Cuando no venían otros chicos, Petra no se decidía a malgastar sus talentos de novelista, y se dedicaba con alma y vida a la tarea que se le había encomendado; el hijo del brigadier seguía con atención profunda, como un aprendiz que desea imponerse pronto en el arte, las manos de la bella. Algunas veces le daba a ésta por hacerle un sin número de preguntas, enterándose de todos los pormenores de su vida; los disgustos de Miguel con su madrastra la enternecieron sobremanera, y se desató en injurias contra ella, diciendo que no tenía corazón y que era peor que las fieras de los montes; después alargó su diatriba a todas las señoras.—«Mira Miguelito, que te lo digo yo; ninguna señora sabe lo que es conciencia; tienen el corazón más duro que una piedra; si es caso, vale más una pobre de la calle que todas esas señoras con su colorete y su ringo rango... No llevan nada que no sea postizo: el pelo, el color, los dientes... y otras cosas que no quiero decirte porqué eres todavía pequeño... Pocas gracias que sean bonitas de ese modo... ¡anda, anda!... ¡pues si las pobres nos pusiéramos todos esos perendengues!... Pero más vale lo natural, ¿no es verdad, Miguelito? ¿Llevo yo polvos de arroz? ¿llevo colorete? ¿eh?... Toca, toca lo que quieras... frota bien (Miguel frotaba con mano temblorosa). Y apesar de eso, no cambio mis colores por los de ninguna de esas señoritas tísicas que van al Prado en carretela...»
El hijo del brigadier asentía incondicionalmente a estas atrevidas proposiciones; quizá las llevase en su pensamiento más allá que la misma interesada. La verdad es que la admiración de Petrarca a Laura y la de Dante a Beatriz eran nada en comparación con la apasionada y vehemente que nuestro chico profesaba a la planchadora. La admiraba sin comprender que la naturaleza pudiese formar otro ser que rivalizase con ella; todo lo encontraba hechicero, desde sus cabellos, un tantico revueltos, hasta sus pies, nada breves y nada bien calzados. Petra, que al principio no había reparado, concluyó por fijarse en aquel niño que tan asiduamente la visitaba, y vencida de su constancia o por ventura halagada por la adoración que en él veía, testimoniole algún afecto. Un día que estaban solos, como Miguel la mirase desde su taburete hasta comérsela con los ojos, le dijo con sonrisa burlona y placentera a la par:
—¿Por qué me miras tanto, Miguelito?... ¿Te gusto?
La vergüenza y la confusión se apoderaron del chico; se puso como una cereza y concluyó por llorar desconsoladamente como si le hubiese dicho alguna injuria. Petra le consoló y le mimó, dándole algunos besos, que fueron los hierros con que le esclavizó para siempre.
De allí en adelante mostrose muy benévola hacia él; le cosía con esmero cualquier rotura que hubiese en su vestido; le pegaba los botones y le arreglaba la corbata; cuando venía despeinado, con sus propios peines le aliñaba el pelo. Miguel vivía entre los bienaventurados; el roce de aquellas manos en su cabeza le producían espasmos de dicha, y el perfume de la pomada de heliotropo que la planchadora usaba, causábale una embriaguez dulce y feliz como no volvió a sentirla jamás en su vida.
Es condición precisa de las planchadoras, y también de las que no lo son, hacer con gusto el papel de ídolos y propender a la dominación. Petra, dejándose adorar, adoptó cierta actitud protectora y maternal. Se interesó vivamente por todo lo que a Miguel concernía, revolvió su baúl, contó las camisas y los pañuelos, fue depositaria del dinero que le daban, en una palabra, se hizo cargo por completo de la dirección de sus negocios, tanto morales como económicos. Las pocas cartas que el muchacho recibía leíalas ella de cabo a rabo, y frecuentemente dictaba la respuesta: cuando le castigaban, le llevaba la comida a la prisión; algunas veces llegó por su propia autoridad a levantar el castigo, y lo que aún es más grave, a recriminar al profesor que se lo había impuesto.
Por la pendiente de la soberanía se llega muy pronto al absolutismo. Petra empezó a mandar en Miguel como en cosa propia, y a dictarle reglas de conducta para todos los actos de la vida, haciéndole estudiar a su lado el tiempo que juzgaba necesario y prohibiéndole los juegos cuando lo creía oportuno. Porque perdió dos pañuelos en pocos días, tomó la resolución de cosérsele al bolsillo. Tenía que darle cuenta del empleo de todos los momentos:—«¿Qué has hecho después de salir de clase? ¿Con quién estabas hablando en el patio? ¡Cuidado que vuelvas otra vez a subirte al pasamano de la escalera! No andes más con Pepito; no me gusta ese chico. Ya me han dicho que ayer no has sabido la lección. ¿Qué haces el tiempo que estás en la sala de estudio? Por de contado, enredar: ¡si te tuviese siempre a mi lado andarías un poco más derecho!»—Llegó a reprenderle duramente las faltas como si tuviese sobre él autoridad. Miguel temblaba cuando subía al cuarto de la guardilla con el pantalón roto, lo mismo que cuando iba a ver a su madrastra. Mas en cambio de estos apuros tenía compensaciónes: la planchadora se mostraba amable y generosa a ratos: algunas veces le levantaba entre sus robustos brazos y le tiraba al aire volviendo a recogerle; le daba vivos y sonoros besos; le llamaba pichoncito, rico mío, querido, y le estrechaba con tal fuerza contra su seno, que andaba cerca de asfixiarle. Era nuestro héroe ya muy hombre y todavía al recordar estos abrazos experimentaba una dulzura inexplicable.
Desgraciadamente, como sucede casi siempre, Petra se desvaneció con el poder; en vez de mantener su dominio en los límites discretos y convenientes, empujolo lentamente hasta los últimos extremos, convirtiéndolo en un despotismo escandaloso y repugnante. Miguel pasó al cabo de algunos meses a ser su paje de cola: «Miguel, tráeme las tenazas.—Miguel, echa carbón en la hornilla.—Miguel, corre a pedir a la cocinera agujas.—Miguel, abre esa ventana.» El hijo del brigadier se apresuraba a cumplimentar estas órdenes como el caballero que busca ocasión de festejar a su dama y ansía testimoniarle su rendimiento. La dama recibía el homenaje sin pestañar, cual si le fuese debido. Poco a poco empezó a mostrarse impertinente y descontentadiza: «¿Cómo has tardado tanto, chico?—No es eso lo que te pido, hombre, no es eso, ¡parece que estás en Babia!—¿Dónde tienes los ojos? ¡tonto, retonto!—¡Me estás consumiendo la paciencia, chiquillo!» Nuestro muchacho llegó prontamente a ejecutar los oficios más viles. La planchadora se complacía en tenerle horas enteras abanicándola mientras trabajaba, en obligarle a dar lustre a sus zapatos y en general en proporcionarle todos los oficios de un consumado negrito. Pero él los desempeñaba con gusto; después de todo, era el favorito y nadie le disputaba este título. La sultana, aunque cada día más altiva y desdeñosa, todavía le consentía apoyar la barba en su regazo y contemplarla largos ratos fijamente. Aquellos ojos ardientes y ávidos demandaban tímidamente una caricia. Petra era cada vez menos expresiva; pero aunque de mala gana y con semblante hosco, aún se dignaba hacérselas.
La verdad es que se iba cansando del chico; la adoración ferviente sin límites que éste la tributaba, llegó a empalagarla. ¡Tal es la condición humana! Este cansancio manifestose en frecuentes enojos y desabrimientos, sin motivo alguno la mayor parte de las veces. Mostrábase amable con todo el mundo menos con Miguel, para quien reservaba tan sólo su mal humor. Esto le hizo padecer bastante, y aun conmovido por sus desprecios y reprensiones, lloró lágrimas amargas que la planchadora concluía por enjugar con el pañuelo. Acariciaba, más le hacía pagar las caricias: «¡Ahora le da el sentimiento al niño! ¡Quieres callarte, tontuelo! ¿Te figuras que estoy yo aquí para templar gaitas? ¡Bueno, bueno, ya empieza el lloriqueo!» Con estas y otras tales expresiones abría la llave de las lágrimas que su mano trataba de secar. Mas no pararon todavía aquí las cosas. Un día trasladando Miguel una cesta con ropa aplanchada de un sitio a otro, la dejó caer al suelo y se manchó una buena parte. Petra, hasta entonces, en sus más fuertes enojos no había hecho mas que cogerle por el brazo y sacudirle; ahora le dio una soberbia bofetada que le encendió el rostro. En vez de ponerlo en conocimiento del director, o por lo menos marcharse y no subir más al cuarto, como aconsejaba su dignidad, contentose con llorar perdidamente. ¡Y bien perdido quedó desde entonces! Petra, para resarcirle, le hizo caricias muy exquisitas, con lo cual dio por bien empleado el bofetón y se dispuso a recibir todos los que en adelante aquélla fuera servida darle, como así acaeció en efecto. Las reprensiones comenzaron a ir casi siempre con acompañamiento; segura ya de que se aceptaban los golpes, no los escaseó; más por una contradicción, bien explicable por cierto, desde que comenzó a dárselos, le mostró al mismo tiempo mayor afecto; tan suyo le consideraba, tan pobre y miserable le veía a sus pies, y tanto le sorprendió su paciencia, que no es mucho si después de una buena granizada de mojicones, le otorgase algunas pruebas de afecto. El muchacho se creía bien indemnizado recibiéndolas; lejos de apagarse el fuego de su pecho, creció y se sobresaltó hasta lo sumo. Era una pasión encarnizada, furiosa, bestial, como sólo existen en esa edad en que los sentidos amanecen. Los hombres pueden hablar cuanto gusten de sus pasiones, los poetas y novelistas exaltar la violencia de las de sus héroes como plazca a su fantasía; nada es comparable a la afición concentrada, fija y ardiente que alguna vez despiertan en el alma y en el cuerpo de un niño las formas exuberantes y macizas de una mujer. Miguel despreciaba en el fondo de su corazón a Petra. Con la precoz viveza de comprensión de los niños cortesanos, no se le ocultaban sus defectos ni el despreciable papel que desempeñaba cerca de ella; pero una adoración ciega y frenética que le hacía soñar noche y día, le tenía fatalmente encadenado. Los malos tratos de su ídolo, eran un aliciente que comunicaba sabor más exquisito a los deleites que disfrutaba. Aquella dependencia absoluta en que estaba, aquel temor y zozobra en que vivía, ejercían sobre él cierta suave fascinación, un encanto irresistible. Después de gustarlo, por nada en el mundo quisiera que su dueño cambiase de condición y templase sus rigores.
Ni se crea tampoco que los castigos de Petra le produjesen mucho dolor. Al principio le hicieron llorar, más por la humillación que por su efecto físico; pero más tarde halló en esta misma humillación una nueva fuente de dulces y halagüeños placeres. Por una aberración que a nosotros sólo nos toca hacer constar, los golpes de aquellos brazos tersos y mórbidos, en vez de causarle dolor, evocaron en su natural fogoso un mundo de ignotas voluptuosidades. Y desde entonces, no sólo los sufría con resignación, pero aun llegó a provocarlos con astucia, contrariando a su terrible dueño hasta verlo fuera de sí. ¡Oh, cuando se irritaba, era Petra una mujer realmente hermosa! Sus mejillas se coloreaban fuertemente, los labios se encendían, las narices se dilataban, los ojos adquirían una expresión de olímpico orgullo, y todo su cuerpo se estremecía al soplo de la ira. Miguel permanecía aterrado, y al propio tiempo embelesado ante ella. Cuando la iracunda planchadora le estrujaba entre sus manos, sentíase poseído de espanto, de amor, de respeto y de gozo, lo mismo que los héroes de la gentilidad cuando incurrían en el desagrado de alguna de sus diosas, tan bellas como terribles y vengativas. Caía de rodillas a sus pies pidiendo perdón, y se los abrazaba y besaba temblando de terror y voluptuosidad. La diosa, vencida de tanta humildad, solía tenderle una mano y levantarle haciéndole jurar que no volvería más a quebrantar sus preceptos. De muy buen grado lo haría Miguel si no se huyeran de este modo los misteriosos deleites que gozaba en sus enojos.
Finalmente, también llegó a aburrirse la regia planchadora de ejercer un mando tan despótico; que la mujer, como dicen los que filosofan acerca de ella en las mesas de los cafés, es más feliz dejándose dominar que dominando. El pobre Miguel la cansó y apestó de tal manera, que vino a cobrarle verdadero aborrecimiento. Apenas se pasaba día sin que no le arrojase de junto a sí con algún insulto que iba a clavársele en el corazón: en no pocas ocasiones le cerró la puerta o le tuvo aguardando horas enteras para dejarle entrar. Coincidió este desvío con frecuentar el cuarto de la guardilla un nuevo muchacho de los años de Miguel, pero gordo y crecido, y tan rubio y blanco como una inglesa. El reciente tertuliano rindió pleito homenaje a la planchadora, y comenzó a visitarla con asiduidad. ¡Ah miserable Miguel! En un instante perdió hasta las pocas migajas de favor que le quedaban. El chico gordo quedó alzado sobre el pavés a los pocos días y proclamado favorito exclusivo, dueño absoluto del cuarto de la plancha y sus alrededores. No obstante, Miguel insistió en acudir a él por las tardes, sin obedecer las órdenes de Petra, que formalmente se lo había prohibido. Un día entró nuestro niño muy descuidado: la traición le acechaba: de entre las faldas de la planchadora salió repentinamente el nuevo favorito y cayó sobre él con el ímpetu y rabia de una fiera; arrojole al suelo y comenzó a golpearle con tal furia, que en pocos minutos no le dejó sitio en el rostro sin su correspondiente señal. Mientras duraba el vapuleo, Petra lo contemplaba riendo, ¡que a tal grado de fiereza llevó su despego! Molido, deshecho y ensangrentado bajó nuestro Miguel, y al verlo en tal estado diose parte al director. El cual, enterado del suceso y sospechando lo demás que en el cuarto de la guardilla ocurría, tuvo a bien prohibir, bajo penas severas, que ningún chico pusiese los pies en la guardilla, ¿eztamo?
VII
Aquel chico gordo, rubio y tan espigado que aporreó al hijo del brigadier, tenía un nombre sonoro y aristocrático, Pedro Mendoza y Pimentel. Era en el fondo un muchacho excelente, tranquilo, amable, inofensivo: si había cometido aquella vileza fue solamente por instigación de la planchadora. A los pocos días, arrepentido sin duda, procuró hacer las paces con Miguel; éste, que no era rencoroso, le perdonó fácilmente y le aceptó por amigo: en poco tiempo llegaron a ser íntimos. No poco contribuyó a estrechar esta amistad por parte de nuestro héroe la ojeriza injustificada que el cura había tomado a Mendoza, y que le hacía padecer bastante. Mendoza era en la clase de don Juan el blanco de todos sus donaires y el hazme reír de los chicos. Llamábale alternativamente brutandor o parisiense; el primer mote, como la palabra misma indica, porque le tenía por el mayor majadero que comía pan; el segundo, porque era muy pulcro, aficionado a vestir a la moda y a llevar esencias en el pañuelo. Aquella vaya continua, aquel martilleo, parecíale muy pesado a Miguel. El pobre Mendoza no hacía en clase nada que no fuese tuerto; en todo hallaba motivos el cura para soltar una cuchufleta o un sarcasmo que hacía prorrumpir en carcajadas a los alumnos: cuando le sacaba al medio para traducir, ya sabían todos que había jarana para rato.
La verdad es que el pobre Mendoza no era de los más despiertos, pero no se podía negar que estudiaba y trataba de cumplir con su deber, y que solamente por capricho o por algún sentimiento menos digno, el cura se ensañaba con él. Miguel le compadecía de veras: si carecía de inteligencia para aprender y explicar bien las lecciones, la culpa no era suya. Así que, cedió en seguida al ruego que le hizo, poco tiempo después de trabar amistad con él, de estudiar juntos y ayudarse a «sacar las composiciones.» Y como Miguel era de comprensión rápida y expedita, aunque un poco aturdido, no fue pequeño el servicio que le prestó; tanto, que al verle traducir con más facilidad y al examinar sus temas mejor concertados, el cura no salía de su asombro: «¡Brutandor, parece que la Providencia ha querido al fin mandarte un rayo de sentido común; alabada sea ella!» El capellán, aunque presumía de perspicaz, no dio en la razón de este favorable cambio hasta pasados algunos meses; cuando al fin averiguó que las composiciones y las traducciones se sacaban con ayuda de vecinos, no quisiera equivocarme, pero tuvo un verdadero alegrón, porque veía confirmado su juicio: «¡Hola! ¿conque Bullita se ha dignado tenderte su mano protectora? ¡Oh generoso niño!... Ven aquí, Bullita... declíname generoso puer.......... y tú, Brutandor, declíname asinus.......... a un tiempo.» Y en verlos ir declinando a voces formando algarabía holgábase D. Juan y se divertía la clase.
Este capellán era un hombre bastante original. Miguel tuvo ocasión de conocerle muy bien, porque le mostró predilección desde el principio, aunque no dejaba por eso de castigarle duramente y a menudo; en los últimos años de la segunda enseñanza llegó a ser su favorito, y hasta le trajo a dormir a su mismo cuarto; le hizo algunas confidencias, y gustaba de charlar con él, o, más propiamente, murmurar del personal del colegio, lo mismo del masculino que del femenino. Tenía un amor propio exagerado; presumía de todo lo que un hombre puede presumir, hasta de guapo, pero muy singularmente de forzudo, aunque no lo era gran cosa. Nada había que le placiese tanto como enseñar los músculos del brazo y los tendones, y ponerlos contraídos y tiesos. Los demás eran hombres afeminados por los vicios; sólo conservándose puro como él, no bebiendo más que agua, no tomando café y huyendo de las porcuzas (las mujeres), se podía llegar a tal robustez, energía, ánimo y hermosura.
No obstante el cariño que Miguel tenía a su amigo Mendoza, no dejaba de jugarle algunas pasadas. Había notado que el capellán era muy aficionado a las palabras terminadas en amen, emen, imen, omen y umen, y que experimentaba cierto deleite pronunciándolas; a cada momento decía examen, o resumen, o dictamen, y a veces traía poco apropósito algunas raras, y que no eran muy castellanas, como el velamen de los barcos, el cacumen, etc. Pues bien; preguntándole un día a Mendoza cierto punto que no traía el libro, Miguel, que estaba a su lado, le dijo rápidamente al oído: «Di que no lo trae el textumen.» El infeliz, que estaba atortolado, lo repitió sin fijarse, y..... ¡aquí fue ella! D. Juan, pensando que uno y otro se burlaban de él, les dio a entrambos una corrida de mojicones que por poco les arde el pelo. Miguel lloraba y reía a un mismo tiempo. En otra ocasión el hijo del brigadier, que dormía en la misma sala que Mendoza, se levantó por la noche, y con un pedazo de nitrato de plata que se había procurado, le pintó las manos mientras se hallaba dormido. Al día siguiente Mendoza le preguntó muy apenado lo que serían aquellas manchas. Miguel quedose grave y pensativo y le contestó:—«Mientras estén en las manos me parece que no tienen mucha importancia; pero oí decir a mi padre que si salen en la cara es muerte segura, porque manifiesta que la sangre está corrompida; un tío mío se murió de esa enfermedad.» Con estas noticias se quedó Mendoza más apenado aún. Por la noche no dejó Miguel de pintarle tres o cuatro manchas en el rostro, con lo cual, al verse por la mañana en el espejo, comenzó a dar tales gritos y a proferir tales lamentos, que acudió el director y algunos profesores. Enterados del caso y hechas las correspondientes averiguaciones, se le impuso a Miguel un severo castigo. El capellán, que sabía la amistad que ambos chicos mantenían, salió de la sala diciendo:—«Tanto quiso el diablo a su madre, que al fin le sacó los ojos.»
Sin embargo, la amistad seguía inalterable. Mendoza le perdonaba al instante estas y otras bromas, y Miguel, que no las llevaba a cabo con intención malévola, sino por el afán irresistible de reírse, le pagaba su paciencia «sacándole los significados» y metiéndole en la cabeza las lecciones. Y eso que Brutandor, según todas las señas, continuaba siendo el favorito de la planchadora; pero a Miguel ya se le había pasado aquella prematura inclinación amorosa y no se le daba un bledo por el antiguo objeto de sus ansias. Este burlaba las órdenes perentorias del director, llevando a Mendoza a su cuarto, si bien con secreto; y digo que era ella y no éste quien las burlaba, porque el muchacho nunca hubiera osado hacerlo si no fuese porque ella le obligaba. Al fin, tanto miedo tuvo de que el terrible coronel lo supiese, que con precoz sentido determinó separarse de aquel devaneo que no le convenía y no subir más al cuarto de la planchadora. Miguel le dio por ello la enhorabuena. Petra le persiguió todavía algún tiempo; pero el nuevo Teseo se hizo el sordo y la dejó abandonada. No lo estuvo mucho tiempo, sin embargo, porque el demagogo Marroquín comenzó a romper con desusada frecuencia los botones de la levita y el pantalón, y con la misma frecuencia a subir a su morada buscando remedio para tales desperfectos. Y era lo extraño, que aunque Petra era expedita y tenía la mano larga para el trabajo, nunca tardó menos de media hora en pegar un botón a Marroquín o en coserle el más insignificante siete.
Estos retrasos injustificados comenzaron a notarse en el colegio; los chicos se pusieron en observación y al instante se propalaron entre ellos mil especies, absurdas unas, verosímiles otras, pero todas graciosas. Uno decía que había visto a Marroquín por el agujero de la llave, de rodillas delante de Petra y besándola una mano lo mismo que un caballero andante; otro le había visto pellizcarla un muslo al pasar por su lado; otro le había oído decir, estando los dos asomados a un balcón:—«Petra, te amo;» otro, más serio que los demás y más digno de crédito, aseguraba que su criado había visto un domingo a Marroquín en un merendero de las Ventas del Espíritu Santo, mano a mano con la planchadora. Estas noticias volaban por el colegio y se comentaban entre risa y algazara. Pero los demás profesores, sus compañeros, no se reían; estaban indignados. Distinguíase entre todos el cura D. Juan, a quien no le faltaba más que esto para aborrecer de muerte al heterodoxo naturalista. Después que éste salía de la estancia destinada a los profesores, entregábase a furiosos comentarios y soltaba toda la bilis que tenía acumulada: «¡Barájoles, si no fuese mirando a Dios, le ponía los cinco dedos en la cara a ese puerco!... ¿Han visto ustedes nunca un hombre más rijoso?... ¡Ese hombre quema por donde pasa, barájoles!... ¡Y luego, con quién va a ensuciarse!... ¡con una porcuza!...» Este desprecio que D. Juan testimoniaba a Petra, no era sincero, según pudo convencerse más adelante Miguel; el odio a Marroquín, sí. Otro de los que expresaban con más calor su indignación era Pppsicología: propuso que se diese parte a don Jaime y que se arrojase ignominiosamente a Marroquín del colegio, y que él se comprometía a desempeñar sus clases hasta fin de curso, mediante una corta gratificación; pero los compañeros se negaron a dar este paso. Al poco tiempo, el mismo Pppsicología fue sorprendido por el inspector durmiendo la siesta con la cocinera, una mujerota fea y obesa hasta la monstruosidad, y enterado el coronel, los puso a ambos en la calle, con alegría general de los alumnos por lo que se refería a D. Benigno y con sentimiento en lo que tocaba a la cocinera, que era generosa y amable en sumo grado.
Con este suceso, que llamó extraordinariamente la atención, dejose en paz al hirsuto Marroquín, «el cual por lo menos sabía guardar las formas,» según decía D. Leandro, el tiple de San Isidro. Andando el tiempo se supo que aquél estaba enseñando a leer y escribir a Petra, que después le dio lecciones de Historia, Geografía, Aritmética, Física e Historia natural, que en seguida la hizo leer la Historia de los Papas y la Inquisición y algunos folletos materialistas, y que después de haberla separado convenientemente de toda religión positiva, la hizo su esposa «ante el altar de la propia conciencia.» Pero cuando sucedió esto ya había salido Miguel del colegio.
El carácter del hijo del brigadier nunca pudo modificarse, ni por las buenas ni por las malas; últimamente ya se había renunciado a corregirle y se le castigaba únicamente cuando las travesuras subían de punto. Todos reconocían que tenía mucha disposición y que si se aplicase sería el número uno del colegio; desgraciadamente, durante el curso estudiaba poco, y sólo al llegar el último mes apretaba de firme; pero le bastaba para sacar en el Instituto tan buenas notas como el primero. Tampoco era buen guardador de los deberes religiosos; el cura le tenía encerrado muchas veces por hincarse sólo con una rodilla en misa o pellizcar a los compañeros; durante el rosario se entretenía en comer castañas y meter las cortezas en los bolsillos de los otros, o en prolongar la ese del ora pro nobis más de la cuenta, o en cualquier otra irreverencia que solía costarle cara. Cada seis meses confesaba todo el colegio con su director espiritual, quien los preparaba previamente en el estudio de la doctrina cristiana y con un examen de conciencia colectivo; se hacía en el salón mayor del establecimiento a fin de que cupieran todos los alumnos; las ventanas se entornaban para que en la estancia hubiese una luz discreta y misteriosa que convidase al éxtasis y la meditación; cada cuál estaba sentado en una silla formando círculo en torno del cura, el cual iba leyendo por un libro los diversos pecados que en la vida pueden cometerse y explicándolos en seguida con proligidad invitándoles después a recordar si tenían que acusarse de ellos. Reinaba un silencio profundo durante algunos minutos. Volvía el cura a leer otro pecado, y así se pasaba casi toda la tarde. «Terminado el examen de conciencia—dijo una vez don Juan—el niño se prosternará ante una imagen de Jesús crucificado (el cura tendió la vista en torno, y no viendo ninguna, dijo cambiando de tono:)—A ver, Miguel, ve al oratorio y trae el crucifijo grande de madera.» Miguel se presentó en seguida con él en las manos.—«Ponte ahí de frente y levántalo.» Todos se arrodillaron frente al hijo del brigadier, que estaba de pie sosteniendo la imagen. «Terminado el examen, el niño se prosternará ante una imagen de Jesús crucificado y dirá conmigo con el mayor fervor posible: ¡Dios!...» El cura pronunció esta palabra en voz tan alta y tan lastimera, que Miguel, sin poder contenerse, soltó el trapo de la risa, cayéndole los mocos sobre las manos. Don Juan se indignó tanto, que levantándose de un salto y agarrando la vara de señalar en los mapas, arremetió con él hecho un basilisco. Fue de ver entonces a Miguel correr por la sala y brincar sobre las mesas con el Cristo en alto, perseguido de cerca por el cura, que cuando le tenía al alcance de la vara, se la arrimaba a las carnes no suavemente. Los alumnos que aún viven recordarán seguramente aquel incidente chistoso, que terminó mandando a Miguel al encierro y poniéndose otro chico en su lugar.
Al día siguiente por la mañana, iban a confesarse uno por uno al oratorio, y desde allí a comulgar a la iglesia de San Martín. El cura era muy aficionado a imponer penitencias extrañas y severas. A uno le mandó una vez que cuando sintiese tentaciones de pecar, arrimase el dedo índice a una luz hasta quemárselo, rezando después un padrenuestro: a Miguel le mandó en cierta ocasión que metiese ortigas en la cama y se acostase en cueros con ellas una noche; pero el muchacho no tuvo ánimos para cumplir esta penitencia, y a la postre el cura se vio precisado a conmutársela por otra. Mandole también en otra ocasión que cuando soltase alguna palabra obscena, besase inmediatamente la tierra: esta sí la cumplió, con no poca risa y algazara de los compañeros, pues cuando se hallaba más embebecido en el juego y se le escapaba cualquier palabra de aquéllas, se bajaba rápidamente a dar un beso en el suelo; mas él no se ruborizaba y llegó a tomarlo a risa como ellos.
Los domingos, y también algunas tardes serenas y templadas entre semana, iba todo el colegio de paseo, alumnos y profesores: marchaban de dos en dos uniformados por las calles de Madrid, y salían a menudo por el Salón del Prado hacia Atocha o por la puerta de Toledo hacia San Isidro. Los transeúntes se detenían un instante para ver pasar aquella comitiva donde abundaban los rostros delicados de cutis nacarado, un tanto pálidos por la clausura y los hábitos viciosos del colegio: cruzaban poblando el aire de un murmullo suave, como un enjambre de abejas, más atentos a la conversación que llevaban entablada que a la perspectiva de las calles y a las bellezas del campo. Delante iban los más pequeños, y detrás los mayores; el capellán, el inspector y los demás profesores cerraban la marcha. Cuando llegaban a un paraje solitario y apartado, se hacía alto y se rompían filas. Durante una hora entregábanse todos a los juegos peculiares de la infancia, el salto, la pelota, la peonza, etc. A veces, los profesores alternaban con ellos en estos juegos y llegaban a interesarse y a herirse en el amor propio; el capellán, principalmente, ya sabemos que se jactaba de sobresalir en toda clase de ejercicios corporales, y creía poseer las fuerzas de Sansón; así que le pinchaban un poco, se despojaba de los manteos y la sotana y se ponía a dar brincos como un zagal, cogía a los bueyes de las carretas por los cuernos, sacudía los árboles, enseñaba los brazos, levantaba los chicos a pulso y ejecutaba otras prodigiosas hazañas que recordaban las celebradas de Orlando furioso.
