Después de almorzar, o de haber intentado hacerlo, porque apenas pudo pasar bocado, después de haberse vestido con pulcritud, después de haber estado algunos minutos en el café tomando maquinalmente una copa, de chartreusse, se encaminó con paso vivo a la calle del Barco, imaginando lo que había de decir a su madrastra y gozando con la grata perspectiva de la reconciliación. Al llegar a la esquina de la calle de la Puebla procuró refrenar el paso y tranquilizarse: mas al doblar la del Barco alcanzó a ver a lo lejos aquel cadete desgalichado que tan ferozmente le había querido interrumpir cuando recogió en el paseo el clavel de su hermana. Ya le había tropezado otras muchas veces en la misma calle con los ojos puestos en el balcón de Julia.
El cadete, al verle pasear la misma calle y al parecer con los mismos intentos, le arrojaba miradas provocativas, cencellantes, cargadas del tradicional desprecio que el elemento militar ha sentido siempre hacia el civil tratándose de empresas amorosas. Pero Miguel, con la imprevisión temeraria de la juventud, hacía caso omiso de este desprecio, y solía contestar a aquellas miradas con una sonrisa dulce y un si es no es burlona que iba amontonando la cólera en el pecho del feroz cadete. La tempestad rugía ya sobre la cabeza de nuestro joven, y él seguía tan sosegado como si estuviese bajo un cielo azul y sereno. Como caminaban en sentido contrario no tardaron en acercarse y pasar uno al lado de otro, repitiéndose la misma torva mirada por parte del militar y la idéntica sonrisa por la del paisano. Miguel cruzó a la acera de enfrente para entrar en casa de la brigadiera; mas antes de efectuarlo oyó una voz cavernosa a su espalda:
—Cabayero; oiga V.
Volviose y se encontró frente a frente del cadete.
—¿Qué se le ofrecía a V.?—le preguntó sonriendo.
El cadete vaciló un instante, puso sus ojos sanguinarios en el suelo y dijo con voz bronca de adolescente que está en la muda:
—Cabayero, quisiera saber si V. está «en relaciones» con esa chica del número quince...
—¿Del número quince?—dijo Miguel, más risueño aún.
—Sí señor, cuarto tercero.
—Pues en efecto, estoy en muy buenas relaciones; sí señor.
Hubo unos segundos de silencio. El hijo de Marte, apesar de su innata ferocidad, quedose un poco turbado. Al fin rompió a trompicones diciendo:
—Pero bien... esas relaciones... yo hace tiempo que la hago el oso... quisiera saber si es V. novio...
—¡Ah! eso es otra cosa: para que yo sea novio de ella hay una pequeña dificultad; y es que soy su hermano.
El cadete levantó los ojos, donde se pintaba el asombro, la alegría, la duda y algunas otras emociones secundarias que sería prolijo enumerar.
—¿Pero de veras es V.?...
—De padre nada más; no se asuste V.
Al cadete no le hizo efecto esta rectificación; siguió expresando con los ojos los mismos sentimientos, con idéntica viveza. Después, acometido súbito de una idea, la de que aquel paisano «se estaba quedando con él» se puso otra vez fruncido y enfoscado y volvió a sacar la voz de las profundidades de su pecho.
—Cabayero, yo no consiento que nadie se guasee conmigo.
—Hace V. perfectamente; aplaudo esa decisión.
—Es que... yo no creo que V. sea hermano de esa señorita...
—También está V. en su derecho; si le repugna creerlo, nada, nada, por mí no se violente V.
—Es que yo...
—Siento en el alma no traer la fe de bautismo en el bolsillo; pero si V. no tiene cosa más urgente que hacer, puede pasarse por la sacristía de la iglesia de San Ginés y allí le enseñarán el libro parroquial donde consta mi nacimiento y el de mi hermana... Si V. desea una tarjeta para el sacristán se la daré... ¿No la quiere V.?... Bien, pues V. me dispensará, caballero; me aguardan en este momento... Miguel Rivera, para servir a V....
Y giró sobre los talones y se metió pugnando por no reír en el portal de la casa de su madrastra. Una vez dentro de él, quedose repentinamente serio al pensar que antes de tres minutos iba a encontrarse frente a ésta. Era un momento solemne. Subió lentamente la escalera, creciendo su emoción a cada peldaño que iba salvando. Cuando llegó arriba estaba tan conmovido que no se atrevió a que le viesen en aquel estado: descansó algunos momentos procurando serenarse, y después que lo hubo conseguido a medias, cogió el llamador con mano temblorosa, tirando de él suavemente. Esperó un rato sin que nadie viniese: cuando ya iba a tirar segunda vez, oyose una voz adentro que decía con tono imperioso:
—¡Que han llamado!
Le dio un vuelco el corazón: era la voz de su madrastra. Al instante se abrió el ventanillo y le preguntaron:
—¿Qué deseaba V.?
—¿La señora viuda de Rivera?...
—Sí señor—dijo la criada abriendo la puerta.
En aquel momento Miguel estaba, sin saber por qué, completamente sereno.
—¿Cómo es su gracia?
—Miguel Rivera.
—Voy a avisar: tenga V. la bondad de aguardar un instante.
En cuanto nuestro joven se quedó solo, oyó unos pasos vivos y menudos, y divisó en la esquina del corredor a Julia que asomó la cabeza nada más para ver quién era «la visita.» Al encontrarse con su hermano, descubrió todo el cuerpo y se quedó pasmada, estática, mirándole fijamente con marcada expresión de susto. Esta actitud hizo comprender a Miguel que la brigadiera nada le había dicho de la carta ni de la cita. Después avanzó lentamente hacia él manifestando siempre la misma sorpresa mezclada de terror, sin hacer caso de la sonrisa tranquilizadora de su hermano: cuando éste la tuvo cerca, avanzó también algunos pasos, y cogiéndola por la cintura, la dio un par de sonoros besos en las mejillas. Entonces el susto de Julia llegó a su colmo: se arrancó con extraordinaria violencia de los brazos que la sujetaban, se puso terriblemente pálida y se llevó el dedo a los labios, diciendo con voz de falsete:
—¡Por Dios, Miguel, por Dios... que está ahí mamá!
La criada apareció en aquel instante por el otro extremo del corredor.
—Puede V. pasar cuando guste, señorito.
Miguel hizo una mueca risueña a su hermana, le dijo adiós con la mano y se dirigió con paso firme a la sala, precedido de la criada, quien al llegar a la puerta levantó la cortina y le dejó el paso.
La brigadiera Ángela, que estaba sentada en una butaca, se levantó al ver a Miguel, pero no avanzó a su encuentro. Tenía la misma figura gallarda y arrogante, mas el rostro estaba notablemente ajado; dibujábase en torno de sus ojos un círculo grande azulado, y surcaban su frente dos profundas arrugas, señales que acreditaban la violencia y soberbia de su genio: los negros y sedosos cabellos que Miguel admiraba en otro tiempo, blanqueaban ya por tantos sitios, que eran más grises que negros: vestía una bata de seda, también ajada, y ajados estaban también los muebles de la sala, y ajadas las cortinas y la alfombra. Todo lo advirtió el hijo del brigadier de una sola pero intensa mirada, y no sin pena, recordando el antiguo esplendor de su casa.
—¡Oh, mamá! ¿cómo sigue V.?—dijo avanzando con efusión hacia ella.
—Bien, ¿y tú, Miguel?—contestó tendiéndole una mano.
Miguel, que iba decidido a abrazarla, se detuvo ante aquella actitud y se contentó con tomarle la mano y apretarla contra su pecho. Y reteniéndola aún entre las suyas, exclamó:
—¡Cuánto tiempo!...
—¡Mucho, sí!... Trae una silla y siéntate.
Pero Miguel, sin hacer caso, siguió en pie, y volvió a exclamar, arrasados los ojos de lágrimas:
—¡Pobre papá!
La mano de la brigadiera tembló un poco dentro de las suyas; pero soltándose en seguida, le señaló de nuevo una silla.
—Siéntate, Miguel, siéntate.
Obedeció, colocándose al lado de la butaca de su madrastra, y metiendo las manos entre las rodillas y la barba en el pecho, guardó silencio: algunas lágrimas le resbalaron lenta y calladamente por las mejillas.
—¿Hace mucho tiempo que has concluido la carrera, Miguel?—le preguntó en tono natural la brigadiera al cabo de un rato.
—Hace dos años nada más—repuso secándose los ojos con el pañuelo.
—¿Y qué te haces ahora?
Esta pregunta seca y hecha en un tono más seco aún, cortó la tierna emoción que embargaba a nuestro joven en aquel momento y le dejó un poco embarazado.
—Poca cosa... Me divierto lo más que puedo.
—Sí, sí, ya lo he sabido, que eres un joven a la moda.
—Las modas duran poco; pasaré como han pasado las trabillas y las corbatas de suela...
La conversación iba a tomar un sesgo demasiado frívolo, y Miguel lo cambió preguntando con interés:
—¿Y VV. qué tal se encuentran en Madrid, mamá?
—A mí me sienta bien este clima... a Julia no tanto.
—¡Pobrecilla!... acostumbrada al calor de Sevilla, el frío de este pueblo no le hará mucho provecho seguramente.
—Yo también estaba acostumbrada al calor cuando vine hace años, y sin embargo no me ha hecho daño;... depende de las naturalezas...
—¿Pero Julia se ha puesto mala aquí?—preguntó Miguel, aunque ya lo sabía.
—Ha tenido un catarrillo pertinaz, pero la he mandado a Mejorada unos días con mi prima Rafaela, y se ha puesto buena.
—Es una chica muy graciosa... ¡Caramba cómo se ha desarrollado, y qué monísima se ha puesto!
—Tus flores no tienen gran valor en este caso—dijo la brigadiera sonriendo nada más que con el borde de los labios.
—¿Por qué? ¿Porque soy su hermano?... No crea usted que influye tanto en mi juicio esa circunstancia; la juzgo desapasionadamente, como un extraño... como un joven a la moda—añadió devolviendo irónicamente a su madrastra el calificativo que le había dado. Y por si esto pudiera ofenderla, dijo después:
—Usted, mamá, debe escuchar con gusto que Julia es guapa, porque además de ser su hija, se le parece notablemente.
—Tampoco admito esa flor encubierta... ¡Te has vuelto muy galante, Miguel!—repuso la brigadiera dignándose sonreír afablemente.
Más había de galantería que de verdad en lo que aquél acababa de decir. Aunque la brigadiera había sido bella, acaso más que su hija, ésta no se le parecía sino en la forma de la frente, estrecha y delicada, y en la boca. Los ojos de Julia eran más chicos que los de su madre, pero más vivos, y de un mirar suave y halagüeño, que nunca los de ésta habían tenido; la nariz no era tampoco aguileña, sino recta y fina. En la figura aventajaba mucho la madre a la hija, y en el color también, para los que prefieren las blancas a las morenas. Julita era una muchacha más bien baja que alta, pero muy bien proporcionada; tenía el talle esbelto y airoso como pocos; todos sus ademanes eran vivos y resueltos y estaban impregnados, si vale la palabra, de una gracia singular; el color tostado en demasía, acercándose mucho al de las gitanas, con las cuales guardaba más de este punto de semejanza; los cabellos idénticos a los de su madre cuando tenía su edad, negros, sutiles y lustrosos, y cayéndole en rizos sobre la frente. No era la hermana de Miguel un dechado de belleza, o lo que es igual, no poseía la pureza y corrección de líneas generadoras de la armonía (la cual es más aparente que real algunas veces); pero en cambio llevaba en sus ojos, en su garbo, en su sonrisa, el brillo y la sal de Andalucía.
Miguel no sabía cómo dar a la conversación un giro elevado y noble, acomodado a los sentimientos que agitaban su alma. Hubiera querido hablar de su padre, de su bondadosísimo padre, a quien tanto había amado; de buena gana hubiera recordado también los pormenores de su infancia, por más que en ella la brigadiera no desempeñase un papel muy grato; dispuesto estaba a olvidar todas las heridas, todos los desdenes y acordarse únicamente de los cortos momentos de dicha que había disfrutado; hasta los castigos de su madrastra adquirían, con la velada luz de los años, y al través de la súbita ternura que se había apoderado de él, un aspecto maternal que borraba su injusticia; por su gusto se reiría, trayéndolos a cuento como hacen algunas veces los hijos cariñosos después que llegan a hombres. Pero la actitud reservada, aunque atenta y afable de la brigadiera, le imponía respeto y le cortaba los vuelos para desahogar el pecho. Por otra parte, deseaba también entrar en la cuestión de intereses y no se atrevía, temiendo ofender su orgullo. Después de hablar algunos minutos todavía en el mismo tono indiferente, más propio de una visita de amigo que de una entrevista tan grave y solemne como debía ser aquella, procuró encauzar la conversación hacia lo que quería, hablando mucho de sí mismo, de sus tristezas y de su porvenir.
—No son todo flores en la vida, mamá: aunque me encuentre en una posición desahogada y pueda disfrutar de los placeres que ofrece la corte a los jóvenes, no soy tan feliz como el mundo supondrá seguramente. Tengo muchísimos momentos de murria, de tristeza, acordándome de que vivo solo, que me falta el calor de la familia, el cual no puede reemplazarse con nada... Mi tío Manolo, ya sabe V. como es... muy bueno, muy cariñoso... pero... ocupado exclusivamente en divertirse... Y el hombre no vive sólo con el recreo de los teatros, de los cafés y de los bailes. Cuando hay un poco de corazón, se apetece otra cosa...
—¿Por qué no te casas?—dijo la brigadiera secamente y sin levantar la cabeza.
—El casarse no es un acto tan libre como parece a primera vista... Se casa uno cuando llega la hora y una porción de circunstancias se han juntado para ello... Casarse porque sí, por una determinación de la voluntad, sin haberse enamorado antes de una mujer y sin juzgarla digna de llamarla esposa, me ha parecido siempre insensato... Además, en Madrid, en las sociedades que yo frecuento, se encuentran muchas jóvenes bonitas, elegantes, que tocan el piano admirablemente, y cantan a veces como las tiples que se chichean en el Real, y a veces pintan acuarelas y paisajes al óleo demasiado verdes, y escriben cartas a los novios con bastante ortografía... pero buenas esposas y buenas madres de familia, ¿cree V. que se encuentran con tanta facilidad?
—¡Bah!
—No lo crea V., mamá... En fin, a mí no me ha llegado aún la hora... Y mientras que me llegue, lo estoy pasando mal. Me sobra gran parte de la renta que tengo, y si no hago mal uso, no sé qué hacer de ella...
Miguel guardó silencio un instante, y después de vacilar, dijo tímidamente:
—Si V. me lo permitiera, la partiría de buena gana con mi hermana...
—Bien—dijo la brigadiera con voz un poco temblorosa.
—¿Y consentiría V. que me viniese a vivir con ustedes?
—¿Por qué no?
—¡Oh mamá!—exclamó Miguel enternecido;—me hace V. feliz con esa respuesta. ¡Tengo unos deseos tan vivos de vivir con VV.!...—Y apoderándose al mismo tiempo de una mano de la brigadiera, la besó con efusión repetidas veces, mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—¡Vamos, que no me negará V. que tengo un corazón muy sensible!—dijo riéndose de su propia emoción, como tenía por costumbre.
A la brigadiera no le pareció bien esta salida y se quedó seria. Ni era fácil que penetrase jamás el verdadero carácter de Miguel, y lo que aquellos arranques significaban. No obstante, se mostró después todo lo amable y expansiva que le consentía su naturaleza, lo cual pudiera muy bien achacarse, sin ser mal pensado, a la promesa que Miguel acababa de hacer respecto a su fortuna, por más que ella en la apariencia no le hubiese concedido ninguna importancia. Mas el hijo del brigadier era tan dichoso con aquella reconciliación y con la perspectiva de vivir en la misma casa de su hermana, que prefirió creer que también su madrastra se enternecía y se gozaba en tenerle nuevamente por hijo.
Cuando más embebido se hallaba en la conversación, sintió que unas manos chiquititas le sujetaban la cabeza por detrás, y se la despeinaban con furia. Era Julia que había entrado de puntillas sin ser notada.
—¡Al fin has caído en mis manos! ¡Abajo los peluqueros!
—¡Y tú en las mías! ¡Arriba las niñas sevillanas!—dijo Miguel sujetándola para darla un beso.
—¿De dónde sacas tú, fatigoso, que yo soy de Sevilla?—repuso Julita con marcado acento andaluz, y comiéndose más de la mitad de las letras.—Yo soy gata, y muy gata, y porque soy gata, te araño y te arranco estos ricitos tan cucos de donde cuelgas los corazones.
—¿Hay alguno colgado?—preguntó Miguel riendo y dejándose sobar pacientemente.
—Vamos, basta, Julia—dijo la brigadiera sonriendo también.
—¡Oh, no!—contestó aquélla, siguiendo con más ardor en su tarea.—¿Tú te has figurado que se puede echar impunemente flores a una chica que no hace tres meses siquiera que ha llegado de Sevilla? ¡Y qué flores, Virgen del Amparo, qué flores tan cursis! ¡Que me he desarrollado! ¡Que soy muy mona!... Anda, tonto; ¿te figuras que sólo en Madrid se desarrolla la gente?
