WeRead Powered by ReaderPub
Semblanzas literarias cover

Semblanzas literarias

Chapter 31: III
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

Conjunto de semblanzas y ensayos breves en los que el autor evoca con humor y melancolía sus primeros años en los círculos literarios, retratando compañeros, maestros y figuras culturales mediante anécdotas del Ateneo y del mundo editorial. Las piezas combinan crítica literaria, recuerdos personales y reflexiones sobre la arrogancia juvenil, la amistad intelectual y la inquietud por la posteridad, todo ello escrito con una voz irónica y autocrítica que alterna ternura y sátira.

..........al rico aduladoras
como al pobre severas, desbocadas,

según reza Tirso, me hubiesen mostrado al Sr. Castro y Serrano diciéndome: «Ese caballero que va ahí es el Sr. Valera», téngase por seguro que á la hora presente el Sr. Castro y Serrano sería para mí un eminente escritor.

Y para que se vea lo que son las aprensiones humanas; si al pasar el Sr. Valera por mi lado me hubiesen dicho «ése es el Sr. Castro y Serrano», es más que probable que no me causara ni la mitad de impresión esa nobleza que la comunica el culto fervoroso y constante del arte, y esa firmeza que la experiencia de la vida ha prestado á la fisonomía del Sr. Valera.

Mas el Sr. Valera y el turrón de Jijona son dos cosas difíciles de contrahacer, y ni el mismo Sr. Castro y Serrano, que es hombre docto y de ingenio, sería capaz de ofrecernos un Valera sin descubrir al momento la hilaza de la falsificación. Porque si bien puede oponérsenos que la frialdad es una cualidad en que ambos ingenios parecen ajustarse, yo no puedo menos de revolverme contra tal especie. No negaré que en Valera reina de vez en cuando tanto fresco que le obliga á uno á levantar el cuello de gabán y apretar un poco el paso, pero apenas si llega nunca á cuajar en él la nieve, mientras que el señor Castro y Serrano es un escritor de nieves perpetuas. ¡Al diablo quien pare allí!

Este es el secreto de por qué el Sr. Valera y mucho menos el Sr. Castro y Serrano no llegarán jamás á ser escritores populares. Pero como es un secreto, estimaré que no lo comuniquen ustedes á nadie.

¡Oh cómo ayuda á escribir este musculito hueco que brinca á todas horas en nuestro pecho! Entiende poco de sintaxis y menos de ortografía, pero, créame el Sr. Castro y Serrano, es el medio mejor que se ha inventado hasta el día para entenderse con el pueblo soberano.

Todas las novelas del autor que nos sirve de tema padecen de lo mismo. Hay en ellas observación fina, mucho acierto en la exposición y aliño en el estilo; les falta calor y poesía. Por eso juzgué siempre que el Sr. Castro y Serrano no debía tomar otro papel que el de escritor de costumbres, el cual no hace más que describirlas sin darlas vida en la acción más ó menos complicada de una fábula. No hay que olvidarse de que el novelista es ante todo un poeta. Copiar fielmente la vida ordinaria de los humanos podrá ser en ocasiones obra meritoria, pero no una obra romancesca. Es verdad que deseamos conocer con empeño á veces los actos más insignificantes ó indiferentes de la vida de un hombre, pero es sólo cuando este hombre ha cumplido, está cumpliendo ó va á cumplir algo extraordinario é interesante. ¿Querrá decirme el Sr. Castro y Serrano qué tiene que partir con el arte la vida del tendero que habita debajo de su casa desde que abre el establecimiento y limpia el polvo del escaparate por la mañana, hasta que apaga el gas por la noche? Nada en mi pobre juicio, mientras no se aparte del vulgo de los tenderos, mientras no ponga de relieve de un modo genial y característico algún sentimiento humano ó tome parte activa ó pasiva en el curso de una acción dramática. No me cabe duda; el realismo del Sr. Castro y Serrano no es el verdadero realismo. Podrá ser el realismo de la vida, pero no es el realismo del arte. Aquí vendría muy bien poner una llamada y citar una docenita de autores alemanes para que al señor Castro y Serrano no le quedase ninguna duda sobre este punto. ¡No es vergonzoso que no tenga ni uno disponible!

He leído con placer en otro tiempo una novelita publicada por nuestro autor en la Ilustración Española y Americana que llevaba por título Juan de Sidonia. Aunque excesivamente sencilla en su trama, tiene mucho colorido y gran verdad y delicadeza en los sentimientos. Por Juan de Sidonia adelante se puede llegar á ser un gran novelista.

Mas el Sr. Castro y Serrano muestra afición tan decidida á reposar frecuentemente, que sospecho no ha de llegar jamás al término del viaje. Esta tendencia al reposo que se observa en el Sr. Castro y Serrano no acusa una constitución muy sana; es señal de apoplejía. Adviértese con frecuencia que se detiene ante cualquier objeto, aun el más insignificante y despreciable, y se queda dormido describiéndolo. ¿Por qué para este novelista serán iguales un paraguas ó unos guantes á una mujer hermosa y ha de gastar la misma tinta en describirlos? ¿No comprende que el tenernos quietos tanto tiempo ante cualquier cachivache nos ocasiona gran molestia? Yo creo que el Sr. Castro y Serrano lo hará con la mejor intención del mundo, pero no parece más que lo hace adrede para aburrirnos. Si á esto se agrega—que se agrega casi siempre—un laberinto de reflexiones paradójicas brumosas y ensortijadas con que el autor se cree en el caso de sazonar todas sus descripciones, hay que convenir en que la brevedad es la primera de las virtudes teologales.

El Sr. Castro y Serrano es un gran observador. Pero también lo es el Sr. Valera, y nunca se le ocurrió abusar de este don del cielo, gastando, ó por mejor decir, malbaratándolo en todos los sitios y en todos los momentos.

El Sr. Castro y Serrano es ingenioso. Pero también el Sr. Valera lo es, y no se obstina en estrujar y retorcer conceptos y vocablos para extraerles la gracia.

El Sr. Castro y Serrano es docto. Pero también lo es el Sr. Valera y no siente comezón por mostrarlo.

Según la retórica, acabo de cometer nada menos que tres carientismos. ¡Dios me los perdone!

Por todo se podría pasar, no obstante, si el señor Castro y Serrano no fuese filósofo. Con esto declaro que no puedo transigir. ¿No es bastante que el señor Alarcón lo sea? Aquí en España la filosofía ya va picando en historia, y se cuenta demasiado con la paciencia de los naturales. Por lo demás, justo es decir que el Sr. Castro y Serrano no es de los filósofos más cerriles, y si con fe se lo propusiera, creo que pronto conseguiría dejar de serlo.

He dado á entender hace un instante, por medio de una figura retórica, que el Sr. Castro y Serrano solía introducir en sus novelas observaciones triviales, oscuras y desnudas de interés, y que asimismo no pocas veces alambicaba y retorcía los conceptos y las frases estéril é inoportunamente. Si no añadiese otra cosa á esta censura, cuando me fuese á la cama no me dejarían dormir los remordimientos. Apresúrome, por tanto, á manifestar que siendo muy exacto lo anterior, no lo es menos que este novelista sabe formular su pensamiento en consideraciones profundas, discretas é ingeniosas, como lo tiene probado en muchas páginas de sus libros; y que esparcidas por ellos se encuentran también frases sumamente felices y agudas. Suum cuique tribuere.

El Sr. Castro y Serrano tiene un estilo completamente propio. Ha salvado, pues, la barrera que separa al escritor del que no lo es. Sin embargo, con el estilo acontece lo que con todas las haciendas. Quién la tiene situada en un valle fértil y ameno, en las márgenes de un río bullidor y cristalino, regalada por los céfiros, el azahar y los pájaros; quién se ve precisado á poseerla en Navalcarnero, entre el cielo y el trigo que se abrazan allá á lo lejos, lo menos á catorce leguas. Pues bien, si no me engaño, la finca del Sr. Castro y Serrano debe hallarse hacia Creta, muy cerca del famoso laberinto. Tiene bello y elegante aspecto como la morada de un opulento, pero no pocas veces remedando á Teseo he tenido que dejar el ovillo á la puerta y llevar bien cogido el hilo al internarme en sus crujías á fin de encontrar salida cuando la hubiese menester.

Este escritor trata á su estilo como á barra de plomo. Machaca en él hasta que lo convierte en lámina. No bastándole esto, sigue batiendo hasta que lo transforma en papel. Y no satisfecho todavía continúa empuñando el mazo hasta que resulta un gas veintisiete veces más ligero que el aire. Por donde no pase el estilo del Sr. Castro y Serrano, crean ustedes que no pasa la punta de una aguja.