Si el director los acompañaba, que no era siempre, había sesión de pintura; un chico le llevaba la caja, y en cuanto se hallaban frente a un objeto digno de ser pintado (y el coronel no era escrupuloso en la elección de asunto), sentábase en una tijerita formada con el mismo bastón y comenzaba el degüello del arte de Vinci y Rafael. D. Leandro, por su parte, sacando del bolsillo la flauta hecha pedazos, y uniéndolos después con esmero, y templándola con pausa, principiaba a atormentar a Rossini y Mercadante, aunque más tímidamente y confesando su indignidad. Los chicos se reunían en torno de uno o de otro, según sus aficiones; pero los más preferían los ejercicios gimnásticos del capellán. Marroquín, el velloso, no tomaba parte casi nunca en el juego; prefería apartarse un buen trecho de todos y sentarse sobre alguna piedra y entregarse a la meditación; últimamente había descubierto que el estudio servía de muy poco para ilustrarse; lo principal era pensar, meditar mucho.
Ya hemos dicho que el cura mostró predilección por Miguel, apesar de su conducta nada ejemplar. Sin duda la misma travesura del chico le caía en gracia; además, tenía en mucho sus partes intelectuales y creía de buena fe «que en formalizando llegaría a ser algo de provecho.» Cuando hubo un poco de aprieto en el colegio por el excesivo número de muchachos, no tuvo inconveniente en llevarle a su habitación y en que se le armase una cama a su lado. El hijo del brigadier, al principio no encontró de su gusto este cambio; prefería la celda formada con biombos en el salón, donde a hurtadillas del inspector, recorría las camas tirando de los pies a los compañeros o «haciéndoles carteras con las sábanas.» Después se halló mucho mejor, cuando el capellán comenzó a tratarle con cierta familiaridad de amigo más que de profesor. Las extravagancias y el carácter de aquél llegaron a hacerle tanta gracia, que no había para él mayor placer que tirarle de la lengua y escuchar. D. Juan necesitaba un oyente a quien exponer los muchos pensamientos que le fatigaban la cabeza, sus teorías, su braveza, sus fuerzas, su higiene y su horror a «las porcuzas.» Miguel, que era ya un mancebo de quince años, le servía admirablemente para el caso; a veces el capellán, pensando que hablaba con un hombre ya formado, se deslizaba un poco en ciertas materias escabrosas. Observó Miguel que apesar de su odio al sexo femenino, D. Juan gustaba mucho de esta conversación y venía a ella con frecuencia. Por las noches, después que se acostaban y apagaban la luz, era cuando se departía largamente acerca de este y otros asuntos. Decíale el cura muchas veces, que había aceptado aquella plaza en el colegio por no ir de párroco a un pueblo, y eso que le habían ofrecido curatos muy lucrativos.—«Pero en un pueblo está uno muy expuesto; no tendría más remedio que tomar ama de gobierno, y eso siempre es comprometido... ¡Cuántos han caído y se han roto las narices!... El que ama el peligro, perecerá en él, dice el apóstol... Figúrate, Miguel, que meto de ama a Petra u otra así por el estilo, y que una noche la gran porcuza, con mala intención, viene a mi cuarto a llamar.—¿Quién está ahí?—Señor cura, tengo miedo.—¿A qué tienes miedo, gran yegua?—Señor cura, tengo miedo a los truenos... ¿Y qué hace un hombre en este caso, barájoles? Lo más probable es que uno abra la puerta, y entonces ¡adiós con la colorada!... El hombre más santo mete la cara en el barro y queda perdido para siempre jamás, amén.» Observaba Miguel que cuando el capellán describía tales escenas, nunca dejaba de traer como elemento de ellas a Petra, si bien en calidad de término de comparación; esto le hizo presumir que todo aquel desprecio que hacia ella afectaba era pura música, y que la gentil planchadora obraba sobre su corazón la misma mágica influencia que sobre otros muchos del colegio. Y entonces penetró también la razón del odio profundo que Marroquín le inspiraba de algún tiempo a aquella parte, y hasta de la antipatía hacia Mendoza, de quien todos los alumnos creían que estaba Petra enamorada. Riose no poco en su interior al descubrir aquella flaqueza, y con intención poco caritativa, comenzó a soliviantarle siempre que podía, sacándole conversación acerca de las relaciones de Marroquín y la planchadora, noticiándole todo lo que corría por el colegio acerca de ellas, y agregando él mismo cuanto podía para abrasarle de celos. El cura llegaba a ponerse frenético y se le oía dar vueltas después en la cama sin lograr conciliar el sueño.
En cierta ocasión descubrió en el baúl de un alumno un libro de mitología con estampas deshonestas, y se lo llevó a su cuarto. Miguel le sorprendió con él entre las manos mirándole atentamente: el capellán quedó algo confuso:—«Barájoles, acabo de encontrar este libraco en el baúl de Adolfito Medina... ¡Con estas cosas se entretiene ese cerdo!» Miguel tomó el libro y comenzó a hojearlo, sin que el cura se lo impidiese; antes echaba miradas intensas y escrutadoras cada vez que daba vuelta a la página y aparecía una nueva figura, que era por lo general la de una mujer desnuda o medio desnuda; pero nunca dejaba de hacer algún comentario despreciativo.—«¡Mire V., barájoles, mire V. esa porcuza enseñando todo lo que Dios la dio!... ¿Y todo eso qué es, Miguel?... ¡Nada!... ¡Porquería!... ¡Barájoles! ¿No es vergüenza que los hombres se pierdan por esas cochinadas?» Tales comentarios servían de contrapeso a las miradas; pero Miguel no se dejaba engañar.—«¿No le parece a V., señor cura, que esta sirena se parece a Petra?—Pchs... un poco, pero no debe de ser tan gorda como ésta.—¿Que no? Anda, anda, pues se conoce que V. no la ha reparado bien.—Puede ser, puede ser—decía el cura bajando los ojos,—yo no reparo mucho en esas cosas.» Después que las hubieron visto con detención sin dejar una, D. Juan le echó un largo sermón acerca de la necesidad de mantenerse puro, para ser vigoroso física e intelectualmente, tomándolo nada más que desde el punto de vista utilitario.—«Aquí me tienes a mí, que derribo de una mocada a un hombre fornido. ¿Por qué? Porque en cuanto amanece me levanto de la cama, y... ¡al agua, patos! Sin temor de ninguna clase me echo el jarro lleno sobre el cuerpo... Por la noche me acuesto en cuanto puedo... A la comida, agua pura... Los alimentos sanos, nutritivos... Y en cuanto a esas porcuzas que acaban con los hombres, siempre procuré tenerlas lejos... Cuando era estudiante, hubo una que hasta quiso ponerme casa; pero yo alcé el bastón ¡barájoles! y, si no se me escapa pronto, la dejo como una breva. Nada... en cuanto alguna se me acercaba en la calle, mocada limpia... ¡Vayan allá, al infierno, a tener tratos indignos!...»
A pesar de esta higiene y régimen espartano, el cura tuvo la desgracia de enfermar. Comenzó a ponerse triste y amarillo, que daba pena verlo: comer, comía bien, pero no le aprovechaba. El médico del colegio, que vino a visitarlo, le dijo que tenía una afección hepática, una ictericia, y que era de todo punto necesario que se distrajese, pasease largo, y mejor que a pie, a caballo. Pero don Juan no era jinete, por más que sobresaliese en otros ejercicios gimnásticos, y no quería verse expuesto a ser derribado. Sin embargo, como el médico insistía en los paseos a caballo, se determinó a alquilar un jamelgo para dar una vuelta por las afueras, de madrugada. Miguel alquiló otro para acompañarle, y así que Dios amanecía, salíanse ambos por la puerta de Toledo o San Vicente, y se espaciaban por aquellos campos media legua o una, según el tiempo y la ocasión. El cura llevaba en el bolsillo una onza de chocolate, y había aconsejado a Miguel que llevase otra: en el primer merendero o taberna que tropezaban, las tomaban disueltas en agua, y proseguían su marcha. A Miguel le gustaba mucho trotar, pero el cura se oponía, porque según él «se batían demasiado los hipocondrios:» en realidad era que temía caerse. Ordinariamente iban emparejados, departiendo amigablemente: el capellán mostraba a su discípulo cada día más estimación: en una cosa no estaba conforme con él, y se la recriminaba a menudo: era la amistad que Miguel profesaba a Brutandor.—«¡Mentira parece ¡barájoles! que seas amigo de ese jumento! Y él ha sabido bien aprovecharse. Si no fuese por ti, no sale adelante nunca de algunas asignaturas.» Nuestro héroe pensaba mal del cura por esta antipatía, achacándola a lo que ya hemos dicho, porque si bien Mendoza no era un águila, ni había de sobresalir jamás en los estudios especulativos, tampoco le parecía un asno; discurría bastante acertadamente en ocasiones, era amigo de cumplir con su deber, y tenía un carácter, aunque grave, muy apacible y simpático. Por este aborrecimiento injusto, por su presunción y ridiculeces, Miguel no pagaba al cura su estimación; antes buscaba modo de reírse de él y remedarle delante de los compañeros. Un suceso de poca monta vino a aumentar este desprecio y a hacerle formar una idea más ruin aún de su carácter.
