IX
EN CAMPAÑA
Pensaba Amílcar que los mercenarios le esperarían en Útica o que se revolverían contra él; y no encontrando suficientes sus fuerzas para dar el ataque o recibirlo, se había dirigido al Sur, por la orilla derecha del río, poniéndose al abrigo de una sorpresa.
Quería, cerrando los ojos sobre la rebelión, separar todas las tribus de la causa de los bárbaros, y cuando tuviera a estos aislados o en medio de las provincias, caer sobre ellos y exterminarlos.
En catorce días pacificó la región comprendida entre Tucaber y Útica, con las ciudades de Tignicaba, Tesura, Vacca y otras del Occidente. Zagar, edificada en las montañas; Asura, célebre por su templo; Djeraado, fértil en enebros; Tajsitís y Hagur le enviaron embajadas. Los habitantes del campo llegaban cargados de víveres, implorando su protección; besaban sus pies y los de los soldados y se quejaban de los bárbaros. Algunos venían a ofrecerle, en sacos, cabezas de mercenarios muertos por ellos, según decían, pero que en realidad habían cortado a los cadáveres; porque muchos se habían perdido en la huida y se les encontraba muertos en los olivares y en las viñas.
Para deslumbrar al pueblo, Amílcar, al segundo día de la victoria, envió a Cartago los dos mil cautivos cogidos en el campo de batalla. Llegaron en largas compañías de cien hombres cada una, con los brazos atados a la espalda con una barra de bronce que les llegaba a la nuca; los heridos, sangrando, corrían también, mientras los jinetes, detrás de ellos, los empujaban a latigazos.
¡Fue un delirio de alegría! Decíase que habían muerto seis mil bárbaros y que la guerra había terminado porque los demás no la proseguirían; se abrazaban en la calle y se frotaba con manteca y cinamomo la cara de los dioses Pateques en acción de gracias, los cuales, con sus grandes ojos, su gordo vientre y los brazos levantados hasta los hombros, parecían vivos en su pintura y participar de la alegría del pueblo. Los ricos dejaban abiertas sus puertas; resonaban en la ciudad los sones de los tamboriles; de noche se iluminaban los templos, y las sirvientes de la Diosa, bajando a Malqua, pusieron tablados de sicomoro en las principales esquinas, y en ellos se prostituían. Se concedieron tierras a los vencedores, se hicieron holocaustos a Moloch, votaron trescientas coronas de oro para el Sufeta, al que sus partidarios proponían otorgarle nuevos honores y preeminencias.
Había solicitado este entablar nuevas negociaciones con Autharita, para canjear al viejo Giscón y demás cartagineses cautivos por los bárbaros prisioneros. Los libios y los nómadas que componían el ejército de Autharita, apenas conocían a estos mercenarios, hombres de raza italiana o griega; y puesto que la República les ofrecía tantos bárbaros a cambio de tan pocos cartagineses, pensaron que los unos no valían nada y los otros mucho. Temiendo una celada, Autharita rehusó.
En vista de esto, los Ancianos decretaron la ejecución de los cautivos, aunque el Sufeta les escribió en contrario, porque contaba incorporar los mejores a sus tropas y excitar por este medio las deserciones. Pero el odio pudo más que su prudencia.
Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mapales a los postes de las tumbas, y mercaderes, pinches de cocina, bordadores y hasta las mujeres, las viudas de los muertos con sus hijos, vinieron a matarlos a flechazos. Se les tiraba despacio, para prolongar su suplicio; se bajaba el arma y se levantaba por turno; la multitud se empujaba vociferando. Los paralíticos se hacían conducir en sus camillas; muchos, por precaución, llevaban la comida y allí permanecían hasta la noche; otros pernoctaban en el lugar. Se habían plantado tiendas y se bebía a discreción. Muchos ganaron bastante dinero alquilando arcos.
Después se dejaron en pie las cruces con los cadáveres, que parecían sobre ellas otras tantas estatuas rojas; y la exaltación contagió a la gente de Malqua, de familias autóctonas y de ordinario indiferentes a las cosas de la patria. En reconocimiento de los placeres que esta les proporcionaba, se interesaban ahora en su fortuna, se sentían púnicos, y los Ancianos consideraron como una habilidad haber fundido a todo el pueblo en una misma venganza.
No faltó la sanción de los dioses, porque de todos los lados del cielo acudieron cuervos, describiendo círculos en el aire con roncos graznidos, y formando como una negra nube que continuamente rodaba sobre sí misma. Se la veía de Clipea, de Radés y del promontorio Hermeo. A veces se abría de repente y se alargaba en negras espirales; era un águila que había entre la bandada y luego se iba; en las azoteas, en las cúpulas, en la punta de los obeliscos y en los frontis de los templos se posaban avechuchos con restos humanos en el pico enrojecido.
A causa de la pestilencia, los cartagineses se resignaron a desclavar los cadáveres. Quemáronse algunos de estos; se echaron otros al mar, y las olas, agitadas por el viento norte, los depositaron en la playa, en el fondo del golfo, ante el campamento de Autharita.
Tal castigo atemorizó sin duda a los bárbaros, porque de lo alto de Eschmún se les vio abatir sus tiendas, juntar sus rebaños, montar sus bagajes en asnos y alejarse la horda aquella misma noche.
El plan de los bárbaros era moverse alternativamente de Aguas Calientes a Hippo-Zarita, a fin de impedir al Sufeta acercarse a las ciudades tirias; contando además con la posibilidad de volver sobre Cartago.
En este tiempo, los otros dos ejércitos procurarían llegar al Sur; Espendio, por el Oriente, y Matho, por el Occidente, para unirse los tres y sorprender y cercar a Amílcar. Les sobrevino un refuerzo que no esperaban. Narr-Habas, con trescientos camellos cargados de betún, veinticinco elefantes y seis mil jinetes.
El Sufeta, con el fin de debilitar a los bárbaros, juzgó prudente entretener al númida, lejos, en su reino. Desde Cartago se había entendido con Masgaba, bandido gétulo que deseaba forjar un imperio. Con el dinero púnico, este aventurero había sublevado los estados númidas, prometiéndoles la libertad. Pero Narr-Habas, prevenido por el hijo de su nodriza, cayó sobre Cirta, envenenó a los vencedores con el agua de las cisternas, cortó algunas cabezas, y vino contra el Sufeta más furioso que los bárbaros.
Los caudillos de los cuatro ejércitos se pusieron de acuerdo acerca del plan de guerra. Esta sería larga y debía preverse todo.
Convínose en primer lugar en reclamar el auxilio de los romanos, y se ofreció esta embajada a Espendio, quien, como tránsfuga que era, no se atrevió a aceptarla. Se embarcaron doce hombres de las colonias griegas, en Annaba, en una chalupa de los númidas. Los jefes exigieron de todos los bárbaros el juramento de una obediencia absoluta. Todos los días los capitanes revistaban los vestidos y el calzado; se prohibió a los centinelas usar escudos, porque acostumbraban a apoyarlo en la lanza y dormir en pie; a los que llevaban bagaje se les obligó a desprenderse de él; todo debía ponerse a la espalda, a la usanza romana. Como precaución contra los elefantes, Matho creó un cuerpo de jinetes catafractos, en que hombre y caballo desaparecían bajo una coraza de piel de hipopótamo erizada de clavos; para proteger el casco de los caballos se les puso borceguíes de esparto tejido.
Se prohibió saquear pueblos y tiranizar los habitantes de raza no púnica. Pero como la comarca se agotaba, Matho ordenó distribuir los víveres por cabeza de soldado, sin inquietarse por las mujeres, porque los hombres ya atenderían a sus suyas. Por falta de alimentación, muchos se debilitaron; era un incesante motivo de quejas y de invectivas, porque se quitaban las mujeres por la comida o la promesa de su ración. Matho mandó echarlas a todas, sin excepción, y fueron a refugiarse en el campamento de Autharita, donde los galos y tirios, a fuerza de ultrajes, las obligaron a irse.
