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Chapter 8: VII. AMÍLCAR BARCA
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About This Book

La narración sitúa un conflicto armado en torno a una ciudad antigua y contrapone la violencia bélica con ceremonias religiosas y una lujosa sensualidad. Escenas de banquetes, combates y ritos sagrados se alternan con episodios de pasión, traición y obsesión, mientras el detalle sensorial y la prosa minuciosa subrayan decadencia y fervor ritual. El relato avanza hacia consecuencias trágicas al explorar la fricción entre el desorden político y la vida ceremonial, mostrando cómo deseos individuales y símbolos sagrados influyen en el destino colectivo.

VII

AMÍLCAR BARCA

El Anunciador de las Lunas, que velaba todas las noches desde lo alto del templo de Eschmún para señalar con la trompeta las agitaciones del astro, vio una mañana, del lado de Occidente, algo semejante a un pájaro rozando con sus largas alas la superficie del mar.

Era un navío con tres bancos de remos, y llevaba en la proa un caballo esculpido. Se elevaba el sol; el Anunciador de las Lunas se puso la mano delante de los ojos, y empuñando el clarín dio un gran trompetazo sobre Cartago.

Salió gente de todas las casas; no creyendo en las palabras, disputaban, y el muelle se llenaba de pueblo. Al fin fue reconocida la trirreme de Amílcar.

Avanzaba orgullosa y feroz: enhiesta la antena, abombada la vela en toda la longitud del mástil, hendiendo la espuma alrededor de ella; sus gigantescos remos batían el agua con cadencia; a intervalos aparecía la extremidad de la quilla, hecha como reja de arado, y bajo el espolón en que terminaba la proa, el caballo de cabeza de marfil, enderezándose sobre sus dos pies, parecía correr sobre las llanuras del mar.

Junto al promontorio cesó el viento, cayó la vela y se vio al lado del piloto un hombre de pie, con la cabeza descubierta: era él, ¡el Sufeta Amílcar! Llevaba alrededor de los muslos láminas de hierro relucientes; rojo manto pendía de sus hombros, dejando ver los brazos; dos perlas muy largas colgaban de sus orejas, y una barba negra y muy poblada le llegaba hasta el pecho.

La galera iba sorteando los escollos, costeaba el muelle, y la multitud la seguía a lo largo de la escollera, gritando:

—¡Salud! ¡Bendición! ¡Ojo de Kamón! ¡Ah! Sálvanos. La culpa es de los ricos. ¡Quieren hacerte morir! ¡Guárdate, Barca!

Este no contestaba, como si el clamor de los mares y de las batallas le hubieran dejado completamente sordo; pero así que estuvo bajo la escalinata que bajaba de la Acrópolis, alzó la cabeza, y con los brazos cruzados miró el templo de Eschmún. Levantó más la mirada al cielo puro; con áspera voz dio una orden a sus marineros; brincó la trirreme, arañó el ídolo puesto en el ángulo del muelle para contener las tempestades, y en el puerto comercial, lleno de inmundicias, de astillas de madera y de cortezas de frutas, echaba atrás, embistiéndolos, a los navíos amarrados a estacas y rematados por mandíbulas de cocodrilo. Corría el pueblo y muchos se echaron a nado. La galera había llegado ya ante la puerta erizada de clavos. Se levantó esta y la trirreme desapareció bajo la profunda bóveda.

El puerto militar estaba completamente separado de la ciudad. Cuando venían embajadores tenían que pasar entre dos murallas, por un corredor que desembocaba a la izquierda, ante el templo de Kamón. Esta gran plaza de agua, redonda como una copa, tenía un cerco de muelles en los que había dársenas para abrigar los bajeles. Delante de cada una de estas subían dos columnas, con cuernos de Ammón en sus capiteles, lo que constituía una sucesión de pórticos alrededor del puerto. En medio, en una isla, se levantaba la casa del Sufeta del mar.

El agua era tan limpia que se veía el fondo, pavimentado con guijarros blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta allí; a su paso veía Amílcar las trirremes que antes había mandado.

Ya no quedaban arriba de una veintena de estas, varadas o con la quilla al aire, con las popas muy altas y las proas abombadas, cubiertas de dorados y de símbolos místicos. Las quimeras habían perdido sus alas; los dioses Pateques, sus brazos; los toros, sus cuernos de plata, y todas medio despintadas, inertes, podridas, pero llenas de historia y exhalando aún el olor de los viajes, como soldados mutilados que volvían a ver a su jefe y parecían decirle: ¡Somos nosotras, somos nosotras!; ¡y tú también eres un vencido!

Ninguno, excepto el Sufeta del mar, podía entrar en la casa-almirante. En tanto no se tenía la prueba de su muerte, se le consideraba siempre como vivo. Los Ancianos evitaban por este medio un jefe más; con respecto a Amílcar, no habían faltado a la costumbre.

El Sufeta entró en las desiertas habitaciones. A cada paso encontraba armaduras, muebles, objetos conocidos y que, sin embargo, le extrañaban; en el vestíbulo se conservaba todavía, en una cazoleta, la ceniza de los perfumes quemados en la partida para conjurar a Melkart. ¡No esperaba Amílcar volver de este modo! Recordó cuanto hiciera y cuanto vio: asaltos, incendios, legiones, tempestades, Drepanum, Siracusa, Lilibea, el monte Etna, la planicie de Erix, cinco años de batallas hasta el funesto día en que, deponiendo las armas, se perdió Sicilia. Después volvía a ver los bosques de limoneros, los pastores con cabras en las montañas grises, y su corazón brincaba al pensar en otra Cartago fundada en otra orilla. Sus proyectos, sus recuerdos zumbaban en su cabeza, aún aturdida por el vaivén del bajel; le abrumaba la angustia, y débil, de pronto, sintió la necesidad de acercarse a los dioses.

Para esto subió al último piso de la casa, y sacando de una concha de oro, suspendida de su brazo, una espátula guarnecida con clavos, abrió una pequeña habitación oval, alumbrada tibiamente por delgadas rodajas negras, empotradas en la muralla y transparentes como vidrio.

Entre las filas de aquellos discos iguales, había agujeros parecidos a los de las urnas de un columbario. Cada uno contenía una piedra redonda, obscura, y que parecía muy pesada. Las personas de espíritu superior eran las únicas que adoraban estas abadires caídas de la luna. Por su caída, significaban los astros, el cielo, el fuego; por su color, la noche tenebrosa, y por su densidad, la cohesión de las cosas terrestres. Una pesada atmósfera llenaba el místico recinto. Arena marina que el viento había empujado sin duda a través de la puerta, blanqueaba en cierto modo las piedras redondas metidas en los nichos. Amílcar, con la punta del dedo, las contó una a una; luego se tapó la cara con un velo de color de azafrán y, cayendo de rodillas, se echó en el suelo con los brazos extendidos.

La luz del día penetraba por los vidrios negros; arborescencias, montículos, torbellinos, contornos de vagos animales se dibujaban en la espesura diáfana; y la luz llegaba terrible y pacífica sin embargo, como debe existir por detrás del sol, en los obscuros espacios de las creaciones futuras. Barca se esforzaba en alejar de su pensamiento todas las formas, todos los símbolos y los nombres de los dioses, a fin de recoger el espíritu inmutable que las apariencias ocultan. Algo de las vitalidades planetarias se infiltraba en él, en tanto sentía hacia la muerte y hacia todos los azares un desdén más sabio y más intrépido. Al levantarse, estaba lleno de un valor sereno, invulnerable a la misericordia y al temor, y como sentía oprimido el pecho, subió a la torre que dominaba a Cartago.

La ciudad se extendía ahondándose en una larga curva, con sus cúpulas, sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus palmares, sus bolas de vidrio, que resplandecían como fuego, y sus fortificaciones, que constituían como la gigantesca orla de este cuerno de abundancia que se abría hacia él. Amílcar distinguió abajo los puertos, las plazas, el interior de los patios, el trazado de las calles y los hombres parecían muy pequeños a ras del pavimento. ¡Ah! ¡Si Hannón no hubiera llegado demasiado tarde a las islas Egates! Su mirada se abismó en el límite del horizonte y extendió hacia Roma sus brazos temblorosos.

La multitud ocupaba las gradas de la Acrópolis. En la plaza de Kamón se empujaban por ver salir al Sufeta, y las azoteas se iban poblando de gente; algunos le vieron, le saludaron, y él se retiró, a fin de excitar más la impaciencia del pueblo.

Amílcar encontró en la sala a los hombres más importantes de su partido: Istatten, Subeldia, Hictamon, Jeubas y otros, los cuales le contaron todo lo que había pasado desde la firma de la paz: la avaricia de los Ancianos, la partida de los soldados y su vuelta, sus exigencias, la captura de Giscón y el robo del zaimph; Útica socorrida y luego abandonada; pero ninguno se atrevió a hablarle de los sucesos que le concernían. Y se separaron para volver a verse a la noche en la Asamblea de los Ancianos, en el templo de Moloch.

Acababan de salir, cuando un tumulto estalló junto a la puerta. A pesar de los servidores, alguien quería entrar, y como el ruido aumentase, Amílcar mandó que introdujeran a quien fuese.

Y compareció una negra vieja, encorvada, arrugada, temblorosa, de aire estúpido y envuelta hasta los talones en largos velos azules. Se adelantó hacia el Sufeta, y los dos se miraron. De Pronto, Amílcar se estremeció, y a una orden suya, se retiraron los esclavos. Entonces, haciéndole una señal para que anduviera con precaución, él la llevó por el brazo a una habitación apartada.

La negra se tiró al suelo para besarle los pies; él la levantó brutalmente.

—Iddibal, ¿dónde le dejaste?

—¡Allá abajo, amo!

Y quitándose los velos, se frotó la cara con la manga, y el color negro, el temblor senil, el talle encorvado desaparecieron. Era un robusto anciano, cuya piel parecía curtida por la arena, el viento y el mar. Una borla de cabellos blancos se levantaba sobre su cráneo, como el moño de un pájaro, y con mirada irónica mostraba el disfraz caído en el suelo.

—Hiciste bien, Iddibal; muy bien... ¿Hay alguno que sospeche?

El viejo le juró por los Kabiros que el secreto estaba oculto. No abandonaban su cabaña, a tres días de Hadrumeto, orilla poblada de tortugas, con palmeras en la duna.

—Y conforme a tu mandato, Amo, yo le enseño a lanzar la azagaya y guiar equipos.

—¿Es fuerte?

—Sí, amo, y también intrépido. No tiene miedo ni de las serpientes, ni del trueno, ni de los fantasmas. Corre con los pies desnudos, como un pastor, al borde de los precipicios.

—¡Habla! ¡Habla!

—Inventa trampas para las bestias feroces. La otra luna sorprendió a un águila; la sangre del ave y la del niño caía en el aire en anchas gotas, como rosas volanderas. Furiosa el águila, envolvía al niño con su batir de alas; él la apretaba contra su pecho, y a medida que el ave agonizaba, redoblaban sus risas, sonoras y soberbias como choques de espadas.

Amílcar bajaba la cabeza, deslumbrado por estos presagios de grandeza.

—Pero desde hace algún tiempo se muestra inquieto. Contempla a lo lejos las velas que pasan por el mar; está triste; rehúsa el pan, se informa de los dioses y quiere conocer Cartago.

—¡No, no; todavía no! —contestó el Sufeta.

El viejo esclavo pareció conocer el peligro que asustaba a Amílcar, y añadió:

—¿Cómo contenerle? Necesito prometerle algo, y he venido a Cartago para comprarle un puñal con mango de plata incrustado de perlas.

En seguida contó que habiendo visto al Sufeta en la terraza, se hizo pasar por una de las mujeres de Salambó, para que los guardas del puerto le franqueasen la entrada.

Amílcar quedó un rato pensativo.

—Mañana —dijo al esclavo— te presentarás en Megara, al ponerse el sol, detrás de las fábricas de púrpura, e imitarás tres veces el grito del chacal. Si no me vieras, vendrás a Cartago el primer día de cada luna. ¡No olvides nada! ¡Cuídale! Ya puedes hablarle de Amílcar.

El esclavo volvió a ponerse su disfraz, y los dos salieron juntos de la casa y del puerto.

Amílcar siguió solo y a pie, sin escolta, porque las reuniones de los Ancianos eran siempre secretas en circunstancias extraordinarias, y a ellas se iba misteriosamente.

Primeramente atravesó la parte oriental de la Acrópolis; pasó en seguida por el mercado de hierbas, las galerías de Kinvido y el arrabal de los perfumistas. Las escasas luces se extinguían, las calles más anchas se quedaban silenciosas, y después todo eran sombras que resbalaban en las tinieblas. Aparecían unas, y otras las seguían, y todas se dirigían del lado de los Mapales.

El templo de Moloch estaba edificado al pie de una garganta escarpada, en un lugar siniestro. Desde abajo no se veían más que altas murallas que subían indefinidamente, así como paredes de una monstruosa tumba. La noche era sombría y una bruma gris parecía pesar sobre el mar, que azotaba el acantilado con un ruido de gemidos y de estertores; las sombras desaparecieron poco a poco, como si hubieran pasado a través de los muros.

Pero así que se atravesaba la puerta, se entraba en un vasto patio cuadrangular, con soportales. En medio se levantaba una masa arquitectónica, de ocho pisos iguales, coronada de cúpulas que se apretaban alrededor de un segundo piso, el cual soportaba una especie de rotonda, de la que emergía un cono de curva reentrante, rematado por una bola.

Ardían fuegos en los cilindros de filigrana, adheridos a varales llevados por hombres. Estas luces oscilaban con las borrascas del viento, enrojeciendo los peines de oro que fijaban en la nuca sus cabellos trenzados. Corrían y se llamaban unos a otros, para recibir a los Ancianos.

Sobre las losas, estaban agazapados como esfinges enormes leones, símbolos vivientes del sol devorador. Movían los párpados medio cerrados; pero despiertos por las pisadas y las voces, se levantaban lentamente, yendo hacia los Ancianos, a los que conocían por su traje; se frotaban contra sus muslos, erizando el lomo, con sonoros bostezos, y el vapor de su aliento velaba la luz de las antorchas. Redobló la agitación, se cerraron las puertas, huyeron todos los sacerdotes y desaparecieron los Ancianos bajo las columnas que formaban un hondo vestíbulo alrededor del templo.

Estas estaban dispuestas de modo que reprodujeran por sus rangos circulares, comprendidas las unas en las otras, el período saturniano con los años, los años con los meses, los meses con los días, tocándose al fin con la muralla del santuario.

Aquí era donde los Ancianos dejaban sus bastones de cuernos de narval, porque una ley, siempre observada, castigaba con la muerte al que entrara en la sesión con un arma cualquiera. Muchos llevaban al borde del manto una rasgadura terminada por un galón de púrpura, para demostrar así que al llorar la muerte de sus parientes, no se habían cuidado de sus vestidos; y esta prueba de aflicción impedía que el rasgón se hiciera más grande. Otros guardaban su barba cerrada en un saquito de piel violeta, colgado de las orejas por dos cordones. Todos se juntaron, abrazándose, pecho con pecho. Rodeaban a Amílcar y le felicitaban; hubiérase dicho que eran hermanos que volvían a ver a otro hermano.

Estos hombres eran casi todos ventrudos, de nariz encorvada como la de los colosos asirios; si bien algunos, por sus pómulos más salientes, su estatura más alta y sus pies más estrechos, revelaban un origen africano, de ascendientes nómadas. Aquellos que vivían continuamente en el fondo de sus oficinas, tenían la cara pálida; otros llevaban pintada en ellas algo de la severidad del desierto; joyas extrañas brillaban en los dedos de sus manos, tostadas por soles desconocidos. Conocíanse los navegantes en el balanceo de su andar, en tanto que los hombres agrícolas olían a lagar, a hierbas secas y a sudor de mulo. Estos viejos piratas hacían labrar los campos; estos acaparadores de dinero equipaban navíos; estos propietarios agrícolas sostenían esclavos que desempeñaban otros oficios útiles. Todos eran sabios en disciplina religiosa, expertos en estratagemas, implacables y ricos. Tenían aspecto de estar fatigados por hondas cuitas. Sus ojos, llenos de llamas, miraban con desconfianza, y la costumbre de viajar y de mentir, del tráfico y del mando, daban a todos ellos un aspecto de astucia y de violencia y de cierta brutalidad discreta y convulsiva. La influencia del Dios les ponía sombríos.

Primero pasaron por un salón abovedado, que tenía la forma de huevo. Siete puertas, correspondientes a los siete planetas, describían en la muralla otros tantos cuadrados de color diferente. Pasando otra gran cámara entraron en otra sala parecida.

Un candelabro, enteramente cubierto de flores cinceladas, brillaba en el fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro llevaba en un cáliz de diamantes una mecha de viso. Estaba puesto encima de la última de las gradas de un gran altar, de ángulos terminados por cuernos de cobre. Dos escaleras laterales conducían a su cima aplanada; no se veían las piedras; era como una montaña de cenizas, y algo indeciso humeaba lentamente encima. Más alto que el candelabro y mucho más arriba que el altar, se erguía Moloch, forrado en hierro, con pecho humano horadado de aberturas. Sus alas abiertas se desplegaban en la pared, sus manos alargadas llegaban hasta el suelo; tres piedras negras, incrustadas en un círculo amarillo, representaban tres pupilas en su frente, y con terrible esfuerzo levantaba su cabeza de toro, como para mugir.

En torno de la estancia había asientos de ébano, y detrás de cada uno de estos, un trípode de bronce, formado por tres garras, sostenía una antorcha. Todas estas luminarias se reflejaban en las losas de nácar que pavimentaban la sala, la cual era tan alta que el rojo color de sus paredes, subiendo hasta la bóveda, se hacía negro, apareciendo los tres ojos del ídolo en lo alto, como estrellas medio perdidas en la noche.

Sentáronse los Ancianos en los escabeles de ébano, poniendo encima de su cabeza la cola de su túnica. Estaban inmóviles, con las manos cruzadas en sus anchas mangas, y el enlosado de nácar parecía un río luminoso que, viniendo del altar hacia la puerta, corría bajo sus pies desnudos.

Los cuatro pontífices estaban en medio, dándose la espalda, formando cruz, en cuatro asientos de marfil; el gran sacerdote de Eschmún, con túnica color jacinto; el de Tanit, de lino blanco; el de Kamón, de lana obscura, y el de Moloch, de púrpura.

Amílcar avanzó hacia el candelabro. Dio una vuelta, miró las mechas que ardían, y luego echó sobre ellas un polvo perfumado que hizo aparecer llamas violáceas en el extremo de los brazos.

Se oyó una voz aguda, a la que respondió otra; y los cien Ancianos, los cuatro pontífices y Amílcar, puestos en pie, entonaron un himno, repitiendo siempre las mismas sílabas, y reforzando el sonido subían sus voces, severas y terribles, hasta que de una sola vez se callaron.

Se esperó algún tiempo, hasta que Amílcar, sacando del pecho una estatuita con tres cabezas y azul como el zafiro, la puso delante de él. Era la imagen de la Verdad, el genio de su palabra. Luego la volvió a meter en su pecho, y todos, como poseídos de súbita ira, gritaron:

—¡Los bárbaros son tus amigos! ¡Traidor, infame! ¿Vuelves para vernos morir, no es verdad? ¡Dejadle hablar! ¡No, no!

Así se vengaban de la limitación a que poco antes les había obligado el ceremonial político; si bien habían deseado el regreso de Amílcar, ahora se indignaban de que él no hubiera previsto sus desastres, o más bien, de que no los hubiera sufrido con ellos.

Cuando se apaciguó el tumulto, el pontífice de Moloch se levantó.

—Nosotros te preguntamos por qué no volviste a Cartago.

—¿Qué os importa? —contestó desdeñosamente el Sufeta.

Redobló la gritería.

—¿De qué me acusáis? ¿Acaso llevé mal la guerra? Vosotros habéis visto el plan de mis batallas, vosotros, que decíais que mis bárbaros...

—¡Basta, basta!

Siguió Amílcar en voz baja, para que le escucharan con más atención.

—¡Oh! ¡Esto es verdad! ¡Me he engañado, luces de los Baales, hay valientes entre vosotros! ¡Giscón, levántate!

Y paseando la grada del altar, con los párpados medio cerrados, como si buscara a alguno, repitió:

—¡Levántate, Giscón, tú puedes acusarme; estos te defenderán! ¿Pero dónde estás?... ¡Ah, en su casa, sin duda, rodeado de sus hijos, mandando a sus esclavos, feliz, y contando los collares de honor que la patria le ha dado!

Los Ancianos se encogían de hombros, como flagelados por azotes.

—¡Vosotros no sabéis siquiera si está vivo o muerto!

Y sin cuidarse de los clamores, dijo que al abandonar al Sufeta habían abandonado a la República. La misma paz romana, por ventajosa que les pareciera, era más funesta que veinte batallas perdidas. Aplaudieron algunos, los menos ricos del Consejo, sospechosos de inclinarse hacia el pueblo o hacia la tiranía. Sus adversarios, jefes de los Sisitas y administradores, triunfaban por el número; los más significados de la reunión estaban del lado de Hannón, quien se hallaba sentado al otro extremo de la sala, delante de la alta puerta, cerrada por un tapiz de color jacinto.

Se había pintado con afeites las úlceras de la cara; pero el polvo de oro de sus cabellos le había caído sobre la espalda, formando placas brillantes, que parecían blanquizcas, finas y crespas como vellones. Lienzos embebidos de un craso perfume que goteaba sobre el pavimento, envolvían sus manos, y, sin duda, su enfermedad se había agravado, porque sus ojos desaparecían bajo el pliegue de los párpados. Si quería ver, tenía que doblar hacia atrás la cabeza. Al fin, con voz ronca y odiosa, dijo:

—¡Menos arrogancia, Barca! Todos nosotros hemos sido vencidos. Cada cual soporta su desgracia. ¡Resígnate!

—Dinos más bien —contestó sonriendo Amílcar— de qué modo gobernaste tus galeras contra la flota romana.

—Me empujaba el viento —respondió Hannón.

—¡Haces como el rinoceronte, que patea en su estiércol: te obstinas en tu necedad! ¡Cállate!

Y empezaron a recriminarse por la batalla de las islas Egates. Hannón le acusaba de no haber venido a su encuentro.

—Esto hubiera sido desguarnecer a Eryx. Había que tomar el lago. ¿Quién te lo impedía? ¡Ah, me olvidaba! Los elefantes tienen miedo al mar.

Los adictos a Amílcar celebraron la ocurrencia con grandes risotadas, que hacían resonar la bóveda como si sonaran tímpanos.

Hannón denunció la indignidad de tal ultraje; su enfermedad le sobrevino a consecuencia de un enfriamiento en el sitio de Hecatompila; y el llanto corría por su faz como lluvia de invierno sobre una muralla en ruinas.

Amílcar replicó:

—Si me hubierais querido tanto como a este, ahora reinaría la alegría en Cartago. ¡Cuántas veces no os llamé en mi ayuda! ¡Y siempre me rehusasteis el dinero!

—¡Nos hacía falta! —dijeron los jefes de los Sisitas.

—¡Y cuando mis asuntos iban de mal en peor, bebíamos orines de mulas y comíamos las correas de nuestras sandalias; cuando yo quería que cada brizna de hierba fuera un soldado y formar batallones con la podredumbre de los muertos, me quitasteis el resto de mis bajeles!

—¡No podíamos arriesgarlo todo! —respondió Baat-Baal, dueño de minas de oro en la Getulia Daritiana.

—¿Qué hacíais aquí, en Cartago, en vuestras casas, al amparo de las murallas? Había galos en el Eridano, que convenía empujar; cananeos en Cirene, que hubieran venido, y mientras los romanos enviaban embajadores a Tolomeo...

—¡Ahora le da por alabar a los romanos!... ¿Cuánto te han dado para que los defiendas?

—¡Preguntádselo a las llanuras del Brucio, a las ruinas de Locres, de Metaponto y de Heraclea! Yo he incendiado todos sus árboles, he saqueado sus templos y matado hasta a los nietos de sus nietos...

