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Riverita

Chapter 28: XII
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About This Book

A domestic narrative follows a family as relatives manage the aftermath of a mother’s death and a father’s remarriage, focusing on a young boy’s adjustment and the reorganization of the household. Through episodic scenes and social gatherings, the story examines manners, family prestige, and the pressure to restore public respectability by installing a new maternal presence to supervise etiquette and order. Intimate moments contrast with ceremonial displays, revealing expectations about upbringing and decorum while showing how modest domestic changes reverberate through relationships and the surrounding social circle.

—¿Qué edad tiene?

—Quince años; va para diez y seis.

—Pronto se casará entonces.

—¡Ay, Dios!—exclamó doña Rosalía con profunda lástima.—Me parece que están verdes; hoy no se casan las jóvenes hermosas si no tienen dinero, ¿cómo se ha de casar ella no siendo rica ni bonita?

—Yo no la encuentro fea.

—¡Ay, Dios! ¡Pobrecilla! Ya comprende que no debe pensar en esas cosas. Últimamente se ha metido mucho por la iglesia. Confiesa y comulga todas las semanas, y oye misa siempre que puede. Yo la dejo mientras no falte a las obligaciones de casa, que como V. sabe, son lo primero. Hace poco escribió a su tío (porque de palabra no se atrevería) diciéndole que quería ser monja. Pero para ser monja, D. Miguel, se necesita un dote, y nosotros no podemos dárselo. Valentín estaba empeñado en hacérselo de su bolsillo, pero yo me opongo. Cuando las cosas no se pueden, hay que resignarse. Lo mismo se gana el cielo dentro que fuera del convento. ¡La pobrecilla lo ha sentido mucho!

Tanta compasión dio mala espina a Miguel. Cansado de escuchar a su huéspeda, se levantó, y con pretexto de arreglar el equipaje, se fue hacia la alcoba. Doña Rosalía al cabo le dejó solo.

Aquella noche no era fácil ver a la generala. Su casa se hallaba del otro lado de la bahía, y a tal hora costaría trabajo dar con ella. Por otra parte, Lucía deseaba que sus visitas fuesen siempre secretas: era necesario saber en qué forma quería que las hiciera. Determinó, pues, aguardar hasta el día siguiente.

Era muy temprano para irse a la cama. Cogió el sombrero y el bastón para dar una vuelta por el pueblo. Al salir, aún continuaba el baile en la plazoleta: Maximina se hallaba otra vez sentada en la silla contemplándolo.

—Buenas noches, Maximina—dijo nuestro joven acercándose a ella.

—¡Ay! buenas noches.

—¿Aún no se ha decidido V. a bailar?

—No señor.

—Pues yo sí.

La niña le miró sorprendida.

—Pero antes quiero descansar un poco al lado de V. ¿No hay por ahí una silla?

—Voy por ella ahora mismo—repuso muy azorada.

Y entrando en el estanquillo, salió con una que colocó bastante lejos de la suya. Miguel, con gran desembarazo, las puso juntitas. En cuanto se sentaron, las muchachas del baile comenzaron a dirigirles miradas de curiosidad. La noche estaba estrellada, ni clara ni oscura.

Entabló conversación, hablando del baile, del tiempo, de su viaje; agotó en un instante todos los lugares comunes. Maximina sonreía con amabilidad a cuanto decía; pero apenas contestaba más que con monosílabos, aunque se conocía que hacía esfuerzos por ser más explícita. Al fin se atrevió a decir:

—¿No baila V.?

—Si V. no me hubiese entretenido hasta ahora ya estaría dentro del corro—contestó poniéndose serio.

—¡Yo!—exclamó la niña inmutándose.

—Sí; usted.—Miguel soltó al decirlo una carcajada.—No haga V. caso: nunca he soñado en bailar; pero menos ahora que me encuentro en tan agradable compañía.

La chica estaba tan asustada todavía, que no supo dar las gracias. Adivinando su inquietud nuestro joven, prescindió de las bromas habituales en él y comenzó a tratarla con más respeto. Enterose con amabilidad de los pormenores de su vida y fue poco a poco ganando su confianza, haciéndola hablar con más desembarazo.

Pero el baile se había deshecho. Algunas jóvenes se fueron para sus casas; otras, y con ellas algunos galanes, vinieron a sentarse delante del estanquillo, para lo cual doña Rosalía les consintió sacar más sillas y un banco largo. Miguel permaneció sentado junto a Maximina.

—Saque V. la guitarra, doña Rosalía—dijo una de las muchachas.

—¿Va a cantar Juanito?

Juanito era el piloto del vapor donde nuestro joven había llegado. Era andaluz y muy conocido en Pasajes.

En cuanto vino la guitarra, comenzó a alegrar la tertulia con playeras, polos y sevillanas. Miguel, con gran sorpresa de las jóvenes hermosas que allí había, echándose hacia atrás en la silla, principió a hablar al oído a Maximina. ¿Qué le decía? Nada; tonterías: que lo estaba pasando muy agradablemente; que era una chica muy simpática; que se alegraba de haber venido a parar a su casa, etc. Maximina, más sorprendida que confusa, escuchaba sonriendo aquella música tan nueva para ella (la de Miguel, no la del piloto). Nuestro joven pasaba el rato del mejor modo que podía, esperando la hora de irse a la cama.

—¿Por qué no se sienta V. al lado de Paulina?—le preguntó la niña.

—¿Quién es Paulina?

—Aquella chica tan hermosa que está cerca de la puerta.

Miguel se inclinó por verla.

—No la veo bien; parece bonita, en efecto—dijo recostándose otra vez.—Pero V. también lo es... y muy simpática además.

—¡Oh, por Dios!—exclamó la niña ruborizándose.

—¡Vaya si lo es!—replicó Miguel, posando su mano sobre la de ella y dándole un cariñoso apretón.

La chica no se movió: ambos guardaron silencio unos instantes.

—¿Vamos a jugar un poco a las prendas?—dijo una de las jóvenes así que Juanito hubo terminado su repertorio.

Comenzó el juego de prendas. Encendieron un fósforo: se lo fueron entregando unos a otros mediante ciertas palabras que había que pronunciar en voz alta: pagaba prenda aquel en cuyas manos concluyese o se apagase. Nuestro joven tomaba poco interés en el juego. Cuando el fósforo llegó a él bastante disminuido, lo dejó caer sin entregárselo a Maximina, y pagó prenda.

—¿Por qué no me lo ha dado?—le preguntó ésta.

—Porque no quería que V. se quemase.

Se puso en berlina a los dueños de las prendas; se les mandó decir tres veces y tres veces no; se les hizo contentar a los presentes, etc., etc. Miguel, mientras duraban estas operaciones, no dejaba de depositar de vez en cuando algunas palabritas en el oído de Maximina. Con la osadía del cortesano corrido, llegó a apoderarse de una de sus manos y a retenerla entre las suyas. Sorprendiose al observar que la niña no la retiraba. Era una mano de virgen, maciza y fría, un si es no es grande, pero perfectamente torneada: le hizo recordar las de la generala, largas y descarnadas y siempre ardorosas. La apretó tímidamente primero, después con más energía: al cabo la acarició con cariño, rozándola suavemente por encima. Maximina le dejaba hacer, sin soñar con retirarla, como si fuese una cosa muy natural. No manifestó siquiera mayor emoción o inquietud que antes: tan sólo se la quitaba cuando iba a hacer uso de ella en el juego. ¿Qué será esto? se preguntaba Miguel todo confuso. ¿Tendrá esta chica ya tanta malicia? ¿Será pura inocencia? Aunque su experiencia le insinuaba lo primero, una voz interior le decía lo contrario; y atendiendo a ella, contentose con acariciar tierna y noblemente aquella mano que con tal candidez le entregaban. La tertulia se deshizo al fin, y nuestro joven se fue perplejo y caviloso a la cama, proponiéndose observar atentamente a Maximina en los días siguientes.

XII

Lo primero que hizo al día siguiente por la mañana fue escribir a Lucía. «Estoy aquí desde ayer por la tarde. Dime cómo he de arreglarme para verte.» Salió de casa y fue en busca de Úrsula la batelera.

Así que dio con ella le preguntó.

—¿Conoces a la señora del general Bembo?

—¡Vaya!

—Pues vas a llevarle esta carta ahora mismo. Aguarda contestación y vente en seguida. En el muelle te espero.

