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Salambó

Chapter 6: V. TANIT
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About This Book

La narración sitúa un conflicto armado en torno a una ciudad antigua y contrapone la violencia bélica con ceremonias religiosas y una lujosa sensualidad. Escenas de banquetes, combates y ritos sagrados se alternan con episodios de pasión, traición y obsesión, mientras el detalle sensorial y la prosa minuciosa subrayan decadencia y fervor ritual. El relato avanza hacia consecuencias trágicas al explorar la fricción entre el desorden político y la vida ceremonial, mostrando cómo deseos individuales y símbolos sagrados influyen en el destino colectivo.

V

TANIT

Cuando salieron de las huertas, se vieron detenidos por la cerca de Megara; pero descubrieron una brecha en la espesa muralla, y pasaron.

El terreno, al descender, formaba como un valle muy ancho. Se hallaron en un sitio descubierto.

—¡Escucha! —dijo Espendio—, y nada temas... Cumpliré mi promesa.

Se interrumpió, como pensando en lo que iba a decir...

—¿Te acuerdas cuando una vez te señalé, Matho, al salir el sol, desde la azotea de Salambó, a Cartago? Aquel día éramos fuertes, pero tú no quisiste oír nada... ¡Amo, hay en el santuario de Tanit un velo misterioso, caído del cielo, y que cubre a la diosa!

—Lo sé —dijo Matho.

—Es un velo divino porque forma parte de la deidad. Los dioses ejercen su poder donde residen. Porque lo posee Cartago, Cartago es poderosa... ¡Te he traído aquí para robarlo!

Matho retrocedió horrorizado.

—¡Vete! ¡Busca otro! No quiero ayudarte en esa acción execrable.

—Tanit es tu enemiga —replicó Espendio—. Ella te persigue, y tú mueres de su cólera. Te vengarás; ella te obedecerá, y serás inmortal e invencible.

Matho bajó la cabeza. Espendio prosiguió:

—Sucumbiremos; el ejército será aniquilado. No tenemos ni escapatoria, ni ayuda, ni perdón. ¿Qué castigo de los dioses puedes temer, si tienes su fuerza en tus manos? ¿O es que prefieres morir en la derrota, miserablemente, al amparo de un matorral, o entre el ultraje de la plebe, en una hoguera? ¡Amo, un día entrarás en Cartago, entre los colegios de los pontífices, que besarán tus sandalias; y si el velo de Tanit te pesa, lo devolverás a su templo! ¡Sígueme! ¡Ven a tomarlo!

Un ansia terrible devoraba a Matho. Hubiera querido poseer el velo sin cometer el sacrilegio. Se decía que quizás podría adquirir su virtud sin necesidad de robar el velo; pero sin llegar al fondo de su pensamiento, deteniéndose en el límite que le espantaba.

—¡Vamos! —dijo, y se alejaron a paso rápido, juntos y sin hablarse.

El terreno iba subiendo y las casas se juntaban. Los dos hombres torcían por calles estrechas y entre tinieblas. Jirones de esparto que cerraban las puertas golpeaban las paredes. En una plaza, los camellos rumiaban ante un montón de heno. Luego pasaron por debajo de una galería cubierta de follaje. Ladraron los perros, pero de pronto el espacio se ensanchó y se encontraron en la parte occidental de la Acrópolis. Por bajo de Byrsa se erguía una negra mole: era el templo de Tanit, conjunto de monumentos y jardines, de patios y antepatios, ceñido por un pequeño muro de piedras secas. Espendio y Matho lo franquearon.

Este primer recinto encerraba un bosque de plátanos, plantados como precaución contra la peste y la infección del aire. Aquí y acullá estaban diseminadas las tiendas en que de día se vendían pastas depilatorias, perfumes, vestidos, pasteles en forma de luna e imágenes de la diosa, con reproducciones del templo ahuecadas en un bloque de alabastro.

Nada tenían que temer, porque en las noches en que el astro estaba oculto, se suspendían todos los ritos; pero Matho se desanimaba y se detuvo ante las tres gradas de ébano que conducían al segundo recinto.

—¡Adelante! —dijo Espendio.

