ESCENA IV
Todos los personajes que aparecieron a principio de cuadro, más Higinio, Melquiades y Serafín. Al final Onofra.
Por el fondo izquierda, llegan Trini y Julia y detrás Pepita y Amalia, trayendo ambas parejas en alto, y extendidos, mantones de Manila, detrás de los cuales se ocultan Melquiades con las primeras y Serafín con las otras. No ha de verse de ellos más que el sombrero y los pies, hasta el momento que se indica. Les preceden alegremente los invitados, moviendo gran algazara. Forman todos semicírculo, quedando al fondo las de los mantones. Benita se apea del columpio, y avanza con Avelino al lado de sus padres.
Música
Trini, Julia, Pepita y Amalia
Todos
Las cuatro
Todos
Mujeres
Hombres
Todos
Las cuatro
Trini (Grupo de la izquierda; señalando y dejando ver lo que se indica.)
Julia (Ídem.)
Pepita y Amalia
Todos
Las cuatro
Todos
Las cuatro (Levantando un poco el mantón, para que por debajo aparezcan Melquiades y Serafín.)
Todos (Riendo.)
Melquiades y Serafín (Saludando sombrero en mano.)
(Avanzan y los demás cierran el semicírculo.)
——
Serafín (Haciendo su presentación.)
Todos
Melquiades
Todos
Melquiades y Serafín
Serafín
Melquiades
——
Serafín (Casi hablado.)
Melquiades
Todos
Serafín
Melquiades
Todos
——
(Mientras ellos andan contoneándose, los demás les jalean.)
Melquiades
Serafín
Melquiades
Todos
Hablado
(Terminado el número vuelven todos con gran algazara a sus respectivos sitios. El señor Rafael lleva a los recién llegados debajo del árbol donde ellos merendaban y forman grupo. Aparte hacia la derecha Benita y Avelino.)
Benita.—¿A qué habrán venido esos tipazos?
Avelino.—Me estomagan a mí esos dos maniquises.
Benita.—Tráigame usted un poco de salchichón que me he puesto nerviosa. (Avelino va a la cesta y trae lo pedido por Benita.)
Higinio (A Nieves.)—Ahí le tienes.
Nieves (Con despecho.)—¿A quién tengo?
Higinio.—A ese tío. ¡Ya estarás contenta!
Nieves.—¿A mí qué me importa ese hombre? (Le vuelve la espalda.)
Higinio.—¿Que no te importa? ¡Maldita sea! (Vase iracundo fondo izquierda; Nieves queda sola, sentada en el mismo sitio.)
Rafael.—¿Y cómo ha sido eso de venir tan tarde, amigo Melquiades?
Melquiades.—Señor, se ha cumplimentao la palabra. Dijimos que vendríamos al postre y hétetenos aquí.
Zoila.—Lo bueno siempre se hace esperar.
Serafín.—Lo bueno es lo que esperaba, señá Zoila. (Al ver sentada a Nieves y sola, hace señas de inteligencia a Melquiades.) Vamos a colgar los sombreros, con permiso. (Se separan del grupo y se dirigen hacia el fondo.)
Melquiades (Parándose a mitad de camino y aparte a Serafín señalando a Nieves.)—Ahí la tienes.
Serafín.—¡Más bonita que un sol!
Melquiades.—Está queriendo caerse. Tambaléala. (Le da un pequeño empujón y vuelve al grupo de Rafael.)
Serafín (Se engalla, se estira y se acerca a Nieves hablándola en voz baja.)—Daría la metá de mi existencia por ser el Guadarrama.
Nieves (Coqueteando.)—¿Pa qué?
Serafín (Aproximándose; casi al oído.)—Pa verme rodeao de nieves por todas partes.
Nieves.—Iba usté a tener mucho frío.
Serafín.—¡Quiá! Nieves usté y primavera yo, a la media hora el deshielo.
Nieves (Sonriendo.)—¡Pamplinas!