Cogió la batelera los remos, atravesó la bahía, amarró el bote y desapareció allá entre los árboles. Mientras tornaba con la respuesta, nuestro joven se fue a hacer una visita al capitán del vapor y al piloto de las peteneras.

Poco tardó Úrsula en aparecer de nuevo remando con prisa: saliole al encuentro Miguel así que puso el pie en tierra y recibió de sus manos un billete perfumado que había metido en el seno.

Decía así el billete:

«Querido mío: Una inquietud dulce y misteriosa que ayer noche experimentó mi corazón me anunciaba sin duda que estabas cerca de mí. No podemos vernos como antes, porque Carmen se ha quedado en Madrid y no tengo confianza en los criados. Precisa que tus cartas sean secretas. La chica que lleva ésta es fiel y reservada: te puede traer en su bote a las diez de la noche. Al entrar en él debes encender un fósforo; cuando te halles en medio de la bahía otro, y otro por fin cuando saltes en tierra del lado de acá. A cada uno de estos fósforos contestaré yo con la misma señal desde el mirador de casa. Nos reuniremos junto a la tapia del jardín. Prudencia y discreción. No faltes.

Tuyo hasta la muerte,

Alfredo.»

Al leer la carta no pudo menos de sonreír, diciendo para sus adentros:—¡Cuándo se le concluirá a esta mujer la manía de las aventuras!—Concertose después con la batelera para su expedición nocturna y se despidió de ella recomendándole mucho sigilo.

Cuando entró de nuevo en la habitación encontró en ella a Maximina, que estaba acabando de arreglarla, y a su primo Adolfo, un muchacho de trece a catorce años con grandes cachetes, el cabello corto y erizado y unos ojos cargados de carne, fieros y desvergonzados. Por algunas palabras que logró percibir desde el pasillo comprendió que había reyerta entre los dos primos y adivinó también la causa. Adolfo trataba de curiosear en el equipaje del huésped y Maximina se oponía a ello. Cuando nuestro joven entró, ambos quedaron sorprendidos: Maximina en medio de la sala con la escoba en la mano sonriéndole; Adolfo arrimado a una cómoda mirándole torvamente.

—¡Oh, qué trabajadora es Maximina!—dijo Miguel acercándose a ella sin hacer caso alguno de Adolfo, que le había sido antipático.

A la luz del día pudo apreciar mejor su figura. Era una morena más pálida que sonrosada, la nariz pequeña, la boca fresca, la cabeza y la frente muy bien modeladas, el cabello castaño y los ojos garzos, ni grandes ni pequeños, más baja que alta, apretadita de carnes y abultada de formas, revelando en sus movimientos un gran vigor muscular. Nadie podía llamar hermosa a esta muchacha con justicia, y sin embargo, la expresión humilde e inocente de sus ojos, la sonrisa constante que contraía sus labios, la hacían altamente simpática. Llevaba un vestido de percal claro con un pañuelo de color de rosa, que le tapaba el pecho y parte de la espalda. Al oír la exclamación de Miguel, contestó con otra:

—¡Mucho, sí!

—Ya lo creo. Tan temprano, y ya me tiene V. arreglado el cuarto.

—¡Toma, porque se lo ha mandado mi madre!—dijo Adolfo desde un rincón, con deseo de mortificar a su prima; pero ésta contestó muy naturalmente:

—Es verdad, me lo ha mandado mi tía en cuanto V. salió.

—¿Y tú haces tan prontito lo que te mandan como ella?—dijo Miguel encarándose con el chico.—Entonces serás ya un sabio; porque tus padres de seguro te mandarán estudiar todos los días.

Adolfo le echó una mirada recelosa y bajó los ojos sin contestar.

—He dado una vuelta por el pueblo—siguió el joven dirigiéndose a Maximina,—y después estuve en el vapor con Juanito.

—El pueblo es feo—respondió aquélla.—Eso dicen todos los forasteros...

—¿Y V. no lo dice?

—A mí me es igual un pueblo que otro.

—¿No va V. de vez en cuando a San Sebastián?

—Casi nunca. Mi tía me lleva cuando hay que traer algún encargo; pero ida por vuelta. Una vez me llevó mi padre (que en gloria esté) a Bilbao a pasar unos días... ¡Si supiera V. qué deseos tenía de volverme!

—¿Pues?

—Estaba cansada de andar de un sitio para otro... al teatro... al paseo... a los comercios... Me dolían mucho los pies. Decían que era porque no estaba acostumbrada.

—Me ha dicho su tía que ha estado V. educándose en un colegio...

—Sí, señor, dos años, en un convento de Vergara...

—¿Y le gustaba a V. estar allí?

—Muchísimo. Nunca he sido tan feliz como entonces.

—¿De modo que de buena gana volvería V. con las monjas?

—¡Oh, ya lo creo!

—Ella quiere volver y hacerse monja... pero le faltan monises—dijo el animal de su primo terciando de nuevo en la conversación.

Aquella salida grosera indignó mucho a Miguel, quien dirigió al chicuelo una mirada de desprecio. Maximina se había puesto levemente encarnada.

—No lo crea V... Sí, desearía volver; pero no causando perjuicio a nadie. Comprendo que ahora, mientras las niñas no sean mayores, mi tía me necesita...

—¿Y qué tiene de particular que V. lo desee?—dijo Miguel con dulzura.—Eso no prueba más que tiene V. un corazón agradecido y piadoso.

Maximina se ruborizó entonces hasta las orejas. Adolfo, a quien sin duda pareció muy mal esta alabanza y quería a todo trance desahogar su resentimiento, exclamó sonriendo estúpidamente:

—¡Es una beatona! Se pasa la vida comiendo los santos.

—Pues ahora no estaba comiendo los santos, sino barriendo—respondió Miguel.

—Ya ha estado en la iglesia; comulga los jueves y los domingos y trae una soga atada al cuerpo. ¿Quiere V. verla?

Y el gran bárbaro se fue derecho a su prima, con intención sin duda de abrirla el vestido.

—¡Estate quieto, Adolfo!—exclamó aquélla, asustada, nerviosa.

Pero Adolfo no hizo caso y llegó a poner las manos sobre ella. Entonces la niña, con una fuerza que sorprendió a Miguel, le rechazó haciéndole tambalear. Adolfo volvió a la carga riendo groseramente.

—¡Adolfo, que llamo a mi tía!—gritó Maximina, roja como una cereza y saltándosele las lágrimas, y otra vez le rechazó con brío.

—Eso no se hace, chico—dijo Miguel queriendo intervenir.

Pero Adolfo, irritado por la superioridad muscular de su prima, se había agarrado a ella y forcejeaba por abrirle el vestido, aunque sin resultado. Miguel le arrancó a viva fuerza y le puso a la puerta de la sala diciéndole:

—¡Ya podían tus padres darte un poco mejor educación!

Cuando volvió hacia Maximina, la halló sollozando, tapándose la cara con las manos.

—Vamos, Maximina, serénese V.... eso ya pasó.

Pero Adolfo, desde el pasillo, empezó a vociferar:

—Que salga, que salga esa hipócrita... No me marcho de aquí hasta que le atice unas cuantas piñas.

A las voces que daba y al ruido que acababan de hacer, subió doña Rosalía preguntando enojada:

—¿Pero qué es esto? ¿qué pasa aquí?

—Nada, señora—contestó Miguel,—que ese muchacho quería abrir el vestido a Maximina para enseñar una soga que dice que trae.

—No, madre—gritó Adolfo,—es que ella me pegó, porque la llamé beatona.

—Tú te callas, tunante—le dijo la madre encolerizada, aplicándole al mismo tiempo una soberbia bofetada que le enrojeció la mejilla.

Adolfo se puso a clamar al verdadero Dios. Entonces doña Rosalía, arrepentida sin duda de haber lastimado a su hijo, se revolvió furiosa contra Maximina.

—¡Buena hipocritilla estás tú también! Haces la comedia y lloriqueas, hasta que consigues que yo le pegue...

Ante aquella injusticia, la pobre niña quedó como aturdida un instante; en su semblante descompuesto se adivinaban los esfuerzos que hacía para no romper a llorar a gritos. Dejó escapar un sollozo ahogado, se llevó la mano al corazón y salió corriendo de la estancia.

—Vamos; a encerrarse a su cuarto, como siempre—dijo doña Rosalía, sonriendo irónicamente.