—¡Eh! ¡Tú declamas como un retórico! —dijo Kapuras (comerciante muy ilustrado)—. ¿Qué es lo que quieres?

—Digo que hay que ser más ingenioso o más terrible. Si el África entera rechaza vuestro yugo, es que sois unos amos débiles que no sabéis uncirlo a su cerviz. Agatocles, Régulo, Cepio, todos los hombres atrevidos, no tienen más que desembarcar para tomarla; y cuando los libios que están en el Oriente se entiendan con los númidas que están en el Occidente, y los nómadas vengan del Sur y los romanos del Norte...

Un grito de horror se alzó.

—¡Oh, entonces os golpearéis el pecho, os revolcaréis en el polvo y rasgaréis vuestros mantos! ¡No importa! Habrá que ir a dar vuelta a la muela en la Suburra y vendimiar en las colinas del Lacio.

Los contrarios se daban palmadas en el muslo derecho para significar su escándalo, y las mangas de sus túnicas se levantaban como grandes alas de pájaros asustados. Amílcar, llevado por su cólera, continuaba de pie en la grada más alta del altar, tembloroso, terrible; levantaba los brazos, y los rayos del candelabro que alumbraba tras él le pasaban entre los dedos como dardos de oro.

—Vosotros perderéis vuestras naves, vuestros campos, vuestros carros, vuestros lechos suspendidos y las esclavas que os frotan los pies. Los chacales dormirán en vuestros palacios, el arado labrará vuestras tumbas. No habrá más que gritos de águilas y montones de ruinas. ¡Tú caerás, Cartago!

Los cuatro pontífices extendieron las manos para apartar el anatema. Todos se habían levantado; pero el Sufeta del mar, magistrado sacerdotal bajo la protección del Sol, era inviolable en tanto no fuera juzgado por la Asamblea de los Ricos. El altar inspiraba miedo. Retrocedieron.

Amílcar no hablaba ya. Fija la mirada, y con el semblante más pálido que las perlas de su tiara, jadeaba, casi asustado de sí mismo y con el espíritu perdido en visiones fúnebres. En la altura en que estaba, todas las antorchas de los pies de bronce le parecían una vasta corona de fuegos a ras de las losas; negra humareda subía por las tinieblas de la bóveda, y fue tan profundo el silencio, durante algunos minutos, que se oía el ruido del mar a lo lejos.

Después, los Ancianos hicieron preguntas. Sus intereses, sus vidas, estaban amenazados por los bárbaros; pero no se les podía vencer sin el socorro del Sufeta, y esta consideración, no obstante su orgullo, les hizo olvidar todo lo demás. Llamaron aparte a sus amigos; hubo reconciliaciones interesadas, acomodamientos y promesas. Amílcar no quería formar parte de ningún gobierno. Todos le conjuraron a cambiar de idea; se lo suplicaban; y como la palabra «traición» se dejara oír, se sulfuró. El único traidor era el Gran Consejo, porque expirando el contrato de los soldados con la guerra, quedaban libres terminada esta; exaltó la valentía del ejército y todas las ventajas que se podrían sacar interesándoles a favor de la República con donaciones y privilegios.

Entonces Magdasan, antiguo gobernador de provincias, dijo, revolviendo sus ojos amarillos:

—Realmente, Barca, a fuerza de viajar, te has vuelto griego, o latino, o no sé qué. ¿Qué recompensas pides para estos hombres? ¡Mueran diez mil bárbaros antes que uno solo de nosotros!

Aprobaban los Ancianos con la cabeza, murmurando:

—Sí; no hay que apurarse: se encuentran mercenarios en todo tiempo.

—Y se les despide cuando se quiere, ¿no es así? Se les abandona, como hicisteis en Cerdeña. Se avisó al enemigo el camino que habían de tomar, como con los galos en Sicilia, o bien se les desembarca en medio del mar. A mi vuelta, he visto la roca blanqueada con sus huesos.

—¡Qué desgracia! —dijo imprudentemente Kapuras.

—¿Acaso no se volvieron cien veces al enemigo? —decían otros.

Amílcar respondió:

—¿Por qué, pues, no obstante vuestras leyes, los llamasteis a Cartago? Y cuando estaban en la ciudad, pobres y en gran número, en medio de vuestras riquezas, ¿no se os ocurrió la idea de dividirlos, para debilitarlos con la desunión? ¡Los despedisteis con sus mujeres y sus hijos, sin guardar un solo rescate! ¡Creíais que se matarían para ahorraros el dolor de mantener vuestros juramentos! Los odiáis porque son fuertes, y a mí también porque soy su jefe. ¡Oh! Lo he conocido ahora, cuando me besabais las manos y os conteníais para no mordérmelas.

Si los leones que dormían en el patio hubieran entrado rugiendo, el clamor no hubiera sido tan espantoso. Pero el pontífice de Eschmún se levantó, y muy encarado y con los brazos abiertos, dijo:

—Barca, Cartago necesita que tú tomes el mando general de las fuerzas púnicas contra los mercenarios.

—Rehúso —contestó Amílcar.

—¡Te daremos plena autoridad! —dijeron los jefes de los Sisitas.

—No.

—Sin limitación de ningún género, sin copartícipes, con todo el dinero que pidas y todos los cautivos, todo el botín y cincuenta «zerets» de tierra por cada cadáver enemigo.

—¡No, no! Porque con vosotros es imposible vencer.

—¡Tiene miedo!

—Porque sois unos cobardes, avaros, ingratos y locos.

—¡Los defiende!... Para ponerse al frente de ellos —agregó alguien— y volverse contra nosotros.

Y desde el fondo de la sala, Hannón aulló:

—¡Quiere hacerse rey!

Entonces todos botaron, derribando los asientos y las antorchas; lanzáronse hacia el altar, blandiendo puñales. Amílcar sacó de las mangas dos anchas cuchillas y, medio doblado, con el pie izquierdo hacia adelante, encendidos los ojos y apretados los dientes, los desafió inmóvil bajo el candelabro de oro.

Resultaba que todos, por precaución, habían llevado armas, lo cual era un crimen. Como todos eran culpables, pronto se tranquilizaron, y volviendo la espalda al Sufeta, bajaron rabiosos de humillación. Por vez segunda retrocedían ante él. Por un rato, permanecieron de pie. Muchos que se habían herido en los dedos, se los llevaban a la boca o se los envolvían en la fimbria del manto; ya iban a marcharse, cuando Amílcar oyó estas palabras:

—¡Bah! ¡Es una delicadeza para no afligir a su hija!

Y una voz más alta, que añadió:

—No cabe duda, porque ella toma sus amantes entre los mercenarios.

Amílcar vaciló, y sus miradas buscaron rápidamente a Schahabarim. Únicamente el sacerdote de Tanit había permanecido en su puesto, y Amílcar vio de lejos su alto birrete. Todos se burlaban en su propia cara. A medida que aumentaba su angustia, redoblaba la alegría de ellos, y en medio de rechiflas, los que estaban detrás, gritaban:

—¡Le han visto salir de su habitación!

—¡Una mañana del mes de Tamuz!

—¡Es el ladrón del zaimph!

—¡Un hombre muy hermoso!

—¡Más grande que tú!

Amílcar se arrancó la tiara, insignia de su dignidad, su tiara de ocho rangos místicos, que llevaba en medio una concha de esmeralda, y con las dos manos, con toda su fuerza, la tiró al suelo; los círculos de oro, al romperse, rebotaron, y sonaron las perlas sobre las losas. Vieron entonces, en la blancura de su frente, una larga cicatriz que se agitaba como una serpiente, entre sus cejas; temblaba todo él. Subió una de las escaleras laterales que llevaban al altar y anduvo encima; lo cual era ofrecerse en holocausto a los dioses. El movimiento de su manto agitaba las luces del candelabro más abajo de sus sandalias, y el fino polvo que levantaban sus pasos le envolvía como una nube, hasta el vientre. Se detuvo entre las piernas del coloso de cobre. Tomó en sus manos dos puñados de este polvo, cuya sola vista hacía estremecer de horror a todos los cartagineses, y dijo:

—¡Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias! ¡Por los ocho fuegos de los Kabiros! ¡Por las estrellas, los meteoros y los volcanes! ¡Por todo lo que arde, por la sed del Desierto y la salobridad del mar! ¡Por la caverna de Hadrumeto y el imperio de las Almas! ¡Por el exterminio, por la ceniza de vuestros hijos y la de los hermanos de vuestros abuelos, con la que ahora voy a confundir la mía! ¡Vosotros, los Ciento de Cartago, vosotros habéis mentido acusando a mi hija! ¡Y yo, Amílcar Barca, Sufeta del mar, jefe de los Ricos y dominador del pueblo, juro ante Moloch, de cabeza de toro!...

Esperaban oír todos algo espantoso, pero él dijo, con voz más alta, pero más calmosa:

—¡Que ni yo mismo la hablaré!

Entraron los servidores sagrados de los peines de oro, unos con esponjas de púrpura y otros con palmas. Levantaron la cortina de jacinto extendida ante la puerta, y por la abertura de este ángulo se vio en el fondo de las otras salas el gran cielo rosado, que parecía continuar la bóveda, apoyándose en el horizonte sobre el mar azul. Subía el sol, saliendo de entre las olas, y dando de pronto en el pecho del dios de cobre, dividido en siete compartimentos que formaban rejas, le hizo abrir las fauces de rojos dientes, con horrible bostezo y dilatar sus enormes narices. La luz del día le animaba, le daba un aire terrible e impaciente, como si quisiera saltar afuera para mezclarse con el astro y recorrer juntos las inmensidades.

Las antorchas esparcidas por el suelo seguían ardiendo, alargándose aquí y acullá sobre el nácar, como manchas de sangre. Los Ancianos vacilaban agotados; aspiraban con ansia la frescura del aire, corría el sudor por sus caras lívidas; a fuerza de haber gritado, ya no se oían. Pero su cólera contra el Sufeta no se había calmado, y a modo de despedida le amenazaban, respondiéndoles Amílcar.

—Mañana por la noche, Barca, en el templo de Eschmún.

—Iré.

—Te haremos condenar por los ricos.

—Y yo a vosotros por el pueblo.

—Ten cuidado no mueras en la cruz.

—Y vosotros destrozados en las calles.

Así que salieron del patio, recobraron todos la calma.

A la puerta les esperaban sus cocheros y criados. La mayor parte se fueron en mulas blancas. El Sufeta saltó a su carro y tomó las riendas; los dos animales, retorciendo las colas y golpeando con cadencia las piedras, que rebotaban, subieron al galope la vía de los Mapales; el buitre de plata, en la punta de la lanza del carro, parecía volar: tal era la velocidad del vehículo.

El camino atravesaba un campo salpicado de túmulos, como pirámides, con una mano abierta tallada en medio, como si el muerto enterrado debajo la tendiera hacia el cielo para reclamar algo. Seguían luego cabañas diseminadas, hechas de barro, de ramas, o de varales de juncos, todas ellas en forma cónica, separadas irregularmente por tapias de guijarros, por acequias, por cuerdas de esparto o por setos de nogales y que se amontonaban conforme se iba subiendo a las huertas del Sufeta. Pero la mirada de Amílcar convergía hacia una gran torre cuyos tres pisos formaban tres monstruosos cilindros: el primero construido de piedra, el segundo de ladrillos y el tercero enteramente de cedro, soportando una cúpula de cobre sobre veinticuatro columnas de enebro, de donde caían, a modo de guirnaldas, cadenetas de oro entrelazadas. Tan alto edificio dominaba los que se extendían a la derecha, los almacenes y la casa de comercio, en tanto que el palacio de las mujeres se erguía en el fondo de cipreses alineados como dos muros de bronce.

Cuando el resonante carro entró por la estrecha puerta, paró en un ancho cobertizo, donde los caballos, trabados, comían montones de heno.

Acudieron todos los criados, que eran una multitud, porque por miedo a los soldados habían venido a Cartago los colonos del campo. Los labradores, vestidos con pieles de animales, arrastraban cadenas sujetas a los tobillos; los obreros de manufacturas de púrpura tenían rojos los brazos, como verdugos; los marinos llevaban birretes verdes; los pescadores, collares de coral, y la gente de Megara vestía túnicas blancas o negras, calzón de cuero y gorros de paja, de fieltro o de tela, según su servicio o la industria que ejercían.

Atrás se apretujaba la plebe vestida de andrajos; eran los que vivían sin oficio ni beneficio, lejos de las casas, durmiendo de noche en las huertas, devorando las sobras de las cocinas; roña humana que vegetaba a la sombra del palacio. Amílcar los toleraba, más por precisión que por desdén. Todos, en prueba de alegría, se habían puesto una flor en la oreja; muchos de ellos no habían visto nunca al Sufeta.

Unos hombres, tocados como esfinges y con largos bastones, se lanzaron sobre esta turba, dando golpes a diestro y siniestro, a fin de contener a los esclavos afanosos de ver al amo y que este no se fuera atropellado por el número o molestado por el tufo de los miserables.

Todos estos se echaron boca abajo en el suelo gritando: «Ojo de Baal, florezca tu casa.» Y entre estos hombres así acostados en la avenida de los cipreses, el primer intendente, Abdalonim, con mitra blanca, se adelantó hacia Amílcar, con un incensario en la mano.

Bajaba Salambó por la escalinata de las galeras. Detrás de ella venían todas las mujeres, siguiéndola paso a paso. Las cabezas de las negras formaban grandes puntos negros en la línea de vendas con placas de oro que ceñían la frente de las romanas. Otras tenían en el cabello flechas de plata, mariposas de esmeraldas o largos alfileres que remataban en soles. Sobre estas vestiduras blancas, amarillas y azules, resplandecían los anillos, broches, collares, franjas y brazaletes; se oía el ruido de las sandalias juntamente con el de los pies desnudos que hollaban el entarimado de las gradas, y un eunuco, tan alto que sobresalía sobre los hombros de las mujeres, sonreía complacido. Así que se calmó la aclamación de los hombres, ellas, tapándose las caras con las mangas, lanzaron un extraño grito, semejante al aullido de una loba, tan furioso y estridente, que la gran escalera de ébano, llena de mujeres, parecía vibrar como una inmensa lira.

El viento levantaba sus velos y los menudos tallos de papiro se balanceaban suavemente. Era el mes de Schebar, en pleno invierno. Los granados en flor se destacaban en el azul del cielo, y a través de las ramas aparecía el mar con una isla en lontananza, medio perdida entre la bruma.

Detúvose Amílcar al ver a Salambó. Le había nacido después de habérsele muerto muchos hijos varones. El nacimiento de una hija se consideraba como una calamidad en las religiones del Sol. Los dioses le enviaron un hijo más tarde; pero Amílcar conservaba algo de la amargura de su esperanza fallida y como el eco de la maldición que había pronunciado contra Salambó. Esta seguía andando.

Perlas de variados colores colgaban en largas sartas de sus orejas sobre los hombros y hasta los codos. Su cabellera estaba rizada simulando una nube. Llevaba alrededor del cuello placas pequeñas de oro, cuadrangulares, que representaban una mujer entre dos leones empinados, y su traje reproducía en un todo los arreos de la Diosa. El bermellón de sus labios hacía resaltar la blancura de los dientes, así como el antimonio de los párpados agrandaba sus ojos. Las sandalias, hechas con plumas de pájaro, tenían los tacones muy altos. Salambó estaba extraordinariamente pálida, sin duda a causa del frío.

Llegó al fin junto a Amílcar, y sin mirarle, sin levantar la cabeza, le dijo:

—¡Salud, hijo de Baalim, gloria eterna! ¡Triunfo, placer, satisfacción, riqueza! Tiempo hace que mi corazón está triste y mi casa lúgubre; pero amo que viene es como Tamuz resucitado, y ante tu mirada, ¡oh, padre!, van a esparcirse alegría y vida nuevas.

Tomando de manos de Taanach un pequeño vaso oblongo en el que humeaba una mezcla de harina, manteca, cardamomo y vino, dijo:

—Bebe a placer la bebida del regreso, preparada por tu servidora.

Él contestó:

—¡Bendita seas! —y tomó maquinalmente el vaso de oro que ella le brindaba.

