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Riverita

Chapter 22: VI
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About This Book

A domestic narrative follows a family as relatives manage the aftermath of a mother’s death and a father’s remarriage, focusing on a young boy’s adjustment and the reorganization of the household. Through episodic scenes and social gatherings, the story examines manners, family prestige, and the pressure to restore public respectability by installing a new maternal presence to supervise etiquette and order. Intimate moments contrast with ceremonial displays, revealing expectations about upbringing and decorum while showing how modest domestic changes reverberate through relationships and the surrounding social circle.

Insensiblemente fueron concretando sus ideas, aplicándolas al momento presente. La generala desenvolvió con entusiasmo un programa de redención; pintó los encantos de una vida iluminada tan solo por el amor.

—¡Oh, si yo tropezase con el hombre de mis sueños, con un espíritu noble, hermano del mío! En vano lo he buscado toda la vida... Nunca hallé más que cinismo, frivolidad, corrupción. Algunas veces venían disfrazados con el precioso manto de la galantería, del buen tono... pero en el fondo, ¡siempre, siempre la misma grosería!

Miguel, con un silencio discreto, procuró llamar la atención hacia sí. Después se mostró también ardiente partidario del amor ideal, de la vida sencilla. Por último, se ofreció con labio balbuciente, embargado por la emoción, como el ejemplar o archetipo que Lucía había soñado. Esta posó en él una larga y profunda mirada que le turbó aún más, exhaló después un delicado suspiro y guardó silencio. Al cabo de algunos instantes tomó de nuevo la palabra con voz temblorosa.

—Mentiría, Miguel, si te dijese que no me inspira vivo interés y gratitud esa adhesión que desde niño me has demostrado... y que ahora se manifiesta de un modo bien distinto—añadió sonriendo. Mentiría—añadió con animación y brío—si no te confesase que me seduce muchísimo la idea de tenerte en mi poder, de ser para ti madre y amante a un mismo tiempo... ¡Oh, qué situación tan original! Aquel niño que yo tuve sobre mi regazo; a quien tengo lavado y peinado muchas veces; a quien tengo librado de bastantes castigos, ¡convertirse ahora en amante y en dueño! ¡Esto es algo que se sale de lo vulgar, algo nuevo y extraño!... Pero ¡ay, Miguel! estos sueños hermosos no pueden realizarse... ¿Sabes por qué? Porque son quimeras que no pueden halagar sino a una imaginación loca como la mía. Tú no ves aquí sino una mujer que te agrada más o menos y a quien deseas rendir a todo trance...

Miguel hizo protestas fogosas: se presentó, de buena fe, como un ser excepcional también, como un herido de la gran batalla de la vida, el corazón goteando sangre y desengaños; relató igualmente un sin número de sueños, pasiones y genialidades, ponderó sus amarguras, las noches de insomnio, las vagas inquietudes.

Ambos eran felices presentándose mutuamente como almas incomprensibles o por lo menos no comprendidas del vulgo, y no se cansaban de exhibir con deleite toda una muchedumbre de ideas y sentimientos imaginarios.

Por fin la generala se convenció de que Miguel era el hombre que buscaba, el ideal de sus ensueños; le miraba con ternura, le hacía repetir con afán sus enmarañadas psicologías, se enteraba de los últimos pormenores de su vida espiritual y no cesaba de dolerse de no ser más joven para realizar por entero el sueño de amor que toda la vida le había perseguido.

—¡Cuánto daría por tener algunos años menos, y ser libre de volar contigo a algún hermoso rincón lejos de este ruido infernal, de esta eterna murmuración, de toda la miseria que nos rodea! Una casita a la orilla del mar, bañada a todas horas por la brisa, un jardinillo que cuidar, un pedazo de pan que llevarnos a la boca y salud para correr y saltar por los campos. ¡Era lo bastante para ser felices!

Entraron en pleno idilio. Lucía trazó con vehemencia el cuadro de la felicidad pastoril; pintó la vida sencilla, frugal, inocente, del campo, las inefables dulzuras de la familia; se representó a Miguel saliendo de casa y viniendo rendido de fatiga a la hora del crepúsculo para descansar en sus brazos; a ella cosiendo o bordando a su lado; otras veces, yendo a la pesca juntos, o a dar un paseo a caballo, o a coger moras silvestres por el campo...

—¡Oh!—dijo Miguel un poco exaltado—¡aún podemos ser felices!

—¡Si eso fuera verdad!... Pero no; yo no puedo ser para ti más que una madre...

Miguel no quiso de modo alguno aceptar la maternidad.

—¡Nada de madre... no, no... yo quiero ser tu amante... tu amante!—Y repetía la frase con creciente animación, un poco trastornado ya.

—Bien, serás lo que quieras; hijo, amante, lo que se te antoje; pero júrame que es puro tu amor, que no hay nada de vergonzoso en esa pasión, que no intentarás nada para profanar este lazo que ha de unir nuestras dos almas para siempre.

El hijo del brigadier juró. Su amor era ideal; una ardiente adoración. Confesaba que al principio no había pensado más que en el amor vulgar; pero ahora, al sondar los inefables misterios que encerraba el alma de la generala, al comprender que su corazón estaba virgen y puro, al adivinar en ella un ser superior, todos sus groseros pensamientos se habían apartado como lava impura; sólo quedaba el oro sin mezcla de una pasión grande y elevada.

Y ambos disertaron mucho rato, acerca de la naturaleza de su amor, y se extasiaron en recíproca admiración de sus almas. No; ellos no pertenecían a la sociedad en que vivían, eran de otra pasta, estaban criados para los grandes sentimientos, para la vida del corazón.

—Tú eres poeta; tienes un espíritu superior; tú no puedes amar realmente sino a una mujer que te comprenda.

Miguel reconocía que era verdad; confesaba que hasta entonces no había amado; era huérfano de padres y de amor, y ofrecía algunas de sus extravagancias morbosas a la generala, como rasgos de una naturaleza superior. Lisonjeado en su amor propio, embriagado por las miradas de la hermosa, en aquel momento creía cuanto afirmaba, juzgándose un ser extraño y digno de admiración.

Pero agotada la psicología amorosa, nuestro Riverita sintió un vago malestar, muy semejante a la vergüenza. En un intervalo de silencio se le representó de improviso lo ridículo que había estado con aquella palabrería altisonante y metafísica ensortijada que jamás hasta entonces había usado, para declararse a una mujer; y no pudo menos de reírse de sí mismo. La aventura comenzó a parecerle por demás extraña. Hallarse en ocasión tan propicia al lado de una mujer como Lucía que le confesaba francamente sus pecados, ser su amante, y pasar el tiempo disertando sobre materias abstractas, y haciendo el papel de ser incomprensible y misterioso, era cosa tan singular, que rayaba en lo absurdo. Como ya no tenían qué decirse, los intervalos de silencio eran cada vez más prolongados. Ambos miraban, por las ventanillas, el paisaje, que se iba oscureciendo poco a poco. El carruaje se deslizaba suavemente con rumor blando y voluptuoso; los caballos, enderezados hacia casa, piafaban de vez en cuando con la perspectiva del pesebre.

La generala, que se había quedado melancólica, le miraba en silencio suave y tristemente.

¡Pero esto es estúpido!—se dijo de pronto Miguel, dando un suspiro. Y resolvió en el acto descender de las alturas y humanizarse. Era difícil, no obstante. ¿Cómo empezar?

Empezó tomando una mano de la generala. Esta, completamente embebecida en sus ensueños vagos y dulces meditaciones, no pareció advertirlo. El joven la llevó después a sus labios, sin que tampoco lo advertiese. Entonces, un poco temeroso, pero venciendo el deseo a la timidez, introdujo el brazo por detrás de su espalda, y quiso estrecharla la cintura. La generala, advertida al cabo, procuró separarlo, pero tan suavemente, que el brazo volvió al instante al mismo sitio; tornó la dama a separarlo más blandamente todavía, y el brazo, cual si tuviera un resorte, volvió a su posición. Después intentó besarla y la besó. Después quiso que ella le besara a él; resistió un poco; al cabo cedió diciendo:

—Te doy un beso maternal; no te imagines otra cosa.

Después... la hermosa generala le dejó en la calle Mayor a la puerta de su casa, cuando ya los faroles, recién encendidos, rompían débilmente las sombras del crepúsculo.

—Hasta mañana... a las nueve en punto... ya sabes, en la esquina de la calle de las Infantas.

III

A las nueve en punto de la noche, en la calle de Fuencarral, esquina a la de las Infantas, Miguel esperaba a la generala, que debía cruzar en un coche de alquiler. Así lo habían convenido.

El coche se detuvo. ¡Con qué emoción placentera abrió nuestro joven la portezuela de la berlina y se sentó al lado de Lucía! El cochero esperaba órdenes. Viendo que no se las daban, preguntó, inclinándose a la ventanilla y con voz áspera:

—¿A dónde?

Ambos se miraron indecisos. A Miguel se le ocurrió por fin decir:

—Atocha, 145.

Era la mayor distancia que halló. Abrigaba el designio de ir a otra parte, pero era necesario convencer a la generala.

Las calles estaban cuajadas de gente; las luces de los faroles y las de los escaparates iluminaban las aceras y los rostros de los transeúntes que se detenían a mirar los objetos exhibidos. La villa entera salía en esta hora a gozar de las dulzuras de la civilización, que trasforma la noche en día, el silencio en ruido, la soledad en confusión y algazara.

Al entrar en la berlina, había apretado con efusión la mano enguantada de la generala y la había conservado en su poder. Ésta le acogió cariñosa, pero un poco triste y circunspecta. Hablaron en los primeros momentos con embarazo de los pormenores de la cita, el tiempo que había esperado Miguel, lo que había causado el retraso de la generala, etc., etc. Lucía aprovechó, no obstante, el motivo para recomendarle de nuevo mucha discreción. Miguel juró y perjuró que su silencio igualaría al de las tumbas. Poco a poco fue desapareciendo la reserva natural de los primeros instantes y entraron en íntimo y grato coloquio. Miguel volvió a describir las fases de su amor, presentándolo más arcano y enmarañado que nunca; la reflexión le había suministrado un sin fin de pensamientos delicados, vagas lucubraciones, dulces psicologías y frases espirituales, que fue vertiendo como flores de su ingenio en el regazo de la bella. Ésta las recibió con extremado gozo, estimulando con su admiración y con tal cual concepto atrevido, pues era mujer de viva imaginación, el talento y la fantasía de nuestro joven. El coche rodaba con áspero traqueteo por las calles, sin caminar por eso con gran celeridad. La decoración de las tiendas y escaparates iluminados, el gentío que discurría por las aceras, los coches que sin cesar cruzaban de un lado y de otro, pasaban totalmente inadvertidos para los amantes, que saltaban sobre los cansados muelles del simón, en animada plática, devorándose con los ojos.

Miguel planteó al fin el problema que bullía en su cabeza: el de ir a pasar un rato en buen amor y compaña a cualquier parte.

La generala soltó bruscamente la mano que le tenía cogida, y echó atrás la cabeza con manifiestas señales de hallarse gravemente ofendida. Nuestro joven se asustó un poco y pidió perdón con labio balbuciente: no porque creyese que había cometido ninguna profanación; pero temía que aquélla, poseída de su papel de «alma hermosa, inmaculada,» tardase demasiado en ceder a sus instancias.

Guardó silencio obstinado la dama, en la actitud firme e imponente de una deidad herida. Miguel se humilló, se llamó bestia, se declaró indigno del amor de un alma tan elevada.

—¡Oh, nunca creyera de ti!...—exclamó ella al fin. Y un torrente de lágrimas se desprendió de sus ojos.

—¡Perdóname!

—¡No!

—¡Sí!

—¡No!

—¡Fue un momento de extravío!

Al fin las súplicas vencieron su ánimo, y el joven quedó absuelto.

Pero el carruaje se aproximaba ya al término de la carrera, y Miguel no sabía qué partido tomar.

Después de otro intervalo de silencio en el que procuró concentrar todas las fuerzas de su espíritu, volvió el ataque.

—¡Tú no me quieres!—dijo en tono quejumbroso, adoptando a su vez la actitud de hombre agraviado.

—Bien sabes que no es verdad; bien sabes que te quiero, que te adoro con toda mi alma.

—¡Oh, si me quisieras, me darías esa prueba inequívoca de tu amor!

—¡Oh, Miguel! ¡Siento desde ayer un vacío tan grande en mi corazón!... ¡Parece como si me hubieran arrancado la última creencia, el último pensamiento consolador! ¡Por qué habremos arrastrado nuestro amor por el lodo!

A Miguel le hizo poca gracia esto del lodo. Buscó con afán argumentos para contrarrestar la lógica de la generala.

—Pues yo te digo que desde ayer te adoro aún con más entusiasmo... que no ha menguado el amor y la admiración que me inspiras... Pero quiero que seas mía, completamente mía... como yo lo soy tuyo... en cuerpo y en alma.

Después de muchas protestas de cariño por una y otra parte, Miguel volvió solapadamente, dando grandes rodeos, a su tema. No, él no quería rebajar la dignidad de su dueño, él no quería manchar el amor que se tenían; por eso buscaba un sitio que mereciera albergarlo algunos momentos: la misma casa de la generala.

Esta recibió la proposición sin enfado; pero no quiso aceptarla. Era inadmisible por el riesgo que se corría; se enterarían los criados, o el portero, o los vecinos...

—No, no se enterarán; tomaremos precauciones; tú subes primero, después me abres la puerta...

—Pero los criados lo oyen todo; la puerta está cerca de la cocina; además, hay un chico encargado de abrir...

Miguel insistía apretando el ingenio para combatir los temores de la generala: ésta amontonaba las dificultades, dejando, no obstante, entrever más o menos lejano, el triunfo del joven.

Paró el carruaje. Se encontraban frente al número designado. Miguel vaciló un instante sin saber qué hacer: al fin salió del coche y entró en la casa para disimular; al pasar por delante de la portería, preguntó:

—¿El señor don (el nombre de un personaje político que habitaba en aquella calle), no vive aquí?

Dentro de la garita, cenaba el portero con su mujer y sus hijos: al escuchar la pregunta levantó la cabeza.

—¡Oh, no señor! se ha equivocado V.; la casa de don... queda mucho más atrás, en el núm. 62...

—¡Ah!... pues me habían dicho... ¿Dice V. que en el núm. 62?...

—Sí señor, hace muchos años que vive en la misma casa.

—¿Cuarto?

—Me parece que segundo.

—Muchas gracias.

—No las merece.

Volvió a salir. Al entrar en el coche, interrogó con ojos suplicantes a la generala, la cual se dignó hacer un signo afirmativo. Entonces dijo rápidamente al cochero:

—Huertas, 30... De prisa.

Y se enderezaron a todo el correr del jamelgo hacia la casa de la generala. Miguel le dio las gracias con acento conmovido, besándole las manos repetidas veces. Pero Lucía guardó silencio, y se mantuvo con la cabeza inclinada en actitud melancólica y reflexiva, dejando que el joven exhalara con labio trémulo toda la alegría que rebosaba de su alma. Al poco rato, Miguel pudo notar que algunas lágrimas bajaban silenciosas por sus mejillas, y experimentó dolorosa impresión.

—¿Por qué lloras?—preguntó, acercando su rostro al de la dama.

Lucía no contestó.

—¿Por qué lloras?—volvió a decir con ansiedad.—¿Te he ofendido? ¿Acaso ya no me quieres?...

—¡Oh no; no es eso!... Lloro, Miguel, sobre nuestro amor... lloro sobre la última ilusión perdida... Siento haberte conocido... Siento haber dejado despertar mi corazón ya dormido, y forjarme, por algunos instantes, ciertas quimeras deliciosas que se desvanecieron como el humo... ¡Por qué he de ocultártelo! Cuando ayer me declaraste tu pasión, tuve la debilidad de creer en ella, y soñé, inmediatamente, con un amor fiel y puro, con el amor que ennoblece el espíritu y nos incita a las ideas elevadas y a las acciones generosas... Creí volver a los años de colegiala, cuando el mundo se ofrecía ante mi vista como un hermoso fanal trasparente y diáfano, cuando no acertaba a ver en él más que cosas lindas... todo risueño... todo hermoso... Volvía a entrar en la juventud. Una nueva aurora para mi alma... Pero no fue más que un relámpago que me hizo entrever los verjeles del cielo. Y al instante quedé sumida otra vez en la oscuridad... Hoy ¿qué somos nosotros? ¡Dos seres vulgares que viven como tantos otros en el cieno, queriendo persuadirse de que son felices! Aunque me ames, Miguel, tengo la seguridad de que no sientes por mí la admiración respetuosa, el entusiasmo que sentías el día de Carnaval echado a mis pies en el carruaje... ¿Comprendes ahora mi tristeza y mis lágrimas?

