XI
EN LA TIENDA DE CAMPAÑA
El hombre que guiaba a Salambó la hizo pasar más allá del faro, hacia las Catacumbas, y bajar luego a lo largo del arrabal Moluya, lleno de callejas escarpadas. Empezaba a clarear. De cuando en cuando, las vigas de palma que sobresalían de las paredes les obligaba a bajar la cabeza. Los dos caballos, andando al paso, resbalaban, y así llegaron a la puerta de Teveste.
Entreabiertas estaban las pesadas hojas; la pasaron, y en seguida se cerraron tras ellos.
Siguieron primero la línea de los baluartes, y a la altura de las Cisternas tomaron por la Tenia, estrecha cinta de tierra amarilla que separaba el golfo del lago y se prolongaba hasta Radés.
A nadie se veía alrededor de Cartago, ni en el mar ni en el campo. Las olas, de color de pizarra, se agitaban suavemente, y el viento que empujaba sus espumas las manchaba con rasgones blancos. A pesar de sus velos, Salambó temblaba por el frío de la mañana; el movimiento y el aire libre la aturdían. Después se levantó el sol, que la mordía en la nuca, e involuntariamente quedó amodorrada. Los dos caballos trotaban juntos, hundiendo los pies en la muda llanura.
Así que pasaron la montaña de Aguas Calientes, siguieron a paso más rápido, porque el piso era más firme.
Los campos, por más que era el tiempo de la siembra y de la labranza, estaban solitarios como el desierto. A trechos se veían manchas de trigo y de cebada que empezaban a granar. En el claro horizonte, las ciudades se destacaban en negro, con formas recortadas e incoherentes.
A trechos se levantaban en el borde del camino lienzos de muralla medio calcinados. Hundíanse los techos de las cabañas; se veían restos de vasijas, andrajos, utensilios y objetos desconocidos. A menudo, un ser cubierto de harapos, de cara terrosa y pupilas ardientes, salía de estas ruinas, para echar a correr o desaparecer en un agujero. Salambó y su guía no se detenían.
Se iban sucediendo los llanos abandonados; el polvo de carbón que levantaban las cabalgaduras se extendía por grandes espacios de tierra amarilla; algunas veces encontraban sitios apacibles, un arroyo que corría entre hierbas, y Salambó, para refrescar las manos, arrancaba hojas mojadas. En la linde de un bosque de adelfas, su caballo dio un respingo ante el cadáver de un hombre tendido en el suelo.
El guía esclavo arregló el arnés en seguida. Era uno de los servidores del Templo, y hombre que Schahabarim empleaba en misiones peligrosas. Por exceso de precaución, iba ahora a pie entre los dos caballos, a los que animaba con un rebenque atado a la muñeca; o bien sacaba de un zurrón colgado al pecho bolas de trigo, dátiles y yemas de huevo, envueltas en hojas de loto, y que ofrecía a Salambó, sin dejar de correr.
A mitad del día cruzaron el camino tres bárbaros, vestidos con piel de animales. Poco a poco fueron apareciendo otros, en grupos de diez, doce y veinticinco hombres, muchos de estos arreando cabras o alguna vaca que cojeaba. Sus pesados bastones estaban erizados de puntas de cobre; brillaban los cuchillos bajo sus vestidos, horriblemente sucios, y miraban entre amenazadores y asombrados. Al paso de los viajeros, algunos enviaban una bendición; otros murmuraban palabras obscenas. El guía de Salambó contestaba a todos en sus distintos idiomas. Les decía que llevaba a un joven enfermo a curarse a un templo lejano.
Iba haciéndose tarde, y se oyeron ladridos. A la última luz del crepúsculo llegaron los viajeros a un cercado de piedras secas, con una vaga construcción en medio. Corría un can por la tapia; el esclavo le tiró una piedra, y entraron en una sala alta y abovedada.
Una mujer se estaba calentando junto a un montón de charrascas encendidas, yéndose el humo por los agujeros del techo. Sus blancos cabellos, que la caían hasta las rodillas, la tapaban a medias, y sin decir palabra, con expresión idiota, murmuraba palabras incoherentes de venganza contra los bárbaros y contra los cartagineses.
El guía registró a derecha e izquierda, y acercándose a la mujer la pidió de cenar. La vieja meneaba la cabeza, y con la mirada fija en las brasas balbuceaba:
—Los diez dedos están cortados. La boca no come más.
El esclavo la enseñó unas monedas de oro. Pareció animarse la vieja, pero en seguida volvió a su inmovilidad. Le puso un puñal en la garganta, y entonces, temblorosa, fue a levantar una ancha losa y trajo una ánfora de vino con peces de Hippo-Zarita confitados en miel.
Salambó rechazó este alimento inmundo, y se durmió sobre las mantas de los caballos, tendidas en un rincón de la sala.
Antes de ser día, se despertó. Ladraba el perro. El esclavo se le acercó callado, y de una sola cuchillada le cortó la cabeza, y con la sangre frotó las narices de los caballos para reanimarlos. La vieja le maldijo. Lo oyó Salambó y apretó contra el pecho el amuleto que llevaba sobre el corazón.
Prosiguieron la marcha.
A intervalos preguntaba ella si llegarían pronto. La ruta ondulaba por pequeñas colinas. Se oía el chirrido de las cigarras. Calentaba el sol la amarillenta hierba; todo el terreno estaba hendido por aberturas que iban formando a manera de losas monstruosas. En ocasiones pasaba una víbora y volaban águilas; el esclavo corría siempre; Salambó soñaba envuelta en sus velos, y a pesar del calor no los apartaba, temiendo manchar sus hermosos vestidos.
A distancias regulares, se levantaban torres edificadas por los cartagineses para vigilar las tribus. Los viajeros entraban en ellas, buscando la sombra, y luego seguían su camino.
La víspera, por prudencia, habían dado un gran rodeo; pero ahora, no encontraban a nadie; la región era estéril y los bárbaros no habían pasado por ella.
Volvió a verse la devastación: en mitad del campo, un mosaico, como últimos restos de una quinta, y olivares sin hojas, que de lejos parecían anchos matorrales de espinos. Pasaron por un pueblo cuyas casas estaban quemadas a ras del suelo, viéndose esqueletos humanos a lo largo de las murallas, y la carroña de dromedarios y mulas muertas que llenaban las calles.
Venía la noche, y el cielo se veía bajo y cubierto de nubes. Subieron durante dos horas en dirección a Occidente, y de pronto divisaron ante ellos multitud de pequeñas llamas en el fondo de un anfiteatro.
Aquí y acullá brillaban placas de oro, que cambiaban de sitio. Eran las corazas de los clinabaros del campo púnico; luego distinguieron en los contornos otros brillos en mayor número, porque las armas de los mercenarios se extendían confundidas en un gran espacio.
Salambó hizo un movimiento para adelantarse; pero el hombre de Schahabarim la llevó más lejos y bordearon la terraza que cerraba el campo de los bárbaros. Encontraron una brecha, y el esclavo desapareció.
En la cima del reducto se paseaba un centinela con un arco en la mano y la pica a la espalda.
Como Salambó iba acercándose, el bárbaro se arrodilló y disparó una flecha, que vino a clavarse por debajo de su manto. Se paró ella, gritando, y él la preguntó qué quería.
—Hablar a Matho —contestó ella—. Soy un tránsfuga de Cartago.
El centinela dio un silbido que se repitió de distancia en distancia.
Esperó Salambó. Su caballo, asustado, daba vueltas, relinchando.
Cuando llegó Matho la luna se levantaba detrás de ella; pero como la cubría un velo amarillo con flores negras y tanta ropa alrededor del cuerpo, era imposible ver nada. De lo alto de la terraza, Matho contemplaba esta vaga forma, erguida como un fantasma en la penumbra de la noche.
Al fin ella le dijo:
—¡Llévame a tu tienda! ¡Yo lo quiero!
Un recuerdo que no podía precisar atravesó la memoria del bárbaro. Sentía latir su corazón. Este acento de mando le intimidaba.
—¡Sígueme! —la dijo.
Se bajó la barrera, y en seguida entró Salambó en el campo de los mercenarios. Lo llenaba un gran tumulto y una gran multitud. Ardían fuegos debajo de marmitas colgadas, y sus purpúreos reflejos, al iluminar ciertos sitios, dejaban otros completamente a obscuras. Había gritos y llamadas; los caballos, trabados, formaban largas hileras en medio de las tiendas; estas eran redondas o cuadradas, de cuero o de tela; había chozas de caña y agujeros en la arena, como los que excavan los perros. Los soldados porteaban faginas, se sentaban en tierra o se envolvían en una manta, disponiéndose a dormir, y el caballo de Salambó, para pasar por encima, algunas veces alargaba una pierna y daba un salto.
