Ahora voy yo.
DON FARRUQUIÑO
Tú me esperas arriba. Tienes que darme los brazos para que suba. Si saltas nos quedamos sin poder salir, porque están todas las puertas cerradas.
Sube las gradas del presbiterio Don Farruquiño, y luego de hacer una genuflexión ante el altar, abre el sagrario, de donde saca el copón y la patena, que tienen en sus manos el áureo brillo de un tesoro. Con religioso respeto los contempla, colocándose bajo la lámpara.
DON FARRUQUIÑO
Por fortuna, no tiene ninguna sagrada forma el copón. ¡Dios ha hecho que los otros bandidos perdiesen la memoria, porque hubieran entrado aquí y todo lo hubieran profanado para venderlo!… Pedro, tú te llevarás la lámpara, que es de plata, y yo conservaré los vasos sagrados para dedicarlos al culto. Hay que salvar el sacrilegio.
DON PEDRITO
Ya arreglaremos eso… Ahora lo que cumple es esconderlo todo en el cuarto de la criada vieja.
DON FARRUQUIÑO
Lo enterraremos en la bodega.
DON PEDRITO
De enterrarlo, sería mejor debajo del altar. Ahí estaba seguro… Cuando el capellán ocultó el alijo de armas para la facción nadie dió con él.
DON FARRUQUIÑO
¿Y luego cómo lo sacábamos? Porque estas puertas se cierran para nosotros apenas asome Don Juan Manuel.
DON PEDRITO
Lo mejor es el arca de la criada, y nadie sospechará….
Mientras habla el primogénito, el tonsurado vuelve a subir las gradas del presbiterio y apaga la lámpara, que por fundación debe arder noche y día. Helado y sobrecogido, oye en la oscuridad la voz de su hermano que le habla con el cuerpo fuera de la tribuna y los ojos lucientes de fiebre, como un poseído.
DON PEDRITO
No pises sobre la sepultura de mi madre… ¡Ladrón!
DON FARRUQUIÑO
¿Qué estás diciendo?
DON PEDRITO
No pises sobre la sepultura. Está enterrada delante del altar. No pises sobre ella… ¡Puede levantarse!….
DON FARRUQUIÑO
¡Tú estás borracho, ladrón!
El primogénito recoge el cuerpo, doblado sobre el barandal de la tribuna, y sonríe desvanecido, pasándose una mano por los ojos.
DON PEDRITO
Es verdad, estoy borracho sin haber bebido… ¡Ojalá estuviese borracho!… No olvides que las despabiladeras también son de plata.
DON FARRUQUIÑO
Si dejo algo serán las campanas, ladrón.
DON PEDRITO
¡Alabado seas!
Don Farruquiño se encarama en el retablo y despoja de su espada de plata al tutelar de la capilla. Los ojos del tiñoso Satanás ríen encarnizados bajo las plantas del Arcángel.
DON FARRUQUIÑO
¡Dispensa, pero para eso estás encima, Glorioso San Miguel!
DON PEDRITO
Ya lo tienes estrujado como la uva, y no necesitas de la espada,
Santiño Bienaventurado.
El otro bigardo posa familiarmente una mano sobre aquella cabeza de moro negro, que saca la lengua de sierpe al ser aplastada por las angélicas plantas, y sonríe con la malicia del tonsurado que sabe cómo todas las astucias del rebelde son juegos ante el poder de los exorcismos. Siempre con la misma sonrisa, le arranca un cuerno.
DON FARRUQUIÑO
Te quedas a media asta, Lucifer.
DON PEDRITO
¿También son de plata?
DON FARRUQUIÑO
En la duda….
DON PEDRITO
Arráncale el otro cuerno.
DON FARRUQUIÑO
¡No grites, ladrón! El otro se lo dejo para que se defienda, ya que cayó debajo.
Salta al presbiterio desde la mesa del altar, y otra vez su hermano se alza despavorido, y otra vez grita echando el cuerpo fuera de la tribuna, con los ojos ardidos y visionarios.
DON PEDRITO
¡No pises sobre la sepultura!… ¡Que se levanta!… ¡Que se levanta!….
DON FARRUQUIÑO
¡Tú quieres asustarme, gran ladrón!
DON PEDRITO
Le has puesto el pie sobre el pecho. Yo la ví levantarse en la caja, con las dos manos apretadas sobre el corazón, y lo tiene lleno de espadas como la Virgen de los Dolores. También son de plata, Farruquiño. ¡No las dejes! ¡No las dejes! ¡No las dejes!
DON FARRUQUIÑO
¡Ladrón, calla, que me estás asustando! ¡Si se me han puesto los pelos de punta! ¡Callarás, ladrón!
DON PEDRITO
¿Qué fué?… ¿Por qué has apagado la lámpara si en la oscuridad los ojos están llenos de luces?
DON FARRUQUIÑO
Ciérralos y no hables, que son desvaríos del vino.
DON PEDRITO
¡Apenas lo caté!….
DON FARRUQUIÑO
Entonces son burlas del amigo a quien hemos dejado sin un cuerno.
DON PEDRITO
Devuélveselo, Farruquiño.
DON FARRUQUIÑO
¡Una higa! Bastará con que reces un Credo.
DON PEDRITO
Me pareció ver la sombra de mi madre y hasta entender su voz. ¡No pises sobre la sepultura, porque se levanta, Farruquiño!
DON FARRUQUIÑO
¡Estás loco!
DON PEDRITO
¿Qué le dolerá más, sentir las espadas clavadas en el corazón o el arrancárselas? ¡Son siete, y no cabe mentir!… ¡Son siete, como las espadas de la Virgen!… Siete de espadas, te jugaré, Farruquiño, y también el as, la espadona de San Miguel… Todo lo guardas en la sepultura… Es mejor que el arca de Andreíña.
DON FARRUQUIÑO
¡Tú quieres asustarme, y voy a abrirte la cabeza, ladrón!