Ni los paseos ecuestres, ni otras medicinas que el médico le propinó, consiguieron ponerle bueno. Iba decayendo de día en día y en poco estuvo que se muriese; pero la providencia de Dios, que sin duda le reservaba todavía para algo útil, quiso que, cuando menos lo pensaba, arrojase algunas varas de solitaria. Averiguada con tal motivo la enfermedad que le aquejaba, era fácil curarle, y en efecto, en poco tiempo se curó y quedó tan bueno como antes. Así que se vio sano comenzó de nuevo a bravear y hacer piernas esforzándose en levantar pesos enormes y enseñando de nuevo los músculos del brazo. Pero no bastaba esto a sus ánimos y a su presunción de varón atlético y gladiador: quería demostrar alguna vez que estas fuerzas que el cielo le había concedido podían utilizarse y dejar bien sentada en el colegio su fama de valiente y esforzado. Había en el establecimiento un criado gallego, mozo de veinticinco años a lo sumo, alto, grueso, fornido, del cual se contaba entre los chicos que había levantado dos hombres con los dientes y otras proezas; con éste determinó de habérselas nuestro capellán. Un día descubrió que el gallego se había puesto sus botas para ir a paseo; no quiso mejor ocasión, y ardiendo en cólera, le dijo a Miguel:—«¿Sabes que el bribón de Manuel se puso ayer mis botas para irse a tunantear por las tabernas?... ¡Pero no se ha de reír de mí ese jayanote indecente!... Ahora vas a ver, barájoles.» Y le llamó desde su cuarto. Acudió Manuel; el cura cerró la puerta y comenzó a recriminarle durísimamente; Manuel, bajando la cabeza, se disculpó torpemente; mas el cura, en vez de suavizarse con esta actitud humilde, siguió alzando el gallo cada vez más, y concluyó por pasar a vías de hecho, dándole una tremenda bofetada, que resonó en toda la casa. El pobre Manuel, avezado a llevar palizas de cabos y sargentos cuando estaba en el servicio y penetrado desde niño del profundo respeto que se debe a los sacerdotes, no se movió y aguardó, escondiendo la cara, la granizada de mojicones y puñadas que el cura le descargó. No bastaron a desarmarle ni la humildad evangélica del gallego (que por cierto a levantar la mano le hubiera deshecho), ni las súplicas de Miguel que presenciaba conmovido aquel escándalo. Hasta que se cansó estuvo aporreando al infeliz criado, dejándole con varios chichones en la cara y las narices ensangrentadas. Esta conducta indignó a Miguel en alto grado, y lo que acabó de desprestigiar al cura fue que, en vez de avergonzarse de haber pegado a un hombre que no se defendía, aún se jactaba de ello el muy ruin.—«¿Has visto, barájoles, has visto qué mocada tan gorda le asesté la primera? ¿Qué bien sonó, eh?... Pues aún fueron mejores las que le di por debajo, en las narices, aunque no sonaban tanto... ¡Barájoles, ya le tenía yo ganas a ese mastuerzo!... ¡que eche roncas ahora con sus dientes de caimán!»
Pero no se pasaron muchos días sin que el cielo vengara al pobre Manuel, dejando a Miguel en extremo complacido, y fue del modo siguiente: Salieron una tarde de paseo hacia la Moncloa todos los alumnos y profesores, y cuando hubieron llegado a sitio a propósito, mandó el director romper filas, y los chicos comenzaron, como ordinariamente, a recrearse acompañados por sus maestros. Armose juego de peonza en un paraje, en otro de salto, más allá de aro, y así se distribuyeron en un instante todos; el coronel se puso, como siempre, a dibujar, copiando del natural un carromato, y don Leandro se fue a un lugar apartado a sonar la flauta acompañado solamente de tres o cuatro discípulos; mientras el cura, que desde que había expulsado la solitaria andaba muy galán y boyante, se divertía, tumbado en el suelo, en levantar a pulso dos niños, uno en cada brazo. Mas cansado al fin de este ejercicio, se levantó y comenzó a pasear buscando medio de utilizar nuevamente sus músculos poderosos: y sin darse cuenta de ello, fue acercándose en silencio al paraje donde tocaba la flauta D. Leandro. Una vez cerca de él, no se le ocurrió nada más gracioso que agarrar por detrás al infeliz preceptor, levantarle en alto y apretarle con todas sus fuerzas:—«¡Suélteme, D. Juan, que me hace daño!»—gritó el tiple de San Isidro medio asfixiado y pataleando. D. Juan se reía sin soltar. Pero no contó con la huéspeda, la cual en esta ocasión fue Marroquín, quien indignado de aquel acto brutal, o por ventura cediendo a la aversión que le inspiraban todos los clérigos, acudió velozmente en auxilio de su compañero, y sujetando a su vez al cura por la espalda, le apretó tanto la cintura, que aquél se vio obligado, no solamente a dejar en paz a D. Leandro, sino a pedir con voz quejumbrosa misericordia. Dejole al cabo de un rato Marroquín, pero tan estropeado y maltrecho, que en vez de reírse de la broma, comenzó a toser y a quejarse; la verdad es que estaba muy pálido:—«¡Barájoles! esto pasa de broma, Sr. Marroquín.—¿Pues no estaba V. haciendo lo mismo con D. Leandro?—Pero yo no le apretaba con todas mis fuerzas, como V. ha hecho conmigo.»
Los chicos se rieron del percance, hallando el castigo de Marroquín muy en su lugar. En cambio, el cura se puso cada vez más hosco, y comenzó a pasearse solo tosiendo y escupiendo a menudo y llevando la mano al bajo vientre. Cuando llegó la hora de la cena, no probó bocado; los alumnos se hacían guiños y contenían a duras penas la risa. Al tiempo de acostarse, Miguel se vio obligado por más de media hora a oírle vomitar injurias contra su mortal enemigo. Al fin concluyó diciendo:—«Por las buenas, Miguel, ya sabes que no hay hombre mejor que yo... ¡Pero por las malas, soy una fiera! Marroquín me las ha de pagar. Se figura, barájoles, que porque soy clérigo no he de pedirle satisfacción... Se equivoca... yo lo mismo visto los hábitos del sacerdote, que empuño la espada del militar. Mañana hablaremos.»
Durmiose, por último, en estas disposiciones belicosas, mientras Miguel sonreía entre sábanas, pensando que todo quedaría en agua de cerrajas. No fue así, sin embargo. Al día siguiente el cura continuaba taciturno y encrespado, meditando feroces venganzas: el apretón del día anterior hacía rebasar la copa, y sentía la necesidad de dar cualquier desahogo a su odio. Mientras duraron las clases se mantuvo grave, y sosegado: actitud digna del que piensa jugar la vida a las pocas horas: comió poco y sin hablar palabra. Al llegar la noche comenzó a pasear, agitadamente, por uno de los corredores. Poco rato después pasó por allí Marroquín que iba al comedor a cenar: el cura le dejó cruzar a su lado sin saludarle; pero cuando estaba a unos cuantos pasos de distancia, le llamó:—«Oiga usted una palabra, Sr. Marroquín.»—Miguel, que estaba en acecho, vio que Marroquín se volvía y el cura le hablaba al oído; el profesor heterodoxo levantó la cabeza con sorpresa y se apresuró a decir en voz bastante alta y nada pacífica:—«Cuando usted quiera.»—D. Juan volvió a hablarle al oído, y tornaron a separarse. Miguel, interesado y afanoso por saber el resultado de aquella aventura, no perdió de vista al cura un instante: viole sentarse a la mesa y no probar apenas bocado. Marroquín comió como si tal cosa. Concluida la cena, el cura subió a su cuarto y se estuvo allí un ratito: después salió cautelosamente y subió a la boardilla. Marroquín, que estaba paseando por el corredor y le vio subir, no tardó en seguirle también sin hacer ruido. A entrambos los siguió Miguel con más sigilo aún. Cerraron tras sí la puerta de la boardilla; pero esta puerta, vieja y desvencijada, tenía tales rendijas, que le permitieron a Miguel enterarse de lo que dentro ocurría: el cura encendió un quinqué, que había sobre la mesa de la plancha, y acto continuo se despojó de la sotana, y quedó en mangas de camisa hecho un gladiador; y para que todavía la semejanza fuese más perfecta, remangóselas, y lo mismo los pantalones. Marroquín se limitó a quitarse el gorro y la levita. Todo se volvía ojos Miguel tratando de ver dónde estaban las espadas a que el cura había aludido la noche anterior; pero no parecían por ninguna parte. Y con gran sorpresa y desengaño, pues estaba creído de que iba a presenciar una extraña y terrible aventura, vio que los campeones se ponían a darse de morradas como mozos de cuerda. El cura, que estaba espantosamente lívido, dijo con voz ronca:—«Podemos empezar,»—y al instante arremetió con Marroquín, dándole una granizada de puñetazos que, por precipitados y descompuestos, no consiguieron aturdir al hirsuto profesor, el cual echando dos pasos atrás, y alzando la mano, asestó al cura, en medio de la cara, tan tremenda bofetada, que medio le volcó, y si no hubiera sido por la mesa, en que tropezó, le hubiera volcado por entero. Y sin aguardar a que el clérigo se repusiese, le alumbró una nueva, por el otro lado, de tal manera que le puso derecho. El cura entonces se trabó con él, cuerpo a cuerpo, procurando con todas sus fuerzas arrojarle al suelo; pero Marroquín, sujetándole a su vez por el cuello y metiéndole la cabeza debajo del brazo, principió a darle con el otro tan fieros golpes en las narices, que el cura gritó con voz sofocada:—«¡Socorro; que me matan!»—Miguel le dejó gritar un poco más, pues no le pesaba de aquel merecido vapuleo, y sólo cuando vio que Marroquín persistía incansable en solfearle, bajó a escape la escalera llamando al inspector:—«D. Ruperto, creo que D. Juan y el Sr. Marroquín se están pegando allá arriba en la guardilla.»—Subió el inspector a saltos y halló al cura en un estado que daba lástima verlo: echando sangre por las narices y los dientes. No quiso, sin embargo, que se diese parte al director, ni se dijese nada en el colegio. Entre D. Ruperto y Miguel lleváronle a su cuarto, le pusieron algunos paños de árnica, y le dejaron acostado. Al día siguiente se quedó en la cama, porque tenía la nariz muy hinchada y un ojo también. Miguel fue a hacerle compañía y procuró consolarle del mejor modo que pudo con alguna piadosa lisonja. Lo que más alivió la pesadumbre del vencido atleta fue oírle decir:—«V. está malo, señor cura; pero Marroquín tampoco anda muy bueno... Tiene la cara como un pan... Además, dicen que va a quedar resentido del pecho.»
