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Semblanzas literarias

Chapter 12: I
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About This Book

Conjunto de semblanzas y ensayos breves en los que el autor evoca con humor y melancolía sus primeros años en los círculos literarios, retratando compañeros, maestros y figuras culturales mediante anécdotas del Ateneo y del mundo editorial. Las piezas combinan crítica literaria, recuerdos personales y reflexiones sobre la arrogancia juvenil, la amistad intelectual y la inquietud por la posteridad, todo ello escrito con una voz irónica y autocrítica que alterna ternura y sátira.

Algunas veces se vislumbra que su alma, poseída de espanto ante las recias y fragosas contiendas del pensamiento filosófico, se aferra con más ansia que absoluta convicción á una creencia. Esto, no puedo menos de confesarlo, me inspira hacia él profunda simpatía. Los dolores que sufre nuestro cuerpo son tan crueles, que nos hacen exhalar agudos gritos. Pero ¿qué me decís de esas luchas invisibles en que el alma se tortura y se abrasa día y noche, latiendo sin cesar dentro del pecho como si albergáramos en él pequeña bestia? ¿No veis con qué ardor lima ese cautivo las rejas de su cárcel? ¿No le veis caer rendido y jadeante, con el llanto y la angustia en los ojos? ¡Qué cosas tan tristes volarán por su pensamiento! Respetemos este dolor y amemos á los hombres que trabajan por abrirnos las puertas del infinito.

Dicen que los árabes, forzados en sus largos paseos por el desierto á un ayuno continuado de palabras, si la ocasión se presenta, saben darse harturas más que regulares de plática. El Sr. Moreno Nieto, después de peregrinar largamente de un cabo á otro de la Biblioteca durante varios días, se dirige á la sección, y con tal apetito entra en el debate, que no le bastan para saciarlo varias horas. Nos hace recorrer con velocidad que causa vértigo todo el panorama de las cuestiones vitales, y saltando de astro en astro, visitamos en corto tiempo todos los puntos luminosos que brillan en el cielo del pensamiento. ¿Quién se atreverá á censurar las metamórfosis de sus ideas? ¿Por acaso no hay hermosuras en todos los parajes del camino recorrido? ¿No hay también en todos ellos indignidades y torpezas? Son muchas las flores de donde su inteligencia podrá extraer la miel sabrosa. Mucho también es el cieno donde sus alas corren peligro de mancharse. Si la humanidad muda diariamente de creencias y opiniones, ¡qué podrá ser la individual firmeza!

Jamás emplea la chanza ó la burla para atacar las doctrinas que tiene enfrente. Cuando es objeto de ellas, su indignación sube de punto y se irrita y exaspera, pero la rabia de que se siente poseído á nadie infunde pavor ni miedo. Tiene un dejo de infantil inocencia que la hace simpática más que repugnante.

El conocimiento que del auditorio tiene es, si la paradoja valiera, inconsciente; sabe apreciar en globo los efectos, pero no llega su penetración á graduar los últimos registros. El período sale terso casi siempre, pero el ímpetu que trae lo prolonga á menudo más de lo conveniente, rebajando un poco su belleza.

Aunque la palabra es fogosa y la entonación acalorada, apenas se vale de imágenes para expresar su pensamiento. Cuando las emplea, son animadas y del mejor gusto.

Resumamos el carácter del Sr. Moreno Nieto.

Elocuente y un poco más impetuoso de lo que fuera necesario. Carece de los recursos del orador experto, porque en el Sr. Moreno Nieto nada pende de la experiencia, y todo de su genio vigoroso y espontáneo. Es en el ademán arrebatado, pero noble y simpático. Por último, en la incontestable vacilación que se observa en sus ideas, creemos ver reflejada esa lucha sorda, pero profunda, en que viven los entendimientos de este siglo ¡tan grande y tan desgraciado!

E aquí que el Sr. Revilla surge ante mis ojos y ya adopta la figura más graciosa para ser retratado. No le hagamos esperar. Tiene fama de impaciente, y pudiera marcharse dejando á mis lectores defraudados, y á mí corrido y boquiabierto con la pluma tras la oreja.

Todo el mundo ha puesto las manos sobre el señor Revilla. Y por si estas metafóricas manos le hacen cosquillas, me apresuro á explicar el tropo diciendo que el Sr. Revilla ha dado ya mucho que decir en el curso de su vida. Yo mismo, que soy una especialidad en no decir nada, sobre todo cuando no me preguntan, confieso que he murmurado de este orador un poco, en cierto número de La Política, que no recuerdo en qué mes ni en qué año vió la luz. Algo de lo que entonces dije habré de repetir ahora. Mas no será poco lo que necesite callar, pues la fisonomía moral, como la física, sufre por virtud de los años grande y atendible mudanza.

Al hablar del Sr. Revilla, juzgo necesario despojarme de aquella simpatía personal que pudiera conducirme á un entusiasmo sobrado ruidoso, para manifestar, con toda imparcialidad, mi serio y leal entender sobre su persona. Ninguna prueba más clara de aprecio puede darse á un grande espíritu que presentar sus defectos al lado de los méritos que lo realzan. Porque de esta suerte asegura su reputación contra la malevolencia, y la guarda también de una vil y funesta lisonja.

Una de las cualidades que la opinión se empeña en señalar con más insistencia al carácter de nuestro orador, es la de ser profundamente escéptico. Sobre tal escepticismo, fuerza es que discurramos brevemente. El Sr. Revilla no es un escéptico de pura sangre, de aquellos que salen al mundo haciendo muecas al cura que los bautiza y lo dejan con una helada sonrisa de desdén; almas provistas de concha como la tortuga, en las cuales el sol de la religión no consigue hacer entrar sus rayos, ni el amor humano logra introducir su elixir de vida. No; el Sr. Revilla es un escéptico de ayer, un escéptico novicio, y por eso incurre en todas las imprudencias y sinrazones del neófito. Más que escéptico, es un creyente avergonzado, que perdió su fe en la verdad porque la halló ridícula. Si la verdad se ostentase siempre bella ó fuese de buen tono, como ahora se dice, nunca dejaría de contar al Sr. Revilla entre sus adeptos. Mas aquélla afecta en ocasiones formas rudas y desgraciadas, y el Sr. Revilla ama demasiado á la estética para consentir en privarse, ni por un instante, de sus tiernos halagos. De aquí que se preocupe más por seguir con escrupulosa exactitud los vaivenes de la moda en el mundo científico que de aquilatar con paciencia la verdad ó el error de cada nueva teoría. Su inteligencia, un tanto impresionable, le arrastra todos los días por distintos y peregrinos senderos. Y hago observar que así como el escepticismo corriente se caracteriza por no creer nada, el del Sr. Revilla, más original, consiste en creerlo todo por etapas. Su viajero pensamiento se columpia como una oropéndola y discurre con increíble agilidad por todos los sistemas religiosos ó sociales haciendo noche fatigado en los yermos de la duda. ¡La duda! La duda no es para el Sr. Revilla la llave de la sabiduría, sino una deidad misteriosa é incitante á quien su confundido entendimiento rinde fervoroso culto.

No soy de los que creen en la absoluta necesidad de afiliarse á una secta filosófica ó política; pero sí abrigo la convicción de que urge para todo pensador el crearse un sistema de verdades, sin el cual pensamiento y conducta marcharán siempre vacilantes. Por lo mismo no reprocho al Sr. Revilla sus geniales deserciones, sus transacciones ó sus intransigencias. Lo que me atrevo á censurar con todas mis fuerzas es que por mostrar discreción, ó á guisa de solaz, haga frente á cada escuela con las doctrinas de su contraria, sin que alcance á recabar de estos conflictos su poderosa inteligencia otra conclusión que la que deducen los espíritus vulgares del choque de los sistemas, esto es, que todos por igual son falsos y mentidos.

Mas dejemos al Sr. Revilla, filósofo, entregado á las enervantes caricias de la duda, y salgamos del océano amargo de la censura para entrar en las dulces aguas del aplauso. El Sr. Revilla podrá no ser un filósofo, y de hecho le falta mucho para serlo, pero es fuerza convenir en que tiene bastante para ser uno de los entendimientos más privilegiados que hoy posee nuestra patria. Es uno de esos talentos insinuantes y serenos á propósito para sortear los escollos de la vida, porque al modo de ciertos metales, es dúctil y maleable. No quiero decir con esto que carezca de vigor, pero es más audaz que vigoroso. Se ofrece como uno de esos hombres que nadie sabe de dónde vienen ni á dónde van, pero que todo el mundo conoce perfectamente dónde se les encuentra. Vive en la polémica, en la incesante batalla que tienen trabada las escuelas, y lucha, ya de un lado, ya de otro, con una ó con otra enseña, porque

«sus arreos son las armas,
su descanso el pelear»,

esgrimiendo la lengua con aquel denuedo y bizarría con que Orlando daba vueltas á su espada.

En la polémica es donde el Sr. Revilla pone de manifiesto lo perspicuo y lo flexible de su ingenio. Por abstrusa que la cuestión parezca, ó por lejana que se encuentre de su recto camino (y cuenta que en el Ateneo las cuestiones son bastante dadas á irse por los cerros de Úbeda), así que el Sr. Revilla se apodera de ella, se esclarece y depura cual si entrara en un crisol. Conviene advertir, no obstante, que el Sr. Revilla ve con asombrosa claridad los aspectos más capitales de todo asunto, pero acostumbra á dejar en lamentable abandono los detalles. Tratándose de problemas sociales ó religiosos, este lógico porte antes parece plausible que vicioso, porque la vaguedad con que las más de las veces se plantean, lo reclama. Mas en achaques de arte suelen jugar los detalles un papel principalísimo, alumbrando ú oscureciendo el pensamiento generador de la obra. De aquí que el Sr. Revilla, como crítico, no tenga, á mi juicio, aquel puro sentido artístico que en vano se busca en los tratados de Estética, porque sólo reside en una naturaleza fina y exquisita socorrida por una larga y atenta contemplación de obras artísticas. En una palabra, creo que el Sr. Revilla no tanto posee el sentido como la ciencia del arte.

Pero es ya tiempo de estudiar sus condiciones de orador. Todos los reproches y censuras que como pensador pueden dirigirse al Sr. Revilla, deben cesar al tiempo mismo que como orador se le considera. No le dotó Dios de aquel sublime calor que enrojece el pensamiento del Sr. Moreno Nieto, merced al cual se consigue inspirar y apasionar al auditorio; pero concedióle el don señalado de dominar absoluta é incondicionalmente la palabra. Ésta responde siempre con escrupulosa exactitud á los más ligeros choques del pensamiento, y camina con gran desembarazo por sus pliegues más profundos. La inteligencia es viva, y ejercita las transiciones repentinas con una facilidad que maravilla. Parece que el orador jamás se encuentra dominado por un pensamiento único que le dirija y avasalle, sino que todos los evocados por su mente se le presentan con la misma pureza en las líneas y la misma intensidad en los colores. Esto me hace presumir que el Sr. Revilla mantendría con la misma soltura el pro y el contra en todas las cuestiones.

Maneja la ironía con buen éxito, y á esta arma debe muchos de sus triunfos. Tiene gran perspicacia y ve la situación de un solo golpe, hiriendo con firmeza á su adversario en los sitios vulnerables, pero haciendo resbalar con sutileza el cuerpo cuando se siente cogido entre sus brazos.

Recuerdo que en una ocasión cierto ministro, al entrar en la Cámara, respondió satisfactoriamente á una compleja interpelación que no había oído, ganando por esto y otras cosas semejantes fama de diestro.

Pues bien: el Sr. Revilla, tratándose de ciencia (que es algo más frágil y delicado que la política), sabe discutir con brillantez las cuestiones que no ha estudiado ni pensado previamente. Es tan formidable improvisador de teorías como el P. Sánchez de citas. Solicitado el pensamiento á la continua por una fantasía inquieta y afilada, trabaja con brío durante la peroración, y cuando llega el momento de reposo, presumo que muy quedo le dirá: «También por esta vez te he sacado del aprieto».

No es en la entonación ardiente, como el Sr. Moreno Nieto, sino grave é insinuante. La dicción es correcta, y repito que la maneja por entero á su talante. El ademán noble y circunspecto, aunque deja traslucir un poco al pedagogo.

ENTADO en un rincón de la estancia, y medio oculto entre un diván y una silla, gozando de la última ráfaga de la luz que se iba, y entregado á la dulce voluptuosidad de no pensar en nada, he visto una vez penetrar con sonora planta en la galería de retratos del Ateneo á uno de los patricios y notables que en ella figuran. Le he visto dirigirse, sin vacilar, hacia su efigie, y permanecer ante ella en atenta contemplación, un tiempo que no me fué posible medir. Y, sin quererlo, algunos pensamientos pérfidos y traviesos, y vestidos de encarnado, cual pequeños Mefistófeles, acudieron á mi desocupado cerebro, y entornaron mi vista hacia aquella muda, pero elocuente escena. El patricio contemplaba el retrato. El retrato contemplaba al patricio. Y yo, silencioso, muy silencioso, los contemplaba á ambos. Parecíame asistir á extraña y misteriosa ceremonia de una religión perdida. El patricio rendía con la mirada un tierno y fervoroso culto al retrato; lanzábale con los ojos todo el incienso de su alma, y hasta se me figuró que sus rodillas se doblaban, buscando con ansia el duro pavimento.

El retrato, con impasible y frío continente, dejábase adorar sin dar muestras de que aquel incienso se le subiera á la cabeza; antes bien, parecía un poco molestado. Yo guardaba silencio, mucho silencio, pero de mis ojos debía partir un río de ironía, un Mississipí de sarcasmos, porque el patricio separó, con trabajo, su vista del retrato, la volvió hacia mí, y ¡oh, pudor santo y adorable! cual tímida doncella, que imprudente cazador sorprende en el baño, las tintas de un rojo carmín tiñeron sus mejillas. Giró sobre los talones, y salió con breve, pero cortado paso de la sala. Y yo quedé á merced de mis pérfidos y traviesos pensamientos.

¡Ay! pensé; ¡anch’io son pictore! ¡También yo he dibujado con mano torpe el perfil de muchos de esos señores! ¡Mas á mi pobre galería no vendrán coronados de pámpanos á celebrar festejos en su propio honor, como el ilustre patricio que acababa de salir, porque se respira en ella un ambiente de franqueza y desenfado que los asfixiaría!

Y sin embargo, y á pesar de cuantas quejas voy recibiendo, estoy bien convencido de que no he lastimado á nadie. Yo no puedo lastimar á aquellos á quienes admiro. Tan sólo me he permitido sonreir alguna vez con el borde de los labios, y volviendo la cara, á fin de que el público no se diera por enterado. Mas si estas mis sonrisas pudieran molestarles, protesto una y mil veces de su inmaculada inocencia. ¡Son cándidas y puras, sí, como la oración de un niño ó un exordio de Perier!

¿Quién es D. Gabriel Rodríguez? Vamos á verlo.

Acababa yo de llegar á Madrid de mi insigne cuanto remoto villorrio, y no hay para qué decir que traía almacenado en el pecho un buen cargamento de admiración, del cual he derrochado ya bastante, hasta el punto de que á la hora presente sólo me queda un poco, que procuro gastar con la mayor prudencia. Pues bien, hallábame cierta noche de sesión en la cátedra del Ateneo, cuando acertó á entrar por ella una persona de fisonomía noble y expresiva, que llamó desde luego mi atención. Y ya me disponía á preguntar su nombre al vecino, cuando sobre un leve rumor que se produjo en torno mío creí percibir el nombre de Rodríguez. Y no sólo percibí el nombre, sino también algunas frases dialogadas que me impresionaron vivamente:

«Ahí está Rodríguez.—¿Rodríguez?—Sí; Rodríguez, el que no ha querido ser ministro.—Eso no puede ser, amigo.» Y un eco que se produjo en las sillas, repitió varias veces: «No puede ser, no puede ser, no puede ser.—Esas cosas es necesario verlas para creerlas.» El eco volvió á decir: «para creerlas, para creerlas, para creerlas». ¿Pero ustedes entienden, señores, que el hombre que no acepta una cartera debe ser mostrado al público á peseta la entrada como un objeto curioso? Aquí se me figura que el interlocutor era yo. Toqué la fibra sensible, y entonces todo se volvió patas arriba. «Nada me parece más natural, dijo uno.—Si para aceptar hoy una cartera se necesita un valor...—Métase usted entre esa balumba de expedientes.—Y luego el descrédito... y la agitación...» En fin, todos convinimos en que no había en el mundo papel más ridículo y desairado que el de un ministro.

Desde aquella noche concebí el propósito de trazar el perfil del Sr. Rodríguez. Es un hombre tan franco, tan sencillo, tan amable, que no dudo se alegrarán mis lectores de haberle conocido, y hasta llegarán á ofrecerle cordialmente su casa.

Rodríguez ha llegado á ser en nuestra sociedad un personaje aristocrático, pero en el sentido etimológico de la palabra, esto es, uno de los mejores. Es un digno representante de esa aristocracia democrática, si fuera lícito expresarme así, que tiene por únicos blasones, en campo azul—es mi color predilecto, como ya tuve el honor de advertir,—virtud y talento. En la vida pública ha sido un caballero sin tacha y sin miedo, una especie de Bayardo político, siempre dispuesto á romper lanzas con toda suerte de iniquidades. Por eso ha merecido que debajo de su efigie, repartida á todos los vientos por la fotografía, se lean sus famosas palabras sobre la esclavitud, las más bellas que nunca se hayan pronunciado en lengua castellana. En la vida privada... Pero yo no tengo derecho á entrar en la vida privada, siquiera sea para dejar afirmado que nuestro orador pasa con justicia por un modelo de integridad, de modestia y de laboriosidad. En la vida científica hay de todo y de todo voy á decir, contando con un perdón que humildemente demando, y que noble y generosamente me otorga el Sr. Rodríguez.

La inmovilidad es, á mi entender, la cualidad más hermosa de un carácter. Después de las pirámides de Egipto, lo que más admiro en este mundo son esos hombres que, encastillados en sus principios morales, mantienen el alma intacta en medio de las borrascas de la vida. Nadie puede dudar de mi amor á la solidez. Y, sin embargo, repugno bastante los sabios sólidos. La inmovilidad, que tanto me place en los principios morales, me parece cosa extraña y hasta ridícula tratándose de escuelas científicas. Flotar á merced de todos los sistemas y señalar exactamente como alta veleta los vientos que reinan en la región de la ciencia, me parece pueril; pero dejar pasar en raudo vuelo por delante de los ojos las escuelas y los sistemas en actitud indiferente, suponiéndolos á todos descarriados, lo juzgo insensato.

He aquí por qué siento que el Sr. Rodríguez haya arrojado el áncora sobre la escuela económico-individualista y aún esté fondeado tranquilamente en su estrecha bahía. No soy de los que desconocen los altos merecimientos de esta escuela, ni pretendo de ninguna suerte menguarlos. Tengo siempre en la memoria el denuedo con que riñó batallas, combates y escaramuzas contra ese socialismo de baja estofa, que hoy también ha encontrado intérpretes en los debates del Ateneo, contra ese socialismo que empieza pidiendo herramientas de trabajo, y concluye negando á Dios. Sé que la debo muchos y buenos oficios. ¡Oh!, sí, es mucho lo que debe mi pobre entendimiento á la escuela de los Smith, Say y Bastiat. Cuando ahora cae de nuevo un libro economista en mis manos, se me figura que recibo la visita de mi buena y anciana nodriza. Á ésta la estrecho entre mis brazos, pensando en el amante esmero con que en otro tiempo puso en mis labios el jugo de la vida. Á aquél le tiendo una mirada cariñosa, busco y leo con placer algún capítulo, cuya huella no se haya borrado de mi espíritu, y torno á colocarlo con el mayor cuidado en su estante, recordando que en otro tiempo ha provisto mi carcaj de escolar con firmes y aguzadas saetas.

Conste, pues, que me duele profundamente el ver al Sr. Rodríguez tan individualista. Sería muy largo el asunto, y no tengo en este instante tiempo ni oportunidad para dar explicaciones sobre este mi metafísico dolor. Día y ocasión llegarán tal vez en que sea más pertinente el hacerlo.

Mas el Sr. Rodríguez es un individualista que ha puesto siempre su palabra y su pluma al servicio de todas las grandes causas sociales. Con esto y con la afición que de poco acá se le ha despertado al estudio del Derecho, todavía puede esperarse que rectifique y temple algún tanto su espíritu intransigente. De un hombre de talento se puede esperar mucho; pero de un hombre de talento y sincero, debe esperarse todo.

Como no acostumbro á ocultar nada, tampoco quiero ocultar al Sr. Rodríguez uno de los efectos que me produce. He pensado muchas veces que el señor Rodríguez es el único que entre nuestros políticos conserva pura la tradición progresista. Creo ver en él el único ejemplar que hoy nos queda de aquella insigne raza de hombres fervorosos y resueltos, exagerados quizá en su odio á las instituciones del pasado, como en su amor á la libertad, pero firmes y generosos en sus pensamientos y en su conducta. El señor Rodríguez es, como si dijéramos, el último Abencerraje del progresismo. Si algún día tienen mis semblanzas el honor de pasar á la categoría de zarzuelas, pido al ilustre compositor que lleve á cabo tan meritoria empresa no deje de poner á ésta por música el himno de Riego.

No rías, mancebo presuntuoso, tú que apellidas cándidos á los hombres del progreso y reservas tus frases más ingeniosas y sarcásticas para el momento en que percibes los acordes del himno de Riego. Recuerda que al son candencioso de este himno derramaron tus padres mucha sangre por darte la libertad, que acaso tú no sabrías conquistar. Recuerda que vibró cual música de esperanza en los oídos de muchos moribundos mártires de la libertad y sonó aterrador en los alcázares de los tiranos. Quiero confesarte una debilidad, joven imberbe. Yo, cuando es cucho el himno de Riego, creo oir entre sus notas agudas y enérgicas los gritos triunfales de los héroes que lucharon hasta morir por la madre patria y por la santa libertad, y derramo lágrimas de gratitud y de alegría. ¡Lloro, joven escéptico, lloro como un cursi!

La oratoria del Sr. Rodríguez es genial y espontánea. No busca ni esquiva el efecto; esto es, no se entretiene en limar esmeradamente los períodos, pero tampoco llega su austeridad científica, y por ello le felicito, á despojarlos torpemente de sus galas cuando acuden ataviados á su lengua. Toda idea, por abstrusa que sea, puede expresarse en un período castizo, sonoro y terso, y no necesita, como algunos suponen, andar á tajos, barbarismos y mandobles con la gramática para darse á luz. Es flúido sin dejar de ser sencillo, castizo sin pedantería y enérgico sin afectación. Tampoco deja de poseer todo el donaire y gracejo que caben dentro de los límites que le impone la nunca desmentida y tradicional gravedad de su partido. No echemos en olvido que, ante todo, es el progresista, es decir, la imagen perfecta de la aguja imantada que sólo abandona por breves instantes la idea que señala. Pero es el progresista que guarda en su pecho, como precioso tesoro de padres á hijos trasmitido, toda la fe, todo el aliento y toda la inocencia de aquel memorable partido. No sé quién ha dicho que el partido progresista vivió durante algunos años con una idea y una cebolla. Yo creo que el Sr. Rodríguez sería capaz hasta de prescindir de la cebolla.

D. FRANCISCO DE PAULA CANALEJAS

UANDO oigo decir que en España abunda el talento, mi pensamiento va á parar sin saber cómo al Sr. Canalejas. Cuando me dicen que escasean la diligencia y el carácter, sin saber cómo también pienso en el docto presidente de la sección de Literatura. Por más que no acabe de convencerme de que el talento busca puerto en nuestra patria con preferencia á otros puntos del globo, no cabe duda que el Supremo Hacedor mostróse pródigo y hasta rumbón, como acá decimos, y aun se le fué la mano con alguno de mis compatriotas.

¡Excelente cosa es el talento! Que lo diga, si no, el Sr. Perier, que en esta materia es testigo de mayor excepción. ¡Cuántas cosas buenas se pueden hacer con talento! Entre ellas, una semblanza de gracioso corte que agrade á los lectores y no disguste al orador. Lo cual es mucho más difícil que inflar un perro.

Para mí, el talento del Sr. Canalejas es materia de dogma. Aparte de que mi entendimiento así me lo dice, tengo otro motivo para creerlo. Es un motivo fantástico. Han de saber ustedes que allá en los tenebrosos laberintos de mi cerebro, he dado en representarme, sin que tenga fuerzas para huir esta insensata imaginación, las ideas y las cualidades del espíritu por los colores de la materia. Así que al amor me lo figuro blanco, á la simpleza rosada, al talento azul, al país rojo y á los constitucionales verdes. El Sr. Canalejas lleva siempre delante de sus ojos unos espejuelos azules. No me cabe duda, tiene talento.

Creo haber dicho ya, y si no lo he dicho lo digo ahora, que el talento del Sr. Canalejas está contrarrestado por un carácter enteco y tornadizo. Esto al menos se dice de público, y esto debemos creer pensando mal, que es la mejor y más fácil manera de acertar. En el espíritu del Sr. Canalejas han contraído matrimonio un talento macho y un carácter hembra. Y como este matrimonio no se ha verificado como el Santo Concilio de Trento lo dispone, para los buenos creyentes es un nefando concubinato.

La voz del pueblo (vox Dei) acusa, además, al señor Canalejas del feo pecado de holgazanería. Confesemos que en esta ocasión la voz de Dios ha dado un gallo. Para mí el Sr. Canalejas es un prodigio de actividad. Sólo con actividad, y con mucha actividad, se alcanza un nombre esclarecido en la literatura, en el foro y en la filosofía. Pero nuestro presidente sostiene lucha desigual, que agotará sus fuerzas, con un enemigo terrible: el tiempo. El tiempo es la materia primera de todo sabio, y sin ella no es posible laborar ciencia. Así se explica que el señor Canalejas aborde con denuedo todos los problemas del pensamiento humano y los abandone cuando aún no está bastante saturado de ellos. Yo hubiera deseado más verle ahondar en la ciencia de la estética, que tanto contribuyó á propagar en nuestra patria, que hallarle cual frívolo mancebo requebrando de amores, ora á los estudios de erudición literaria, ora al derecho, ora á la filosofía. Necesito hacer una salvedad. Si el Sr. Canalejas se ha dedicado al estudio del Derecho—incompatible, á mi juicio, con otros de distinta índole—por pura afición ó deseo de saber, merece que le censuremos acremente. Mas si ha dedicado sus talentos á la jurisprudencia tan sólo para alcanzar por su intercesión lo que no ha podido recabar por vías más amables, entonces sólo nos resta lamentarnos amargamente de que en nuestro país necesite un literato insigne sacrificar su vocación en aras de las necesidades físicas.

He dicho que el Sr. Canalejas tenía talento, y no me vuelvo atrás. Sobre que sería igual que me volviera, pues no dejaría por eso de tenerlo. Conviene que determine ahora de qué clase es su talento. Acerca de esto no puede existir duda alguna: el talento del Sr. Canalejas es esencialmente crítico. Como crítico no tiene rival hoy en España. Vaya usted á averiguar ahora por qué un hombre que posee dotes extraordinarias de crítico no piensa en criticar nada. Para la resolución de este problema recuérdese lo que he dicho en el comienzo de este artículo. De todos modos, es imperdonable que el Sr. Canalejas abandone el campo de la crítica, principalmente de la crítica dramática, á la impotencia petulante é insufrible de los literatos menores que hoy la tienen monopolizada para baldón de las españolas letras.

Las cualidades que lo realzan como crítico menoscaban su elocuencia, de la cual tiempo es ya que hablemos. Un crítico es un hombre que necesita criterio firme, talento analítico, dicción correcta y juicio sereno. No diré yo que estas aptitudes sean para el orador cosas superfluas, pero me atrevo á creer que tampoco son de primera necesidad. Tengo para mí que el docto lector ha enderezado ya su pensamiento hacia un insigne orador del Ateneo, y lo está desmenuzando sin piedad para comprobar mi aserto. Caro lector, ten el afilado escalpelo y observa que vas á cortar la fibra de la pasión y el hermoso tejido de la fantasía.

El Sr. Canalejas pasa por orador de muchas tildes. Con efecto, de tal modo peina y asea su palabra, que las frases que brotan de sus labios, por lo afeitadas y relamidas, semejan damas del tiempo de Luis XV. Salen con el cabello empolvado, las mejillas pintarrajadas y hasta lunares postizos. El señor Canalejas aspira, por lo visto, á hablar lo mismo que escribe. Supongamos que lo consigue: tendremos un elegante y castizo escritor que redacta su prosa con la punta de la lengua, pero no un orador. La oratoria necesita más de calor y oportunidad que de tildes.

Pero si no es un verdadero orador el Sr. Canalejas, bien puede considerársele en cambio (un cambio que nadie vacilaría en aceptar) como el prosista más elegante, más castizo y más flúido que hoy posee el idioma castellano. Es la prosa del Sr. Canalejas como una de esas bebidas azucaradas y refrescantes que se toman con delicia en una tarde calurosa del estío. Si la comparamos con las inmundas pócimas que diariamente nos hacen gustar las prensas españolas, parece ambrosía de los dioses. He aquí por qué leo sus discursos con más placer que los escucho. El Sr. Canalejas no pronuncia discursos, los dicta, ó lo que es igual, los pronuncia para el día siguiente. Pero al día siguiente son una obra tan lúcida y primorosa, que merecen llevar á su cabeza el humeante pebetero de la Academia con la metafórica inscripción: Limpia, fija y da esplendor.

La palabra de este orador sería flúida y expedita si no cuidara tanto de su aliño. Pero el público tiene que esperar á que cada una haga su toilette ó tocado, como decimos en romance, y éste se prolonga alguna vez en demasía. No sé decir si á esta frialdad que advierto en la oratoria del ilustre presidente contribuyen aquellos supradichos espejuelos azules. Creo que sí. Los ojos son un poderoso auxiliar para la lengua, y los del Sr. Canalejas son unos ojos mudos; mudos al menos para el auditorio, aunque agoten los giros más expresivos detrás de unas paredes cristalinas. Los ojos ríen, los ojos lloran, los ojos interrogan, los ojos amenazan. Nada de esto llega á nosotros cuando habla el orador que nos ocupa. El Sr. Canalejas habla como hablaban con su boca de sílice los antiguos oráculos egipcios. Se percibe el movimiento de los labios, se escucha el ruido de la voz, y nada más. Los ojos no varían el curso de la palabra, pero lo iluminan. Cicerón no hubiera confundido á Catilina si gastara anteojos azules.

En cambio, estos anteojos prestan á su pensamiento un optimismo que escandaliza al Sr. Revilla. La tierra para él es un segundo cielo. Los campos y las ciudades son azules para nuestro orador. Hasta al Sr. Revilla lo ve de color de cielo.

Se dice que es discípulo de Krause[2]. Distingamos. Si por krausista se entiende un personaje extravagante y soberbio que, colándose de sopetón en la morada de la ciencia, pretende dar con la puerta en las narices á cualquier otra doctrina que no sea la suya; es decir, si el krausista ha de ser un ultramontano vuelto al revés, el Sr. Canalejas está muy lejos de recibir con justicia tal denominación. Mas si ésta significa por ventura la creencia razonada en todas ó en parte de las doctrinas de aquel filósofo sin constituirse en sectario suyo, bien puede asegurarse sin temor de calumniarle que es krausista. ¡Que no fueran todos los krausistas como el Sr. Canalejas, tolerantes, flexibles, y sobre todo más estéticos en su obrar y decir!

Merced á su talento y á una base metafísica bien asimilada, nuestro orador habla con lucidez y discreción sobre todo lo que es asunto de la ciencia y del arte. Prefiero, no obstante, escucharle cuando diserta sobre el último punto. Entonces adquiere su frase el más alto grado de perfección y domina en las palabras como en los pensamientos una armonía que denota la irresistible vocación de su espíritu. No hay duda que el Sr. Canalejas está formado para amar la verdad por conducto de la belleza.

D. FRANCISCO JAVIER GALVETE

A muerte, que todo la quebranta, también ha quebrantado un propósito que había concebido al inaugurar esta galería de oradores. Pensé que siendo los jóvenes de suyo sobrado inquietos para hallarse bien entre personas de tal gravedad y discreción como las que aquí han venido, era prudente no dar cabida en ella á los oradores noveles.

Por otra parte, el carácter de éstos ofrece tal vaguedad en los contornos y están sus tendencias tan borrosas y confusas, que la pluma nada acierta á definir con claridad en ellos. Al convertirse en hombres, acaso mostrarían mi semblanza como una de esas fotografías envejecidas y arrinconadas en álbum añoso que despiertan siempre la risa de los amigos de la casa.

Pero la muerte envejece más que los años. El que muere queda en un todo definido, y sus rasgos fijados por una eternidad. Es un joven muerto de quien os voy á hablar.

Poco más de un mes hace todavía que un puñado de yeso cerró para siempre en tétrica estancia el cadáver de Javier Galvete, y ¡cuántos le han olvidado ya! Tal vez á alguno le parezca demasiado tarde para hablar de él. ¿Haré mal en entregar á su indiferencia con este recuerdo el nombre de un amigo querido? ¡Decídmelo los que escuchasteis por última vez aquella palabra vigorosa y acerada que hacía vibrar las conciencias! ¡Decídmelo los que visteis aquel rostro, lívido por el dolor y por la duda, mirando por vez postrera hacia vuestros escaños, con los ojos opacos y ansiosos del gladiador que muere en la arena! ¡Sí! murió el atleta del espíritu, y el olvido fué la losa que cerró su tumba. Mas yo tengo motivos poderosos, motivos del corazón, para no asociarme á tal olvido, y quiero rendir á Galvete con estas líneas un triste y fraternal homenaje.

Javier Galvete había alcanzado una madurez de entendimiento fatalmente prematura. Como ciertos frutos que ostentan desde muy temprano su dorada corteza entre las verdes hojas del estío, Galvete ocultaba una inteligencia de gran alcance, bajo una frente de niño. Pero los frutos prematuros no pueden resistir el ímpetu del vendaval ni las tempestades del verano, y caen y se corrompen en el suelo. Así cayó Galvete del árbol de la vida.

De aquellos dos grupos de temperamentos que se reparten el linaje humano, el uno soñador, místico, entusiasta; el otro, práctico, sereno, impasible, Galvete pertenecía al primero. El mundo indiferente y egoísta en que vivimos era pobre escenario para un espíritu tan ardiente y turbulento como el suyo. Mejor le cuadrara aquel otro de tensión extrema, de fiebre, que recibe el nombre de Edad Media. En sus locas empresas, en sus férreos dogmas, en sus intensas emociones, conseguiría tal vez apagar la sed que lo devoraba. Este afán ansioso que sentía de llenar su alma de ideas para engrandecerla, llevóle harto temprano, sin auxilio de nadie y sin medios de fortuna, al país donde hoy se forjan los más altos pensamientos, á la tierra insigne de Alemania. ¡Cómo se repitió con mi infeliz amigo el viejo cuento germano! La pérfida Loreley, la virgen de los cabellos de oro, disfrazada ahora con el manto inmaculado de la filosofía, le atrajo con sus cánticos suaves para hacerle morir traidoramente.

Los que hemos conocido á Galvete nunca dudamos de su mérito y sabíamos bien que no tardaría en hacerse la luz sobre su nombre. Mas él mostrábase indiferente y hasta esquivo á las seducciones de la gloria, tal vez porque reclamaba toda su atención la cruel batalla que se reñía en su conciencia. La idea religiosa llenó completamente su breve existencia. Al nacer á la vida de la razón sintióse acometido de esa terrible enfermedad que azota nuestro siglo y que amarga todos nuestros placeres. La duda impía alojóse en su cerebro. Muchos estudios, muchas vigilias, muchas torturas consiguieron al cabo lanzarla fuera, pero al salir dejó atrás un cuerpo marchito y agotado, propio para servir de presa á la tisis.

Nada hay más horrible que esos gritos desesperados del pensamiento que á toda costa quiere ser acción. Galvete los sintió siempre tronar en sus oídos. Apenas nacidos, ya le atormentaban demandándole una instantánea realización, y su alma y su cuerpo se esforzaban en vano por concedérsela. Esta lucha le producía fiebre y la fiebre le mataba lenta, pero seguramente.

La enfermedad es antigua. El espíritu del hombre vive en perpetua agitación como las aguas del Océano, sube como sus olas hasta los cielos y baja también á los más negros abismos. Y así, entre el dolor, la duda y la esperanza se mueve eternamente el mundo de los seres humanos. Feliz el hombre cuya vista no penetra la región de los sueños y de las ambiciones. Su vida ignorada, apacible, monótona, es mil veces más dulce que la de aquellos cuyo cerebro pudiera tomarse por guarida de fantasmas.

¡Feliz aquel que trata á sus nervios como viles lacayos! ¡Plegue á Dios que jamás se le rebelen ni promuevan algaradas en su organismo! Porque si la lucha del hogar doméstico está pintada con tan sombríos colores por los moralistas, ¿qué debemos pensar de la que existe en el fondo de la conciencia? Sí, hombres que sufrís los excesos del pensamiento, ¡guerra á muerte por díscolo y traidor al sistema nervioso cerebro-espinal! ¡Loor eterno al prudente tejido muscular! Él sólo es fuerte y á la par sensato y honesto.

El mal se ha recrudecido de un modo alarmante en nuestros días. El vértigo se ha apoderado de todas las cabezas, quiero decir, de casi todas. Todo se piensa, todo se medita, todo se proyecta, pero nada se deja sazonar. El minuto mata al minuto y el pensamiento al pensamiento, y en esta desenfrenada actividad intelectual se rompe la armonía del espíritu y se disipa el encanto de la vida. Y es lo peor que cada hombre no se resigna á ocupar el sitio que le corresponde en la obra de las generaciones, no quiere limitarse á cultivar con paciencia el suelo que pisa, sino que aspira, en los breves días que se le otorgan sobre la tierra, á resolver todos los problemas, á someter los imperios del cielo y de la tierra á su dominación.

Yo no sé si Galvete era un hombre religioso ó un impío. Los hombres religiosos que me han hecho conocer desde muy temprano, respiran sosiego y alegría por todos los poros de sus mejillas frescas y rosadas por punto general: su marcha es reposada y firme: están siempre en guardia contra su pensamiento, y hablan sin escrúpulo de todas las cosas que no se relacionan directa ni indirectamente con el dogma. La Providencia, pero una Providencia regocijada y próvida, parece habitar en su alma. ¡Cuán diferente de ellos era Javier Galvete, tan brusco, tan flaco, tan triste, tan inquieto!

Yo he oído decir, sin embargo, que la meditación sobre la naturaleza de Dios es un verdadero culto. Nuestra alma se desprende de lo que es perecedero y finito, y marcha hacia lo absoluto é infinito en alas de la razón, penetrándose del amor eterno y de la armonía del universo. Acaso sean éstas huecas palabras de una filosofía revolucionaria y atea.

Lo cierto es que nuestro joven orador no iba á la moda en materia de religiosidad, sin comprender que á todo el que pretende romper con la moda se le levanta una cruz en este mundo.

Como escritor tuvo también este ilustre joven la mala ventura de no ver aprovechadas sus notables aptitudes por la prensa política afín á sus ideas, necesitando poner su pluma, para subsistir, al servicio de otra menos liberal.

De este ultrajante grillete que la necesidad aplicaba á su inteligencia durante el día, vengábase á la noche lanzando rojas oleadas de una oratoria vivaz y atrevida sobre las dormilonas cabezas de los reaccionarios del Ateneo. Nadie como él logró estremecerlos azotando sin compasión sus invasoras doctrinas, después de arrancar á jirones el oropel con que se encubren. Aquel rostro pálido y de algún modo siniestro, aquella palabra audaz, penetrante, fanática, traían á la memoria las predicaciones de los primeros campeones de la Reforma. Como en los de ellos, brillaba alternativamente en sus discursos un entusiasmo ruidoso, un amargo desengaño ó una ansiedad febril. Sin embargo, aunque exaltado é impetuoso en el debate, era dulce y afable cuando hacía reposar su espíritu angustiado en el seno de la amistad. Me complazco en afirmarlo aquí para desvanecer cualquiera duda que acerca de su carácter pudieran concebir los que no conocieron á Galvete más que en las discusiones académicas. Se había erigido en apóstol de los derechos del individuo y del Estado, enfrente de las pretensiones del tradicionalismo monstruosamente acentuadas en estos últimos años, y acaso movía su lengua con demasiada sinceridad para la usanza de esta tierra. Su oratoria era profunda y nerviosa. Hablaba con una facilidad severa y restringida, como aquel que quiere hacer que prevalezca la idea sobre la palabra. La acción con que se acompañaba tenía poca variedad; era monótona, pero se acomodaba bien á ese género de oratoria sin efectos, serena y clara, donde cada juicio vale una sentencia y cada palabra un hecho. Era una oratoria interior más que exterior. Los años hubieran limado las asperezas de su estilo y los arranques de su misticismo, y entonces pasaría á formar entre los más grandes oradores.

Pero ¿á qué imaginar lo que pudo ser? Acordémonos más bien de lo que ha sido: un joven que pensó, que sintió con exceso y que pagó con la muerte el capricho de pensar y de sentir las cosas que tienen sin cuidado á los demás; un perseguidor infatigable de fantasmas; uno de esos hombres que en el jardín de la vida se empeñan en coger tan sólo aquellas flores tristes y simbólicas que la fantasía del pueblo ha llamado pasionarias.

La verdad es que el número de éstas va aumentando de tal modo, que amenazan cubrir con fúnebre manto los vergeles de la tierra. Todos los antídotos de la filosofía optimista no bastan ya á convencernos de que esta vida sea más que una serie dolorosa de tristezas y decepciones. La muerte va adquiriendo de día en día mayor reputación entre los hombres razonables. Y es que la vida debe parecerse á una de esas mujeres coquetas y abominables de las que nos cuesta gran trabajo separarnos, pero que, después de conseguido, nos admiramos de haber amado tanto. Por el contrario, la muerte es tranquila, serena, inalterable como la virgen de los últimos amores. ¿Vale tanto por acaso una vida de dolores y desengaños como el dulce reposo de lo eterno? ¿Y qué otra clase de vidas ofrece el destino á los que nacen con talento? El talento es ya por sí una enfermedad, por más que esta enfermedad, como la de las ostras, produzca hermosas perlas, y el que lo posee lo arrastra por el mundo con trabajo. Fuera de los carriles ordinarios de la vida, va tropezando con todo, chocando con los infinitos obstáculos que la preocupación, el egoísmo y la rutina oponen á su paso, y cuando llega al término de su carrera, que es la muerte, ha dejado ya en jirones por el camino todos los deseos y todas las ilusiones de su alma. El hombre que muere sabe que deja en pos de sí un universo de desdichas cuyo amargo jugo hubiera él gustado gota á gota, á prolongarse más su estancia en este suelo. Lo que nos hace amar la vida es la seguridad que tenemos de perderla. Sin esa seguridad, no me cabe duda que la miraríamos con desdén, y ¡quién sabe también si con horror!

He visto morir á algunos de mis amigos cuando habían llegado á la plenitud de las esperanzas, pero no á la de la razón. Pues bien: creo, después de considerar atentamente su existencia, que á serles posible, ninguno volvería de la región de las sombras, ninguno atravesaría de nuevo la laguna Estigia para mezclarse otra vez con la turba de los vivos. Galvete menos que todos querría emprender nuevamente su fatigoso Calvario. Él, que ha descifrado ya el enigma tremendo de lo infinito, conoce bien lo que vale este mundo finito. Algunos, muy pocos, atraviesan la tierra de día. Galvete la atravesó en las horas más negras de la noche. Por eso de los hombres como Galvete no debe decirse que mueren, sino que hacen dimisión de la vida.

D. EMILIO CASTELAR

I

ASTELAR y el P. Sánchez!

No es posible negar que nuestra patria es incomprensible y caprichosa en extremo. Unas veces se dedica á lo sublime, y sumergiendo su mano en lo profundo, arranca del rizado mar de su poesía una figura como Castelar. Otras se entrega con pasión á lo cómico, y despide de su seno entre muecas y contorsiones oradores como el P. Sánchez. Castelar y el P. Sánchez son el alfa y la omega de mi humilde trabajo. He salvado como pude el paso que media, según dicen, entre lo ridículo y lo sublime.

Pero abordar el carácter y la fisonomía oratoria del señor Castelar ofrece un sinnúmero de dificultades. La primera y más principal, en mi concepto, es la falta de perspectiva. La figura de Castelar, como orador, diré, empleando una locución técnica, que está tallada en colosal, y es de todo punto imposible, sin alejarse un tanto, apreciar con exactitud su valor artístico. Confieso que no puedo darme cuenta cabal del sitio que ocupa en el horizonte del Arte, y entrego por lo tanto esta mi semblanza á la enmienda de los futuros. Otra de las más grandes dificultades que se me ofrecen es el compromiso formal que he contraído al comenzar mi tarea de eliminar por entero el aspecto político del orador para ceñirme exclusivamente á su aspecto académico. ¡Oh! si me fuera dado mirar, siquiera fuese con el rabillo del ojo, al Parlamento, ¡con cuánto grande hombre pondría á mis lectores en contacto! Les contaría la vida y milagros de aquel insigne orador que al terminar su discurso se sentó con la mayor dignidad sobre el vaso de agua. Y los de aquel otro que tratándose de la langosta pidió la palabra para una alusión personal. Sin olvidarme tampoco de aquel que al llegar en su discurso cargado de apóstrofes, epifonemas, perífrasis y concatenaciones á la frase: «pensáis tal vez, hombres ilusos, que Napoleón...» la repitió tres veces, y murió con Napoleón en la boca, realizándose en los escaños del Congreso aquel día un Waterloo de risa. Pero yo no soy cronista del Parlamento, sino del Ateneo, y es fuerza que guarde en el fondo de mi pupitre las historias que acabo de mencionar y otras muchas no menos sabrosas y divertidas. De ello me pesa con toda el alma, porque estos señores académicos tan graves y comedidos que no son capaces de romper un plato, ni de sentarse sobre un vaso de agua, me obligan á guardar demasiada ceremonia. Siento que allá, por los laberintos de mi imaginación, viene, va y torna un espíritu retozón y travieso que está ganoso de reir á toda costa, y me empuja fuertemente á ocuparme de otra ralea de oradores menos sabios, menos artistas, pero más amenos.

También hoy es necesario que dormite en la más enervante postración. Se trata de Castelar, del más grande de nuestros oradores, y me veo en la precisión de ponerme el frac y adoptar un continente grave y respetuoso. Castelar, como orador, no pertenece solamente al Ateneo, pertenece á España, pertenece al mundo, pertenece á la libertad. La tiranía ha tenido á su servicio grandes filósofos, juristas y hasta poetas. Jamás ha tenido un grande orador. Cicerón, Demóstenes, Mirabeau, Oconnell y Castelar son hijos de la libertad. Es que el filósofo, el jurista y hasta el poeta envían sus cuartillas corregidas á la imprenta, mientras el orador lanza su alma toda entera, sin tachas ni raspaduras, por la boca y por los ojos á la muchedumbre. La muchedumbre, que no es capaz de percibir toda la perfidia que puede esconderse entre los renglones de un libro, ve con admirable instinto la que se oculta bajo los ojos de un hombre, y sabe matar con el desprecio al que la engaña.

Castelar, en la ciencia, en el arte y en la vida, representa un pensamiento amable, pero inverosímil y extraño para nuestra sociedad. Este amable pensamiento se llama en la ciencia panteísmo, en el arte realismo y en la vida armonía.

Castelar es un campeón de la causa de la naturaleza. Es panteísta en el gran sentido de la palabra, en un sentido fundamental. Esto ha hecho pensar á muchos que el famoso orador es hegeliano. No puedo creerlo. No es Hegel el que ha hecho panteísta á Castelar, sino que, siendo el panteísmo inherente y virtual en su modo de ser, ha permitido que la filosofía hegeliana influyera poderosamente en su espíritu. Pero Castelar no es el panteísta especulativo que procede con rigurosa dialéctica para encerrar el pensamiento en un sistema, no; es el poeta, es el enamorado de las formas vivas que percibe con la claridad de un iluminado el lazo invisible que existe entre los dos aspectos, bajo los cuales el universo siempre idéntico y el mismo se ofrece al espíritu y á los sentidos. La filosofía de Castelar no permanece inmóvil y como cristalizada en el abstracto recinto de una fórmula matemática ó dialéctica, es una filosofía que arranca del fondo mismo de su naturaleza, es una filosofía puramente individual.

Esto significa que nuestro orador no siente la imperiosa necesidad de dar á la vida soluciones concretas, que es á la postre de todo lo que hace brotar los sistemas. La vida le parece demasiado rica, demasiado varia para someterla al imperio de una fórmula inflexible y abstracta. Sin embargo, busca con ansia la generalización, la síntesis que son leyes del espíritu, huyendo de un particularismo estrecho y falto de perspectiva con el que no podría acomodarse jamás su elevado pensamiento.

Esta filosofía individual no puede menos de engendrar una religión excesivamente flexible y humana. La inmortalidad se ofrece á su inteligencia como una trasformación incesante, como un progreso sin fin, en el cual el espíritu llega á agotar todas las formas de la vida infinita. Esta religión tiene su catecismo en el gozoso panorama de la Naturaleza. En todas las páginas de este catecismo se encuentra grabado el excelso nombre de Dios. Mas el Dios de Castelar no es el Dios crucificado, no es el Dios transido de dolor, sino el Dios en quien se expresa todo lo que vive y siente, que incesantemente se trasforma, que incesantemente se modifica, que muere en la naturaleza para renacer en el espíritu, y se ofrece, total y absoluto, en una evolución infinita.

El arte es una de las formas que ese Dios afecta al bajar sobre la tierra, y nuestro orador le rinde un culto apasionado. Si he dicho que Castelar era realista, entiéndase que no es el realismo efímero de los tiempos presentes el que le cautiva, sino el realismo que parte de la célebre fórmula de la lógica hegeliana, toda idea es realidad, toda realidad es idea. La idea realizándose bajo forma sensible, ése es el arte, y artista el que siente palpitar la idea bajo la forma.

No obstante, aunque Castelar representa en la esfera del arte la apoteosis de la forma, no se le puede acusar de haber alentado con su ejemplo ese cúmulo de producciones frívolas, donde la miseria del fondo aspira á velarse por los artificios de la forma. El fondo y la forma en el arte no se distinguen perfectamente como á primera vista parece, sino que mantienen tan estrecho enlace que es imposible separarlos en la obra bella. ¿Quién sería capaz de distinguir el fondo y la forma en un cuadro de Velázquez ó en una melodía de Haydn? Castelar expresa bellamente lo que acude bello á su pensamiento. ¿Será por ventura responsable de que algunos se empeñen en expresar de un modo bello lo que acude feo y desgraciado á su imaginación? Lo que es preciso buscar en el arte, y lo que nuestro orador alcanza en grado superlativo, es la espontaneidad individual disciplinada y corregida por la regla, que debe presidir á toda concepción artística para comunicarle las proporciones convenientes.

Pero se le censura, á mi juicio, con señalada injusticia por el empleo, según se dice, abusivo de las formas artísticas. Es opinión demasiado extendida que Castelar sacrifica la precisión y el rigor, que son los atributos de la exposición científica, en aras de la fantasía, la cual quebranta y destruye con sus imágenes el encadenamiento lógico y necesario con que el entendimiento enlaza, los juicios á los juicios, y las consecuencias á las consecuencias. Veamos lo que hay de fundado en esta censura. Indudablemente el empleo de las formas artísticas en el discurso tiene un límite, y no hay estético que no se apresure á señalárselo. Pero este límite todos convienen que está determinado, de un lado por la naturaleza del discurso, y de otro por la naturaleza de lo bello. La belleza de la expresión contribuye poderosamente á llevar el convencimiento al ánimo del auditorio; mas según que el discurso se proponga demostrar lógica y razonadamente una idea ó sólo infundir el amor á esta idea ó hacerla triunfar en el ánimo del auditorio, así se habrá de restringir ó extender el uso de la forma artística. Á este propósito, dice Schiller: «Existen dos clases de conocimientos: un conocimiento científico que está basado sobre nociones precisas, sobre principios reconocidos; y un conocimiento popular que no se funda más que en sentimientos más ó menos desenvueltos. Lo que es ventajoso para el segundo es con frecuencia contrario al primero». Ahora bien: no debemos echar en olvido que Castelar es el tribuno, no es el disertante, es el apóstol de la libertad y la libertad es una verdad popular. No hay duda que fué necesario demostrarla científicamente, pero ésta es la obra de la filosofía moderna, á partir de Kant. Castelar concibió la titánica empresa de hacerla amable en este país, cuyo sentido político hubieran pervertido largos siglos de tiranía y fanatismo. Es el fundador de la democracia en España, es el propagador de una idea esencialmente popular y nunca se vió que las ideas populares fuesen difundidas por maestros y pedagogos, sino por poetas y oradores. El profesor busca en su discurso un resultado futuro, el desarrollo intelectual de su discípulo mediante la adquisición de ideas perfectamente deducidas y probadas. El orador popular aspira á un resultado inmediato y para esto es indispensable que trabaje sobre la imaginación de sus oyentes, individualizando, haciendo sensibles las ideas. De aquí nace ese estilo animado, lleno de vida y colorido con que los escritores y oradores populares como Castelar difunden sus conceptos, el cual representa una transacción feliz y armónica entre el entendimiento que busca sobre todo el encadenamiento, la continuidad, y la imaginación que aspira á tocar y sentir la realidad y el calor de las ideas. Castelar, por el esfuerzo de su naturaleza armoniosa y comprensiva, junta y agrega lo que la abstracción había separado, y en vista de las facultades espirituales y de las facultades sensibles del hombre, se dirige á él todo entero y lo atrae por ese encanto irresistible que producen cuando se encuentran reunidos lo verdadero y lo bello.

En la vida Castelar tampoco representa un fragmento, sino toda la humanidad. La moderación y la actividad que se observa en su conducta es un signo de fuerza. Sólo los débiles son obstinados é impacientes. Contempla la vida con mirada serena y recoge en conjunto todos sus elementos sin predominio ni monstruosidades, porque es un espíritu equilibrado. Se ajusta fácilmente al medio y á las condiciones de su existencia, pero las modifica mediante la influencia de su genio. Castelar entiende que la vida es un arte y no una fiebre, que la continuidad moderada de la acción vale mucho más que una agitación estéril y morbosa. Por eso no opone diques inútiles á la corriente de las ideas, sino que busca el medio de encauzarla para que le conduzca al resultado que se propone.

Hay muchos hombres que, aun cuando fabricados de barro como todos los demás, aspiran á tener la consistencia de los peñascos ó creen cumplir con su conciencia ofreciéndose inermes al torrente devastador de las preocupaciones, como aquellos indios que se arrojan voluntariamente entre las ruedas del carro triunfal de sus ídolos para ser aplastados. Estos hombres merecen respeto por la pureza de los motivos que los impulsan. Pero es necesario convenir en que no deben ser hombres de acción en ninguna causa, porque, lejos de contribuir á su triunfo, lo retardan considerablemente. Tienen un puesto señalado en las esferas de la pura teoría, porque son impotentes para discurrir por los laberintos de la realidad. La vida es una continua transacción entre lo ideal y lo real, y aquel que no sabe transigir no debe acudir á ella.

Castelar tiene un fin que llenar en nuestra patria y lo persigue con un celo y al propio tiempo con un sosiego que me traen á la memoria aquellos hermosos y profundos versos de Goethe: «Como la estrella, sin prisa, pero sin tregua, que cada uno se mueva dentro de su propia naturaleza». No puede petrificarse en la defensa obstinada de uno sola verdad porque pertenece á su obra y su obra es grande y comprende muchas verdades. No puede retraerse de la lucha porque el retraimiento enerva y enmohece la inteligencia. Todavía en estos tiempos en que la vida política arrastra una existencia precaria, cuando se ha hecho un silencio mortal en todos los locutorios de la opinión, cuando no se escucha el crujir de una pluma sobre el papel, cuando no se mueve una hoja en los árboles ni una lengua en la tribuna, sólo el gran orador es capaz de sostener la contienda, porque él solo habla un lenguaje que no es el de las parcialidades políticas, un lenguaje que no lastima á nadie y que á todos seduce.

Una vez preguntaron á Sieyes: «¿Qué habéis hecho durante el Terror?» «¡Qué es lo que he hecho! He vivido.» Y había hecho bastante. Cuando rodando los tiempos le pregunten á Castelar: «¿Qué habéis hecho durante el período del Silencio?» «¡Qué es lo que he hecho!—podrá contestar.—He hablado.» Y aquellos hombres casi no podrán creerlo.

II

Los que voy á trascribir son datos suministrados por un espíritu, ó si se quiere trasgo con quien suelo celebrar conferencias de importancia suma. Es un trasgo verídico, al menos por tal le tengo, pero se ha dedicado últimamente, con harta asiduidad para lo que corresponde á un duende de su significación, á las lecturas de Hoffman, Poe, Fernández y González y otros escritores no menos alcohólicos, y me temo un poco que su cabeza, como la del ilustre hidalgo manchego, no rija de un modo cabal. Ustedes decidirán después de haberle escuchado si conserva una pizca de juicio ó si será preciso oirle como quien oye... á Perier.

No hace muchas horas vino á mí con afectado misterio, y me dijo: «¿Estás escribiendo la semblanza de Castelar, no es verdad?» Sí. «Pues yo, que he vivido con todas las generaciones y en todos los países, te puedo comunicar datos interesantes para tu trabajo.»—Vengan esos datos—repuse. Y entonces el fantasma comenzó á silbar con sigilo en mi oído este inverosímil y descabellado relato:

«¡Castelar! Castelar tiene una historia mucho más larga de lo que tú te figuras. Vosotros sabéis admirar y aplaudir á los grandes espíritus, pero rara vez os detenéis á estudiar su procedencia ó filiación histórica, ni las fuerzas ideales anteriores que han concurrido á su generación. Vosotros los humanos...»—Aquí el fantasma se despachó á su sabor contra nuestra raza y hago gracia á los lectores de su filípica, que no les habría de complacer gran cosa.

«Castelar—prosiguió el espíritu—es un regalo que el viejo Oriente envía al Occidente. Salió de la cabeza de Brama cierta noche en que las estrellas, con un dulce titilar, llamaban el pensamiento hacia lo infinito, cuando las oscuras ondas del sagrado Ganges relataban muy quedo á la flor del lotus, que se inclinaba sobre su corriente, los misterios inescrutables de la muerte, cuando el piadoso anacoreta, postrado en tierra, murmuraba tembloroso su enigmática oración, cuando el ruiseñor turbaba sólo el silencio augusto de la naturaleza con su grito de amor y de esperanza.

»El dios luminoso que le diera el ser envióle como fiel mensajero de su abdicación cerca de su hermano Zeos, y éste le prodigó mil agasajos, haciendo brillar su Olimpo con todo el esplendor de sus encantos perdurables. Todo cuanto una imaginación sobrehumana puede apetecer de dulce y halagüeño derramólo el monarca de los dioses en su feliz morada para honrar al venturoso embajador. Hasta se pensó en celebrar corridas de toros, pero el dios Apolo, con su séquito de musas, declaró rotundamente que en este caso no tomaría parte en las fiestas, y fué abandonado el proyecto. Aquella serie sin tregua de placeres y delicias comenzó á cansar á vuestro orador, comenzó á aburrirle la conversación del dios Júpiter, que no le dejaba ni á sol ni á sombra, y llegó á empalagarle la ambrosía. Así que un día, tomando de aquél la regia venia, descendió por los suaves declives del Olimpo á las llanuras del Ática, y bajo los plátanos del Agora, comenzó á arengar á la multitud de libres cuanto ociosos ciudadanos que allí rendían á la sombra culto á la libertad y al arte.

«Después le vi muchas veces, ya en el taller de Fidias, ora en los jardines de Academo escuchando atentamente los discursos de Platón, ora también en los misterios de Eleusis dedicado á interpretar los ruidos de las hojas del árbol sagrado al ser heridas por el viento. Parecía feliz y no me preocupé más de él.

»Largo tiempo después le volví á encontrar en Roma, cuando ésta, fatigada por las discordias civiles, plegaba sus brazos y bajaba su orgullosa frente ante la majestad de Octavio Augusto. Fué en una sesión del Senado. Se hallaba éste reunido en la Curia Hostilia sobre el Foro. Una docena de lictores que á la puerta vigilaban, anunció la llegada del cónsul Josefo que debía presidir la Asamblea. Antes de penetrar en el templo detúvose en el peristilo para consultar los auspicios, siguiendo la antigua práctica. Parecióme, sin embargo, que al observar las entrañas de la víctima inmolada, se dibujaba en su rostro angular y glacial una sonrisa ambigua y poco ortodoxa. Los sacerdotes declararon que los padres de la patria podían deliberar, y el cónsul entró en el recinto seguido de su cortejo. Una vez dentro, se aproximó al altar de Jano (el de las dos caras) y ofrecióle incienso y vino. Después fué á sentarse en su silla, y como la sesión aún no se había abierto, muchos senadores rodearon al cónsul departiendo entre sí con grande animación. Pude notar que aun cuando todos dirigían un diluvio de preguntas al presidente, éste apenas desplegaba los labios, limitándose á sonreir de aquella manera equívoca que ya antes me llamara la atención y á sacar de su esportilla algunos caramelos que ofrecía con agrado á los padres. Estos revolvíanlos en la boca con no poco regocijo comentando al propio tiempo en detalle todos los matices de la sonrisa que los había acompañado. Los unos pretendían que aquélla era una sonrisa de oposición, mientras los otros la juzgaban de todo punto ministerial. Y entre estas y otras azucaradas razones se abrió la sesión. Uno de los ediles del Senado se levantó para leer una proposición en la cual se elevaba al príncipe del Senado Antonio á la categoría de Eterno, la cual hubo de agradar tanto á la Asamblea que prorrumpió en calurosas muestras de entusiasmo. En vano fué que Antonio rehusara con fuerza esta pequeña distinción, pues la mayoría en masa, como un solo empleado, decidió á todo trance votarla. El edil proponente se levantó entonces á dar las gracias al Senado, y suplicó á los padres se sirviesen decretar para conmemorar tan fausto acontecimiento se inmolasen en el templo de la Concordia 150 ilegales. En este instante el tribuno Emilio pidió la palabra desde su subsellium y reconocí en él á Castelar. Pronunció una brillante arenga combatiendo esta sangrienta proposición, y haciendo la defensa de las antiguas formas republicanas tan escarnecidas en aquellos días, por los que volvían su rostro al sol del Imperio, que era el que más calentaba por entonces. Me fué imposible oir por entero su discurso, pues las continuas y ruidosas interrupciones de que era objeto impedían que su voz llegase muchas veces á mi oído.

»No volví á verle en Roma y perdí su pista durante toda la Edad Media. En el siglo XV me dijeron que haciendo unas excavaciones en la ciudad de Agrigento, al levantar la tapa de una urna, maravilloso trabajo de cincel griego, lo encontraron dormido profundamente sobre el manuscrito de las obras de Homero.

»Por último, le vi una vez más en la Universidad Central de Madrid. Explicaba la historia del universo en una cátedra de diez pies en cuadro con honores de pasillo. «¡Ay—exclamé para mis adentros,—y cómo echarás de menos, ilustre heleno, aquellos tapizados jardines del Ática, donde tantas veces te he visto conversar con Isócrates y Platón!»

»En aquel momento el profesor fijó en mí su mirada perdida, y cual si viese mis adentros ó fueran también los suyos, dijo:

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

».....Al posar, señores, nuestra vista sobre los campos resplandecientes de la Grecia, sobre el Olimpo, ornado de mirtos floridos, de lentiscos, de laureles, en cuyas hojas brillan eternamente gotas de rocío que descomponen la luz en mil varios matices; monte coronado de un cielo siempre etéreo y azul, desde cuya cima se descubren á lo lejos las ondas del mar, que se rizan en blancas espumas, y el Oriente, la cuna del sol, la cuna también del paganismo, y al ver aquel templo misterioso convertido en ruinas, sus dioses en momias, secas las flores que lo cubrían, perdidos sus cánticos sin que de ellos quede ni un eco en los aires, desiertas las rientes playas por donde corrían, coronadas de verbena, sus teorías, una indefinible tristeza se apodera de nosotros y parece que se despierta en nuestra alma un sentimiento hostil al cristianismo.»

III

Cuando una idea baja de la región de las madres á tomar carne en un hombre, agota con habilidad que maravilla, sin distraer uno solo, todos los recursos que nuestra naturaleza finita la ofrece para mostrarse admirable; y aparece el genio. Castelar ha encarnado en los tiempos presentes la idea de la elocuencia. El que desee ver claramente las pruebas de esa verdad no tiene más que examinar con cuidado su vida y sus escritos, y podrá observar con cuánta energía se muestra el orador en todos los rasgos del hombre y en todas las páginas del escritor. Leed cualquiera de las obras de Castelar y, sin daros cuenta de ello, vuestros labios empezarán á moverse, pronunciarán al principio tímidamente aquellos tersos períodos, después los dirán con énfasis, y al cabo de algún tiempo, si algo no os saca de vuestra distracción, estaréis declamando en alta voz. Es que por todas las páginas del libro corre y centellea la idea de la elocuencia. Es que Castelar es siempre un orador.

¿Y qué es un orador? El orador es para mí el hombre á quien Dios entrega la espada del espíritu, la palabra. Unas veces se sirve de ella para sacar muelas en la plaza pública, y otras para volcar los imperios. Pero esta espada sale alguna vez de las fábricas cerúleas luciente y afilada como aquella de fuego que, al decir de la Biblia, un ángel esgrimió contra nuestros primeros padres á las puertas del Paraíso, y la Providencia las destina á los seres privilegiados como Castelar. Otras salen melladas y opacas como la que Bernardo usara en otro tiempo, y son las que el Padre Eterno regala á los seres que nacen sin privilegios como Perier.

La palabra de Castelar es una palabra exuberante, briosa, con todo el calor de la juventud. Es una palabra destinada á hacer la luz en el profundo piélago de nuestra política, sublime y aparatosa como la de Moisés, flexible y gubernamental como la de un lord.

Su espíritu recibe todos los días nuevos ensanches como las grandes poblaciones, y la palabra corre con presteza como medio de comunicación á infundir la vida y el movimiento en la nueva ciudad. Es una fuerza que sin cesar acrece, llenándose de todo lo sano que flota en el ambiente que respira, y su palabra recibe en cada transformación un nuevo temple que la hace esclava, bella y sumisa de un pensamiento grande.

Mas esta esclava es una esclava india, no hay que dudarlo, y por más que en ocasiones vista á la europea y siga la moda de París, veo aprisionado en sus ojos el rayo de sol del Mediodía y en sus cabellos negros y sedosos contemplo las sagradas selvas del Indostán.

Castelar trae del Oriente el sentido poético de la naturaleza tan necesario para templar y vigorizar los vuelos harto descompasados del ideal en nuestra Europa. Su estilo es un estilo plástico y poblado de imágenes que giran en caprichosos pasos por delante de vuestros ojos con la sonrisa en los labios y apuntando al porvenir.

¿Nunca sumergisteis vuestra mirada en las profundidades del mar durante una tarde sosegada y dulce del estío, en una de esas tardes en que se muestra trasparente como una doncella que quisiera abriros su corazón? ¡Cuánto rico tesoro, cuántas espléndidas ciudades olvidadas para siempre en el seno de las aguas os hace ver la inquieta fantasía! Sumergidlas también en las profundidades de ese estilo oriental, y alcanzaréis á ver los prodigiosos tesoros y las maravillas que puede fabricar la palabra humana.

Es una felicidad para el Sr. Castelar no haber nacido en los tiempos de Nerón ó de Calígula, porque su lengua admirable haría nacer indudablemente en aquellos insensatos la infernal idea de cortársela para servir de plato en sus festines.

¿Por qué no se mueve ya esta lengua en la cátedra del Ateneo de Madrid? ¿Por ventura teme la competencia de la hoja de Albacete que esgrime el P. Sánchez entre sus carrillos? ¿Ó le infunde pavor la brocha de polvos de arroz que Perier pasea dulcemente por su boca?

No dejo de comprender que la política es una amiga celosa y exclusiva que con frecuencia nos priva de cualquiera otra inocente distracción. Tengo presente, además, que usted, D. Emilio, necesita aprovechar todas sus fuerzas para llevar á feliz término la patriótica tarea que ha emprendido; ¿pero se figura usted que en el Ateneo no hacemos política? Vaya si la hacemos y muy flamante y muy seria[3]. Si usted pensara en dar una vuelta por aquí, no dejaría de tropezar con algunos jóvenes de corazón sano y de mente vigorosa, discutiendo en voz un poco más que alta las más arduas cuestiones de la ciencia del Estado. ¡Si viera usted qué mustios andan y qué desencantados! Entusiastas siempre de la libertad, pero aterrados ahora por sus excesos, se encuentran al borde del escepticismo, del cual sólo usted puede librarlos. Es necesario hacerles entender que aún hay para la democracia española una bandera, símbolo de progreso y compatible con la paz y la salud de la patria, y esta bandera es la que usted ha levantado valerosamente sobre los restos de un partido ensangrentado y delirante.

El Ateneo es un país neutral, es la Bélgica de nuestra política, y aunque no pocas veces se cuela por sus rendijas y ventiladores el simoun de la pasión, usted sabe muy bien que los árabes llaman al simoun el hálito de Dios, y lo es en efecto. ¿Qué sería de una idea si la pasión no la cobijara bajo su manto de grana? Se moriría de frío. Á este centro debe usted acudir nuevamente, porque este centro con sus pasiones, con sus indisciplinas, con sus deslices artísticos, hasta con sus conservadores, y á pesar de sus ultramontanos, sabe mantener vivo el amor al estudio de los grandes problemas. Tiene una historia gloriosa, goza de un feliz presente, y si los grandes espíritus como usted no desertan de su modesto recinto, continuará empuñando en nuestra patria, con aplauso de todos, el cetro de la ciencia.