Miguel comprendió que era necesario estar de acuerdo con la generala, aunque fuese por breves instantes. Bajó la cabeza y quedó pensativo y triste. De pronto, levantándola, exclamó:

—¡Que no te quiero! ¡Que no te adoro! ¿Quién es el que puede dejar de admirarte así que te vea y te escuche? No, Lucía, no; las faltas que cometamos y las manchas que caigan sobre nuestro amor, se deberán exclusivamente a mí. Tú has cedido por la bondad de tu carácter... porque me quieres... y porque me compadeces.

Al pronunciar estas palabras el hijo del brigadier creía sentir lo que decía, y estaba realmente conmovido.

—Gracias, Miguel, eres generoso conmigo; pero tu generosidad no me excusa... Tengo tanta culpa como tú.

Las lágrimas seguían cayendo en abundancia de los ojos de la generala. Mientras procuraba convencerla de su inocencia, prodigábala nuestro joven mil caricias apasionadas, sin miedo ya a ser visto de los transeúntes. El interés de la escena le embargaba. Por otra parte, la noche había avanzado un poco, y las calles que recorrían no eran de las más transitadas.

Llegaron a la de las Huertas. Lucía se apeó delante de su casa y entró; Miguel siguió en el carruaje y lo despidió en la primer esquina: allí aguardó a que la generala entreabriese el balcón de su gabinete para entrar también.

Lucía habitaba el piso segundo (derecha e izquierda) de una magnífica casa recién edificada; tenía un número considerable de criados, aya inglesa para la niña primera, cochero, lacayo, dos troncos de caballos, uno de ellos de valor, etc., etc. Mucha prisa necesitaba darse el general Bembo a recoger lo que por tantos agujeros se le escapaba a su media naranja.

Miguel, vista la señal, subió a la casa con paso firme y decidido para que el portero no le detuviese. Lucía le esperaba en lo alto de la escalera.

—Entra sin hacer ruido—le dijo apagando la voz cuanto podía;—así... sobre la punta de los pies...

Cuando estuvieron en su gabinete, una estancia lujosamente decorada, las paredes de raso azul, los muebles forrados de la misma tela, se dejó caer en un diván, reteniendo la mano de Miguel que tenía cogida.

—¿No sabes?... he despachado al chico de la puerta con un encargo, y a mi doncella con otro... Pero aún nos pueden oír... ¡Mucho cuidado!

El joven se sentó a su lado, y la abrazó con trasporte.

—¡Ya estamos solos y tranquilos! ¡Qué placer tan grande!

La generala le apartó suavemente, y dejó caer la cabeza sobre el pecho.

—¿No estás contenta a mi lado, Lucía?—preguntó, mientras le acariciaba con ternura una mano.

—No.

—¿Por qué?

—Porque te tengo miedo: porque eres un loco... y yo otra loca—añadió con amargura.

—El amor, ¡qué es más que una locura sublime!—exclamó sentenciosamente Miguel, tratando de enlazarla de nuevo con sus brazos.

—Por lo mismo que es sublime, no debemos degradarla... Seamos fuertes con nosotros mismos... atrincherémonos detrás de nuestras ideas elevadas, y defendámonos de las groserías de la pasión...

—¡Qué alma tan grande tienes!... Eres muy hermosa, Lucía... ¡Te amo! ¡te amo!... ¡te, adoro!...

—Ámame, sí; pero ámame con un amor ideal, digno de ti y de mí... No me humilles, por Dios, no me bajes hasta el suelo, ya que tu amor me coloca en un sitio elevado... Te lo anuncio, Miguel..., no tardarás en despreciarme...

Y al proferir tales palabras, caían otra vez algunas lágrimas de sus ojos; Miguel protestó contra esta suposición; sostuvo el idealismo de su amor, cubriéndola de vivos y apasionados besos. Lucía se dejaba acariciar con resignación.

El gabinete era un nido tibio y hermoso, lleno de perfumes penetrantes; contiguo a él, separada por columnas doradas de madera y por una cortina de damasco azul, estaba la alcoba. Por entre los pliegues de la cortina se veía un gran lecho matrimonial de palo santo, y cerca de él otro pequeñito de niño: la estancia, esclarecida débilmente por una lámpara veladora de bomba esmerilada que pendía del techo.

—Calla—dijo la generala suspendiendo el aliento e inclinando la cabeza hacia la alcoba,—creo que despierta mi Chuchú.

En efecto, el más pequeño de sus hijos, que dormía en la alcoba, había dado un leve gemido, al cual siguió otro más fuerte. Lucía corrió a allá para que no se alborotase.

—Calla, Chuchú, calla, que aquí estoy yo.

El niño no hizo caso.

—Si no callas, el hombre de las narices grandes vendrá a buscarte y te llevará.

¡Quero Ía!—clamó el niño: Ía era la doncella, que se llamaba María.

—No, monín, no; duerme.

¡Quero Ía!

—No grites... mira que va a venir el hombre feo.

¡Quero Ía!

—¡No grites, chiquillo!... Pronto vendrá María... Mañana te mando a dormir con las niñas.

¡Quero Ía!

—¡Mira, si no te callas, te doy azotes!... Vamos, duérmete: si te duermes, te compraré un caballo para que vayas al Retiro montado como tu amiguito Julián... y después te llevo al Circo a ver los clowns... ¿no te acuerdas de los saltos que dan? ¡Qué saltos tan grandes sobre el caballo! ¿eh?... Y la niña rubia que se sube al trapecio, ¡qué bonita!, ¿eh?... Y después vamos a casa de Julianito, y comerás dulces... y otro día iremos a Leganés a ver a la tía Adelaida para que te regale el pajarito de cristal que canta dándole cuerda... y lo traeremos para casa, ¿verdad?... ¿No te gusta?

El niño, que había suspendido el llanto para escuchar a su madre, cuando ésta terminó el repertorio de promesas, volvió a gritar:

¡Quero Ía!

No fue posible por ningún medio hacerle desistir de su empeño.

La generala estaba furiosa.

—¿Pero qué edad tiene el niño?—preguntó en voz baja Miguel, que se había aproximado silenciosamente a la alcoba.

—Tres años.

—Pues sácalo de la cama, no hay ningún cuidado: a ver si se entretiene con cualquier cosa.

Lucía lo envolvió en un chal y lo sacó al gabinete. Era rubio y hermoso como un angelito, con grandes ojos azules; no se manifestó sorprendido al ver a Miguel; suspendió el llanto y le miró, sí, con insistencia, pero sin preguntar nada a su madre. Miguel quedó un poco cortado ante aquel examen, y le pesó de haber aconsejado a la generala su traslado. Después procuró captarse su amistad; tomolo de los brazos de aquélla, y lo sentó sobre sus rodillas; le acarició suavemente sus cabellos ensortijados y le dio un beso sonoro en la mejilla.

—¿Me quieres?—le preguntó con voz melosa.

El niño le miró fijamente con ojos serenos y graves. Después pronunció secamente:

—¡No!

Miguel se turbó, y quedó desde entonces mal impresionado. Al poco rato se despidió de Lucía.

IV

Bajó la escalera lentamente, de mal humor, con el alma triste y fatigada; sentía el descontento de sí mismo que acompaña siempre a los placeres ilícitos. ¡Qué ajeno estaría el pobre D. Pablo Bembo a que el niño que levantaba en alto con sus descomunales manos «para ver a Dios» había de ser con el tiempo quien escarneciera su nombre! Este pensamiento le causaba una desazón profunda. En vano se decía, para apagar el grito de la conciencia, que la generala ya lo había deshonrado más de una vez; que si él no, otro sería; que el pecado a fuerza de repetirse había pasado a ser venial en la sociedad elevada; que lejos de rebajarle a los ojos de ella, sería una gracia más entre las muchas que le concedían. De todos modos, le decía una voz interior, la falta de la generala no puede excusar la tuya; si todos se echasen la misma cuenta, el mundo no sería más que un hato de pícaros; además, él estaba en peor caso que los otros porque tenía con la generala cierto parentesco espiritual formado por la diferencia de edad y por las relaciones especiales que habían mediado entre ellos; el general, por otra parte, había sido el amigo y el compañero de su padre, y nadie estaba tan obligado como el hijo del brigadier Rivera a respetar su honor y sus canas.

Eran las once y media de la noche. La gente aún discurría por las calles, sobre todo por las céntricas, donde algunos teatros comenzaban a vomitar por sus puertas centenares de espectadores. Tan embebecido iba Miguel en sus pensamientos, los cuales le mortificaban más de lo que nunca imaginara, que al pasar por la calle del Príncipe no vio dos bultos echados en la acera hasta que tropezó con ellos. Eran dos niños, el menor de los cuales dormía o descansaba con la cabeza apoyada en las rodillas del mayor. El frío era intenso. Miguel observó a la luz del farol la extremada palidez de ambos, sobre todo del más pequeño.

