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Semblanzas literarias

Chapter 41: I
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About This Book

Conjunto de semblanzas y ensayos breves en los que el autor evoca con humor y melancolía sus primeros años en los círculos literarios, retratando compañeros, maestros y figuras culturales mediante anécdotas del Ateneo y del mundo editorial. Las piezas combinan crítica literaria, recuerdos personales y reflexiones sobre la arrogancia juvenil, la amistad intelectual y la inquietud por la posteridad, todo ello escrito con una voz irónica y autocrítica que alterna ternura y sátira.

A la orilla del mar; casi sin luna,
sin una luz apenas,
un ¡adiós! nuestras almas se decían
en la noche desierta.
Dos infinitos batallaban solos
en la muda ribera;
el de aquella imposible despedida
y el de la mar inmensa.

Considere el lector cuánta fuerza y majestad comunica á la composición el adverbio casi interpolado en el verso primero. No es posible decir de modo más elocuente y peregrino que la luna se hallaba en cuarto menguante.

El adverbio apenas del segundo verso presta al casi del primero un apoyo eficaz y desinteresado, que este último nunca agradecerá lo bastante. Al mismo tiempo, y penetrando en el asunto de la composición, declaro que no he visto jamás un cuadro tan desolador. Porque, si para nadie es cosa agradable encontrarse á la orilla del mar, casi sin luna, con dos infinitos que batallan solos, para el Sr. Grilo, que nunca se ha excusado de expresar su fervoroso apego á aquel satélite, debe ser una situación verdaderamente desesperada.

Citaré á más de ésta, como es mi deber, la célebre composición titulada Las Ermitas de Córdoba. Sólo de pensar que pudo haberse muerto el Sr. Grito sin escribir Las Ermitas de Córdoba, me estremezco. Yo no comprendo de qué modo podría pasar la sociedad elegante sin esta maravillosa poesía, sobre todo por las noches. El oir al Sr. Grilo recitar, con las manos quietas, Las Ermitas de Córdoba, es uno de esos goces sencillos y honestos que no puede sustituirse con nada. ¡Plegue al cielo que nuestra aristocracia continúe siempre buscando un refugio para su hastío en esta milagrosa composición!

Mas, como no hay nada en el mundo perfecto, en algunas de las poesías del Sr. Grilo he creído hallar ciertas imperfecciones que, si no dañan poco ni mucho á su pensamiento (del cual he dicho ya que prescindía por entero en este artículo), turban y empañan el claro brillo de la forma. Sea ejemplo este soneto que trascribo fielmente de La Ilustración Española y Americana:

Monasterio de Piedra 20 de Agosto de 1876.

 

Observo en el soneto anterior algunas exageraciones é injusticias que me importa rectificar. Deploro en primer término que sin más ni más, y sólo por capricho, ponga el Sr. Grilo en el mismo nivel al río Piedra y al Niágara. Prescindiendo de que las comparaciones siempre son odiosas, creo que en el caso del Niágara me sentiría profundamente humillado de este parangón; porque al fin y al cabo, si no vale más que el río Piedra (que esto no puedo decidirlo, pues no tengo el gusto de conocer ni á uno ni á otro), por lo menos tiene mucha mayor reputación y un nombre más conocido en las letras. Duéleme en segundo lugar que «el raudal sonoro de las ondas se desate en una muchedumbre vistosa de saltos», porque hasta aquí, por regla general, los saltos no eran aficionados á reunirse en grandes agrupaciones; y me inquieta bastante que eso suceda ahora, pues siempre estoy temiendo cualquier desmán por parte de las muchedumbres.

El segundo cuarteto dice que

«¡Rota el agua en su inmensa pesadumbre,
en torrentes de espuma se dilata,
y ruedas, etc.»

No veo aquí tampoco la paz y la concordia que deben reinar siempre entre el sujeto y el verbo. Ese desfachatado ruedas tiene todo el aire de sublevarse contra el agua.

En cuanto á las copias del iris que el Piedra ha conseguido sacar en cristal y lumbre, me veo en la precisión de confesar que aunque me eran conocidas mucho ha las reproducciones en cristal, por lo que se refiere á las de lumbre no puedo decir lo mismo. Esto, después de todo, no tiene mucho de particular, porque nadie ignora que la fotografía está haciendo en estos últimos tiempos unos progresos increíbles.

Transijo con que todas las peñas, sin exceptuar una siquiera, sonrían al pasar el río Piedra, aunque no veo motivo para ello, y hasta con que dicho río filtre sus gotas con tanta sobriedad y parsimonia en las grutas. Por lo que no puedo pasar en modo alguno es por que el Sr. Grilo califique, tan á la ligera, á los ámbitos de indecisos. Ninguno, absolutamente ningún motivo tiene el Sr. Grilo para arrojar sobre los ámbitos ese odioso calificativo. ¡Pues á buena parte va con los ámbitos! No puede darse nada más decidido que ellos así que toman una resolución, por peligrosa y extremada que sea.

«¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día
las hadas, á los rayos de la luna,
bajaron á este nuevo Paraíso!»

Aún estoy en duda sobre lo que quieren decir estas frases; mas si por ventura se pretende significar con ellas que el río Piedra es una escala, no puedo menos de rechazar con todas mis fuerzas tan gratuita suposición. Tengo razones poderosas para creer que este virtuoso río ni sirve ni ha servido jamás de escalera á nadie para subir ó bajar á los rayos de la luna, y mucho menos á las hadas. Cualquiera comprenderá que eso no está en su carácter.

Después de observar estas y otras extrañas injusticias del orden físico y del orden gramatical en las composiciones de nuestro poeta, á nadie sorprenderá que me haya quedado meditando sobre él unos instantes. En conciencia, me corresponde declarar que hay pocas cosas en el mundo que se presten á tantas consideraciones como el Sr. Grilo. Yo quería conocer la fuente misteriosa de donde manaban estas injusticias, ó la raíz invisible que las unía al espíritu del poeta, ó el rasgo genial y característico en que se aposentaban; quería darme cuenta, en suma, y penetrar en ese mundo de representaciones y sentimientos que los grandes poetas llevan consigo, dentro del cual todas sus grandezas y extravagancias hallan cumplida explicación. Varias veces había arrojado ya la sonda en el espíritu de nuestro poeta sin que jamás hubiese logrado tocar en firme. No fuí en esta ocasión más afortunado que anteriormente. Con la frente apoyada sobre la mano, y la mano sobre el codo, y el codo sobre la mesa, dejaba correr la cuerda por los dedos de mi pensamiento, y el plomo que la arrastraba seguía marchando con vertiginosa rapidez por el espíritu del Sr. Grilo, cual si estuviera ansioso de encontrar el fondo. Pero no lo encontraba. A medida que la cuerda se iba deslizando, crecía más y más la admiración que siempre he profesado á este poeta, hasta el punto de no caber ya en los estrechos límites de mi chaleco, por lo cual tuve la precaución de soltarle unos botones con el único y exclusivo objeto de dar á aquélla algún respiro. El cielo de mi pensamiento se iba poblando de refulgentes consideraciones, y adquiría un parecido notable con la bóveda estrellada, cuyo centro se halla en todas partes, y cuya circunferencia en ninguna, según Pascal. De repente el plomo cesó de caminar. Había concluído la cuerda.