Sin embargo, la miraba con tan áspera atención, que Salambó, temblorosa, balbució:

—Te han dicho, oh, señor...

—¡Sí, lo sé! —dijo Amílcar en voz baja.

¿Era esto una confesión, o se refería a los bárbaros? Amílcar añadió algunas palabras vagas sobre los asuntos públicos que esperaba arreglar solo.

—¡Oh, padre! —exclamó Salambó—; ¡no podrás reparar lo que es irreparable!

Amílcar retrocedió y Salambó extrañaba este asombro; porque ella no se refería a Cartago, sino al sacrilegio que la tenía obsesionada. El hombre que hacía temblar las legiones y al que apenas conocía ella, le asustaba como un dios; lo había adivinado y sabido todo; algo terrible iba a acontecer, y exclamó:

—¡Perdón!

Amílcar bajó lentamente la cabeza.

Por más que ella quería culparse, no osaba abrir los labios, y sin embargo, hervía en deseos de quejarse y de ser consolada. Amílcar reprimía el ansia de quebrantar su juramento. Tenía a orgullo o temor concluir con su incertidumbre, y miraba a su hija de hito en hito, para leer en el fondo de su corazón.

Poco a poco, iba Salambó hundiendo la cabeza entre los hombros, intimidada por esta mirada tan persistente. Él estaba seguro ahora de que ella había caído en el lazo de un bárbaro; y, convulso, la amenazó con los puños. Exhaló Salambó un grito y cayó en brazos de sus mujeres, que se agruparon en torno de ella.

Amílcar dio media vuelta y todos los intendentes le siguieron. Se abrió la puerta de los almacenes y entró en una vasta sala redonda, a la que afluían como los radios al cubo de una rueda, largos pasillos que llevaban a otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el centro, con balaustres para sostener almohadones acumulados sobre tapices.

El Sufeta paseó primero a grandes pasos, respirando ruidosamente, pasándose la mano por la frente como aquel a quien molestan las moscas. Sacudió la cabeza, y ante el cúmulo de sus riquezas y ante la perspectiva de los corredores que llevaban a otras salas repletas de más tesoros, se calmó. Placas de bronce, lingotes de plata y barras de hierro alternaban con salmones de estaño traídos de las Casitérides por el mar Tenebroso; gomas del país de los negros desbordaban en sacos de corteza de palmera; y el polvo de oro, apilado en odres, se escapaba insensiblemente por las costuras demasiado viejas. Delgados filamentos, sacados de plantas marinas, colgaban entre linos de Egipto, de Grecia, de Trapobana y de Judea; madréporas, como grandes arbustos, se erizaban al pie de las paredes, y un olor indefinible se exhalaba de los perfumes, de los cueros, de las especias y de las plumas de avestruz atadas en grandes manojos en lo alto de la bóveda. Delante de cada corredor, unos colmillos de elefante en posición vertical, se reunían por las puntas formando un arco alrededor de la puerta.

Amílcar subió al disco de piedra. Todos los intendentes estaban con los brazos cruzados y baja la cabeza, en tanto que Abdalonim ostentaba orgulloso su mitra puntiaguda.

Amílcar interrogó al Jefe de las naves, viejo piloto de párpados comidos por el viento, con blancos copos en la barba, como si llevara con él la espuma de las tempestades. Contestó que había enviado una flota por Gades y Timiamata, para lograr arribar a Eciongaber, doblando el Cuerno del Sur y el Promontorio de los Aromas.

Otras habían navegado al Oeste, durante cuatro lunas, sin encontrar orillas; pero la proa de las naves tropezaba con hierbas, el horizonte resonaba continuamente con el ruido de las cataratas, brumas sanguinolentas obscurecieron el sol, y una brisa impregnada de perfumes adormecía a las tripulaciones; ahora, estas nada podían decir, porque tenían turbada la memoria. Sin embargo, uno había remontado el río de los Escitas, penetrado en la Cólquida, entre los Jugrianes y los Estienos, raptado en el Archipiélago mil quinientas vírgenes y hundido todos los bajeles extranjeros que navegaban más allá del Cabo Estriava, para que el secreto de las rutas no fuera conocido. El rey Tolomeo acaparaba el incienso de Eschebar; Siracusa, El Atia, Córcega y las demás islas no habían dado nada, y el viejo piloto bajaba la voz para anunciar que habían tomado los númidas una trirreme en Rusicada, «porque están con ellos, amo».

Amílcar frunció las cejas; luego hizo seña de que hablara el Jefe de los viajes, que vestía una túnica parda sin cinturón y se envolvía la cabeza en una banda blanca, que pasando por el borde de la boca le caía por detrás sobre la espalda.

Las caravanas habían partido con regularidad en el equinoccio de invierno. Pero de mil quinientos hombres que marcharon a la extrema Etiopía con buenos camellos, odres nuevos y provisiones de telas pintadas, solo volvió uno a Cartago; los restantes habían sucumbido de fatiga o enloquecido por el terror del desierto. Añadía el jefe haber visto, más allá del Arusch Negro, pasado el país de los atarantes y de los monos grandes, reinos inmensos en los que los más ínfimos utensilios eran de oro; un río color de leche, ancho como un mar; bosques de árboles azules, de colinas de plantas aromáticas; monstruos con cara humana vegetaban en las rocas y sus pupilas se secaban como flores. Detrás de los lagos infestados de dragones, unas montañas de cristal soportaban el sol. Otros habían vuelto de la India con pavos reales, pimienta y tejidos nuevos. En cuanto a los que iban a comprar calcedonias por el camino de las Sirtes y el templo de Ammón, sin duda perecieron en los arenales. Las caravanas de la Getulia y de Fazzana suministraron sus acostumbrados ingresos; pero el jefe no se atrevía por ahora a equipar otras.

Comprendió Amílcar que era porque los mercenarios ocupaban la campiña. Con sordo gemido se reclinó sobre el otro codo, y el Jefe de las granjas tenía tanto miedo de hablarle, que temblaba horriblemente, no obstante sus enormes espaldas y sus grandes pupilas rojas. Su cara, roma como la de un dogo, iba coronada por una red de hilos de cortezas; ceñía un cinturón de piel de leopardo con pelos, en el que relucían dos formidables cuchillos.

No bien se volvió Amílcar a él, gritó invocando a todos los Baales. La culpa no era suya, ¡nada podía hacer! Había observado las temperaturas, los terrenos y las estrellas; hecho las plantaciones en el solsticio de invierno, las podas de los árboles en el curso de la luna, inspeccionado a los esclavos, economizado ropa...

A Amílcar le irritaba esta locuacidad; pero el hombre de los cuchillos siguió diciendo atropelladamente:

—¡Ah, amo! ¡Todo lo han saqueado y destruido! Tres mil pies de árboles han sido cortados en Marchala, saqueados los graneros en Ubada y cegadas las cisternas. En Tedes se han llevado mil quinientos gomores de harina; en Marazzana, matado a los pastores, comido los rebaños, quemado la casa, tu hermosa casa de vigas de cedro que tú habitabas en el verano. Los esclavos de Tuburdo, que segaban la cebada, huyeron a las montañas; y los asnos, las mulas, los burdéganos, los bueyes de Taormina y los caballos oringes fueron todos robados, sin que quedara uno. ¡Es una maldición! Yo no sobreviviré a ella —y añadía llorando—: ¡Ah! ¡Si hubieras visto lo colmados que estaban los graneros y lo relucientes de las carretas! ¡Ah, los hermosos carneros! ¡Ah, los hermosos toros!

A Amílcar le ahogaba la cólera, y esta estalló:

—¡Cállate! ¿Acaso soy un pobre? ¡No mientas! ¡Di la verdad! ¡Quiero saber todo lo que he perdido, hasta el último siclo, hasta el último cab. Abdalonim, tráeme las cuentas de los bajeles, las de las caravanas, las de las granjas y las de la casa! Si vuestra conciencia está turbada, ¡ay de vuestras cabezas! ¡Fuera de aquí!

Todos los intendentes salieron a reculones y encorvados hasta el suelo.

