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Sí sé por qué: Novela

Chapter 14: II
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About This Book

Un narrador aquejado de neurastenia emprende un viaje marítimo y se ve forzado a la convivencia con compañeros que alternan la jolgorio y la franqueza con la incomprensión. Entre cenas, conversaciones sobre mujeres y sucesos de prensa y las vistas del mar, surgen meditaciones sobre la piedad frente al sufrimiento humano, la angustia existencial y la tentación del suicidio, así como la tensión entre una sensibilidad extrema y la banalidad social. La narración combina introspección y observación social, mientras la noticia de un escandaloso crimen en la prensa introduce un elemento de intriga y juicio público en la experiencia del protagonista.

—Unas—concluyo—van á aprisionar su juventud sin juventud y sin vida en hospitales y lúgubres conventos argentinos; otras, á servirles en burdeles su beldad sin beldad y sin alma al vicio de los hombres.

—¡Qué horrible!—clama algo del ser entero de la mujer-ángel, volviendo á la Cruz Austral la angustia de los ojos.

Callamos los dos. Pero si ella adora los luceros al rechazo de no poder noblemente adorar lo humano, yo estoy adorando en ella la excelsa humanidad de su belleza divinizada por su espíritu.

—¡Qué horror!—repite suspirando.

—¡Y qué error y qué pena, Rocío!—añado, con el recuerdo de las abominaciones del catequista que pudiésemela robar lanzándola al otro extremo de la vida místicamente cercenada—. Vea: todo es bello y digno en la Creación..., la estrella, la nube, la luz, el mar..., el árbol y la montaña, el pájaro y la flor...; todo es diáfano y purísimo en su mismo incesante cambio del vivir y del morir que realiza la eternidad de la armonía creada por Dios y que cautiva de divinidad universal á nuestros ojos..., y sólo nuestros ojos, sólo nuestra, vida material, sólo la plástica belleza, humana, que en usted, por ejemplo, resume todas las purezas de la luz y de las flores..., habría de ser inmundo y despreciable.

Me mira otra vez la que todo lo comprende, y sonríeme para quedarse agradecida en mi mirada. Su atención de espera es tan intensa como la que hubo de prestarle al P. Ranelahg. Él la presentó el enigma de los odios á la vida. No debo yo en el sentido opuesto defraudarla.

—¿No cree usted, Rocío—la expongo lo más humildemente que puedo, es decir, en interrogaciones, que buscan también mi orientación al fulgor que me está irradiando el ángel de la tierra—que hubiera más egoísmo y cobardía al recogernos al alma limitados á la ambición única del cielo, sólo porque en el mundo nos hiera su barbarie, que no en salvarnos combatiendo esa barbarie y salvando á los demás? ¿De qué, entonces, sirviese la humana, caridad del amor que á usted y á mí nos acongoja porque vemos siempre en torno lo cruel?...

Tiembla en la grandeza de alma de sus ojos la conciencia del impoderío de la chiquilla, que fuese toda, á pesar suyo, de estéril compasión, é interrógame á su vez:

—¡Oh! ¿Y es posible eso?

—¡Sí!—no vacilo en contestar—; con el amor que haga religión amorosa de la vida; con el amor que no odie; con el amor que lo ame todo y lo embellezca, desde el perfume de una rosa y el rosa de unos labios, hasta la desdicha de los que no saben besar con pureza igual los labios y las rosas.

Me corrijo, al advertirle demasiadas seguridades á mis dudas de inseguro:

—Es posible, cuando menos, intentar contra la crueldad que inmediatamente nos rodee la obra redentora. Así, usted y yo bajamos á los pobres y les damos limosnas de dinero. No basta, bien lo sé; pero tampoco las limosnas de oración. Entre las religiosas de la caridad espiritual, que huyen de la vida con espanto, y la vida aborrecida y torturada que por las únicas esclusas sin alma del brutal instinto de las gentes reclama sus imperios como puede y sin cesar, siempre invencible, nunca vencida, yo creo que falta un sentimiento de humanas amplitudes que, fundiendo y concordando á aquellos dos, le entregase á la partida vida sus noblezas. Lo creo, y porque lo creo, allá, en mitad del mundo, en mitad de un abierto campo de España, dejé abandonado á la barbarie el templo de humana religión que le dije á usted que esperaba á la Laura que no fué..., á una Laura allí quizá esperada todavía. Con ella, Venus idealizada por el místico resplandor de la Pura Concepción, mitad pagana, mitad cristiana, habría fundado yo la colonia del amor de todos los amores y de todas las limosnas: para ella, besos de ideal en las flores de su pecho y de su boca; para los otros, piedad que aliviase sus dolores, escuela que combatiese su ignorancia, generosidad que salvase su pobreza, y para nosotros y los otros, hijos de los dos á quienes poder educar de modo que continuasen la misma redención de la vida bajo el manto de estrellas de los cielos.

Extínguese mi voz en un suspiro de oración, y nada más tengo que decirla á la divina humana que nada tiene que reprocharme ni decirme. Han debido estremecerse á mis palabras las flores de su boca y de su pecho.

La noche ecuatorial envuelve nuestras vidas en su inmensidad de maravilla. Los astros son lumbres cuya pureza ilumina á la del ángel. Piensa, tal vez, el ángel, la mujer, en lo lejos que va quedando el triste templo de mi amor, y al girar más la cabeza, ansiando descubrir en los nuevos horizontes nuevas tierras que pudiesen convertirse en templo abierto de los cielos, la sorpresa arráncala una exclamación alucinada.

Me vuelvo y sufro el mismo asombro.

Toda una magia.

A mi evocación, la diáfana tierra de divinas claridades habría surgido del mar y está delante de nosotros.

Está inmensa y radiante en la obscuridad, como una gloria. Isla fantástica, blanca, en blanco incendio de resplandor de paraíso.

No comprendemos, al pronto; no podemos comprender, y juntos y silenciosos nos acercamos á la otra borda con la atracción sobrecogida del milagro.

¡Ah! El hechizo se deshace un poco y nos obliga á sonreír humanamente. Es la luna, que sale tras un celaje denso, en el cual finge el país de la ilusión.

Es la luna..., y aunque adivinada por nuestra serena predisposición contra lo sobrenatural, nos cuesta violencia hacerles aceptar á los ojos que sea la luna y que no sea aquéllo un Olimpo donde las desnudas diosas vayan efectivamente á aparecer ante nuestro curioso aturdimiento de mortales.

Fundidas platas y fúlgidos velos en decoración de inmensidad. Apoteosis del ensueño. La negrura de las aguas corta rectamente la negrura de unas acantiladas costas que parecen ganar la línea del cielo avanzadas á nosotros y que en rompientes blancas figuran las suaves playas de luz que van á internarse y perderse en los valles de la luz, en las paradisíacas selvas de transparencias ambarinas, en las edénicas cumbres de albor de nieve que otras sombras pintan por el dilatado reino azul de la quimera...

Miramos la celeste fantasmagoría no sé cuánto tiempo; y cuando la luna ha acabado de salir redonda por lo alto, dejando reducidas las nubes á su gris, Rocío concreta la emoción sentida en un solo pensamiento:

—¡Se comprende que en la inspiración de la Naturaleza quisiese alguna vez la Humanidad forjar su religión!

Digno de ella el pensamiento, fija como definitivamente otro mío en mis angustias eternas de piedad.

—Las ruindades humanas—la digo—no se borrarán hasta que los hombres encuentren su perfección en la simple imitación de la Naturaleza, donde nada es crueldad, donde todo es ritmo y belleza y armonía.

IX

Frío, lluvia y huracán; crespones de nubes. El pampero, el terrible pampero, que nos viene embocando hace sesenta horas desde El Plata. Zarpamos de Montevideo, hermosa población que no he visitado por no restarle ni uno de estos últimos momentos á Rocío, y vuelve á su ingrata danza el barco. Casi una tempestad, en que persiguen nuestros tumbos las aves blancas y las aves negras, como esperando despojos de la muerte.

Mirándolas yo, creyese que van recogiendo de la estela mis propias ilusiones.

El mar ya no es el mar, sino un piélago de sucias aguas.

Mi alma ya no es tampoco más que un piélago de dudas.

He vivido un infinito en tiempo breve. Desde la primavera que mi desolación dejó en España, y desde el estío que mi loca ilusión de juzgarlo eterno cruzó en el Ecuador, pocos días más han bastado para lanzarme á estos otros de tristezas invernales.

Tal que una sombra de mí mismo recorro las abandonadas cubiertas con un ansia de «adiós» á cada sitio en que bebí olvidos de la pena. Nadie. Mudos duelos de la gente mareada, de aquel alegre pasaje que ahora en los salones tristes le huye al yerto anochecer. Rocío, con su obscuro abrigo, parece en luto por los dos.

¿Dónde están las músicas y los gozosos bailes de los otros? ¿Dónde nuestras amigas las estrellas y el perla de nuestras purísimas auroras?

El encanto del mar se rompe según nos acercamos á la tierra. Una noche, ésta, la última, y mañana Buenos Aires. La dispersión se ha iniciado para concentrar á cada cual en su egoísmo. Amistades y simpatías que se deshacen; hondas afabilidades, nacientes amores, quizá, que se deshojan. Ya nadie le importa á nadie, y todos se aperciben á ser extraños que apenas se habrán de saludar en la gran ciudad al verse desde lejos.

¡Sí, sí, los egoísmos!... Cargamento de cosas inconexas que habrán de diseminarse en la vida. Los veo por el cristal de las ventanas. Unos yacen tumbados, con el displicente horror de su mareo, porque el buque no cesa de hundirse y levantarse en el barro furioso de las olas; y otros, en los camarotes, preparan para el desembarco sus maletas. Yo también he ordenado las mías, y Rocío arregla las suyas aún, junto á la madre infeliz, tendida sobre el lecho. Alcázar que se muda, y desabrimiento y trastorno de mudanza, en mitad del cual se va asfixiando mi efímera felicidad.

¿Habremos de ser ella y yo, asimismo, los extraños que no vuelven á verse ó que sólo hayan de saludarse desde lejos?

¡Oh!

Mi corazón protesta; mi corazón me grita que no podrá ser; que no podrá ser esto con la niña cuya angustia resignada siempre está pendiente de mi angustia; pero el plan de su destino, que desconozco, y la falta de un convenio del de ambos, que tampoco me he atrevido á proponerla por exceso de respetos, contra su afán y mi afán pudieran separamos para siempre. Aparte los empeños del P. Ranelahg, que porque ella sea un ángel quiere guardársela á Dios en la clausura, ignoro absolutamente la solicitación de vida que la espera, y los proyectos de su madre. Anoche hablaban del hospedaje que en un convento ofrecíalas el P. Ranelahg. Ello significaría el secuestro con respecto á mi última esperanza. No pude entender bien, sin embargo, más que el dolor que Rocío me lanzaba de soslayo, en despedida.

Está pálida y nerviosa. Su incertidumbre ante el dilema del sacrificio en el espíritu á que la incita el sacerdote y de la amplia vida que yo la he ponderado sin que nadie se la ofrezca, la tienen en algo así como la crispada expectación de la urgencia con que el fin de este viaje habría de resolverlo.

¡Pobre niña!

¡En el momento decisivo, y á pesar de mis ideas de salvación, cuán lejanas se me vuelven á aparecer su purísima existencia y mi existencia miserable!

Suenan los timbres. Llaman á la última comida.

El pampero viene arreciando hasta hacer verosímil la posibilidad de que seamos nosotros los que les sirvamos de festín á los peces y á las aves. Todo se mueve y todo cruje y amenaza, estallar en el buque, que el horrible viento combate por la proa.

Pocos van al comedor: apenas si algunos valerosos cruzan con los pies abiertos y sin soltar los pasamanos.

Me acerco al camarote de Rocío. Como ayer y anteayer, mi brazo le servirá de sostén á Leopolda.

Rocío aparece.

—No; no iremos, gracias. Aquí nos servirán.

Anúnciame que no saldrán luego tampoco al salón porque no puede su madre levantarse, y quedo en volver un instante á decirla el «adiós» de esta última noche...; á decirla: «¡hasta mañana!»

Parto. Mi zozobra va pensando que volveré á decirla «¡hasta mañana!», ó «¡hasta nunca!...» ¡Quién lo sabe! Damas solas que necesitan una noble protección..., ¿aceptó tal vez Leopolda el ofrecimiento del P. Ranelahg? ¿Qué hospedería, qué colegio ó qué convento sería ése, cerrado seguramente para mí?

Mañana, cuando el Victoria Eugenia amanezca anclado en Buenos Aires y con la confusión de todo el mundo por dejarlo, el «adiós», el último «adiós» de Rocío, no podrá tener al menos la efusiva fraternidad de nuestras almas.

Desierto el comedor. O lo que es lo mismo (comparado con la pasada animación, que ya no tornará), algunos solitarios por las mesas. En la mía falta el matrimonio austriaco, y sólo acompáñame Lambea, que celebra mi resistencia contra el mar. En la de Rocío, nadie. En la de Placer, desde su artística absolución, restituída al comedor con Eyllin y los jovencitos bonaerenses, ella únicamente.

Se aburre Placer ó ha olvidado mis desaires; me sonríe. Su afable bestialidad, en la ausencia de lo que constituye caricia ideal para mis ojos, parece burlescamente querer decirme que no me guardará el mundo más que el escarnio de su amor ó el de otras como ella.

Lambea charla de noticias que adquirió en Montevideo.

Todavía la Montsalvato; el crimen que maldito si nunca ha logrado interesarme y que menos le importa ahora, á mi gran preocupación. Mientras dice y comenta el marino no sé qué de si van á ahorcar á Wanska ó de si se está muriendo del tifus y de si se ha confirmado ó no la prisión de la condesa en Nueva York..., yo no logro arrancarme á la obsesión exagerada que me causa este concepto de «lo último» en cuanto hago y cuanto miro: la «última» cena en el vapor; «la última» noche al lado de Rocío; el «último» adiós que de aquí á un poco hayamos de cruzarnos.

Abrevio la amarga cena de desastre, que me evoca la cena de un entierro, y sin saber cuál haya sido entre Rocío y yo el muerto cuyo lúgubre vacío me turba el corazón, voy á mi camarote á besar llorando sus reliquias.

El pañuelo. La medalla. La horquilla de concha que quedó en su sillón una noche.

Es la «última» vez que soñaré en esta pequeña estancia, donde he soñado tantas. Es la «última» vez que miraré estas cosas en esta mesa donde tanto las miré. Y como la «última» vez, como la «última» vez, miro con tristeza igual el diván de mis descansos infinitos, las butacas, la bañera, las cortinas, las perchas y el armario donde ya no están mis ropas; las almohadas del dorado lecho, donde ya no están mis ilusiones...

Pasa el suficiente tiempo para que también Rocío haya acabado de cenar, y, guardando junto al pecho nuevamente las reliquias, salgo á buscarla.

La encuentro en la cubierta. Infantil y valerosa, delante de su camarote, abierto, entretiene la impaciencia jugando á pasear como pudiera un equilibrista pasear por un ancho balancín. El buque, en efecto, cabecea y se hunde de costado hasta hacer rodar las sillas á las bandas.

—¡Qué noche!—me dice.

—¡Qué noche!—contesto.

Y puesto que sólo con habernos parado los dos nos lanza de costado un balanceo, rehacémonos y buscamos el apoyo de la borda.

¡La «última» vez que habremos de conversar en esta borda, desde la cual han contemplado tantas maravillas nuestros ojos!

Se lo manifiesto así... y sonríe..., y sonrío, sonrío yo... por no ceder á la emoción de llanto que volviérame quizá algo ridículo. Pero sonríen tan tristes las afabilidades de los dos, que nuestras sonrisas no son más que llanto de las almas. Sin embargo, ó por lo mismo, queremos aferrarnos á la frivolidad de lo que está fuera de nosotros.

—Ya no tiene el mar fosforescencias.

—No, Rocío; no tiene más que sombra y confusión.

Según se inclina el buque, nos moja la fina lluvia que el viento arrastra ó nos salpican espumas los montes de agua que estrella el casco á nuestros pies. Va en una monstruosa galopada que nos levanta hasta el cielo y nos sepulta hasta el abismo. Unos ratos parece que se para, que gime vencido por el horror del viento y que va á hundirse de popa; otros, que se precipita de quilla en la cuesta abajo de las simas que abre el vendaval.

Negrura, alrededor: ni hay cielo ni horizontes. Perdidos en la locura infernal de las tinieblas, sólo las ráfagas luminosas de las redondas ventanas del casco enfilan cerca alguna vez las turbias aguas..., turbias cual si hubiese removido la tempestad los limos de su fondo.

—Es decir—corrígese Rocío en lo que antes expresó—¡creo que desde ayer no navegamos por el mar!

—Navegamos por El Plata, por un río...

—Menos limpio, pero ancho como un mar.

—Ni tan ancho que en la otra orilla y en pocas horas más no nos haga encontrar á Buenos Aires.

—¡Oh, sí!

A pesar del intento en contrario, he dado pronto en mi obsesión de lo «que acaba», en mi manía dolorosa de lo «último», que la invade y que la apena.

E insisto:

—El término del limbo de delicia. En él empezarán acaso los olvidos.

—¡Los olvidos! ¿De qué?

—De todo. De los recuerdos que cada uno haya de perder al perderse por el mundo.

La oigo suspirar.

—¿No lo cree usted, Rocío?

—¡Oh! Eso será según la intensidad de los recuerdos y el propósito que cada uno ponga en olvidarlos.

Vibra en lo que me dice casi un reproche, no obstante estar viendo mi ansiedad, y, para reasegurarla de mi parte mejor que con palabras, saco su pañuelo.

—Mire. Prenda del propósito de no olvidar con qué nacieron sus recuerdos. Se lo he robado á usted.

Con ligera sorpresa, lo toma de una punta. Yo lo retiro con el jovial temor de que quiera arrebatármelo, y saco y le muestro en la mano la horquilla.

—Mire. ¡La he robado á usted! ¡La he robado á usted!

Sonríe. Sus recónditas alegrías del corazón me devuelven la alegría.

Saco al fin la medalla.

—Mire, mire, Rocío.

A mi ademán de esquivársela tras de habérsela enseñado, responde esta vez más honda su sorpresa:

—¡Oh, mi medalla! ¡Usted la tiene!... ¿Por qué?

—La tengo..., la tengo...—balbuceo mientras ávido lo vuelvo todo al bolsillo—¡porque sí! Me la dió usted para una ciega que no ve sino con los ojos de la fe, sin reparar en que yo no veo sino con mis ojos de codicia. La tengo, Rocío..., porque es de oro y de brillantes... y porque hizo usted mal en comisionarle tal encargo á un hombre á quien no conocía..., á un hombre que bien pudiera resultar un estafador indigno de sus generosas confianzas. La dí á la ciega cien duros y me quedé con la medalla. Sólo me resta pedir á usted perdón... cínicamente, puesto que no pienso devolvérsela.

Se ríe; rápida y sutil, sabe contestarme en igual tono:

—Bien. Entonces... estoy cobrada con exceso; porque no sólo hizo una limosna de cien duros por lo que no me costó ni treinta, sino que además le ha venido usted entregando joyas y tesoros de su alma á una niña á quien tampoco conocía..., á una mujer que... igual pudiese ser una ladrona.

—Verdad es—bromeo, defendiendo de la divina ladrona mi más positivo tesoro con la mano contra el pecho.

—¿Conoce usted, Alvaro—bromea también—nada tan candorosamente ridículo como las fórmulas sociales?... ¡Bah! Dos que no se conocen, otro recién presentado desconocido que los presenta (Lambea, en nuestro caso) y sobra: ¡la amistad!

—¡Entre nosotros, Rocío, la fraternidad, la inmensidad!—comento yo volviendo brusco á lo severo ante la fascinación del talento de la niña—; pero nuestra presentación no la hizo Lambea: la han hecho nuestras almas de profundo modo, y nos conocemos uno al otro mejor aún, tal vez, que á sí propio cada cual. Sea cualquiera, por ejemplo, mi historia, que ya conoce usted, usted me juzga, sin duda, menos miserable que lo que yo mismo me creo.

Nada dice, la que dice siempre más con sus silencios.

Y hay en su purísima belleza una tal exaltación de mártires llantos prontos á correr..., que para no estrecharla en los brazos gritándola que es mía y que nadie de mi ser la arrancará, domo el ímpetu en vagas amarguras, y prosigo:

—Tanta es la virtud de las presentaciones tan raramente realizadas por las almas; tanto nos conocemos, tanto, á pesar del larguísimo pasado que tuvo á las nuestras esperándose, que en vano Buenos Aires las quisiese separar aunque hubieran de apartarse nuestras vidas. Pero ¡ah, Rocío!, ¿no fuese horrendo que con las almas unidas tuviésemos que vivir lejos los dos? ¿No va, acaso, en la misma dirección nuestro camino?

Cedo á la violencia del dolor tomándola una mano para quitársela de la faz, donde espero franca la respuesta, y se crispa, al responder sin esquivarme la franqueza ni la mano:

—Sí, al menos, por lo pronto; usted va también á Buenos Aires. ¿Por qué, pues, Alvaro, lo teme?

—¡Porque le oí anoche al P. Ranelahg brindarle á la futura monja su convento! ¡Porque he temido venir ahora, á despedirme hasta nunca del alma de mi alma!

Beso con lágrimas su mano, largo rato, en el afán de retener á la que querría robarme el sacerdote; ella llora, tornado, sobre la borda, el rostro hacia la otra mano que oprime su pañuelo. Beso luego con besos de dulzuras infinitas sus sienes y su frente..., y ella, al fin, se yergue y se desprende de mi brazo:

—Hasta mañana, Alvaro. Iremos al mismo hotel. Búsquenos para desembarcar.

La he soltado dulcemente ó se ha soltado dulcemente, como se suelta lo que ya es de uno y no puede jamás abandonarle. Me quedo viéndola cruzar, divina y vacilante, al camarote.

Desde él, antes de cerrarlo, me envía otro adiós que adivino en las palabras que borra el huracán.

—¡Hasta mañana!

El viento ruge; el agua hínchase en furia de montañas; el barco gime y bota en su bravo galopar á Buenos Aires: me había olvidado de todo esto, que ya esta noche no hará sino mecer con sus grandezas los ensueños de mi triunfo.

SEGUNDA PARTE

I

Recorremos la ciudad con el encanto de unos ingenuos viajeros complacidos en ir descubriéndola sin guías.

El azar nos cambia sus aspectos.

Recibidos desde el buque Avenida de Mayo adelante por un bulevar lleno de carruajes, de palacios, de una animación completamente europea, fué á la siguiente noche la magna fiesta patriótica que nos aumentó el asombro con el espectáculo de una iluminación de magia, como si Buenos Aires se alumbrara en el opulento incendio de sí mismo. Abierta la Argentina á todos los progresos y en plena y pujante formación, á fuerza de dinero importa á ella cuanto no tiene ni produce de lo más perfecto del mundo: si necesita escuelas, teatros, hospitales, envía una Comisión adonde se encuentren los mejores, y construye lo mejor de lo mejor; si quiere recrearse con los reyes del teatro, contrata, como sucede ahora, á Caruso, á la Paretto y la Guerrero; si desea para un jardín el prodigio de una estatua, le paga á Benlliure otra Dilecta, ó á Rodin otro Penseur.

Estamos en un país al que nada más le inquieta lo fastuosamente positivo del dinero y las riquezas. Así, al hojear en el Majestic los periódicos, alguien nos informa que sobre el frontispicio del alcázar de uno de ellos hay una sirena que, cada vez que resuena anunciando nuevas trascendentes, rompe en un kilómetro á la redonda los cristales—por lo cual el Municipio le impone al periódico una multa de diez mil pesos, sin perjuicio de que vuelva siempre á tocarla y á pagar; así nos dicen que el Jockey Club es el Círculo más lujoso de la tierra, porque dispone de unos cuantos hipódromos que le rinden millones cada año, y así, al cruzar diariamente la Avenida, los inmensos carteles de las fachadas y las vallas, luciendo también cifras de millones y millones de pesos, nos hablan insolentemente del poderío de un emporio comercial.

Tierras, ganados, tabacos, buques, Bancos, explotaciones, nuevos periódicos que se fundan para anunciar más con las planas á mil pesos... Y pesos, pesos, pesos siempre; fija preocupación en las conversaciones de los que corren las calles al apremio del negocio y en las de los que descansan de los negocios en las terrazas de los cafés preparando otros á copas de vermú.

La grandeza singular de Buenos Aires empezó, pues, anonadándonos un poco; un poco, sí, como hecha para glorificar exclusivamente los prácticos dominios de la vida..., como hecha expresamente para arrojar de ella á dos ilusos soñadores. Huyéndole al tráfago mercantil nos alejábamos del centro y por todas partes nos perdíamos en la infinita y como provinciana calma de unas calles rectas y desesperadoramente iguales, de casas de dos pisos, á kilómetros y kilómetros, cortándose á cuadros con el implacable rigor de un tablero de ajedrez. Habríamos jurado que Buenos Aires no fuese sino una vasta factoría adonde las gentes del mundo entero llegaran de pasada á enriquecerse.

—Mire—solía decirme Rocío al bajar del coche en la acera del Majestic é indicándome el cuadriculado del asfalto—: ¡el plano de la ciudad!

Sin embargo, la recorríamos, la recorríamos buscando al azar dentro y fuera del dédalo geométrico sus remansos de hermosura, y no tardamos en hallarlos: la calle Florida, madrileña carrera de San Jerónimo, llena de joyerías y de bazares, donde pasea á pie la elegante juventud; Palermo, espléndido parque de lagos y de selvas, en el cual desfilan los lujosos trenes que no se ven por otros sitios sino en rara dispersión; el Palais de Glace, un magnífico skaating, sobre cuyo hielo gustamos Rocío y yo de patinar al ritmo de la orquesta; el río Tigre, en fin, de aguas profundas que surcamos con ligerísimos esquifes y de paisajes soberanos á los cuales nos lleva un tren cruzando interminables campos de sports donde los bonaerenses corren á caballo ó juegan al tennis, al polo y al foot-ball, en un británico culto á la higiene, todos los domingos.

Así reconciliados con Buenos Aires, fuimos entrando, á través de su grandeza material, en la grandeza generosa y joven de su espíritu. Celebran Rocío y Leopolda la facilidad con que me adapto á la costumbre argentina de guardar los billetes en el bolsillo del pantalón para sacarlos á puñados, arrugados y revueltos; ellas también se van habituando á llevarlos sueltos en las escarcelas, con el pañuelo, el espejito y la caja de polvos, y los tres á la cierta sorpresa europea que al principio nos causaba el verlos pródigamente correr de nuestras manos.

País éste de paradoja, se llama de la Plata, es el de la riqueza y el dinero, á no dudar, y lo único que le falta es la plata, ó lo que es lo mismo, el dinero; lo representan los sucios billetes que nada valen, y todo, en cambio, cuesta un dineral—que tanto menos se regatea cuanto que parece que se paga con viejos papeles inservibles: un paquete de bombones, diez pesos; un par de horas de «taxi», veinte; el hotel, sesenta diarios para ellas y cuarenta para mí..., sin contar los otros cuarenta ó cincuenta á que semanalmente ascienden las gratificaciones repartidas á los camareros del comedor, al camarero y la camarera del cuarto, al portero, á la telefonista, á los ascensoristas...

Pero nuestras alarmas europeas se calman al considerar que un peso equivale á diez reales solamente, y que hasta las clases más modestas, viven confiadas á parecidos rumbos en un medio cuya característica, quizá por desconocer la avaricia del dinero positivo, es la esplendidez que directa emana de la abundancia del trabajo y de las cosas. Noble concepto de una nueva Economía que le explica á Buenos Aires su joven alma generosa.

Se desconoce la tiranía de ahorrar, por lo mismo que el ahorro es fácil y compatible con la cotidiana comodidad de la existencia. La enorme población que al principio tiende á aturdir con los faustos de un París, y que aspira á ser la Nueva York de la América del Sur, es mucho menos todavía; y, sin embargo, con su financierismo propenso á democratizar la riqueza y á desterrar «iniquidades económicas» es ya, acaso, mucho más, aun en medio de la monstruosidad de todo gran conjunto—porque representa la naciente Arcadia donde la Humanidad va afirmando sus decoros. No hay mendigos, no hay ladrones, y se inicia el respeto á la mujer: florearlas en la calle está prohibido bajo multa.

Hasta las propinas las saben aceptar los serviciarios sin el servilismo esclavo de Madrid, sin el servilismo fino de París, donde al que las recibe puede el que las da llamarle «animal» al propio tiempo.

Mandé la otra tarde al chiquillo de un restorán, por un coche, y se excusó de ir porque llovía; acertó á pasar uno, y lo tomó para él el mozo que acababa de servirnos y que ya se retiraba. Asombros, en Rocío y en mí...; asombros sin enojos, en la buena, hacia el hombre independiente que no se juzgó forzado á atenciones con extraños una vez su obligación cumplida, y hacia el discreto muchacho que despreció el peso con que habríamos querido lanzarle á mojarse en nombre nuestro.

—Hacen bien. ¡Oh! ¡Claro!—aplaudió Rocío. Y por castigarse en la intención, llamó al chico y le dió el peso, con pretexto de la vuelta de un periódico.

Asombro como el que en otro orden y en otra tarde nos produjo una especie de rusita elegantemente vestida de pieles y que nos saludaba al cruzar patinando á nuestro lado en el Palais de Glace. No la conocíamos. Al día siguiente, la gentil patinadora me despertaba con el desayuno en el hotel, y se reía de mi torpeza: era la francesa doncella de mi cuarto, la que debe de sacar doscientos ó trescientos pesos mensuales.

Cuando se lo referí á Rocío, comentamos el suceso, comprendiendo por primera vez que en algún hotel del mundo haya lindas doncellitas que puedan servir á plena dignidad.

Así, tocadas de blancas cofias, las vemos diligentes, como monjas de una religión noble del trabajo, por los corredores de este entonado Majestic que dijérase que sólo alberga diplomáticos y reinas.

Harto á diferencia que en el buque, nadie se preocupa de nadie; aquí cada cual confínase en su gravedad cortés y en sus relaciones amistosas. Joyas, sedas, escotes esculturales, desfile de lujos en bizarras toaletas de las damas. Apenas Rocío y Leopolda dan una nota de casta sencillez con sus trajes hasta el cuello, y todas miran simpáticamente extasiadas la beldad niña de mi amiga. Creeríamos haber definitivamente dejado el mundo de las frívolas miserias si no fuese porque también, desde el momento de llegar, la charla de las encopetadas familias por las inmediatas mesas del comedor nos sigue acosando con ese crimen de la Montsalvato, que nada nos importa. Impórtale, por lo visto, al orbe entero. Los periódicos mantienen la estúpida obsesión hinchando cablegramas sobre que no era la condesa la aprehendida erróneamente en Nueva York (sin duda lo que Lambea me contó en el mar la última noche) y de que sea tifus ó no lo sea la grave enfermedad que en Roma tiene á Vanschka á punto de morir antes que hubiese de ser afrontado y ahorcado con su cómplice...

¡Oh, el interés mundial que inspiran los científicos empeños y los cuidados exquisitos con que un concurso de doctores obstínase en salvar al pobre diablo! Insiste, insiste y detállalo todo la Prensa en tono sentimental. De día á día relata los análisis de sangre que efectúan los Laboratorios y Academias para encaminar mejor la curación, los desvelos paternales y las frases de ánimo y cariño de los médicos ilustres al enfermo y las tiernas gratitudes de éste..., cual si se tratase de un héroe esperado por la gloria... Y como no puede ser más repugnante la macabra caridad de arrancarle un hombre á la muerte sin otro fin que entregársele al verdugo..., Rocío y yo, leyendo al menos con interés esta incidente monstruosidad social del célebre proceso, sentimos una tristeza que nos hace temblar y nos ahoga.

Siempre la misma desorientada interrogación de sus ojos á mis ojos. ¿Por qué tanta inconsciencia de maldad ha de ser inevitable?

No atinamos á saberlo.

Lo intentamos, y no logramos comprender por qué. A lo sumo venimos á parar á mi vaga adoración de la Naturaleza, que los ciegos hombres no quieren imitar. No habría ferocidades de lobos, suponiéndolos intelectuados, de ese refinamiento que con el manto piadoso congrega á toda una sociedad cristiana contra un sentenciado inerme.

Sufre mucho Rocío, y, arrebatándola los periódicos, la hablo de mis encinas, de corazón menos dura que el de las gentes, y de mis anchos valles de España, donde está eternamente aguardando almas dolorosas un templo humano del Amor... Y entonces, desde el mundo que es igualmente horrible en todas partes, nuestras ansias de ideal vuelan á perderse en los lejanos campos españoles de encinas, de flores, de cielo, de paz.

—Una noche, un lobo...—la cuento, por contarla historias de pastores...

Mas ¡ah!, mi cuento no suele ser sino una cobarde desviación del infinito miedo á acabar de decirla que sólo ella es en aquel templo la esperada..., del íntimo terror de no saber si haya de resultar posible la liberación legal que acaricié con el divorcio y que me hace retrasar todos los días para el siguiente la consulta á un letrado cuyo juicio negativo hubiera de dejarme en miserables desnudeces ante la angélica, tan bravamente entregada siquiera á mi amistad. Canónico y civil mi matrimonio, no admitirá quizá otra anulación que la civil; y... ¿avendríase á un enlace civil, y en tales adversas condiciones la tan hondamente religiosa?... Cuando por las mañanas la veo volver sola de misa, siento mayor angustia que si continuase ella bajo los sutiles catequismos del P. Ranelahg.—«¡Buenos días!»—la digo besándola, la frente, que nunca se me niega (hermana, hermana confiadísima á mi amistad desde los besos del vapor...), y mis besos de ahora me amargan como los de un farsante que pronto hubiese de quedar al descubierto.

Horrenda ya la duda, cierro los ojos á su espanto, me abandono á la espiritual delicia con la hermana, agravando al paso de las horas nuestra falsa situación, y en vano envidio á los pájaros—libres de leyes que no les fuerzan á ser innobles, como muchas veces á los hombres cuando más bajo la amplitud del cielo se querrían ennoblecer.

Pero es el hotel una artística jaula de hierros y cristales, de cinco pisos, con un hall central en el bajo, sobre el que van abriéndose las abarandadas galerías de los demás hasta la diáfana techumbre que se azulea de cielo, y en la tibia claridad de su interior, al menos, Rocío y yo volamos como dos pájaros á todos los rincones.

No sólo por hábitos de la yanqui educación de Rocío, sino también porque las vigilancias de la madre le fueran humillantes á la hija, capaz de guardarse en su propia dignidad, Leopolda, atareada con sus ocupaciones ó rendida con sus nervios, no se inquieta de nosotros.

Unas veces, pues, estamos en el hall hojeando revistas, y de pronto subimos al sol de la azotea, pasando por mi cuarto á recoger unos gemelos para mirar panorámicamente la ciudad; es la hermana, sola conmigo, que entra en mi aposento sin vacilaciones, sin malicias, sin necesidad de ninguna invitación.—¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Por qué, teniendo ella más pureza y más espíritu, un equívoco pudor habría de contenerla en la puerta con menos dignidad que á la doncella que me lleva incluso al lecho el desayuno?—Otras veces descansamos en las galerías del segundo piso, al pie del comedor, esperando para la mesa á Leopolda, ó después de la cena tomamos el té en las mismas galerías oyendo al gran violonchelista que figura en el sexteto y viendo la exposición de lujos que forman al fin las damas al desfilar hacia la ópera; los ascensores no cesan de bajar y subir; las que cruzan no dejan de mirar á esta bellísima amiga mía que, aunque ya no luce las trenzas á la espalda, se peina de un modo juvenil, y que gusta más de la conversación conmigo que no de los teatros; y como á la media hora la deserción alrededor nuestro es completa y han ido apagando muchas luces, y Leopolda se ha retirado á algún quehacer de sus estancias, Rocío y yo quedamos en la semiobscuridad y el abandono, y muchos ratos, oyéndola decir cosas de ensueño ó escuchándola leer cualquier libro en el estrecho confidente, reclino la cabeza en su hombro confiado á mis dolores con ternura igual que el de aquella Elena hermana cuyas cartas leemos juntos según vienen de Madrid.

No sé de nada tan dulce ni tan noble como el hombro de Rocío, como la seda y el perfume y la tibia vida de esta niña, como la divina confianza de esta criatura-arcángel que nos convierte en dos inocentísimos chiquillos, á pesar ó por lo mismo que no desconoce ella mi pasado de barbarie y que no olvida la memoria de mi pecho y de mis brazos los encantos sentidos en la espléndida mujer el día que hubieron de recogerla desmayada.

Olvido esos encantos, ó los exalto sin olvido en la misma castidad, y juego con la mano que ella á veces me abandona; y como la mano de flor es acariciada á un tiempo por mis manos y mis ojos, en el marfil blando de los dedos descubro muchas noches sombras de tinta, que no desaparecen bien á pesar de todos los cuidados, y que creeríanse la impregnación de quien asiduamente coge la pluma con más absorta atención á escribir que á no mancharse. Una mañana, en efecto, al entrar en el salón que separa frente á frente las alcobas de ella y de su madre, la he sorprendido escribiendo..., escribiendo grandes pliegos que se apresuró á ocultar en la carpeta. Cierto estoy de que no cesa en tarea tal todas las mañanas. Ocupación que me la roba algunas horas. Comentarios á sus libros, tal vez...; aunque al interrogarla me ha dicho que son cartas y notas de asuntos que lleva ella por ahorrarle á la pobre madre la molestia... Sí, sí, bastante también podría explicar la indolencia de Leopolda su triste enfermedad, que casi la incapacita. Más que la cariñosa directora de Rocío, dijérase la dirigida por la niña afortunadamente tan sensata. Así comprendo que en la última noche del buque fuera Rocío quien decidió si aceptaban ó no las ofertas del P. Ranelahg.

Éste ha venido á reiterarlas su interés en dos ocasiones—un noble interés nacido, acaso, hacia la niña indefensa, sobre la misma comprensión de las bondadosas inutilidades de la madre; y desde la segunda, porque almorzó aquí, y yo, naturalmente, no tuve por qué desertar de la mesa, no ha vuelto.

¿Sospechó quizá, anticipándose á la realidad, que yo sea el novio de Rocío, y que en mi lealtad también haya encontrado el ángel la protección que haga innecesarias las demás?

¡Oh, cierro, cierro los ojos del alma y de la cara cuando pienso ésto sobre el hombro de la confiada hermana noble, y háceme temblar el alma y el corazón y todo el ser la idea de la responsabilidad que acaso he ido acumulando sobre mí con tanta, insensatez, con tal encadenamiento de insensibles ligerezas!

Porque es cierto que yo no soy el novio de Rocío ni á nada aun con ella me he comprometido de un modo expreso...; ¿pero dónde encontrar más abominable traición que la de mis torpezas con el ángel cuya fe para entregarme su alma toda entera no ha necesitado convenios ni promesas de palabras?

II

Confírmase mi antigua apreciación: lo singular de Rocío es la sensibilidad que hácela vibrar á todas las emociones. De horror se desmayó en el barco cuando el negro se arrojó al mar, de fe llora arrodillada ante la Virgen y conmovidísima la he visto por un suceso lejano que sólo en su corazón de santa podía repercutir de tal modo.

Esperando que vuelva de la misa suelo desayunarme en el bar, al sol de las cristalerías de la azotea, y una mañana se me apareció loca de gozo para mostrarme un periódico cuyos grandes epígrafes decían:

JACOBO WANSCKA HA MUERTO.—SUS ÚLTIMAS DECLARACIONES.—INOCENCIA
Y ABSOLUCIÓN DE LA MONTSALVATO.

Era la honda impresión de la compasiva que había seguido paso á paso la tragedia y que inesperadamente se encontraba con un redentor final folletinesco. Tomado también de compasión, leí los cablegramas—á la vez que ella volvía á leerlos inclinándose á mi hombro.

Jacobo Wanscka, por una caridad del infortunio menos cruel que la de los ilustres doctores que querían reservárselo á la horca, ha muerto de la enfermedad que le aquejaba. Sus arrepentimientos de la agonía, en solemnes declaraciones al confesor y á los jueces, dejan establecido que en el asesinato del conde no tuvo la esposa ninguna intervención.

Rica la Montsalvato, esclava de él gracias al adulterio á que la empujó la desdicha conyugal, y tan noble, sin embargo, que le hubiese odiado al sospecharle siquiera designios criminales, el amante, para casarse con la presunta viuda y disfrutar de su caudal, concibió y efectuó el crimen sin que ella se enterase hasta que el ruido siniestro la atrajo de un contiguo dormitorio. Seguían pormenores terribles de cómo la infeliz incluso ignoraba que él hubiese permanecido oculto en el palacio después de la velada, durante la cual envenenó á su víctima; de cómo, desconfiando del veneno, el miserable le confió á sus manos el término del drama repugnante, y de la espantosa escena de amenazas con que al ser por la aterrada sorprendido la forzó al encubrimiento... Apresuré estos pasajes, porque sentía á Rocío llorar detrás de mí; salté apenas al que notificaba que el tribunal de Roma ha cerrado el proceso proclamando inocente á la condesa, salvo en su mínima culpa de encubridora por horror, de la que asimismo será absuelta bajo la piedad del mundo así que ella no tarde en presentarse..., y soltando el periódico me volví á la que lloraba.

—¡Siempre me resistí á creerla criminal!—sollozó, explicándome concentradamente su emoción—. Si ella era ya rica, ¿por qué matarle? Además, hay groserías de la maldad tan increíbles en una mujer fina y educada...

La exactitud de este juicio me admiró. No sólo por él sentí más el gozo de ver redimida á la dama delicadísimamente bella que he visto en los retratos, sino que borró la acusación de absurda que al contemplarlos le había lanzado á la Naturaleza, capaz de tal monstruosidad inarmónica entra las líneas nobles de una cara y las líneas nobles de un espíritu.

Por transmitirme su contento no fué á la iglesia esa mañana el ángel en quien tan bien se acuerdan los bellos trazos del espíritu y los bellos trazos de la faz..., el ángel que todo me lo deja ver dentro de su diáfana conciencia.

Sin embargo, generosa de lo grande y de lo exquisitamente impersonal mejor que de lo que ella pensará que constituyen las vulgaridades cotidianas, nunca me confidencia, nada de sus proyectos, de sus asuntos, de su plan de porvenir; y hay en particular una ocupación, entre las que la enferma madre la deja, la de escribir (tan absorbente ahora que la hace madrugar y asimismo olvidarse muchas mañanas de la misa), que á mí me esquiva en el misterio. ¿Qué escribe?... Notas, ó cuentas, ó cartas. Debo aceptar su reserva como otra sutil delicadeza de la que no quiere mezclar á nuestra idealidad los prosaísmos, y, no obstante, igual que un robo de su alma me duele en ocasiones. Tanto más, cuanto que al fin el nombre temido y ansiado fija nuestra situación: es mi novia.

Como por el azar de una conversación, y sin expresos convenios, llegamos á ser los grandes amigos que se lo comunican todo, desde lo nimio hasta lo enorme, un nuevo é insignificante azar ha hecho que quedemos novios proclamados sin necesidad de declaraciones por mi parte. Creyérase que nos impulsa el Destino antes que nuestra propia voluntad.

Un azar. Nada. O algo que flotase en el aire envolviéndonos, y que á la simple acción de presencias extrañas cuajó sobre nosotros. Acaeció... que al mes de llegar no había visitado á ninguna de las personas para quienes traía presentaciones. Las hubiera roto, feliz de encontrarme con Rocío anónimo y aislado en Buenos Aires, y receloso de que el trato con cualquier compatriota que conociese mi estado descubriéraselo á ella. Pero una de las cartas, de la mujer de mi hermano á unos parientes suyos, argentinos, me inquietaba, especialmente—porque también aparte y con cariñosísimo interés habíales anunciado mi visita. Imposible demorarla. No era de temer que supiesen si soy ó no casado, y fuí. Amables los señores de Rialta, acogiéronme en familia desde luego, obligándome á almorzar. Dos días después Rocío y yo, ella con una mano dulcemente abandonada entre las mías, frente á un ascensor, y en espera de la cena, charlábamos en un diván de la desierta galería de nuestro piso; así nos sorprendió el ascensor, dando paso á los señores de Rialta..., los padres, las tres elegantes hijas..., que venían á visitarme. ¡Ah! ¿Cómo por un simple título de amigos explicar la confianza en que me hallaban con Rocío? ¿Cómo corregir la ingrata impresión causada en quienes creeríanla alguna aventurera de hotel?... Me rehice; adelanté hacia ellos, les saludé y les presenté:

—La señorita Rocío Hoffmeyer..., mi novia, mi prometida ya, puesto que será mi mujer dentro de poco.

Halláronla en seguida tan gentil las señoritas de Rialta, que, celebrando su juventud y su belleza, la rodearon en lluvia de atenciones. No tardó en llegar Leopolda—avisada personalmente por Rocío, sin duda para prevenirla. Cenamos todos juntos, y admiré una vez más los bellos dominios de la hija sobre la pasividad de la pobre madre, cuyas extrañezas al oír que los dos nos tuteábamos nos hubieran puesto con los invitados en conflicto. Terminada la cena, los Rialta se obstinaron en llevarnos al teatro—y al salir, no pudimos eludir tampoco su invitación de almuerzo al día siguiente. Amables, sí; muy amables. Parecía que nos conociésemos de largos años.

—¡Adiós, hasta mañana!—me despedí aquella noche de Rocío, detenida un segundo á la puerta de su cuarto, y confirmándola á solas lo que de los dos había querido hacer la casualidad delante de las gentes—. ¡Adiós, Rocío..., mi novia, mi prometida, pronto mi mujer..., tú!!

Con no sé qué congoja, alargándome ambas manos, me ofrecía en los ojos el alma. Recogí sus manos, recogí su alma, y, ávido de su vida entera, la estreché toda contra mí y besé sus ojos con el primer beso de pasión de tantos besos como en tantas noches habían besado las purezas de su frente.

Desde entonces ha dejado de ser la niña para ser plenamente la mujer. La transfiguración viene efectuándose veloz, aunque insensible—según todo en ella se realiza.

No me he dado cuenta de qué modisto la haya podido surtir, ni del momento en que haya abandonado sus trajes de jovencilla, y el hecho es que me parece (siempre la más bella) tan vestida de largo, además, y tan alta y buena moza como cualquiera de estas arrogantes argentinas del Majestic.

No he advertido cuál instante fué el primero en que correspondiesen sus labios á los besos de mi boca, y ahora nuestras bocas se unen fugazmente cada noche en despedidas donde sabe glorificar el ángel las lumbres del amor.

No podría decir cuál minuto marcó el tránsito á la jovialidad expansiva en la pensativa melancólica del buque, y es lo evidente que conmigo está sin desagrado en las reuniones á que frecuentemente nos invitan.

Un cambio exterior que no afecta á la intensa sentimental que es á mi lado. ¿Se debe á que su madre mejora desde hace algunos días, ó á la confianza con que al fin se ve frente á la vida junto á mí?... A ambas cosas, de seguro; y sobre sus alegrías... la duda de la posibilidad de mi divorcio me apuñala el corazón y háceme diferir siempre como un peligro afrentosísimo mi visita al abogado.

Cierro los ojos, cierro los ojos é insensatamente me abandono á la delicia triste del ensueño, que acaso no me guarda más que un ridículo y terrible despertar.

Los Rialta poseen en la Recoleta un magnífico hotel. Allí vamos tratando á muchas gentes distinguidas: diplomáticos, banqueros, hombres de negocios; es decir, vamos tratando á sus esposas y á sus hijas—ya que á ellos, tomados por la argentina actividad que les obliga á pasar las tardes en las oficinas y en las Bolsas y las noches en el Jockey Club cambiando mercantiles impresiones, apenas suele vérseles. Sólo á fin de recoger á las damas con sus automóviles aparecen á última hora en los teatros; y cuando la solemnidad de alguna recepción los fuerza á acompañarlas y á cambiar por la levita el habitual descuido de sus trajes, como en un té donde la otra tarde cantaron la Barrientos y Caruso, las miran con iguales indulgencias que á niñas candorosas vestidas siempre de elegantísimas muñecas.

Y sí, niñas candorosas, grandes niñas candorosas, formado el corazón por el fondo de las rancias virtudes castellanas y el alma abierta á todo lo moderno, á todo lo mundial, esta contradicción las torna encantadoramente incongruentes. Viven á la inglesa desde el punto de vista del confort de sus hogares, sienten en español, menos curiosas por visitar á España que á Francia y Alemania é Inglaterra, y en francés gustan al menor motivo de expresarse. Juegan al tennis ó patinan, sin que las importe lucir las piernas en las cortas faldas, y las mataría el rubor si un descuido en visita se las alzase encima del tobillo. Ofenderíalas un señor recién presentado que al día siguiente las detuviese á saludarlas solas en la calle, y en el salón no tienen el menor reparo en departir con él acerca del Moulin Rouge y de las célebres cocotas de París ó de cualquier tema escabroso puesto en boga desde Europa por libros ó revistas.

Porque, sobre todo, gustan de las conversaciones evocadoras de sus viajes y de la disquisición culta, de la polémica. Jactándose de la ultranueva agilidad de su espíritu, libre de los seculares prejuicios que en el viejo mundo le amodorran, frente á las extranjeras que las tratan, en este cosmopolitismo bonaerense, muéstranse á menudo orgullosas de la espléndida democracia de un país como el suyo, donde no hay que rendir vasallajes á reyes ni señores. Sin embargo, no pueden olvidar los ilustres apellidos españoles que muchas llevan, y así como la señora de Rialta me presenta siempre consignando su parentesco con el conde de Torre-Alba, mi hermano, ella y todas, picadas de aristocratismo, conocen mejor que yo, sin duda por los retratos de las ilustraciones y por las noticias de los revisteros de Madrid, á los descendientes de nuestros históricos duques y marqueses y á los miembros de nuestra dilatada familia real.

En este ambiente de ingenuidad, doblado de rígidas etiquetas, ha caído Rocío como un encanto. Su dominio de varios idiomas confírmala desde luego las simpatías que despiertan su belleza y su bondad. Es admirable la perspicacia que sabe suplirla con una improvisada mundanidad sus infantilismos de inexperta colegiala. Más que una niña educada entre monjas creeríasela una señorita habituada á los refinamientos de un salón. Ninguna acierta á elegir su adorno para cada oportunidad de excursión ó de cena ó de teatro mejor que ella; ninguna se conduce con más gentil desenvoltura de sonrisas y ademanes, y cual ninguna sabe mantenerse en una equilibrada discreción durante las no siempre sencillas discusiones que arman las demás.

Desde el tema tenaz de la Montsalvato, por ejemplo, absuelta como criminal, aunque para estas damas severísimas abominada como adúltera (sin que la disculpen las maldades del marido, que ahora en reacción de sinceraciones y en honor á ella detalla la Prensa diariamente), en términos generales se ha pasado esta noche al del porvenir de la mujer. Un viejo ex ministro sostenía que no pudiera cifrarse sino en la reconstitución del hogar, cada vez más destrozado por perniciosas modas y costumbres, y único semillero de purezas femeninas y de madres capaces de darle al orden social ciudadanos excelentes. Un joven diplomático, opinando que el curso de los tiempos les impondrá á las mujeres la competencia con los hombres en todas las ramas del trabajo y del saber, concedíale, en cambio, más interés al ideal de verlas libertadas, como el hombre mismo, que no al de que continúen siendo sus esclavas virtuosas. Varias señoras han tomado el partido del ex ministro, á pesar de que alguna, junto á mí, me desliza que en su juventud dieron no poco que hablar sus hazañas donjuanescas; más como otras, y entre ellas una culta conferenciante del Consejo Nacional de Educación y una distinguida señorita concurrente á la Escuela de Estudios Psicológicos, apoyan al joven, la controversia sobreviene en una greguería adorable cuyo mismo desorden la encierra pronto en dos extremos inflexibles: el de las que, sin negar la masculina tiranía, juzgan precisamente exaltado frente á ella el sacrificio de pudor y virtud de las mujeres, por lo cual nada deberá cambiarse, y el de las que al sostener la igualdad del hombre y la mujer defiendan que, ó ellos tendrán que confinarse en los hogares con los mismos guardianes de virtud que les imponen á sus esposas y á sus hijas, ó éstas deberán imitarles su absoluta libertad. Recabada mi opinión, abstiéneme el temor de no saber acoplarla de conciso modo entre tanta divergencia; solicitada Rocío más insistentemente, halla la humilde fórmula que á todos satisface: «No cree que esté la solución en que uno ú otro sexo se inviten á sus falsas posiciones actuales, sino en un término medio por el cual los hombres cediesen tanto de su despótica libertad como saliesen las mujeres de su cárcel de prejuicios, hasta encontrarse dignamente.»

¡Oh! Aun conociendo su talento, la vaga profundidad de tal respuesta lánzame al nuevo asombro de la gloria de su alma, tan consciente de ella propia que por nada titubea. Rato después, camino del Majestic, forzado el taxi que nos conduce á rodar despacio entre la aglomeración de otros vehículos frente al teatro Royal, ofrécesenos un cuadro que explica la confinación á que los graves señores argentinos, y los de todas partes, obligan, con más ó menos éxito de resignación, á sus esposas. No todo en ellos resulta abnegaciones de trabajo ni indulgencias desdeñosas á las muñecas bien vestidas, puesto que otras muñecas bien vestidas, no con tanta honestidad, lindas y congregadas en el Royal como en un mercado de placeres, van siendo esperadas á la puerta por los mismos autos que otras noches recogen en Colón honradamente á las honradas... Son las austriacas, las italianas, las francesas; el doloroso cargamento de lujuria y juventud que el viejo mundo le envía al nuevo para saciar el vicio de sus hombres.

Comprende Rocío la significación del espectáculo. Sintiendo la pena del mercado infame que subsiste en nuestro siglo de cultura, tal que en la Alejandría de la barbarie, y recordando á las Eyllin y Placer del buque, á los rebaños de europeas que venían también junto á las monjas, volvemos los dos á evocar lo que yo la dije un día sobre la excisión impuesta á la vida torpemente: ó lo espiritual, en la clausura de renunciaciones de las monjas y en la dorada jaula de resignaciones de las damas, ó lo tan cruel y tan bestial que estamos contemplando.

El auto nos aleja. Con queda voz le resumo á Rocío, sentada al lado mío, enfrente de su madre:

—Todo esto no es sino una forma de la incomprensión á que aludí cuando hube de referirte la mía de otra índole con Laura; y de todo esto hoy tan desacorde, el instinto bruto de los hombres, la pureza de las damas, el misticismo de las monjas y hasta el libre sonreír de las rameras..., fundido alguna vez, por no sé cuál milagro, surgirá definitivo el porvenir que preveías en tu respuesta.

Llegamos. Entramos en el hotel. Subimos.

Como siempre, retrásase Rocío en la puerta de su cuarto brindándome el beso de despedida habitual; pero mi beso en plena boca, y en la vasta sensación de nuestras vidas intensas y diferentes á la vez que parecidas á todas las demás, es tan hondo, es tan largo, fundiendo desde mis labios á sus labios todos los misticismos y purezas y sensualidades de las vidas de los dos, incendiando desde el fondo de mi ser el exaltado afán que en esta noche me invade por saber si la prodigiosa conciencia de Rocío es en verdad tan firme que por nada titubee..., que ella tiene que cortarlo, reclinándose al muro mareada de delicia. Retenida su mano en mi mano, contemplo las gallardas líneas que recorren su estatua hasta los pies.

—¡Qué bella eres! ¡Toda!

Sigo contemplándola, sigo envolviéndola en lo que es otro inmenso beso de mis ojos, nuevo para la casta novia del novio singular que nunca la habló ni la besó sino como hermano, y sobre el rojo anhelo de sus labios sus ojos bajos me esquivan el rubor de su sorpresa.

—¡Qué bella eres toda, toda tú! Una mañana de aquellas de nuestro amanecer de almas en el mar sentí en tu camarote los grifos de tu baño, y cuando saliste estuve para haberte dicho que habría sabido contemplar tu desnudez con idénticas purezas que á tu alma. Así, bajo estas sedas, te estoy ahora imaginando desnuda, purísima y perfecta.

Se estremece. Aumentan la confusión y las lumbres de su faz. Mas no cedo, no quiero ceder, y la reprocho:

—¿Te inquieto? ¡No osas levantar tus ojos á los míos! ¡Ah! Mira, no dí en casa de Rialta mi opinión de la mujer, de la religión de amores que guarda el porvenir y que ya en nosotros se presiente, porque no habría acertado á formularla con las grandes sencilleces de la tuya; la misma, sin embargo: la de la pagana cristiana sin sonrojos de su alma ni su carne, hechas por Dios, y sin ese pudor, por consecuencia, que á solas conmigo te impide confirmar que sea él una de las cadenas de prejuicios de que hablabas hace poco. ¿Te engañabas antes, al decírselo á las otras?

—¡No!—expresa, comprendiendo al fin la intención de mis audacias y entregándome en la firmeza de la voz y de los ojos la brava seguridad de su conciencia.

—¿Qué significa, pues?

—Si lo prefieres, y para ti, para nosotros—sonríe, torturada en humildad—, llámalo «emoción», sencillamente.

Estremecido yo ahora de grandezas, quedamos mirándonos, fijos, serenos, con una serenidad trémula de majestades de la Vida.

—¿Crees en mí?

—¡Como en Dios!

—¿Por encima de toda clase de desconfianzas, por encima de toda clase de temores?

—Sí.

—¡Aunque hubiera de causarte algún mal!

—Aunque hubieras de causármelo; pensaría que tu nobleza me lo causase á pesar tuyo.

—¡Ah! ¿De modo que crees en mí incluso por encima de pudores, por encima de prejuicios?

—Incluso por encima de pudores; incluso por encima de prejuicios.

La acoso—por ver su serenidad cuánto resiste:

—Entonces, ¡ah Rocío!..., ¿si quisiera mi antojo verte desnuda alguna vez?

No vacila. Unicamente al contestar vuelve á bajar los ojos.

—Me verías.

—¿Y si en la alucinación de tu beldad—apuro yo hasta lo cruel—ansiase mi pasión tenerte toda entera?

Se acoge toda roja al refugio de mi hombro y responde en un suspiro de su mismo corazón:

—Me tendrías.

Lo ha dicho con sublime sencillez la purísima, la virgen. Humilde y confiada, su frente háceme en el hombro sentir la de una diosa. Reposa su dignidad en mi dignidad. Ambos callamos.

Es mía y es mi preciadísimo tesoro. Es alma, clara alma de cristal desde la frente á los pies; un alma que en su abandono pasa dulce sobre mí el inmortal peso de la Vida, y con la eucarística unción que á una divina alma que se podría romper, beso su frente; besa ella, santa, mi mano, y así nos despiden en esta noche los dos besos más castos que hayan podido cambiar jamás nuestras noblezas.

III

El coche. Bella perspectiva de todo un día en nosotros mismos. Almorzaremos en el Tigre. Sube Leopolda.

—¿Lloverá?—inquiétase, al subir, Rocío.

—No—afirmo, conminando á las sueltas nubes con el imperio de mi dicha.

Y el portero preséntame una carta cuyo membrete me indica que es, al fin, del letrado á quien anteayer tarde consulté.

Entro en el portal para ocultar mi emoción, y abro la carta. «Tiene el placer» de manifestarme que puedo recoger el informe cuando quiera. Un frío de agujas me recorre; sin embargo, este «tengo el placer» parece desvelar un poco el misterio en el sentido de lo no horrible. ¡Oh! Iría mañana; pero, incapaz de soportar la duda que hoy turbase mi alegría, les ruego á Rocío y Leopolda que me esperen en el Tigre. Va á retenerme una hora la urgencia de un asunto.

Parten.

Tomo otro coche.

Veinte minutos después el letrado me recibe amabilísimo y me anticipa sonriendo:

—Mal; largo. Mas no absolutamente imposible el divorcio, á la mira de otro matrimonio, según le anticipé. Habría que realizarlo en Francia, con previa nacionalización, y no sé si pudiendo prescindir de la voluntad y la comparecencia de ambos cónyuges.

No advierte mi palidez, y pónese á leerme el informe:

«Código argentino. Capítulo VII. Apartado 198: El divorcio que este Código autoriza consiste únicamente en la separación personal de los esposos, sin que sea disuelto el vínculo matrimonial.

»164: Es válido en la república, y produce efectos civiles, el matrimonio celebrado en país extranjero que no produzca allí efectos civiles, si lo ha sido según las leyes de la Iglesia católica.

»159: La validez del matrimonio, no habiendo poligamia ó incesto, es regida por la ley del país en que se ha celebrado, aunque los contrayentes lo abandonen por no sujetarse á...»

No le atiendo.

Es el mismo efecto que si este hombre me hubiese arrojado contra un muro. Contra el muro imbécil de la ley ó contra el muro de mi inmensa estupidez. El lee, lee; yo vuelvo á atenderle cuando, á modo de salvación, invoca la ley francesa:

—«La mujer casada tiene la nacionalidad del marido, aunque se halle ausente.» Siendo así, bastaría que el interesado se nacionalizase en Francia, sin la imprescindibilidad de llevar consigo á su mujer. Única favorable contingencia que nos resta—y termina alargándome con el informe la nota de honorarios—: doscientos pesos.

Pago.


Desde el despacho de ese hombre me encuentro de nuevo en la calle como si me hubiese arrojado por el balcón al mar de mi infinita estupidez.

Las gentes pasan. Yo floto, vacío y perdido, sarcasmo de mí propio.

El muro de la ley y de mi infinita estupidez contra el cual me habría estrellado el amable sonreír de ese hombre de la ley, y el mar de mi infinita estupidez al cual habría caído un harapo lamentable. Más allá de estas casas, que existen ó no existen, no existe ya Buenos Aires, ni el Tigre..., ni ella..., todo borrado en mi sandez que se dilata á la amplitud del universo.

¡Rocío!

Un cerco de hierro en la frente, un temblor de hielo en las entrañas, y en mi desolación un solo convencimiento rotundo y frío: el de que acabo de perderla..., el de que no deberá, en mi miseria, verme más..., el de que para siempre me alejo de ella en el oleaje de la vida como el negro aquél á quien vimos alejarse en el oleaje de las aguas...

Y lo que más le sorprende á mi corazón es que haya podido sorprenderse ante una realidad de destrozo tan temida durante toda mi lenta obra de soberano mentecato.


Cruzo, cruzo calles...; necio inmenso que huye avergonzado sin saber de qué manera y dónde y hasta de él mismo esconderá su necedad.

A ratos, me paro. Me miran las gentes creyéndome borracho, quizá. Medito correr al Majestic (antes que regresen á él Rocío y Leopolda) á tomar rateramente mi equipaje que me permita escapar de Buenos Aires en un tren, en un buque; pero me vuelve la impresión del guiñapo ó del náufrago que no necesitan para nada meditaciones ni equipajes..., y sigo—acabando á mi vez por hallar imbécilmente divertidas á las gentes y á las cosas.

—¡Eeeh!—grítanme de pronto.

Un tranvía; por un centímetro y un segundo no me aplasta. Sonrío; recuerdo que yo he pisado algún sapo alguna vez, y en el vacío de mi pensar queda un pensamiento: el hombre es una cosa blanda y destripable como un sapo.


A las doce, sin saber cómo, encuéntrome en el puerto. Y sí, sí, desde el punto de vista del guiñapo he acabado por hallarlo todo inexplicablemente divertido. Para transportar carbón los carros llevan los caballos con plumas y platas y escudos, como caballos guerreros. Leo: «Dársena Norte». Fondeado un buque: el «Mafalda»; salen señores y damas del pasaje, muy dichosos. Ignoran que la dicha no es cuestión sino de un centímetro y un segundo. Yo asimismo desembarcaba tan contento una mañana. Yo asimismo creía hace dos horas mandar en la tierra y en los cielos.

Pero un carro está ahora á punto de aplastarme, y recójome á la acera.

Hay que ir por donde se pueda ir muriendo sin peligro.

Cruzan marineros. Les oigo hablar, el italiano, el francés, el alemán, y miro las tabernas y las tiendas de cuchillos donde ellos los comprarán para partirse la barriga. Vuelvo á leer. Políglotas letreros: «Bubet», «Trattoria della Alta Italia», «La Giovane Somellina». Portalones de antros cruzados de vigas y tinieblas. Un borracho que con su mujer come salchicha, le larga á un hijito suyo un puñetazo que le tira contra el suelo.

Y yo sonrío. Radicalmente estoy curado de piedad. ¿Qué me importa? ¿Qué más le importa al sol que ese niño goce ó sufra, y que el padre, porque puede, le suelte un puñetazo?

Aléjome hacia la confusión de los muelles y por mucho tiempo me entretengo en mirar cómo entre dos diques alzan un puente para que pase un vapor. ¡Qué estupidez, tantos vapores! Mil, diez mil, cien mil. Cargaderos de trigo, galpones. Barricas de sebo. Bueyes. Negra multitud de hombres que se afanan. ¡Qué estupidez! Al fondo, el Plata...; sucio, como la vida.

Sigo, sigo, otro siglo ú otra hora.

Estoy ya fuera del tumulto. Aquí no hay más que lanchones de patatas; llueve, por último, y me ampara el cobertizo de un figón. Me ladra un perro y asusto á las palomas. Una moza que suda, pregúntame si quiero almorzar: tiene jamón, vino. Perfectamente. Como, bebo, le echo la mitad del jamón al perro y migajas de pan á las palomas. Son muchas; bajan y vuelven al tejado. Vuela con ellas un pájaro negro con cresta roja, cuyo nombre desconozco. El tampoco lo sabrá—y de seguro las palomas ignoran que se llaman las palomas.

Las veo arrullarse y amarse libremente.

¿Qué dirían si las contase mis tristezas?... «Me veis morirme porque en la bandada humana amé á una paloma que me huyó, y ya la bandada no me dejará jamás amar á la que amo...»

Es decir—rectifico, volviéndome á mí mismo—: si por haberme unido á una mujer la ley de la bandada no me deja unirme noblemente á otra mujer, me grita, en cambio: «¡Imbécil! ¡Ahí tienes la falsedad para engañarla, ó ahí tienes la prostitución en que legal y variadamente te brindo mil mujeres!»

La honorable sociedad. Yo también de piedades y ternuras disfrazaba mi vileza.

¡Oh Rocío! ¡Me esperas; hoy debiera haber sido un día más de los de mi bella farsa en tu delicia..., y por primera vez tardo en volver á ti, sin que sospeches que sea ésta mi tardanza de lo eterno... la fuga vergonzosa del cobarde que te ha envuelto en el ridículo..., del grotesco ladrón que, de tan necio, no ha acertado ni á robarte la inocencia!...


Y sin embargo, á las cinco me acerca al Tigre un automóvil. He releído el informe y ha renacido mi esperanza; quizá tenía razón el hombre de la ley: á Francia, Rocío y yo; la espera; el divorcio... con la voluntad ó sin la voluntad de mi mujer. ¿Le aceptará la noble tantas dilaciones más á la farsa descubierta?... Por lo pronto he visto también que puedo darme tiempo á tranquilas reflexiones ocultándola esta tarde mis angustias.

Tales son mis dudas de puñal y mi propósito cuando llego al Tigre Hotel; cuando ella me recibe blanca, toda ángel..., advirtiéndome la trémula zozobra, lo mismo que su madre, á pesar de mis esfuerzos placenteros.

Sin mí tuvieron que almorzar. No sé desentenderme de las preguntas acerca de mi huída y mi retraso con un pretexto baladí, y... miento malas noticias de España: