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Salambó

Chapter 14: XIII. MOLOCH
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About This Book

La narración sitúa un conflicto armado en torno a una ciudad antigua y contrapone la violencia bélica con ceremonias religiosas y una lujosa sensualidad. Escenas de banquetes, combates y ritos sagrados se alternan con episodios de pasión, traición y obsesión, mientras el detalle sensorial y la prosa minuciosa subrayan decadencia y fervor ritual. El relato avanza hacia consecuencias trágicas al explorar la fricción entre el desorden político y la vida ceremonial, mostrando cómo deseos individuales y símbolos sagrados influyen en el destino colectivo.

XIII

MOLOCH

Los bárbaros no tenían necesidad de fortificarse del lado de África, porque esta les pertenecía; pero para hacer más fácil los aproches de las murallas, se derribó el atrincheramiento que rodeaba el foso. Matho dividió el ejército en grandes semicírculos, con el fin de envolver mejor a Cartago. Los hoplitas mercenarios fueron puestos en primera línea; detrás de ellos, los honderos y los jinetes; en el fondo, los bagajes, carretas y caballos; a trescientos pasos de las torres se erizaban las máquinas.

No obstante la variedad infinita de sus nombres (que cambiaron muchas veces en el curso de los siglos), podían reducirse a dos sistemas: unas funcionaban como hondas y otras como arcos.

Las primeras, las catapultas, se componían de un marco cuadrado, con dos montantes verticales y una barra horizontal. En su parte anterior, un cilindro con cables sostenía un gran timón provisto de una cuchara para recibir los proyectiles. La base estaba fija en una madeja de hilos torcidos, que, cuando se soltaban las cuerdas, se levantaba, yendo a dar contra la barra, multiplicando su fuerza con esta sacudida.

Las segundas eran de un mecanismo más complicado. Sobre una pequeña columna, iba fijo en su mitad un travesaño, en el que terminaba en ángulo recto una especie de canal; a los extremos del travesaño se elevaban dos capiteles conteniendo un revoltijo de crines. Dos vigas sostenían los cabos de una cuerda que se hacía llegar abajo de la canal, sobre una tableta de bronce. A favor de un resorte, se desprendía esta placa de metal y por las ranuras despedía las flechas.

Otro nombre de las catapultas era el de onagros, como los asnos salvajes que tiran piedras con los pies; y de las ballestas, el de escorpiones, por un gancho erecto en la tablilla, que bajándose de un puñetazo hacía saltar el resorte.

Su construcción requería sabios cálculos; las maderas se escogían entre las más duras; los engranajes eran de bronce. Se movían por medio de palancas, de garruchas, cabrestantes y tímpanos; fuertes ejes o quicios variaban la dirección del tiro; unos cilindros las hacían avanzar, y los de mayor tamaño se montaban pieza por pieza, enfrente del enemigo.

Espendio colocó las tres grandes catapultas en los tres ángulos principales; delante de cada puerta, una ballesta, y circulando por detrás los combatientes. Faltaba resguardarlas del fuego de los sitiados y rellenar primero el foso que las separaba de las murallas.

Se hicieron galerías con zarzos de juncos verdes y cimbras de encina, parecidos a enormes escudos movidos por tres ruedas; en pequeñas chozas cubiertas con pieles de animales y embarradas de hierbas, se abrigaban los trabajadores; catapultas y ballestas fueron defendidas con redes de cuerdas, mojadas en vinagre para hacerlas incombustibles. Mujeres y niños iban por piedras a la playa, las amontonaban con las manos y las llevaban a los soldados.

También se preparaban los cartagineses.

Amílcar los había tranquilizado declarando que quedaba agua en las cisternas para ciento veintitrés días. Tal afirmación, su presencia en medio de ellos y la del zaimph, sobre todo, les dieron buenas esperanzas. Cartago se levantó de su abatimiento; los que no eran de origen cananeo se dejaron llevar del entusiasmo de los demás.

Se armó a los esclavos y se vaciaron los arsenales; cada ciudadano tuvo su puesto y su empleo. Sobrevivían doscientos hombres de los tránsfugas, y el Sufeta los hizo capitanes a todos; los carpinteros, armeros, herreros y orfebres fueron asignados para las máquinas que conservaban los cartagineses, a pesar del tratado de paz con Roma. Las repararon bien, porque eran entendidos en estas obras.

Quedaban inaccesibles los dos lados septentrional y oriental, defendidos por el mar y el golfo. En la muralla, dando el frente a los bárbaros, se pusieron troncos de árboles, ruedas de molino, vasos llenos de azufre, cubas de aceite y se construyeron hornos. Se amontonaron piedras en la plataforma de las torres; y rellenaron de arena las más próximas a las fortificaciones, para afirmar y aumentar su espesor.

Ante estos preparativos, los bárbaros se irritaron. Querían combatir en seguida. Tan enormes eran los pesos que pusieron en las catapultas que se rompieron los timones, por lo que se retrasó el ataque.

Por fin, en el día decimotercero del mes de Schabar, al salir el sol, resonó un gran golpe en la puerta de Kamón.

Setenta y cinco soldados tiraban de las cuerdas dispuestas en la base de una viga gigantesca, suspendida horizontalmente por cadenas que bajaban de una horca, rematada en una cabeza de carnero, todo de cobre. Iba forrada con pieles de buey; unos brazaletes de hierro la reforzaban de trecho en trecho; era tres veces más gruesa que el cuerpo de un hombre, larga de ciento veinte codos, y avanzaba y retrocedía con oscilación regular al empuje de los desnudos brazos.

Los demás arietes de las otras puertas empezaron a moverse. En las ruedas ahuecadas de los tímpanos se vieron hombres que subían de escalón en escalón. Las poleas y los capiteles rechinaron, cayeron las redes de cuerdas, y a un mismo tiempo se lanzaron nubes de piedras y de flechas. Corrían desperdigados todos los honderos; algunos, acercábanse a los baluartes, ocultando bajo los escudos ollas de resina, que luego lanzaban a fuerza de brazo. Esta granizada de piedras, de dardos y de fuego pasaba por encima de las primeras filas, describiendo una curva que iba a caer por detrás de las murallas. Pero en las cimas de estas se levantaban largas grúas de las que servían para enarbolar las naves, y de ellas bajaban enormes pinzas terminadas en dos semicírculos dentados interiormente. Estas máquinas mordían a los arietes. Los soldados, colgados de la viga, tiraban hacia atrás. Los cartagineses trabajaban para hacerla subir, y la porfía duró hasta la noche.

Cuando al día siguiente los mercenarios volvieron a su tarea, los altos de las murallas estaban enteramente alfombrados con fardos de algodón, de telas y almohadones; las almenas, tapadas con esteras, y en los baluartes, entre las grúas, se veía una línea de palos terminados en horquillas y hoces.

Con esto empezó una furiosa resistencia.

Troncos de árboles, manejados por cables, caían y volvían a caer alternativamente, golpeando los arietes; garfios, lanzados por ballestas, arrancaban el techo de las cabañas; y de la plataforma de las torres caían torrentes de pedernal y de tejos.

Los arietes consiguieron romper las puertas de Kamón y la de Tagarte. Pero los cartagineses habían amontonado dentro tal abundancia de materiales, que las hojas no se abrieron y quedaron en pie.

En vista de esto se dirigieron los golpes contra las murallas abiertas para desencajar los bloques de piedra. Las máquinas fueron mejor gobernadas, sus sirvientes repartidos por escuadras; desde la mañana hasta la noche funcionaban sin interrupción, con la monótona precisión de un bastidor de tejedor.

Espendio no se cansaba de manejarlas. Él era quien movía las madejas de las ballestas. Para obtener una paridad completa en sus tensiones gemelas, se apretaron las cuerdas golpeando, ora a la derecha, ora a la izquierda, hasta el momento en que los dos lados daban un sonido igual. Espendio montado en su ligazón, con la punta del pie los golpeaba con suavidad y acercaba la oreja como el músico que templa una lira. Y cuando la lanza de la catapulta se levantaba, cuando la columna de la ballesta temblaba a la sacudida del resorte, volaban las piedras, y los dardos caían en montón, doblaba todo el cuerpo y abría los brazos como para seguirlos.

Los soldados, admirados de su destreza, ejecutaban sus órdenes. Alegres con su trabajo, improvisaban cuchufletas con el nombre de las máquinas. A las tenazas que aprehendían a los arietes las llamaban lobos; a las galerías cubiertas, «parrales»; había «corderos», se «hacía la vendimia», y al armar las piezas decían a los onagros: «¡Ea, cocea bien!», y a los escorpiones: «Atraviésalos hasta el corazón». Estas burlas, siempre las mismas, sostenían los ánimos.