No sé lo que entonces me ocurrió, aunque algo debió ocurrirme. Lo cierto es que se abrió la puerta de mi cuarto para dejar paso á un personaje, que según lo que entonces pude colegir era mi criada, la cual me entregó una tarjeta. Esta tarjeta decía como sigue: La Musa del Sr. Grilo. Y nada más.

Al fin y al cabo se trataba de una mujer, y yo que en estos asuntos soy muy nervioso, no pude evitar un raro estremecimiento en toda mi persona, del cual estoy en este momento sinceramente arrepentido.

—Dígale usted que pase adelante.

Fuése la criada, y se puso á discusión con mucha premura en mi cerebro la actitud que yo debería adoptar en el instante de abrirse la puerta nuevamente. Por último se decidió como lo más sensato que me echase un poco hacia atrás en la silla, dejando descansar el brazo izquierdo con cierto abandono sobre el respaldo de otra que á mi lado tenía, mientras la mano derecha jugaba graciosamente con el mico de bronce que corona la tapa del tintero. Las piernas extendidas con dignidad, y la cabeza inclinada hacia un lado. Lo que costó más trabajo resolver fué el problema de la mirada; mas al fin prevaleció la idea de que fuese abierta, tranquila y un si es no es fría.

Cualquiera comprenderá que esta noble actitud no impidió que me levantase apresuradamente, haciendo mil reverentes cortesías así que penetró en el cuarto la Musa. La Musa era una señora de la cual no habría muchos que dijesen que era bonita y airosa (aunque alguno habría, porque nunca falta un caballo de buena boca). En el traje que vestía, bordado primorosamente con toda clase de piedras preciosas, se hallaban dignamente representados los siete colores primordiales del iris y todos los demás intermedios.

—¿Á qué debo el honor, señora?... Señora, tenga usted la bondad de tomar asiento.

Sentóse la Musa, haciendo antes con la cabeza ciertos movimientos que no me parecieron bastante compatibles con su elevada posición, y fijó en mí una mirada que decía todo lo que una mirada puede decir en semejantes casos.

Sonaba en la parte de afuera un fuerte y extraño rumor, y como la Musa notara la inquietud que me causaba, dijo:

—No tenga usted cuidado; es mi séquito de palabras, que he dejado en el pasillo.

Tenía la Musa una voz muy dulce, que me reconcilió hasta cierto punto con sus movimientos de cabeza, los cuales continuaban cada vez más extraños é inverosímiles.

—Señora, ¿podría saber?...

—¿Qué?... ¿el significado de mi visita? No, caballero, no puede usted saber nada. La explicación de mis actos y de mis palabras sólo corresponde á Dios.

—Dado que así sea, no es por eso menos grato y honroso para mí ver en esta su casa á la persona que mejores ratos ha hecho pasar á la buena sociedad madrileña... ¿Tendría usted la bondad, señora, de no enredar con esos papeles? Me va á costar después mucho trabajo arreglarlos.

La Musa fijó otra vez en mí su mirada comprensiva, y quiso decir algo, pero no lo dijo.

—Á propósito, señora; en este momento me hallaba sumido en enojosas perplejidades y confusiones que usted mejor que nadie, seguramente, podría desvanecer. Meditaba sobre el dueño actual de su albedrío; meditaba sobre el Sr. Grilo tratando de investigar, ó mejor dicho, de medir, el contenido de sus composiciones. Dispénseme usted, graciosa señora, si faltándome fuerzas para llevar á cabo tal empresa, me atrevo á suplicarla que me diga dónde está el fondo poético del Sr. Grilo.

Aquí la Musa se inmutó visiblemente, acudiendo súbita palidez á sus mejillas. Alzó los brazos al cielo con ademán patético, movió la cabeza fantásticamente, y muy temblorosa y conmovida, dijo:

—¡Oh caballero!... por Dios no quiera usted saber eso. No sea usted tan cruel como otros críticos... ¡Para qué le hace falta á usted saber eso!

Gruesas lágrimas empezaron á rodar por las descoloridas mejillas de la Musa. Llevóse las manos á la cara y comenzó á sollozar fuertemente. Parecía que iba á ahogarse.

Yo permanecí mudo contemplándola con lástima, y bien sabe Dios que no cruzó por mi cabeza la idea de insistir en mi deseo.

Respetemos los grandes dolores.

D. ADELARDO LÓPEZ DE AYALA

I

E leído en Hegel (cierta vez que tomé la resolución de leer á Hegel) que la poesía dramática es aquella «que reune á la objetividad de la epopeya el carácter subjetivo de la poesía lírica». No estoy bien seguro de haber comprendido todo el alcance de las reflexiones con que el filósofo germano ilustra este su principio estético. Mas sí lo estoy plenamente de poderlas repetir al pie de la letra, como lo ha hecho ya mi esclarecido amigo el Sr. Revilla, ganando, con justicia, por ésta y otras graves empresas, fama de docto y avisado. Respetando, como debo respetar, esta fatal delantera, permítaseme, no obstante, deplorarla amargamente. Nadie puede figurarse hasta qué punto me conceptuara feliz de que tales flores metafísicas se irguieran todavía sobre el tallo frescas y olorosas, esperando con resignación la podadera del sabio. Me cuesta gran trabajo renunciar á ese barniz filosófico que tanto avalora las producciones de los jóvenes críticos. Yo había soñado para esta semblanza con un preámbulo sabio y concienzudo que supiera abrirle mañosamente las puertas de la buena sociedad y de las doctas corporaciones; un preámbulo que ganase para su autor inmediatamente una inmensa reputación de hombre serio. ¡Ah! ¡Quedan ya tan pocos hombres serios! ¡Son tan pocos, por desgracia, los escritores que saben mantener su pluma limpia de toda farsa ó chanzoneta! Quizás dentro de poco no quede en el mundo más hombre serio que el Sr. Revilla. Por mi parte, declaro que hice hasta aquí y seguiré haciendo, Dios mediante, los mayores esfuerzos para despojarme de esa levadura jocosa que se desliza como veneno mortal en la mayoría de mis producciones.