VIII
En los dos primeros años vino el asistente de su padre a sacarle todos los domingos del colegio y llevarle a casa. El corazón le palpitaba de alegría cuando el inspector le avisaba para que se vistiese el uniforme y se preparase a salir. En casa, sin embargo, no le aguardaban grandes recreos: comer con su padre, besar a su hermanita, retozar con los criados en la cocina y salir a paseo en coche: y a cambio de estos gustos, contemplar todo el día el rostro de su madrastra que cada vez le parecía más aborrecible, y sufrir sus reprensiones y desdenes. Pero el pobre chico apetecía con ansia el amor y los cuidados de la familia: ante la bárbara indiferencia del colegio, el cariño y la consideración que le testimoniaban los criados de su casa éranle sabrosos.
Fácil es de suponer que la antipatía de la brigadiera no cedió nada durante este tiempo; antes se fue recrudeciendo gradualmente, por más que no tuviese tantas ocasiones como antes de mostrarla. Otro tanto acaeció con Miguel: en su naturaleza impresionable fue echando raíces de tal suerte, que apenas podía mirarla sin advertir que se le encendían las mejillas y la cólera le roía el corazón. En ciertos momentos, cuando se hallaba bajo el peso de algún nuevo agravio, volaba su imaginación en alas de la cólera y se complacía en ir estudiando detenidamente todos los tormentos de que había oído hablar, los que empleaba la Inquisición con los herejes y los Emperadores romanos con los cristianos, y todos ellos se los aplicaba con fruición a su madrastra. Al cabo sucedió lo que era de esperar. Una tarde, al regresar del paseo con sus compañeros, cruzando desde el Prado a la calle de Alcalá, se vieron obligados a pararse por no ser atropellados de los carruajes. Los ojos de Miguel, que estaba en primera fila aguardando el desfile, tropezaron con los de su madrastra, que venía en carretela abierta. La brigadiera le hizo un signo con la cabeza; pero el niño contestó clavando en ella una mirada fría y apartando después los ojos con desdén. ¡Ay! la brigadiera llegó a su casa en tal estado de exaltación, que los criados pensaron que se había vuelto loca: hubo necesidad del frasco del éter, fricciones de agua fría en las sienes y una cucharada del anti-espasmódico; al cabo de media hora la irascible andaluza rompió a llorar perdidamente, llamándose la mujer más infeliz de la tierra. La brigada toda padeció durante quince días por causa de la grosería de Miguel; pero muy particularmente su digno jefe, que tardó algunos meses en ver limpio de nubarrones el cielo conyugal. Desde entonces el colegial no volvió a pisar las escaleras de la casa, mal llamada de su padre, pues era de todo en todo de su madrastra.
No le pesó tanto a Miguel como era de presumir: por aquella época comenzaban a estrecharse sus relaciones singulares con Petra, y los domingos en que a la planchadora no le tocaba salir, pasaba la mayor parte del tiempo en su grata compañía. Lo único que sintió positivamente fue el verse privado de acariciar a su hermana, de la cual continuaba siendo el gato predilecto. En cuanto a su padre, empezó a visitar con más frecuencia que antes el colegio de la Merced: dos o tres veces por semana le llamaban a la hora de recreo para decirle que su papá le aguardaba en el salón, y al oírlo, volaba hacia allá con el corazón henchido de alegría. El brigadier le recibía con los brazos abiertos y le apretaba contra el pecho preguntándole después con sonrisa dulce y triste:—«¿Cómo te va, hijo mío?»—Se enteraba minuciosamente de sus estudios, de sus recreos, de sus faltas, de sus premios, de cuanto le ocurría, en suma, y no se cansaba de recomendarle la formalidad y la aplicación; casi nunca se marchaba sin dejarle algún regalo o dinero, que no pocas veces pasaba íntegro a las manos de la gentil planchadora, dueño absoluto de sus acciones y pensamientos.
Miguel empezó a notar que el abrazo que su padre le daba al verle era cada vez más prolongado, y la sonrisa con que le saludaba cada día más dulce y más triste. El corazón le dijo que era muy desgraciado, y a medida que lo era aumentaba el cariño que le profesaba. El brigadier Rivera, que ostentaba en su pecho los días de besamanos la cruz laureada de San Fernando, gemía en una esclavitud insoportable. La red en que la soberbia andaluza le tenía aprisionado, era ya tan tupida, que el triste no podía sacar un dedo fuera sin riesgo de provocar algún conflicto. ¡Quién sabe los esfuerzos y la habilidad que desplegaba, los peligros que corría para lograr el ver tan a menudo a su hijo! Apagado el fuego de la pasión amorosa que le había arrastrado a un segundo matrimonio, padeciendo los vejámenes que éste trajo consigo, despertose en su memoria la pura felicidad que había gozado con el primero y el recuerdo de las virtudes de su infeliz esposa; el amor del hijo que le había dejado, creció en su pecho con estas dulces memorias, y la común desgracia que sobre ellos pesaba, contribuyó también a acalorar su cariño. Al fin era su primogénito, el fruto deseado de sus primeros amores, el depositario de su apellido y el único que podía trasmitirlo, por cuanto de su esposa Ángela no tenía varón: todo se fue agregando en favor del colegial. Además, su hija Julia se criaba con tanto mimo y melindres, producía tales disturbios en la casa y originaba tantos disgustos, que en medio del amor de padre, que no muere nunca, el brigadier Rivera no podía menos de sentir hacia ella cierto leve rencor que la desgracia de Miguel contribuía a sostener. Por eso su tremenda esposa, al verle algunas veces salir de casa sin dar un beso a la niña, le llamaba padre desnaturalizado.
Los momentos de verdadera dicha para el brigadier eran aquellos en que se encerraba con su hijo en el salón del colegio. Lejos de las miradas del enemigo común, podía entregarse libremente a las expansiones del afecto paternal, y se entregaba de buen grado. Teníale larguísimo rato entre sus rodillas, mirándole fijamente con ojos aterradores para cualquiera menos para Miguel, que ya sabía a qué atenerse; tirábale por los cabellos suavemente, y a menudo le rozaba las mejillas con sus feroces y encrespados bigotes. Algunas veces le montaba sobre los muslos y se entregaba, sin saber por qué, a un movimiento vertiginoso de caballo desbocado haciéndole saltar más de lo que el chico deseara. Cuando el furioso corcel quedaba rendido y jadeante, nuestro colegial veía a menudo deslizarse por el rostro de su padre una lágrima abultada que se deshacía al llegar al bigote, después de lo cual, el bravo brigadier apretaba a su hijo contra el pecho hasta descoyuntarlo, murmurándole al oído palabras amorosas. Algunas veces solía decirle:—«Tú no sabes, hijo mío, lo que te quiere tu padre; ya lo sabrás, ya lo sabrás... ¡y a alguno le pesará!» añadía en tono triunfal. Miguel no sabía lo que estas palabras significaban; pero veía sonreír a su padre, y esto le ensanchaba el corazón.
Un día aquél vino a noticiarle con tristeza que había pedido el cuartel para Sevilla. Miguel comprendió inmediatamente que quien lo había pedido era su madrastra. El brigadier le abrazó llorando y se despidió repitiéndole al oído las mismas incomprensibles palabras: «¡Ya sabrás, ya sabrás lo que te quiere tu padre!» La andaluza no quiso decirle adiós, ni Miguel se humilló a solicitarlo. Desde Sevilla su padre le escribía muy a menudo, y cada cinco o seis meses venía a hacerle una visita; pero jamás intentó llevarle a pasar las vacaciones en su casa. El pobre colegial, al llegar el mes de junio, veía partirse a todos sus compañeros alegres como las golondrinas, y durante algunos días lloraba a solas en su cuarto. Mas pronto se consolaba, que en su edad las penas no abren surco profundo en el corazón, y aceptaba la vida monótona y holgazana del colegio con gusto.
Su respetable tío D. Bernardo Rivera venía a visitarle de vez en cuando, y si él no podía hacerlo a causa de sus graves ocupaciones, comisionaba al bueno de Hojeda, para que fuese en su nombre. Miguel prefería estas visitas por representación. D. Facundo era un hombre corriente que le enteraba de todo lo que ocurría por el mundo (el mundo de D. Facundo), le traía siempre alguna golosina y se dejaba interrogar con la paciencia de un santo. Por él supo que su prima Eulalia se casaba al fin con Arturo Valle, el joven abolicionista que había conocido en casa de tío Bernardo, quien había consentido en este matrimonio en vista de que Valle iba templando un poco sus opiniones avanzadas y había renunciado a los banquetes antiesclavistas. Pero como la naturaleza sensible de este joven necesitaba algún tierno desahogo, sustituyó a los esclavos por los niños, dedicando toda su actividad a la protección de estos seres inocentes; fundó una sociedad para el efecto, e inauguró una serie de banquetes que dieron mucho que decir a los periódicos; también escribió algunos folletos acerca de «la educación física intelectual y sentimental de los niños,» «los juegos de la infancia,» «el trabajo de los párvulos,» etc., etc. D. Bernardo le dejó este recurso inofensivo, aunque hubiera deseado más que se dedicase a los trabajos del foro y a la resolución de otros problemas jurídicos de mayor importancia. También supo por Hojeda (y esto le llenó de asombro), que Lucía Población, aquella señorita rubia, tan dulce, tan poética, amiga de su madrastra había dado su mano al coronel Bembo, ascendido hacía poco tiempo a brigadier. En esto habían venido a parar aquellas largas disertaciones acerca del amor, el ideal, los presentimientos y otras reconditeces psíquicas que le había oído, aunque sin comprenderlas, cuando iba a comer a casa; en casarse con un elefante. Su tío Manolo venía también a verle; pero era muy caprichoso y desigual en sus visitas; le daba una temporada por ir casi diariamente y sacarle a menudo a paseo, violentando para ello la voluntad del director y las prácticas del establecimiento; después se pasaba dos o tres meses sin parecer por el colegio.