Con todo eso, las máquinas no desmoronaban la fortificación, formada por dos murallas repletas de tierra, sino que derribaban la parte superior, repuesta en seguida por los sitiados. Matho dio orden de construir torres de madera de la misma altura que las torres de piedra. Se rellenó el foso con césped, estacas, piedras y carros con sus ruedas, y antes que se colmara, la inmensa multitud de bárbaros onduló en el llano, con un solo movimiento, y llegó al pie de las murallas como un mar desbordado.

Se adelantaron las escalas de cuerda, las escaleras rectas y los sambucos, es decir, dos mástiles del que bajaban, movidos por palancas, una serie de bambúes que terminaban en una punta móvil, formando muchas líneas rectas apoyadas contra el muro. Los mercenarios, en hilera, subían por ellas, con las armas en la mano. No se veía un solo cartaginés; ya los asaltantes llegaban a los dos tercios de la fortificación, cuando se abrieron las almenas, vomitando, como dragones, fuego y humo; llovía la arena, entrando por las junturas de las armaduras; el petróleo se pegaba a las ropas; el plomo líquido rebotaba en los cascos y agujereaba la carne; una rociada de chispas quemaba las caras, y las órbitas sin ojos parecían llorar lágrimas gordas como almendras. Los hombres, amarillos por el aceite, ardían por la cabellera; si corrían inflamaban a otros; se les apagaba echándoles a la cabeza mantas mojadas con sangre. Hubo quien sin estar herido, quedaba inmóvil, más rígido que un poste, con la boca abierta y ambos brazos extendidos.

El asalto continuó durante muchos días, porque los mercenarios esperaban triunfar por exceso de fuerza y de audacia.

En ocasiones, un hombre a espaldas de otro, hundía un hierro entre las piedras, sirviéndole de escalón para subir más arriba y poner un segundo y un tercero; protegidos por el borde de las almenas rebasaban la muralla, y poco a poco iban subiendo; pero siempre, al llegar a cierta altura, se despeñaban. Repleto el foso, desbordaba; bajo los pies de los vivos, los heridos, en montón, se mezclaban con los cadáveres y los moribundos. Entre entrañas abiertas, sesos esparcidos y charcos de sangre, los troncos calcinados formaban manchas negras; brazos y piernas, saliendo a medias de un montón, quedaban enhiestos como rodrigón en una viña incendiada.

Encontrándose insuficientes las escalas se emplearon los tonelones, o sea unos instrumentos compuestos de una larga viga puesta transversalmente sobre otra, y llevando al extremo una cesta cuadrangular en la que cabían treinta peones con sus armas.

Matho quiso subir en la primera que estuvo dispuesta. Espendio le detuvo. Unos hombres se encorvaron sobre un molinete; se levantó la gran viga, quedó horizontal, luego casi vertical, y, excesivamente cargada en la punta, se doblaba como una enorme caña. Los soldados, ocultos hasta la barba, se apretujaban; no se veía más que las puntas de los cascos. Por fin, así que estuvo a cincuenta codos en el aire, giró de derecha a izquierda muchas veces y luego bajó; como un brazo de gigante que llevara en la mano una cohorte de pigmeos, puso al borde de la muralla la cesta llena de hombres. Saltaron estos adentro, y no se les volvió a ver.

Pronto estuvieron dispuestos los restantes tonelones; pero hubieran sido necesarios cien veces más para tomar la ciudad. En vista de esto, se les empleó para la matanza. Arqueros etíopes subidos en las cestas, que estaban sujetas con cables, disparaban flechas envenenadas. Los cincuenta tonelones dominaban las almenas y rodeaban a Cartago, como buitres monstruosos; los negros se reían al ver a los guardias de la fortificación morir entre atroces convulsiones.

Amílcar envió hoplitas a los que hacía beber todas las mañanas el jugo de ciertas hierbas que les preservaba del veneno.

En una noche obscura embarcó sus mejores soldados en gabarras y balsas, y dando la vuelta a la derecha del puerto, fue a desembarcar en la Tania. Avanzaron hasta las primeras líneas de los bárbaros y, cogiéndoles por el flanco, hicieron gran carnicería. Hombres colgados de cuerdas bajaban de noche de lo alto de la muralla, incendiaban las obras de los mercenarios y volvían a subir.

Matho estaba ansioso; cada obstáculo avivaba su cólera; hacía cosas terribles y extravagantes; citaba mentalmente a Salambó a una entrevista, y se quedaba esperándola. Como no venía, esto le pareció una traición, y en adelante, la aborreció. Si hubiera visto su cadáver, tal vez se habría alegrado. Dobló las avanzadas, plantó horcas al pie de los fuertes y mandó a los libios que le trajeran toda la madera de un bosque para pegarla fuego e incendiar a Cartago como una madriguera de zorras.

Espendio se obstinaba en el sitio. Procuraba inventar máquinas espantables, como no se habían visto nunca.

Los otros bárbaros, acampados a lo lejos, en el istmo, se aburrían de la lentitud y murmuraban. Se los dejó en libertad de acción y se precipitaron con cuchillos y jabalinas, a las mismas puertas. Su desnudez facilitaba las heridas, y los cartagineses hicieron gran mortandad. Los mercenarios se alegraron, sin duda, por celos del botín. Se originaron riñas y peleas entre ellos. Como la campiña estaba devastada, se disputaban los víveres. Iban descorazonándose, y se retiraron hordas numerosas.

Se intentó cavar minas; mas siendo el terreno quebradizo, se hundió. Probaron hacerlas en otro sitio; pero Amílcar adivinaba siempre su dirección, aplicando el oído a un escudo de bronce. Hizo, además, contraminas debajo del camino que debían recorrer las torres de madera, y cuando las empujaban se hundían en los agujeros.

Al fin, comprendieron todos que la ciudad era inexpugnable en tanto que no se levantara a la altura de las murallas una larga tenaza que permitiera pelear en el mismo nivel, pavimentando la cima para rodar encima las máquinas, en cuyo caso le sería imposible a Cartago resistir.

La ciudad empezaba a padecer sed. El agua, que al comenzar el sitio, costaba dos kesita una carga, se vendía ahora a un sekel de plata; las provisiones de carne y de trigo se agotaban también; se tenía miedo del hambre; se empezaba a hablar de bocas inútiles, y esto asustaba a todos.

Los cadáveres interceptaban las calles desde la plaza de Kamón hasta el templo de Moloch, y como se estaba a final del verano, unas moscas negras muy grandes acosaban a los combatientes. Los viejos transportaban a los heridos, y la gente devota continuaba los funerales ficticios de sus allegados y amigos muertos durante la guerra. Atravesadas en las puertas, se ponían estatuas de cera con cabellos y vestidos, que se fundían al calor de los cirios que ardían junto a ellas; corría la pintura sobre sus espaldas, y el llanto por el rostro de los vivos, que salmodiaban canciones lúgubres. En todo este tiempo, la multitud corría; pasaban bandas armadas, gritaban órdenes los capitanes y oíase siempre el golpe de los arietes que batían las murallas.

La temperatura se hizo tan pesada que los cuerpos se hinchaban y no cabían en los ataúdes, por lo que había que quemarlos en los patios. Estas hogueras, en espacio tan reducido, incendiaban las paredes vecinas, saliendo de las casas grandes llamaradas, como sangre que brota de una arteria. De este modo, Moloch poseía a Cartago; estrechaba el recinto y devoraba hasta los cadáveres.

Unos hombres que llevaban en señal de desesperación mantos hechos con harapos desechados, se establecieron en las esquinas de las calles, declamando contra los Ancianos y contra Amílcar; prediciendo al pueblo una completa ruina y excitando a la destrucción y al pillaje. Los más peligrosos eran los bebedores de beleño; en sus crisis se creían bestias feroces y se arrojaban sobre los que pasaban, para destrozarlos. Se arremolinaba el populacho a su alrededor, y olvidaba la defensa de Cartago. El Sufeta pagó otros para sostener su política.

Con el objeto de retener en la ciudad el genio de los dioses, se habían cubierto de cadenas sus símbolos. Se taparon con velos negros los Pateques y pusiéronse cilicios en los altares; se procuraba excitar el orgullo y los celos de los dioses, cantándoles al oído: «¿Vas a dejarte vencer? ¿Serán otros más fuertes que tú? ¡Ayúdanos! Muestra quién eres para que los pueblos no digan ¿dónde están ahora nuestros dioses?»

