ESCENA IX
Dichos y todos los que se indican en la escena
Música
Hilario
(Va a la puerta segunda izquierda.)
(Sale Encarna.)
(La lleva donde está Paco.)
Encarna
Paco (Se levanta.)
Bernabé
Encarna
Cosme
Bernabé
Hilario (A Paco.)
——
Paco
——
Encarna
Paco
Los dos
——
Hilario
Todos
Hablado con música
Hilario (En la segunda izquierda.)—Valentina, venga pa alante la cabalgata con toda su debida solemnidá.
Valentina.—Allá vamos. Desenvaine, munícipe. Toque la música.
Aquilino.—Abran paso, que viene la fuerza armá. (Van saliendo todos en dos filas. Delante el municipal como despejando. Luego la charanga; después dos lavanderitas con una caja descubierta, en la que llevan un mantón de Manila; detrás otras tres mozas, una que lleva el capote colgado de un palo y las otras dos que lo sostienen abierto por las puntas. Detrás gente con faroles de colores, banderolas, botas de vino colgadas en palos, etc., etc. Mucha alegría y animación. Josefa y Sole salen por el fondo y se ponen a lavar.)
Cecilio (Al salir.)—Marcha torera original de Cecilio Azquerino Bangüey, director de la Sinfónica Asqueriana de Cabestreros, que tiene el honor de dedicársela al Chico de las Peñuelas en el día de hoy y personas que le acompañen. Titulao “Entra por derecho”. ¡A una, profesores! (Tocan. La comitiva desfila.)
Hilario (Adelantando.)
Encarna
Todas
Encarna
Bernabé
Encarna
Todos
Hilario (Ofreciendo el capote a Paco.)
Paco
Todos
Paco
Bernabé
Encarna
Todos
(Voces, aplausos, alegría, algazara.)
Hablado
Todos (Con mucha alegría.)—¡Olé!... ¡bien!... ¡bravo!... (Aplausos, risas, algazara.)
Bernabé.—¡Qué bueno eres, Hilario!... (Con entusiasmo.) Déjame que te incruste mi gratitú en una mejilla. (Le da un beso. Todos ríen.)
Hilario (Limpiándose la cara y rechazándole con cómica indignación.)—Amos, tonto.
Bernabé.—¡Que sí, señor; que esta felicidad, el pan, el porvenir, hasta la ropa, tóo se lo debemos a este hombre!
Paco (Con entusiasmo abrazando a Encarna.)—¡Ay, señor Hilario, qué favor me hizo usté a mí también, de acuerdo con su señora, el día que se les ocurrió esta tontería!
Bernabé (A Valentina.)—¿Pues y tú?... Ven acá... Diosa del Manzanares, que lo que has hecho tú por nosotros no te lo pago yo ni andando a gatas. (A Hilario.) ¿Me permites que la dé un abrazo?
Hilario.—Y cuarenta.
Valentina.—Amos, no seas pegajoso.
Paco (Riendo.)—A ver si se va a enfadar el señor Hilario, padre.
Bernabé.—¿Enfadao éste?... Dentro de un rato.
Paco.—Tendría yo gana de verle a usté un día enfadao, hombre.
Hilario (Riendo también.)—Pos mira, pué que me veas. Y que soy un tigre cuando me enfado.
Valentina.—Como que muerde.
Hilario (Cariñosamente.)—A ti.
Sinfo.—¡Bueno, señores, a bailar, a bailar!...
Todos.—¡Eso, eso!...
Paco.—Amos ahí fuera al aire libre.
Todos.—Sí, sí.
Hilario.—Señor Cecilio, toque usté lo que quieran.
Bernabé (A Valentina.)—Y tú y yo vamos a romper la marcha. Con tu permiso.
Hilario.—Anda con ella.
Valentina.—Doy dos vueltas y vengo por ti... que aquí el socio es la fama en chotis.
Hilario.—Aquí t’aguardo. (Van saliendo algunos por el tendedero.)
Paco (Subiendo con todos.)—¡Pero señá Josefa!... No había reparao. Amos, suelte usté la pala y venga a divertirse.
Josefa.—¿Y quién me va a lavar la ropa, el obispo?
Paco.—¡El obispo!... ¡Tendría gracia el obispo dando jabón! (Risas generales.)
Encarna.—Al menos deje usté a la Sole que venga.
Sole.—Sí, madre, déjeme usté que vaya a echar un tuesten.
Josefa.—Si sueltas la pala, t’amargo.
Valentina.—Dejarla, no la pague con la criatura.
Paco.—Señora, es usté menos animada que un callejón sin salida.
Valentina.—Y que lo jures.
Paco.—¿Quién ustés que le haga un chiste lavandero?
Todos.—Sí, sí.
Paco.—A esta mujer no hay quién la saque de pila. (Muerto de risa por su supuesta gracia.) ¡Ja, ja, ja!
Uno.—¡Precioso!
Todos.—¡Muy bien, bravo! (Hacen mutis por el tendedero.)
Sole.—Un día que están tóos tan contentos...
Josefa.—¿Y qué tenemos nosotras que ver con la alegría de nadie? A trabajar. (Siguen lavando. Hilario, Aquilino y Cosme, al quedarse solos se sientan alrededor de la mesa y se sirven unas copas de vino; beben y fuman puros que les da Hilario. Se oye fuera la murga y jaleo de baile bastante lejano para que no interrumpa el diálogo.)
Aquilino.—¡Qué feliz eres, Hilario!
Hilario.—No lo sabes bien, Aquilino. Tu pecho municipal y cariñoso no pué abarcar esta felicidad que me embriaga. Porque veo a mi hija dichosa; a la mujer que quiero, feliz; a mis amigos, contentos: oigo esa música; ese barullo, que es como el ruido de esta alegría interior que me corre por dentro y reflexiono y me digo: este bien que gozo es el fruto de mi vida, de mis afanes; tóo ganao con lágrimas y con horas de trabajo. ¡Qué mayor dicha pa un hombre de bien! ¡Bendito sea Dios que me la concede!
Aquilino.—Porque te la mereces.
Cosme.—¡A tu salú!
Aquilino.—¡Vaya!
Hilario.—¡A la vuestra! (Chocan las copas y beben.)
ESCENA X
Dichos y Dimas (cartero) foro izquierda
Dimas.—Buenos días.
Hilario.—Hola, Dimas.
Cosme.—Hombre, el cartero.
Aquilino.—Adiós, paloma mensajera.
Hilario.—¿Un chupito?
Dimas.—Se acepta y se agradece, que ya va haciendo mucha calor. (Bebe.)
Josefa (A la chica.)—Ámonos. (Mirando con temor al cartero.)
Sole.—Pero...
Josefa.—Ámonos. (Vanse foro izquierda.)
Hilario.—¿Y que te trae por este domicilio?
Dimas.—Que tié usté carta. (Busca en el paquete.)
Hilario.—Hombre, ¿quién se acordará de mí? Toma la perra. (Se levanta para dársela.)
Dimas.—No paga, es del interior (Se la da.) Vaya, hasta otra, señores. (Vase foro.)
Hilario.—Anda con Dios, hombre. ¿Quién me escribirá a mí del casco y a esta casa? Oye, y es letra de máquina.
Aquilino.—Algún amigo.
Hilario.—Yo amigos con máquina... no m’acuerdo. Veamos. (Se sienta, rompe el sobre y empieza a leer. A poco palidece, se demuda, tiembla, se levanta, se sienta, se pasa la mano por la cara con angustia.)
Aquilino (Alarmado.)—¿Qué te pasa?
Cosme.—Oye, ¿pero qué tienes? (Hilario se pone en pie.)
Hilario.—Dame un... dame un poco de agua, haz el favor.
Aquilino.—¡Pero te has quedao blanco! (Hilario vuelve a leer.)
Cosme (Muy alarmado.)—¿Qué te dicen?
Aquilino.—¿De quién es esa carta?
Hilario.—Pues esta carta... yo no... no sé... si... (Vuelve a mirarla.) esto no... ¡mi madre! (Cae sentado.) no es carta, sabes; es...
Aquilino.—¿No trae firma?
Hilario.—Ni fecha ni na.
Cosme.—¿Un anónimo?
Hilario.—Sí; un anónimo... una puñalá... (con ira creciente.) Esto es una infamia... pero, amos... pero me ha dejao que yo no sé qué tengo... (Se pasa la mano por la cara con angustia.)
Aquilino.—¿Pero qué dice? Venga ya, hombre.
Hilario.—Toma, lee...
Aquilino (Lee.)—¡Recontra!... ¡oye! ¡mi madre! Bueno, esto es una asquerosidad; de esto no hay que hacer caso. (Con la carta hecha un rebuño da un puñetazo sobre la mesa.)
Hilario.—No, sí, claro... pero cuando hay quien te diga esas cosas y ves en lo que te dicen algo que...
Aquilino.—Oye tú, reponte, que te va a dar una alferecía. Miá cómo tiembla.
Cosme.—¿Pero qué dice ese papel, releñe? ¡Leer alto! (Cesa de tocar la murga.)
Aquilino.—Casi na. Atiende. (Lee.) “Amigo Hilario: Una persona que le quiere bien...”
Cosme (Torciendo la cabeza.)—Mal.
Aquilino.—“Aunque usté no se lo merece, le avisa de que la Valentina que le pinta a usté otra cosa, porque vale pa ello, está liada...”
Cosme.—¡Rechufla!
Aquilino.—“Está liada desde antes de quedarse viuda de su primer marido, u lo que fuese... con el señor Bernabé el picador, carne y uña como usté recordará de aquel pobre hombre.”
Cosme.—¡La panocha!
Aquilino.—“Y de ahí el meter en su casa de usté al citao Bernabé, así como al hijo que ha engatusao a la Encarna. Y van tóos a una a comérsele a usté su honrao sudor. Reflexione en todo y no haga el primo. Se lo avisa quien bien le quiere.” (Vuelve a oirse la murga.)
Cosme.—¡Mi madre!... ¡pues es una misivita!
Hilario (Saliendo de su profunda abstracción.)—¡Maldita sea! (Con amargura.)—¿Habré tenío yo una venda en los ojos, Aquilino?... ¿Habré estao ciego?
Aquilino.—¡Por Dios, Hilario, no desbarres, que esto es una infamia!
Hilario.—¿Pero quién va a tener interés en hacerme peazos la felicidad de esta forma tan cruel y en un día como el de hoy si yo no tengo enemigos?
Cosme.—Eso no lo digas. Tóo el que es feliz los tiene, Hilario.
Aquilino.—Esto es de algún envidioso, estoy seguro, que la envidia es lo más malo de este mundo.
Hilario.—¿Pero qué me van a envidiar a mí, Aquilino?... ¿Un peazo e pan, un rincón de casa, una pizca e felicidá?
Aquilino.—El envidioso no repara en más o en menos... quitarte el bien que tengas, poco o mucho, grande o chico.
Hilario.—No, Aquilino, no... No hay alma por negra que sea que se atreva sin motivo a hacer una cosa como ésta, cincuenta veces peor que un asesinato. (Se levanta y va hacia la derecha.)
Aquilino.—Por Dios, Hilario, cálmate. (Siguiéndole.)
Hilario.—Sí; quizás que habré estao ciego: que cuando quieres hay cosas que las tiés delante de los ojos y no las ves hasta que te las dicen... La Valentina me trajo aquí a Bernabé. Eso no puedo negarlo.
Aquilino.—¿Pero vas a dudar?...
Hilario.—No es que dude; es decir, las cosas como han pasao. Ella trajo a ese hombre y ella arregló lo de los chicos, y tóo se le hace poco pa esa gente, esta es la verdad... ¡maldita sea!... Y si esto es una traición; si esto fuese una traición después de lo que yo he hecho por ellos, os juro por la sangre que tengo... (Amenazador avanza.)
Aquilino (Conteniéndole.)—Hilario... amos, hombre, una meaja de aplomo, que tú no pués partir de ligero.
Cosme (Cortándole el paso.)—A más de que lo primero es cerciorarse, por lo tanto, lo que te conviene es fingir y...
Hilario (Vivamente.)—No, eso no... fingir no; no tengo carácter pa ello. De que me serene pensaré lo que sea menester... pero por de pronto, como tengo ya el corazón envenenao, me molesta esa música y esa alegría y ese barullo, conque vete a decirles a tóos que se vayan.
Aquilino.—Pero, hombre, no comprendes...
Cosme.—Calla, ellos vienen. Aplomo, Hilario. (Pasa al lado de Aquilino.)
ESCENA XI
Dichos, Valentina y Bernabé. Del tendedero vienen riendo.
Bernabé (Entrando.)—¡Ja, ja, ja!... Bueno, vais a hacernos el favor de asomar las narices pa vernos bailar la machicha brasileña.
Valentina (Muy alegre.)—Nos hemos llevao la palma... que se pué decir... Conque, pollo, andandito, que vengo por el chotis ofrecido.
Hilario (Secamente.)—Gracias, no tengo gana de na.
Valentina (Fijándose en él y con asombro.)—Oye, ¿pero qué tienes? Estás blanco como el papel.
Bernabé (Quedando repentinamente serio.)—Es verdá. ¿Qué te pasa, Hilario?
Valentina.—¿Te has puesto malo? (Anhelante.)
Hilario.—No, no tengo na, gracias. (La rechaza.)
Valentina.—Pero esa voz... ese tono... ¿Qué ha pasao aquí?
Bernabé.—Hilario, ¿has tenío algún disgusto?
Hilario.—He dicho bien claro que no tengo na.
Valentina.—¿Pero qué ha sucedío?... ¡No estén ustés como dos pasmaos y hablen por lo que sea!...
Aquilino.—Señora...
Valentina.—¿Qué tienes, Hilario?... ¿qué tienes?... No me atormentes.
Bernabé.—Desembucha ya, hombre, que nos tiés con el alma...
Hilario.—He dicho que no me pasa nada, sino que tóo tié su fin y esta juerga es hora ya que se acabe.
Valentina.—Está bien; pero cuando tóo el mundo, y tú el primero, estábamos tan contentos, ¿qué motivos tienes pa que así de repente...?
Hilario.—Es mi voluntá. Llama a tóo el mundo y que se vayan.
Valentina.—¿Pero es que yo no tengo derecho a saber...?
Hilario.—¡Tienes derecho! Pero una meaja de calma que ya hablaremos tú y yo lo que sea menester hablar.
Valentina.—Está bien.
Hilario.—Llama a mi hija. (Valentina sube despacio hacia el fondo.)
Bernabé.—Hilario, yo estoy que no sé lo que me pasa... Yo salía tan contento y de pronto te veo de una forma que... y comprenderás que... amos, que necesito una explicación, porque esto...
Hilario.—No tengo explicación que dar a nadie. Deseo quedarme solo con los míos. Creo que tengo derecho a hacer lo que quiera en mi casa.
Bernabé.—Sí, señor, tiés derecho a hacer lo que quieras en tu casa; pero el que está en ella y no la ha agraviao, también tié derecho a saber por qué se le echa.
Hilario.—Yo no te echo.
Bernabé.—No me dices que me vaya, pero me señalas la puerta, conque verde y con asas... Y yo no salgo de aquí sin una explicación, Hilario.
Hilario (Agresivo.)—Y a mí no me paece este el momento de dártela, ¿qué hay?
Valentina.—¡Por Dios! (Le contienen entre los tres.)
Bernabé (Con fría calma.)—Nada, nada. No te acalores. Me has hecho mucho bien para que me se olvide en cinco minutos. No sé qué es esto: algo pasa y algo muy grave. Tú me lo dirás hoy, mañana, cuando sea. Pero escucha, Hilario: hoy, mañana, cuando sea, yo no te daré más que una respuesta, una... Que si me hacen a cachitos el corazón, aquí dentro no encontrarán más que lealtad y gratitú pa esta casa. Y ahora me voy por mi hijo.
ESCENA XII
Dichos, Paco, Encarna, señor Cecilio, los Murguistas, Lavanderas, Vecinas, Vecinos, Todos. Josefa y Sole vuelven a salir colocándose en su puesto en la pila. Paco y Encarna salen delante riendo y bromeando.
Paco.—Padre, salimos con murga y tóo, porque queremos que vean ustés bailar al tío Pelele el... (Viene con Encarna a primer término derecha.)
Bernabé (Gravemente.)—Cállate, Paco.
Paco (Con asombro.)—¿Qué?
Bernabé.—Paco.
Paco.—¿Qué pasa? (Mirándolos a todos.) ¡Oye, pero qué caras!... (La gente queda parada en segundo término al fondo.)
Encarna.—Es verdá. ¿Qué sucede? ¿Qué es esto? ¡Tóos tan serios!...
Paco (Riendo locamente.)—¡Ja, ja, ja!... Calla, que ya caigo. ¡Tié gracia! Como antes le he dicho a tu padre que tenía gana de verlo serio, pues nos han preparao esa guasa para... ¡ja, ja, ja!
Encarna.—Es verdá... ¡ja, ja, ja! y qué bien lo hacen.
Paco (Cariñosamente.)—Y miá cómo s’han quedao, paecen unas feguras de celuloide.
Bernabé (Muy serio.)—Paco, que no es chufla.
Paco.—Quíte usté d’ahí, so cómplice. Y miá el municipal; paece la careta de Dato... ja, ja, ja. (Ríe.)
Bernabé.—Paco, por la memoria de tu madre, que es en serio.
Paco (Aterrado.)—¿Qué?
Bernabé.—Que es en serio, por tu salú.
Paco.—¡Rediez!
Encarna (Temblorosa.)—¿Pero es verdá?
Bernabé.—Coge el sombrero y el bastón.
Paco.—¿Pa qué?
Bernabé.—Coge el sombrero y el bastón, que nos vamos.
Paco.—¿A dónde?
Bernabé.—A la calle.
Paco.—¿Pero y el arroz?
Bernabé.—Se nos ha pegao. (Paco coge su sombrero y su bastón.)
Encarna.—¿Pero qué dicen?... ¿pero es de veras esto, Valentina? (Yendo a su lado.)
Hilario (Atrayéndola hacia sí.)—Es de veras. Tú, aquí, conmigo. (A todos.) Y ustés, señores, esto se ha arrematao; gracias por tóo y hasta otra. (Se van marchando todos poco a poco y en silencio, quedando en las puertas sin desaparecer.) Señor Cecilio, puén ustés retirarse.
Cecilio.—¿Repito el pasacalle pal desfile?
Aquilino.—Desfile sin repetir na, haga el osequio. (Vánse los murguistas. Josefa y Sole vuelven a ponerse a lavar, en silencio, sin ruido.)
Paco.—Pero padre, ¿qué es esto?... ¿por qué nos vamos? ¿por qué nos echan?
Bernabé.—No te lo puedo decir.
Paco.—¿Pero es que le he faltao yo a alguien en algo? Al que le haiga yo faltao en algo, que lo diga. (A Hilario.) ¿Le he faltao yo a usté? (Pasando a su lado.)
Hilario (Con desabrimiento.)—A mí no.
Paco.—¿A quién le he faltao yo?... Señor Aquilino, usté que es autoridá, ¿le he faltao yo a usté en algo?
Bernabé.—Tú no has faltao a nadie, hijo mío.
Paco.—Entonces ha sío usté... porque de no haber sido yo, tié usté que haber sido...
Bernabé.—¿Pero es que dudas de mí?
Paco.—¿Qué ha hecho usté pa que nos echen?... ¿qué ha hecho usté pa destrozarme la felicidad? ¿qué ha hecho usté, padre?
Bernabé.—¿Que qué he hecho yo?... Quererte con toa mi alma, y cuando nos creíamos más dichosos, salgo y me dicen que nos vayamos; pido explicaciones y no me las dan y quiero exigirlas porque me sobran agallas, pero me acuerdo que hasta la ropa que llevas se la debemos a este hombre y me repudro y me achanto y me voy a la calle. No puedo hacer más, es decir, no puedo hacer menos. ¡Vámonos, hijo! (Coge su sombrero.)
Paco.—¿Pero es que llora usté?... Caray, porque eso no. Que antes de que se le caiga a usté una lágrima, me desnudo yo aquí mismo y dejo la ropa y el corazón y lo que sea menester dejar.
Bernabé.—Ámonos.
Paco.—Sí, señor.
Encarna.—¡Paco!... (Suplicante.)
Paco.—Es la primera vez que le veo llorar y mi padre no... ¡A la calle!
Bernabé.—Y coste que me voy con la frente muy alta.
Paco.—Y si quié usté, pa que la lleve más alta le saco yo a usté en brazos.
Bernabé.—Quedar con Dios.
Paco.—Buenos días. (Vanse abrazados foro izquierda.)
Encarna.—¿Pero qué es esto, padre, hable usté?... Si estoy que me muero... Si esto no pué ser... tanta felicidá y de repente... ¿qué ha pasao por esta casa, Valentina, qué ha pasao? (Yendo a su lado.)
Valentina.—¡Yo no lo sé, Encarna, no lo sé; estoy como loca!... pero me da el corazón que por esta casa... ¡por esta casa ha pasao la envidia!
Encarna (Aterrada.)—¡La envidia!
Sole (Aterrada.)—¡Madre!
Josefa.—¡Silencio! (Cuadro.) (Telón rápido.)
Intermedio musical.
Mutación