—Oyes, chico, ¿cómo tienes aquí a este niño medio helado? ¿por qué no os vais a casa?—dijo encarándose con el mayor.

Éste, que tendría seis o siete años de edad, levantó hacia él sus ojos grandes y hermosos, en torno de los cuales se dibujaba un círculo azulado, y balbució algunas palabras que no pudo entender.

—¿Qué dices, querido?—manifestó Miguel en tono afectuoso y bajando la cabeza para oírle mejor.

—No tenemos más que tres reales—murmuró sin aliento el niño.

—¿Y qué importa eso?

—Tenemos que llevar cinco.

—¡Ah!—exclamó comprendiendo lo que aquello significaba.—Y si no los lleváis os pegan, ¿verdad?

El chico bajó los ojos y la cabeza en señal afirmativa.

—¿Tenéis padres?

—Madre.

—¿Y es la que os manda a las calles a estas horas?

—Sí, señor.

—¡Excelente persona!—dijo por lo bajo; y sacando unas pesetas del bolsillo:

—Toma; marchaos ahora mismo a casa.

El niño fue a levantarse, pero no pudo; su hermanito se lo estorbaba.

—Levanta, Rafaelito.

El chiquitín no se movía.

—¡Levanta, Rafaelito!

Miguel lo cogió entre los brazos y lo puso en pie; pero al ver que no se tenía, exclamó en alta voz:

—¡Este niño está yerto! ¡Qué atrocidad!

Y comenzó a sacudirlo y a frotarlo.

Algunos transeúntes se habían parado y formaron en torno de nuestro joven y de los niños un grupo que fue engrosando por momentos. Algunos quisieron ayudarle en la tarea: otros comenzaron a interrogar al mayor. Miguel les explicó lo que sabía, y causó gran indignación. No se oían más que estas exclamaciones:—«¡Pobrecillos! ¡Qué vergüenza de madre! ¡La autoridad debía de intervenir en estas cosas!» etc.

Al fin se había conseguido que el niño se tuviese en pie; pero estaba cadavérico, haciendo rodar sus ojillos de un lado a otro sin darse cuenta de dónde estaba. Tendría unos cuatro o cinco años. A Miguel se le ocurrió de pronto que a más de frío tendrían hambre aquellas desgraciadas criaturas, y tomando a cada una de la mano, rompió con ellas, por entre la mucha gente que se había aglomerado, con intención de llevarlas a algún sitio donde reparasen el estómago. Cuando ya se alejaba del grupo, oyó a una joven del pueblo exclamar:

—¡Y luego dirán que no hay caridad en Madrid! Mira, chica, mira a aquel señorito cómo se lleva a esos pobres niños...

El hijo del brigadier sintió un dulce estremecimiento de gozo al escuchar aquellas palabras: y siguió triunfante con los dos niños. Pero en la esquina de la calle del Prado sintió unos pasos precipitados que seguían los suyos y oyó que le decían:

—Caballero, déjeme V. llevar uno de esos niños.

La voz era conocida. Volviose y reconoció la fisonomía del boticario Hojeda, el fiel amigo de su tío Bernardo, el barón humilde y bondadoso que tantas veces le había ido a visitar cuando era colegial.

—¡D. Facundo!

—¡Miguelito!... Me alegro mucho que seas tú, querido... ¡Dios te lo pagará!... Dame acá el más pequeño.

—¿De dónde venía V. a estas horas?

—De casa de tu tío... como siempre... Hoy me he descuidado un poco más. Cuando llegué a ese grupo de gente ya tú venías con los muchachos, pero no te conocí: me enteré de lo que era y quise también tener mi parte en la buena obra.

—¿Dónde quiere V. que vayamos?... Yo pensaba llevarlos a un restaurant.

—Si te parece—dijo tímidamente D. Facundo,—entraremos en el café del Prado que es el más próximo: conozco al dueño.

—Adelante; vamos al café del Prado.

Cuando llegaron a él, Hojeda propuso que entrasen por el portal, donde había una puertecilla que comunicaba con la cocina; así evitaban la exhibición. Entraron, pues, en la cocina, donde los pinches, el cocinero y algunos mozos que allí estaban los examinaron con sorpresa. Hojeda ordenó que al instante frieran un par de chuletas: el cocinero, al saber de lo que se trataba, se puso a prepararlas con gran prisa; los pinches también desplegaron toda su actividad. Pronto se reunieron en aquel sitio otros cuantos mozos formando círculo en torno de los dos muchachos, que con el calorcillo del fogón y de las luces comenzaron a revivir. Miguel se quedó absorto contemplando los andrajos de que iban vestidos. Acudió también el amo, a quien Hojeda mandó avisar; todos hacían preguntas sobre preguntas a los pobres chicos, que apenas articulaban más que monosílabos.

—Dejadlos ahora—dijo el amo,—ya hablarán cuando tengan el estómago lleno.

—Vaya, rumia, aquí tenéis con qué llenar el fuelle—dijo el cocinero en gallego cerrado, presentándoles las chuletas, cada una en un plato, y colocando los platos sobre una silla. Los niños se arrojaron a ellas como lobos. Al verlos desgarrarlas con los dientes y soplar al mismo tiempo para no quemarse, Miguel sintió los ojos húmedos. Uno de los pinches colocó sendas rebanadas de pan al lado de los platos.

—A ver—dijo Miguel,—que traigan dos copas de Jerez.

Mientras los chicos comían, enteramente abstraídos de lo que les rodeaba, el dueño del café, Hojeda, Miguel y los demás que asistían a esta escena los contemplaban con ojos que brillaban de alegría: todos los rostros expresaban un deleite casi sensual. Cuando hubieron dado buen fin al pan y a las chuletas y se hubieron bebido el Jerez, los niños se animaron repentinamente, sobre todo el pequeño, que era el más aterido; sus mejillas recobraron el suave color de la infancia, y comenzaron a examinar con atención los objetos y las personas.

—¿Habéis despachado ya?—preguntó Hojeda... Pues vamos con la música a otra parte.

—¿Cuánto es esto?—dijo Miguel a un mozo, llevando la mano al bolsillo.

El dueño del café, que había oído la pregunta, se apresuró a decirle, sujetándole el brazo:

—Caballero, yo no cobro las limosnas.

Miguel no insistió.

—Dios se lo pagará a V., D. Ramón—le dijo Hojeda apretándole efusivamente la mano.

Y salieron a la calle llevando por delante a los niños, los cuales iban brincando como cervatillos por la acera.

—¡Eh chis chis!—gritó el boticario llamándolos.—¿En qué calle vivís?

—En la calle del Tribulete—contestó el mayor.

—¿Qué número?

Los chicos se miraron uno a otro con sorpresa y quedaron silenciosos.

—¿No lo sabéis? Está bien. ¿Pero sabréis ir a casa?

—¡Ah, sí señor!

—Bueno: ahí en la esquina tomaremos un coche, ¿no le parece a V., D. Facundo?—manifestó Miguel.

—Cómo quieras, Miguelito.

Tomaron un simón en la plaza de Santa Ana, dando orden al cochero de que parase en la esquina de la calle del Tribulete. Los chicos, que se habían sentado en la bigotera de la berlina, iban tan sorprendidos y gozosos, que costó gran trabajo hacerles contestar a ciertas preguntas. Mientras D. Facundo interrogaba al mayor con extremada habilidad para enterarse pronto de lo que necesitaba saber, Miguel hablaba con el chiquitín.

—¿No os habrán dado hoy de cenar?

—No—dijo el niño moviendo la cabeza a un lado y a otro.

—¿Y habéis comido por la mañana?

—Sí.

—¿Y qué habéis comido?

—Lentejas y pan.

—¿No habéis comido nada desde entonces?

—Un poco de pan que me dio Pepe.

—¿Quién es Pepe?

Silencio y asombro del niño.

—¿Es algún amigo tuyo?

—Es el chico de la vecina.

—¡Ah! ¿Y quién te ha dado ese chaquetón que te llega a los pies?

—El tío Remigio.

—¿Quién es el tío Remigio?

Nuevo y mayor asombro del niño, que le mira con ojos estáticos.

—¿Es algún hermano o pariente de tu madre?

—Es albañil.

—¡Ah, es albañil!—Y comprendiendo que no sacaría más en limpio, Miguel tomó otro rumbo.

—¿Y ganáis todos los días los cinco reales?

—Algunos días no.

—¿Y qué os sucede cuando no los ganáis?

El niño vaciló un instante, y después hizo con su manecita un ademán de vapuleo muy expresivo.

Miguel conmovido guardó silencio.

En la esquina de la calle del Tribulete despidieron el coche; los chicos sin vacilar fueron derechos a la puerta de una casa vieja y sucia; el mayor se volvió de espaldas y dio con los tacones de sus zapatos rotos algunos golpes; al poco rato abrió una vieja, que dejó escapar al verlos un gruñido nada pacífico; pero su mal humor se convirtió en sorpresa al observar que Hojeda y Miguel atravesaban el portal y seguían a los muchachos; éstos subían decididos la escalera, como hormigas que entran en su guarida; Miguel sacó un fósforo, porque la vieja portera se había retirado con la luz. Subieron hasta la guardilla; los niños se detuvieron delante de una puertecita.

—Aquí es—dijo el mayor.

Hojeda llamó con los nudillos de los dedos, pero nadie contestó.

—No habrá venido todavía mi madre—manifestó el mismo chico.

—¿Y qué os hacéis cuando llegáis antes que vuestra madre?

—Nos sentamos en la escalera.

En esto se abrió una puertecita contigua a la primera y apareció un hombre en traje de obrero, con una lamparilla de petróleo en la mano. Al ver a aquellos señores les dio las buenas noches y les preguntó lo que deseaban. Hojeda le explicó el caso en pocas palabras. El obrero les invitó a pasar a su habitación, y una vez dentro, les manifestó en confianza que también él y su mujer sabían la desgracia de aquellos pobres niños, y que habían querido intervenir para remediarla, pero inútilmente; la madre era una mujer viciosa, oficiala de sastre, amancebada tiempo hacía con un albañil, y que había tenido aquellos niños con un primer marido o querido, que esto no lo sabían; dioles algunos otros pormenores, que indignaron extremadamente a Miguel.

Pero aquella mala mujer no acababa de llegar; y fue necesario despedirse del obrero y dejar a los chicos en la escalera, con una buena limosna que nuestro joven les dio. Cuando ya bajaban, apareció por fin su madre. Hojeda entró con ella en la vivienda, que era un triste y desabrigado desván, sin otros muebles que una mesilla y dos o tres taburetes; en una esquina había un miserable fogón apagado; en otra, un montón de trapos, restos, al parecer, de un antiguo colchón, donde dormía toda la familia.

Miguel quedó asombrado del tacto y la habilidad que D. Facundo desplegó para noticiar a aquella mujer lo que habían hecho y para arrancarla todos los datos que necesitaba saber; de dónde era, con quién había estado casada, dónde trabajaba, etc. La mujer, que al principio los acogiera con marcada hostilidad, ante la mirada dulce y serena y las palabras sinceras de Hojeda, se fue poco a poco suavizando. Al fin, cuando éste le recordó con tono afectuoso los deberes que tenía para con sus hijos, aquellas infelices criaturas, sin otro amparo en el mundo que ella, rompió a sollozar. El boticario la consoló, prometiéndola volver al día siguiente y hacer por los niños todo cuanto pudiera. Lo que más le sorprendió a Miguel fue que en ninguna de sus frases hizo don Facundo la más leve alusión a los malos tratos que daba a los hijos ni a la conducta licenciosa que observaba.

Cuando al fin salieron a la calle, le dijo:

—¿Y qué piensa V. hacer mañana, D. Facundo, con todos esos datos que ha tomado?

—Procuraré comprobarlos; tengo muchos conocimientos entre los pobres de Madrid. Después trataré de sacar para ella la ración de San Vicente de Paul y mandar al chico primero a un colegio.

—¿Por cuenta de V.?

—Es muy barato: no vayas a creer que se trata de una gran cantidad. Entre unos cuantos amigos, hemos fundado un colegio para niños desamparados y nos sale por muy poco cada plaza.

—¡Pobres criaturas! ¡Dejarlos así abandonados a la intemperie, expuestos a quedarse muertos en medio de la calle, y todavía si no traen el dinero justo pegarles!... Esa mujer es una infame que no merece que V. se ocupe de ella.

D. Facundo dio un suspiro y dijo poniéndole la mano sobre el hombro.

—¡Ay, Miguelito, sobre estas cosas y otras parecidas, hay mucho que hablar! Yo no diré que no esté mal lo que hace esa mujer; pero llamarla infame, no es tan justo como a primera vista parece. Después de haber pasado muchos años contemplando todos los días cuadros semejantes al que acabamos de ver; después de haberme familiarizado con los tormentos que pasan los pobres, con sus ideas, y hasta con su lenguaje, he concluido por hallar muchos más desgraciados que infames. En el mismo caso presente, cierto que lo primero que salta a la vista, es la maldad de esa mujer; pero no te detengas en la superficie; ve más adelante; examina, investiga y hallarás seguramente que no es tan culpable. Primero tienes que considerar que en la sastrería no gana más que siete reales; y que con siete reales no pueden comer siquiera pan seco tres personas en Madrid; después debes tener en cuenta que una mujer sola, sin amparo, está expuesta siempre a caer en las garras de cualquier tunante que la enamora; después las ideas que esa gente tiene de la educación de los niños, no son como las tuyas y las mías, porque no han visto ni entendido nada bueno; el golpear a los chicos es una de tantas costumbres feas y repugnantes como tienen...

—¡De todos modos, D. Facundo!...

—Sí, sí, te concedo que esa mujer obra mal; pero bien examinadas y bien pesadas todas las circunstancias, no es tan perversa, de seguro, como tú te imaginas.

Miguel guardó silencio y se puso a meditar sobre las palabras de Hojeda, mientras caminaban emparejados hacia el centro de la villa. Después de una larga pausa, levantó la cabeza y dijo:

—¿Sabe V., D. Facundo, que no sospechaba que V. se dedicase tan particularmente a hacer obras de caridad?

El pedazo de cara que la enorme bufanda del boticario dejaba al descubierto, se coloreó fuertemente.

—¿Yo?... ¡ca hombre! no... ¡qué tontería!... de ningún modo... no lo creas...—comenzó a balbucir torpemente como un hombre cogido infraganti de algún delito.

—Lo que está a la vista no se puede negar—dijo Miguel sonriendo.

Hojeda se mantuvo silencioso algunos instantes; después, parándose de pronto y cogiendo a nuestro joven por el brazo con mucho aparato de misterio, y esforzándose por dar a su voz y a sus ojos la mayor expresión posible de severidad, le dijo:

—¿Sabes, Miguelito, por qué hago yo todas estas cosas?

—¿Por qué?

El boticario le estuvo mirando algunos segundos con extraordinaria dureza; después exclamó:

—¡Por egoísmo!

Y soltándole el brazo, dio rápidamente unos cuantos pasos dejándole atrás.

—¿Cómo? ¿cómo?—dijo Miguel todo asombrado.

El boticario sin volverse, pero haciendo un ademán expresivo con el brazo, volvió a exclamar con más fuerza:

—¡Por puro egoísmo!

—¿Cómo es eso, D. Facundo?—preguntó avanzando hasta colocarse a su lado.

—Te lo explicaré en seguida—repuso Hojeda en tono confidencial, parándose otra vez y otra vez cogiéndole por la manga del gabán.—Yo no tengo familia, como tú sabes; no soy aficionado al estudio, porque comprendo que aunque me haga pedazos los cascos nunca pasaré de cierto límite: tampoco me gustan los juegos, pues el billar lo tomo solamente como un medio de hacer ejercicio: los teatros no los piso jamás; entre los espectáculos públicos únicamente me gustan...

—Los toros, ya sé.

—Es mi único vicio... pero no los hay más que en la primavera y una vez por semana, aparte de algunas corridas extraordinarias. La botica no me ocupa ningún tiempo, porque tengo al frente de ella a un pobre muchacho que acaba de hacerse farmacéutico y al cual se la pienso dejar cuando me muera... Si no me voy a los sermones y no me entretengo en proteger a algunos pobrecillos, ¿qué quieres que haga yo de mí?... ¿No comprendes que me moriría de aburrimiento?

—Sin embargo, los actos en sí no dejan de tener mérito.

—¡Ninguno, hombre, ninguno!—repuso con energía.—Mira: te lo explicaré mejor. Yo, cuando subo a casa de un pobre y me entero de su vida, y le socorro y le aconsejo; cuando doy vueltas por Madrid buscándole alguna colocación, estoy entretenidísimo, tanto como cualquier señorito en los bailes de Montijo, con la diferencia de que mientras él llega a casa al amanecer, hastiado, ojeroso y mustio, yo me acuesto tranquilito a las doce, y si he hallado empleo para mi hombre, me duermo más contento que el Rey de Prusia, y si no lo he hallado, me levanto por la mañana con ánimos para revolver todo Madrid... Dime tú ahora, ¿quién entiende mejor la vida, él o yo? ¿Quién es aquí el egoísta?... Voy a ponerte otro ejemplo. Acabas de pasar una hora conmigo desde que nos hemos encontrado en la calle del Príncipe. Quiero que me digas con sinceridad si en esta hora te has aburrido...

—No sólo no me he aburrido, sino que he pasado uno de los ratos más felices de mi vida.

—¿Lo ves? ¿Qué mérito tiene entonces lo que hemos hecho? Lejos de juzgarnos dignos de admiración, somos dignos de envidia por lo que hemos disfrutado...

—Concedo, D. Facundo, que en este caso particular, acaso tenga V. razón; pero consagrar la vida entera como V. a hacer obras de caridad, es digno de alabanza y recompensa.

—¡Recompensa! ¡recompensa!—exclamó con fuego el boticario.—Pues qué, ¿te juzgarás acaso resarcido del dinero que has dado por una butaca en el teatro después de haber pasado la noche quizá bostezando, y no te considerarás pagado del que regalaste a esos niños, gozando una hora de felicidad?

—Bien, pero V. es otra cosa: yo lo acabo de hacer por casualidad, mientras que V. lo tiene por costumbre.

—¡Mejor que mejor! Yo gozo todos los días tanto o más de lo que tú has gozado hoy...

Siguió desenvolviendo con brío su tesis nuestro farmacéutico, mientras caminaban hacia la Puerta del Sol. Miguel había concluido por guardar silencio, escuchando con placer y curiosidad aquellas peregrinas teorías. Al llegar a la esquina de la calle de la Montera, Hojeda volvió en sí de pronto y dijo en el tono afectuoso y humilde que le caracterizaba.

—¡Buena matraca te he dado, Miguelito! Perdona a este viejo chocho y vete con Dios a descansar, que aquí nos separamos.

Miguel se despidió de él apretándole con efusión la mano. Cuando se hubo apartado seis u ocho pasos, le dijo volviendo a llamarle:

—Conste, D. Facundo, que no me ha convencido V., y que es V. una gran persona.

—¡Un gran egoísta!—gritó el boticario alejándose.

V

¿Qué te pasa hoy? ¿Parece que estás triste?—decía la generala cierta noche, tomando las manos de su amante entre las suyas.

—Pues no tengo nada (al menos, que yo sepa)—repuso en tono humorístico él.

—Sí tal; hay en tu fisonomía cierta expresión melancólica; por más que trates de ocultarla con aparente alegría, no lo consigues; en tus ojos hay menos brillo que otras veces; tienes la mirada vaga y perdida...

—No; lo que tengo, es la mirada de perdido.

—Ríete lo que quieras: tengo un corazón que no se engaña. Tú estás triste, y me lo ocultas.

—Si tienes mucho empeño en ello, lo estaré; pero sólo por galantería. Por lo demás, nunca he estado más alegre.

—Pero la tuya es una alegría marchita... no tiene frescura... no sale del corazón... es una máscara. Yo quisiera, Miguel mío, saber todo lo que acontece en tu espíritu, todo lo que piensas, todo lo que sientes... No me basta saber los pensamientos y los sentimientos grandes; deseo conocer también los más íntimos; deseo escudriñar los últimos rincones, los últimos pliegues... quiero que no pase por tu cabeza una idea, aunque sea tan débil como el soplo de un niño, que no llegue a mi noticia... quiero conocer todas las emociones que experimentas, aun aquellas que apenas sean capaces de mover tu corazón... quiero entrar dentro de ti mismo... quiero formar una sola persona contigo...

Los grandes ojos azules, lascivos, de la generala, se clavaban con amorosa inquietud en su amante al proferir estas palabras.

Miguel despertó de la indiferencia en que yacía.

—Todo eso eres, cielo mío... Todo eso y mucho más—contestó, apretándole con efusión las manos.

—¡Si fuese cierto!... Pero no... tu amor va siendo cada día más tibio... A medida que el mío se enciende, el tuyo se apaga...

—¡No lo creas, Lucía!—exclamó el joven, dando a su exclamación mayor fuego del que le hubiera correspondido si no se hubiera tomado un poco de trabajo.—¡Te adoro... te adoro con pasión loca... frenética! Eres el único pensamiento dulce que anima mi existencia... Pídeme la vida, y me verás darla con alegría...

—¡No quiero tu vida, chiquillo!—dijo la generala sonriendo y haciéndole mimos con la mano en el rostro.—Quiero tu amor; pero un amor verdadero, grande, infinito... ¡Tú no sabes las locuras que yo sueño, los castillos que levanto en el aire! Muchas veces me figuro que en efecto me adoras con todo tu corazón, con todas las fuerzas de tu alma, y que yo soy para ti lo que fue Beatriz para el Dante y Laura para el Petrarca, un objeto divino que te preserva de todo pensamiento innoble, que gracias a mi amor se va engrandeciendo tu espíritu, despierta tu genio, el genio que tienes en el fondo del alma... porque yo estoy segura de que lo tienes...

—En efecto, tengo un genio muy malo; a veces no hay quien me resista.

—No, no; es otra clase de genio—dijo la dama riendo.—Mas aunque esto no fuese una quimera, aunque tú alcanzases algún día la celebridad, soy muy tonta en forjarme ilusiones... Tú estás comenzando la vida casi, casi... el porvenir se presenta risueño. Cuando llegues a donde yo creo que tienes derecho a llegar, ¿qué seré para ti?... Una vieja que ha cometido la insensatez de amarte. Una pobre mujer enamorada ridículamente...

—¡Alto, querida! Te anuncio que ya estoy enternecido. No sigas adelante, si no quieres verme hacer pucheritos... Hablemos de otra cosa—añadió reclinándose perezosamente en el sofá y estirando las piernas con demasiada confianza,—hablemos de Pérez Almagro.

Pérez Almagro era el último amante que la generala había tenido, y que no dejaba de inspirar cierta inquietud, ya que no celos, a nuestro joven.

—¡Oh, qué cruel eres! ¡No perdonas medio de hacerme sufrir!

Miguel iba a replicar; pero en aquel instante un leve rumor lejano se dejó oír en el pasillo. Lucía se puso en pie con súbito y pronto movimiento; el rostro pálido, el oído atento, la mirada estática. Escuchó un momento.

—¡Alguien viene!... Es la doncella... ¡De prisa, de prisa! ¡Escóndete!

—¿Dónde?—preguntó aturdido.

La dama paseó una mirada intensa y ansiosa por la habitación.

—Aquí—dijo corriendo a un armario embutido en la pared y abriendo el compartimento inferior.

Miguel se metió allá de cabeza. Lucía dio la vuelta a la llave. En aquel momento entraba la doncella.

—¿Qué hay, Carmen?—preguntó con gran calma, dirigiéndose al espejo para arreglar el pelo.

—Señorita, vengo a darle cuenta del billete que me entregó por la mañana.

—¡Ah! sí... el billete... ¿De cuánto era?

—De diez duros.

—Bien, ¿qué ha comprado V.?

—Los botones para el vestido de la niña, han costado veintisiete reales...

—¿Qué más?

La sombrilla de miss Ana, que he pagado yo; no la han querido dar menos de tres duros.

—Bien; son cuatro duros y siete reales.

—La corbata para Chuchú... catorce reales.

—Son... cinco duros y un real... ¿se la ha puesto ya?

—No, señorita; mañana cuando vaya a paseo; es muy bonita; a María le ha gustado; ¿no sabe usted? El chico quería ponérsela cuando salíamos del comercio... ¡Poco trabajo que me costó quitárselo de la cabeza!

—¡Pobre Chuchú!

—Cuando vio que no conseguía nada por las malas, se puso a hacerme caricias... ¡Anda, Carmelita, monina, ponme la corbata... te he de dar un dulce de los de la mesa...—Yo le decía:—¿El que te toque a ti?—Sí, sí, el que me toque a mí...

—¡Oh, qué malo!

—¡No sabe V., señorita, las monerías que hizo para sacármela!

—¡Pobre Chuchú! ¿Por qué no se la ha puesto V.?