Se vuelve buscando en la sombra del retablo algo que arrojar a su hermano para ahuyentarle de la tribuna, y alcanza el perro clavado en las andas de San Roque. Don Pedrito recibe el golpe en mitad de la frente, y con el rostro atravesado por un hilo de sangre se pone en pie, pálido y sereno.
DON PEDRITO
¡Hermano, yo nada quiero de toda esa plata! Llega te daré los brazos para que subas. Pero vuelve a encender la lámpara y déjalo todo como estaba. A San Miguel dale la espada y su cuerno a Satanás.
DON FARRUQUIÑO
¡Un rayo te parta!
DON PEDRITO
Hermano, sal de ese pozo negro. Llega, y te daré los brazos. Pero no pises sobre la sepultura. ¡Que se levanta!… ¡Que se levanta!… ¡Que se levanta!….
Sale de la estancia andando hacia atrás. Despavorido bajó a la cuadra, donde tiene su caballo, le puso la silla y se lanzó al camino, aquel camino aldeano de verdes orillas, que cruza por delante de la casona hidalga. Uno de esos caminos humildes, que guían a todas partes.
[Ilustración]
JORNADA SEGUNDA
ESCENA SEGUNDA
Un poco más adelante, siguiendo por aquel camino humilde de verdes orillas, un paraje de álamos y de agua. El primogénito encuentra a su padre, que viene a pie entre la hueste de mendigos, y refrena el caballo haciéndose a un lado para dejar paso a todos. Don Juan Manuel no le reconoce hasta cruzar por su lado. Entonces le mira con altivez, pero sin cólera, desengañado, desdeñoso, triste.
EL CABALLERO
¡Ah!… Eres tú, bandido.
DON PEDRITO
¡Yo soy!
EL CABALLERO
Al fin nos encontramos. ¿Te han dicho que tienes mi maldición?
DON PEDRITO
Sí, señor.
EL CABALLERO
¿Y no te importa?
DON PEDRITO
No, señor.
EL CABALLERO
La verdad es que una maldición no mata ni espanta.
El caballero se coge la barba estremecida por la risa, una risa extraña, de viejo loco, desengañado y burlón. Don Pedrito requiere las riendas.
DON PEDRITO
¡Déjeme pasar, padre!
EL CABALLERO
Antes dirás por qué no te importa mi maldición. ¿Te hace reir?
DON PEDRITO
No me hace reir….
EL CABALLERO
Pues a mí me hace llorar de risa verme lanzando excomuniones como el
Papa.
DON PEDRITO
¡Deje paso, señor!
EL CABALLERO
A un hijo tan bandido como tú no se le maldice, se le abre la cabeza.
DON PEDRITO
Yo no soy su hijo, Don Juan Manuel.
El Caballero aferra con una mano las riendas, mientras con la otra enarbola el bastón. El primogénito, doblándose sobre el borrén y corriendo espuelas encabrita el caballo, y el padre, sin soltar el rendaje, le apalea.
EL CABALLERO
A un hijo tan bandido se le abre la cabeza. ¡Se le mata! ¡Se le entierra!
DON PEDRITO
¡No me encienda la sangre, que si me vuelvo lobo, lo como!
EL CABALLERO
Apéate del caballo, y verás quién tiene más fieros dientes.
DON PEDRITO
¡No me tiente, señor!
EL CABALLERO
¡Apéate, para que sepas quién es el lobo!
Trémulo, con los ojos ardientes, salta a tierra el primogénito y va contra su padre, que le espera en medio del camino con el bastón enarbolado. Detrás se extiende la hueste de mendigos, que tiemblan de miedo y de frío bajo sus harapos, al intentar interponerse.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Señor Don Pedrito, considere que es su padre, y que le ha dado la vida, y que puede quitársela. ¡El padre es como el Dios del Cielo!
EL MANCO LEONÉS
Muestre su noble sangre volviéndose atrás por el camino que traía, joven caballero.
DOMINGA DE GÓMEZ
Con un padre no hay que tener valentía.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Un padre nos da disciplinazos, y cuando corra la sangre hemos de besarle las manos.
DOMINGA DE GÓMEZ
Quisiera yo, cuitada de mí, ver alzarse a mi padre de la cueva, aunque fuera para arrastrarme de los cabellos, que no tengo.
Don Pedrito queda un momento suspenso en medio del camino, y siempre trémulo, mira cómo su caballo se huye al galope por una siembra, pisándose las bridas.
EL CABALLERO
¿Por qué te detienes, mal hijo?
DON PEDRITO
Por ver si entre tanto misionero había alguno que fuese para alcanzarme el caballo.
EL CABALLERO
¡Y tú te llamas lobo!
DON PEDRITO
Lobo seré si mi padre vuelve a levantar su brazo sobre mi cabeza.
EL CABALLERO siente la amenaza y adelanta hacia su primogénito. Don Pedrito ceja, se recoge, y con un salto impensado, arranca su bordón al leproso. Armado y, apercibido, hace con él un circulo en el aire que tiene un terrible zumbar. Cuando el padre y el hijo van a encontrarse, se interpone entre ellos la figura gigante y trágica del Pobre de San Lázaro.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
El palo que a mí me sostiene por los caminos no ha de alzarlo contra su padre. Diómelo como una cruz Nuestro Señor Jesucristo.
DON PEDRITO
Apártate, leproso.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Antes vuélvame el palo con que voy por el mundo, que si no me lo vuelve yo lo tomaré.
DON PEDRITO
¡Ay de ti si me tocan tus manos podridas!
Con lento andar, de una humildad fuerte y solemne, avanza el Pobre de San Lázaro. El capote de soldado que le cubre parece aumentar la expresión trágica de aquella figura gigante y mendiga. Don Pedrito retrocede estremecido, y arroja el bordón lejos de sí. Detrás del pobre está la sombra de Doña María.
DON PEDRITO
¡Ten tu cruz, hermano!
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Gracias, noble señor.
DON PEDRITO
¿Tú no sabes dónde hallaré yo la mía?
EL POBRE DE SAN LÁZARO
No sé…. Eso nadie lo sabe hasta que una vez en la noche, durmiendo en un pajar o caminando solo por un camino, se aparece el ángel que nos habla en nombre de Nuestro Señor.
EL CABALLERO
¡Job, no digas tonterías!… Si te parece cambiaremos nuestras cruces….
Ofrece su bastón al leproso el viejo linajudo, y recoge del sendero el palo del mendigo. El primogénito se aleja hablando solo, y atraviesa la siembra por cobrar el caballo que pace allá en el fondo arrastrando el rendaje. Monta, y al galope desaparece. El Caballero, ceñudo y sombrío, sigue su peregrinación entre la hueste mendicante que renueva, las voces de su planto cuando ve las torres de Flavia-Longa.
LOS MENDIGOS
¡Era la madre de los pobres! ¡Nunca hubo puerta de más caridad! ¡Dios nuestro Señor la llamó para sí y la tiene en el Cielo al lado de la Virgen Santísima! ¡Era la madre de los pobres!
[Ilustración]
JORNADA SEGUNDA
ESCENA TERCERA
La cocina, en la casona de Flavia-Longa. Don Rosendo, Don Mauro y Don Gonzalito, se desayunan con migas y buen vino, al amor de la lumbre. Andreíña, la criada vieja y encubridora, trae la nueva de que está llegando Don Juan Manuel.
ANDREÍÑA
Distínguesele por el alto de Las Tres Cruces.
DON GONZALITO
Nos da tiempo para acabar las migas.
DON ROSENDO
Mi plato que lo rebañen los galgos.
DON GONZALITO
Yo tengo mi caballo ensillado y llenas las alforjas.
DON MAURO
Yo también, no hay más que montar y poner espuelas.
DON ROSENDO
¿Dónde están las mías, Andreíña?
ANDREÍÑA
Mírelas colgadas de aquel clavo.
DON MAURO
¿Qué habrá sido de mis hermanos Don Pedro y Don Francisco?
ANDREÍÑA
¡Fuéronse cuánto hace!
DON ROSENDO
¿Tú los has visto caminarse?
ANDREÍÑA
Así muerta, me entierren.
DON GONZALITO
¿No estarán escondidos?
ANDREÍÑA
¿Dónde quiere que se escondan, mi rey?
DON GONZALITO
Pues a fe que no hay sitios: En el pajar, en la torre, en la capilla…. ¡Un rayo me parta! Nos hemos olvidado de las alhajas de la capilla.
DON ROSENDO
¡Maldita suerte!
DON MAURO
¿No habrá tiempo todavía?
ANDREÍÑA
Mismo está llegando el señor mi amo.
Don Mauro apura un vaso que, al terminar de beber, estrella en las losas de la cocina, y volviéndose a la vieja criada, con una mano la suspende del cuello y con la otra desnuda un puñal. Andreíña clama despavorida.
DON MAURO
He de segarte la lengua si dices una sola palabra a mis hermanos. Como lleguen a desaparecer las alhajas de la capilla ya puedes confesarte. Te desuello, y clavo en la puerta de mi casa tu piel de bruja.
ANDREÍÑA
¡En los días de mi vida hice a nadie una mala traición!
DON MAURO
Tú fuiste quien les entregó la plata, y es inútil que lo niegues.
Se oye el confuso clamor de los mendigos en la portalada de la casona, y la voz autoritaria y conmovida del viejo linajudo, que sube la escalera.
EL CABALLERO
¡Ya dieron tierra a tu cuerpo! ¿Rusa, por qué me dejas tan solo? ¡Que al pie de tu sepultura caven la mía!… ¡Rusa! ¡Rusa! ¡Rusa!
LOS MENDIGOS
¡Era la madre de los pobres! ¡Fruto de buen árbol! ¡Tierra de carabeles!
Atropelladamente, los tres bigardos salen de la cocina rosmando amenazas, y por el portón del huerto huyen a caballo. La vieja, con la basquiña echada por la cabeza a guisa de capuz, se acurruca al pie del hogar y comienza a gemir haciendo coro a la querella de los mendigos. Entra otra criada, una moza negra y casi enana, con busto de giganta. Tiene la fealdad de un ídolo y parece que anda sobre las rodillas. Le dicen por mal nombre la Rebola.
LA REBOLA
¡Qué susto grande!… Escuché una voz que salía de lo más fondo de la capilla, al pasar por la sala de la tribuna.
ANDREÍÑA
¡Calla, condenada!… Cúbrete la cabeza con el manteo, y llora conmigo.
LA REBOLA
¡Señora, mi ama! ¡Señora, mi ama!
ANDREÍÑA
¡Qué poca gracia tienes, condenada! Adeprende cómo se hace un planto. ¡Rosa de Jericó! Rosa sin espinas! ¡Mi reina de las manos blancas, que hilaban para los pobres!…
LA REBOLA
¡Paloma sin hiel! ¡Paloma de la Candelaria!
ANDREÍÑA
¡Árbol que a todos dabas tu sombra!
LA REBOLA
¡Peral de ricas peras!
Resuenan en la largura del corredor las voces y los pasos de los mendigos, y en la puerta de la cocina está la prócer figura del Caballero. Las dos mujeres, arrodilladas al pie del hogar y cubiertas las cabezas, ponen más altos sus ayes.
EL CABALLERO
Alzaos del suelo y atended a mis huéspedes. Dadles a todos de comer y beber. Vosotros entrad calentaos al amor de la lumbre.
ANDREÍÑA
Poco hay en la casa para tanto hambriento.
EL CABALLERO
¡Calla, vieja sierpe!
DOMINGA DE GÓMEZ
Dejaime que llegue al hogar, pues vengo aterida.
EL MANCO LEONÉS
¡Dios se lo premie al noble señor!
EL MORCEGO
¡Qué gran cocina!
LA MUJER DEL MORCEGO
Parece la de un convento, Morcego.
EL MANCO DE GONDAR
Como corresponde a la grandeza de la casa.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Veinte criados caben a la redonda del hogar, y otro tiempo se juntaban.
Yo también me senté con ellos, que aún no tenía este mal tan triste.
EL CABALLERO
Ahora te sentarás conmigo para que yo pueda sentarme algún día al lado de mi muerta. Bruja, abre el horno y repártenos el pan.
ANDREÍÑA
¡Ay, señor mi amo, está vacío el horno!
EL CABALLERO
Enciéndele, y amasa la harina más blanca de la flor del trigo.
ANDREÍÑA
¡Ay, señor mi amo, no hay harina, ni grano que llevar al molino!
EL CABALLERO
¿Qué ha sido del trigo y el centeno que llenaba mis arcaces?
ANDREÍÑA
¡Ay, señor mi amo, comiéronle las ratas.
EL CABALLERO
Enciende el horno…. Si no hay harina que cocer te quemaremos a ti por bruja.
ANDREÍÑA
¡Murióse aquella santa, que si ella no se muriese no recibiera yo este trato! ¡Bruja! Nadie en el mundo me dijo ese texto, que vengo de muy buenos padres, y no habrá cristiano que me haya visto escupir en la puerta de la iglesia, ni hacer los cuernos en la misa mayor. ¡Ay, muerte negra, que te llevas a los mejores y dejas a los más ruines!
El Caballero se sienta solo en un banco que hay frontero al hogar, y permanece abatido y sombrío, con los ojos en la hoguera de sarmientos que levanta sus lenguas de oro hacia el fondo negro y brujo de la chimenea, donde resuenan las risas del viento. Los mendigos se agrupan al otro lado, y hablan en voz baja.
EL CABALLERO
Calentaos, ya que sólo puedo ofreceros el techo y la lumbre. Don Juan
Manuel Montenegro hoy es tan pobre como vosotros.
DOMINGA DE GÓMEZ
Es rico de caridad.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
En donde está el fuego, está Dios Nuestro Señor. El fuego es más que el pan y que el agua y que la sal. Todo en el mundo, para ser, requiere una chispa de lumbre. Lo mismo el vino que la sangre, y los ojos si han de tener luz, y la tierra si ha de dar fruto. Yo llevo este mal tan triste porque un gran frío me recorre el cuerpo, y me toca el fuego y no lo siento calentar mi carne muerta. En la noche no se ve nada y se ve una hoguera, y del cielo ninguna cosa baja a la tierra, si no es el agua y el fuego, que tienen una hermandad….
En la cocina resuenan los lloros del niño que mama en el pecho de Paula la Reina. La mendiga trata de acallarle con el susurro de un canto, y, toda atenta, sigue las palabras del leproso, mientras saca por encima del justillo el otro pezón, para ofrecérselo al niño, que llora de hambre.
PAULA LA REINA
Eh, meniño, eh!.
Pra Santo Tomé….
¿Teu pai quen foy?
¿Tua nay quen e?…
¡Eh, meniño, eh!…
EL CABALLERO
¿Por qué no le retuerces el cuello a esa criatura, Paula? ¿No ves cómo llora?
PAULA LA REINA
¡Hijo de mis entrañas?
El CABALLERO
¿Qué derecho tienes para darle tu miseria? Guarda tus pechos, y déjalo morir. ¿Ves cómo llora de hambre? Pues así habrá de llorar toda la vida. ¿No te da lástima, mujer? Retuércele el cuello para que deje de sufrir, y da libertad a su alma de ángel…. ¡Ojalá nos retorciesen el cuello a todos cuando nacemos! ¡Ojalá yo se lo hubiese retorcido a mis hijos… ¿Han estado aquí esos sepultureros, Andreíña?
ANDREÍÑA
Cuando entraba el señor mi amo, ellos salían fugitivos.
EL CABALLERO
¿Han cavado bien honda la sepultura de su madre?
ANDREÍÑA
Ellos no la cavaron.
EL CABALLERO
¿Bien honda, bien honda, que haya sitio para mí?
ANDREÍÑA.
¡Asús, parecen palabras de fiebre!…
DOMINGA DE GÓMEZ
La pena que le cubre el corazón hácele decir esos textos.
El Caballero guarda silencio. Los mendigos se agrupan en torno del fuego, y con los brazos apretados sobre sus harapos se estremecen, con ese estremecimiento feliz de los vagabundos que saben del albergue y del fuego. Entra el capellán.
EL CAPELLÁN
¡Un resucitado!… ¡Le veo y no me parece Don Juan Manuel! ¡Vengo de la playa, de esperar la barca de ese infeliz Abelardo!
EL CABALLERO
¿No habrá llegado?
EL CAPELLÁN
¡Ni llegará!… Naufragaron….
EL CABALLERO
¿Y han perecido todos?
EL CAPELLÁN
¡Todos!… El cuerpo del patrón dicen que ha salido en la playa de Rajoy…. Yo le hacía embarcado con ellos al Señor Don Juan Manuel. ¡Es providencial!
EL CABALLERO
¡Dios quiere darme tiempo para que me arrepienta de mis pecados!
EL CAPELLÁN
¡No lo olvide, Señor Don Juan Manuel!
EL CABALLERO
¡Les forcé para que se hiciesen a la mar, y con ellos estuve embarcado toda la noche!… La muerte estaba en acecho, y la sentí pasar por mi lado. Estaba en aquella barca de pescadores y en esta casa mía…. Por donde voy descubro las huellas de su paso. ¡He visto sus luces!
EL CAPELLÁN
La muerte va con nosotros desde que nacemos.
EL CABALLERO
Yo siento sus pasos en esta casa vacía…. Esta casa que parece también estar muerta, toda silenciosa, toda fría, toda oscura, huérfana de la pobre alma…. ¡Yo no cerré sus ojos, ni besé sus manos de cera! ¿Por qué al menos no me esperasteis para dar tierra a su cuerpo?
EL CAPELLÁN
Se corrompía todo, señor.
EL CABALLERO
¡Miseria de la carne!
EL CAPELLÁN
Los gusanos le corrían. Formaban nido en la cabeza y bajo los brazos.
EL CABALLERO
¡Miseria de la vida!
EL CAPELLÁN
Dijeron que se le había abierto la madre de los gusanos, la gusanera, como cuentan de un rey de las Españas.
EL CABALLERO
¿Dónde ha muerto? Quiero ver su alcoba. Allí estará su sombra, esperándome…. Mis brazos de carne no podrán estrecharla… Pero las almas se abrazan, porque también son de sombra, y los vivos oyen a los muertos.
El viejo linajudo sale seguido del capellán. Después de un instante en torno del fuego, bajo la chimenea donde resuenan las risas del viento, comienzan a despertarse las voces de los mendigos, apagadas y llenas de misterio.
DOMINGA DE GÓMEZ
¡En una casa tan rica no haber pan en el horno!… ¡Vísteislo vosotros jamás de los jamases?
ANDREÍÑA
Comiólo quien tenía dientes.
EL MORCEGO
Entonces no fuiste tú.
ANDREÍÑA
Fué quien sabía agradecello.
LA MUJER DEL MORCEGO
No te enciendas, criatura.
DOMINGA DE GÓMEZ
¡Ni harina ni grano en una casa tan rica!
EL MANCO LEONÉS
No parece que haya pasado la muerte, sino un turbión.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
Las casas más grandes se consumen como los cirios del velorio, cuando los hijos se alzan contra los padres y pelean por las herencias.
EL MORCEGO
¡Yo que esperaba comer compango!
LA MUJER DEL MORCEGO
No la acertamos, Morcego.
DOMINGA DE GÓMEZ
La Gloriosa Santa Baya, mándanos tal castigo porque dejamos su romería.
EL MANCO LEONÉS
El señor amo, no olvidará la promesa que nos hizo.
EL MANCO DE GONDAR
Siempre fué muy liberal.
EL MORCEGO
¿No habrá nada que arrebañar por las alhacenas, Andreíña? ¿Algo habrán dejado los abades que cantaron el entierro?
ANDREÍÑA
Comiéronlo las ratas.
Asoman en la puerta de la cocina el Ciego de Candar y el rapaz que le sirve de lazarillo. El ciego es un viejo de perfil monástico, con una capa tabacosa, que le llega a los zuecos. La zampoña que lleva a la espalda le hace el bulto de una joroba, bajo la luenga capa. El lazarillo va cargado con las alforjas: Es un niño aldeano vestido de estameña, con la guedeja trasquilada sobre la frente con tonsura casi medioeval.
EL CIEGO DE GONDAR
¿Hay licencia?
ANDREÍÑA
No la has menester.
EL CIEGO DE GONDAR
¿Y un sitio al amor de la lumbre?
ANDREÍÑA.
Si no es más que eso….
EL CIEGO DE GONDAR
Y una fabla que he de tener contigo, Andreíña.
ANDREÍÑA
¿Una fabla?
EL CIEGO DE GONDAR
Y muy secreta.
EL MORCEGO
Así muerto me entierren, si no viene por pedirte promesa de casamiento.
Darásnos los aguinaldos.
ANDREÍÑA
Vos daré asados los cuernos de una cabra.
La vieja criada llega adonde el ciego, y aparta, con su diestra de bruja al lazarillo, empujándole hacia el hogar donde se agrupa la hueste mendicante. El Ciego de Gondar y la vieja se enredan en una plática que comienza en alta voz y acaba en susurro de secreto.
EL CIEGO DE GONDAR
Bien de mi corazón, allega si quieres, y si non non, que por el mundo sobran mujeres.
ANDREÍÑA
¡Valiente prosero!
EL CIEGO DE GONDAR
Allega tu pico, paloma real, allega tu pico, que no soy gavilán.
ANDREÍÑA
Acaba de una vez, que se me va la lumbre.
EL CIEGO DE GONDAR
Hermana Rebola, sopla en el lar. Nos, tras de la puerta, hemos de amasar, meter y sacar y dar de barriga. No riades, rapaces, que no hay picardía.
Celebran los mendigos aquellas clásicas burlas, y en tanto las glosan, la criada y el ciego hablan bajando la voz.
ANDREÍÑA
¿Qué hay?
EL CIEGO DE GONDAR
Agora verás. Topábame sentado al abrigo de la capilla, en la misma puerta, y oigo golpes por la banda de dentro, respondo batiendo con el zueco, y escucho la voz de Don Farruquiño.
ANDREÍÑA
¿Tú dices verdad?
EL CIEGO DE GONDAR
Está allí como prisionero, y mandóme que llegase secretamente a decírtelo para que vieses manera hablarle por la sala de la tribuna.
ANDREÍÑA
Toda estoy temblando. Los otros hermanos son capaces de matarme.
EL CIEGO DE GONDAR
Yo cumplo con darte el aviso.
ANDREÍÑA
Agora mismo voy ver….
Andreíña sale de la cocina, y el ciego, tentando con el palo, se acerca al hogar, guiado por las voces de los mendigos que ahora comentan el naufragio de la barca de Abelardo.
EL CIEGO DE GONDAR
¿Habláis de esos cinco mozos ahogados?
PAULA LA REINA
¡Es una compasión de Dios!
DOMINGA DE GÓMEZ
Inda no se sabe si han perecido los cinco.
EL CIEGO DE GONDAR
En toda la largura de la playa solamente se oyen las voces de las mujeres y de las criaturas.
PAULA LA REINA
¡Pobres almas, qué triste suerte les espera!
DOMINGA DE GÓMEZ
La misma que a todos nosotros. ¡Pedir una limosna por las puertas!
EL CIEGO DE GONDAR
Por agora, la mar sólo ha echado el cuerpo del patrón y el del rapaz.
LA MUJER DEL MORCEGO
¿De quién era el rapaz?
EL CIEGO DE GONDAR
No sé decírvoslo.
LA REBOLA
Era el hijo más nuevo de la Garula.
EL MORCEGO
¡Valiente borrachona está la madre!
EL MANCO LEONÉS
Hace bien. En el mucho beber no hay engaño, y el mejor amigo es el jarro.
EL CIEGO DE GONDAR
Donde están todos los males es en el agua ¡Mira si no el hijo! Lo que la madre no cató en toda la vida, lo achicó en una noche el cuitado.
PAULA LA REINA
¡Ay, muerte negra!
EL POBRE DE SAN LÁZARO
¡Mejor está que nos!
DOMINGA DE GÓMEZ
El mundo solamente es para los ricos.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
El mundo no es para nadie. ¿Qué hace un rico si arrastra la cadena de una cativa enfermedad? El mundo es una cárcel escura por donde van las almas hasta que se hacen luz. El Señor Mayorazgo cuando poco hace te decía que torcieses el cuello a tu hijo, sin duda pensaba en todas las tribulaciones de su vida.
DOMINGA DE GÓMEZ
¡Miray que fué suerte la suya al desembarcar en aquella playa!
LA MUJER DEL MORCEGO
¡Naufragar todos y salvarse él solo!
EL CIEGO DE GONDAR
Al Señor Mayorazgo no lo quieren ni los arroases de la mar, ni los
Demonios del Infierno.
EL POBRE DE SAN LÁZARO
¡Será para Dios Nuestro Señor!
Se oyen pasos en el corredor, y los mendigos callan. La Rebola echa en el fuego un haz de sarmientos que ahuman y chascan bajo las lenguas de la llama, y una gran hoguera irrumpe de pronto. La hueste mendicante, con estremecimientos humildes, con un gesto sórdido, se agrupa en torno del hogar. Benita la Costurera asoma en la puerta y murmura la rancia salutación.
BENITA LA COSTURERA
¡Alabado sea Dios!
MUCHAS VOCES
¡Por siempre bendito y alabado!
BENITA LA COSTURERA
¿No está Andreíña?
LA REBOLA
Agora vuelve.
BENITA LA COSTURERA
¿Dónde anda?
LA REBOLA
Salió a un enredo.
BENITA LA COSTURERA
Lo mismo tiene que seas tú. En un vuelo vas al horno de la Curuja… Es mandato del Señor Don Juan Manuel. Te llegas, y dices que toda la hornada la traiga a la casona, que es para repartir entre los pobres… A luego, subiráse vino de la bodega y mataránse doce palomas en el palomar.
Benita la Costurera se limpia los ojos enfermos con un trapo de hilo que trasciende a estoraque, y sale de la cocina. La hueste mendicante tiene un murmullo de gracias, en unas bocas triste, y en otras bocas jocundo. Como un rezo en la boca llagada del leproso.
[Ilustración]
JORNADA SEGUNDA
ESCENA CUARTA
La capilla. Don Farruquiño aparece en el presbiterio, sentado en un escaño con espaldar de viejo y noble belludo, orlado por grandes clavos de bronce. Enfrente se abre el arco de la tribuna, donde se sume la figura negra y bruja de Andreíña.
ANDREÍÑA
¡Toda estoy temblando, mi rey!
DON FARRUQUIÑO
¿Te dijo el ciego lo que habías de hacer?
ANDREÍÑA
Algo me dijo… ¡Mas los otros juraron segarme el cuello!
DON FARRUQUIÑO
Busca la llave, y me la echas….
ANDREÍÑA
No sé cómo lograrlo, pues la tiene el señor capellán.
DON FARRUQUIÑO
Se la robas.
ANDREÍÑA
¿Mas con qué engaño?
DON FARRUQUIÑO
Cuando duerma. ¿Él se acuesta con tigo o con la Rebola?
ANDREÍÑA
¡Asús! ¡Qué picardías habla!… Ciego había de estar para condenarse con la Rebola! ¡Y lo que es conmigo! ¡Asús! Llevo muchos años a cuestas, cuatro onzas y un doblón, para que me tienten los Díaños…. No diga esas picardías, mi rey, que un día le sale una avispa en la lengua…. Yo le serviré con toda voluntad en aquello que pueda, y cuantas llaves hay en la casona veré de traérselas, por si alguna abre.
DON FARRUQUIÑO
Si no, tendré que salir poniendo fuego a la puerta.
ANDREÍÑA
Yo veré de servirle…. Mas luego no olvide la promesa que me hizo de tener a una de mis rapazas como su ama.
DON FARRUQUIÑO
Ya te dije que si alcanzo un curato, me llevo a las dos.
ANDREÍÑA
Tanto no pido, ¡Asús!….
Se santigua la vieja encubridora, y el tonsurado segundón se pone en pie, y avizora hacia la puerta que comunica con la casona, una puerta pequeña en la sombra húmeda del muro de piedra, que rezuma. Se oye el rechinar de la llave. Don Farruquiño se esconde en el rincón más oscuro, y espera. La puerta se abre, y una sombra se aparta para dejar paso al Caballero. Otra sombra negra y bruja, huye de la tribuna.
EL CABALLERO
¡Señor capellán, por qué no está encendida la lámpara?
EL CAPELLÁN
Se habrá bebido el aceite alguna lechuza.
EL CABALLERO
Siento el volar de unas alas en esta oscuridad.
EL CAPELLÁN
Aquel ventanal tiene rotos los cristales, y como entra el viento pudo entrar la lechuza.
EL CABALLERO
Las alas que yo siento se abren dentro de mí.
Avanzan las dos sombras hacia el presbiterio. Sus pasos huecos, en la soledad de la capilla, tienen una vaga resonancia, y las palabras un misterio de sombra.
EL CABALLERO
¿Dónde está enterrada?
EL CAPELLÁN
Esta losa la cubre, señor.
EL CABALLERO
Es preciso que la levantemos, Don Manuelito. ¡Quiero verla!
EL CAPELLÁN
Nuestras fuerzas no bastan, señor.
EL CABALLERO
¡Piedra, piedra, levántate!
Don Juan Manuel se arrodilla ante la sepultura, y entenebrecido, y suspirante, reza en voz baja. El capellán, en tanto, escudriña en la sombra con recelosa previsión. De pronto da una gran voz, grande y estentórea.
EL CAPELLÁN
¡Falta la lámpara!
EL CABALLERO
¡Trágame, tierra!
EL CAPELLÁN
¡No han sido lechuzas las que entraron aquí, fueron lobos!
EL CABALLERO
¡Ni una luz que alumbre tu sepultura, pobre Rusa! ¡Nada han dejado! ¡Rusa, pide por mí y por esos ladrones que bebieron la leche de tus pechos! ¡Son nuestros hijos, María Soledad!
El CAPELLÁN
¡Y no han temido la cólera divina!
EL CABALLERO
Y tampoco temen la mía, Don Manuelito!
EL CAPELLÁN
¡El Señor pudo enviar sobre sus cabezas un rayo que los aniquilase!
EL CABALLERO
Yo pude enviarles un tiro.
EL CAPELLÁN
¡Son como fieras!
EL CABALLERO
Son lobeznos, hijos de lobo.
EL CAPELLÁN
El Señor Don Juan Manuel nunca ha sido como ellos.
EL CABALLERO
¡Yo he sido siempre el peor hombre del mundo! Ahora siento que voy a dejarlo, y quiero arrepentirme. La luz que ellos apagaron se enciende en las tinieblas donde el alma vivía, y para que mi linaje, donde hubo santos y grandes capitanes, no lo cubran mis hijos de oprobio, acabando en la horca por ladrones, les repartiré mis bienes y quedaré pobre, pobre de pedir por las puertas…. Ahora probemos entre los dos a levantar la sepultura…. ¡Quiero ver a mi muerta!… ¡Acaso me hable!
EL CAPELLÁN
Esos son delirios, Señor Don Juan Manuel.
EL CABALLERO
¡Piedra, levántate!
EL CAPELLÁN
¡Don Juan Manuel somos viejos! Somos viejos y la vejez no tiene fuerzas. En otro tiempo no digo que no la hubiésemos levantado….
EL CABALLERO
Y ahora también.
EL CAPELLÁN
Somos viejos.
EL CABALLERO
Mayor peso llevo sobre los hombros.
EL CAPELLÁN
Y el que nunca se dobló, se dobla.
EL CABALLERO
Sí, me doblo, y sólo anhelo dejar la vida, Don Manuelito.
EL CAPELLÁN
Ya tuvo el consuelo de rezar sobre la sepultura…. Vámonos de aquí….
¿Mas, qué ruido fué ese?….
EL CABALLERO
Conseguí mover la losa.
EL CAPELLÁN
¡Tiene los brazos de hierro!
EL CABALLERO
¡Me sangran las manos!
EL CAPELLÁN
Yo le ayudaré, señor. ¿Dónde hallaríamos algo con qué apalancar?
EL CABALLERO
En esta oscuridad, apenas se ve.
Recorre el capellán el presbiterio y la capilla. En el fondo oscuro, sus ojos sagaces descubren de pronto un bulto inmóvil, sin contorno ni faz, que simula la vieja escultura de algún santo. Se acerca más. Alarga una mano en las tinieblas, y antes de haber palpado, va siente como un fulgor de adivinación. Es Don Farruquiño.
EL CAPELLÁN
¡Ah!… Sacrílego, te había reconocido.
DON FARRUQUIÑO
Silencio.
EL CAPELLÁN
¡No bastaba el saqueo de la casa!
DON FARRUQUIÑO
Silencio…. Hablaremos donde no esté mi padre.
EL CAPELLÁN
¿Cómo osaste tan impío latrocinio? ¿Cómo has entrado en este sacro recinto? ¡Habla!
DON FARRUQUIÑO
Quise dar paz a mi conciencia.
EL CAPELLÁN
¡Con un sacrilegio!
DON FARRUQUIÑO
Impidiendo que otros lo cometiesen. Sabía de cuánto mis hermanos son capaces, y entré aquí para impedirlo….
EL CAPELLÁN
¿Dónde están las alhajas de la capilla?
DON FARRUQUIÑO
Ya habían sido robadas….
EL CAPELLÁN
¡No mientas, perverso!
El Caballero desciende las gradas del presbiterio y avanza algunos pasos en la oscuridad de la capilla. La prócer figura, que tiene la vaguedad de un fantasma, parece crecer bajo la nave, y su vos resuena impregnada de grave tristeza, de una tristeza de patriarca y de guerrero. Los dos clérigos callan.
EL CABALLERO
¿Por qué te escondes, mal hijo?
DON FARRUQUIÑO
No me escondo, señor.
EL CABALLERO
¿Temes mi justicia?
DON FARRUQUIÑO
Quien está sin culpa, nada teme.
EL CABALLERO
¡Has apagado la única luz que ardía sobre la sepultura de tu madre!
DON FARRUQUIÑO
Si mi padre lo dice, será verdad.
EL CABALLERO
Eres solapado en las palabras como en las obras. ¡Defiéndete, al menos!
DON FARRUQUIÑO
Dios Nuestro Señor ha elegido mi cabeza inocente para que sobre ella caigan las culpas de otros.
EL CABALLERO
A mí no puedes engañarme… Llega y ayúdame a levantar la sepultura… No tardaré en morir, y si tardase os faltaría paciencia para esperar… Porque no acabéis en la horca he pensado repartiros mis bienes. Me heredaréis en vida… Llega y ayúdame… Si tienes hijos, ellos me vengarán… Los votos no te impedirán tenerlos. Llega para que podamos levantar la losa.
EL CAPELLÁN
Vamos, alma de Faraón.
DON FARRUQUIÑO
No reconozco a Don Juan Manuel.
EL CAPELLÁN
Tiene razón, cuando dice que va a morir.
Se llegan al presbiterio, se mueven vagarosos alrededor de la sepultura, tantean, se encorvan, y en silencio, con una rodilla en tierra, en un tácito acuerdo, comienzan a levantar la losa. Se les oye jadear. Cuando aparece el hueco negro, pestilente, húmedo, el viejo linajudo se inclina sobre él, y solloza con un sollozo sofocado y terrible de león viejo. El hijo, con los ojos nublados de miedo, se aparta.
DON FARRUQUIÑO
¡No puedo más!
EL CAPELLÁN
Temo que a tu padre le dé un arrebato de sangre.
EL CABALLERO
¡María Soledad, aquí estoy! ¡Háblame!
EL CAPELLÁN
Basta ya, señor….
EL CABALLERO
¡Quiero ver su rostro por última vez!
El Caballero levanta la tapa del féretro y en la oscuridad de la cueva albean las tocas del sudario y destella la cruz colocada sobre el pecho, entre las manos yertas. El Caballero se inclina, y un aire de húmeda pestilencia, que le hace sentir todo el horror de la muerte, pone frío en su rostro.
EL CABALLERO
¡María Soledad, espérame!… Tienes los ojos abiertos y siento que me miras… Ahora me voy, pero vendré pronto y para siempre a tu lado… ¡Dios!… ¡Dios!… ¡Cativo Dios, por qué me llevaste a la Rusa!….
El Capellán acude, y levanta el desfallecido cuerpo del Caballero. El hijo, más tardo por miedo o desamor, se acerca también y le ayuda. Casi en brazos le sacan de la capilla. Don Juan Manuel, en la puerta los hace detener y se arrodilla.
EL CABALLERO
¡Abierta queda mi sepultura!… ¡Maldito quien intente poner la losa antes de haber bajado yo a la cueva! ¡María Soledad, espérame!
[Ilustración]
JORNADA SEGUNDA
ESCENA QUINTA
La alcoba donde murió Doña María.—En el fondo, bajo los cortinajes de damasco carmesí, que tienen algo de litúrgico, abandonada y fría aparece la cama antigua, de nogal tallado y lustroso. Don Juan Manuel está en el umbral de la puerta. Su hijo y el capellán le sostienen. El rostro pálido y la barba de plata se sumen en el pecho.
EL CABALLERO
Quiero morir aquí, en la misma cama donde murió aquella santa… He vivido siempre como un hereje, sin pensar que hay otra vida, y ahora siento una luz dentro de mí….
EL CAPELLÁN
Es la luz de la Gracia.
EL CABALLERO
Señor capellán, necesito la absolución de mis pecados para reunirme con mi mujer en el Cielo.
EL CAPELLÁN
Es menester que haga confesión de ellos.
EL CABALLERO
No tengo más que uno… ¡Uno solo que llena toda mi vida!… Haré
Confesión pública… Llamad a los criados… Que acudan todos…
¡Criados de mi casa!… ¡Hermanos que llegasteis aquí conmigo!…
¿Dónde estáis? ¡Quiere hacer confesión ante vosotros Don Juan Manuel
Montenegro! ¿Dónde estáis? ¡Llegad todos!
El hijo y el capellán se interrogan con una mirada. En sus ojos asoma el mismo pensamiento, y se dicen si no ha pasado sobre ellos, en aquellas palabras, una ráfaga de locura. Los criados y los mendigos van llegando de la cocina con un rumor lento, ojos de susto, gesto de misterio, y se detienen sobre el umbral de la puerta.
ALGUNAS VOCES
¡Ave María Purísima!
EL CABALLERO
¡Cavada tengo la sepultura! He visto en mi camino a la muerte y están marcadas mis horas… Cuando echéis el cuerpo a la tierra, volved a poner la losa que han alzado mis manos, pero antes no. ¡Maldito sea quien lo intente!… Tú, mal hijo, no finjas dolor… Lleva a los otros la noticia, y celebradla juntos en la cueva de los ladrones, en el cubil de un lobo, donde nadie os vea. Cuanto era mío, mañana será vuestro, y el cuerpo que será de los gusanos, tendrá más noble destino… No lloréis vosotros, criados y hermanos míos, que estas puertas las hallaréis siempre francas, y, aunque fría, siempre sentiréis mi mano tendida hacia vosotros. ¡No dejo otra manda para que mis crímenes me sean perdonados, y he de alzarme de la sepultura si no fuese cumplida! No lloréis, y haced silencio, que quiero confesar mis pecados al señor capellán de mi casa. No tengo más que un pecado… ¡Uno sólo que llena toda mi vida!… He sido el verdugo de aquella santa con la impiedad, con la crueldad de un centurión romano en los tiempos del emperador Nerón… Un pecado de todos los días, de todas las horas, de todos los momentos… No tengo otro pecado que confesar… La afición a las mujeres y al vino, y al juego, eso nace con el hombre… Pecado grande es haber sido verdugo de un alma y haber puesto en ella garfios encendidos en las hogueras del Infierno. ¡Los garfios que en las carnes de los condenados clava Satanás!… Y ahora me arrodillo para recibir la absolución… Señor capellán, la absolución, y la tuya también, mal hijo, ya que tienen esa gracia tus manos impuras. Absolvedme y después clavad esa ventana, clavad esa puerta, dejadme aquí como en un pozo, solo, para morir.
El Capellán traza una cruz con su diestra sobre la cabeza del viejo linajudo, y el murmullo de los rostros aldeanos y mendigos, resplandeciente de fe, se eleva en una grave onda.
[Ilustración]