Guido me ofrecía cloral, volvía á ser el espiritualísimo hermano que se levantaba á llevarme la cofia y la camisa porque no me molestase enfriándome los pies, que sacaba de la alcoba las flores que pudieran darme dolores de cabeza, que ahuecábame la almohada, que me contaba otro cuento de inocencias al dormirnos á la luz del alba que filtraban los balcones...; y despiertos de nuestro forzado sueño á las pocas horas, ó tornábame al agudo infierno abrasador de sus caricias, para tratar de pedirle luego á la morfina y al cloral nuevos letargos, ó nos levantábamos y nos íbamos en un coche á reponer nuestra pálida fatiga por las frondas de los parques...
En Roma, la familia de Guido, excepción hecha del marqués, me recibió con fría curiosidad. Dijérase que esperaban en mí á una salvaje cubierta de plumas de avestruz. Como si lo fuese, al menos, se me vigilaba en la mesa y se me presentaba á las visitas temiendo que cometiese inconveniencias. Se nos alojó en un departamento de la vetusta casa solariega, más que de abundancias de dinero surtida de coronas y de escudos, y yo me moría de pena entre los secos orgullos de tal gente, entre los viejos muebles de caoba y bajo los apolillados artesones. Aunque sabía por mi padre que el marqués de Scoppa no disponía apenas de otras rentas que las de su trabajo, lo cual habíale constituído feliz augurio á la hija del trabajador infatigable..., los desprecios de mi marido á las magnificencias de Nueva York me habían llevado á imaginar, ciertamente, una Roma mejor que aquella Roma y un palacio mejor que su palacio.
Nueve hermanos. Él, el primogénito. Mi suegra y mis cuñadas, las dos mayores, celosas de la impresión que yo causaba, celosas de cualquier alhaja que llevaba á los teatros, celosas de «mis mejicanas riquezas» que humillaban su económica estrechez..., trocáronme en franco menosprecio la tolerancia hostil cuando Guido hubo de declararlas que no ascendía la dote de mi madre, precisamente, al fabuloso caudal de un Moctezuma. La india, según oí que de unas á otras me llamaban, perdió sus últimos prestigios. No hubiesen perdonado mi plebeyez sin una lluvia de oro que, redimiendo á Guido, volviéselas á ellas también más ó menos directa y desagradecidamente á la opulencia.
Sin embargo, Guido se apresuró á comprar un automóvil, y aprovechándolo les fué á las vanidosas posible desentenderse un poco de la servil estimación que, por lucirse en el de ella, rendíanle á una encopetada pariente (prima del marqués), llamada Bianca, marquesa de San Bassano. Blanca les constituía el único nexo con el mundo aristocrático que les cerraba la falta de fortuna. Alta, cínica, separada del marido, y de una gentileza no mal conservada en sus cuarenta años, gozaba de enorme libertad y de una intimidad en nuestra casa, especialmente con Guido, que me chocó—aunque él me la explicaba por el afecto que debiérala como á una tita discretísima, como á una especie de segunda madre cuyo consejo le guió desde pequeño. Aparecía á cualquier hora de la mañana ó de la tarde, y se instalaba con nosotros ó nos llevaba á conferencias y conciertos.
Simpática, empezó por mirarme recelosa y acabó por cultivar mis simpatías. De ella era la única asidua afabilidad que íbame restando en aquel ambiente donde el bondadoso y triste marqués de Scoppa no permanecía sino lo preciso á las horas de comer, y en el cual hasta mi marido retirábame las suyas según absorbíaselas su madre, según se las consagraba á la extraña tita que para leer ó conversar de arte y de ciencias rodaba con él por los rincones.
A cada encubierto desaire, á cada grosería de mi suegra, tan torpe que me lo juzgaba á mí lo necesario para no advertírselas, sólo Bianca, ó el noble marqués, si hallábase presente, suplicábanme indulgencia á miradas de piedad; mas como Guido no encontraba siquiera un gesto de reproche para la burla que en presencia suya me inferían, yo me recogía á mi cuarto, á llorar..., y sólo podía ser mayor mi desconsuelo cuando él, al fin, iba de raro modo á consolarme.—«¡Discúlpala! ¡Discúlpala! ¡Me quiere tanto mi madre!»... Pasábame la mano por los hombros, con la lástima que pudiese merecerle un perro castigado, y yo lloraba más..., lloraba más al sentirle partir á pretexto de que esperaba Bianca en el salón...; y yo hube de llorar aún muchísimo más una vez en que, ampliando su franqueza, quiso, sin duda, arrancarme más sinceros los perdones: tras nuevas protestas del fanático cariño de su madre, me declaró que «habíala disgustado nuestra boda, porque rompió su ilusión de casarle con alguna alcurniada millonaria».
¡Ah, sí, inicuos procederes y consuelos espantosos de gentes sin corazón, que ahondaban hora tras hora la sima en que me veía caída sin remedio!
Confié en la posibilidad de corregir á Guido á fuerza de ternura, así que nos viésemos libres del influjo de su casa; tomamos la nuestra en un hermoso edificio de la Vía Nazionale, y en verdad que durante los preparativos de la instalación creí que hubiera ido á realizarse mi esperanza.
En muchos días no se me apartó, consagrados ambos á recorrer tiendas de muebles y tapices, dedicados después á ordenarlos en estancias y salones, y bellamente absortos, por último, en completar los adornos con tal esplendidez, según él lo quería, que la envidia hizo desertar á su madre y sus hermanas ante aquel lujo claro y moderno. Junto al garage del automóvil, una cochera recibió un landó con buen tronco de caballos.
«—¿Qué te parece, nenita?»—consultábame á cada cosa el que, rendido de la tarea, no necesitaba ya del cloral al acostarse; y yo, que, experta en números, me hallaba inquieta por las enormes discordancias de tales gastos y mi humilde capital, callábaselas, y, aun mejor, le animaba en todo, contentísima de un derroche que á tiempo, y como Guido mismo, podría enmendarse.
Desgraciadamente, la invasión de cocineras y criados, de la madre y las hermanas otra vez, de Bianca de nuevo, volvió á precipitarle en su mezquina realidad. No portaba por las oficinas de su padre; prescindía de mí como de una necia incapaz de entender las «cultas conversaciones» entabladas con su tita y los demás, y después de los teatros me dejaba en casa y desaparecía con el auto, para regresar de madrugada, borracho, y despertarme raras veces al horror de sus caricias.—Una tarde, ¡oh, el altivo, que trataba á puntapiés á los sirvientes!, le sorprendí besando á una doncella; echada de la casa tras el natural disgusto en que él, no pudiendo disculparse, casi me injurió..., pocas tardes después Bianca y yo le encontramos por el Corso, en un coche, con ella, vestida á pleno lujo.
Y todo esto en cuestión de tres ó cuatro meses, completándome la revelación de aquel hombre, lo mismo que sin transiciones al salir de Veracruz hubo de comenzar á mostrarme sus cambios sorprendentes, increíbles...; y de todo esto tan triste, yo no le contaba nada al pobre padre mío, que creía en la dicha que seguían fingiéndole mis cartas, y al cual, de otra manera, hubiesen abrumado los remordimientos del afán con que me indujo á semejante matrimonio.
Guido, por lo demás, indiferente á la mudez sombría en que yo encerraba mi dolor, ansioso de lucirme con él algunas veces, y no negado nunca al «buen tono» de sus extremos corteses, continuaba abriendo las puertas ante mí y dándome cancillerescamente el brazo al subir ó bajar las escaleras.
Acompañados de la tita Bianca, emprendimos un viaje al llegar la primavera. Niza, la primer etapa. Fué una fatigosísima peregrinación de ciudad en ciudad, de sitio en sitio, durante la cual yo quedé bajo la protección de ambos como una niña tonta. Me hallaba encinta, y, sin consideraciones á mi estado, el afán insaciable de los dos hacía cuanto las guías les señalaban de notable, hacíame seguirles de teatro en teatro y de museo en museo, ó, en mulo, á lo mejor, á los picos de los Alpes. Sus charlas (entre ellos ó con cualesquiera que encontrábamos), eran de lo más vacío que cabe imaginar, no obstante sus pretensiones de elegancia y trascendencia. En efecto, de mi marido, que á primera vista impresionaba como un hombre culto porque hablaba de lo humano y lo divino, yo sabía ya que toda la ilustración reducíase á su voraz lectura de periódicos y revistas extranjeras; y los dos, en punto á arte y á historia, no hacían sino repetir las vulgaridades del Bœdecker: el estilo de tal arco ó de tal templo, el origen de tal histórico castillo, las bellezas de tal plaza, las tales estatuas y tales cuadros y óperas de Fidias, del Greco, de Wagner... Repetían y glosaban lo mismo tantas veces, alternándolo con largas disquisiciones sobre automóviles y perros y caballos, que yo tenía que escucharles en silencio sin acertar á ponerme á tono con tanta necedad. En cambio, eso sí, él me reprendía correcto sobre el modo mío poco distinguido de tomar el cuchillo, el tenedor, y ella de cuando en cuando y compasivamente me dirigía preguntas en varios idiomas para que yo las contestase y no me juzgaran las gentes idiota por completo.