—¿Y cómo sabes tú que te ha estado echando flores?—le preguntó su madre, clavándola una mirada terrible.
Julia se puso encarnada hasta las orejas.
—Lo he oído por casualidad al cruzar por el pasillo...
—¿Casualidad, eh?—dijo la brigadiera con sonrisa sarcástica.—Pierde cuidado, que ya me encargaré yo de que no se repitan esas casualidades.
Julia se turbó ante la amenaza de su madre: quedose un momento pensativa y triste; pero en cuanto aquélla bajó la cabeza para continuar su labor, hizo un mohín gracioso y alzó los hombros en señal de indiferencia. Colocada en pie al lado de su hermano, siguió acariciándole los cabellos y la barba. Miguel se había quedado también repentinamente serio. Al cabo de un momento, Julia, metiéndole la boca por el oído, le dijo muy quedo:
—Mira, vamos a sentarnos al sofá y podremos hablar lo qué queramos... Lo haremos con disimulo; aguarda un poco.
Y después de acercarse al balcón y echar una ojeada a la calle, dijo en voz alta:
—Miguel, tú no has visto los retratos que nos hemos hecho últimamente mamá y yo, ¿verdad?
—Como no hubiera ido a casa del fotógrafo, es difícil...
—Voy a enseñártelos ahora mismo: verás también los de nuestros parientes de Sevilla... Tengo unas primas muy guapas: a ver si te conviene alguna.
Y salió corriendo de la sala.
—¡Qué chiquilla tan viva!—exclamo Miguel volviéndose a su madrastra.
—Sí, muy viva y muy insufrible—repuso ésta con mal humor.
—Es la edad—dijo Miguel, a quien parecía imposible que la brigadiera no hallase graciosa y amable a su hija.
—Nada de eso: ya ha cumplido diez y seis años, y cada día está peor.
Julia entró con un álbum en la mano.
—Ven aquí, al sofá, Miguel, y ten ánimo para ver nuestra colección de fieras.
—Enséñame primero tu retrato y el de mamá para que me infundan valor.
—Aquí los tienes—dijo sentándose al lado de su hermano.—Mira a mamá ¡qué bien está!—Tan guapetona como siempre—añadió guiñando un ojo y apuntando con los labios a su madre, que estaba sentada de espaldas a ellos.—¿No te apetece darla un beso?... Vamos, dáselo...
Miguel acercó, riendo, los labios al retrato. Julita quería desagraviar a su mamá. Ésta, sin levantar la cabeza, y en un tono entre alegre y displicente, exclamó:
—¡Ah, aduladora! Ya sabes que me empalaga el dulce.
Julita hizo otra mueca, se rió, y presentando con extraordinaria viveza su retrato a Miguel, le dijo:
—Eh, ¿qué tal?
—Admirablemente.
—¿No es verdad que con esta mantillita blanca y estos rizos por la frente y estos ojillos entornados, soy capaz de dar el opio a cualquiera?
—Sí, a cualquier cadete—repuso su hermano por lo bajo.
Julita quedó un segundo suspensa, y se puso otra vez encarnada; pero reponiéndose en seguida, le dio un pellizco, diciendo:
—¡Ah granuja! ¿Qué correo de gabinete te ha venido a dar la noticia?
—¡Y yo que soñaba para ti lo menos con un coronel!—siguió en voz baja y reprimiendo la risa.
—¡Ya llegaremos allá!
—¡Diablo! es menester que se pronuncie antes siete veces lo menos; y te lo pueden escabechar fácilmente.
—¡Pobrecillo de mi alma!—exclamó Julita poniendo la cara triste.
—¿Pero le quieres de veras?
—Un poquito.
—Pues él también te quiere a ti: al entrar en esta casa hace un momento, me vino a preguntar con semblante fosco si yo te galanteaba.
—¡Qué tonto!—exclamó la niña roja de placer.—¿Y tú qué le dijiste?
—Que no podía aunque quisiera, porque era tu hermano.
—¿Y él que ha dicho?
—¿De veras es V. hermano de esa joven?
—Y tú, ¿qué dijiste entonces?
—Y tan de veras, aunque de padre nada más.
—Y él ¿qué dijo a eso?
—¡Chica, no me acuerdo!—manifestó Miguel soltando a reír.—¡Qué graciosa estás con eso de qué dijiste y qué dijo!
Julia estaba tan interesada y pendiente del relato de su hermano, que no se había dado cuenta de aquellas repeticiones. Quedose un poco cortada; pero concluyó en seguida por reírse de sí misma.
—Mira el retrato de tío Joaquín—dijo en voz alta.—Vivíamos en Sevilla muy cerquita de su casa. Es fiscal de la Audiencia y tiene las tres hijas que vas a ver... ésta es la primera, Sofía.
—¡Uf qué fea!... Dispénseme VV., no he podido remediar este grito...
—Di lo que gustes—manifestó la brigadiera.—Hace ya tiempo que estamos todos en ello.
—Mira la tercera, Gertrudis.
—Pues ésta es más fea aún.
—Aquí está la segunda, Lola.
—¡Demonio, esta es verdaderamente horrible!
Julia se echó a reír diciendo:
—En Sevilla las llaman «las tres circunstancias agravantes.» A la primera Premeditación, a la tercera Alevosía, y a la segunda Ensañamiento, por orden de fealdad.
—Tiene gracia... Cualquier día me voy a Sevilla por una de ellas. ¿Y son esas las primas de que me hablabas?
—No, hombre no: éstas son tías... primas segundas de mamá... Por supuesto, te lo digo en reserva, porque si ellas supieran que yo ando propalando este secreto, serían capaces de asesinarme, ¿no es verdad, mamá?
—Pues que quieran o no—respondió la brigadiera,—son tus tías, y la menor pasa ya de los treinta.
—Oyes, Julia—dijo Miguel hablando otra vez en voz baja.—¿Se te ha declarado ya ese...?
—El otro día me puso una carta en la mano; pero yo la dejé caer.
—¿Pues?
—Es un tío lila, ¿sabes?
—¿Pero no acabas de decirme que le quieres?
—¡Qué sé yo si le quiero!—dijo alzando los hombros con displicencia.
—Pues eres la más interesada en el asunto.
—Desde un día en que le vi de paisano con unos pantalones muy cortos, se me ha quitado bastante la ilusión.
—No te apures por eso, chica; es que está creciendo aún... debes alegrarte.
Siguió la conversación todavía un buen rato. Miguel prometió traer al día siguiente sus maletas. Julia, brincando de alegría, le enseñó el gabinete donde iba a dormir en tanto que no se buscase una casa más capaz, como acababa de convenirse entre ellos. Al fin se despidió lleno de gozo, prometiendo venir a buscarlas de noche para llevarlas al teatro.
Al poner el pie en la calle, cortó repentinamente el hilo de sus risueños pensamientos el ver apostado en la acera de enfrente, y en actitud de espera, a lo que podía sospecharse, al cadete enamorado de su hermana.—«Vaya, me parece que voy a tener que andar a pescozones con este majadero»—se dijo. Pero muy contra lo que presumía en aquel momento, el cadete salvó rápidamente la distancia de una acera a otra y arremetió con él con los brazos abiertos, la cara sonriente y rebosando de júbilo.
—Déjeme V. que le abrace, D. Miguel—y lo hizo sin aguardar el permiso.—Acabo de saber, por la portera, que es V., en efecto, hermano «de esa chica,» y me pesa muchísimo de haber tenido con V. esa cuestión...
—¿Qué cuestión?
—La que tuvimos, antes de entrar V... ¡Caramba, si yo lo hubiera sabido!... ¡Cómo había de atreverme! Por Dios, me dispense V.
A Marte, al decir esto, se le había suavizado notablemente la expresión del semblante: la voz tampoco era tan profunda.
—No tengo por qué dispensar a V.—contestó Miguel, zafándose de sus brazos y mirándole entre risueño y admirado.
—¡Y yo que pensaba que era V. mi rival! Le estuve a V. esperando más de dos horas: no quería marcharme a casa sin darle una satisfacción... He perdido la academia por ello.
—Lo siento mucho y se lo agradezco; pero no había necesidad.
—Ahora voy a pedir a V. un favor—dijo vacilando un poco.
—Usted dirá.
—Que venga V. conmigo a beber una botella de cerveza al Suizo.
—No me gusta la cerveza.
—Quien dice cerveza, dice cognac, marrasquino, chartreusse..., en fin, lo que V. guste.
—No tengo inconveniente en ello: lo que sentiré es que, por mi causa, pierda V. alguna otra clase.
—No señor, ya las he perdido todas.
