacciones de tu vida.

Enrique volvió a mirarle serio y amoscado, y continuó afeitándose. Ya no era su fisonomía enteramente la de un perro ratonero como de niño; había mejorado un poco; no mucho; la mejoría principalmente consistía en que andaba más limpio, sin mocos en las narices, ni repegones en las mejillas; aquel pelo indómito había conseguido, a fuerza de pomadas y cosméticos, domeñarlo, y lo llevaba aplastado sobre las sienes como los chulos. Gastaba la barba cerrada, pero en aquel momento la estaba modificando, dejándose unas patillas de picador muy cucas. Así que hubo acabado esta operación, se volvió hacia Miguel un poco avergonzado; mas como éste le dijese que estaba muy bien y que había ganado bastante con aquel cambio, se puso en seguida de un humor excelente, abrazó a su primo cordialmente, le dio un puñado de tabacos habanos, y comenzó a charlar de cosas alegres.

—¡Lástima, Miguelillo, que no tengas afición a los toros!—le dijo cortando repentinamente el hilo de la conversación y mirándole fijamente con ojos compasivos.—¡Si vieras qué buenos ratos se pasan!

—Si suprimiesen la suerte de las picas, iría con gusto—dijo Miguel con deseo de complacer a su primo, soltando una bocanada de humo.

—¡No digas eso, Miguel, por Dios! ¿Tú no sabes que sin picas no puede haber toros?

—¿Pues?

—Porque irían enteritos a la muerte y quedaría todos los días algún diestro sobre la plaza.

—Debían defender los caballos, al menos, para que no anduvieran las tripas rodando por el suelo.

—¡Ese es otro error!—exclamó Enrique, a quien la discusión interesaba extremadamente.—Los caballos no pueden defenderse, porque si el toro no hallase donde cebarse y tirase siempre los derrotes al aire, concluiría por huirse, como es natural, y no se podría lidiar en las otras suertes. Los que no sois aficionados, siempre empleáis los mismos argumentos, ¡los caballos!... ¡las tripas!... Si atendieseis a la lidia, no repararíais en esas menudencias... pero, ¡claro está! no sabéis lo que está pasando, no os ocupáis de estudiar el toro, os aburrís, y vais a mirar allá al otro extremo de la plaza a ver si a algún caballo se le ha salido el mondongo... Y en último resultado, ¿qué? ¡No parece más que no habéis visto nunca las tripas de un animal! ¿No os coméis todos los días el chorizo en el cocido?

Miguel, que fumaba tranquilamente en una butaca sin atender a lo que su primo decía, preguntó en tono distraído:

—¿Pero no habría algún medio de sustituir esa suerte de picas?

—¡Ninguno!—gritó Enrique.—¡Absolutamente ninguno!

—Bien, hombre, bien; no te enfurezcas.

—¿Te figuras que los toros son una cosa de ayer mañana?... Todo lo que se refiere a los toros está muy pensado... ¡muy calculado!... Los que no entienden una palabra, ven correr al toro detrás de los toreros, y nada más; pero los que han estudiado algo, saben la razón de todos los movimientos que se ejecutan en la plaza...

—Pues entonces—dijo Miguel seria y pausadamente soltando otra bocanada de humo,—te anuncio que cuando sea ministro de la Gobernación, tendré el honor de suprimir las corridas de toros.

Enrique le echó una mirada torva.

—¡Ya se librará ningún ministro de la Gobernación de suprimir los toros!

—¿Y dónde está tu padre ahora?—dijo Miguel levantándose.

La fisonomía de Enrique volvió a adquirir repentinamente su habitual expresión de bondad e inocencia.

—Me parece que no ha salido esta mañana. ¿Quieres verle?

—Sí, tengo que hablar con él.

—Vamos allá.

Y poniéndose apresuradamente una chaqueta, sin haberse metido aún el chaleco, condujo a su primo por los corredores hasta cerca del cuarto de su padre. Allí vaciló un poco, porque seguía profesando a aquella habitación el mismo respeto que cuando niño.

—Raimundo—dijo, viendo a un criado pasar,—entra en el cuarto de papá y pregúntale si puede recibir al señorito Miguel, que desea hablarle.

El criado tardó un rato en salir con la respuesta afirmativa. Miguel entró solo.

Estaba el tío Bernardo sentado en su poltrona, leyendo los periódicos con la misma expresión de hostilidad con que siempre había acogido todas las ideas expresadas por escrito. Había envejecido bastante: la calva, ya dilatada, se la cubría un gorro de terciopelo morado; más flaco y más pálido; el bigote canoso había quedado reducido, merced al lento pero continuado trabajo de la navaja, por entrambos lados, a una motita debajo de la nariz.

—Buenos días, tío, ¿cómo sigue V.?

—Hola, Miguel: bien, ¿y tú?—respondió D. Bernardo sin apartar la vista del periódico.

—De salud, bien.

—¿Te vas resignando?—le preguntó, siempre con la vista fija en el periódico y con un tono ligero que hirió vivamente a Miguel.

—No, señor—contestó éste un poco picado.

D. Bernardo se dignó levantar la vista hacia él manifestando sorpresa; tornó a bajarla y dijo en voz baja y cavernosa:

—Pues no adelantarás nada con atormentarte; hay que someterse a la voluntad de Dios.

—Yo me someto a la fuerza. Resignarse y someterse tranquilamente lo hacen los que no sienten con intensidad las desgracias.

—Supongo que no querrás decirme que yo no he sentido profundamente a tu padre.

—Debo creer que V. lo ha sentido mucho, porque era un modelo de padres, de hermanos y de caballeros.

—Así es, y te aconsejo que lo imites siempre.

—Hago lo que puedo; por de pronto le lloro mucho, como él me lloraría.

—No juzgo que deben condenarse las lágrimas en absoluto; pero me parecen más propias de las mujeres que de los hombres. Te aconsejo entereza para soportar esta prueba terrible. Pasados ya los primeros días, es absurdo seguir entregado al dolor, y precisa darse cuenta exacta de su situación y pensar en lo porvenir.

—A eso venía precisamente; a tratar con V. la cuestión de intereses.

Casi todas las conversaciones entre tío y sobrino desde hacía algún tiempo, tomaban este tono un si es no es picante. Miguel era díscolo, y cada día iba formando una idea más pobre de las dotes intelectuales del tío Bernardo. Este, si no despreciaba a su sobrino en el fondo, aborrecía su carácter y le tenía miedo. Ambos se hallaban perfectamente convencidos de esta antipatía y procuraban demostrársela con más o menos disimulo. La conversación que sobre intereses entablaron no fue larga: desde los primeros momentos comprendió Miguel que su tío no deseaba hacerse cargo de la curaduría, y grandemente satisfecho, aunque ocultándolo lo mejor que pudo, le facilitó el camino para zafarse de ella.

—Sí, tío, sí; comprendo perfectamente que las graves ocupaciones que V. tiene en su vida pública y privada no le permitirán dedicarse al arreglo de mis negocios con la atención que V. quisiera... Yo lo siento muchísimo... pero más vale que desde el principio hablemos claro...

—Por mi parte estoy dispuesto a cumplir en un todo la voluntad del finado; bien lo sabes... Pero temo que apesar de sacrificar otros quehaceres...

—Nada, no hablemos más de eso. Como en el testamento se señala, en defecto de V., a tío Manolo, que él se encargue, ya que está desocupado.

D. Bernardo sonrió irónicamente al escuchar el nombre de su hermano.

—Sí; él bien puede encargarse; los quehaceres no le matan.

Con la solución dada al asunto, ambos se habían puesto de buen humor; la plática fue en adelante más expansiva y afable. D. Bernardo invitó a su sobrino a almorzar, y éste aceptó sin que se lo rogase.

Cuando bajaron al comedor, estaba ya reunida la familia. Como era costumbre, todos aguardaban en pie al jefe de ella, quien después de saludarles grave y cortésmente, se sentó y les invitó a sentarse con un ademán tan imponente y señorial, que Miguel no pudo menos de sonreír. Nadie más que él sonrió: los demás, incluso Valle, que era ya un personaje político, aceptaban aquella severa etiqueta, persuadidos de que practicándola, se alejaban del vulgo y ganaban en prestigio y respetabilidad. Miguel, exagerando un poco el desdén que le inspiraba tal farsa, decía para sí:—«¡Pero, señor, esta es una familia de sainete!» Durante el almuerzo se habló de varios asuntos políticos y domésticos, pero siempre con el mayor orden, sin que bajo ningún pretexto se quitasen la palabra unos a otros; después que todos expresaban su opinión, D. Bernardo solía resumir y dar la suya, y en su defecto, lo hacía Valle, como segunda persona de la casa. Casi siempre coincidían todos en el modo de ver las cosas; cuando así no era, se mostraban tal deferencia los unos a los otros para contradecirse, que concluían por estar conformes. Alzar la voz para discutir se consideraba allí como la manifestación más acabada del mal gusto; sólo en las tabernas se disputaba a gritos. A veces había también sus rasgos de ironía, sus chistes; Carlitos y Valle se autorizaban algunos; entonces todos sonreían con benevolencia y hasta se reía suave y discretamente, nunca con fuertes o sonoras carcajadas. En casi todos los asuntos que en la mesa se trataban, manifestábase claramente el desdén que la mayor parte de las cosas y personas inspiraba a aquella privilegiada familia, y el íntimo convencimiento que todos profesaban de su indiscutible superioridad. Esta superioridad era el dogma de la casa.

Enrique tomaba muy pocas veces parte en la conversación; no se consideraba a la altura de sus hermanos, conocía su genio sulfúrico y temía desafinar. Desde que se sentaron a la mesa, la transformación que acababa de operar en su rostro había llamado la atención de todos, hasta de su padre, que no se dignaba reparar sino en muy contadas cosas: habíale dirigido durante el almuerzo cuatro o cinco miradas largas y escrutadoras, y él, por no soportarlas, bajaba la vista y se hacía el distraído; estaba avergonzado, y hubiera dado cualquier cosa por ponerse de nuevo los pelos que se había quitado. Nadie se atrevió, sin embargo, a hablarle de ellos. Cuando concluyeron de almorzar se procedió a hacer el café sobre la misma mesa, tarea en que de antiguo se placía la familia de Rivera, y a la cual concedía extremada importancia. En esta ocasión, la importancia era mucho más grande porque se trataba de ensayar una nueva maquinilla que Carlitos había encargado a París. Todos se prepararon con ansiedad a ver funcionar el aparato. Carlitos se había encargado de armarlo; desgraciadamente, apesar de su reconocido talento mecánico, no había logrado encajar algunas piezas en su verdadero sitio; el café salió tan revuelto y malo, que fue imposible atravesarlo. Entonces se produjo en la familia de Rivera un movimiento de sorpresa dolorosa; pero nadie osó dirigir cargo alguno al causante de la desgracia; sólo por medio de rodeos y perífrasis, Valle declaró que el café pudiera estar más claro aún, lo cual no sabía si debiera achacarse a la calidad del mismo café, a la deficiencia del aparato o a alguna ligera imperfección en la manera de armarlo. D. Bernardo tosió dos o tres veces, lo cual indicaba siempre que iba a decir algo, y era la señal preventiva para que todo el mundo se callase. En efecto, guardaron silencio.

—Para que sepamos cuál es la causa de lo que ha ocurrido, y si Arturo ha acertado en alguna de las diversas indicaciones que acaba de hacer, precisa, ante todo, que se lave el aparato, se le desarme y lo volvamos a armar con detenimiento.... A ver, Raimundo, llévate esa máquina, que se lave bien, y después de secarla, la traes.

Mientras Raimundo estuvo por allá, apenas se habló en la mesa, como si estuvieran todos bajo el peso de alguna grave preocupación: se esperaba su vuelta con mal disimulada impaciencia. Cuando llegó y dejó de nuevo el aparato sobre la mesa, los ojos se volvieron anhelantes hacia el jefe de la familia, quien, después de toser otras dos o tres veces, dijo solemnemente, dirigiéndose a su hijo Carlos:

—Carlitos, ten la bondad de desarmar el aparato, a fin de que sepamos, si es posible, dónde reside la falta.

Carlitos se apresuró a tomar la máquina, y con mano un poco temblorosa, comenzó a desarmarla, bajo la mirada fija y atenta de su familia. Según iba sacando las piezas, dejábalas esparcidas a granel sobre la mesa.

—¡Alto allá!—exclamó D. Bernardo extendiendo las manos.—Las distintas piezas no pueden ni deben dejarse de este modo confundidas, exponiéndonos a que después no sepamos para qué sirven. Coloquémoslas ordenadamente, a derecha e izquierda, según vayan saliendo, y no habrá más tarde dificultades.

Carlitos comenzó a alargar las piezas a su padre, y éste a colocarlas en diversos parajes de la mesa, no sin vacilar antes algún tiempo y pensar bien el pro y el contra de cada sitio.

—Esta tapadera de cristal la colocaremos aquí junto a Eulalia, ¿no es eso?... El recipiente superior lo pondremos delante de Vicente, ¿qué tal?... Bien; queda colocado... acordarse bien... queda colocado delante de Vicente... El pasador aquí a mi derecha... no olvidarse... El recipiente de la leche, ¿dónde colocaremos el recipiente de la leche?... Aguárdate un instante, hombre... lo colocaremos, si no os parece mal, aquí delante de Arturo... acordarse bien, delante de Arturo...

Una vez desarmado el aparato, Carlos principió a encajar de nuevo unas piezas con otras, con seguridad y desembarazo, como el que conoce bien el terreno que pisa. Su padre, no obstante, a quien disgustaba siempre la prisa, le atajó en seguida.

—Alto ahí, Carlos; eso no es resolver la dificultad... Hay que tomar las cosas con más calma; si no, obtendremos el mismo resultado. Antes de proceder a la colocación de una pieza cualquiera, es necesario cerciorarse si la anterior está bien colocada; esto es, si ajusta perfectamente con la otra... Nada de precipitarse... ¿A qué conduce la prisa?... ¿No tenemos sobrado tiempo?... Caminemos con cautela... ¿No es eso?...

D. Bernardo echó una mirada en torno buscando la aprobación, que todos le concedieron sin vacilar. Después, tosió dos o tres veces, en testimonio de hallarse satisfecho.

Apesar de la cautela y del espacio que Carlitos se tomó para armar la máquina, y a despecho de los graves y sensatos consejos que su padre le iba dando, y que él respetuosamente seguía, cuando de nuevo se hizo el café, salió tan malo como la vez anterior. Fue necesario apelar a la antigua maquinilla. La familia tomó el café pensativa y silenciosa. Miguel se puso a jugar con sus sobrinitas, las niñas de Eulalia. D. Bernardo se levantó al fin de la mesa, encendiendo un cigarro habano. Aunque su continente era frío y grave, como siempre, adivinábase que no estaba de buen humor: el negocio del café le había excitado un poco la bilis. Antes de salir se volvió hacia Enrique, que aún continuaba sentado, y le dijo severamente:

—¿Por qué te has dejado esas ridículas patillas de torero?

—Me estorbaba la barba—contestó el alférez humildemente, un poco ruborizado.

—Y porque la barba te estorbase, ¿había razón para poner la cara como la de un chulo o un chispero?... ¿No sabes que eres hijo de una familia respetable, y que debes imitar a las personas decentes, lo mismo interior que exteriormente?... A ver si te quitas inmediatamente esos adornos... ¡No quiero chulos o picadores en mi casa!... Tiempo hace que me estás disgustando con tus groseras inclinaciones... Ya sé que tienes por amigos a unos cuantos toreros o granujas de la calle, olvidando lo que debes a tu familia y lo que debes a ti mismo... que no tienes otros placeres, que ver encerrar y apartar los toros... Me hiere profundamente tener un hijo tan insensato... ¿De dónde has sacado esas aficiones?... ¿No ves a tus hermanos, de quien nadie tuvo que decir jamás una palabra?...

Hizo aquí una pausa larga el irritado señor de Rivera, y dijo después en tono perentorio, saliendo del comedor:

—¡Que no te vuelva a ver esas patillas!

Enrique recibió la reprensión de malísimo talante, con los codos apoyados en la mesa y la cabeza metida entre las manos en señal de protesta. Cuando su padre volvió las espaldas y estaba un poco lejos, dejó repentinamente aquella postura, y agitando frente a él los puños con frenesí, exclamó con voz sofocada a fin de que no le oyese:

—¡En mi cara mando yo!

Todos guardaron silencio, incluso doña Martina, ante la cólera del alférez. Sólo Eulalia se atrevió a decir solemnemente:

—Eso, Enrique, está muy mal hecho: papá tiene razón...

No pudo concluir: su hermano se le echó encima convertido en basilisco.

—¡Ya me extrañaba a mí que tú no metieses la cucharada! ¿Quién te pide a ti consejo, ni qué se me da a mí que tú lo encuentres malo o bueno?... ¡Es decir, que mamá se calla, y que esta tontuela ¡mentecata! se ha de meter siempre en mis cosas!... Yo hago lo que me parece; ¿sabes?... Me dejo las patillas o me las quito; ¿sabes?... Y tú te callas; ¿sabes?...

Nadie protestó; el mismo Valle, que era a quien correspondía poner correctivo a aquellas palabras, se las tragó; el alférez pudo seguir gritando cuanto quiso.

—¿Sabes—le dijo Miguel cuando estuvieron solos en el cuarto—que no es precisamente la dulzura lo que te caracteriza cuando tienes que dirigirte a tu hermana?

Enrique encogió los hombros en señal de desprecio.

X

El hotel de Puerto Rico, donde tío Manolo se alojaba, no era, en realidad, más que una mediana casa de huéspedes. Nada de cuanto caracteriza a los hoteles se encontraba en él; ni movimiento de criados, ni entrada y salida de viajeros y equipajes, ni ruido de ninguna clase. Lo único en que remedaba un poco la manera de ser de aquellos establecimientos, era en los números pintados (con tinta de escribir) sobre la puerta de los cuartos y en los impresos con la cuenta que a fin de mes repartía una criada entre los huéspedes. Por lo demás, éstos eran fijos y no pasaban mucho de una docena. Entre ellos, el más antiguo un Marqués diplomático retirado del servicio hacía veinte años, seco, avellanado, fruncido, sin pizca de dientes y enteramente sordo (soltero). Otro de los que llevaban más tiempo en la casa, era un mayor del Consejo de Estado, buen mozo, muy dado al aseo y a los perfumes, gastrónomo, abonado perpetuo a la ópera, animal dañino entre el bello sexo, disimulando sus cuarenta y cinco años con arte diabólico (soltero). Un ex-diputado carlista aniquilado por el reuma, viviendo de sus rentas, pasando los días húmedos en la cama, los secos en el café de la esquina, jugando al dominó, entrado ya en días, gran narrador de cuentos verdes, silencioso en todos los demás asuntos, hombre dulce y servicial (separado de su mujer). Un oficial de marina, joven, terrible discutidor de cuantos problemas o cuestiones se suscitasen, por especiales y técnicos que fuesen; todo lo sabía, todo lo analizaba, los asuntos religiosos como los financieros, lo perteneciente al orden físico y lo que tocaba al espiritual; con todo eso, hablaba poco de barcos; asistía invariablemente a los estrenos de los dramas, y emitía su opinión a gritos en los pasillos de los teatros, y después, en la mesa de la fonda (soltero). Este oficial constituía el tormento y la penitencia de un médico anciano que ya no ejercía, y que también se hospedaba en el hotel; hombre ilustrado y meticuloso, que jamás aventuraba una opinión sin haberla meditado con gran espacio. Vivía allí disfrutando de un capital que había juntado en su larga carrera profesional, procurándose, con escrúpulos de monja, cuantos goces higiénicos, cuantos cuidados y regalos puede inventar una imaginación experta y dedicada exclusivamente a tan grata tarea; los razonamientos, o por mejor decir, la charla insustancial del oficial de marina, le ponía fuera de sí, le alteraba la bilis, era su única cruz en esta vida.

—¡Pero, hombre de Dios! ¿Sabe V. por ventura obstetricia?

—¡A mí qué me importa la obstetricia! Lo que le sé a V. decir, es que una mujer puede concebir de un animal, y que está probado.

—¡Cómo ha de estar probado semejante disparate!

—Dispénseme V., D. Agustín, dispénseme V.; no es un disparate, ni mucho menos. Hay un médico alemán llamado Grotte...

—No conozco semejante médico.

—Usted no lo conocerá; pero el que V. no lo conozca, no prueba nada... Digo, que Grotte, que es el médico de más reputación que existe en Alemania, y que ha escrito infinidad de libros, afirma terminantemente que una mujer puede concebir de un mono, y hasta de un perro...

—¡Jesús, qué barbaridad! ¡No estará mal mono sabio ese señor Grotte!

—¡Dispénseme V., D. Agustín; dispénseme V.! Grotte goza de reputación europea, es miembro honorario de la Academia de Ciencias de Berlín y de la de París, director de uno de los hospitales más importantes, médico del Emperador...

A D. Agustín le retozaban las ganas de decir: «¡Todo eso es una patraña, y V. un mentecato sin pizca de sentido común!» Pero se contenía por educación, y cortaba las discusiones diciendo en tono sarcástico preñado de cólera:

—Bueno, hombre, bueno; tiene V. razón... V. lo sabe todo... Conoce V. la fisiología, la anatomía, la obstetricia... para eso es V. marino... Yo no sé una palabra de esas cosas... para eso soy médico... Nada, nada, tiene V. razón... dejemos eso.

Estas retenciones de bilis le producían a don Agustín algunos disturbios en el estómago; estuvo tentado algunas veces a dejar la casa, pero le dolía en el alma abandonar un gabinete muy gentil al mediodía, que él había amueblado con particular esmero. Nuestro D. Manuel Rivera, por sus prendas personales, por sus relaciones con la alta sociedad madrileña y por los años que llevaba en la casa, representaba también papel principal en ella.

Los demás huéspedes eran figuras secundarias, que presenciaban riendo las disputas de la mesa redonda, aventurando pocas veces su opinión y aceptando resignadamente la oligarquía de los seis que hemos enumerado, los cuales gobernaban la fonda a su talante, dictando al cocinero los platos y al dueño las horas de las comidas; los criados, que se renovaban a menudo, poníanse muy pronto al tanto de la existencia de este primer estamento, y empezaban a servir siempre por aquella parte de la mesa en que se situaba, lo que hacía montar en cólera a una señora viuda, ajamonada, que en las discusiones daba siempre la razón al oficial de marina.