No obstante, como veía claro que Miguel no aprobaba su conducta y su propia conciencia tampoco, se esforzó en demostrar que Adolfo era un muchacho aturdido, pero de un fondo excelente; que Maximina era muy susceptible, que no sabía aguantar una broma y tratar a su primo como lo que era... un niño. Por último, allá se fue con él acariciándole y prometiéndole varias cosas para que se calmase. Miguel quedó tristemente impresionado por aquella escena.

Pasó el día vagando de un lado a otro, leyó un poco, escribió otro rato; al fin llegó la noche. Después que hubo cenado y sufrido media hora a su locuacísima huéspeda, se dispuso a acudir a la romántica cita que le había dado la generala. Mientras iba por la calle en busca de la escalera de piedra donde Úrsula había quedado en esperarle, no podía menos de reírse del amor que Lucía profesaba al misterio. Después de todo, puede que tenga razón, concluyó por decirse; si no fuese por estos granos de pimienta echados sobre nuestras relaciones, la verdad es que llegarían a ser muy fastidiosas. Halló a Úrsula sentada en las escaleras dormitando. Al sentir sus pasos se puso en pie vivamente.

—¿Es V., señorito?

—Yo soy: ¿tienes ahí el bote?

—Lo tengo amarrado donde siempre para que no sospechen. Voy a buscarlo en seguida.

La batelera bajó a la orilla y por ella se fue rozando el agua hasta desaparecer enteramente su silueta de la vista de nuestro joven. Pocos minutos tardó en oír el chapoteo de los remos y en percibir el bulto del esquife. Así que encalló, se apresuró a saltar en él; pero antes de que Úrsula lo pusiese otra vez a flote y se alejase de la orilla, tuvo cuidado de sacar un fósforo y mantenerlo encendido hasta que se concluyó. En el mismo instante surgió otra luz, allá a lo lejos sobre la masa oscura de los árboles de la opuesta orilla. La batelera comenzó a manejar los remos procurando no hacer ruido. El pueblo de Pasajes reposaba. En los buques surtos en la bahía habíanse apagado ya los fogones, y los tripulantes se entregaban descuidadamente al sueño. La noche estaba encapotada y apacible. Aunque avezado a las citas nocturnas y secretas, la de ahora, por lo original, consiguió interesar a nuestro joven. No poco contribuyó a ello también el no haber visto a su amante hacía ya cerca de un mes. Con la separación se había refrescado un poco el recuerdo de sus fortunas, que en los últimos tiempos habían perdido para él bastante atractivo. Al llegar al medio de la ensenada, Úrsula le dijo:

—Estamos a medio camino, señorito.

Miguel se puso en pie, encendió otro fósforo y lo mantuvo vivo todo el tiempo que duró.

—¿Sabe V., señorito—le dijo Úrsula,—que si hay alguno por ahí en vela, y nos observa, no sé qué pensará de nosotros?

—Pensará que somos novios, ¿y qué mal hay en eso?

—Para V. ninguno. ¡A mí, buena me pondrían!

En aquel instante surgió otra luz en tierra, pero no ya sobre los árboles, sino más baja.

—¡Mire V., mire V. el fosforito!—exclamó con acento malicioso.

—Rema, rema: a ver si llegamos pronto a la orilla—repuso Miguel.

Un toque de corneta se dejó oír en el silencio de la noche, claro, estridente, partiendo del Ancho.

—¿Qué es eso?—preguntó el joven, asombrado.

—No sé—contestó la batelera con no menos asombro.

Otro toque contestó al primero desde la opuesta orilla. Oyéronse después voces de mando y ruido de pasos a la carrera.

—Boga, boga de prisa, a ver qué diablos significa ese trajín—dijo Miguel.

Úrsula obedeció, y no tardaron muchos minutos en llegar cerca de tierra. Pero al saltar en ella nuestro joven, un grupo de seis o siete soldados avanzó hacia él, poniéndole las bocas de los fusiles sobre el pecho.

—Darse preso todo el mundo.

Miguel quedó pasmado.

—¿Pero por qué?...

—A ver—dijo el sargento, sin escucharle,—uno de vosotros que registre el bote, y vosotros dos meteos por ahí entre los árboles y pilladme a los cómplices.

—¿De qué se trata, señores?—preguntó Miguel, procurando calmarse y calmar a los carabineros (porque aquellos soldados eran carabineros).

—Ya lo sabrá V. en la cárcel—contestó el sargento.

Lo supo antes, por fortuna. Los carabineros, al ver aquellas señales misteriosas hechas desde la bahía y contestadas en tierra, se figuraron que se trataba de un alijo de contrabando, y promovieron todo aquel alboroto. Grandes esfuerzos hizo Miguel para convencerles de que no había semejante cosa, que iba dando un paseo por placer y nada más. Al cabo de media hora de discusión, el sargento tuvo que rendirse a la evidencia, pues no había motivo alguno que confirmase sus sospechas. El joven madrileño le manifestó que había llegado el día anterior en el vapor Carmen, que allí estaba, y a cuyo capitán podían preguntar si era verdad lo que decía: que estaba hospedado en casa de D. Valentín Vázquez, etc., etc. Después de mucho vacilar, el sargento le permitió volverse a su casa, aunque acompañado de un carabinero que averiguase si efectivamente alojaba en la posada que decía.

XIII

Irritado por aquella aventura peligrosa y ridícula, se presentó al día siguiente en casa de la generala, sin tomar precaución ninguna, y la manifestó que no quería oír hablar de citas misteriosas. Lucía, que la noche anterior le había esperado en vano, se condolió extremadamente de su percance, aunque no pudo menos de reír al oírselo contar. Desde entonces se vieron todos los días a la hora que a Miguel le placía visitar el hotel de D. Pablo Bembo.

El tiempo que estas visitas le dejaban libre aprovechábalo para hacer excursiones a San Sebastián, trabajar para el periódico o salir a la pesca con su huésped. Este D. Valentín, antiguo capitán de El Rápido, bergantín redondo que hacía la carrera de la Habana, era una persona bastante original. Tendría a lo sumo cincuenta años; era alto y enjuto y de complexión recia, si no fuese el reumatismo que a largas temporadas le atormentaba mucho; gastaba el cabello largo y la barba, ya gris, en forma de cazo. En su vida había visto Miguel, ni pensaba ver, hombre más silencioso: estuvo una porción de días sin oírle el metal de la voz: cuando le tropezaba en la calle o en casa, el marino se llevaba la mano al sombrero y gruñía algo que debía ser «buenos días» o «buenas tardes» juzgando por hipótesis. En la casa jamás se le oía pedir ni ordenar nada: parecía una sombra cuando entraba o salía o se sentaba a la mesa a comer. Con su mujer y con Maximina, más se entendía por gestos que por palabras: como sus necesidades eran poco complicadas, no costaba gran trabajo tenerle siempre satisfecho. Si el reuma no le tenía postrado, salía, casi todos los días, a pescar en un bote de su propiedad: horas y horas se pasaba el ex-capitán fondeado cerca de tierra, inmóvil, con el aparejo en la mano, dejándose tostar por el sol y azotar por el aire. A fuerza de no mantener relaciones más que con los peces, se había identificado con su naturaleza fría, grave y silenciosa; era un verdadero derviche del mar, cuya aspiración única parecía consistir en penetrar más y más en este elemento y fundirse y disolverse al cabo en él, como una piedra de sal. Por lo demás, en el pueblo era considerado como un buen vecino y marino muy inteligente.

Este hombre, que cruzaba por el mundo en zapatillas, fue el compañero constante de Miguel en sus excursiones marítimas. Claro está que hablaban poco, casi nada; pero nuestro joven había creído comprender por gestos, por gruñidos, más que por palabras, que era simpático a D. Valentín, lo cual podía achacarse a la afición que mostraba a la pesca. Sobre todo desde cierto día en que enganchó (pura casualidad) una magnífica robaliza y consiguió meterla a bordo, el ex-capitán le guardó, aunque tácitas, altas consideraciones. Además, había adivinado también que el ex-capitán profesaba un afecto vivísimo a su sobrina Maximina, bien pagado por parte de ésta: ambos se comprendían admirablemente, con sólo mirarse, y se tributaban todas las pruebas de cariño que podían. Y digo podían, porque doña Rosalía estaba al tanto de este cariño y no manifestaba tendencias muy decididas a alentarlo.

Por todo esto Miguel fue estrechando su amistad con él. Maximina cada día se mostraba a sus ojos más simpática e interesante. Las personas candorosas y sinceras tienen la ventaja de no repetirse. Así que, sin que ella pudiese sospecharlo, al mismo tiempo que le abría su alma para que hundiese la mirada en ella, iba cautivando la de su joven huésped, en términos que a éste llegaron a fastidiarle todos en la casa si no eran Maximina y su tío. Hablaba con aquélla largos ratos aprovechando los momentos en que venía a arreglar su sala.

—¿Está V. ocupado, D. Miguel?

—Ahora voy a dejar la tarea.

Y mientras salía del cuarto y Maximina se ponía a asearlo, charlaban alegremente. Miguel la embromaba con el convento: ella se defendía negando que tuviese por entonces intención de encerrarse en él. Sin embargo, al través de estas negativas se traslucía que acaso con el tiempo llegase a realizarlo. Un día poniéndose serio le dijo:

—No soy partidario de los conventos. Las virtudes más hermosas de la religión cristiana, que son la caridad y el sacrificio por los demás, no pueden practicarse sino en medio de la sociedad. ¿Para qué sirven todas las que una joven llega a adquirir si han de quedar encerradas entre cuatro paredes; si el mundo no se ha de aprovechar de ellas jamás? Las únicas monjas a quienes respeto y admiro con todo mi corazón son las hermanas de la caridad.

Maximina le miró sorprendida y no contestó. Todo el día estuvo un poco pensativa.

Solían reunirse diariamente a la hora del oscurecer algunos jóvenes delante del estanquillo, aunque no en tanto número como los domingos. Las noches eran apacibles y calurosas, y la tertulia se prolongaba a veces hasta las nueve y media o las diez. Miguel se fue acostumbrando a asistir a ella, dejando las visitas a la generala para otras horas. Sentábase a menudo al lado de Maximina y se complacía en regalarle el oído. Si nos preguntasen si creía lo que la iba diciendo, nos sería casi imposible contestar. Lo único que podemos decir es que no la requebraba por burlarse, ni aun por pasar el rato: es posible que a fuerza de serle simpática, la fuese encontrando hermosa. Pero Maximina estaba tan convencida de lo contrario, que rechazaba las lisonjas del joven con tanto más empeño cuanto más grata le iba siendo su compañía. Una noche le dijo con acento suplicante:

—Por Dios, no me diga V. que soy bonita.

—¿Por qué?

—Porque se me figura que está V. haciendo burla de mí, y me causa mucha pena...

—Aunque V. no lo fuese, a mí me lo parece, y con esto bastaría; pero ya que V. se enfada, la llamaré simpática únicamente.

—Tampoco. No me llame V. nada.

Las demás muchachas que allí había, todas de más edad que Maximina, les echaban miradas penetrantes y comenzaban a murmurar de la persistencia con que el joven forastero se sentaba al lado de aquélla. Los juegos con que se mataba el tiempo en aquella reunión al aire libre, eran poco variados: esconder un objeto para que uno de ellos lo hallase, mientras los demás cantaban, unas veces suave y otras fuerte, según se alejaba o aproximaba a él: adivinar quién era la persona cuyo retrato fuesen trazando de palabra los presentes: correr el florón por la cuerda.... Este juego del florón era el que más agradaba a Miguel: de él conservó toda su vida un recuerdo vivo y placentero. Consistía en introducir una sortija por una cuerda y agarrarse a ésta todos los tertulianos formando corro; uno se quedaba en el medio, y los demás corrían la sortija disimuladamente gritando:

El florón está en la mano.
Siga el florón.
Siga el florón.

El corifeo hacía una señal: el coro callaba y quedaba inmóvil: si adivinaba quién tenía la sortija, éste pasaba al centro del corro, y aquél ocupaba su sitio; si no, volvía a seguir el florón su carrera. Nuestro joven gozaba con este juego, porque le trasladaba a la infancia, y acaso también porque al agitar las manos sentía el contacto de las de Maximina. Muchas veces se reía pensando: ¡Si el conde de Ríos me viera jugando al florón!

Al domingo siguiente se bailó, como el día en que él llegara había prometido a Maximina entrar en el corro si ella bailaba. La niña, confiando en esta promesa, se decidió a ello, pero el huésped no quiso cumplir la palabra, y se quedó sentado delante del estanquillo como simple espectador. La pobre Maximina, defraudada, le miraba con ojos tristes, dejando adivinar que sin él estaba allí aburrida.

—Oyes, Lolita—dijo el joven llamando a una de las pequeñas de doña Rosalía,—ve a decir a Maximina que en cuanto oscurezca un poco más, bailaré.

Maximina, al recibir la noticia, se puso alegre. Y, en efecto, cuando las sombras de la noche invadieron la plazoleta, seguro ya de no llamar la atención, el forastero se aventuró a tomar parte en el baile. No se mostró todo lo suelto y airoso que fuera de desear, por lo cual tuvo que escuchar algunas carcajadas reprimidas; pero las llevó con paciencia, y a los pocos minutos ya no se fijaba en él nadie... nadie más que Maximina, que le decía en voz baja:—«Levante V. más los brazos.»—«No salte V. tanto.» Consejos todos muy oportunos, que el joven iba siguiendo al pie de la letra. La niña estaba alegre, satisfecha: Miguel la sacaba a bailar con más frecuencia que a las otras: luego procuraba colocarse a su lado para tenerla cogida de la mano, que se complacía en apretar suavemente y acariciar. Después de bailar uno frente a otro, los jóvenes tenían la costumbre de abrazarse un instante al concluir. Miguel, aprovechando uno de estos abrazos, y a favor de la oscuridad, cogió la trenza de Maximina, que colgaba por la espalda con un lazo de seda en la punta, y la llevó a los labios.

—¿Qué hace V.?—dijo la niña volviéndose rápidamente.

—Besar la trenza de su pelo.

—¿Y por qué hace V. eso?—preguntó con sorpresa.

—Porque me gusta.

Maximina bajó los ojos y guardó silencio.

Poco después, el hijo del brigadier quiso besarle una mano; pero la niña la bajó con fuerza sin soltarse, y no le fue posible.

Maximina, desde entonces hasta que el baile se deshizo, se manifestó un poco más circunspecta, aunque sin dejar de estar cariñosa con su amigo. Al concluirse y venir los jóvenes a su acostumbrada reunión, dijo que le dolía un poco la cabeza, y en vez de permanecer en la tertulia, se retiró. Creyó Miguel, en vista de esto, haberla causado algún disgusto, y estaba con deseos de hablar con ella. Al día siguiente de madrugada la halló bordando en el estanquillo. Estaba un poco pálida, y sus ojos, al levantarlos hacia Miguel, aunque sonrientes, expresaban una suave melancolía.

—¿Cómo ha descansado V., Maximina?—la preguntó.

—No he podido dormir en toda la noche—respondió la niña.

—¿Pues?

—No sé... daba vueltas y más vueltas... y nada.

Miguel sonrió admirando aquella ingenuidad.

En los días siguientes, a medida que buscaba las ocasiones de hablar con ella a solas, la niña las evitaba cuidadosamente. Sin embargo, una vez que doña Rosalía se levantó dejándolos solos en el estanquillo, Miguel la cogió una mano y casi a viva fuerza se la besó. Maximina se puso encarnada y no supo más que decir:

—¡Oh, por Dios!...

Otra vez le dijo al oído hallándose de tertulia:

—Tengo que pedir a V. un favor, Maximina.

—¿Qué es?

—Que me dé V. un rizo de su pelo.

La chica levantó los ojos con sorpresa.

—¿Me lo dará V.?—repitió mirándola atrevidamente.

Maximina bajó los ojos haciendo una señal afirmativa.

Pero trascurrió un día y trascurrieron dos, y tres, y no daba señales de cumplir su promesa. Miguel le preguntaba por señas: ella sonreía sin contestar. Entonces el joven se hizo el enojado y evitó a su vez el encontrarse con ella. Maximina comenzó a echarle miradas tristes y tímidas, que observaba riendo interiormente. Al fin, una noche por propia iniciativa, aquélla vino a sentarse a su lado. Nuestro joven se mostró inflexible; no quiso hablar; afectó tomar una parte muy activa en los juegos de prendas. Entonces la pobre niña dijo con voz débil:

—Tome V.