Cuando Miguel se hizo bachiller, con la nota de sobresaliente en letras y la de aprobado en ciencias, vino su padre de Sevilla, y tuvieron una larga conferencia para tratar de la elección de carrera: el brigadier se inclinaba a la de ingeniero; pero Miguel quiso ser abogado, y aquél no se atrevió a contrariarle. Ofreciose después la cuestión de alojamiento; en el colegio ya no podía permanecer; el brigadier pensó en la casa de su hermano Bernardo; pero habiéndole tocado el asunto con delicadeza, halló una acogida tan fría, quizá por la fama que Miguel tenía adquirida de travieso, que le dejó muy ofendido, y jurando no volver a pedir jamás un favor a su hermano. En Manuel no pensó, porque conocía demasiado su género de vida, incompatible con los cuidados y la vigilancia que exige un muchacho de diez y siete años. Al fin no tuvo más remedio que dejarlo acomodado en una casa de huéspedes, modesta, pero decente, de la calle de Jacometrezo. Antes de marchar le pronunció un sentido discurso acerca de la necesidad de ser formal y estudioso, «siquiera porque aquella no me saque loco echándome todo el día a la cara tus travesuras.»
Con esta etapa dio comienzo para nuestro mancebo un modo de vida totalmente distinto del que hasta entonces había tenido. El goce inefable de la independencia le embargó por algunos meses; entraba y salía de casa cien veces al día, sin necesidad alguna, sólo para convencerse de que era libre, dueño de sus acciones; tiraba de la campanilla y se hacía traer vasos de agua sin tener sed; compró una petaca y algunas libras de tabaco picado, y para aprender a hacer cigarros, se ensayó, por consejo de un teniente de artillería que se alojaba en la misma casa, haciéndolos con arenilla de la salvadera; corría por las calles deteniéndose largo rato delante de los escaparates, y gastaba el dinero alquilando por horas berlinas de punto; entraba en los cafés y pedía copas de ron o cognac, sólo por enjuagarse la boca, pues no podía atravesar los licores. Se enamoraba de cuantas corbatas veía, y no pudiendo resistir a la tentación de comprarlas, llegó pronto a poseer una colección asombrosa: después le dio por los gemelos y trasladó a su cómoda toda una tienda de bisutería; después, por las boquillas de espuma de mar. Últimamente se enfrascó en la lectura de novelas: leía bueno y malo, cuanto caía en sus manos.
En los primeros meses de curso asistió unas cuantas veces a la Universidad: los profesores le aburrieron: usaban todos una jerga filosófica que le parecía necia e incomprensible. Prefirió corretear por Madrid en compañía del teniente de artillería y otros amigos, que no tardó en adquirir, de los cuales fue al instante muy querido por su genio abierto y simpático y su «buena sombra.» Su vida durante aquel curso hay que confesar que no fue muy edificante. Su amigo íntimo y compañero de colegio, Perico Mendoza, también comenzó cuando él la carrera de derecho, pero con muy diversos auspicios. Desde la apertura del curso no hubo estudiante más puntual ni más diligente; cargado siempre de cuadernos camino de la Universidad, o metido en su cuarto poniendo los apuntes en limpio; esta era su vida. Alojaba en una modestísima posada de la Corredera baja de San Pablo, pagando nueve reales al día. El pobre Brutandor, apesar de sus apellidos ilustres y sonoros, estaba muy lejos de nadar en la opulencia. Su padre, según pudo averiguar más adelante Miguel, era un cirujano de un pueblecillo de Extremadura; la carrera se la costeaba un tío cura. Pero nada de esto dejaba traslucir su exterior, siempre pulcro y aliñado. Había crecido y engordado hasta convertirse en lo que el vulgo suele llamar «un real mozo.» Su rostro, aunque sin expresión, no tenía nada de repulsivo; era fresco, sonrosado, rebosando de salud y cercado por una patilla rubia y precoz que le sentaba admirablemente. Lo único que afeaba aquella figura hermosa e imponente, era cierta desproporción entre la cabeza y el tronco: era un poco cabezudo. Miguel se había quedado pequeñito y menudo: poseía en cambio una fisonomía expresiva y simpática, modales sueltos y un modo de hablar tan agraciado, que cautivaba a cuantos le trataban. Su temperamento inquieto se había modificado, o, por mejor decir, había tomado otro sesgo, manifestándose ahora en su conversación, siempre viva y salpicada de frases oportunas: para intimar con cualquier persona le bastaba media hora.
Pocos meses después de abierto el curso, se encontraron Miguel y Mendoza en la calle. Aunque seguían siendo muy amigos, estaban algo alejados en el trato, a consecuencia de la vida tan distinta que hacían; pues mientras Mendoza asistía con puntualidad a las cátedras y pasaba muchas horas en casa, el hijo del brigadier rodaba en compañía del teniente y sus nuevos amigos por los cafés, teatros y otros sitios menos santos todavía de la corte. Se saludaron con efusión y se contaron su vida. Mendoza aconsejó a su amigo que fuese por la Universidad, porque era muy fácil perder curso; los profesores tenían fama de severos; las asignaturas eran largas y difíciles, y acostumbraban a apretar más a los que no asistían a clase. Miguel se encogió de hombros, riose un poco de la gravedad con que Mendoza le decía todas aquellas cosas, y prometió ir a la Universidad y empezar a estudiar de firme. Después Brutandor le habló con rubor de ciertos apuros económicos que a la sazón padecía.
—En este momento—le dijo—iba pensando en ti y trataba de ir a visitarte por si pudieras sacarme de este pilanco... Debo a la patrona cerca de dos meses...
—¿Qué dinero necesitas?—le preguntó Miguel en seguida.
—Cuarenta duros.
—Pues no los tengo; pero mañana se los pediré a mi tío con cualquier pretexto, y te los daré... Pásate a la hora de comer por mi casa.
Al día siguiente se pasó, en efecto, por la calle de Jacometrezo, y Miguel le dio los cuarenta duros.
Trascurrido algún tiempo, Mendoza volvió a visitarle y le pidió veinticinco. Se encontraba en deuda con otra patrona, pues se había mudado a la calle del Pez. Miguel volvió a abrir su bolsa y a remediarle. Por fin, cierta noche en los últimos días de enero, regresando Miguel a casa, le dijo el criado al entregarle la luz:
—Señorito, en su cuarto está un joven que ha venido ya otras veces a verle... Llegó en mangas de camisa y sin sombrero y me pidió por favor que le dejase entrar a esperarle... No sé si habré hecho bien... Me dijo que le había pasado una desgracia...
Miguel, lleno de asombro, se dirigió a su habitación: al entrar oyó la voz de Perico.
—Buenas noches, Miguelito.
Miró a todos los rincones del gabinete, y no vio a nadie.
—Estoy aquí, en la alcoba.
Miguel fue a allá y le encontró metido dentro de su cama.
—¡Pero hombre!...
—Perdóname... me hallaba medio desnudo y tenía mucho frío...
—Pero ¿qué ha sido eso?
—El patrón de la calle del Pez... Me quitó el baúl con la ropa, me arrancó la levita que llevaba puesta, el sombrero, la corbata... y después de darme unas cuantas bofetadas, me echó a la calle a las diez de la noche...
Dijo esto con la misma calma que si hablase de otro. Miguel le miró estupefacto.
—¿Y tú qué has hecho?
—Venir aquí.
—Ya lo veo, ¿pero antes no has devuelto ninguna de las bofetadas que te han dado?
—Ninguna.
—¿Y para qué quieres entonces esas manazas que Dios te ha concedido?
—Si le hubiera pegado, me llevarían a la cárcel.
Miguel volvió a mirarle de hito en hito, y quitándose el sombrero con afectado respeto, le dijo:
—¡Oh, varón prudentísimo, yo te saludo! Aunque no esté bien averiguado todavía si es mejor llevar bofetadas que ir a la cárcel, no puedo menos de admirar tu profunda sabiduría... ¿Y por qué ha osado poner las manos en tu rostro virginal y aligerarte tanto de ropa?
Mendoza un poco amoscado contestó:
—Porque le debía mes y medio de pupilaje.
—¡Problema!—exclamó Miguel.—Si por adeudarle mes y medio de pupilaje el patrón te ha dado quince bofetadas... ¿Fueron más o menos?...
Mendoza, más amoscado y fruncido, no quiso contestar.
—Pongamos quincé... Si hubieses llegado a deberle año y medio, ¿cuántas bofetadas te hubiera dado?
—Me parece que el lance no es para reírse.
—Si no me río: es que soy muy aficionado, como sabes, a las matemáticas. Pero vamos a otra cosa: ¿y por qué debías mes y medio en la posada cuando no hace uno que te he dado veinticinco duros?
Mendoza tampoco contestó.
—Este problema te lo voy a resolver yo. Consiste en que tú, en vez de pagar la posada, gastas todo el dinero en levitas, sombreros, guantes, corbatas, etc., etc. Siempre has tenido la manía de ponerte muy guapote... y sin consecuencias ulteriores, como no sea la de enseñarte de balde por esas calles de Dios... Hasta ahora no te he visto conquistar a nadie más que a la planchadora del colegio...
Esto último se lo dijo en un tono más irritado, que podía achacarse muy bien al recuerdo de su derrota.
—¿Qué te propones saliendo a la calle tan perfilado? Que digan: «¡ahí va un buen mozo!» Pues para tan flojo resultado, no merece la pena que sacrifiques a tu familia, que pases tantos apuros y te expongas como hoy a coger una pulmonía.
Mendoza escuchó la reprensión sin impacientarse. La irritación de Miguel pasó al instante. Llegándose a la cama, y tirándole cariñosamente de los pelos, comenzó a decir riendo:
—Animal, procura estrecharte un poco, y no ronques, porque voy a acostarme contigo. ¡Qué honor para ti y para tu familia! ¿verdad?... Pero has de ser modesto. Perico, ¡cuidado que lo propales por ahí!
La consecuencia de todo fue que Brutandor se quedó definitivamente a vivir con Miguel: éste pagaba un duro por su gabinete; el ama de la casa, acomodándose los dos en él, rebajó el pupilaje a cuatro pesetas cada uno; de las cuatro pesetas que le tocaban, quedó convenido entre ambos que Mendoza pagaría diez reales y Miguel supliría los otros seis en tanto que aquél no mejorase de fortuna. Mas aunque así se convino, lo que acaeció fue que la mayor parte de los meses se vio necesitado el hijo del brigadier a pagar íntegra o casi íntegra la cuenta de ambos. Mendoza continuó perfilándose, como decía Miguel, a más y mejor; cuando éste, encolerizado después de pagar la cuenta desahogaba con él su bilis, ponía una cara tan compungida e inclinaba la frente con tanta humildad, que la ira de su amigo disipábase como por encanto y concluía por reírse y resarcirse del dinero que soltaba con algunos sarcasmos que también resbalaban sobre la piel de Brutandor, sin lograr hacerle cambiar de conducta.
Los dos últimos meses Miguel asistió puntualmente a las clases, y se dio tal atracón de estudiar, que obtuvo en los exámenes la nota de sobresaliente en una asignatura, y la de notable en otras dos. Mendoza, apesar de su constante aplicación y de sus voluminosos cuadernos de apuntes, no consiguió más que la de bueno en las tres asignaturas. Por más que esto le dejase un poco despechado, no lo manifestó; estaba acostumbrado ya a ver a Miguel meterse en la cabeza los libros rápidamente; por otra parte, el hijo del brigadier tenía la delicadeza de no comentar el asunto de las notas y darle muy poca importancia.
En el curso siguiente Miguel dejó la compañía del teniente y sus disipados amigos y se aplicó de todas veras al estudio. Pronto adquirió fama en la Universidad de buen estudiante, y más particularmente de muchacho despejado e ingenioso. Comenzó a llamársele entre los compañeros Riverita a causa de su figura exigua y también por su carácter alegre y decidor. El suyo y el de Mendoza formaban contraste notable, y quizá en esto consistiera aquella mutua simpatía que a entrambos los tenía sujetos: mientras Miguel tenía a todas horas suelta la llave de la conversación, a Mendoza había que sacarle las palabras del cuerpo con tirabuzón. Si por casualidad aquél guardaba silencio, no había miedo que éste lo turbase; horas enteras se pasarían sin comunicarse nada. Muchas veces, después de comer, se sentaban ambos al par de la chimenea; era el momento en que a Miguel le asaltaba la melancolía; se acordaba de su padre, de la triste suerte que le había cabido separado de él, viviendo sin familia hacía ya tantos años. Solía permanecer callado y taciturno algún tiempo, durante el cual Mendoza le seguía el humor y se mostraba más taciturno todavía, aunque sin motivo alguno. Al fin, cuando los malos pensamientos de Miguel se disipaban, rompía súbito el silencio poniéndose a cantar o a brincar, si es que no se le ocurría alguna cosa para embromar a su amigo:
—Oyes, Perico, ¿sabes lo que estoy observando?
—¿Qué?—decía éste levantando los medio caídos párpados.
—Que te suena la cabeza.
Perico abría los ojos desmesuradamente sin comprender.
—Sí; ya rato que la estoy oyendo sonar: hace glu, glu, como las ollas cuando hierben...
—¡Qué tonterías tienes, Miguel!
—Te digo que sí, que te está sonando. ¡Milagro que tú no la oyes!
Perico, entendiendo al fin la broma, se encerraba de nuevo en su mutismo.
Otras veces, cuando paseaban juntos por el Retiro y llevaban largo rato sin despegar los labios, decía Miguel:
—¿A que no sabes, Perico, para lo que me sirves tú en el paseo?
—¿Para qué?
—Para darme sombra.
En efecto, Mendoza era tan alto y tan gordo, que la figurilla de Rivera se resguardaba perfectamente detrás de él.
—En resumidas cuentas, lo mismo me da caminar contigo por aquí que con un árbol frondoso: eres tan fresco y tan sombrío como cualquiera del Retiro.
Y cuando algún amigo los tropezaba y les decía:—Siempre juntitos, ¿eh?—Miguel contestaba guiñando el ojo:—El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.
Perico ponía una cara muy indigesta y masticaba algunas palabras de disgusto.
Siguió aplicándose el hijo del brigadier al estudio del derecho, si bien con cierta desigualdad: mientras en algunas asignaturas apretaba de firme y llamaba poderosamente la atención del profesor y los compañeros, otras las abandonaba casi por completo. Su padre le seguía visitando una que otra vez y se mostraba en extremo complacido de su conducta y aplicación: no tanto de su economía; fuese por motivo del gasto suplementario que Mendoza le ocasionaba o por su propia prodigalidad, o por ambas cosas a la vez, lo cierto es que gastaba bastante más de lo que debiera. Cuando el brigadier se lo advertía suavemente, quedaba algunas horas triste y pesaroso, formaba propósitos de enmienda; pero a los pocos días olvidábase enteramente de ellos y seguía dando acometidas crueles al bolsillo paterno. Pasaba las vacaciones en Madrid, o a todo más se iba algunos días al Escorial en compañía de una familia conocida. El brigadier, cuando llegaba el verano, le invitaba a irse con ellos a un pueblecito de la costa donde solían pasar los meses de calor; pero Miguel observaba tal vacilación y frialdad en este convite, que comprendía perfectamente que no debía aceptarlo: su presencia en la casa era ocasionada a muchos disgustos, y de ningún modo quería que su buen padre padeciese ninguno por su causa.
En el cuarto año de su carrera se hizo presentar como socio en el Ateneo. Desde entonces fue asiduo discípulo de sus cátedras y tertuliano de sus pasillos; mañana, tarde y noche, en todas las horas que las clases le dejaban libre, se encerraba en el clásico establecimiento, centro resplandeciente en aquella época de las ciencias y las letras; ordinariamente pedía un libro y se enfrascaba en la lectura; en poco tiempo se tragó un número considerable de volúmenes, versando casi todos sobre estética y filosofía. Era el terror del bibliotecario, pues le traía constantemente en ejercicio, encaramado sobre los armarios. Una vez en posesión del libro apetecido, nuestro mancebo corría a sentarse al lado de la chimenea y se dejaba tostar las pantorrillas, mientras el cerebro navegaba por los mares ignotos de la metafísica; primero faltaría el sol en su carrera, que nuestro estudiante en una de las butacas de terciopelo carmesí del Ateneo. Al llegar el mes de octubre empezaba éste a poblarse, y sus pasillos a rebosar de campeones literatos y filósofos que noche y día se ejercitaban en el arte de la discusión; no sin detrimento de los tímpanos de otros socios más pacíficos. Al mismo tiempo se abrían la cátedras donde se explicaban las materias más indispensables para la vida: los orígenes de los pueblos semíticos; examen del código Gregoriano; el hombre en el terreno terciario, etc., etc. En la sesión de ciencias morales se debatían arduos e interesantes problemas: en la de literatura se leían versos tan arduos, aunque menos interesantes.
Una noche al levantarse la sesión, Miguel sintió que le tocaban en el hombro; era Valle, el marido de su prima Eulalia, uno de los oradores más importantes a la sazón, no sólo del Ateneo, sino también del Congreso. Los años habían arrancado a su rostro aquel tinte afeminado y poético de que hemos hecho mención y se lo habían dado más varonil, trasformándolo en un hombre hermoso y distinguido; gastaba largos bigotes, donde brillaba ya tal cual hebra de plata; vestía con refinada elegancia y continuaba sonriendo con dulzura a cuanto le decían. Por lo demás, hacía ya tiempo que era moderado, y de los más intransigentes; había sido gobernador en varias provincias y diputado en dos legislaturas. Desde algunos años antes, los niños a cuya protección había dedicado tantos desvelos yacían abandonados a sus propias fuerzas, lo mismo que los negritos. De aquella fervorosa manifestación de entusiasmo democrático y tierna sensibilidad, sólo quedaban en las librerías de viejo algunos residuos acusadores. En varias de ellas solía verse todavía algún folleto abolicionista de Valle con su correspondiente negrito aherrojado en la cubierta, las manos levantadas al cielo en demanda de justicia. Ningún transeúnte le hacía caso, y era más que probable que así se estuviese de rodillas hasta que fuese a parar más tarde o más temprano al montón del papel inútil; el mismo Valle, al cruzar por delante de él, solía apartar los ojos con desprecio, no exento de rencor. El negrito auténtico, esto es, el de carne y hueso que asistía a los banquetes abolicionistas, hacía ya tiempo que había desaparecido de Madrid sin que nadie supiese dónde había ido a parar: tal vez cansado y ahíto de las comidas sentimentales, se hubiera marchado al África a reponer el estómago con los platos más nutritivos de la cocina antropófaga.