Hace algunas noches me hallaba presenciando una de las brillantes funciones ecuestres y gimnásticas del circo de Price en la misma sazón que la embajada china asistía también al espectáculo desde un palco. Respirábase en aquel recinto una atmósfera frívola, que no podía menos de disgustar á todo hombre grave. Los clowns agotaban el repertorio de sus muecas y carocas más ridículas y extravagantes, las cuales producían en aquel público superficial mucha algazara, escuchándose aquí y allá extemporáneas y fútiles carcajadas, viéndose en todas partes desordenados movimientos que turbaban el ánimo y lo dejaban sumido en tristes meditaciones. Halló el mío, sin embargo, motivo para regocijarse al percibir los semblantes serenos y rígidos del embajador chino y su cortejo. ¡Qué majestad y qué calma reinaban en aquellos continentes mongólicos! Todos se mantenían en una perfecta dignidad, sin manifestarse en poco ni en mucho impresionados por lo risible del espectáculo. Yo los contemplaba extasiado, y lágrimas de admiración acudían sin poderlo remediar á mis ojos. ¡Ay!—pensaba al mismo tiempo.—Con facultades tan excepcionales de gravedad y circunspección, ¡á dónde no habrían llegado estos chinos si se hubiesen dedicado en España á la crítica literaria! Tratemos de imitarlos hasta donde alcancen nuestras fuerzas, y si está de Dios que he de renunciar á Hegel (como es mi deber, una vez que otros con más méritos han sabido trasladar á nuestro idioma sus profundos razonamientos), procure al menos decir algo mesurado y digno sobre el Sr. Ayala.

II

La combinación de lo objetivo con lo subjetivo ha sido siempre el fuerte de los españoles. Nuestro país, más dado por impulsos naturales á la acción que á la contemplación, fué toda la vida vasto escenario manchado con la sangre de innumerables tragedias. El drama se aloja en los temperamentos exaltados é irreflexivos, como la culebra en su nido de hierbas. No hay más que hacer un poco ruido para que se despierte. ¡Y en nuestra patria se ha hecho siempre tanto ruido! Quizás por eso los españoles hemos convertido en sangrientos dramas los aspectos más nobles de la vida, el amor, la gloria, el honor, la religión. El español no ha devorado jamás sus impresiones en el silencio y la soledad, como el sombrío germano ó el melancólico semita; ha necesitado sacarlas al aire libre y verlas seguir su camino por la tierra. La lucha consigo mismo dura para él sólo un instante; la lucha con lo que le rodea dura toda la vida. Prefirió siempre lo definido y lo enérgico á lo vago y lo sentimental, y con la misma facilidad que ha hecho salir el pensamiento de la boca, ha sacado la espada de la vaina. En la historia no existe ningún pueblo que haya tenido tan cerca el pensamiento de las manos.

Un pueblo tan objetivo, digámoslo con Hegel, necesariamente ha de poseer una gran epopeya ó un gran teatro. Nosotros poseemos un gran teatro. Añadid unos bastidores por los lados, unas bambalinas por arriba, unas candilejas por abajo y unos deliciosos versos por todas partes, á lo que ha doscientos años acaecía á la luz del sol en nuestros palacios, en nuestros caminos, en nuestros templos, á la de la luna, en nuestros jardines, en nuestras calles y en nuestros mesones, y tendréis un teatro apasionado, vivo é interesante. Así lo han hecho Lope, Calderón, Tirso y Moreto. Y como la literatura responde siempre á cualidades ó aficiones del espíritu, y gusta también de adquirir costumbres pisando hoy el camino que siguió ayer con preferencia á otro nuevo, de aquí que, á pesar del transcurso de los tiempos, del cambio radical de vida y de las notables modificaciones que el carácter ha experimentado, nuestra poesía se dirija aún hoy con amor al teatro, que ha sido siempre el de su gloria. Desde Calderón hasta ahora hemos perdido mucha fe, mucho heroísmo, mucha superstición, mucho entusiasmo, mucha firmeza y muchas costumbres pintorescas, que todavía nos agrada ver retratadas en la escena. Sobre todo, hemos perdido á Calderón. Mas aun con eso, no deja nuestra época de ofrecer aspectos interesantes y poéticos que, si no engendraron hasta el presente un gran teatro, han motivado por lo menos algunas obras maestras del arte dramático. Moratín, Bretón de los Herreros, Ventura de la Vega, García Gutiérrez, Tamayo y Ayala son sus autores.

No es Ayala el menos insigne de cuantos acabo de mencionar. De todos los autores que han intentado representar á la sociedad española de este siglo en sus obras, si exceptuamos á Bretón, ninguno lo ha realizado, á mi entender, de un modo más perfecto y acabado que Ayala. Pero ¿es el destino del artista representar al vivo los sentimientos de la sociedad en que ha nacido, ó debe, por el contrario, expresar los sentimientos generales y permanentes del género humano, para que sus obras tengan consistencia y sepan resistir al esfuerzo de los siglos? No lo sé, ni lo sabe nadie tampoco; que es imposible resolver asuntos en que intervienen gustos, opiniones y hasta escuelas filosóficas contrarias. La inclinación del sentimiento me arrastra, sin embargo, á preferir lo primero. Yo amo ante todo y sobre todo en el artista lo individual, esto es, lo que le caracteriza y le distingue de los demás hombres y los demás artistas. Me deleito en observar la impresión que sobre su espíritu excepcional causa lo que le rodea, las huellas profundas ó leves que van dejando en él los sucesos de la vida. Dejémosle que pinte á su manera sus propios sentimientos y los sentimientos de los que le acompañan en este viaje terrenal. Humanos sentimientos habrá de expresar, porque hombre es él y hombres los que le rodean. Lo que hace amable la poesía, después de todo, no son, en mi entender los sentimientos generales y permanentes que expresa, sino el cómo se han sentido estos sentimientos en cada pueblo, en cada individuo; el cómo la luz interior que á todos nos alumbra se ha descompuesto al atravesar aquellos prismas, originando tantos y tan hermosos matices. La poesía es un mundo aparte, donde los sentimientos se fijan con fuerza unas veces, se desvanecen y se pierden otras, se iluminan, se oscurecen, agítanse febriles ó reposan blandamente; modifícanse, en fin, de mil extraños modos, para que el poeta extraiga de ellos ese divino jugo que hace la vida dulce. Esto es la poesía, y esto es lo que me tomo la libertad de juzgar que es, no creyendo con ello herir la dignidad de nadie. Todo hombre lleva, más ó menos grande, uno de esos mundos dentro de su alma. Yo sé que mis sentimientos son iguales á los de otro hombre cualquiera; mas en los años que llevo de existencia, han surgido dentro de mi espíritu algunos risueños ó lúgubres fantasmas que se desvanecieron tan pronto como los que el humo de mi hogar forma en los aires, algunos fugitivos y adorados sueños que pasaron para no volver, y que exclusivamente me pertenecen. Si yo hallase en el fondo de mi pensamiento la expresión que les conviene, no les quepa á ustedes duda, sería un poeta.

Por eso lo es el Sr. Ayala; porque la encuentra. La mayor parte de los hombres pasamos por el mundo sin percibir apenas más que las apariencias de las cosas. Actores ó espectadores en los sucesos que en torno nuestro acaecen, no comprendemos, ni nos imaginamos siquiera su valor poético hasta que el artista nos lo ofrece en sus producciones.