Miguel no la oyó.

—Tome V.—repitió un poco más alto.

Al volverse vio que tenía en las manos un papelito blanco. Comprendió que era el rizo de pelo y lo tomó apretándole al mismo tiempo los dedos con ternura.

—Muchas gracias, Maximina—le dijo con acento conmovido.—Es V. muy buena, y cada día...

Antes que pudiese concluir, la niña se levantó, entrando en la casa. Miguel quedó saboreando una dulce felicidad que nunca hasta entonces había gustado, la de ser querido de aquel modo tan ingenuo y tan puro. Tenía el corazón henchido de suaves sentimientos; una ternura inefable invadía su alma, y se dijo: ¿Por qué no he de querer yo a esta niña también? ¿Por qué no he de decírselo? Agitado por este deseo súbito, se levantó de la silla y entró en casa con la esperanza de encontrar a Maximina y expresarle lo que en aquel momento sentía. Recorrió a oscuras la sala, el comedor y el pasillo, llamándola suavemente; pero no pudo hallarla. Echó una mirada a la cocina y no vio en ella más que a la taciturna criada mondando patatas. Se habrá ido a su cuarto, se dijo, y bajó tristemente la escalera para restituirse a la tertulia; pero al cruzar por delante de la puerta del estanquillo que estaba a oscuras, se le ocurrió meter la cabeza dentro y decir:

—Maximina.

—¿Qué?—contestó una voz apagada.

—¡Oh, picarilla! ¿está V. aquí?

Y se introdujo en la tienda.

—¿Dónde está V.?

—Aquí.

—Deme V. la mano.

—¿Para qué, para besarla? No quiero; es V. muy malo.

Miguel soltó una carcajada, reprimiéndola para que no le oyesen fuera.

—No, criatura; es para saber dónde está V. nada más.

Se sentó al lado de ella en una silla baja.

—¿Por qué se ha escapado V. de la tertulia?

—¿Y V. por qué me anda buscando?

—Para decirla a V. una cosa.

—¿Qué es?

—...Que la voy queriendo a V. mucho—dijo con acento apasionado, cogiéndola una mano.

La niña guardó silencio.

—Y que V. también me va queriendo a mí un poco, ¿no es verdad?

Tampoco contestó.

—Vamos, dígame V. que sí... aunque sea mentira.

—Yo no digo mentiras—manifestó la niña con voz dulce.

—¿Entonces, no me quiere V.?...

—Tampoco digo eso.

Miguel entusiasmado la abrazó.

—Pues yo te quiero, te quiero por lo hermosa y lo buena que eres...

Maximina al sentirse en los brazos del joven comenzó a temblar fuertemente.

—¡Suélteme V.! ¡por Dios me suelte V.!

—¿Me quieres tú? ¿me quieres?

—¡Suélteme V., por Dios!

—No, sin decirme que me quieres.

—Pues sí, le quiero, le quiero; ¡suélteme V.!

El joven la besó con pasión en los labios y la dejó huir a su cuarto. Él se volvió a la tertulia.

XIV

Miguel sacó el reloj para mirar la hora.

—¡Oh qué reloj tan fastidioso!—exclamó la generala apoderándose de él y metiéndoselo de nuevo en el bolsillo sin permitir que lo abriese.—Antes, cuando estabas a mi lado no hacías tanto uso de esa alhaja. De pocos días a esta parte no se te cae de la mano. ¿Qué prisa tienes? ¿No has venido a Pasajes por mí?... Además, observo que estás algo distraído; que siempre cruza tu frente una arruga profunda, signo de graves meditaciones... hasta te encuentro ayer y hoy un poco ojeroso...

—¡Vaya, que no traes mal belén con mi fisonomía!—dijo él sonriendo: bajo esta sonrisa se traslucía la cólera.

En efecto, la generala exploraba a todas horas el semblante de Miguel como el marino el del tiempo. Unas veces estaba pálido, otras fatigado, otras melancólico, otras excesivamente risueño; nunca dejaba de tener alguna cosa que le llamase la atención. Esta eterna y escrupulosa inspección le había halagado al principio, después le aburrió un poco, y últimamente había llegado a irritarle.

—¡Y te enfadas por eso, ingrato!—exclamó Lucía.—Si observo tu fisonomía, es que no miro más que a ella; todo lo demás me parece indiferente... Tu rostro es el libro donde leo mi felicidad o mi desgracia.

Aunque ya no le causaban impresión alguna las metáforas amorosas de la generala, Miguel se dulcificó.

—No me enfado, Lucía... Si es tu gusto trasformarte en un semáforo y señalar todas las variaciones que experimento, ¿qué vamos a hacer? Es una prueba de amor que te agradezco.

La generala creyó que debía continuar con el mismo tema.

—No puedes figurarte, Miguel, lo que sufro cuando te veo triste, lo que gozo cuando estás alegre... ¡Si supieras!... Al través de tu sonrisa veo yo el mundo risueño, hermoso, pienso que el cielo está siempre azul, el campo siempre verde y rondoso, y que los hombres son todos felices... ¡Oh, si lo supieras, estoy segura de que sonreirías siempre como ahora lo haces! ¿No es verdad?... ¡Algunas veces me acometen unos pensamientos tan tristes! La imaginación excitada por el amor, da muchas vueltas... ¡Si Miguel se muriese! me digo. Esta idea me aniquila, me deja yerta, como si el cielo se desplomase... Si tú te murieses, ¿qué haría la pobre Lucía? Morirse también de pena; y si no se moría, peor para ella... No quiero pensar en eso, Miguel, porque toda me acongojo. Ya no habría felicidad posible en la tierra: sólo tu recuerdo dulce podría prestarme algún consuelo en ciertos momentos. ¡Oh, te juro que si te murieses, guardaría tu imagen en el corazón hasta la hora de mi muerte, y aun más allá, si posible fuera, vivirías en espíritu conmigo; y todos los días, todos los días, sin faltar uno, iría a visitarte al cementerio y a dejar sobre tu sepulcro un puñado de flores...

La generala había empleado ya muchas veces este recurso, y siempre con el mismo éxito. A Miguel no le caían en gracia estas ideas lúgubres y procuraba llevar la conversación hacia otro punto. Esta vez la cortó levantándose del diván donde ambos estaban sentados y cogiendo el sombrero. Para paliar un poco el mal efecto de este brusco movimiento, se acercó sonriente a la dama y la acarició amorosamente la cara.

—Tengo una carta para el periódico empezada... Necesito terminarla antes que se vaya el correo. Adiós, amor mío...

Aquel amor mío fue pronunciado de un modo distraído, rutinario, que hubiera mortificado a la generala, si no fuese frecuente en ella también al acariciar de palabra a su amante.

—¡Qué pronto! Apenas has estado conmigo dos horas.

—Mañana procuraré estar más tiempo... Hoy no puedo.

Lucía se levantó también y le echó los brazos al cuello con el mimo de otras veces. Miguel soportó aquel abrazo y aun hizo esfuerzos por mostrarse entusiasmado.

—Aguarda un poco—dijo la generala soltándose y tomando un ramillete que había sobre la chimenea.—Toma estas flores, ponlas delante de ti cuando escribas, para que al levantar la cabeza te acuerdes de tu Lucía.

Miguel cogió el ramo y lo besó maquinalmente, como tenía por costumbre siempre que la generala le daba algún objeto en recuerdo: luego se despidió.