Recordaba ella haberlos ya visto; pero tenían ahora las barbas más largas, sus caras estaban más negras y las voces eran más broncas. Matho iba delante de ella, apartándolos con un movimiento del brazo, que levantaba su manto rojo. Algunos besaban sus manos; otros, doblando el espinazo, se le acercaban a pedirle órdenes; porque ahora era él el verdadero jefe de los bárbaros. Espendio, Autharita y Narr-Habas estaban desalentados, y él había mostrado tanta audacia y obstinación, que todos le obedecían.
Siguiéndole Salambó, atravesó todo el campo. Su tienda estaba en el extremo, a trescientos pasos del atrincheramiento de Amílcar.
Observó ella, a la derecha, un ancho foso, y le pareció asomaban caras en los bordes, al nivel del suelo, como si fueran cabezas cortadas; pero movían los ojos y de sus bocas salían gemidos en lengua púnica.
Dos negros con antorchas de resina, estaban a ambos lados de la puerta. Matho apartó bruscamente la tela, y ella le siguió.
Era una tienda espaciosa, con un mástil en medio. La alumbraba una lámpara grande, en forma de loto, llena de un aceite amarillo, en el que flotaban puñados de estopas; relucían en la sombra objetos militares. Una espada desnuda se apoyaba en un escabel, cerca de un escudo; látigos de cuero de hipopótamo, címbalos, cascabeles y collares se entremezclaban con cestas de esparto; las migas de un pan negro manchaban una manta de fieltro; en un rincón, sobre una piedra redonda, había un montón de moneda de cobre, y por entre los rasgones de la tela de la tienda, el viento traía el polvo de fuera y el olor de los elefantes, a los que se oía comer sacudiendo sus cadenas.
—¿Quién eres? —preguntó Matho.
Sin contestar, miró ella alrededor lentamente; sus ojos se detuvieron en el fondo, donde sobre un lecho de hojas de palmera, había una cosa azulada y chispeante.
Salambó se adelantó con viveza, dando un grito. Matho, detrás de ella, se sentía impaciente.
—¿Qué te trae aquí? ¿A qué vienes?
Respondió ella, señalando el zaimph:
—¡Para llevármelo!
Y con la otra mano se arrancó los velos que la cubrían. Matho retrocedió, con los codos hacia atrás, sorprendido, casi aterrorizado.
Ella se sentía como apoyada por la fuerza de los dioses, y mirándole cara a cara, le pedía el zaimph; se lo reclamaba con palabras elocuentes y soberbias.
Matho no la oía; la contemplaba, y los vestidos se confundían para él con el cuerpo. El moaré de las telas era como el esplendor de su piel, algo especial y privativo de ella. Brillaban sus ojos como los diamantes; el pulimento de sus uñas era la continuación de la finura de las joyas que llevaba en los dedos; los dos corchetes de su túnica, levantando un poco sus pechos, los juntaba uno con otro, y él se perdía con el pensamiento en este estrecho intervalo, del que bajaba un hilo con una placa de esmeraldas, que se traslucía debajo de una gasa morada. Llevaba por pendientes dos pequeñas balanzas de zafiro con una perla hueca cada una, llena de un perfume líquido. Por los agujeros de la perla, caía, de rato en rato, una gotita sobre la espada desnuda, y Matho la miraba caer.
Invencible curiosidad le arrastró, y como niño que pone la mano en una fruta desconocida, tembloroso, y con la punta del dedo, tocó suavemente en el nacimiento del pecho: la carne, un poco fría, cedió con resistencia elástica.
Este contacto, aunque apenas sensible, exaltó a Matho, y fuera de sí mismo, se precipitó a ella, queriéndola envolver, absorberla, beberla. Palpitaba su pecho y rechinaban sus dientes.
Tomándola por las dos muñecas, la empujó suavemente y se sentó sobre una coraza, al lado del lecho de palma, cubierto por una piel de león. La miraba de pies a cabeza, y teniéndola sentada en sus orillas, repetía:
—¡Qué hermosa eres! ¡Qué hermosa!
Los ojos seguían fijos en los suyos y la hacían sufrir, y este malestar, esta repugnancia llegó a tal extremo que Salambó se contenía para no gritar; pero se acordó de Schahabarim y se resignó.
Matho retenía siempre sus manos en las suyas, y de cuando en cuando, a pesar de las órdenes del sacerdote, ella trataba de apartarlas, sacudiendo los brazos. Él inflaba las narices para aspirar mejor el perfume que se exhalaba de toda ella; emanación indefinible, fresca, pero que aturdía como el humo de una cazoleta. Olía a miel, a pimienta, a incienso, a rosas y a otras cosas más.
¿Pero cómo estaba ella a su lado, en su tienda, a discreción suya? ¿Quién la había empujado hasta allí? ¿Había venido solo por el zaimph? Dejó caer los brazos y bajó la cabeza, abrumado por un repentino ensueño.
Salambó, con el fin de enternecerle, le dijo con voz quejumbrosa:
—¿Qué te hice yo para que quieras mi muerte?
—¿Tu muerte?
—Yo te vi una noche, en el incendio de mis jardines que ardían, entre copas humeantes y mis esclavos degollados, y tu cólera era tan fuerte que te precipitaste a mí y hube de huir. Después, el terror se ha apoderado de Cartago. Se pregonaba la destrucción de las ciudades, el incendio de los campos, la matanza de soldados; ¡fuiste tú quien los perdiste; tú quien los asesinaste! ¡Te odio! Solo tu nombre es un remordimiento para mí. ¡Eres más execrable que la peste y que la guerra romana! Las provincias tiemblan ante tu furor; los surcos están llenos de cadáveres. Yo he seguido el rastro de tus devastaciones, como si fuera detrás de Moloch.
Matho se levantó de un salto; orgullo colosal le hinchaba el pecho: se veía exaltado como un dios.
Salambó continuó diciendo:
—Como si no fuera bastante tu sacrilegio, viniste a mi casa, mientras yo dormía, envuelto en el zaimph. No entendí tus palabras, pero comprendí que querías llevarme al fondo de un abismo.
Matho, retorciéndose los brazos, exclamó:
—¡No!, ¡no! Era para dártelo, para entregártelo. Me parecía que la diosa había dejado su vestido para ti, y que te pertenecía. En su templo o en tu casa, ¿qué importa? ¿No eres tú omnipotente, inmaculada, radiante y bella como Tanit?
Y con una mirada llena de adoración infinita, agregó:
—¡A menos que seas tú la misma Tanit!
—¿Yo, Tanit?...
No hablaron más. El trueno retumbaba a lo lejos. Balaban los carneros, asustados por la tempestad.
—¡Oh! ¡Acércate —dijo él—, acércate! No temas nada. Antes yo no era más que un soldado obscuro entre los mercenarios, tan dócil que llevaba para los otros leña a las espaldas. ¡Qué me importa Cartago! La multitud de su gente se agita como perdida en el polvo de tus sandalias, y todos sus tesoros y provincias, naves e islas no me causan la envidia que el frescor de tus labios y el torneado de tus hombros. ¡Si quise derribar sus murallas fue con el fin de llegar hacia ti, de poseerte! Entretanto, me vengaba. Ahora, aplasto los hombres como conchas y me arrojo sobre las falanges, aparto las lanzas con la mano, detengo a los caballos por las narices; no me mataría una catapulta. ¡Oh! ¡Si supieras cuánto pienso en ti, durante la guerra! El recuerdo de un gesto, de un pliegue de tu vestido, me sobrecoge de pronto y me aprisiona como una red. Veo tus ojos en las llamas de las faláricas y en el dorado de los escudos. Oigo tu voz en el sonido de los címbalos. Me vuelvo, no te veo, y me distraigo guerreando.
Levantaba el brazo, en el que las venas se entrecruzaban como lianas en las ramas del árbol. Sudaba su pecho, de músculos cuadrados, y su respiración agitaba sus costados juntamente con el cinturón adornado de cintas que caían hasta sus rodillas, más duras que el mármol. Salambó, acostumbrada a los eunucos, se asombraba de la fuerza de este hombre. Era el castigo de la diosa o la influencia de Moloch, que circulaba alrededor de ella, en los cinco ejércitos. Se sentía débil; escuchaba con estupor el grito intermitente de los centinelas, contestándose unos a otros.
Las llamas de la lámpara oscilaban movidas por ráfagas de aire caliente. A intensos resplandores sucedía la obscuridad, y Salambó no veía más que las pupilas de Matho, como dos ascuas en la noche. Estaba persuadida de que una fatalidad pesaba sobre ella, que estaba abocada a un momento supremo, irrevocable, y haciendo un esfuerzo subió hasta el zaimph y levantó las manos para cogerlo.
—¿Qué haces? —exclamó Matho.
Respondió ella plácidamente:
—Me vuelvo a Cartago.
Matho fue a ella con los brazos cruzados y con aire tan terrible que Salambó quedó como clavada en el suelo.
—¡Volverte a Cartago! ¡Volverte a Cartago! ¿De modo que has venido para coger el zaimph, para vencerme, y luego desaparecer? ¡No, no; tú me perteneces, y nadie te arrancará ahora de aquí! ¡Oh! ¡No he olvidado la insolencia de tus ojos y cómo me aplastabas desde la altura de tu belleza! Ahora me toca a mí; eres mi cautiva, mi esclava, mi servidora. Llama, si te parece, a tu padre con su ejército, a los Ancianos, a los Ricos, a toda la execrable Cartago. ¡Soy el amo de trescientos mil soldados! Iré a buscar más a Lusitania, a las Galias y en el fondo del desierto, y destruiré tu ciudad y quemaré sus templos; las trirremes navegarán sobre olas de sangre. ¡No quiero que quede ni una casa, ni una piedra, ni una palmera! ¡Y si me faltan los hombres, llamaré a los osos de las montañas y empujaré a los leones! ¡No trates de huir, porque te mato!
Pálido, y con los puños crispados, temblaba como arpa cuyas cuerdas van a estallar. De pronto, le ahogaron los sollozos y, casi humillándose, añadió:
—¡Ah! ¡Perdóname! ¡Soy más infame y más vil que los escorpiones, que el fango y el polvo! Cuando tú hablabas, tu aliento ha pasado por mi cara, deleitándome como a un moribundo que bebe de bruces al borde de un arroyo. ¡Aplástame, con tal que sienta tus pies! ¡Maldíceme, con tal que oiga tu voz! ¡No te vayas, por compasión! ¡Te amo! ¡Te amo!
Estaba de rodillas ante ella; la ceñía el talle con ambos brazos, con la cabeza hacia atrás y las manos inquietas; los discos de oro colgados de sus orejas brillaban sobre su cuello de bronce; gruesas lágrimas brotaban de sus ojos, parecidos a globos de plata; suspiraba de un modo acariciador, y murmuraba vagas palabras, blandas como la brisa y suaves como un beso.
Salambó sentíase invadida por una laxitud que la hacía perder la conciencia de sí misma. Algo, a la vez íntimo y superior, una orden de los dioses la obligaba a entregarse, y desfallecida, se dejó caer en el lecho sobre las pieles de león. Matho la cogió de los pies, estalló la cadenilla de oro, y al volar las dos puntas hirieron la tela como dos víboras furiosas. El zaimph cayó, envolviéndoles. Salambó vio la cabeza de Matho sobre su seno.
—¡Moloch! ¡Tú me quemas!
Y los besos del soldado, más devoradores que llamas, la envolvían; sentíase como arrastrada por el huracán, como quemada por la fuerza del sol.
Matho la besaba los dedos de las manos, los brazos, los pies y las largas trenzas de sus cabellos de un extremo a otro.
—¡Llévatelo! —la decía—. ¿Qué me importa? Llévame también contigo. ¡Abandono el ejército, renuncio a todo! Más allá de Gades, a veinte días de mar, hay una isla cubierta de polvo de oro, de verdor y de pájaros. Grandes flores llenas de perfumes se balancean en las montañas, como eternos incensarios; en los limoneros, más altos que cedros, las serpientes de color de leche hacen caer las frutas en el césped con los diamantes de sus fauces; el aire es tan suave que impide morir. ¡Oh! ¡Verás cómo yo la encontraré! Viviremos en grutas de cristal, talladas al pie de las colinas. Nadie la habita aún, y yo seré el rey de aquella tierra.
Limpió el polvo de sus coturnos; quería que ella pusiera entre sus labios un pedazo de granada; amontonó vestidos detrás de su cabeza para hacerle una almohada. Buscaba los medios de servirla, de humillarse, y hasta llegó a extender sobre sus piernas el zaimph, como un sencillo tapiz.
—¿Conservas —la dijo— los cuernecillos de gacela de que cuelgas tus collares? ¡Me los darás; los quiero!
Hablaba como si hubiera terminado la guerra y se sonreía; los mercenarios, Amílcar, todos los obstáculos habían desaparecido para él. La luna resplandecía entre dos nubes, y ellos la veían por una abertura de la tienda.
—¡Ah! ¡Cuántas noches he pasado contemplándola! Me parecía un velo que ocultaba tu rostro, y que tú me mirabas tras ella; tu recuerdo se mezclaba con sus destellos; no os diferenciaba una de otra.
Y con la cabeza entre los senos de ella lloraba a lágrima viva.
—¡Es este el hombre formidable que hace temblar a Cartago! —pensaba Salambó.
Matho se durmió. Entonces, Salambó, desprendiéndose de sus brazos, puso un pie en tierra y advirtió que se había roto su cadeneta. Acostumbraban las vírgenes de alta alcurnia respetar esta traba como algo religioso, y Salambó, ruborizándose, arrolló alrededor de sus piernas los dos trozos de la cadena de oro.