Cuando éste comía en casa, era sabido que habría gran calor en la mesa, mucho ruido, gritos desaforados: el dueño de la fonda, el cocinero y el pinche, cuando la algazara subía de punto, asomaban disimuladamente las narices por la puerta un poco asustados; mas al instante se tranquilizaban oyendo palabras que no comprendían, y se retiraban de nuevo a la cocina. Pero el oficial comía con frecuencia fuera de casa; entonces la mesa redonda languidecía, quedaba sumida en un letargo triste y silencioso; se oía el ruido de los platos y el de las mandíbulas; el mayor del Consejo de Estado era el encargado de animar la escena, y lo hacía llamando la atención del Marqués, que comía abstraído, y dándole siempre la misma broma: el diplomático había prestado cinco duros a un tunante llamado Laguna, que vivía del juego y la estafa, y como es natural, no había vuelto a echarle la vista encima.

—D. Lorenzooo—gritaba el atusado mayor.

D. Lorenzo seguía comiendo tranquilamente.

—D. Lorenzoooo—tornaba a gritar.

—¿Cómo?—decía aquél levantando la cabeza y poniendo la mano por detrás de la oreja.

—Que hoy he visto a Lagunaaa.

—¡Hum!—gruñía el viejo bajando de nuevo la cabeza y dándose ya por enterado de la broma.

—Me ha dicho, que es V. una persona muy simpáticaaa.

—¿Sí, eh?—refunfuñaba D. Lorenzo sin levantar la vista.

—Muchooo... y que probablemente vendrá un día de estos a hacerle a V. una visitaaa.

Esta noticia producía siempre risa entre los comensales, que estaban perfectamente enterados de todo.

—No lo creo.

—Pues créalo V.; está muy agradecidooo.

—Eso sí lo creo—murmuraba con sorna.

—Dice, que a ninguna persona pedirá él cinco duros con más libertad que a V... en caso de necesidaaad.

—¡Hum!

—Que ha sido V. para él un padre...

—¡Ya, ya!

—Me ha preguntado qué formalidades se exigían para la adopcióoon... Desea que V. le declare hijo adoptivo.

—Mejor sería hijo pródigo.

La ocurrencia levantaba algazara en la mesa. El mayor volvía a la carga.

—¿Cuánto piensa V. darle para sus gastos particulares cuando sea su hijooo?

—Nada... le dejaré letra abierta en todas las tabernas y chamizos.

—Eso está bien; ¿pero y los gastos imprevistos?

—Habiendo aguardiente de Chinchón, está todo previsto...

El Marqués hablaba pausadamente, dejando trascurrir un espacio regular entre la pregunta y la respuesta; de este modo, su ironía causaba más efecto. Y la broma se prolongaba al través de la comida con grandes intervalos de silencio. Al día siguiente, si el marino no llegaba a sazonarla con alguna discusión científica o literaria, se repetía la vaya con leves variantes: los comensales encontraban muy donoso al mayor, y cuando se descuidaba en embromar al Marqués, le guiñaban el ojo excitándole a hacerlo; la charla del marino los mareaba y aburría un poco; pero siempre se encontraban dispuestos a confesar su talento y sus conocimientos poco comunes.

Desde la última vez que le vimos, D. Manuel Rivera había envejecido bastante en realidad, en apariencia muy poco; el vientre le había crecido, las patas de gallo se habían acentuado, el cabello y la barba estaban poblados de canas. Mas como acudía, casi tan pronto como su compañero el mayor del Consejo, al reparo de estos mandobles del tiempo, amortiguaba su fuerza y la herida apenas se mostraba. Hacía algunos años que usaba constantemente justillo de gamuza (en verano de hilo), que recogía y aprensaba el abdomen; jamás se lavaba sin frotarse después con una llamada «agua de Circasia para refrescar y embellecer el cutis;» todos los meses daba una vuelta por casa del dentista para limpiar la dentadura y orificar los muchos agujeritos que iban pareciendo en ella; en cuanto a las canas, ahí estaba su fuerte; las tinturas que usaba, traídas por él todos los años de París, eran la envidia del mayor por lo finas y exquisitas. Sin embargo, por las mañanas antes que el barbero llegase, cuando tío Manolo envuelto en su bata le esperaba sentado en la butaca leyendo los periódicos, tenía todo el aspecto de una ruina venerable: aun después de salir fresco y rozagante del cuarto, un ojo experto y curioso podía notar en ocasiones, en que andaba la tintura descuidada, ciertas vislumbres de plata en la raíz de la patilla. Esto en cuanto a lo corporal; por lo que toca al espíritu, nuestro D. Manuel no necesitaba componer ni aliñar absolutamente nada; teníalo tan fresco, tan vivo y juvenil como a los veinte años. Y eso que por efecto de sus constantes prodigalidades, padecía con frecuencia serios disgustos en el orden económico; hacía ya bastante tiempo que tenía vendidas o empeñadas las fincas que sus padres le dejaron; esto no le impedía vivir holgadamente y recrearse con el mismo sosiego que si estuviese recién heredado. Nunca había retrocedido ni pensaba retroceder ante los gastos indispensables a un hombre que frecuenta la buena sociedad, que es galán y divertido. El cómo proveía a ellos nadie lo sabía, ni el mismo Miguel, que después de la muerte de su padre se fue a vivir con él en el Hotel de Puerto Rico. Tenía noticia por sus primos y por algunos amigos del mal estado de la hacienda de su tío; pero se asombraba de que éste nada le dijese ni hallase en sus actos algo que acusase la ruina de que se hablaba.

Como el pez en el agua se encontró nuestro mancebo en el hotel de su tío; aunque muy joven para ello, formó inmediatamente parte del primer estamento o directorio, en atención quizá a los méritos de aquél, en parte también a los suyos propios; pues muy pronto se mostró en la mesa como muchacho de entendimiento, alegre y despejado. El médico D. Agustín halló en él poderoso auxiliar contra las afirmaciones disparatadas del oficial de marina, y desde que se vio secundado, se las tuvo tiesas en todas las discusiones, y no quiso retroceder ni humillarse ante ninguna cita de autor exótico. Perdió terreno el oficial de día en día y comenzó a decirse entre los comensales que formaban el público, que tenía una ciencia superficial y que el sobrinito de D. Manuel le ponía muchas veces las peras a cuarto. Hasta la viuda ajamonada que le daba siempre la razón comenzó a quitársela y apoyar con vivas cabezadas lo que Miguel manifestaba; pero esto, según se supo después, fue porque la viuda le propuso un cambio de habitaciones, fundándose en que el oficial paraba muy poco en casa y le bastaba un cuarto más pequeño; no tuvo aquél la galantería de aceptar el trueque, y se captó para siempre su antipatía.

Pocos días después de vivir juntos, dijo D. Manuel a su sobrino:

—¿Sabes quién tiene muchos deseos de verte?... Aquella señora del intendente Trujillo, a cuya casa te llevé yo una noche cuando eras chico... ¿No te acuerdas que cantó unos dúos de ópera conmigo?... Ha quedado viuda la pobre hace ya dos años... Es una buena señora, muy amable y obsequiosa...

—¿Y aquella hija que tenía y también cantaba?...

—Se murió antes que su padre... Anita se ha quedado completamente sola. Cuando sucedió tu desgracia me preguntó con mucho interés por ti, y me hizo prometerle que te llevaría alguna noche por su casa... No es tertulia formal; nos reunimos solamente tres o cuatro amigos, de modo que puedes venir sin inconveniente.

Aquella noche fue, en efecto, Miguel con su tío a casa de la intendenta, quien le recibió con mucho agasajo: no tanto a los tres o cuatro amigos de que había hablado tío Manolo, y que fueron entrando uno después de otro. Todos ellos eran entrados en días; uno era coronel retirado; otro, catedrático de matemáticas en la facultad de ciencias; otro, ex-gobernador de provincia. Observó Miguel que la intendenta ejercía una soberanía absoluta, casi despótica, sobre esta diminuta tertulia; ordenaba en tono perentorio cualquier servicio, contestaba con acritud a las observaciones que la hacían, y en general se mostraba bastante indiferente a las atenciones y acatamientos que a cada instante la prodigaban aquellos señores, incluso el tío Manolo. Sin embargo, éste era el único con quien se humanizaba a ratos. Echando la vista en torno y advirtiendo el lujo que allí reinaba, pronto se convenció Miguel de que los tertulianos todos, sin exceptuar a su tío, apetecían la mano un poco rugosa ya de la intendenta. Frisaba ésta en los cincuenta, pero no estaba mal conservada, y apoyada sobre el pedestal de una más que regular fortuna, parecía a los ojos de sus amigos como una diosa. Bien persuadida estaba también ella de su influencia fascinadora, y por eso abusaba; quizá se juzgase digna de un marido más fresco y juvenil. Lo cierto es que trataba a sus pretendientes con ostensible despego. ¡Qué esfuerzos hacía cada uno de ellos por aventajar a los otros en cortesía, donaire y gentileza! ¡Cuántos cartuchos de confites entregados con emoción y olvidados inmediatamente sobre la mesa! ¡Cuánto requiebro, cuánta galantería perdidos en el aire! El gesto habitual de la intendenta era de disgusto; cuando la preguntaban por su salud, siempre contestaba: regular. Los tertulios tocaban con mucha habilidad este registro, porque era el único al cual solía responder: cuando se hablaba de sus debilidades y sus nervios, era cuando Anita se mostraba comunicativa; a veces la tertulia se pasaba horas enteras hablando de gastralgias y dispepsias o de otras enfermedades del aparato digestivo. Tenía además la intendenta otro defecto que, apesar de su acreditada paciencia, solía indignar a los pretendientes; se dormía a menudo en la butaca y los tenía toda la noche hablando entre sí y en voz baja; noches perdidas para el bloqueo de la plaza, que causaban profundo desaliento en los tertulios. Pues aún no era esto lo peor: lo peor era que Anita, que tenía un temperamento linfático exhausto de sangre, gustaba de mantener viva y cargada incesantemente, hasta en los días templados, la chimenea de su gabinete; merced a esto y al cuidado con que se cerraban todas las puertas y rendijas, aquella habitación era un horno; en ocasiones la atmósfera se ponía casi irrespirable; el coronel y el catedrático, que eran obesos y sanguíneos, sudaban gotas de tinta y estaban expuestos a una congestión; pero el ex-gobernador y tío Manolo, lejos de compadecerles, se complacían muy mucho en aquel tormento, y hasta se hubieran alegrado quizá de un amago de apoplejía que les impidiese salir de casa por las noches.

Anita recibió a Miguel, como ya hemos dicho, con inusitada afabilidad: aquella novedad, aquella frescura despertó en ella, acostumbrada a los semblantes graves y ajados que diariamente la rodeaban, ideas risueñas, la alegría de la juventud. Los tertulios disfrutaron del buen humor de la intendenta aquella noche; en vez de dormitar tristemente en la butaca o de describir con voz apagada los fenómenos nerviosos del día, se mostró en extremo locuaz y divertida; hablose de los teatros, de política, de las aventuras galantes de la corte, se rió, se dijeron chistes más o menos ingeniosos por todos. Anita se avino hasta a abrir el piano después de varios meses que permanecía cerrado, y cantar una romanza. Pero contra lo que debía esperarse y formando extraño contraste con los demás, tío Manolo empezó a ponerse, poco después de haber llegado, serio y taciturno; apenas contestaba a lo que le preguntaban, cual si se hallase bajo el peso de alguna triste preocupación. Miguel le examinó con inquietud, sin saber a qué atribuir aquella tristeza, pues no sabía que hubiese tenido disgusto alguno. Sin embargo, observó que su tío miraba con frecuencia a las solapas de la levita y se las arreglaba con mano trémula: y como le conocía muy bien hacía tiempo, al instante comprendió que había motivo grave para aquel singular y repentino cambio de humor; el cuello de la levita no ajustaba bien; hacía un fuellecito por atrás siempre que bajaba la cabeza. D. Manuel al ponerse la prenda en casa no había podido apreciar bien este defecto; sólo se había dado cuenta vaga de que existía. Mas así que se sentó cerca de un armario de luna, logró descubrirlo de modo evidente, y como es natural, sintió una profunda y dolorosa impresión que le impidió desde entonces tomar parte en la alegre plática que se había entablado. En un principio limitose a arreglar el cuello, disimulando lo mejor que pudo su disgusto; pero la bilis se le fue exacerbando poco a poco, perdió al cabo la paciencia, y cuándo creía que no le observaban, comenzó a dar vivos y fuertes tirones a las solapas. No consiguió sino excitarse más y más; el endiablado cuello, aunque quedaba en su sitio después de cada tirón, no tardaba dos minutos en bajarse y ahuecarse de nuevo. La desesperación se iba apoderando velozmente del gallardo caballero; hasta se le descompuso un poco el semblante. Por último, sintiéndose enteramente incapaz de permanecer por más tiempo en aquella angustiosa situación, se levantó de pronto y dijo con voz alterada, que se le había olvidado dar un recado a un amigo, que le dispensasen un momento, que no tardaría en volver. Viéronle marchar todos con cierta sorpresa a causa de su manifiesta turbación: en la risa que se dibujó en la cara del ex-gobernador, quiso adivinar Miguel que había atribuido la salida a algún malestar del cuerpo. No tardó siquiera media hora en entrar: traía puesta otra levita, el rostro se le había serenado por completo y se mostró en seguida tal cual era: jovial, divertido, siguiendo durante toda la noche de un humor excelente.

Cuando a las doce, poco más o menos, se deshizo la tertulia y salieron, cogió del brazo a Miguel y le preguntó alegremente:

—¿Qué te parece de Anita?

—Es una señora muy amable.

—Bien conservada, ¿eh?

—Sí; para su edad...

—¿Cómo para su edad? No vayas a figurarte que es una vieja... Después, muy distinguida, ¿verdad?

Y bajando la voz y acercando la boca al oído del sobrino añadió:

—¡Ciento cincuenta mil duros en casas, y acciones del Banco!... ¿He dicho algo Miguel?

No necesitó éste tirarle mucho de la lengua para averiguar sus planes. Acometido de súbito deseo de expansión, D. Manuel le abrió enteramente el pecho. Hacía tiempo que «le estaba poniendo los puntos» a Anita. El deseo de formar una familia que nunca sintiera en su vida, había concluido por enseñorearse de su alma. «Qué cosa más rara, ¿eh Miguel? Al llegar a cierta edad, todos caemos. Es una ley providencial.»—Pero a él ya no le convenía una chiquilla: necesitaba tranquilidad en casa; una mujer formal.—«Fuera de casa, todo lo que tú quieras; yo no soy un santo, y aun después de casado, no diré que alguna vez no saque la pierna por debajo de la manta... Pero el hogar... el hogar, chico, es una cosa muy sagrada.» Analizó después el carácter de Anita, un poco seco en ocasiones y hasta irritable; pero en el fondo cariñoso y expansivo como pocos; una mujer muy sensata, muy seria en todas sus cosas y de un corazón inmejorable. Cuando llegó al capítulo de los que pretendían disputarle su mano, el coronel, el ex-gobernador y el catedrático, se dibujó una sonrisa de lástima en sus labios: habló de ellos con desdén olímpico.—«Unos pobres mamarrachos, Miguel; ninguno tiene pizca de mundo ni sabe lo que es sociedad, ni se ha visto jamás en tales trotes: así que sin poderlo remediar enseñan la oreja a cada instante. Anita, que es muy lista, bien lo nota y se ríe de ellos; si no los despide de una vez es porque a todas las mujeres, hasta las más sensatas, les gusta tener una corte de adoradores... aunque sean unos tontos, ¿sabes?... Pero ya se irán cansando... ¿Has reparado los pantalones de don Ladislao el catedrático?... lo mismo que unas sayas... Anita y yo nos mirábamos y apenas podíamos contener la risa; ¡pobre señor!... El coronel no es feo, pero tampoco sabe llevar con gusto nada... ni las patillas.»

Hablando de sus proyectos y murmurando de esta suerte llegaron hasta la puerta de casa. Después de gritarle un rato, vino el sereno a abrirles y les acompañó con el farol hasta el piso principal. Allí el criado, medio dormido aún, les entregó a cada uno la llave de su cuarto y se despidieron hasta el día siguiente.

El tío Manolo, sereno, majestuoso, semejante a un dios, se fue a descansar, meditando como Ulises la muerte de los pretendientes.

XI

Desde que Miguel encargó la gestión de sus negocios al tío Manolo (y lo hizo pocos días después de haber pasado lo que acabamos de narrar), no volvió éste a sentir en su alma aquel noble impulso que le arrastraba a rendir culto a los dioses lares. Quizá juzgaba incompatible el cargo de tutor diligente con los deberes que impone el yugo matrimonial, y prefería sacrificar en provecho de su sobrino los placeres inefables con que la familia le brindaba. Verdad es, que procuró honradamente desquitarse aplicándose con laudable asiduidad a los goces propios del soltero. No le fue a la zaga en esto Miguel, estimulado con su ejemplo: ambos comenzaron a darse vida de príncipes disfrutando alegremente de los siete mil duros de renta que el brigadier había dejado; teatros, bailes, paseos, cenas a última hora, partidas de juego y de caza, noches de amor y de crápula, de todo gozó el héroe de nuestra historia en los cuatro años que siguieron a la muerte de su padre. Su inclinación al estudio sufrió notable menoscabo durante este tiempo; sin embargo, terminó la carrera con regular lucimiento. Una vez en posesión del título de abogado, no volvió a abrir un libro de derecho; los momentos que el placer le dejaba libre consagrábalos a la lectura de obras amenas, lo cual era también un placer.

Al llegar a la mayor edad le vino la idea de pedir cuentas a su tío: había observado en los últimos tiempos ciertas dificultades tocantes al numerario, que le hicieron entrar en sospechas. Las cuales tuvo el sentimiento de ver convertidas en certidumbres: su tío y él se habían gastado en los cuatro años, no sólo la renta anual de siete mil duros, sino el capital correspondiente a cincuenta mil reales que estaba colocado en acciones del Banco y papel del Estado: no le quedaban más que tres fincas urbanas.

Al saberlo tuvo un fuerte altercado con su tío, le recriminó con dureza su negligencia y le dirigió algunas palabras ásperas: el pobre D. Manuel apenas supo defenderse: quedose cortado y confundido, murmurando torpemente algunas disculpas. Cuando a Miguel se le calmaron un poco los nervios y se encontró solo en su cuarto, sintió grandes remordimientos; había obrado con poca generosidad: después de todo, la misma culpa había tenido él que su tío en el despilfarro: al recordar el semblante avergonzado y triste de aquél, sentía tanta lástima y un pesar tan profundo de haberle sin razón ofendido, que no pudo dormir en toda la noche.

La renta que le quedó era bastante para vivir con desahogo y aun con relativo lujo en Madrid. Se hizo cargo de la administración de las casas y puso orden en sus gastos, procurando, no obstante, que a su tío no le faltasen ciertos goces sin los cuales el caballero no comprendía la existencia. Y siguieron viviendo alegres y satisfechos en la mejor armonía.

La amistad de Miguel con su antiguo compañero de colegio y de posada, Mendoza, se había enfriado un poco durante los últimos años, más bien por efecto de la separación que porque hubiese mediado entre ellos motivo alguno de disgusto. Cuando se encontraban en la Universidad o en la calle se hablaban cariñosamente y paseaban juntos si Miguel no tenía cosa urgente que hacer. Algunas veces también, en días de apuro, Mendoza solía pasarse por casa de su amigo y pedirle unos cuantos duros. Por lo demás, trascurrían a veces meses enteros sin verse.

Poco después de terminar la carrera, Mendoza, que cada día era mejor mozo y se aplicaba con más ahínco a parecerlo, quiso hacer oposición a unas plazas de oficiales, vacantes en el Consejo de Estado. Antes de resolverse vino a consultarlo con Miguel, quien le animó mucho y le prometió aprovechar todas sus relaciones para conseguir lo que deseaba. Miguel frecuentaba la alta sociedad y era amigo de varios personajes políticos; se le conocía en los salones como en la Universidad por el nombre de Riverita, y era generalmente querido por su figura simpática, aunque exigua, y su trato franco y gracioso. Hizo Mendoza al fin su ejercicio de preguntas, y no fue más que mediano, de suerte que aun poniéndose en lo mejor, desconfiaba mucho de llevar número, lo cual le traía muy cabizbajo y desalentado. No obstante, cuando llegó el segundo ejercicio, que consistía en escribir encerrado, durante veinticuatro horas, una disertación sobre un tema elegido entre tres y contestar después a las objeciones que dos compañeros le hiciesen, ocurriósele una idea salvadora; pidió por favor a Miguel, en cuyo talento fiaba mucho, que se la escribiese. Hubo necesidad para ello de valerse de un ardid. A la hora en que se encerraba, fue Rivera por allá, se enteró del tema elegido y corrió a meterse en la biblioteca del Ateneo, donde en pocas horas consultando libros y esforzando el ingenio, escribió un largo y erudito discurso. El problema era que llegase a las manos de Mendoza. Para conseguirlo fue a rondar a las altas horas de la noche el edificio de los Consejos, dio un silbido penetrante, como un enamorado que avisase a su novia, y al poco rato se abrió con cautela una ventana del piso alto y se vio un hilo de seda flotar en el aire; Miguel amarró apresuradamente el manuscrito y el hilo comenzó a subir arrastrándolo consigo.

A la mañana siguiente fue lleno de zozobra a presenciar el ejercicio de su amigo. Este, que había copiado la disertación en buena letra, la leyó con firme entonación y no poco aparato; los jueces quedaron sorprendidos de tanta erudición y agradable estilo, en quien no sospechaban que existiese. Cuando llegó el momento, sin embargo, de contestar a las objeciones, decayó bastante; no sabía más que referirse a su discurso; luchaba en vano por encontrar algún nuevo argumento en defensa de la tesis. Apesar de esto y del mediano ejercicio de preguntas, el tribunal, pagado de los conocimientos nada comunes que había demostrado, le aprobó los ejercicios. Entonces fue cuando Miguel puso en juego todas sus amistades para conseguir que el ministro le concediese una de las plazas; el mayor del Consejo, su compañero de hotel, no fue uno de los que menos trabajaron en el asunto. Finalmente, después de muchas idas y venidas, empeños y zozobras, Mendoza fue nombrado oficial del alto cuerpo consultivo con doce mil reales de sueldo; aunque no era muy pingüe, tenía el empleo la ventaja de ser inamovible, y en la capital, y muy apropósito para trabar amistad con los próceres de la política y la administración, bajo cuya égida es como únicamente se puede hacer fortuna en España. El hijo del cirujano estaba, pues, en franquía, o lo que es igual, tenía asegurado su modus vivendi. Celebrose el triunfo por los dos amigos con una cena y hubo brindis fervorosos en ella y se juraron fidelidad eterna.

