VI
HANNÓN
—¡Debí habérmela traído! —decía por la noche Matho a Espendio—. Debí haberla arrancado de su casa. Nada me lo hubiera impedido.
Espendio no le escuchaba. Echado de espalda, descansaba a sus anchas, al lado de un gran jarro lleno de agua con miel, en la que metía a menudo la cabeza para beber más abundantemente.
—¿Qué hacer? —preguntaba Matho—. ¿Cómo volver a entrar en Cartago?
—No lo sé —contestaba Espendio.
Su impasibilidad exasperaba a Matho.
—¡Tú tienes la culpa! —añadió este—; tú me llevaste y me abandonaste como un cobarde. ¿Por qué te he de obedecer? ¿Crees ser tú mi amo? ¡Ah, prostituidor, esclavo, hijo de esclavo!
Rechinaba los dientes y amenazaba a Espendio con su ancha mano.
El griego no contestaba. Ardía una lámpara de arcilla colgada del palo de la tienda, en la que el zaimph resplandecía colgado de una panoplia.
De pronto, Matho se calzó los coturnos, se puso el peto de hojas de cobre y el casco.
—¿Adónde vas? —preguntó Espendio.
—Volveré. Déjame. ¡La traeré! Si me hacen frente, los aplastaré como víboras. ¡La haré morir, Espendio!... Sí, la mataré; ya lo verás: la mataré.
Espendio arrancó bruscamente el zaimph y lo colocó en un rincón, poniendo encima pieles de oveja. Se oyeron voces, brillaron antorchas y entró Narr-Habas seguido de unos veinte hombres.
Llevaban mantos de lana blanca, largos puñales, collares de cuero, pendientes de madera en las orejas y calzado de piel de hiena; parados en el umbral, se apoyaban en sus lanzas, como pastores que descansan. Narr-Habas era el más hermoso de todos; ceñían sus delgados brazos correas guarnecidas de perlas; una diadema de oro, al par que sostenía por detrás de su cabeza un amplio manto, ostentaba una pluma de avestruz que le colgaba por la espalda. Una continua risa le hacía enseñar los dientes; sus ojos parecían agudos como saetas, y toda su persona tenía un sello de distinción.
Declaró que venía a juntarse con los mercenarios, porque la República amenazaba desde hacía tiempo su reino. Le interesaba ayudar a los bárbaros y les podía ser útil.
—Os proveeré de elefantes, de que están llenas mis florestas, de vino, aceite, cebada, dátiles, resinas y azufre para los sitios; de veinte mil infantes y diez mil caballos. Si me dirijo a ti, Matho, es porque la posesión del zaimph te ha hecho el primero del ejército. Por lo demás, somos antiguos amigos.
Matho miraba a Espendio, que sentado sobre las pieles de carnero, hacía señales de asentimiento. Narr-Habas hablaba poniendo por testigos a los dioses y maldiciendo a Cartago. En sus imprecaciones rompió una azagaya. Su gente dio un gran alarido y Matho, transportado por estas demostraciones, dijo que aceptaba la alianza.
Trajeron un toro blanco y una oveja negra, símbolos del día y de la noche, y los degollaron al borde de una fosa. Cuando esta se llenó de sangre, metieron los hombres sus brazos en ella. Narr-Habas puso su mano en el pecho de Matho, y lo mismo hizo este con Narr-Habas. Repitieron estas señales en la tela de sus tiendas. Pasaron la noche comiendo, y se quemó el resto de la comida, juntamente con la piel, los huesos, los cuernos y las uñas de las reses sacrificadas.
Una inmensa aclamación había saludado a Matho cuando apareció con el velo de la diosa; aun aquellos que no creían en la religión cananea, estaban poseídos de un vago entusiasmo, como si les animara un genio. Nadie se preocupó de cómo fue tomado el zaimph; la forma misteriosa con que fue adquirido fue lo bastante para que los bárbaros legitimaran su posesión. Así pensaban los soldados de raza africana. Los otros, cuyo odio era menos antiguo, no sabían qué resolver. De haber habido barcos, se hubieran marchado en seguida.
Espendio, Narr-Habas y Matho enviaron hombres a todas las tribus del territorio púnico.
Cartago tenía extenuados a todos estos pueblos, con impuestos exorbitantes; las cadenas, el hacha y la cruz castigaban los retrasos y hasta las reclamaciones. Se debía cultivar todo lo que convenía a la República; dar todo lo que pedía. Nadie tenía derecho a poseer un arma; cuando se sublevaba una ciudad, sus habitantes eran vendidos. Los gobernadores eran estimados como lagares, según la cantidad que producían. Más allá de las regiones sometidas a Cartago, estaban los aliados, que solo pagaban un módico tributo; detrás de los aliados vagaban los nómadas, que podían concitarse contra ellos. Por este sistema, las cosechas eran siempre abundantes, las plantaciones soberbias y magnífica la remonta caballar. El viejo Catón, maestro en esto de cultivos y de esclavos, se asombró de ello, noventa y dos años más tarde, y el grito de muerte que repetía en Roma no era sino la exclamación de un celo codicioso.
Durante la última guerra, habían redoblado las exacciones, por lo que las poblaciones de la Libia, casi todas, se habían entregado a Régulo. Para castigarlas, se exigió de ellas mil talentos, veinte mil bueyes, trescientos vasos de polvo de oro, anticipos de granos; los jefes de tribus fueron crucificados o echados a los leones.
Túnez, especialmente, detestaba a Cartago. Más antigua que la metrópoli, no la perdonaba su engrandecimiento. Permanecía frente a sus murallas, acurrucada en el fango, al borde del agua, como un animal venenoso. Las deportaciones, las matanzas, las epidemias, no la debilitaban. Había sostenido a Arcagate, hijo de Agatocles, y provisto de armas a los «Comedores de cosas inmundas».
Aún no habían partido los correos de los bárbaros y ya en las provincias estalló un regocijo universal. Sin esperar a más, se estranguló en los baños a los intendentes de las casas y a los funcionarios de la República; se sacaron de las cavernas las armas que estaban escondidas; con el hierro de los arados se forjaron espadas; los niños aguzaban en las puertas las azagayas; las mujeres daban sus collares, sortijas y pendientes y todo cuanto podía servir para la destrucción de Cartago. Todos querían contribuir a ella de algún modo. Los paquetes de lanzas se amontonaron en los poblados, como garbas de maíz. Se expidieron animales y dinero. Matho pagó pronto a los mercenarios los atrasos de su soldada, y por esta idea de Espendio fue nombrado general en jefe o schalischim de los bárbaros.
Al mismo tiempo, afluían los socorros en hombres: primero, la gente de raza autóctona; después, los esclavos. Fueron secuestradas las caravanas de negros, a los que se armó, y hasta los mercaderes que iban a Cartago se juntaron a los bárbaros creyendo sacar más provecho. Llegaban sin cesar bandas numerosas. Desde lo alto de la Acrópolis veíase cómo aumentaba el ejército.
Los guardias de la Legión hacían centinela en la plataforma del acueducto; y cerca de ellos, de distancia en distancia, se levantaban cubas de cobre en las que hervían torrentes de asfalto. Abajo, en el llano, se agitaba tumultuariamente la multitud de los bárbaros, con la incertidumbre y el vago temor que les inspiraban siempre las murallas.
Útica e Hippo-Zarita rehusaron su alianza. Colonias fenicias, como Cartago, se gobernaban por sí mismas y en sus tratados con la República hacían incluir cláusulas que les favorecieran. Sin embargo, respetaban a su hermana mayor y más fuerte, que las protegía; y no creían que un montón de bárbaros fuera capaz de vencerla; antes bien, que estos serían exterminados. Deseaban mantenerse neutrales y vivir tranquilas.
Pero su posición las hacía indispensables. Útica, en el fondo de un golfo, era el conducto por donde llegaba a Cartago el socorro de fuera. Tomada Útica, Hippo-Zarita, a seis leguas de la costa, haría sus veces, y así avituallada la metrópoli, sería inexpugnable.
Quería Espendio que se emprendiera inmediatamente el sitio; Narr-Habas se opuso, porque deseaba ir primero a la frontera. Tal era la opinión de los veteranos, la de Matho mismo; por lo que se resolvió que Espendio iría a atacar Útica, y Matho a Hippo-Zarita; el tercer cuerpo del ejército, apoyándose en Túnez, ocuparía el llano de Cartago, encargándose de esto Autharita. En cuanto a Narr-Habas, iría a su reino para traer elefantes, y con su caballería limpiar los caminos.
Las mujeres clamaron contra esta decisión, porque codiciaban las joyas de las damas púnicas. También protestaron los libios, porque se les llamó contra Cartago y los llevaban a otra parte. Únicamente partieron los soldados. Matho mandaba a sus compañeros, juntamente con los iberos, los lusitanos, los hombres de Occidente y de las islas; todos los que hablaban griego eligieron por jefe a Espendio, a causa del ingenio que veían en él.
Grande fue el estupor cuando en Cartago vieron moverse el ejército, el cual fue alejándose bajo la montaña de la Ariana, por el camino de Útica, del lado del mar. Una parte quedó delante de Túnez; el resto desapareció y volvió a aparecer al otro lado del golfo, en la linde del bosque, en donde se internó.
Eran quizás ochenta mil hombres. Las dos ciudades tirias no resistirían, después tocaría el turno a Cartago. Un ejército considerable la amenazaba ocupando el extremo por la base, y pronto perecería por hambre la ciudad, porque no podía vivir sin el auxilio de las provincias, ya que los ciudadanos, al contrario que en Roma, no pagaban contribuciones. A Cartago le faltaba genio político. Su eterno afán de ganancia le privaba de la prudencia que da más altas ambiciones. Galera anclada en la arena líbica, se sostenía a fuerza de trabajo. Las naciones, como las olas, mugían en torno de ella; la menor tempestad quebrantaba esa formidable máquina.
El tesoro estaba agotado por la guerra romana y por todo lo que se había gastado y disipado en el trato con los bárbaros; pero se necesitaban soldados, y ningún Gobierno se fiaba de la República. Tolomeo le había negado dos mil talentos. Además, el robo del velo les descorazonaba, como lo había previsto Espendio.
Pero este pueblo, que se sentía odiado, apretaba contra su pecho el oro y los dioses; y su patriotismo era alimentado por la misma constitución de su Gobierno.
En primer lugar, el poder dependía de todos, sin que nadie fuera lo bastante fuerte para acapararlo. Las deudas particulares eran consideradas como deudas públicas; los hombres de raza cananea tenían el monopolio del comercio; multiplicando los beneficios de la piratería con los de la usura, explotando rudamente las tierras, los esclavos y los pobres, se labraban algunas veces una fortuna. Todos podían optar a las magistraturas; y si bien el poder y el dinero se perpetuaban en las mismas familias, se toleraba la oligarquía, porque se abrigaba la esperanza de alcanzarla.
Las sociedades de comerciantes, en las que se elaboraban las leyes, escogían los inspectores de hacienda, quienes al abandonar el cargo, nombraban los cien miembros del Consejo de los Ancianos, dependientes a su vez de la Gran Asamblea o reunión general de todos los ricos. Los dos Sufetas eran un vestigio de reyes, menos que cónsules, y se elegían el mismo día de dos familias distintas. Se les dividía por toda clase de odios, para que se debilitaran recíprocamente. No podían deliberar sobre la guerra, y en caso de vencimiento, eran crucificados por el Gran Consejo.
De suerte que la fuerza de Cartago emanaba de los Sisitas, es decir, de una gran corte en el centro de Malqua, en el sitio donde según la tradición había abordado la primera barca fenicia, habiéndose retirado el mar desde entonces un gran trecho. Era un conjunto de pequeños aposentos de arquitectura arcaica de troncos de palmera con esquinas de piedra y separadas unas de otras para recibir aisladamente las diferentes compañías. Los ricos se amontonaban allí todo el día para debatir acerca de sus intereses y los del Gobierno, desde la busca de la pimienta hasta el exterminio de Roma. Tres veces en cada luna hacían subir sus lechos a la alta azotea que bordeaba el muro del patio, y desde abajo podía vérseles banqueteando en el aire, sin coturnos y sin mantos, con los diamantes de sus dedos, que manoseaban las viandas, y con sus grandes anillos en las orejas, que colgaban entre los jarros; fuertes todos y gordos, medio desnudos, felices, riendo y devorando en pleno azur, como enormes tiburones que se agitan en el mar.
Pero al presente no podían disimular su inquietud y estaban harto pálidos; la turba que les esperaba en las puertas los escoltaba hasta sus palacios para saber alguna noticia. Como en tiempo de peste, todas las casas estaban cerradas; llenábanse las calles y se vaciaban en seguida; subían a la Acrópolis, corrían al puerto; el Gran Consejo deliberaba todas las noches. Por fin, el pueblo fue convocado en la plaza de Kamón y se resolvió llamar a Hannón, el vencedor de Hecatompila.
Era un hombre devoto, astuto, implacable para la gente de África; un verdadero cartaginés. Sus rentas igualaban a las de Barca. Nadie tenía como él experiencia tan probada en cosas de administración.
Decretó el enrolamiento de todos los ciudadanos útiles, puso catapultas en las torres, exigió provisiones exorbitantes de armas y ordenó la construcción de catorce galeras que no se necesitaban. Se hacía llevar al arsenal, al faro, el tesoro de los templos; se veía siempre su gran litera, balanceándose de grada en grada, subiendo la escalinata de la Acrópolis. De noche, en su palacio, como no podía dormir, para prepararse para la batalla, ordenaba, con voz terrible, maniobras de guerra.
Todo el mundo, por exceso de terror, se volvía belicoso. Los ricos, al canto del gallo, se alineaban a lo largo de los Mapales, y remangándose las túnicas se ejercitaban en el manejo de la pica. Pero faltos de instructor, disputaban constantemente. Se sentaban sin aliento sobre las tumbas, y vuelta a empezar. Muchos de ellos se impusieron un régimen; unos, imaginándose que convenía comer mucho para tomar fuerza, se ponían ahítos; otros, molestos por su corpulencia, se extenuaban con ayunos para adelgazar.
Útica había reclamado ya muchas veces el socorro de Cartago.
Pero Hannón no quería partir en tanto faltara un tornillo a la máquina de guerra. Así perdió tres lunas en equipar los ciento doce elefantes que se alojaban en los fuertes; eran los vencedores de Régulo; el pueblo los acariciaba, y mucho se podía hacer con estos viejos amigos. Hannón hizo refundir las placas de cobre con que se les guarnecía el pecho, dorar sus colmillos, alargar sus torres y tallar en la púrpura hermosos caparazones bordados con pesadas franjas. En fin, como sus conductores venían de las Indias, por haber llegado los primeros de aquella parte, ordenó que fueran todos vestidos a la usanza india, esto es, con un rodete blanco alrededor de las sienes y un pequeño calzón de viso, que formaba con sus pliegues transversales, como dos valvas de una concha aplicada sobre los muslos.
El ejército de Autharita seguía delante de Túnez, oculto detrás de un muro hecho con el fango del lago y defendido en la cima por espinosa maleza. Los negros habían erizado allí en grandes estacas horribles figuras, máscaras humanas hechas con plumas de pájaros, cabezas de chacal o de serpientes, que abrían la boca cara al enemigo, a fin de amedrentarle; y estimándose invencibles por este medio, los bárbaros bailaban y hacían juglerías, convencidos de que Cartago no tardaría en sucumbir. Otro que no fuera Hannón, hubiera aplastado fácilmente esa multitud, estorbada por ganados y mujeres. Además, no comprendían ninguna maniobra, y Autharita, desalentado, nada les exigía.
Se hacían a un lado cuando este pasaba mirándoles con sus ojazos azules. Llegado al borde del lago, se quitaba su sayo de piel de foca, desataba la cuerda que ataba su roja cabellera y sumergía esta en el agua. Sentía no haber desertado a los romanos con los dos mil galos del templo de Erix.
A menudo, en la mitad del día, el sol se obscurecía de pronto, y el golfo y la alta mar parecían inmóviles, como plomo derretido. Una nube de obscuro polvo, perpendicularmente esparcido, venía en torbellino; se encorvaban las palmeras, desaparecía el cielo, se oían rebotar las piedras en la grupa de los animales, y el galo, con los labios pegados a los agujeros de su tienda, resollaba de melancolía y de agotamiento. Soñaba con el olor de los pastos en las mañanas de otoño, con los copos de nieve, con los bramidos de los uros perdidos en la niebla, y, entornando los párpados, creía ver los hogares de las cabañas, cubiertas de paja, rielar en los pantanos en el fondo del boscaje.
Otros, a más de él, añoraban la patria, si bien no estaba tan lejana. Los cartagineses cautivos podían distinguir más allá del golfo, en los declives de Byrsa, los toldos de sus casas extendidos en los patios. Pero estaban siempre rodeados de centinelas, y se les tenía atados a una misma cadena. Llevaba cada uno una argolla de hierro, y la multitud no se cansaba de venir a verlos. Las mujeres mostraban a sus hijos sus hermosas túnicas convertidas en andrajos, que colgaban de sus flácidos miembros.
Cuantas veces Autharita miraba a Giscón se acordaba de la injuria que este le había inferido; le hubiera matado, a no ser por el juramento que había hecho a Narr-Habas. Se contentaba con entrar en su tienda, tomar un brebaje compuesto de cebada y comino, hasta caer embriagado, para despertar con la fuerza del sol, devorado por una sed horrible.