Abdalonim fue a tomar en una casilla de la pared cuerdas con nudos, bandas de tela o de papiro y omoplatos de carnero llenos de señales escritas. Puso todo a los pies de Amílcar y en sus manos un cuadro de madera con tres hilos interiores de estaño enhebrados en bolas de oro, de plata y de cuerno, y empezó diciendo:

—Ciento noventa y dos casas en los Mapales, alquiladas a los cartagineses nuevos a razón de un beka por luna.

—No, ¡es demasiado! Alivia a los pobres. Escribirás los nombres de aquellos que te parezcan más audaces, procurando saber si son adictos a la República. ¡Después!

Dudaba Abdalonim, sorprendido de esta generosidad. Amílcar le arrancó de las manos las bandas de tela.

—¿Qué es esto? ¿Tres palacios alrededor de Kamón, a doce kesitath al mes? Pon veinte. No quiero que los ricos me devoren.

El intendente de los intendentes, después de un largo saludo, añadió:

—Prestado a Tigillas, hasta el fin de la estación, dos kikar al tres por ciento de interés marítimo; a Bar-Malkarth, quinientos siclos, con la prenda de treinta esclavos. Doce de estos han muerto en las marismas.

—¡Porque no eran robustos! —dijo riendo el Sufeta—. No importa: si necesita dinero, dáselo. Siempre se debe prestar y a distinto interés, según la riqueza de las personas.

Entonces el servidor se apresuró a leer todo lo que habían producido las minas de hierro de Annaba, las pesquerías de coral, las fábricas de púrpura, el arriendo del impuesto a los griegos domiciliados, la exportación de la plata a Arabia, donde valía diez veces el oro, las capturas de naves, deducción hecha del diezmo para el templo de la Diosa.

—¡Siempre he declarado un cuarto de menos, amo!

Amílcar contaba con las bolas, que sonaban en sus dedos.

—¡Basta! ¿Qué has pagado?

—A Estratónides, de Corinto, y a tres comerciantes de Alejandría, por estas letras que aquí están, diez mil dracmas atenienses y doce talentos de oro sirios. La alimentación de las tripulaciones, a veinte nimes de oro al mes por cada trirreme.

—Lo sé. ¿Cuántas se perdieron?

—Aquí está la cuenta en estas láminas de plomo. Respecto a las naves fletadas en común, como hubo que tirar la carga al mar, se han repartido las pérdidas entre los asociados. Por cuerdas tomadas a los arsenales y que ha sido imposible devolver, los Sisitas han exigido ochocientos kesitaths, antes de la expedición a Útica.

—¡Siempre ellos! —dijo Amílcar, pensativo, quedándose así algún tiempo, como abatido por el peso de todos los odios concitados contra él—. No veo los gastos de Megara...

Abdalonim, palideciendo, fue a tomar en otro casillero unas tablillas de sicomoro, atadas en paquetes con tiras de cuero.

Amílcar le escuchaba, curioso por los detalles domésticos y sometiéndose a la monotonía de la voz que enumeraba cifras, y Abdalonim se desalentaba. De pronto, dejó caer las hojas de madera y se tiró al suelo, de bruces, con los brazos extendidos, en la posición de un condenado. Amílcar, sin emocionarse, recogió las tablillas; y quedó estupefacto al ver que el gasto en un solo día llegaba a un exorbitante consumo de carne, pescados, pájaros, vinos y aromas; más platos rotos, esclavos muertos y tapices perdidos.

Abdalonim, siempre prosternado, le enteró del festín de los bárbaros. No pudo sustraerse a la orden de los Ancianos. Además, Salambó quiso que se prodigara el dinero para obsequiar mejor a los soldados.

Al oír el nombre de su hija, Amílcar se levantó de un salto; rechinando los dientes, se agarró a los almohadones, rasgando las franjas con las uñas.

—¡Levántate! —dijo, y salió.

Seguíale Abdalonim, temblándole las rodillas, hasta que cogiendo una barra de hierro se dio, como un furioso, a levantar losas. Saltó un disco de madera y aparecieron en todo el largo del pasillo muchas de estas anchas coberteras que tapaban las fosas donde se conservaba el grano.

—¡Ya lo ves, Ojo de Baal! —dijo el servidor—, ¡no se lo llevaron todo! Cada una de estas tiene una profundidad de cincuenta codos y está colmada hasta el borde. Durante tu viaje, hice hacer excavaciones así, en los arsenales, en las huertas, en todas partes. Tu casa está repleta de trigo, como tu corazón de sabiduría.

Amílcar se sonrió:

—Está bien, Abdalonim... Pero haz venir más de la Etruria, del Brucio, de donde quieras y al precio que sea. Compra y almacena. Es preciso que yo solo posea todo el trigo de Cartago.

No bien llegaron al extremo del corredor, Abdalonim, con una de las llaves que colgaban de su cinturón, abrió una gran habitación cuadrangular, dividida en medio por pilares de cedro. Monedas de oro, de plata y de cobre, puestas en mesas o en nichos, se amontonaban a lo largo de las cuatro paredes, hasta las carreras del techo. Enormes rimeros de piel de hipopótamo soportaban en los rincones filas enteras de sacos más pequeños; montones de mil millones formaban pilas en el suelo, y aquí y allá, alguna demasiado alta, al romperse, daba la impresión de una columna rota.

Las grandes monedas de Cartago, que representaban a Tanit a caballo, debajo de una palmera, se confundían con las de las colonias, marcadas con un toro, una estrella, un globo o una luna en creciente. Luego se veían dispuestas, en sumas desiguales, monedas de todos los valores, de todas las dimensiones y de todas las épocas; desde las antiguas de Asiria, pequeñas como la uña, hasta las del Lacio, más grandes que la mano; botones de Egina, tablillas de la Bactriana, varillas cortas de la antigua Lacedemonia; muchas de ellas cubiertas de moho o de cardenillo, o ennegrecidas por el fuego por haber sido cogidas con redes o en los saqueos, entre los escombros de las poblaciones. Antes de que el Sufeta se diera cuenta de si todo aquel dinero era proporcional a las ganancias y pérdidas que había oído, reparó en tres jarras de cobre, enteramente vacías. Abdalonim volvió la cara, en señal de horror, y Amílcar, resignado, no dijo palabra.

Atravesando más corredores y salas, llegaron ante una puerta guardada por un hombre atado por el vientre a una larga cadena sujeta a la pared; costumbre romana, recién introducida en Cartago. Habían crecido extraordinariamente su barba y sus uñas, y se balanceaba de derecha a izquierda, con la oscilación continua de los animales cautivos. No bien reconoció a Amílcar, se dirigió a él, gritando:

—¡Perdón, Ojo de Baal! ¡Perdón, mátame! Diez años hace que no veo el sol. ¡En nombre de tu padre, perdón!

Amílcar, sin responderle, llamó con las manos y se presentaron tres hombres; los cuatro, a un tiempo, con todas sus fuerzas, sacaron de los anillos la enorme barra que cerraba la puerta. Amílcar tomó una antorcha y desapareció en las tinieblas.

Era, según se creía, el lugar de las sepulturas de la familia; pero no se veía más que un ancho pozo, abierto para desorientar a los ladrones y que no ocultaba nada. Amílcar hizo girar una piedra muy pesada, y por la abertura que quedó al descubierto entró en un aposento labrado en forma de cono.

Cubrían las paredes escamas de cobre; en medio, sobre un pedestal de granito, se levantaba la estatua de un kabiro, Aletes de nombre, inventor de las minas en la Celtiberia. En la base formaban cruz anchas rodelas de oro y monstruosos vasos de plata, de cuello cerrado, y por tanto inservibles; porque era costumbre fundir de este modo grandes cantidades de metal para imposibilitar las dilapidaciones y los robos.

Con la antorcha encendió una lámpara de minero, fija en el birrete del ídolo, y de golpe, iluminaron la sala luces verdes, amarillas, azules, violáceas, de color de vino y de color de sangre. Estaba llena de piedras preciosas, puestas en calabazas de oro, colgadas como lampadarios en planchas de cobre o en sus bloques nativos al pie de las paredes. Eran piedras grandes arrancadas de la montaña a tiros de honda, carbunclos formados por la orina de los linces, glosopetras caídas de la luna, tianos, diamantes, sandastros, berilos, con las tres clases de rubíes, las cuatro clases de zafiro y las doce clases de esmeraldas. Todas ellas fulguraban a modo de salpicaduras de leche, de hielos azules, de polvo de plata, y lanzaban sus destellos en ondas, en rayos y en estrellas. Las ceraunias, engendradas por el trueno, brillaban junto a las calcedonias, que curan los peces. Había topacios del monte Zabarca para prevenir los terrores, ópalos de la Bactriana, que impiden los abortos, y cuernos de Ammón, que se ponen en los lechos para tener sueños.

Las luces de las gemas y las llamas de la lámpara se reflejaban en los grandes escudos de oro. Amílcar, en pie, sonreía, con los brazos cruzados; deleitándose menos con el espectáculo que con la conciencia de sus riquezas, inaccesibles, inagotables, infinitas. Se sentía un genio subterráneo. Sus abuelos dormían a sus pies, enviando a su corazón algo de su eternidad. Era como la alegría de un kabiro; y los grandes rayos luminosos que herían su rostro, se le antojaban la extremidad de una red invisible que, a través de los abismos, le ligaban al centro del mundo.

Una idea le hizo estremecer, y habiéndose puesto detrás del ídolo, fue directamente hacia la pared. Entre los tatuajes de su brazo examinó una línea horizontal con otras dos perpendiculares, que en cifras cananeas expresaban el número trece. Contó hasta la decimotercera de las placas de cobre, volvió a levantar la ancha manga, y con la mano derecha extendida, leyó en otro sitio de su brazo otras líneas más complicadas, paseando los dedos suavemente, a la manera de un tocador de lira. Finalmente, con el pulgar dio siete golpes y una parte de la pared giró como una sola pieza.

Disimulaba una especie de cava que contenía cosas misteriosas, sin nombre y de un valor incalculable. Amílcar bajó tres gradas; tomó en un cubo de plata una piel de antílope, que flotaba en un líquido negro, y volvió a subir.

Abdalonim andaba ahora delante de él, dando golpes en el pavimento con su alto bastón guarnecido de campanillas en el mango, y gritando, al pasar por cada habitación, el nombre de Amílcar, entre alabanzas y bendiciones.

En la galería circular a la que afluían todos los corredores, estaban acumulados a lo largo de las paredes pequeñas vigas de algumín, sacos de lausonia, pastas de Lemnos y conchas de tortuga llenas de perlas. A su paso, el Sufeta los rozaba con su túnica, sin hacer caso de los gigantescos pedazos de ámbar, materia casi divina, formada por los rayos del sol.

Surgió una nube de vapor.

—¡Empuja la puerta!

Entraron.

Unos hombres desnudos amasaban pastas, cortaban hierbas, agitaban carbones, echaban aceite en jarras, abrían y cerraban pequeñas celdas ovoides cavadas en torno de la muralla, y eran tantos que aquello parecía una colmena. Desbordaban el mirabolano, el bdellium, el azafrán y las violetas. Doquiera estaban diseminadas gomas, polvos, raíces, redomas de vidrio, ramas de lilipéndola y pétalos de rosa; producían asfixia, no obstante los torbellinos del estoraque, que humeaba en un trípode de cobre.

El Jefe de los olores suaves, pálido y larguirucho como un cirio de cera, salió a recibir a Amílcar para aplastar en sus manos un rollo de metopión, en tanto que otros dos hombres le frotaban los talones con hojas de bácaris. Amílcar los rechazó, porque eran cirineos de costumbres infames, pero a los que se consideraba a causa de sus secretos.

Para demostrar su vigilancia, el Jefe ofreció al Sufeta, en una cuchara de electro, un poco de malobatro, y con una lezna pinchó tres bezares indios. El amo, que entendía de estas artes, tomó un cuerno lleno de bálsamo, y después de acercarlo a los carbones lo colgó en su túnica; apareció una mancha obscura, señal de fraude. Miró fijamente al Jefe, y sin decir nada le tiró el cuerno de gacela a la cara.

Por indignado que estuviera por las falsificaciones cometidas en perjuicio suyo, al ver los paquetes de nardo que se embalaban para los países de ultramar, mandó que mezclaran antimonio para que pesaran más.

Tras esto preguntó dónde estaban tres cajas de psagas destinadas para su uso.

El Jefe de los olores declaró no saber nada, porque habiendo entrado soldados, cuchillo en mano, les habían abierto las cajas.

—¿De modo que los temes más que a mí? —gritó el Sufeta, y a través del humo brillaban sus pupilas como antorchas, mirando al hombrón pálido que empezaba a entender lo que se le venía encima—. Abdalonim, antes de ponerse el sol le harás pasar por las varas; que lo vapuleen bien.

Esta pérdida, menor que las otras, le había exasperado; porque a pesar de sus esfuerzos para no acordarse de los bárbaros, los tenía siempre en la memoria. Los excesos de los mercenarios se confundían con la vergüenza de su hija, y poseído de una rabia de inquisición, visitó bajo los cobertizos, detrás de la casa de comercio, las provisiones de betún, de madera, de anclas y cuerdas, de miel y de cera, los almacenes de paño, las reservas de comestibles, la cantera de mármoles y el granero del silfio.

Fue a inspeccionar al otro lado de las huertas, en sus cabañas, a los artesanos domésticos, cuyos productos se vendían. Los sastres bordaban mantos, otros tejían redes, otros peinaban cojines y cortaban sandalias; obreros de Egipto, con una concha pulían papiros; chirriaba la lanzadera de los tejedores y resonaban los yunques de los armeros. Amílcar les dijo:

—¡Forjad espadas! ¡Forjadlas siempre; me harán falta!

Y sacó del pecho la piel de antílope macerada en venenos, para que se le cortase una coraza más sólida que las de cobre e inatacable por el hierro y por la llama.

Al acercarse a los obreros, Abdalonim, con el fin de desviar su cólera, procuraba irritarle contra ellos, denigrando sus trabajos:

—¡Es una vergüenza! Verdaderamente el amo es demasiado bueno.

Amílcar, sin hacerle caso, seguía adelante.

Se desanimó porque grandes árboles, enteramente calcinados, como en un bosque donde han acampado pastores, estorbaban el camino; las empalizadas estaban rotas, se perdía el agua de las acequias y entre linfas fangosas aparecían pedazos de vasos y huesos de monos.

Colgaba de los matorrales tal cual jirón de ropa, y flores podridas formaban un estiércol amarillo debajo de los limoneros. Los criados lo habían abandonado todo, creyendo que el amo no volvería.

A cada paso descubría Amílcar algún nuevo desastre y una prueba de aquello que no quería saber. Pero ahora manchaba sus borceguíes de púrpura hollando inmundicias; y sentía no tener aquellos hombres ante sí, a tiro de catapulta, para hacerlos volar en pedazos. Sentíase humillado por haberlos defendido; era un engaño, una traición, y como no podía vengarse ni de los soldados, ni de los Ancianos, ni de Salambó, ni de nadie, y su cólera necesitaba víctimas, mandó a las minas a todos los esclavos de las huertas.

Temblaba Abdalonim cada vez que le veía acercarse a los parques; pero Amílcar tomó el camino del molino, en donde se dejaba oír una melopea lúgubre.

En medio del polvo, movíanse las pesadas ruedas, es decir, dos conos de pórfido superpuesto, con un embudo el más alto, el cual giraba sobre el de abajo con ayuda de fuertes barras. Con el pecho y los brazos empujaban unos hombres, mientras otros tiraban, uncidos como animales. El roce de las barras había formado alrededor de sus sobacos costras purulentas, como se observa en el crucero de los asnos, y el andrajo negro y deshilachado que apenas cubría sus riñones colgaba de sus piernas como una larga cola. Los ojos estaban rojos, sonaban los hierros de sus pies y todos los pechos resollaban a un tiempo. Tenían en la boca, fijado por dos cadenetas de bronce, un bozal que les impedía comer la harina, y unos guanteletes sin dedos encerraban sus manos para que no la pudieran coger.

A la entrada del amo las barras de madera sonaron con más fuerza. Saltaba el grano al romperse. Muchos cayeron sobre las rodillas; los demás siguieron, pasándoles por encima.