Poco tiempo después de este suceso, sobrevino otro en la vida de Miguel que dio origen a cambios importantes en ella. Ya hemos dicho que había entrado con buen pie en la sociedad, que se le tenía por hombre ameno y divertido, y gozaba de todos los privilegios que la fortuna y el ingenio suelen conceder en la capital. Pocos sabían como él despertar el buen humor en las tertulias, hablar con donaire de las mil frivolidades que constituyen el encanto de la buena sociedad.—«Mi fuerte y mi recurso supremo para extasiar a las tertulias—solía decir con ironía,—es el teatro Real.» Porque entonces, como ahora, la conversación amena por excelencia en Madrid era la de la ópera, y aquél era tenido por hombre más discreto y agradable quien proporcionase en las reuniones datos más fidedignos acerca de la vida privada de los tenores y barítonos.

Pues sucedió que cierto día, habiendo fallecido un caballero con quien mantenía alguna relación, se vistió de negro y fue a dar el pésame a la familia. La habitación de la señora estaba medio a oscuras, como es de rigor en tales casos, por lo que fue necesario que ella le saludase antes para saber a dónde dirigirse. Después que la apretó la mano y le expresó cuánto sentía, etc., etc., dio vuelta, y secándose los ojos para ver algo, percibió una silla vacía y fue a sentarse en ella. Los circunstantes guardaban silencio y se mantenían en la actitud rígida y dolorosa adecuada a las circunstancias. Nuestro joven procuró también adoptar una postura reflexiva metiendo las manos entre las rodillas, y bajando la cabeza, lo cual no le impedía levantar los ojos que, acostumbrados ya a la oscuridad, consiguieron al cabo distinguir las personas y los objetos. No muy lejos observó que una cabecita de mujer estaba vuelta hacia él, y que unos ojos negros le contemplaban sin pestañear; la cabeza era hermosa y delicada como la de una madona, los ojos vivos y alegres. Sintiose el joven particularmente cautivado por aquella mirada, donde adivinaba cierta misteriosa simpatía; no sólo su amor propio se sintió halagado por las insistentes miradas de la joven, sino que experimentó un sentimiento de atracción, que le arrastraba hacia ella. Contentose, al principio, con decir para sí:—¡Qué niña tan bonita!—Después avanzó un poco más y dijo:—¡Vaya una chica simpática, tiene cara de buena!—Por último no pudo menos de pensar:—Yo he visto esta fisonomía ya en otra parte. Y empezó a dar vertiginosas vueltas en la imaginación para averiguar dónde y cómo la había visto; pero por más que hizo no pudo averiguarlo. Recorría en un instante con el pensamiento, todas las casas conocidas, todos los parajes por donde había andado, y no logró encontrar marco para aquella cabeza. Si no la he conocido en el mundo, la he conocido en sueños, se dijo; yo he visto muchísimas veces esta cara y estos ojos. Y en efecto, poco a poco el semblante de la joven con sus rasgos delicados, con su expresión franca y risueña, se le representó como un sueño amable que había tenido en distintas épocas de la vida; trasladose a los días de placer, recordó los momentos en que su fantasía le hizo entrever los campos floridos de la dicha; días y momentos fugaces para él como para todos, pero que dejan la huella de Dios en el espíritu y le preservan de la corrupción. Los ojos de aquella joven le pusieron en contacto con todos los objetos bellos que había visto en su vida, con todos los pensamientos honrados que habían cruzado por su mente, con todas las lágrimas dulces que había vertido. Acordose de la fe pura y sencilla con que rezaba en el colegio ante la imagen de la Virgen y el ansia con que deseaba tener alas para lanzarse por los espacios azules y llegar hasta su trono de estrellas y cantar a sus pies las alabanzas de su hermosura inmortal; recordó las veces en que su padre le había dado a besar el retrato de su madre; recordó las dulzuras inefables que le causaba de niño la música que acompañaba a las procesiones, y la embriaguez que le producía el perfume del incienso, se le representaron los juegos de la infancia y el cariño vehemente apasionado que sintió cuando niño por su hermanita Julia...

¡Julia!... Le dio un vuelco el corazón. Había hallado lo que buscaba: aquella cabeza semejaba extraordinariamente a la de su hermana, no sólo juzgando por el recuerdo de la infancia, sino por el retrato que de ella poseía, regalo de su padre. Clavó en la joven los ojos con interés ansioso, queriendo averiguar un algo vago que empezaba a bullirle en el pensamiento, exploró con afán todos los rasgos de su fisonomía, examinó todos los pormenores de su vestido.—¡Si fuese realmente mi hermana!—se dijo.—Todo cabe en lo posible. Esta familia es amiga suya.... pudieron venir de Sevilla a pasar una temporada—¡quién sabe!—Y seguía mirándola fijamente cada vez con más emoción: la joven tampoco apartaba de él su mirada, llena de interés. El corazón empezó a batirle aceleradamente: se le apoderó un gran desasosiego, que le hizo mudar de postura veinte veces en dos minutos; sintiose sofocado, y se desabrochó la levita. Era necesario salir de aquella terrible duda; saber si todo era pura ilusión, o si efectivamente se encontraba cerca de la hermana de su alma. ¿A quién preguntarlo? La señora de la casa estaba lejos; no era oportuno levantarse y dirigirse a ella: además, todo el mundo se enteraría. Paseó la vista en torno, y no halló ningún amigo: entonces se decidió a preguntarlo a la señora que estaba más cerca, fuese quien fuese; volviose cuanto pudo hacia ella, se inclinó hacia su oído, mas cuando iba a articular la primera palabra quedó repentinamente sin voz, pálido y estático. La señora que estaba a su lado no era otra que su madrastra, la brigadiera Ángela en carne y hueso, mucho más ajada, con el cabello gris, pero todavía bella y arrogante. La circunstancia de estar tocando con ella y la oscuridad de la sala, habían hecho que no la viese hasta entonces. La brigadiera debió conocerle en cuanto entró, porque así que Miguel hizo ademán de dirigirle la palabra, volvió la cabeza a otro lado en señal evidente de mal humor y desdén. El rencor que siempre le había tenido estaba más encendido ahora por el testamento del padre.

Miguel permanció inmóvil largo rato, sumergido en un mar de pensamientos tristes. Cuando alzó la vista, su hermana (porque era ella, ya no le cabía duda) le estaba contemplando con mayor ternura. Una corriente de simpatía, más aún, de cariño sincero y apasionado, se estableció entre ellos; los ojos eran los encargados de trasmitirla: habló la sangre, hablaron los dulces e inefables recuerdos de la niñez, habló la memoria venerada del bondadoso brigadier Rivera. En poco estuvo que ambos se levantasen y se abrazasen ante la concurrencia; mas en Miguel pudieron los miramientos mundanos, en Julia el temor de su madre; y ambos permanecieron en sus asientos.