Serafín.—
(Vuelve hacia el corro donde está Melquiades, después de dirigir a Nieves dos o tres miradas incendiarias, y dice a éste aparte dándole en el hombro.) ¡Tambaleada!
Damiana (Ofreciéndoselo.)—¡Un chatito, Serafín!
Serafín (Pasando a su lado.)—Siendo de usté, hasta con narices, señá Damiana. (Lo bebe.)
Melquiades (Aparte a Serafín.)—Pues ahora verás lo que te preparo. (En voz alta.) Pero ¿qué insipidez es esta, señores? ¿Es que no nos vamos a divertir ni se va aquí a jugar a nada?
Rafael.—Tiene razón el amigo Melquiades; estáis muy desanimaos.
Melquiades.—Vaya: le voy a echar una meaja de sal a la juerga. (Llamando.) ¡Niñas!... ¡Pollos!... arrimarse pa acá, que me se ha ocurrido un solaz modernista, para que nos divirtamos.
Todos (Acercándose bulliciosamente.)—¡Sí, sí! ¡Eso!... ¡eso!
Melquiades.—¿Queréis que organicemos un concurso de baile por parejas, con premios y tóo?
Todos (Aplaudiendo.)—¡Sí, sí! ¡Muy bien, muy bien!
Tuliqui.—¿Y cómo va a ser ese concurso?
Melquiades.—Pues de la siguiente forma: Pograma: Base primera. El “Virutas” y el Bernabé, nos van a ejecutar en la guitarra una Redova u Mazurca rusa, que ellos saben y que se intitula: “Ay, qué Moskou.” Se forman parejas, la van bailando una a una y a la pareja que a juicio de un jurao la baile con más estilo, se le ajudicará, no una Copa, porque aquí no las poseemos, pero sí un chato, al que llamaremos chato de honor u chato Melquiades, si se quiere.
Todos.—¡Muy bien, muy bien!
Melquiades.—Dicho chato, estará lleno de vino y la pareja gananciosa se lo beberá a medias, primero la señora y después el caballero, con el fin de que el premio consista en que el hombre pose los labios en aquel lugar del chato donde los haya posao el ojeto amado y bailarín. ¿Se aprueba?
Todos.—¡Muy bien, muy bien!
Melquiades.—Pues vosotros, coger las guitarras, mocitos. (Bernabé y Virutas, van por ellas al fondo y figuran templarlas.)
Tuliqui.—Y nosotros a elegir parejas.
Onofra (Joven feísima, sale de entre los grupos y se dirige hacia Avelino.)—¿Vamos a romper la marcha usté y yo?
Avelino (Mirándola de arriba abajo.)—¿Yo con usté? (Volviéndole la espalda.) “Llamad al sereno.”
Onofra.—Hombre, ya sé que no soy guapa.
Avelino.—Hija, por Dios, no es por eso; es que yo me quedo pa jurao.
Onofra (A Tuliqui, que se coloca entre los dos.)—¿Qué jurao?
Tuliqui (A Avelino.)—Que pregunta que, ¿qué jurao?
Avelino.—¿Que qué he jurao? (Al oído.) ¡No bailar con feas!...
Onofra.—Pues le avierto a usté, joven, que donde yo me marco un chotís, se vienen detrás de mí tóos los pollos.
Avelino.—Les dará usté trigo. (Ríen el chiste todos los del grupo.)
Onofra (Incomodada.)—Les doy narices. ¡¡El demonio el hortera!!
Virutas (Avanzando.)—¡Ya están templás las guitarras!
Melquiades.—Pues a empezar. (Durante el diálogo anterior, Melquiades y varias muchachas y muchachos han adornado una banqueta con hierbas y flores y sobre ella han colocado un vasito de vino; dicha banqueta la colocan en el centro de la escena y hacia el fondo.) Vosotros, (A los guitarristas.) sentarse ahí; (En el tronco de la izquierda.) y el Jurao, lo compondremos, el señor Viriato, la señá Zoila, (Avanzan los nombrados.) y un decrépito servidor de ustedes.
Todos.—¡Muy bien!