—Porque en casa no habría quien se la quitase después.

—¿Le ha encargado V. los guantes?

—Sí, señorita.

—¿En casa de Clement?

—Sí, señorita: quedaron en mandarlos el sábado.

—¿Los ha pagado?

—Sí, señorita: doce reales.

—Bueno, entonces son... cinco duros y trece reales.

—He comprado también el agremán que faltaba para el vestido de la niña.

—¿Cuánto faltaba?

—Dos tercias: quince reales.

—Son entonces... aguarde V.... son... seis duros y ocho reales... ¿no es eso?...

Carmen afirmó con la cabeza, mientras hacía mentalmente la cuenta.

—¿Qué más?

—No me acuerdo de más—manifestó, después de vacilar unos instantes.

—¿Y la esponja del tocador que le he encargado?

—¡Ah! ¡se me olvidaba, señorita!... diez y ocho reales.

Miguel se asfixiaba en el armario. Estaba de rodillas, el cuerpo doblado, la cabeza apoyada en uno de los rincones. Así que entró, empezó a sentir el malestar de la postura; no podía alzar la cabeza, ni enderezar poco ni mucho el cuerpo; las piernas encogidas también de tal manera, que le causaban calambres. Pero a los pocos segundos, notó o creyó notar que le faltaba aire para la respiración, y se estremeció de congoja: hizo frecuentes y largas inspiraciones para probar, y observó que cada vez hallaba más dificultad; trató de contener el aliento para economizar el aire, pero esto no hizo sino fatigarle más. Entonces quiso dar la vuelta y aplicar la boca a una rendija a ver si conseguía recoger más oxígeno: no le fue posible. La idea de morir asfixiado cruzó por su cerebro: un sudor frío y copioso le bañó todo el cuerpo: la congoja se apoderó de él. En pocos segundos pensó millares de cosas aterradoras; vio la muerte cara a cara; el miedo le dejó yerto, desmayado; estuvo a punto de perder el sentido. Mas de pronto, el instinto de la vida despertó, se reveló con ímpetu en su organismo y le sugirió pensamientos de salvación:

—«¡No, lo que es yo no me ahogo aquí como un ratón por esa!... Voy a dar una patada a la puerta y hacer saltar la cerradura.»—Esta idea le confortó un instante y dio tiempo a que penetrase en su mente otro proyecto menos violento, el de llamar la atención de la generala sin ser notado de la doncella: si este proyecto fracasaba, acudiría inmediatamente al recurso extremo. Extendió una mano hacia atrás y rascó la puerta con la uña, produciendo un rumor semejante al de los ratones...

El fino y atento oído de la dama se dio por enterado.

—Carmen, vaya V. al comedor, y tráigame un vaso de agua... ¡Siento un picor en la garganta!... ¡Jesús, qué tos tan rara!

Y la dama tosió hasta querer reventar.

Cuando Carmen hubo desaparecido, dirigiose precipitadamente al armario, y abrió. Miguel salió a rastras del fondo con el semblante pálido, descompuesto, completamente demudado.

—¿Qué te pasa?—preguntó con sobresalto Lucía.

—¡Que me ahogo!

—¡Corre a la alcoba... métete debajo de la cama!

El joven se apresuró a cumplir la orden, y al instante apareció de nuevo la doncella.

La generala se bebió el vaso de agua sin gana.

VI

Eh, chis, chis, Miguelito, ¿a dónde tan decidido?

—Al Retiro.

—Para los pies, chavó, y entra a tomar una cañita conmigo y estos señores.

Miguel se detuvo y sonrió al ver a su primo Enrique sentado a una mesa del café Imperial al lado de la ventana y rodeado de varios toreros. Como no tenía prisa, aceptó el convite y se acercó a ellos saludándoles con un:

—A la paz de Dios, caballeros.

—Buenas tardes, amigo—le contestaron.

Y se sentó en el hueco que galantemente le dejaron y se bebió de un trago la caña que Enrique le puso delante.

—Te presento a mi amigo José Calzada, célebre matador de toros que ya conocerás con el nombre de el Cigarrero, aunque hace muchos años que no mata en la plaza de Madrid... Su hermano Baldomero, el Serranito, banderillero de fama... Sebastián Campos...

Enrique se detuvo vacilante antes de pronunciar el alias.

—Diga ozté Merluza, D. Enriquito: Merluza zoy, Merluza he zío y Merluza me he de morí el día meno penzao.

—Pues bien, mi amigo Merluza, el banderillero más barbián de la plaza de Málaga... Mis amigos D. Pablo López y D. Luis María Pastor, aficionados al arte.

Todos saludaron a nuestro joven, muy circunspectos, sobre todo los toreros, que son los que mejor conservan, en el trato, la gravedad serena y afable peculiar del pueblo español, tan distante del orgullo británico como de la extremada urbanidad de los franceses.

El Cigarrero era un hombre ya entrado en días, con el cabello casi blanco, pequeño, fornido, soportando sus años con mucha gallardía. Miguel había oído varias veces citar su nombre entre los astros del toreo; pero como gloria pasada; tanto, que lo juzgaba retirado hacía tiempo. El hermano era un muchacho de veinticinco o veintiséis años, buen mozo, de rostro hermoso aunque algo afeminado. Merluza un jayán monstruosamente feo. Los dos aficionados, jovencitos barbilampiños, escuálidos, y vestidos a la última moda.

La conversación no se interrumpió por la llegada de nuestro joven, quien se puso a escuchar con poca curiosidad. Se hablaba de toros; no hay para qué decirlo: se discutía la mayor o menor severidad e inteligencia de las plazas de Madrid y de Sevilla. Uno de los jovencitos sostenía que en Madrid se juzgaba con más severidad y competencia.

—Pues zarvo zu parecé, D. Luizito—decía Merluza,—y zarvo er de too lo presente, a mí me paece, vamo... que en Zeviya hay afición... y ez lo que digo yo, onde hay afición lo hay too.

—Sebastián, yo no te niego que haya afición en Sevilla, pero no es para comparar con la que hay en Madrid. Además, aquí se estudia el toreo por principios, lo que no se estudia allí... aquí el pueblo es más ilustrado...

—Ya zé, ya zé, D. Luizito: no me diga ozté na. Onde no hay prencipio no pué haber na... ¡Pero mire ozté que en Zeviya hay mucha afición!..... ¡¡Mucha afición!!

—En Madrid hay que tener mucho de aquí, querido (apuntando a un ojo). Si te descuidas un poco, ya tienes la bronca encima... y algo más en ocasiones.

—¡Calle ozté, zeñorito, zien Zeviya po una mijita le tiran a uno la Biblia!

Enrique aprovechó el calor de la disputa para comunicar a su primo por lo bajo algunos datos importantes acerca de la vida del Cigarrero.

—Ahí donde lo ves, Miguel, hace veinte años era el torero que se tiraba más por derecho en España. En Sevilla ha recibido muchas veces.

—¿A quién?

—¡Al toro, hombre!

—Muy señor mío.

—Pero, claro, con los años se ha ido haciendo un poco tumbón... ¡Pero como inteligente!... lo que es como inteligente, ni Cayetano ni San Cayetano le ponen el pie delante.

Terminada la disputa, comenzó a hablarse de los toreros en boga. Los pollastres aficionados, y Enrique también, creyeron halagar al Cigarrero rebajando el mérito de ellos. Asombrole a Miguel el ahínco y la sinceridad con que aquél comenzó noblemente a defenderlos, aunque sin levantar la voz y sin perder un punto de la gravedad que le caracterizaba.

—Mie usté, D. Luisito, er que má y er que meno, tiene su quebranto, y ar mehó ecribano se le cae un borrón. Si Caytano se huye, e que está mu castigao, el probesico ya se va pa Viyavieha como yo... Pero diga usté que sí, D. Luisito... cuando le sale un toro de verdá, ¡Caytano tá superió!

—Vamos, con Cayetano todavía transijo—dijo Enrique.—Aunque desconfiado, le he visto muchas veces torear con arte y en corto y meterse como Dios manda... Al que no puedo resistir es al Gordo. ¡En la vida le he visto medio aplomado, ni pinchar más que a paso de banderillas!

—Tampoco creo eso que usté dise: ar Gordo le pasa lo que a too nosotro; si er toro acude bien, tá güeno; si no tiene gana, tá malo. Y aluego ¿qué se pué esí de la muleta? Con eya en la mano, hay mu poco que tengan tan güena sombra... Lo que le tiene er Gordo, e que sabe demasiao er terreno que pisa... y cuando se sabe mucho... vamo... ya me entiende usté, D. Enriquito.