La brigadiera se sofocaba; estaba inquieta, nerviosa; hacía rechinar la silla al moverse. Por último, no pudiendo ya contenerse, se levantó para salir; todos la imitaron, y hubo unos instantes de confusión mientras se despedían; merced a ella Miguel se acercó disimuladamente a su hermana, y, sin saber cómo, sin mirarse siquiera, sus manos se encontraron y se dieron un apretón furtivo y apasionado. Jamás experimentó nuestro joven una emoción más dulce, ni fue tan feliz como en aquel momento; vinieron a sus ojos algunas lágrimas que tuvo que ocultar con el pañuelo. Julia, por su parte, estaba pálida y temblorosa, y apenas podía articular las palabras indispensables para despedirse. Cuando se fueron, Miguel quedó como si repentinamente le introdujesen en un calabozo lóbrego; no vio, ni oyó nada de cuanto había a su alrededor, y, sin vergüenza alguna de que le observasen, se echó a llorar como un niño y se despidió también.

XII

Averiguó que su madrastra había venido a vivir a Madrid para cobrar más puntualmente la viudedad, y que habitaba un cuarto tercero en la calle del Barco; esto le hizo sospechar que la hacienda de su pobre hermana había sufrido fuerte menoscabo, si es que no había volado enteramente. Tan luego como supo el domicilio de ellas se constituyó en asiduo paseante de la calle y comenzó a espiar los balcones de la casa con el celo y la insistencia del más rendido galán; pero los balcones permanecían herméticamente cerrados como los de un convento; por más que hizo nunca logró ver a Julia. Apeló entonces a los medios que suelen emplear los tenorios callejeros; sobornó a la portera y pudo cerciorarse de que su madrastra habitaba allí en efecto hacía tres meses; pero su hermana había ido a pasar una temporada al campo con unos amigos por no encontrarse bien de salud. Renunció por entonces a pasear la calle aguardando su regreso. Y al cabo de algún tiempo sucedió lo que vamos a ver.

Cierta tarde de verano hallábase Miguel sentado en una de las sillas del Prado con el cigarro en la boca disfrutando voluptuosamente de la amenidad del sitio y de la temperatura, que no podía ser más agradable en aquella hora. El vasto salón arenoso comenzaba a poblarse de los que como él salían después de comer a gozar del fresco. Nuestro joven, con mirada indiferente veía cruzar por delante de él grupos de señoras unas veces, otras paseantes solitarios, niños con sus ayos o niñeras; la disposición de su espíritu no era hacía ya algunos días tan alegre como antes; el encuentro con su madrastra le había perturbado bastante, inclinándole a los pensamientos serios y tristes. Los cuatro años de vida placentera le habían hecho olvidarse de entrar en sí mismo, recordar su historia, meditar sobre lo presente y lo porvenir. Al tropezar con aquellos restos de su familia despertaron súbitamente en su alma mil recuerdos dolorosos y alegres de la infancia, presentimientos y dudas que le tuvieron por algún tiempo melancólico. Hallábase, pues, enfrascado en tristes cavilaciones, como ordinariamente le acaecía siempre que estaba solo, cuando acertó a ver a lo lejos dos señoras, cuya figura le trajo a la memoria en seguida a su madrastra y hermana. Según fueron acercándose, pudo cerciorarse de que no eran otras. Le dio un salto el corazón, y vaciló un instante entre marcharse antes que llegasen o permanecer en su sitio. Optó al fin por esto último y aguardó. Pronto le divisaron, porque había pocas personas sentadas; la brigadiera arrugó la frente en testimonio de desagrado y pasó sin dirigirle una mirada. Julia también cruzó sin mostrar que reparaba en él; mas a los pocos pasos volvió la cabeza, y a espaldas de su madre le envió una sonrisa y le hizo una serie de muecas y saludos afectuosísimos, aunque reprimidos; después con rápido y gracioso ademán acercó la mano al pecho, arrancó un clavel que llevaba y lo tiró al suelo. Miguel corrió al instante a recogerlo; al bajarse sintió unos pasos precipitados detrás y vio frente a sí al levantarse a un cadete de Estado Mayor, flaco y larguirucho como una espina, quien le dirigió una mirada torva y colérica y hasta tuvo conatos de abocarle; pero después de vacilar un instante siguió caminando aunque volviendo a menudo la cabeza para mirarle de arriba abajo con expresión nada pacífica. Miguel, sin hacerle caso, cambió todavía de lejos una sonrisa con su hermana y llevó el clavel a los labios.

Cierto, no dejaba de ser interesante la situación de ambos hermanos, obligados para testimoniarse su cariño a esconderse como dos amantes contrariados y a emplear toda la astucia y disimulo que éstos usan. Miguel sabía apreciarla y la gustaba, y hasta se placía e interesaba en ella, por más que la deplorase con interminables lamentaciones cuando se hallaba entre amigos. Comenzaron a escribirse por medio de la portera, se hacían señas desde el balcón y la calle respectivamente, citábanse para las casas conocidas, y burlando la vigilancia de la terrible brigadiera, se daban besos apasionados en los corredores. ¡Cuántas veces en sus cartas se hizo mención de aquel día infausto en que Miguel dejó caer a su hermanita sobre el borde de la cuna! ¡Cuántas hablaban de la particular afición que Julita tenía a despeinarle! Miguel le escribía: «Aún siento, picaronaza, tus manos entre mis cabellos y aún me duelen los tirones que me dabas. Media hora por lo menos tardaba tu doncella Rosalía en ponerme la cabeza como la de un querubín; y tú ni un segundo siquiera en dejármela como una selva enmarañada! ¿Conservas fidelidad a los gatos? Si la raza felina no te ha hecho apurar la copa del desengaño, te proporcionaré cuando quieras un variado concierto: aún mayo con bastante afinación.» Julia le contestaba: «Si piensas que se me ha quitado la manía de despeinarte, te equivocas. Cuando te veo en los salones tan perfumado y elegante, hecho un dije de reloj, ¡no sabes lo que daría por achucharte, por chafarte la camisa, por meter las manos entre esos pelos tan rizaditos y engomados ¡simploncillo! y ponerlos tiesos como un escoba! Eres tonto de remate; como sabes que eres guapo no hay quien te sufra...»

Al fin Miguel halló el medio de reconciliarse con su madrastra. El cariño cada día más grande a su hermanita le hizo pensar que la había despojado de una parte considerable de fortuna: su padre no había obrado con toda justicia al mejorarle: las mujeres necesitan siempre un dote proporcionado a su educación, porque no pueden vivir de su carrera como los hombres. «Después de todo, se decía, aunque mi padre me quisiera mucho, no hay duda que al redactar el testamento ha obedecido en cierto modo al deseo de venganza. ¿Y qué culpa tiene mi pobre hermana del carácter altivo y dominante de su madre?» Por otra parte, le dolía verla en un cuarto tercero viviendo con relativa estrechez mientras él gozaba de todos los atractivos del lujo. Estas imaginaciones fueron labrando en su cerebro una decisión que al cabo formuló por escrito en carta a su madrastra: escribiole sin decir nada a Julia suplicándole le concediese una entrevista «para tratar de asuntos que a ella y a su hija interesaban mucho.» La carta, aunque seria, era afectuosa y dejaba traslucir intentos generosos y deseos vivos de reconciliación. La brigadiera le contestó muy atenta citándole para el día siguiente a las tres de la tarde en su casa. Aquella noche apenas pudo dormir nuestro joven bajo la obsesión de mil pensamientos afanosos y cambios súbitos de temor y de alegría: los nervios se le desbocaban fácilmente y no era poderoso a sujetarlos.