Ansiedad permanente agitaba los colegios de los pontífices. Los de la Rabbetna, sobre todo, tenían miedo, porque la restitución del zaimph no había salvado la situación. Se mantenían encerrados en el tercer recinto, inexpugnable como una fortaleza. Solamente uno de ellos se atrevía a dar cara: era el gran sacerdote Schahabarim.

Iba a casa de Salambó, pero siempre silencioso, contemplándola con las pupilas fijas; o bien decía algo, y los reproches que la lanzaba eran más duros que nunca. Por una contradicción inconcebible, no perdonaba a la joven el haber seguido sus instrucciones. Schahabarim lo había adivinado todo, y la obsesión de esta idea avivaba los celos de su impotencia. La acusaba de ser ella la causante de la guerra. Según él, Matho sitiaba a Cartago para recobrar el zaimph; vertía imprecaciones e ironías sobre el bárbaro que pretendía poseer cosas santas, aunque no era esto lo que el sacerdote quería decir.

Pero Salambó no le temía ahora; las angustias de antes no las experimentaba ya. Se mostraba muy tranquila, y sus miradas, menos vagas, brillaban con límpida llama. Sin embargo, el pitón había caído enfermo, y como Salambó, por el contrario, iba mejorando, la vieja Taanach se alegraba, convencida de que pasaba a la serpiente el malestar de su ama.

Una mañana encontró a la pitón detrás del lecho de pieles de buey, arrollada en sí misma, más fría que el mármol y con la cabeza enteramente cubierta de gusanos. A los gritos de la nodriza, acudió Salambó; movió a la serpiente con la punta de su sandalia y la esclava se asombró de su insensibilidad.

La hija de Amílcar no prolongaba sus ayunos con tanto fervor. Pasaba días enteros en lo alto de la terraza, acodada en la balaustrada y distrayéndose en observar el horizonte. La cima de las murallas, al extremo de la ciudad, recortaba en el cielo zigzags desiguales, y las lanzas de los centinelas venían a formar como un campo de espigas. Salambó veía a lo lejos, entre las torres, las maniobras de los bárbaros, y en los días que no había asalto, podía enterarse de sus ocupaciones. Remendaban sus armas, se engrasaban la cabellera, o bien lavaban en el mar los brazos ensangrentados; las tiendas estaban cerradas; las acémilas comían, y en lontananza, las hoces de los carros, puestos en semicírculo, parecían una cimitarra de plata extendida al pie de los montes. Venían a su memoria los discursos de Schahabarim. Esperaba a su desposado Narr-Habas. Hubiera querido, a pesar de su odio, volver a ver a Matho. Entre todos los cartagineses, era ella, quizás, la única persona que le hubiera hablado sin miedo.

Amílcar la visitaba a menudo; sentado sobre almohadones la contemplaba enternecido, como si la vista de ella fuese un alivio a sus fatigas. La hacía preguntas acerca de su viaje al campo de los mercenarios; quería saber si alguno la había impulsado a hacerlo, y Salambó le contestaba que nadie, orgullosa como estaba de haber rescatado el zaimph.

El Sufeta hacía siempre hincapié en Matho, a pretexto de informes militares. No comprendía en qué pudo ella emplear las horas que pasó en su tienda. Salambó no habló de Giscón, porque temía que las maldiciones de este se volvieran contra él, y ocultó su tentativa de asesinato, persuadida de que se le reprocharía no haberla consumado. Contaba únicamente que Matho parecía furioso, que gritó mucho y que luego se quedó dormido. Y nada más refería Salambó, o por vergüenza o por exceso de candor, no dando importancia a los besos del bárbaro; además, que todo esto flotaba en su mente de un modo melancólico y brumoso, como el recuerdo de una pesadilla, y no hubiera podido expresarlo con palabras.

Una noche en que estaban juntos padre e hija, apareció Taanach muy azorada. Un viejo con un niño aguardaba en el patio y deseaba ver al Sufeta.

Palideció Amílcar, y replicó vivamente:

—Que suban.

Entró Iddibal, sin prosternarse, llevando de la mano a un doncel cubierto con un manto de piel de macho cabrío, y quitándole aquel la capucha que le tapaba el rostro, dijo:

—¡Amo! ¡Aquí lo tienes! ¡Recíbelo!

El Sufeta y el esclavo se retiraron a un ángulo de la habitación. El niño se quedó en medio, de pie, y con mirada más de curiosidad que de asombro, contemplaba el artesonado, los muebles, los collares de perlas puestos sobre la tapicería de púrpura y la majestuosa joven que tenía delante.

Tendría unos diez años, y no sería más alto que una espada romana. Sus crespos cabellos sombreaban una frente abombada. Hubiérase dicho que sus miradas buscaban amplios espacios donde explayarse. Eran anchas las fosas de su afilada nariz; en toda su persona resplandecía el indefinible esplendor de aquellos que están destinados a grandes empresas. Al derribar su pesado manto, dejó ver una piel de lince que le envolvía el talle y unos pies descalzos, blancos por el polvo. Adivinando que se trataba de cosas importantes, permanecía inmóvil, con una mano atrás y otra en los labios, en actitud pensativa.

Amílcar hizo una señal a Salambó para que se acercara, y la dijo en voz baja:

—Guardarás este niño contigo. ¿Lo oyes? Que nadie, ni aun los de casa, sepan de él.

Y una vez más preguntó a Iddibal si estaba seguro de que no los habían visto entrar.

—Las calles estaban desiertas —contestó el esclavo.

A causa de la guerra, que repercutía en las provincias, el esclavo había temido por el hijo de su amo. No sabiendo dónde ocultarle, siguió a lo largo de la costa en una chalupa, y llevaba tres días en el golfo buscando la manera de entrar en Cartago; hasta que aquella noche, viendo desiertos los alrededores de Kamón, se dio prisa a desembarcar cerca del arsenal, encontrando libre la entrada del puerto.

Los bárbaros no tardaron en establecer una inmensa red para impedir a los cartagineses salir de la ciudad. Levantaron más torres de madera y dieron principio a la terraza artificial. Quedaron interrumpidas las comunicaciones y empezó a padecerse hambre.

Fueron muertos los perros, todas las mulas y asnos y los quince elefantes traídos por el Sufeta. Los leones del templo de Moloch se habían enfurecido y los hieródulos no osaban acercarse a ellos. Se les alimentó primero con los bárbaros heridos; luego les dieron cadáveres todavía calientes; no los quisieron, y murieron todos. A la hora del crepúsculo, la gente recorría el viejo recinto, cogiendo entre las piedras hierbas y flores que hacían hervir con vino, porque el vino costaba menos que el agua. Otros se aventuraban hasta las avanzadas del enemigo para robar víveres de las tiendas de campaña. Asombrados los bárbaros, no pocas veces los dejaban en paz. Al fin, llegó el día que los Ancianos resolvieron degollar los caballos de Eschmún. Eran animales sagrados, a los que los pontífices trenzaban las crines con cintas de oro, y eran los símbolos del sol y del fuego. Su carne, cortada en porciones iguales, fue ocultada detrás del altar, y todas las noches, a pretexto de algún acto devoto, los Ancianos subían al templo y se regodeaban en secreto, llevándose debajo de la túnica un pedazo de carne para sus hijos. En los desiertos arrabales, lejos de las murallas, los habitantes que padecían menos necesidad habían levantado barricadas por miedo a los vecinos.

Las piedras de las catapultas y la de los derribos hechos para la defensa habían acumulado montones de ruinas en medio de las calles. En las horas de descanso, el populacho se precipitaba, vociferando, y de lo alto de la Acrópolis los incendios formaban como jirones de púrpura que el viento agitaba sobre las terrazas.

Las tres grandes catapultas no cesaban en su destrucción; sus estragos eran tan extraordinarios, que la cabeza de un hombre fue a dar en el frontispicio de los Sisitas; y en la calle de Kinisdo, una mujer que estaba pariendo fue aplastada por un bloque de piedra, y el niño llevado, juntamente con la cama, hasta la esquina de Cinasim. Lo más irritante eran los tiros de los honderos. Caían sus piedras sobre los techos, en los jardines y en los patios, mientras se estaba comiendo una pobre comida, con el corazón oprimido. Los atroces proyectiles llevaban letras grabadas que quedaban impresas en la carne; leyéndose en los cadáveres injurias como puerco, chacal, piojo; y burlas como «¡Lo tengo bien merecido!»

La parte fortificada desde el ángulo de los puertos hasta la altura de las cisternas, quedó hundida, y la gente de Malqua se encontró entre el bárbaro y el recinto de Byrsa; pero bastante había que hacer en espesar y levantar más la muralla para ocuparse de ellos; se les abandonó y murieron todos. Aunque eran odiados por los cartagineses, pareció mal esta crueldad de Amílcar. Al día siguiente, este abrió los fosos donde guardaba el trigo, y sus intendentes lo repartieron al pueblo, con lo que se hartaron durante tres días.