Todos los días tropezamos en las tertulias á que asistimos con alguno de esos hombres cuyo egoísmo les lleva á concebir y pregonar un sistema moral para la vida, donde se disculpen y hasta se ennoblezcan los vicios y los crímenes de la suya; con uno de esos distinguidos infames que aspiran por medio de modales elegantes y correctos á difundir entre los pueblos un nuevo Evangelio, donde la perfidia y la bajeza sean consideradas de buen tono, y las más nobles virtudes, patrimonio sólo de los cursis. Al lado del apóstol también solemos ver al discípulo, que, rebosando de fe y entusiasmo, marcha con botas de charol por el áspero sendero del maestro. Pero no se le ha ocurrido sino al Sr. Ayala que el converso fije sus miradas en la esposa del apóstol, y éste le preste, sin saberlo, todo su valioso apoyo para la consumación de su propia deshonra, originándose de aquí un enredo tan sencillo é interesante como el de El tejado de vidrio.

¿Quién no ha presenciado y aun intervenido en alguna de las contiendas que el interés del dinero riñe á cada instante con los sentimientos generosos y los afectos dulces del corazón? El interés—que responde á uno de los aspectos repugnantes de la naturaleza humana—no es un vicio peculiar de nuestra época; mas no hay duda que en nuestra época presenta caracteres singulares y dignos de atención. La codicia ha tomado en el transcurso de los tiempos formas más sutiles y corteses; se ha acicalado un poco, y se la conoce hoy con el nombre inofensivo de negocios. Nadie mejor que el Sr. Ayala ha sabido describirla, poniéndola en lucha con la pasión más divina y humana al mismo tiempo, con el amor, en El tanto por ciento, la más trascendental sin duda, y en concepto de muchos, la más bella de sus obras.

Apenas pasa un día sin que necesitemos estrechar la mano de una de esas niñas angelicales que van á pie por Recoletos, lanzando miradas furtivas y ardorosas á los carruajes que cruzan. Á veces la vemos acompañada de un joven de modesto porte y mirada franca. Es su novio, nos dicen; un muchacho que sigue la carrera de médico y está empleado en una sociedad de ferrocarriles. Después de escuchar la noticia pasamos á otra conversación. Más tarde nos dicen que aquella niña se ha casado con Fulano de Tal, un conocido nuestro y hombre acaudalado. Más tarde la vemos en un palco del Teatro Real ó en un carruaje de la Castellana, y le quitamos desde lejos el sombrero. Más tarde vemos á su marido acompañando á otra mujer, hermosa y cubierta de galas. Más tarde la encontramos en una casa, nos saluda con afecto, se muestra un poco expansiva y nos dice que no es dichosa en su matrimonio. Y el joven estudiante, empleado en ferrocarriles, ¡ay! ni por casualidad vuelve á parecer por nuestro pensamiento! ¿Dónde está?—Á lo mejor vemos su nombre en un periódico. Le han nombrado presidente de una comisión científica. ¡Pluguiera á Dios que le nombrasen también hombre feliz!

¡Qué historia tan vulgar! Y, sin embargo, con ella se ha formado una de las obras más admirables del teatro moderno.

Consuelo era uno de esos ángeles que piensan mucho en su porvenir, «y no se empalagan nunca de sí mismos cuando se miran al espejo». Fernando la amaba con toda su alma, como aman los hombres sensibles y honrados, sin empalagarse jamás de pensar en ella. Fernando llega un día á casa de su amada después de larga ausencia. Consuelo se desmaya al verlo. ¡Qué corazón tan puro! Examinad bien ese corazón, no obstante; dadle muchas vueltas en la mano, y percibiréis en cierto paraje una ligera picadura. Por allí ha penetrado el gusano de la vanidad. Arrojad, arrojad pronto ese corazón. Dentro de él ya no hay más que podredumbre.

¡Pobre Fernando! Acaba de recibir la primera pedrada que el egoísmo arroja á la inocencia en este mundo! Consuelo, aquella niña que había visto por vez primera sentada al piano,

«muy sorprendida y risueña
de que mano tan pequeña
moviese tan grande estruendo»,

aquella niña que se había filtrado en su alma como un rayo de luz, no era un rayo de luz de los cielos, sino de las hogueras del infierno. El oro que Fernando despreciara por no manchar su conciencia, lo había recogido Ricardo, y Ricardo había decidido pedir la mano de Consuelo por conducto de Fulgencio, el mismo día que llegó Fernando. Consuelo á su vez había decidido casarse con Ricardo. ¡Qué tiene esto de particular! ¿Acaso es la primera niña que deja un novio y toma otro? Así razonaba ella con profundidad que encanta y admira á Fulgencio, hombre muy bien afinado con el sentido moral predominante en nuestra sociedad.

Hay una escena violenta entre Consuelo, Antonia su madre y Fernando. Antonia, que amaba ya á éste como á un hijo, se desmaya; pero Consuelo se había comprometido á salir en carruaje con Fulgencio, la señora de éste y Ricardo, y no tiene más remedio que marcharse apenas vuelve su madre á la vida. ¡Ay! ¡Fernando la ha perdido para siempre... y su madre también! Así terminó el acto primero.

Ricardo era un hombre frío, imperioso y egoísta. Nada tiene de extraño que Consuelo se enamorase de él perdidamente. Ricardo, pasada la luna de miel, considera á su mujer como el mueble más elegante de su casa. Una vez satisfecha su vanidad por esta parte, era imprescindible satisfacerla por otras, y al efecto dedica su amor y sus brazaletes á una renombrada cantante. Consuelo sorprende una carta y paladea todo el amargor de los celos. Fulgencio, el dulcísimo Fulgencio, tiene la buena ocurrencia de convidar á comer en su casa (donde comían también Ricardo y Consuelo) á Fernando. ¡Con qué jovial indiferencia había escuchado Consuelo esta noticia! Al saber Fernando que va á sentarse á la mesa en compañía de Ricardo y Consuelo, trata de irse.

Ya es tarde. Consuelo penetra en la habitación y experimenta una ligera sorpresa, de la cual bien pronto se repone. Mientras Consuelo habla con Fulgencio para informarse del concierto donde canta su rival, Fernando, apoyado en una silla, no despliega los labios. En este silencio tan natural, tan delicado, tan conmovedor, se revela bien claramente lo poeta que es el Sr. Ayala. Un autor observador no hubiese dejado nunca de hacer prorrumpir al desdichado amante en desesperadas exclamaciones, que destruirían enteramente el efecto de esta interesantísima escena.

Fernando no quiere quedarse á comer, y Consuelo lo despide diciéndole:

«Pues, Fernando, que nos veas
antes de irte; no seas
ingrato...»

Todos nos hemos oído llamar ingratos de esta suerte por alguna hermosa dama; pero todos conocemos también la trascendencia de la suave y distraída sonrisa que suele acompañar á este adjetivo. Por eso Fernando cae desolado en una silla, cubriéndose el rostro con las manos. ¡Cómo la ama todavía!