—Pues vamos allá.
Y se emparejaron caminando en dirección al café Suizo. El cadete le dejó respetuosamente la acera.
—Mozo, una copa... ¿de qué, D. Miguel?
—De agua.
—¿Cómo de agua?—dijo sorprendido y un tanto amostazado.
—Es lo único que me apetece en este momento.
—¿Pero?...
—¿No quería V. antes darme una satisfacción?
—Sí señor.
—Pues deme V. ahora la de dejarme beber agua, puesto que tengo sed.
—Bueno; si V. se empeña...—Y dirigiéndose al mozo con voz ronca de mando:
—Con azucarillo y gotas, ¿entiendes? A mí una copa de ron. Tráete además los cigarros, para que escojamos.
Se habían sentado uno frente a otro. El cadete, siempre galante, había obligado a Miguel a sentarse en el diván, mientras él se había acomodado en una silla. Examinábale aquél atentamente sin quitarle ojo, mostrando en el semblante tal gravedad, que a leguas se adivinaba que era forzada. Realmente el cadete era un ser curioso en su aspecto físico. Por su delgadez parecía montado en alambres; tan rubio, que casi daba en albino; el cuello largo como el de las girafas, y con una nuez... Miguel no había visto jamás nuez tan desmesurada: de todo el individuo era lo que preferentemente llamaba su atención.
Vino el mozo con el servicio y los cigarros. Utrilla, que así se llamaba el cadete, se empeñaba en que Miguel escogiese uno.
—No puede ser, querido: esas brevas son demasiado fuertes para mí; yo gasto unos cigarros más flojos... aquí tiene V... si V. gusta...
—Muchas gracias: yo necesito que pique un poco el tabaco; lo flojo no me sabe a nada...
—¡Milagro será—pensó Miguel—que tú te tragues esa copaza y esa breva!
—Pues como le iba diciendo, Sr. Rivera—manifestó Utrilla, comenzando a pegar feroces chupetones al cigarro,—no sabe V. lo que a mí me alarmó verle pasear la calle de su hermanita. En seguida se me subió el tufo a las narices... Los militares somos así... Y dije para mí, entonces: Hay que cortar esto por lo sano y jugar el todo por el todo: o tú o yo. ¿A qué vienen esas rivalidades en que los dos se están odiando, y sin embargo, se aguantan un día y otro sin decirse una palabra? Eso lo puede hacer muy bien un paisano, pero un militar... creo yo... V. bien me comprende. Así que ¡zás! en cuanto vi la cosa seria, me fui derecho al bulto y me aboqué con V...
—Y si yo no hubiera sido hermano de Julia y la galantease, ¿qué hubiera V. hecho?
—Pues nada... hubiéramos ido al terreno.
—¿A qué terreno?
—Al del honor. Nosotros, los militares, estamos más comprometidos que VV., los paisanos, cuando llegan estos casos. A nosotros el uniforme nos obliga a no transigir...
—Con que una muchacha prefiera a otro, ¿verdad?
—No señor, no es eso; entre nosotros hay ciertas leyes... Lo que en otro cualquiera no es cobardía, pongo por caso, en uno de nosotros lo es... Luego hay el espíritu de cuerpo... Si los compañeros saben que V. no ha quedado encima en cualquier cuestión, le dejan de saludar y le obligan a salirse del cuerpo... La verdad es que la milicia es una cosa muy seria, y que no se puede jugar con ella.
—Mucho—afirmó Miguel gravemente, lanzando al aire una bocanada de humo.—¿Y cuánto tiempo hace que es V. militar, Sr. Utrilla?
—En la academia—respondió el cadete después de vacilar un poco y toser—no llevo más que seis meses... pero me he estado preparando antes dos años con un comandante del cuerpo... y en realidad, desde que uno entra en la academia preparatoria, ya se le considera como militar.
—Mucho—volvió a afirmar Miguel inclinando la cabeza.
—Dentro de quince días nos examinamos del primer semestre; si salgo bien, me faltarán cuatro años y medio nada más para salir a teniente del cuerpo...; por supuesto, si no pierdo algún semestre. Hacen falta oficiales; de modo, que lo más probable es que no aprieten mucho... Además, estos quince días pienso estar empollando el álgebra. Soy un hombre muy especial. ¡Caramba, si no fuera su hermanita, algo mejor andaría yo de ella! En dibujo estoy bastante bien... ¡claro, como que mi padre me ha hecho dibujar desde los diez años! En topografía tampoco ando mal. Al único que tengo miedo, es al tío del álgebra... ¡Es un tío más marrajo y más seco! Sale uno al encerado a exponer un teorema, y a lo mejor se equivoca, porque es muy fácil equivocarse... ¿V. cree que se lo advierte? ¡Nada! El muy perro se queda serio como un poste, y V. no sabe que se ha equivocado hasta el fin, después de una hora...
Miguel le escuchaba distraído, pensando en su hermana y en su madrastra, echando cálculos alegres sobre la vida feliz que iba a hacer en su compañía, recordando con placer los pormenores de la entrevista que con ellas acababa de tener.
Cuando el cadete hizo una pausa, le preguntó por hablar algo:
—¿Y V. es natural de Madrid?
—Sí, señor; he nacido aquí, y aquí me he criado... Mi padre tiene una fábrica de bujías esteáricas en las afueras, cerca de los Cuatro Caminos... acaso V. la haya visto... ¿no?... pues si V. va por allí algún día de paseo, no tiene V. más que preguntar por mí, y le dejarán pasar a verla. O mejor será, que el día que V. quiera ir allá, me avise, y le acompañaré, con tal que sea después de los exámenes. Mi padre es viudo, y tiene tres hijos; el último de ellos soy yo; mi hermano primero es el que corre ahora con la fábrica; mi hermana Eugenia está casada con un agente de Bolsa... A mí también quería meterme mi padre en estos líos, pero yo soy un hombre muy especial; basta que me manden una cosa, para hacer la contraria. A mí siempre me gustó mucho la vida del militar; hoy aquí, mañana allí, unas veces con mucho dinero, otras veces sin una peseta.
—¿De modo, que a V. le gustaría viajar, conocer países?
—Sí, señor, muchísimo; yo soy un hombre muy especial en eso.
—¿Y qué necesidad tiene V. de hacerse militar para ello? ¿No se puede viajar de paisano?
—Claro; habiendo dinero... Pero a mí me gusta viajar de cierto modo; estando en un pueblo quince días, en otro un mes... y luego que siendo uno militar, en todas partes se le recibe con los brazos abiertos... Las chicas se mueren por el uniforme... ¡Es una tontería, por supuesto!—añadió sonriendo y dejando bien traslucir que no la tenía por tal, sino por una prueba grande de sabiduría.—Mire V., a mí no me gusta el uniforme; soy un hombre muy especial. Los primeros días, me lo ponía con entusiasmo; pero ahora ya me apesta... Además, como uno tiene que saludar a todos los oficiales, ¡y hay tantos en Madrid!...
El cadete siguió todavía bastante rato hablando de sí mismo con voz de bajo profundo, contándole cien mil cosas que no le importaban nada, y afirmando a cada instante que era un hombre muy especial. Miguel no podía adivinar en qué consistía esta especialidad, como no fuese en la nuez, que, en efecto, cada vez le parecía más especial. Observó también que estaba un poco más pálido que al principio, lo cual le movió a preguntarle por dos veces si se sentía mal, pero el cadete afirmó rotundamente que se encontraba admirablemente. No obstante, allá a lo último, se puso en pie, confesando que la atmósfera del café estaba algo pesada y que sería bueno dar una vueltecita entre calles, a lo cual accedió muy gustoso su compañero.
Llamaron al mozo, y ambos trataron de pagar; pero éste, sea porque juzgase a Miguel con más edad y carácter para el caso o por otra causa que no es fácil adivinar, rechazó el dinero que el cadete le ponía en la mano y tomó la moneda que aquél le ofrecía. ¡Aquí fue Troya! El cadete se indignó con esta acción, de un modo indecible, se puso aún más pálido de lo que estaba, echó tres o cuatro ternos redondos con la voz más cavernosa que halló entre sus registros, y amenazó con estrangular al mozo acto continuo. Esfuerzos inauditos costó a Miguel sosegarle, y solamente lo consiguió con la promesa de que vendría otro día a tomar cualquier cosa para que él la pagase. Apesar de esto salió del café taciturno y sombrío; aquello de que Miguel hubiese pagado siendo él quien le invitara, parecíale el colmo de la humillación. Todavía cuando iba en dirección a la puerta cruzando por entre las mesas, se volvió dos o tres veces para lanzar una mirada de desafío al mozo, que ya estaba sirviendo a otros parroquianos sin hacer caso.
Una vez en la calle, Utrilla se mostró mucho menos locuaz. Miguel se vio precisado, para sostener la conversación, a hacerle preguntas a las cuales contestaba cada vez con más concisión. Al poco rato se detuvo repentinamente y manifestó que no se sentía nada bien. Decir esto y arrimarse a un portal y echar los hígados por la boca, fue todo uno.
—¿Le habrá hecho a V. daño el cigarro?—le preguntó Miguel.
—¡Cá, no señor!... No comprendo lo que pudo ser... Acaso el ron que me dieron estaría malo.
—Sin embargo, el cigarro... V. escupía mucho...
—No señor, no; estoy acostumbrado.
Viéndole aún bastante pálido y desfallecido, Miguel llamó a un coche de punto, le hizo subir a él y le condujo a su casa, situada en la calle del Sacramento. El cadete, apesar de su mal estado, quería descoyuntarse dándole las gracias.
FIN DEL TOMO I
RIVERITA
NOVELA DE COSTUMBRES
POR
ARMANDO PALACIO VALDÉS
MADRID
TIPOGRAFIA DE MANUEL G. HERNÁNDEZ
Libertad, 16 duplicado
1886
TOMO II
I
Miguel no fue tan feliz como había imaginado viviendo con su madrastra. Aunque Julita le proporcionaba con su alegría infantil y cándido donaire gratísimos momentos, estaban amargamente compensados éstos por el malestar que le producía el carácter rígido, inflexible, de la brigadiera. Este carácter no tenía ocasión de manifestarse con él, porque evitaba escrupulosamente todo motivo de choque o disgusto; pero se mostraba en toda su violencia y a cada hora del día con su hija Julia. No podía hacer la pobre niña nada, fuese tuerto o derecho, que mereciese su aprobación; era un ordenar constante de la mañana a la noche, primero una cosa, después otra, a menudo cosas contrarias, lo que producía disgustos, conflictos y escenas ruidosas. Julia tenía ocupados todos los minutos del día; cinco horas de piano, dos de bordado, dos de estudio, etc. Por nada en el mundo podía infringirse este régimen despótico: la menor infracción costaba muchas lágrimas. Si por impaciencia, o arrastrada de su genio vivo y desenfadado, contestaba alguna cosa que oliese de cien leguas a falta de respeto, ya podía prepararse: la brigadiera se erguía como una fiera, la llenaba de insultos, y olvidándose a menudo de lo que debía a su propia dignidad, y apesar de los años de Julita, la pellizcaba cruelmente, la abofeteaba y la tiraba de los cabellos:—«¡A su madre no se contesta jamás; se obedece y se calla, aunque no tenga razón!»—Eran las palabras que siempre salían de su boca en casos tales. La brigadiera tenía de la patria potestad la misma idea que los romanos; no había límites para ella. Cuando se efectuaba alguna de estas escenas, y por desgracia eran demasiado frecuentes, siempre concluían del mismo modo: Julita se iba a llorar la reprensión, los pellizcos o las bofetadas a su cuarto; su madre no volvía a hablar con ella, ni a dirigirle siquiera una mirada: para que hubiese reconciliación, era necesario que Julia fuese a ponerse de rodillas delante de ella, y cruzadas las manos en el pecho, como estaba acostumbrada desde niña, la pidiese perdón. Sólo así lograba entrar en su gracia.
Poco tiempo después de haberse trasladado Miguel, fue testigo de una de las más repugnantes escenas de este género. Cuando terminó con el piano una mañana, Julita se fue al comedor, y motu propio, por su extremada inclinación al aseo, sacó toda la vajilla de los armarios y se puso a limpiarla esmeradamente y a colocarla de nuevo en su sitio. Empleó en la tarea mucho más tiempo de lo que había imaginado: cuando tornó al gabinete donde su madre se hallaba, ésta le preguntó con la aspereza acostumbrada si había cosido un vestido que se le había roto el día anterior.
—Todavía no—contestó Julita tranquilamente.
—¿Y qué te has hecho toda la mañana? ¡holgazana! ¡más que holgazana!—exclamó la brigadiera con ira.
Julia, que estaba muy ufana de su labor y que pensaba dar una sorpresa agradable a su madre, le dijo riendo:
—¿Mamá, tiene V. vergüenza para llamarme holgazana?
Nunca lo hubiera dicho. La brigadiera, sin oír más, se lanzó sobre ella, la cogió por un brazo y la sacudió tan fuertemente, que la chica perdió el equilibrio y cayó al suelo, dando con la cabeza sobre un pie del piano: lanzó un grito y se llevó la mano a la cabeza, de donde corría un hilo de sangre. La brigadiera, terriblemente asustada, pálida como una muerta, se arrodilló cerca de su hija, la incorporó, y empezó a besarla frenéticamente, mientras Miguel iba corriendo a su cuarto en busca del frasco del árnica. Pusiéronla inmediatamente una compresa, sujetándola con una venda, y gracias a esto la herida quedó pronto cerrada. Julia no tardó en serenarse: su madre también se calmó poco a poco. Pero todavía mientras la quitaba la sangre de la cara con un paño mojado, no podía menos de dar suelta a su genio exclamando:
—¿Lo ves? Esto te ha sucedido por desvergonzada.
La brigadiera, aunque parezca extraño después de lo que acabamos de decir, amaba a su hija; pero la amaba a su manera, mortificándola sin cesar para plegarla de un modo incondicional a su voluntad. La voluntad era la facultad dominante, característica de su espíritu; todas las demás, el entendimiento, la sensibilidad, la memoria, estaban avasalladas por ella, hasta poder dudarse algunas veces de si existían. Ante el capricho más insignificante, la ternura y hasta el amor maternal huían a esconderse; pero sería injusto afirmar que estaba desprovista de ellos. La prueba es que en el momento en que su hija se ponía enferma, no se apartaba de ella un instante, ni de día ni de noche. Verdad es que, aun en tal estado, su voluntad no dejaba de seguir activa, haciéndole tragar las medicinas con terrible exactitud, no consintiéndole sacar un brazo fuera, ni dar tantas vueltas, etc., etc. Esto era irremediable. Además, para vestir a Julia con elegancia, para proporcionarle una educación brillante, no le dolía gastar todo su caudal, ni aun sacrificar sus propias comodidades. Mientras estuvo en Sevilla pudo competir en vestidos y sombreros con las hijas de las familias más aristocráticas. A esto se debía, por supuesto, la gran merma que sobrevino en la hacienda que el brigadier la había dejado.
No obstante el régimen severo en que su madre la tenía aprisionada y el feroz despotismo que sobre ella ejercía, Julia no era tan desgraciada como pudiera presumirse. La naturaleza la había dotado de un carácter alegre, bondadoso y algo tornadizo, y este carácter la salvaba de una desdicha cierta; las impresiones en ella duraban poco y se sucedían con pasmosa rapidez; pasaba con increíble facilidad del llanto a la risa, y de la risa al llanto; era incapaz de meditar sobre las injurias que la hacían, ni menos de guardar por ellas el más leve rencor. Además, como estuvo toda su vida bajo el poder y la vigilancia de su madre, no pensaba que hubiera más vida, y estaba tan acostumbrada a sus filípicas que, cuando no eran extraordinarias, las escuchaba como un ruido enfadoso, y se autorizaba una que otra vez, si el temporal no era muy recio, ciertas salidas graciosas, aunque atrevidas.
—Mamá, me ha dicho una persona bien enterada que en el purgatorio acaban de suprimir los pianos. Hasta allí se van mejorando las costumbres.—Mamá, ¿será faltarte al respeto decirte que hoy te has echado muchos polvos de arroz?—Mamá, si yo tuviese una hija, por lo menos un día a la semana, la dejaría dormir cuanto quisiera.
Estos donaires, cuando subían de punto, solían costarle bastante caros.
Miguel, a quien todo aquello cogía de nuevas, y que adoraba a su hermana, no podía sufrirlo con calma: cada vez que le tocaba ser testigo de una de estas escenas, padecía horriblemente y le costaba esfuerzos desesperados el reprimir sus ímpetus y no hacer a la brigadiera alguna áspera advertencia. Pero comprendía que con esto no adelantaba nada; al contrario, pondría las cosas en peor estado, y se callaba tragando bilis o apelaba con timidez a los ruegos para conjurar la borrasca. Más de una vez pensó en irse de nuevo a la fonda; pero al instante su conciencia se rebelaba. ¿Esto no era egoísmo? ¿Qué adelantaba su hermana con que él no estuviese en casa? Por el contrario, sabía perfectamente que Julita se consolaba mucho teniéndole cerca, no sólo porque templaba algunas veces el rigor de su madre, sino también, y esto era lo principal para ella, porque desahogaba con él su pecho, porque la animaba, porque pasaba charlando deliciosamente muchos ratos en su compañía, porque se placía en arreglarle el cuarto, porque la llevaba con frecuencia al teatro y procuraba, en suma, por todos los medios que estaban a su alcance, hacerle más dulce la existencia. Por otra parte, tampoco Miguel era de natural melancólico, como ya sabemos; Julia y él se entendían admirablemente para bromear, reír, bailar y hasta brincar por la casa. Y como la alegría es contagiosa, algunas veces, muy pocas, también la brigadiera participaba de ella y sonreía a sus juegos. Miguel solía aprovechar esta buena disposición y osaba retozar con la fiera: cogiéndola súbito de la cintura la empujaba con alguna violencia y la hacía correr, a su pesar, por la sala o el corredor hasta fatigarla, sin hacer caso de sus protestas.
—¡Estate quieto, Miguel! ¡Basta, Miguel! ¡Mira que me fatigo!
La brigadiera, enfadada a medias, no podía menos de reírse. Miguel comprendía bien cuándo convenía soltarla.
—¡Eres un loco incorregible!... ¡Eres más chiquillo aún que tu hermana!
—Vamos, cállese V., señora, o volvemos a dar otros seis galopes.
—No, no, me marcho, porque eres muy capaz de hacerlo—decía riendo.
Estas sonrisas tenían para nuestros jóvenes el incalculable valor que tiene para los habitantes de Londres un rayo de sol en medio del invierno.
Miguel entregaba a su madrastra puntualmente la mitad de su renta. No se limitaba a esto su liberalidad: a menudo las hacía valiosos regalos, las llevaba al teatro y las obsequiaba de mil modos distintos. La casa se había montado sobre un pie más alto: vivían en un cuarto desahogado de la calle Mayor: en vez de la cocinera y la doncella que antes tenían, había ahora otros dos sirvientes más, una doncella para Julia y un criado para Miguel. La brigadiera aceptaba, sin embargo, la generosidad de su hijastro sin mostrar pizca de agradecimiento: al contrario, parecía que tomando su dinero o sus regalos le otorgaba un gran favor, le daba una prueba de confianza, y que él era quien estaba obligado por ello a guardarle eterna gratitud.
Algún tiempo después de vivir de aquel modo, tuvo nuestro joven otro encuentro, fecundo también en graves consecuencias. Aconteció que un día de Carnaval se disfrazó de máscara, y en compañía de otros dos amigos, se bajó al Prado. Vestía traje de chula, y ostentaba, para mayor regocijo de los mirones, un seno exuberante, embutido de algodón.
El salón rebosaba de gente; pocas máscaras, no obstante. Las que había, desfilaban entre los carruajes dando saltos para no ser atropelladas, y se montaban en la trasera de ellos, en el estribo, y a veces se sentaban al lado de los dueños para embromarlos. El grupo donde iba Miguel se quedó algunos minutos inmóvil presenciando el desfile e inquiriendo con la vista si entre las graves damas y caballeros que venían arrellanados en los landaux o mylords había algunos de sus conocidos a quien poder dirigirse. Uno de los compañeros atisbó al diputado Vidal que guiaba un tílbury, y escapó a colocarse a su lado, lanzando chillidos horrísonos. «¡Perico! ¡Perico! padre de la patria, aguárdame.» El otro tuvo la felicidad de ver a su novia en carretela y fue a colocarse de pie en el estribo. Quedó Miguel solamente en espera de algún amigo; pero no acababa de pasar. Conocía bastante de vista y de oídas a la mayor parte de las personas que ocupaban los aristocráticos trenes que cruzaban lentamente guardando fila, pero no trataba a ninguna: el barón de Aguilar con su señora, la marquesa viuda de Istúriz con su hija, después los señores de Pérez Blanco, en seguida el embajador inglés, luego la señora de Manzanillo con sus tres hijas, unas señoras que no conocía, un consejero de Estado próximo a ser ministro, el banquero Mendiburu con su señora y hermana, la generala Bembo:... a ésta sí la conocía. Era Lucía Población, aquella rubia tan espiritual, amiga de su madrastra, que había casado mientras él estuvo en el colegio con el coronel Bembo, ascendido hacía poco a general. D. Pablo estaba en Filipinas en un cargo importante; decíase que había ido allá a reponer su fortuna, quebrantada por las prodigalidades de su esposa. Vivía ésta en Madrid con sus tres hijos, gastando un arreo que confirmaba tal juicio. Además, en los últimos tiempos había dado bastante que decir con algunas historias galantes, lo que por otra parte la había elevado a la categoría de «mujer a la moda.» Miguel no había hablado con ella desde niño: y esto porque sabía que estaba hacía muchos años reñida con su familia. La había encontrado varias veces en los salones de la corte; pero como Lucía afectaba no conocerle, él tampoco se había decidido a saludarla. Sin embargo, no tenía contra ella queja alguna: en la ruptura de relaciones con su madrastra, estaba convencido de que la culpa era de ésta.
Viendo que no cruzaba ningún amigo, Miguel se decidió a pasar un rato con la generala.
—Lucía, Lucía, hermosa Lucía, déjame contemplarte un instante de cerca...
Y saltó sobre el estribo de la victoria en que iba la dama y se sentó a sus pies.
—He aguardado más de una hora para verte pasar y poder ofrecerte mi caja de dulces... toma.
—Gracias, máscara—dijo la dama con sonrisa de complacencia, abriendo al mismo tiempo la cajita de Miguel y sacando de ella una almendra con sus dedos enguantados.
—¡Qué envidia sentirán ahora los que me vean!
—¿Por qué?
—Porque voy sentado a los pies de la reina de la hermosura, la estrella Sirio de los salones de Madrid.
El joven exageraba. No obstante, Lucía era una de las bellezas que citaban los periódicos en sus revistas de salones y teatros. Los años no la habían hecho desaparecer; por el contrario, al redondear y abultar sus formas, habían dado a su figura una majestad que antes no tenía. Conservaba el rostro terso y nacarado: sus cabellos dorados no contenían aún ninguna hebra de plata: sus ojos límpidos, azules, tenían una expresión vaga de melancolía e inocencia que contrastaba singularmente con lo que de ella se decía, y que la comunicaba cierto misterioso atractivo. Vestía con extraordinaria elegancia.
Al aspirar la tufarada de incienso que Miguel le echó de improviso, una sonrisa placentera contrajo sus labios.
—¡Oh! máscara, eres muy galante, muy galante...
—No es galantería; es pura verdad: todo el mundo te admira en Madrid...
—Vamos, acepto eso como broma de Carnaval; pero te la agradezco, porque es delicada.
—Agradéceselo a Dios, que te ha hecho así... Aunque alguna parte también debió tomar el diablo cuando te ha formado, porque has hecho muchos desgraciados.
Y siguió un buen rato manejando el incensario: la generala sonreía siempre y se iba interesando cada vez más por la máscara. Cuando estuvo ya bastante preparada, el joven dio otro giro a la conversación, enderezándola por ciertos caminos peligrosos.
—¡Ay, Lucía, tú no sabes cuánto me has hecho pecar de pensamiento!
—¿Y por qué?—repuso la dama; en sus ojos brilló una chispa de malicia.
—Porque... porque... ¡bah! ¿Quieres que te lo diga?
—Sí, dímelo.
—No me atrevo; te vas a enfadar conmigo.
—No me enfadaré; dímelo.
—Sí te enfadarás; y yo quiero seguir siendo tu amigo... digo, tu amiga...
—¡Cuando te digo que no me enfadaré!... Vamos, me comprometo a ello formalmente; habla.
—¡Ay, Lucía! ¿Me lo juras?
—Te lo juro.
El joven se levantó, acercó su cabeza a la de la dama, y rozando con los labios su oído, dejó caer en él unas cuantas palabritas, que la hicieron prorrumpir en carcajadas. Miguel no esperaba tan buena acogida, y quedó un poco cortado; inmediatamente se repuso, y comprendiendo que la generala estaba curada de espantos, se enfrascó en una conversación libre y desvergonzada.
La generala, a cada nuevo equívoco o reticencia, mostraba mayor alegría, se desternillaba de risa y daba pie con sus ingeniosas y picarescas respuestas a que el joven se engolfase cada vez más adentro. Ya no pensó más en cambiar de sitio; se encontraba admirablemente a los pies de Lucía.
La generala quería averiguar quién era la máscara que tantas y tantas buenas cosas sabía.
—Soy tu lavandera, ¿no me has conocido?—respondía el joven.
—¡Oh, mi lavandera no es tan pícara como tú!
—La careta me hace ser pícara; sin careta soy muy inocente.
—Vamos, máscara, dime quién eres; has conseguido interesarme... si me lo dices, prometo guardarte el secreto.
El joven se obstinaba en sostener que era la lavandera; ambos se reían de aquel disparate. La noche iba cayendo; los carruajes ya dejaban el Prado, y la muchedumbre que se apiñaba en el salón se había enrarecido bastante.
La generala desplegó el abrigo y se lo metió con la ayuda de Miguel; pero no acababa de dar al cochero la orden de retirarse; la máscara había picado su curiosidad de mujer caprichosa, y buscaba una aventura con el deseo irritado de quien va a despedirse de ellas para siempre. Por último, Miguel se declaró: era un joven enamorado tiempo hacía, y que devoraba en secreto su amor sin esperanza, y sus celos. Nunca había tenido ocasión de acercarse a ella, y aunque la hubiera tenido, tal vez no la aprovechara, porque temía ser despreciado; con la máscara puesta, ya era otra cosa; no estaba embarazado por el miedo; se sentía con fuerzas bastantes para decirle en voz alta:
—Te adoro, Lucía, te adoro... te adoro... te adoro...
Y el joven repetía casi a gritos su frase, llamando la atención de las personas que pasaban cerca.
La generala reía a carcajadas y hallaba cada vez más divertida a su máscara; aparentando juzgarlo todo pura broma, dudaba en el fondo que no fuese verdad y sentía dulcemente acariciada su vanidad.
—¿Eres tan feo que no te atreves a decirme que me adoras, sin careta?
—Lo soy bastante; pero sobre todo soy un ser insignificante, indigno de que fijes en él tus hermosos ojos.
—Por lo pronto, máscara, tienes una cualidad bastante rara en el día: la modestia. Ya no eres, pues, tan insignificante.
—Cuando no hay mérito, la modestia no es virtud.
—Déjame comprobar yo misma si es verdad lo que dices. Alza un poquito la máscara.
—De ninguna manera; no quiero que te rías de mí.
—Aunque fueses feo, siempre quedarías como hombre agradable e ingenioso.
—Muchas gracias... pero no trago el anzuelo.
—Dime entonces tu nombre.
—¿Para qué?... no me conoces... me llamo Juan Fernández.
—Eso no es verdad.
Ambos quedaron silenciosos unos instantes. La generala estaba un poco despechada de la obstinación de Miguel: quería advertir en ella cierta indiferencia disfrazada con el velo del temor. La conversación la había animado también.
—Hace ya demasiado fresco y voy a retirarme—dijo en tono más grave; y después de una pausa, añadió con afectada desenvoltura:—¿Conque te resignas a ser mi adorador en secreto?
—Sí.
—No te envidio el papel; debe de ser poco divertido.
—¡Oh, es tristísimo! Pero le prefiero al de amante desdeñado.
—Si no te conozco, ¿cómo puedo darte esperanzas?
—Pues bien; ¿quieres conocerme?
—Ya te he dicho que sí.
—Mañana corresponde a tu turno en la ópera. ¿No es cierto?... El joven que veas con una camelia blanca en la solapa del frac, ese soy yo. Pero es condición precisa que tú lleves dos camelias también en la mano, una blanca y otra encarnada: si te gusto, deja caer la encarnada y quédate con la blanca; si no, haz lo contrario.
—Convenido.
—Hasta mañana, pues; adiós, adiós hermosa Lucía... Voy a pedir al cielo que seque esta noche todas las camelias encarnadas.
II
Mucho vaciló Miguel antes de resolverse a entrar, con la camelia blanca, en la sala del Teatro Real. ¿Qué diría la generala Bembo al ver a un muchacho a quien tuvo, más de una vez, sentado en su regazo, ofrecerse como amante? ¿Se indignaría? ¿Soltaría la carcajada? ¿Lograría despertar con su admiración y fidelidad alguna ternura en el pecho de la hermosa Lucía? Tales eran las dudas que le atormentaban mientras iba y venía, del foyer a la puerta de la sala, sin atreverse a poner el pie en ella. Levantaba cautelosamente la cortina para echar los gemelos a la generala, que estaba en un palco platea, más hermosa que nunca, relampagueando como escaparate de joyería: tornaba al foyer; daba tres o cuatro paseítos, se tiraba por el bigote hasta arancárselo; volvía a la puerta de la sala, se arreglaba el cuello de la camisa, echaba una mirada a la solapa del frac, donde artísticamente estaba colocada la camelia, y otra a la mano de la generala donde brillaban una blanca y otra encarnada; pero no acababa de decidirse. Lucía también estaba impaciente; lo observaba nuestro joven con placer; varias veces la había sorprendido echando una rápida e intensa mirada por todo el ámbito de las butacas, y había querido adivinar, en sus labios, cierta expresión de desencanto o disgusto.
Al fin hizo un esfuerzo supremo y se coló rápidamente en medio de la sala. Una vez allí, se encontró sereno, y poniendo con osadía los ojos en el palco de la generala, esperó. Al tropezarse con él la mirada de ésta, llevose la mano al sombrero y la hizo un saludo exagerado, fantástico, de los que tanto gustaban los mancebillos elegantes en aquella época. La generala contestó con afabilidad, y dirigió la vista a otro sitio; mas al volverla de nuevo hacia Miguel, al ver la camelia blanca en su frac y al observar su mirada fija, penetrante y un si es no es risueña, recibió tal sorpresa, que no pudo contestar a lo que, en aquel momento, le preguntaba un viejo militar que tenía a su lado. El hijo del brigadier notó el estremecimiento de sus manos y vio claramente que una ola de rubor había subido a sus mejillas, por más que hubiera vuelto rápidamente la cabeza hacia la puerta del palco:—«Ya eres mía,» pensó con la fatuidad propia de los jóvenes que aspiran a sentar plaza de seductores.
La generala tardó mucho en mirarle de nuevo; pero esto le importaba a él muy poco: sabía que el golpe estaba dado y que había sido certero, y esperaba confiadamente el resultado. En efecto, después de largo rato, durante el cual la generala afectó sostener una conversación animadísima con el militar, volvió la cabeza hacia la sala y paseó por ella la mirada sin detenerla en Miguel: a la otra vez, ya la detuvo un poco; a la otra, un poco más; a la otra, ya fue derecha a él. Estableciose entonces un tiroteo de miradas, que no cesó en toda la noche. La expresión de sorpresa y de vergüenza no acababa de desaparecer por completo del rostro de Lucía; pero esto le prestaba aún más atractivo. La camelia encarnada tampoco se deslizaba de sus manos. Miguel, cada vez más dueño de sí mismo, se atrevió a hacerle seña de que la arrojase: la generala bajó los ojos sonriendo, pero no hizo caso. Acaeció, no obstante, lo que era de esperar: allá al final del cuarto acto, cuando el tenor avanza hasta las candilejas para expresar con algún do de pecho la emoción que le embarga, y las señoras se levantan de sus asientos dejándose poner los abrigos por sus maridos, amantes o admiradores, la roja camelia cayó al suelo: la generala, con el abrigo ya puesto, se precipitó fuera del palco, sin duda para ocultar su confusión. Una sonrisa de triunfo contrajo los labios de Miguel, quien salió también velozmente fuera de la sala y se apostó en el vestíbulo esperando a Lucía. Al pasar ésta, rozando con él, aunque sin mirarle, deslizó en su mano una carta que tenía preparada. En ella se confesaba perdidamente enamorado: «una pasión de niño que el tiempo no había hecho más que trasformar y fortalecer:» la amaba, valiéndose de la expresión de Víctor Hugo, como un gusano ama a una estrella; la impresión que su belleza, su angelical bondad y la dulzura de su carácter, habían hecho en su corazón de niño, no había podido borrarse: «era su primer sueño de amor.» Para decir esto, en resumen, había empleado dos pliegos de letra menuda. Al día siguiente recibió la contestación en su casa: la carta de la generala era digna y cariñosa; pero estaba escrita en un tono protector, que no le sentó bien a nuestro joven: le recordaba su infancia, le ponía de manifiesto lo extravagante de aquel amor, «que no era, como él aseguraba, una pasión firme y verdadera, sino un capricho de niño:» le indicaba el ridículo que sobre ella caería si cediese a ese capricho y el mundo lo averiguase: por último, le aconsejaba que desistiese de su intento y procurase olvidarla.
Pero Miguel estaba realmente interesado en la aventura, aunque no tanto como decía en su carta: esta contestación no hizo más que excitarle. Detrás de aquel «olvida ese capricho y quiéreme como una segunda madre, pues lo soy tuya por la edad y por el cariño que desde niño te profeso,» adivinaba que la generala deseaba que insistiese, y que entendía y alcanzaba mejor aún que él lo interesante de aquella aventura. Si no, ¿por qué había dejado caer la camelia encarnada?—Replicó, pues, empleando una retórica más fogosa aún, describiendo su amor y sus sufrimientos, procurando conmoverla por todos los medios imaginables. Cruzáronse después algunas otras cartas: Miguel pedía una entrevista para desahogar siquiera su corazón, «aunque después le despreciase.» Lucía se negaba a darla, considerándola inútil y aun perjudicial para ambos. Insistió el joven cada vez con más afán. La generala cedió al cabo «por compasión, porque temía que hiciese una locura,» citándole para el día siguiente. Miguel debía pasear a pie y por la tarde hacia la Casa de Campo, y tropezar casualmente con el carruaje de Lucía: ésta mandaría parar y entablarían conversación, hasta que a la postre le invitaría a subir y dar con ella un paseo.
Así se realizó punto por punto. Miguel acudió a la cita lleno de emoción, tanto más, cuanto que Lucía había sabido darla un atractivo especial con aquel misterio. Si le hubiera recibido lisa y llanamente en su casa, no sentiría la mitad del deleite.
—Adiós, Miguelito... Pare V., Juan... ¿Cómo tan solo por aquí, querido? ¿Te dedicas a meditar por estas soledades?
—Phs... huyendo de la noria de la Castellana... ¿Y V., generala? ¿Le gusta a V. también la filosofía?
—Por haber filosofado en casa es por lo que vengo aquí—dijo riendo.—Me duele un poco la cabeza, y temía marearme en la Castellana... Pero súbete, y darás una vuelta conmigo: después te dejaré donde quieras.
Todo fue dicho en voz alta para que lo oyesen el cochero y el lacayo. Sin embargo, cuando éste, lleno de sumisión, inclinándose con el sombrero en la mano, abrió la portezuela, brillaban sus ojos con maliciosa expresión: al subir al pescante dio un pellizco significativo a su compañero, y ambos rieron groseramente sin osar decirse lo que pensaban, por temor de ser escuchados.
Al verse solo y mano a mano con Lucía en el carruaje, Miguel perdió la serenidad: no supo por lo pronto más que continuar la conversación empezada, hablando de su afición al campo y del placer que tendría en pasear largo todos los días; pero la vida de Madrid, las visitas, la moda... estaba cortado, aturdido; no sabía por dónde empezar. La generala, afectando también confusión y vergüenza, le observaba, sin embargo, sometiéndole a un atento examen, del cual, en realidad, no salió mal librado. Miguel, aunque no era buen mozo, poseía una figura delicada y un rostro gracioso y expresivo.
Al fin se vio ella precisada a tomar la iniciativa.
—Vamos, ya has conseguido lo que con tanto afán pedías. ¿Estás contento?
—¡Oh, sí!
—Yo no: cualquier indiscreción en estas circunstancias, me perdería, me pondría en ridículo: ya me voy haciendo vieja.
Miguel protestó; no pasaba por la vejez: se atrevió a decir, aunque mirando al paisaje por la ventanilla, que no había en Madrid niña que pudiera competir con ella en hermosura y elegancia.
Lucía no quiso aceptar la lisonja: no se hacía ilusiones; a los treinta y cinco años (se quitaba cuatro) una mujer es vieja; ¡pero muy vieja!
—Y lo más triste de todo—añadió dejando escapar un suspiro,—es que, recorriendo con la memoria los años de mi vida, me convenzo de que nunca he sido joven.
—¿Cómo?...
—No, no he sido joven, porque jamás he gozado de las puras alegrías de la juventud, de los éxtasis apasionados del primer amor, de las dulces zozobras que trae consigo, de los placeres ideales... Siempre contrariada en mis sentimientos, en las afecciones de mi corazón... El mundo, los parientes, las circunstancias, me obligaron a casarme muy joven con un hombre a quien no quería. Echaron un cántaro de agua sobre el fuego de mi espíritu, y lo apagaron... Yo hubiera sido algo bueno, algo santo, algo puro, y me transformaron en un ser vulgar, insignificante. Sentía arrebatos heroicos en mi corazón, impulsos sublimes... Todo murió al subir al altar con un hombre que me era repulsivo... Los demás hombres no hicieron nada por redimirme... al contrario; contribuyeron a encenagarme más y más en la prosa de la vida. Todos cuantos se han acercado a mí con la lisonja en los labios, doblando la rodilla para adorarme, no traían otro objeto que el de satisfacer su vanidad, o puramente un deseo brutal: ninguno ha venido a entristecerse con mis tristezas, a alegrarse con mis alegrías, a confundir su alma con la mía, a realizar el verdadero amor, el amor puro y santo con que toda alma elevada sueña siempre... Tú mismo, Miguel, para quien yo debiera ser sagrada, al acercarte a mí en el Prado, lo has hecho con ese tono, con esa cruel frivolidad que tantas veces ha traspasado mi pecho... Lo he aceptado, porque me he ido acostumbrando... Créeme, que de todas maneras, es muy duro... ¡muy triste!
La generala, al pronunciar estas palabras en voz baja y reprimida, se había ido animando poco a poco; sus mejillas se habían coloreado fuertemente, y por ellas rodaban, al concluir, dos gruesas lágrimas. Miguel se sintió conmovido.
—Mucho siento haberla ofendido... ¡Perdóneme usted!
—No; tienes razón para tratarme así—repuso llevándose el pañuelo a los ojos.—Yo no quiero ni puedo presentarme ante ti como una santa: el mundo te habrá enterado perfectamente de que no lo soy. Hice muchas locuras en la vida... escandalicé con ellas a la sociedad... Pero créeme, Miguel, yo he rodado al abismo, porque me han empujado... he rodado, guardando en el fondo de mi alma alguna perla que aún no ha tocado nadie.
Riverita se quedó algunos instantes pensativo y silencioso. Cruzaron por su espíritu las ideas románticas que tienen siempre los jóvenes de corazón, y dijo levantando la cabeza y como hablando consigo mismo:
—¡Quién sabe! ¡Cuántas veces nos equivocamos juzgando por la máscara que llevamos puesta en la vida!
—La mía ha sido siempre impenetrable—dijo con exaltación la generala, clavando en él sus ojos húmedos y brillantes.—Se me juzga frívola, caprichosa... y corrompida; se multiplican mis amantes, se citan mis extravagancias y se me arrojan al rostro infinidad de flaquezas... Quizá tengan razón: todo cuanto malo hice en mi vida, procuré que fuese pronto sabido del público; en vez de ocultar las faltas con artificio, procuré arrojarlas a la murmuración. ¿Y esto sabes tú por qué lo hacía?... ¡Pues en el fondo era para vengarme del escaso placer que me causaban!
Estas últimas palabras fueron dichas con inusitada violencia. Miguel, que estaba bajo el hechizo de su figura distinguida, su elegancia y la suavidad voluptuosa de su mirada, se dejó arrastrar por ellas. Lo que la generala decía estaba de acuerdo con el espíritu que domina en la literatura moderna, según el cual en la mujer, a más de la virginidad material, existe una como virginidad moral independiente de la primera: a menudo la que más amantes tiene es la que mejor guarda esta virginidad; en medio de la corrupción y los placeres, el corazón puede permanecer incólume y sano, y llegar a redimirse y sentir, cuando encuentra otro semejante, el encanto de los amores inocentes. Y como en aquel momento estos artículos halagaban su amor propio, no tuvo inconveniente en concederles franca y cordial acogida. Ambos se entretuvieron largo rato con ellos. Lucía se confesó derramando lágrimas; relató sus angustias, sus sueños, las amarguras que en medio del placer sentía, el aborrecimiento, mejor dicho, el desprecio que la grosería de los hombres le inspiraba, el ansia de subir a otra región más elevada, de penetrar en una atmósfera pura y diáfana donde pudiese respirar con libertad. Miguel, lleno de íntimo regocijo, la consoló, excusó sus faltas y expuso también sus ideas particulares acerca del amor.
El carruaje marchaba por la solitaria carretera, sin ruido, acusando su linaje aristocrático. El paisaje se extendía por ambos lados áspero y triste: los árboles que bordaban el camino, desnudos por entero, dejaban paso a los ojos y por entre aquellos se veía la luz rojiza del sol moribundo. La elasticidad de los muelles producía en Miguel cierta vaga soñolencia. Dueño de sí completamente y con una hermosa mujer que le escuchaba atenta, hablaba como si fuera para adentro, vaciando el cargamento de ideas más o menos poéticas, de paradojas fantásticas, de conceptos retorcidos que tenía en la cabeza: los exhibía con arrogancia, satisfaciendo su vanidad, deseando tanto ser admirado como amado.