Al salir del challet llevaba el corazón menos oprimido que Romeo al separarse de Julieta en aquella célebre noche que el lector conocerá seguramente; pero su paso era cuando menos tan ligero. Quería llegar a tiempo a la novena de San Ramón Nonnato que se celebraba hacía días en la iglesia de San Pedro. Allí veía a Maximina, a la cual estaba ligado por una simpatía irresistible. Y lo que más le entusiasmaba era que ésta había aceptado sus amores sin aquella reserva que el temor de ser engañadas obliga a manifestar a las muchachas, cuando un joven de condición superior se dirige a festejarlas. Maximina fue su novia sin que tuviese necesidad de vencer escrúpulos y prevenciones que el cálculo o la malicia introduce en el pensamiento de aquéllas. Le entregó su corazón con inocencia, como una cosa natural o que no podría ser de otro modo. Lo único que la había hecho vacilar al principio fue la sorpresa de que se dirigiese a ella con preferencia a otras jóvenes que pasaban en el pueblo por mucho más bonitas; una vez convencida de que aquél tenía el mal gusto de encontrarla bella o al menos simpática, no consideró poco ni mucho la diferencia de fortuna ni se imaginó que todo aquello podría ser nada más que un puro y frívolo pasatiempo por parte del joven forastero. Abrió su espíritu al amor con la inocencia que la flor abre su cáliz a los rayos del sol. Y aquella niña tímida, melancólica y reflexiva, en algunos días había experimentado notable trasfiguración; la alegría que rebosaba de su alma comunicó a su rostro atractivos que antes no tenía, gracia a sus movimientos, sonoridad a su risa, brillo a su palabra. Este cambio no pudo pasar inadvertido a nadie, pero menos a Miguel. Observolo con placer, con el placer del artista que contempla la obra salida de sus manos; fue un aliciente más para seguirla enamorando sin calcular las fatales consecuencias que aquel devaneo honesto podría traer consigo.

Cuando se hubo alejado de casa de la generala, cerca ya de la orilla donde Úrsula le aguardaba con su esquife, echó una mirada al ramo que llevaba en la mano, reflexionó que era grande y molesto para llevar a la iglesia, y diciendo:—¡A dónde voy yo con esta carga de hierba!—lo arrojó al suelo, y siguió rápidamente su camino sin más pensar en él. La novena de San Ramón atraía mucha gente a la iglesia de San Pedro. Era un templo grande, sucio y tenebroso hasta de día: por la noche, con cuatro o cinco lámparas de aceite colgadas aquí y allá a largas distancias, ofrecía un aspecto siniestro. Mas ahora el rosetón de luces que ardía en torno de la imagen alegraba un círculo muy ancho donde resaltaban las cabezas de las beatas que se colocaban en primera fila. Miguel acostumbraba a introducirse en la iglesia por la puerta de la sacristía, y desde ésta, sacando un poco la cabeza, veía toda la parte iluminada del templo.

Maximina y su tía se acomodaban allá enfrente, cerca de un banco para sentarse en los intervalos de descanso. La niña, penetrada de un vivo sentimiento religioso, no osaba mirar hacia Miguel; creía profanar la majestad de la casa de Dios. No obstante, alguna que otra vez, de raro en raro, se autorizaba el levantar los ojos y clavarle una rápida y grave mirada, arrepintiéndose inmediatamente de haberlo hecho. A nuestro joven le hacía gozar más aquella tímida y rapidísima mirada que las ardientes y prolongadas que otras mujeres más bellas y más vistosas le habían echado en el curso de su vida.

Aunque a larga distancia, observó aquella tarde que el semblante de Maximina no era el mismo de otros días; la melancolía, siempre esparcida sobre él, se había convertido en profunda tristeza; sus miradas eran más frecuentes y más largas, y en torno de sus ojos un círculo levemente encarnado acusaba claramente el llanto vertido. ¿Qué le habrá pasado? se preguntó con inquietud. ¿La habrá reñido su tía? Y deseó que se concluyese pronto la novena a fin de enterarse.

Era noche cerrada cuando salieron de la iglesia. El joven forastero acostumbraba a esperar a doña Rosalía y su sobrina en el pórtico, ofrecerles agua bendita y acompañarlas a casa en unión de otras vecinas, lo cual le permitía emparejarse con su novia y sostener con ella conversación aparte. Todo esto respiraba un sentimiento idílico, de suave felicidad, que, como contraste a sus refinados amores cortesanos, le causaba un gran deleite. Después de haberla dirigido algunas preguntas insignificantes, a las cuales contestó la niña con dulce y apagada voz, un poco más apagada que otras veces, la preguntó bruscamente:

—¿Qué tienes?... Parece que estás triste y has llorado (la tuteaba en secreto desde hacía algunos días: ella no se atrevía a hacerlo sino alguna que otra vez, cuando el joven se lo exigía con vehemencia).

Maximina siguió caminando en silencio.

—¿Te ha reñido tu tía?

—No.

Volvió a guardar silencio. Al cabo de un instante, acercando más el rostro, observó que algunas gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

—¿Estás llorando?... ¿Por qué?—preguntó con zozobra.

—No lloro... no es nada—contestó ella levantando hacia él sus ojos sonrientes, pero nublados por las lágrimas.

—Lloras, sí, y quiero saber por qué. Me parece que tengo derecho para ello... si es que me quieres, como dices.

Todavía le costó algún trabajo arrancarle su secreto. Al fin la niña desahogó el pecho oprimido y dijo con voz cortada por los sollozos:

—Hoy han estado en casa Paulina y Segunda y me llevaron a la tienda de Joaquina antes de venir a la novena... y allí comenzaron a burlarse de mí... ¡Me dijeron unas cosas tan malas!

—¿Qué te han dicho?

—Que V. se estaba riendo de mí y sólo aparentaba quererme por divertirse un rato... Que cómo podía figurarme yo que un joven rico y elegante se había de casar conmigo...

—¿Todo eso te han dicho?—exclamó Miguel con sorda irritación.—¿Nada más?

—También me dijeron que V. tenía una novia... una señora que vive ahí en el camino de Francia, y que la iba V. a ver todos los días... ¡Parece que vinieron a buscarme apropósito para darme esta puñalada!

—Pues no te han dicho más que la verdad.

La niña le miró con ojos suplicantes.

—Sólo que hay una pequeña dificultad para que esa señora, a quien visito muchos días, sea mi novia... y es que esa señora está casada.

Miguel había penetrado perfectamente el alma de la niña: por eso le presentó esto como una dificultad insuperable. En efecto, Maximina abrió más los ojos manifestando gran sorpresa; exigió que el joven se lo jurara, y una vez hecho el juramento, un rayo de alegría iluminó su semblante.

—¡Pero qué malas son esas chicas!—exclamó cruzando las manos.—¿No tendrán miedo que Dios las castigue?

Miguel se esforzó en persuadirla a que no creyese nada de cuanto la dijeran acerca de él, le hizo mil protestas sinceras de cariño, y logró que antes de llegar a casa se disipasen las nubes que velaban su rostro. Al llegar, despojose Maximina inmediatamente de la mantilla y se fue a la cocina, donde nuestro joven la siguió. Era una hora ésta muy ocupada para la niña: la cena de los chicos y del huésped exigía bastantes preparativos: la criada se encargaba únicamente del condimento de los manjares; doña Rosalía de atender al estanquillo. Maximina encendió la lámpara del comedor y puso el mantel sobre la mesa: Miguel la seguía con la vista: ella levantaba de vez en cuando la suya y le enviaba una sonrisa para mostrarle la confianza que tenía en sus palabras y lo feliz que la había hecho con ellas. Una vez puesta la mesa, volvieron a la cocina.

—Hay que limpiar esa vajilla—dijo la criada con el tono agrio que siempre usaba.

—¿La ha fregado V. ya?

—Si no la hubiera fregado, ¿cómo se había de limpiar? ¡Vaya una salida!

—No se incomode, Rufa—dijo un poco acortada la niña.

Y cogiendo un paño, se sentó con calma a secar los platos. Miguel se sentó cerca de ella.

—Voy a contarles a VV. un cuento—dijo aquél tomando otro paño y poniéndose a secar platos también.—Viajando un amigo mío por la China, hace ya bastantes años, me contó que había llegado por la noche a un pueblo llamado Cerdópolis. En cuanto estuvo dentro de él, ya no le extrañó el nombre que tenía; no se veían más que cerdos por todas partes; en las huertas, en las calles y hasta dentro de las casas; en fin, no se podía dar un paso sin tropezar con alguno de estos animaluchos.

—¡Qué olor habría allí, madre mía!—exclamó Maximina.

—¡Atroz! me dijo que no se podía respirar. Pues sucedió que fue a alojarse a casa de uno de los principales del pueblo; pero la mayor parte de las casas, aun las de los ricos, no tenían más habitaciones que la cocina y los dormitorios. El dueño le presentó a sus hijas, unas chicas bastante feas, con los ojos torcidos y los pies muy chiquitos... en fin, VV. ya habrán visto a algún chino. Parecían amables, y mi amigo quedó muy satisfecho del recibimiento que le hicieron. No quedó tan contento de la madre, esposa de nuestro chino. Era una vieja que estaba al lado del fogón picando cebolla, así como está ahora Rufa.