Pero la sed era intolerable, y la hacía más cruel el ver delante la gran cascada de agua limpia que se derramaba del acueducto y que, a los rayos del sol, despedía un fino vapor, con un arco iris al lado y un pequeño río que, haciendo curvas en la playa, se iba a verter en el golfo.

Amílcar no cedía; contaba con algo imprevisto, decisivo, extraordinario. Sus esclavos arrancaron las hojas de plata del templo de Melkart; sacó del puerto cuatro naves, con cabestrantes, y los transportó abajo de los Mapales, horadando el muro que daba a la ribera, para que fueran a las Galias a contratar mercenarios, a cualquier precio. Lo que más le impacientaba era no poder comunicarse con el rey de los númidas, a quien suponía a retaguardia de los bárbaros y pronto a caer sobre ellos. Narr-Habas, demasiado débil para hacer esto, no podía arriesgarse solo; el Sufeta hizo levantar doce palmos más de parapeto, guardar en la Acrópolis todo el material de los arsenales y reparar nuevamente las máquinas.

Se empleaban para rollos de las catapultas tendones de cuello de toro o bien jarretes de ciervo; pero no había en Cartago ni toros ni ciervos. Amílcar pidió a los Ancianos los cabellos de sus mujeres; fueron sacrificados, y no hubo bastante. Había en las casas de los Sisitas doscientas esclavas núbiles y las destinadas a la prostitución en Grecia e Italia; y sus cabellos, que se habían hecho elásticos por el uso de ungüentos, se encontraron bonísimos para las máquinas de guerra. Como la pérdida sería considerable al vender las esclavas, se decidió escoger las más hermosas cabelleras entre las mujeres de los plebeyos. Sin cuidarse de las necesidades de la patria, estas gritaron desesperadas cuando los criados de los Ciento vinieron con tijeras a cumplir la orden.

Los bárbaros sentían redoblado su furor. De lejos, se les veía juntar la grasa de los muertos para ensebar sus máquinas; otros les arrancaban las uñas, que cosían unas con otras, haciéndose una coraza. Imaginaron poner en las catapultas vasijas llenas de serpientes traídas por los negros; al romperse los vasos de arcilla en las losas, las serpientes corrían, parecían pulular y salir naturalmente de las paredes. Descontentos de esta invención, los bárbaros la perfeccionaron lanzando toda clase de inmundicias, excrementos humanos, carroña y cadáveres. Sobrevino la peste. A los cartagineses se les caían los dientes; tenían las encías descoloridas como las de los camellos después de un viaje demasiado largo.

Se colocaron las máquinas sobre la terraza artificial, por más que esta no llegaba todavía a la altura de la fortificación. Ante las veintitrés torres del recinto se levantaron otras veintitrés torres de madera. Se remontaron todos los tonelones, y algo más atrás aparecía la formidable helépolis de Demetrio Poliorcetes, reconstruido por Espendio. Piramidal como el faro de Alejandría, era alto, de ciento treinta codos por veintitrés de ancho, con nueve pisos que iban disminuyendo hacia la punta y estaban defendidos por placas de cobre y agujereadas, con puertas llenas de soldados. En su plataforma superior se erguía una catapulta flanqueada por dos ballestas.

Para contrarrestar su efecto, Amílcar hizo plantar cruces para aquellos que hablaran de entregarse, y hasta las mujeres fueron enroladas. Se dormía en las calles, y se despertaban llenos de angustia.

Una mañana, un poco antes de salir el sol, en el séptimo día del mes de Nisan, se oyó una gritería entre los bárbaros, roncaron las trompetas de tubo de plomo y mugieron como toros los grandes cuernos paflagonios. Los cartagineses acudieron en masa a la muralla.

En la base de esta se erizaba un bosque de lanzas, picas y espadas que asaltaba el muro, acercando las escalas. En el almenaje asomaron algunas cabezas de bárbaros.

Golpeaban las puertas unas vigas empujadas por largas filas de hombres; y en los sitios en que la terraza se interrumpía, los mercenarios, para demoler el muro, venían en cohortes cerradas, agachada la primera hilera, doblando la rodilla la segunda, y apareciendo sucesivamente las otras, hasta las últimas, que se veían de pie; en tanto que para hacer el escalo, el más alto iba a la cabeza, el más bajo, a la cola, y todos con el brazo izquierdo, apoyando los escudos encima de los cascos, los juntaban por el borde tan estrechamente, que hubiérase dicho una ensambladura de enormes tortugas. Resbalaban los proyectiles por encima de estas masas oblicuas.

Los cartagineses arrojaban ruedas de molino, pilas, cubas, toneles y camas; todo lo que podía hacer peso y derribar. Algunos acechaban en las troneras con una red de pescar y, cuando llegaba el bárbaro, lo cogían en las mallas, en las que se revolvía como un pez. Ellos mismos demolían sus almenas; caían lienzos de muralla, levantando una gran polvareda; las catapultas de la terraza tiraban unas contra otras, chocaban sus piedras y estallaban en mil pedazos, resultando como una lluvia sobre los combatientes.

Muy pronto, las dos multitudes formaron una gruesa cadena de cuerpos humanos, que desbordaba en los intervalos de la terraza y, aflojándose en las dos extremidades, se doblaba sin avanzar seguido. Se apretujaban echados de bruces, como luchadores. Se aplastaban. Las mujeres aullaban dobladas sobre las almenas. Las tiraban del pelo, y la blancura de sus cuerpos, desnudos de pronto, brillaba entre los brazos de los negros, que les hundían sus puñales. Los cadáveres, demasiado ceñidos por la multitud, no caían; sostenidos por el empuje de los compañeros vivos, iban en pie y con los ojos abiertos. Algunos, con las sienes atravesadas por una azagaya, movían la cabeza como osos. Quedaban petrificadas las bocas que se abrían para gritar, y las manos volaban cortadas. Se dieron grandes golpes, de los que hablaron por mucho tiempo los sobrevivientes.

Venían flechas de las torres de madera y de las de piedra. Los tonelones movían rápidamente sus largas antenas, y como los bárbaros habían saqueado debajo de las catacumbas el viejo cementerio de los autóctonos, lanzaban sobre los cartagineses losas de sepultura. Al peso de las cestas, demasiado llenas, se cortaban los cables y caían racimos de hombres por el aire, con los brazos extendidos.

Los hoplitas veteranos se habían encarnizado hasta la mitad del día contra la Tania, con el objeto de penetrar en el puerto y destruir la flota. Amílcar hizo encender en el techo de Kamón una hoguera de paja húmeda; cegándoles el humo, se revolvían a derecha e izquierda, aumentando el horrible tumulto que se empujaba en Malqua. Las sintagmas, compuestas de hombres robustos, escogidos expresamente, habían hundido tres puertas; les detuvieron altas barreras de planchas con clavos. La cuarta puerta cedió más fácilmente, y aquellos se precipitaron corriendo, yendo a caer en un foso lleno de cepos. En el ángulo sudoeste, Autharita y sus hombres abatieron la fortificación, cuyos portillos estaban tapados con ladrillos. El terreno formaba cuesta, y lo subieron con ligereza; pero en lo alto encontraron una segunda muralla de piedras y vigas, alternadas como las casillas de un tablero de ajedrez a la usanza gala, adoptada por el Sufeta. Los galos se creyeron en su tierra; atacaron con tibieza, y fueron rechazados.

De la calle de Kamón al Mercado de las Hierbas, todo el camino de circunvalación pertenecía ahora a los bárbaros; los samnitas remataban a estacazos a los moribundos, o bien con un pie en el muro contemplaban abajo las ruinas humeantes, y a lo lejos, la batalla que se entablaba.

Los honderos, repartidos a retaguardia, disparaban sin cesar, hasta que, a fuerza del uso, se rompió el resorte de las hondas acarnanianas, y entonces tiraban piedras con la mano, o bien lanzaban bolas de plomo con el mango de su rebenque. Zarxas, con las espaldas cubiertas por sus largos cabellos negros, estaba en todas partes, dando saltos y conduciendo a los baleares. Llevaba en los lomos dos zurrones, en los que metía continuamente la mano izquierda, manejando el brazo derecho como la rueda de un carro.

Matho se abstuvo al principio de combatir, para mandar mejor a todos los bárbaros. Se le había visto a lo largo del golfo con los mercenarios; cerca de la laguna, con los númidas; a orillas del lago, entre los negros, y en el fondo de la llanura, empujaba las masas de soldados que llegaban incesantemente contra las líneas de fortificación. Poco a poco fue acercándose; el olor de la sangre, el espectáculo de la matanza y el estrépito de los clarines acabaron por inflamarle el corazón. Entró en su tienda y, quitándose la coraza, se vistió la piel de león, más cómoda para la batalla. El hocico se adaptaba a su cabeza, bordeado el rostro de un círculo de dientes; las dos patas anteriores se cruzaban sobre su pecho, y las de atrás alargaban las garras hasta más abajo de sus rodillas.

Conservaba su grueso cinturón, en el que brillaba un hacha de doble filo; y con su espadón en las dos manos, se precipitó impetuosamente sobre la brecha. Como podador que corta ramas de sauce y que trata de cortar lo más posible para ganar más dinero, así marchaba segando cartagineses alrededor suyo. A los que intentaban cogerle por los lados, él los abatía a golpes de empuñadura; si le atacaban de frente, los atravesaba; si huían, los hendía. Dos hombres saltaron a un tiempo a su espalda, y él, retrocediendo de un salto contra una puerta, los aplastó. Su espada bajaba y subía hasta que se rompió en el ángulo de un muro. Entonces empuñó la pesada hacha, y por delante y por detrás despanzurraba cartagineses como rebaño de corderos. Se apartaban a su paso, y llegó solo ante el segundo recinto, al pie de la Acrópolis. Los materiales lanzados de la cima llenaban de escombros las gradas y desbordaban sobre la muralla. Matho, en medio de las ruinas, se volvió para llamar a sus compañeros.

Veía sus penachos diseminados entre la multitud; iban a perecer, y él se lanzó hacia ellos; la vasta corona de plumas rojas se fue estrechando, y pronto se le reunieron los compañeros, rodeándole. Por las calles laterales desembocaba una enorme multitud, que le arrastró hasta fuera de la fortificación, en un lugar donde la terraza era alta.

Matho dio una voz de mando; todos los escudos se pusieron encima de los cascos; saltó encima para agarrarse a algún sitio y poder entrar en Cartago; y blandiendo el hacha terrible, corrió encima de los escudos, semejantes a olas de bronce, como un dios marino sobre las ondas, sacudiendo el tridente.

Un hombre de túnica blanca se paseaba al borde de la fortificación, impasible e indiferente a la muerte que le rodeaba. A veces, extendía la mano derecha sobre los ojos para descubrir a alguno. Matho acertó a pasar debajo de él. Las pupilas del hombre se inflamaron, se puso intensamente pálido y, levantando sus dos brazos escuálidos, le vociferaba injurias.

Matho no le oía; pero sintió penetrar en su corazón una mirada tan cruel y furiosa, que dio un rugido. Le tiró la pesada hacha; otros se echaron sobre Schahabarim, y Matho, no viéndole ya, cayó de espaldas, agotado.

Se acercaba un rugido espantable, mezclado con el ritmo de voces roncas que cantaban con cadencia.

Era el gran helépolis, rodeado por una turba de soldados. Tiraban de él con las dos manos, con cuerda, y empujando con los hombros; porque el talud que subía del llano, si bien muy suave, era impracticable para máquinas de peso tan excesivo. Llevaba, sin embargo, ocho ruedas con llantas de hierro, y desde la mañana iba avanzando así, de una manera lenta, como una montaña que va subiendo encima de otra. Luego salió de su base un inmenso ariete; sus tres caras quedaron al descubierto, y aparecieron en su interior, como colmenas de hierro, soldados acorazados que subían y bajaban las escaleras a través de sus pisos. Algunos de aquellos esperaban a lanzarse que los garfios de las puertas tocasen al muro; en medio de la plataforma superior, los tirantes de la ballesta daban vueltas, en tanto que bajaba el gobernalle de la catapulta.

Amílcar estaba en este momento de pie en el terrado de Melkart. Había supuesto que la máquina vendría allí, por ser el sitio de la muralla más invulnerable y estar, a causa de esto, desprovisto de centinelas. Mandó a sus esclavos que llevaran odres al camino de circunvalación, en el que habían levantado con arcilla dos tabiques transversales que formaban una especie de balsa. El agua corría insensiblemente sobre la terraza, siendo lo más extraño que Amílcar se mostrara tranquilo. Cuando el helépolis estuvo a unos treinta pasos, mandó poner tablas en las calles de casa a casa, desde las cisternas hasta los baluartes, y formó cuerdas de gente para que pasaran el agua de mano en mano, en cascos y ánforas.

Los cartagineses se indignaban por este agua perdida. El ariete demolía la muralla; de pronto, brotó una fuente de entre las piedras separadas, y la máquina de cobre, de nueve pisos, con más de tres mil soldados, empezó a oscilar suavemente, como un barco. El agua, entrando en la terraza, había ahondado el terreno; las calles se enfangaron; en el primer piso, entre cortinas de cuero, asomó la cabeza de Espendio, soplando con fuerza en una bocina de marfil. La gran máquina, como levantada convulsivamente, avanzó unos diez pasos; pero el terreno se ablandaba cada vez más, el fango llegaba a los ejes, y el helépolis se paró, ladeándose espantosamente de un lado. La catapulta rodó hasta el borde de la plataforma, y, llevada por la carga del timón, volcó con todos los que la ocupaban. Los soldados que estaban amontonados en las puertas cayeron en el abismo, y los que se sostenían al extremo de las largas vigas, aumentando con su peso la inclinación del helépolis, contribuían a que este se desmembrara en todas sus junturas.

Acudieron los demás bárbaros a socorrerlos. Los cartagineses bajaron del reducto y, atacándolos por retaguardia, los mataron a discreción. Sobrevinieron los carros de hoces, corriendo en torno de esa multitud; pero se hizo de noche, y los bárbaros se retiraron.

No se veía en el llano más que un hormigueo negro desde el golfo azulado hasta la laguna blanca; a lo lejos, el lago, lleno de sangre, se mostraba como una gran mancha de púrpura.

La terraza estaba ahora tan cargada de cadáveres, que parecía construida con cuerpos humanos. En medio se destacaba el helépolis, cubierto de armaduras; y a intervalos, se desprendían de él fragmentos enormes, como piedras de pirámide que se desmorona. En las murallas se veían los anchos rastros labrados por los arroyos de plomo. Aquí y acullá ardía una torre de madera; las casas aparecían vagamente como gradas de un anfiteatro en ruinas. Densas humaredas subían, despidiendo chispas que se perdían en el cielo negro.

Los cartagineses, devorados por la sed, se habían precipitado a las cisternas. Rompieron las puertas; el fondo estaba lleno de agua cenagosa.

¿Qué hacer ahora? Los bárbaros eran innumerables, y una vez descansados, volverían a la carga.

El pueblo, por las noches, deliberaba en grupos en las esquinas de las calles. Decían unos que se debían despedir las mujeres, los enfermos y los viejos; proponían otros abandonar la ciudad y fundar una colonia en otra parte; pero faltaban los barcos. Salió el sol y no habían resuelto nada.

En este día no se peleó, porque todos estaban cansados; hasta los que dormían tenían aspecto de muertos.

Reflexionando los cartagineses sobre la causa de sus desastres, recordaron no haber enviado a Fenicia la ofrenda anual debida a Melkart tirio; y esto los llenó de pavor. Los dioses, indignados contra la República, iban sin duda a vengarse.

Se les consideraba como genios crueles que se aplacaban con súplicas y se dejaban ganar por dádivas. Todos eran débiles comparados con Moloch, el Devorador. La vida, la carne misma de los hombres le pertenecían; y para salvarlas, acostumbraban los cartagineses ofrecerles una porción que calmara su furor. Se quemaba a los niños, en la frente o en la nuca, con mechas de lana; esta manera de satisfacer a Baal proporcionaba a los sacerdotes mucho dinero, por lo que no dejaban de recomendarla como la más fácil y menos dura.

Pero esta vez se trataba de la República, de la nación; por consiguiente, ya que cualquier provecho debía ser a cambio de una pérdida, que cualquiera transacción debía arreglarse en beneficio del más fuerte y en perjuicio del más débil, no se debía escatimar nada al dios, supuesto que este se deleitaba en lo más horrible y que se estaba a su discreción. Era necesario saciarlo completamente. Los ejemplos probaban que por este medio cesaban las plagas. Creíase además que una inmolación por el fuego purificaría a Cartago. Se halagaba también la ferocidad del pueblo, tanto más cuanto que la elección pesaba exclusivamente sobre las grandes familias.

Reuniéronse los Ancianos. La sesión fue larga. Hannón había venido. Como no podía sentarse, se quedó acostado junto a la puerta, medio oculto entre las franjas de la alta tapicería: y cuando el pontífice de Moloch les preguntó si consentirían entregar sus hijos, estalló su voz como el rugido de un genio en el fondo de una caverna. Sentía, eran sus palabras, no poder dar su propia sangre: y al decir esto, miraba a Amílcar, que estaba a su frente, en el otro extremo de la sala. El Sufeta se turbó de tal suerte, que bajó los ojos. Aprobaron todos, sucesivamente, con una inclinación de cabeza y, conforme a los ritos, hubo que contestar al gran sacerdote: «Sea así.» Con esto, los Ancianos decretaron el sacrificio por una perífrasis tradicional; porque hay cosas más arduas de decir que de ejecutar.

La resolución se supo en seguida en toda Cartago. Se oyeron lamentaciones. Gritaban en todas partes las mujeres; las consolaban sus maridos, o bien las recriminaban por su falta de resignación.

Pero tres horas después se supo otra noticia más extraordinaria: el Sufeta había encontrado fuentes en la base del acantilado. Corrieron allí, y, efectivamente, cavando en la arena, se encontró agua dulce, de la que muchos bebieron echados de bruces.

Ni el mismo Amílcar sabía si esto era por disposición de los dioses o el vago recuerdo de una revelación que su padre le hiciera en otro tiempo; ello fue que al salir de la sesión de los Ancianos, bajó a la playa, y con sus esclavos se puso a cavar en la arenisca.

Repartió calzado, ropas y vino, y todo el resto del trigo que guardaba en su casa. Hasta hizo entrar al pueblo en su palacio, y le abrió las cocinas, los almacenes y todas las habitaciones, excepto la de Salambó. Anunció además que iban a venir seis mil mercenarios galos y que el rey de Macedonia enviaría un ejército.

Pero al segundo día, las fuentes disminuyeron; y al tercero, se secaron por completo. Con esto, el decreto de los Ancianos volvió a la mente de todos, y los sacerdotes de Moloch empezaron su tarea.

Hombres vestidos de negro se presentaban en las casas, muchas de las cuales encontraban desiertas, a pretexto de algún asunto o de alguna compra de sus moradores. Volvían los sirvientes de Moloch y cogían los niños. Había quien entregaba estúpidamente sus hijos. A estos los llevaban al templo de Tanit, donde las sacerdotisas se encargaban de divertirlos y alimentarlos hasta el día solemne.

Presentáronse en casa de Amílcar, al que encontraron en sus jardines.

—¡Barca, venimos a lo que tú sabes..., por tu hijo!...

Añadieron que se había visto a este, en los Mapales, en una noche de la otra luna, acompañado de un viejo.

Al pronto, Amílcar quedó cortado, pero comprendiendo que sería en vano toda negativa, accedió, introduciéndoles en la Casa de Comercio. Los esclavos, a una señal suya, vigilaron los contornos.

Entró como un aturdido en la cámara de Salambó; tomó a Aníbal de la mano, arrancó con la otra la presilla del vestido que arrastraba; le ató de pies y manos, le amordazó la boca y lo ocultó debajo de la cama de pieles de buey, dejando caer hasta el suelo un ancho tapiz.

Hecho esto, daba paseos por la habitación, accionando con los brazos y mordiéndose los labios, hasta que quedó con las pupilas fijas y jadeante como si se fuera a morir.

Llamó tres veces con las palmas de las manos, y compareció Giddenem.

—¡Oye! —le dijo—. Toma entre los esclavos un niño de ocho a nueve años, de cabellos negros y frente bombeada, y tráemelo. ¡Pronto!

Giddenem se dio prisa a cumplir el encargo y volvió con un niño; un pobre niño delgado y abotargado a un mismo tiempo. Su piel parecía tan gris como el infecto harapo que le cubría; hundía la cabeza entre los hombros, y con el revés de la mano se frotaba los ojos de las picaduras de las moscas.

¡Era imposible confundirle con Aníbal, y faltaba tiempo para escoger otro! Amílcar miraba a Giddenem, con ganas de estrangularlo.

—¡Vete! —gritó.

El intendente de los esclavos se fue más que de prisa.

La desgracia temida por tanto tiempo iba a sobrevenir, si no buscaba un medio de evitarla. De pronto se oyó a Abdalonim detrás de la puerta. Los servidores de Moloch preguntaban por el Sufeta, y se impacientaban.

Amílcar contuvo un grito, como si le aplicaran un hierro candente, y volvió a pasear por la habitación, como un insensato. Salió al borde de la balaustrada, y con los codos en las rodillas, se apretaba la frente con los puños cerrados.

El tazón de pórfido conservaba un poco de agua limpia para las abluciones de Salambó. No obstante su repugnancia y su orgullo, el Sufeta metió en ella al niño, y como un mercader de esclavos, se puso a lavarle y frotarle con los estrígiles y tierra roja. Sacó de un armario de la pared dos cuadrados de púrpura; le puso uno en el pecho y otro en la espalda, y los reunió en las clavículas con dos broches de diamantes. Vertió un perfume en su cabeza; pasó alrededor de su cuello un collar de electro, y le calzó sandalias con tacones de perlas; ¡las mismas sandalias de su hijo! Hacía todo esto bramando de indignación, y Salambó, que se apresuraba a ayudarle, estaba tan pálida como él. El niño sonreía, deslumbrado por estas galas y, entusiasmado, empezaba a palmotear y saltar, cuando Amílcar lo llevó consigo, sujetándole fuertemente con la mano, como si tuviera miedo de perderlo. El niño, a quien este apretón le hacía daño, lloriqueaba sin dejar de andar.

En lo alto de la ergástula, debajo de una palmera, oyeron una voz lamentable y suplicante: «¡Amo, amo!»

Amílcar se volvió, y vio a su lado un hombre de abyecta apariencia; uno de los miserables parásitos del palacio.

—¿Qué quieres? —le preguntó el Sufeta.

El esclavo, temblando horriblemente, balbució:

—¡Soy su padre!

Amílcar siguió andando; el otro le seguía encorvado y con la cabeza medio caída. Tenía contraído el rostro por una angustia indefinible, y los gemidos le ahogaban, presa del afán de preguntar y de gritar: «¡Perdón!»

Al fin se atrevió a tocar al Sufeta con el dedo en el codo, diciéndole:

—¿Es que lo llevas para...?

No tuvo fuerzas para acabar la pregunta.

Amílcar se detuvo, asombrado de tanto dolor.

Nunca se le habría ocurrido que pudiera haber entre él y el otro algo que les fuera común: ¡tal era el abismo que los separaba! Aquello le parecía un ultraje a su persona y como una merma de su privilegio. Contestó con una mirada más fría y más pesada que el hacha del verdugo. El esclavo cayó desmayado a sus pies, en el polvo. Amílcar pasó por encima de él.

Los tres hombres de negro le esperaban en el salón, de pie, junto al disco de piedra. Amílcar rasgó sus vestiduras y se arrastró por el suelo dando agudos gritos:

—¡Ah, mi pequeño Aníbal! ¡Ah, hijo mío! ¡Mi consuelo, mi esperanza, mi vida! ¡Matadme a mí también! ¡Llevadme! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!

Se arañaba la cara, se arrancaba los cabellos y aullaba como las plañideras en un entierro.

—¡Lleváoslo pronto! ¡Sufro demasiado! ¡Idos! ¡Matadme como a él!

Los servidores de Moloch se admiraban de que el gran Amílcar tuviera un corazón tan débil. Casi se sentían enternecidos.

Se oyó un ruido de pies desnudos, con un resuello parecido a la respiración de bestia feroz que se acerca; y en el dintel de la tercera galería, entre los largueros de marfil, apareció un hombre terrible, que con los brazos extendidos, gritaba:

—¡Hijo mío!

De un salto, Amílcar se echó sobre el esclavo, y tapándole la boca con las manos, dijo a su vez:

—¡Es el viejo que lo ha criado! ¡Le llama su hijo! ¡Se volverá loco! ¡Basta, basta!

Y empujando a los tres sacerdotes y a la víctima, salió con ellos, cerrando en pos, de un golpe, la puerta.

Amílcar estuvo atento por algunos minutos, temiendo que volvieran. Pensó en seguida en deshacerse del esclavo, para tener la seguridad de que no hablaría; pero el peligro no desaparecía por completo, porque si los dioses se irritaban, podían volverse contra su hijo. Cambiando de idea, le envió con Taanach lo mejor de su cocina: un cuarto de macho cabrío, habas y conservas de granada. El esclavo, que no había comido en mucho tiempo, se precipitó sobre los platos, mojándolos con sus lágrimas.

Vuelto Amílcar al cuarto de Salambó, desató las cuerdas de Aníbal. El niño, exasperado, le mordió la mano hasta hacerle sangre. Su padre le contuvo con una caricia.

Para apaciguarle, Salambó quiso darle miedo con Lamia, ogresa de Cirene:

—¿Dónde está? —preguntó el niño.

Se le dijo que vendrían bandidos a cogerle, y contestó: «¡Que vengan, y los mataré!»

Cuando Amílcar le contó la horrible verdad, recriminó a su padre porque siendo el señor de Cartago podía imponerse al pueblo. Por fin, rendido por la cólera, se durmió con sueño feroz; hablaba soñando, con la espalda apoyada en un cojín de escarlata, caída la cabeza hacia atrás y con el brazo extendido en actitud imperiosa. Cuando obscureció completamente, Amílcar bajó con él, a obscuras, la escalera de las galeras. Al pasar por la Casa de Comercio, tomó un racimo de uvas y una jarra de agua; el niño se despertó ante la estatua de Aletes, en la cueva de las piedras preciosas, y sonreía, en brazos de su padre, a la luz de los destellos que le rodeaban.

Amílcar tenía la seguridad de que no podían quitarle su hijo. Era un lugar impenetrable que comunicaba con la costa por un subterráneo que únicamente él conocía. Miró en rededor y aspiró una bocanada de aire. Luego puso el niño en su escabel, al lado de los escudos de oro.

Nadie le veía ahora, y esto le tranquilizó. Como una madre que encuentra a su primogénito perdido, estrechó contra su pecho al niño, llorando y riendo a un mismo tiempo, llamándole con los nombres más tiernos y cubriéndole de besos. El pequeño Aníbal, impresionado por tanta ternura, se callaba.

Palpando las paredes, llegó Amílcar a la gran sala en la que la luna se filtraba por un mechinal de la cúpula; en medio de ella dormía el esclavo, tendido sobre las losas de mármol. Al verle así Amílcar, se sintió compasivo. Con la punta del pie le alargó una alfombra debajo de la cabeza. Luego levantó los ojos y contempló la media luna que brillaba en el cielo, y se sintió más fuerte que los Baales y los despreció.

Habían empezado los preparativos del sacrificio. En el templo de Moloch se derribó un lienzo de pared para sacar el dios de cobre, sin tocar las cenizas del altar, y así que salió el sol los hieródulos lo empujaron hacia la plaza de Kamón.

Se movía hacia atrás, sobre dos cilindros; sus hombros rebasaban la altura de las murallas; por lejos que le vieran, se escondían los cartagineses, porque no se podía mirar impunemente a Baal más que en el ejercicio de su cólera.

Olían las calles a hierbas aromáticas; todos los templos se abrieron a un tiempo y de ellos salieron altares sobre carretas o en literas que llevaban los pontífices. Grandes penachos de palmas se balanceaban a los flancos de los ídolos, y rayos esplendorosos lanzaban sus agudas puntas terminadas por bolas de cristal, de oro, de plata o de cobre.

Eran los Baalim cananeos, desdoblamientos del Baal supremo que volvían hacia su principio, para humillarse ante su fuerza y aniquilarse ante su esplendor.

El pabellón de Melkart, de púrpura fina, contenía una lámpara de petróleo; en el de Kamón, de color de jacinto, se erguía un palo de marfil rodeado de piedras preciosas; entre las cortinas de Eschmún, azules como el éter, una serpiente dormida formaba un círculo con la cola; y los dioses Pateques en brazos de los sacerdotes, parecían niños en pañales, que con los talones rozaran el suelo.

Venían a continuación las formas inferiores de la divinidad: Baal-Sanim, dios de los espacios celestes; Baal-Zebú, dios de la corrupción y de las razas congéneres; Baal-Peor, dios de los montes sagrados; Larbal de la Libia, Adremalech de Caldea, Kijun de Siria; Derceto, en figura de virgen con aletas de pez; y el cadáver de Tamuz, sobre un catafalco, entre antorchas y cabelleras. Para que los reyes del firmamento se sujetaran al Sol, e impedir que sus particulares influencias no dañasen la suya, se blandían largas perchas con estrellas de metal de distintos colores; desde el negro Nabo, genio de Mercurio, hasta el horrible Rahab, constelación del Cocodrilo. Las Abadires, piedras caídas de la luna, giraban en ondas de hilos de plata; bollos pequeños, imitando sexos de la mujer, eran llevados en canastillas por los sacerdotes de Ceres, al paso que otros de esta orden llevaban sus fetiches y amuletos. Salieron todos los ídolos olvidados, incluso los símbolos místicos de los navíos, como si Cartago quisiera recogerse en un pensamiento de muerte y de desolación.

Ante cada tabernáculo sostenía un hombre en equilibrio, sobre su cabeza, un ancho vaso en el que humeaba incienso y entre cuyas nubes de humo se veían la tapicería, los flecos y los bordados de los pabellones sagrados. Avanzaban lentamente, a causa de su peso enorme. A veces el eje de los carros se enganchaba en las calles, y los devotos aprovechaban esta ocasión para tocar los Baalim con sus vestidos, que luego guardaban como cosas venerandas.

La estatua de cobre continuaba avanzando hacia la plaza de Kamón. Los Ricos, con cetros de puño de esmeralda, salieron del fondo de Megara; los Ancianos, ciñendo diademas, estaban reunidos en Kinvido, y los intendentes de Hacienda, los gobernadores de provincias, mercaderes, soldados, marineros y toda la horda numerosa empleada en los funerales, todos ellos con las insignias de su magistratura o con los instrumentos de su oficio, se dirigían hacia los tabernáculos que bajaban de la Acrópolis, entre los colegios de los pontífices.

Por deferencia a Moloch, se habían adornado con sus más espléndidas joyas. Fulguraban los diamantes sobre las vestimentas negras; los anillos, anchos en demasía, oscilaban en sus enjutos dedos, y nada más lúgubre que esta comitiva silenciosa con tiaras de oro sobre las frentes crispadas por atroz desesperación y pendientes en las orejas que temblaban sobre los pálidos rostros.

Llegó, por fin, Baal, a mitad de la plaza. Sus pontífices hicieron una alambrada para contener a la multitud y formaron un círculo a sus pies.

Los sacerdotes de Kamón, en túnicas de lana parda, se alinearon ante su templo, bajo las columnas del pórtico; los de Eschmún, con capas de lino, collares y tiaras puntiagudas, se pusieron en las gradas de la Acrópolis; los de Melkart, con túnicas moradas, escogieron el lado de Occidente; los de las Abadires, ceñidos con bandas de paño frigios, el de Oriente; y al Mediodía los nigromantes, cubiertos de tatuajes; los aulladores con mantos remendados, los servidores de los Pateques y los Yidonim, que para investigar el porvenir se ponían en la boca un hueso de muerto. Los sacerdotes de Ceres, vestidos de túnica azul, estaban apostados en la calle de Sateb, salmodiando en voz baja un tesmoforión en dialecto megaro.

De cuando en cuando, llegaban filas de hombres enteramente desnudos, con los brazos abiertos y tendidos al viento y unidos por los hombros. Arrancaban de las profundidades del pecho una entonación bronca y cavernosa; sus pupilas, clavadas en el coloso, brillaban en el polvo y balanceaban el cuerpo a intervalos iguales, todos a un tiempo, como sacudidos por igual impulso. Estaban tan furiosos, que para restablecer el orden, los hieródulos, a bastonazos, los hicieron poner de bruces, con la cara junto a la alambrada de cobre.

Entonces fue cuando se adelantó del fondo de la plaza un hombre vestido de blanco. Atravesó lentamente por entre la multitud y todos reconocieron al sacerdote de Tanit, el gran sacerdote Schahabarim. Oyéronse rechiflas, porque la influencia del principio masculino prevalecía en este día en todas las conciencias y la diosa estaba tan olvidada que no se había advertido la ausencia de sus pontífices. Aumentó el asombro cuando se le vio abrir uno de los portones de la alambrada, destinados para que entraran los que iban a ofrecer las víctimas. Según los sacerdotes de Moloch, esto era un ultraje a su dios; a empellones trataron de rechazarlo. Alimentados con la carne de los holocaustos, vestidos de púrpura como reyes y con coronas de triple cerco, afrentaban al pálido eunuco, extenuado por las maceraciones. La cólera hacía agitar en sus pechos las negras barbas desplegadas al sol.

Schahabarim, sin hacerles caso, seguía andando; y atravesando, paso a paso, el recinto, llegó hasta las piernas del coloso y le tocó por ambos lados, separando los dos brazos, lo cual era una fórmula solemne de adoración. Hacía mucho tiempo que la Rabbet le torturaba, y por desesperación, o tal vez a falta de un dios, satisfacía completamente su pensamiento decidiéndose por Baal.

Espantada la turba ante esta apostasía, prorrumpió en protestas. Sentía romperse el único lazo que unía las almas con una divinidad clemente. Como Schahabarim, a causa de su castración, no podía participar del culto de Baal, los hombres de los mantos rojos le excluyeron del recinto; pero no bien estuvo afuera, dio una vuelta alrededor de todos los colegios, y el sacerdote sin dios desapareció entre la multitud, que se apartaba al acercarse él.

Ardía una hoguera de áloe, de cedro y de laurel entre las piernas del coloso. Las largas alas del dios hundían las puntas en las llamas; los ungüentos de que estaba ungido corrían como sudor por sus miembros de cobre. En torno de la piedra redonda en la que apoyaba los pies, los niños, envueltos en velos negros, formaban un círculo inmóvil; los brazos desmesuradamente largos del ídolo tocaban con las manos las tiernas criaturas como para coger esta corona de carne y llevarla al cielo.

Los Ricos, los Ancianos, las mujeres, toda la multitud se amontonaba detrás de los sacerdotes y en las azoteas de las casas. Las grandes estrellas pintadas no giraban ya, los tabernáculos estaban inmóviles en el suelo y el humo de los incensarios subían perpendicularmente como árboles gigantescos, que desplegaban en el cielo sus ramas azuladas.

Muchos de los espectadores se desmayaron; otros se quedaban inertes y petrificados. Angustia infinita agobiaba todos los pechos. Se iban apagando los últimos clamores y el pueblo de Cartago estaba como absorto en el anhelo del terror.

Por fin, el gran sacerdote de Moloch pasó la mano debajo de los velos de los niños y les arrancó de las frentes un mechón de cabellos, que arrojó a las llamas. Los hombres de los mantos rojos entonaron entonces el himno sagrado.

—¡Honor a ti, Sol! ¡Rey de las dos zonas, creador que se engendra, Padre y Madre, Padre e Hijo, Dios y Diosa, Diosa y Dios!

Las voces se perdían en la explosión de los instrumentos que tocaban a la vez, con el fin de ahogar los gritos de las víctimas. Los schemunits de ocho cuerdas, los kinor de diez y los nebal de doce, silbaban, tañían y tronaban; enormes odres erizados de tubos producían un chapoteo agudo; los tamboriles sonaban con golpes sordos y rápidos, y a pesar del furor de los clarines, el solsalim crujía como alas de langosta.

Los hieródulos abrieron con un gancho largo los siete compartimentos escalonados en el cuerpo de Baal. En el más alto pusieron harina; en el segundo, dos tórtolas; en el tercero, un mono; en el cuarto, un carnero; en el quinto, un cordero, y como faltaban bueyes para el sexto, se echó una piel curtida del santuario. El séptimo depósito quedó vacío.

Antes de operar, se probaron los brazos del dios. Delgadas cadenitas que salían de sus dedos subían a sus hombros y colgaban por las espaldas, donde unos hombres, tirando desde arriba, hacían subir a la altura de los codos las dos manos abiertas del coloso, que al juntarse le tocaban en el vientre. Las movieron varias veces; callaron los instrumentos; crepitaba el fuego.

Los pontífices de Moloch se paseaban sobre la gran piedra, observando a la multitud.

Era necesario un sacrificio individual, una oblación voluntaria, que era considerada como preliminar de las que venían después; pero nadie se ofrecía hasta ahora, y los siete pasadizos que iban de las avenidas al coloso estaban vacíos. Para animar al pueblo, los sacerdotes sacaron los puñales de sus cinturones y se hirieron el rostro. Hízose entrar en el recinto a los devotos echados en el suelo a la parte de afuera; se les dio un paquete de horribles hierros viejos y cada uno escogió su tortura. Se pasaban agujas entre los pechos, se cortaban las mejillas y pusiéronse coronas de espinas en la cabeza; luego se enlazaron de los brazos y, rodeando a los niños, formaron otro gran ruedo que se contraía y se ensanchaba. Llegaron a la balaustrada con estas contracciones, atrayendo a la multitud con el vértigo de este movimiento sanguinario y clamoroso.

Poco a poco fue acudiendo gente a las avenidas, arrojando a las llamas perlas, vasos de oro, copas, todas sus riquezas; las ofrendas eran cada vez más espléndidas y numerosas. Al fin, un hombre que se tambaleaba, un hombre pálido y horrible por el terror, empujó a un niño; en seguida se vio en las manos del coloso una masa negra que se hundió en la tenebrosa abertura. Los sacerdotes se inclinaron al borde de una gran losa y prorrumpieron en un nuevo cántico celebrando las alegrías de la muerte y los renacimientos de la eternidad.

Subían las víctimas lentamente, y como la humareda formaba altos torbellinos, parecía desde lejos que desaparecían en una nube. Ninguno se movía. Estaban unidos por los puños, y los tobillos y la sombría tapicería les impedía ver y ser vistos.

Amílcar, con manto rojo, como los sacerdotes de Moloch, estaba al lado de Baal, de pie ante el dedo gordo de su pie derecho. Cuando trajeron el niño decimocuarto, notaron todos que el Sufeta hizo un gesto de horror; pero pronto recobró su primera actitud: se cruzó de brazos y miró al suelo. Al otro lado de la estatua, el gran pontífice permanecía inmóvil como él. Baja la cabeza, con una mitra asiria, se miraba en el pecho la placa de oro cubierta de piedras fatídicas, de las que la llama despedía resplandores irisados. Amílcar inclinaba la frente; y los dos personajes se encontraban tan cerca de la hoguera que las llamas levantaban las colas de sus mantos.

Los brazos de cobre se movían más aprisa y sin pararse. Cada vez que se introducía un niño, los sacerdotes de Moloch extendían la mano sobre él como cargándole los crímenes del pueblo, vociferando: «¡No son hombres: son bueyes!» Y la multitud repetía: «¡Bueyes, bueyes!» Los devotos gritaban: «¡Señor, come!» Los sacerdotes de Proserpina, conformándose por miedo a las necesidades de Cartago, murmuraban la fórmula eleusiaca: «¡Derrama la lluvia! ¡Engendra!»

Las víctimas desaparecían al borde de la abertura como gotas de agua en una plancha al rojo y un humo blanquecino ascendía entre el color escarlata de la estatua.

Pero el apetito del dios no se calmaba: quería siempre más. Con el objeto de saciarle mejor, le apilaron las víctimas en las manos con una gruesa cadena por encima, que los sujetaba. Los devotos quisieron contarlos al principio, para ver si el número de los niños correspondía a los días del año solar; pero era imposible contarlos por el movimiento vertiginoso de los horribles brazos. Esto duró mucho tiempo; hasta la noche. Las paredes interiores tomaron un aspecto más obscuro, y entonces se vieron las carnes quemadas; algunos creyeron reconocer los restos de las víctimas por los cabellos, los miembros y hasta por los cuerpos enteros.

Atardecía y las nubes se amontonaban encima de Baal. La hoguera, exhausta ahora, formaba una pirámide de carbones hasta las rodillas del coloso, completamente rojo, como un gigante lleno de sangre. Con la cabeza inclinada, parecía tambalearse bajo el peso de su embriaguez.

A medida que los sacerdotes se daban prisa, aumentaba el frenesí del pueblo; como disminuía el número de las víctimas, gritaban unos que se necesitaban más, y otros que había bastante. Hubiérase dicho que las murallas, cargadas de gente, se hundían bajo el peso de los alaridos de espanto y de voluptuosidad mística. Llegaron otros fieles, a quienes pagaban para que entregaran sus hijos a los sacerdotes. Los tocadores de instrumentos, cansados, cesaban en su música, y entonces se oían los gritos de las madres y el chirrido de la grasa que caía sobre los carbones. Los bebedores de beleño, andando a gatas, daban vueltas al coloso y rugían como tigres; los Yidonim vaticinaban; los devotos cantaban con sus labios hendidos; se había roto la alambrada y todos querían tomar parte en el sacrificio. Los padres cuyos hijos habían muerto anteriormente, echaban al fuego su efigie, sus juguetes y los huesos que habían quedado. Algunos, con sus cuchillos, se precipitaron sobre los demás. Se degollaban entre ellos. Con palas de bronce, los hieródulos recogieron las cenizas caídas en la losa y las echaron al aire para que el sacrificio se esparciera por la ciudad, hasta la región de las estrellas.

Este gran ruido y esa gran hoguera atrajeron a los bárbaros al pie de las murallas; encaramados sobre los restos del helépolis, miraban el espectáculo estremecidos de horror.