Consuelo, ofuscada por los celos, se arroja á dárselos á su marido con Fernando, suponiendo que éste, amante suyo en otro tiempo, era el mejor para el caso. En presencia de Ricardo le escribe una carta invitándole á que venga á visitarla, y entrega el billete á Ricardo para que lo remita á su destino (esto es, para que lo lea). Pero Ricardo no lee el billete, porque ha leído ya todo lo que necesitaba en el alma de Consuelo, y lo deja intacto sobre la mesa. Llega Fernando, y Fulgencio, que había recogido el billete, se lo entrega.

¡Por qué se habrá escrito una carta tan infame! Parece increíble que dos renglones de una letra menuda y desigual vuelvan el entendimiento y hasta el corazón del revés. Yo, sin embargo, lo creo á pie juntillas. Fernando se sorprende, se acalora, se llama infame, delira... y resuelve acudir á la cita. Da fin el acto segundo.

Es de noche. Lorenzo, el criado de Ricardo, después de haber acompañado al Teatro Real á Consuelo, se entretiene en coloquio amoroso con Rita la doncella. Algunos tildan de larga esta escena. Yo la encuentro tan extraordinariamente bella, que nunca me he fijado en sus dimensiones. El suave donaire, el sosiego y la frescura de esta escena son medios artísticos de gran delicadeza para que la aparición del drama cause efecto más seguro. El drama aparece con la entrada repentina y violenta en la escena de Consuelo. Se dirige al armario de sus joyas, y pide con voz temblorosa la llave á Rita. En el teatro había visto á su rival luciendo un aderezo muy semejante al suyo, y viene á saber si es el mismo. El aderezo no está en el armario. En el mismo instante aparece Fulgencio, que de acuerdo con Ricardo, era portador de otro aderezo igual y una mentira. El portador recibe en pago de sus buenos oficios algunas injurias, y Consuelo se queda á solas con su amargura y sus celos abrasadores. ¡Cuán lejos estaba su pensamiento en aquel instante de Fernando! Y, sin embargo, en aquel instante Fernando entraba en la casa, subía la escalera, alzaba la cortina del gabinete. ¿Qué venía á hacer allí? Consuelo, la misma Consuelo, cuya mano había escrito una carta llamándolo, se lo pregunta con sorpresa.

Fernando venía á apurar las heces de aquel cáliz que el destino le presentó al enamorarse de Consuelo. Venía á saber que no sólo no había sido amado jamás, sino que su amor había servido en esta ocasión de señuelo para atraer al precioso é irresistible Ricardo. ¡Y la mujer que se cebara con tanta saña en su pobre corazón estaba allí, la tenía delante de sus ojos siempre con su rostro dulce y angelical! Fernando se para á meditar el estrago que aquel rostro dulce y angelical ha hecho en su alma, y se sienta con tranquilidad aterradora en una silla. ¿Qué intenta? ¿No repara que Ricardo vendrá muy pronto? ¡Qué importa! «Hoy habrá penas para todos», dice con sonrisa feroz el desdichado amante. Y ni las amenazas ni las súplicas de Consuelo le conmueven. Mas al fin le disuaden de su propósito las lágrimas de Antonia, de aquella pobre madre que había protegido su amor en otro tiempo.

«¡Triunfa el crimen. ¿Quién lo duda,
si hasta le prestan su ayuda
la virtud y la bondad!»

exclama Fernando al partir. Llega Ricardo, y sin sospechar siquiera, ó si lo sospecha sin dársele nada de los atroces tormentos que sufre Consuelo, se despide de ella para París. Se va á París con su querida. La infeliz esposa se arroja á los pies del marido, y con sus lágrimas y ruegos quiere retenerlo. Todo es en vano. Las lágrimas pueden mucho con los hombres que tienen corazón, pero nada con los que no lo tienen. Se va Ricardo y aparece Fernando, que por haber hallado la puerta cerrada, tuvo necesidad de presenciar la escena anterior desde la habitación contigua. A él se dirige la infeliz Consuelo pidiéndole perdón. Pero Fernando, el humillado y escarnecido Fernando, ¡cómo se ha de compadecer de sus tormentos, cómo se ha de apiadar de ella! Se va Fernando como se había ido Ricardo. En aquel amargo trance, ¿á quién acudir? ¿Quién podía compartir con la desventurada esposa el dolor de aquel fiero abandono? Tan sólo su madre, su tierna madre, que tanto la amaba. Mas al dirigirse á su habitación, Rita sale de ella dando gritos y pidiendo socorro... Su madre se había ido también á otro mundo mejor!

«¡Dios mío! (exclama Consuelo desplomándose)
¡Que espantosa soledad!»

Sí: la soledad espantosa que el egoísta va formando en torno suyo en esta vida. El desenlace no es artificioso ni violento: es un desenlace sencillo, natural y lógico. Obsérvase en él sobre todo la austeridad que debe acompañar á una catástrofe interior más que exterior. Pero esa misma austeridad lo hace infinitamente más conmovedor. Aquella figura sola, terriblemente sola enmedio del escenario, que cierra los ojos para mirar á su alma, y se desploma lúgubremente sobre el pavimento, es una figura verdaderamente grande y patética.

He relatado adrede el argumento de Consuelo, por ser éste tal vez la más sencilla y corriente de las historias que el Sr. Ayala ha elegido para tema de sus obras. El cómo de esta historia tan vulgar se ha hecho una obra dramática tan primorosa y exquisita, yo no puedo explicarlo. Vayan ustedes al teatro, y allá verán cómo se ha hecho. El Sr. Ayala nos trasporta á todos á las tablas con los mismos cuerpos y almas que tenemos; y sin dejar de ser los mismos pobres diablos que nos empujamos por las tardes en Recoletos y tomamos el fresco por las noches en los jardines del Buen Retiro, quedamos por arte de birlibirloque trasformados en personajes interesantes y poéticos. Casi estoy por asegurar que el Sr. Ayala sería capaz de presentar en la escena una discusión del Ateneo, con discurso de Perier y todo, y hacer que todos estuviésemos embargados y suspensos escuchándola.

Mas yo, que sé decir todas estas lindas cosas de un poeta, me pinto solo para decir las feas cuando por desgracia las encuentro. Y si no, van ustedes á ver.

Las obras todas del Sr. Ayala dejan percibir, desde el comienzo hasta el fin, al artista de corazón y al poeta de nacimiento; mas en ninguna de ellas se revela el ingenio poderoso que señala ó determina, impulsado por una fantasía viva y espontánea, nuevos é ignotos derroteros para el arte. Estos ingenios, que aparecen de tarde en tarde, son por regla general fecundos, desordenados, sublimes muchas veces, monstruosos y extravagantes otras, pero siempre grandes y admirables. No concurren estas circunstancias en la inspiración del Sr. Ayala, por lo cual, á mi entender, no debe ser comprendido entre tales ingenios, sino mejor entre aquellos otros que arrojándose con criterio más seguro, pero con menos inventiva y atrevimiento, por las vías trazadas por los primeros, las asientan y perfeccionan.

Caracterízanse las obras del Sr. Ayala por una perfecta regularidad y proporción entre todas sus partes, por un orden acabado en el desenvolvimiento de la fábula, y principalmente por una discreción nunca desmentida en todo cuanto dicen y ejecutan sus héroes. Es una discreción pasmosa. Declaro, no obstante, ingenuamente que tanta discreción me llega algunas veces á fatigar. Hay ocasiones en las obras de arte en que el lector desea que el artista le sorprenda por un golpe de mano atrevido de la imaginación, aunque sea por un disparate estupendo. Llegan momentos en que realmente siente uno la nostalgia de Grilo. Todo menos ese compás que el entendimiento—no la fantasía—va marcando fríamente al través de los parajes de una obra. En las de nuestro poeta percíbese con harta claridad la mano que escribe y que borra, que torna á escribir y torna á borrar. El arte es de todo punto necesario, pero conviene siempre ocultar esa mano entrometida, para que las gentes, en vez de arte, no den en llamarle artificio.

Mas si la inspiración del Sr. Ayala no tiene ni el calor ni la fuerza que la de nuestros grandes dramaturgos del siglo XVII, en cambio hay en ella tanta dulzura y elegancia que no puede menos de ser amable para todo el mundo, aun para aquellos que, como yo, prefieren lo grandioso á lo correcto. Me gustan más, lo confieso, los aromas penetrantes de un bosque de naranjos y limoneros, de acacias y magnolias, pero también aspiro con delicia el perfume suave y delicado de las flores que crecen en los tiestos. Me gustan más las tierras que naturaleza hizo fértiles, pero me agradan también mucho las que lo son por la diligencia y el esmero de su dueño.

Tiene, á más de dulzura y elegancia, la inspiración de nuestro poeta un no sé qué de buen tono, un cierto dejo aristocrático que al trasmitirse á sus obras se filtra también en el alma de los espectadores. Cuando salgo de verlas en el teatro, aunque vista camisa de color y americana, sin saber por qué, me figuro que estoy vestido de frac y corbata blanca, y al poner al pie en la calle me extraña grandemente que no me espere para llevarme a casa un ligero y elegante landó con dos caballos.

Hasta las sesiones del Congreso de Diputados notan la presencia de nuestro poeta cuando toma asiento en el sillón presidencial, reduciéndose á ser más amenas y correctas. Hay algunas, no obstante, que saben resistir con buen éxito á la influencia artística del presidente. ¡Cuántas veces le he visto al declinar la tarde, con sus dos maceros detrás, bostezando una de estas rebeldes sesiones! Así que llega á persuadirse de que ni sus efusivos bostezos ni las miradas distraídas que pasea por el ámbito de la sala logran enternecer á la empedernida sesión, el señor Ayala adopta, como es natural, las medidas que la prudencia y su alta representación aconsejan. Se echa hacia atrás, y apoyado el codo en el brazo del sillón, deja reposar blandamente la mejilla sobre la mano. Sus ojos permanecen abiertos, muy abiertos, pero su abundante cabellera empieza á descender con lentitud por el suave declive de la frente, y en breve tiempo logra invadir la mayor parte de aquel rostro literario más que político. Al poco rato, sobre la silla presidencial ya no se ven más que cabellos. El Congreso está presidido por una melena.

La luz que poco antes entraba á torrentes por los medios puntos abiertos en las alturas del salón, empieza á retraerse disgustada de la inflexibilidad del reglamento. Lo primero que deja sumido en la sombra es la cabellera del presidente. Pasa con la mayor indiferencia por encima de la «orden del día», que se halla extendida sobre la mesa, y baja culebreando y con mucho cuidado para no hacerse daño por la charolada madera de la tribuna hasta el redondel, ó como se llame. En el redondel no están más que los taquígrafos, gente de escasa importancia. La luz los mira de reojo y con altivez, y marcha hacia el banco azul, donde se encuentra á la sazón un ministro. La luz se apercibe un momento, como para poner los papeles en orden, y de repente se encara con él, interpelándole:—¡Eh! señor ministro, ¿qué noticia tiene S. S. de los desórdenes ocurridos en Navalcarnero? El ministro, como acontece siempre en tales casos, frunce las cejas, arruga la nariz y cambia inmediatamente de postura. La luz marcha poco satisfecha del ministro. Bien se le conoce en la mirada severa y rápida que lanza de una vez á toda la derecha. Esta mirada va á extenderse también á la izquierda, mas la luz allí se encuentra casi sola y se quiebra, y se sume tristemente en el terciopelo de los bancos. Después se pone á escalar con trabajo las paredes, deteniéndose en cada relieve y en cada adorno para tomar aliento. Después se asoma á la boca de las tribunas, y al ver su negrura renuncia de buen grado á esclarecerlas. Sin embargo, allá enfrente, en la tribuna de la presidencia, muy cerca de una columna, se ve una cabecita blonda, una cabeza de mujer. La luz, sin respeto alguno á lo sagrado y augusto del recinto, se detiene frívolamente á jugar con aquella cabeza, y ahora se empeña con malicia en herirla en los ojos para hacerla sonreir, ahora se entretiene en retozar con sus cabellos, ahora la baña pérfidamente con viva claridad, logrando ruborizarla. ¡Ay! ¡quién no se ha detenido alguna vez en su vida á jugar con una cabecita blonda, sin pensar en el tiempo que pasa! El tiempo que pasa obliga, no obstante, á la luz á abandonar aquella cabecita, y se despide de ella con un prolongado beso, primero en los labios, después en los ojos, después en la frente, después en el pelo. ¡Adiós! ¡adiós! Sube un poco más y llega al techo. Allí se para un buen espacio, y medrosa quizá de los grifos y cariátides, tiembla y se estremece, lanza vivos y vacilantes reflejos que iluminan por momentos todos los ángulos, todos los huecos del vasto recinto, arroja con furia oleadas de sombra á todas partes, y esparce el terror y el misterio por los rostros y las figuras de los cuadros. Después, sin saber por dónde, se va como si fuera un duende.

El Sr. Ayala, bien guarecido detrás de su melena, contempla absorto en esta hora el viaje interesante de la luz. Nadie diría, al verlo con los ojos desmesuradamente abiertos é inmóviles, que preside una sesión de diputados de carne y hueso, sino un congreso de fantasmas y de espíritus.

¡Y quién sabe si lo presidirá! ¡Quién sabe si de allá, de los negros rincones de la estancia, saldrán flotando mil imágenes tristes ó risueñas, de todos colores y apariencias, que irán á formar en el aire y delante de nuestro presidente una mágica asamblea! Siendo así (que me perdone el orador que use á la sazón de la palabra), yo asistiría con más gusto á esos debates invisibles del espacio que á los que debajo de ellos se efectúan.

D. VENTURA RUIZ AGUILERA

I

A ilustre escritora francesa princesa de Ratazzi afirma, en su último libro sobre España, que el Sr. Ruiz Aguilera es un joven de muchas esperanzas. Lo mismo se decía de él allá por los años de 1840 ó 1842. De lo cual se deduce muy naturalmente que el Sr. Aguilera, en punto á juventud, se ha adelantado muchísimo á su siglo, haciendo dar un salto prodigioso á la vida media del hombre; ó bien que la ilustre princesa de Ratazzi no está por completo en lo firme al estampar tal noticia. Después de conocer personalmente al Sr. Aguilera, me siento inclinado á pensar lo último, á reserva, no obstante, de reformar mi juicio en el caso de que la egregia escritora alegase nuevos datos ó probara en cualquier forma su aserción. De todas suertes, quiero hacer constar que es la primera vez en mi vida, y plegue á Dios sea la última, que en público ó en privado me separo á sabiendas de la opinión de una princesa.

D. Ventura Ruiz Aguilera (á quien interinamente consideraremos como hombre ya entrado en días) ha tenido la mala ocurrencia de nacer poeta. Mejor le hubiera sido nacer contratista de obras públicas.

Como es fácil de comprender, una vez dado este mal paso, no tuvo otro remedio que atenerse á las consecuencias, trabajando mucho, viviendo modestamente, y viéndose al fin de su carrera olvidado del bullicioso mundo, cuyas orejas ha regalado tantas veces con su cántico. Y aún se da por contento el pobre con que le dejen abrir por las mañanas el balcón de su cuarto del barrio de Pozas para recibir el sol, que como un niño inquieto y revoltoso entra sin pedir permiso, y todo cuanto hay dentro quiere registrar y palpar en un instante; con que le dejen por las noches sentarse en su butaca, y mirar atentamente los penachos de humo que forman los carbones encendidos de la chimenea, y tomar alguna que otra vez la pluma para trasladar al papel lo que aquellos penachos, tan mudos al parecer, le cuentan. Durante el día está en la oficina. ¡Ay! ¡Qué poeta se escapa en este siglo de la oficina! Podrá revolotear locamente en los primeros años de su vida, como el pájaro que incautamente penetra en una sala. Mas no consigue nada con volar de aquí para allá, lanzándose con ansia una y otra vez al espacio en busca de aire y libertad. Los dueños de la casa no tardan en cerrar los balcones, para acosarle después á su sabor en ruidosa zalagarda con toallas, pañuelos y sombreros por todos los ángulos, hasta que, rendido y jadeante, cae en poder de una mano brutal que inmediatamente lo encierra en una jaula. Allí lo podéis ver todo el día informando expedientes del modo más deplorable que le es dado.

Dicen que allá en otro tiempo, hace ya muchos siglos, existió una nación llamada Grecia, donde los poetas, lejos de ser perseguidos, representaban el papel principal en todas partes, hasta el punto de que no se promovía empresa ó se preparaba fiesta sin contar con ellos, ni se realizaba hecho alguno político sin su intervención. Los mismos contratistas de obras públicas, cuando tropezaban con un poeta en la calle, se quitaban el sombrero y le hacían un saludo muy reverente, y á un general famoso que había vertido su sangre en cien combates, no había que hablarle de sus hazañas y victorias, porque esto era ponerse mal con él, sino de tales ó cuales coplas que había presentado en un certamen, y que los jueces con señalada injusticia no habían querido premiar. No satisfechos aquellos hombres con prodigar á los poetas en vida toda clase de mercedes y honores, solían después de muertos erigirles estatuas que colocaban en los templos, ni más ni menos que si fuesen dioses, y no pocas veces aconteció pasear una de estas estatuas en un espléndido carro por todo el país, enmedio del entusiasmo y los vítores fervorosos de la multitud.

Si alguno de los poetas de ahora, por ejemplo el Sr. Grilo ó el Sr. Blasco, pensasen que saco todas estas cosas de mi cabeza, yo les juro por mi vida que son la pura verdad, ó que por tal la dan al menos las historias más corrientes. En verdad que fué aquélla una época próspera y dichosa para los poetas. Bien se puede asegurar que no volverán á verse en otra.

Los romanos, que sucedieron á los griegos, continuaron honrando y enalteciendo á los poetas, aunque ya con bastante menos ardor, porque andaban sumamente atareados con sus guerras y expediciones.

Vinieron después los bárbaros, incapaces por entero, como su nombre lo indica, de entender al señor Revilla, ni menos tomar parte en los debates del Ateneo.

Pues aun á los bárbaros les gustaba la poesía. En sus fiestas más ruidosas, en sus orgías más desenfrenadas y brutales, llegaba un momento de desmayo para el cuerpo y excitación para el espíritu; un momento en que la imprecación expiraba en los labios, la copa se desprendía suavemente de las manos, y los ojos buscaban distraídos y arrobados los postreros rayos de la luz. En aquel momento aparecía entre tanto rostro fiero un semblante dulce, expresivo y circundado de dorados bucles, donde brillaban unos ojos tristes y misteriosos. Era el poeta. Todas las miradas sentían necesidad de posarse sobre él, y todos los corazones se creían en la obligación de amar á aquel ser débil y extraño, que de parte de Dios venía á desenterrar los nobles sentimientos que dentro de ellos se hallaban sepultados. Estos corazones era lo único que se movía, lo único que sonaba imperceptiblemente en la estancia al comenzar su canto el trovador. Fuera sonaba el viento y sonaba el mar. La canción del poeta les hablaba de su Dios, de su patria, de su amor, de todas las cosas en que el cielo y la tierra parecen confundirse, como allá á lo lejos en el rojizo horizonte. Y de aquellos ojos, poco antes inyectados de sangre por la cólera, saltaba á veces una lágrima que podía contar, si quisiera, muchas cosas de aquel sitio en que el cielo y la tierra se confunden.

Cesaba el canto. Las cuerdas del laúd seguían vibrando melancólicamente un momento, y después también cesaban. Alzábase un murmullo en la estancia, y muchas manos grandes y velludas alargaban doradas copas al buen trovador. El vino chispeaba en la copa, y la alegría chispeaba en los ojos del trovador al beberlo. Pero la luz moría, y aún le quedaba algún camino que andar. Por eso, enmedio de bendiciones y roncos adioses desaparece de la sala. Si alguno de los alegres convidados quisiera asomarse poco después á una de las ventanas del castillo, tal vez podría verle ocultarse lentamente allá en el rojizo horizonte.