Al fin acudieron a Cartago, implorando la protección de Ceres y de Proserpina, porque había en Byrsa un templo con sacerdotes consagrados a estas diosas, en expiación de los horrores cometidos en el sitio de Siracusa. Los Sisitas, alegando su derecho a los despojos, reclamaron las más jóvenes para venderlas; los cartagineses nuevos tomaron en matrimonio las rubias espartanas.
Algunas se obstinaron en seguir al ejército, yendo al flanco de las sintagmas, al lado de los capitanes. Llamaban a sus hombres, les tiraban del manto, se golpeaban el pecho, maldiciéndolos y les mostraban sus hijuelos que lloraban. Este espectáculo ablandaba a los bárbaros; era un estorbo, un peligro. Cuantas veces se las rechazaba, ellas volvían; Matho hizo que las dieran una carga los lanceros de Narr-Habas, y como los bárbaros gritaran que necesitaban mujeres, él les respondió:
—Yo no las tengo.
El genio de Moloch se apoderaba ahora de Matho. A pesar de las rebeliones de su conciencia, ejecutaba cosas espantosas, imaginándose obedecer la voz de un dios. Cuando no podía devastar los campos, los llenaba de piedras para volverlos estériles.
Con reiterados mensajes, excitaba a Espendio y a Autharita a que se dieran prisa. Pero las operaciones del Sufeta eran incomprensibles. Acampó sucesivamente en Eidons, en Monchar, en Tehent; los exploradores creyeron verle en los alrededores de Ischil, cerca de las fronteras de Narr-Habas; y se supo que había cruzado el río arriba de Teburba, como para volver a Cartago. No bien estaba en un lugar, se le encontraba en otro, sin que nadie supiese los caminos que tomaba. Sin librar batalla, el Sufeta conservaba sus ventajas; perseguido por los bárbaros, parecía dirigirlos.
Tales marchas y contramarchas fatigaban más y más a los cartagineses; las fuerzas de Amílcar no se renovaban y disminuían de día en día. La gente del campo le suministraba víveres con más lentitud; encontraba en todas partes una vacilación, un odio callado; y no obstante sus ruegos al Gran Consejo, no le enviaban de Cartago ningún socorro.
Decíase que no lo necesitaba, que era una astucia o quejas inútiles; y los partidarios de Hannón, con tal de perjudicarle, exageraban la importancia de su victoria. Bueno que se hiciera el sacrificio de las tropas que mandaba, pero no se iba a satisfacer siempre sus demandas. La guerra era muy pesada; había costado mucho y por orgullo; los patricios de su facción le apoyaban con tibieza.
Desesperando de la República, levantó por la fuerza en las tribus todo lo que necesitaba para la guerra: grano, aceite, leña, animales y hombres; pero los habitantes no tardaron en emigrar. Los pueblos que atravesaba estaban vacíos; se registraban las cabañas y no se encontraba nada, y una espantosa soledad rodeó al ejército cartaginés.
Furioso este, saqueó las provincias, cegaba las cisternas e incendiaba las casas. Las chispas, llevadas por el viento, incendiaban bosques enteros; rodeaban los valles con coronas de fuego, y había que esperar, para proseguir la marcha bajo el sol ardiente y sobre cenizas calientes.
Algunas veces, en los bordes del camino, veían brillar en un matorral así como pupilas de leopardo. Era un bárbaro acurrucado sobre los talones, y que se había cubierto de polvo para confundirse con el color del follaje; o bien cuando se atravesaba un barranco, los que iban a los flancos oían de pronto rodar piedras, y levantando la mirada veían en la abertura del desfiladero un hombre que saltaba con los pies desnudos.
Sin embargo, Útica e Hippo-Zarita estaban libres, porque los mercenarios no las sitiaban. Amílcar mandó que vinieran en su ayuda. No atreviéndose a comprometerse, le respondieron con vaguedades, cumplimientos y excusas.
Bruscamente se trasladó al Norte, resuelto a entrar en una ciudad tiria, aunque le costara un sitio. Le hacía falta un punto en la costa, con el fin de sacar de las islas, o de Cirene, provisiones y soldados, y se fijó en el puerto de Útica, por ser el más próximo a Cartago.