Así y todo persistía siendo la de Bianca la única afabildad con que contaban mis tristezas; y en París, donde nos estacionamos algún tiempo, multiplicando la vida de actividad al acudir á todas partes, ella fué mi socorro en un trance que me puso á punto de morir. A las fatigas del largo recorrido por Suiza y por Bélgica, uniéronse las propias de la gran capital; y «por buen tono», siempre por «buen tono», aumentándolas, discurrió Guido que yo aprendiese equitación, á fin de que elegantemente recorriésemos los tres á caballo el Bosque de Bolonia. Tres mañanas en un picadero, tres mañanas en el Bosque, yo junto á ellos como improvisada amazona, trotando, galopando..., y, á la cuarta, el lecho del hotel y el grave aborto de la pobre destrozada. Los dos primeros días Guido y Bianca me cuidaron, compitiendo en atenciones; pero desde el tercero él no se resignó al augurio del doctor acerca de que no podría levantarme en muchos más, y lanzóse á los encantos de París, dejando á la tita á mi cuidado.
¿Qué dolor parecido al mío sintió Bianca ante el abandono del que llegó á faltar noches enteras?... No lo sé; pero me veía llorar, y so pretexto de que mi inocencia perdonara, como ella, muchas cosas que de otro modo encontraría siempre incomprensibles, se puso á revelarme el carácter de él, deducido de su vida de soltero, y la inmunda historia de su madre. Más aun que por la escasez de fortuna—á decir de Bianca—, la familia de Guido hallábase distanciada de la alta sociedad por la discreción con que el marqués de Scoppa hubo de recogerse en el aislamiento con su mujer, antigua cómica á quien habían hecho célebre su desvergüenza y su hermosura, querida de todo el que la quiso y la pagó, y con la cual, al serlo suya últimamente, retirada á un campestre palacete en Montsalvato, fué teniendo hijos—cuyo amor, al cabo de los años, impulsó á casarse al más que generoso. Improvisada marquesa, la ex cómica, sintió á la vez la invasión de los orgullos de una parvenue y las iras de sus frustradas ambiciones en el borde mismo de la vida de grandeza; quedó, pues, como una especie de rabiosa loba presa en un cepo aristocrático; y si el caritativo marqués supo evitarla el ludibrio social entre las gentes de su clase, no supo impedir que los odios secos de la bestia á todo, á todo lo del mundo, hacia lo de arriba porque no podía llegar, hacia lo de abajo porque recordábala demasiado crudamente su indecencia, transmitiérase á los hijos en la incongruente educación que les fué formando con las finas y nobles maneras del padre y los instintos de rencor y las toscas insensibilidades de la madre.
Guido (el predilecto de ella) resultaba su más lamentable víctima. Cifrados en el niño gentil y luego en el joven arrogante sus ensueños de desquite, el padre encaminábale al estudio y el trabajo—tanto menos eficazmente cuanto más la madre imbuíale ideas de señorío, entregábale dinero para que honrase su rango, en lo posible, y, tras de hacerle conferir uno de los familiares títulos, acariciaba el pensamiento de casarle con cualquier dama linajuda.
Espoleado Guido en tan inversas direcciones, habría ido cumpliendo su forzoso papel de negociante de peor gana que su papel de aristócrata de fuste; habríase mantenido en las ambiguas elegancias de una vida de disipación, que le ofreció más aventuras al hombre guapo que novias princesas al conde sin dinero, y, «buenísimo en el fondo—según Bianca—, había venido últimamente á dar en una suerte de demencia lujuriosa que hacíale desear ávido toda clase de mujeres y conocer todos los vicios».
«Íntimamente»... Y ¿cómo sabía Bianca lo que Guido fuese «íntimamente»? Quizá por experiencia conocería tan bien sus intimidades, que, al escucharla, yo le había visto retratado en su miserable proceder conmigo propia. No cabían más engaños para mi candor después de aquellas revelaciones, y comprendí espantosamente claro y de una vez: Guido era un fracasado negociador del matrimonio de honores y riquezas que habría constituído su obsesión, y que al precio de su libertad, ya inútil, y con la compensación siquiera de mis cien mil duros, pagó el cuerpo de la plebeya que no habría de otra manera podido obtener un nuevo capricho de su vicio. Saciado de mí en los brutos treinta días de Nueva York, desde que llegamos á Roma y á los absurdos orgullos de su madre, yo quedaba reducida á una estúpida intrusa que le había otorgado sus favores y á quien el gran señor habría incluso de despedir si no necesitase mi dinero.
Fluctuando como nunca entre las dudas de que Bianca fuese solamente una tita cariñosa que querría guiarle y le pensara dejar su capital, ó una antigua amante que en el otoño de la pasión y con tal de no perderlo le pasaba todo al vicioso incorregible, volvimos á nuestra casa—donde Guido organizó unos «artísticos» almuerzos, por él llamados «intelectuales», y presididos por Bianca, en honor de yo no sé qué bohemia laya de tiples de ópera, de pintores extranjeros y de jóvenes poetas y sabios, que, á mi juicio, se burlaban disimuladamente de las pedanterías de los dos..., no sin devorarme á mí, de paso, con los ojos.
De sus dos ó tres viajes á Roma, mi padre se llevó la ilusión de una ventura mía tanto más fácil de mentir, aun en su presencia, cuanto más amable y digno parecía seguir siempre mi marido con su correcta educación.
Al año y medio, estábamos arruinados; ó lo que es igual, Guido había dilapidado hasta el último céntimo de mi dote. Tuvo que vender el coche, el automóvil, los lujos de la Vía Nazionale; y con un par de sirvientes, tal que á una querida que se asila porque no muera de hambre y de abandono, me recluyó en la campestre Villa Montsalvato, situada en el tranvía de Grottaferrata, no lejos de Frascati, á una hora de Roma. Aunque él se instaló conmigo, vivía realmente en la ciudad, y cada vez más de tarde en tarde iba á verme y á llevarme algún dinero. Hacíame escuchar terribles cosas de «mi plebeyez», de «mi pobreza», de «la oportunidad de que me volviese á mi país, ya que él, no pudiendo con su trabajo sostenerme, no debía tampoco imponerle á su madre que me recogiese de limosna»... Y en una de aquellas ocasiones me dejó tan desesperada y locamente ansiosa de volver junto á mi padre, que, porque éste no demorase ni un momento el llegar á recogerme, le escribí una larga carta contándole todo mi calvario.
La respuesta fué un cablegrama anunciándome que había caído enfermo, y que hasta que él, pronto, pudiera emprender la travesía, enviábame á Popó. Un augurio me hizo comprender horrorizada que la impresión de mi carta habría herido gravemente al enfermo del corazón...—y, en efecto, cuatro días después, firmado por un dependiente, pues que ya, Ana Leopolda hallábase en el mar, otro cablegrama avísame su muerte.
¡¡Su muerte!!... No quisieron creerlo mis ojos de loca, que negábanse á llorar.
¡Yo le había matado!
Llegó Leopolda.
Guido fué á Méjico á recoger la no pequeña herencia.
Y pasaron, pasaron los meses. Ya sin padre, y dándome lo mismo continuar en Montsalvato que en otro lugar de las soledades del mundo, vi con la impavidez de una estúpida que mi marido reincidía en las disipaciones que hubieran de lanzarme definitivamente en la miseria. Vuelto junto á mí, y adquirido otro automóvil y dos caballos, en que inútilmente intentó que, como en París, le acompañase á pasear (sin duda, le componía en «buen tono» mi figura), partía con el suyo en busca de Bianca, y juntos tornaban muchas mañanas para cumplimentar, entre los renovados lujos del hotel, los «intelectuales» almuerzos ofrecidos con más fausto á los artistas, á los bohemios extranjeros, á los poetas, á los sabios.