—Ozté perdone, zeñó José—dijo a esta sazón Merluza.—Me paece a mí que aquí D. Enriquito habla bien... Er Gordo poniendo banderiya, ¡la corona de María Zantízima! pero matando, ¡la perra zin vergüenza de zu mare!

El Cigarrero se puso muy serio y repuso enojado:

—A ti no te toca esí na de eso, Sebastián. Too esto señore pueen hablá lo que gusten, pero tú, hijo, no puée... ¿Tamo?

Merluza acortado, rectificó como pudo sus brutales palabras.

Era la primera vez que Miguel oía decir bien en un corro, de las personas del mismo arte o profesión que los presentes; y no poco quedó admirado de que fuesen los toreros, gente por lo regular inculta y plebeya, quienes dieran ejemplo de nobleza y compañerismo a los que cultivan otras artes más elevadas.

Tampoco admitió el Cigarrero las lisonjas que le prodigaron, lo mismo Enrique que sus amiguitos. Sin echarse por tierra con fingida modestia, supo colocarse en su verdadero sitio, esto es, por debajo de los espadas que entonces llevaban la atención del público, sin traer a cuento sus glorias pasadas o los tiempos en que gozaba de más renombre.

—Ya soy vieho. Ya no pueo competí con lo muchacho... Pero mase farta la guita, porque mi casa siempre se ha paesío un hospisio... y hago lo que pueo... y a vese un poquiyo meno de lo que pueo... Si Caytano aprieta en su toro, yo aprieto en er mío; si afloha, yo afloho... Si me sale un torito vivito y voluntario, le toreo por lo arto y le doy lo que pide er animá. Si me sale blando y sin vergüensa le doy un goyetaso ¡y a viví!... A mí me podrá hasé peaso un toro, ¡pero en la vía un roío buey!

Pasó un rato agradable Miguel, oyéndoles disertar en estilo pintoresco, sobre tauromaquia, que para ellos era el compendio de todas las ciencias, y el fin supremo de la vida humana, y se despidió al cabo afectuosamente, no sin haber sido antes convidado a una novillada de aficionados que Enrique y sus amigos estaban organizando a beneficio de unos náufragos que se habían perdido en el Adriático. Esta novillada había de efectuarse el próximo domingo en la plaza de los Campos Elíseos; sería presidida por la señora del ministro de Marina, dirigida por el Cigarrero, y nadie podría asistir a ella sin entregar un duro a la puerta, salvo los amigos invitados por los lidiadores.

Dos o tres días antes del señalado, pasó Miguel por casa de su tío Bernardo. Al entrar en el cuarto de Enrique, oyó gran ruido, como si trasteasen con los muebles; quedó altamente sorprendido al ver a su primo con sendas banderillas en las manos delante de una silla, levantándose sobre la punta de los pies en actitud de clavárselas. Aunque algo avergonzado a causa de la risa que a Miguel le acometió, no tardó en reponerse y manifestarle cómo se estaba ensayando en los cambios, salidas y cuarteos, pues era uno de los banderilleros que el domingo debían trabajar en los Campos.

—Pero esa silla me parece que se debe aplomar algo en la suerte de palos—dijo Miguel.

—Chico, no tengo otra cosa. Quise ensayar con el perrito de mi hermana, y mira lo que me ha hecho...

Y levantando un poco los pantalones, le enseñó las huellas de los dientes del animalito en la carne.

Estaba muy animado, pero confesaba que tenía los nervios un poco excitados y que dormía mal por la noche. ¡Eso de presentarse delante de un público tan lucido! Pero de todos modos, él conocía muy bien la teoría de las banderillas; no le faltaba más que un poco de práctica.

—Mira; para ponerlas al cuarteo, se coloca uno así... con los pies juntitos. Se cita al animal... Hay que esperar que arranque, ¿entiendes? y marchar decidido a cortarle el terreno... Si el toro no baja la cabeza para tirar el derrote... nada... ¡Hay que andarse en esto con mucho ojo!

—¿Y tienes esperanza de ponerlas bien el domingo?

—Si el torete me sale bravo y arrancando bien, pienso estar hasta guapo...

—No te lo aconsejo; te van a desconocer.

—Si sale blando o huido, tiraré a cumplir nada más... a salir del paso. Todo depende de la suerte, como tú comprenderás... Eso le pasa a Cayetano, al Cigarrero y a todo el mundo.

Llegada la tarde del domingo, se fue Miguel a los Campos y entró en la plaza, que ya estaba más que mediada de gente, casi toda de categoría: los lidiadores pertenecían en su mayor parte a la aristocracia. Había en los palcos una muchedumbre de niñas bonitas, ostentando la blanca mantilla de encaje y la peineta: los tendidos de madera estaban poblados de caballeros elegantemente vestidos. Miguel fue a colocarse entre barreras al lado de el Cigarrero que dirigía la lidia, sin tomar parte en ella.

Dada la señal por la presidenta, que era una señora guapetona, muy rumbosa y muy dadivosa, aparecieron en el redondel las tres cuadrillas al son de una marcha española tocada por la banda de un batallón: cada cuadrilla se componía del espada, tres banderilleros y los correspondientes monos sabios: estaban suprimidas las picas. Los alguaciles, que eran dos marqueses, marchaban delante montando briosos caballos y haciendo piernas con ellos. Gran tempestad de aplausos al verlos aparecer: los muchachos se presentaban vestidos de chulos con ricas capas sobre los hombros, imitando perfectamente en el modo de andar el aire y el contoneo peculiar de los toreros. Saludaron a la presidenta y arrojaron con garbo las capas de gala a los amigos, cambiándolas por las de uso. De todos los tendidos se oían voces saludando a los lidiadores: éstos cambiaban gritos y saludos con los espectadores, y sostenían conversación con ellos en alta voz.

Hasta aquí todo marchaba perfectamente. El marquesito alguacil recogió la llave que la presidenta le arrojó, y fue haciendo corvetas a entregársela al encargado de abrir el toril, cargo que, por cierto, se habían disputado un vizconde y el hijo del presidente del Tribunal Supremo. Sonó el clarín y saltó al redondel un torete negro, con bragas, de bonita lámina. El primer sentimiento que los lidiadores experimentaron al echarle la vista encima, fue de traición o engaño manifiesto. Todos ellos le habían visto varias veces, primero en el encierro y después en el corral; pero nunca les pareció ni la mitad de grande que entonces. Así que, sospechando que pérfidamente se lo habían trocado en el chiquero, cambiaron repentinamente el color fresco y sonrosado de sus mejillas por un blanco mate nada vistoso. Y por un movimiento simultáneo, que probaba la unidad de sus convicciones, se pegaron todos a la barrera y colocaron el pie en el estribo, preparados a cualquier evento. El novillo se disparó contra uno de ellos. Todos, como un solo hombre, saltaron la barrera. El novillo, viendo el campo libre, se paseó por él a su talante, en medio de la gritería y algazara de la gente. Un buen rato se estuvieron los lidiadores entre barreras, celebrando consulta, hasta que al fin, estimulados por los amigos de los tendidos, que no cesaban de perseguirles con gritos y pullas, y por el poquillo de vergüenza que todavía les quedaba, después de la salida del toro, se decidieron a entrar de nuevo en el redondel. Pero fue con toda calma, montando sobre la barrera como si estuviesen impedidos de las piernas, y bajándose después poquito a poco; parecía que iban a entrar en un baño de agua fría. Uno de ellos tuvo la audacia de separarse como cinco o seis pasos del tablero, y llamar la atención del novillo con el capote. Una mirada severa del toro bastó para hacerle brincar la barrera sin poner el pie en el estribo.

La corrida fue rica en incidentes. Caídas, choques, atropellos, saltos mayores que el de Alvarado, de todo hubo, hasta cogidas, lo cual, en verdad que parecía imposible. Apenas tiraban el trapo, se echaban a correr llenos de pánico, dándose con los talones en las nalgas, y precipitándose de cabeza por encima de las tablas, sin que el toro se hubiese movido de su sitio. Los banderilleros clavaban los palos en el aire muchas veces; otras en alguna región ignorada del animal. Los espadas igualmente pinchaban donde podían, sin aproximarse jamás, ni por casualidad, al sitio verdadero. En vano saltó el Cigarrero más de veinte veces al redondel a poner orden; en vano les arreglaba los novillos y se los cuadraba, de suerte que no había más que dejarse caer; de todos modos la confusión, el ruido y las atrocidades de todo género no cesaron en toda la tarde.