Cartago, Megara, su casa, su habitación y los campos que había atravesado se amontonaban en su memoria en imágenes tumultuosas, y, sin embargo, precisas. Pero el abismo abierto ahora las ponía lejos de ella, a infinita distancia.
Cesaba la tempestad, pero algunas gotas que caían hacían oscilar el techo de la tienda.
Matho, como un hombre ebrio, dormía de lado, con un brazo colgando del borde del lecho. Su cinta de perlas estaba algo subida y descubría la frente. Una sonrisa separaba sus dientes, que brillaban entre su negra barba, y en sus párpados entreabiertos se advertía una alegría silenciosa, casi ultrajante.
Salambó le contemplaba inmóvil, con la cabeza baja y las manos cruzadas.
A la cabecera del lecho se veía un puñal sobre una mesa de ciprés; la vista de esta hoja brillante la inflamó de un deseo sanguinario. A lo lejos oía voces quejumbrosas que la solicitaban como genios. Se acercó, cogiendo el puñal por el mango. Al ruido del roce de su ropa, Matho abrió los ojos, y poniendo los labios en su mano, cayó el puñal.
Se oyeron gritos; una espantosa claridad fulguraba detrás de la tienda. Se asomó Matho y vio que ardía el campo de los libios.
Ardían sus chozas de caña, retorciéndose los tallos y estallando entre la humareda como flechas; en el rojizo horizonte se veían correr desoladas sombras negras. Oíanse los alaridos de los que estaban en las cabañas; los elefantes, los bueyes y los caballos saltaban en medio de la turba, aplastándola entre las municiones y los bagajes que salvaban del incendio. Sonaban las trompetas. Gritaban: «¡Matho! ¡Matho!» Y la gente que estaba en la puerta quería entrar.
—¡Ven! —dijo Matho a Salambó—; Amílcar ha incendiado el campamento de Autharita.
De un salto se echó afuera, y Salambó se encontró sola.
Entonces ella examinó el zaimph; y cuando lo hubo contemplado a su sabor, quedó sorprendida de no gozar la dicha que se había imaginado. Se quedó melancólica ante su sueño realizado.
Pero el fondo de la tienda se levantó y apareció una forma monstruosa. Salambó no vio de pronto más que dos ojos y una larga barba blanca que llegaba al suelo, porque el resto del cuerpo, embarazado por los andrajos, se arrastraba por la tierra; a cada movimiento para andar, las dos manos entraban en la barba, y en seguida volvían a caer. Arrastrándose así, llegó hasta los pies de Salambó, y esta reconoció al viejo Giscón.
En efecto: los mercenarios, para evitar que los antiguos cautivos huyeran, les cortaron las piernas a golpes de barras de cobre, dejándolos que se pudrieran juntos en una fosa llena de inmundicias. Los más robustos, así que oían el ruido de las gamellas, se levantaban gritando, y así es como Giscón había visto a Salambó. Había adivinado una cartaginesa en las pequeñas bolas de sandastro que golpeaban en los coturnos, y presintiendo un gran misterio, auxiliado por los compañeros, consiguió salir del foso; luego, ayudándose con los codos y las manos, se arrastró veinte pasos más lejos, hasta la tienda de Matho. Percibió el ruido de dos voces, escuchó desde afuera y lo oyó todo.
—¡Eres tú! —preguntó Salambó medio asustada.
Alzándose sobre sus puños, él replicó:
—¡Sí; soy yo! ¿Me creías muerto, verdad? ¡Ah! ¿Por qué los Baales no me han concedido esta misericordia?... Así me hubieran evitado la pena de maldecirte.
Salambó se echó vivamente hacia atrás; tal era el miedo que sentía de aquel ser inmundo, repugnante como una larva y terrible como un fantasma.
—Pronto cumpliré cien años —continuó Giscón—. He conocido a Agatocles; he visto a Régulo y las águilas romanas pasar sobre las cosechas de los campos púnicos. He visto todos los espantos de las batallas y el mar obstruido con los restos de nuestras flotas. Los bárbaros que yo mandé me han encadenado por los cuatro miembros, como a un esclavo homicida. Mis compañeros, uno tras otro, se van muriendo a mi lado; el olor de sus cadáveres me despierta de noche; espanto los pájaros que vienen a picotearles los ojos; y, sin embargo, ni un solo día he desesperado de Cartago. Aun cuando hubiera visto todos los ejércitos del mundo contra ella, y las llamas del incendio rebasar la altura de sus templos, todavía hubiera creído en su eternidad. ¡Pero ahora, todo ha concluido, todo se perdió! ¡Los dioses la execran! ¡Maldita seas, porque con tu ignominia has precipitado su ruina!
Salambó quiso hablar.
—¡Ah, he sido testigo! —le interrumpió Giscón—. Te he oído gemir de amor como una prostituta; él te explicaba su deseo y tú te dejabas besar las manos. ¡Ya que el ardor de tu impudicia te empujaba, debiste hacer al menos como las bestias feroces, que se ocultan en sus ayuntamientos, y no deshonrarte ante los ojos de tu padre!
—¡Cómo! —interrumpió ella.
—¡Ah! ¿No sabes que los dos campos están separados sesenta codos uno de otro, y que tu Matho, por exceso de orgullo, está acampado frente a Amílcar? Allí, detrás de ti está tu padre; si yo pudiera subir el sendero que lleva a la planicie, le gritaría: ¡Ven Amílcar, ven a ver a tu hija en brazos de un bárbaro! Se ha puesto, para agradarle, el manto de la Diosa, y, al abandonar su cuerpo, entrega con la gloria de tu nombre, la majestad de los dioses, la venganza de la patria, la misma salvación de Cartago.
El movimiento de su boca desdentada agitaba su luenga barba; sus ojos devoraban a Salambó, y no dejaba de repetir, jadeante:
—¡Sacrílega! ¡Maldita seas! ¡Maldita, maldita!
Salambó había apartado el velo, y teniéndolo levantado en la mano, miraba del lado de Amílcar.
—¿Es por aquí, no es verdad? —preguntó a Giscón.
—¿Qué te importa? ¡Vuélvete! ¡Vete! ¡Húndete en la tierra! Es un lugar santo que manchas con la vista.
Salambó se arrolló el zaimph alrededor del talle, se puso rápidamente sus velos, su manto y banda, y exclamando «¡Corro allá!», desapareció.
Primeramente anduvo entre tinieblas sin encontrar a nadie, porque todos habían acudido al incendio; redoblaba el clamor, y grandes llamas enrojecían el cielo. Una amplia terraza la detuvo.
Dio una vuelta, buscando en todas direcciones una escala, una cuerda, una piedra, algo en fin, para ayudarse a bajar. Tenía miedo de Giscón y le parecía que la perseguían gritos y pasos. Empezaba a alborear. Vio un sendero en el espesor del atrincheramiento. Cogió con los dientes la cola de su vestido, que la estorbaba, y en tres saltos se encontró en la plataforma.
Un grito sonoro estalló encima de ella, en la sombra; el mismo que había oído al pie de la escalera de las galeras; inclinándose, reconoció al hombre de Schahabarim, con los caballos del diestro.
Había ido errante toda la noche entre los dos campos; después, inquieto por el incendio, se había vuelto atrás, tratando de ver lo que pasaba en el vivac de Matho; y como sabía que aquel sitio era el más próximo a su tienda, no se había movido, obedeciendo al sacerdote.
Montó de pie sobre uno de los caballos, Salambó se dejó caer en sus brazos, y ambos huyeron al galope, dando un rodeo, al campo púnico, para buscar una entrada por cualquier parte.
Cuando Matho entró en su tienda, la lámpara, humeante, alumbraba apenas, y creyó que Salambó estaba dormida. Palpó delicadamente la piel de león, en la cama de palma. Llamó, y no respondió nadie; arrancó vivamente un pedazo de tela para que entrara la luz del día, y vio que el zaimph había desaparecido.
Temblaba la tierra bajo pasos precipitados; gritos, relinchos, choques de armaduras hendían los aires, y las fanfarrias de los clarines tocaban ataque. Era como un huracán que se arremolinaba en torno de él. Un furor desordenado le hizo saltar sobre sus armas y se lanzó afuera.
Largas filas de bárbaros bajaban corriendo la montaña, y los cuadrados púnicos avanzaban a su encuentro, con oscilación pesada y regular. La niebla, deshecha por el sol, formaba nubecillas movibles que, poco a poco, dejaban ver al descubierto estandartes, cascos y las puntas de las picas. Ante sus rápidas evoluciones, algunas porciones de terreno todavía en la sombra, parecían cambiar de sitio en bloque; hubiérase dicho que eran torrentes que se entrecruzaban con masas inmóviles y espinosas entre ellos. Matho veía a capitanes, soldados, heraldos y criados montados en asnos. En vez de conservar su posición para cubrir la infantería, Narr-Habas dio un rápido cambio de frente a la derecha, como si quisiera hacerse aplastar por Amílcar.
Sus jinetes rebasaron la línea de los elefantes que se acercaban, y todos los caballos, alargando la cabeza sin bridas, galopaban con tal furia, que parecían tocar la tierra con el viento. De repente, Narr-Habas marchó resueltamente hacia un centinela. Arrojó su espada, su lanza y sus azagayas, y desapareció en medio de los cartagineses.
El rey de los númidas llegó a la tienda de Amílcar, y le dijo, mostrándole su caballería, que estaba parada a distancia:
—¡Barca, te traigo mis jinetes: son tuyos!
Se arrodilló en señal de esclavitud, y para probar su fidelidad, explicó su conducta desde el principio de la guerra. Primero, había impedido el sitio de Cartago y la matanza de los cautivos; después, no se había aprovechado de la victoria contra Hannón, cuando la derrota de Útica. En cuanto a las ciudades tirias, estaban en las fronteras de su reino. Tampoco había asistido a la batalla del Macar, porque se ausentó expresamente para eludir la obligación de combatir al Sufeta.
En efecto: Narr-Habas había querido engrandecerse con usurpaciones de provincias púnicas, ayudando o abandonando a los mercenarios según venían bien o mal dadas; pero convencido de que Amílcar sería el más fuerte en definitiva, se pasó a su partido. Quizás intervino en esta defección el odio contra Matho a causa del mando o de su antiguo amor.
El Sufeta le oyó sin cortarle la palabra. No era de desdeñar el hombre que así se presentaba en un ejército que le debía tantas venganzas; Amílcar adivinó en seguida la utilidad de tal alianza para sus grandes proyectos. Con los númidas, se desprendería de los libios; llevaría el Occidente a la conquista de Iberia, y sin preguntar al númida por qué no había acudido antes, ni tratar de deshacer ninguna de las mentiras, besó a Narr-Habas, restregando tres veces su pecho contra el suyo.
Había incendiado el campo de los libios para terminar y por desesperación. Los númidas le llegaban como un socorro de los dioses: disimulando su alegría, contestó:
—¡Favorézcante los Baales! Ignoro lo que hará por ti la República, pero Amílcar no es ingrato.
Redoblaba el tumulto; entraban los capitanes. El Sufeta se armó al tiempo que hablaba:
—¡Vamos! Con tus jinetes batirás su infantería entre tus elefantes y los míos. ¡Valor! ¡Exterminio!
Narr-Habas iba a precipitarse, cuando se presentó Salambó. Saltó rápida de su caballo, abrió su ancho manto, apartó los brazos y desplegó el zaimph.
La tienda de cuero, levantada en las esquinas, dejaba ver toda la falda de la montaña, cubierta de soldados, y como estaba en el centro, se veía a Salambó de todos los lados. Un clamor inmenso, un prolongado grito de triunfo y de esperanza estalló.
Los que estaban en marcha, se pararon; los moribundos, apoyándose en los codos, se volvían para bendecirla. Sabían ahora los bárbaros que ella había recobrado el zaimph; la veían de lejos, y otros gritos, pero de rabia y de venganza, resonaban entre los ejércitos de los cartagineses. Los cinco ejércitos, desplegándose en la montaña, pateaban y daban alaridos alrededor de Salambó.
Amílcar, sin poder hablar, le daba las gracias con señales de cabeza. Sus miradas iban alternativamente del zaimph a ella, y advirtió que tenía rota su cadeneta. Amílcar se estremeció, acuciado por terrible sospecha; pero recobrando su impasibilidad, miró de reojo a Narr-Habas, sin volver la cara.
El rey de los númidas se mantenía aparte, en actitud discreta; llevaba en la frente un poco del polvo que había tocado al prosternarse. El Sufeta se adelantó hacia él, y con aire grave le dijo:
—En recompensa de los servicios que me has prestado, Narr-Habas, te doy mi hija. Sé tú mi hijo, y defiende a tu padre.
Narr-Habas hizo un gesto de profunda sorpresa; luego, le cubrió las manos de besos. Salambó, en calma como una estatua, parecía no comprender. Se ruborizó, bajó los párpados, y sus largas cejas encorvadas sombreaban sus mejillas.
Amílcar quiso unirlos inmediatamente con esponsales indisolubles. Puso en las manos de Salambó una lanza, que ella ofreció a Narr-Habas; les ató los pulgares con una tira de buey y les derramó trigo sobre la cabeza; los granos que caían junto a ellos, sonaron como granizo que rebota.