También en nuestras fiestas y banquetes llegan momentos de fatiga y tristeza: que es la alegría como un río impetuoso, que no puede menos de reposar alguna que otra vez en un sombrío remanso. Mas cuando llega uno de esos remansos, he aquí que entra por la puerta de la sala un grupo de botellas rebujadas en papel de estaño. Los criados se apresuran á desembozarlas, suenan algunas detonaciones y se esparce por las copas un licor muy ruidoso y fanfarrón, pero insípido y embustero. Los convidados, no obstante, se regocijan y alborozan de nuevo; ríen, cantan, patean, dicen chistes y se tiran los platos á la cabeza. ¡Oh! No cabe duda, el champagne ha reemplazado perfectamente al trovador.

Que la poesía no ha muerto bien lo sé. La poesía es inmortal. Pero que la estimación concedida al poeta va muriendo, muriendo hasta convertirse en la sombra de una nada, tampoco puede dudarse. El poeta, en nuestra sociedad, va siendo cada día más singular y anómalo. Es un ser que, como el Hijo de María, no encuentra una piedra donde reclinar la cabeza. Siguen naciendo poetas como antes, pero ya nadie se dedica á poeta, porque caería en ridículo quien tal hiciese. Un poeta, en la actualidad, no es un poeta; es un diputado constitucional, un ex-ministro, un presidente del Congreso, un gobernador civil ó un empleado del Banco que escribe versos. Lo cual, hasta en concepto de ellos mismos, no pasa de ser una flaqueza, inofensiva de todo punto. Cuando encontráis á cualquier poeta amigo en la calle ó en un tranvía, y entabláis conversación con él, lo que soléis preguntarle es si hay esperanza de que su partido suba al poder ó de que caiga, si le han ascendido, qué sueldo tiene ahora, cuántas horas de oficina, etc., etc. Si por casualidad os ocurre preguntarle por sus versos, veréisle ruborizarse un poco, mirar al suelo, sonreirse y mover la cabeza á un lado y otro.—«Phs... Estos días atrás he escrito una cosilla... una tontería... Ya se la leeré á usted cuando vaya á almorzar conmigo.»—Á lo mejor esta tontería es La lira rota ó El Raimundo Lulio, ó La leyenda de Noche-buena ó El nudo gordiano.

Este desprecio que de sus mismas obras hacen los poetas, tiene una explicación. Es que en la época actual, sin saber cómo y á su despecho, el alma del contratista de obras públicas ha trasmigrado al poeta. El contratista que entra con un amigo (solo no entra jamás) en la librería de Fe, al contemplar tanto libro apilado en los estantes se ve necesariamente acometido por una reflexión que está siempre emboscada detrás de los libros para caer de improviso sobre todos los contratistas.—«¡Cuánto se escribe hoy!» medita. Y sumido hasta el cogote en tan honda consideración, empieza á tomar libros y á soltarlos, después de darles algunas vueltas en la mano y leer el título en voz alta, hasta que viene á sacarle de sus cavilaciones y maniobras la amabilidad del Sr. Fe (que es mucha) mostrándole las novedades del día.

—Vea usted; aquí tiene La última lamentación de lord Byron...

—Por Gaspar Núñez de Arce (dice el contratista leyendo por encima del hombro del Sr. Fe). ¡Hombre, sí! Este ha sido secretario de la Presidencia. Le conocí mucho cuando estuvo de gobernador en Barcelona. Es hombre despejado...

—Ha llamado mucho la atención este su último poema.

—¿Sí?... Pues me lo llevo (arrollándolo como un plano de carretera).

Si tuvieseis tiempo para ir conmigo aquella misma noche á cierta alcoba lujosamente decorada, veríais un hombre acostado en una cama, con La última lamentación de lord Byron en la mano. ¡Qué paz y sosiego reinan en la fisonomía de aquel hombre! ¡Qué gorro de dormir tan admirable ciñe sus sienes! ¡Qué luz tan suave esparce el quinqué sobre el vaso de agua, el azucarillo y las galletas inglesas! ¡Qué aire tan respetuoso y sumiso tiene el almohadón de plumas que está tendido á sus pies!

Mas apenas hacéis atropelladamente estas observaciones, cuando se escucha un fuerte resoplido, y la alcoba queda á oscuras.

En la alcoba hay todavía un espíritu que dice muy bajo á las tinieblas:—«Lo más que habrá sacado ese hombre con tanto verso son cuatro ó cinco mil reales...»

Poco después no queda más que un cuerpo roncando.

II

Decía más arriba, á vueltas de una digresión con la cual no contaba, que el Sr. Aguilera había nacido poeta. Añado ahora que nació poeta dulce, ameno, delicado y tierno. En la resignación y sosiego que se observa en todas sus composiciones trae al recuerdo al maestro Fray Luis de León y á San Juan de la Cruz. Los huracanes de la vida no han formado jamás en su alma medrosas tempestades. Las nubes volaron ligeras por ella, dejando siempre descubierto un fondo azul. Y en ese fondo azul, reverberante de luz, nadan como brillante polvo de oro los más gratos sueños y los más nobles sentimientos del corazón. Y ese fondo azul, esa eterna y pura alegría del alma es la que se descubre bajo todas las composiciones de Aguilera, aun bajo aquellas que están inspiradas por un sentimiento triste.

Mirad á un cielo azul: ¿qué es lo que veis? Lo primero que se ve en un cielo azul es á Dios. El autor de estas líneas cree haberlo visto algunas veces cuando niño, á fuerza de abrir mucho los ojos hasta que le dolían, y pasando horas enteras tendido con el rostro vuelto al firmamento. Después, viniendo los años, perdió la costumbre de pasar las horas enteras mirando hacia arriba, porque necesitaba á todo trance estudiar la ley de organización del poder judicial. Y sucedió que, en cierta ocasión en que muy festejado y risueño se tendió como antes para verlo, no lo consiguió. Pero allí estaba. Lo sabe porque otras veces miró con semblante mucho menos risueño y lo halló fácilmente.

De la misma manera, lo primero que se encuentra en el fondo azul del Sr. Aguilera es á Dios. No busquéis en sus composiciones arrebatos místicos, ni explosiones de entusiasmo por la fe ni encendidas diatribas contra el impío, ni siquiera gritos del combate con la duda amarga. Pero late en ellas el amor sincero á lo divino, porque son tiernas, sencillas y bellas, y Dios no puede estar lejos de lo que es tierno, sencillo y bello. Los cuatro versos de algunos de sus cantares infunden más fe en el alma que cien tomos de controversia teológica. Son cuatro versos que abren por un instante las diamantinas puertas del cielo y dejan entrever lo que hay dentro. ¡Qué más se les puede pedir!

Cuando trata directamente un asunto religioso, como en la Leyenda de Noche-buena, lo hace con una verdad, con una sencillez, con un sentimiento tan vivo y tan fresco de los inefables misterios de la Religión, que necesitamos acudir á los recuerdos de la infancia para hallar algo parecido en nuestra alma.

El Sr. Aguilera, en este caso, es un hombre que describe y expresa con fidelidad asombrosa los frescos y puros conceptos de un niño. Léanse, en confirmación de mi aserto, los siguientes versos que tomo de esta leyenda: