The Project Gutenberg eBook of Semblanzas literarias
Title: Semblanzas literarias
Author: Armando Palacio Valdés
Release date: March 20, 2013 [eBook #42376]
Most recently updated: October 23, 2024
Language: Spanish
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SEMBLANZAS LITERARIAS
Obras de Palacio Valdés.
| El Señorito Octavio (nueva edición), un tomo. | 4 |
| Marta y María (nueva edición), un tomo. | 4 |
| Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York. | |
| Traducida al ruso por Mr. Pawlosky: publ. en el Diario de San Petersburgo. | |
| Traducida á la lengua bohemia por O. S. Vetti. Un tomo. Praga. | |
| Traducida al sueco por A. Hillman. Un tomo. Stockolmo. | |
| El Idilio de un enfermo (nueva edición), un tomo | 4 |
| Traducida al francés por Mr. Albert Savine: publicada en Les Heures du Salon et de l’Atelier. | |
| Traducida á la lengua bohemia por Mr. A. Pikhart. Un tomo. Praga. | |
| Traducida al inglés por W. T. Faulkner. | |
| Aguas fuertes (nueva edición), un tomo. | 4 |
| Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por La Independencia Belga, El Diario de Ginebra, El Correo de Hannover, Hlas Národa, Lumir y otros periódicos y revistas. | |
| Edición española con introducción y notas en inglés para el estudio del español en Inglaterra y Estados Unidos, por W. T. Faulkner. Un tomo. New-York. | |
| José (nueva edición), un tomo. | 4 |
| Traducida al francés por Mlle. Sara Oquendo y publicada en la Revue de la Mode. París. | |
| Traducida al inglés por M. C. Smith. Un tomo. New-York. | |
| Traducida al alemán y publicada en Interhaltungs-Beilage. | |
| Traducida al holandés por Mr. Hora Adema y publicada en Het Nieuws van den Dag. Amsterdam. | |
| Traducida al sueco por A. Hillman. Un tomo. Stockolmo. | |
| Traducida al portugués por Cunha e Costa. Publicada en Revista da Semana. Río de Janeiro. | |
| Traducida al tcheque por A. Pikhart. Un tomo. Praga. | |
| Edición española con prefacio y notas en inglés para el estudio del castellano en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor Mr. Davidson. Un tomo. New-York. London. | |
| Riverita (nueva edición), un tomo | 4 |
| Traducida al francés por Mr. Julien Lugol: publ. en la Revue Internationale. | |
| Maximina (nueva edición), un tomo. | 4 |
| Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York. | |
| El Cuarto Poder (nueva edición), un tomo. | 4 |
| Traducida al holandés por Mr. Hora Adema. Un tomo. Amsterdam. | |
| Traducida al inglés por Miss Rachel Challice. Un tomo. New-York. Nueva edición inglesa. Grant and Richards. Londres. | |
| La Hermana San Sulpicio (nueva edición), un tomo. | 4 |
| Traducida al francés por Mme. Huc con prefacio de Emile Faguet, de la Academie Française. Un tomo. París. | |
| Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York. | |
| Traducida al holandés y publicada en El Correo de Rotterdam. | |
| Traducida al sueco por Mr. A. Hillman. Un tomo. Stockolmo. | |
| La Espuma (nueva edición), un tomo. | 4 |
| Traducida al inglés por Clara Bell. Un tomo. London. | |
| La Fe, un tomo. | 4 |
| Traducida al inglés por Miss I. Hapgood. Un tomo. New-York. | |
| Traducida al alemán por Mr. Albert Cronau. Un tomo. Leipzig. | |
| El Maestrante, un tomo. | 4 |
| Traducida al francés por Mr. J. Gaure, con un estudio preliminar de Mr. Bordes. Un tomo. París. | |
| Traducida al inglés por Miss Challice. Un tomo. London. | |
| El Origen del Pensamiento, un tomo. | 4 |
| Traducida al francés por Mr. Dax Delime: publicada en la Revue Britannique. | |
| Traducida al inglés por I. Hapgood: publicada en The Cosmopolitan, con ilustraciones de Cabrinety. | |
| Los Majos de Cádiz, un tomo. | 4 |
| Traducida al holandés por Mary Hora Adema. Un tomo. Amsterdam. | |
| La Alegría del Capitán Ribot, un tomo. | 4 |
| Traducida al francés por C. du Val Asselin: publicada en Le Gaulois. | |
| Traducida al inglés por Minna C. Smith. Un tomo. New-York. | |
| Traducida al holandés por el Dr. A. Fokker. Un tomo. Amsterdam. | |
| Edición española con notas en inglés y vocabulario para el estudio del castellano, por los profesores Morrison y Churchman. Un tomo. New-York. London. | |
| La Aldea perdida, un tomo. | 4 |
| Tristán ó el pesimismo, un tomo. | 4 |
| Semblanzas literarias (nueva edición), un tomo. | 4 |
OBRAS COMPLETAS
DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
TOMO XI
SEMBLANZAS LITERARIAS
MADRID
Librería general de Victoriano Suárez.
PRECIADOS, NÚMERO 48
1908
ES PROPIEDAD DEL AUTOR.
MADRID.—Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dupº, bajo.
TREINTA AÑOS DESPUÉS
LEGO á la reimpresión de estas semblanzas, escritas y publicadas treinta años ha, con la curiosidad burlona y también con el enternecimiento con que descubrimos en el desván de nuestra casa el caballo de cartón que hemos montado en la niñez. ¡Oh cielos, cuánto me he divertido cabalgando sobre mi pluma irresponsable en aquel tiempo feliz! ¡Cuan dulce poder soltar la carcajada en una reunión prevalidos de nuestra insignificancia! Después crecemos, adquirimos seriedad, reputación, pero huye la alegría, y gracias que no sea en compañía del talento.
Parece que me estoy viendo discurrir por aquel amplio corredor del Ateneo, en la calle de la Montera, pobremente esterado, sin más decoración que los libros encerrados en estantes de pino. Conmigo pasean otros cuantos seres insignificantes, y juntos todos formamos un grupo de una insignificancia escandalosa. Por aquel pasillo cruzan á cada instante enormes personajes, estadistas, oradores, académicos cuyo rostro se frunce al pasar á nuestro lado. ¿Por qué se frunce? Aquellos personajes nos detestan porque disputamos «de lo que no entendemos» y acaparamos las revistas extranjeras. Algunos, sin embargo, son buenos y cariñosos para nosotros, y el más bueno y cariñoso de todos y el más sabio al mismo tiempo es aquel varón magnánimo que se llamó D. José Moreno Nieto. Allí estaba siempre sentado en el rincón de la Biblioteca como un sacerdote en su confesonario esperando afablemente á todo el que quisiera molestarle. Con él consultábamos nuestras dudas científicas, nuestros planes de estudio ó ensayos literarios. No era avaro, no, de su talento y de su ciencia. ¡Pobre D. José! ¡Qué suma de indulgencia se necesitaba para sufrir nuestra petulancia y no mandarnos á paseo!
Pero había otros, como he dicho, no tan pacientes y nos hacían ostensible su desprecio y nos dirigían miradas furibundas cuando osábamos entrar en las salas de conversación. Tanto que desesperados un día resolvimos declararnos independientes y conquistar también nuestro terruño.
Había en aquel vetusto caserón de la calle de la Montera una estancia grande y lóbrega con balcones á un patio que servía de trastera. Allí decidimos plantar nuestra tienda. Dicho y hecho. Una tarde, á la hora en que no había llegado todavía ninguno de aquellos odiosos viejos (llamábamos viejos ¡ay! á los hombres de treinta á cuarenta años), penetran cautelosamente en el Ateneo una docena escasa de valerosos jóvenes, se dirigen impetuosamente á la trastera, la limpian en un abrir y cerrar de ojos de las sillas decrépitas y mesas patizambas que allí dormían bajo el polvo, ahuyentan también éste con escobas; luego se lanzan impávidos al asalto de los salones, roban, pillan, escamotean, y en otro abrir y cerrar de ojos queda amueblada y decorada con relativo lujo aquella cacharrería que no tardó en hacerse famosa en España. Los criados contemplaban con espanto el saqueo; el conserje se mesaba los cabellos exclamando: «¡Dios mío, qué dirá el secretario!» Uno de aquellos chicos, el de voz más bronca (porque ya había llegado á la muda), se yergue altivo al oir esto y ahuecándola cuanto pudo y empinándose sobre la punta de los pies deja caer como gotas de hierro incandescente estas palabras: «Dígale usted al secretario (pausa), dígale usted al secretario... ¡que no le conozco! Después de tan arrogante respuesta que nos hizo recordar la de Leónidas al emisario de Jerjes, volvió la espalda con infinito desprecio y el conserje quedó anonadado.
Nuestra audacia impuso respeto á los viejos ó tal vez les hizo reir. Lo cierto es que al día siguiente nos enviaron á guisa de burla, como regalo, el retrato al óleo de D. Julián Sanz del Río, filósofo tan profundo como feo, importador en España de la filosofía de Krause. Á estas horas pocos recuerdan en el mundo á Sanz del Río ni á Krause, pero en aquella fecha eran tan odiados de los hombres de orden como hoy lo son los anarquistas, y sus preceptos «vive una vida íntegra», «realiza tu esencia», etc., inspiraban el mismo terror que las bombas de dinamita. Nosotros acogimos con júbilo al laberíntico filósofo y le colgamos respetuosamente de la pared, aunque jurando con las manos extendidas no leer jamás su Filosofía analítica.
Todo aquello se hundió en el abismo del olvido y sólo los cuatro ó cinco canosos y panzudos cacharreros que paseamos por las aceras de Madrid nos acordamos con emoción de aquellos días risueños y nos enternecemos hablando del retrato al óleo de D. Julián.
Precisamente en aquellos días risueños fueron escritas estas semblanzas sobre los negros y sobados pupitres de la Biblioteca del Ateneo. Publicadas primero en la Revista Europea y después en volumen, se agotaron rápidamente, porque en España siempre hubo público para los azotados. Desde aquella remota fecha á la presente se me han hecho algunas proposiciones para reimprimirlas, pero me he negado obstinadamente á ello y aun al publicar la serie de mis obras completas prescindí de incluirlas, hasta ahora. ¿Por qué tan severa resolución? Porque estoy persuadido de que á los veintidós ó veintitrés años se puede ser un excelente poeta ó tal vez un mediano novelista, pero sólo un detestable crítico. Además, estas semblanzas están llenas de alusiones personales de dudoso gusto, están escritas en general con la arrogancia decisiva que suele caracterizarnos en los primeros años de la vida. Por tales razones las había condenado á eterna proscripción.
Pero he aquí que en una noche de insomnio me asaltó la terrible duda que á todos los escritores acomete más ó menos tarde. ¡Si yo fuese inmortal! pensé de improviso. ¡Si mis obras fuesen leídas de las generaciones venideras! Entonces no sólo se reimprimiría cuanto yo he escrito, sino que se buscarían, se recogerían y se publicarían las cartas que he dirigido á mis amigos y ¡quién sabe! hasta los billetitos amorosos; hay eruditos capaces de las mayores infamias. Pensar esto y sentir inundado mi cuerpo de un frío sudor entre las sábanas fué todo uno. No existe hombre en el mundo que haya escrito más simplezas á sus amigos, pero estas simplezas no son comparables con las que he escrito á las amigas. Mis huesos se ruborizarían dentro de la tumba, estoy seguro de ello. Tan desazonado me dejó tal pensamiento, que á la mañana siguiente encontré paseando con sus nietos por el Retiro á una venerable señora á quien en otro tiempo dirigí por escrito una declaración de amor, y me costó trabajo no acercarme á ella y suplicarle por el de Dios, ya que no por el mío, que me devolviese la epístola si es que la conservaba. Por supuesto, ahora me miro mucho cuando escribo cartas, pensando en que andando el tiempo han de ser publicadas, y si algún conocido me escribe una pidiéndome prestadas cien pesetas adopto el estilo más puro y más clásico, imitado de Hurtado de Mendoza, para responderle que no me es posible enviárselas.
Desde esta fecha me di á imaginar que era menester reimprimir las presentes semblanzas. Para animarme á ello me he dicho á mí mismo repetidas veces que los pecados de la juventud son letras de cambio que se pagan indefectiblemente en la vejez. Puesto que yo he cometido algunos, debo valerosamente sufrir las consecuencias. Al lado de este motivo generoso, levanta la cabeza su compañero eterno, el motivo egoísta y sórdido. Si este volumen de semblanzas ha de reportar algunas ganancias, ¿no es preferible que estas ganancias caigan en mi bolsillo antes que en el de un editor profano que las desentierre?
He aquí pues, lector, este libro de semblanzas que te vuelvo á ofrecer al cabo de tantos años. Si eres viejo sentirás cierta melancolía hallándote de nuevo frente á los hombres que amabas ó aborrecías en tu juventud y á quien siempre escuchabas con interés. Si eres joven sonreirás desdeñosamente al ver la importancia que entonces concedíamos á ciertos hombres absolutamente desconocidos para ti. No te equivoques, sin embargo; lo que ahora sucede, sucederá más tarde y sucederá siempre. ¿Cuántos de los personajes que hoy provocan tu admiración ó tu cólera se salvarán del olvido? En conciencia puedo decirte que aquellos hombres por mí zaheridos no tenían más talento que los que ahora figuran en las letras y en la política, pero te afirmo igualmente, con la mano sobre el corazón, que eran menos pedantes. En cuanto á los por mí ensalzados, díme, ¿quiénes son actualmente los sustitutos de Zorrilla, de Castelar y Campoamor?
Este libro viene á ser un camposanto. De los muchos varones que aquí se estudian y de los otros á quien se alude, sólo tres ó cuatro pertenecen todavía al mundo de los vivos. Un sentimiento de vergüenza que semeja remordimiento me acomete al entregar de nuevo á la publicidad estas sátiras de oradores y escritores que ya han descendido á la región de las sombras. Pero todos ellos comprenderán ahora que en mi corazón juvenil no había ni un grano de odio. Yo no era entonces más que un niño travieso y poco respetuoso. Por eso cuando en breve me presente delante de ellos en ese lugar oscuro donde vagan las sombras de los héroes, estoy seguro de que todos me tenderán la mano. Quizá me pidan con afán noticias del Ateneo y de los héroes actuales de la literatura. Quizá suspiren como Aquiles murmurando que vale más una noche pasada discutiendo lo predominantemente subjetivo, aunque haya críticos que se burlen de sus discursos, que cien años trascurridos más allá de la laguna Estigia.
PROEMIO
L Ateneo Científico y Literario de Madrid ha manifestado en los últimos cursos una vida y animación á que no estábamos acostumbrados los que tristemente discurríamos en años anteriores por sus desiertos pasillos. Casi diariamente resuenan las voces de sus oradores por los ámbitos del espacioso, aunque irregular, salón consagrado á la cátedra, y trasformado ahora en candente arena de estos palenques científicos. La discusión no queda encerrada tampoco en el ceremonial de las formas académicas, sino que, desencadenada y movida por los huracanes de la pasión, sale á los pasillos consiguiendo arrebatar los cerebros de aquellos que, por carecer de facundia ó por modestia, no tercian en el público certamen. En privado, así como en público, líbranse formidables batallas, en las cuales se combate con todo el entusiasmo de la idea, aunque algunas veces, fuerza es decirlo, se sustituye éste por otro menos noble, el de los bandos políticos ó el que origina las heridas del amor propio. Esparcidos aquí y allá por los divanes y butacas del establecimiento, suele verse á última hora empolvados, deshechos, aporreados y casi sangrientos á los campeones de la noche, sorbiendo con ansia el agua fresca, mientras alguno que otro, de pulmón más robusto, manteniéndose aún en pie frente á estos desgraciados, descarga sobre ellos con extraña ferocidad los golpes de remate. No pocas veces demandé gracia para algunos cuya inflamada pupila nos anunciaba la nube de argumentos que por su cabeza corría, sin que esta temerosa nube lograse rociar con algunas gotas sus exhaustos gaznates, y les pusiera en condiciones de revolverse contra su duro adversario.
Debátense en esta culta Sociedad los más arduos é interesantes problemas de la ciencia; pero obsérvase el, á primera vista, extraño fenómeno de que todas sus discusiones, previamente anunciadas en un tema concreto, vienen precipitadamente á parar en puro asunto teológico ó político. Fuertemente impresionado por estas singulares corrientes que en breve plazo conducen siempre el tema á su disolución, traté de inquirir la causa, y no cifrando gran confianza en el dictamen de mi pobre razón, busqué el parecer de los más doctos. La mayoría se inclinó á creer noblemente que la trascendencia de tales temas, la irresistible atracción que ejercen sobre el espíritu en estos críticos tiempos y su actualidad, sobre todo en nuestra España, donde á la hora presente teología y política andan sobradamente confundidas, son parte bastante á explicar los extravíos de nuestro pensamiento. Los menos y con peor intención, quisieron ver en ello pruebas claras de nuestra insuficiencia para ahondar con profundo y delicado análisis en un determinado punto de la ciencia. Nuestros lectores optarán entre las dos contrarias teorías, aunque á mi ver no sería difícil hallar elementos de verdad en ambas.
Lo cierto de todo es, como digo, que las discusiones marchan en completo y general desorden. Cada cual, sin preocuparse de nada del tema discutido, verdadero náufrago en estas borrascosas sesiones, teje como puede un discurso y encomienda á la Providencia la convicción de sus oyentes. Dudo que exista país en el mundo donde se hable tanto y tan bien como en España, pero seguro me encuentro de que en ninguno se recaba menos de tanta oratoria. Consiste esto en que la forma, el aspecto artístico de la oratoria española, absorbe y avasalla su fondo científico, el cual se halla primorosamente velado, pero velado al fin, por las hermosas galas de una retórica desenfrenada.
En ningún otro país más que en España, y para encarecer á los representantes de la Nación la conveniencia de votar un impuesto sobre el aguardiente, trae el orador á cuento, flotando en un mar de rizadas ondas, las primitivas construcciones pelásgicas, el monoteísmo de la raza semítica ó los cuadros del Correggio. Los oradores españoles no hacen obras de ciencia, sino obras de arte, y como artistas deben ser juzgados. De este modo nos explicamos el deleite con que hemos asistido estos cursos á las sesiones del Ateneo, y á la par el insignificante ardor científico que lograron despertar en nosotros. El público, artista también como los oradores, aplaude con frenesí los períodos tersos, las brillantes imágenes, la mímica fogosa; en cambio repugna el argumento recto y descarnado y el análisis detenido del asunto. Hay una derecha y hay una izquierda. Sentada la una enfrente de la otra, se miran con recelosa antipatía, y tienen por costumbre aplaudir tan sólo á sus respectivos oradores. Excusado será advertir que los años de las personas que en la derecha se sientan suman bastante más que los de aquellos que tienen su asiento en la izquierda. Esto no obstante, el ardor, el entusiasmo y aun la intransigencia es igual por ambas partes.
Y cuenta que esto no lo decimos á modo de censura, porque estamos bien convencidos de que estos fuegos y arrebatos salen del fondo mismo del carácter nacional, de cuyas grandezas participan muchos, de cuyos defectos y pequeñeces todos participamos. No creemos posible, según lo expuesto, que la ciencia gane mucho en las sesiones del Ateneo, donde sus más intrincadas cuestiones se discuten; pero en cambio suponemos que el arte, ese fantasma divino que logró arrastrar siempre con predominio los deseos y las fuerzas de nuestra patria, tendrá que agradecer á este centro literario un culto desinteresado y devotísimo. En buen hora que se nos hagan ver los peligros sin cuento que la verdad corre entre tanta magnificencia y suntuosidad; por cima de todo flotarán siempre las bellezas reales que hemos sabido crear.
Nuestra oratoria recorre en toda su extensión la colosal escala trazada para esta manifestación artística. Oradores, cuya sutil ironía asuela y abrasa, tenemos, y también poseemos esos grandes artistas, verdaderos magos de la palabra, que en todas ocasiones saben rodearse de hermosas y nunca pensadas imágenes que encantan y transportan el alma. El instrumento que exterioriza los vuelos de esta fantasía con su majestuosa dulzura y sonoridad, realza la obra del orador, y la coloca á la par ó por encima de los más acabados modelos del arte clásico.
Fijo en estas consideraciones, pienso mostrar en las páginas siguientes algunas observaciones sobre varios de los oradores que han terciado durante los últimos cursos en los debates del Ateneo. No aspiro á hacer retratos, que harto difícil lo considero para mi humilde pluma. Busco tan sólo el medio de echar á volar algunos pensamientos que me ocurrieron al escuchar los discursos pronunciados en las veladas del Ateneo. Excusado parecerá añadir, después de lo expresado, que mi punto de vista será principalmente artístico. Esto no obstante, trataré, hasta donde me sea posible, de hacer ver, á la par que los méritos artísticos de cada orador, las tendencias más caracterizadas de su inteligencia, ó sea el rumbo que actualmente sigue en el océano del pensamiento humano. Bajo uno y bajo otro aspecto, aunque mucho pueda aplaudir, algo tendré también que censurar; mas haré de modo que estas censuras, ni tengan su raíz en la pasión, ni se presenten tan agrias que puedan herir ninguna susceptibilidad.
D. MIGUEL SÁNCHEZ
IERTA noche, y en ocasión que el señor Sánchez pedía la palabra, oímos decir á nuestro lado: «Este señor cura padece una equivocación; se dirigía á San Luis y entró distraído en el Ateneo».
No es exacto, sin embargo, lo que el mordaz interlocutor trataba de significar. El Sr. Sánchez (ó el Padre Sánchez, que así es como generalmente se le conoce) nada tiene de orador sagrado, si no es cierta pastosidad de voz y melifluidad de tono, y el empleo de algunas frases, como las de mansedumbre por humildad, misericordia por compasión, y otras tales que trascienden de una legua á púlpito.
Por lo demás, ¿quién podrá dudar que el Sr. Sánchez abandonó totalmente las formas arcaicas de la Cátedra Santa para aceptar con amor la nueva fase de la apologética católica? No se trata ya de hinchadas é indigestas pláticas, sembradas de místicos ejemplos donde Satanás juega por lo común papeles de melodrama, de símiles bíblicos y latines macarrónicos, no; la moda, que todo lo invade, como me propongo demostrar en ocasión propicia, se ha introducido por la mohosa cancela de las catedrales y ha sugerido á los defensores de la verdad católica nuevas y radicales reformas en su piadosa estrategia. La Iglesia había poseído hasta ahora santos padres, doctores y mártires; pero carecía de guerrilleros de la palabra, y los tiempos actuales se los han suministrado.
Los modernos paladines del Catolicismo no se aperciben á la batalla, como los antiguos, demandando al cielo fuerzas en medio de fervorosas oraciones y áspera penitencia, sino que afilan su lengua en las peleas del meteeng, y adiestran su pluma en las turbulencias del periodismo candente. Los apóstoles é iluminados de otros días, son actualmente polemistas irascibles y batalladores. Los que fecundaban antes con su preciosa sangre los campos de la religión, riegan con bilis ahora la arena del debate. Los apologistas católicos se creen en el deber de aceptar las condiciones en que hoy se les ofrece la lucha, y mantienen en tensión constantemente el arco que tiene aparejado el dardo del sarcasmo ó del ultraje.
El Sr. Sánchez ha entrado de lleno en los derroteros de la nueva apologética. No pertenece á la escuela de San Anselmo y San Bernardo; pero, en cambio, es discípulo aprovechado de Luis Veuillot. Hace bastantes años que esgrime su palabra, sutil y revoltosa, en el Ateneo de Madrid, si bien ha padecido un prolongado mutismo, ocasionado, á lo que parece, por la suspicacia clerical. No merecen los honores de batallas las luchas en que interviene, porque no entra en sus miras presentar el pecho al enemigo, pero sabe preparar con destreza una emboscada y evitar los más certeros golpes. No para mientes jamás en las doctrinas, sino en la persona que las representa, y á ella asesta luego sus malignas estocadas. El Padre Sánchez entiende que la discusión es un pugilato donde el laurel de la victoria debe adjudicarse al que más aporrea á su adversario.
Es un polemista escabroso; un defensor audaz del antiguo régimen; tiene bastante nervio dentro del género especial de su oratoria, y maneja con éxito ese estilo, ora místico, ora volteriano, que por medio de intencionadas burlas é incesantes sarcasmos pretende inculcarnos el amor de Dios y del prójimo.
Cuando escuchamos las picantes alusiones, las sangrientas diatribas con que el P. Sánchez maltrata á sus adversarios políticos, nuestro pensamiento se remonta sin darnos cuenta de ello á los primeros tiempos del Cristianismo. Y contemplamos la figura apacible del Redentor, y escuchamos la dulce y persuasiva voz que nos ordena amarnos los unos á los otros; y vemos también sobre el fuste marmóreo de una columna á aquellos ejemplares varones que salieron del mundo vivos en fuerza de mirar al cielo. ¡Oh santos Estilitas! ¡Cuántas veces se hubiera desplomado el P. Sánchez de vuestra memorable columna; él que tan fijos tiene sus ojos en la tierra!
La verdad de todo es que estos detractores irreconciliables de la revolución, son en el fondo espíritus revolucionarios. Compárese, si no, la forma en que el Cristianismo se difundía en sus primeros tiempos con el método que hoy adoptan sus apóstoles para esparcirlo por el orbe, y se notará con claridad la profunda revolución que en su modo de ser y de propagarse se ha operado. Bajo este sentido, el Padre Sánchez es un demagogo del apostolado, un descamisado del Catolicismo. Su temperamento no le llevará seguramente al desierto á vivir con raíces y frutas y á gozar de los inefables misterios de la soledad y del éxtasis, antes bien, le arrastrará constantemente hacia el choque ruidoso y apasionado de las ideas, hacia la invectiva, hacia la sátira. Es un fanático del pasado con instintos y lenguaje democráticos.
Con estos procedimientos irrespetuosos, con esta fecundidad de invectiva y esta agudeza que le caracterizan, el orador católico logra despertar en alto grado la curiosidad del auditorio. En España nada hay que nos regocije tanto como oir en la calle unos tiros ó una desvergüenza: estamos ávidos de sensaciones fuertes; la monotonía nos causa terror; queremos, en una palabra, divertirnos. Y hay que convenir en que nada más divertido que las filípicas con que el P. Sánchez flagela á los enemigos del absolutismo. No extrañe, pues, que en la sala del Ateneo se espere un discurso suyo con la risueña impaciencia con que en el teatro se aguarda en pos de un drama un sainete.
De este modo, con las armas de la ironía, con las donosuras del gracejo, con los excesos de la pasión, quiere servir nuestro orador al Catolicismo sin comprender que lo rebaja al nivel de secta tumultuosa y alborotada. Esto equivale á servirse de la religión como de un estandarte bajo cuyos pliegues se lanzan al combate todos los ímpetus del sectario, todas las genialidades del carácter y los rencores todos del espíritu. Nuestra conciencia nos dice que servir á la religión con tales armas es desnaturalizarla; y el imponerle una absurda solidaridad con el ideal absolutista es comprometerla gravemente.
No ofrece duda que en los tiempos en que vivimos, cuando las ideas chocan con estrépito en medio de una incesante discusión, y se ponen en tela de juicio las bases fundamentales del Catolicismo, es no tan sólo un derecho sino también un deber de los creyentes el acudir con presteza á su defensa. Lo que lamentamos no es que los escritores y oradores católicos intervengan en la controversia, sino que se mezclen en los ardores y desmanes que la pasión produce siempre, quedando al mismo tiempo apartados de los altos y serios debates que ha suscitado la crítica contemporánea.
El Sr. Sánchez, á pesar de cuanto llevamos dicho, no es un orador católico á la moderna, en la acepción más completa de la palabra. Fáltale para esto una condición esencial, la de ser lego, joven y bien quisto de las damas. No pertenece á esa falange inquieta de fogosos mancebos que aspiran á ser la policía de la Iglesia, y que, juzgándose intérpretes únicos de la voluntad divina, vilipendian á cuantos desconocen su autoridad en materia de fe, de costumbres y de literatura.
Su carácter sacerdotal le impide afectar ese buen tono y exquisita cortesanía en la intemperancia misma que tanto brillo comunica á los apóstoles con bigote y rizada cabellera.
Se dice que el paso por el seminario imprime un sello de tal modo indeleble, que ni el cambio más radical en las opiniones y en los hábitos alcanzan á borrarlo. Calcúlese, pues, qué claro se verá este sello en el Sr. Sánchez, cuando ningún cambio se ha operado, ni esperamos que se opere, en sus concepciones mundanas y extramundanas. Cuando se le ocurre discutir alguna doctrina (lo cual repetimos que rara vez acontece), saca todo el arsenal de argucias y sofismas con que le abastecieron en sus juveniles años los maestros de la escolástica. Si se le cita un hecho que perjudica á la doctrina que sustenta, lo niega; si se le demuestra, distingue; y cuando los distingos no bastan, replica: «...más eres tú». Manifiesta gran predilección por la historia, pero la historia del Padre Sánchez no es historia, sino una especie de cámara oscura, muy oscura, donde todo se ve cabeza abajo. Á tal ínclito varón, cuya memoria honra la humanidad desde largo tiempo, se le ve, terriblemente ataviado con cuernos y rabo, comerse los niños crudos. Á tal otro bellaco que en su vida ha hecho más que picardías y ruindades, se le contempla por arte de encantamento trasformado en santo. Profesa, en cambio, una aversión casi sagrada, por lo inmensa, á la poesía. Se comprende bien. Los poetas son los profetas de nuestra edad, y el Padre Sánchez es todo lo contrario de un profeta. Tan lejos lleva nuestro orador esta aversión, que todo cuanto de malo encuentra en los discursos de sus contrarios no es más que poesía, pura poesía, como él dice afectando el más profundo desprecio. Los dedos se le tornan poetas. ¡Un día se le ocurrió llamar poeta al Sr. Figuerola!
En lo referente á la demostración de las ideas, profesa este orador ideas muy singulares. La prueba de que una idea es verdadera, no consiste para él en que sea rigurosamente lógica y se imponga desde luego al espíritu como cierta. Precisa que vaya acompañada, además, de un texto donde se apoye, cuyo texto deberá citarse en toda regla, esto es, con la página, capítulo, libro, edición, archivo, etc. Él así lo practica; mas oí decir en los pasillos á un sujeto (probablemente aquel mismo socio mordaz que cierta noche le llamaba señor cura) que el Padre Sánchez es una verdadera especialidad en la invención de citas. No creo que esto pase de cuchufleta.
Sea de esto lo que quiera, con tales maneras y otras parecidas, el Padre Sánchez no convence á nadie, pero logra excitar la hilaridad del auditorio, y bien conocidas son las deferencias y respetos que en nuestro país se guardan á quien se da bastante maña para hacernos pasar un rato divertido.
Una observación para terminar. El género agresivo y picante de la oratoria del Sr. Sánchez, más que á la condición de su carácter, cuya nobleza y sinceridad reconocemos, responde á las tradiciones constantes de la escuela en que milita. Sirva esto de alivio y descargo para lo que se halle de acerbo en nuestra censura.
D. SEGISMUNDO MORET Y PRENDERGAST
ENETRAMOS en el florido vergel de la poesía, en el recinto deleitable y ameno donde se albergan los genios seductores de la elocuencia. Llegamos al más suave y armonioso de nuestros oradores.
No es águila soberbia que lanza su vuelo impetuoso por las regiones del aire; no es el rayo de sol ardiente que abrasa los tiernos pétalos de la flor; no es la ola gigantesca que forja el mar en su embravecido seno y brinca espumosa sobre el inmoble escollo. Es el malvís alirrojo que entona su cántico dulce y monótono, oculto entre las frondas de un tilo; es el rayo tenue de la luna que esparce sosiego por el valle; es la onda cristalina que expira sin estrépito en la playa.
¿De dónde viene? De la libertad. ¿Quién no recuerda aquel grupo de jóvenes inteligentes que en los albores de una revolución rodeaba el estandarte de la libertad? Uno de estos jóvenes, por la distinción de su figura, singularmente interesante, por el encanto que sabía comunicar á su palabra, siempre florida y persuasiva, arrastraba hacia sí todas las miradas y todos los entusiasmos. ¿Quién es entre nosotros el que no le ha visto subir á la tribuna acompañado de ese murmullo lisonjero con que la simpatía impone silencio á la atención? Su cabeza, delicadamente bella, irradiaba inteligencia; su mirada, un poco vaga y soñadora, buscaba instintivamente la luz que entraba por el medio punto del salón como para suplicarla que iluminase su pensamiento. Su palabra, confiada y vibrante, corría sobre los abismos temerosos de la política como un incauto niño que no percibe el peligro que le cerca.
Moret no es un orador parlamentario. Fáltale malicia, sóbrale fantasía y elevación para terciar en esas peleas nobles muchas veces, á veces también indignas, en que se agitan los intereses políticos. Carece en absoluto de esa decantada habilidad, que mejor llamaríamos astucia, con que, á guisa de ganzúa, consiguen abrir hoy nuestros políticos las puertas del alcázar gubernamental. Si ha entrado en él algún día, fué deslumbrando con el brillo de su palabra á los astutos enanos que lo guardaban. Arrojáronle de allí más tarde explotando malignamente su candidez. Tampoco posee esa energía y firmeza que en el fragor de la lucha pone en suspensión á los contendientes, ni con fogosos arrestos tritura y despolvorea las doctrinas de sus contrarios. Es un tribuno aristocrático que sólo produce efecto entre los espíritus cultos y un tanto iniciados en los refinamientos del lenguaje. Y en verdad que éste responde con solicitud tan primorosa á los soplos más leves de su pensamiento, á sus matices más desvaídos, como las cuerdas del arpa contestan exhalando dulces notas á la blanca mano que las hiere.
La oratoria del Sr. Moret no tiene trascendencia en el sentido de que despierte el pensamiento para nuevas y más profundas concepciones. Limítase á recoger del suelo una idea generosa para arrojar sobre ella la luz de su inteligencia y ofrecérnosla adornada con todos los colores del iris y todas las magias del arte. De este modo, mejor que con profundas y sabias disquisiciones, sirve á las ideas haciéndolas amables y simpáticas para todos. Su claro pensamiento tiene la virtud de disipar las nieblas con que la malicia y el error las cubren. La libertad es la musa que inspira todas sus oraciones. Esta musa, que por capricho inescrutable se ofrece las más de las veces á la vista de sus oradores como deidad sangrienta y vengativa, como ángel exterminador y ministro de la voluntad del pueblo destinado á dar muerte á los primogénitos del privilegio y de la fortuna, se presenta á los ojos del joven tribuno y á los de aquellos que la gala de su elocuencia encadena, como ángel de ventura que trae en su mano, no la tea del exterminio, sino el olivo de la paz.
¡Grande y poderoso influjo el de la elocuencia! Á su poder no se allanan los peñascos ni se aplacan los irritados mares, pero hay algo que se mitiga y se aplaca más duro que los peñascos y más irritado que los mares: el corazón del hombre!
El Sr. Moret es un gran orador; pero nada más que un orador. Ha tenido la desgracia de nacer á la vida de la inteligencia en una época en que las aspiraciones más nobles del espíritu moderno se hallaban representadas por la escuela que tomó el nombre de economista. Y digo desgracia, porque no es mucha fortuna ciertamente para nuestra juventud el que haya de percibir la luz de la ciencia siempre de reflejo y al través de los cristales que el curso de las circunstancias le interponen. En los comienzos del siglo los jóvenes que en nuestra patria amaban la cultura y ocupaban su espíritu con los problemas que arrastra consigo eran cándidos descreídos y reformadores ilusos. Miraban por el cristal de la Enciclopedia y no alcanzaban á ver más que negaciones en el vasto campo de la naturaleza. Más tarde llegó hasta aquí la ola de la escuela economista y arrastró consigo á la flor de nuestros pensadores que navegaron incautos sobre su turgente espalda, sin comprender á qué abismo de anarquía y egoísmo nos conducían sus falaces armonías. Últimamente la amplitud que de poco á esta parte han tomado los estudios de medicina introdujeron aquí de soslayo la gallina del positivismo, que con tal extraña fecundidad va empollando en nuestras tierras, como se advierte por el número de pollos que en el día hacen profesión de incrédulos.
Todas estas direcciones, imposible fuera negarlo, corresponden en la esfera del conocimiento á otros tantos puntos de la realidad. Pero tienen la desdichada ocurrencia de aspirar al monopolio de toda ella, por lo mismo que en España van campeando sucesivamente sin mantener las luchas incesantes á que otras escuelas rivales las provocan en los demás países, y consiguen de esta suerte hacerse insoportables y odiosas para los espíritus que buscan imparcial y seriamente la verdad.
El Sr. Moret puso al servicio del individualismo las prodigiosas aptitudes con que la Providencia le dotara, cuando el individualismo era el único pan que se ofrecía á los hambrientos de la inteligencia. Sintióse vencido por aquella serie de hermosos sofismas con que el optimismo individualista nos llevaba á la felicidad sin movernos del sitio, sin hacer otra cosa que presenciar inmóviles el desenvolvimiento de las leyes que llamaban naturales. Parodiando á la inversa la frase de Mahoma, decían: «No vayáis á la felicidad; dejad que la felicidad venga á vosotros». Y, no obstante, ninguna de las cualidades morales del Sr. Moret acusa un individualista. Un espíritu como el suyo, generoso y armónico, más apto parece para la iniciativa de algún noble y filantrópico proyecto que para la expectación fría y calculada que la antigua escuela económica imponía á sus afiliados.
Escuchad á ese orador ameno y elegante, saboread la ambrosía de su dicción, extasiaos ante ese conjunto de hermosas imágenes que surgen bullidoras al conjuro de su encantada fantasía, y sabed después que ese orador tan delicado, ese espíritu tan poético es... un hacendista.
Sí; el Sr. Moret se ha consagrado á la ciencia financiera, ha sido su intérprete en la Universidad de Madrid y su ministro en las esferas del poder. ¡Podrá darse mayor desdicha para la poesía, quiero decir, para la Hacienda!
¿Por qué es el Sr. Moret un financiero? Preguntad á la más fragante de las flores, á la suave madreselva, por qué despide su perfumado aroma entre las aguzadas espinas de una zarza; preguntad á la perla por qué oculta sus bellezas en el fondo de un molusco repugnante; preguntad por qué de un matemático profundo se forma de súbito un poeta dramático.
Arcanos y paradojas son éstos con que la naturaleza nos quiere sorprender algunas veces.
El Sr. Moret nació orador y se hizo financiero ó, lo que es lo mismo, nació ruiseñor y quiso ser gorrión. Para gorrión es demasiado fino y atildado.
Queremos, pues, al Sr. Moret ruiseñor; queremos escuchar su voz elocuente siempre que no nos hable de deuda flotante ó de emisión de bonos. Queremos también contemplarle desempeñando en la escena de la oratoria papeles de víctima, porque su frase, siempre melódica y regalada, no se hizo para expresar los acentos ásperos y arrebatados del tribuno batallador, ni mucho menos para engolfarse en el laberíntico juego de la ironía y la sátira.
Nada hay que nos disguste tanto como el gracejo del Sr. Moret cuando graceja. Con aquel rostro afeminado, con aquellos ojos que, aun queriendo reflejar malicia, siguen expresando la misma amable inocencia, con aquel aire soñador, con aquella voz conmovida y temblorosa que frecuentemente se anuda en la garganta, produciendo un movimiento de simpatía en el auditorio, ¿aspira el Sr. Moret á ser zumbón? ¿No comprende que el chiste que sale de su boca suena como un suspiro?
Abandone el ilustre orador esa forma, que se hizo para almas más revueltas y tempestuosas que la suya; no vuelva á introducirse incautamente en los matorrales de la hacienda, donde su espíritu dejará el rico vellón de la poesía y de la elocuencia, y siga el glorioso camino que su naturaleza le tiene trazado. Es nuestro respetuoso consejo.
D. CARLOS MARÍA PERIER
UAVES ondas que besáis las playas de la Italia, tibias auras que mecéis los cedros del Líbano, gentiles corderillos que triscáis en la pradera, aroma de las flores, perfume de los campos, venid! Vengan los elementos todos de la bucólica, y mójese mi pluma en la rica miel de Chío y en los lagos azules de la Helvecia. No tardéis. Ved que el orador se encuentra en pie, y yo impaciente por dar comienzo á la semblanza.
La voz llega ya á nuestros oídos.
Sentados bajo la frondosa y secular encina, en esas horas ardientes del mediodía en que el ruido de los humanos se apaga casi por completo y el de los insectos toma proporciones sofocantes; cuando todo dormita buscando con anhelo la sombra deleitosa, ¿no escuchasteis los errantes sonidos de la flauta? Las cadencias se prolongan de un modo indefinido, la misma frase se repite sin cesar, pero sus notas llegan unas veces puras y vibrantes, otras, cuando atraviesan por los juncos que crecen á orillas del arroyo, melancólicas y vagas, estremeciendo el aire con dulzura y cerrando blandamente vuestros ojos. Os halláis dormidos, y todavía percibís los mismos sones. Despertáis, y los seguís oyendo. Después de algún tiempo, la flauta llega á ser uno de tantos insectos y forma coro con los cantos penetrantes del grillo y la cigarra.
Trasladaos al Ateneo de Madrid, y, si no os inspira algún temor, sentaos en una de esas butacas de color de cielo—¡á tal punto es cierto que el hábito no hace al monje![1].—El Sr. Perier se levanta y da comienzo la sinfonía. La flauta entona con dulzura una melodía delicada que regalará vuestros oídos; mas ya se viene repitiendo cinco veces, y el artista no piensa en buscar un nuevo tema. Después de algún tiempo quedaréis dormidos. Cuando abráis los ojos, las cosas se encontrarán probablemente en el mismo ser y estado, esto es, las auras que vienen de la derecha traerán á vuestros oídos la misma melodía. Acontece que el artista pretende introducir algunas variaciones en la frase; pero no me engaña, la percibo tan clara y tan distinta como si por vez primera saliera de la flauta.
El Sr. Perier es, pues, un orador, pero orador de una sola cuerda, y sobre ella nos da luengos conciertos. Orador de exordio interminable, aunque hemos de advertir que jamás empleará el conocido en la retórica con el nombre de exabrupto: se lo veda su exquisita cortesía.
Que en el horizonte de las discusiones del Ateneo se deje ver un tema por fas ó por nefas relacionado con la religión, la familia ó la propiedad, y ya tienen ustedes á mi orador con verdadera comezón de acudir á la muralla de estas instituciones, para que ninguna reforma clave en ella su bandera. Quizá sea el más constante de los sitiados, pero es carabina de chispa la que empuña y sus fuegos no son mortíferos. Avezado el enemigo á contemplarlo derecho sobre el muro, le dispara saetas sin veneno, porque ni su actitud es arrogante, ni son muchas las bajas que causa.
Esfuérzase en pedir respeto y gracia para las sagradas instituciones que defiende, y no demanda la muerte y el exterminio para las que combate. Mis plácemes por ello. Poco hay tan destemplado y ponzoñoso como el lenguaje de los que toman por oficio la defensa incondicional de nuestras tradiciones. El Sr. Perier, al separarse totalmente de esta forma, merece con justicia los elogios de todas las personas sensatas é imparciales, porque en ello revela comprender que las instituciones de orden y de paz, pacífica y ordenadamente necesitan defenderse, y deja ver, además de esto, una buena fe que en vano han de alardear los que adoptan otros modos de polémica.
Muy lejos, pues, de erizarlo con argumentos de mala ley, sabe envolver con gran esmero el proyectil entre algodón y seda, barnizándolo después bonitamente de aceites olorosos antes de enviarlo al enemigo. Es tan manso y sosegado el juego de su palabra, que ésta fluye de sus labios, como dice Homero que fluía de los del prudente Nestor, dulce cual la miel de las abejas.
Acabáis de entrar en una de nuestras góticas basílicas, y es la hora en que con toda pompa se oficia ante los fieles. Los cánticos sagrados y las plegarias fervorosas adquieren resonancia en los ángulos del templo. Las flores silvestres esparcidas por todo el pavimento «ofrecen mil olores al sentido». El incienso que arde en los pebeteros del altar suspende por algunos instantes vuestro pensamiento, y os pone en deseo de reclinar la cabeza para recibir en plácido desmayo las tristes y graves melodías del órgano. Todo es paz y sosiego. Los ruidos mundanales no quieren vibrar en aquella atmósfera seráfica.
Si oís al orador de que ahora estoy tratando, experimentaréis sensaciones análogas. Parece que no vive en medio de la lucha de creencias y doctrinas cuyo fragor conturba nuestros ánimos, y su oratoria es, pudiéramos decir, extramundana. En los momentos más críticos de la contienda, cuando el coraje inyecta de sangre los ojos de los héroes y la muerte cierne sus alas sobre el campo de batalla, levántase un orador con severo continente, saca del bolsillo una encíclica romana, y da comienzo á su lectura, que impasible y tranquilo hace prolongar un buen lapso de tiempo. ¡Quién lo diría! Esta lectura es la lluvia copiosa y refrescante que apaga los ardores de la tierra. En adelante, los oradores se levantan á hablar entumecidos, y la sesión figura padecer de reumatismos.
Sigamos con el agua. No escucháis los ruidos medrosos y solemnes de poderosa catarata que se despeña, sino el susurro monótono del arroyo que serpea entre yerbas aromáticas, y al cual acompaña el no menos triste y monótono rumor que el viento produce en los árboles. En vano anheláis nuevas y variadas emociones. El orador, como la Naturaleza, languidece sin morir jamás. Navegamos por el mar Muerto, sin que un soplo de la brisa hinche nuestras velas.
Muchas veces me he preguntado: ¿qué actitud pensaría tomar el Sr. Perier dentro de la Convención francesa? Después de las enrojecidas palabras de Marat, ¿cómo sonarían sus discretas disertaciones? De aquella Montaña partían torrentes espumosos y violentos huracanes. ¡Qué cefirillos tan suaves llegarían si el Sr. Perier se viera en ella!
Las distancias que de su homónimo Casimiro Perier le separan son inmensas. Aquel orador, cuya energía borrascosa tiranizaba á todas las fracciones de la Cámara, se hubiera visto en grave aprieto ante la cristiana mansedumbre de su tocayo. ¡Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra!
Para figurarse con cierta exactitud á este orador, es indispensable haber contemplado mucho tiempo un cielo siempre límpido, que si primero serena y dulcifica nuestro espíritu, luego empezará á causarnos tedio y concluirá por abrumarnos. ¡Con qué ansia pedimos entonces á ese cielo que en sus senos profundos condense los vapores que recibe y un momento nos cubra al astro del día! ¡Ay! ¡en el cielo del pensamiento del Sr. Perier jamás ha estallado tempestad alguna!
La dicción es correcta y el ademán sosegado; pero le falta color y animación.
D. JUAN VALERA
O es tarea tan fácil como á primera vista parece trasladar al papel los rasgos salientes de un orador. Unos, como el Sr. Perier, están siempre traspuestos ó adormecidos, y es fuerza copiar su semblante con la ausencia de vida que caracteriza al sueño. Otros, de espíritu agitado y sutil, como el Sr. Valera, se niegan á estarse quietos, y con sus desordenados movimientos hacen imposible el buen desempeño de la obra.
Siento aprensión inusitada al tocar con mis torpes dedos la delicada, la culta, la espiritual figura del señor Valera. Inútilmente trataré de imitar, haciendo su semblanza, al acreditado pintor que ha enriquecido la galería del Ateneo con su retrato. Confieso humildemente que no me siento con fuerzas para reproducir embellecida la imagen del ilustre escritor. Harto haré si consigo no empañar su mucho brillo.
Principio por suponer al Sr. Valera bastante sensato para no abrigar las pretensiones de orador grandilocuente. Corto es el número de los que ven ceñidas sus sienes con una corona legítimamente alcanzada; más corto aún el de los que pueden soportar el peso de dos ó más. Y el renombre que el Sr. Valera tiene adquirido como escritor brilla con luz demasiado clara para no eclipsar el de otros astros de segunda magnitud que alguna vez se dejan ver en el cielo de su gloria. El escritor y el orador se confunden en el Sr. Valera, y como las condiciones exigidas para uno y otro son muy distintas, el escritor tiene sofocado bajo su gran pesadumbre al orador. En el Sr. Castelar encontramos un ejemplo de lo contrario. El orador puede y debe ser exuberante en la frase, armonioso hasta con detrimento de la precisión, siempre rico, fácil y sonoro. El prosista debe proceder con cierto rigor en el empleo de las formas métricas, y huir con tacto de las asociaciones de palabras que tienen su verdadero lugar en la oratoria. De aquí la inferioridad del Sr. Valera como orador. Posee todo el donaire, ingenio y flexibilidad de un consumado prosista, pero es necesario afirmar que no tiene la afluencia, ni la armonía, ni la fluidez que deben adornar al orador. Es un hablador delicioso á quien se escucha con más gusto en conversación familiar que sobre la tribuna. Es el rey de los pasillos. Discurriendo en aquella atmósfera más ardiente y menos hipócrita que la de la cátedra, no tiene rival. Allí vierte el Sr. Valera el manantial inagotable de su gracejo. Los jóvenes expresan ruidosamente su alborozo; los viejos hacen el sacrificio de su paseo: todos forman círculo en torno suyo y escuchan regocijados la palabra breve, incisa y modulada por un acento andaluz que se escapa como aguda saeta de los labios del ilustre novelista. Las exigencias de la tribuna le embarazan sobremanera: así que ha optado con buen acuerdo por no satisfacerlas y convertir el discurso en sabrosa plática.
Entro á hablar ahora del espíritu del Sr. Valera, que, como he indicado, no tiene poco de inextricable y enmarañado. Las puertas de este espíritu me causan cierto temor supersticioso como las de un alcázar encantado. Tanto pienso que hay en él de misterioso y laberíntico. Desde fuera se escuchan ruidos que unas veces semejan risas, otras lamentos.
Después que oigo hablar al Sr. Valera, no me preocupa tanto lo que ha dicho como lo que dejó por decir; de suerte que cuando ha expresado un juicio sobre alguna cuestión, nunca dejo de preguntarme: ¿Qué pensará el Sr. Valera sobre esta cuestión? ¡Quién puede saberlo!
El carácter del Sr. Valera no puede reconocerse en su manera de escribir ó de hablar, porque no pertenece al número de aquellos que siguen la inspiración del momento, que obedecen á la palabra y no la gobiernan. Sólo los espíritus superficiales se abren sin inconveniente para que la mirada del observador penetre en ellos. La multitud los comprende y los aplaude; pero esta facilidad con que son comprendidos significa, en último término, que pagan tributo servil á la inspiración del momento, que carecen de esa plástica necesidad propia de los grandes artistas. La multitud no puede medir jamás el horizonte en que se mueven los grandes espíritus. Considérese por qué el Sr. Valera jamás será un escritor popular. El pueblo jamás verá al través de las nieblas que flotan sobre su espíritu, jamás llegará á descifrar la charada de su carácter, jamás entenderá esos refinamientos ó tiquis miquis (como él los llamaría) psicológicos con que se complace en amasar sus novelas. Son muy pocas las mujeres que han podido dar fin á la lectura de su Pepita Jiménez. Pesada é incomprensible les parece, ó cuando más, sólo advierten en ella los rasgos vulgares con que se disfraza el pensamiento.
Sin que yo trate de escudriñar lo que pasa en el cerebro del Sr. Valera, pienso que es un espíritu engendrado por la civilización helénica más que un producto del movimiento cristiano. Tiene una naturaleza demasiado realista, y se entrega sobradamente á las alegrías y dulzuras de la vida, para que le seduzcan las tendencias ascéticas, iconoclásticas y espiritualistas que caracterizan al cristiano. Ama y se penetra de todo lo que vale la existencia, y goza con esa majestad propia del que tiene conciencia de su divinidad. Tengo entendido que nuestro orador no se macera como el padre Sánchez, privándose del tabaco, del café y de otros productos ultramarinos. En cuanto á aquellos otros que el sol de Andalucía sazona y torna tan dulces, tampoco juzgo que sienta demasiado horror por ellos, recordando el último capítulo de Pepita Jiménez. Y no se me enoje el Sr. Valera porque no le tenga por un San Antonio, pues á tiempo está para serlo si le place seguir sus huellas y desea ver, como la de aquél, su imagen de madera honestamente vestida con muchos pliegues adornando bajo un fanal la celda de alguna devota. Nada más fácil que el Sr. Valera enderece el día menos pensado sus torcidos pensamientos y los incline hacia el padre Sánchez, y por el padre Sánchez consiga la bienaventuranza, desde donde tal vez en recuerdo de estas líneas me dispense la merced de un milagro que estoy necesitando hace tiempo. ¡Lástima es que el Sr. Valera no crea en los milagros! Pero ¿qué acabo de decir? Advierto que el insigne novelista se ha ruborizado hasta las orejas y me hace señas para que calle. ¡Si soy más indiscreto!... ¡Qué necesidad tenía de saber la elevada sociedad donde el Sr. Valera se agita que no cree en la eficacia del agua de Lourdes! El comercio con una sociedad distinguida, culta y espiritual, el trato íntimo con hermosas y aristocráticas damas que nos celebran y nos aplauden, que nos sonríen al vernos aparecer y nos estrechan dulcemente la mano al partir, merece bien que alguna vez reservemos y hasta sacrifiquemos nuestra opinión. «¡París bien vale una misa!»
Transijo, pues, con que el Sr. Valera sea un hombre de orden entre las damas, y después de dar á luz á D. Luis de Vargas, vaya á rezar con ellas novenas á San Luis Gonzaga, porque son cosas éstas que nacen y mueren con el individuo; pero que tan esclarecido ingenio tenga el mal gusto de entonar loas á la Inquisición y al fanatismo religioso del siglo XVI en plena Academia Española, le digo á usted, señor D. Juan, que esto me ha conturbado penosamente. Usted y el Sr. Núñez de Arce, á quien muy de veras aprecio, son dos sabios de primera fuerza, como diría La Correspondencia. Son ustedes tan eruditos, tienen tanto talento y son tan liberales, que cuando de ustedes hablo, no puedo remediarlo, se me cae la baba como si les hubiera enseñado algo. ¡Imagínese usted ahora la rabieta que habré tenido al ver la dureza con que atacaba usted al Sr. Núñez de Arce, que es tan buena persona, para defender al bribón de Torquemada! ¡Es mucho afán de llevar la contraria!
He dicho que transigía con la devoción aristocrática del Sr. Valera porque me parece de todo punto inofensiva. Yo no soy de los que excomulgan á un demócrata por haberle hallado besando la mano de una dama encopetada. Goethe suponía que la mano más digna de ser besada el domingo era la que había cogido la escoba el sábado. Me adhiero con toda el alma á esta delicada lisonja que el gran poeta dedica á las hijas del pueblo. Mas para que la verdad quede en su punto, es necesario hacer constar que la escoba no tiene el privilegio de embellecer las manos, antes por el contrario las torna duras y acrece sus dimensiones. Por lo que no es gran maravilla que el Sr. Valera, y con él otros muchos, sean más dados á adorar manos aristocráticas que plebeyas.
Pero estos instintos que alejan á ciertos escritores y oradores demócratas de lo que ha dado en llamarse cuarto estado y los arrastran á las doradas mansiones de los nobles, responden además á una verdadera y plausible disposición del espíritu, que detesta lo vulgar y lo adocenado, que ama lo brillante y lo distinguido.
Ernesto Renan ha convertido en sistema lo que no pasaba de vergonzante inclinación, pretendiendo sustituir á la aristocracia de la sangre, que ya no tiene ninguna significación positiva en nuestra época, otra más verdadera y respetable: la del talento.
En efecto, ya estamos cansados de que por un palo más ó menos oportuno y fecundo en consecuencias, aplicado en tiempo del rey que rabió, llamemos hoy todavía á un descendiente del ínclito apaleador «Marqués del Real-Trancazo». ¿Cuánta mayor razón existe para expedir títulos de nobleza á los que han dado á la humanidad una obra imperecedera? ¿Por qué no habría de titularse el señor Castelar «Príncipe de la Elocuencia», el Sr. Valera «Barón de Pepita Jiménez», el Sr. Revilla «Marqués de las Dudas y Conde de las Tristezas?»
Lo dicho basta para comprender que, si bien el Sr. Valera es un bravo campeón de la idea democrática, no se juzga obligado por esto á comer callos y caracoles. Ama la atmósfera perfumada de los salones y se aleja del pueblo que no se lava con jabón de olor. Ó lo que es igual, algunos sienten al pueblo en el corazón; el Sr. Valera lo siente en la nariz.
Doy de mano al carácter del Sr. Valera, porque me siento sin fuerzas para llevar adelante mi exploración. Temo llegar á ser indiscreto (si es que ya no lo he sido) levantando un poco más la punta de la cortina. Veamos si para terminar logro dar mayor precisión al género de su oratoria.
Es una elocuencia original la del Sr. Valera. Procede en sus discursos con un tan ameno desorden, que nadie echa de menos la ausencia de proporciones y la excesiva copia de incisos y paréntesis. Es una conversación que el Sr. Valera sostiene con el público, sin que nadie le interrumpa. Dice todo cuanto le viene bien; pero por un extraño capricho quiere hacer pasar por pueriles indiscreciones las más acerbas de sus diatribas. Es regla general que yo entrego á la delicada observación de mis lectores; cuando el Sr. Valera hace una salvedad, es que nada deja á salvo; cuando vacila, es que está muy decidido; cuando su intención era otra, no lo duden ustedes, era la misma.
Pero esto es llamarle embustero, me dirá alguno. Distingo, digo yo siguiendo el ejemplo del padre Sánchez. Cuando Moisés, por encargo divino, escribió las tablas de la ley, prohibió en absoluto la mentira, pero lo hizo sin contar con el Sr. Valera. Al lado de la regla debió establecer, á mi juicio, la excepción y conceder carta blanca á nuestro orador para decir cuanto se le ocurriese, fuese verdad ó no. Pues qué, ¿no valen más las mentiras del Sr. Valera que las verdades de todos los demás? ¿Cuánto más chistoso es el Sr. Valera que Pero Grullo, con ser éste el hombre de más verdad que se ha conocido? Además, nuestro orador sabe desenterrar con mucha oportunidad verdades que yacen en el polvo injustamente olvidadas. Cuando alguno de esos señores que pasan la vida sobando manuscritos, echa sobre los tiempos pasados todo el color rosa de su paleta, ¡con qué alegría veo al Sr. Valera tomar el pincel y arrojar sobre el rosado cuadro unas docenas de manchas rojas ó negras! ¿Sale un orador lamentándose de la inmoralidad del teatro moderno? Pues ahí tienen ustedes al Sr. Valera demostrándole inmediatamente que no sabe lo que se dice, porque nuestro teatro de los siglos XVI y XVII es bastante más inmoral que el presente. ¿Quiere algún otro ensalzar el fervor religioso de otras épocas? Pues el Sr. Valera pone con presteza de relieve cuanto había de brutal é irrespetuoso en este fervor. Todo sazonado con tan graciosos y picantes ejemplos, que ordinariamente el inadvertido reaccionario vuelve á su guarida maltrecho y amoscado para no salir más de ella.
Doy fin á estos renglones haciendo presente á mis lectores que cuando sientan impulsos de ahuyentar por algún tiempo sus pesares sin menoscabo de la pureza del espíritu, dirijan sus pasos al Ateneo de Madrid, y si el Sr. Valera está hablando, siéntense para escuchar humildemente la palabra más culta, más ingeniosa y más chispeante de nuestra patria.
D. JOSÉ MORENO NIETO
ARGOS años hace que el Ateneo de Madrid guarda en su seno como precioso tesoro un hombre estudioso, modesto y elocuente.
Cuando este hombre, arrobado por el canto de la sirena política, ha querido lanzarse en sus revueltas aguas, se le ha visto, como el que después de un plácido sueño abre los ojos en lúbrica estancia donde el vicio desentona con procaz algarabía, llevarse á ellos las manos, vacilar y estremecerse como si le doliera aquel contacto, é inclinando de nuevo la cabeza, sumergirse en el éter de los gratos sueños.
¡Silencio! No le despertemos.
Este hombre, moviéndose con embarazo por las sinuosidades y asperezas de la política, es el ruiseñor que bate sus alas y mueve su lengua en medio de los buitres.
Todo consiste en que no es hábil, según dicen.
Acaso consista en que no sabe arrastrarse, pensamos nosotros. De todas suertes, poco nos importa la personalidad política del Sr. Moreno Nieto, puesto que se halla eclipsada totalmente por la del orador y la del sabio. Vamos á decir algunas palabras sobre la oratoria del Sr. Moreno Nieto, en cumplimiento del compromiso formal que con el público hemos contraído.
El Sr. Moreno Nieto estudia mucho, acaso más de lo que fuera menester, y escribe poco, casi nada. Esto produce un doble resultado: primero, una asombrosa erudición en las ciencias á que predominantemente se consagra, que son las llamadas morales y políticas; después, cierta vaguedad é indisciplina en el pensamiento, que le hacen aparecer á los ojos de sus adversarios como desprovisto de convicción y de firmeza en sus opiniones. Cualesquiera que sean las mudanzas á que el Sr. Moreno Nieto haya cedido en el curso de su laboriosa vida, yo sé con toda certeza, sin embargo, y así lo declaro paladinamente, que no responden ni al cálculo ni á la ligereza; fruto son del examen y el estudio.
El Sr. Moreno Nieto no escribe, volvemos á decir; pero habla, y habla con pasmosa facilidad. Con mayor, jamás hemos oído hablar á nadie. Esos soplos débiles y fugaces del pensamiento, que en los demás no bastan á despertar la lengua, en él son chispas que le abrasan y retuercen; esos inefables sentimientos que en el fondo del corazón duermen, sin definirse, se hablan y definen por su boca; los vagos y tenues rumores que se escuchan apenas en los profundos abismos del alma llegan á su oído distintos y atronadores. Pudiera decirse que el señor Moreno Nieto cuando habla pone un cristal en su pecho para que todos, grandes y pequeños, vayamos á contemplar las alegrías y las tristezas, los triunfos y los desmayos, las luchas y los dolores de un corazón elevado y generoso. El resultado de esto es que, á pesar del ímpetu y violencia con que salen las palabras de su boca, verdadera lava que va á caer derretida sobre las cabezas de sus adversarios, le miren éstos con particular cariño, contentándose con sonreir maliciosamente mientras habla, y con exponer alguna de las contradicciones en que incurre, después que cesa. ¡Maravilloso poder de la ingenuidad! Los mismos que levantan murmullos de protesta cuando algún orador atusado y relamido empuña la bandera de la tradición, acogen con salvas de aplausos las descargas cerradas del señor Moreno Nieto. Y en esto puede reconocerse con toda precisión la antigüedad que cada cual goza en la casa. Los que por primera vez acuden al Ateneo para sentarse en los bancos de la izquierda, véseles alterados é impacientes al escuchar aquella granizada de denuestos con que el Sr. Moreno Nieto salpica sin cesar las doctrinas que combate, y es indispensable que los veteranos, para evitar conflictos, los sujeten por los faldones, diciéndoles al oído al propio tiempo: «Sosiéguese usted, compañero; ya verá usted cómo no es nada».
La facundia de este orador es imponderable. Después de hablar dos horas y media, sale sigilosamente del salón con ánimo de engullir un sorbete, célebre ya en los fastos del Ateneo. ¡Desdichado! Los sabuesos que dejó malparados en la contienda le siguen de cerca y le alcanzan en la puerta de la Biblioteca. Acorralado allí, se defiende siempre hasta quemar el último cartucho, que es la postrera palabra que expira de sus labios.
El palenque está abierto. La voz de los ujieres, á guisa de clarín, acaba de anunciarlo. Todos presurosos acudimos á colocarnos en aquellos potros, verdadero baldón del ramo de ebanistería que reciben el nombre inverosímil de butacas. La izquierda ostenta sus ojos brillantes y negros cabellos. La derecha exhibe su frente venerable y la grave rigidez de sus modales. El leal caballero se presenta. Pero ¿qué es lo que acontece? El caballero acaba de lanzar su bridón á la carrera. ¡Virgen de las tormentas, qué acometida!
Su lanza salta en mil pedazos. Empuña la espada y se revuelve dando furiosos mandobles. Pero ¿qué es lo que va persiguiendo allá abajo? ¡Ah! ya lo veo, es la filosofía de Krause. Rechina su armadura y el polvo enturbia los aires.
Torna y vuelve á arremeter con creciente denuedo. ¡Quién resiste al diluvio de estos golpes! Huyamos. ¿Tendrá al menos un tendón vulnerable como Aquiles?
Quizá, y á buscarlo se aplican con ahinco varios campeones.
Muchos años hace que el caballero viene ejercitando su valor y bizarría en estas contiendas, y la experiencia no le ha enseñado á preparar traidoras emboscadas ni á tejer insidiosas asechanzas. Lucha con bravura, pero siempre de frente y alzada la visera.
Como la pitonisa que asciende sobre el trípode, y al recibir en su frente los vapores pestilentes de la cisterna, siente el fuego de misteriosa llama, y se agita y se retuerce presa de fatal impulso, así el Sr. Moreno Nieto, subiendo á la tribuna y al aspirar los húmedos vapores de la pelea, se ve poseído de un calor desconocido que forja sin cesar pensamientos cada vez más luminosos y frases cada vez más hermosas. El alma sube entonces á los ojos y quiere salir al exterior.
El orador vive para leer, como la sibila, los secretos inextricables del porvenir, y llora también con sublime emoción sobre las ruinas poéticas del pasado. Espíritu generoso, escruta con ansia los lazos invisibles que unen las aspiraciones del presente con la historia, y los presenta á nuestros ojos con vigorosa elocuencia.