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Romance de lobos, comedia barbara cover

Romance de lobos, comedia barbara

Chapter 11: JORNADA TERCERA
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About This Book

La obra desarrolla un drama en tres jornadas que mezcla lo grotesco y lo macabro: un hidalgo atraviesa visiones nocturnas de ánimas y brujas mientras la acción alterna escenas en la casa señorial, entierros, procesiones y agrupaciones de mendigos y marginales. Emplea coros, monólogos y un lenguaje muy imagístico para componer atmósferas carnavalescas y siniestras; los episodios exploran la culpa, la superstición y la descomposición social con ironía amarga y un tono folclórico que combina lo religioso con lo pagano.

JORNADA SEGUNDA

ESCENA SEXTA

Sobre la encrucijada de dos caminos aldeanos, un campo de yerba humilde salpicada de manzanilla, donde hay un retablo de ánimas entre cuatro cipreses. Es paraje en que hacen huelgo los caminantes, y rezan las viejas, anochecido. Don Rosendo, Don Mauro y Don Gonzalito, descansan al pie de los cipreses, con los caballos del diestro. Más lejos un mozo aldeano deja pacer la yunta de sus vacas, y a lo largo de los caminos, que se pierden entre verdes y sonoros maizales, trotan cabalgadas de chalanes que van de feria, y cruzan graves y procesionales, viejos vestidos de estameña, con sus grandes bueyes de cobre luciente, hermosos como ídolos, con verdes ramos de roble en las testas.

DON MAURO

¿Dónde se habrá metido el clérigo?

DON ROSENDO

En casa de alguna moza.

DON MAURO

A Pedro son muchos los que le han visto pasar solo. ¿Cómo se habrán separado?

DON GONZALITO

Reñirían al repartirse lo que nos robaron.

DON ROSENDO

¡Lástima que no se matasen!

DON MAURO

Hay que volver por allá….

DON GONZALITO

Si ellos no nos ganan la mano.

DON MAURO

¡Haber olvidado la capilla!

DON ROSENDO

Cuando se tiene una pena no se está para recordar….

DON GONZALITO

¡Pobre madre! Ella acudía a todos, y teníamos un amparo…. ¿Pero ahora, qué será de nosotros?… Hemos amargado sus últimos momentos con nuestras disputas. ¡Somos como fieras!

DON MAURO

Lo hicimos de obligados. Si no lo hacemos, los otros bandidos nos dejan sin una hilacha.

DON GONZALITO

Pero es triste.

DON MAURO

Si, lo es.

Por un momento los tres hermanos quedan silenciosos. Una tropa de chalanes llega y descabalga para descansar a la sombra de los cipreses, dejando libres los jacos en el verde y oloroso campo, que cruzan aquellos caminos aldeanos por donde se pierden huestes de mujerucas, viejas y mozas, que van al molino con maíz y con centeno. Los chalanes son siete: Manuel Tovío, Manuel Fonseca, Pedro Abuín, Sebastián de Xogas y Ramiro de Bealo con sus dos hijos. Oliveros, el mayor, tiene el noble y varonil tipo suevo de un hidalgo montañés. La barba de cobre, los ojos de esmeralda y el corvar de la nariz soberbio, algo que evoca, con un vago recuerdo, la juventud putañera de Don Juan Manuel Montenegro. Allá, en su aldea, la madre y el hijo suelen enorgullecerse de aquella honrosa semejanza con el Señor Mayorazgo. Y Ramiro de Bealo ha conseguido por ello que el viejo linajudo le diese en parcería cuatro yuntas, y en aforo las tierras de Lantañón.

LOS CHALANES

¡Santos y buenos días!

LOS SEGUNDONES

¡Santos y buenos!

RAMIRO DE BEALO

¿El Señor Don Mauro camina para su casa de Bealo?

DON MAURO

Para allá se camina.

RAMIRO DE BEALO

¿Tornan del entierro de la señora mi ama, que goce de Gloria?… ¡Dios les otorgue su santa conformidade!… ¿Por allá verían a la parienta? Cuando salimos para la feria, díjonos que tenía determinado acudir. ¡Por allá la verían! Nos hubiéramos cumplido como ella, de no hallarnos con un buey escordado, sin yunta para labrar la tierra…. Si Dios nos mantiene con vida y salud, el domingo bajaremos a la villa para oír una misa y saludar al Señor Don Juan Manuel.

DON MAURO

Pues yo os digo que en la casa de mi padre hacéis vosotros la misma falta que los canes en la de Dios. Eso os digo.

DON GONZALITO

Harto habéis ordeñado esa vaca, y no penséis que por ser muerta mi madre….

OLIVEROS

Pues allá iremos, sin contar con su venia.

RAMIRO DE BEALO

¡Calla, rapaz! No muevas pleitos.

OLIVEROS

Hablo aquello que bien me parece, mi padre.

DON ROSENDO

¡Lo malo será que te arranquen la lengua!

OLIVEROS

La defienden los dientes.

RAMIRO DE BEALO

Ten miramiento, rapaz.

DON ROSENDO

Defensa de mujer.

OLIVEROS

Y de lobo.

DON MAURO

¡No te los haga yo dejar clavados en la tierra!

OLIVEROS

¡Mucho hablar es!…

DON GONZALITO

Si los quieres bien, no los saques al aire.

OLIVEROS

¡Mírenlos!

Oliveros muestra los dientes albos, jóvenes, fuertes, con un gesto lleno de violencia, que recoge los labios y los estremece con sanguinaria y primitiva fiereza.

DON MAURO

¡Dientes de hambre, no asustan!

OLIVEROS

¡Hambre de morder!

DON GONZAITO

Un mendrugo.

DON ROSENDO

¡Cadelo sarnoso!

OLIVEROS

De su sangre me vendrá la sarna.

RAMIRO DE BEALO

Rapaz, ten miramiento, que son más que tú.

OLIVEROS

A ustede, tócale callar, mi padre.

RAMIRO DE BEALO

Que ellos son caballeros, rapaz.

OLIVEROS

De la nobleza que vengan, vengo yo.

DON ROSENDO

Por detrás de la iglesia no hay nobleza, sino hijos de puta.

DON MAURO

Tú siempre serás el hijo de un cuerno de Ramiro de Bealo.

OLIVEROS

Ni de puta ni de cabrón soy nacido, ni nunca dos veces me lo dijeron.

El Mozo chalan adelanta hacia los segundones blandiendo la luenga pica con que acucia y guía su vacada por llanos y veredas. Los otros chalanes, en bandería, se ponen a su lado, y la tropa de villanos cerca a los segundones.

DON MAURO

¡Para mí, tres!

SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Allá va uno con quien será bastante!

DON ROSENDO

¡No cejes, Gonzalo!

OLIVEROS

¡Miren estos dientes!….

RAMIRO DE BEALO

¡Rapaz, que me matan!… ¡Acude aquí!….

DON MAURO

¡Para mí, tres!

El segundón lanza su grito en medio del campo, como un gigante antiguo, desnudo y vencedor. A sus pies, con la cabeza abierta, muerden la yerba Sebastián de Xogas y Pedro Abuin. Los otros segundones casi sucumben bajo la acometida de todos los chalanes unidos.

DON GONZALITO

¡Siete contra tres!… ¡Miserables!

DON ROSENDO

¡Como si fuesen setenta!

OLIVEROS

¡Yo para uno solo!

El mozo, siempre blandiendo su pica, va sobre Don Mauro. El bastardo y el segundón se miran frente a frente: Oliveros pálido por el ansia de la pelea, estremecido con el deseo del vencimiento, y el segúndon fuerte, soberbio, con la cabeza desnuda y las manos rojas de sangre, como el héroe de un combate primitivo en un viejo romance de Castilla.

OLIVEROS

¡Ahora verás si son buenos los hijos de puta!

DON MAURO

¡Para mis galgos ha de ser tu lengua!

Se acometen los dos: El chalán blande su pica, y el segundón, con arrogante brío, sigue clavándole los ojos, puestas en alto las manos ensangrentadas, para guarnecer su cabeza desnuda. Restalla el golpe. Entre las manos del segundón queda la pica, que vuela por los aires, luego, partida en dos. La lucha continúa brava, bella, rugiente. Los caballos, asustados, huyen arrastrando las riendas, y allá lejos, en medio de los caminos, relinchan. Manuel Tovío, Manuel Fonseca, Ramiro de Bealo y el menor de sus hijos acosan en cerco a Don Gonzalo y Don Rosendo. De pronto, entre el restallar de las picas sobre los cráneos y el cóncavo tundir de los puños contra los pechos, se levanta, como el claro canto de un gallo el grito de Don Manro.

DON MAURO

¡Para mí, tres!

DON ROSENDO

¡Ánimo, hermanos!

DON GONZALITO

¡Ánimo!

Como una ráfaga, la hueste de chalanes siente el triunfo de los segundones. En un tácito acuerdo comienzan a cejar, sin vergüenza de ser vencidos por aquellos tres hidalgos.—¡Que para eso son hidalgos y señores de torre!—Oliveros, en tierra, de cara contra la yerba, ruge, sofocado por las manos del hercúleo segundón. El grito de Don Mauro es un claro clarín.

DON MAURO

¡Para mí, tres!

[Ilustración]

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA

ESCENA PRIMERA

Una rincón en la iglesia de Flavia-Longa. Lega como mosconeo, la voz desentonada y gangosa el abad, un exclaustrado ordo, que guía las Cruces en la Capilla e Jesús Nazareno. Una mujeruca del pueblo, que lleva el manteo a modo de capuz, suspira al terminar sus rezos y besa la tierra con la lengua. Es muy vieja, toda arrugada, con ese color oscuro y clásico que tienen las nueces de los nogales centenarios. Atraviesa la nave, y el lento arrastrar de sus madreñas cuenta sus años. Aquella mujeruca sirve desde niña en la casa de Don Juan Manuel Montenegro: Es Micaela la Roja, que conoció a los difuntos señores cuando entró de rapaza de las vacas, por el yantar y el vestido. Ahora camina apoyada en un palo. Renqueando entra en una capilla con puerta de hierro, toda tristeza y herrumbre, y se acerca a una mujer que reza. Es Sabelita, que fué otro tiempo barragana del Caballero. Con las cabezas juntas hablan quedo en aquella sombra húmeda que parece destilar oraciones, y dos velas se consumen en el altar, dos velas rizadas y pintadas como dos madamas.

LA ROJA

¡Dábame mi alma que aquí la toparía!

SABELITA.

No te ha engañado.

LA ROJA

Cuando remate sus obligaciones, tiene de venirse conmigo.

SABELITA

¿Adonde?

LA ROJA

A la casona.

SABELITA

Roja, no quiero verlos más, ni al padre ni a los hijos….

LA ROJA

A los rapaces, no digo… Mas al señor mi amo fuerza es que le vea.
Cordera, por ese mor vengo procurándola. Está el cuitado como adolecido
desde que tuvo el primer anuncio, que fueron las luces de la Santa
Compaña.

SABELITA

¿Vió a la Santa Compaña?

LA ROJA

Sí la vió…. Era una hueste muy luenga de ánimas en pena, todas vestidas de blanco. Pareciósele de noche en el Campo de la Iglesia.

SABELITA

¡Allá, en Viana!

LA ROJA

¡Y en la misma hora que dejaba el mundo Dama María!… El marinero con la carta llegó después…. Don Galán bajó conmigo a franquealle la puerta.

SABELITA

¿Vosotros vinisteis con Don Juan Manuel?

LA ROJA

Nosotros vinimos por tierra. ¡Ay, cuidé de no llegar! El señor mi amo, embarcó solo en la barca que luego fué náufraga.

SABELITA

¡Qué desgracia tan grande! Recemos una Salve por el descanso de esos pobres marineros ahogados.

LA ROJA

Estaba de Dios que ellos pereciesen y que el amo se salvase.