Maximina levantó los ojos hacia la cocinera y luego los volvió hacia Miguel con una expresión entre cándida y maliciosa, sospechando alguna broma.

—Cuando mi amigo se dirigió a ella preguntándole cómo estaba de salud, no le contestó más que ¡hum! sin levantar la cabeza siquiera. Mi amigo miró con sorpresa al marido y a las hijas, como diciendo: ¿Qué le he hecho yo a esta señora para que me reciba de este modo? Pero lo mismo él que ellas, en vez de avergonzarse, levantaron los ojos al cielo, con un gesto de resignación que le sorprendió todavía más. Se pusieron a cenar, y mi amigo durante la cena y después de ella trató de captarse las simpatías, o por lo menos la benevolencia de la señora, prodigándole muchas atenciones y dirigiéndole a menudo la palabra. Todo fue inútil: la china contestaba con su gruñido acostumbrado, o a todo más, con algún monosílabo que revelaba su mal humor. El marido y las hijas se contentaban con hacer aquel gesto de resignación y dolor, que cada vez iba maravillando más al viajero. Después de estar algún tiempo de sobremesa, retirose a descansar. Cuando por la mañana se levantó, encontró a toda la familia muy triste y como consternada. Les preguntó en seguida con interés qué les pasaba de malo.

—¡La pobre madre!—exclamó una de las niñas.

—¿Qué le ha pasado? ¿Está enferma?—preguntó.

—Ahí la tiene V.

—¿Dónde?—dijo mirando a todas partes, sin ver rastro de china.

—Ahí.

—¿Pero dónde?

—Esa marrana que tiene V. delante.

—¡Cómo!—exclamó mi amigo, creyendo que el chino se había vuelto loco.

—Sí, señor; ya sabíamos en casa que de esta semana no podía pasar. Usted, señor, por lo visto, no sabe lo que ocurre en este pueblo...

El chino le explicó entonces que en aquella villa había una enfermedad, por desgracia muy común, que se llamaba cerdofalgia, y que consistía en la trasfiguración del hombre en cerdo. De ahí la inmensa cantidad de cerdos con que tropezaba en las calles. El primer síntoma de esta enfermedad era el mal humor: en este primer grado, los enfermos podían curarse como los tísicos, y al efecto siempre que alguno era atacado, se empleaban para volverle a la salud mil clase de fiestas y regocijos, en las cuales tomaba parte toda la familia. Algunos salvaban, pero la mayoría pasaban al segundo período, llamado «del silencio,» porque hablaban muy poco: todavía en este grado, salvaba uno que otro. Pero si desgraciadamente entraban en el período de los «gruñidos,» entonces era cosa perdida: al cabo de algún tiempo, venía la trasfiguración. Su señora hacía ya dos meses que estaba en el tercer grado.

Mi amigo quedó pasmado y comprendió por qué cuando gruñía el ama de casa hacían todos gestos de resignación.

Al terminar Miguel su cuento, Maximina hacía esfuerzos sobrehumanos para contener las carcajadas que se le escapaban de la boca, viendo lo amoscada que se había puesto Rufa.

En aquel momento entró doña Rosalía con otra señora de su misma traza. Miguel al verlas dejó apresuradamente el paño y el plato que tenía en las manos, para que no le viesen ocupado en tarea tan poco varonil. Después de cambiar algunas palabras, Maximina, sin darse cuenta de lo que hacía, le alargó dos platos diciendo:

—Ya no nos quedan más que siete.

Pero el joven, avergonzado y con muy mal humor, se los rechazó.

—Deje V... Deje V. eso.

La niña ruborizada y confusa exclamó con voz débil:

—¡Como hasta ahora me había ayudado!...

XV

«Mi queridísima hermana:—escribía Miguel a Julia—Me preguntas por qué permanezco tanto tiempo en este pueblecillo, y supones, infundadamente, que pasaré la mayor parte en San Sebastián. Asimismo haces algunas reticencias que me desagradan, porque no están bien en boca ni en pluma de una niña tan candorosa como tú eres y deseo que sigas siendo. Te has equivocado en todas tus hipótesis. Permanezco en Pasajes (ya puedes comenzar a reírte) porque estoy enamorado de la sobrina de mi patrona. Es una niña (sigue riendo) que no pasa por bonita, ni es gallarda, ni tiene talento, ni una educación esmerada. Estoy enamorado no sé de qué; acaso del alma, aunque no lo aseguro. Lo que sí puedo afirmar es que no hay mujer (exceptuando tú) que me parezca tan linda, tan amable y tan bien educada. No ha cumplido aún los diez y seis años. ¡Si vieras qué buena y humilde es! Está tan convencida de su insignificancia, que yo he hecho como Jesucristo; queriendo ser la última, la elevé a primera. Ha pasado dos años en un convento de Vergara, y cuando yo llegué, estaba empeñada en hacerse monja: ahora ya se fue a paseo el monjío. Esto no quiere decir que no fuese una buena religiosa; Maximina, que así se llama, en cualquier estado y situación de la vida sería buena, porque así la hizo Dios. Me paso los ratos como un tonto escuchándola; cuando narra su vida de colegiala: las nonadas y puerilidades de sus compañeras, que me cuenta con gran calor, me embelesan lo mismo que la novela más interesante: conozco ya a todas las hermanas del colegio como si las hubiera parido: hay una hermana San Onofre, de diez y ocho años, hermosa, instruida, pero de muy mal genio; en el convento todo el mundo la temía más que a la superiora; ¡figúrate que a una niña, porque manifestó asco al vaso de otra, la hizo comer las sobras de todas las demás en un plato! Hay otra llamada María del Socorro, de la misma edad que Maximina, muy dulce, muy tímida; cuando las niñas enredaban en su clase, no teniendo ánimo para reñirlas o castigarlas, se echaba a llorar. Pero los amores de mi niña eran la hermana San Sulpicio, una andaluza hermosísima, llena de gracia y atractivo; había cuatro chicas enamoradas de ella perdidamente; pero la que se llevó la palma y llegó a ser su favorita al cabo de algún tiempo, fue Maximina; sin embargo, la hermana, que era un poco coqueta al parecer, se complacía algunas veces en mortificarla mostrándole gran frialdad o adoptando con ella un continente severo, hasta que viendo su cara contristada, se echaba a reír y le tiraba suavemente de una oreja, llamándola tonta. Un día vino orden de arriba para trasladar a esta hermana a otro convento, y se marchó secretamente sin despedirse. ¿Quién se lo dice a Maximina? se preguntaron todas las colegialas. Al fin una, más habladora y peor intencionada que las otras, se lo comunicó bruscamente: mi niña recibió un fuerte golpe en el corazón; pero trató de reprimirse, porque le daba vergüenza estallar en sollozos delante de sus compañeras: este esfuerzo sobre sí misma le costó caro, porque al poco rato se sintió mal y hubo que desabrocharle a toda prisa el vestido, para que no se ahogase.

Oyendo el relato de tales escenas infantiles se pasa el mentecato de tu hermano sabrosamente el tiempo, y no tiene ganas de volver a Madrid. ¿Querrás creer, querida hermana, que encuentro más sabiduría en las palabras de Maximina que en los cursos de sistemas coloniales que nos da en su casa el conde de Ríos? Indudablemente, estoy perdido. Razón tiene mi tío Bernardo en decir que no seré en la vida nada de provecho.

Muchos recuerdos a mamá. Salud y Estado Mayor. Un abrazo que casi te asfixie de tu hermano,

Miguel.»

Tres días después la contestación de Julia, que decía así:

«Mi más querido hermano: Si por mi gusto fuese, no te escribiría hoy, porque tengo que darte una noticia desagradable; pero mamá lo manda... y... cartuchera en el cañón, quepa o no quepa. La noticia es que nos vamos a Madrid en la semana próxima, hacía el miércoles o jueves. Por consiguiente, ya sabes que debes ponerte en camino cuanto antes. Mucho siento arrancarte esa felicidad que dices sentir y en la cual no creo. Toda la vida has sido un pillo de playa, y no te arriendo los tizonazos que has de llevar en el otro mundo. Esa pobre chica será bien desgraciada si se fía de tus palabritas de miel; no tardará en ir al panteón de las víctimas, como Teresa, Paquita, etc., etc. ¡Me avergüenzo de ser hermana tuya, gran tuno!