El Sufeta partió, pues, de Zutín y rodeó el lago de Hippo-Zarita, con prudencia. Muy pronto hubo de formar sus regimientos en columna para subir la montaña que separa los dos valles. Al ponerse el sol bajaban los cartagineses de la cumbre, ahuecada en forma de embudo, cuando advirtieren delante de ellos, a ras del suelo, lobas de bronce que parecían correr por la hierba, y aparecer de repente grandes penachos, oyéndose un canto formidable al son de flautas. Era el ejército de Espendio; campanios y griegos, por odio a Cartago, habían adoptado las divisas de Roma.
Al mismo tiempo, aparecieron a la izquierda largas picas, escudos con piel de leopardo, corazas de lino y espaldas desnudas. Eran los iberos de Matho, los lusitanos, baleares y gétulos; se oía el relincho de los caballos de Narr-Habas, que se extendieron alrededor de la colina; después llegó la turba que mandaba Autharita; los galos, libios y nómadas; y en medio de todos se reconoció a los «Comedores de cosas inmundas», por las espinas de pescado que llevaban en la cabellera.
De esta manera, se habían juntado los bárbaros, combinando sus marchas con exactitud.
Amílcar había amontonado su gente en masa orbicular, de modo que ofreciera una resistencia igual en todas partes. Altos escudos puntiagudos, fijos en tierra, unos al lado de otros, rodeaban a la infantería. Los clinabaros quedaban por la parte de fuera y más lejos, de trecho en trecho, los elefantes. Los mercenarios estaban abrumados de fatiga; valía mejor esperar el día, y seguros de la victoria, pasaron la noche comiendo.
Habían encendido fogatas que deslumbrándolos, dejaban en la sombra al ejército cartaginés, debajo de ellos. Amílcar hizo cavar alrededor de su campo, como los romanos, un foso ancho de quince pasos y de diez codos de profundidad; levantar con la tierra excavada un parapeto, en el que plantó estacas agudas, entrelazadas: al salir el sol, quedaron pasmados los bárbaros al ver a los cartagineses atrincherados como en una fortaleza.
En medio de las tiendas vieron al Sufeta, que se paseaba dictando órdenes. Estaba armado con una coraza gris, recamada de pequeñas escamas; y seguido de su caballo, se paraba de cuando en cuando para señalar algo con el brazo derecho.
Más de un bárbaro se acordó de otros días, cuando al son de los clarines, Amílcar pasaba delante de ellos lentamente, fortaleciéndoles con sus miradas, como con vasos de vino. Les sobrecogió una especie de ternura. Por el contrario, aquellos que no conocían al Sufeta, deliraban con la alegría de capturarle.
Sin embargo, si todos atacaban a la vez, se encontrarían en un espacio tan reducido que se expondrían a una derrota. Los númidas podían lanzarse a través; pero los clinabaros, defendidos por las corazas, los aplastarían; además, ¿cómo pasar la empalizada? En cuanto a los elefantes, no estaban suficientemente amaestrados.
—¡Sois todos unos cobardes! —gritó Matho.
Y seguido de los más valientes, se precipitó contra el atrincheramiento. Le rechazó una lluvia de piedras; porque el Sufeta había recogido en el puente sus catapultas abandonadas.
Este fracaso cambió bruscamente el espíritu movible de los bárbaros. El exceso de su bravura desapareció; querían vencer, pero arriesgándose lo menos posible. Según Espendio, convenía conservar la posición que tenían y someter por hambre a los púnicos. Pero los cartagineses ahondaron pozos y descubrieron agua en las montañas que rodeaban la colina.
Desde lo alto de la empalizada lanzaban flechas, tierra, estiércol y piedras, que arrancaban del suelo, en tanto que las seis catapultas rodaban incesantemente a lo largo de la planicie.
Pero las fuentes podían secarse, agotarse los víveres e inutilizarse las catapultas; los mercenarios, diez veces más numerosos, acabarían por triunfar. El Sufeta ideó entablar negociaciones para ganar tiempo; y una mañana los bárbaros vieron en sus dos líneas una piel de carnero, cubierta de escrituras. Amílcar se justificaba de su victoria; los Ancianos le habían obligado a la guerra, y para demostrar que él mantenía su palabra, ofrecía el saqueo de Útica o el de Hippo-Zarita, a elección de los mercenarios; terminando por declarar que no los temía, porque tenía traidores ganados, gracias a los cuales se adueñaría de los otros pronto y fácilmente.
Turbáronse los bárbaros; esta proposición de un botín inmediato les hacía soñar; temían una traición, porque no suponían un lazo en la arrogancia del Sufeta, y empezaron a mirarse unos a otros con desconfianza. Se medían las palabras y los pasos; la pesadilla les desvelaba por las noches. Muchos abandonaban a sus camaradas; cambiaban a capricho de general, y los galos, con Autharita, se juntaron con los cisalpinos, cuya lengua no comprendían.
Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la tienda de Matho, y agachados alrededor de un escudo adelantaban y retrocedían las figuras de madera inventadas por Pirro para reproducir las maniobras. Espendio explicaba los recursos de Amílcar y suplicaba no se comprometiera la ocasión, jurando por todos los dioses. Matho, irritado, gesticulaba. La guerra contra Cartago era cosa personal suya; se indignaba se mezclasen en ella sin querer obedecerle. Autharita adivinaba por su cara lo que decía, y aplaudía. Narr-Habas levantaba la barbilla en señal de desdén; hallaba funestas todas las medidas, y ya no se sonreía, sino que lanzaba suspiros, como si rechazara el dolor de un sueño imposible, la desesperación de una empresa fallida.
En tanto que los bárbaros, dudosos, deliberaban, el Sufeta aumentaba sus defensas; hacía cavar un segundo foso, levantar otra segunda muralla y construir en los ángulos torres de madera; sus esclavos iban a las avanzadas a hundir en el suelo los abrojos. Pero los elefantes, a los que se les había disminuido la ración, se debatían en sus trabas. Para economizar el pasto, ordenó Amílcar a los clinabaros que mataran a los caballos menos robustos. Rehusaron algunos y los mandó decapitar. Se comieron los caballos. El recuerdo de esta carne fresca aumentó la tristeza en los días siguientes.
Del fondo del anfiteatro en que se encontraban encerrados, veían alrededor de ellos, en las alturas, los cuatro campamentos de los mercenarios, llenos de agitación. Circulaban las mujeres con odres a la cabeza, balaban las cabras entre haces de picas, se relevaban los centinelas, se comía en torno de las trébedes; porque las tribus les proporcionaban víveres en abundancia y suponían lo que asustaba su inacción al ejército púnico.
En el segundo día observaron los cartagineses en el campo de los númidas una tropa de trescientos hombres separada de los demás. Eran los Ricos, hechos prisioneros desde el comienzo de la guerra. Los libios los alinearon a todos al borde del foso, y puestos detrás de ellos, disparaban azagayas, sirviéndoles de parapeto el cuerpo de los cautivos. Apenas se podía conocer a estos infelices, a causa del estrago que hizo en ellos la miseria y la inmundicia. Sus cabellos, arrancados a mechones, mostraban al desnudo las úlceras de la cabeza, y estaban tan flacos y terribles que parecían momias envueltas en lienzos. Algunos, temblando, gemían con aire estúpido; otros gritaban a sus amigos que tiraran a los bárbaros. Uno había inmóvil y con la cabeza baja, que no hablaba; su gran barba blanca caía hasta las manos cargadas de cadenas, y los cartagineses, sintiendo en el fondo de su corazón, como un desquiciamiento de la República, reconocieron a Giscón. Por más que el sitio era peligroso, se empujaban para verle. Le habían puesto una tiara grotesca, de cuero de hipopótamo, incrustada de guijarros. Era una ocurrencia de Autharita, pero que disgustaba a Matho.
Amílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas, resuelto a abrirse paso de cualquier modo, y con gran furia subieron los cartagineses unos trescientos pasos. Pero bajó tal ola de bárbaros, que fueron repelidos a sus líneas. Uno de los guardias de la Legión, que se quedó afuera, tropezó en las piedras. Corrió Zarxas y le hundió el puñal en la garganta; retiró el arma y, poniendo la boca en la herida, chupó la sangre a borbotones, entre retozos de alegría y sobresaltos que le sacudían hasta los talones. Después, tranquilamente, se sentó encima del cadáver, levantó la cara, volviendo el cuello para aspirar mejor el aire, como hace el ciervo que acaba de beber en el torrente, y con voz aguda entonó una canción de las Baleares, vaga melodía de modulaciones prolongadas, interrumpida y alternada como los ecos que se responden en las montañas; llamó a sus hermanos muertos, convidándolos al festín; luego dejó caer las manos sobre las rodillas, bajó lentamente la cabeza y lloró. Esta atrocidad causó horror a los mercenarios, a los griegos, sobre todo.
Los cartagineses no intentaron otra salida, pero no pensaron en rendirse, seguros de morir en suplicios.
A pesar de los cuidados de Amílcar, los víveres disminuían de un modo espantoso. No quedaba para cada hombre más que diez kolumer de trigo, tres hin de mijo y doce betza de frutas secas. Ni carne, ni aceite, ni salazones, ni un grano de cebada para los caballos; se les veía bajar el enflaquecido cuello buscando en el polvo briznas de paja pisadas. A menudo, los centinelas de la terraza veían, a la luz de la luna, un perro de los bárbaros que merodeaba bajo el atrincheramiento, en un montón de inmundicias; le tiraban una piedra y, ayudándose con las correas del escudo, bajaban a cogerlo, y luego se lo comían. Otras veces se oían terribles ladridos, y el hombre no subía. En la cuarta diloquia de la duodécima sintagma, tres falangitas se mataron a cuchilladas, disputándose una rata.
Todos añoraban sus familias, sus casas; los pobres, sus cabañas en forma de colmena, con conchas en el umbral de las puertas y una red colgante; y los patricios, sus salones llenos de tinieblas azuladas cuando, en la hora más calurosa del día, sesteaban escuchando el vago rumor de las calles, junto con el murmullo de los árboles de sus jardines; y para regodearse con este recuerdo, entornaban los párpados, que la punzada de una herida volvía a abrir. A cada minuto, ocurría un nuevo alerta; ardían las torres; los «Comedores de cosas inmundas» asaltaban las empalizadas; se les cortaban las manos con hachas, y otros venían; una lluvia de hierro caía sobre las tiendas. Se levantaron galerías con rejas de junco para librarse de los proyectiles. Los cartagineses se encerraron, y no se movían.
Todos los días, el sol que trasponía la colina los dejaba en la sombra desde muy temprano. Al frente y por detrás, subían las faldas grises del terreno, cubiertas de piedras manchadas de un liquen raro; y sobre sus cabezas, el cielo, continuamente sereno, se abría más liso y frío a la mirada que una cúpula de metal. Amílcar estaba tan indignado contra Cartago, que sentía deseos de entregarse a los bárbaros para ir contra ella. Los esclavos, los vivanderos empezaban a murmurar, y ni el pueblo, ni el Gran Consejo, ni nadie daban tan siquiera una esperanza. La situación era intolerable, sobre todo por el convencimiento de que llegaría a ser peor.
Al recibirse la noticia del desastre, Cartago estalló de cólera y de odio contra el Sufeta; se le hubiera execrado menos si se hubiera dejado vencer al principio.
Pero para poder comprar otros mercenarios, faltaban dinero y tiempo. ¿Cómo equipar soldados en la ciudad? Amílcar se había llevado todas las armas. Y ¿quién los mandaría? Los mejores capitanes estaban ausentes con él. Sin embargo, los emisarios enviados por el Sufeta, iban por las calles dando gritos. El Gran Consejo se turbó, y se las arregló para hacerlos desaparecer.
