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Sí sé por qué: Novela

Chapter 17: V
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About This Book

Un narrador aquejado de neurastenia emprende un viaje marítimo y se ve forzado a la convivencia con compañeros que alternan la jolgorio y la franqueza con la incomprensión. Entre cenas, conversaciones sobre mujeres y sucesos de prensa y las vistas del mar, surgen meditaciones sobre la piedad frente al sufrimiento humano, la angustia existencial y la tentación del suicidio, así como la tensión entre una sensibilidad extrema y la banalidad social. La narración combina introspección y observación social, mientras la noticia de un escandaloso crimen en la prensa introduce un elemento de intriga y juicio público en la experiencia del protagonista.

—Enferma Elena.

—¿Tu hermana?

—Grave—acentúo, mirando á Rocío, que no puede adivinar á qué hermana se refiere la verdad de mi mentira.

Y como en la mentira se me brinda la oportunidad de dejarle tendido un jalón á la inminencia de horror que desconozco, añado:

—Estuve cablegrafiando. No vendrá hasta mañana la respuesta. Acaso mañana mismo deba irme á Madrid.

Cúbrela súbitamente el rostro un velo de pena en que no entra la menor desconfianza. A su piadoso deseo de tornar á Buenos Aires, opone mi tristeza el de distraernos paseando por el río. Dócil siempre, bajamos á una lancha. Inútilmente Leopolda nos arguye que va á llover y que anochece... Abro el motor, y como una flecha la pequeña nave se aleja de Leopolda—cuyo miedo al agua la hace preferir la espera en la terraza, igual que de costumbre.

Sino que, harto contra la costumbre, á la verdad, por mi ensimismamiento ó por no sé cuál ansia de volar con Rocío á soledades inmensas donde no hubiese leyes ni abogados, la lancha, veloz, sigue y sigue, perdiéndose del Tigre Hotel por el ancho Luján, cauce arriba. Desde el hervor de espuma de la quilla, parte la serena superficie en una ondulación que se abre silenciosa para ir á besar la fronda en las riberas.

Empieza á chispear.

Rocío, la que tanto sabe hablar callando, de alma á alma, respeta mi silencio.

Quedan atrás los embarcaderos, los chalets, el restorán, las últimas cabañas de hortelanos. No rompo mi mudez sombría, ganoso sólo de correr por el río desierto, y limítase la prisionera de mi fe á girarse de rato en rato hacia la proa como á inquirir adónde iremos. Puesto el sol entre las nubes que amenazan un diluvio, la luna filtra su claridad sobre nosotros. Y va arreciando la lluvia; va calando la toldilla, que nos deja caer algunos goterones.

—¡Oh, Alvaro, lloverá mucho, y es tarde!—me dice la que más lo dice atenta á mi preocupación que no á temores.

—¡Oh, sí! Verdad.

Viro. Emprendemos el regreso. Pero aumenta la lluvia, con la cual entablo al fin una desesperada competencia—y en nada de tiempo el manso diluvio nos envuelve.

El Tigre Hotel dista media hora. No hallando más refugio que el restorán, cuyas luces vuelven á brillar entre los cendales de agua, á él nos acogemos.

Un mozo se encarga de la lancha; otro nos lleva á un gabinete.

Pido piña y champaña, según pedí jamón y vino en la taberna, por pagar de cualquier modo los refugios á que hoy me fuerzan los desastres del cielo y de mi alma.

Afortunadamente la toldilla nos protegió hasta aquí, bien ó mal. Rocío tiene apenas que quitarse el jersey y el sombrerito de blanco fieltro, y sacudirse un poco la falda.

Por los vidrios del balcón mira cómo cierra el aguacero el horizonte. Resignada, se sienta; yo, con la barrera de mi indignidad ante la dignísima, voy á caer en el diván—lo más lejos posible.

Quedo muy triste. Es más violentamente torvo el silencio en esta confinada soledad. Empieza ella á sentir la desorientación del obstinado hermetismo de mi pena, que la huye.

Apoyado en la mesa el codo, está bajo la lámpara. La contemplo, la contemplo. Su obediencia en toda nuestra correría á través de lo insensato, me sigue revelando la grandeza de su espíritu. La belleza de su rostro, además, y la beldad de su viva vida entera, van lentamente saturándome de lo que he de perder al perderla. Habrá de arrebatármela el rigor social por encima de ella misma.

Este pensamiento me hace recogerme á las rodillas en una convulsión de impotente rebeldía, y Rocío, que lo advierte, se me acerca.

—¿Qué tienes?—pregunta, posándome en el hombro la caricia de su mano.

Mas no sabe contestarle mi esquiva pesadumbre, y se sienta junto á mí, volviendo á demandar, á la vez que procura atraerme compasiva con el brazo:

—¿Qué tienes?

¡Oh, qué tengo! Lo que tengo es un ansia inconfesable de esta caridad que se me brinda; y en otra convulsión refugio contra ella mi dolor. Así permanecemos, y así se acrece insoportablemente mi martirio, porque, envuelto por su alma, estoy oyendo el corazón de la que es tesoro de todos los hechizos. Cruel la suerte que de tal manera háceme sentir cuanto habrá para siempre de quitarme, lloro; y como Rocío, al notarlo, álzame la frente insistiendo: «¿Qué tienes, Alvaro? ¿Qué tienes?», é intenta besar y besa santa mis lágrimas..., yo, en un ímpetu, en un exasperado impulso de apoderamiento loco, beso y retengo contra mi boca, como para la eternidad de una agonía inmortal, la boca ya ungida por mi llanto.

Beso muy hondo, beso muy largo; beso sin fin, al que un afán de morir matándola le da la voluntad de irla aspirando hasta el último aliento de la vida. Beso insaciable de vampiro que la agota, que al desfallecer le desfallece y que hácela cerrar los ojos y continuar siempre el beso pálidamente reclinada é inerte en la corona de reposo que por último nos forman nuestros brazos contra el brazo del diván...

Mas ¡ah!, lo estúpido turba la letal gloria de veneno y nos fuerza á separarnos. Me he levantado al ver entrar al camarero, que, á no dudar, nos cree una impaciente pareja de aventura. Sin tiempo ó fuerzas para incorporarse, Rocío permanece medio tendida y como dormida, ahorrándose sonrojos.

Sigo contemplándola, en tanto el camarero ordena copas y cuchillos.

Es tan bella, que el pobre hombre retarda su faena por mirarla y envidiarme. Y me daña tanto, últimamente, el sarcasmo de envidia tal en el que no puede pensar que mi «aventura» redúcese á un adiós tristísimo á la hechizada hechizadora, que el nuevo choque de la dura realidad en mi vida, llena de los fuegos de su vida, me arranca del corazón una centella.

Una centella, sí..., y con la instantaneidad de las centellas, negros antros de mi ser se han alumbrado: la virgen, la novia, la confiada á mi fe, la toda mía... lo será, y sólo cuando al lado allá del deshonor se vea atada á mi farsa, tendrá que aceptarla sin remedio.

¡Oh, sí!

En cuanto el camarero sale, lánzome á la puerta y cierro el pasador. Al volver, le llevo á la alarmada una rueda de piña y una copa de champaña—pensándole á la escena una preparación de gentil galantería. Pero suelto el champaña y la piña, de pronto—cierto de que no sé ni sonreír, de que todo tendrá que suceder de un modo torvo y casi tétrico—y llegando á la que por no agraviarme demás ha reducido sus alarmas á incorporarse sobre el codo, me siento junto á su cuerpo en el diván.

Nos miramos un momento: yo á ella duro y hosco; ella á mí con la humilde dulzura de una víctima.

—Rocío—la digo secamente—, me confesaste una noche que crees en mí como en Dios, por encima de pudores y temores. ¿Es esto verdad?

—¿Por qué lo dudas?

—Por nada, y no lo dudo; pero por algo que no debe importante (si es cierto que crees en mí de tal manera), yo ansío la prueba completa de tu fe en la realidad, y te pregunto: si quisiese verte ahora mismo desnuda y si mi afán de tu beldad quisiese tenerte toda entera, ¿te vería? ¿te tendría?

Cierra los ojos. No contesta.

Al asombro de lo brusco que la ha dejado caer mi voluntad, sucede en su cara la melancolía de una sonrisa. Con tal angustia se fuerza en comprenderme, que adivino el proceso de su comprensión á través de sus párpados cerrados y en la sonrisa que se la va dilatando y haciéndola expresar una triste y recóndita alegría. Debe de pensar que, en mi obsesión del «viaje á España», durante toda la tarde he estado meditando el modo de asegurarme su amor, no importa cómo, contra olvidos de la ausencia.

¡Oh, la generosa!

Aparto de su bello error el designio mío, en que es preciso que el engaño la haya de ser irreparable, é insisto con igual lenta pesadez:

—Di, Rocío; dime..., ¿te tendría?

Mi acento, mi crispación, mi rigidez siniestra, mi sorda maniobra de antes al cerrar el pasador..., todo, todo la confirma el sacrificio de amorosa que no habré de perdonarla; el sacrificio de pudor á que no puede negarse sin negarse ella propia en la divina sinceridad que me mostró más libre en otra noche; el sacrificio de fe que torpe la está imponiendo el que «por falta de fe para una breve ausencia» se lo exige..., y la dicha y la amargura al mismo tiempo mantienen en el silencio su sonrisa.

—¿Te tendría?—acósola implacable, acósola más duro, posándola como una garra una mano sobre el pecho para más intimación.

La veo ahora abrir los ojos de esmeralda, fijarlos en mí todavía, en vano suplicadores un segundo, girarlos después con pena al ajado lujo de este inmundo saloncillo que yo hubiésele elegido por cámara nupcial á nuestro amor, siquiera digno de otro ambiente..., y á la vez que cierra de nuevo los ojos y abate y gira la cara al otro lado en la cabecera del diván para esquivarme los rubores que la abrasan, la oigo ceder á mi terquedad en un suspiro:

—¡Sí, me tendrías!

Queda á mi merced.

A menos de crueldad, he de ser yo quien la desnude.

Podría envolverla á besos en narcotismos de pasión que salváranla de frialdad ingrata en el despojo de sus ropas, y sin saber por qué, sólo acierto, temblando, á empezar á soltar trabas y corchetes por su peto, por su talle. Suelto un imperdible de oro, en su garganta, temblando. Suelto unos botoncillos de nácar y unas cintas temblando, temblando.

Temblor de un ladrón que se desliza á las vírgenes purezas de una vida, pronto la tibia palpitación de estas purezas entre diáfanos encajes me turba con el sacrílego estupor de un ladrón que lo fuese de la gloria.

Torpe y ávido aparto en el santuario de su pecho los últimos cendales...

Y ¡sí!, ¡sí!..., ¡glorias! ¡Dos glorias han surgido en la sagrada y viva nieve que me quema!

¡Dos glorias! En una de ellas pesa paralizada de terror divino mi mano de ladrón, y mis ojos la miran con divino espanto y miran á la inmóvil virgen profanada que se muere.

¡Ah! Un miedo singular me petrifica. Por un rato no he acertado sino á retirar la mano del ultraje á pureza tanta; pero mis ojos fascinados van hundiéndose en la neta realidad de la traición inicua que realizo..., en la rufianesca sensación de lo brutal, de lo grosero, de lo villano, de lo cobarde que estoy haciendo con la noble abandonada..., y en la súbita y colérica indignación de la repugnancia de mí propio álzome rugiendo:

—¡Levántate! ¡Despréciame! ¡Nos vamos!

La silla que ella antes ocupó me sirve para ir á ocultar sobre la mesa, de bruces, el cieno de sollozos en que rompe mi ser mientras trata de recobrarse de su nuevo asombro la asombrada..., mientras al fin me obedece y arregla rápida y sombría el desorden de su pecho.

Esto ha sido mi galantería en el galante restorán.


Al poco estamos en la calle. No llueve. La luna nos alumbra. Dejado á quien quiera el encargo de conducir la lancha al Tigre Hotel, caminamos por las mojadas aceras, que reflejan la luz de los faroles, tal que dos espectros, un poco separados uno de otro, sin habernos vuelto á cruzar una palabra. Soy yo, cuando queda atrás el caserío y tomamos la avenida á la sombra de los árboles, quien, como en un soplo de las negras confesiones de su alma, pronuncia las primeras:

—Rocío, ¿recuerdas?... La última noche que pasamos en el mar te dije que no me conocías nocías y que pudiera ser un miserable. Muy miserable en otras noches habíame descubierto á ti la saña de purificación de mi pasado, y juro que en aquélla parecíame purificado hasta no creer esto que sigue siendo la verdad: que soy un miserable.

Su confusión es tan grande, que nada puede comprender.

—Un miserable que te ha mentido siempre, siempre...; que hoy también no ha cesado de mentir, y que con mi última traición, ladrón de amor, habría querido robarte los decoros entrando de puntillas por tu alma. Ni está mi hermana enferma, ni es cierto que haya recibido noticia alguna de Madrid: sólo lo es que jugaba á lo inicuo con todas las purezas y que soy un miserable.

Me mira, y vuelve á bajar los ojos. La aturdo. No puede entenderme; no puede creer ladrón de amor á quien la acaba de renunciar de tal manera.

—Escúchame—prosigo—. Juntas nuestras compasiones lloraron demasiadas veces sincera y pródigamente generosas la miseria y el dolor ajenos, y la tuya, tan santa, tendría ahora que volverse á mi infinito dolor de miserable por el daño que me he hecho con el daño que te he hecho. Habrás de odiarme y despreciarme, y ya ves tú si cábele á crimen alguno de la tierra castigo más terrible. Pero diciéndote mi infamia, y porque siquiera me reste en tu desprecio tu piedad, déjame evocar al mismo tiempo en nuestra historia algo que pueda un poco disculparme. El ratero de tu amor, mendigo ya únicamente de las caridades de tu alma, guarda, como las que han estado á punto de servirle de ganzúa, otras palabras tuyas, á que se ampara al fin un desdichado: «Si me causases un mal pensaría que me lo causases contra tu voluntad y noblemente.» ¡Ah, Rocío!, esto me dijiste, y no; noblemente, no; que no admite noblezas la doblez; pero sí, acaso, y sólo, torpemente.

Hay un monótono ritmo en la desesperación cuando se arrastra sangrienta y destrozada, y tras un descanso de aliento lo recobro:

—¿Recuerdas?... Al embarcar en Cádiz yo era un enfermo de pesares de la vida; un hombre enloquecido por la brutalidad del mundo; un místico visionario de purezas, de ideales, que al huir en las Placer y Eyllin los escarnios del humano amor que él soñó divinizado, te encontró divina..., á ti, niña tan niña que llevabas la inocencia del ángel en los ojos y las trenzas á la espalda. Trece, quince años—supuse yo, que aun ignoro los que cuentas; una madre, dos venerables sacerdotes y una virgen del altar guardaban tus candores. ¡Ah, di, Rocío..., para el pobre ansioso de ideal, para el mísero que con todo su posible sedimento de vilezas venía arrancado del consuelo de una hermana, ¿podrían juntarse en ti misma y alrededor tuyo mejores garantías de la lealtad de su intención?... Como á otra hermana te elegí, por niña, por dulce niña triste, triste como yo y única que, al no jugar con las demás, amaba las soledades donde mi corazón podía rendirte adoraciones que no importaba que nunca conocieses... No sé cuál sucesión de insidias flotantes sobre nosotros pudo hacer que aquel melancólico leal ansioso de castidades infantiles, sin notarlo, sin que acertase al menos á estimar el preciso instante del funesto cambio para haberle opuesto la voluntad que lo evitara, pasase á ser el mortalmente prisionero del alma y de la vida de la niña aquella del vapor; no lo sé, y se me ocultará eternamente incomprensible de no achacarlo á la magia que en la niña, por conjuro ó portento más incomprensible todavía, consumó la transfiguración á la mujer que temblaba hace poco entre mis brazos. ¡Oh, Rocío, Rocío..., á la verdad que si en los amaneceres del mar el genio que iba á operar el prodigio hubiese querido mostrarnos en proyección de porvenir, la niña de trenzas á la espalda no hubiese concebido que fuese ella misma esta mujer dolida que va escuchándole su traición á un miserable!... Mujer: no eras la mujer..., y esa traición del genio que me engañó en la niña, contiene la razón, la única razón de sus traiciones... ¿Recuerdas? Yo no te hablaba de amor; nos hablábamos de almas; nos fundimos en las almas; por ternuras de las almas te besaron mis labios una vez..., y al fuego de tu vida se fundieron en las almas nuestras vidas... ¿Recuerdas?... La mañana dulce, bella..., el negro..., tu desmayo..., mis besos y mi enorme abrazo de piedad... Supe entonces de mi amor y de tu amor y fué tarde para desvelarle á la mujer lo que antes no le hubiese interesado á la chiquilla... Recuérdalo... ¿Lo recuerdas?, ¿lo recuerdas?... A la chiquilla le había contado pocas mañanas más atrás mi pena de una Laura que asesinó mis ilusiones, y ahí estuvo mi culpa ó mi torpeza, que ya debiera quedar inconfesable entre los dos: te mentí; aquella Laura del Carnaval horrible, no era mi novia: era mi mujer, es... mi mujer.

—¡Tu... mujer!

Detiénese, espantada como si la sima de mi infamia hubiérase abierto en el camino.

El faro de un automóvil que nos alcanza y nos pasa lanza nuestras sombras fantásticamente alargadas, á los troncos de los árboles. Su sirena se aleja resonando en lamento clamoroso.

Y los fantasmas volvemos á marchar—un poco oblicuamente ante mí la desdichada que lleva roto el corazón.

Yo la he herido. Con la misma calma de ferocidades sin remedio he de ensancharla las heridas para atenuar en lo posible mi infamia y sus angustias.

—Laura vive; pero Laura murió y está muerta en mi alma—digo, arrancándola lo primero el puñal de que mi anunciado «viaje á España» hubiera de haber sido por Laura que me aguarde—. ¡Nos unió una ley cruel, y nos separó hace muchos años el desprecio! Libre mi vida y mi corazón, y sólo mi nombre esclavo de una ley absurda, en la posibilidad de romper con el divorcio tal absurdo, en este país de libertad á que veníamos, descansó mi conciencia del dolor de la única mentira (¡de la única que te he dicho jamás!) al saber que te adoraba. Mas, ¡oh!, posibilidad, no seguridad, la mía, escondida en mis tremendas dudas tuvo que permanecer la indecisión de mi esperanza; y no otro tuvo que ser también el secreto que le seguí guardando á la niña, cuya voluntad no se había revelado aún sino en luces de los ojos; no otro el secreto que mi vergüenza le siguió guardando á la mujer enamorada; no otro el secreto que para mí propio he ido guardando día tras día entre el ansia y el horror de que mi consulta á quien pudiera resolverlo en gloria resolviéralo en catástrofe..., y no otro el secreto, en fin, resuelto ya en catástrofe, porque mi divorcio no se puede efectuar en la Argentina y sí nada más en Francia á través de no sé qué dilaciones de obstáculos y años, que, por forzarte á afrontar esos obstáculos, me acaba de impulsar á la traición de encadenarte á ellos y á mí por tu deshonra. Demasiado noble, demasiado pura para mí, á tiempo, afortunadamente, ha podido tu pureza infundirle al ladrón un respeto religioso. Aborrécele; pero concédele tu perdón, tu caridad..., á cambio de este papel que esta mañana recogí y que te patentizará su torpeza más que su vileza.

He sacado el informe. Tal que su llaga un leproso, se lo muestro á la luz de una farola. Lo toma. Detiénese y lo lee con indolencia triste. Me lo devuelve...

Seguimos silenciosamente avanzando al Tigre Hotel, que ya se ve á cien metros.

Nada me ha dicho. Nada que no sea una digna majestad de mártir puedo en ella traducir.

—Rocío—imploro al pisar la escalinata—, ¿qué piensas de mí?

Y como me retardo, un momento gírase hacia mí, solemne:

—Déjame el espacio de esta noche para que lo piense y sepa contestarte.

—¡Oh, Rocío, Rocío! ¡Siquiera tu piedad!

Entramos.

Mantenida en la dignidad de sus decoros, lo explica breve á su madre la tardanza.

Al regresar en el tren, ella no desdeña intervenir melancólicamente alguna vez en la charla á que me fuerzo con Leopolda—la cual, aunque su discreción lo calla y la mía procura distraerla, comprende que algo horriblemente ingrato nos sucede.

IV

La espero en el bar, donde la he esperado tantas veces y adonde ya hoy acaso no vendrá. He dormido en la hipnotización de la sonrisa que substituyó anoche á nuestro beso, y mi vida no es más que la melancolía de una sonrisa. Calma extraña, recogida en la triste compasión de la que al menos no me odia.

El sol tiende por la galería la alfombra de colores con que lo tiñen los cristales. Se halla no lejos la viajera llegada anteayer. La inmóvil, la aislada, la muda de extraña belleza monstruosa. Vestida de blanco, y muy blanca su cara y sus manos exangües, recúbrese de alhajas y tiene el pelo negro y unos ojos inmensos que miran con fijeza sepulcral. Es jorobada y paralítica, esquelética; dos viejas sirvientes condúcenla al sillón, retirándose detrás á sentarse, y ella ha contemplado en las dos pasadas mañanas, con sus ojos inmensos y hermosísimos, la pareja de triunfo que formábamos Rocío y yo ante el sarcasmo de su vida.

Irradia una simpática resignación de mártir, y la envidia con que sigue contemplándome hiere el idéntico sarcasmo de la vida mía, que ella no sospecha. Somos la misma burla de la suerte.

Mas... ¡oh! Acércase Rocío; me lo advierte una leve inmutación de la jibosa, al verla en la escalera.

Me levanto. Viene pálida. Vuelvo á sonreírme como anoche, y en vano tras la serenidad de su piedad pretendo escudriñar lo que acerca de nuestra situación hayan podido concretarla la noche y el insomnio. Acaban de entregarle dos cartas para mí; las leo, mientras el camarero nos sirve.

El ministro brasileño Rego da Silva nos convida á una cena «en que estará también el ilustre dramaturgo español Carlos Victoria», y luego á Parsifal; y los Rialta á una excursión campestre, á una estancia, mañana, si tenemos libre el día.

—¡Oh!—me limito á lamentar, al darle á Rocío las cartas, cierto de que no querrá exponerse más al ridículo en que la han colocado mis torpezas.

De tal modo he ido en ellas envolviéndola, que así á mi nombre la invitan siempre, con su madre, como si fuésemos una familia cuya representación ostento: como si fuese mi mujer. Y mi gratitud hacia la abnegada que no me quita hoy, al menos, la sensación de la hermana que sola y confiadamente desayuna con su hermano, anticípale consuelos inefables al fallo que irá á decirme el honrado rigor de su conciencia.

—A Parsifal—me dice, dejando los pliegos sobre el mármol—iremos, si quieres. Mañana, á la estancia, no. ¡Oh, mañana! ¡Habrán ocurrido mañana tantas cosas!

Me estremezco. Indicación al enigma que irá en seguida á descifrarme; pero inútilmente lo espera mi ansiedad.

—¡Cuáles!—No puedo, al fin, por menos de excitarla.

—Aún no las sé. ¡Es tan dulce jugar á la inocencia! Déjame seguir sin querer siquiera pensarlas todo el día y pregúntamelas al salir de Parsifal.

Se inclina. Toma el café á cucharaditas. En su sonrisa leo su decisión: habrá resuelto partir mañana de mi lado, en rápida fuga, además, de su falsa posición en Buenos Aires, y desea que hoy sea el último día de nuestra calma en el olvido. No me asiste el derecho de turbarle á la generosa esta mísera ampliación de «su engaño» con impaciencias ni súplicas estériles. La pedía su caridad y me la otorga.

Parecemos dos hermanos á quienes les ha ocurrido una catástrofe de cuyo bochorno no sabrían hablar sin removerse sus angustias, y á la mutua campaña muda le fiamos el consuelo.

Terminado el café, propóneme salir; trata de que distraigamos en las calles la obsesión que, ahondada en reflexiones, se nos hace intolerable, haciéndosenos mortal.

Al poco vagamos por la Avenida, con Leopolda; miramos los escaparates. Entran luego en las tiendas, y algunos de los objetos que adquieren convéncenme de que han salido expresamente á adquirirlos. En una perfumería, Leopolda se surte abundantemente de éteres y sales; en un bazar, Rocío compra un neceser, una pequeña maleta, que habrán de enviarle al Majestic, y en una librería, las Conferencias, del P. Félix, El arte de crecer, de Augusto Nicolás, y El mundo de Dios, de Lepton. Lo inminente se me impone. Propósito terrible el que confirmo. Son los preparativos del viaje que de mí las separará mañana eternamente.

Ni me atrevo á interrogarla, ni debo con lamento alguno reinducirla á explicaciones tan necias como inútiles. Concentrado en mi yerta persuasión, la contemplo—afanoso de fijar cada uno de sus gestos y ademanes; la contemplo cual si, en fuerza de quererlo, pudiera absorberla y guardarla toda dentro de mis ojos.

Novios que hemos llegado casi á ser amantes sin cruzarnos un «te adoro» y sin los infantiles trueques de cintas, de pelo, de flores secas y retratos, no me restará ni la reliquia de su imagen cuando mañana sólo tenga su lejana caridad.

La detengo de pronto, porque la vitrina de un óptico recuérdame mis antiguas aficiones.

—Rocío, el día está espléndido. Paseemos entre flores. ¿Quieres? Compraré un veráscopo y haré durante la tarde cien Rocíos pequeñitas..., cien retratos tuyos para mí.

Compréndeme la angustia en toda su extensión, y accede agradecida.

Entramos. Elijo un veráscopo, al cual proveo de tres almacenes de placas; dejo pagados también, con orden de que me los remitan al hotel, las diapositivas, el revelador, las cubetas, una linterna roja y un estereóscopo.

Tomamos en seguida un automóvil.

Volamos á Palermo.

Pero al cruzar en La Recoleta, frente el Palais de Glace, se me ocurre conservar en mis clichés á la gentil patinadora. Mi primera instantánea sorpréndela al bajar del auto con el pie avanzando hacia el estribo.

Media hora. Ella se desliza por el hielo, y yo voy grabando en el veráscopo las graciosas actitudes de sus pies, de sus brazos, de su estatua ágil, á la vez que la sonrisa de su cara dolorosa. ¡Oh, sonrisa que jamás olvidaré! ¡Oh, temblor sagrado el de mis manos, que preparan la vida de mi muerte!... Tiene algo de fúnebremente espantoso, á la verdad, en el desierto skaating, este vuelo de la funámbula que por última vez juega rauda á la sonrisa y al amor delante de quien va á perderla para siempre.

Cuando he impresionado muchas placas, quince, veinte, el afán de sentir cerca de mí la vida de alma que sólo en alma tengo desde anoche, me impulsa á ponerme unos patines y á enlazarla y conducirla. Es un rato, un momento nada más; pero un momento de gloria durante el cual la caritativa se abandona á mis brazos como nunca en los dehors, y durante el cual nuestras manos se oprimen como hierros.

A la una, estamos en Palermo.

Almorzamos en el restorán del lago, á cuyo borde he hecho otros dos retratos de ella y de un cisne atraído por una golosina de sus dedos (símbolo de Leda para la lumbre del recordar de mi memoria), y tras de impresionar más placas en la mesa de champañas y gardenias á la diáfana luz del recinto de cristal, el antojo de tenerla también en un retrato galantemente bella junto á mí, llévame á instruír á su madre y á rogarla que sea ella quien enfoque y dispare esta vez sobre nosotros.

El resto de la tarde, hasta las cuatro, ya que tenemos que vestirnos para la cena y la ópera, porque empieza á las siete Parsifal, lo pasamos en el mismo agrado triste de seguir impresionando placas entre rosas, entre acacias, por los más abandonados rincones de Palermo.

Una camelia de estufa, que compro al paso, cuando regresamos en el auto, es el beso de flor con que pago á la que ya no volverá á darme sus besos.


Llegamos al hotel de Silva. Alta etiqueta en que encajan bien las elegancias de Rocío. Viste un blanco traje de gasa, cuyo cuerpo ciñe delicadamente la elástica opulencia del suyo, hasta la rosada nieve del escote, y luce en el oro del peinado una diadema de perlas. Está Carlos Victoria; en la arrogantísima mujer no reconoce á la niña del buque; por el parecido y por Leopolda, cree, al pronto, que sea una hermana mayor.

Nos sentamos los seis comensales á la mesa, regada de pétalos de flores.

Entre la discreta conversación, sírvennos los platos tres criados de media roja, y los vinos un jigantesco abisinio de exótico uniforme.

La señora de Silva es una de las damas más celebradamente hermosas de Buenos Aires; plácela acompañarse de Rocío en los paseos, en los teatros..., porque sabe que si una mujer muy bella es un encanto, dos mujeres muy bellas aumentan de una á otra la beldad y el estupor que esparce su presencia.

 

En el enorme teatro, un poco cansado el público de las grandezas del lírico banquete sin entreactos (al modo de París), á pesar de las semitinieblas vuelven los gemelos á fijarse en la señora de Silva y en Rocío. Va terminando la ópera.

Semiobscuridad de catedral. Recogimiento y unción de catedral. Mística llamaba á los espíritus por el genial espíritu de Wagner. Cuando niño pasé en las catedrales horas como éstas, entre olor á inciensos, sin noción del tiempo, purificado en beatitud y adorando en los altares á una Virgen. Aquí, la virgen de alma únicamente está siéndolo Rocío.

Como bajo la, voluptuosidad de un día de sol en la primavera de los campos el alma materializada cae á los ojos, á los sentidos, á todo el cuerpo, para no ser sino cuerpo también é ir derramándose en sensual emanación por la Naturaleza inmensa..., bajo la voluptuosidad de los grandes dolores el cuerpo se sutiliza y se funde al alma para no ser también sino alma é ir derramándose en eterna comunión con purezas inmortales que están por encima del mundo.

Mi impresión (y juraría que la de esta Rocío que ha escuchado á Wagner adormecida en mis ojos) es la de estar existiendo en un limbo de cosas irreales..., de cosas que jamás podrán dejar de ser porque nunca hubieran sido. No hay más en nosotros ni en torno nuestro que su piedad y el fondo de dulzor de mi desdicha: su piedad es Wagner, y ha sido la consagración del Graal y esas polifonías armónicas de las brisas de las selvas... He olvidado los hechizos de la carne que vi en la amorosa abandonada, y el ángel y el perdón del ángel nada más están conmigo.

Crisis de mi ser ante ella, ante mí propio y ante todo. Durante la representación, absorto alternativamente por el templo de la escena y por la adoración á la mujer que al robárseme habrá de quedarme siempre en eucaristía de su piedad, he tenido largamente que pensar si no seré yo el equivocado, el equivocado con mis directos é intensos impulsos del vivir, y si no serán los verdaderos hermenéuticos del sentido de la vida éstos que la cercenan y reducen á fórmulas austeras: los Rego da Silva, con sus serias etiquetas, que ahogan la espontaneidad del corazón; los Wagner, que sobre el dolor de los humildes de la tierra pregonan la miseria humana del amor, exaltando el cruel dominio de lo aristocrático y lo heroico: los P. Ranelahg, en fin, predicando la renunciación al mundo en nombre de la gloria. No lo sé; pero no tendrían razón, entonces, las violetas que nacen sólo para el valle. No lo sé, y no lo comprendo. ¡No lo comprendo!

Cae el telón. Aplauden. Ilumínase el teatro.

El público desfila.

Hiéreme en las escalinatas regias y en el foyer de jaspes y columnas lo que en los místicos y heroicos wagnerianos de dentro de la sala vuelve á no ser heroico ni místico al contemplar el paso de la señora da Silva y de Rocío, las dos vivas beldades. Si rugiesen las miradas, irían cruzando las dos entre un rugido de lujuria... ¡Oh, Wagner! Y ésto, en el pórtico del templo.

El automóvil de los Silva nos recoge con ellos y nos lleva volando hacia el hotel. Vuela también el tiempo del limbo de mi dicha que se acaba. El fatídico mañana se acerca con la impasible velocidad de lo espantoso. «Pregúntame, después de Parsifal.» ¿Qué irá á decirme Rocío?... Un adiós, quizá un último beso sin inútiles palabras.

Cuando el ascensor nos deja en nuestro piso del hotel, aléjase Leopolda.

Rocío y yo permanecemos torvos frente á frente, sin mirarnos.

«Pregúntame al salir de Parsifal»—me dijo.

Me da miedo, un miedo horrible preguntarla, y ella, que lo advierte, anticípase sombría:

—Dentro de medita hora te esperaré; ve á buscarme.

Y rígida, lenta, se aleja. Es una sombra blanca por la luna.

¿Qué se propone?

La he visto muy pálida; no me han mirado sus ojos; no me ha dado siquiera la alianza de su mano..., y la súbita impresión de...

¡Oh!

Con un mundo de confusiones encamínome á mi cuarto.

V

A la media hora, invertida en cambiar por otro mi traje del teatro, cruzo entre el sueño del hotel las galerías. No sé á qué ni dónde voy de mi destino.

Cerrada la puerta del enigma.

Al apoyarme en ella á tranquilizar mi corazón, se abre.

La mano de conjuro que la ha abierto, vuelve á cerrar, sin ruido—y me guía en la obscuridad á otra puerta que cierra también tras de los dos. Avanzo, mientras el negro fantasma que antes era blanco echa la llave, y siento después que se me acerca:

—Tú te crees un miserable; yo, lo soy. Para decírtelo y probártelo te llamo.

—¡Rocío!—suspiro con la pena del dolor de ella por la ruindad de que haya podido contagiarla.

Estamos en su dormitorio, situado salón al medio frente al de su madre, y al fulgor de luna que recogen las vidrieras de un balcón. Las sedas claras del lecho esfúmanse en el fondo. Una mesita sostiene en un vaso mi camelia, junto á dos tazas y un samovar bajo el cual arde el alcohol lívidamente.

Tuerce ella un conmutador, encendiendo un globo azul en el techo, y torna á mí.

—Por si esta noche—me anuncia—es la última que tomamos juntos el té..., ¡ve!, lo preparaba.

«La última». Frase de mis obsesiones; sus labios me la confirman.

Entretiénese poniendo azúcar en las tazas. Está tan pálida, tan sobrenaturalmente transfigurada en su expresión, que la desconozco. Como á Carlos Victoria, me parece una hermana mayor de ella misma que aventajara su belleza por milagro. Si á explicármelo no bastase la emoción que la sofoca, atribuiríalo al negro ropón que la envuelve desde la barba á los pies y al peinado deshecho que descúbrela la frente pana caerla en nudo pesadísimo á la espalda. ¡Ah, sí; yo la había visto siempre con los bandós de oro arcangélicamente pegador á las sienes!

—Mira—vuelve á decir, con su voz y su sonrisa apagadas y siniestras—. El té tendrá esta noche algo de mis gustos de chiquilla. Las monjas de Nueva Orleáns lo hacían así. ¿Te gustará? Clavo, canela y cáscara de limón cocidos con la leche.

Me sobrecoge una trágica impresión. Completamente desconcertado, hallo raro que para nuestro adiós me reserve tal dedicación de sus gustos infantiles.—Vierte té en el samovar. Ante la dificultad de sus movimientos en el abrigo forrado interiormente de pieles, que asoman á los bordes y que pesadísimamente la maniata, quiero adivinar qué ropas sean las que debajo me oculte..., de viajera ó de sencilla penitente que quizá al amanecer y con su madre haya de ir á confiarse al P. Ranelahg.

Tibia, calurosa la habitación, lo que la extenuada pretende abrigar no puede ser sino lo yerto de su alma. El neceser, la maleta y los libros santos que hoy compró espárcense, los unos, aquí, al lado nuestro, en la mesita, y los otros, en un rincón, como atestados de lo preciso para un viaje.

¿Adonde el viaje..., á la tierra por la tierra... ó al convento?

Da lo mismo. A las eternidades de mi ausencia. No dudo más que no se la alumbrará á mis ojos el sol del nuevo día. Tal vez su madre, que sabe sus purezas, no ignore que ella me despide hermana y celeste como nunca en esta noche.

Mas... ¿á qué, entonces, guardarse la angélica conmigo tras de llaves y misterios?... La veo apagar el alcohol, dejando que el té se repose; veo además en la mesa un paquete encintado y lacrado que dice: «Para él»...; un extraño paquete que irá á abrir y á leerme..., testamento de la lúgubre que me esconde en el secreto profundo de la noche por mostrarme únicamente el mimo de agonía de sus sonrisas..., y..., ¡sí, sí!, mirando como una redención las tazas, vuelve á cruzarme la sospecha del veneno. ¿Fuesen tan heroicos su amor y su piedad que deseasen...? ¡Oh! ¡Cómo yo sabría morir en la delicia del último aliento de su ser!

Abrúmame á una silla la delicia. No cesa Rocío de observar mi ansia hacia el «testamento» de su amor, y rodeando la mesa acércaseme de nuevo y me dice, tal que á un niño torpe y terco:

—Durante mucho tiempo has sufrido la inquietud de averiguar lo que yo escribía, cuando por escribir te me hurtaba algunas horas. Ahí lo tienes. Eso. A ti.

De un gesto contiene mi impulso de tomarlo.

—No. Aun no. Mañana no estaré en Buenos Aires. Lo abres entonces; lo lees. Dentro encontrarás la indicación de cómo y dónde mi alma, al menos, queda esperándote siempre.

Es su sentencia. Al escuchársela expresa, por fin, me recorre un calofrío.

Está á un paso de mí.

Tras una pausa en que, alto su rostro, alumbra bien el globo del techo la lívida expresión de su amargura, me pregunta, mesándose atrás el cabello con un rápido movimiento de las manos:

—¿Cuántos años crees que tengo?

En vano para inquirirlo acentúola mi atención.

—No lo sé—tengo que responderla.

Y es cierto que no lo sé ni puedo saberlo, porque hay un grado de intensidad de la belleza, cuando llega hasta el prodigio, que triunfa de la edad. Nadie piensa en los años de la juventud perenne de una estatua.

—¿Cuántos años—varíame su insistencia—crees que tenía la niña aquella del vapor?

—Quince—me es ahora más fácil contestar.

Sonríese amargamente.

—Bien, sí, ven. Vas á ver las joyas de la niña.

Diríjese á un armario; la sigo. Lo abre. Percibo la finísima esencia de las blancas ropas, según ella las remueve buscando un cofrecito. Arrodillada, empieza á sacar de él medallas, cruces, rosarios de oro y pedrería. Por un extremo, de sus ropas adviértola de improviso los dedos de un pie, que ella en seguida esconde..., y... ¡oh!..., veo que está descalza..., descalza!...; lo cual compruébame horriblemente que descalza piensa ir en humildad de penitencia á su convento. Sigue mostrándome alhajas. Conságrale á la tarea tal calma, que yo sonrío de etérea gratitud imaginando que en la monja de mañana, en la divina muerta para mí, sea ello el elegido juego de inocencia con que piensa entretenerme el resto de la noche.

Pronto, sin embargo, me aturde la sucesión de cosas profanas que va enseñándome, impropias de una niña: anillos con brillantes y esmeraldas de altísimo valor; collares de gruesas perlas; pulseras y solitarios de fausto regio; dos broches de liga, también con diamantes y zafiros... Tantas joyas, que constituyen un caudal. Las voy mirando y devolviéndoselas. Ella ha caído sentada á la alfombra, y me muestra luego de una vez las que quedan en el cofre...; vuelve á guardar á puñados desdeñosos las del suelo, y al alzarse, últimamente, e invitarme á las butacas de cerca del balcón, ya no sé impedirme sospechar que no haya puesto Rocío en lo que ha hecho algo más que un juego de chiquilla.

La incongruencia vibra en mí, en, tanto ella, después de servir las tazas, me entrega una y va con la otra á ocupar la anchísima butaca de enfrente. O son esas joyas de su madre ó algo muy singular significaría que hubieran sido de la propiedad y el uso de una niña de quince años, de la colegiala de Nueva Orleáns, del ángel del Victoria Eugenia.

Domino mi curiosidad—puesto que la enigmática parece ir siguiendo en todo un plan preconcebido. Bebo, bebo el té, y lo cierto es que, si es veneno, me sabe á veneno de la gloria; mas no beben ni dan las envenenadoras de amor sus venenos, en verdad, con esta distraída displicencia de atención, puesta en otras cosas, con que va tomándolo Rocío.

Por no espiarla más en mi constante fracaso de supuestos, de torpezas, vuelvo á mirar la habitación. Lujo y buen gusto de un hotel, en cuanto cabe. La alfombra y los muros son pálidamente verdes; el lecho, de caoba, y bronce, tiende sobre los almohadones el damasco verde agua de la colcha...

—Alvaro—interrumpe Rocío mi observación—, ¿me has querido mucho?

—¡Oh!—me hace contestarla la sorpresa de oirla así—; y... ¿por qué haberte querido? ¿Por qué no preguntármelo en presente?

Vuelve humilde á sonreír. Nota que he terminado el té, y corto su intención de levantarse á recoger mi taza, yendo por la suya. Las dejo en la mesa.

—Alvaro—óigola de lejos añadir, divagadora—; nunca nos hemos hablado como novios. Sería bien que, al dejar de serlo y para dejar de serlo, esta noche me permitieras preguntarte todas esas menudas y bellas cosas que los novios se preguntan.

La baña la luna—novia excéntrica, toda envuelta en la negrura del abrigo. Paréceme grato, si ha de hablarme como novia de un ensueño, poder mirarla y escucharla al fulgor de ensueño de la luna..., y pidiéndola permiso, acércome á la llave de la luz, la apago y vuelvo á mi butaca.

Ya es de ensueño la intangible. Recostada en la honda concha del alto respaldar, creyérase que duerme. Sobre el denso luto de su cuerpo, la luna realza blancas las abandonadas manos y la faz con clarores diáfanos de alma.

—¿Me quieres mucho?—interrógame esta vez.

—Sí—contesto—; pero la frase le es pobre á la sencillez de tu grandeza. Te amo mucho.

—Explícame la diferencia de una y otra cosa. Explícame lo que para ti mi amor significaba.

—La diferencia está... en que amar es más que querer, y más que adorar, y más que apasionarse, ya que todo esto implica solamente insensatez ó ceguedad, efímera locura. Te amo con el amor de la Vida, con el que no es sino la mayor necesidad de perfecciones de la vida; con el que no es al mismo tiempo, acaso, sino una forma de la gravitación universal, y con el que resume, pues, las humanas simpatías más altas: porque compendia las ternuras de la madre, las noblezas de la hermana, la serenidad de la amistad y las atracciones del instinto. Por este amor buscaba la miseria mía sus redenciones en tu inteligencia como amiga, en tus delicadezas como madre y como hermana, y en la divina sensualidad de tu belleza como amante. Sólo él hubiese hecho florecer mi alma de ocioso enfermo á una existencia de ventura y de trabajo bello consagrada á ti, á mí y á los demás..., y sin él volveré á ser el infinitamente desdichado en un mundo de odios donde no encuentra un poco de amor el corazón. Así te amo.

Desde la sombra que me protege he ido siguiendo á la luz de la luna, que llena el severo rostro de Rocío, su expansión de dicha dolorosa.

—Y di, Alvaro, ¿me juzgas digna de ti? ¿Quieres decirme qué cualidades mías te hayan hecho creerme digna de tu amor?

—¡Todas! Tu bondad, tu belleza, tu talento, tus noblezas, tus purezas, tu candor.

Dóblase al brazo de la butaca, como agobiada de bochorno.

—¡Tu candor!—reafirmo, adivinándola el recuerdo de su abandono de anteayer—. ¡Tu candor, por encima de ridículos pudores!

Mi enérgica persuasión no logra más que incorporarla retorcida en sus angustias; tornando á caer hacia el respaldo, me pide:

—Si quieres jurarme que crees en mi bondad, en mis noblezas, en cuanto sabes de mi alma, como creo yo en cuanto sé de la tuya á pesar de lo que ignoraba de tu vida; si quieres jurarme que, á pesar de lo que también tú de mi vida desconoces, creerás en todo aquéllo..., mi alma, sintiéndose tal vez rendir justicia, se lo agradecerá á tu compasión; pero... ¡oh!, no existen mis purezas.

Tiemblo de admiración hacia la tan pura que sin duda se obstina en acusarse porque besó de amor mis labios, porque viéronla mis ojos entregada en el amor, y juro con la mano sobre el pecho:

—Creo en tu alma y en tu vida y tus purezas; ¡en toda tú!

Pero sigue moviendo la cabeza en desesperación desfallecida que parece rechazar la amplitud que la concedo.

—Me basta—díceme después con la insensata calma de un delirio—tu sinceridad con respecto á lo que yo la conjuraba. Ahora, escúchame. Siempre he sido yo la que ha oído con el dificilísimo silencio del mentir de mi silencio la verdad de tus palabras, sombreadas, sin que yo lo viese, de mentira, y te toca á ti, por fin, escuchar en silencio la mentira de las purezas mías que voy á descubrirte. El propósito, ¡nótalo bien!, no es improvisado de esta noche ni suscitado siquiera por la franqueza que tú llamaste tus miserias y traiciones de ladrón. También yo era una ladrona que iba entrando de puntillas en tu alma..., y en esos papeles, escritos para ti, y escritos con tanto más dolor cuando más lealmente franco te juzgaba, está la confesión que ya puedo entregarte con menos repugnancia de mí misma.

Se ahoga. Recóbrase un instante.

—Como tú, lanzada por grandes crueldades del mundo á aquel buque en que la fatalidad quiso juntarnos; como tú y más que tú envilecida é impura, y con un afán tan grande como el tuyo de noblezas en que descansasen mis tormentos, tu alma de martirizado solitario, que á su vez buscábase un consuelo de ideal en la simple contemplación de la máscara de inocencias de una niña, hizo que la infortunadísima mujer oculta dentro de la niña, por primera vez admirada noblemente, quisiera descubrirte todos los infantilismos del alma suya á que nadie jamás habíale concedido aprecio en las brutas ambiciones á su carne. Amigos, hermanos pronto, me entregaste tus pesares; y como los dos nos reconocimos al fin enfermos de muerte en la misma ansia de piedad, tú, que falto de fe en el cielo caminabas á la nada en la tierra, sin querer hacerme daño con tu amor te fuiste enamorando de mi pena; y yo, que no con toda la fe necesaria llevaba el horror de mi desdicha al olvido de un convento, sin querer, sin querer tampoco hacerte daño con mi amor, me fuí enamorando de tus penas, de tu amor, de tu piedad. Cada uno sabíase un miserable; pero un miserable redimido en el pesar de su conciencia y humanamente salvado en el «imposible amor de traición» al otro; y la lástima es que á ambos nos faltase en tantos días, en tantos días, y sobre todo en aquéllos tan diáfanos del mar, el valor de confesarnos mutuamente miserables—para no haber tenido que llegar á la misma confesión en estas noches, tras un calvario de vergüenza. Sin embargo, has sido el primero en la lealtad, y tal vez el no haberlo sido yo haga á mi tardía confesión inútil para redimir en tus caridades á quien, como tú, y más que tú, porque tú en Madrid tienes una hermana, sin ti habría de seguir su triste camino sola por el mundo.

—¡Rocío! ¡Tienes á tu madre!

Marca un silencio, y gime abandonándose á una mano:

—Leopolda... no es mi madre.

—¡Cómo!! Que... ¿Leopolda...?

—No es nada de mí.

¡Ah!

Enorme lo que afirma.

La contemplo; la contemplo.

Empiezo á temer que su tortura no sea únicamente la de la cándida novia que me hubiese abandonado sus candores.

¿Por qué me ha mostrado sus joyas? ¿Por qué me acaba de hablar de brutas ambiciones á su carne?

Inmensa mi confusión.

—Como tú, también—continúa, advirtiéndola—, igual que tú de mi alma, guardo palabras de tu alma que pudieran servirle á mi perdón; que pueden servirle al menos de disculpa á la tenacidad de mi amor, si en la vil hubieses al fin de despreciarlo. ¿Recuerdas?... De Laura me dijiste: «Era bella, dulce, noble; mas era al mismo tiempo demasiado pura, demasiado niña; manchado de todas las vilezas, hubiese cambiado á aquella niña por otra con alma de santa que asimismo, al ser buena de nuevo, hubiese sido, sin quererlo, incluso infame..., porque sólo pueden saber de las ternuras infinitas las mártires del dolor y de lo horrendo». Esto te escuché una vez allá en el mar, y no puedes figurarte, Alvaro, la alegría (¡tú la tomaste por el horror de una inocente!) que sintió la que no era sino «una mártir del dolor y de lo horrendo», y que ahora te pregunta: ¿lo repites para mí?

Quedan fijos en avidez sus ojos claros.

Su alma me está expresando tantas cosas de ignominia y de martirio, que una súbita y terrible conexión de aquel ángel del vapor que todo lo entendía y que no se azoraba de mis besos, de esta alusión á las brutas ambiciones á su carne, de estas joyas y de esta madre que no lo es..., fuérzame á pensar en no sé qué precoz prostitución involuntaria de la cual la mártir, la mártir inocente, vendría de Europa huyendo con su máscara de niña.

Por un instante, mi contemplación cobra los asombros de toda mi torpeza y de toda mi piedad ante la víctima adorada y desdichada.

Y, erguido en la butaca, exclamo:

—Creo en ti, purísima, á pesar de tus posibles impurezas, y más cuanto más grande tu impureza hubiese sido. ¡Te lo juro por la sombra de mi madre!

—¡Oh, no!—vuelve á rechazar en sobresalto que no estórbale á su faz los destellos de un gozo como infernal, como excelso, y empezando lenta á desabrocharse las trabas del abrigo, tal que si el calor la sofocara—. Para perdonar ó creer, espera á conocer lo que ese escrito te dirá. Por lo pronto bástame saber que no dudas de las lealtades de mi alma, que no odias á aquella niña de inocencia que no fué nunca de inocencia junto á ti, siquiera mientras no llegues á abominar toda la infamia que te me puede hacer abominable... y que... siendo yo la que puede conocer todas las ternuras infinitas, porque sufrí toda la infamia, te adora mi alma como no adoró jamás una mujer, infame ó pura, hasta ansiar darte esta noche la caricia entera de su ser en su pobre cuerpo ultrajado por el mundo.

—¡Rocío!!—no puedo reprimirme de gemir en la doble sorpresa de cuanto le brinda á mi afán y de cuanto á mi fe, aunque para otra fe, le está robando.

Sin levantarse, su ademán es el de ir á despojarse de ropas, en una lánguida y firme lentitud de las manos que iguala á la con que sigue modulando sus palabras.

—En esta noche, sí, tuya; Rocío, aún, unas horas, toda para ti: ignota enamorada de misterio entre tus brazos, de la cual desconoces hasta el nombre de triste celebridad que yo propia te he oído pronunciar con odio. Y mañana, cuando yo no esté, cuando te hayan dicho quién soy esos papeles, me buscas de nuevo y me perdonas ó escupes mi memoria y me maldices: no habría en mi castigo ni una queja.

Ante mi estupor, saca de las mangas los hombros y los brazos desnudos.

—La mártir de lo horrible, en tanto, te ofrece su vida vil, sin pudores, sin sonrojos, según tú la querías..., santificada cuanto es posible por su alma y por tu alma.

Abre el abrigo pesadísimo. Lo aparta á uno y otro lado... Sobre las negras pieles del forro queda absolutamente desnuda.

¡Oh!

Mi impresión es de hechicería.

El hechizo, el prodigio, el portento de beldad me deja extático.

No he acertado sino á sobrecogerme con la sagrada veneración que impondría una diosa.

Bórrame en un momento toda noción de impurezas del mundo su resplandor de purezas del cielo, y ella, mostrada así, sólo me esquiva al fin su emoción reclinando contra el respaldo la cabeza caída hacia una mano que ocúltala los ojos.

Tiene la otra mano fuera de la butaca, tendida á mí, tal que una flor de nieve. Un seno que altivo le proyecta sombra de valle de rosa á aquél bajo el cual late el corazón, estremécese en la altura á los apasionados sollozos del pecho como una paloma sorprendida. Ánfora de nácares la de su busto, la de su talle, la de sus muslos unidos, cuya dulce esplendidez me explica que hundiéranse al estribo los coches cuando los pisaba el breve pie de la hermosísima criatura. Y es tan casta su olímpica desnudez, que apenas si la luna tiene que recatarla en la penumbra el rincón que en el regazo la forma rizoso y leve broche de divina humanidad.

¡Oh! ¡La bruja de mi asombro!

¡El traje de alma que escondíame la penitente del amor!

Calladamente, como quien pudiera ahuyentar al hada de un ensueño, me levanto y voy á sentarme en el brazo de la butaca, rodeándole el mío por el áureo tesoro de su pelo á la divina.

—¿Quién eres?—la pregunto.

Se refugia en mí—de una convulsión. No me contesta.

—Quién eres lo sé mejor que tú; largamente ha ido diciéndomelo tu alma, y me lo ha dicho de tal modo, que ni el temor me queda de que te lo impida ser lo que hayas sido. Pero porque lo sé, porque en tu tormento de indignidad eres la digna de mí, es preciso que tú, la valerosa, la leal, al ser mía, y para que yo recoja á un tiempo y para siempre en tu vida entera tu amor y tus dolores, arrostres la lealtad y el valor de decirme lo que fuiste. ¡Ya ves, si no, Rocío que ni Rocío te llamas, cómo la mentira de ese bello nombre suspirado por los besos de mi alma en nuestro amor, mancharíalo de mentira!... Dime el tuyo.

—¡Ah!

Otra convulsión recógela más contra mi hombro.

—Dilo. Lo exige la fe suprema que en cada uno no nos haga desconfiar de la del otro; la previa y noble firmeza de la conciencia de los dos, sin la cual esto no significaría más que un término de farsa en el juego de la farsa. Y puesto que él sólo bastaría, según me has anunciado, á revelarme lo que fuiste, aunque de haberlo sido tu escrito mañana te sincere..., y puesto que ya tus joyas, también, y esa madre falsa me han revelado lo bastante..., dímelo, dímelo, pronúncialo, ¡tu nombre! ¡Ah, pobre ángel mío!... Contra tu voluntad y tu inocencia pudo ser el de una famosa vendedora de inocencia y de caricias. ¿Verdad?

Repentina, apártala de mi pecho un nuevo espasmo.

Una señorial dignidad hácela ocultarse instintiva el regazo con el vuelo del abrigo.

—¡No!—protesta luego, solemne y lenta—. ¡No he sido jamás lo que sospechas!... Más infame, menos vil. Habría preferido que, si has de maldecirme; no me maldijeses hasta que yo no pudiese oír tu maldición; pero te obstinas; tienes razón, además, y... sabrás mi nombre, ¡Oh, mi nombre!

Se gira á mí, pleno el rostro á la luna; vuelve á echarse y á ahuecarse el pelo hacia atrás con ambas manos.

—Mírame bien, Alvaro: aun antes de conocernos, tu repugnancia y tu desprecio estaban hartos de verme retratada en los periódicos... entre el escándalo de un crimen... ¿No me recuerdas?

¡De... un crimen! ¡Ah!

En las transfiguraciones, en las sorpresas, en los asombros que la hermética del misterio me guardaba, éste es el más horrible y el último. Estoy contemplándola, esclavo de la fija voluntad con que excita mi memoria, y adquiere su belleza soberana algo de fatídico. Surge su busto como el de una esfinge de marfil de las negras pieles que la frisan la cadera, y la luna alumbra por igual el vello negro en sus axilas y el rubio pelo en su cabeza sujeta por las manos.

—¿No me recuerdas? ¿No me recuerdas?—persiste, trágica, advirtiendo mi atención á su cabello y sus axilas—. ¡Claros mis ojos, que no pude transformar; hueco, así, pero negro también, y no rubio, mi peinado!... ¿No me recuerdas?... ¡Oh, has mirado tantas veces mi retrato en los periódicos, conmigo misma, junto á mí, y te he oído despreciar mi propio nombre tantas veces!...

Tremenda insinuación. Mis torpezas se rasgan.

—¡Tu nombre!—exclamo—. ¿Tú?... ¿Tú eres... tú te llamas...?

Y como me paraliza el terror, ella deja caer los brazos, dobla la frente y termina:

—¡Sí..., la condesa de Montsalvato!!

Repelida de la que ha dicho este nombre, sepárase mi mano tal que de una víbora.

Lo más aparte que puedo, desde el brazo del sillón, la contemplo; ella, en rechazo de mi huída recogida de improviso también al otro lado, fulge sobre la espantada torva su halo siniestro del crimen...

La contemplo, la contemplo sombría toda y envuelta la cara en la blancura misma de sus brazos, monstruo increíble, y miro alrededor de la estancia cual si en un rincón de sus tinieblas estuviese un hombre estrangulado y el tétrico asesino Wanska tras de mí.

Demasiado espantosamente comprendo ahora el descuido de la extraña madre para aquella niña del vapor..., para esta mundana mujer en que pudo transformarse la niña en Buenos Aires..., para esta inicua disfrazada de rubio arcángel en los altares de la Virgen, y en mi corazón de enamorada candorosa...

Mas... ¡oh!... Llora... Veo que el forzado silencio de las lágrimas recórrela la espalda en congoja de sollozos que la ahogan, que la matan, y su desconsuelo ata, las repulsiones que impúlsanme á escapar.

Llora. Llora.

La súbita cobardía de mis nervios disípase dejándome en no menos súbita reacción de angustiosas reflexiones.

Transpira alma su dolor, alma á cuyos fosfóreos resplandores recobro amarga y plena la serenidad de la conciencia. El muerto y el asesino se funden y flotan en sombra sobre mí y sobre la que no es más que una víctima inocente..., sobre la que pudo para mí mismo seguir siendo siempre la Rocío de su mentira impenetrable y por la sola noble voluntad de su lealtad deja de serlo..., sobre la que es la mártir calumniada y santa que sabe todas las ternuras infinitas porque, sin ser infame, sufrió todas las infamias.

Inocente, sí, inocente; inmensamente infortunada. Y así, absolviéndola allá en Roma, lo habría de haber reconocido el Tribunal de la justicia, y en el mundo entero el tribunal de la opinión, para que, ¡ah!, por el delito de su generosidad y de su amor, por el delito de haber sabido ser ángel de perdón á mis vilezas efectivas, ciegas la condenasen mis vilezas.

Me inclino á ella, la atraigo con la dulce y casi brutal violencia del enorme pesar del corazón mío por haber podido abominarla ni un minuto, y con la emoción de sus bellezas sagradas, excelsas, beso su frente, beso su pecho, uno mi boca á su boca.

Cuando la he infundido fervores absolutos, la alzo, medio envuelta en las pieles, y la llevo contra mí hacia el lecho nupcial que ella ha sabido delicadamente prepararle á nuestra vida.

—¡Rocío! ¡Esposa, perdóname!... ¡Juro por ti, lo más alto sobre que ya sabré jurar, que aunque pudiese no te libraría de las infamias que volviéronte mi Ensueño...! Seas quien hayas sido para los demás, para mí eres el Amor, eres la Amada, eres y serás siempre la Mujer, la criatura de Dios, el Ángel que no habría podido ser tan ángel sin las feroces crueldades de la tierra. Nunca cuando yo te hablaba de lo horrible, pude imaginar que me escuchase quien lo había sufrido de tal modo. Nuestra noche triunfal hará que olvidemos el pasado, y Rocío de nombre y alma siempre quedarás para mi alma...

VI

«NOTAS DE LA EX CONDESA DE MONTSALVATO»

Nací en Veracruz hace veintidós años. Cesárea Fernanda, por nombre de pila. Mi padre era de origen español; mi madre, norteamericana. Le debo á él mis cabellos negros y el fondo meridionalmente apasionado de mi corazón, y á ella mis ojos claros y la fe serena de mi espíritu.

Se deslizó mi infancia en la dulzura de un hogar donde no recuerdo que mis padres trataran casi á nadie. Ídolo de los dos y muñeca de las inteligentes adoraciones de mi madre, ella me adornaba y me vestía, ella me mimaba, ella exclusivamente me educaba y con ella aprendí los domésticos cuidados y los idiomas y las cuentas que, desde bien niña, permitiéronme ayudarla en su dirección de la correspondencia comercial y de los libros de negocios. Nos acostábamos á las diez, nos levantábamos al alba; juntas, rezábamos en nuestro cuarto de baño, mirando el cielo del jardín, y juntas íbamos á la iglesia los domingos y luego á ver el mar—á cuyo opuesto lado estaba mi padre con frecuencia.

El mundo figurábaseme una cosa tan vasta y limpia como el mar, tan limpia y noble como mi casa, multiplicación de mi casa misma en un edén abierto á los espacios y en el que el dolor y la maldad nunca hubiéranse excitado. Gentil ilusión infundida en la niña por quien, creyendo poder siempre ampararla con su amor, iba abriéndola el alma á los bellos agrados de Dios y de la vida, sin entenebrecérsela siquiera con esos terrores de los cuentos de ladrones y fantasmas que todas las madres les cuentan á sus hijos. Así, á los doce años tuvo que ser enorme y como absurda la primera conmoción del dolor en mi sorpresa con la muerte de mi madre.

Golpe fatal para todos. Mi padre debía continuar sus viajes á Roma, á Nueva York, á Nueva Orleáns, y, á medio formar mi educación, no quiso confiarme á la antigua sirviente que tuvo que encargarse de la casa. No habiendo buenos colegios en Veracruz, me llevó á uno de Nueva Orleáns, ciudad por él muy frecuentada; y sus presencias allí, aunque breves, y sus cartas, fueron mi consuelo. Cartas en que el dolido amor del ausente mitigaba cada día un nuevo dolor de mi inocencia. Aunque de niña, era ya aquello el mundo de la realidad, que me iba hiriendo á alfilerazos; y hasta que me habitué, hasta que aprendí á ahorrarle la fatiga de mis quejas á mi padre, sus cartas tuvieron que ser algo así como las de un ideal enamorado que quería guardar mi alma para él, aterrándola con la verdad, y aun tal vez la exageración, de las crueldades de la vida. Mi dolor se refugiaba en su recuerdo, en el cariño de las monjas y en el altar de una Virgen; pero á la luz de las estrellas, en la majestad de las noches, evocando á mi madre, lloraba de no poder amar amplia y candorosamente la vida, como ella me enseñó.

A los diez y seis años dejé el colegio. Mujer ya vestida de mujer, me consagré á aquel padre infeliz cuya viudez le había minado la salud y en cuyos ojos leía yo su miedo de morir y dejarme abandonada. Más de una vez, en los viajes á que me llevó y en sus esfuerzos por hacerme frecuentar en Nueva York la sociedad, vislumbré sus ansias de encontrarme un digno marido; rica, no habría sido difícil; pero mi ambición cifrábase en continuar la humilde vida á que habíame acostumbrado la reclusión de mi niñez y la reclusión de mi convento. Para aguardarle en las ausencias, me bastaba Ana Leopolda, la sirviente—leal, buenísima, viuda de un torrero de faros holandés, y que había puesto en mí el cariño de una hija (Rocío) que perdió también cuando pequeña. La llamábamos Popó por familiar abreviación.

Los negocios de mi padre consistían en la importación y exportación de caucho, algodón, maderas, café y petróleo. Su corresponsal más importante era el marqués de Scoppa, linajudo prócer italiano, cuyo hijo, el conde de Montsalvato, completábase la educación mercantil viajando por América; llegado éste á Veracruz, fué acogido cordialmente en nuestra casa.

Era un joven guapo y elegantísimo, de una corrección irreprochable. Su anunciada estancia de tres días, dedicada á visitar los almacenes y centros productores, se dilató á casi un mes. Yo parecía haberle impresionado desde luego; pero supo mantenerse discreto para no requerirme de sentimiento alguno que no fuese la amistad. Debo confesar que me halagó su conducta, tanto como su arrogantísima figura, impregnada de cierta melancolía y dulzura principescas, y que correspondí á las cartas y postales que durante todo el invierno me envió desde Nueva York y Filadelfia.

Inesperadamente volvió á presentarse en Veracruz y le solicitó á mi padre mi mano, manifestándole el deseo de efectuar la boda (para lo cual se había provisto de los necesarios documentos y permisos familiares) con tal celeridad, que yo hubiera de seguirle inmediatamente á Europa. Mucho aturdió á mi padre la sorpresa, y no menos hubo de aturdirme y casi desagradarme á mí; porque por lo mismo que en mis vagos sueños pudo haber entrado la no imposibilidad de ver á través del tiempo trocada en más que de amistad aquella cortés correspondencia, heríame que el hombre delicado aspirase á la brusca adquisición de mi cariño al modo de la de una cosa comercial. Sin embargo, él, con su acento comedido, me explicó tal vehemencia achacándola á la del amor que sentía por mí y á la dignidad que le vedó descubrírmelo, como huésped de mi casa; mi padre, por otra parte, conocedor de la honorabilidad del marqués de Scoppa, no encontraba reprochable en la conducta del hijo más que, si acaso, su excesiva cortesía, su excesiva corrección—y acabó por vencer mi resistencia en su afán de situarme con un hombre distinguido y laborioso. La pena de nuestra separación quedaba compensada para el pobre enfermo que no lo parecía, para el pobre enfermo del corazón, más grave de lo que yo imaginaba en su complexión aparentemente fuerte, con la circunstancia de ser Roma una de las ciudades adonde le llevaban cada dos ó tres meses sus negocios.


A la boda concurrió el marqués, cuyas bondades me encantaron. Durante los preparativos de ella, creí también confirmar en todo la excelente educación del conde: sus maneras selectas; su ilustración, que le permitía opinar con breve seguridad en no importaba qué cuestiones; la sensibilidad de su alma á la moderna, liberada de aristocráticos prejuicios é inclinada á amar lo dulce, lo modesto, lo sencillo.

Vuelto á Roma el marqués, partimos para Nueva York los recién casados.

 

Luna de miel harto extraña, por su misma violencia pasional y por ciertos hábitos y rasgos de carácter que en la intimidad le fué descubriendo á Guido. Aficionado á los licores y al éter, con los cuales exaltábase su fondo de indolencia taciturna á una vida artificial, inyectábase después morfina ó absorbía grandes dosis de cloral para calmarse la excitación de los insomnios. Irritable en demasía, todo lo hallaba ridículo ó ingrato: los museos, los enormes edificios, la fastuosa insolencia de los grandes potentados que solíamos ver en la ópera. Como potentados, sin embargo, él nos había instado en el mejor alojamiento del mejor hotel, y por la menor cosa trataba á los criados con dureza. Sólo á mí envolvíame en atenciones excesivas, como á una niña que necesitase protección y guía á cada instante: al pasar una puerta jamás dejaba de adelantarse á abrirla por su mano, no olvidaba ofrecerme el brazo al bajar una escalera, y temía que en la calle me atropellasen los coches ó que en las tiendas me engañasen, si no intervenía él con su elección, acerca de la finura y el buen gusto de un dijecillo, de un abanico, de un sombrero que compraba. Incongruente siempre, llevábame á media noche á cenar en los restoranes de cocotas, y me contaba cuentos é historietas de inocencia encantadora..., en tanto una tras otra iba apurando copas de coñac.

Pero las consideraciones infantiles, las fraternales sonrisas y las tiernas delicadezas del hombre de veintiséis años á la niña de poco más de diez y ocho, cambiaban radicalmente su cariz en cuanto nos recogíamos al hotel. Guido bebía éter, me lo hacía beber á mí, y me obligaba á fumar cigarros turcos, igual que me había obligado á tomar con él cloral por las mañanas á fin de calmar las extenuaciones de las noches con unas horas de narcótico descanso. Noches tremendas, horriblemente intensas de placer brutal, y de las cuales no olvidaré nunca el estupor de mis candores. Esposa demasiado inocente para poder juzgar en el mundo de nuevas impresiones á que se me había lanzado de improviso, un instinto de mi carne estremecida gritábame el ultraje á cada extraña caricia de Guido, presintiendo en ellas la locura. Mas era mi marido, era el hombre de inflexibles dignidades que me adoraba y no querría manchar á su mujer de perversión, y la protesta de mi alma, cuando agotada y muerta recobrábala en las hondas vergüenzas de mí misma, desvanecíaseme á la consideración de que todo aquello debería de ser la íntima realidad del matrimonio.