Las dos rezan a media voz, con un bisbiseo devoto y confuso, que se junta en las sombras de la capilla al chisporroteo de las velas. Las dos inclinan las cabezas y ponen en blanco los ojos para poder alzarlos al altar, desde donde responde a su mirada, la mirada extática de una Dolorosa. El parpadeo de las luces da una apariencia de vida al cerco amoratado de aquellos ojos, a la boca dolorida, a las mejillas con dos lágrimas de cristal. Sabelita y la vieja se santiguan al terminar su rezo.

LA ROJA

Pronto cerrarán la iglesia. ¡Vámonos!

SABELITA

Yo, no….

LA ROJA

Es una obra de caridad que acuda a llevarle un consuelo.

SABELITA

Tú sabes que no puede ser….

LA ROJA

Agora es solamente un pecador arrepentido.

SABELITA

¿Qué dice?

LA ROJA

Con nadie habla y a nadie quiere ver. Encerrado en la alcoba donde murió la santa, se oyen sus pasos, que vienen y que van…. Cuando alguien se acerca requiere la escopeta y amenaza con matarle.

SABELITA

¿Tú no le has visto?

LA ROJA

No, cordera. Su pensamiento es dejarse morir de hambre.

SABELITA

¿Y qué puedo hacer?

LA ROJA

Venir a suplicarle.

SABELITA

No oirá mi voz.

LA ROJA

Es la sola que oirá…. ¡No puede ser que le deje morir solo, como un can!

SABELITA

¡Yo no sé qué hacer!

LA ROJA

¿Qué le dice su corazón?

SABELITA

¡Me dice tantas cosas encontradas!

LA ROJA

¿Y ninguna grita más fuerte?

SABELITA

¡Ah, sí!

LA ROJA

¿Por qué no obedece esa voz.

SABELITA

¡Temo el pecado!…

Sabelita se santigua, y la rosa marchita de su boca se estremece con el murmullo de mi rezo. Sus ojos se clavan en el altar, y las dos velas que lloran sin consuelo sobre las arandelas de cristal, al alma llena de supersticiones milenarias le fingen dos mujeres desmidas que se consumen en llamas, no sabe si las del pecado, si las del infierno. Un viejo de guedejas blancas cruza la iglesia agitando alunas llaves en manojo.

LA ROJA

Vámonos, cordera, que ya San Pedro anda tocando los fierros.

SABELITA

Vámonos….

LA ROJA

¿No le acordó una resolución la Santísima Virgen?

SABELITA

No.

LA ROJA

¿Sigue batallando con sus dudas?

SABELITA

¡Ay, Jesús!

Salen de la iglesia. En el cancel esperan las viudas de los náufragos para tratar del entierro con el señor abad. Es un grupo de mujeres que huelen a marinada, con los ojos encendidos y las greñas flojas, con los vestidos húmedos, pardos, de una tristeza salobre, restos de otros lutos.

LA ROJA

El Señor Don Juan Manuel dispuso que se diese a cada viuda una carga de maíz. ¡Fué la sola cosa que habló!

SABELITA

¡Vamos allá!

LA ROJA

¡Dios te lo premiará, mi hija!

[Ilustración]

JORNADA TERCERA

ESCENA SEGUNDA

Una antesala en la casona. Andreíña hila y otros criados desgranan maíz, a la redonda de una cesta colmada de mazorcas. Hablan en voz baja, atentos a los pasos que vienen y van en la alcoba donde murió la señora ama. La puerta está cerrada, y de tiempo en tiempo alguno de los criados se acerca sin ruido y escucha. Los otros callan contemplándole, y cuando se les junta, otra vez comienza el cálido susurro de la conversación. Y el rumor de los pasos que vienen y van, parece marcar todos los gestos y todas las actitudes de aquellos criados que desgranan mazorcas en la antesala oscura.

ANDREÍÑA

¡Tal como agora véis, de día y de noche!…

EL RAPAZ DE LAS VACAS

¡Por la noche se oían sus lamentos!…

LA RECOGIDA

¡Una voz de desespero que llenaba toda la casa!

ANDREÍÑA

¡La voz del enemigo que tenía en el cuerpo, y turraba por salir!…

LA REBOLA

¡Ave María!

DON GALÁN

¡Ahí lo tenéis arrepentido como un fraile, por lo mucho que hizo sufrir a la señora ama!

LA REBOLA

¿Y dejárase morir de hambre?

DON GALÁN

Antes rabiará.

LA REBOLA

¡Ni que fuera can!

EL RAPAZ DE LAS VACAS

¡Tengo dolidas las manos! ¿Desgrana bien ese carozo, Rebola?

LA REBOLA

Hace él solo la labor.

EL RAPAZ DE LAS VACAS

Yo no atopo uno bueno.

LA REBOLA

Éste lo tuve en el lar, por mor que endureciese.

DON GALÁN

Si me lo regalas, te doy palabra de casamiento.

ANDREÍÑA

¿Y ha de ser ella quien te dé el carozo?

EL RAPAZ DE LAS VACAS

¡Nunca tal ví, ser la mujer quien lleve el carozo!

DON GALÁN

Así juntábamos dos. ¡No tenéis oído que cuanto más, más gracia de Dios!

ANDREÍÑA

¡Gran maricallo!

Doña Moncha entra en la antesala, y los criados al verla, callan, aparecen graves, con algo de sombras en la vastedad de aquella antesala oscura. No se distinguen los rostros, son los ademanes de una rara lentitud y las figuras parecen vestir túnicas de niebla.

DOÑA MONCHA

¿Se oyen sus pasos?

ANDREÍÑA

Sí, señora.

DOÑA MONCHA

¡No descansa!….

DON GALÁN

¡Tiene un verme que le roe y no le deja!

ANDREÍÑA

¡Como si estuviese ya difunto, róele un verme!

Se acerca Doña Moncha a la puerta y escucha. Los pasos se alejan. Espera. Los pasos retornan ya. Doña Moncha pulsa tímidamente en la puerta. Todos callan y esperan.

DOÑA MONCHA

¡Tío!… ¡Tío!… ¡Que se está matando… ¡Tío!… ¡Tío!… ¡Que es un pecado lo que hace! ¡Tío!… ¡Tío!….

ANDREÍÑA

¡No contestará!

EL RAPAZ DE LAS VACAS

¡Hállase firme en dejarse morir de hambre!

DON GALÁN

¡Está adolecido!… ¡Tiene el alma ausente!….

Sin ruido, lentamente, Doña Moncha se aparta de la puerta y se sienta entre los criados a desgranar espigas. Se oye alguna voz apagada, y el alarido del viento y las pisadas que vienen y van. Desgranada una cesta de mazorcas, traen otra. En la antesala vaga ahora una sombra negra, la sombra del capellán.

EL CAPELLÁN

Los pasos no dejan de oírse ni de día ni de noche.

DOÑA MONCHA

¡Ni de día ni de noche!

EL CAPELLÁN

¡Concluirá por enloquecer!

DOÑA MONCHA

¡Enloquecido está ya!

EL CAPELLÁN

¡No debíamos dejarle!

DOÑA MONCHA

¡Pobres de nosotros, qué podremos hacer!… Yo tiemblo cuando me acerco a esa puerta.

DON GALÁN

¡Tiene un verme que le roe!

ANDREÍÑA

¡Como si estuviera ya difunto, cómele, cómele!….

El capellán se acerca a la puerta y pulsa con los artejos. Espera un momento, y como ninguna voz responde, vuelve a pulsar. Les pasos vienen y van.

EL CAPELLÁN

¡Señor Don Juan Manuel!… ¡Señor Don Juan Manuel!… ¡Dios nos manda tener valor! Debemos conservar la existencia como un dón precioso, y amarla a pesar de sus espinas….

ANDREÍÑA

¡No responderá!

LA RECOGIDA

¡Es como un rey, y a nadie escucha!

La sombra del clérigo vuelve a vagar por la antesala. Los criados comentan en voz baja, graves, lentos, reunidos a la redonda de la cesta llena de mazorcas, y sus voces supersticiosas, parece que van en la oscuridad, de un misterio hacia otro misterio. Y los pasos vienen y van.

ANDREIÑA

¡Y así día y noche!

LA RECOGIDA

¡No descansa!

DON GALÁN

¡Ya tendrá su descanso, y qué luengo será!

LA RECOGIDA

¡Para siempre!

EL RAPAZ DE LAS VACAS

¡No escucha ninguna voz!

ANDREÍÑA

¡Ya escuchará la de Nuestro Señor!

LA RECOGIDA

¡Esa todos los nacidos la escuchamos!

ANDREÍÑA

¡Es más fuerte que el huracán!

EL RAPAZ DE LAS VACAS

¡Y más que los truenos!

DON GALÁN

¡Y más que el broar de la mar!
 LA RECOGIDA

Esta noche no dejó de oírse la mar de Corrubedo.

LA REBOLA

¡Dicen que se oye en la redondez de quince leguas!

ANDREÍÑA

¡En toda la redondez del mundo óyese la voz de Nuestro Señor!

Cesa de pronto la glosa de los criados que hacen rueda desgranando mazorcas. Artemisa la del Casal, moza blanca y rubia, briosa y rozagante, con manteo cercado de velludo y capotillo mariñán, acaba de aparecer en el umbral de la antesala. Se la tiene por hija bastarda del Caballero. Trae de la mano a un niño de ojos picarescos, que se tambalea sobre los zuecos blancos, que muestran no haber pisado la tierra. Un tirante amarillo cruza el pecho del rapaz con la prosapia de una banda, y sujeta el calzón de pana, que no llega a los zuecos. En una mano sostiene el gorro catalán, que aún tocaba su cabeza al parecer en la antesala, y en la otra estruja una rana viva.

ARTEMISA

¡Santas y buenas noches! Saluda, Floriano.

EL NIÑO

¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!….

ARTEMISA

Besa la mano al señor capellán. Besa también la mano a Doña Moncha.

DOÑA MONCHA

¿Qué os trae?

ARTEMISA

Saber si ha tenido mudanza el señor.

EL CAPELLÁN

Parece resuelto a dejarse morir.

ARTEMISA

¡La Santísima Virgen de Gundarín no lo permitirá!

ANDREÍÑA

¿Y si lo quiere así la Santísima Virgen?

DON GALÁN

¡Tópanse con gana de pleitos en el Cielo!

ARTEMISA

Todo el día estuve con cuidado, y el pequeño, como sentíame suspirar, habían de ver qué consuelos me daba. ¿Y sigue de la misma conformidad el señor?

DOÑA MONCHA

De la misma.

ARTEMISA

¿Por qué le dejan así? Acabará por subírsele toda la sangre a la cabeza.

DOÑA MONCHA

Háblale tú a ver si te responde. ¡Yo tiemblo de acercarme a esa puerta!

Artemisa la del Casal, se acerca a la puerta con el niño de la mano. En la alcoba los pasos vienen y van obstinados y extraños como el pensamiento de los locos. Artemisa atiende algunos momentos.

ARTEMISA

¡Pasea en la oscuridad!

EL CAPELLÁN

Al entrar en la alcoba, mandó clavar las ventanas.

ARTEMISA

¡Señor!… ¡Señor!… ¿Ya no me conoce? ¡Soy Artemisa!… ¡Señor, franquee la puerta! ¡Por el alma de aquella santa! ¡Señor, que soy Artemisa!

Las pisadas que vienen y van dejan de oírse y la puerta se abre con estrépito. En el umbral, sobre el fondo oscuro de la alcoba, aparece la figura de Don Juan Manuel Montenegro. Tiene un fulgor de cólera en las pupilas, en las manos de marfil añoso la escopeta, y su barba se derrama sobre el pecho, trémula y blanca.

EL CABALLERO

¡Será preciso que mate a uno! ¡No me dejaréis morir en paz!… ¡Malditos todos, que llegáis a esta puerta y no respetáis mi dolor! ¡Yo también seré maldito, porque vosotros no me dejáis morir arrepentido! ¡Mis horas están contadas!… ¡Tengo ya la sepultura abierta! ¡Dejadme! ¡Toda la noche han aullado los perros!… ¡Cierro los ojos para morir, y vuestras voces me despiertan!… ¡Sois como las hienas, que desentierran a los cadáveres!… ¡Tendré que mataros!… ¡Dejadme, hienas y lobos y escorpiones!… ¡Dejadme que muera y que la tierra caiga a puñados sobre mis ojos!…

El viejo linajudo atraviesa la antesala y huye por el largo corredor lleno de resonancias. Todos se miran en silencio, con ojos de susto, y se acercan, uno a uno, al umbral de la alcoba que hiede a muerte. Allí agrupados dudan de entrar, como si continuasen oyendo aquellos pasos obsesos y viesen la sombra, en la sombra ir y venir.

ARTEMISA

¡Espanto en el alma me pusieron sus palabras!

DOÑA MONCHA

¡Son bien de espantar!

LA RECOGIDA

¡Quiere morir!

ANDREÍÑA

¡Y buscará la muerte!

ARTEMISA

¡Y condenará su alma!

LA RECOGIDA

¡Adonde irá!

DON GALÁN

¡Si no le temiere, iría tras él!

El CAPELLÁN

¡No acosemos al león!… Si nuestros ojos no pueden seguirle, que le sigan nuestras oraciones.

El capellán pasea la estancia de uno a otro testero, con un murmullo de rezo, y los criados, reunidos a la redonda de la cesta colmada de mazorcas, hablan en voz baja. De pronto se oyen pisadas de caballos refrenados ante el portón.

DOÑA MONCHA

¿Qué será en tal hora?

EL CAPELLÁN

Los lobos que bajan del monte. ¿Quiénes pueden ser sino los hijos?….

DON GALÁN

Llegan para repartirse la herencia.

ARTEMISA

¡Pronto tuvieron noticia!….

DON GALÁN

¡Alguna bruja!….

ANDREÍÑA

¡De hoy son nuestros amos.

[Ilustración]

JORNADA TERCERA

ESCENA TERCERA

Don Juan Manuel Montenegro cruza una y otra calle, calles angostas asombradas por altas tapias, sobre las cuales ya se derrama una higuera, ya descuella un ciprés. ¡Viejas calles de una vieja villa feudal, con iglesias, con caserones, con huertos conventuales! De los negruzcos aleros gotea la lluvia, y en las angostas ventanas que se abren debajo asoma el contorno de un gato, alguna rara vez.

EL CABALLERO

¿Dónde esperar la muerte sin que me acosen con sus voces?… ¿En qué oscura cueva de lobo o de león iré a esconderme?… ¡No hallo paz en la vida!¡Fui pastor de lobos y ahora mis ganados me comen ¡Engendré monstruos y estoy maldito! ¿Por qué de aquel vientre de mujer santa salieron demonios en vez de ángeles con alas? ¡Estaba maldito el sembrador! ¡Estaba maldita la simiente! ¡Muerte, no tardes! ¡Sácame de este pozo de sierpes y dame a tus gusanos!… ¡Que me coman tus hijos, pero no los míos! ¡Muerte, no tardes! ¡Dios, si por mis pecados no me quieres, deja que me arrebate Satanás!

El Caballero cruza ante dos mujeres que se asustan del encuentro. Pasa sin verlas y solamente se detiene cuando le llaman con plañideros gritos. Entonces reconoce a la vieja criada y a Sabelita.

LA ROJA

¡Señor mi amo, adónde camina en esta hora?

SABELITA

¡Don Juan Manuel! ¡Madre de Dios!

LA ROJA

¡Señor, adónde camina con la blanca cabeza descubierta a la lluvia?

EL CABALLERO

¿De qué infierno habéis salido? ¿Por qué me detenéis? ¿Por qué me habláis cuando huyo de vuestras voces?… ¡Isabel, qué me quieres? ¡Me abandonaste un día y ahora vuelves a mí, acompañada de una bruja! ¿De qué infierno sales, Isabel? ¿Cuál es tu nombre ahora?

SABELITA

¡Soy Isabel, señor!….

EL CABALLERO

¡El demonio no te llama Isabel!… ¡El demonio te llama voz de mentira, cuervo de ingratitud, sierpe de hipocresía, brasa de lujuria!¡Sólo la santa de quien fuimos verdugos te llama Isabel! ¡Ay, para ella todos éramos sus hijos!… ¡Pero Satanás no tiene en los labios el amor de aquella boca ya muda!… ¡Isabel, tú para mi te llamas remordimiento, y esa bruja, bruja!

Desaparece el Caballero en la sombra. Las dos mujeres, asustadas, no se atreven a seguirle. Por algunos momentos se oyeron pasos en la soledad de la calle. ¡Huecos y resonantes pasos! El Caballero baja a la playa. El viento bordonea en el mar.

EL CABALLERO

¡Mar, tus olas no se abrieron para tragarme!… ¡Quisiste aquellas vidas y no quisiste la mía!¡Si me tragases, mar, y no arrojases mi cuerpo a ninguna playa!¡Si me sepultases en tu fondo y me guardases para ti!… ¡No me quisiste aquella noche, y soy más náufrago que esos cuerpos desnudos que bailan en tus olas!… ¡Tengo la pobreza y la desnudez y el frío de un náufrago! ¡No sé adonde ir!… ¡Si la muerte tarda, pediré limosna por los caminos!… ¡Y el mar, aquella noche, pudo caer sobre mi cuerpo, como la tierra de la sepultura, y no me quiso!… ¡Ya soy pobre! ¡Todo lo he dado a los monstruos! ¡Mi alma en otra vida, aquella vida de que huyo, también fué un mar, y tuvo tempestades, y noches negras, y monstruos que habían nacido de mí! ¡Ya no soy más que un mendigo viejo y miserable! ¡Todo lo he repartido entre mis hijos, y mientras ellos se calientan ante el fuego encendido por mí, yo voy por los caminos del mundo, y un día, si tú no me quieres, mar, moriré de frío al pie de un árbol tan viejo como yo! ¡Las encinas que plantó mi mano no me negarán su sombra, como me niegan su amor los monstruos de mi sangre!….

A lo largo de la playa bajan tres negras figuras. Sobre sus hombros se alarga un palo, que allá en su extremo parece levantar hacia la luna en dos cuernos, la dentadura de una vieja. Las tres figuras negras van delante del Caballero. De tiempo en tiempo se detienen, y sobre las olas crestadas de espuma alargan sus varales, y los dientes de bruja que se abren al extremo desaparecen sepultos en el mar. El Caballero pasa por entre aquellas figuras que, asombradas, le reconocen. Son tres mendigos que en las noches de resaca catean por la playa buscando los tesoros de un naufragio. El viejo linajudo también reconoce aquellas sombras. El Morcego, la coima, y un loco que se llama Fuso Negro.

EL CABALLERO

¿Qué trasgo o qué bruja os ha convocado aquí?

FUSO NEGRO

La luna….

LA MUJER DEL MORCEGO

Buscamos los tesoros de una gran nave que venía no se sabe de dónde….

EL MORCEGO

Un gran bergantín, que naufragó en la mar de Corrubedo.

LA MUJER DEL MORCEGO

Pudiera suceder que las olas tuviesen más caridad que algunos corazones, y esta noche nos arrojasen alguna cosa, remedio de nuestra pobreza.

EL CABALLERO

¡Las olas no tienen caridad!

LA MUJER DEL MORCEGO

Para muchos la tuvieron….

EL MORCEGO

Y no hay otra playa como esta, adonde salgan tantas tablas de navíos.

LA MUJER DEL MORCEGO

Y por veces cosas de gran riqueza….

FUSO NEGRO

Plata fina, y joyas….

EL CABALLERO

¡Y también algún ahogado comido de los peces!

FUSO NEGRO

Hace años salió el cuerpo de un rey con su corona de oro y pedrería… Traíala tan bien puesta, que no se le pudo arrancar y fué menester cortarle la cabeza….

EL CABALLERO

¡Con cuántos náufragos no habrá hecho lo mismo vuestra codicia!

FUSO NEGRO

Aquel era un rey de morería. La sangre que le manaba del cuello era negra.

EL CABALLERO

Si yo hubiera naufragado aquella noche, vosotros también habríais segado mi cabeza, aun cuando no llevase una corona. Se la venderíais a mis hijos y os la pagarían bien.

LA MUJER DEL MORCEGO

¡No diga, tal señor!

FUSO NEGRO

Se la presentaríamos en una fuente de plata cuando estuviesen sentados a la mesa.

EL CABALLERO

Y se la comerían como un rico manjar.

FUSO NEGRO

Don Pedrito diría: ¡Yo quiero la lengua! Don Gonzalito diría: ¡Yo quiero los ojos! ¡Y cómo le habían de chascar bajo los dientes!

EL CABALLERO

¡Y se matarían disputándoselos!

FUSO NEGRO

Los huesos serían para los canes.

EL CABALLERO

Los canes no comen a los amos.

LA MUJER DEL MORCEGO

¿Y pueden los hijos comer a los padres, mi señor?

EL CABALLERO

¡A mí me comieron el corazón!

FUSO NEGRO

Aun cuando lo arrancaren del pecho con los dientes, vuelve otro a nacer. Retoña como un verde laurel… ¡No hay que tener miedo!

LA MUJER DEL MORCEGO

Sólo lo come de raíz, el verme de la muerte. En tanto dure la vida, es como una fontela donde todos acuden a beber y nadie la seca.

EL MORCEGO

Una fontela tiene agua para todas las sedes.

EL CABALLERO

¿Y no habéis visto fuentes secas?

EL MORCEGO

En tiempo de calores.

LA MUJER DEL MORCEGO

Mas aquéllas habíalas secado el sol, y no la boca de un sediento.

FUSO NEGRO

Los lobos que quieren beberse toda el agua de las fuentes, mueren como odres reventadas.

EL CABALLERO

¿Por qué habéis dicho que el corazón es como una fuente? En las fuentes se envenenan las aguas y mueren los que beben de ellas….

EL MORCEGO

¡También el corazón tiene su ponzoña!

EL CABALLERO

Pero no la vierte en las bocas que le muerden, sino que las recibe de ellas.

FUSO NEGRO

El corazón es como la niña del ojo. Adonde mira aquello tiene en el fondo. Unas veces fuente, y otras roquedo… Unas veces los dientes arregañados de un lobo, y otras un resplandor.

EL CABALLERO

¿Por qué dirán que estás loco, Fuso Negro?

LA MUJER DEL MORCEGO

Dícelo él, por no trabajar.

FUSO NEGRO

Lo dicen los rapaces por poder tirarme piedras. En todas las villas tiene de haber un loco y un mayorazgo.

EL MORCEGO

Ya baja la marea. Hoy las ondas no quisieron hacer nuestra suerte.

LA MUJER DEL MORCEGO

¡Si la hace con una limosna el señor mayorazgo!…

EL CABALLERO

He llegado a ser tan pobre como vosotros. Si no tuviese abierta la sepultura, tendría que ir en vuestra caravana por los caminos, mendigando el pan. La muerte ya marcó mis horas, y para poder morir en paz, he abandonado a mis hijos todo cuanto tenía.

LA MUJER DEL MORCEGO

¿Y adónde va en esta noche?

EL CABALLERO

Ya os dije que voy a morir.

LA MUJER DEL MORCEGO

La muerte viene sin que la llamen. ¡No la busque que es muy grande pecado, señor!

EL CABALLERO

No la busco… ¡La espero porque me fué anunciada!… Un gran cirio, todo de luz, se ha encendido dentro de mi y me guía y me alumbra. He visto en abismos donde sólo se ve cuando se tiene cavada la fosa. He aprendido, al final de mis días, que todos debemos traer por lecho de muerte un muladar, y voy a él. La tierra ha de dármelo, mucho antes que el mar, a vosotros, esos tesoros de naufragios que buscáis….

El Caballero se aleja lentamente. Los tres mendigos le miran desvanecerse entre los roquedos de la playa. La Luna parece agigantar la figura del viejo hidalgo y poner un nimbo en su cabeza blanca y desnuda.

[Ilustración]

JORNADA TERCERA

ESCENA CUARTA

Una costa brava ante un mar verdoso y temeroso. Lomas de arena, con pinares desmedrados en lo alto, y en la bajada un charcal salobre, donde blanquean los huesos de una vaca. Larga bandada de cuervos revolotea sobre aquella carroña, bajo un cielo gris de amanecer. En el fondo de una caverna socavada por el mar, el viejo linajudo espera la muerte como un viejo león. Ante sus ojos nublados ve aparecer la sombra de Fuso Negro.

FUSO NEGRO

Tou! ¡Tou! ¡Tou!… Ya somos dos.

EL CABALLERO

¡Tampoco aquí podré estar sólo para morir en paz!…

FUSO NEGRO

El señor mayorazgo tiene sus palacios y su cama con dosel… Aquí haránsele llagas las costas….Para el cuerpo de los señores es muy duro el cocho de Fuso Negro.

EL CABALLERO

¿Duermes en esta cueva?

FUSO NEGRO

Unas veces duermo y otras veces velo.

EL CABALLERO

¡Yo te pido que me dejes morir aquí!

FUSO NEGRO

¿Quiere hacerse ermitaño el señor mayorazgo? Iráse el loco a reinar en sus palacios. Tendrá su manto de una sábana blanca y su corona ribeteada de papel. Tendrá su mesa con pan de trigo y cuatro odres haciendo una cruz. El uno de vino del Rivero, el otro de vino de la Ramallosa, el otro de vino blanco Alvariño y el otro del buen vino que beben los abades en la misa, y si parida, el ama en la cama. ¡Iráse el loco a los palacios del señor mayorazgo!

EL CABALLERO

Ya no tengo palacios. Todo lo he repartido entre mis hijos para que no acabasen en la horca y fuesen deshonra de mi linaje. ¡Todo lo di!

FUSO NEGRO

¡Tou! ¡Tou! ¡Tou!… ¡Ya somos hermanos!

EL CABALLERO

Un ángel y un demonio me están abriendo la sepultura, a la luz de un cirio. El ángel cava, el demonio cava… Uno a la cabecera, otro a los pies… El demonio con una guadaña, el ángel con una concha de oro. ¿No los ves, hermano Fuso Negro? El ángel cava, el demonio cava….Uno a la cabecera, otro a los pies….

FUSO NEGRO

El ángel cava, el demonio cava….¡Bien que los veo! El demonio agora enciende un cigarro con un tizón que saca del rabo.

EL CABALLERO

¿Tú los ves, Fuso Negro?

FUSO NEGRO

¡Si que los veo!

EL CABALLERO

¿Estás seguro?

FUSO NEGRO

¡Sí que los veo!

EL CABALLERO

Yo dudaba que fuese delirio de mis sentidos…. Apenas distingo tu sombra en esta cueva. He venido aquí para morir….Fuí toda mi vida un lobo rabioso, y como lobo rabioso quiero perecer de hambre en esta cueva….Hermano Fuso Negro, me cortarás la cabeza y se la llevarás a mis hijos. Verás cómo te visten de seda esos monstruos nacidos de mi sangre.

FUSO NEGRO

¿Cuántos son?

EL CABALLERO

Cinco.

FUSO NEGRO

¡Cinco cirios, cinco rabos, cinco demonios coronados!

EL CABALLERO

¡Demonios son!

FUSO NEGRO

Hijos del Demonio Mayor, que cinco veces estuvo en la cama con aquella que ya dejó el mundo.

EL CABALLERO

¡No la nombres, boca miserable! ¡Boca de escorpión! ¡Boca de serpiente!

FUSO NEGRO

¿Ya no somos hermanos?….¡Y todo porque le cuento las burlerías del Demonio Mayor! Los cinco mancebos son hijos de su ciencia condenada. ¡Arreniégola! ¡Arreniégola!….De la su mano derecha a cada cual dióle un dedo con su uña, para que rabuñasen en el corazón de mi hermano el señor mayorazgo. Hermano de este día, por parte de los caminos, y de pedir por las puertas, y de la cueva para morir….Hermano de este día….¡Tou! ¡Tou!….Van por un camino toda la vida los hermanos y no se reconocen….Van por un camino. ¡Tou! ¡Tou! ¡Tou!

EL CABALLERO

¡Hermanos todos, todos hijos de Satanás! ¡Y no se reconocen!…

FUSO NEGRO

También hay los hijos de Dios Nuestro Señor….

EL CABALLERO

Todos hermanos por parte de la tierra, que es nuestra madre. ¿Tú dices que mis hijos tienen un dedo de Satanás? Todos los tenemos para robar, para matar, para hacer una higa….

FUSO NEGRO

Los cinco mancebos son hijos del Demonio Mayor. A cada uno le hizo un sábado, filo de media noche, que es cuando se calienta con las brujas, y todo rijoso, aullando como un can, va por los tejados quebrando las tejas, y métese por las chimeneas abajo para montar a las mujeres y empreñarlas con una trampa que sabe….Sin esa trampa, que el loco también sabe, no puede tener hijos….Y las mujeres conocen que tienen encima al enemigo, porque la flor de su sangre es fría. El Demonio Mayor anda por las ferias y las vendimias, y las procesiones, con la apariencia de una moza garrida, tentando a los hombres. Frailes y vinculeros son los más tentados. ¡Ay, hermano, cuántas veces habremos estado con una moza bajo las viñas sin cuidar que era el Demonio Mayor de los Infiernos! El gran ladrón se hace moza para que le demos nuestra sangre encendida de lujuria, y luego, dejándonos dormidos, vuela por los aires….Con la misma apariencia del marido se presenta a la mujer y se acuesta con ella. ¡Cata la trampa, porque entonces tiene la calor del hombre la flor de su sangre y puede empreñar! Al señor mayorazgo gustábanle las mozas, y por aquel gusto el Diablo hacíale cabrón y se acostaba con Dama María.

EL CABALLERO

Yo no soy cabrón.

FUSO NEGRO

El Diablo púsole sus cuernos.

EL CABALLERO

Tendrían que ser cabrones todos los hombres para que lo fuese Don Juan
Manuel Montenegro.

FUSO NEGRO

¡Todos lo son, y por eso está lleno el mundo de hijos de Satanás!

Aquí Fuso Negro saca un mendrugo de entre la camisa y comienza a roerlo, con la mirada adusta y obstinada. El Caballero cierra los ojos y se recuesta sobre las algas que sirven al loco de camada. Se oye el bordón del viento y el tumbo de las olas en la playa. El Caballero suspira sin abrir los ojos.

EL CABALLERO

¿Tienes hambre, hermano Fuso Negro?

FUSO NEGRO

Los vinculeros y los abades siéntanse a una mesa con siete manteles, y llenan la andorga de pan trigo y chicharrones. Luego a dormir y que amanezca. ¡Jureles asados!….¡Sartenes sin rabos!….¡Una vieja con los ojos encarnados!… El loco tiene siempre hambre!….

EL CABALLERO

¡La furia de tus dientes me desvela!

FUSO NEGRO

¡Es duro como un hueso este rebojo!

EL CABALLERO

¡Yo hace dos días que no como, y toda el hambre dormida se despierta oyéndote roer!….

FUSO NEGRO

¡Parezco un can!

EL CABALLERO

¿Es el mar o son tus dientes en el mendrugo?

FUSO NEGRO

¡Cómo broa el mar!

EL CABALLERO

¡No sé si el mar, si tus dientes, hacen ese gran ruido que no me deja descansar y se agranda dentro de mí!

FUSO NEGRO

¡Es la voz de la cueva!

El Caballero se tiende sobre las algas que sirven de camada a Fuso Negro. En la concavidad del escabón parece aletear un gran pájaro invisible que acordase su vuelo con la voz del viento y el tumbo de las olas. La cortina cenicienta de la lluvia ondula en el claro de luz que recorta la boca de la cueva. Algunas sombras llegan a cobijarse y se agrupan en el umbral, alentando afanosas de la carrera. Aquellas figuras que huyen del nublado se destacan por oscuro sobre el fondo del mar tendido de espuma. Son cuatro niños descalzos, con los pelos crespos y una mujer de luto.

LA MUJER

¡Tiempo de aguas!….¡Tiempo de tormentas!…. ¡Tiempo maldito!….¡Miseria para los pobres!….¡Lutos y hambres!….¡Cúbrese el sol!….¡Sentarvos en la tierra a descansar, mis hijos!…¡Aún hemos de ir mucho por este arenal!…¡Vos dolerán los pies si no descansáis!… ¡Repartirvos ese pan!….¡Tiempo de tormentas!….¡Tiempo de dolor!…

FUSO NEGRO

Si tuviésemos un amparo de leña encenderíamos una hoguera.

LA MUJER

No se distingue en esta oscuridad … ¿Eres tú, Fuso Negro? Si bajaste por este arenal de lobos, acaso sabrás en qué playa echaron las olas el cuerpo de un ahogado. A la media noche llegaron a decírmelo. Batieron en la ventana. No conocí quién era.

FUSO NEGRO

¿Inda la mar no quiso darte el cuerpo de Venturoso?

LA MUJER

Dijo la voz que en la playa de Campelos….Allá voy por ver si le reconozco. Las cuatro criaturas despertáronse llorando al oír petar en la ventana…. ¡Creían que era el ánima de su padre! Esta mañana, rayando el día, fuí a la casa grande por tener un socorro para este camino tan largo. ¡Echáronme los canes!….¡Malditos sean todos los ricos!

FUSO NEGRO

Largo camino haces para las criaturas. Si les atares una cuerda, podías descansadamente llevarlas por la mar y tú ir por la tierra.

LA MUJER

…¡Y tenían dicho que darían socorro a las viudas y a los huérfanos! ¡El mayorazgo huyóse para no cumplirnos la manda! ¡Cinco lobos dejó alrededor de su silla vacía! ¡Ay, Montenegro, negro de corazón! ¡Por tu imperio se hicieron aquellos pobres a la mar, en una noche tan fiera! ¡Cuando seáis mozos, reclamarle cuentas, mis hijos, que él os dejó sin padre! ¡Mal can le arranque el corazón y lo lleve por este arenal! ¡Mal cuervo le coma los ojos! ¡Malas ortigas le broten en el pecho! ¡Mal avispero le nazca en la lengua!

EL CABALLERO

¡Calla, mujer, que tus maldiciones ya se cumplen!

El Caballero se incorpora en el lecho de algas, y la viuda y los cuatro niños tiemblan al reconocerle. En la oscuridad de la cueva apenas se distingue la sombra del viejo linajudo, y su voz tiene una resonancia oscura de caos y tinieblas como si saliese de la oquedad del roquedo.

LA MUJER

¡Tanta es la dolor de mi alma, que hablo sin sentido!… ¡Por estas cuatro criaturas, no me haga mal, señor Vinculero!

EL CABALLERO

¡Fuiste a mi casa y encontraste cerrada la puerta!

LA MUJER

¡Me echaron los canes!….¡Pedía un bien de caridad para abrir una cueva!….

FUSO NEGRO

¡Cinco cirios, cinco rabos, cinco demonios coronados!

EL CABALLERO

¡Yo cavaré la cueva para tu marido! Si faltase azada, la cavaré con mis manos….Para la mortaja iré a pedir una limosna en la casa que fue mía, y si hallo la puerta cerrada la derribaré para que entres tú con tus hijos….

FUSO NEGRO

¡Y el loco también!

EL CABALLERO

¡Haré respetar mi voluntad! Los muertos serán sepultos y amparados los vivos. Se cumplirán todas las mandas que ordené. Venid conmigo, y en el umbral de mi Casa me veréis pedir una limosna para vosotros. Después, cúmplanse tus maldiciones, y lleven los perros por este arenal mi corazón desesperado.

El Caballero sale de la cueva. La lluvia moja su cabeza blanca y su barba patriarcal que aborrasca el viento, llevándola de uno al otro hombro. La viuda, el loco y los niños le siguen como sombras de su delirio. Van los niños atenazados a la falda de la madre, y llorando de miedo. Todos parecen perdidos en la vastedad del páramo.

EL CABALLERO

¡Desfallezco de hambre!….¡No veo!…¡Apenas puedo andar!… Esos niños que me den un poco de su pan.

LA MUJER

¡Ya nada les queda, señor!

EL CABALLERO

¡Dios haga que no caiga muerto en medio del camino! ¡Vamos!

[Ilustración]