Era una imprudencia inútil, porque todos acusaban a Barca de haberse conducido con blandura. Después de su victoria, debía haber aniquilado a los bárbaros. ¿Por qué les había devastado las tribus? Les había impuesto enormes sacrificios, y los patricios deploraban su contribución de catorce sekel; los Sisitas, sus doscientos veinte y tres mil kikar de oro; los que no habían dado nada se lamentaban como los demás. La plebe estaba celosa de los cartagineses nuevos, a los que se había prometido el derecho de ciudadanía completo; y hasta a los ligures, que se habían batido intrépidamente, se les confundía con los bárbaros y se les maldecía como a estos; su raza venía a ser un crimen, una complicidad. Los mercaderes, en el umbral de su tienda; los peones de albañil, que pasaban con la llana en la mano; los vendedores de palmeras, chorreando sus cestos; los bañeros, en las estufas, y los proveedores de bebidas calientes, todos discutían las operaciones militares. Trazaban con el dedo, en el polvo, planes de campaña; y hasta el último galopín corregía las faltas de Amílcar.
Según los sacerdotes, era el castigo de su obstinada impiedad; no había ofrecido holocaustos, ni purificado sus tropas, había rehusado llevar consigo augures, y el escándalo del sacrilegio reforzaba la violencia de los odios contenidos, la rabia de las esperanzas frustradas. Se recordaban los desastres de Sicilia; todo el peso de su orgullo, tanto tiempo soportado. El colegio de los pontífices no le perdonaba haber dispuesto de su tesoro, y exigió del Gran Consejo que, si volvía el Sufeta, fuese crucificado.
Los calores del mes de Elul, excesivos aquel año, eran otra calamidad. De las orillas del lago venían hedores insoportables, que se mezclaban en el aire con la humareda de los aromas que se quemaban en las esquinas. Continuamente se oían resonar himnos. El pueblo, en oleadas, llenaba las escalinatas de los templos; todas las murallas estaban cubiertas de velos negros; ardían cirios en la frente de los dioses Pateques, y la sangre de los camellos degollados en sacrificio, corriendo a lo largo de los tramos, formaba rojas cascadas sobre las gradas. Un funesto delirio agitaba a Cartago. De las calles más estrechas, de las más miserables, salían rostros pálidos, hombres de cara de víbora y que rechinaban los dientes.
Los clamores de las mujeres llenaban las casas y hacían volverse a los que hablaban de pie en las plazas. En ocasiones, se creía que llegaban los bárbaros; se les había visto detrás de la montaña de Aguas Calientes; estaban acampados en Túnez; y los rumores se multiplicaban, confundiéndose en un solo clamor, al que sucedió un silencio universal. Unos trepaban al frontispicio de los edificios, atalayando el horizonte; otros, echados de bruces en los baluartes, aguzaban el oído. Pasado el temor, volvían a empezar las recriminaciones; pero la convicción de su impotencia los reducía a la tristeza, tristeza que redoblaba cuando, por las tardes, subidos a las azoteas, se inclinaban nueve veces, y con un gran grito saludaban al sol, que se ponía detrás de la laguna lentamente, hundiéndose de golpe en las montañas, del lado de los bárbaros.
Se esperaba la fiesta, tres veces santa, en la que un águila, saliendo de una hoguera, se remontaba al cielo; símbolo de la resurrección del año, mensaje del pueblo al supremo Baal, y considerado como un modo de unirse y participar de la fuerza del sol. El odio hacía que se dejara a Tanit por Moloch el Homicida. La Rabbetna, privada de su velo, parecía despojada de una parte de su virtud. Rehusaba el beneficio de las aguas, había desertado de Cartago; era una tránsfuga, una enemiga. Para ultrajarla, la tiraban piedras; pero insultándola, en el fondo, se la deseaba y quería más.
Todas las calamidades venían, pues, por la pérdida del zaimph. Salambó había, indirectamente, contribuido a ello; se la incluía en el mismo odio al Sufeta, y debía ser castigada. Se extendió por el pueblo la vaga idea de una inmolación. Para aplacar a los Baalim se necesitaba, sin duda, ofrecerles algo de valor incalculable: un ser hermoso, joven, virgen, de noble linaje, casi divino: un astro humano. Todos los días, unos hombres desconocidos invadían los jardines de Megara; los esclavos, temiendo por ellos mismos, no se atrevían a oponérseles. Aquellos no pasaban de la escalera de las galeras, sino que se quedaban abajo, mirando a la última terraza: esperaban a Salambó; y durante horas enteras gritaban contra ella como perros que ladran a la luna.