Sabrás como tenemos noticia de que tío Manolo se casa con la viuda de marras. Ya era tiempo. Lo mismo uno que otro necesitan ponerse dentadura nueva, porque están algo duritos. Ahí te envío una carta que por la letra me parece de él: supongo que será dándote parte de la boda.

El cuerpo de Estado Mayor me manda darte recuerdos. Mamá lo mismo. Yo no me contento sino con un fuerte mordisco en una oreja: ya sabes que soy especialista en ese ramo. Avisa cuando sales.

Julia.»

Dentro de ésta venía otra carta de D. Manuel Rivera noticiándole su próximo matrimonio. El antiguo seductor se manifestaba en ella contrito y con grandes deseos de reformarse en lo tocante a la moral y las costumbres, y anunciaba en términos concretos que estaba resuelto a someterse a las leyes generales que rigen los destinos de la humanidad y la encaminan a lo infinito: hablaba de la necesidad imperiosa que siente el hombre de tener una compañera «que le ayude a soportar el fardo de la vida,» de los goces dulces e inefables del hogar doméstico, de los mutuos sacrificios. Por último, llamaba al Ser Supremo en su auxilio y le rogaba se dignase bendecir «su pobre choza.»

Miguel, en vez de enternecerse como debía, se rió mucho leyéndola: mas al instante quedó triste y cabizbajo al recordar que debía abandonar a Pasajes dentro de pocos días. La verdad era que lo estaba pasando bien y que no le halagaba nada tornar de nuevo a la bulliciosa vida de la corte. Por otra parte, ¡qué sentimiento tan vivo experimentaría la pobre Maximina! En cuanto a la generala, hacía ya días que había formado propósito irrevocable de romper con ella, si bien esperaba verse lejos para llevarlo a cabo; no le acomodaba hacerlo en una entrevista por no escuchar sus quejas de codorniz romántica.

En la expresión melancólica y reflexiva de su cara adivinó Maximina que algo triste le pasaba. Trató de mostrarse entonces más alegre y habladora que de ordinario, a fin de disipar su mal humor: adivinaba vagamente que de rechazo iba a caer sobre ella; pero no lo consiguió; Miguel, contra su costumbre, respondía con gravedad a sus instancias.

—¿Qué tienes?—le dijo al fin tímidamente.—¿Estás enfadado conmigo?

—¿Por qué había de estarlo?—contestó sonriendo tristemente.—¿Te remuerde por algo la conciencia?

—A mí no... pero...

Miguel guardó silencio unos instantes: los ojos escrutadores de Maximina estaban posados con anhelo sobre él.

—Tengo que darte una mala noticia—dijo al cabo dulcificando cuanto pudo la voz.

La niña se puso extremadamente pálida; pero no despegó los labios.

—Me ha escrito mi hermana para que vaya a reunirme con mamá y con ella a Santander, y acompañarlas a Madrid.

Maximina continuó silenciosa, doblando la cabeza sobre el pecho. Entonces le tocó a nuestro joven observarla con cierta inquietud.

—No será la última vez que nos veamos, hermosa—dijo cariñosamente.....—Lo mismo te seguiré queriendo en Madrid, y a la primera ocasión que se me presente, vendré a hacerte una visita.

La niña levantó los ojos hacia él esforzándose por sonreír.

—Ahora que estoy próximo a separarme de ti—siguió diciendo el joven,—es cuando veo cuánto has penetrado en mi corazón... Parece mentira que en tan poco tiempo te haya llegado a querer de un modo tan entrañable... ¿Te pasa a ti lo mismo? ¿Me seguirás queriendo cuando dejes de verme?

Maximina movió varias veces la cabeza en señal afirmativa. Conmovido por aquel silencio, que revelaba mejor que ninguna frase lo que su alma sentía, el joven le tomó una mano y la llevó suavemente a los labios: por primera vez desde que se conocieran, ella no hizo resistencia alguna. Cada vez más embargado por la emoción, Miguel dejó que su alma se desbordase; la expresó con lenguaje vivo y apasionado cuánto la amaba y lo feliz que algún día sería uniéndose a ella; la prometió no olvidarla ni un solo instante, escribirla a menudo y venir a verla en cuanto le fuese posible.

La niña se llevó la mano a la frente y dijo con voz alterada:

—Se me está partiendo la cabeza de dolor...

En aquel momento entró doña Rosalía en el estanquillo.

—¡Pobrecita!—exclamó Miguel.—Debe V. acostarse un poco a ver si se le pasa.....

—¿Qué; te duele la cabeza?—preguntó la tía.—La canción de siempre..... Anda ve a recostarte hasta la hora de comer: ya te llevaré el agua sedativa.

Maximina subió a su cuarto y doña Rosalía quedó disertando con Miguel, que apenas la escuchaba. Por la tarde la niña pudo bajar al estanquillo: tenía el semblante un poco descompuesto. Cuando estuvieron solos, ella le dijo tímidamente:

—¿Quieres una cosa que voy a darte?

—¡Ya lo creo! Cuanto tú me des será para mí sagrado.

Maximina sacó del bolsillo un crucifijo de plata pendiente de un cordón y se lo entregó ruborizada diciendo:

—Este crucifijo me lo regaló la hermana San Sulpicio el día de su santo: lo traigo colgado al pecho hace tres años sin quitarlo jamás...

Miguel se lo arrebató con alegría.

—Precisamente iba yo a pedirte una medallita para colgar al cuello. ¡Cuánto me alegro que te hayas anticipado! Te prometo no separarme de él ni de día ni de noche... Pero voy a suplicarte un favor... que tú misma me lo cuelgues.

Maximina vaciló un instante: al fin tomó de nuevo el crucifijo; Miguel bajó la cabeza y el Cristo quedó colgado por la parte de fuera del chaleco.

—Ahora—dijo él con sonrisa maliciosa—es menester que lo ocultes debajo de la camisa.

—No; eso hazlo tú.

Los dos días que siguieron a esta escena trascurrieron suaves y melancólicos. Los amantes estaban mucho tiempo juntos, pero se hablaban poco. Maximina hacía visibles esfuerzos por mostrarse serena. Miguel, adivinando estos esfuerzos, sentía su amor y su compasión crecer.

Tomó pasaje en un vapor que debía salir por la tarde. Maximina aquel día por la mañana se manifestó casi contenta. Sin embargo, estando en conversación con él en la sala, cuando menos parecía indicarlo la expresión de su fisonomía, rompió a sollozar fuertemente. Miguel la acarició y la consoló en los términos mejores que pudo.

Después que arregló su equipaje, el joven recorrió el pueblo despidiéndose de los amigos que durante su estancia se había ganado: próxima ya la hora de partirse y habiendo oído sonar el pito del vapor, volvió a casa con objeto de despedirse de Maximina. Por más que la buscó por todas partes no pudo hallarla: nadie sabía dónde se había metido: doña Rosalía opinó que se habría ido a la iglesia. No es decible lo que esto disgustó a Miguel, quien después de mandar el equipaje, se fue con el corazón oprimido hacia el muelle; pero antes se le ocurrió dar una vuelta por la iglesia. Como el tiempo apuraba, corrió hasta sofocarse; no vio rastro de Maximina en todo el ámbito del templo. Salió cabizbajo y llegó al vapor, que estaba pitando terriblemente en espera suya. Cuando saltó a bordo, el capitán le dijo con malos modos que hacía quince minutos que aguardaban por él: no le causó ningún efecto la reprensión. Subió al puente; en el momento de arrancar el buque, percibió en el balcón corrido de la casa de D. Valentín la figura de la niña. Echó mano apresuradamente a los gemelos del capitán que colgaban de la baranda, y pudo ver a su novia llorosa con un pañuelo en la mano haciéndole señas. Sacó el suyo del bolsillo y contestó lleno de emoción. La tarde estaba tranquila, el cielo nublado, las aguas de la pequeña bahía inmóviles y verdosas espejaban confusamente la columna de humo que el vapor dejaba en pos de sí. Algunas otras figuras humanas se asomaban a los balcones y terrados al oír los prolongados y furiosos ronquidos de la máquina.

En tanto que el barco no salió por la boca estrecha de la bahía, Miguel no apartó los gemelos de los ojos, dirigiéndolos al balcón donde la triste Maximina quedaba. Cuando una peña se la ocultó, dejó caer las manos con dolor: después se limpió las mejillas, que estaban húmedas.