Melquiades.—Y las parejas, podrían ser, por ejemplo: la Nieves, con... (Como buscando a uno; llevándola de la mano.)
Benita.—Con su novio; ¡con quién va a bailar!
Melquiades.—No, eso no; novios con novios, no me hace. Porque novios con novios se supone que se han cogido el tingli en tóo lo tocante al arte corográfico y se llevarían el premio a poca costa. Tien que ser parejas impremeditadas. Veréis: Nieves, con... uno cualquiera... con Serafín, pongo por caso.
Serafín (Avanzando.)—Con mil amores. (La coge de la mano.)
Benita (Avanzando.)—Nieves debía bailar con su novio.
Damiana (Cogiéndola y haciéndola retroceder.)—Tú te callas, que no eres quién. ¿No estás oyendo que dicen que novios con novios no?
Benita.—Pues que digan lo que quieran; yo digo que con su novio y náa más.
Melquiades.—A callar. Y tú, baila con Avelino, que es de Coloniales y sabe lo que es jalea; arza.
Avelino.—¡Superior! Agárrese usté que va usté a ver dentro de dos minutos un chato apurao. (Se agarran del brazo y se colocan en el centro del fondo.)
Melquiades.—Y el Tuliqui, que es un poco cojo, con la Onofra, que sabe del pie que cojea. (Los junta.)
Tuliqui.—Haremos la nota cómica.
Melquiades.—Otras tres parejas al líbitum y náa más. (Forman parejas, al fondo, Trini, Julia, Pepita y Amalia, con cuatro jóvenes.) ¿Estamos?
Los que van a bailar.—Sí, sí.
Melquiades (Colocándose a la derecha con el Jurado.)—Pues ¡a una!
Música
Todos
——
Melquiades (A Nieves y Serafín, que se colocan en el centro.)
(Al quinto compás empiezan a bailar Serafín y Nieves.)
——
Nieves
Serafín
Todos
——
Melquiades
Todos
——
Melquiades
(Se retiran a la izquierda los que bailan, y avanzan Benita y Avelino, que bailan ridículamente.)
Avelino
Benita
Todos
——
Avelino (Cambiando de manera de bailar.)
(Bailan todas las parejas.)
(Jaleándose.)
——
Todos
——
Viriato
Melquiades
(Dejan de bailar todos y avanzan Onofra y el Tuliqui.)
Tuliqui (Bailando a su modo.)
Onofra
Tuliqui
Todos
Melquiades (Interrumpiendo.)
——
Todos
(Al terminar el baile, aplauden los que no han bailado.)
Hablado
Todos.—¡Bravo! ¡Bravo!
Melquiades (Después de una pequeña conferencia con los del Jurado.)—Señores: el Jurao ha acordao por unanimidaz, conceder el chato de honor, a la insuperable pareja, Nieves-Serafín.
Todos (Aplaudiendo.)—¡Muy bien, muy bien!
Avelino (Rabioso.)—Eso es una injusticia.
Viriato.—¡Orden!
Todos.—¡Que se calle! (Avelino afligido, se retira hacia la derecha, acompañado de Benita.)
Melquiades.—¿Se acepta este fallo?
Todos.—Sí, sí.
Melquiades (A Nieves y Serafín.)—Pues podéis beberos el premio sorbito a sorbito, pollos. (Dándole la copa a Nieves.) Cuando quieras, nena.
Nieves.—Con mucho gusto. (Coge el vaso.) A la salú de mi pareja.
Todos.—¡Olé! (Vuelve Higinio por el foro izquierda lentamente y se acerca al grupo poco a poco.)
Serafín.—¡Gracias, Nieves!
Nieves (Va a beber y se detiene con coquetería.)—¡Ay, pero se va usté a enterar de mis secretos!
Serafín.—Pué que me convenga.
Nieves.—A mí no; pero en fin, lo dicho. (Bebe la mitad del vino y deja la copa en la banqueta.)
Serafín (Sin coger el vaso.)—Señores: antes de posar mis labios donde los ha imprimido esa boca que parece talmente un clavel encarnao que se le ha caído del pelo, tengo que manifestar que me embarga el júbilo, que me embarga la emoción y que me embarga... (Va a coger la copa, pero se interpone Higinio, que enérgicamente la coge.)
Higinio.—Pues no se moleste usté, yo me lo beberé, que no tengo na embargao. (Bebe y tira el vaso contra el suelo.)
Todos.—¡Eh! (Movimiento de estupor; Higinio trata de agredir a Serafín, pero los sujetan los hombres, apartándolos, quedando en medio Melquiades.)
Benita (Aplaudiendo.)—¡Muy bien, muy bien y muy bien!
Viriato.—Eso no vale.
Melquiades.—Pero, ¿qué has hecho?
Higinio.—Lo que me ha parecido; ¿qué hay?
Benita.—¡Muy bien y muy bien! ¡Ja, ja; qué chasco! (Ríe; sus padres la amenazan.)
Rafael (A Higinio.)—Pero, ¿no ves que era una broma?
Nieves (Sujetando a Serafín; con ira a Higinio.)—Has metío la pata.
Serafín (Con tranquilidad.)—Hombre, ¿no se le ha ocurrido a usté otra gansada en el rato que hace que está usté ahí haciendo el orangután?
Higinio.—Si se me ocurre otra, la hago.
Serafín.—Pues a ratos no crea usté que estorba una mijita de educación, amigo.
Higinio.—Tengo la que me hace falta.
Melquiades.—Pues la pué usté llevar en la funda de un cacahué y no se le llena; palabra.
Higinio.—Lo que yo tengo es... (Vuelve a acometerle.)
Serafín (Sonriendo.)—Lo que tiene usté son deciséis señoras al lao y un sujeto de miramientos vis a vis; pero también tiene usté un carrillo y yo una mano, y la vida ocasiones. Na más.
Melquiades.—¡Hablas, que esculpes! Y terminao el incidente, señores, que no le vamos a estropear el día a la señá Damiana.
Serafín.—Se continuará, pollo.
Higinio.—Cuando usté quiera.
Melquiades.—¿Vamos ahí, al sotillo, a jugar a prendas?
Todos.—Sí, sí; vamos. (La gente se va con Melquiades, murmurando y hablando entre sí, por el foro izquierda. Quedan en escena: la Trini, al fondo; Nieves, junto al árbol de la izquierda; Benita, hacia la derecha, y en el centro Higinio, Rafael y Damiana. Avelino hace mutis por la derecha.)
Serafín (A Trini.)—¿El perro de usté, embiste también, joven?
Trini (Con coquetería.)—Ni perrito que me ladre tengo.
Serafín.—Pues cuelgue usté su hermosura de esta escarpia, que ha encontrao usté un lebrel. (Se cogen del brazo y hacen mutis por la lateral izquierda, pero bajando al proscenio para pasar por delante de Nieves que, como es natural, queda contrariada al ver que se van juntos.) ¡Y a ver si va a poder ser que pueda uno hablar con una mujer guapa!
ESCENA V
Benita, Nieves, Damiana, Higinio y el señor Rafael
Rafael.—Te has ocecao, Higinio; te has ocecao.
Nieves (Con ira.)—Ha metío la pata, dígalo usté claro.
Higinio.—No, señora.
Damiana.—Sí, señor; que si hubiese hecho algo malo aquí estaba su madre pa regañarla.
Benita.—¡Ha hecho muy bien, muy bien y muy bien!
Damiana.—Cállate tú ahora.
Higinio.—Es que no podía más, Nieves; hazte cargo.
Nieves.—Si toa la vida serás lo mismo; un celoso, un primo sin correa pa na.
Higinio.—Porque te quiero pa mí solo.
Nieves.—Pues por éstas, que no me vuelves a poner en ridículo; hemos acabao.
Higinio.—¿Que hemos acabao?
Nieves.—Hemos acabao, sí, señor, pero pa siempre, ¡por éstas! (Besando la cruz de los dedos.) Hemos acabao.
Rafael.—¡Calma, hijos! ¡Válgame Dios!
Higinio.—¿Y qué he hecho yo pa esto, señor Rafael? ¿Qué he hecho yo pa esto? Quererla y na más. ¡Y luego dicen! Si debía ser uno como todos: un sinvergüenza pa las mujeres: esos tién suerte y no los primos como yo, que se cuelan de buena fe. ¡Maldita sea!
Nieves.—Pues se acabaron los primos; puedes marcharte cuando te dé la gana.
Higinio.—¿Que me marche? Pero, ¿estás en lo que dices?
Nieves.—No tengo más que una palabra.
Higinio.—Está bien. No me lo dirás dos veces. Me voy. Pero antes de irme, escucha una cosa, Nieves. No serás mía, pero de ese hombre tampoco lo eres. Mialás: jurao; al tiempo. (Vase fondo izquierda.)
Benita (Aplaudiendo.)—Muy bien, muy bien y muy bien.
Damiana.—Pero, ¿quieres callarte y no agriarlo más, tonta del bote?
Benita.—Pues no me callo y no me callo, porque tié razón; sí, señora, y sí, señora.
Nieves (Airada.)—¿Y de qué tié razón, vamos a ver?
Benita.—De todo, sí, señora; que lo que hay es que tú quiés ser señorita y tener lujo y por eso despachas a Higinio, porque es un pobre, y en cambio te has enguirlotao con un tío pinturero que crees que te va a dar el oro y el moro; eso es.
Nieves (Contenida por sus padres.)—Pero ¿no es pa darla una bofetá?
Rafael.—Pero ¿qué estás diciendo ahí contra tu hermana?
Damiana.—Dejar a esa tonta.
Benita.—Sí; tonta, tonta; porque las canto claritas. ¡El lujo, el lujo! ¡Eso, eso es lo que os pierde a muchas! El gabancito de moda, el zapatito de charol y la faldita estrecha y a pintarla por ahí andando a saltitos (Remedando lo que va diciendo.) como pollos trabaos. Pues no señora; hay que agarrarse al jornalito y ayudar al marido y chincharse; esa es la obligación de una pobre. Y si hay que llevar un pingo, se lleva y se aguanta una, que después de todo, siempre será mejor llevar un pingo que serlo. Eso es.
Nieves.—Pero ¿oye usté? ¡Desvengonzá! ¡Mala hermana! ¡Suélteme usté, que la arañe! (Quiere pegarla pero sus padres la contienen, llevándosela poco a poco por la primera izquierda.)
Damiana.—¡Hija, por Dios, que vamos a dar un escándalo!
Rafael.—¡Entre hermanas, válgame Dios! ¡Vamos, vamos!
Damiana (A Nieves.)—¡No llores, hija, no llores!
Nieves.—Envidiosa, más que envidiosa. (Mutis.)
Benita.—¡El lujo!... ¡el lujo!... Eso, eso; que os da miedo ser pobres, ni más ni menos. (Al quedarse sola, con gran energía.) Pues no señora: mi hermana, no. Ella pué que me arranque el moño, pero yo la juro que la quito de ese tío. Todo, antes que verla por esas calles sola y pintá de rubio, haciendo de reir a la gente. Mi hermana, no. ¡Por estas cruces! (Se sienta en el tronco del árbol de la izquierda, llorosa y agitada, limpiándose los ojos con el delantal.)
ESCENA VI
Benita y Avelino, que sale por el fondo derecha, ocultándose, entre los árboles.
Avelino.—¡Sola! ¡Yo la exploro! ¡Me gusta a mí esa tontita de una manera avasallante! ¡Tiene un no sé qué así, bobo, que engolosina! Yo voy a ver si la enloquezco por un medio poético que me se ha ocurrido. (Saca una navaja de muelles, no muy grande, y la abre.) Un poco grande es para mi ojepto, pero no he encontrao otra. Me tiembla el corazón que parece que voy a cometer un crimen. ¡Ánimo! (Llamando desde donde está.) ¡Benita!... (Avanzando.) ¡Benita!
Benita (Se vuelve.)—¿Qué? (Al verle se levanta aterrada.) ¡Jesús!
Avelino.—Perdone usté que venga a cortarla...
Benita (Retrocediendo asustada.)—¿A mí?
Avelino.—Que venga a cortarla el hilo de sus cavilaciones nada más; que esta navaja es para hacerla a usté una cosa muy agradable.
Benita.—¿Qué me va usted a hacer?
Avelino.—¿Que qué la voy a hacer? (Avanza con pasos trágicos y cogiéndola de una mano, la trae hasta el centro de la escena. Ella avanza con miedo.) ¿Cómo se llama usted?
Benita.—¡Ah! pero ¿es el padrón?
Avelino.—Es otra cosa más de adorno. ¿Cómo se llama usté?
Benita.—Benita.
Avelino.—Digo de apellido.
Benita.—Baranda.
Avelino (Sonriendo.)—¡Baranda! ¡Hombre, qué casualidad! Usté Baranda y yo, Escalera. ¡Nos completamos! (Mirándola con arrobamiento.) ¡Baranda! (Muy meloso.) ¡Con qué gusto me asomaría!
Benita.—¿Dónde?
Avelino.—Nada, nada; es una cosa pa mí solo. De forma que las iniciales de usté son, B. B.
Benita.—Creo que sí; B. B.
Avelino.—Bueno; pues la voy a hacer a usté un B. B. entrelazao, en el tronco de un árbol, con letra de adorno, que se va usté a quedar visueja.
Benita.—¿Y pa eso me ha dao usté este susto?
Avelino.—Y debajo de su enlace pondré mis iniciales: Avelino Escalera Jordán. A. E. J. (Muy fino.) ¿Me permitirá usted que por lo menos toque la J en su enlace?
Benita.—Como si quiere usted tocar la muñeira.
Avelino.—Ni una palabra más. ¿Lo grabo en aquella encina (Foro.) u en este chopo? (1.º derecha.)
Benita.—Pero ¿me quiere usted dejar en paz, hombre?
Avelino.—Lo grabaré en el chopo. ¡Y Dios quiera que algún día no tenga yo que coger el chopo y recordarla dónde empezó nuestro idilio! Manos a la obra. (Se pone a grabar con la navaja en el tronco del árbol.)
Benita.—¡Tan bien como estaría usted durmiendo la siesta, hombre!
Avelino.—Benita.
Benita.—¿Qué?
Avelino.—Tié usté una mirada que eleztrocuta.
(Se oyen risas y rumor de voces de hombres hacia la primera izquierda.)
Benita.—¡Chist!... ¡Silencio!
Avelino.—¿Qué pasa?
Benita (Fijándose.)—El señor Melquiades y Serafín, que vienen.
Avelino.—¡Esos sinvergüenzas!
Benita.—¿Tramarán algo contra Higinio?
Avelino.—Si quiere usté, podemos escondernos y oirlos.
Benita.—Sí; mejor será. Calle usté; por aquí. (Se esconden detrás de un matorral alto en la primera derecha, de forma que los vea el público.)
ESCENA VII
Dichos, Serafín, Melquiades, Virutas, Tuliqui, y Bernabé, por la primera izquierda. Vienen riendo escandalosamente. El último trae un frasco de vino y dos copas, y colocándolo en el banco de la izquierda va sirviendo a sus amigos, que beben formando semicírculo.
Serafín (Saliendo.)—¡Calla, que me tronzo de risa!
Todos.—¡Ja, ja, ja!
Melquiades.—Que sí, hombre, no reirse.
Tuliqui.—¡Pero si es pa reventar!
Virutas.—¡Tienes unas cosas!
Melquiades.—Señor, que sé lo que me digo, hombre. Oirme y veréis. (A Serafín.) ¿Cuál es aquí la única cosa que nos es hóstil p’al logro de tus fines benéficos con la Nieves?
Serafín.—La Benita.
Melquiades.—Pues la hago yo el amor, primo, y tóo resuelto. (Todos ríen.)
Benita (Estupefacta.)—¡A mí!
Tuliqui.—¿Tú con esa mema? (Riendo.) ¡Ja, ja, ja!
Melquiades.—¡Natural, señor! Como ese cacho de tonta no ha tenido nunca quien la diga “por ahí te pudras”, pues en cuanto yo la insinúe tanto así, la incendio, cae en mis brazos, se pone de nuestra parte y cuando tú haigas lograo tu ojeto con su hermana, yo abandono a esa renacuaja y que se tome dos pastillas de sublimao, si le gusta. ¿Qué os parece?
Virutas (Riendo.)—¡Eres diabólico!
Serafín.—Oye, pero que de primera.
Tuliqui.—¡A ver si te da calabazas!
Melquiades.—¿A mí? ¡A las dos palabras, la pelo al rape si me da la gana! (Siguen hablando en voz baja y bebiendo. Avelino sale del escondite, abre la navaja y avanza en actitud amenazadora. Benita le sujeta.)
Avelino.—¡Suelte usté! ¡Suelte usté, que le voy a traer dos filetes de cerdo! ¡Miserables! ¡Canallas!
Benita.—¡Chist!... ¡quieto! Déjeme usté a mí sola, que yo sé lo que tengo que hacer con estos bandidos. Lárguese usté pronto.
Avelino.—Si hago falta, me da usté una voz.
Benita.—Bueno. (Vase Avelino por la primera derecha.) Por mi salú que os acordáis de esta mema pa toa la vida. ¡Deshonrar a mi hermana y tomarme a mí el pelo! Veremos quién puede más, si una tonta o cinco granujas. (Vase tercera derecha.)
Melquiades (A Serafín.)—De manera que tú a seguir dándola achares a la Nieves con su amiga, y yo a buscar a esa pitusa, y de que la encuentre...
Benita (Por el foro derecha, lejos y quejándose.)—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
Serafín.—¿Quién se queja? (Todos miran al sitio indicado.)
Melquiades.—¡Calla!... ¡Pero si es la Benita!
Tuliqui.—¡Y viene cojeando!
Melquiades.—¿Se habrá caído?
Virutas.—¡Qué ocasión!
Melquiades.—Dibujada. Dejarme solo.
Serafín.—Duro con ella.
Melquiades.—Sus la brindo. (Vanse los cuatro riendo por la primera izquierda.)
ESCENA VIII
Melquiades y Benita, por el fondo derecha. Viene cojeando y se apoya para andar en una sombrilla.
Benita.—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! (Sale quejándose.) ¡Ay, señor Melquiades de mi alma!
Melquiades.—Pero, ¿qué es eso, rica, qué te ha pasao?
Benita.—¡Ay, que me he torcido un pie! ¡Ay!... ¡Agárreme usté, que no puedo!
Melquiades (Yendo hacia ella.)—Pero, ¿es que te has resbalao?
Benita.—Y me he caído, sí, señor. ¡Ay! ¿Me quiere usté llevar a aquel tronco? (El de la izquierda.)
Melquiades.—Con mil amores. (Cogiéndola de la cintura.)
Benita (Saltando a la “patita coja”, hasta llegar al banco.)—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! (Se sienta a la izquierda.)
Melquiades (De rodillas, reconociendo el pie lesionado.)—¿Y dónde te duele, rica?
Benita.—Aquí, un poquito más arriba del tobillo. (Levantando la falda y dejando ver un poco la pantorrilla.)—¿Lo tengo hinchao?
Melquiades.—No, pero... (¡Camará, qué pantorrilla!) A ver, ¿te duele al tazto? (Toca con el dedo repetidamente.)
Benita.—No, señor; me hace una punzadita nada más.
Melquiades.—Eso no es nada; descansando aquí un poquito conmigo, te se pasa. (Se sienta a su derecha, pero sin dejar de mirar la pantorrilla.) Oye, rica, ¿y sabes que vas muy bien calzadita?
Benita.—¡Regular! ¡Cada una presumimos de lo que podemos!
Melquiades.—Yo no me había fijao, pero, sabes que tienes un nacimiento que...
Benita (Haciéndose la tonta.)—¡Je, je! Lo mismo me dijo el otro día el chico de la tienda de sedas. (Ruborosa.)
Melquiades.—¿Te dijo que vaya un nacimiento?
Benita.—Sí, señor; que vaya un nacimiento y que si se lo quería dejar pa una Nochebuena.
Melquiades.—¡Anda diez!
Benita.—Y luego, se puso así en jarras y me añidió: ¿Le falta a usté una figurita pa ese nacimiento? Y yo enfadada le dije: “Sí, señor, me falta el buey.”
Melquiades (Riendo.)—¡Muy salao! ¿Y qué te dijo?
Benita.—Pues... me dió las señas de su casa de usté. (Se ríe tontamente.)
Melquiades (Quedando de pronto serio.)—¿Y por qué no te dió las de su padre político?
Benita.—Se le pasaría. (Levantándose rápidamente.)—Y en fin, yo me voy, que no quiero que me vean aquí sola.
Melquiades (Obligándola a sentarse.)—No tengas prisa, mujer.
Benita.—No, si yo estoy muy a gusto, pero... ¡ay!, no quiero ni pensarlo, si me viesen aquí sola con usté, con las bromas que me dan.
Melquiades.—Bromas, ¿de qué?
Benita.—Nada, que como a veces, cuando hablamos así de hombres con mis amigas, yo siempre le saco a usté, pues se han maliciao tonterías, que... Bueno, yo me voy. (Como antes.)
Melquiades.—Aguarda, mujer aguarda. (Cada vez más acaramelado.) ¿Y qué es lo que hablas de mí con tus amigas, si pué saberse?
Benita.—Yo, nada; tonterías de chicas.
Melquiades.—Y dime, Benita, ¿tú no has tenío nunca novio?
Benita.—Novio, novio... lo que se dice novio, no, señor. Tonteos na más. ¡Como soy tan tonta!...
Melquiades.—Y escucha: ¿no te gustaría a ti tener un novio formal?... Vamos a ver.
Benita.—Formal u chirigotero, que me gustase a mí, que lo demás... es lo de menos.
Melquiades.—¿Qué te parecería un sujeto como yo, pongo por caso? (Poniéndose de pie y engallándose.)
Benita (De pie también.)—¿Cómo usté? ¡Ay!
Melquiades (Cogiéndola la mano.)—¿Te gustaría? ¡Dilo!
Benita (Fingiendo.)—¡Ay, por Dios, señor Melquiades, suélteme usté!
Melquiades.—Dímelo ya.
Benita.—¡Ay, por Dios, que nos pueden ver!
Melquiades.—Dame un abrazo, anda.
Benita (Soltándose y echando a correr hacia el fondo derecha.)—¡Ay, eso no, Melquiades! Ahora no, que vienen.
Melquiades.—¿Quieres que hablemos luego?
Benita.—Luego, sí.
Melquiades.—¿Dónde te espero?
Benita.—Aquí mismo, a la hora de irnos. Adiós. (Medio mutis.)
Melquiades (Llamándola.)—¡Benita! ¿Me quieres?
Benita (Con rubor.)—Cuando yo me vaya, venga usté a leer lo que dejo escrito aquí en la tierra. (Escribe en el suelo con la punta de la sombrilla.) Ya está. Dispense la urtugrafía. Adiós. (Mutis fondo derecha.)
Melquiades.—¡Adiós, vida! Yo le he preguntao que si me quería. ¿Qué habrá puesto? (Va y lo lee.) “Un porción.” (Riendo.) ¡Camará con la niña! No, pues se pué pasar el rato con la tontita esa mejor de lo que yo me figuraba. ¡Y por lo visto, me venía camelando hace tiempo! ¡¡Y habrá tantas así!! ¡Que uno no puede estar en todo! (Vase contoneando por la primera izquierda.)