Me forzaba á presenciarlos, con mi lúgubre mudez. Lo demás del tiempo pasábalo con Popó en la triste paz de mis estancias—en tanto que unas veces Guido desaparecía por varios días de Montsalvato, buscado desoladamente por la tita, y otras, prescindiendo también de mí y de mi dolor, ella lograba monopolizarle, y ambos tocaban el piano en el salón ó refugiábanse á leer en la profunda biblioteca.
Pero sobre la índole del afecto de los dos, y acerca de la condición de los comensales de los almuerzos, empecé á recibir acusaciones concluyentes. Anónimos, inicuos como cuanto me rodeaba en el ambiente de asfixiadora iniquidad, sin duda escritos por cualquiera de aquellos sabios y poetas que en la mesa me miraban con ansiosos disimulos. Delatándome los amores de Guido con las aparatosísimas artistas, ó llamándome «inocente y tonta», que ignoraba lo que toda Roma sabía de Guido y Bianca, públicos amantes desde largos años, me citaban á tal hora de tal noche y en tal sitio para sorprenderlos y «vengarnos» luego en la misma moneda de traición.
Leía estos anónimos, los rompía con igual sardónico desdén hacia sus autores que hacia las artistas y Bianca y Guido..., y solamente cuando otra directísima acusación llegó á herirme en otro santo sentimiento más vivo que los celos, me resolví á dejar mi indiferencia: una de las «artistas», en un almuerzo, bien porque á su desaprensión nada le importase ó porque desconociese el origen de lo que, regalo de Guido, lucía ante mis propios ojos, llevaba una pulsera de esmalte negro y de brillantes que había sido de mi madre.
A mi dura queja, cuando estuvimos solos, confirmada por la falta de la pulsera en el joyero, Guido trató cortés, primeramente, de hacerme pensar que estaría engañada, que habría perdido la mía y que pudiese otra parecérsele..., y, al fin, montando en cóleras de gran señor, como un bofetón ó un salivazo me echó por cara «la plebeyez mía tan ruin que le creyera en su misma casa, ladrón de baratijas despreciables...»
Me limité á guardar mejor mis reliquias de recuerdo, y llorando, llorando con Leopolda, volvimos largamente á meditar proyectos de separación que nunca maduró nuestra ignorancia de cómo ni á nombre de quién tendría Guido situado mi dinero. La idea de ser yo la que revolviese como una ladrona en sus papeles, ó de provocarle con tal objeto á una previa explicación, me repugnaba.
Un día apareció con un extranjero, «noble conspirador reclamado por la policía de su país», y á quien Guido bajo palabra de honor había prometido secreto amparo en nuestra casa. Era Jacobo Wanscka. Alto, tétrico, moreno, de negras barbas, de unos cuarenta y cinco años; hablaba poco y cifraba su distinción en rendir á cada instante profundas reverencias. Iba sin un cuarto y vestido desastrosamente, y tras de alojarle en una buena habitación, Guido le facilitó ropas suyas y le sentó á la mesa con nosotros. No sé de qué ni dónde le hubiera conocido; pero tanto él como Bianca, admiradores de lo artístico y genial dondequiera que lo hallasen, otorgáronle pronto un respeto de adoraciones al que, diciéndose químico eminente, inventor y ex profesor de ampliación de estudios sociales en Budapest, no era quizá sino un profesional de la aventura que, como cuantos viven al azar, sabía un poco de todo, y mal que bien había ejercido distinta profesión en cada parte. Así «por sus ideas liberadoras forzado perpetuamente al destierro y al incógnito, había tenido que ser maestro de lenguas en Rusia, barítono de ópera en Hong-Kong y maestro de equitación y de esgrima en Río Janeiro».
No sólo Bianca y Guido se extasiaban oyéndole hablar sentenciosamente de filosofía y de sus viajes por el mundo, sino hasta dijérase que copiaban la seca majestad de su voz y de sus gestos. Especie de rey gitano caído en la desgracia, «que soportaba dignamente».
Tan dignamente—en opinión de Guido—que éste discurrió dignificarle la estancia en Montsalvato con un sueldo, á pretexto de que me perfeccionase á mí en la equitación y me instruyese en arte y filosofía. «No se le podía dar á aquel hombre dinero para sus necesidades como á un mendigo; yo, por otra parte, estaría harto necesitada de completar mi social educación». De nada sirvieron mis protestas. Y como la desocupada vida de la tita y el sobrino apasionábase por todo lo mentecato, Bianca llevó otros dos potros de sus cuadras, y los cuatro comenzamos una serie de paseos campestres en que, al menos, se le respetó á mi luto la voluntad de no exhibirme en Roma. Por las mañanas, pues, á caballo; por las tardes, una hora de lección de estética, á la que también concurrían atentísimos los dos—y que me hizo pensar si, con disculpa mía, la hubiesen dispuesto realmente para ellos.
Sólo que incapaces de cualquier orden, de cualquier esfuerzo sostenido, antes de concluír una semana me abandonaron al extraño profesor. Claro está que yo asimismo le abandoné á él, y que quedaron interrumpidas las lecciones. No le vi por unos días más que en la mesa, donde hice concurrir á Ana Leopolda. Guido volvió. Se enteró. Se incomodó mucho. Contra las razones que le aduje sobre mi poca gana de paseos, y, principalmente, sola por los campos con un desconocido, contestó «que aquel desconocido tenía cien veces más decoro que yo misma»; que «aquel desconocido hallábase al amparo del honor del dueño de ella en nuestra casa», y «que aquel desconocido, además, un hidalgo en el fondo, en la apariencia era un maestro de equitación, un serviciario, una suerte de lacayo con el cual cualquiera dama que supiese serlo no tendría en hacerse acompañar á caballo más reparo que si lleváselo en el pescante de su coche»... A título de ejemplo «de buen tono», para vencer «mis vulgares suspicacias», me recordó las jóvenes elegantes amazonas que habíamos visto en el bosque de Bolonia acompañadas por un groom; y, en suma, no saldría á caballo, ya que no tenía yo gana de salir; pero, dispuesto á que no le dejase en ridículo, exigíame la continuación de las lecciones literarias, aunque no estuviese él, sin la onerosa vigilancia de Popó en la sala ni en la mesa.
¡Ah, bien! Era Wanscka un hombre «con cien veces más decoro que yo misma». Las lecciones siguieron. Perspicaz el profesor para saber más del mundo que no de artes ni de letras, y pronto habiendo podido hacerse cargo de la desairada situación mía (en modo alguno necesitada de grandes perspicacias) con respecto á Bianca y muchas más, sus lecciones consistieron en lecturas y torpes glosas de novelas y de libros, como Afrodita, como El Satiricón, como otros de la biblioteca frívola de Guido, de los que, luego de hacerme oír pasajes escabrosos ó francamente indecorosos, tomaba pie para filosofar de grosero modo acerca de las «licencias de la antigua Grecia»; cuando al verme cerrar los ojos de asco y de dolor pensaba el miserable que mi emoción érale propicia, iba poco á poco acercándoseme, acercándoseme, acosándome—hasta que yo me levantaba y me marchaba gravemente.
No podía quejarme á mi marido. Indelicado y tosco el brutal aventurero para intentar siquiera «mi conquista» de otro modo, yo me resignaba á volver, á escucharle con desprecio y en silencio, á insinuarle alguna vez la conveniencia de cambiarle el giro á sus palabras y á encerrarme á llave por las noches. Todo menos delatarle su conducta á Guido, que hubiésela achacado á recelos de «mis vulgares suspicacias», ó tal vez, antes aun que dudar del «hombre de decoros», á provocaciones ó abandonos de la que sólo fiara en su virtud con guardas de presencia.
Quince días después, parecidos á quince siglos, había cambiado mucho el aspecto de las cosas. Cuando Bianca y Guido no estaban con nosotros, Jacobo Wanscka vagaba siniestramente por la casa, como un tigre. Dos noches seguidas le había sentido llegar á la cerrada puerta de mi habitación, y la segunda se atrevió á llamar. No me dí por entendida. Sin embargo, á la tarde siguiente, durante «la lección», comprendiendo por mi mayor desprecio que le hubiese oído, osó querer buscarme la disculpa en una dolida declaración de la «noble pasión que le mataba por la mártir á quien agraviaba todo el mundo»... Le interrumpí, indicándole que se debía marchar de Montsalvato; no hubo desde entonces más lecciones, y pérfidamente reducido él á la condición de un esclavo que me extremase los respetos, otra tarde fué á avisarme que Guido, en la biblioteca, me esperaba.
Creí que Wanscka hubiese resuelto partir, evitando así nuestra absurda situación, y que Guido me llamase para facilitarle cualquier cosa indispensable... Al ir á entrar en la biblioteca, sin ruido por la alfombra, desde la entreabertura de las cortinas del despacho vi á la tita Bianca sentada en un sofá, leyendo un libro, con una pierna alzada al respaldo de una silla de enfrente, que la desordenaba las ropas hasta el muslo, y al «sobrino» tendido de espaldas y con la cabeza en el regazo de ella... No quise turbarlos, ¿á qué?...; la indignación contra las canallas intenciones de Wanscka, principalmente, hízome alejarme, renunciando á una escena tan ingrata como inútil... Pero debía pasar de un repugnante asombro á otro, y Wanscka, que me espera en la sombra de un rincón, saltó á mí y me besó, aprisionada entre el hierro de sus brazos. Pude huirle, por último..., y le escupí.
Al poco rato sonaba bajo mi balcón el automóvil. Bianca y Guido iban á salir. Le llamé á él, y, despreocupada de su conducta ante la del otro miserable que afectábame aún más personal é inminentemente, mi primer ímpetu fué confesarle todo para que no pudiese vacilar; sino que temí embrollar la cuestión suscitando los enojos del que á su vez resultaría acusado y provocando un escándalo complejo por demás, en que todos estaríamos contra todos, y por simplificar, en mis vivas ansias de calma, opté por la prudencia.
—Guido—supliqué—; creo que no debe permanecer más tiempo tu amigo en nuestra casa.
—¿Por qué?
—Porque ni yo necesito sus lecciones, ni, faltando tú tanto tiempo de ella y siéndote fácil socorrerle en una fonda, es correcto que me obligues á su estrecha intimidad.
Le impacientaba la prisa por Bianca. La faz fulgurábale de ira.
—¿Cómo, en su estrecha intimidad?—hubo de decirme.
—El come y cena conmigo—traté de suavizar humildemente—; está solo conmigo por las tardes; anda á todas horas por todas partes á su antojo..., y, ya ves, Guido, los criados, las gentes, tratándose de un hombre que no es de la familia y á quien apenas conocemos, acabarían pensando mal.
Nos hallábamos de pie, lejos el uno del otro; yo con la mirada en el suelo; mi marido cerca de la puerta, trémulo de rabia, crispados los puños. Se me acercó.
—Mira, Cesárea; porque tú ames la vida de ignorancia y soledad idiota, que me ha apartado de ti, ó... por lo que sea, te propones estorbar todos mis proyectos: un día me llamas ladrón y obligas á que no pueda volver una dama á nuestra mesa; otro, me inculpas de abandono, pretendes señalarme líneas de conducta y quieres expulsar á quien yo he acogido bajo el honor de mi palabra... Y esto no puede ser; y esto puede ser menos, todavía, cuando en nombre de una virtud más que sospechosa, á fuerza de miedo y terquedad, me amenazas con el temor de que en opinión de las gentes peligre mi respetabilidad porque alojo en mi casa á un caballero.
Le ahogaba la soberbia. Viendo que no lograría convencerle de otro modo, fuí á descubrirle el proceder de Wanscka, en lo referente á mí, cuando menos—y no me dió lugar.
—Pues bien—continuó—; no lo olvides nunca: de la mujer del conde de Montsalvato, ni los criados ni nadie por nada del mundo debe poder sospechar eso que dices..., ¡ni tú misma, aun siendo la villana estúpida que eres!...
Me descargó un tremendo bofetón que me hizo caer vacilante en la otomana, y partió.
Y apenas rodó en el jardín el automóvil, entró Wanscka.
Yo no estaba llorando. Tendida como una mujer de hielo, únicamente tenía la mano en el dolor del ultraje de mi cara y los ojos secamente abiertos.
En otras ocasiones parecidas, aunque no tan inicuamente brutales, mi desesperación, resuelta en lágrimas, me había dejado fuerzas para irme á buscar á Popó ó á rezar ante la Virgen; pero en aquélla quedé desamparada del mundo y de los cielos..., y miré á Wanscka con el infernal rencor impávido de la inmediata venganza que al frío de fuego de mi ser le brindaba su misma repulsión...
Se me acercaba, y no le rechacé. Se inclinó á besarme, y bajo su contacto duro y huesoso de diablo cerráronse mis ojos y sonreía mi boca de maldita. Sin una palabra suya, sin una palabra mía, en la plena insensibilidad de mi indecencia, era ya su poseída de mármol cuando el automóvil no habría corrido cien metros fuera de las verjas...
Hecho lo hecho.
Hecho lo que ya no me era posible deshacer cuando recobré la sensación de la conciencia.
Lloré mucho.
Mi locura no me había permitido pensar que, desde las tiranías de un insensato, atada de pies y manos iba á parar, además, á la servidumbre de un bandido.
Le confesé mi vergüenza á Popó, y las dos lloramos juntas. En vano habría intentado negarme á Wanscka nuevamente. Dueño de mi terror, quedaba dueño de mi asustada voluntad y dueño de la casa. Lejos de guardar reservas, como no fuese respecto á Bianca y mi marido, dejó traslucir nuestra situación á los criados por el descaro con que á cualquier hora entraba en mis habitaciones á instalarse junto á mí, y á las gentes de fuera haciéndome pasear á caballo y sola con él por todas partes. Esta sumisa y triste obediencia mía para el profesor de equitación y de estética, encantaba á Guido, que poníala en cuentas de la eficacia del bofetón, á no dudar. Y tanto le agradaba verme, al fin, dulce y complaciente con él, con Wanscka, con la «tita» Bianca, con las actrices y poetas y periodistas de los almuerzos (ante las miradas de los cuales los ojos del tétrico Jacobo ejercían delatoras vigilancias de dominio sobre mí), que él propio tornó á desearle mi cuerpo á sus desenfrenadas caricias ciertas noches—aquellas de las series de tres ó cuatro días que recluíanle en Montsalvato, á reponerse, la extenuación de sus orgías por Roma en ausencias de semanas.
A los dos meses de semejante vida, Wanscka resolvió, sin dejar, claro, mis «lecciones», y pretextándole á Guido que había encontrado otras que le empezaban á permitir la independencia, trasladarse á residir en Marino, pequeño pueblo á un kilómetro en la carretera del hotel. Ni á mí se tomó el trabajo de fingirme otro motivo cualquiera de tal resolución. Amo despótico siempre, convencido de que yo, á pesar de todo, le aborrecía, me hablaba poco, me saqueaba de cuanto dinero podía entregarle, rufianescamente renegado de que, «siendo mío, la usurpación de Guido me impidiese mayor prodigalidad», y sabía que para nada podría contar jamás conmigo á no ser por el espanto. La idea de suprimir á Guido de juntó á la pusilánime á quien por el solo secreto de su honra de mujer hubiese impunemente de explotar á plena libertad, debió de sugerirle el crimen; y el objeto de aquella previa é inexplicable separación, no era otro—según revelaron pronto los sucesos—que prepararse una coartada.
Una enfermedad del desdichado Guido precipitó la ocasión. Vuelto un día desde sus crápulas con una hemiplejía que le paralizaba el lado izquierdo, bajo la asistencia médica y sus propias cobardes aprensiones quedó recluído en Montsalvato. Bianca y yo le asistíamos; su madre y sus hermanas iban á verle con frecuencia; y Wanscka, solícito, vigilaba sus medicamentos y le formaba la tertulia hasta última hora de la noche. Habituado á los narcóticos, no lograba conciliar el sueño más que con inyecciones de morfina; y como él no podía valerse, Wanscka se las ponía también, antes de partir. En la noche terrible, sólo me extrañó un poco la atenta lentitud con que detrás del enfermo apercibía Wanscka la inyección, y el afán que mostró de hacer constar ante los criados su salida de la casa..., de la cual, por lo demás, él hallábase provisto de llaves para llegar furtivamente junto á mí.
La alcoba de mi marido hallábase apartada de la mía por el cuarto de baño. Serían las tres de la madrugada. Me despertó un lúgubre quejido y un rumor sordo de lucha. Salté de la cama, acudí al dormitorio de Guido... (¡me horroriza la evocación!), y vi á Wanscka aferrado á su garganta...; sorprendido y vuelto á mí, ya sus manos no soltaban más que el cuerpo de un cadáver con la cara descompuesta.
Quedé petrificada. No podría ahora ordenar siquiera mis recuerdos. Sólo sé que, sin acción para gritar, creyendo que el asesino no se habría procurado como amante las llaves de la casa más que para poder así matarnos y robarnos, un azorado terror me postró de rodillas implorándole piedad.
Y de sus palabras, secas, feroces, en tanto me agarrotaba una muñeca, dirigidas á no sé qué bárbaros reproches de imprudencia por haber ido á presenciar «lo que nadie debería haber sabido nunca», sólo también recuerdo éstas, que, luego de haberme arrastrado al cuarto de baño, aclaráronme con no menos espanto la horrorosa situación:
—Tú no has visto lo que has visto. El conde ha muerto de un ataque. Si cuando amanezca, en vez de llamar serena á los criados y en seguida al médico para que lo certifique así, me delataras, tú, mi querida... hubieras de ser la que conmigo, y por librarnos de él, le habrías asesinado.
Iba tal vez á romper de un alarido el mudo nuevo horror de lo que oía, y me tapó la boca:
—Si gritas—dijo—, los que acudan certificarán desde luego, encontrándonos aquí, que fuimos los dos los asesinos.
Demasiado complejas, demasiado terribles emociones. Medio caída en el suelo, mi estupor se recogió en el pánico de temblores que me hacía castañetear los clientes. Wanscka volvió al dormitorio á comprobar que el muerto estaba muerto; tornó para instruirme en la macabra comedia que yo debería representar, y se marchó por el sigilo de la casa.
El miedo me llevó corriendo al cuarto de Leopolda. La conté lo que pasaba, entre ahogos y sollozos, y tras no sé cuánto tiempo de congoja impúsosenos la urgencia de alguna decisión. ¿Habría salido, efectivamente, Wanscka? Como por la noche se escondió ó volvió para vigilar los efectos del veneno, habría podido esconderse para espiar mis obediencias... ¡Oh! Nuestras pobres confusiones impedíannos discernir nada de nada, y no habían sabido hacer más que encerrarnos á llaves y cerrojos... El cadáver allá, con sus ojos abiertos, en un rincón del hotel..., el asesino quizá en otro, todavía, dispuesto á asegurar el secreto de su crimen por nuestro silencio de esclavas ó por nuestro silencio de la muerte..., y yo, de todos modos, aunque á voces demandásemos socorro contra él, por él ante un Tribunal acusada de complicidad y llena de ignominia; á él ligada por una irreparable ligereza; sola en el mundo entre los odios de la familia de Guido, y abandonada á una pública opinión que volveríaseme también adversa al trascender á ella lo que de mi adulterio era sospechado por muchas gentes de Roma y de Montsalvato.
Dos infelices cobardes, en suma; dos inexpertas mujeres acorraladas en un ambiente enemigo, y que con la prisa de resolverse á algo en medio del horror y de la maldad, resolviéronse (sin otra guía que el instinto, acertado ó torpe en su angustia—lo ignoro todavía) á lo que, dentro de lo siniestro siempre, era, cuando menos, lo más fácil.
Y no me abandonaron ni hacia el martirio sombrío del crimen las abnegaciones de aquella sirviente fiel, á quien ya mi ceguedad había envuelto tanto en mis vergüenzas.
A partir de aquí, la premisa divulgó abrumadoramente los detalles.
Las señales de violencia encontradas por los médicos. La autopsia.
La busca del hábil criminal, que entró y partió de la casa sin dejar rastros.
Mi dolorosa postración, que no tenía que exagerarse para merecer respetos compasivos.
Salvo la contrariedad de no haber podido pasar como muerte natural la de la víctima, las cosas parecían marchar bien en los planes del bandido. Iba transcurriendo la segunda semana. Mi íntimo y nuevo horror más grande, mi idea, predominantemente fija, consistía en la repugnancia de tener que volver á entregarme á él; y tan cierta estaba de que él no hubiese de lograrlo, de que yo me moriría antes que ceder, que segura también, por otra parte, de que el fatídico ladrón deseaba, más que mi cuerpo, mi dinero, invertía los reposos que empezaban á rodearme en revisar los papeles de Guido, viendo la manera de poder ofrecerle á Wanscka, de una vez y cuanto antes, una fuerte suma, á condición de su partida. Por lo pronto, íbame librando de aquella mortal repugnancia la inquietud que le mantuvo alejado del hotel. No iba á verme sino en breves y raras visitas delante de las gentes—porque, tarde, pretendía despistar de nuestras relaciones á la policía, que vigilaba.
Cuando un periódico deslizó las primeras sospechas sobre Wanscka, insinuando «como pista digna de seguirse» mi intimidad con él—me vi perdida. Fué Wanscka á vernos y nos conminó á la fuga, sin otra dilación que un perentorio plazo para «reunir de mi capital lo más posible». Iba á ser un salto desde la ignominia á otro vacío abismo de ignominia; tuvimos que someternos: aparte las amenazas del criminal, pesaba ya en mí y en Leopolda la efectiva responsabilidad del encubrimiento.
Gracias á que él, sin delatarse, no podía personalmente emprender la negociación de mi dinero. Esto nos salvó; porque al tercer día, cuando aún faltaba otro para que lo retirásemos de un Banco, tuvimos la desgracia y la suerte, á un tiempo, de que Wanscka escapase con toda rapidez. Era que los periódicos arreciaban contra él, y que al regresar una tarde había visto rodeada de polizontes su casa de Marino. Desde la estación, con un mandadero nos envió una carta avisándonos que «nos esperaría en Trieste»; y para asegurar nuestra sumisión añadía que, si no fuésemos, ya él en salvo, le escribiría al juez participándole «que yo, su amante, había matado al conde».
No volvimos á verle. A las veinticuatro horas nuestra huída también se realizaba; pero antes aún que de Roma y del rigor de la justicia, huíamos de él y de mis públicos bochornos...; huían, dos desdichadas inocentes, de aquella funesta condesa de Montsalvato que yo había sido, y cuyo recuerdo querían por siempre borrar de su memoria como una pesadilla del infierno.
Nápoles. Marsella. Lyon. Unos trajes humildes; unos viejos documentos de Ana Leopolda (Popó, breve, y nada más, para los jueces y las gentes que dejábamos atrás), por engaño de los cuales yo debería pasar como su hija Rocío, de quince años..., y á Barcelona después, vestida de niña y pintada de rubio ángel la que, por suerte, según parece, no había perdido su aspecto infantil ni á través del calvario de lo horrible y de lo inmundo.
Ultimamente, el mar, el buque..., en donde estaba por el Destino escrito que yo hubiese de encontrar, con el amparo de respetabilidades santas que acabaron de alejar de sobre mí toda sospecha, el dilema de la redención siquiera de mi alma en un convento, ó el de la purificación de mi vida en las noblezas del Amor.
Alvaro: si tu piedad no pudiese seguir amando á tu plena enamorada amante de una noche, después de haber leído ésto, perdóname y déjame que mi alma pueda creer que Dios quiere perdonar y acoger en sus asilos á la que quiso siquiera una vez estar entre unos brazos de amor santificada.»
TERCERA PARTE
I
Buenos Aires. Madrid. Roma. Nueva York.
¡Qué lejos de vuestra confusión, de vuestro vértigo! ¡Qué lejos de vuestro lujo, de vuestra farsa, de vuestros crímenes!
¡Qué lejos!
Hundidos en las frondas, bajo la paz de los inmensos cielos, nuestra emoción es la de un apartamiento del mundo feroz de los privilegios y las castas, como si á través del planeta hubiésemos venido á dar en una selva de idílicos salvajes. Bendecimos á la España singular que en sus abruptos rincones pudo reservarnos estos campos de hermosura, no heridos jamás por el silbar de un tren, y estas gentes primitivas de zamarra y de bondad, con cuyos tormentos resignados nuestras compasiones se confunden.
Para llegar aquí tuvimos que salvar tantas cordilleras y jarales de lobos y abismos de torrentes y de pinos y de rocas, que Rocío y Leopolda comprendieron bien que veníamos á un perdido remanso de la vida, adonde las gentes de Madrid no osarían aventurarse sino en una excursión heroica como al centro de África ó al Polo. Y esto, con respecto á Laura, «mi mujer»..., fué la última tranquilidad para la amada amante que ya en el coche estrechaba también contra su seno al hijo de los dos.
La niña del mar, la novia del Majestic, la esposa de mi amor, desde el primer abrazo florecido en sus entrañas, y que, hasta la muerte unida á mí, venía de esperar en Berlín medio año el nacimiento de nuestro hijo; la amiga espiritualísima que nunca á mi desdén de las riquezas habíale oído hablar de mis riquezas..., hubo de asombrarse al saberme dueño de una finca de millones. Asombro de la ávida de espacios que hallábale el de muchas leguas á nuestra reclusión de libertad, y de la pródiga que desde la piedad de ambos vió mucho bien que compartir con infelices.
Hace un año. El silvestre edén que en otros del pasado le apercibí á la insensata que no llegó ni á visitarlo, ha sido y es para el ángel que conoce todas las ternuras porque sufrió toda la infamia. Dijérase que el huracán de lo horrible nos lanzó á estos bosques, y que sus senos de verdor nos han tragado para siempre.
Rocío parece una hechizada. Vive en perennes embelesos, tal que si el cielo y la tierra hubiéranse juntado en un limbo de inocencias donde cobran igual solemnidad sus sonrisas á una flor y los éxtasis divinos de su alma. La Naturaleza nos infiltra de castidades de tomillo y de Universo, arrancándole letanías de veneración á nuestra enorme gratitud. Dejados los templos de pudor que los hombres alzan para incensar á Dios, y ser buenos con Dios dentro de sus muros y perversos entre ellos solos al salir, hemos pasado al templo del espacio en que todo es templo de la vida y en que Dios nos mira á cada instante desde el sol, desde cada rosa, desde cada estrella, desde cada beso de luz de amor á nuestro hijo y desde cada beso de lumbre de amor á nuestro amor.
Subimos algunas tardes á las sierras, y cuando la claridad crepuscular muérese temblando por los valles al son de las esquilas de las cabras, una unción de caridad, que llega en su fervor casi al tormento, nos hace hablar de la insensatez de las ciudades, de la incomprensible torpeza de las gentes que, entre tantos odios suyos y lujurias y envidias y lujos y ambiciones, ignoran que el mayor deleite del vivir está en la honrada hambre y el honrado sueño que á nosotros nos aguarda tras los días inmensos de gozo y de trabajo, que la única gloria de la tierra es el amor y que no hay adorno para la frente de la amada como una diadema de amapolas.
En su despacho ha puesto Rocío, bajo una imagen de la Virgen, retratos de su madre y de su padre, ampliados por mí, junto al suyo y el mío y el de nuestro hijo y el de la buenísima Leopolda; y allí, como en un salto de las purezas de su hogar de Veracruz á las purezas de estas calmas, como en un olvido de haber sido la condesa de Montsalvato (olvido que la respeto sin recordárselo jamás), ella misma no sabría cuándo le reza á sus consagraciones juntas en oraciones de oración y cuándo en oraciones de trabajo. Si llego y la interrumpo y la doy un beso, la delicia de su sonrisa y de sus ojos se lo ofrecen á su madre.
«Mi madre me enseñó. Mi padre me enseñó»—díceme, ansiosa de mezclarle á mi amor los nombres de los que ya no existen, siempre que tengo que admirar la perfección con que lleva la contabilidad comercial en libros y en carpetas. Y cuando, también menajera excelente, dentro de un orden que la deja tiempo para todo, prepara junto á la cocinera platos y helados y dulces exquisitos que luego devoramos con Leopolda, vuelve á repetirle á mis sorpresas:—«¡Ah, sí, mi madre me enseñó. Leopolda me enseñó.»—Besa á Leopolda; paga mis felicitaciones de besos besándome delante de ella locamente, y mientras Leopolda sonríe nuestra dicha, yo recuerdo que Rocío se sabe amada con pureza tal que no se inquieta de que algunas mañanas entre Leopolda á nuestro cuarto á despertarnos y la vea salir del lecho al baño completamente desnuda de su sueño junto á mí.
Igual que funde á nuestra vida viva la memoria de cariños suyos sublimados por la muerte, funde sus fervores de cristiana á sus cultos de pagana en un mismo sentimiento. Por eso se ha acostumbrado á dormir desnuda, á andar divinamente impúdica de candor y de inocencia por la intimidad de nuestras estancias, y lo mismo si llora el niño salta del baño hacia la cuna de la contigua alcoba para darle de mamar, envuelta apenas por el ropón de felpa, que desnuda, arrancada de las guirnaldas de mis besos, se arrodilla en sus saludos matinales á la Virgen.
«Venus idealizada por el místico resplandor de la Concepción»—díjela una vez al encontrarla así, recordándola mi ensueño; y me repuso:—«Sí, tienes razón. A la que nos ve, es preciso que yo la diga que sé que sabe que puede verme inmaculada por la Vida entre tus brazos».—Ora, pues, ella, cuando reza, cuando rinde el corazón al recuerdo de sus padres, cuando dedica al trabajo el pensamiento y hasta cuando ama con el alma de su carne encendida en el placer: y esto último no se lo entendería más que como pecado el cura á quien óyele la misa los domingos y con quien nunca se confiesa.
¡Bella y delicadísima salvaje ganada plena por la Vida, al fin, en la rebeldía á toda traba torpe!... Viene de tanta esclavitud, que hállase encantada de poder amarlo todo confiadamente desde mí—según quería su madre; y como sus galas de muñeca están guardadas no sé dónde, sus etiquetas y falsas cortesías, alambres que forzábanla á moverse, están contados de su ser. Otras que las de bajar cancillerescamente una escalera y manejar á la moda el tenedor, las difíciles cortesías de nuestras almas. Somos del bosque, de las praderas, del jaral, como las perdices y las ciervas. Nuestros rostros se curten al dorado fuego de los vientos. Así mordemos las naranjas que rebosan su zumo en nuestros labios; así la miel nos sabe á miel y la comemos en moreno pan, á leche la leche que en las majadas bebemos en los cuernos y la vida á vida pura.
Una rabia por deshacer lo artificioso, hundiéndonos en la rusticidad de lo sencillo. Nos gusta correr, reír, tirar tiros, aspirar el olor de los establos, tendernos en la yerba. A las esencias de los pomos de cristal, preferimos la esencia de los juncos. Se sienta Rocío conmigo al pie de la ribera, en un tronco, á escuchar, con más devoción que los de Wagner, los conciertos de las ranas—porque son la música de Dios—, y cuando en el selvático antojo de sudar y de rendirnos, sin miedo al sol y espantando los lagartos, escalamos las montañas, es néctar al que se dobla de bruces nuestra sed el agua que entre helechos vierte la poceta de algún cancho á la sombra de los robles.
Solemos encontrar á un cabrero que no ha querido abandonar su chozo de los riscos, y que llámala de tú, y la place á Rocío reír y conversar con él perdidamente. Es tan viejo, que apenas ya puede trepar tras las cabras. El se corta las correas para sus vestimentas de pellica y se fabrica abarcas y calcetas. Nunca salió de estos contornos, ni de su edad tiene otra idea que la de haber nacido cuando «hubo un cólera muy grande».
—Pero, tío Nieves, ¿no sabe usted qué hora es, ni el año en que estamos, ni si es martes ó lunes?
—¿Pa qué, niña, cuidiaos? ¿L’has visto tú al perro relor ni candalarios, por una casual?... ¡Pus no tengo que dir á levantarlo si viene el lobo ó husma á mano qué come!...
Dichoso como el perro, recio también más que el perro, explícanos la filosofía de su existir, encerrada en pocas normas: si tiene gana, come; si tiene sueño, se tumba; cuando sale el sol, es «qu’amanece», y si siente frío échase encima la manta y será que «s’acabao la buena temporá».
Le dejamos, pensando que sobre las peñas y bajo el cielo azul dejamos una felicidad que forjó la Naturaleza, y al llegar á nuestro chalet y encontrar periódicos y revistas de Madrid, que no leemos, pero cuyos grabados nos distraen unos instantes, los lujos cortesanos de algún salón con sus hombres de frac y sus damas escotadas nos parecen un absurdo. Tan lejos de la barbarie se han ido para llegar á otra barbarie de plumas y de joyas, en busca de la felicidad, que ya no sabrían ni comprender la del cabrero.
Tal vez el término justo no consistiese en más que quitarle al uno las roñas del cuerpo y de la cara, obligándole á bañarse en agua y pensamiento, y á los otros las del alma, obligándoles á bañarse en sencillez y en inocencia.
Rocío cierra compasiva el periódico, y su compasión de ángel á las vidas y á las cosas háceme seguirla á un establo, convertido para un pobre becerrillo en hospital. Se despeñó, se rompió una pata y le curamos: yo sujeto al rebelde por el cuello; ella le lava y le aplica el algodón; pero á veces se debate, salta, lucha y acaba por tirarnos al lecho húmedo de paja... ¡No importa! Reimos, sacudiéndonos. Rocío dice que pronto podrá vencerme el pulso y cargarse un costal de trigo, como los gañanes.
Un día la sorprendí entregándole cincuenta pesetas á una forastera que vino á pedirlas, llorando, como ya otras de su aldea y de otras circundantes, para ir á que operasen á una hija suya en la ciudad; al verme la caritativa, se avergonzó, tal vez porque sabe que yo hubiese dado el doble... Y este es el ángel, ruboroso de su piedad misma, de quien la infamia social pudo hacer la querida miserable que en Roma, á escondidas del esposo, le entregaba dinero á un asesino.
Madrid. Roma. Nueva York.
¡Oh, sí!
¡Qué lejos estamos de vuestro vértigo, de vuestra crueldad, de vuestros crímenes!
La Naturaleza es nuestro templo abierto de Dios y de la vida.
La Naturaleza nos infiltra de santidades de romero y de Universo, arrancándole letanías de adoración á nuestra enorme gratitud. Porque la Naturaleza es toda ella bondad, toda ella belleza, toda ella candor; porque la Naturaleza es la única religión de altísima moral capaz de condenar con sus dulzuras el extravío de crueldad de los humanos.
II
Nuestro chalet, blanco, de tejados de pizarra, de anchos ventanales, que al salir y al ponerse incendia el sol, de aleros y terrazas y palos verdes, se alza en la colina entre los de las familias que comparten nuestros gozos: la del cura que toca el esquilón de la ermita los días de fiesta y trabaja también en otras cosas y caza los demás; la del médico, que vigila la higiene y la salud de la colonia; la del administrador, hoy convertido en mi ayudante; la de un mecánico belga, viudo, que va aprendiendo el español, cuyas dos bellas hijas ayudan á Rocío en la contabilidad, y que cuida de las máquinas; la del capataz de cultivos; las de tres jefes de talleres; las de la maestra y del maestro de escuela que educan á los setenta niños de los guardas y operarios y pastores repartidos por la dehesa.
Sigue en amplias alas á esta instalación la de la granja y almacenes, y en el anfiteatro de montañas ábrese frente á nosotros, cortado por el Guadalmina, un valle de vegetación de paraíso. Yerguen las encinas sus troncos sobre la yerbosa pradera donde crecen con un orden de jardín los macizos de peonías, de espinos y laureles—floridos refugios de conejos; cantan las tórtolas y los mirlos, volando desde el ramaje á los aéreos velos que tejen por la perfumada frescura las madreselvas y las zarzas, y las yeguas pastan fraternalmente perezosas junto á las vacas y los mansos toros que se rascan en las peñas, y que ya no asustan á Rocío cuando por la siesta corren como fieras hacia el río buscando algún remanso que los libre de la mosca y del calor.
—¡Oh! ¡Qué bien..., si pudiéramos bañarnos y jugar á que nos pasasen sobre el lomo á la otra orilla!
Niña de timidez de alma y de bravura singular que ama con igual delicadeza lo infinitamente suave y lo violento, que gusta de jugar con las rosas, con los niños y los toros. Para adornar la mesa suele cortar haces de flores en el paraíso del valle que las brinda en todo tiempo, y muchas veces la veo volver dándole avena y rascándole el testuz á un novillo negro que la sigue con una carga en las costillas.
Es el que curamos hace meses. Se llama Careto. Acude así que gritamos su nombre en mitad del encinar.
Recorremos la dehesa á caballo. Las majadas, donde nos ladran los mastines; vemos los carneros de razas gigantescas y hablamos con los pastores, que escuchan mis consejos. Sus chozas han sido sustituídas por cómodas viviendas de cuatro ó cinco habitaciones, y ellos y sus familias respiran bienestar. Más adelante, los cerdos, que reúnense á la voz del mayoral con ruidosas algazaras que se le antojan á Rocío «manifestaciones de estudiantes». Alejándonos siempre, inspeccionamos los campos de regadío en que ya hemos transformado 670 hectáreas de la vega, aumentando un 500 por 100 la producción de cereales y tréboles y alfalfa. En tablares nuevos ensayo con abonos nuevos la remolacha de forraje. Guarda un almacén los instrumentos de labor, y sobre el pavés de los prados tienen también sus limpios albergues los gañanes y el encargado de los canales y la bomba.
Para visitar los olivares y viñedos, el alcornocal y los pinares donde se desmochan ó se cortan árboles de siglos, salvamos las montañas..., siempre salpicadas de las casitas nuevas que les permiten á estas gentes vivir con dignidad. Hemos procurado instalar cerca de nosotros, cerca de la escuela, á los que tienen niños, y los guardas vigilan, más que los hurtos de la leña, la seguridad de los muchachos. En todas partes nos obsequian, sentándonos bajo los emparrados, mostrándonos su cariñosa gratitud. Subidos á cuatro pesetas diarias los jornales, incluso de los pastores, que antes percibían once duros al año y un poco de aceite y sal cada semana..., al tipo de costo, además, y á todo el mundo, se le facilita pan y carne en el horno y el matadero de la finca, otros productos de primera necesidad en la especie de economato que rige el cura, y tierras para su propiedad en rañas extensísimas, adquiridas por nosotros alrededor de La Joyosa á bajo precio, y que ellos, cuando pueden, descuajan con bueyes y vertederas que gratuitamente se les ceden. Así, futuros propietarios, atendidos sin dispendio en los servicios de médico y de escuela y con leve gasto en sus necesidades cotidianas, ahorran, se hacen limpios, están alegres y hacia nosotros rebosan de bondad sus corazones.
Pero la satisfacción se nos turba ante el dolor de otras gentes que al regreso vamos encontrando. Son los trabajadores de las próximas aldeas. Caravanas de hambre y fatiga; hombres y mujeres, mozas como viejas, que vienen de matarse por un ínfimo jornal. Nuestro paraíso está rodeado, pues, está el mismo cruzado por espectros del tormento...; y no podemos traer á tanto desdichado con nosotros. Refrenamos los caballos. Nos cuentan sus horrores. Ganan dos reales; gastan más que en comer en impuestos y en botica, y siempre extenuados, siempre enfermos de la fiebre, el hospital, el lejano hospital de la provincia es, á un tiempo, su horror y su esperanza. Unos nos conocen, y ahorrándose con el encuentro la vergüenza de venir expresamente, nos piden para trasladar al hospital al hijo ó á la madre; otros no nos conocen, y espontáneamente les causamos el asombro de un puñado de pesetas por limosna.
Mas ¡oh! nos apena tener que dar de limosna lo que por derecho de su esfuerzo merecerían tantos infelices, tantos infelices como dejarían de serlo si un poco de inteligente actividad por todas partes les fuese cercenando los jarales á los lobos para dárselos á los hombres en tierras productivas, y Rocío y yo hemos intentado inútilmente reunir y convencer de aquella urgencia, en nuestra granja y nuestros campos, á los ricos—que ociosos en el Casino de sus pueblos se espantan el tedio á bostezos y á manotazos las moscas. Vienen algunos, sorpréndense de la lozanía de los sembrados, del tamaño de un carnero ó del brillo de las máquinas..., y afirmando que ésto necesita un capital y un espíritu de asociación que no existe en la comarca; que yo me arruinaré, que yo hago mal al acostumbrar á los gañanes á mimos y sueldos de marqueses; terminan con compasivo sonreír sin atreverse á expresar que les parecemos dos tontos de remate.
Bien. Rocío y yo esperamos que el ejemplo á la larga les decida. Pero mientras, ¡qué pena que siga el río perdiéndose hacia el mar, y que sigan las rañas llenas de lobos menos hambrientos que los hombres!
Tratando de olvidar en nuestro paraíso lo que no podemos remediar por nosotros propios, desde esas visitas, que solemos tener los domingos, nos vamos al tennis y al skaating á jugar y á patinar con las belgas, con la maestrita y los demás, llenándolo todo de risas y alegrías, ó desde aquellas excursiones y á la espera de la cena quedamos en la terraza, adonde las familias de los próximos chalets vienen á formarnos diarias y animadísimas tertulias. Unas veces, sobre la sensación de nuestra paz, generalizamos acerca de un porvenir aun más dichoso para el mundo, y surgen bizarras discusiones con el entusiasmo de Herman Ferac, el belga, que es socialista. Pronto, sin embargo, las corta el estruendo de las músicas y las canciones juveniles. Nuestra vida social se caracteriza por la cordialidad, por la llaneza. A lo mejor Rocío sepárase con las hijas de Ferac y la del maestro y del médico á oírles cuentos á una zagalilla, ó si nuestro hijo está despierto le cogen entre todas y le llevan en volandas. Hay en la reunión quienes cantan y quienes tañen diversos instrumentos, y no es difícil reunir orquestas de mandolinas y guitarras, á cuyo son van llegando al pie de la escalinata mozuelos y pastorcillas que forman bailes, como para no acabarse nunca, en la glorieta del jardín; Rocío, Mary y Emma Ferac y las otras jóvenes, entre el alboroto de castañuelas y almireces que refuerza la música, complácense en participar de sus jotas y fandangos. Pero lo que principalmente les atrae y les causa un encanto de estupor, es el gramófono, que hacemos sonar algunas noches, ó el cinematógrafo que se proyecta desde dentro del hotel á una pantalla. A nosotros nos divierte el remedo más ó menos fiel de la Paretto, de Anselmi, de Stracchiari, de los valses y las marchas de bandas célebres y la ilusión de exóticos paisajes y escenas..., y el rústico concurso no acierta á comprender que no hayamos escondido tras la bocina ó el telón todo un montón de cantantes y tambores y cornetas y de hombres y de cosas que se mueven. Tal que al teléfono y á la luz voltaica que ven fulgir encima de ellos «sin mecha y sin aceite», se acostumbran poco á poco el diabólico misterio de la vida sin la vida, de la música sin músicos.
A las diez, desfilan. Las veladas nos dejan en la infinita noche una serenidad inmensa de plástica ventura compartida dulcemente. Sin embargo, aun á este pequeño mundo de selección que nos rodea es lógico que le reste algo de su torpeza tradicional, y nuestros ojos tienen, compasivos, que cerrarse para fingir que no lo advierten. El administrador y su esposa, por ejemplo, mal hallados con haber perdido su altivo señorío en la finca, á pesar de nuestras generosidades, preferirían su antigua independencia; se le adivina á él la hostil pasividad ante no importa qué iniciativas mías, deseoso de un desastre que me volviese á alejar de aquí tornándole sus dominios, y ella, Matilde, una no fea aunque demasiado gorda morena de cuarenta años, muy metida en burguesa seriedad, aspira en todo instante nada menos que á rivalizar con Rocío en distinción é incluso en belleza y juventud.
¿Sabe que Rocío no es mi mujer, y funda en ello sus pretendidas superioridades de honesta?... No es de creerlo; ni para esta especie de lugareña emperatriz que se pinta, que no abandona sus empaques de porte y de corsé y los zapatos de charol, cuyo marido no vió nunca en Madrid á Laura, ni para ninguno de estos pueblos y estas tierras donde no estuvo Laura jamás. Sólo la discreción de mi hermana Elena, porque yo se lo escribí, conoce el secreto de mi dicha.—Aunque, por lo demás, que trascendiese ó no, nos fuese indiferente: aquí es nuestro amor ley divina por encima de las gentes y las cosas, igual que las brisas y las lluvias y el cielo azul y el perfume de las flores.
Manías inofensivas, al fin, de una pobre vanidad tanto más fácilmente halagable cuanto que nadie se preocupa de semejantes competencias. Es decir, un poco la hace el juego, y trata de emularla, la inquieta y pálida maestrita. Celosas ambas del afecto que la comunidad del trabajo en la oficina acrece entre Rocío y las belgas; celosas sobre todo de la delicadísima belleza de las tres y de su buena armonía con la modestia gentil de las demás de la colonia, ellas forman espiritual cantón aparte, no obstante el afán de Rocío por impedirlo.
Mary Ferac tiene diez y ocho años; Emma, quince. Rubias las dos como la estopa, poseen la misma ingenuidad de Rocío y coinciden en sus gestos de indómitas chiquillas lanzadas á la plena libertad. Almuerzan á menudo en nuestra mesa. Los lunes y los jueves van á una academia improvisada en un saloncito de la granja, donde yo les enseño Agricultura á mozuelos y mozuelas que estén siquiera versados en leer y en escribir; el cura, principios de Moral, Historia y Geografía; el médico, algo de Física y Química é Higiene; Ferac aplicaciones de las máquinas, y ellas, Mecanografía y Contabilidad y hasta Francés á algunos aplicados (plantel de futuros labradores que se sabrán regir y administrar...); y puesto que ellas terminan antes que yo, salen juntas á esperarme por el campo.
Unas tardes las encuentro descalzas, metidas en los arroyos con la falda á media pierna, cogiendo ranas y peces debajo de las piedras; Leopolda cuida de nuestro nene, y aun diríase que tiene que cuidar de las audaces que gritan al verse en trances apurados; desde lejos me guían sus risas y chillidos, y las ayudo á pescar, descalzándome también. Otras tardes es un tiroteo incesante el que me lleva á encontrarlas, y las descubro en la vega tumbando al vuelo abejarrucos. Adiéstranse en la escopeta; yo enseñé á Rocío, y la experta tiradora les transmite á Emma y Mary su pasión. Mary apunta mal; es tímida; al disparar cierra los ojos.
O avisadas por el fragor del tiroteo, ó porque salgan desde luego con nosotros, algunos de estos regocijos los comparten y presencian las demás de la colonia. Matilde y María Jesús, la maestrita, del brazo y en actitud de procesión, muy estiradas de pendientes y sortijas y corsés y vestidas lo mejor que pueden, forman la nota grave, que desde la dignidad de sus sonrisas parecen condenar las locas algazaras. Marchan, se pasean, se sientan solemnemente. A cada escopetazo vuelven la cabeza como damas educadísimas que por nada del mundo imitarían á las salvajes; y si Rocío y Mary y Emma desnúdanse los pies, acompañadas por las otras, lanzándose á los arroyos por las ranas, ellas dos se bajan más la falda á los zapatos—virtudes que moriríanse de rubor si yo las viese los tobillos.
Pero una tarde no fueron ranas ni arroyos la tentación de las salvajes hechiceras. Al lado allá del vado del río descubrieron un vergel de peonías granate, y osadas resolviéronse á arrasarlo; pronto dejadas en el adelfal las botas y las medias, aventuráronse por la panda corriente cuyos guijarros lastimábanlas los pies. Algunas de las que las seguían (y entre ellas María Jesús, no siempre libre de los contagios de alborozo), tuvieron que retroceder desde la mitad del vado, un poco hondo, y en donde el agua comba despeñábase violenta. Las aturdidas no hacían caso á las prudentes indicaciones de Herman, ni á las mías. Llegaron, fué aquello una embriaguez de coger flores á brazadas, y con ellas en triunfo volvió Rocío la primera. Desorientada Mary por el ancho pedregal, metióse en una profundidad que aumentaba á cada instante. Todos reíamos mirándola cómicamente parada en el aprieto; su padre entró á guiarla de la mano..., y hubo momentos en que ella, por no mojar las ropas, mostró la blanca desnudez de la pierna hasta más de la rodilla...
—¡Qué horror!—comentó junto á mí Matilde—. ¡Delante de usted, esa niña! ¡Qué poca vergüenza!
Hallábase tal vez más irritada por la defección de María Jesús, que aún continuaba gozosamente descalza por la arena, y me limité á corregir severo y dulce:
—No, Matilde..., diga usted «qué candor», más bien.
Y en esa tarde, detrás del triunfo de las flores que conducían en grandes ramos las bellas vidas de contento y de juventud, detrás de la torva Matilde aprisionada en los rígidos y ridículos prejuicios de sus lazos y sus joyas; yo, volviendo á la paz de amor de nuestras casas por el verde paraíso que endulza el ámbar rosa del crepúsculo, entre las yeguas, entre las vacas, entre los toros, bajo el vuelo pausado de las tórtolas y el trinar de ruiseñores y de mirlos, más que nunca fuí sintiendo en la conciencia la recta convicción de que al fin, sí sé por qué se debe ser bueno y limpio de corazón en mitad de la Naturaleza, que es infinitamente bondadosa, que es infinitamente noble é inocente, y que dándonos, en efecto, el candor de poder mirar en las mismas desnudas inocencias á las mujeres que á las aves, á las almas que á las rocas, reserva para quienes tuercen y torturan su religión y su misma vida con férreos torniquetes de artificio toda la perversión del dolor, de lo cruel, de la falta de piedad y de alegría, de lo negro, del pecado.