Que estire su estilo hasta romperlo por lo más delgado dentro del radio de la ciudad, como puede observarse en sus Cuadros contemporáneos, no es pecado tan feo, pues al fin en la corte, desde los novelistas hasta los garbanzos, todo anda estirado. ¡Pero ponerse á sutilizar, como lo hace en La novela del Egipto, frente á la naturaleza, frente al mar, lo mismo que si estuviera delante de la sala de lo civil en pleito de mayor cuantía! Vamos, que esto me parece... Permítaseme que sobre ello haga pronóstico reservado.

En el estilo, nuestro novelista se atiene también demasiado á la simetría, no permitiendo que ningún símil ó parecido marche sin su correspondiente desemejanza, esforzándose con empeño en rebuscar unos y otros de suerte que formen siempre una serie. De tal esfuerzo resulta en el estilo un cierto paralelismo artificioso que nada tiene que ver con el de la Biblia.

En fin, creo que por mucho que en ello me fatigase, nunca recomendaría bastante al Sr. Castro y Serrano la naturalidad.

Y aquí daría remate á esta semblanza si no fuese que aún me resta por decir unas palabras. Hélas aquí:

Aunque el Sr. Castro y Serrano observe en ocasiones más de lo necesario, aunque reflexione y considere también más de lo justo, aunque sea muchas veces nebuloso y afectado en el estilo, aunque se dé aires de filósofo y se entregue sin piedad á las descripciones; por mucho que se esfuerze en ocultarlas, el Sr. Castro y Serrano tiene bastantes cualidades para ser novelista estimable y un excelente escritor de costumbres.

D. JOSÉ SELGAS

I

HE aquí que vino á mí el editor y me dijo: Es necesario incluir á Selgas entre los novelistas españoles.

En verdad te digo, repuse, que eso es más difícil de lo que tú te figuras, porque no he leído de Selgas ninguna novela, y sí tan sólo una colección de artículos... Pero tú dixisti: «todo lo que el hombre puede osar yo lo oso», como dijo Shakespeare ó Pérez Escrich, no recuerdo bien cuál de los dos. En el término de cuatro ó cinco días seré con él en la imprenta.

Para ello es indispensable adquirir La Manzana de oro, colección de novelas del Sr. Selgas. El medio más adecuado de adquirir libros conocidos hasta el día es pedirlos á un amigo. Ya la he pedido; ya me la ha concedido; ya está en mi poder La Manzana de oro.

Héteme aquí, pues, sentado frente á la mesa, en silla de gutapercha, bajo la benéfica sombra de una pantalla de papel verde botella, á la hora en que combaten las sombras y los espectros de la noche, á la hora en que las nieblas reposan tranquilamente sobre el casto regazo de los ríos, á la hora en que voltean por los aires las polkas de las murgas, á la hora en que los árboles se embozan de un modo siniestro con el manto de la noche, y pestañean en lo alto dulcemente todos los luceros del firmamento, á la hora en que el Ateneo discute sobre lo predominantemente subjetivo, á la hora en que las hermosas damas que asisten al teatro Real escuchan las melodías de Bellini, hablando con emoción de las últimas capotas que han llegado de París.

Lindo por el Norte con La mujer soñada y La criolla; al Este con Venganza y castigo y Miseria humana; al Oeste con Un rayo de esperanza y El dedo de Dios. ¿Cuál de estas novelas leeré primero? Leeré la última; me parece lo más original.

El caso es que mientras la leo ha de trascurrir algún tiempo, y yo no puedo, sin faltar á la cortesía, dejarles á ustedes esperando después de haber comenzado la semblanza. Confío, por lo mismo, en que sabrán dispensarme algunas impertinencias de que voy á hacer uso, con el exclusivo objeto de que me quede algún tiempo para leer El dedo de Dios.

Después que hube leído aquella colección de artículos originales del Sr. Selgas, más arriba mencionados, si hubiese tropezado con él y yo fuese montado en borrica, de fijo no me apearía de mi cabalgadura para arremeter con su persona y llamarle «famoso todo, escritor alegre y regocijo de las musas», como hizo el estudiante pardal cuando topó con Cervantes en el camino de Esquivias; antes le hubiese dicho en estilo bíblico: «¡anda tú, desdichado, que quieres escribir bien y no puedes!»

Cuando pasaba rozando con algún escaparate de libros y percibía entre ellos uno nuevo de Selgas, me alejaba batiendo las alas y graznando como las chovas de mi ciudad... ¿Qué graznaban las chovas de mi ciudad?

Siempre me causaron envidia. ¡Qué indiferencia tan sublime la suya para todas las miserias de la tierra! Por las mañanas, al primer esperezo del día, salía el bullicioso ejército del bosque donde pernoctaba y partía majestuoso en correcta formación pasando por encima de la ciudad hacia las altísimas montañas que cierran el horizonte por la parte del Oeste. En todo el día no se las volvía á ver. ¿Qué hacían allí? Era un secreto, y ninguna de ellas, «aunque llevan nombre de mujer», tuvo la fragilidad de revelarlo jamás.

En otro tiempo, hace más de un siglo, pernoctaban en los huecos de la torre de la catedral, según documentos que se conservan en el archivo de la misma. Pero una noche, el campanero, ayudado de una docena de chiquillos, les jugó una mala partida y no volvieron á posarse otra vez en sus dominios.

Por la tarde, á la hora del crepúsculo, cuando los picachos donde llevan á cabo sus trabajos misteriosos se tiñen de un color violeta, y los amantes se despiden hasta el día siguiente apretándose dulcemente la mano, las veía tornar con perezoso vuelo. Al divisar la aguja metálica de la torre, que parece un florete siempre dispuesto á resistir los asaltos del rayo, gritaban todas á una voz «¡memento!» y seguían su carrera hasta el bosque, y allí se dormían sin los temores del porvenir, sin las congojas del pasado, protegidas por los honrados robles que no cesan de gruñir en toda la noche quejándose de las libertades del viento.

Posteriormente me han dicho que los dueños de aquel bosque se negaron á darles posada y las arrojaron á tiros, viéndose precisadas á buscar albergue un poco más lejos, y que al cruzar por encima de aquellos robles gritan con más tristeza aún: «¡memento! ¡memento!»

Así graznaban las chovas de mi ciudad. Así graznaba este servidor de ustedes, huyendo á paso de lobo de aquel escaparate.

II

Ya está leído El dedo de Dios. Y en verdad que me ha tocado en el corazón. Me arrepiento sinceramente de haber graznado de aquel modo tan impolítico. No había motivo para ello. Le pido, pues, mil perdones al Sr. Selgas, y en desagravio me apercibo á regalarle por unos instantes el oído con gorjeos y trinos de filomena.

En esta novela, última de la serie intitulada La Manzana de oro, no se resuelve ningún problema. Dignum et justum est. Todo aquel que en el día no resuelva ningún problema, merece una estatua. Es decir, todo aquel de quien se tengan sospechas vehementes de que lo resolverá mal. Declaro, por tanto, que después de haber hecho un escrupuloso reconocimiento en la novela del Sr. Selgas, que lleva por título El dedo de Dios, no encuentro motivo de temor ni de alarma para el público, el cual puede transitar por ella libremente al abrigo de toda filosofía. Con esto ha dado pruebas el Sr. Selgas de ser un gran filósofo.

La trascendencia en las obras de arte no es... (en éste momento quisiera que mi voz fuese derecha al oído del Sr. Alarcón) una nueva cualidad que se añade ó se resta á placer de los artistas, sino el fondo ó la esencia misma del pensamiento creador. Cuando la trascendencia no acompaña al germen de la obra artística, todo lo que se haga por procurársela será inútil, y aún más que inútil, ridículo. Pero ¡Dios mío! yo creo que hay en el mundo muchas cosas hermosas sin pizca de filosofía. Ustedes los que pasean por esas calles del Municipio, ¿no tropiezan á cada paso con ellas? ¿No es verdad que gastan en este momento rusos de color gris y guantes amarillos con vivos negros? ¿No asoman su cabecita por los palcos del teatro de la Comedia, moviéndola vivamente en todas direcciones como los pájaros posados sobre las ramas? ¿No ríen con una cascada de notas aflautadas y alegres, enseñando filas de dientes inverosímiles, al estallar en la escena algún chiste traducido del francés? Penetrad en uno de esos palcos, y penetrad todo lo henchido que queráis de la Crítica de la razón pura. Saldréis con la cabeza dada á pájaros, trastornados, á cien leguas de Kant y de sus categorías, pero con el semblante risueño y un poco de almíbar en el corazón.

Habréis oído hablar mucho de Pepito Esteller, el chico más animado que come pan, del abono de los conciertos, del faetón de Luis, de la última becerrada de los Campos, del matrimonio de la de Vargas... Ni una palabra del imperativo categórico. Os lamentáis amargamente de la frivolidad de los tiempos y de la carencia de ideales para la vida. Mas alguna vez en el apogeo de vuestras vigilias metafísicas cuando Kant os ha hecho sudar durante toda la noche y los carruajes que conducen las gentes del teatro hacen vibrar los cristales de vuestro cuarto, os he visto echados hacia atrás en la silla, poner los ojos en el vacío y sonreir dulcemente. ¿De qué os acordabais? Pongo cualquier cosa á que no es del criterio de la moralidad. Lo cierto es que cerráis el libro sin dejar señal que os indique dónde habéis quedado, y os acostáis de mal humor, gruñendo una porción de cosas extrañas. Y aun se dice que, cuando el sueño os abrocha los párpados, empezáis á figuraros que os halláis en la sala de un teatro inundado de luz y de alegría. El ruido de los abanicos de las señoras es muy insinuante, y el vals que toca la orquesta, lánguido como una noche de Agosto. Y luego hay allí una atmósfera que oprime dulcemente el corazón y produce desmayos de felicidad. La variedad de colores deslumbra al principio los ojos y después los conforta. Las miradas de las bellas van y vienen en todas direcciones, se cruzan y entrecruzan, haciendo salir mil reflejos que traen inquietos á los hombres como si estuviesen bajo la influencia de una próxima tempestad. Sentisteis una conmoción eléctrica. La chispa había pasado cerca, pero sin tocaros. Mas aún no os habíais repuesto cuando otra os dió en mitad del corazón. Aquellos ojos que os miraron desde un palco son más negros que las zarzamoras, y tan dulces. ¿Por qué no vais allá? Á mí se me figura que os están llamando. También debió pareceros lo mismo, porque ganasteis precipitadamente la puerta de la sala y subisteis á grandes trancos la escalera que conduce á los palcos. Pero he aquí que al cruzar el estrecho pasillo donde se hallan con sus puertas numeradas, os sale al encuentro un hombre de luenga y blanca barba, enjuto, huesudo y pálido, con los brazos desmesuradamente largos, con los cabellos caídos sobre los ojos que brillan como carbones encendidos dentro de una hornilla. Al veros se contraen sus labios con una sonrisa feroz.

«¡Ah! ¿eres tú, villano?... ¿eres tú el que busca el amor en este palco? No contabas conmigo, imbécil, ¿no es verdad? Pues aquí me tienes, yo soy Kant... ¿no me reconoces? ¿Dónde has dejado la Razón pura, tunante? Aquí me tienes para cerrarte el paso, tunante. ¡Yo soy Kant, Kant, Kant!»

El fantasma os tiene cogidos por la solapa del frac y os sacude con tal fuerza que estáis á punto de perder el sentido. Entonces despertáis. Y aquella noche las pesadillas se suceden unas á otras cada vez más tristes y monstruosas.

Para no exponerse á sufrirlas todas las noches, creedme, lo mejor es entregarse de vez en cuando á la frivolidad. Que charléis con niñas mimosas y encantadoras ó que leáis novelas de Selgas, es igual en mi concepto. No hay nada menos serio que la frivolidad, pero no hay nada más necesario en ocasiones. Cuando el encéfalo se turba y el corazón sangra, el bálsamo más seguro para curarse es la frivolidad. Al menos por lo que á mi respecta, os puedo decir (¿pero os lo debo decir?) que cuando me siento inquieto y atormentado por esa opresión particular que comunica al espíritu la meditación de los grandes asuntos, prefiero mil veces la conversación petulante, voluble, pueril y graciosa de mi vecina, sobre la cual reposa el alma con deleite y abandono, al Tratado de la tribulación del P. Rivadeneira, que nunca me ha divertido gran cosa. Mas si á vosotros os sucediese lo contrario, estad seguros de que no os diré una palabra.

Mi vecina y las novelas del Sr. Selgas están hechas del mismo barro. Cualquiera sabe más que mi vecina, pero nadie mueve los ojos para arriba y para abajo y aun para los lados como ella. Todas las novelas son mejores que las del Sr. Selgas, pero hay pocas que diviertan tanto. Si las novelas tuviesen una edad como las personas, las de Selgas estarían en los doce abriles. Por eso son tan frescas, tan bonitas, tan triviales, tan caprichosas. Unas veces le estremecen á uno de placer con algún rasgo de ingenio ó alguna chistosa zalamería, otras no hay quien pueda soportarlas. Al lado de escenas dignas de Valera hay otras que envidiaría Pérez Escrich. No encierran caracteres sostenidos y correctos, ni fábula original, ni brillantes descripciones, pero tienen agudezas y muecas encantadoras. Frecuentemente brota de sus páginas una escena interesante, atrevida, luminosa y azulada como una bomba de jabón, y extasiados, llenos de alegría seguís sus giros errantes hasta que, sin saber por qué, tal vez por pura fantasía, estalla y se deshace en el aire.

¿Qué será esto? ¿Será que el Sr. Selgas escribe después de comer? Mucho me lo temo. Es verdaderamente desastroso el escribir sin tener hecha la digestión.

Pero de todas suertes, Selgas es un novelista que se lee. ¡Ay! ¡cuántos he visto morir en la flor de la sexta página! No puede darse nada más conmovedor que esos libros inmaculados y silenciosos, que le miran á uno desde el fondo de un escaparate. El día en que ven la luz, el librero diligente los coloca en primera fila, casi tocando con el vidrio. Poco á poco se observa que van perdiendo terreno, defendiéndose mal de los ataques que les infieren las obras más recientes, hasta que por fin vuelven grupa y se les ve del revés allá en lo más hondo, medio sofocados bajo el peso de un diccionario. ¡Qué ojos tan tiernos ponen los desdichados! Parece que están diciendo á los transeuntes: «Caballero, escuche usted».

Una vez me paré á contemplar á uno de estos huérfanos de la prensa. Se hallaba en una posición insostenible. Un libro de Eusebio Blasco le oprimía la cabeza y otro de López Bago le sujetaba las piernas. No tenía libre más que el vientre. Sentí compasión, y ya me disponía á comprarlo, cuando advertí que el autor de aquel libro era yo; el mismo que tenía los dedos en el bolsillo para sacar su precio. Sin variar de postura levanté los ojos al cielo y exclamé: «¡Oh dioses inmortales, qué amarguras hacéis sufrir á los humanos!»

Mas ahora caigo en que, después de tanta charla, aún no he clasificado al Sr. Selgas. Si me descuido un poco se me escapa sin clasificar. ¡Qué haría por el mundo el Sr. Selgas sin estar clasificado!

Con la mano puesta sobre el corazón, declaro que el Sr. Selgas no es un escritor realista. Sin separar la mano del mismo sitio, declaro que tampoco es idealista. Pues entonces, ¿qué es el Sr. Selgas?

El Sr. Selgas no es más que lo que se ve. No hay en él trastienda ni doble fondo de ninguna clase. Si alguna vez aparece superficial é ignorante, consiste en que lo es. Nada de ficción y disimulo. Me gustan á mí estos novelistas que tienen el valor de su ignorancia.

Producir páginas exuberantes de gracia y colorido cuando ocurren; escribir candorosas necedades cuando buenamente acuden á la pluma. He aquí la misión que la Providencia asigna á los hombres como Selgas. Y en mi pobre juicio nadie debe apartarse del camino que la naturaleza misma le señala. Si el Sr. Selgas siente impulsos de escribir una tontería, ¿por qué no ha de escribirla? La retención de tonterías es muy perjudicial, pues á menudo se mezclan á la sangre y producen trastornos en el organismo. Siga, pues, el Sr. Selgas cuidándose, que la salud es siempre lo primero.

De esto se deduce—al menos debiera deducirse—que en las novelas de nuestro autor se encuentra, en ocasiones, una percepción fiel y clara de la vida, destellos ó relámpagos de realidad que, por desgracia, se apagan presto. Pero ¿qué es lo que no se apaga en este mundo? Todo se apaga, hasta ese sol hermoso y lascivo que arranca por la mañana su blanca túnica á las montañas, se apagará algún día. La misma luz con que escribo se está apagando por falta de petróleo.

En tanto que este cataclismo acontece, apresurémonos á decir sobre el Sr. Selgas unas cuantas tonterías más.

Hay tonterías y hay tonterías; quiero decir, hay tonterías de distintas clases. Hay tonterías solemnes ó aristocráticas. Éstas pertenecen, por derecho propio, á los ministros, embajadores, grandes de España, jefes superiores de administración, académicos, diputados de la mayoría, directores de periódicos, etc., etc. Éstas son tonterías de la sangre. Hay también tonterías del dinero, tonterías centrales y provinciales, rústicas y urbanas, civiles y militares, eclesiásticas y seglares, clásicas y románticas, etc. Pues bien, las del Sr. Selgas pertenecen á la última categoría. No siguen órbita conocida y sobrevienen, como los cometas, cuando menos se piensa, si bien con alguna más frecuencia. Son alegres, campechanas, modestas, de buena pasta. Nadie las quiere mal. Mas téngase presente que debe usarse con cierta prudencia del género tonto, porque es de suyo muy resbaladizo, y aunque Pérez Escrich y algún otro hayan conseguido en él muchos lauros, no aconsejo á los jóvenes escritores que sigan sus huellas.

El Sr. Selgas es un verdadero poeta. No dudo por un momento que esto le ocasionará graves disgustos, así en la vida privada, como en la pública. Al poeta, en este siglo material y positivo, no le caben otras dichas que la cartera de Ultramar, ó que algún pobre diablo, como el que emborrona estos renglones, diga á sus lectores: «El Sr. D. Fulano es un poeta, mucho cuidado con él». Mas el ser poeta no perjudica casi nada para escribir novelas. Se han dado muchos casos de personas que, sin ser poetas, han escrito muy malas novelas. Por lo mismo me guardaré bien de considerar esta cualidad como motivo de censura. Otra cosa sería, no obstante, si el señor Selgas hubiese escrito algún artículo filosófico. ¡Y quién sabe si lo habrá escrito! Torres más altas he visto desplomarse, y la vida nos está ofreciendo á cada paso terribles experiencias... Pero yo no tengo derecho á sondear la conciencia de un hombre. Y, sobre todo, me ha quedado bastante dulce la boca con la última novela que he leído del Sr. Selgas, para que vaya á amargarla sin fundamento con sospechas y presunciones de mal agüero. No obstante, si el Sr. Selgas ha cometido alguna vez uno de estos actos reprobados por todas las leyes divinas y humanas, entiéndase que retiro cuanta insinuación favorable á su persona se hallase en este artículo, y ruego al Dios de los poetas líricos que le obligue á rimar un millón de veces hijos con prolijos.

Su estilo es fino, delicado, trasparente, nervioso. Pero á todos los estilos nerviosos les falta casi siempre la salud. En ciertos momentos de exaltación, llegan á donde no pueden llegar los más robustos y fornidos, tocan con su mano febril los cielos más lejanos y recónditos de la poesía; mas al día siguiente, desmayados y ojerosos, se arrastran lánguidamente por la tierra ó rendidos al sueño y la fatiga se dejan caer en el rincón más infecto de la prosa. Hay un medio de endurecer tales estilos. Que se acerquen á la naturaleza; que escuchen con atención y recogimiento su lenguaje augusto; que salgan sin temor á recibir los rayos del sol del Mediodía, las brisas acres de la mar, las húmedas y glaciales de la montaña, los punzantes olores de los pinos; que salgan á contemplar los furores del cielo, los arrebatos de la mar, las peripecias infinitas de la lucha solemne entre la luz y la sombra; que salgan á embriagarse con todos los aromas de la creación; que hagan gimnasia; y al cabo de algún tiempo adquirirán color y fuerza, color y fuerza que no conseguirán jamás tantos estilos crasos y linfáticos como hoy vegetan en nuestra literatura.

NUEVO VIAJE AL PARNASO

PROEMIO

I

O no creo en la crítica. Tengo la inmensa desgracia de no creer en la crítica. ¡Quién me hubiera dicho que tan presto había de llegar á un tan fatal escepticismo! Porque ¡ay! ustedes no saben cuánto amarga la existencia la convicción de que todos esos críticos, tan doctos, tan serios, tan diestros en averiguar á qué género, especie y familia pertenece una obra, tan hábiles para caer con la velocidad de un rayo sobre cualquier inverosimilitud, no sirven para nada.

Pero lo que más me amarga (con paz sea dicho de mis compañeros) es el considerar que mis afanes críticos no han de tener recompensa en esta ó en la otra vida. ¡Es triste, muy triste! Estoy por maldecir la hora en que por primera vez tomé la pluma para decir en un periódico de provincia que la señorita C*** «se había excedido á sí misma la noche del lunes».

Mi horroroso escepticismo se formó con dos proposiciones, una negativa y otra positiva.

Primera proposición.—Nunca hizo falta la crítica para que apareciesen grandes artistas.

Segunda proposición.—La crítica ha empequeñecido el arte.

La crítica, en calidad de alto y poderoso cuerpo que juzga, decide, corta, raja, truena y relampaguea, es de muy reciente invención, y habiendo existido desde los tiempos más remotos grandes artistas, no hay para qué demostrar la verdad de mi primera proposición.

En cuanto á la segunda, exigiría uno ó más volúmenes para quedar bien dilucidada; pero sólo dedicaré á ella una ó más cuartillas, porque no tengo tiempo ni paciencia para otra cosa.

Así que surgió la crítica como cuerpo jurídico-literario, nació el sistema. Los unos, extasiándose en la contemplación de las obras del clasicismo, unas veces con verdad, otras hipócritamente, pensaron que el arte había tocado á su límite en aquella dichosa edad greco-romana, y que el destino de los artistas futuros era pasar la vida copiando los admirables modelos que de ella nos quedaron, como aprendices en una escuela de dibujo. Advertiré, de paso, que para estos críticos la cualidad predominante del arte clásico no es el reposo ó la gracia que en él resplandecen siempre, sino el orden ó la simetría. Porque, dicho sea de paso también, los críticos suelen fijarse con harta frecuencia en lo menos importante. ¿Qué hay, pues, aquí? Un atentado contra la libertad del artista.

Los otros, porque realmente lo sintieran así, ó por el gusto de llevar la contraria á los clásicos, no quisieron ver la belleza sino en lo extraordinario, en lo desordenado, en el absurdo ó en el delirio. Nuevo atentado contra la libertad del artista.

Otros más modernos, apartándose de ambas escuelas, condenan todo arte que no sea un reflejo, mejor dicho, una repetición fiel y minuciosa de la vida, llevando su teoría hasta los más groseros excesos. ¡Siempre cadenas para el artista!

Además de estos tres grandes grupos de críticos, hay otros muchos esparcidos por el haz de la tierra trabajando con el mayor desinterés por el triunfo de sus teorías. Citaré únicamente los metafísicos y los trascendentales, de los cuales no quiero hablar, porque no me gustaría pasar por desvergonzado.

Para desvanecer las malévolas sospechas que al llegar aquí pudiera concebir el lector respecto á mi acrisolada modestia, le diré que no he citado tanto crítico con el fin de desacreditarlo, sino, muy al contrario, para darles á todos la razón. Tratándose de arte, soy lo que llaman vulgarmente un pastelero. Cuando llega á mis manos un clásico como Esquilo, me deshago en elogios del clasicismo; si es un romántico como Calderón, no hay un romántico más furioso que yo; y si por ventura acabo de leer una novela de Balzac, no puedo menos de exclamar: «¡Admirable, admirable, monsieur Balzac!» Si alguien me moteja por esto, diré con cierta habanera que oí cantar á una niña muy graciosa:

«Si yo soy así,
¿qué he de hacerle yo?
Todos para mí
son á cual mejor.»

Esta cita, eminentemente clásica, me excusa de alegar nuevas razones.

II

Como otros muchos hombres que andan por el mundo, estoy condenado á trabajar sobre un objeto que no es de mi gusto. Este libro es un libro de crítica, mejor dicho, es un cordero que sacrifico en aras de una deidad en quien no creo. Se halla bastante esparcida la creencia de que quien toma el oficio de crítico manifiesta por el hecho mismo cierta arrogancia, presunción ó amor exagerado de sí mismo. No lo creo. De mí sé decir que cuando voy á juzgar á un artista verdadero, lo que me asalta no es un sentimiento de superioridad respecto á él, sino de espantosa y amarga inferioridad. Si yo me juzgase superior ó semejante al artista, me pondría á crear, no á criticar. Por eso los juicios más ó menos acertados que estampo en este libro, no me enorgullecen. Si de algo estoy orgulloso, es de haber sabido comprender y gozar las bellezas creadas por los poetas que en él se estudian. Porque, cuando otra cosa parezca, créanme ustedes, es mucho más difícil admirar que censurar. He visto amenudo personas de vulgar inteligencia discurrir con bastante acierto, y aun señalar con claridad los defectos de una obra de arte; ¡pero á cuán pocos he visto conmovidos al hablar de Víctor Hugo ó de Byron! ¡Á cuán pocos he visto cautivos por esa idolatría que el genio inspira á los espíritus sensibles y lúcidos! Voltaire, con ser Voltaire, nunca pudo admirar á Shakespeare; el mismo Lope de Vega no admiró jamás á Cervantes. No es maravilla, pues, que yo que no soy Voltaire, ni Lope de Vega, no consiga admirar á Grilo, á Blasco, á Retes y á otros insignes poetas de esta era.

Con todo eso, en mi crítica, como ustedes podrán ver, no deja de haber algunos trozos admirativos. Repito que son de los que estoy más satisfecho. Hace mucho tiempo que vivo en la creencia de que la tarea del crítico (si es que alguna tiene) no consiste precisamente en escudriñar las manchas ó defectos que toda obra, por ser humana, ha de llevar forzosamente; tarea, sobre fácil, ingrata; sino, antes bien, aclarar, difundir, popularizar las bellezas de las obras artísticas, llamar la perezosa atención del público hacia ellas, colocarlas sobre las alas del entusiasmo para que lleguen á todos los espíritus, soplar el polvo que muchos hombres tienen en los ojos, para que puedan verlas y gozarlas. Esta tarea es noble, hermosa y fecunda, aunque no sea lo que hoy se entiende por crítica. Los párrafos donde aspiro á desempeñarla han salido del fondo de mi alma, y así como han salido los he estampado, sin tener en nada las prácticas de este género de escritos. De su verdad estoy más convencido que de la de aquellos otros en que acepto ó rechazo teorías estéticas, señalo defectos ó determino nuevas vías para el arte. Porque de mis impresiones vivo seguro siempre; de mis opiniones, jamás. Escribiendo estos párrafos he gozado momentos muy felices, aunque otra cosa crean los espíritus frívolos que no penetran jamás en lo profundo del pensamiento del escritor. Cuando censuro, cuando ataco, no puedo menos de pensar que me parezco al murmurador. Sólo me encuentro grande cuando tributo mi admiración á los grandes.

He admirado, pues, hasta donde he podido. Si no pude tanto como hubieran deseado algunos de los poetas que en este libro figuran, acháquese á inopia, y no á falta de buen deseo. Mejor que nadie sé que yo no moriré de un exceso de respeto, pero tengan ustedes presente siempre que tampoco me he puesto sobre el trípode para definir y juzgar, sino que les he hablado como si me tropezaran en la Puerta del Sol, y charlando de literatura, me preguntasen qué opinaba de Campoamor, Núñez de Arce, Grilo, etc., esto es, con la franqueza, con la osadía, con la incoherencia propias de la conversación. Aun con eso, es posible que haya dado por genios á algunos que no lo son. Porque bien mirado, no creo que en España existan tantos genios como se supone. Las contribuciones absorben más de la mitad del producto neto de las tierras y de la industria; las cosechas, de algunos años á esta parte, son muy malas. Y si á esto se agregan las frecuentes calamidades que padecemos, como guerras, terremotos, inundaciones, etc., etc., bien se puede asegurar, sin temor de equivocarse, que una nación á tal punto enflaquecida y miserable, no puede tener bien alimentados á seis docenas de genios. Nunca me arrepentiré, sin embargo, de haber echado unas cucharadas más de miel en el plato de algún poeta. Después de todo, es inevitable el exagerar un poco el aplauso tratándose de los contemporáneos con quienes uno se roza y se codea en el comercio de la vida. Es noble también corresponder, por lo menos con unos granitos de incienso, á los esfuerzos que nuestros vates hacen diariamente para proporcionarnos instantes agradables. Si el crítico no recompensa á su modo estos esfuerzos, ¿quién se encargará de recompensarlos? El pueblo español, que tiene aparejados siempre honra y dinero para el primer político gárrulo y corrompido que viene á demandárselos, los niega siempre, con una entereza y constancia dignas de mejor causa, á los poetas ilustres. Seamos, pues, agradecidos con los que de vez en cuando refrescan nuestro espíritu fatigado sumergiéndolo en las cristalinas aguas del ideal.

Mas no confundamos por eso el cariño y el respeto que deben inspirar los verdaderos poetas y la indulgencia con que deben acogerse sus yerros y descuidos, con esa perniciosa benevolencia que todo lo aplaude, que todo lo celebra, lo mismo las obras sublimes del genio que las torpezas é insulseces del último coplero. Cuando veo circular con el mismo aplauso entre los críticos las perlas y diamantes de Ayala, Núñez de Arce y Campoamor y las cuentas de vidrio de Blasco, Grilo, Sánchez de Castro, Retes, etc., etc., no saben ustedes cuánto me entristezco. Estas confusiones me parecen lastimosas, porque privan al artista de su genuina recompensa, que es el brillo. ¡Y quién puede brillar habiendo tanto lucero en el firmamento!

He huído, pues, con particular empeño de esta feroz nivelación artística, dando al César lo que es del César, y á Grilo lo que es de Grilo. Como ustedes podrán ver, he sido muy parco en el empleo del análisis. Lo tengo por arma peligrosa y que expone al que la usa á cometer sensibles injusticias. Sólo en casos muy señalados, y con el objeto más bien de castigar una reputación inmerecida que de probar la incapacidad del poeta, me parece lícito acudir á ella.

Si ustedes se deciden á leer este libro, verán que el haber huído del análisis no es su mérito principal. El más grande de todos es el de ser corto. Sé que al lado de este mérito se encuentran infinitas manchas que lo deslucen; pero ya me he resignado de antemano á escribir una obra con defectos. Siento no ser perfecto como mi Padre que está en los cielos, pero no puedo remediarlo.

III

Un instante para concluir.

Después de escritas las ocho semblanzas de poetas que van á continuación, quedé un poco cabizbajo al observar la clara desemejanza que existe entre todos ellos. Considerando la distancia que media entre la fisonomía artística de Zorrilla y la de Campoamor, entre la de Núñez de Arce y Aguilera, no pude menos de pensar lo siguiente:

La poesía de nuestro tiempo no tiene un ideal. El poeta, al abrir sus ojos, ya no ve, como veían los griegos, como veían los cristianos en la Edad Media, un sol de belleza luciendo sobre el horizonte y una muchedumbre feliz con adorarle y bendecirle. Ya no puede agregarse tranquilo á esta muchedumbre para que los rayos de aquel sol caigan sobre su frente y enciendan su pensamiento. En la actualidad todos los soles pasados resplandecen sobre nuestras cabezas, y cada cual tiene su grupo de adoradores. Quién dirige sus ojos al asiático, quién al griego, quién al cristiano. Pero ¡oh Dios! ¡cuánto han perdido estos soles en brillo y en calor! Se necesita que nuestros poetas sientan mucho frío en casa para salir á gozar con sus tibios rayos. Entre la poesía oriental, cristiana ó helénica de nuestros tiempos y las creaciones de Valmiky, Píndaro y Dante, existe la misma diferencia que entre esas salas griegas, árabes y góticas que los opulentos de ahora hacen construir en sus palacios, y el Partenón, la Alhambra y la catedral de Burgos. Nuestra época, por su afán incomprensible de lanzarse en pos de todos los ideales y de beber en todas las fuentes de belleza, no tendrá jamás fisonomía ni carácter propios, y en vez de monumentos habrá de contentarse con legar á la posteridad chalets.

Así pensaba con tristeza, cuando dentro de mí escuché una voz elocuente que me hacía una oposición ruda y violenta. Esta voz interior pedía con justicia que no fuese tan superficial en mis juicios, que penetrase más adentro, hasta llegar á las entrañas de nuestra poesía.

Tenía razón la voz. Di un paso más y pude ver claramente el triste lazo que une las almas de todos nuestros poetas. ¿Por ventura no hay en la sed, en la fiebre que empuja á la poesía de este siglo á sumergirse en todos los ideales pasados, algo que la caracteriza perfectamente? ¿No hay algo que, como un tósigo fatal, penetra por toda ella y hace que adolezca?—Miradla. Ha perdido todos sus colores, sus movimientos son febriles y descompasados, tiene grandes y oscuras ojeras, su voz es apagada y ronca. ¡Ay! No cabe duda, nuestra pobre poesía está tísica. ¡Cuán interesante la ha puesto, sin embargo, su cruel enfermedad! ¡Qué grandes son ahora sus ojos y qué vaga su mirada! ¡Qué trasparencia hay en su rostro! ¡Qué suave melancolía se esparce por toda su figura! ¡Qué triste es su acento y qué conmovedor! El frío ha penetrado hasta la médula de sus huesos. Ningún sol pasado puede darle calor; y la poesía triste, nerviosa y exaltada de nuestro tiempo morirá.

Allá en lo futuro, de tanta negación, de tanto escepticismo, de tanto esfuerzo y tantas lágrimas, ¿no surgirá siquiera una verdad que engendre otra poesía fresca, tranquila y creyente? Y si esto sucede, aquellas dichosas generaciones, que gozarán de una paz que nosotros nunca hemos podido gustar, ¿no tributarán un recuerdo de simpatía y admiración á la pobre tísica del siglo XIX? Esperemos que sí.

D. JOSÉ ECHEGARAY.

ACE ya muy cerca de dos años que permanezco silencioso como un diputado de la mayoría. No he dicho hasta ahora sino pocas palabras sobre el ingenio dramático del Sr. Echegaray; y en las batallas que se han librado en el teatro con motivo de sus dramas quiso la fortuna que no hubiese perdido los ojos, aunque en más de una ocasión se hayan visto entre los dedos de algún crítico y la pared. ¡Dios me los conserve mucho tiempo sanos para no ver los dramas de Sánchez de Castro!

Mas no por haberlo guardado tanto tiempo me harán ustedes la ofensa de suponer que no he formado juicio sobre el teatro de Echegaray. Gracias á Dios, tengo sobre este punto mi correspondiente opinión, como cualquier farmacéutico. Y ahora que me veo lejos de aquellos dedos frenéticos—¡cuidado con los dedos que gastan algunos críticos!—respiro fuerte y digo mi opinión.

Don José Echegaray era, como todos saben, un notabilísimo ingeniero y fué ministro de varios ramos. Por consiguiente, ¿qué razón había para que no fuese autor dramático? Efectivamente, allá por el invierno de 1873 fué representada su primera composición dramática con el título de La esposa del vengador, que era una primorosa leyenda con innumerables defectos y algunas bellezas. Más que la obra en sí, cautivóme y sedujo la novedad del intento. El teatro español, merced á los trabajos de los Eguílaz, Larra, Rubí y otros, había dado grandes pasos hacia el confesonario; se postraba á los pies del coadjutor de la parroquia, acusándose de sus pecados románticos, rezaba el rosario todos los días, asistía á las cuarenta horas, tomaba el sol por las tardes. Era un teatro chocho. Cuando adoptó otro género de vida, todas las gentes dijeron: «¡Echegaray es el que lo ha pervertido, el que lo ha sacado de quicio! Desde que trata con él ha vuelto á fumar, á decir requiebros á las muchachas y á retirarse á las altas horas de la noche. ¡Esto no se puede tolerar, es verdaderamente escandaloso!»

Allá en el fondo yo me alegraba mucho de que se retirase tarde. El teatro debe gozar independencia y tener su llavín para cualquier evento. La esposa del vengador me pareció una calaverada de buen género, la expansión afortunada de un ingenio privilegiado. ¿Nada más? Nada más.

Tenía toda la frescura y toda la inocencia de una virgen de quince años. Era suave, delicada, irreflexiva, levantada de inspiración y de cascos. No hubo más remedio que aplaudirla.

Empezaba á oscurecerse la estrella del P. Astete. La esposa del vengador nada nos decía acerca de las bienaventuranzas ni de los frutos del Espíritu Santo: omitía por entero los sacramentos que se han de obrar y hasta prescindía de los que se han de recibir. Conmoviéronse hasta los cimientos los corazones de la clase media. ¿Qué iba á ser de nosotros? Si en el teatro no se nos enseñaba lo que hemos de creer, lo que hemos de orar, lo que hemos de obrar y lo que hemos de recibir, ¿á dónde volver los ojos? Con permiso de estos corazones diré que, á mi entender, el teatro de Echegaray es más moral que el de Eguílaz. Tengo mis razones para creer esto, y si ustedes se dignan prestarme atención se las diré en pocas palabras.

Todos ustedes sabrán probablemente que apoderarse de lo ajeno contra la voluntad de su dueño es un pecado, y otro pecado levantar falsos testimonios, lo mismo que desobedecer á los padres y jurar el santo nombre de Dios en vano. ¿A qué ir, pues, al teatro cuando se representan las obras de Eguílaz? ¿Á gozar de sus bellezas? Es inútil, porque no las hay. ¿Á dormirse? Es muy feo y se expone uno á que le despierte el acomodador. Sin embargo, esta última solución no me parece del todo inadmisible, y aparte de sus inconvenientes, porque los tiene, lleva algunas ventajas á todas las demás. Y si te duermes, lector, que sí te dormirás, ¿en qué forma te habrás moralizado? ¿Con qué tristeza no pisarás después la escalera de tu casa, considerando que entras tan inmoral como has salido?

En cambio, duérmete si quieres en los dramas de Echegaray. Si por acaso fueses tan duro de corazón que no te conmovieran las escenas patéticas, ya se encargaría alguno de esos actores tan bien entonados que sólo España posee de tenerte despabilado. Pero no; yo sé que no hay necesidad de que se griten los dramas de Echegaray para que se escuchen con atención. Sin el auxilio de aquellos inolvidables pulmones, lo mismo hubieran conmovido al público. El Sr. Echegaray recoge en el teatro, siempre que se le antoja, una buena cosecha de lágrimas.

Ahora bien, las lágrimas ¿no son un medio de moralizar al hombre? ¿Cuándo se derraman lágrimas? Cuando el corazón se enternece. Pues enterneciendo el corazón muchas veces lo haremos más blando y más sensible, y el hombre será más clemente y generoso.

Esta afirmación no es sofística. La puedo demostrar con un poco de metafísica. El dolor de un semejante enternece nuestro corazón, despierta en nosotros la piedad y también el amor. Porque el dolor para muchas personas formales y también para mí es una gran injusticia. Si el dolor recae sobre un malvado, contraría el fin general humano, que es el pleno goce de la vida; mas si atormenta á un hombre virtuoso, no sólo contraría este fin general, sino también el particular de la virtud, que merece recompensa. En uno y otro caso hay una injusticia que nos hace padecer moralmente. Mas para que una injusticia nos haga padecer es necesario que en aquel momento la idea de justicia se levante con extraordinario poder en nuestra alma. Y cuando la idea de justicia se enseñorea de nuestra alma, ¿no somos más morales que cuando yace aletargada en algún oscuro rincón del pensamiento? He aquí cómo, á mi juicio, una obra dramática, por el mero hecho de ser bella, sin propósito alguno de aleccionar á los espectadores, puede influir más poderosamente en su moral que aquellas otras cuyo primero y tal vez único intento sea éste. El arte perfecciona nuestras facultades morales, no recordándonos el catecismo, sino fortaleciéndonos, elevándonos, arrastrando nuestro espíritu á la región de las ideas grandes y nobles. De mí sé decir—y me pongo de ejemplo, porque soy para el caso como cualquier otro—que cuando presencio la representación de Hamlet me conmueven tanto los sublimes pensamientos del héroe, que me figuro participar de su grandeza, se despierta en mi ser lo que hay de más generoso, siento mi espíritu más grande y ennoblecido, en una palabra, me reconozco más moral que cuando salgo de ver Bienaventurados los que lloran.

No obstante, es necesario averiguar de dónde viene la emoción; si llega á nosotros sostenida por la falsedad y el absurdo, ó la trae en sus brazos el arte.

Cuando veo llorar á una persona en el teatro pienso que por lo menos aquella persona tiene un corazón sensible. Las personas acá en España, tratándose del teatro, no deben exagerar la cuestión de lágrimas. Me parece que tienen muchas más ocasiones de reir. Sólo algunos chistes de Pina y tal vez algún otro de Blasco son los que arrancan con entera justicia raudales de ellas á los ojos.

En la última escena de Ó locura ó santidad estuvieron á punto de soltárseme. Si no hubiese acontecido que una señora se desmayó á mi lado y no hubo más remedio que socorrerla, seguramente habría despilfarrado algunas. Pero aquello me dió tiempo á reflexionar, y he aquí lo que salió de mis reflexiones.

Efectivamente, en la escena pasaba algo grave. Dos jayanes al servicio de un manicomio se llevaban maniatado á un caballero, bajo el supuesto de que estaba loco. No estaba loco, todos lo sabíamos, y padeciamos, como es natural, presenciando aquel acto de barbarie. Mas aquel acto de barbarie había sido preparado por el autor con el exclusivo objeto de conmovernos. Por lo mismo teníamos derecho á exigir que la preparación fuese discreta y artística. Aquella situación atrevida é interesante no tenía, por desgracia, raíces muy seguras; se hallaba presa por tan sutiles hilos al argumento de la obra, que el más leve soplo de la reflexión bastaba á soltarlos. El entendimiento juega un papel secundario, pero juega su papel en la contemplación de las obras de arte, y es gran torpeza llevarle la contraria tan resueltamente como se hace en esta obra. ¿Será posible convencer á nadie de que, mediando buena fe, se arrastre á un manicomio á un hombre de talento, estudioso, sensato y recto, á las pocas horas de haber declarado que la fortuna que posee no le pertenece, por extraordinarias que sean las circunstancias que acompañen á esta declaración? Yo pregunto á toda la clase médica española: ¿Hay en ella dos individuos, sobre todo si han recibido el grado antes de la revolución, que por los síntomas que ofrece el espíritu de D. Lorenzo de Avendaño sean capaces de decretar su inmediata clausura? Yo pregunto á todas las familias honradas de Madrid: ¿Hay alguna que permita y aun promueva el encierro de su jefe en una casa de locos por los motivos y con la premura de aquella que Echegaray nos presenta en su drama? De resultas de no haberme contestado nadie á estas preguntas que hice mientras socorría á aquella señora, resolví no conmoverme. Y no obstante, si un espectador ó alabardero tuviese la desgracia de caer desde el paraíso á las butacas, pueden ustedes creer que el suceso me impresionaría fuertemente. Me impresionaría mucho, aun cuando aquella escena no había tenido preparación de ninguna clase. No sé si el lector comprenderá esto, pero yo lo comprendo perfectamente.

Á pesar de cuanto he dicho, estoy lejos de aplaudir el espíritu de crítica, por no decir intelectualismo, con que de poco tiempo á esta parte acude el público al teatro. Pasaron los buenos tiempos en que los espectadores tomaban parte con lo más hondo del alma en las peripecias del drama, se apasionaban, se enfurecían, trataban de saltar al escenario en socorro del héroe, arrojaban comestibles sólidos á la cabeza del traidor. Sólo en algunos apartados rincones de nuestras provincias se da el caso ya de que el público obligue al protagonista de Carlos II el Hechizado á dar muerte cuatro ó cinco veces consecutivas al odioso fraile, autor de sus desgracias. En el resto de España, el fraile muere á la hora en que escribimos de una sola puñalada. El público que acude á los estrenos en Madrid, mujeres, viejos y niños, todos se constituyen en tribunal y afectan la imperturbabilidad de un magistrado en vista pública y solemne. En las escenas más interesantes y patéticas, lo más que se permite el espectador es una helada sonrisa de satisfacción y el siguiente galicismo: Está bien hecho. En tanto que dura la representación, todos, todos, hasta aquella rubia de la platea cuyos cabellos parecen dorados á fuego y uno á uno, tienen aspecto de estar escribiendo en lo más profundo del pensamiento unos Apuntes críticos con mucha fibra y mucho calor de humanidad.

Permítaseme que eche de menos en el público un poco de sensibilidad, y después permítaseme proseguir.

El defecto capital del teatro de Echegaray, aquel que resplandece en todas sus obras, es la falsedad. En algunas de ellas, como En el puño de la espada, la falsedad puede denominarse absurdo. Un viento atracado de embustes corre por todos sus dramas, desatando los cabos, invirtiendo los términos, lacerando la urdimbre y arrojando las escenas muy lejos unas de otras, de tal modo que sus personajes quedan gesticulando en la soledad, y el público no ve la razón de sus desconcertados ademanes. Lo que se echa de menos en las obras dramáticas de Echegaray son las matemáticas. En estas obras se estampa el resultado sin haber hecho las operaciones previas, y el público pide que se le muestre la pizarra.

Ahondando un poco en la indagación de este asunto, tal vez observemos que el defecto enunciado, si ataca á la esencia misma de la obra y la reduce á la categoría de efímera, no es de los que niegan por sí la aptitud del artista. Lo que sí muestra inmediatamente es que á la creación de la obra acompañó un algo perturbador y malsano que el autor debió haber huído con empeño. Es imprudente introducirse en el laboratorio de un poeta para espiar sus trabajos, y á seguida noticiarlos á los cuatro vientos. Pero si me fuese dado vencer la repugnancia que me inspira este espionaje y me pusiera á observar el crisol donde hierven los dramas de Echegaray, creo que no tardaría en percibir ese elemento pútrido que causa el daño de la obra. Después, si se me obligase á darle un nombre y no tuviese á mano otro más poético, lo llamaría «precipitación».

La precipitación de que el Sr. Echegaray hace uso en la fabricación de sus dramas es de la peor ralea, porque es la que acompaña, no tan sólo á la ejecución, sino también al pensamiento mismo de la obra.

Estoy pensando en que la idea de haber aproximado el gabinete de un poeta al laboratorio de un químico por algo debió acudir á mi cerebro ahora. ¿Por qué habrá sido?... Quizá tenga su raíz en la impresión que me causó el Sr. Echegaray la vez primera que le vi salir á la escena solicitado por el clamoreo del público. La figura del Sr. Echegaray no despertó en mí, ni más ni menos, la idea del poeta, sino la del astrólogo. Sin que pudiera oponerme al escape de mi fantasía, adornéle de súbito con una bata sembrada de estrellas, le puse sobre la cabeza una caperuza y en la mano una varilla de virtudes, aposentéle en una cámara tétrica toda atestada de libros, de redomas, de animales disecados. Le vi enfrascado á una luz mortecina en la lectura de una Trigonometría rectilínea. Parecía hallarse inquieto, cerraba los ojos con frecuencia y lanzaba tristísimos suspiros.

«¡Ay!—exclamó—¡Aritmética, álgebra, geometría, y por mi desdicha también la trigonometría, todo lo he profundizado con un trabajo constante, y heme aquí pobre tonto!... Hace ya algunos años que enseño á la multitud las matemáticas y no estoy bien seguro de haber enseñado algo de provecho. Ni aun me lisonjeo de que sirva para nada el reducir los quebrados á común denominador. Por eso me he dedicado algún tiempo á la política. Pero todo esto, política y matemáticas, es intrincado, es oscuro, y además sospecho que no sirve para nada. ¡Oh, si yo pudiese franquear esta muralla de fórmulas algebraicas y expedientes que me aprisiona! ¡Si yo pudiese, libre como el humo que se escapa de estos carbones, recorrer á la dulce claridad del gas los escenarios de los teatros, aspirar el perfume de los polvos de arroz, salir cogido de las manos de los artistas, en forma de danza, á embriagarme con el néctar voluptuoso del aplauso! ¡Oh, qué extraña turbación se apodera de mi ser! Escucho una voz celeste que me dice: El mundo de las bambalinas y del albayalde no está cerrado... Ánimo: aún puedes morder donde han mordido Retes y Echevarría... Sí, creo que el genio de Shakspeare da vueltas en torno de mi cabeza y me incita á escribir dramas. Siento que mi espíritu se entrega todo á ti. ¡Oh, espíritu inmortal!... Ven, ven...

(El genio de Shakspeare desde dentro): Huyamos.

Pero esto es Fausto puro, dirán ustedes. No lo niego, diré yo.

Volvamos á la precipitación, volvamos aunque no sea sino para afirmar que la precipitación es una frase inventada por mí para explicar y atenuar algunos pecados cometidos por el Sr. Echegaray. Por lo demás, yo no puedo negar á ustedes el derecho de achacar sus yerros á inopia y no á precipitación.

El comercio y trato frecuente de los grandes hombres suele dejar en nuestra inteligencia huellas muy visibles. Por estas huellas es fácil conjeturar cuál ha sido el grande hombre que más nos ha cautivado. Yo me atrevo á pensar que el favorito del Sr. Echegaray ha sido Arquímedes. De él es de quien ha tomado, sin duda, la mala costumbre de pedir gollerías. Arquímedes decía: «Dadme una palanca y un punto de apoyo, y removeré la tierra». Mas el pobre Arquímedes se fué al otro mundo sin tener el gusto de remover la tierra, porque nadie pensó en darle la palanca ni el punto de apoyo. Echegaray dice: «Dadme un hijo formado por el rayo de la luna que penetra por un vidrio roto (el arte se encargará de pagarlo); dadme un puño de espada que sirva de archivo á una correspondencia que no es posible quemar ni hacer pedazos; dadme una hoja de puñal donde se escriba con sangre como en la mejor vitela, de tal suerte que lo que sobre ella se estampe no pueda borrarse sin habérsela hundido previamente en el pecho el protagonista; dadme la luna, en fin, y yo os daré un drama».

Efectivamente, el público dió la luna y el Sr. Echegaray los dramas. Mas debemos reconocer que éste es un cambio de servicios perfectamente enclavado en la teoría de la circulación, expuesta con gran lucidez por Bastiat, y ni el Estado ni yo tenemos derecho á contrariar el libre desenvolvimiento de las leyes naturales que presiden á la producción, distribución y consumo de los dramas. Lo único que lamento amargamente es que el desgraciado Arquímedes se haya ido al otro mundo sin tener el gusto de remover la tierra.

Inmediatamente después de esto tenía pensado decir al Sr. Echegaray que no tiene un gusto muy exquisito para la elección de temas, á los cuales tampoco sabe dar variedad, ni gran acierto en la pintura de caracteres, que huelen á bastidor desde muy lejos, ni tampoco una versificación flúida, castiza y armoniosa que velara púdicamente las liviandades del fondo. Pero todo esto tenía pensado decírselo de un modo delicado, ingenioso, como deben decirse estas cosas cuando uno quiere sentar plaza de escritor ático, intencionado y habilidoso.

Más de un cuarto de hora he pasado tirándome por la barba y con la vista fija en un mico de bronce que sirve de remate á la tapa del tintero, y no acaba de brotar en mi cabeza ni una sola frase irónica. Me voy convenciendo con verdadero dolor de que no soy tan socarrón como creía.

Despechado y sin aliento, arrojo una mirada sobre las cuartillas escritas. Son veintisiete. Por consiguiente, según mi cálculo, falta por escribir una tercera parte del artículo.

Ahora bien, esta tercera parte la dedica todo crítico bien educado á elogiar la obra que juzga cuando es mala. Cuando es buena, lo común es dedicar dos terceras partes. No seré yo ciertamente quien con mano torpe pretenda romper el curso de nuestras costumbres venerandas, consagradas por los siglos y las generaciones. De las dos terceras partes que llevo escritas, resulta que el Sr. Echegaray es mal poeta dramático. Confío en que de la que falta ha de resultar que es bueno.

El Sr. Echegaray no es tan insignificante poeta como pudiera deducir cualquier adversario suyo de las premisas que he sentado. Yo escribo para las personas ilustradas é imparciales, para aquellas que saben conceder á las frases su verdadero sentido y ver al través de las travesuras del estilo el corazón del escritor. Esas personas que tienen los ojos puestos sobre el mío saben cuán lastimado está y cuán triste por las frases que un destino cruel me ha obligado á estampar. Yo admiro al Sr. Echegaray, le admiro como admiran los gusanos á las estrellas, si es que las admiran. En materia de admiración, muy pocos serán los que puedan ponerme el pie delante. Pero yo bien sé por qué admiro al Sr. Echegaray: las personas que penetran mi corazón, bien lo saben, el señor Echegaray también lo sabe. Hay muchas cosas inefables para la humana lengua, y una de ellas es ésta. Asisto á la representación de una obra de Sánchez de Castro, y quien dice Sánchez de Castro dice Retes. La obra sale mala, como puede suceder, que esto no me lo negarán ustedes. Pues bien, este pobre joven que ha sacrificado veinte reales para verla, se emboza con la mayor dignidad en su capa y sale del teatro murmurando entre dientes Dios sabe qué cosas. Se estrena un drama de Echegaray, y el tal drama no satisface ni con mucho mis exigencias. Pues en vez de salir irritado y feroz á saciar mi cólera en un chocolate, salgo con la sonrisa más plácida del mundo, una sonrisa que envidiaría el mismo Perier, enojando á los amigos con mi descarada alegría, y cantando salmos en honor del Sr. Echegaray.

«Porque tienes garras como el león y dientes como el chacal, señor, desgarras y trituras el arte dramático.

Te glorificaré por tus dramas malos lo mismo que por los buenos y cantaré tus alabanzas.

Tú has abierto mi boca, señor, y mi boca cantará tus alabanzas.

Cuando tú llegaste, los dañinos gorriones, entre los cuales figuraban Pérez Escrich y Larra, y también Eguílaz, divertían sus ocios en picotear la escena.

La picoteaban sin compasión; en su pico no se hallaba palabra de verdad, ni verso sin ripio, y en su alma de gorrión se albergaban la frivolidad y la impotencia.

Llegaste y los desmenuzaste como polvo que el viento esparce, y los barriste como lodo de las plazas.

Á tí, ¡oh señor! tributaré gracias con todo mi corazón, y narraré todas tus maravillas.»

Las maravillas del Sr. Echegaray son algunas escenas tan bellas como hacía muchos años no habían resplandecido en el teatro español y un enjambre de pensamientos graves y luminosos que surcan altaneros el piélago de sus obras, dejando brillante estela de fuego.

Las buenas acciones siempre las tengo presentes y no olvidaré mientras viva de qué modo se ha portado el Sr. Echegaray en una célebre noche. Tres veces consecutivas había subido el telón, y tres veces consecutivas había vuelto á bajar. Cuando subía, me quitaba el sombrero y lo colocaba con delicadeza, que semejaba unción, en la butaca de enfrente hasta que llegaba un caballero de corbata encarnada que me obligaba á levantarlo rápidamente y á plancharlo dos ó tres veces con la manga de la levita. Estas maniobras me hacían perder algunas docenas de versos. Cuando bajaba, me ponía el sombrero y trataba de lanzarme á los pasillos. Indudablemente en la vida del hombre hay momentos críticos. Uno de ellos es salir de una fila de butacas del teatro Español en noche de estreno. ¿Se debe salir dando el rostro ó la espalda á las señoras que ocupan la fila? Militan razones poderosas en pro de ambos sistemas. No obstante, mi opinión, y la apunto con las debidas reservas, es que se debe salir mirando á las señoras. Se deben apretar las piernas hasta donde alcancen las fuerzas contra la fila contigua, con el fin de hacer patente que vuestras extremidades son tan inofensivas como hidalgas. Conviene que al demandar perdón por la molestia, formuléis brevemente una enérgica protesta contra la empresa del teatro, que sacrifica el pudor al sórdido interés. No dejéis tampoco de decir, si os ocurre, alguna frase ingeniosa y moral, sobre todo moral. Si no os ocurre, lo más sensato es doblar el espinazo, sonreir con modestia y abreviar cuanto se pueda. Recorría automáticamente los pasillos, el salón de descanso; escuchaba distraído profundas disquisiciones sobre la verdad de los caracteres y la verosimilitud de la fábula, y pienso que cuando me aposenté de nuevo en la butaca y vi sepultarse á los músicos, cual gnomos misteriosos, en sus tétricos agujeros, ¡Dios me perdone! pero algo semejante á un bostezo vagó por mis labios. Alzóse la cortina pausadamente, con cierto chirrido profético, anunciando que en el caso poco probable de que la obra saliera de la noche limpia de todo silbido, tos ó estornudo, no reportaría pingües ganancias á la empresa. ¡Lo que es el sino! ¡Partiendo de la garita del apuntador hacia dentro, hasta el telón tiene derecho á carecer de sentido común!

Así que vi el escenario, me dió en la nariz un tufillo de belleza que reanimó mi espíritu soñoliento. ¿Tufillo lo he llamado? Pues no es verdad; aroma, aroma era, aroma embriagador que llegaba al corazón. Un hombre que agoniza vertiendo profundos pensamientos en flúido y enérgico romance. Esto no se ve todos los días. ¡Cuántos se mueren en las tablas con el ripio entre los labios! Después, una escena verdadera, con vida terrenal, que en el cerebro delirante del moribundo engendra otra más grande y fantástica. Sombras que toman carne para ofrecer perdón al crimen. Seres vivos que la noche y el remordimiento convierte en sombras. Relámpagos siniestros que alumbran una conciencia cenagosa. El amor tomando posesión de un corazón dolorido. Un poco de verdad y otro poco de poesía. Por allí debía de andar el arte.

Aplaudí como se aplaude cuando no se representa nada de Blasco, y sin acordarme poco ni mucho de que era un crítico, lloré como un simple mortal. No hay más remedio que confesarlo: los críticos, salvo honrosas excepciones, tenemos también corazón como los demás.

¡Qué noche aquélla! Fué La última noche del señor Echegaray. Después le aplaudí más de una vez, pero mis palmadas, casi siempre débiles é indecisas, sonaban á hueco, como las cabezas de algunos sabios. No crea, sin embargo, el Sr. Echegaray que estoy cansado de aplaudirle ni de escuchar sus alabanzas, como aquel paisano de Atenas, que se hastiaba de oir las de Arístides. Aún me restan fuerzas bastantes para sonar las palmas, y si llega el caso sabré gritar: «¡Bravo, bravo, el autor!» tan bien como cualquier radical. La Providencia me ha concedido un tesoro de aplausos; mas yo no tengo facultad para malgastarlo en cuatro días. Redundaría en menosprecio de las buenas obras dramáticas futuras y pretéritas, en perjuicio del Sr. Echegaray, que tiene derecho á no ser empujado por oscuros y peligrosos senderos, y en menoscabo y daño de mi conciencia, que si no regatea jamás los aplausos al mérito, me exige estrecha cuenta de los que tributo á la torpeza.