Granados, almendros, cipreses y mirtos, inmóviles como follaje de bronce, alternaban con regularidad; el camino, empedrado de guijarros azules, crujía bajo los pies; abiertas rosas se mecían como cunas en toda la longitud de la avenida. Llegaron ante un agujero oval, cerrado por una verja. Matho, a quien el silencio espantaba, dijo a Espendio:

—Aquí es donde se mezclan las Aguas dulces con las Aguas amargas.

—Yo he visto todo esto —contestó el antiguo esclavo— en Siria, en la ciudad de Mafug.

Por una escalera de seis gradas de plata subieron al tercer recinto.

Un cedro enorme se erguía en medio. Sus ramas más bajas desaparecían bajo montones de estofas y de collares colgados por los fieles. Avanzaron algunos pasos y llegaron a la fachada del templo.

Dos largos pórticos, de arquitrabes que se apoyaban en gruesos pilares, flanqueaban una torre cuadrangular, adornada en su plataforma por una luna en creciente. Sobre los ángulos de los pórticos y en las cuatro esquinas de la torre se elevaban vasos llenos de aromas encendidos. Granadas y coloquíntidas festoneaban los capiteles. Entrelazos, losanges y líneas de perlas alternaban sobre los muros, y un seto de filigrana de plata formaba un ancho semicírculo ante la escalera de marfil que bajaba del vestíbulo.

A la entrada había, entre una estela de oro y otra de esmeralda, un cono de piedra; al pasar por su lado, Matho se besó la mano derecha.

La primera habitación era muy alta, con innumerables aberturas en la bóveda, de modo que al levantar la cabeza se podían ver las estrellas. En todo el contorno de la muralla se amontonaban, en cestas de mimbre, barbas y cabelleras, primicias de adolescentes; y en medio del departamento circular, salía de una repisa el cuerpo de una mujer, cubierta de mamas, gorda, barbuda y con las pupilas bajas; tenía aire sonriente y las manos cruzadas sobre el borde de su gran vientre, pulido por los besos de la multitud.

Después se hallaron al aire libre, en un corredor transversal, en el que un altar de exiguas proporciones se apoyaba en una puerta de marfil que únicamente los sacerdotes podían abrir; porque un templo no era un sitio de reunión del pueblo, sino la morada particular de una divinidad.

—¡La empresa es imposible! —decía Matho—. ¡Volvámonos!

Espendio examinaba las paredes. Quería el velo, no porque tuviera confianza en su virtud —Espendio no creía en el oráculo—, sino porque estaba persuadido de que los cartagineses, al verse sin él, caerían en un gran abatimiento. Dieron la vuelta por detrás, buscando alguna salida.

Veíanse edículos de formas diferentes, bajo bosquecillos de terebintos. Aquí y allá se erguía un falo de piedra y pastaban tranquilamente grandes ciervos, empujando con las pezuñas las piñas que habían caído de las copas de los árboles.

Volvieron sobre sus pasos entre dos largas galerías paralelas, con pequeñas celdas al fondo. De arriba abajo de sus columnas de cedro pendían tamboriles y címbalos. Unas mujeres dormían sobre esteras fuera de las celdas. Sus cuerpos, engrasados con ungüentos, exhalaban olor a especias y a perfumadores apagados, y estaban tan cubiertas de tatuajes, de collares, de anillos, de bermellón y de antimonio que, sin el movimiento del pecho, se las hubiera tomado por ídolos tendidos en el suelo. Los lotos rodeaban una fuente en la que nadaban peces parecidos a los de Salambó; luego, en el fondo, junto a la muralla del templo, se desplegaba una viña de sarmientos de vidrio y racimos de esmeraldas. Los rayos de las piedras preciosas fingían juegos de luz entre las columnas pintadas, sobre los rostros de las durmientes.

Matho se asfixiaba en la cálida atmósfera que irradiaban los tabiques de cedro. Todos estos símbolos de la fecundación, estos perfumes y estos hálitos le abrumaban. A través de los destellos místicos, soñaba con Salambó. La confundía con la misma diosa, y su amor iba en aumento, como los grandes lotos que se despliegan pomposos en la profundidad de las aguas.

Calculaba Espendio el dinero que hubiera ganado en otro tiempo vendiendo aquellas mujeres, y con la vista pesaba, al pasar, los collares de oro.

El templo era tan impenetrable por este lado como por el otro. Volvieron por detrás de la primera cámara. En tanto que Espendio husmeaba, Matho, prosternado ante la puerta, imploraba a Tanit, suplicándola que no le permitiera este sacrilegio. Procuraba ablandarla con palabras acariciadoras, como se hace con una persona irritada.

Espendio advirtió una abertura estrecha encima de la puerta.

—¡Levántate! —dijo a Matho.

Y le hizo adosarse de pie contra la pared. Poniendo un pie en sus manos y luego otro sobre su cabeza, llegó a la altura del ventanal, y por allí desapareció. Matho sintió caer sobre su espalda una cuerda de nudos, que Espendio había arrollado alrededor de su cuerpo antes de aventurarse en la cisterna; y apoyándose con ambas manos, pronto se encontró al lado de Espendio en una gran sala llena de sombra.

Un atentado sacrílego parecía tan imposible, que, por lo mismo, apenas se habían puesto los medios para evitarlo. El terror, más que las paredes, defendía al santuario. Matho, a cada instante, se creía muerto.

En el fondo de las tinieblas brillaba una luz. Se acercaron. Era una lámpara que ardía en una concha, sobre el pedestal de una estatua tocada con el gorro de los Kabiros. Vestía una larga túnica azul sembrada de discos de diamantes, y unas cadenas que se hundían bajo las losas la retenían por los talones. Matho contuvo un grito:

—¡Ah! ¡Hela aquí! ¡Hela aquí!

Espendio cogió la lámpara para alumbrarse.

—¡Qué impío eres! —murmuró Matho.

Pero le siguió. El departamento en que entraron no tenía más que una pintura negra, que representaba otra mujer, cuyas piernas subían hasta lo alto de la muralla. Su cuerpo ocupaba todo el techo. Colgaba de su ombligo un hilo con un huevo enorme, y la alegoría caía sobre la otra pared, con la cabeza hacia abajo, hasta el nivel de las losas, en las que hincaba sus dedos puntiagudos.

Para seguir adelante, apartaron una cortina; pero sopló el viento y la lámpara se apagó.

Anduvieron errantes, perdidos en las complicaciones de la arquitectura. De repente, notaron bajo sus pies una cosa de una extraña suavidad. Brillaban y brotaban chispas; andaban sobre fuego. Espendio tocó el suelo y vio que estaba cuidadosamente alfombrado con pieles de lince; luego le pareció que le rozaba las piernas una cuerda gruesa y mojada, fría y viscosa. Las hendiduras talladas en la muralla dejaban pasar tenues rayos blancos. Avanzaban con esta incierta luz, hasta que al fin vieron una gran serpiente negra, que desapareció rápidamente.

—¡Huyamos! —dijo Matho—. ¡Es ella; la oigo; ella viene!

—¡No! —repuso Espendio—. El templo está vacío.

Una luz deslumbrante les hizo cerrar los ojos. Vieron luego en contorno una infinidad de animales flacos, jadeantes, enseñando las garras y confundidos unos con otros, con un desorden misterioso que daba espanto. Eran serpientes con pies, toros con alas, peces con cabezas humanas comiendo frutas, flores que se abrían en las fauces de cocodrilos, y elefantes con la trompa alzada volando por el cielo como águilas. Un terrible esfuerzo distendía sus miembros incompletos o multiplicados. Parecían querer sacarse el alma alargando la lengua; y todas las formas se encontraban allí, como si el receptáculo de los gérmenes, abriéndose con súbito rompimiento, se hubiera vaciado sobre las paredes de la sala.

Doce globos de cristal azul la rodeaban circularmente, soportados por monstruos parecidos a tigres. Sus pupilas brillaban como ojos de caracoles, y encorvando sus poderosas grupas, se volvían hacia el fondo donde resplandecían, en un carro de marfil, la Rabbet suprema, la Omnifecunda, la última creada.

Escamas, plumas, flores y pájaros le subían hasta el vientre; le servían de pendientes unos címbalos de plata que oscilaban sobre sus mejillas. Sus grandes ojos miraban de hito en hito, y una piedra luminosa, engarzada en su frente en un símbolo obsceno, alumbraba toda la sala, al reflejarse por encima de la puerta, en espejos de cobre rojo.

Matho dio un paso; flojeó una losa bajo sus talones, y las esferas empezaron a girar, los monstruos a rugir; oyóse una música melodiosa y arrulladora como la armonía de los planetas; el alma de Tanit se desbordaba tumultuosa. Iba a levantarse, grande como la sala, con los brazos abiertos. De pronto, los monstruos cerraron las fauces y los globos de cristal dejaron de girar.

Lúgubre modulación onduló por algún tiempo en el aire, hasta que al fin se extinguió.

—¿Y el velo? —dijo Espendio.

No se le veía en ninguna parte. ¿Dónde estaba? ¿Cómo descubrirlo? ¿Lo habrían ocultado los sacerdotes? Matho experimentaba un desgarro del corazón, y como una decepción en su fe.

—Por aquí —murmuró Espendio, guiado por una inspiración.

Llevó a Matho detrás del carro, en donde una hendidura, ancha de un codo, cortaba la muralla de arriba abajo.

Entraron en una pequeña sala redonda, y tan alta, que parecía el hueco de una columna. Tenía en medio una gran piedra negra semiesférica, a modo de tamboril; ardían llamas por encima, y por detrás se levantaba un cono de ébano que ostentaba una cabeza y dos brazos.

A distancia, les pareció una nube cuajada de estrellas; se veían figuras en las profundidades de sus pliegues: Eschmún con los Kabiros, algunos de los monstruos de antes, las bestias sagradas de los babilonios y otras desconocidas. Todo esto pasaba como un manto bajo la mirada del ídolo, y, remontándose desplegado en la pared, se agarraba a los ángulos, ora azulado como la noche, ora amarillo como la aurora; o bien purpúreo como el sol, diáfano y resplandeciente. Era el manto de la diosa, el zaimph santo que no se podía mirar.

Los dos hombres palidecieron.

—¡Tómalo! —dijo al fin Matho.

Espendio no vaciló, y apoyándose en el ídolo, desprendió el velo, que cayó arrastrándose. Matho puso la mano encima, metió la cabeza por la abertura y se envolvió el cuerpo con él, separando los brazos para verlo mejor.

—¡Vámonos! —dijo Espendio.

Matho permanecía con los ojos clavados en las losas. De pronto exclamó:

—¿Y si yo fuera a su casa? ¿No tengo miedo de su hermosura? ¿Qué puede ahora contra mí? Ahora soy más que un hombre. Pasaré por encima de las llamas, andaré sobre las olas del mar. Me siento transportado. ¡Salambó! ¡Salambó! ¡Yo soy tu amo!

Su voz era tonante. Le parecía a Espendio otro hombre de estatura más alta y transfigurado.

Se oyeron pasos, se abrió una puerta y apareció un hombre, un sacerdote, con su alto gorro y los ojos pintados. Sin darle tiempo, Espendio se precipitó a él y le hundió los dos puñales en los costados. La cabeza sonó sobre el pavimento.

Inmóviles como el cadáver, quedaron atentos durante un rato; pero solo se oía el murmullo del viento, por la puerta entreabierta.

Daba esta a un pasadizo. Espendio se metió en él, seguido de Matho, y llegaron al tercer recinto, entre los pórticos laterales, donde estaban las habitaciones de los sacerdotes.

Detrás de las celdas debía haber un camino más corto para salir. Diéronse prisa para encontrarlo.

Agachándose Espendio al borde de la fuente, lavó sus manos ensangrentadas. Dormían las mujeres. Brillaba la viña de esmeralda. Se pusieron en marcha.

Pero alguien, por entre los árboles, corría detrás de ellos; y Matho, que llevaba el velo, sintió varias veces que le tiraban suavemente por abajo. Era un gran cinocéfalo, uno de los que vivían sueltos en el recinto de la diosa. Como si tuviera conciencia del robo, se agarraba al manto. No se atrevían a pegarle, por temor a que redoblara sus gritos; de pronto se aplacó su cólera y trotó a su lado, balanceando el cuerpo, con sus largos brazos colgantes. Al llegar a la barrera, de un salto se subió a una palmera.

Así que salieron del último recinto, se dirigieron al palacio de Amílcar, porque comprendió Espendio que era inútil disuadir a Matho de su propósito.

Tomaron por la calle de los Curtidores, la plaza de Mutumbal, el mercado de hierbas y la encrucijada de Cinasim.

—¡Esconde el zaimph! —dijo Espendio.

Vieron gente, pero nadie les vio a ellos. Al fin divisaron las casas de Megara.

El faro, levantado por la parte de atrás en la cumbre del acantilado, iluminaba el cielo con una roja claridad, y la sombra del palacio, con sus azoteas superpuestas, se proyectaba sobre los jardines como una monstruosa pirámide. Entraron por el seto de azufaifos, cortando las ramas con los puñales.

Aún se advertían los rastros del festín de los mercenarios. Los parques estaban pisoteados; los regatos, secos; las puertas de la ergástula, abiertas. No se veía a nadie en las cocinas ni en las bodegas. Se asombraban de este silencio, solo interrumpido por el bramido de los elefantes que se agitaban en sus maneotas, y el crepitar de la hoguera de áloe que ardía en el faro.

Matho repetía:

—¿Dónde está ella? ¡Quiero verla! ¡Guíame!

—¡Es una locura! —decía Espendio—. Llamará a sus esclavos y, a pesar de tu fuerza, morirás.

Así llegaron a las escaleras de las galeras. Alzó Matho la cabeza y creyó advertir en lo alto una vaga claridad, radiante y suave. Quiso contenerlo Espendio, pero él se lanzó escalera arriba.

Al encontrarse en los sitios donde la viera, el recuerdo de los días transcurridos se borró de su memoria. La veía como cuando cantaba en las mesas y desaparecía y él subía continuamente esta escalinata. Sobre su cabeza, el cielo estaba cubierto de luminarias; la mar llenaba el horizonte; a cada paso que él daba le rodeaba una inmensidad más ancha, y seguía subiendo con la extraña facilidad que se tiene en los sueños.

El ruido del velo rozando contra las piedras le recordó su nuevo poder; pero en el exceso de su esperanza, ya no sabía lo que tenía que hacer; esta incertidumbre le intimidó.

De vez en cuando se asomaba a las celosías cuadrangulares de los aposentos cerrados, y creyó ver en muchos de ellos personas dormidas.

El último piso, más estrecho, formaba como un dado encima de las terrazas. Matho le dio la vuelta lentamente.

Una luz lechosa iluminaba las hojas de talco que tapaban las pequeñas aberturas de la muralla y, que simétricamente dispuestas, parecían en las tinieblas hileras de perlas finas. Reconoció la puerta cuartelada con la cruz negra. Redoblaban las palpitaciones de su corazón. Quiso huir, pero empujó la puerta, y esta se abrió.

En el fondo de la habitación ardía, suspendida, una lámpara en forma de galera; tres rayos de luz de su carena de plata temblaban en los altos artesonados pintados de rojo con franjas negras. El techo era un conjunto de pequeñas vigas doradas que tenían en medio amatistas, y topacios en los nudos de la madera. A los dos lados del ancho aposento aparecía un lecho bajo, hecho de correas blancas; y arcos de bóveda aconchados, que se abrían por la parte de afuera, dejaban ver algún vestido que colgaba hasta el suelo.

Una grada de ónice daba la vuelta a un estanque ovalado, en cuya orilla había unas finas sandalias de piel de serpiente y un jarro de alabastro. Más allá se advertía la huella húmeda de unas pisadas. Se aspiraban aromáticos olores.

Matho andaba sobre losas incrustadas de oro, de nácar y de vidrio; y no obstante el pulimento del suelo, le parecía que se hundían sus pies como si caminara por arena.

Detrás de la lámpara de plata había divisado un gran cuadrado de azur, suspendido en el aire por cuatro cuerdas, y a él se acercó Matho, medio agachado y con la boca abierta.

De cuernos de antílope colgaban anillos y brazaletes; vasos de arcilla refrescaban al aire sobre un tendal de cañas, en la hendidura de la pared. Muchas veces tropezaban sus pies, porque el suelo tenía desniveles tan pronunciados que hacían de la habitación como una serie de aposentos. En el fondo, una baranda de plata rodeaba un tapiz sembrado de flores pintadas. Por fin llegó al lecho colgante, junto al escabel de ébano que servía para subir a él.

Pero la luz cesaba allí, y la sombra, como una gran cortina, no dejaba ver más que el extremo de un colchón rojo en el que asomaba la punta de un piececito desnudo. Matho cogió la lámpara para ver mejor.

Dormía Salambó con la mejilla apoyada en una mano y tendido el otro brazo. Los bucles de su cabellera la cubrían de tal modo, que parecía acostada sobre plumas negras, y su larga túnica blanca se desplegaba blandamente hasta sus pies, siguiendo los contornos del talle. Algo se veía de sus ojos, entre los párpados medio cerrados. Las cortinas, perpendicularmente corridas, la rodeaban de una atmósfera azulada; y el movimiento de su respiración, comunicándose a las cuerdas, parecía columpiarla. Zumbaba un mosquito.

Matho, inmóvil, tenía en la mano la galera de plata; en el mosquitero prendió la llama, y Salambó despertó.

La llamarada se apagó en un abrir y cerrar de ojos. La lámpara de Matho proyectaba en el artesonado grandes ondas luminosas.

—¿Qué es esto? —dijo Salambó.

—Es el velo de la diosa —contestó Matho.

—¡El velo de la diosa! —repitió ella.

Y apoyándose en los dos codos, se asomó trémula. Matho prosiguió:

—¡Yo he ido a buscarlo para ti en las profundidades del santuario! ¡Mira!

El zaimph deslumbraba con su juego de luces.

—¿Te acuerdas? —dijo Matho—. Una noche te apareciste en mis sueños, pero yo no entendía la orden muda de tus ojos. Si la hubiera comprendido, habría acudido, abandonando el ejército: no habría salido de Cartago. Para obedecerte, bajaré por la caverna de Hadrumeto al reino de las Sombras...

Salambó pisaba ya el escabel de ébano.

—¡Perdóname! —añadió Matho—. Eran montañas que pesaban sobre mí y, sin embargo, algo me arrastraba. Traté de venir a tu lado. ¡Sin los dioses, nunca me hubiera atrevido!... ¡Partamos! ¡Has de seguirme, o si no, me quedaré! ¿Qué me importa? ¡Anega mi alma en el soplo de tu aliento! ¡Aplástense mis labios besando tus manos!

—¡Déjame ver! —decía ella—. ¡Más cerca! ¡Más cerca!

Apuntaba el alba y un color vinoso teñía las hojas de talco de las paredes. Salambó se apoyaba desfallecida en los cojines del lecho.

—¡Te amo! —gritaba Matho.

Ella balbuceó:

—¡Dámelo!

Y se acercaron.

Salambó avanzaba vestida de blanco, con los ojos arrobados puestos en el velo. Matho la contemplaba, deslumbrado por los esplendores de su cabeza, y tendiendo hacia ella el zaimph, iba a envolverla en un abrazo. Separó ella los brazos; de pronto, se detuvo, y los dos se quedaron mirándose absortos.

Sin comprender lo que él solicitaba, la sobrecogió un terror súbito y empezó a temblar; hasta que golpeando en una de las pateras de cobre que colgaban en las puntas del colchón rojo, gritó:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Atrás, sacrílego! ¡Infame! ¡Maldito! ¡A mí, Taanach, Kroúm, Ewa, Micipsa, Schavul!

Entre los vasos de arcilla, asomó en la muralla la cara asustada de Espendio, el cual dijo estas palabras:

—¡Huye! Vienen aquí.

Se oyó un gran tumulto en la escalera, y una oleada de gente, entre mujeres, esclavos y criados, se lanzó dentro de la habitación con estacas, rompecabezas, puñales y machetes. Todos quedaron como paralizados de indignación al ver un hombre; las criadas daban alaridos como en un entierro, y los eunucos palidecían bajo su negra piel.

Matho se mantenía detrás de la barandilla, envuelto en el zaimph, como un dios sideral rodeado del firmamento. Los esclavos iban a arrojarse sobre él. Salambó los contuvo.

—¡No le toquéis! ¡Es el velo de la diosa!

Y dando un paso hacia él, alargando su brazo desnudo, prorrumpió:

—¡Maldito seas, ladrón de Tanit! ¡Odio, venganza y dolor! ¡Que Gurcil, dios de las batallas, te destroce! ¡Que Matisman, dios de los muertos, te ahogue! ¡Y que el Otro —el que no se puede nombrar— te queme!

Matho dio un grito, como si le hiriera una espada. Salambó repitió muchas veces:

—¡Vete! ¡Vete!

Se apartó la turba de criados, y Matho, baja la cabeza, pasó lentamente en medio de ellos; al llegar a la puerta se detuvo porque la franja del zaimph se había enganchado en una de las estrellas de oro que esmaltaban el suelo. Dio un brusco tirón y bajó la escalera.

Espendio, saltando de terraza en terraza y por encima de setos y de acequias, escapó por los jardines. Llegó al pie del faro. En este sitio cesaba la muralla, por lo escarpado del cantil. Aquí se tumbó de espalda y con los pies hacia delante se deslizó abajo; ganó a nado el cabo de las Tumbas, dio un largo rodeo por la Laguna Salada y ganó el campamento de los bárbaros.

Había salido el sol, y como un león que se retira, Matho se alejó mirando el camino con ojos terribles.

Hirió sus oídos un indeciso rumor que saliendo del palacio, seguía a lo lejos, del lado de la Acrópolis. Unos decían que habían robado el tesoro de la República en el templo de Moloch; hablaban otros de un sacerdote asesinado. Corría el rumor de que los bárbaros habían entrado en la ciudad.

No sabiendo Matho cómo franquear los recintos, seguía en línea recta. Le vieron y se alzó un clamoreo. Comprendieron todo lo que había pasado: fue una consternación general; luego, una inmensa cólera.

Del fondo de los Mapales, de las alturas de la Acrópolis, de las catacumbas y de las orillas del lago venía un tropel de gente. Salían los patricios de sus palacios; los vendedores, de sus tiendas; las mujeres abandonaban a sus hijos; se echaba mano a las espadas, hachas y bastones; pero les detuvo el mismo obstáculo que a Salambó: ¿de qué modo recobrar el velo? Solo el mirarlo era un crimen; era como los mismos dioses, y su contacto ocasionaba la muerte.

En el peristilo de los templos, los sacerdotes, desesperados, se retorcían los brazos. Los guardias de la Legión galopaban al acaso; había gente en las azoteas, en el torso de las estatuas y en las gavias de los buques. Pero Matho seguía andando, y a cada paso que daba aumentaba la ira, pero también el terror. Vaciábanse las calles al aproximarse él; y ese torrente de hombres que huían, llegaba por los dos lados hasta encima de las murallas. No se veían más que ojos muy abiertos, como para matarlo con la vista; dientes que rechinaban, puños que amenazaban; se oían las imprecaciones de Salambó, que se multiplicaban.

De improviso, silbó una larga flecha, luego otra y una lluvia de piedras; pero los tiros, mal dirigidos por miedo de tocar al zaimph, pasaban por encima de la cabeza de Matho. Convirtiendo el velo en escudo, lo embrazaba hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia adelante y hacia atrás; y a nadie se le ocurría un nuevo sistema de ataque. Andaba cada vez más aprisa, metiéndose por las calles. Al encontrarlas interceptadas con cuerdas, carros o trampas, se volvía atrás. Llegó, finalmente, a la plaza de Kamón, donde murieron los baleares; aquí se detuvo Matho, pálido como un sentenciado a muerte. Estaba perdido; la multitud batía palmas.

Corrió hasta la gran puerta cerrada. Era muy alta, de robusta encina, con clavos de hierro y forrada de cobre. Matho la empujó. El pueblo, gozoso, observaba su impotente furor; entonces, él se quitó una sandalia, escupió encima y golpeó los trofeos inmóviles. Toda la ciudad aulló. Olvidando el velo, iban a aplastarle. Matho miraba en rededor, febril, como poseído del sopor de un hombre embriagado. De pronto, reparó en la larga cadena de la que se tiraba para hacer maniobrar la báscula de la puerta. De un salto se agarró a ella de pies y manos, y, forcejeando, logró abrir las hojas de la puerta.

Así que salió afuera, se quitó del cuello el gran zaimph y lo puso sobre su cabeza, lo más alto posible. El manto, sostenido por el viento del mar, resplandecía al sol con sus colores, su pedrería y la figura de los dioses. Llevándolo así, Matho atravesó toda la llanada hasta las tiendas de sus soldados, mientras el pueblo, encima de las murallas, veía desaparecer la fortuna de Cartago.